El despertar de Carla - Sandra Brito - E-Book

El despertar de Carla E-Book

Sandra Brito

0,0

Beschreibung

Historia inspirada en hechos reales que cuenta la vida de una joven desde la adolescencia hasta la edad adulta. El argumento nos lleva hasta los años 80 y adentra al lector en una trama de celos, drogas, relaciones familiares, amor y un sin fin de emociones. Es una novela fresca y ágil que atrapará al lector desde el principio hasta el final haciéndole partícipe, incluso protagonista, de los momentos vividos por los personajes y del argumento de la historia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 110

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Sandra Brito

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-042-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

INTRODUCCIÓN

Esta historia que os voy a contar es auténtica, real y genuina. Transcurre en el Madrid de los años ochenta, cuando todo comenzaba a resurgir de aquel letargo en el que habíamos estado inmersos tantos años de políticas dictatoriales. Era el renacer en todos los sentidos y aspectos de la vida. Época de grandes avances tecnológicos, de reproductores de vídeos, comercialización de videojuegos…, la era de los ordenadores; y por otro lado, época también de grandes cambios y movimientos sociales con manifestaciones sindicales reivindicando derechos, y cómo no, se daba paso a una nueva década bañada en arte, cine y música, de donde precisamente viene la famosa y popular conocida «movida madrileña» de la que tanto se oyó hablar en esta dorada época en la que los jóvenes mostraban y expresaban sus ideas libremente en las letras de sus canciones, por ejemplo. Por fin podíamos saborear esa libertad tan anhelada.

CAPÍTULO I ESTO ERA OTRA HISTORIA

La protagonista de esta historia es Carla, una joven estudiante nacida en un barrio de Madrid. Carla cursaba su primer año de instituto. Era una chica entusiasta como cualquier chica de su edad, soñadora, chispeante y, a la vez, ingenua, pero con una visión de futuro ilusionante y, sobre todo, con mucha curiosidad por aprender, por vivir aventuras, conocer y saborear ese universo de estímulos que la rodeaban.

Nació en el seno de una familia de clase media y, aunque no pertenecían a la alta alcurnia, como se suele decir, eran personas con clase. De buena educación.

Carla había cursado su infancia en un colegio religioso y, posiblemente, ese adoctrinamiento tan recto y encorsetado resultó decisivo para el posterior desarrollo de sus intereses y motivaciones. Solo tenía un hermano, Daniel, cinco años más pequeño que ella. La madre era una ama de casa relegada a sus labores como la tradición había mandado hasta ahora y, al igual que muchas de las madres de su generación, con pensamientos bastantes conservadores. Una señora de carácter complicado, quizás por su enmarañado y duro pasado familiar, el cual voy a obviar. Su marido, el padre de Carla, era agente comercial en una compañía de seguros. Básicamente, un modelo de familia tradicional en la que el padre trae el dinero a casa y la madre se encarga de las cuestiones relacionadas con los hijos.

La relación con su hermano no era muy fluida, tal vez por la diferencia de edad, por ser varón o por ambas cosas. Daniel era un niño muy consentido por sus padres y el ojito derecho de su madre, puede que por ser el menor o, en parte, por la educación machista que ellos mismos habían recibido; educación que seguía instaurada aún en estos años, producto del régimen vivido hasta el momento. Pero a Carla eso no le importaba demasiado; lo tenía muy asumido. Ella hacía su vida y no reparaba excesivamente en esos favoritismos. Su interés se centraba en sus amistades, sus compañero/as de clase y, en especial, en Mario, del que hablaré más adelante.

Carla estaba descubriendo un mundo nuevo, nada que ver con aquel recio y sobrio colegio de monjas. Esto era otra historia; había chicos con toda clase de estilos y vestimentas, pijos, roqueros…, pero, sobre todo, lo más motivador era el poder compartir aula y pupitre con jóvenes del sexo opuesto; cosa que, hasta ahora, había sido inviable.

En poco tiempo, sus faldas de tablas y calcetas hasta la rodilla dieron paso a esos pantalones de pitillo bien ceñidos, a las minifaldas de cuero y a camisetas serigrafiadas con las imágenes de los grupos más punteros del momento. Ese ambiente de camaradería entre alumnos/as y profesores/as que se respiraba por cada rincón del centro era mágico para Carla; nada que ver con lo puramente estricto y de carácter conventual propiamente dicho de lo anteriormente conocido.

Carla se había convertido en una joven muy atractiva. Tenía un cierto magnetismo que no dejaba indiferente a nadie. Su larga y dorada melena, sus ojos rasgados azules y su rostro sonrosado angelical cautivaban; podría decirse que parecía estar extraída de un libro sobre valquirias. Pero era esa personalidad que se estaba forjando en ella lo que más te atrapaba. Intrépida, rebelde y defensora de injusticias y causas nobles. Generosa, afable de sonrisa infinita, pero, sobre todo, era muy amiga de sus amigos.

CAPÍTULO II EL ACOSO

Poco a poco, iba haciendo más amistades, las cuales caían rendidas ante su carisma y poder de liderazgo. El ser sumisa quedó atrás.

Había entablado una relación muy buena con un compañero llamado Mario. Desde que lo conoció, sintió curiosidad por ese halo de misterio que lo envolvía. Carla se había percatado de que era un chico muy especial; siempre permanecía algo apartado del resto y, en más de una ocasión, pudo observar cómo otros jóvenes se reían y mofaban de él. Sin más, al principio pensó que se trataría de bromas entre compañeros, pero pronto se dio cuenta de que esas situaciones se repetían cada vez de manera más continuada. No era un hecho aislado.

Ella sabía que dentro de ese cuerpo grandullón y fuerte se escondía un niño muy tímido, reservado y de extrema sensibilidad, incapaz de hacer daño a un mosquito. Su intuición le decía que Mario estaba en peligro y no estaba dispuesta a permitirlo.

Como cada mañana, Carla se levantó de la cama. Esa noche no había dormido bien; alguna que otra preocupación rondaba su cabeza. Mientras el agua de la ducha cubría su cuerpo, pensaba en el examen de matemáticas —no estaba segura de haber aprobado—, y mientras se enjuagaba el pelo, tuvo por unos segundos la visión, cuando menos nefasta, de la profesora de inglés arrancándose los pelos de uno en uno. «¡Dios!, ¿por qué hará eso?», se preguntó. Salió de la ducha, echó un vistazo en el armario a ver qué ropa se ponía y eligió unas mallas negras con jersey largo de cuadros rojos y negros. Se preparó un tazón de cereales y salió de casa con una carpeta y varios libros.

Llegó a clase y vio que Mario no estaba. Mientras, todos esperaban que llegara el profesor de literatura, que se estaba retrasando. Diez minutos pasados las nueve y aún no había llegado. Carla aprovechó para ir al aseo y, justo al pasar por la ventana que había a lo largo del pasillo de la primera planta donde se encontraban las aulas y desde donde se veía la calle y la puerta de entrada al instituto, pudo divisar cómo una muralla de cuerpos rodeaba a alguien. Increpaban y pegaban, pero no podía averiguar a quién. Bajó corriendo las escaleras tras venirle un flas a la mente y pensar en su compañero y amigo Mario. Bajó como un rayo y, sin pensarlo dos veces, gritó:

—¿Qué hacéis?, ¡parad, parad!

Y entre esa marabunta de voces, golpes y demás, ella se adentró. El grupo de jóvenes se apartó diciendo entre risas: «¡Es un ridículo!», entre otros improperios, y huyeron corriendo. Allí se encontraba tirado en el suelo Mario. Casi sin fuerzas, le dijo:

—Ayúdame, ayúdame, Carla.

—¿Qué ha pasado? Mario, por Dios, ¿cómo han podido hacer esto? —Ella sostenía la cabeza entre sus brazos mientras intentaba con la mano taponarle una herida en la frente—. ¿Puedes levantarte?

—No. Estoy mareado. Me han pateado todo el cuerpo.

—Tranquilo, buscaré ayuda y te pondrás bien. No hables —le decía Carla mientras lo abrazaba—. ¡Ayudaaa! ¿Alguien puede ayudarme?

Sus gritos se oyeron desde dentro del instituto y varias personas salieron rápido a auxiliar.

—Hay que llamar a una ambulancia —pronunció un señor.

Alguien entró para llamar por teléfono; en aquel entonces, apenas había móviles y eran pocas las personas que tenían uno. La ambulancia no tardó demasiado en llegar, pero a Carla la espera se le hizo interminable. No soltó a su amigo ni un segundo; lo veía tan frágil que no podía hacer otra cosa más que besarlo y decirle:

—Te pondrás bien, ya lo verás.

Pero Carla estaba muy asustada; la cosa pintaba mal.

CAPÍTULO III LA VISITA

La ambulancia despareció entre sonidos de sirenas. Carla caminó exhausta sin rumbo y sin discernir muy bien si se trataba de un mal sueño o la realidad, pues estaba en estado de shock. Fue incapaz de volver a clase. Le hubiera encantado acompañarlo, pero no la dejaron. Se sentó en el suelo y lloró desconsoladamente. «¿Por qué, por qué?», se preguntaba una y otra vez.

Al cabo de un rato, regresó a casa más temprano que de costumbre y, cabizbaja, entró en el baño con restos de sangre en las manos. No quería que su madre la viera así, y menos que se enterase de lo ocurrido, ya que iba a preocuparse y, probablemente, incluso le soltaría algún que otro rapapolvo. Cerró la puerta y, en unos minutos, la madre dio varios golpecitos con los dedos y preguntó:

—Carla, ¿te pasa algo?, has llegado muy temprano del instituto.

—No me pasa nada, mamá, ahora salgo, es que han faltado dos profesores y hemos salido antes.

Acto seguido, entró en su habitación, se tumbó en la cama, cerró los ojos y solo veía la imagen de su amigo allí tirado, con su mirada despavorida… Lloraba y volvía a llorar.

La cabeza le daba vueltas intentado recordar las caras de aquellos seres malvados capaces de hacer tanto daño hasta poder provocar la muerte; no podía pensar en otra cosa sino en la vida de su amigo. No sabía cómo estaba, si le habían roto algo o, peor aún, si lo habían lesionado gravemente. «Dios mío, que no le pase nada», pensaba una y otra vez.

Rezaba sin parar. Se agarraba a esa fe inculcada durante su infancia para sentirse menos abatida, más fuerte y, sobre todo, para que Mario se recuperase bien y saliera pronto del percance.

El no tener información la estaba volviendo loca. «¿Hasta cuándo estaré sin tener noticias suyas?». Ni siquiera sabía en qué hospital estaba; y entre oración y oración, se quedó dormida.

A la mañana siguiente, recordó cómo en sus sueños se le habían aparecido las caras de esos miserables. Salió de casa con una fuerza en su interior, capaz de comerse el mundo.

—Esto no va a quedar así —murmuró.

Esos niñatos cursaban ya el último curso. Tenían fama de acosadores y de cebarse con aquellos a los que creían más débiles; eran como hienas en busca de algún conejillo herido.

—Hablaré con el director.

A la hora del recreo, se dirigió a la sala de profesores, hizo un barrido con la vista y vio que el director estaba tomándose un café. Sin más, entró, se acercó y le dijo decidida:

—Tengo que hablar con usted.

—¿Tiene que ser ahora? —contestó el director.

—Cuando me diga voy a su despacho.

—De acuerdo, te espero en diez minutos, en lo que tarde en tomarme el café estaré allí.

—Gracias —contestó Carla.

Se dirigió al despacho, llegando antes que él, y esperó fuera. En dos minutos, llegó el director, que le indicó con un ademán que entrase mientras le sujetaba la puerta.

—Siéntate, ¿cuál es tu nombre? —preguntó.

Ella le contestó, diciéndole en qué curso estaba y cuál era su grupo.

—Y bien, ¿qué motivo te trae?

Carla titubeó un poco debido a los nervios y a su inexperiencia en estos casos bastante alejados de lo hasta hace poco acontecido en el colegio de su infancia.

—Eh… su-supongo —dijo tartamudeando— que usted estará al tanto de lo que ayer por la mañana pasó.

—¿Ayer? ¿A qué te refieres? Explícame.

—Ayer en la puerta del instituto. Yo lo vi todo. Sé quiénes eran —dijo con gesto de indignación.

—Ah, sí, sí, ya está solucionado.

—¿Solucionado?

—No te preocupes, Carla, ya haremos lo que tengamos que hacer y se tomarán medidas; y bueno, tengo mucho trabajo, si no te importa… —le dijo señalando hacia la puerta.

Estamos hablando de los años ochenta. No se aplicaban protocolos contra el bullying o acoso, pues eso no existía como tal. Estas conductas solían achacarse a la edad; era la rebeldía de la juventud y, aunque parecía que no ocurría con demasiada frecuencia, sí que existían tales casos, solo que no se abordaban como debían y simplemente se callaban y lo dejaban pasar sin prestarle la atención que el asunto requería.

Carla salió algo abrumada, pues imaginó que le haría preguntas sobre el tema, ya que ella había sido testigo directo; sin embargo, apenas quiso escucharla, o al menos esa fue su impresión, un tanto decepcionante. Cuánta rabia sentía.

Caminó hacia su casa con un sentimiento de impotencia, nada agradable. Fue a sacar un cigarro para intentar aplacar esa desazón, pero el paquete estaba vacío. En un quiosco camino de casa compró un par de cigarros sueltos; no le quedaba dinero, había salido con lo justo para el tentempié de media mañana.

Esto de fumar era algo novedoso, pues hacía poco tiempo que unas compañeras de clase la invitaron a probar.

Se pod