Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En ninguna guerra hay ganadores Francisco es un niño de diez años, atormentado por visiones que muestran a la muerte rondando en cada esquina y hombres disparando de forma indiscriminada hacia todas partes. Semanas después, sus pesadillas se hacen realidad. Las calles de Segovia se llenan de muertos a causa de un grupo de hombres que, venidos de otras tierras, deciden masacrar a su pueblo por el solo hecho de no compartir sus ideales políticos. Ríos de sangre cubren el pueblo ante la mirada impotente de sus habitantes.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
©️2022 Andrés London
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera edición febrero
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7540-11-8
Editor en jefe: María Fernanda Medrano Prado
Editor: Alvaro Vanegas
Corrección de estilo: Tatiana Jiménez
Corrección de planchas: Abdiel Casas
Diseño y maquetación: Julián Tusso @tuxonimo
Diagramación: David Andrés Avendaño @art.davidrolea
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Dedicado al municipio de Segovia, pueblo de raíces mineras, gente trabajadora y honesta.Al señor Virgilio Gómez, padre de Francisco. Su historia y testimonio fueron valiosos para llevar a cabo este proyecto. Mil y mil gracias.A Dina Luz Lozano y a su familia. Escribir esa pequeña parte de sus vidas me causó sensaciones indescriptibles. Los llevo siempre en el corazón.A las familias de las cuarenta y seis personas cuyas vidas fueron apagadas aquel viernes 11 de noviembre de 1988, y a todas las familias que han sufrido por causa de la desenfrenada violencia en este país. Mientras haya quien los recuerde, su luz jamás dejará de brillar en nuestros corazones.
Sucesos previos
Notas investigativas
13 de marzo de 1988
En las primeras elecciones populares para alcaldes que tuvieron lugar en Colombia, la candidata por el partido Unión Patriótica (UP), Rita Ivonne Tobón, obtuvo la Alcaldía Municipal de Segovia con un total de 1223 votos, desplazando así al Partido Liberal, que hasta ese momento ejercía pleno control político en la zona. En el municipio vecino de Remedios fue elegido el candidato Elkin de Jesús Martínez, también perteneciente al naciente partido de izquierda.
16 de mayo de 1988
El alcalde electo de Remedios, Elkin de Jesús Martínez, es asesinado por dos sicarios en la ciudad de Medellín mientras salía de un edificio llamado El Cristal. Los asesinos le propinaron seis disparos a quemarropa y emprendieron la huida en un vehículo que los esperaba a tan solo una cuadra.
18 de mayo de 1988
En carta abierta a la población de Segovia y Remedios, un grupo paramilitar autodenominado MRN se atribuye la participación en el asesinato del alcalde electo de Remedios, Elkin de Jesús Martínez. En el mismo comunicado realiza amenazas contra la alcaldesa electa de Segovia y varios concejales.
6 de junio de 1988
La alcaldesa electa del municipio de Segovia, Rita Ivonne Tobón Areiza, toma posesión de su cargo y ejerce como primera autoridad. De su seguridad personal se encarga un hombre llamado Luis Carlos Muñoz, ‘Toño Arenas’, militante activo de la UP.
1 de octubre de 1988
En plena zona céntrica del municipio de Segovia, guerrilleros del ELN se enfrentan con la policía durante casi una hora. Esta incursión deja un saldo de seis muertos: tres policías y tres civiles.
2 de octubre de 1988
Durante allanamientos ilegales llevados a cabo en el municipio de Segovia, después del enfrentamiento, miembros del Ejército y la Policía detienen de forma arbitraria a varias personas, acusándolos de ser colaboradores de la guerrilla del ELN, entre ellos Luis Eduardo Sierra, ‘el Saino’, militante activo de la UP y posterior víctima de la masacre del 11 de noviembre.
26 de octubre de 1988
Varios grafitis, con textos amenazantes, fueron pintados en las fachadas de algunas casas y locales comerciales en medio de una falsa toma guerrillera, simulada por miembros del Ejército. Los grafitis contenían mensajes como: «Segovia, te pacificaremos», «De tal manera amó Dios a Segovia que nos envió», «UP, asesinos», «Saldremos con un gran golpe mortal». En los mismos se leían también mensajes intimidatorios contra quienes apoyaran el paro programado para el día 27 de octubre por la CUT (Central Unitaria de Trabajadores).
6 de noviembre de 1988
Tres mineros, trabajadores de la FGM (Frontino Gold Mines) y miembros del sindicato de trabajadores de dicha empresa, fueron asesinados mientras departían en una taberna llamada El amañadero. Este hecho fue perpetrado por el MRN, en retaliación por la participación de los miembros de Sinfromines en el paro nacional llevado a cabo el 27 de octubre y convocado por la Central Unitaria de Trabajadores.
09-11-1988
INOCENTE SILENCIO
(Dos días antes de los hechos)
Los sueños y el miedo siempre van por el mismo camino, pero sus destinos rara vez coinciden
Francisco
06:10 a. m.
Volveré pronto, mi niño —me dijo ella mientras me señalaba con su dedo—. Y lo haré cuando el sol se oculte entre las montañas gemelas.
Eran las palabras que repetía la sombra cada vez que desaparecía y me permitía volver a mi realidad. La mayoría de las veces despertaba espantado, mirando hacia todos lados y sin tener la menor idea de lo que ocurría. Desde el primer día, o más bien, desde la primera noche, procuré mantener mis pesadillas en secreto. Nunca quise contarles a mis papás que veía a la muerte en mis noches y que hablaba conmigo como si fuera alguien cercano, me asustaba que llegaran a pensar que estaba loco y que por esta causa tomaran la decisión de mandarme a un internado, como era la costumbre de muchos padres cuando consideraban que sus hijos se comportaban de forma extraña.
Los niños de mi edad solían ser diferentes, lo que veían en sus mundos fantasiosos mientras dormían eran otro tipo de cosas: Mickey Mouse, aviones, juegos e incluso naves de astronautas con las que anhelaban llegar a la luna. Ellos no soñaban con armas ni con sombras que les hablaban en medio de una tenebrosa oscuridad. No veían gente disparando desde carros ni ríos de sangre que parecían mezclarse con la lluvia que caía del cielo, por lo que entendía que yo tampoco debería hacerlo. Yo tendría que soñar sobre mi almohada con ser médico o un actor de televisión, no con armas y gente muerta, por eso tuve temor de decirle a mi familia lo que estaba en mi cabeza todo el tiempo; de igual forma, aunque hubiera querido hacerlo, ¿a quién le importarían las visiones de un niño de diez años como yo?, ¿quién me haría caso? Por eso, la mejor opción fue callar, guardarme todo para que no me tildaran de loco.
Ese día me levanté de la cama y preparé todo para irme a la escuela. Era temprano aún, los gallos se escuchaban cantar a lo lejos y eso era indicio de que mi rutina comenzaba de nuevo, como todos los días. Papá Virgilio ya se había levantado, al igual que mamá Lilian y también mi perro Paqué, quien dormía siempre bajo mi cama. Papá solía ayudarme a organizar mi horario y los cuadernos para llevar cada día a mi escuela, me apuraba en ocasiones, sobre todo cuando se daba cuenta de que tardaba en irme, pero, desde que comenzaron las pesadillas y las imágenes de sangre y gente muerta en mi mente, traté de que no se acercara mucho a mis cuadernos para que no se diera cuenta de las cosas que dibujaba. Ir a la escuela me distraía un poco y ver a mis amigos me generaba un poco de descanso, en especial por esos días tan oscuros y anormales en los que estuve turbado todo el tiempo y con mi pensamiento cargado de cosas incomprensibles.
Me puse el uniforme y revisé los cuadernos que debía llevar para la clase, mientras lo hacía, me detuve a mirar con atención uno de los dibujos que realicé esa misma semana. No acostumbraba a trazar ese tipo de cosas, la mayoría de las veces me daban miedo, pero después de verlas en mis pesadillas no podía dejar de pensar en ellas, y la única forma de descansar un poco y convencerme de que se trataba de algo pasajero fue dibujarlas. Eso representó para mí un desahogo, muy leve pero necesario.
Era el segundo dibujo de este tipo que realizaba. En el primero solo hice armas, de toda clase y calibre. Pero este que tenía en mis manos era distinto, había muchas más cosas y cada una más extraña que la otra: era un parque muy similar al de mi pueblo, rodeado de casas, cantinas, tiendas y una iglesia. Se veía también un avión volando sobre las nubes, dos montañas puntiagudas que eran muy similares entre sí, árboles y algunos carros. Era un dibujo que hasta allí parecía normal y podría mostrarlo sin problema alguno, pero lo que hice después, dentro de ese mismo paisaje, no lo era. Había varios hombres con armas parecidas a las que utilizaba Rambo en sus películas, algunos de ellos estaban sobre carros, otros tantos de pie y caminando en las calles, y todos disparando a mansalva a las personas que se encontraban en los alrededores. En la parte superior de la hoja había también una ambulancia, en el medio un taxi y una jarra de cerveza solitaria que no parecía pertenecer al lugar. Pero, sin duda, lo que más me generaba estupor, y no me permitía dejar de pensar en ese sueño que había dibujado, era el niño que estaba debajo de las montañas y la jarra de cerveza. Tenía una bicicleta negra en sus manos, muy similar a la mía, y caminaba distraído en medio de todo y sin escapatoria. En realidad, no sabía si ese niño era yo u otro que dibujé por descarte, porque no pude distinguir su rostro en mi sueño, pero al verlo allí, en medio de aquel panorama de horror, balas y sangre, no dejaba de generarme cierto estupor.
Estuve distraído por largo rato detallando el dibujo y no me di cuenta cuando mi papá se acercó para hablarme.
—¿Mijo, ya tiene todo listo? —me interrumpió, hablando a través del resquicio de la puerta. Cerré de inmediato mi cuaderno para evitar que viera el dibujo—. Apúrese que se le va a hacer tarde.
—Sí, pa… ya voy —Asentí con un poco de nerviosismo.
—Su hermana hace rato que se fue —me informó—. ¿Quiere que lo lleve o se va a ir con sus compañeritos?
—Raúl todavía debe estar en la casa, pa, no se preocupe que yo me voy con él.
—Entonces, ya sabe: se me va derechito y no se entretiene en ninguna parte. Se devuelve para la casa apenas toquen la campana —finalizó.
Mi papá se veía preocupado y el motivo de su cara ensombrecida parecía justo, pues el día anterior tuvo que asistir al entierro de tres compañeros de la empresa donde trabajaba. Según pude escuchar, los asesinaron en una cantina muy frecuentada que quedaba en la entrada del pueblo. «Eso fue que los mataron por ser trabajadores de la empresa», le escuché decir a mi mamá repetidas veces, al tiempo que trataba de prevenir a mi papá sobre la difícil situación y las amenazas que recibía en su lugar de trabajo. ¿Quién podría ser tan malo como para matar a alguien por el solo hecho de trabajar en una empresa? Lo ignoraba y mis papás tampoco me contaban demasiado porque pensaban que yo era un niño muy susceptible.
Ellos sabían que me aterrorizaba cualquier evento relacionado con la muerte, aunque últimamente viera cosas iguales en mis sueños sin pensarlo, y de esa forma fue decreciendo esa susceptibilidad que hacía parte de lo que para mis padres era un defecto ocasional, porque se veían limitados a hablar conmigo sobre ciertos temas que sí compartían con mi hermana de doce años. Ellos ignoraban que podía ver a esa misma muerte caminar con libertad por todas partes mientras a su lado caían decenas de personas llenas de sangre. No sabían que la veía levantando su dedo y señalando directo hacia todos, incluso hacia mí.
Salí de la casa con la mochila a cuestas y empecé a caminar por la acera. Atravesé la calle Caratal hasta llegar al parque principal, pero durante el recorrido no encontré a Raúl ni a ningún compañero del salón con quien irme, así que tuve que continuar solo. El camino no era tan largo y antes solía ser entretenido, pero por esos días se había convertido en una constante tortura. El pueblo se notaba más solitario que nunca, como aquellos que veía a diario en las películas del oeste donde la soledad y el miedo compartían hospedaje. En el quiosco, frente al Palacio Municipal, se veían solo algunos ancianos que tomaban tinto y conversaban de cerca y mediante murmullos, como pretendiendo que no los escucharan quienes estaban alrededor. El pueblo no era el mismo, se notaba un ambiente tenso y hostil, pero yo no conocía el motivo.
Días antes, en algunos barrios y en la parte céntrica, empezaron a pintar casas y locales con iniciales raras que yo no entendía, pero que, al parecer, los habitantes del pueblo sí. Algunos papeles y volantes también fueron dejados debajo de las puertas, aunque mi papá nunca me dejó leerlos, con la excusa de que había lenguaje fuerte en ellos. Lo único de lo que fui testigo un poco más de una semana atrás, justo el 31 de octubre, fue de los soldados del batallón que llegaron en camiones al parque y comenzaron a disparar al aire, obligando a suspender los actos que se celebraban para los niños. Todos salimos despavoridos, como alma que lleva el diablo, cuando inició el tiroteo, al principio solo pensé en correr y correr hasta estar seguro en el interior de mi casa, pero después me puse triste y cabizbajo, sin entender por qué las personas vestidas con uniforme y que deberían defendernos disparaban al aire como criminales y no permitían que unos simples niños disfrutáramos de un día tan especial como el de Halloween.
En ocasiones, tuve ganas de saber lo que estaba sucediendo en mi pueblo, acercarme a un adulto para que me contara todo o levantar la mano en clase y preguntarle a mi profesor Eduardo la razón por la que la gente tenía tanto miedo, porqué mataban a tantas personas cada día y porqué la policía y los soldados se comportaban con las personas como si ellos fueran sus peores enemigos, pero, cada vez que intenté hacerlo, recordaba que lo mejor era cerrar la boca, como le decía mi papá a mi mamá en sus conversaciones durante las noches, tenía que bajar la cabeza, seguir caminando hacia mi escuela y callar, ya que en esos días notaba que la muerte caminaba muy tranquila por las calles y, al parecer, se deleitaba más con aquellos que no aprendían a guardar silencio.
Al llegar a la escuela, me encontré con mi mejor amigo, un niño de once años llamado Julio Arango que vivía en la calle Alfonso López, un sector ubicado muy cerca de la misma escuela. Charlamos un poco y entramos al salón. Estábamos sentados en nuestros pupitres y se me ocurrió que podría mostrarle los dibujos que tenía en mi cuaderno, en especial los dos que había hecho esa semana: el de las armas y el que estuve mirando en la casa. Halé el cordón para abrir la mochila y mostrárselos, pero cuando saqué un poco el cuaderno me detuve, primero debía asegurarme de que era buena idea.
—Julito… ¿usted sí hizo los dibujos de estética que nos puso el profe? —le pregunté.
—Sí, ¿por qué? —me respondió despreocupado, mientras se quitaba el morral de los hombros.
—Déjeme verlos.
Mientras lo veía desamarrar su morral, llegué a pensar que podría haber hecho algo parecido a lo que yo tenía, no quería sentirme el niño raro de la escuela y quería creer que hacer dibujos de este tipo era un hábito entre mis compañeros, por lo que decidí interrogarlo antes.
—Hice un carro y un avión —me respondió Julio, mirando hacia cualquier lado.
—¿Un carro y un avión? —sonreí—. ¿Me está hablando en serio?
Julio sacó un cuaderno gris y me enseñó su último dibujo. Era verdad. Había un carro grande en la parte inferior de la hoja, algunas nubes y un avión con la marca Aces en un costado y volando sobre el cielo. Sin embargo, esa era la única similitud que guardaba con el mío. No había nada más. Ni armas ni señores disparando ni personas asesinadas cayendo al suelo, no había una iglesia ni un niño con una bicicleta ni mucho menos cantinas; era un dibujo normal, como aquellos que solía hacer antes, cuando mi cabeza estaba ocupada por cosas diferentes.
—¿Y usted qué dibujos tiene? —me preguntó frunciendo su ceño.
—¿Yo? —Metí de nuevo el cuaderno en mi mochila y la cerré.
—Sí, Pilli, usted. ¿Quién más?
—No, no, yo no hice nada —Negué con la cabeza y la giré hacia otro lado—. Es que se me olvidó.
—¿Entonces para qué me preguntó por los míos?
—No sé… solo quería saber.
Lo miré de nuevo, aún albergaba una pequeña esperanza.
—Julito… ¿y usted en todos los dibujos que ha hecho no ha pintado otras cosas? —lo interrogué de nuevo.
—¿Cosas como cuáles?
—Pues otras cosas raras. Algo así como armas o gente matando otra gente.
—¿Qué? ¿Usted es que está loco? —expresó con sus enormes ojos bien abiertos—. ¿Quiere que mi papá me pegue con la hebilla de la correa o qué?
—¿Es que su papá le pega si lo ve dibujando esas cosas?
—Pues claro, Pilli, ¿no ve que eso es muy malo?
Dejamos la conversación así y nos dispusimos a escuchar la clase. Durante un largo rato, mientras el profesor Eduardo caminaba de un lado para el otro escribiendo en el tablero y enseñándonos sobre sumas y restas, me puse a meditar en las palabras de mi amigo. No estaba tan seguro de que mis papás fueran capaces de castigarme por unos simples dibujos, pero en ese momento entendí que lo mejor era no arriesgarme. Tal parecía que, para no ser considerado un niño loco y extraño, tenía que aprender a convivir con mis horribles alucinaciones.
Dina Luz
06:12 a. m.
Mamá no nos permitía salir a ningún lado cuando regresábamos de la escuela, a mi hermano y a mí nos decía que todo estaba muy peligroso y que no era conveniente estar en la calle jugando con los niños vecinos. Por nuestro barrio algunas casas tenían las paredes pintadas con grafitis amenazantes que no dejaban a nadie indiferente, ninguno de ellos fue pintado al azar y todos tenían remitentes específicos: el pueblo y los miembros de la UP, partido político al que pertenecía la alcaldesa del municipio. Había temor, no solo por esa situación anormal, sino también por las constantes amenazas y panfletos que circulaban con frecuencia en la mayoría de los barrios de la zona urbana. En ese entonces no entendía mucho del tema, era muy pequeña aún, solo sabía que no se me permitía cruzar la puerta sin compañía y que debía quedarme en casa todo el tiempo jugando a las muñecas, mientras mamá pasaba la mayor parte del día en sus quehaceres y confeccionaba vestidos en su desgastada máquina de coser.
Papá Adalberto tuvo ese mismo año un minimercado llamado El Compa, ubicado en la calle La Banca, una vía serpenteante e inclinada que podía decirse era la más larga y concurrida del pueblo. Meses atrás se lo vendió a una señora llamada Estela y desde ese momento se quedó sin el trabajo que lo solventó desde mucho antes de que me trajeran al mundo. A partir de allí, su vida se convirtió en un constante vaivén de emociones que no le permitía ser feliz ni disfrutar del hogar que por años y con mucho esfuerzo había construido. El licor lo llamaba a gritos, no le permitía diferenciar fines de semana y los demás días, y para él no importaba la hora ni el lugar, solo era suficiente tener a la mano una copa de aguardiente que pudiera ayudarlo a sobrellevar la soledad en la que se sumió después de vender su negocio y perder casi todo el dinero en malas inversiones.
Era casi una costumbre que papá regresara de sus aventuras por las noches cuando la oscuridad reinaba y la mayoría de nosotros estábamos dormidos. Mamá no era muy feliz con esto y su inconformidad aumentaba cada día más al darse cuenta de la situación tan tensa que se vivía en el pueblo. Según decía, casi todos los días asesinaban personas o se presentaban enfrentamientos entre la guerrilla y los miembros de la Policía, cuya estación llena barricadas, formadas con cientos de bultos pintados de verde, alambre de púas y maderos; parecía extraída de la segunda guerra mundial, eso sin mencionar su fachada llena de orificios y grietas. Esa misma semana, precisamente, sucedió un hecho trágico que estuvo en boca de todos. Tres trabajadores de la empresa Frontino Gold Mines, a quienes tacharon de supuestos sindicalistas, fueron asesinados al interior de un bar llamado El Amañadero, ubicado en la entrada principal del municipio. Ese hecho, de alguna forma, parecía darle validez a cada uno de sus miedos.
Papá Adalberto se levantó esa mañana, temprano y de buen humor, como siempre, se bañó y se puso una de sus mejores camisas. Yo desde mi cuarto sin puerta lo observaba, mientras me ponía la falda del uniforme. Mamá preparaba el desayuno y después nos llevaría a mi hermano y a mí a la escuela. Los dos estudiábamos en el Colegio Diocesano, ubicado un poco lejos de la calle La Reina, que era el nombre del barrio donde vivíamos.
Después de algunos minutos y cuando ya todos estábamos listos, mamá nos sirvió el desayuno y lo puso sobre la mesa. El plato de papá Adalberto fue el primero en ser servido, pero él sabía, o por lo menos intuía, y eso lo pude evidenciar por las constantes muecas en su rostro, que ese plato traía un ingrediente especial que no había en los de nosotros, y no era otro que cantaleta.
—Mi viejo… —le dijo mamá a papá Adalberto mientras terminaba de poner la mesa—. Acordate de traerle la purina de Zafiro. Mirá que está sin comida desde ayer.
Zafiro era un perro adulto de raza pastor alemán que teníamos en la casa, de color canela con negro.
—No joda, verdad —respondió él, poniéndose una mano en la frente—. Déjame que yo te la traigo.
—Ojalá que esta vez no te quedés bebiendo que ya me tenés cansada con tu jartadera —le reprochó mamá.
—Relájate con eso, María.
Papá Adalberto había nacido en el departamento de Córdoba, en un lugar llamado San Andrés de Sotavento. Su acento costeño era marcado y contrastaba un poco con el de mamá, quien era paisa de pura cepa. Pero no solo su acento los diferenciaba, sino también su forma de ser. Mamá procuraba mantenernos en casa todo el tiempo, alejados de todo. En ciertas ocasiones íbamos con ella a casa de la abuela Aura y también a una iglesia cristiana que queda en la calle Real; ella amaba las cosas de Dios y de esta forma trató de levantarnos desde pequeños. Papá Adalberto, al contrario de ella, pensaba en otros asuntos. Le gustaba permanecer en la calle y pasar tiempo con sus amigos, jugando cartas y tomando licor; aunque decía amarnos más que a nada y nos lo recordaba cada vez que tenía la oportunidad. Nada diferente a lo que dicen los borrachos que anteponen sus vicios a las demás cosas, incluso a su familia.
Casi todos los días me montaba en su espalda para jugar al caballito, lo tomaba de su espeso cabello y lo arreaba para que avanzara rápido y en cuclillas. Nos divertíamos mucho y a pesar de sus defectos, sus constantes llegadas tarde y sus borracheras, trataba de comportarse siempre como el mejor de los papás. A veces me acercaba a él y lo regañaba, tratando de emular un poco el fuerte carácter de mamá. Él me miraba y sonreía, nunca fue capaz de reprocharme nada, solo asentía y decía que sí a todo; podía casi ver en el brillo de sus ojos azules el amor que sentía por mí, por su muñequita chiquita, como él solía llamarme.
Ese día no fue la excepción, me acerqué a su silla con mi rostro serio para hacerle saber mi posición al respecto de sus salidas.
—Papi, vaya pronto por la purina y no se demora, ¿me oyó? —le dije.
Él me miró extrañado, me levantó y me cargó sobre sus muslos.
—Pero tú le estás aprendiendo mucho a tu mami —me dijo entre risas.
—Es que usted se queda casi siempre en la calle y vuelve tarde —me crucé de brazos—. Me hace el favor y hoy no se queda por allá. Vuelve temprano.
Papá suspiró extendido y luego me besó en la cabeza.
—Yo te hago caso, mi muñeca. Yo vuelvo temprano para que juguemos.
Sonreí y le di un beso en la mejilla, convencida de que mis palabras habían surtido el efecto deseado. Luego de un rato cruzó la puerta y se fue para la calle, perfumado y elegante, igual a cuando se tiene que asistir a una cita romántica en la que se desea causar la mejor impresión. Mamá terminó de organizar nuestros horarios y nos llevó a mi hermano y a mí a la escuela.
Ese día salimos de prisa, por la extensión de nuestros pasos parecía que estuviéramos huyendo de una avalancha que quería aplastarnos. Subimos por la calle Caratal y llegamos al parque central Los Próceres, un lugar lleno de árboles y bancas de cemento con abundante dosis de excremento de paloma reposando encima de ellas. Apenas si vimos algunas personas en nuestro camino; aunque algunos soldados permanecían todo el tiempo apostados en los puentes y las esquinas, algunas veces parecían simples e inofensivas estatuas, pero otras se veían como espectros amenazantes con intenciones de devorar todo a su paso. Los ataques de la guerrilla se habían tornado repetitivos por esos días y el estrés que manejaban los uniformados era constante, algo que se notaba a simple vista por su carácter frío y repelente. Durante algún tiempo se estuvo rumoreando sobre la llegada de un grupo paramilitar llamado MRN, cuyas siglas pintadas estaban casi por todas partes, y con los eventos transcurridos en los últimos días donde sindicalistas, trabajadores de la empresa y militantes de la UP eran asesinados con frecuencia, esos rumores parecían adquirir mayor relevancia. Se comentaba también que los mismos soldados amenazaban a la gente del pueblo, tildándolos de guerrilleros por el solo hecho de haber elegido a una alcaldesa que era militante de un partido de izquierda. El ambiente en las calles no era el mejor, no había necesidad de ser mayor de edad para darte cuenta de ello; se notaba cuando salías de casa y escuchabas el solitario sonido del viento, cuando veías decenas de gallinazos asentados en el muro exterior del cementerio esperando que trajeran dentro de un féretro –o en varios de ellos- el aroma que los hacía sentir vivos, lo sabías con solo cerrar tu puerta y notar la soledad de las aceras, escasas de vecinas con ganas de capturar el chisme del día. El miedo podía palparse y olerse a leguas. Jamás hasta ese momento fue tan latente.
Mientras caminábamos hacia el colegio Diocesano, pasamos cerca de un lugar llamado el Johnny Kay, un bar con fachada en tablilla de color marrón oscuro, un toldo de color amarillo y rojo en su parte superior y dos amplias entradas en forma de arco. Estaba ubicado a un extremo del Palacio Municipal, en plena zona céntrica y a solo unos metros del parque principal. Sabía muy bien que papá Adalberto solía estar en ese lugar, su presencia en ese sitio era casi una certeza, pero ese día, por alguna razón, no quería verlo allí. Esperaba que las palabras que me había dicho mientras desayunábamos, hubieran sido reales y sinceras. Miré con detenimiento hacia el bar, al tiempo que cruzaba por el frente de la iglesia, tomada de la mano de mamá. Esperaba no verlo cerca, o si lo veía, quería que fuera en la puerta de alguna veterinaria comprando la purina de nuestro perro Zafiro, pero algo también me decía que esos deseos de niña tonta no se harían realidad. No fue necesario observar demasiado para encontrarlo en el mismo lugar de siempre, estaba allí donde parecía tener su huella y nombre estampado en el pavimento, afuera del bar Johnny Kay, conversando con varios hombres del pueblo. Eso solo podía significar una cosa y era que estaban calentando motores para iniciar su alicorada rutina.
—Mami, mira, mira —le halé la falda a mamá, señalando con mi mano izquierda hacia el bar—. Papá Adalberto está en la puerta de la cantina.
Ella se detuvo por un momento y lo observó de reojo, arrugó el entrecejo y movió la cabeza hacia los lados sin decir nada, luego siguió su camino, con mucho más afán que antes.
Su profunda decepción se hacía más que evidente con solo mirarla a la cara. Tal vez se debía a que su amor por papá Adalberto era tan grande y honesto que le dolía verlo sin falta en las mismas circunstancias, aunque no mucho tiempo después, supe que en verdad lo que crecía en su corazón era un presentimiento. Mirar hacia las calles, observar a los pobladores cuchicheando sobre la llegada de un grupo que supuestamente vendría a «pacificar el pueblo», y darte cuenta de que todos caminaban hacia su destino sin detenerse y mirando con precaución hacia todas partes, era motivo suficiente para entender que cualquier palabra, gesto o mirada que se le brindara al ser que más amábamos, podría ser lo último.
Francisco
12:30 p. m.
Cuando volví de la escuela mi papá estaba a punto de irse para su trabajo. Esa semana le tocaba en la jornada de la tarde, por lo que casi siempre salía antes de la 1:00 p. m. para coger los buses escalera que utilizaba su empresa como transporte para los trabajadores. Portaba un uniforme de color beige, botas amarillas y un bolso de cuero que un sastre del pueblo diseñaba para ellos. Me preguntó cómo me había ido en las clases y después me advirtió que no debía irme lejos de la casa en mi bicicleta, se despidió de mí con un beso y me dio cien pesos para que mecateara. Yo me detuve por un instante en la puerta y lo vi caminar hasta que lo perdí de vista, me preocupaba un poco porque mi mamá decía que trabajar en su empresa era muy riesgoso. Todos los días, cuando ponía su despacho dentro del bolso, le daba la bendición y le decía que se cuidara, que regresara a casa tan pronto saliera de ese hueco.
A mi papá le tocaba hacer oficios varios en su trabajo. Decía que tenía que descender en una maquina llamada marrana –elevadora de personal–, hasta el fondo de un socavón muy profundo y permanecer en una reja soldada con rieles todo el día, aunque en ocasiones le tocaba hacer otras labores como cargar la dinamita que utilizaban para explotar la roca y repartirla en todos los frentes de trabajo. Casi siempre que regresaba a casa se veía cansado, yo le daba un beso en la mejilla y corría a quitarle el pesado bolso del hombro. “¿Pa, le caliento agüita?”, le preguntaba, y sin esperar respuesta corría a la cocina y llenaba una olla grande con agua para ponerla en el fogón. Mi mamá me ayudó y enseñó a realizar la tarea las primeras veces, pero luego aprendí a hacerlo solo, me gustaba más que mi papa sintiera que me preocupaba por él. En verdad se merecía todo. No solo por ser bueno conmigo, sino porque siempre me hizo sentir amado y protegido en todas las formas. Recuerdo cuando hace años estuve muy enfermo y tuvo que correr conmigo hasta el hospital. Tenía la enfermedad de Perthes, lo que me ocasionaba problemas a la hora de caminar, los médicos decían que tenía un hueso de la cadera destruido y no tuvieron otra opción que operarme para no quedar cojo de por vida. Mi papá corrió conmigo, desesperado al no saber lo que me ocurría, pero como en el hospital de Segovia no podían hacerme la operación nos fuimos para el corregimiento de Otú y viajamos en avioneta hasta la ciudad de Medellín, después me operaron en el hospital San Vicente de Paul y permanecí internado en una habitación varios días. Mi papá pidió permiso en su empresa y me acompañó todo el tiempo hasta que por fin logré volver a mi vida normal, aunque a veces, sobre todo en las noches, sentía un pequeño dolor en la cadera que me impedía moverme con libertad.
Mi papá se fue para su trabajo y yo me quedé en casa, me quité el uniforme y mi mamá Lilian me sirvió el almuerzo. Al terminar salí al patio, donde tenía guardada mi bicicleta. Mi hermana llegó también del colegio y me propuso que saliéramos a andar por ahí, ella en su bicicleta roja y yo en la mía, de color negro. Mi papá nos las regaló tres años antes, en una Navidad, y desde entonces no dejábamos de pedalear sobre ellas.
Salimos de casa y recorrimos la calle del barrio, estaba adoquinada, pero tenía muchos huecos y sobresaltos. Dimos varias vueltas en el sector, yendo y viniendo desde la esquina hacia la puerta de nuestra casa, hasta que mi hermana se cansó del mismo recorrido y propuso algo más.
—Pilli, ¿no le gustaría ir un rato al parque? —sugirió.
—¿Al parque? —pregunté.
—Es que siempre andando por esta calle. ¡Qué pereza!
—Pero si nos vamos lejos mi mamá se pone brava.
—Ella está ocupada y no creo que se dé cuenta. Vamos un momentico y nos devolvemos, deje el miedo.
Miré hacia la puerta de mi casa. Mi mamá no se veía por ningún lado, estaría muy entretenida en sus quehaceres. Lo que decía mi hermana no parecía descabellado.
—Pero no nos demoramos —le dije.
—¡Qué no, hombre! Vamos y venimos rápido.
Una sonrisa cómplice y nos montamos en nuestras respectivas bicicletas rumbo al parque. Cruzamos la calle Caratal, despacio y sin afán. Muchos negocios estaban abiertos, en especial los almacenes y tiendas donde vendían artículos para el hogar. Los soldados del ejército se veían también por todas partes, como sucedía desde que las amenazas y las hojas de papel comenzaron a circular debajo de las puertas. Al final de la calle, llegando al parque, estaba la casa de la cultura, las oficinas de Telecom, la estación de Policía y también una cancha de microfútbol que lucía maltrecha y descuidada. Algunas personas caminaban por las aceras, siempre con prisa y sin determinar a nadie. Salían a la calle, hacían lo que tenían que hacer y regresaban de nuevo a sus casas, donde aseguraban las puertas. A los únicos que parecían no afectarles demasiado lo que ocurría en el pueblo era a los señores que se mantenían bebiendo en las cantinas, para ellos solo importaba la botella de cerveza, y aunque el mundo se les cayera encima, ellos levantaban su copa y brindaban por eso.
Cuando llegamos al parque le dimos la vuelta. No era demasiado grande, pero como la calle no era plana se me dificultaba debido al dolor que a veces afectaba mi cadera. Había más personas de las que pude contar en la mañana cuando iba para la escuela. Muchos señores conversando, algunas señoras vendiendo chance, dos de ellas tenían un termo y vendían tinto en los muros, y uno que otro borracho sin conciencia que al verse perdido prefería quedarse dormido sobre las bancas. El panorama rara vez cambiaba, excepto los fines de semana, cuando la incertidumbre y el miedo se quedaban encerrados en casa, esos días no importaba nada, como si las palabras «fin de semana» fueran sinónimos de calma y tranquilidad.
Llegamos a la iglesia y nos detuvimos por un momento frente a ella. Era muy imponente y hermosa, su fachada estaba construida con una piedra llamada mármol que era de color azul cielo, tenía una torre muy alta con un reloj que se veía a lo lejos, y en su parte trasera había un bosque de guadua y un pequeño barrio de invasión que se llamaba Santa Marta.
—¿Si ve los letreros, Pilli? —me dijo Dámara, señalando los carteles que había recostados en la fachada de la iglesia—. Hoy van a enterrar a dos muertos.
—¿Y esos también eran de la empresa donde trabaja mi papá? —le pregunté
—Me parece que a estos los trajeron desde las veredas.
—¿Y usted cómo sabe?
—Porque la mamá de mi amiga Juliana lo mencionó ayer cuando estábamos haciendo tareas. Eran dizque dos campesinos que mató la guerrilla por sapos.
—Pero usted es como bastante chismosita, ¿no?
—¿Entonces para que pregunta, bobo? Venga más bien y seguimos andando.
Mi hermana era dos años mayor que yo y un poco más alta, peleábamos mucho, sobre todo cuando estábamos solos en la casa. Decía que yo parecía un gringo porque tenía el cabello rubio y la piel muy blanca. Ella era parecida a mi papá en algunas facciones, pero su cabello era de color negro y su tono de piel trigueño, como el de mi mamá. Por causa de su nombre yo le decía Cámara, pero trataba de evitar hacerlo porque la mayoría de las veces se enojaba y terminaba pegándome; a esa altura de mi vida me costaba recordar todas las patadas y puños de los que fui víctima por lo mismo.
Seguimos avanzando en las bicicletas y nos dirigimos hasta la calle Real, era el lugar más concurrido del pueblo, donde proliferaba el comercio y estaban la mayoría de los minimercados, charcuterías y cantinas. Allí se veía más gente que en otras partes, quienes salían a comprar y abastecerse para las necesidades diarias. Le dije a mi hermana que nos fuéramos rápido para la casa porque me preocupaba que mi mamá se diera cuenta de nuestro escape. Ella aceptó, aunque a regañadientes.
Bajamos de nuevo por la calle Real y por detrás del Palacio Municipal para salir de nuevo al parque, donde estaba la cancha. Cuando pasamos casi al frente de esta, en una esquina llamada Rodolfo Reyes, donde la gente toma los buses para viajar a la ciudad de Medellín, vimos a un grupo de mujeres muy bien vestidas y elegantes que discutían acaloradamente con unos hombres del ejército. Mi hermana se detuvo, como buena curiosa, para escuchar todo lo que ellos decían. Las señoras les reclamaban a los militares sobre las detenciones arbitrarias de varias personas, incluidos algunos estudiantes del IDEM –Colegio principal del municipio– en un paro en el que participó el pueblo y los del sindicato de la empresa el 27 de octubre anterior. Recuerdo que mi papá no fue a trabajar ese día, estuvimos encerrados en la casa toda la tarde porque, según él, era muy peligroso salir debido a las amenazas que había contra ese paro. Las señoras seguían reclamando y los señores del ejército se veían bastante alterados. Uno de ellos, un hombre alto, grueso y de bigote, que parecía mandar a los otros, se enfrentó a ellas y las trató de forma muy grosera.
—¡Lárguense de aquí, viejas hijueputas! —les gritó—. No quiero ver a ninguna vieja comunista de la alcaldía aquí. Lárguense si no quieren que me las lleve para el batallón y las meta al calabozo.
—Nosotras no nos vamos a dejar amedrentar de ustedes y a permitir que hagan lo que se les da la gana —respondió una de ellas levantando la voz—. Ustedes tienen que parar todo esto de una vez por todas. Están abusando mucho de su poder con esas detenciones y esos simulacros falsos que montan a cada rato. Solo les estamos exigiendo que dejen de dar bala y asustar a la gente cada vez que se les da la gana.
—¿Y qué más quieren que hagamos después de que ustedes, desde ese cuchitril de alcaldía, no hacen sino defender a la guerrilla? —reprochó el militar señalándolas—. Una partida de hijueputas es lo que son, junto con su patroncita de mierda. Lárguense de una vez, si no quieren que las monte a ese camión y me las lleve.
Una de las señoras presentes en la discusión tomó a la otra del brazo, le aconsejó que no siguiera discutiendo con el hombre y le propuso que se marcharan. El militar miró a su alrededor y se percató de nuestra presencia, después caminó hasta donde estábamos con cara de pocos amigos.
—¿Y ustedes qué, manada de hijueputas chismosos? A volar de aquí —Aplaudió con sus manos dos veces—. ¡Háganle a ver, se me fueron!
Me dio miedo, puse el pie en el pedal de la cicla y miré a mi hermana.
—¡Cámara, vamos! —le pedí.
Tomamos de nuevo nuestras ciclas, nos alejamos del lugar de la discusión y seguimos nuestro camino por la calle Caratal. Desde la distancia vi que los hombres del ejército se montaron en su camión y abandonaron el lugar. Cuando nos alejamos un poco y pasamos por el frente de la Casa de la Cultura, decidí frenar y preguntarle a mi hermana por lo sucedido. Ella estaba un poco más enterada que yo de todo lo que ocurría, era una buena fuente de información en ocasiones.
—Me parece que la señora que discutía con el comandante del ejército es la inspectora de Policía —me dijo—. Mi mamá me contó que hace días les llegaron unas cartas con unas amenazas a la alcaldía o algo así.
—¿Amenazas de quién?
—¿Y yo que voy a saber? ¿Me vio cara de detective o qué?
—Pero yo quiero saber por qué los amenazan.
—Esos manes de la Policía y el Ejército dicen que todos los de la Alcaldía son guerrilleros. ¿No escuchó como trató ese comandante de feo a esas señoras? Como ahora la alcaldesa que hay es de un partido que fue dizque de la guerrilla, entonces por eso no los quieren ni poquito.
