El diablo predicador - Luis Belmonte Bermúdez - E-Book

El diablo predicador E-Book

Luis Belmonte Bermúdez

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Beschreibung

Se conservan media docena de piezas teatrales de Luis Belmonte Bermúdez; la más celebrada es El diablo predicador, y mayor contrario amigo. Apareció como escrito anónimo por el desenfado y libertad de algunos caracteres, y solo tuvo problemas con la censura muchos años después. Sus contemporáneos vieron en ella una exaltación de la orden franciscana y de la práctica de la caridad, pero después se entendió como una crítica anticlerical a causa del gran personaje cómico del lego fray Antolín. En El diablo predicador el demonio es castigado por San Miguel, a causa del hambre que hace pasar a una comunidad franciscana, a pedir limosna para ellos y el mismísimo diablo se transforma en predicador.

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Seitenzahl: 87

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Luis de Belmonte Bermúdez

El diablo predicador

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Personajes

Feliciano, galán

El guardián de san Francisco

El gobernador de Luca

Luzbel

Octavia, dama

Juana, criada

Teodora

Ludovico

San Miguel

Asmodeo

Fray Antolín

Fray Pedro

Fray Nicolás

Alberto, criado

Celio, criado

Un niño Jesús

Nuestra Señora

Tres pobres

Créditos

Título original: El diablo predicador.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN tapa dura: 978-84-1126-117-3.

ISBN rústica: 978-84-9816-340-7.

ISBN ebook: 978-84-9897-057-9.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

Personajes 8

Jornada primera 9

Jornada segunda 49

Jornada tercera 105

Libros a la carta 145

Brevísima presentación

La vida

Luis Belmonte Bermúdez (Sevilla, ¿1598?-Madrid ¿1650?) España.

Poeta, cronista de Indias y dramaturgo español del Siglo de Oro.

Se discute su fecha de nacimiento, que parece demasiado tardía. Joven marchó a México y al año siguiente al Perú. Ya entonces se dedicaba de lleno a la literatura. Actuó como cronista y secretario en expediciones del general Pedro Fernández de Quirós y escribió una Historia del descubrimiento de las regiones Austriales hecho por el general Pedro Fernández de Quirós. Tras una nueva estancia en México regresó a España en 1616 y se estableció en Sevilla.

En 1620 vivió en Madrid y participó en las Justas poéticas de San Isidro. Desde entonces dejó la poesía y se consagró al teatro.

Es autor de dos poemas épicos: La aurora de Cristo y La Hispálica, este último sobre la conquista de Sevilla. Se conserva además media docena de piezas teatrales suyas; la más célebre es El diablo predicador. Que apareció como escrito anónimo por el desenfado y libertad de algunos caracteres, y solo tuvo problemas con la censura muchos años después.

Sus contemporáneos vieron en ella una exaltación de la orden franciscana y de la práctica de la caridad, pero después se entendió como una crítica anticlerical a causa del personaje cómico de fray Antolín. En esta obra Luzbel es castigado por san Miguel, a causa del hambre que hace pasar a unos franciscanos, a pedir limosna y tras ello se transforma en predicador.

Jornada primera

Baja Luzbel, en un dragón.

Luzbel ¡Ah, del oscuro reino del espanto,

estancia del dolor, mansión del llanto,

donde ya de otro daño sin recelo

la desesperación es el consuelo!

Abrid; y tú, de quien mi rabia fía

de esa noble y eterna monarquía

el gobierno en mi ausencia,

ven a mi voz.

(Sale Asmodeo, por un escotillón.)

Asmodeo Ya estoy en tu presencia;

pero, ¿qué te ha obligado

a que me llames?

Luzbel ¿No lo has penetrado?

Asmodeo No, príncipe, si bien creo que es mucha

la causa.

Luzbel La mayor.

Asmodeo Pues, dilo.

Luzbel Escucha.

Sobre este helado vestigio

en cuya forma triforme

di espanto en su Apocalipsi

al más venturoso joven,

para saber los que el yugo

de mi imperio reconocen,

en término de dos días

he dado la vuelta al orbe

y, de diez partes, las nueve

por las justas permisiones

del Criador eterno yacen

a mi obediencia conformes.

Los bárbaros sacrificios

me ofrecen, y adoraciones,

en las mentidas estatuas

de barro, de hierro y bronce.

La morisma en su vil secta,

y también otras naciones

que en una verdad disfrazan

mil diferentes errores,

sin que a ninguna de tantas

sus distantes horizontes

la disculpe de que al Dios

que todo lo hizo ignore,

pues no hubo en toda la tierra

clima tan ignoto donde

no llegasen, explicadas

por alguno de los doce

discípulos las verdades

de los cuatro historiadores;

ni parte donde el cruzado

leño, ya en llano o ya en monte,

no quedara por testigo

de su pertinacia torpe.

Solamente algunas partes

de la Europa se me oponen,

adorando al Uno y Trino,

y al Verbo por Dios y Hombre;

pero, aunque en ellas hay muchos

jardines de religiones

cuya agradable fragrancia

de sus penitentes flores,

penetra el eternos alcázar

para que a Dios desenoje

de lo mucho que le ofenden

los mismos que le conocen.

Los que me dan más tormento

son —¡ah, mi rabia me ahogue!—

esos hijos —sin nombrarle

será fuerza que le nombre—

de aquél por menor más grande,

de aquél más rico por pobre,

de aquel retrato de Dios

humanado tan conforme

que, si en un pesebre Cristo

nació, Francisco, por orden

también divina, un pesebre

para oriente suyo escoge.

Si tuvo, como maestro,

doce discípulos, doce

fueron los que de Francisco

siguieron también el norte.

Si el uno murió suspenso

de un árbol, no hay quien ignore

que otro de los de Francisco

murió pendiente de un roble.

Si de Jesús el sagrado

culto, la lluvia de azotes

le transformó en laberintos

de sangrientos tornasoles,

de la sangre de Francisco

todas las habitaciones

que tuvo parecen jaspes

salpicadas de sus golpes.

Si a Cristo la infame turba

le tejieron de cambrones

impía y regia diadema

que le hierra y le corone,

Francisco, en robusta zarza,

solo en los paños menores

castigando pensamientos

inculpable por veloces,

revolcado entre sus puntas

logró la zarza verdores

de laurel que coronaron

penitencias tan feroces.

Si cinco puntas abrieron

en aquel árbol triforme

al cielo en su Autor divino

siempre abiertas para el hombre,

¿no fue su retrato en ella

Francisco, aunque yo lo llore,

sino original traslado,

pues en una unión acorde

de manos, pies y costado

con increíbles favores?

De Dios mereció Francisco

en una, cinco impresiones

de penetrantes heridas,

que al recibirlas entonces

la dicha de su contacto

le lisonjeó los dolores.

Hasta otro Tomás curioso

tuvo, que incrédulo toque

la herida de su costado,

a cuyo cruel informe

un éxtasis doloroso

le dejó a Francisco inmóvil;

de suerte que le juzgaron

por tránsito sus menores.

Los hijos pues de este humilde

portento de perfecciones,

con el fruto de su ejemplo

son mis contrarios mayores.

Que el Hacedor soberano

castigara oposiciones

de quien, siendo su criatura,

pretendió de Criador nombre.

Vaya, que aun no fue el castigo

a mi delito conforme,

y no solo no me ofende

pero me añade blasones;

que su sacrosanta madre

pusiera en mi cuello indócil

la planta, cuyo coturno

de serafines compone.

No me irritó; que si es reina,

por infinitas razones

de las nueve órdenes bellas

tronos y dominaciones,

puesto que perder no puedo

mi ser angélico noble.

Mi reina es y no me ultraja

que su pie a mi cerviz dome.

Solo tengo por injuria

que a tantas persecuciones

estos míseros descalzos

tantos vencimientos logren;

que el ser tan flacos contrarios

los que a mi poder se oponen

de mi altivez acrecientan

más las desesperaciones.

Ellos al cielo conducen

más almas que ese salobre

piélago produce arenas,

más que cuantas plumas torpes

de tantos heresiarcas

han conducido legiones

de espíritus al infierno.

Y no, Asmodeo, te asombre

que si este mal no se ataja.

Muy presto no ha de haber donde

los remendados mendigos

la bandera no enarbolen

de aquél que, por su valiente

humildad mereció el nombre

de gran alférez de Cristo;

Y que aquella silla goce

que perdí cuando intentaron

mis soberbias presunciones

fijarla en el solio trino

poniendo en arma su corte.

Para esta empresa te llamo.

No fácil te la propone

mi ciencia porque después

de la del celeste monte

a ninguna tan difícil

se arrojaron mis rencores;

porque la regla que guardan,

como sabes, estos hombres

es la apostólica vida,

y no por inspiraciones

solamente instituida

porque Dios mismo esta orden

dictó a boca que Francisco

fue su secretario entonces.

El cual le dijo, piadoso

para con sus posteriores:

«¿Quién, Señor, guardará regla

tan cruel que se compone

de veinte y cinco preceptos

sin glosa ni explicaciones

con pena de mortal culpa

siendo humano?» Y respondióle:

«Yo criaré quien la guarde,

Francisco, no te congojes.»

Mas no le dijo que todos

uniformemente acordes

la guardarían; que fueran

vanos nuestras pretensiones.

Parte a España, y en Toledo

que es hoy de sus poblaciones

la mayor, siembra impiedades

en los de mediano porte,

y en los gremios, que éstos son

los que a estos frailes socorren,

estorbando que en sus pechos

la devoción fuerzas cobre;

que son, en lo que aprenden

tenaces los españoles.

No en los ricos te embaraces;

que más que tus persuasiones

hará la ambición en ellos;

y, aunque vean dos mil pobres,

no harán reparo ninguno;

que, como nunca estos hombres

ven de la necesidad

la cara, no la conocen.

Esto en general, que en todas

las reglas hay excepciones.

Yo en esta ciudad de Luca

me quedo, donde disponen

mis cautelas que estos frailes

la conservación no logren

de un convento que han fundado,

haciendo en sus moradores

que las limosnas conviertan

en vergonzosos baldones;

que ya casi persuadidos

los tengo a que son mejores

limosnas las que se hacen

a quien con obligaciones

lo pasan míseramente

que a los que vienen con nombre

de religiosos mendigos,

sin que a la ciudad importe

entre los demás que tengo

para que mi engaño apoyen.

Hay aquí un rico avariento

con quien fuera el que supone

la parábola piadoso

y liberal, cuyo nombre

es Ludovico, y ya llega

de Florencia su consorte,

tan infeliz como hermosa

y cuerda, pues antepone

a su pasión la obediencia

del padre que, siendo noble,

con este ambicioso bruto

la casó por verse pobre.

Pero es devota de aquella

de todos los pecadores

abogada, que la libra

de estas imaginaciones.

Pero ya llega a su casa.

Parte a España, que aunque invoquen

en su ayuda estos mendigos

las divinas protecciones,

he de hacer que esta segunda

nave de la iglesia choque

en los escollos de impíos

y rebeldes corazones,

negándoles el sustento,

o que en los bajíos toque

de la natural flaqueza

con que, por lo menos, logre

que en su poca confianza

sin que el piloto lo estorbe,

zozobre, si no se pierde

o encalle, si no se rompe.

Asmodeo Príncipe de las tinieblas,

a tus preceptos responde

obedeciendo Asmodeo.

Desde hoy estén a tu orden

los espíritus impuros

del español horizonte.

Presto verás los del tosco

sayal con fuerzas menores

si Dios mismo en favor suyo

su autoridad no interpone.

(Sube Asmodeo en el mismo dragón que bajó Luzbel.)

Luzbel Estos frailes dejarán

desamparado el convento

por la falta de sustento

si hoy limosna no les dan;

que con solo un pan ayer

que un pasajero les dio

todo el convento comió;