El domador de palabras - Ignacio Sanz - E-Book

El domador de palabras E-Book

Ignacio Sanz

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Beschreibung

El domador de palabras: El padre de Marcelo era un artista: guionista de cine siempre quiso dedicarse a escribir. Para Marcelo, su padre no fue un padre ejemplar, y el mismos Marcelo piensa que él mismo nunca fue un hijo ejemplar. Pero ahora que su padre no está, Marcelo descubre quién era su padre, lo que le quería y todo lo que le enseñó sin que él se diera cuenta. Y todo eso lo descubre en las cartas que le escribió durante el rodaje de su última película.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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© de esta edición Metaforic Club de Lectura, 2016www.metaforic.es

© Ignacio Sanz

ISBN: 9788416873494

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados.

Director editorial: Luis ArizaletaContacto:Metaforic Club de Lectura S.L C/ Monasterio de Irache 49, Bajo-Trasera. 31011 Pamplona (España) +34 644 34 66 [email protected] ¡Síguenos en las redes!  

EL DOMADOR DE PALABRAS

Ignacio Sanz

Para Adrián

Nota previa.

Mi padre era uno de los padres más pesados del mundo; se pasaba las horas lanzando sermones y monsergas, de espaldas a la realidad y encerrado en su pequeña torre de marfil. Lo digo con cariño. Quizá por eso no fue nunca un padre ejemplar. Por supuesto que tampoco yo fui nunca un hijo ejemplar. Dice mi madre que los artistas tienden a ser así, un poco egocéntricos y pedantes. Qué le vamos a hacer. Mi padre era guionista de cine y de televisión, aunque le habría gustado ser escritor a secas. Él siempre decía: nadie es perfecto. Con sus pequeños defectos, ahora que ha muerto, le echo mucho de menos y creo que le quiero más que nunca y lamento no haberme mostrado más cariñoso con él cuando vivía. Pero, en efecto, nadie es perfecto y tampoco voy a estar ahora reprochándomelo cuando ya no tiene remedio.

Desde que le enterramos no hago más que leer este puñado de cartas que me escribió mientras se rodaba su película “Playa de otoño”, en la que, además de guionista, trabajó como ayudante de dirección. Más que hablar de mí, que también, estas cartas le retratan a él, un poco egocéntrico y pedante, como dice mi madre, sí, pero también preocupado por su obra, ilusionado y trabajador. Algo tendría de positivo, me digo a menudo, cuando ella, tan exigente, se enamoró de él, aunque luego se divorciaran.

Por respeto, no he cambiado ni una coma, tampoco he suprimido ni un solo párrafo. Al cabo, nada hay en estas cartas que me produzca bochorno o vergüenza. Todo lo contrario. Es una lástima que él, que nunca publicó un libro, no haya vivido lo suficiente para ver este puñado de cartas publicadas en forma de libro. Es mi pequeño homenaje póstumo y mi manera de luchar contra la muerte traidora que se lo llevó. Él, que llegó tarde a tantas cosas en la vida, fiel a sí mismo, tampoco tuvo oportunidad de ver cumplido uno de sus sueños. Pero así es la vida, diría él con un gesto de despreocupación. En fin, os dejo con mi padre.

Carta 1ª

Querido Marcelo:

Lo prometido es deuda; acabamos de llegar al hotel tras cinco horas de viaje, la última por carreteras estrechas y retorcidas; el paisaje ha dejado hipnotizada a la gente; a mí me agita viejos recuerdos. El hotel es mediano y lo hemos ocupado al completo. He tenido suerte y me han asignado una habitación individual. Para que veas la importancia de los guionistas. Espero que me lo respeten durante el rodaje, a no ser, claro, que la tuviera que compartir con la actriz principal. Es una broma. He visto su foto y es guapísima. Pero pocas veces la actriz principal se marcha en la vida real con el guionista; ellas son las diosas de este pequeño olimpo y las diosas buscan el abrazo de los dioses, encarnados siempre por el director o por el actor protagonista. También el cine es un universo cerrado y clasista, como la propia vida. No conozco a ningún técnico de luces o de sonido que le dé por conquistar a la actriz principal, o a una peluquera que trate de seducir al director. ¿Has estudiado la sociedad estratificada medieval? El mundo no ha cambiado tanto desde entonces. Pero desbarro, y todo a raíz de ese delirio de compartir habitación con una actriz. Para que veas cómo se altera el ritmo de una carta en cuanto entra una mujer en escena. No quiero contarte lo que pasa si, en vez de colarse en una carta, le da por irrumpir en tu vida. Puede producirse un cataclismo. Pero no te asustes, porque eso de que una mujer irrumpa en tu vida puede ser lo más maravilloso que te suceda nunca. Y, conste, que no quiero con ello justificar ante ti la vida inestable que llevo. Todo lo contrario, el hecho de ser un picaflor, acentúa mi conciencia de fracasado. Porque esa inestabilidad, de rebote, la sufres tú que has conocido a tantas mujeres en mi vida.

Estamos un poco apartados del pueblo, al pie de una playa enorme, de más de dos kilómetros de larga, en la que desemboca un riachuelo; en el cielo siempre hay una nube de gaviotas que imagino van a dar mucho juego a la cámara. Mi habitación está al final del pasillo y tiene dos ventanas, una que se orienta a la playa y la otra que se abre hacia el monte tapizado de verde con cuatro o cinco cabañas y casas de madera desperdigadas por la ladera. He visto que hay senderos y confío que algún día encuentre un hueco para subir hasta lo alto. Te prometo una descripción minuciosa de la panorámica. Imagino la furia del Cantábrico reventando en espumas contra los acantilados. Creo que ha sido un acierto la elección de esta playa y del pueblo.

Me esperan tres semanas de rodaje, todo depende del tiempo que, como sabes, aquí suele ser inestable. De modo que vas a recibir un montón de cartas porque Galo, que los aborrece, ha prohibido los teléfonos durante los días que dure el rodaje; solo en caso de urgencia se pueden recibir mensajes en la recepción. Manías del director que hay que acatar. Como te prometí, no pasará ningún día, sin que te escriba, aunque no sea más que para decirte hola y adiós. Y ya sabes, Marcelo, que cumpliré mi palabra. Puedes estar tranquilo; los días de rodaje son agotadores y enloquecidos, pero tu padre te dedicará, al menos, cinco minutos cada día. Quizá no te parezca mucho, pero te aseguro que, en medio de este vértigo absorbente, es una barbaridad. Si, como dices, algún día te dedicas al cine, lo entenderás. En cualquier caso no quiero que vuelvas a reprocharme que te tengo abandonado. Todavía me está doliendo. Mi vida, no lo niego, puede estar un poco embrollada, pero si hay un norte que la ordena, ese norte eres tú, de eso puedes estar seguro, pese a que nos veamos tan solo una vez cada dos semanas. ¿Qué culpa tengo yo? Bueno, es posible que lleves razón, que, al menos, tú lo sientas así. Reconozco que, con frecuencia, el trabajo me absorbe, y que, por razones evidentes, acaso yo no sea un padre modélico. Pero tienes que saber que, si alguien me preocupa en este mundo, ese alguien eres tú. Sé que pasas horas y horas frente a la tele o navegando. Entontecido en cualquier caso. Es absurdo que te justifiques ante tu madre diciendo que así aprendes el manejo de una cámara; así, hijo, estragarás tu gusto y te adocenarás. ¿Tú crees que Mozart habría podido componer su obra escuchando a trote y moche las marchas militares de su época? Un ambiente cerril genera gente mostrenca. No me preocupan tus notas, que son consecuencia de esa desidia que muestras para el estudio. Me inquieta que todas esas horas de bazofia televisiva o de navegaciones hueras vacíen tu cabeza de ideas fértiles y te conviertan en un simple botarate consumista. Un programa banal solo puede contagiarte de banalidad. Y sé de lo que hablo. A veces, mea culpa, también yo he besado el vientre de los reptiles, prestándome a escribir guiones triviales para llenar de trivialidad tanta cabeza hueca. Hay mucha demanda. El mundo está lleno de chorlitos que demandan chorlitadas. A mí no me preocupa que mi hijo saque malas notas, me desazona que sea un chorlito.

Espero que en estos días tenga ocasión de hablarte de mi aprendizaje, de los enredos que me empujaron a este oficio. Ya sé que hay cumbres mucho más altas, pero si de algo me siento satisfecho es de cómo desemboqué en el cine, del camino que tuve que recorrer para llegar hasta aquí. Hay un director de cine iraní que me gusta mucho. Se llama Abbas Kiarostami. Es también el guionista de sus películas, que siempre están a la altura de los mejores directores europeos y norteamericanos. Pero tiene un mérito añadido porque trabaja en condiciones precarias. Yo partí también de unas condiciones precarias.

Acabo precipitadamente porque oigo gritar a Galo mi nombre por el pasillo. ¿Lo ves? Esto es la locura. Más madera. Pero mañana más y mejor. Te lo prometo. Un beso. Te quiero.

Carta 2ª.

Querido Marcelo:

Apenas he podido dormir. El mar está picado y ruge con la rabia de un mastodonte desesperado. Es hermoso tener la sensación de que el suelo retiembla a tu alrededor. Este mar me recuerda a ti de niño, cuando te enfurruñabas por las noches y tu madre y yo nos turnábamos medio sonámbulos para mecer tu cuna y tratar de calmarte; tu madre más que yo, lo reconozco.