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"El duelo" (1908) toma como asunto el enfrentamiento de dos oficiales del ejército de Napoleón cuya pugna es tan empecinada como misteriosa en sus orígenes y se prolonga en el tiempo hasta adquirir dimensiones casi legendarias. Inspirada en un hecho real, esta breve novela es algo más que «una seria y sincera tentativa de pequeña ficción histórica», como la calificó años más tarde el autor: no sólo es un relato que se lee con gusto, sino que encierra una reflexión sobre la evanescente naturaleza de la ofensa, sobre la dualidad y la obsesiva necesidad del otro. Traducción de Arturo Agüero Herranz
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Seitenzahl: 163
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Joseph Conrad
El duelo
Un relato militar
Traducción y notas deArturo Agüero Herranz
Nota de autor
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Notas del traductor
Créditos
Ya me queda sólo por mencionar «El duelo», la historia más extensa de este libro. La historia tuvo el privilegio de publicarse separadamente en un pequeño volumen ilustrado, bajo el título de «El punto de honor». Fue hace muchos años. Desde entonces se ha restituido a su lugar adecuado, que es el lugar que ocupa en este volumen, en todas las ediciones posteriores de mi obra. Su origen es muy sencillo. Nace de un párrafo de diez líneas en una pequeña gaceta de provincias publicada en el sur de Francia. Ese párrafo, ocasionado por un duelo con resultado fatal entre dos conocidos personajes parisienses, hacía referencia por una u otra razón al «conocido hecho» acerca de dos oficiales del Gran Ejército de Napoleón que se habían batido en una serie de duelos en medio de grandes guerras y a causa de algún pretexto fútil. El pretexto nunca se descubrió. Por lo tanto, tuve que inventarlo; y me parece que, dado el carácter de los dos oficiales, que también tuve que inventar, he conseguido que sea suficientemente convincente por la mera fuerza de su absurdidad. A mi juicio el relato no es más que una seria y sincera tentativa de pequeña ficción histórica. Oí hablar mucho en mi mocedad de la gran leyenda napoleónica. Sentía genuinamente que habría de encontrarme a gusto dentro de ella, y «El duelo» es el resultado de esa sensación o, si el lector lo prefiere, de esa presunción. Personalmente no tengo remordimientos de conciencia por esta obra. La historia podría haberse contado mejor, desde luego. Toda obra personal podría haberse hecho mejor; pero éste es el tipo de reflexión que un creador ha de dejar a un lado con coraje si no quiere que cada una de sus ideas sea por siempre una visión privada, un ensueño evanescente. ¡Cuántas visiones de ésas he visto desaparecer en mi vida! Ésta, sin embargo, ha quedado como testimonio, si gustan, de mi coraje o como prueba de mi temeridad. Recuerdo con mucho cariño el testimonio de algunos lectores franceses que, de modo voluntario, opinaron que en ese centenar de páginas había conseguido yo reproducir «maravillosamente» el espíritu de toda la época. Exageración o amabilidad, sin duda; pero, aun así, lo agradezco de corazón, porque en verdad eso es justo lo que intentaba atrapar en mi pequeña red: el Espíritu de la Época, nunca puramente militarista en el fragor de las armas, juvenil, casi infantil en su exaltación de sentimiento, ingenuamente heroico en su fe.
J. C.1920
Napoleón I, cuya carrera fue semejante a un duelo contra toda Europa, veía con desagrado los duelos entre oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era un espadachín, y tenía escaso respeto por la tradición.
Sin embargo, una historia de duelo, que llegó a ser legendaria dentro del ejército, atraviesa la épica de las guerras imperiales. Ante la sorpresa y admiración de sus camaradas, dos oficiales, como artistas locos que intentaran dorar el oro o pintar el lirio2, mantuvieron una contienda privada a lo largo de esos años de carnicería universal. Eran oficiales de caballería, y su relación con el brioso aunque antojadizo animal que conduce a los hombres a la batalla parece singularmente apropiada. No cabe imaginar como héroes de esta leyenda, por ejemplo, a dos oficiales de infantería de línea, ya que las prolongadas marchas cortan el vuelo a su arrogancia, y su valor ha de ser necesariamente de un tipo más mesurado. En cuanto a los artilleros e ingenieros, que mantienen la cabeza fría a dieta de matemáticas, es sencillamente impensable.
Los oficiales se llamaban Feraud y D’Hubert, y ambos eran tenientes de un regimiento de húsares, pero no del mismo.
Feraud llevaba a cabo tareas propias de regimiento, pero el teniente D’Hubert tuvo la buena fortuna de ser destinado junto al general que comandaba la división, como officier d’ordonnance. Fue en Estrasburgo, y en esta agradable e importante guarnición se hallaban disfrutando a lo grande de un breve intervalo de paz. Aunque ambos eran intensamente belicosos, lo disfrutaban, pues era una paz para afilar las espadas y limpiar las armas de pedernal, estimada por un corazón guerrero sin menoscabo del prestigio militar, puesto que nadie creía en su sinceridad ni en su duración.
Bajo esas circunstancias históricas, tan favorables para la justa apreciación del ocio militar, una hermosa tarde el teniente D’Hubert encaminó sus pasos por una tranquila calle de un alegre suburbio con dirección a las habitaciones del teniente Feraud, situadas en una casa particular con jardín trasero, propiedad de una anciana dama soltera.
Tras llamar a la puerta, contestó enseguida una joven doncella que vestía un traje alsaciano. Su tez fresca y sus largas pestañas, que bajó recatadamente a la vista del espigado oficial, hicieron que el teniente D’Hubert, sensible a las impresiones estéticas, relajara la fría y severa gravedad de su semblante. Al mismo tiempo observó que la muchacha llevaba del brazo un par de calzones de húsar, azules con una franja roja.
–¿Está en casa el teniente Feraud? –preguntó con benevolencia.
–¡Oh, no, señor! Salió esta mañana a las seis.
La bonita doncella intentó cerrar la puerta. El teniente D’Hubert se opuso a este movimiento con firmeza gentil y pasó a la antesala haciendo resonar las espuelas.
–¡Vamos, preciosa! No querrás decir que no está en casa desde las seis de la mañana.
Al pronunciar estas palabras, el teniente D’Hubert abrió sin ceremonia la puerta de una habitación tan cómoda y pulcramente arreglada que sólo la evidencia interna en forma de botas, uniformes y avíos militares, lo convenció de que aquél era el cuarto del teniente Feraud. Y vio también que el teniente Feraud no estaba en casa. La sincera doncella lo había seguido, y alzó sus cándidos ojos para mirarle a la cara.
–¡Hum! –dijo el teniente D’Hubert, muy decepcionado, pues ya había recorrido todos los sitios donde un teniente de húsares podía hallarse una hermosa tarde–. ¿Está fuera, entonces? ¿Y tienes idea, preciosa, de por qué salió esta mañana a las seis?
–No –respondió ella al instante–. Anoche llegó tarde a casa, y empezó a roncar. Lo oí cuando me levanté a las cinco. Luego se puso su uniforme más viejo y salió. De servicio, me figuro.
–¿De servicio? ¡Ni soñarlo! –gritó el teniente D’Hubert–. Entérate, cariño, de que salió tan temprano para batirse en duelo con un civil.
Ella escuchó esta noticia sin el menor parpadeo de sus oscuras pestañas. Era obvio que las acciones del teniente Feraud estaban, generalmente, por encima de cualquier censura. Tan sólo alzó la mirada un momento, con muda sorpresa, y el teniente D’Hubert infirió por esta ausencia de emoción que ella había vuelto a verlo desde la mañana. Registró el cuarto.
–¡Vamos! –insistió con sencillez afable–. ¿No estará en otro lugar de la casa, quizá?
Ella negó con la cabeza.
–¡Pues peor para él! –prosiguió el teniente D’Hubert en tono de convicción inquieta–. Pero ha vuelto a casa esta mañana.
Esta vez la bonita doncella asintió levemente.
–¡Volvió! –gritó el teniente D’Hubert–. ¿Y se fue otra vez? ¿A qué? ¿No podía quedarse quietecito en su habitación? ¡Vaya lunático! Querida muchacha...
La innata bondad de su temperamento y el fuerte sentido de la camaradería favorecían las dotes de observación del teniente D’Hubert. Cambió a un tono de insinuante ternura y, mirando los calzones de húsar que colgaban del brazo de la muchacha, apeló al interés que ella mostraba por la comodidad y felicidad del teniente Feraud. Fue acuciante y persuasivo. Utilizó sus ojos, que eran amables y hermosos, con excelente efecto. Su inquietud por encontrar de inmediato al teniente Feraud, en beneficio del propio teniente Feraud, parecía tan genuina que al final se impuso sobre la resistencia a hablar de la muchacha. Por desgracia, no tenía mucho que contar. El teniente Feraud había regresado a casa poco antes de las diez, fue derecho a su cuarto y se echó en la cama para volver a dormirse. Lo había oído roncar, mucho más alto que antes, hasta ya bien entrada la tarde. Luego se levantó, se puso su mejor uniforme y salió. Era cuanto ella sabía.
Alzó sus ojos, y el teniente D’Hubert los miró fijamente con incredulidad.
–Es increíble. ¡Se va de paseo por la ciudad a lucir su mejor uniforme! Mi querida niña, ¿no sabes que esta mañana atravesó a ese civil? De lado a lado, igual que tú ensartas una liebre.
La bonita doncella escuchó la horrible noticia sin afligirse. Pero apretó los labios pensativa.
–No está de paseo por la ciudad –comentó en voz baja–. De ningún modo.
–La familia del civil ha armado un alboroto tremendo –continuó el teniente D’Hubert, siguiendo el hilo de sus propios pensamientos–. Y el general está muy furioso. Es una de las mejores familias de la ciudad. Feraud, cuando menos, tendría que haberse quedado en casa...
–¿Qué le hará el general? –preguntó la muchacha, intranquila.
–No ordenará que le corten la cabeza, puedes estar segura –masculló el teniente D’Hubert–. Su conducta es de todo punto indecente. No hace más que buscarse líos gracias a sus bravatas.
–Pero no está paseándose por la ciudad –insistió la doncella con un tímido murmullo.
–¡Pues claro! Pensándolo bien, no lo he visto en ningún sitio. ¿Dónde demonios andará?
–Ha ido de visita –sugirió la doncella tras un momento de silencio.
El teniente D’Hubert se alarmó.
–¡De visita! ¿A ver a alguna dama? ¡Diantre de hombre! ¿Y cómo sabes tú eso, niña?
Sin disimular su menosprecio de mujer por la estupidez del entendimiento masculino, la bonita doncella le recordó que el teniente Feraud se había engalanado con su mejor uniforme antes de salir. Se había puesto también su dolmán nuevo, añadió, dando a entender en su tono que la conversación empezaba a fastidiarla, y se dio media vuelta con brusquedad.
El teniente D’Hubert, aunque no negaba la exactitud de esta deducción, vio que con ella no progresaba mucho en su búsqueda oficial. Pues su búsqueda del teniente Feraud tenía carácter oficial. No conocía a ninguna de las mujeres a las que este individuo, que había atravesado a un hombre esa mañana, pudiera ir a visitar por la tarde. Los dos jóvenes apenas se conocían. Mordió uno de sus dedos enguantados, quedándose perplejo.
–¡De visita! –exclamó–. ¡A ver al diablo!
La muchacha, aún de espaldas, mientras doblaba los calzones de húsar sobre una silla, protestó con una risita enojada:
–¡Oh, cielos, no! A Madame de Lionne.
El teniente D’Hubert silbó levemente. Madame de Lionne era esposa de un alto funcionario, tenía un conocido salon y ciertas pretensiones de sensibilidad y elegancia. El marido era un civil, ya viejo; pero en el salon se reunían jóvenes y militares. El teniente D’Hubert no había silbado porque lo disgustara la idea de buscar al teniente Feraud precisamente en ese salon, sino porque llevaba poco tiempo en Estrasburgo y aún no había tenido oportunidad de ser presentado a Madame de Lionne. Se preguntó qué estaría haciendo aquel espadachín de Feraud en un sitio así. No parecía el tipo de hombre que...
–¿Estás segura de lo que dices? –preguntó el teniente D’Hubert.
La muchacha estaba completamente segura. Sin darse la vuelta para mirarlo, explicó que el cochero de los vecinos conocía al maître-d’hôtel de Madame de Lionne. Lo sabía a través de él. Y estaba completamente segura. Suspiró al afirmar esto. El teniente Feraud iba allí casi todas las tardes, añadió.
–¡Ah, bah! –exclamó irónicamente D’Hubert. Su opinión acerca de Madame de Lionne disminuyó varios puntos. No creía que el teniente Feraud mereciera de modo especial la atención de una mujer a la que se tenía por sensible y elegante. Pero nunca se sabe. En el fondo todas eran iguales, más prácticas que idealistas. El teniente D’Hubert, sin embargo, no le dio muchas vueltas al asunto.
–¡Mil rayos! –reflexionó en voz alta–. El general va allí algunas veces. ¡Si se encuentra con ese sujeto lanzándole miraditas a la dama, ahí será el diablo! Nuestro general no es un hombre complaciente, te lo aseguro.
–¡Vaya pronto, entonces! ¡No se quede aquí, ahora que ya sabe dónde está! –gritó la muchacha, enrojeciendo hasta los ojos.
–¡Gracias, encanto! No sé qué habría hecho sin ti.
Tras manifestar de modo agresivo su gratitud, que primero fue rechazada violentamente y luego acatada con una súbita indiferencia aún más repulsiva, el teniente D’Hubert se marchó.
Cruzó las calles contoneándose marcialmente, al son y tintineo de las espuelas. Le importaba poco tener que perseguir a un camarada en una sala a la que no había sido invitado. Un uniforme es un pasaporte. Su posición como officier d’ordonnance del general era otra garantía. Además, ahora que sabía dónde encontrar al teniente Feraud, no le quedaba otra opción. Era un asunto de servicio.
La casa de Madame de Lionne mostraba una apariencia espléndida. Un criado de librea abrió las puertas de una amplia sala con piso encerado, anunció su nombre y se retiró para dejarlo pasar. Era día de recepción. Las damas llevaban sombreros grandes y sobrecargados con profusión de plumas; sus cuerpos, enfundados en trajes ceñidos y blancos desde las axilas hasta las puntas de sus zapatos bajos de satén, parecían como los de impasibles sílfides en un despliegue inmenso de escotes y brazos desnudos. Los hombres que hablaban con ellas, por el contrario, iban copiosamente engalanados de prendas multicolores, con cuellos hasta las orejas y anchos fajines alrededor de la cintura. El teniente D’Hubert cruzó la habitación desenfadadamente e, inclinándose ante una forma de sílfide que reposaba en un sofá, ofreció sus disculpas por la intrusión, que sólo podía excusar la suma urgencia de una orden de servicio que debía comunicar a su camarada Feraud. Era su propósito volver en otro momento de manera más regular y solicitaba perdón por interrumpir tan interesante conversación...
Antes que terminara de hablar le tendieron un brazo desnudo con graciosa indolencia. Se llevó la mano a los labios respetuosamente, y tuvo el pensamiento de que era huesuda. Madame de Lionne era rubia, de piel fina y rostro alargado.
–C’est ça! –dijo con una sonrisa etérea que dejaba al descubierto su amplia dentadura–. Vuelva por la noche a suplicar perdón.
–No faltaré, madame.
Entretanto, el teniente Feraud, espléndido con su dolmán nuevo y sus lustrosas botas de visita, estaba sentado en una silla a un pie de distancia del sofá, una mano apoyada en el muslo, mientras con la otra se retorcía la punta de los bigotes. A una mirada significativa de D’Hubert se levantó sin premura y lo siguió hasta el nicho de una ventana.
–¿Qué quiere usted de mí? –preguntó con indiferencia asombrosa.
D’Hubert no podía sospechar que Feraud, en su corazón inocente y su conciencia simple, juzgaba aquel duelo como algo que no le infundía remordimiento ni tampoco una aprensión razonable hacia las consecuencias. Aunque no recordaba bien cómo se había iniciado la disputa (empezó en un establecimiento donde se bebe cerveza y vino hasta altas horas de la noche), no le cabía la menor duda de que él era la parte ultrajada. Dos amigos experimentados lo habían secundado como padrinos. Todo se había hecho de acuerdo a las reglas que gobiernan este tipo de lances. Y un duelo obviamente se porfía con el propósito de que alguien, por lo menos, resulte herido, si no muerto del todo. El civil fue herido. Eso también estaba en regla. El teniente Feraud se sentía completamente tranquilo; pero el teniente D’Hubert lo tomó por afectación, y habló con cierta vivacidad.
–El general me envía para ordenarle que vuelva a sus habitaciones de inmediato y permanezca allí bajo arresto estricto.
Ahora fue el teniente Feraud quien se asombró.
–¿Qué demonios me cuenta? –murmuró a media voz, y cayó en un desconcierto tan hondo que no pudo sino seguir maquinalmente las indicaciones del teniente D’Hubert. Los dos oficiales (uno alto, de atractivo rostro y bigotes con el color del trigo maduro; el otro bajo y robusto, con nariz ganchuda y una espesa mata de pelo negro y rizado) se acercaron a la señora de la casa para despedirse. Madame de Lionne, mujer de gustos eclécticos, sonrió a estos armados jóvenes con sensibilidad imparcial y un mismo grado de interés. Madame de Lionne se deleitaba en la infinita variedad de la especie humana. Todos los ojos de la sala siguieron a los dos oficiales mientras se retiraban; y cuando se hubieron ido, uno o dos hombres, que ya tenían noticia del duelo, comunicaron la información a las sílfides, quienes la recibieron con débiles grititos de preocupación humana.
Entretanto, los dos húsares caminaban uno al lado del otro; el teniente Feraud tratando de averiguar la razón oculta de los hechos, que en este caso escapaba al alcance de su intelecto; el teniente D’Hubert sintiéndose a disgusto en el papel que le correspondía, ya que según las instrucciones del general tenía que encargarse personalmente de que el teniente Feraud cumpliera sus órdenes al pie de la letra y de inmediato.
«Se ve que el jefe conoce bien a este bruto», pensó echando un vistazo a su compañero, cuya redonda cara y ojos redondos, e incluso el bigotito, negro como el azabache y retorcido, parecían animados por una exasperación mental contra lo incomprensible. Y observó en voz alta de modo bastante reprensivo:
–¡Tiene usted al general que se lo llevan los demonios!
El teniente Feraud se detuvo sobre el borde de la acera, bruscamente, y gritó con acentos de inequívoca sinceridad:
–Pero, ¿a santo de qué?
La inocencia de aquel fiero espíritu gascón se pintó en su modo de agarrarse la cabeza con ambas manos como para impedir que estallase de perplejidad.
–Por el duelo –dijo el teniente D’Hubert secamente. Lo fastidiaba mucho esa suerte de idiotez perversa.
–¡El duelo! El...
El teniente Feraud pasó de un paroxismo de asombro a otro. Dejó caer las manos y se puso a caminar lentamente, procurando reconciliar esta información con el estado de sus sentimientos. Era imposible. Reventó indignado:
–¿Iba a consentir yo que ese civil comilón de sauerkraut3 se limpiara las botas en el uniforme del Séptimo de Húsares?
El teniente D’Hubert no pudo permanecer del todo impasible ante un argumento tan simple. Este renacuajo se volvió loco, pensó para sí, pero algo de cierto había en lo que dijo.
–Desde luego, ignoro hasta qué punto tiene usted justificación –empezó sosegadamente–. Y el mismo general puede que no esté bien informado. Esos familiares lo han ensordecido a lamentaciones.
–¡Ah! El general no está bien informado –refunfuñó el teniente Feraud, caminando cada vez más deprisa según aumentaba su cólera por lo injusto de su destino–. No está bien informado... ¡Y ordena que me pongan bajo arresto estricto, y luego Dios sabe qué más!
–No se excite así –objetó el otro–. Los familiares de su adversario tienen mucha influencia, como usted sabe, y las cosas se han puesto ya bastante mal. El general hubo de atender sus quejas de inmediato. No creo que vaya a mostrarse demasiado severo. Lo que más le conviene a usted es no dejarse ver por una temporada.
–Es un favor que me hace el general –murmuró el teniente Feraud entre dientes–. Y quizá usted se figure que debería estarle agradecido también, por haberse tomado la molestia de ir en mi busca hasta la sala de una dama que...
–Francamente –interrumpió D’Hubert, riendo con inocencia–, creo que sí. Me ocasionó un sinfín de molestias averiguar dónde estaba. Teniendo en cuenta las circunstancias, no era el sitio más indicado para acudir a divertirse. Si el general llega a pillarlo lanzándole miraditas a la diosa del templo... ¡A fe mía...! No soporta que lo incordien llevándole quejas contra sus oficiales, ya sabe. Y aquello tenía toda la pinta de una auténtica bravata.
Los dos oficiales habían llegado a la puerta del domicilio del teniente Feraud. Este último se volvió hacia su compañero.
–Teniente D’Hubert –dijo–, he de decirle algo que no se puede decir en la calle. No puede negarse a subir.
