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En El efecto enjambre, el autor se mete de lleno en la encrucijada que su imaginación le dicta a la luz de la actualidad social y política de la Argentina. ¿Alguna vez te preguntaste si sería posible una guerra civil entre argentinos? En el pasado ocurrió muchas veces: nuestra historia está plagada de guerras civiles, más grandes o más chicas, largas o cortas. ¿Por qué no ocurriría de nuevo? El caldo parece estar lo suficientemente cocinado para que esa violencia se desate una vez más. Con un relato futurista e imaginario, el autor nos pone en contacto directo con nuestros peores deseos, frustraciones y lo mejor es que nos coloca dentro de nuestros miedos más odiados, que es asumir el imperio de la ley del más fuerte, el más violento. Nos obliga a pensar y decidir si seremos capaces de comernos al caníbal. Finalmente, el desenlace es sorpresivo e inesperado. La imaginación sin límites nos propone un futuro, hoy insospechado e increíble; a pesar de la destrucción y muerte que se vislumbra para una parte mayoritaria del país, hay un cambio de paradigma, hay un final feliz.
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Seitenzahl: 240
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Nicolás Zuriaga y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Olivera, Julio Rolando
El efecto enjambre / Julio Rolando Olivera. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
226 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-044-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Olivera, Julio Rolando
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A mi familia, en especial a mis hijos Florencia y Gonzalo, cuya colaboración fue vital para la edición de esta obra.
INTRODUCCIÓN
El presente trabajo comenzó a tomar forma en mi mente a partir de un simple golpe de intuición, sin imaginar que luego podría llegar a convertirlo en una novela de ficción. No es más que eso, una simple novela. Pura ficción sin pretensiones proféticas ni mucho menos. Esto es algo que ocurrió hace ya varios años.
Durante la primera mitad de la década de los 90 comencé a percibir, a ser consciente de que había una exagerada sobreactividad de los movimientos sociales contestatarios y reaccionarios que desde el retorno de la democracia fueron siempre funcionales al peronismo.
En la Argentina de ese momento gobernaba el presidente Carlos Menem, encasillado ideológicamente como neoliberal, pero Menem era un peronista como cualquier otro dirigente afiliado al PJ, cantaba la marchita y poseía en sus oficinas estatuillas y cuadros de Perón y Eva Duarte y tenía el discurso populista clásico del peronista promedio. Desde luego fue víctima de un movimiento recientemente creado y del que yo era totalmente ignorante de su existencia, el Foro de San Pablo, ONG fundada por Fidel Castro y Lula Da Silva para intentar salvar o reemplazar las ventajas que obtenían de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la gran perdedora de la Guerra Fría.
Surgió así un nuevo orden mundial y dando comienzo a la globalización, bien recibida por unos y denostada por otros.
Con el correr del tiempo, esa sobreactividad se incrementó, y las grandes ciudades ya comenzaban a tornarse complejas las posibilidades para transitar con libertad.
Irrumpieron en escena una variedad muy colorida de comparsas de quejosos profesionales alquilados con dinero de los contribuyentes y, vale la pena decirlo, este pago era llamado informalmente y con total cinismo: subsidio a la pobreza, cuando en realidad era un simple soborno.
Recibían un sueldo por no hacer nada. Nacían los piqueteros e impusieron la costumbre de los cortes sorpresivos de calles, quema de neumáticos, encapuchados, siempre usando como escudos humanos a mujeres, la mayoría embarazadas y/o con niños en sus brazos y colgados de sus polleras. Ellos armados con garrotes, la policía no se les podía ni acercar, mucho menos reprimirlos.
Lejos estaba yo de saber o imaginar siquiera que esto era un plan orquestado, planeado y estaba siendo ejecutado con precisión, de alguna manera lo intuía; tanto es así que una vez le comenté a mi mujer “parece que fuera una conspiración” porque siempre son los mismos tipos y siempre cantando las mismas consignas, siempre cometiendo los mismos delitos, se manejaban con un patrón preestablecido y una coreografía muy bien coordinada.
Al final mi intuición no falló, era una enorme conspiración a nivel mundial, pero era más exacerbada y más fácil de aplicar en América Latina en donde las instituciones son más permeables a la corrupción y la venalidad.
Premonitoriamente traería consigo consecuencias desconocidas.
Esa ONG aglutinaba en su seno a dictadores de izquierda, terroristas y narcotraficantes devenidos en políticos que intentaban desesperadamente sobreponerse y sobrevivir a la desaparición de la URSS que fue quien les dio apoyo logístico, económico e ideológico desde el fin de Segunda Guerra Mundial.
Infiltró a todos los estratos sociales de la nación y uno muy particular ocurrió en los claustros académicos del derecho.
De la nada surgieron gurúes delirantes o santones eruditos con gran prestigio internacional y muchos pergaminos que abjuraban del código penal y su aplicación: “Es demasiado riguroso”, decían unos, “No se puede criminalizar al que no tiene fortuna”, gritaban otros, “Hay que democratizar el sistema carcelario”, mentían por otro lado.
Comenzaron por exigir la reducción o eliminación de las penas, para luego pedir su modificación o directamente su abolición. A partir de su ideario el delincuente ya no era más el reo, era tan solo una pobre víctima que, con la venia de un falso progresismo, el victimario, por resolución divina, se convertía en una frágil y desvalida víctima.
En Argentina contaban con el beneplácito del peronismo y las organizaciones de derechos humanos nacidas al calor de la dictadura militar, pero que tenían una orientación estrictamente ideológica de izquierda, defensores a ultranza del castrismo cubano y de cuanta dictadura comunista existiese sobre el planeta.
En Argentina lograron conseguir muchos adherentes, integrantes del progresismo nativo con todos sus matices.
Sobornaron y compraron a las organizaciones de defensa de los derechos humanos, a las que convirtieron en simples y corrientes sindicatos de ladrones y asesinos.
Desgraciadamente, su violencia callejera no fue neutralizada a tiempo. Los responsables de esa inacción fue una dirigencia política culposa y cobarde que no quiso o no tuvo las agallas para aplicar el correctivo justo en el momento apropiado, por temor a ser tildados de represores.
Alguna vez leí en una red social un concepto muy curioso y a la vez nunca tan apropiado sobre el peronismo, el tipo decía que el peronismo actuó desde sus comienzos como un ejército de ocupación, hoy pienso que ese comentarista tenía razón y tal vez esa condición es la que llevó a que durante 80 años el peronismo fue un sufrimiento y no un sentimiento como ellos han pretendido venderlo.
En esta novela de ficción tenemos dos protagonistas: los coroneles Norton, padre e hijo. Uno en un futuro muy cercano y el hijo en un futuro lejano totalmente desconocido e inasible nos narrarán lo que estaría ocurriendo en un presunto destino post apocalíptico de la República Argentina y yo les iré relatando el marco general en el cual, presuntamente se fue gestando, se fue cocinando y cómo nos embistió ese porvenir trágico y dramático.
J. R. Olivera
El efecto enjambre
Capítulo 1
Era de noche en algún lugar de una zona ubicada en el antiguo barrio de Mataderos.
Cinco hombres vestidos con uniformes militares de color negro, con las cabezas cubiertas por cascos equipados con cámaras digitales. Sus caras cubiertas con pintura de camuflaje.
Era un pequeño pelotón equipado con fusiles de asalto AR 15 calibre 5.56 x 54, subsónicas y con silenciador, miras láser, sistemas de visión nocturna, pistolas Glock calibre 40 y cuchillos de ataque táctico. Uno de ellos llevaba un fusil Rémington calibre 300, equipado con una mira telescópica Leupold de visión nocturna, de aproximadamente 12 x 35, para disparo a larga distancia: un especialista francotirador.
¿Serían fuerzas especiales o mercenarios? Una cosa es segura: no eran simples cazadores y tampoco civiles; bien entrenados, profesionales, silenciosos, sus movimientos estaban totalmente coordinados, se movía uno y los otros inmóviles lo cubrían, su desplazamiento era muy eficiente y prácticamente invisible.
Sigilosamente se descolgaron en rapel por el costado de una extraña construcción de hormigón, que asemejaba a un embudo.
Bajan uno a uno. Luego de recorrer una distancia de aproximadamente un kilómetro, se dirigen corriendo en cubierta contra las paredes de un largo y derruido monoblock de cuatro pisos.
Uno a uno, suben hasta la azotea por distintos lugares, la idea es tratar de dispersar la visión de un presunto vigía. Una vez agrupados en el techo, corren hasta el otro extremo y desplazándose cuerpo a tierra se asoman al borde del edificio.
De fondo se escucha una melodía a todo volumen, la denominada cumbia. Antiguamente se la llamó de forma despectiva: cumbia villera. A su vez se escucha el bullicio generado por mucha gente.
Abajo, en la vereda de enfrente del edificio, había una explanada bastante ancha y llena de escombros, era una antigua avenida totalmente cubierta por malezas y vehículos quemados y oxidados.
Se podía ver con mucha claridad un galpón con techo de chapa, una edificación que aparentemente en otros tiempos pudo haber sido la sede de un club de barrio o algún tipo de industria y en ese lugar, supuestamente debió haber funcionado un playón de carga o depósito o un estacionamiento.
El francotirador apunta con su fusil y por medio de la mira telescópica calcula la distancia de los blancos; se da vuelta y les hace una seña con el índice que significa 40 metros, distancia apropiada para toda la gama de armas que portaban.
Uno de los cazadores observaba con un par de binoculares de luz residual en busca de blancos específicos; rastreando presas.
En la pista o playón habría unas 600-800 personas, jóvenes de entre 30 y 40 años. Todos, sin excepción, tenían puesta una camisa o un pantalón de color naranja.
Los chicos bailaban de manera enloquecida al compás de la cumbia; el desenfreno era total. En rincones no tan apartados, muchos estaban drogándose y bebiendo alcohol sin ningún tipo de límites.
En un costado y a la vista de todos, una mujer y tres hombres ponían en escena una sesión de sexo explícito y salvaje sin ningún tipo de inhibiciones, rodeados de otros chicos que aplaudían y festejaban la obra de teatro.
En otro sector, cinco tipos estaban golpeando con extrema ferocidad a un solo chico, que ni siquiera atinaba a defenderse; le pisaron la cara, lo patearon en la cabeza, en la espalda, en el estómago, en el pecho una y otra vez. Al final quedó inconsciente; en ese momento los cinco atacantes al mismo tiempo orinaron encima de la víctima.
Un poco más alejado un hombre corpulento, que tenía puesto en su cabeza una kufiya o pañuelo palestino golpeaba brutalmente a una joven y escuálida mujer a la cual después le arrancó la ropa, la desnudó completamente y la violó sin compasión repetidas veces. La chica gritaba desesperada, pero a nadie parecía importarle, nadie la escuchaba.
Había otras mujeres en las cercanías que miraban el accionar del violador, pero ninguna hizo nada, solo festejaban, bailando, saltando y riendo sin sentido aparente alguno.
Uno de los cazadores que vio esa escena con sus binoculares miró al resto e hizo una seña pasando la mano derecha y en forma plana sobre el cuello; el violador acababa de recibir su sentencia de muerte.
En el centro de la pista habían armado un gran fogón donde arrojaban libros, sillones, escritorios, mesas y todo tipo de cosas que iban retirando de los inmuebles abandonados y bailaban alrededor, gritando y festejando, totalmente perdidos por los efectos de la droga.
Los concurrentes al baile lejos estaban de adivinar siquiera lo que les estaba por ocurrir.
En la azotea el francotirador iluminó con su mira láser la cabeza del violador que tenía puesto la kufiya, efectuó el disparo y este dio en el blanco con una exactitud milimétrica. La munición con punta expansiva, del tipo RIP, al penetrar en un blanco duro como lo es un cráneo humano se partió en los ocho pedazos que la componen más el núcleo, haciendo que la cabeza del violador estallara en una explosión sanguinolenta. Huesos y pedazos de masa encefálica por todas partes, el cuerpo del tipo se desmoronó hacia el piso como si fuera un muñeco de trapo.
En ese instante comenzaron a disparar los otros cazadores.
Se podía distinguir con suma claridad y totalmente separados los sonidos de la detonación en sordina de la munición y el chasquido de la corredera retrocediendo, expulsando el cartucho servido y avanzando y levantando el nuevo proyectil en la recámara.
El aparente jefe hizo una seña con su mano indicando modo automático y directamente todos se pusieron de pie y con ráfagas de cuatro o cinco disparos asesinaron a decenas de personas; algunos caen pesadamente, otros intentan huir.
En la estampida pisotean y pasan por encima del resto de los caídos, muertos o malheridos y lo peor de todo es que esos chicos están tan mal de la cabeza que corren en dirección hacia sus cazadores; no tienen la capacidad mental o intuitiva necesaria para reconocer el lugar de donde viene el ataque y buscar algún tipo de cubierta. Los cazadores están apostados frente a la única vía de escape abierta que tenía el viejo y abandonado lugar.
Después del tipo de la kufiya los siguientes en caer fueron los matones que golpearon y orinaron a su víctima, continuaron los que estaban drogándose. Todos cayeron sin saber qué los golpeó.
Los cazadores filman todo con las cámaras de video instaladas en sus cascos de protección y se retiran con la misma velocidad y sigilo con el que llegaron.
Treparon el embudo de cemento con una velocidad increíble y corrieron hasta un descampado en donde los esperaba un helicóptero del tipo fantasma que los recogió y huyeron en total silencio en dirección al este, hacia el Río de la Plata.
***
Córdoba, República Argentina. Año 2060
Soy el coronel Jorge Norton, tengo 45 años, pertenezco al Ejército Argentino y voy a contarles lo que está ocurriendo en la República Argentina, ahora pleno año 2060. Esto es algo que no debió haber sucedido nunca, pero en la Argentina uno nunca sabe qué puede suceder, por inaudito que suene.
La República Argentina siempre fue un país extraño, raro, dramáticamente raro, difícil y hasta inclasificable. Compuesto por individuos fácilmente corruptibles o corruptos por definición, cínicos, soberbios, afeminados, acostumbrados a lloriquear por cualquier estupidez y a la vez amigo y solidario con el malvado. Ocupado en proteger siempre al peor en desmedro del que se esfuerza en ser mejor, antiguamente a esa patética costumbre se la llamó con una hipocresía manifiesta y decadente: corrección política.
Desde luego que me estoy refiriendo solo a minorías, y no a la totalidad de la ciudadanía, no todas las personas eran u obraban así.
Desde la década de los años 40 del siglo XX, nos enseñaron que nivelar hacia abajo era ser solidario, buena persona, a que, si una persona se esfuerza en su trabajo, obtiene buen dinero y progresa, debe compartir, sí o sí los beneficios de su esfuerzo con aquel que no quiso o no pudo hacerlo; para mí eso realmente se llama injusticia, aquí siempre se lo llamó justicia social o redistribución de la riqueza. Siempre favoreciendo al peor, siempre promoviendo al peor y, por supuesto, casi siempre votando y eligiendo lo peor.
Desde los albores de su historia el pueblo argentino ha estado dividido. Siempre con esa obsesión maniquea insoportable, con incontables guerras civiles, chicas o grandes, cortas o prolongadas, pero guerras al fin. Batallas por cosas importantes o por estupideces. Se iniciaban conflictos armados basados en el odio que se tenían porque uno era rojo y blanco y el otro blanco y rojo y había cientos, miles de muertos, heridos, familias destrozadas, etc.
Y sobre todo un pueblo lleno de odio, un odio inexplicable, un odio genético hacia sí mismo. Con una vocación autodestructiva de proporciones dramáticas. Insólitamente el propio pueblo se odiaba y con un odio reprimido creciente y oculto en lo más íntimo del ser que lo llevó al borde de la inmolación y que se mantuvo así hasta las primeras décadas del siglo XXI.
El país ingresó a la nueva centuria comandado por una clase política poblada de señores feudales dueños de territorios exclusivos, caudillos malvivientes y en chancletas. Rodeados de sicarios, matones y mafiosos de toda laya, algunos con título universitario y que conformaban centros de creación de pensamiento y políticas encaminadas a cometer delitos y hechos de corrupción.
Muchos de los títulos profesionales de esos oscuros personajes eran de dudoso origen.
Una dirigencia política y sindical habituada a llevarse por delante la ley, la justicia y en particular a la constitución nacional, en una palabra, se acostumbró a pasar por encima de todos y a asociarse con cuanto delincuente tuvieran a la mano, al que sobornaba o compraba con el dinero de los contribuyentes con total desparpajo.
A la vista de todo el mundo, con tal de que se generaran los necesarios apoyos de las bases y así lograr mantenerse en la cresta de la ola. Continuar manejando su sindicato o su unidad básica a voluntad con lista única, ya sonaba como un mantra, siempre la ineluctable lista única, total a la larga lo camuflaban con el siempre efectivo relato épico de la lucha contra el imperialismo apátrida, cipayos o vende patrias que por supuesto era una mentira grande como una casa y carente de sustento en la realidad. A sus seguidores y simpatizantes les tiraban un bolsón de comida o unas monedas y este, por ignorancia y conveniencia, creía y aceptaba cualquier cosa.
Desgraciadamente la vigencia del libro del expresidente Sarmiento continuó siendo una realidad constante hasta bien entrado el siglo XXI: civilización y barbarie, y hubo un terrible momento que pareció que prevalecería la barbarie.
Debo haber tenido unos ocho años de edad y todavía resuenan en mi cabeza las palabras de mi abuelo que sostenía que esta nación iba rumbo a una colisión interna. Un enfrentamiento que estaba latente desde la época de la triple A; de los terroristas de la izquierda y de los terroristas de las múltiples caras del peronismo.
El país estaba predestinado a sufrir o la decadencia permanente a la que ya estaba siendo arrastrado desde mediados del siglo XX o a un estallido generalizado cristalizando a través de la violencia; tantos años de haber tenido que soportar humillaciones y saqueos, a los que fue sometido a manos de un sistema político mesiánico y a veces enloquecido y totalmente descompuesto. Aparte de tener y sufrir una justicia envilecida, corrupta y oportunista y cooptada por esos malos políticos, que ya era una verdadera degeneración.
Soy un oficial superior al mando del Escuadrón de Despliegue Táctico, somos fuerzas especiales o de élite que, en caso de ser necesario, intervenimos en la denominada zona de reserva o también llamada sector Omega o Zona 0 como le decimos nosotros dentro de la jerga militar.
Nuestra fuerza se denomina Tridente. Ese nombre responde a que esta agrupación está conformada por los mejores hombres de cada fuerza: Ejército, Fuerza Aérea y Marina. Estamos a un mismo nivel de entrenamiento que el grupo 6 de los legendarios navy seal estadounidenses.
El Estado Mayor Conjunto me envía a la Zona 0 a investigar y organizar una operación de intervención militar e intentar detener las cacerías humanas que desde hace un par de meses están teniendo lugar en el sector de confinamiento. Y corroborar un dato generado por inteligencia militar, sobre el presunto embarazo de una mujer joven.
Salimos de la Escuela de Aviación en una vieja nave C-130 Hércules de material aerotransportado de la Fuerza Aérea Argentina.
Somos un pelotón que está compuesto de 30 hombres, nuestro destino es una base desconocida en algún lugar de la provincia de Buenos Aires.
Llegamos a nuestro destino en horas de la noche. En la base nos estaban esperando con los transportes listos; dos viejos camiones Oshkosh M1083, con equipamiento modernizado, motores híbridos más potentes con 900HP de potencia y más económicos, GPS y sistemas de rastreo geo estático y con un muy avanzado sistema de comunicaciones encriptadas de enlace satelital.
Junto con los transportes había presente un grupo perteneciente a sanidad, compuesto por un médico, el doctor Norberto Roger, y los enfermeros Aldo Ramírez y Víctor Guzmán. Nos presentamos y nos entregaron las órdenes emanadas directamente del Comando Central del Estado Mayor Conjunto Zona Cero CCEMCZ0.
Me dirijo al chofer, el sargento primero Ferreira, del primer camión, y le pregunto:
—Sargento primero, ¿a dónde vamos?
Y este me contesta:
—Vamos a entrar al sector amarillo por la puerta número cuatro; pero en realidad, mi coronel es que vamos a ir directamente al sector rojo, la zona está muy caliente y nadie sabe muy bien qué es lo que ocurre; en la carpeta del Comando Central del Estado Mayor Conjunto Zona Cero hay un sobre con información de inteligencia, seguramente ahí va a tener más respuestas de las que yo le puedo dar.
Reviso el sobre y leo atentamente la información suministrada y más o menos ya tengo un primer bosquejo de las acciones por seguir.
Doy la orden de alistarse, colocarse el chaleco antibalas; las coderas, rodilleras y hombreras de kevlar. Activación de los sistemas de visión nocturna y el enlace satelital de las cámaras de vigilancia y control ubicadas en los cascos y en las miras láser. Chequear municiones, sistemas de comunicaciones y avisamos al comando central para que envíen los drones de apoyo aéreo y doy aviso al comando que la operación Código Limpieza ya está en marcha.
Salimos de la base y en el transcurso de una hora y media, después de un viaje muy accidentado por el mal estado de los caminos, ya se podía apreciar la diferencia del territorio. Estábamos entrando en la zona de exclusión, que es una franja de ocho kilómetros de ancho que rodea en toda su extensión al primer muro que separa la antigua Argentina de la nueva Argentina. El primer vallado es el amarillo. Es una lonja de tierra totalmente restringida al tránsito y presencia humana, fuera quien fuera. Un lugar totalmente a oscuras. Desde luego es una zona completamente desolada. Las ruinas de casas y edificios eran totales; todo estaba devastado, lo que antes pudo haber sido una avenida importante hoy era una simple huella y, a pesar del tiempo transcurrido, todavía se podía sentir sutilmente el olor de cuerpos en descomposición.
Le pregunto al sargento primero Ferreira:
—Sargento primero, ¿por qué hay olor a cuerpos en descomposición y carne quemada?
Y el sargento me contesta:
—Son los cuerpos de personas que han intentado ingresar al área restringida y se encontraron con que toda la zona de exclusión está sembrada de minas antipersonales. Esos restos humanos fueron dejados a propósito como ejemplo y advertencia, no fueron alcanzados por la operación de limpieza que ordenó el Consejo Federal.
A pesar del silencio reinante, teníamos la sensación de que nos estaban observando, aunque se supone que estas zonas fueron totalmente desalojadas de personas; las cuales fueron evacuadas y reubicadas, ni siquiera vimos perros cimarrones.
Anduvimos una hora más y llegamos a un puesto militar altamente custodiado. Un enorme cartel nos avisaba que estábamos en la entrada número 4 del sector amarillo.
Nos iluminaron con grandes reflectores y sabíamos que desde los nidos de ametralladoras ubicadas sobre los costados nos tenían en la mira.
Un grupo de soldados rodea el convoy y un oficial se acerca lentamente y sin emitir una palabra estira su mano izquierda; por la ventanilla del camión le doy mi credencial y un sobre del Estado Mayor. Lo abre lentamente y lo lee, me saluda, se presenta y me dice:
—Coronel, soy el oficial principal Ramírez; como usted sabe, la custodia la tenemos los Albatros. Voy a darle paso, pero quiero que sepa que desde el anillo naranja en adelante la situación es muy incierta. Hace tres noches intentaron salir del perímetro tratando de escalar el embudo de aprovisionamiento número 4; no eran más de 20 o 30 individuos. Mandamos dos compañías que fueron ferozmente repelidas. Tenían toda la intención de sobrepasar al puesto del anillo rojo y evadirse del sector Omega.
»Tuvimos que pedir drones de ataque para detener la evasión en curso; del resultado del enfrentamiento fue que tuvimos varios heridos, y de los desterrados que perpetraron el intento de fuga, no sobrevivió ninguno, fueron abatidos en su totalidad. Los dispositivos no tripulados saturaron el área con misiles incendiarios del tipo napalm y prácticamente redujeron a nada lo poco que aún se mantenía en pie.
Y le pregunto:
—¿Tienen idea de quién está detrás de estos ataques?
Y el oficial principal Ramírez me dice:
—Los rumores indican que se organizan cacerías humanas. Las presas son algunos grupos o clanes que se formaron ni bien fue habilitado Omega y empezaron a organizarse los primeros grupos de internados. Esos rumores dicen que estas cacerías estarían contratadas y mandadas desde el exterior, pero es imposible que alguien logre realizar este tipo de operaciones sin la connivencia de alguien de adentro del sector y de alguien corrupto de los nuestros.
»Inteligencia militar ha logrado verificar que estas cacerías son pagadas con armamento viejo, y tienen el OK de los jefes de algunos clanes que mantienen diferencias entre sí. Las armas son antiguas, pero bien utilizadas son eficientes y pueden matar a nuestros hombres y es con ese armamento que se nos están animando en estas escaramuzas; pienso que nos están probando. Necesitan saber con certeza hasta dónde seríamos capaces de llegar con la represalia.
»Por eso, el comando central decidió atacar con tanta agresividad; primero para detener la fuga y segundo enviar un fuerte mensaje a los líderes tribales desterrados: que sabemos que existen, sabemos quiénes son y lo mejor de todo, sabemos dónde encontrarlos y el contragolpe será severo.
Todos nos quedamos pensativos y sorprendidos.
La entrada a ese sector estaba realmente blindada; el perímetro, que zigzagueaba a izquierda y derecha, se perdía en la oscuridad atravesando por el medio a los pocos edificios que aún tenían parte de su estructura en pie y pisando las calles y toda estructura preexistente y así iba copiando la forma del terreno.
La entrada al sector amarillo tenía una doble valla metálica, dos portones de unos cuatro o cinco metros de alto y una distancia entre ellos de más o menos 30 metros. El marco parecía de fundición de acero y tenía barrotes muy gruesos, se notaba que era muy pesada; de hecho, se accionaba hidráulicamente.
En cuanto a la cerca era una muralla construida con tres placas de hormigón pretensado encastradas dentro de unas columnas con la forma de un perfil doble T de unos dos metros cuadrados. Cada una de esas columnas tenían más de 13 metros de altura y tenían un anclaje a una base de hormigón; asimismo, cada una de las tres placas estaban ubicadas de forma horizontal una sobre otra completando una altura de más de doce metros con más o menos cuatro metros de ancho medio metro de espesor y unos doce metros de largo, unidas unas con otras por medio de su enorme peso, generando una formidable e inexpugnable pared.
En la parte superior de la pared se apreciaba un triple túnel; uno dentro de otro, formado por alambre con navajas enrollado, que con un diámetro de unos tres metros agregaba más altura. Si algo vivo alcanzara a llegar hasta allí, en esa madeja de púas, difícilmente pudiera salir con vida. Aparte de estar electrificada con 380 V y con un sistema inteligente que escaneaba el peso del presunto fugitivo, según el tamaño de la presa, administraba la cantidad de amperes necesarios para su destrucción total. La idea originaria era simple: nadie sale, nadie entra. Cuando se construyó el sector Omega, se construyó para que durara más de cien años.
El oficial principal Ramírez hace una señal y los reflectores apuntaron hacia los portones y también lo hicieron las tropas de control. El albatros hace una seña con la mano derecha, palma hacia abajo y pasando su dedo índice sobre su cuello —como insinuando corte de garganta— y el sistema hidráulico se puso en marcha abriendo el primer portón. Adentro era un túnel de alambre de navajas y electrificado igual que afuera, y además era una maraña de sensores láser de movimiento. Comenzamos a pasar lentamente hasta que los dos camiones quedaron dentro del túnel. Nos detuvimos y se cerró el primer portón y se abrió el segundo y pasamos al interior del sector amarillo.
En ese momento, los soldados recogieron las carpas de los costados de los camiones y se colocaron en posición defensiva cruzando una pierna fuera de la jaula y apuntando sus fusiles hacia el exterior. Todos estaban equipados con dispositivos de visión nocturna y todos estaban en alerta máxima y listos para repeler cualquier tipo de ataque.
En esta ocasión, el paisaje cambiaba un poco. Pegado al muro de separación, el suelo estaba limpio, arado. Era una franja de más o menos 200 metros de ancho totalmente despejada y que seguía el contorno de la valla, cada tanto se podían ver sobre las columnas doble T sistemas de vigilancia remota, cámaras de alta definición térmicas y dispositivos láser detectores de movimiento. También se podía escuchar el zumbido de uno de los drones que vigilaban constantemente y que sobrevolaban de modo invisible la zona por donde iríamos nosotros.
Luego de una marcha de más o menos dos kilómetros, llegamos a otro puesto tan armado como el anterior. Un gran cartel nos indicaba que estábamos en la puerta 2 del sector naranja. La construcción de ese puesto era idéntica a la del amarillo. Ahí ni siquiera nos detuvimos, por radio nos avisaron que abrirían los portones y que continuáramos la marcha.
Desde allí la operación cambió radicalmente. La distancia con el último anillo, el anillo rojo o sector Omega, era de más o menos un kilómetro. Nos iluminaban con grandes reflectores y una profusa cantidad de carteles anunciaban: “Usted está llegando al sector Omega, todo este campo está minado. El control de las minas es remoto. Si usted no está autorizado a estar aquí, usted está muerto”.
Capítulo 2
Llegamos al anillo rojo, esta es la primera vez vengo a Cero de noche. Nunca vine a la puerta de abastecimiento número 3; nos arrimamos lentamente con las luces apagadas y dejamos los transportes alejados del embudo de provisiones.
Esa puerta de abastecimiento está construida en reemplazo de un puente de hierro estructural que se llamaba Puente Zapiola; fue demolido y como en esa zona la Av. General Paz estaba a un nivel mucho más bajo que las calles, una gran superficie se niveló hacia abajo.
Justo en la continuación y del lado de la provincia de Buenos Aires del Puente Zapiola, estaba el estadio de fútbol del Club Atlético Platense, que entorpecía el paso desde la calle Liniers hacia la calle Zapiola, en capital. Directamente se demolió el estadio casi por completo para tener un acceso directo hacia la boca de abastecimiento.
Esta era una estructura construida en hormigón parecido a los bretes que se utilizan en el campo para subir la hacienda a los camiones jaula; era una rampa recta de unos 50 metros de largo y más o menos 10 metros de ancho por donde subían los camiones con los suministros hasta la parte más alta de la muralla.
