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"Las páginas de Haidu Kowski curan o lastiman. O pueden incluso provocarnos ambos abismos emocionales al mismo tiempo. Sus personajes se hamacan entre la fiesta y la tragedia. Se lanzan. No se detienen nunca. No quieren hacerlo. Saben que la cuerda debe tensarse un poco más. Siempre debe tensarse un poco más para que la vida valga alguna pena" (Federico Jeanmaire). Pero Elías es también Eliahu, el niño que murió en Polonia, el amado de la Bobe. Ese amor violento con gusto a pepinos agridulces lo conecta con un pasado feliz que nunca vivió, en el que la soledad no existe, pero sí el exilio, pero sí la Shoá. El ejercicio de perder habla sobre la desesperación de un hombre por salvarse, pero también sobre una época de amor líquido e incomunicación. En este contexto, surge un nuevo lenguaje de bienestar ansiolítico fundado en la certeza de que no tener nada que perder es una forma de meditación, el alivio que dará origen a la mitología del futuro.
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Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Haidu Kowski
Haidukowsky, Adrián
El ejercicio de perder / Adrián Haidukowsky. - 1a ed adaptada. - La Plata : Odelia, 2021.
Libro digital, Amazon Kindle - (Avalancha)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-47957-5-5
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
ODELIA EDITORA
facebook.com/odeliaeditora
www.odeliaeditora.com
Copyright © 2021 Odelia editora
© 2021, Haidu Kowski
Fotografías satelitales: Federico Winer
Fotografía de solapa: Luca Frondoni
Tipografías: ©Contrail One ©Empires
Diseño gráfico de tapa e interiores: @che.ca.dg
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por la Ley 11.723 y 25.446.
ISBN edición digital (ePub): 978-987-47957-5-5
Digitalización: Proyecto451
ese que eres
ese al que volverás
“Solideo”, El ghetto
Tamara Kamenszain
El serrucho en Alemania; el transporte de la mano del deudor en el bolso hasta destino, Managua, la mansión del acreedor. El viaje a Jerusalén que derivó en perseguir al ruso hasta Egipto, encontrarlo en Dahab, en una piecita frente al Mar Rojo; la cara de pánico de la menor. Los perros. “Facundo, el galgo”, el torero, jugando de más en un pequeño casino de Colombia, cerca de Bucaramanga. El condominio de Miami del ex ministro ecuatoriano que había bajado todas las licencias de juego en su país: tres días en un placard esperando que el tipo volviese de viaje. Cloroformo a la señora del director del colegio. El día de invierno que lo atraparon robando en el almacén de Boedo y la Bobe lo dejó atado al limonero del Zeide toda la noche, con los pies adentro de un balde. Mercado Central de Lima: cien personas sin piernas que andaban en maderas con ruedas empujadas por sus manos; de cómo terminó a uno de esos en plena procesión. Quince días en la cárcel jugando backgammon por puchos. La sangre goteando. La sangre seca. El olor a pelo quemado, el aroma de la tierra húmeda. Las astillas que rompen la piel desde adentro. El sonido del hueso. El amor por la sangre lavada. Los cortes en las nalgas a la amante del presidente, la explosión de las siliconas dentro de la piel. La noche fría de Londres. La aurora boreal. Petra. El viento en el rostro de los aviones despegando en el aeropuerto de Saint Martin. Nadar con tiburones en Bahamas. Ahogar a otro sicario en la pileta de los delfines. Perseguir a un jugador devenido en mochilero hasta la selva guatemalteca; verlo morir en una jaula. El cráneo de un pelado cabeza encerada abriéndose como melón rancio. Verse al espejo flaco por la disentería. Cagar en la calle en Marrakech y levantar la mirada para descubrir a treinta personas aplaudiéndolo por eso. Escuchar jazz en Tribeca mientras envenena al pianista. La sonrisa diabólicamente hermosa de Zhao Yan Yan. Videla levantando la copa. La azafata indispuesta. La llamada especial de Maradona. La sorpresiva canasta navideña. El trabajo ad honorem para Greenpeace. Atropellar al enano. La cantidad exacta de nafta premium que hizo falta para prenderle fuego al container lleno de indocumentados. La súplica del inspector de AFIP para conservar los ojos. El hotel de la alemana en Farafra Oasis. Dormirse con El Rey León en Broadway. Mutilar al perro del vecino que ladraba al pedo. La cadena de casinos chilena que buscaba al viejo que se hizo pasar por un europeo rico y que cantó toda la estafa con la extracción de la primera uña. Patear a un linyera cargoso. Llorar cantando el himno. Los casinos de Panamá llenos de colombianas: culos gigantescos, tetas mentirosas. Pagarles toda la noche para que durmieran toda la noche. Tirar botellas de Veuve Clicquot desde el piso cuarenta de la Trump Tower. Usar una gillette para cortar la yugular de Lord Byron Cook en el tren de las ocho cuarenta y dos de Newcastle a Leeds. Ligar una paliza en el ascensor de un hotel de Medellín, regalo de siete venezolanos bastante ebrios. Perseguir por los pasillos de La Ciudadela mexicana a un tipo que debía solo diez mil pesos. El silencio de su papá. La sonrisa de mamá. Andar por Boedo en bicicleta, de noche, los perros corriendo junto a él. La felicidad de contar plata, su propia plata, apilarla y ponerle gomitas. La primera vez que pudo cobrar una deuda sin usar la violencia; la segunda, la tercera y todas las demás. Escuchar el silencio. Valorar al perdedor como a un cliente. La impotencia del suicidio ajeno. El miedo a perderlo todo. Brindar con vodka polaca. Afilar el cuchillo durante toda una noche mirando la tele apagada. No poder esperar a que hierva la leche. El pastor evangelista que apostó el templo; y el que apostó a D-os. Pegarle a la amiga de la Bobe para que le dé más caramelos. Mear a los viejos que se juntan a jugar dominó en la plaza. El olor del baldío debajo de la autopista. El cuerpo huesudo de Norma. La forma de la casa invisible en la medianera desnuda. Perder cien mil dólares por un gol en contra en tiempo de descuento.
Los pepinos agridulces de la finada Bobe.
El caserón quedaba en una calle tranquila. Ni autos pasaban. Y esto, puntualmente esto, comienza en 1981, un domingo con toda la familia reunida en torno al guiso, cosa que al Polaquito le enseñaron bien de entrada: los judíos pobres comen guiso.
Había sí un insoportable aroma a tomate caliente en toda la casa y un constante ruido de pelota que pateaban los que corrían detrás, por lo menos siete niños. Sabían que había que patear todo lo que se les pusiera delante; no importaba tanto hacer un gol como patear. Sumaba patear: por la carencia. Patear. Y él pateaba todo lo que había: pelota, tobillo, rodilla, pierna entera. Él era Elías, el Polaquito, en el barrio.
—Pará, Elías —le gritaba un primo.
Otro primo, Damián, el más grande, lo agarró de la camiseta blanca para que la pare. A él sí le hacía caso, al menos por un minuto, porque dejó de patear, de perseguir la pelota y se quedó inmóvil. Entonces, de ser quién más corría, se convirtió en un poste en medio del partido, como si alguien hubiese dejado el palo izquierdo del arco en medio de un punto arbitrario de la casa, del patio de la casa, que era la cancha, el estadio mundialista. Entonces los gritos cambiaron:
—Movete, Elías.
—Dale, nene.
—Si no sabés jugar, tomatelás.
Y su prima, que también jugaba pero no pateaba nunca, se reía y se ponía junto a él, quieta, como otro poste: un arco deforme de palos izquierdo y derecho juntos. O como si fuesen parte de una barrera de tiro libre que solo molestaba. Pero Damián, el primo al que le tenía miedo, pateó fuerte, porque él sí que pateaba fuerte, y Elías supo que quiso pegarle, pero le dio a su hermana menor. Le pegó en la panza. Con todo. Hizo un ruido seco la pelota y la panza un ruido húmedo, y la prima se dobló como ramita y cayó demolida.
Como las casas de los que vivían justo donde recientemente habían construido la autopista.
Y entonces, con el poco aire que le dejó, la prima empezó a llorar en el suelo, y Elías, que parecía que le daba lo mismo, que parecía que estaba contento porque no le había pegado a él, que parecía que no debería importarle, corrió con todas sus fuerzas y le dio una flor de patada a su primo en medio del pito colorado, porque el primo era colorado, rojo, de pelo rojo y brazos llenos de pecas; la patada le hizo estallar los ojos. Y cuando su primo también cayó al piso y él estaba a punto de salir corriendo para cualquier lado donde no estuviesen sus otros primos o su papá o mamá, lo vieron todos, papá, mamá, tíos, el Zeide, la Bobe, sus otras tías, otros primos, hasta Moisés lo vio, el gato del abuelo, y pensó: mamucha, zafame de esta. Porque aunque no le hubiese hecho nada, siempre la culpa era de Elías, el liero, el quilombero, el mal aprendido, el buscapleitos, el judío bolchevique.
La mamá fue corriendo y lo agarró del brazo bien fuerte y lo zamarreó cuan trapo sucio como si él fuese culpable de que su prima y su primo estuviesen llorando.
Ni los primos, ni la prima ni nadie se acercó a aclarar nada, a nadie le importó, porque él era el único hijo único y no tenía compinche: era el solo. Soy solo, pensaba. Y entonces nadie saltó, nadie le bancó la parada.
La primera vez que actuó con heroísmo y lo trataron como al villano, también un domingo de guiso en la casa de la Bobe, ya supo lo que era la indignación. La segunda, lo mismo. Se ponía loco tratando de explicar; eso hacía que su madre menos quisiera escucharlo. Lo zamarreaba como los policías zamarrearon a los vecinos que tenían que irse de sus propias casas para que pudiesen levantar la autopista; las demolieron y también cayeron como ramitas, con sonidos secos, con sonidos húmedos, y también en silencio. La autopista mataba con el ruido, pero los que habían intentado cierto ruido para no tener que soportar aquella autopista fueron silenciados. Incluso algunos cuerpos de aquellos que levantaron su voz se convirtieron en cimientos de las columnas de la obra.
—Mamá, yo no fui —le decía, pero ella lo callaba.
Hijo malo, hijo buscapleitos, hijo mal aprendido.
—¿Por qué no te podés portar bien? ¿Por qué no podés ser como los demás? ¿Por qué?
Y él, que no sabía por qué, levantaba los hombros como sus amigos del baldío.
En la cocina, aquel domingo de patadas en los huevos, se sentó con su último zamarreo a mirar cómo la Bobe cocinaba.
—¿Nu? —decía la vieja en idish—. ¿Qué hiciste ahora?
Y Elías levantó los hombros y bajó la mirada porque la mamá lo había dejado ahí como castigo. El castigo era ese: ver a la vieja cocinar mientras sus dos perros malos ladraban desde el lavadero. Porque la Bobe y el Zeide tenían dos perros grandes, medio asesinos, y los encerraban, de lo contrario, ninguno de los primos, ni primas ni él se animarían a entrar en la casa de la Bobe y del Zeide. Eran perros que ya habían mordido a toda la familia, decían, aunque él nunca llegó a ver ni un rasguño.
Moisés, esa tarde, se sentó en su regazo y Elías lo acarició.
La Bobe trataba a los perros como a dos angelitos. Pero Elías una vez escuchó a su padre decir que esos perros estaban entrenados para repeler a los polacos que habían matado a sus padres, a sus amigos, a sus abuelos, a sus vecinos.
Los abuelos habían llegado de Polonia escapándose de los polacos nazis y de los nazis que habían sido recibidos como héroes por los polacos. Mataron a todos y los abuelos se escaparon y se conocieron en el barco que Elías siempre creyó que había sido como un crucero, como El Crucero del amor, la serie que su madre veía sin perderse ni un solo capítulo.
Pero no. Se fue enterando de detalles: el barco había sido mucho más feo y con un amor diferente al que había imaginado o, por lo menos, al que vendían en esa serie. Había sido, comprendió, el Crucero del hambre. La locura se había subido con ellos. Los crujidos de las tripas tapaban cualquier tormenta oceánica. Y también las hubo.
—Los polacos eran nazis antes de los nazis —decía el abuelo cada vez que le preguntaba sobre su vida en Polonia. Solo eso decía. Se callaba, cerraba los puños y temblaba. Como queriendo que el recuerdo se fuese del cuerpo.
Y a su castigo, que era no jugar más al fútbol, ni ser poste, ni bromear con su prima, se le sumó escuchar de la Bobe la explicación de su receta, su método para lavar los platos, su técnica para mezclar el guiso:
—Saco los huevos, los rompo, los bato cinco minutos hasta que tome la consistencia perfecta. Mirá, Eliahu.
Ella parecía feliz de que su nieto la escuchara. Con las palabras de la Bobe, con el calor del fuego de las cuatro hornallas prendidas en pleno verano, con el sonido del agua borboteando en las ollas, con los cien aromas que se mezclaban en el ambiente, con el calor de Moisés en las piernitas, Elías cerraba los ojos y se transportaba a otro lugar, a un prado desconocido, a un valle lejano, a un bosque, a otros espacios en los que nunca había estado, pero en los que se sentía cómodo, seguro, donde a veces aparecía gente, cuerpos deformes que hubiesen asustado a cualquier niño, pero que a Elías le generaban lo que había entendido como paz. En esas ensoñaciones no se sentía solo, sabía que lo estaban observando. Y las cortinas de párpados eran oscuridad en el cine de la mente. Y se dormía. Y se iba. El cuerpo se dejaba llevar hacia otra forma de permanencia. Pero escuchaba todo, cada sonido, cada detalle. Y sentía, al ritmo del silencio de su respiración, cada paso en el bosque, en la tundra, en la montaña. Pasos pesados que de un momento a otro se hacían imposibles por el barro, por la lluvia, por la nieve. Y se enterraba en esa mesa con mantel de hule que refrescaba el rostro, la mejilla se aplastaba y, en la comodidad del REM, escuchaba niños que hablaban en lenguas que desconocía, como la Bobe y el Zeide, idioma trabado; parecían que gritaban, pero jugaban. De alguna manera, a él le hubiese gustado ir a jugar con ellos, con los nenes del sueño. A veces, incluso, sentía que lo llamaban por su nombre. En su casa no tenía aquellos sueños.
Cuando se dormía muy profundo, tanto que roncaba como el ronroneo de Moisés, la Bobe llamaba al papá, a su hijo, que lo cargaba y lo llevaba al sillón del comedor donde se despertaba, porque el papá veía la Fórmula Uno con los tíos. Elías sabía que ellos alentaban a un auto. Alentaban a un tipo que manejaba un auto rápido. Que encima en la tele no parecía nada veloz, si apenas se movían en la pantalla. Solo en eso se basaba la felicidad de su padre y de su tío. Y ni siquiera lo alentaban en vivo, lo miraban por la tele como si el auto pudiese escuchar sus insignificantes plegarias. Él se enojaba porque quería quedarse dormido en la mesa de la cocina. Entonces volvía y la Bobe se ponía contenta.
—Eliahu —lo nombraba y acariciaba el rostro de su nieto.
—Dejame dormir acá, Bobe.
—Volviste, te extrañé mucho —decía.
Se lo decía a él, pero no era con él con quien hablaba, porque su mirada era más profunda y comprometida y además se le llenaban los ojos de lágrimas —aunque ella decía que nunca lloraba— y él le miraba el rostro que comenzaba a tener marcas como las pasas de uva, los ojos negros brillantes, y entonces preguntaba:
—¿Por qué no comemos ravioles como mis amigos? ¿Por qué llorás, Bobe?
Volvía Moisés y los perros ladraban y rascaban la puerta; ella les gritaba y los perros lloraban y Elías no entendía por qué tenían a esos dos perros asesinos. La Bobe, entonces, le pedía que la ayudara a servir. Él levantaba los hombros y ella empezaba a pasar platos con comida. Elías los llevaba de a uno para que no se le cayeran. Ahí sí que todos se iban a enojar mucho, porque una de las cosas que estaban muy pero muy mal en la familia era desperdiciar comida. Si uno dejaba algo en el plato, todos lo miraban. En ese momento, alguno de los tíos o el Zeide agarraban el plato y, como valientes bucaneros, le hincaban el diente hasta que no quedaba nada; se les hinchaba el pecho de orgullo porque eso era algo que debían hacer los hombres mayores de las familias numerosas pos Holocausto: comer. Y no solo comer; era importante la velocidad con la que se comía. Horas se pasaba cocinando la Bobe, y más horas el sábado, donde ya se preparaba para el domingo, y en cinco minutos no quedaba nada en la mesa. Había que comer antes de que los nazis entraran a la casa y se llevaran a todos al gueto.
Todos los primos observaban el espectáculo. Se quedaban quietos y en silencio, salvo los dos primos más grandes que ya habían aprendido el arte de comer sin respirar.
El mensaje de texto dice que el gordo se llama Nicolás, solo eso. Y uno más: “Te vas a dar cuenta al toque de quién es el gordo Nicolás”. Y entonces Elías sale de viaje con una idea fija: dinero. Antes de partir al aeropuerto, Elías —para la gente de Punta, “el Polaco”— tiene que pasar a cobrar otra deuda.
Llega a pata a lo del señor Lerc. El señor Lerc, cabizbajo, parece que perdió por lo menos diez de esos centímetros que en el pasado le hicieron ganar tantos torneos de tenis como para quedar en la historia de su país. El señor Lerc, que no le lleva más de veinte años —tendrá sesenta, calcula el Polaco—, lo invita a pasar con una falsa amabilidad: sabe que tiene que hacerlo pasar o Elías, para el señor Lerc, el Polaco, pasará de todos modos.
—¿Tiene la plata, señor Lerc? —pregunta, porque eso lo aprendió rápido: no importa la sangre que corra en torno al cobro de deudas, jamás perder el protocolo.
—No. No la tengo. Usted sabe, Polaco, que no la tengo.
—¿Sabe entonces cómo debo proceder? —pregunta que ya hizo setenta y dos veces con destino trágico y ciento veintitrés con final feliz.
—Tengo una contraoferta. Le aseguro que es inmejorable.
“No creo”, piensa decirle el Polaco y está a punto de sacar, de aburrido nomás, la navaja de viaje, porque le resultaría divertido tajear a Lerc imaginando que juega otra vez la Copa Davis, pero entonces el señor Lerc estira la mano hacia atrás, hacia la sala. Una morocha piel oliva y delgada, de piernas eternas, lee un libro de tapa dura en la sala que explota de trofeos y fotos enmarcadas, placas y una cabeza de alce. La morocha levanta los ojos del libro, mira y sonríe. El Polaco no se percata de nada más alrededor.
—Ella es Aura, mi hija.
—Tu hija.
—Mi hija.
El Polaco, de repente, se transforma en Elías por primera vez en mucho tiempo. En ese Elías que podía mirar así a un ser humano. La tal Aura tiene, escondidos tras sus piernas, dos bolsos de viaje. La tal Aura, sin dudas, le recuerda a su amiga Norma. No es parecida, pero hay algo que lo lleva al Boedo de su infancia en lo de la Bobe, en el baldío, entre los milicos y los linyeras. Algo que lo hace pensar en Norma, tal vez el color oscuro de la piel, tal vez las patas huesudas, tal vez el pelo lacio y el mentón un poco salido. Sea como sea, esa mujer, esa tal Aura, es hermosa como su amiga. Como fue su amiga.
—Se la puede llevar ya, Polaco.
Elías no sabe cómo le explicará esto a su jefe, pero en un segundo que sabe que cambiará para siempre las circunstancias de su vida, asiente. Estira la mano para sellar el pacto, pero el señor Lerc levanta un dedo.
—Esto puede valer más que la deuda. Se la lleva toda la semana, pero primero firme aquí —dice, y desdobla un papel que lleva con copia en su bolsillo.
Elías firma. Sabe lo que leyó al paso. Un millón de dólares. Sana y salva a la semana, o un millón de dólares. De cobrador a cobrado; cazador cazado. Un millón de dólares como seguro; una cifra por la que, de no resultarle tan arbitraria y repetitiva, no hubiese firmado jamás. Novecientos mil o un millón cien lo hubiese hecho dudar. Pero Elías mira a Aura y no puede evitar pensar que es, precisamente, Norma, la chica del millón.
Entonces sí, se dan la mano.
Aura toma los bolsos, saluda a su papá con un abrazo seco y se va con él, documento en mano.
No hablan. No tienen nada para decirse. No hace falta decirse nada. Así van directo para el aeropuerto. Así disfrutan. En ese mismo silencio, Elías ve a la chica del millón de dólares a su lado leyendo un libro de tapa roja. Alguien en ese mismo vuelo lo mira y él se da cuenta. Ese alguien, cuando ve que Elías lo mira, baja la cabeza. No parpadea.
Ya empieza, piensa Elías.
Ya sucede lo que siempre sucede cada vez que le toca Punta del Este. Cada vez que pisa un casino. El mundo de los casinos sabe lo que pasa cuando Elías pisa un casino. Este hombre, lo sabe Elías, viaja para asistir al torneo. No lo conoce, o no lo recuerda, pero el hombre sabe que tendrá que tener cierta cautela a la hora de endeudarse para seguir jugando. Está el Polaco en Punta del Este. Cuidado.
Pero Elías tiene a la chica del millón de dólares a su lado y no puede siquiera darse el lujo de comentarle el clima. Incluso piensa en preguntarle la edad, pero en migraciones ella notó que él puso los ojos en su documento, que se lo vio bien, porque era imposible no mirar la mejor foto cuatro por cuatro de las fotos cuatro por cuatro de la historia de este mundo vil con las fotos cuatro por cuatro. Veintitrés años. Piensa: la mejor edad de la humanidad.
Aura, en el avión, se calza los auriculares y lee. Aura se pasea por el free shop de Montevideo, se prueba un perfume y la vendedora le sonríe. Camino al Conrad, piensa en qué poner, como cada vez que tiene que anotar en la planilla, respecto de su trabajo: fue decantando, se fue armando solo; él hacía lo que le decían que hiciera y como lo hacía bien le pedían lo mismo una y otra vez. Y el trabajo fue mutando porque es un trabajo bien pago y cuando un trabajo está bien pago querés que siga y entonces le hacés mejoras sobre la marcha.
Viaja mucho el Polaco.
El recepcionista tarda un rato en encontrar la reserva. Hay un instante en el que Elías, por ese segundo el Polaco, está a punto de pasarse al otro lado del mostrador y partirle la pantalla en la cabeza. Se imagina la escena, pero hasta ahí: podría tener algún problema en el trabajo.
Para controlarse se da vuelta y le sonríe a Aura, que espera detrás de él. Le gustaría darle un beso fuerte, pero no. No lo va a hacer. Por respeto a la memoria de su amiga Norma y porque, sobre todo, todavía no cruzaron una sola palabra, cosa que pesa sobre los hombros de Elías. Y que empeora a cada instante. En cambio le sonríe. Si alguien viese al Polaco sonreírle a la piba diría que algo anda mal, pero no lo ve nadie.
Entonces, le dice algo.
—Me jode un toque que te quedes atrás. Te hace sumisa. No seas sumisa.
—Sumisa, tu cara de verga —objeta Aura con mucha dulzura.
El Polaco no tiene tiempo de reaccionar porque al fin el hombre les anuncia que ya tiene la reserva. Y después de hacer que ponga sus datos en un papel, después de que Elías le da la tarjeta de crédito, después de firmar, recién ahí les explica que la habitación es la novecientos tres, que hay que esperar dos horas para que la room esté fina.
Usa esas palabras.
Dice room y lo mira a Elías; dice “fina” y la mira a Aura.
—¿Para que la room esté fina? —le pregunta el Polaco.
Elías, entonces, con un respeto que desconoce, o que al menos le sorprende, o que lo sorprende por falta de costumbre, le dice a la mujer del millón que si quiere puede ir a la playa, o a la pileta, o a comer; que haga lo que se le antoje, que se encuentran en dos horas en ese mismo lugar.
Aura no sabe qué hacer con la información de esa primera conversación.
—Si fuese vos —continúa Elías—, me iría al spa. Te podés quedar en bolas o con bata, hacerte un baño de crema, las uñas, depilarte, lo que quieras. Cargá todo a la habitación. Yo me voy a ver la merca.
