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En la primavera de 1814, Napoleón Bonaparte fue derrotado. Habiendo reunido un imperio que abarcaba la mitad del continente europeo y gobernado las vidas de unos ochenta millones de personas, de repente se encontró exiliado en Elba, a menos de cien millas cuadradas de territorio. Esto habría sido el final de él, si los gobernantes de Europa hubieran buscado otros caminos. Pero pronto Napoleón impuso su carisma sobrenatural y su ambición histórica tanto a sus captores como a la misma isla, planeando su regreso a Francia y al poder. Después de diez meses de exilio, escapó de Elba con más de mil simpatizantes, aterrizó cerca de Antibes, marchó a París y retomó el Palacio de las Tullerías, todo sin disparar un tiro. No mucho después, decenas de miles de personas morirían luchando por y contra él en Waterloo. Braude dramatiza este extraño exilio y su improbable escape con minucioso detalle y con un gusto novedoso.
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Seitenzahl: 622
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Mapas
Introducción
PRIMAVERA
1. La mañana del terrón venenoso
2. Un inquilino en su propia vida
3. Napoleón en harapos
4. Este nuevo país
5. Llaves doradas
6. Música estridente
7. El Robinson Crusoe de Elba
8. Mi isla es muy pequeña
8. Luis el Gotoso y el Hombre Veleta
10. Lindos valles, árboles, bosque y agua
11. El emperador está muerto
12. Y todos los atunes se inclinan ante él
13. Una muerte, un tratado y una celebración
14. Un ridículo follón
VERANO
15. Más desfavorable es la opinión que inspira
16. Ubimque Felix Napoleón
17. Siroco
18. Confinamiento sofocante
19. El conde tuerto
20. Una simplicidad perfectamente burguesa
21. Fanny la altanera y las dos emperatrices Bonaparte
22. Tomando las aguas
23. Temporada turística
24. La política del olvido
OTOÑO
25. Es tolerablemente feliz
26. Los detalles vulgares de la vida matrimonial
27. Don Giovanni, Cenicienta y Ondina
28. Creo que es capaz de cruzar
29. El Comerciante de Aceite y otros visitantes
30. ¡Le habían llamado cobarde!
INVIERNO
31. Un último adiós
32. La tristeza de mi Retiro
33. El (casi) naufragio del Inconstant
34. Dificultades borbónicas
35. Noches en el teatro
36. Pietro St. Ernest, también conocido como Fleury du Chaboulon
37. El águila se prepara para el vuelo
38. El Comerciante de Aceite regresa
39. Campbell en Florencia
40. Mardi Gras
41. Torre de Babel
42. Todo estaba tranquilo en Elba
43. Inconstant
44. En el mar
45. Campbell desembarca en Elba
46. Nuestra hermosa Francia
47. Partridge elpersecutor
48. Golfe-Juan
49. A regañadientes me he sentido llamado a mencionarlo
50. En una jaula de hierro
51. Urgente
52. Laffrey
53. Contemplar todos los objetos desde un cierto ángulo
EPÍLOGO: Napoleón, María Luisa, Campbell y Elba
Post scriptum
Agradecimientos
Comentario sobre las notas
Bibliografía
Creditos
Para Eleanor y Jeremy
El paraíso es una isla. También el infierno.
—JUDITH SCHALANSKY, Atlas de las Islas Remotas (2010)
¡Qué suerte tiene Napoleón! Esta es la isla más hermosa... No hay invierno en Elba; el coñac es una copa grande de tres peniques; los niños tienen pies de telaraña; las mujeres saben a sal... La isla que amo, y desearía no ver en una de las estaciones del infierno.
—DYLAN THOMAS, postales y cartas de Elba (verano de 1947)
La isla de Elba, que hace un año consideraba tan desagradable, es un paraíso en comparación con Santa Elena.
—NAPOLEÓN, en Santa Elena (febrero de 1816)
Todo se vino abajo muy rápidamente. Aquella noche del 29 de marzo de 1814, las gentes se apostaron en las torres de Notre-Dame1 y algunos de los tejados más altos, observando a través de telescopios cómo los invasores entraban en las afueras de París. Los cosacos se agachaban2 alrededor de las fogatas en la cima de Montmartre, los sonidos de su música misteriosa bajaban hacia el pueblo. Brindaban por la muerte del molinero del Moulin de la Galette, cuyo cuerpo destrozado estaba atado a una de las velas del molino, o eso se rumoreaba.
Los parisinos tenían motivos para estar aterrorizados en aquel preciso instante. Temiendo el potencial revolucionario de la población tanto o más que a cualquier fuerza extranjera, los funcionarios franceses habían decidido no distribuir armas en masa, incluso cuando las tropas no lograron mantener al enemigo más allá de las puertas. La defensa de la ciudad recayó en los doce mil miembros de la Guardia Nacional de París, frente a una fuerza casi diez veces mayor.
Aunque el resultado3 era obvio para todos los presentes, el episodio se fue desarrollando como una obra de teatro en segundo plano. Un artista británico que vivía en París, Thomas Underwood, recordaba haber pasado aquel día de primavera entre «tumbonas de moda para ambos sexos» en un café popular del boulevard des Italiens, «sentado, como de costumbre, en las sillas que allí se colocan y apareciendo espectadores sin el menor interés en el número de franceses heridos y prisioneros de los aliados». Cada bando4 sufrió cerca de nueve mil bajas, convirtiendo esta batalla en la más mortífera de 1814.
Los súbditos de Napoleón tardarían en olvidar su fracaso y ausencia, pues no estuvo en la capital junto a los generales. Después de un año y medio5 de lucha en gran parte de Europa, una coalición aliada liderada por Gran Bretaña, Austria, Prusia y Rusia había expulsado a los soldados franceses del territorio alemán y cruzado a Francia. En lugar de retroceder a París, el objetivo más lógico, Napoleón había optado por atacar a orillas del río Aube, a unos ciento sesenta kilómetros al este de la ciudad, pensando que podría dividir a las fuerzas atacantes en dos y derrotar a cada mitad en sucesión. Esto dio vía libre a que otras tropas aliadas llegaran a París sin ningún tipo de impedimento.
Los representantes de los aliados y de Francia habían tratado de organizar la rendición de Napoleón durante meses. José Bonaparte advirtió6 a su hermano que la gente se volvería contra él tan pronto como se dieran cuenta de que prefería prolongar la guerra antes que propiciar «una paz desfavorable». Pero aparte de unos breves momentos de armisticio, Napoleón había seguido luchando, buscando siempre la victoria decisiva, aquella que le permitiera negociar desde una posición de fuerza. Habiendo pasado de oficial de artillería a general, y de general a primer cónsul, y de ahí a emperador de los franceses, con la promesa de un triunfo constante y glorioso, temía que le derrocasen al primer signo de estar siquiera considerando doblegarse ante las demandas del oponente.
Napoleón cabalgó7 rumbo a París tan pronto como se dio cuenta de su error, sustituyendo sus agotados caballos por otros que le iban prestando en el camino. Pero cuando por fin llegó8 a un establo al sur de la ciudad, alrededor de la medianoche del 30 de marzo, ya era demasiado tarde; una columna de la caballería francesa había llegado con noticias de la capitulación, firmada horas antes por representantes de su general de confianza y confidente, el mariscal Marmont.
Al darse cuenta de que podían evitar una masacre más amplia rindiéndose, los parisinos se lanzaron a la calle para dar la bienvenida a los soldados ocupantes, al grito de «¡Abajo el Emperador!». Las águilas imperiales y las «N» dieron paso a las flores de lis, los estilizados lirios de la monarquía. La gente agitaba pañuelos blancos, el color tradicional de la dinastía borbónica que había gobernado Francia. Derribaron la estatua de un Napoleón laureado9 que protagonizaba la Colonne de la Grande Armée en la Place Vendôme, construida a partir de cañones fundidos incautados en la batalla de Austerlitz, el regalo del emperador a la ciudad que había prometido convertir en la más bella que jamás había existido.
Tras una breve rabieta al otro lado del camino, Napoleón se retiró al castillo de Fontainebleau, casi sesenta y cuatro kilómetros al sureste, enviando a su ayudante de campo Armand de Caulaincourt a París para negociar en su nombre.
En Fontainebleau, rodeado de sus mariscales10, con soldados acampados en el césped y hombres heridos recuperándose en las dependencias, habló de lanzar un contraataque a la capital ocupada. Tenía a su disposición unos cuarenta y cinco mil soldados. Pero mientras sus arengas atraían los aplausos de los miembros de su Guardia, más allá de los confines del castillo aquellas mismas palabras eran vistas como una auténtica locura. Todas las aldeas y ciudades11 de Europa estaban marcadas por dos décadas de guerra casi perpetua, figurando entre los principales conflictos desde 1803, y un cálculo de víctimas oscilando entre uno y seis millones de muertos. La mayoría de estas muertes12 no se produjeron en el clamor de la batalla, sino por heridas infectadas, o por disentería, o por heladas, o por haber llevado a los soldados al extremo de sus fuerzas. Era común13 ver cómo expulsaban a los enfermos mentales de los asilos para hacer espacio y atender a los heridos que iban llegando sin cesar.
«Solo la abdicación puede salvarnos»,14 dijo el estimado mariscal Ney, no a la cara de Napoleón, pero sí lo bastante fuerte como para que él lo oyera. Y luego bromeó en tono ominoso, diciéndole que no tenía por qué preocuparse, ya que nadie quería «representar la escena de San Petersburgo», una referencia al asesinato del zar Pablo I planeado por dos de sus generales.
El poder de Napoleón se basaba en gran medida en su capacidad para contar una historia convincente, tanto sobre sí mismo como sobre el significado histórico de su gobierno. «¡Qué novela ha sido mi vida»,15 habría llegado supuestamente a decir, recordando sus logros. La novela napoleónica prometía a todos los que la consumían la certeza de estar participando en una gloriosa aventura. Napoleón y sus partidarios crearon esta seductora mentira a través de imágenes y palabras. Su historia dependía de la vestimenta adecuada (el famoso sombrero, la mano en el abrigo), la heráldica adecuada, la pintura adecuada, la escultura adecuada y la arquitectura adecuada. Dependía de ceremonias grandiosas y procesiones fastuosas. Napoleón se presentaba a sí mismo como un espectáculo a contemplar, la encarnación viviente de alguna noción abstracta de grandeza, pero esta visión debía contemplarse desde la distancia.
Y eso es lo que convirtió el exilio en Elba en algo tan inusual en la vida de un hombre ya de por sí inusual. En aquella isla, Napoleón fue visto de cerca por más gente que en ningún otro momento de su carrera. Despojado de riquezas, abandonado por la mayor parte de su familia y por todos los miembros de su camarilla, se vio forzado a interactuar diariamente con hombres y mujeres de diferentes estamentos sociales. Lo mismo lo encontraban una tarde compartiendo unos huevos duros y pan crujiente con los trabajadores que se afanaban en poner a punto su villa en la cima de la colina —a fin de recibir la tardía visita de su esposa e hijo—, que lo veían sirviendo como una especie de atracción turística para un humilde maestro del cobre de Gales, que había aparecido un buen día sin anunciarse pidiendo ver al emperador de Elba, concediéndole este una entrevista de varias horas con el hombre que tan sólo unos pocos meses antes había ejercido más poder que cualquier otra persona del planeta.
Lo que sigue a continuación es la historia de la desaparición de Napoleón del escenario principal del poder mundial en la primavera de 1814, y su reaparición en el siguiente triunfo, cuando él y unos pocos cientos de seguidores desembarcaron en una playa del sur de Francia para comenzar una desastrosa marcha hacia París. Pero en lugar de centrarse en cómo Napoleón se hizo invisible durante los diez meses que separan esos dos instantes, esta historia describe la forma diferente en la que la gente empezó a verle durante ese mismo período de tiempo, precisamente al haber sido exiliado a vivir en un lugar aparentemente remoto, obligado a exhibir su intimidad.
1 Chateaubriand, Memoirs, 259; Horne, Age of Napoleon, 173; Mansel, París, 7. Para un relato detallado de primera mano de la caída de París, véase Boigne, Memoirs, 290-95; para descripciones de París el 31 de marzo de 1814, en fuentes secundarias, véase Bew, Castlereagh, 349; Englund, Napoleon, 416; Hussey, Paris, 221; Jones, París, 262; Lieven, Russia, 519; Mansel, Paris, 8-14.
2Underwood, A Narrative, 73.
3 Houssaye, 1814, 427; Mansel, Paris, 6-8; Price, Napoleon, 218; Zamoyski, Rites, 176- 178. La Guardia Nacional de París era una milicia burguesa cuya tarea desde su fundación en 1789 había sido proteger a las clases propietarias de París de la amenaza de la «vil población» tanto como de cualquier invasor externo. En 1814, el temor a un levantamiento popular había llevado al prefecto local a permitir que hombres con conocidas simpatías realistas se unieran a sus filas. En cuanto a «más allá de las puertas», hay que señalar que el muro parisino de la Ferme générale se construyó con fines fiscales y ofrecía poco en el camino de la defensa militar. Sobre la falta de un muro defensivo, véase Jones, Paris, 262.
4 Houssaye, 1814, 519.
5 En conjunto, estas fuerzas eran conocidas como «la Sexta Coalición», que también incluía ejércitos de Portugal, Suecia y España. Utilizo «aliados» en el resto de este texto para referirme a estas cuatro grandes potencias.
6 Sauvigny, Bourbon Restoration, 17. Al igual que José Bonaparte, el ayudante de campo de Napoleón Hugues-Bernard Maret, duque de Bassano, había intentado sugerir mediante una elegante metáfora, que Napoleón estaba equivocado al pensar que el fracaso de una victoria aplastante equivalía automáticamente a una derrota vergonzosa, señalando a algunos soldados desesperados que adoptaron el viejo grito revolucionario de batalla de «¡Victoria o muerte!». Las naciones nunca murieron, le dijo a Napoleón, pero sí «se cansaron de la necesidad de una victoria constante». Los diversos representantes de las principales potencias aliadas trataron por todos los medios de ponerse de acuerdo entre sí sobre cómo debían negociar o si, en todo caso, debían negociar con su enemigo común. «Apenas tiene idea de lo loca que está la gente en este país por firmar la paz con Bonaparte», había escrito Lord Liverpool, el primer ministro británico a Castlereagh antes de la derrota de Napoleón. Mientras tanto, Napoleón había tratado de desbaratar la coalición haciendo vagas propuestas a los austriacos sobre términos separados. Maret, citado en Price, Napoleon, 250; Liverpool, citado en Zamoyski, Rites, 157.
7 Varios biógrafos de Napoleón han hecho hincapié en este punto. Véase, por ejemplo, Price, Napoleon, 3.
8 Marchand, Mémoires, II (Marchand consultado en formato de libro electrónico sin números de página; los números de capítulo se referenciarán por números); Price, Napoleon, 225; Thompson, «Napoleon’s Journey», 2; Zamoyski, Rites, 177. Napoleón se había empeñado en atacar la retaguardia de las fuerzas que descendían sobre París, pero en ese momento ya era demasiado tarde.
9 Nótese que las exhibiciones descritas no reflejaban necesariamente un apoyo abrumador o uniforme a los Borbones, aunque los aliados no tardaron en hacerlo, y que muchos parisinos adoptaron símbolos blancos para mostrar intenciones pacíficas, al igual que algunas tropas aliadas habían clavado escarapelas blancas en sus uniformes para demostrar que ellos también querían evitar un baño de sangre. Sobre la promesa de Napoleón de hacer de París la ciudad más bella que jamás haya existido, véase Rowell, Paris, 14.
10 Caulaincourt, Mémoires, 231-53; Éloi-Vial, «4, 6 et 11 avril», 3-24; Houssaye, 1814, 604; Lentz, Nouvelle histoire, I (Lentz consultado en formato de libro electrónico sin números de página. Se hará referencia a los capítulos); Macdonald, Souvenirs, 265-67; Price, Napoleon, 223.
11 Hobsbawm, Revolution, 92-93; Schom, One Hundred Days, 5. Hobsbawm, enfatizando que cualquier cálculo del número de muertes por guerra entre 1792 y 1815 sería una mera conjetura, sitúa la cifra entre uno y dos millones, mientras que otras estimaciones oscilan entre cuatro y seis millones. El camino de la destrucción se extendía mucho más allá de Europa, desde las Antillas hasta Egipto.
12 Hobsbawm, Revolution, 73-74. «Entre 1800 y 1815, Napoleón perdió el 40 % de sus fuerzas (aunque un tercio de ellas por deserción)», escribe Hobsbawm. «Pero entre el 90 y el 98 por ciento de estas pérdidas fueron hombres que no murieron en combate, sino por heridas, enfermedad, agotamiento y frío. En resumen, se trataba de un ejército que conquistó toda Europa a trompicones».
13 Mansel, Paris, 2.
14 Houssaye, 1814, 604; Price, Napoleon, 233.
15 Como se cita en Gueniffey, Bonaparte, 1. Esta afirmación tiene su origen en el Memorial de Sainte Helene de Emmanuel de Las Cases, pero el reciente descubrimiento de un manuscrito original del libro de Las Cases ha puesto en duda que Napoleón le dijera esto. Tampoco se sabe si agregó el supuesto comentario de Napoleón en los años posteriores al periodo de tiempo que pasaron juntos en Santa Elena.
A través de la delgada pared16 del armario que últimamente le servía de dormitorio, el valet Pelard oyó verter líquido en un vaso, y luego un trago seguido de un largo silencio. Supo que el emperador se había envenenado a sí mismo. Otro ayudante había escondido sus pistolas, pero no bastó con eso. Solo su creador, el médico Yvan, sabía del brebaje venenoso a base de opio, belladona y heléboro blanco escondido en la bolsa de seda que Napoleón llevaba al cuello desde la campaña de Moscú.
Ahora los chambelanes llamaban a gritos a Yvan. Eran las tres de la madrugada del 13 de abril de 1814, en la alcoba real del extenso complejo del castillo de Fontainebleau, a dos días de duro viaje al sur de París17. Napoleón tenía cuarenta y cuatro años, una esposa, una exesposa, una amante, dos hijastros y dos hijos pequeños, uno legítimo y otro no.18
Yvan ordenó preparar bebidas calientes19, le administró compresas frías e hizo que el paciente se tragara las cenizas de la chimenea para inducirle el vómito. Al amanecer, el médico confirmaba su sospecha de que los años y una dilución en agua habían drenado el terrón venenoso de cualquier potencia real. Sin embargo, la tarea le sacó de quicio, y tan pronto como acabó, se desplomó en una silla y tuvo un ataque de risa delirante, tras lo cual salió corriendo, agarró el primer caballo que encontró y se marchó, dejando tras de sí su sombrero tirado en el lodo.
Napoleón se quedó dormido unas horas más. Después se levantó y firmó el documento final de su abdicación:
Habiendo declarado las Potencias aliadas20 que el emperador Napoleón es el único obstáculo para la restauración de la paz en Europa, el emperador Napoleón, fiel a su juramento de coronación, declara que renuncia para sí mismo y para sus sucesores a los tronos de Francia e Italia, y que no hay ningún sacrificio personal, ni siquiera el de su vida, que no esté dispuesto a hacer en interés de Francia.
En París, mientras tanto, la gente leía copias de una declaración firmada en nombre del zar ruso Alejandro aunque en realidad había sido escrita por Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, exministro de asuntos exteriores de Napoleón y ahora principal diplomático que guiaba la rendición francesa. La declaración subrayaba que, si bien los soberanos aliados ya no reconocían el gobierno de Napoleón, se comprometían a «respetar la integridad21 de la antigua Francia tal y como había existido bajo sus legítimos reyes» y que el pueblo debía considerarse bajo la protección personal de Alejandro hasta que se pudiera establecer un gobierno provisional francés.
Talleyrand —brillante, elegante y reptil22— había invitado a Alejandro a quedarse en su casa, ubicada en la esquina de la rue de Saint-Florentin y la bulliciosa rue de Rivoli, uno de los pocos grandes logros de Napoleón en el campo de la planificación urbana, concebido como un camino triunfal moderno y bautizado con el nombre de la famosa victoria en su primera campaña italiana. Talleyrand y Alejandro habían estado pactando por su cuenta desde 1807, después de que Talleyrand renunciara como ministro de asuntos exteriores de Napoleón, para protestar por su política, aunque permaneciendo dentro del redil imperial como vice gran elector, provocando la broma de que este era el único «vicio»23 que aún no poseía. A pesar de que Napoleón despreciaba al Talleyrand de más alto rango calificándolo de «mierda en una media de seda»24, valoraba su consejo, pues seguía siendo hábil en materia de inteligencia militar y diplomática, gran parte de la cual había transmitido a los rusos y, más tarde, a los austriacos. Aunque se le compensó por ello25, Talleyrand parece haber sido impulsado en gran medida por la creencia de que estaba salvando al pueblo francés de su antes prometedor pero ahora desastroso gobernante, y por la idea de que una alianza con Alejandro podía asegurar una paz duradera. A él debemos la famosa cita definiendo la traición como «solo una cuestión de fechas»26.
Talleyrand ayudó a convencer27 a Alejandro y a los otros soberanos y ministros aliados de que Francia debía ser gobernada por un miembro de la dinastía borbónica: el conde de Provenza, Luis Estanislao Xavier, hermano menor del guillotinado Luis XVI, quien regresaría del exilio para dirigir una monarquía constitucional como Luis XVIII. Talleyrand predijo que el senado francés, en el que estaban sus compinches, daría legitimidad institucional a una monarquía borbónica y que Luis, «habiendo tenido siempre ideas más liberales y habiendo vivido en Inglaterra, volvería con las opiniones deseadas».
La gente sabía poco28 sobre el exiliado Luis, aparte de su famoso nombre, y nadie menor de veintiún años conocía una Francia que incluyera un solo Borbón. Sin embargo, su apelación era clara. Ofreció un eslabón vivo en una cadena dinástica que condujo a la grandeza del siglo XVI de Enrique IV y más allá de las mismas raíces de la dinastía capetiana que se había establecido antes del cambio de milenio. Un Borbón en el trono prometía no solo el fin definitivo de la era napoleónica, sino también el retorno al orden —al igual que había hecho Napoleón al llegar al poder como primer cónsul, declarando la Revolución Francesa y, con ella, años de lucha civil para llegar finalmente a su fin.
Los líderes aliados nunca29 habían formulado una idea clara de lo que harían después de la caída de Napoleón, si es que lograban derrotarlo, de la misma manera que nunca habían pedido públicamente la destrucción absoluta de la dinastía Bonaparte mientras luchaban contra Francia. A ojos de muchos de los principales diplomáticos, una restauración borbónica30 parecía la opción menos terrible.
Con el fin de evitar cualquier posibilidad de competición desesperada, los aliados concedieron a Napoleón unas prerrogativas de rendición muy leves31. Para empezar, se le permitió conservar la cabeza, que ya era bastante decir, ya que se temía que su ejecución llevara a Francia a una nueva guerra civil. Todavía inspiraba32 una devoción febril en algunos círculos, en especial entre los que mataban y morían por oficio, y con tantas plazas públicas manchadas por obra de la guillotina, ningún gobernante se atrevía a sugerir una decapitación como forma de culminar la victoria. Napoleón también escapó de un castigo más severo porque los soberanos de Europa todavía se consideraban a sí mismos como una banda de iguales, «primos», como a él le gustaba llamarlos, unidos —a pesar de los conflictos internos— por la sangre, la historia y el protocolo. Solo ellos entendían la pesada tarea de gobernar y solo ellos entendían que un emperador derrotado debía ser tratado con la deferencia debida a su título, incluso cuando el gobernante en cuestión se hubiera sacado el título de la manga.
El problema radicaba en qué hacer con él. ¿Dónde ponerlo? Normalmente, el destierro hacía que una persona amenazante se volviera invisible e inofensiva al sacarla del centro del poder, pero Napoleón no era como los demás. Su exilio fue un caso extraño en la historia de los destierros. Él «no había estado simplemente en el centro del mundo»33, como dijo un biógrafo, «sino que había sido el centro del mundo». Antes de enviar a Caulaincourt a negociar su rendición, Napoleón le había pedido que presionara para que le consiguiera asilo en Gran Bretaña, donde se veía a sí mismo llevando la idílica vida de un hacendado, huésped de un imperio que él decía respetar más que al suyo. Cuando Caulaincourt le propuso34 la idea a Castlereagh, este se sintió profundamente consternado. ¿Cómo tenía la poca vergüenza de exigir algo así?
Mientras tanto, Napoleón escribió a María Luisa. En ella le mandaba escribir «una carta muy convincente35 a tu padre encomendándoos a nuestro hijo y a ti a su cuidado… Que quede claro… Que ha llegado el momento de que nos ayude». Su padre era el emperador austriaco Francisco I, quien cuatro años antes había convencido a su hija de dieciocho años para que se casara con el recién divorciado Napoleón. A sus cuarenta y dos años, Francisco tan solo tenía dos años más que el novio el día de su boda, aunque con el pelo cano de color ceniza, su estructura frágil y su porte tímido, aparentaba ser mucho más viejo. El matrimonio forjó36 una incómoda alianza entre la dinastía más antigua de Europa y la más reciente. La archiduquesa de los Habsburgo, María Luisa, se convirtió en María Luisa de la casa de Bonaparte, emperatriz de Francia. Pero ahora que Napoleón había caído en desgracia, a Francisco ya no le beneficiaba la alianza con su yerno. «Lo principal es sacar a Napoleón de Francia»37, escribió a su ministro de asuntos exteriores, el conde Klemens von Metternich. «Y, por favor Dios, tan lejos como sea posible.»
Mientras tanto, Alejandro seguía acariciando la idea de un exilio ruso. «Soy más amigo suyo de lo que él cree»38, dijo a Caulaincourt cuando se reunieron en París para negociar las consecuencias de la abdicación de Napoleón. Aun hablando de sí mismo como un «ángel» cruzado que finalmente39 había completado su búsqueda para derrotar al «anticristo» francés, Alejandro seguía admirando la brillantez militar y habilidad política de su enemigo; si Napoleón había actuado a veces sin piedad era solo porque entendía, como Alejandro, el valor de la brutalidad no programada. Napoleón había quedado igualmente impresionado por aquel alto e imponente Romanov. «Si fuera mujer»,40 le dijo una vez a su primera esposa Josefina, «creo que la convertiría en mi amante».
Finalmente, el zar reconoció que era poco probable que los otros soberanos vieran con buenos ojos que Napoleón viviera bajo su protección, un escenario que habría emparejado a los dos hombres más peligrosos del mundo en un espacio relativamente pequeño. Sus negociaciones con Caulaincourt para una solución alternativa no fueron tan tensas como cabría imaginar; ambos habían establecido una camaradería durante la época en la que Caulaincourt fue embajador en San Petersburgo. Después de diez41 días de conversaciones, el zar vislumbró una alternativa un poco menos excéntrica que la de un exilio ruso.
Cómo Alejandro llegó a elegir Elba como el lugar del destierro de Napoleón sigue siendo un misterio. Cierto es que Caulaincourt y él42 habían considerado la estrategia de un exilio insular, al principio, apuntando a Corfú, Cerdeña e incluso Córcega como posibles opciones. Hubo una cierta simetría al lanzar de nuevo al mar a este isleño advenedizo, una advertencia de este soberano heredero y gobernante de la mayor masa terrestre de Europa a cualquier otro parvenu que se atreviera a salirse del lugar. Es posible que Alejandro pensara que Elba era una elección sabia porque estaba a solo un día de navegación de Piombino, aislando a Napoleón del continente pero manteniéndolo lo bastante cerca como para observarlo. También podría43 haber querido conceder a Napoleón el dominio sobre un pequeño y relativamente bien asegurado pedazo de tierra rodeado de agua debido a una genuina preocupación por su seguridad, reforzando las convicciones religiosas de Alejandro, quien siempre defendió el perdón y la generosidad. O puede que el zar encontrara el territorio más insignificante que se le ocurriera y enviara allí a su enemigo caído para humillarlo. No es que diera a sus confederados muchas opciones en este asunto. Tan solo44 anunció la decisión como un hecho consumado, una noche, en París, como poniendo a prueba su recién estrenada condición de poderoso soberano, retando a todo aquel que se atreviera a plantarle cara.
Los otros soberanos y sus ministros estaban conmocionados por la audacia con la que Alejandro había actuado en nombre de todos. El contingente británico se preguntaba si acaso Napoleón no acabaría seduciendo a los elbanos para formar un ejército que pudiera causar estragos en el continente. Castlereagh pensó45 que todo aquello no era más que una pantomima de Alejandro, quien solía dejarse llevar por la emoción cuando se trataba de Napoleón, olvidándose de las ramificaciones de su profunda búsqueda personal y casi mística para derrotar al emperador francés. Pero tenía que reconocer46 que separar a Napoleón de sus soldados y evitar una guerra civil estaba por encima de todas las demás preocupaciones, al menos de momento. «Toda la nación47 queda libre de sus juramentos de lealtad a Bonaparte, pero sin estar atada a nadie», escribió a su primer ministro. «Estamos ante un escenario peligroso.» No veía ninguna ventaja48 en desafiar al gobernante de una nación setenta veces más grande que Gran Bretaña, así que apoyó la extraña fantasía del zar, aunque se negó a firmar ningún tratado que codificara los términos de la rendición.
Los austriacos interpretaron la decisión del zar de mandar a Napoleón a Elba —cerca de los territorios toscanos—, como un insulto directo. «Le están dando49 lo que pertenece a mi familia […] y Napoleón sigue estando demasiado cerca de Francia y Europa», escribía Francisco a Metternich. La nueva configuración obligó a Austria a dedicar recursos adicionales para asegurarse de que Napoleón se mantendría en su sitio, lo que les dejaba con menos hombres para desplegar contra las maniobras de Rusia hacia el oeste. Metternich afirmaba que si hubiera llegado unos días antes a París, habría detenido a Alejandro, «el bebé más grande de la Tierra»50, por actuar «como un colegial que ha escapado de su maestro». Predijo que todos estarían de vuelta en el campo de batalla antes de las dos, pero sabía que al debilitado imperio que representaba le faltaba la capacidad de oponerse a Rusia.
Talleyrand, que conocía bien a Napoleón, tenía más motivos que nadie para estar de los nervios con la decisión de Alejandro. En privado51, había manifestado su temor a la hora de mandar a Napoleón a un lugar tan geográficamente cercano a su cuñado, Joaquín Murat, quien todavía seguía siendo una fuerza clave al sur de Italia, aferrado como estaba a su gobierno en Nápoles. (Después de meses de negociaciones clandestinas, Murat había firmado una alianza con Austria en enero de ese año, reforzando así su dominio en Nápoles y convirtiéndose asimismo en enemigo de los franceses.) Pero Talleyrand sentía52 que había llegado el momento de que los impetuosos guerreros dieran paso a los ordenados diplomáticos, entre los cuales se creía el más astuto y civilizado de todos, y que las verdaderas corrientes de poder no fluyeran ahora en el campo de batalla o en la tribuna, sino alrededor de mesas y a puerta cerrada. Quería sacar a Napoleón del mapa, y quería hacerlo rápido. «Veo que Talleyrand ha estado encima de este asunto tanto como ha podido»53, escribió un funcionario británico a Castlereagh durante las negociaciones.
Por extraño que pudiera parecer, el exilio en Elba presentaba algunas ventajas prácticas. Los franceses la consideraban54 una subprefectura bajo la jurisdicción del departamento del Mediterráneo, lo que técnicamente venía a significar que formaba parte de la Francia metropolitana, como casi todo el noroeste de Italia. Napoleón había enviado destacamentos allí en 1802 para convertirla en una base desde donde poder bloquear el comercio británico en la región. Y aunque tenía algún valor desde el punto de vista naval, el hecho de dársela a Napoleón no constituía una gran pérdida económica. Al otro lado del Atlántico55, las islas eran tan valiosas que medio siglo antes los franceses se habían creído muy sabios por conservar a toda costa Guadalupe, rica en azúcar, en lugar de intercambiarla con los británicos por todo Canadá. Pero Elba, por el contrario, tenía pocos recursos naturales, y mucho menos industria. Y cualquier isla, incluso una tan cercana al continente europeo como aquella, podría servir como una especie de pizarra en blanco, terra incognita; un lugar que muy pocas personas involucradas en el asunto conocían íntimamente, y por lo tanto, un espacio vacío sobre el que proyectar todo tipo de escenarios hipotéticos. Tal halo de misterio56 era el que hacía de las islas una recompensa ideal para los aspirantes a aventureros. Elba podría transformarse de la noche a la mañana en el feudo de Napoleón sin mucho alboroto. No hay evidencia57 de que los aliados llegaran a reflexionar sobre cómo esta reconfiguración del mapa podría afectar a la vida de los cerca de doce mil isleños que habitaban la isla en aquel momento.
Los representantes de las potencias aliadas (excepto los británicos) pusieron sus rúbricas en lo que se conoció como el Tratado de Fontainebleau, aunque fue firmado en casa de Talleyrand, en París. Napoleón conservaría58 su título de emperador y poseería Elba como un principado separado y soberano durante el resto de su vida, sin derecho a transmitirlo a ningún heredero. Los rusos habían dado forma59 a los términos del tratado casi con una sola mano, aunque los británicos habían dedicado más hombres, tiempo y dinero a la lucha contra Napoleón que nadie, mientras que los austriacos habían sufrido la mayor humillación, y se esperaba que los franceses pagaran la factura de dos millones de francos que habrían de liquidar anualmente a su exemperador a cambio de su rendición, otro término clave del tratado. Al final, los firmantes solo estuvieron de acuerdo en una cosa: que habían elaborado una solución imperfecta. Un general británico que seguía de cerca las negociaciones de paz escribió en su diario: «Napoleón, en este caso, solo tiene que ser paciente en la isla de Elba60. Sus enemigos serán sus mejores aliados».
¿Por qué los enemigos de Napoleón no estaban aterrorizados ante la perspectiva de tener al general más temible de la historia reciente a un día de navegación de la costa italiana? La respuesta tiene mucho que ver con el agua. Durante siglos61, los europeos habían visto el mar como un límite entre el orden y el caos; y las islas como lugares distintos del reino de lo cotidiano, mundos separados entre sí: enclaves para el refugio y los ritos de paso, sitios de descanso para semidioses, ermitaños, mártires, caballeros errantes, piratas, y contrabandistas, y espacios de ensueño para los buscadores de sexo, tesoros y utopías. Por las mismas razones62, las islas ofrecían una vía de escape perfecta a la hora de deshacerse de cualquier persona que se considerase peligrosa para la sociedad civil. Napoleón sería uno más en la larga línea de exiliados de la isla63, verdaderos e imaginados, desde el general romano Metellus Numidicus estudiando filosofía en Rodas, pasando por Juan luchando contra el apocalipsis en Patmos, hasta el misterioso enmascarado de Île Sainte Marguerite, cuya vida había llevado a la ficción Alejandro Dumas.
La franja de diez kilómetros que separa Elba de la costa toscana bien podría haber sido también un océano en los mapas mentales de la gente. Los elbanos se referían a la masa de tierra a través del agua como il continente, el continente, más que como terraferma en el continente. Los líderes aliados, entonces, seguían una lógica aparentemente sólida: que en esta pequeña isla Napoleón se sentiría más distante de los centros de poder de Europa que si le hubieran enviado al quinto pino en Siberia.
16 «Ali» (Louis-Étienne Saint-Étienne Denis), Napoleon, 69; Caulaincourt, Mémoires, 262-65, 36-63; Fain, Manuscrit, 395-97; Marchand, Mémoires, II; Roncière, Napoleon’s Letters, 261-62; Roberts, Napoleon, 715. Algunas fuentes dicen que tuvo servicio de valet esa noche en Fontainebleau, como Hubert, no Pelard, llegando a describir al sirviente viendo cómo se preparaba la bebida, no solo escuchándole. Caulaincourt afirma que estuvo sentado con Napoleón toda la noche. El secretario de Napoleón, el barón Fain, que estuvo en Fontainebleau esa mañana, pero que en realidad no estuvo presente en el dormitorio, no menciona la presencia de Caulaincourt en sus propias memorias. Consciente de los rumores, Fain aseguraba estar describiendo el evento con las mismas palabras utilizadas por los testigos que sí estaban en la sala. La construcción de esta frase homenajea la apertura de El general en su laberinto, de Gabriel García Márquez. Mientras escribía la historia, a menudo pensaba en las historias de hombres fuertes y soledad de Márquez.
17 He calculado dos días de duro trayecto basándome en una distancia de sesenta kilómetros entre Fontainebleau y el centro de París, y un solo jinete yendo a buen ritmo.
18 En cuanto a los hijos de Napoleón, algunos biógrafos sugieren que pudo haber engendrado más de un hijo ilegítimo. En 1805, Françoise-Marie LeRoy dio a luz a Émilie Pellapra; Eléonore Denuelle dio a luz a Charles Léon en 1806; y Albine de Montholon dio a luz a Hélène de Montholon en Santa Elena en 1816. Napoleón fue citado como el padre biológico de cada uno de estos niños en diferentes momentos por diferentes escritores, pero estas afirmaciones se basan únicamente en meras especulaciones, razón por la cual no las añado a mi cuenta. La afirmación de que Alejandro José Colonna-Walewski, a quien me refiero cuando digo que Napoleón tuvo dos hijos pequeños, es descendiente de Napoleón, está, por otro lado, apoyada por una investigación más profunda mencionada en varias fuentes, así como por una reciente secuenciación de materiales de ADN.
19 Branda, La guerre secrète, 38-39, 419; Caulaincourt, Mémoires, 364; Fain, Manuscrit, 394- 96; Marchand, Mémoires, II; Roncière, Napoleon’s Letters, 262; Roberts, Napoleon, 715. Hay algún desacuerdo sobre el remedio preciso de Yvan. Roncière, por ejemplo, dice «compresas y bebidas calientes», mientras que Roberts escribe que Yvan «indujo el vómito, posiblemente obligándolo a tragar cenizas de la chimenea». Otros relatos apuntan a un Napoleón exigiendo a Yvan que le diera algo con lo que poner fin a su miseria para siempre, a lo que Yvan se habría negado, no queriendo aplicarle ningún remedio real aparte de la espera. En Santa Elena, al preguntarle sobre el episodio del terrón que se había tomado en Fontainebleau, Napoleón dijo a Carlos Tristán, marqués de Montholon, que «el tiempo le había quitado el efecto venenoso». Branda es escéptico sobre esa afirmación y se pregunta si Napoleón estaba tratando de reformar su legado afirmando que sabía desde el principio que sobreviviría, o si quizás Montholon ya había sido influenciado por tantos otros relatos sobre lo sucedido aquella noche cuando publicó su propio libro. Estoy de acuerdo con Branda en que el relato de Caulaincourt parece el más exacto de todos, dado su lenguaje relativamente ecuánime y la cercanía de Napoleón y su gran caballería. Queda una pregunta sin respuesta: ¿Por qué Yvan, a quien Napoleón había nombrado miembro de la Legión de Honor, cobrando un buen salario, se irritó tanto intentando salvarle la vida hasta el punto de sufrir un pequeño colapso y renunciar para siempre? Debía saber que sus servicios eran en gran medida innecesarios, dado que se trataba de un pequeño terrón de veneno caducado. Tal vez el doctor padeciera de ansiedad al anticipar que cualquier acontecimiento perpetrado por un Napoleón desesperado podría desembocar en un futuro horrible para Francia y para sí mismo. O también podría ser que simplemente, Yvan hubiera llegado al límite de sus fuerzas a la hora de soportar el nefasto humor matutino de Napoleón.
20 Fain, Manuscrit, 389.
21 Guizot, History of France, VIII, 109.
22 Talleyrand-Périgord, Mémoires, II, 122. «Para un estadista que se dedica más a hablar que a actuar», escribe Colin Jones, «los nombres de las calles que [Napoleón] suministró a la ciudad, y que suelen conmemorar sus victorias militares (Castiglione, Pyramides, Rivoli, Ulm, Iéna, Austerlitz, Montebello, etc.), son uno de sus legados más perdurables». Jones, Paris, 259.
23 Nota del traductor: «vice» en inglés también significa ‘vicio’. De ahí el juego de palabras que provocaba el chiste.
24 Lacour-Gayet, Talleyrand, II, 272. Robin Harris disipa la idea de que Napoleón le dijera esto directamente a Talleyrand en un momento de furia, aunque admite que pudo ser «simplemente posible que Napoleón lo dijera y que todos los implicados tuvieran pudor a la hora de reproducirlo». Harris, Talleyrand, 204-6, 385. La fuente original de esta observación puede ser Sainte-Beuve, Essai, 30.
25 Lentz, Nouvelle histoire, I. Mis fuentes clave: Cooper, Talleyrand; Dwyer, Talleyrand; Harris, Talleyrand; Lacour-Gayet, Talleyrand; Lawday, Maestro de Napoleón; Orieux, Talleyrand; y Waresquiel, Talleyrand. Las memorias de Talleyrand son también una fuente importante, aunque a veces problemática. El tratamiento estrafalario de Roberto Calasso para Talleyrand en The ruin of Kasch también fue de utilidad. El trabajo secreto de Talleyrand con Alejandro puso de manifiesto la estrategia que gobernó toda su carrera: establecer en la medida de lo posible un reglamento moderado sobre tu gente, manteniendo al mismo tiempo el equilibrio entre las potencias rivales, promoviendo la prosperidad general, y hacerlo sutil y suavemente, suspendiendo al mismo tiempo juicios morales sobre cualquier acción realizada en nombre de un objetivo mayor. «Rara vez aconseja pero es capaz de hacer que otros hablen», dijo sobre él una vez Napoleón; «Nunca conocí a nadie tan completamente diferente al bien y al mal». Talleyrand también había estado trabajando con el ministro de asuntos exteriores, el conde Klemens von Metternich, quien se había convertido en el primer consigliere del emperador austriaco Francisco, un forastero social que no llegó a poner los pies en Viena hasta la edad de veintiún años. Metternich era experto en anticipar quién era el más fuerte entre sus enemigos y aliados, para luego negociar y cambiar alianzas en consecuencia. «Rara vez da»: Roberts, Napoleon, 145; King, Vienna, 15-18; Sebag Montefiore, The Romanovs, 309. Nótese que Metternich en este momento no era todavía príncipe, de ahí lo de conde Metternich.
26 Durante una conferencia de paz de 1808, Talleyrand le dijo a Alejandro que «el pueblo francés es civilizado, pero su soberano no lo es. El soberano de Rusia es civilizado, pero su pueblo no lo es», una conversación que luego repitió textualmente para Metternich. Después de sus exitosos contactos con los rusos y austriacos, esperó pacientemente el momento oportuno para cumplir con estas alianzas. Se jactaba de que en su vida «nunca se había dado prisa, pero siempre había llegado a tiempo». Metternich, Memoirs, II, 298.
27 Talleyrand había considerado brevemente una regencia, como Napoleón había propuesto en el borrador inicial de su abdicación. Habría sido el candidato natural para primer ministro bajo tal configuración, y ofrecía una solución potencialmente más fácil que una restauración borbónica, que implicaba un paso simbólico hacia atrás en el pasado prerrevolucionario. En un momento dado, el zar Alejandro se sintió atraído por la idea de llamar a uno de los mariscales de Napoleón, Juan Bautista Bernadotte, para convertirlo en el nuevo monarca francés. Cuatro años antes, y de forma bastante azarosa, Bernadotte había sido elegido príncipe heredero y gobernante de facto de Suecia, pero lo cierto es que estaba empachado de aquel olor a monarquía que por complacer al zar le había tocado tragarse. Alejandro también consideró al hijastro de Napoleón, el príncipe Eugène de Beauharnais, para tomar las riendas, pero no tardó en descartar estos descabellados planes, que por otra parte se perfilaban como muy difíciles de vender a los otros aliados, y mucho menos a los franceses. Castlereagh advirtió abiertamente desde el principio que si declaraban su apoyo a cualquier posible monarca con demasiada fuerza, eso sólo serviría a los intereses de Napoelón, y pudiendo reunir a sus soldados en torno a la amenaza de un futuro régimen de marionetas dirigido secretamente por un gobierno de poder extranjero. A Castlereagh le parecía ilógico insistir en un «usurpador» como sustituto. Tiempo antes de la abdicación, Castlereagh había mencionado en círculos privados que el duque de Orleans podría ser un candidato más digno que Luis, a quien consideraba «personalmente inútil». Las cosas habrían sido más fáciles si Napoleón hubiera muerto, como Talleyrand escribiría a un confidente: «Si el emperador fuera asesinado, su muerte garantizaría los derechos de su hijo» y una «regencia satisfaría a todos». Un funcionario británico lo expresó de manera más sencilla: «La desgracia para nosotros en este momento es que Bonaparte sigue existiendo». Pero pasar el trono al infante rey de Roma, estando su padre todavía vivo, era demasiado arriesgado. Mientras un Bonaparte fuera gobernante nominal de Francia, siempre habría una puerta abierta para el regreso de Napoleón. Temiendo tanto por sí mismos como por el destino de la dinastía Bonaparte, los miembros del Consejo de la Regencia de París, incluido Talleyrand, habían hecho arreglos para que María Luisa y el rey de Roma escaparan de la ciudad el 29 de marzo. Se trasladaron a un castillo en la aldea de Blois, en la ladera de la colina, acompañados por José Bonaparte y otros miembros del Consejo, que iban a seguir gobernando Francia desde esta nueva sede. Talleyrand también debía unirse, y mientras las armas disparaban a la ciudad desde el norte y el este, hizo como si fuera a partir hacia Blois, empacando varios baúles llenos de ropa y llevando su carruaje hasta la puerta oeste de la ciudad. Allí, el oficial de la Guardia Nacional de turno, previa complicidad para ayudarlo a interpretar la farsa, le impidió salir citando extraños tecnicismos para que Talleyrand pudiera decir que había intentado seguir a su emperatriz y seguía siendo leal a la casa de Bonaparte. Véase Castlereagh, Correspondance, IX, 451; Price, Napoleon, 221-23; Zamoyski, Rites, 153, 175-77.
28 «La joven generación no sabía nada de nuestros príncipes», escribía la condesa de Boigne, quien recordaba que sus primos más jóvenes no podían hacer bien el árbol genealógico de los Borbones, y que la única persona a la que podían identificar con certeza era a la duquesa de Angulema, huérfana por culpa del cadalso. Boigne, Memoirs, 349.
29 Lentz, Nouvelle histoire, I; Zamoyski, Rites,152-53.
30 Lieven, Russia, 519. Napoleón había llegado al poder de manera similar, como una de las varias opciones entre las que elegir tras el terror y sus secuelas. El historiador Isser Woloch argumenta que el Terror «desató un ciclo de recriminaciones, odio y conflicto local endémico que hizo que las perspectivas futuras de la política democrática en Francia fueran muy tenues. El general Bonaparte representaba un posible resultado de ese dilema, o un remedio peor que la enfermedad, dependiendo del punto de vista de cada uno». Woloch, TheNew Regime, 431-32.
31 Sobre la negociación de las condiciones para la abdicación de Napoleón, véase Talleyrand-Périgord, Memoirs, II, 125; Caulaincourt, Mémoires, 316-34.
32 Ningún recorrido que se preciara por el París de la época pasaba por alto el lugar de la ejecución de Luis XVI, la actual plaza de la Concordia, donde, según la leyenda, los caballos y el ganado estaban tan asustados por el olor a sangre que no se atrevían a cruzar. Los cambios de nombre de esta famosa plaza dicen mucho a la hora mostrar el tumulto de la política parisina entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. Construida entre 1755 y 1772 como octógono con fosos en todos los lados y un espacio público muy necesario entre los Campos Elíseos y el Louvre, fue conocida originalmente como la Plaza Luis XV, y su característica principal era una estatua de ese rey borbónico. Los revolucionarios derribaron la estatua y colocaron una guillotina en su lugar. Como tantos otros lugares de la ciudad, fue rebautizada, en un acto de negación simbólica del pasado monárquico, y la Plaza Luis XV se convirtió en la Plaza de la Revolución. Allí, grandes multitudes presenciaron las ejecuciones de Luis XVI, María Antonieta y Charlotte Corday, la joven que asesinó al feroz periodista Marat. Robespierre, que había hecho un uso tan frecuente de la guillotina, sucumbió al cadalso en esta misma plaza, probando su propia medicina. En 1795, fue rebautizada como Plaza de la Concordia, nombre que refleja la concordia que la gente esperaba conseguir tras años de violencia y división. La Plaza de la Concordia mantuvo su nombre durante varios años, aunque París y Francia no encontraron una reconciliación absoluta. Con la restauración borbónica, volvió a llamarse brevemente Plaza Luis XV. Véase Hussey, Paris, 169.
33 Englund, Napoleon, 420.
34 Caulaincourt, Mémoires, 342. Barry O’Meara, el médico irlandés que atendió a Napoleón en Santa Elena, hizo la dudosa afirmación de que Bonaparte le dijo una vez que en realidad fue Castlereagh el que le rogó que fuera a vivir a Londres, «donde sería recibido con todos los honores», y que había sido él quien había rechazado la oferta británica. Véase O’Meara, Napoleon, II, 50. Castlereagh escribió a Liverpool el 5 de mayo de 1814 preguntando: «Si el empeño de [Napoleón] por obtener asilo en Inglaterra continuara, ¿le permitiría residir en alguna provincia lejana? Evitaría mucha alarma en el continente». Véase Webster, Foreign Policy, 250.
35 «Napoleon to Marie Louise, April 3, 1814», Palmstierna, My Dearest Louise, 153.
36 Palmer, Napoleon and Marie Louise, XI; Judson, The Habsburg Empire,también me sirvió de fuente.
37 Metternich, Memoirs, II, 552.
38 Caulaincourt, Mémoires, 156-5.
39 Dallas, The Final Act, 23.
40 Englund, Napoleon, 293. Aunque cada uno podía simpatizar con las presiones que el otro enfrentaba como soberano, diferían mucho en sus caminos hacia el poder. La ambición de Napoleón era legendaria, mientras que Alejandro repudiaba las responsabilidades de la corona que había heredado a los veintitrés años, tras el asesinato de su padre, y fantaseaba con la idea de escaparse a vivir en la oscuridad en una pequeña granja a orillas del Rin. Véase Sebag Montefiore, The Romanovs, XXIII.
41 Branda, La guerre secrète, 20.
42 Caulaincourt, Mémoires, 224-26; Branda, La guerre secrète, 19. Price, trabajando a partir de algunos de los artículos inéditos de Caulaincourt, argumenta que fue este quien sugirió Elba, y que Alejandro aceptó, pero Price no ofrece muchos detalles sobre cómo llegaron exactamente a elegir este lugar en particular. Córcega había sido suficientemente buena, dieciocho siglos antes, para Séneca, desterrado tras una supuesta aventura con la hermana menor de Calígula, Julia Livilla. Napoleón hizo la dudosa afirmación a Las Cases, en Santa Elena, de que hubiera podido elegir el lugar de exilio que hubiera querido, pudiendo haber ido a Córcega, pero «el estado de ánimo del momento me llevó a decidirme a favor de Elba». Véase Price, Napoleon, 238; Las Cases, Memorial, 348.
43 Para las teorías sobre las motivaciones del zar, véase Lieven, Russia, 518-19, y Branda, La guerre secrète, 30. Lieven escribe que el «error» de Alejandro al permitir la soberanía de Napoleón sobre Elba se debió en parte a su «deseo de mostrarse generoso con un enemigo derrotado».
44 Kraehe, Metternich’s German Policy, 10. «Las autoridades deben entregar en el acto a Napoleón, esta misma noche», dijo Alejandro tan pronto como se decidió por Elba.
45 Sebag Montefiore, The Romanovs, 313. «Lo más peligroso para nosotros es el tono caballeresco del emperador Alejandro», le había escrito a su primer ministro en enero. «Tiene un sentimiento personal sobre París, ajeno a las consideraciones político-militares.» De hecho, Alejandro le dijo a uno de sus ministros que durante una pausa en las negociaciones de paz se puso de rodillas «y allí, ante el Señor, apeló a la voluntad de su corazón, recibiendo por respuesta una tajante resolución de voluntad y una especie de ardiente claridad de propósito: ¡toma París!». Citado en Montefiore.
46 Un año más tarde, al pedirle explicaciones por la metedura de pata del primer exilio de Napoleón, el primer ministro, Lord Liverpool, le echaría las culpas a las prisas por encontrar una solución. En aquel momento, aquella salida «ofrecía el único medio de evitar una guerra civil en Francia y acercar a los mariscales [a la causa de los Aliados]». MacKenzie, The Escape from Elba, 25.
47 Castlereagh, Correspondance, IX, 480.
48 Lieven, Russia, 519. Castlereagh adjuntó un «acta de adhesión» a las notas formales relativas a la reunión de abril en París, donde se discutieron los términos del tratado. Este acto confirmó la aceptación por parte de Gran Bretaña de todo lo relativo a los territorios y las fronteras, pero nada más. El documento pretendía situar a Gran Bretaña como observador de este acuerdo, mediado por las otras tres principales potencias aliadas y el gobierno provisional francés. Castlereagh codificó este arreglo en una declaración oficial el 27 de abril de 1814. Véase d’Angeberg, Le Congrès, I, 147-48, 155-56; Branda, La guerre secrète, 29; Dallas, The Final Act, 258.
49 Metternich, Memoires, II, 552. Francisco agregó que «en todo caso, de no poder evitarlo, se debe acordar que Elba vuelva a formar parte de la Toscana tras la muerte de Napoleón».
50 Kraehe, Metternich’s German Policy, 10; Zamoyski, Rites, 184.
51 Harris, Talleyrand, 224.
52 Schama, Citizens, 12.
53 Castlereagh, Correspondence, IX, 454.
54 En 1809, Elba y el resto del archipiélago toscano habían sido formalmente adscritos al territorio supervisado por la hermana de Napoleón, Elisa, que en su día había sido nombrada gran duquesa de Toscana.
55 Chernow, Alexander Hamilton, 7. Véase también Avengers; James, Black Jacobins.
56 «El rey Juan II de Portugal estaba muy contento de alimentar las fantasías de los nobles sin tierra repartiendo feudos en islas todavía por descubrir», escribe el historiador John Gillis. «Don Quijote ofreció la isla de Baratania a Sancho Panza a cambio de lealtad.» Gillis, Isles of the Mind, 41.
57 La población de Elba en 1814 era de 11 380 habitantes. Tardieu y Denesle, Notice sur l’ île d’Elbe.
58 Se puede encontrar una transcripción del tratado en d’Angeberg, Le Congrès, I, 148-51.
59 Para un análisis detallado del tratado, véase Hicks, Napoleon on Elba, 53-67. En cuanto a las contribuciones británicas: Edward Cooke, subsecretario de Estado, escribió en una carta dirigida a Castlereagh, fechada el 9 de abril de 1814: «Espero que los aliados no olviden que merecemos algo por las 700 000 000 000 libras esterlinas que hemos gastado en el concurso, y que no podemos pagar a un soldado, a un empleado o a un magistrado antes de que hayamos gastado 40 000 000 libras esterlinas en los intereses y la condonación de la deuda». Véase Castlereagh, Correspondance, IX, 454. El tratado fue antedatado el 11 de abril. En el momento de la firma, se le conocía como el Tratado de Abdicación. Talleyrand, como representante del gobierno provisional francés, aceptó las condiciones en un documento separado. Dalberg también firmó en nombre del gobierno provisional francés. Luis XVIII también aceptaría oficialmente los términos, más tarde, el 30 de mayo de 1814. No le consultaron sobre los términos durante las negociaciones que condujeron al tratado. En 1988, dos eruditos estadounidenses robaron una de las diez copias originales del tratado de los archivos nacionales franceses; uno de los ladrones era un profesor de historia jubilado que había enseñado en Marquette, mientras que el segundo era un aspirante a escritor de novelas históricas. Fueron arrestados en 2001 en la casa de Tennessee que compartían, después de una investigación de cinco años motivada por su intento de vender el alijo y otros documentos robados a Sotheby’s. Parece que el mayor de los dos hombres había adquirido los documentos simplemente cogiéndolos de los archivos y escondiéndolos. Véase McFadden, Long After Napoleon’s Conquests.
60 MacKenzie, The Escape from Elba,110.
61 Las palabras claves están en Braduel, The Mediterranean; Corbin, The Lure of the Sea; y Cohen, The Novel and the Sea.
62 Fue el simbolismo y no la seguridad percibida del exilio insular lo que hizo tan común la práctica durante los reinados de Augusto y Tiberio, por ejemplo, en un momento en que los asentamientos costeros eran mucho más fáciles de saquear que las fortalezas de las cimas de las colinas. Véase Wilson, The Greatest Empire, 82. Wilson sugiere que un emperador romano «podía modular la expresión de su rabia eligiendo la ubicación geográfica del exilio». El destierro o el exilio a una isla sonaba peor que ser enviado a un área continental. Podía elegir una isla lejana, para el peor tipo de crimen, o una cercana, para una infracción menos escandalosa. Según estos estándares, el castigo de Séneca (exilio en Córcega) fue «relativamente leve». Lo mismo podría decirse del destierro de Napoleón a una isla a pocos kilómetros de la costa italiana, en lugar de, por ejemplo, Santa Elena. Una notable excepción a la práctica del exilio isleño es el caso de Ovidio, entre los exiliados más conocidos de todos, castigado por lo que él llamó «un poema y un error», que fue enviado no a una isla sino a la ciudad costera de Tomis, actual Constanta, en Rumanía.
63 Sobre las islas y el exilio, véase Gillis, Islands of the Mind; Schalansky, Atlas of Remote Islands; Edmond y Smith, Islands in History; Gaertner, Writing Exile; Grove, Green Imperialism; Mansel y Riotte, Monarchy and Exile; Seidel, Exile and the Narrative Imagination; y Stabler, The Artistry of Exile. «Una vida precaria, restringida y amenazada, tal era la suerte de las islas, su vida doméstica, en todo caso. Pero su vida externa, el papel que han desempeñado en la vanguardia de la historia, excede con creces lo que cabría esperar de territorios tan pobres», escribió Braudel. Braudel, The Mediterrranean, 154. «Los eventos de la historia conducen a las islas. Tal vez sería más exacto decir que hacen uso de ellas.» (Un poco de intriga napoleónica en Elba es lo que hace que Edmundo Dantés se convierta en el desolado conde de Montecristo en la otra gran historia de la isla de Dumas).
Durante los preparativos del viaje de Napoleón hacia el sur, el coronel Neil Campbell yacía mirando el techo de una pequeña y destartalada habitación en París. Tenía un brazo roto, el pulmón perforado, un ojo vendado y un zumbido en los oídos. Su cara era un desastre64 morado y rojo enmarcado en una gasa.
El dolor de sus heridas se agravaba por la vergüenza de cómo se las habían infringido. Unas semanas antes había estado en la contienda de Fère-Champenoise, cerca de Vitry. Un caballero ruso le oyó gritar a su enemigo común para que dejara de disparar y se rindiera, vociferando en francés para hacerse entender. La sobrevesta y la faja roja le daban un aire de oficial francés dando órdenes, razón suficiente para que un húsar ruso se lanzara contra la espalda de Campbell, y aunque este abrió el abrigo al caer para mostrar sus condecoraciones rusas, sus camaradas, «esos salvajes hijos del desierto», como solía referirse a ellos, no las vieron. Un segundo húsar le aplastó la cabeza contra el suelo y entró a matar, pero Campbell salvó su propia vida, gracias al mismo don de lenguas que le había llevado a la perdición. «Grité enérgicamente65: ‘Anglisky Polkovnick’[sic] (coronel inglés)», recordaba en su diario, y «un oficial ruso logró evitar la tercera herida gracias a un mejor uso de la lengua».
El zar Alejandro, que estaba en un destacamento a un cuarto de kilómetro de la batalla, envió a sus cirujanos personales —escoceses como Campbell— a curarle las heridas. Campbell había estado sirviendo como agregado militar del cuartel general del zar, luchando junto a un cuerpo militar ruso en gran parte de Europa. El verano anterior, sus aliados orientales le habían nombrado Caballero de la Orden Imperial de Santa Ana por su valeroso cometido en el cumplimiento del deber.
En la enfermería de Vitry le robaron el equipaje, con toda su ropa, las condecoraciones y los registros del ejército. La peor noticia66
