El Escritor - Oscar Asenjo Guajardo - E-Book

El Escritor E-Book

Oscar Asenjo Guajardo

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Beschreibung

Oscar Asenjo Guajardo nació en Santiago en 1951. Es ingeniero civil de la Universidad de Chile. Dedicado a su profesión, ha publicado algunos artículos y dos ediciones de un libro técnico sobre ingeniería vial. Solo en los últimos años se ha dedicado a escribir sobre el lado humano de la vida. El Escritor representa su primera obra de carácter literario. Su afición por el suspenso y la ficción lo llevó a mezclar las vivencias de sus personajes en dos épocas distintas de la humanidad, distanciadas en siglos. La presente novela, El Escritor, fue galardonada con uno de los premios en el VIII Concurso Literario Cementerio Metropolitano 2023, gestionado por la agencia especializada Aguja Literaria.

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Seitenzahl: 224

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EL ESCRITOR

Oscar Asenjo Guajardo

PRIMERA EDICIÓN Julio 2024

Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132 Las Condes - Santiago - Chile Fono fijo: +56 227896753 E-Mail: [email protected] Sitio web: www.agujaliteraria.com Facebook: Aguja Literaria Instagram: @agujaliteraria

ISBN: 9789564091259

DERECHOS RESERVADOSNº inscripción: 2023-A-6602Oscar Asenjo GuajardoEl Escritor

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático

Los contenidos de los textos editados por Aguja Literaria son de la exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento de la Agencia 

TAPAS Imagen de portada: Zef art – Shutterstock – Standard Licence (Photo ID 1770142235)Diseño: Jimena Cortés

ÍNDICE

Aclaración

Agradecimientos

Uno 

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis 

Siete

Ocho

Nueve

Diez 

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Aclaración

Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares, trama y acontecimientos son producto de la imaginación del autor. Lo que se rescata de la realidad, como personajes históricos y descripción de locaciones, se utiliza de manera ficticia o contextual, sin que correspondan necesariamente a la realidad.

El autor

Agradecimientos

Agradezco a todos quienes colaboraron con la materialización del presente libro. En especial a mi hermano Mario, quien fue el primer revisor de mis borradores, por su permanente estímulo para que esta obra se concretara y por sus atinados comentarios sobre la estructura y desarrollo de algunos capítulos. También agradezco a muchos historiadores cuyos libros me sirvieron de base para fijar el trasfondo histórico de la narración, aunque tratándose de una obra de ficción, esta información solo se utiliza en forma contextual. Así también, quedo agradecido del trabajo de la destacada agencia nacional Aguja Literaria en la persona de su editora Gabriela Alburquenque y del director de edición Alfredo Gaete, por la invaluable colaboración prestada en la revisión, edición y maquetación final del texto, y a Josefina Gaete Silva y Jimena Cortés Vidal por la configuración final de la portada del libro.

En la época en que vivimos, no es posible dejar de mencionar y agradecer la existencia de internet y sus motores de búsqueda, por la inagotable fuente de información que nos provee en forma directa o a través de blogs.

En otro orden y con especial mención destaco al comité organizador del VIII Concurso Literario de Cementerio Metropolitano 2023, por galardonarme con uno de sus premios por este libro.

Finalmente, incluyo en estos agradecimientos a todos quienes quieran o tengan la oportunidad de leer esta obra. Desde ya agradezco su atención y el tiempo que puedan dedicar a su lectura.

A todos, muchas gracias.

 

Uno

Bozidar no tardó en darse cuenta de que la situación en el castillo estaba empeorando. La supuesta reunión de avenencia, a la que asistía junto a otros delegados, había derivado en una franca y ponzoñosa confrontación, en que la violencia verbal y física de los grupos beligerantes copaban el denso ambiente, haciendo irrespirable el aire de la habitación.

Todo transcurría en un frío día miércoles de primavera, donde la temperatura atmosférica no calzaba con la estación del año que se vivía: en lugar de ser un día soleado, diáfano y gratamente cálido, como se esperaba que fuera 

—destinado a henchir el aire y dar vigor a la vida que había despertado hacía solo un par de meses atrás en los sembradíos, las mieses y en los bosques de la comarca—, aquel miércoles transcurría extrañamente emborrascado, oscuro y helado, sobre todo si se tiene en cuenta que en el mes entrante llegaría el verano pleno con toda su esplendorosa luminosidad, frutos y sofocante calor. Sin embargo, el fenómeno de aquel día no era raro del todo: la primavera siempre fue inestable en esos vastos territorios y los vientos del noroeste traían en ocasiones negras nubes que oscurecían el ambiente y también los espíritus. Además, esa desagradable gelidez ambiental parecía potenciar aún más el enrarecido estado de ánimo que exhibía aquel día el vecindario del reino.

Pero, a decir verdad, por aquellos días el clima no era un aspecto relevante que ocupara la mente de los súbditos del reino de Bohemia. Otros importantes aspectos de la vida comunitaria sacudían las bases mismas de la convivencia pacífica de sus habitantes, obnubilando sus capacidades de raciocinio y manteniendo una peligrosa tensión entre los bandos rivales. Las enormes diferencias religiosas que existían entre los grupos no católicos y los gobernantes de turno que sí lo eran, hacían estallar protestas por doquier. Se había llegado a un punto en que la intolerancia respecto a las creencias del resto, cosa ya dañina en sí misma, se había transformado en odio visceral con demostraciones físicas de maltratos, atentados, violentas revueltas, destrucción de templos y otros crímenes diversos. Se trataba de las viejas rencillas religiosas que venían del siglo pasado y que cada vez eran más radicales y violentas. La antigua paz firmada en Augsburgo a mediados de los años mil quinientos, basada en el principio Cuius regio, eius religio, ratificado a regañadientes mediante una carta imperial de comienzos de los mil seiscientos, en virtud del cual los príncipes podían elegir la religión de sus señoríos de acuerdo con su conciencia, pero donde los protestantes podían seguir practicando su observancia dentro de un estado católico, con libertad de culto y otras garantías, todo eso, en la práctica había llegado a su fin.

En aquel día de mayo, la presencia en Praga de algunos regentes, comisionados desde Viena por el propio rey, se debía justamente al escalamiento de estos conflictos, en un intento de la corona por suavizar el tumefacto ambiente de convivencia que se palpaba en Bohemia. Pero las cosas no se dieron como estaban planificadas. En la reunión con los aristócratas protestantes, convocada en las dependencias de la gobernación del Castillo de Praga, los comisionados reales enviados por el imperio a Praga —donde dos de ellos eran gobernadores delegados, miembros del Consejo de Regentes, el tercero era un secretario gubernamental de alto prestigio, y el cuarto era el propio Bozidar, asesor personal del rey— lo estaban pasando muy mal, acusados entre otras materias de persuadir al rey para actuar en contra del ideario religioso de los protestantes. En la asamblea, en muy corto tiempo, se pasó de la plática a la corajina y los insultos, luego a un duro y rápido enjuiciamiento público, y finalmente, a quedar prácticamente retenidos en calidad de rehenes a la espera de la ejecución de la sentencia de un dudoso juicio que se practicó. Bozidar, en particular, vislumbró con estupor un final desastroso, tan oscuro como el día borrascoso que vivían, cubierto de nubes amenazadoras, que se veían nítidamente a través de las ventanas del palacio y también en el actuar de sus interlocutores. Parecía que todo el fastidio, la rabia y la impotencia que algunos súbditos sentían hacia la corona, eran dirigidos personalmente a los cuatro comisionados, él incluido, quienes en ese momento parecían encarnar todo lo malo de la humanidad.

Como está dicho, en el encuentro se llevó a cabo un inesperado enjuiciamiento público en contra de los comisionados reales —aunque enmascarado bajo la apariencia de juicio abreviado para darle visos de legalidad—, y en esa instancia los comisionados habían sido declarados irremediablemente culpables. Se trató de un juicio sumario, simple, rápido y eficiente, donde se prescindió de muchas de las formalidades que exige uno justo y equilibrado. Una vez comunicado el duro resultado, los condenados pidieron explicaciones —mal que mal habían llegado allí en nombre del mismísimo rey—, pero sus solicitudes no fueron atendidas. Luego, pidieron tiempo para responder los cargos, pero tampoco fue concedido. Después aseguraron que ellos podrían llevar las nuevas demandas de los protestantes al seno real para ser analizadas y que con toda seguridad volverían unos días más tarde con buenas noticias. Pero nada fue aceptado. Por último, cuando las opciones se acababan, los condenados pidieron clemencia y compasión por sus vidas, pues la sentencia judicial era clara y categórica: el castigo impuesto por la corte sumaria era la pena de muerte.

Los rebeldes bohemios, que acompañaban a los aristócratas de confesión protestante, no oyeron más argumentos y, alentados por los nobles reformistas y el propio veredicto del juicio, arremetieron contra Bozidar y los otros representantes del rey, entre rabiosos insultos y destemplados improperios. Luego, totalmente fuera de sus cabales y enfurecidos por tantos deseos incumplidos, los rebeldes amenazaron a los rehenes con ejecutarlos en el acto y allí mismo con sus espadas, mientras decenas de brazos los sujetaban con fuerza. La furia de los rebeldes, concentrada ahora en los desafortunados mensajeros de Viena, estaba dirigida a la corona misma del reino de Bohemia. Los airados insurrectos estaban dispuestos a ejecutar a los enviados del rey allí mismo, por sus propias manos, para así enviar una señal clara y contundente sobre sus demandas a Viena, acción que no realizaron en ese momento solo para no derramar sangre en las respetables oficinas de la gobernación. Pero era cosa de tiempo. Así lo pensó Bozidar. Y no era para menos: según los protestantes, ni el nuevo rey católico de turno de Bohemia, ni el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, estaban cumpliendo las promesas de tolerancia religiosa que los protestantes exigían y habían regido en tiempos anteriores en el imperio.

Con la certeza de un inminente trágico final, Bozidar, con la mente embotada por la velocidad con que se desarrollaban los acontecimientos y con el estupor y el miedo que no le permitían razonar con lucidez, forcejeó para tratar de huir, pero pronto se dio cuenta con pavor de que no había escapatoria posible, ya que las puertas de salida de aquella estancia del palacio, que oficiaba de cancillería, estaban custodiadas por una infinidad de más amotinados, todos ataviados con sus bombachos, sus chaquetillas ceñidas con fajines a la cintura, sus botas de altos tacones, sus capas tipo herreruelo, sus altos y hebillados sombreros, pero también, premunidos con sus amenazantes espadas y sus filosos cuchillos. Desde su posición en la estancia y dada su alta estatura, Bozidar veía cómo sus otros tres colegas eran también maltratados y no estaban en mejores condiciones que él. Todos estaban sometidos por igual al mismo furibundo asedio de los amotinados y bajo similares amenazas en medio de una sarta de agravios que espetaban sus captores. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando tuvo la convicción de que el amotinamiento no era reversible, que continuaría hasta las últimas consecuencias y que el fin de sus días dependía de un finísimo hilo que estaba a punto de cortarse. El frío que le recorrió el cuerpo, acompañado del sudor del miedo, era la manifestación misma del terror que comenzaba a invadir su carne y su mente. Si bien conocía de antemano la gravedad de la situación, por primera vez fue consciente de que su vida estaba en peligro perentorio, sentenciado a pena de muerte, y que la ejecución se llevaría a efecto con gran diligencia, tal vez ese mismo día o con suerte en las jornadas siguientes, y que no había tiempo para defensa alguna. Eran la consecuencia misma de los tiempos violentos que se vivían, donde cada facción tenía poderosas razones para hacer prevalecer sus ideas, a sangre y fuego si fuera necesario. El corazón del mensajero bombeaba su plasma sanguíneo al resto del cuerpo a mil latidos por minuto. A lo que estaban ahora sometidos no era más que a los riesgos de los cargos que ostentaban y de la misión que debían cumplir por encargo del imperio. Sin embargo, experimentar el agobiante incordio de la gente en carne propia, con todo su dramatismo, era distinto. El pánico se apoderó de su mente y de su cuerpo. Sus músculos temblaban sin control de su voluntad. Así y todo, intentó una fuga desesperada. En aquel momento, le pesó enormemente no haber tenido experiencia en las milicias de la corona. Hasta ahora su trabajo había consistido en pasearse, sin mayor riesgo, de reunión en reunión en las esferas de palacio. Pero la coyuntura actual era distinta y Bozidar constató tardíamente que algo muy importante faltaba en su formación. Fue consciente de que con práctica de campo habría podido estar mucho mejor preparado para ese tenso encuentro y, quizás, haber podido elaborar una estrategia de pelea o de escapatoria factible como plan alternativo al conocer que se dirigirían literalmente a un avispero. Miró con ojos desorbitados a su alrededor. La habitación de la gobernación donde se encontraban medía casi cuatro metros desde el piso al cielorraso. Sus muros estaban construidos con trozos rectangulares de roca a la vista, muy bien labrados, que encajaban perfectamente unos en otros. Y aunque había dos amplios ventanales con dinteles en arco, que se elevaban desde el alféizar hasta casi tocar el techo, todos ellos, los prisioneros y sus celadores, se encontraban a varios pisos sobre el suelo. La escapatoria no estaba por las ventanas. Nada podían hacer él ni sus colegas, ni siquiera moverse, ya que varios miembros de las facciones rebeldes los inmovilizaban casi por completo, en forma firme y sin sutilezas.

De pronto, a pesar de la envergadura poco común de su talla, Bozidar sintió que poderosos brazos lo levantaban en vilo por el torso. Trató de patear, pero alguien inmovilizó también sus piernas y luego ellas fueron levantadas por sobre su cabeza. Y a pesar de sus gritos incoherentes y los pocos, pero firmes movimientos de resistencia que podía hacer, el condenado fue trasladado en vilo por el cuarto hasta el muro donde se encontraba una de las ventanas del recinto y que pocos minutos antes había sido abierta de par en par. Con los otros comisionados reales estaba ocurriendo algo similar. Y a la usanza de lo ocurrido dos siglos atrás, por allá por los años mil cuatrocientos, los cuatro representantes del rey católico fueron defenestrados hacia el exterior del palacio y lanzados en caída libre desde más de veinte metros de altura, donde más rebeldes bohemios, con sus alabardas enhiestas, los esperaban en medio de ruidosos aullidos de rabia y regocijo espetados por los propios combatientes y por numerosos vecinos protestantes que se habían congregado en los alrededores del palacio, esperando algún resultado de las negociaciones. Bozidar ni ninguno de los otros comisionados esperaban este desenlace, a pesar de existir antecedentes históricos de soluciones similares a conflictos parecidos en Praga. Para los infelices condenados, solo fueron algunos segundos de caída libre esperando el golpe final contra el suelo que terminaría con sus vidas y el paso irreversible al más allá. Para los desdichados representantes reales fueron los segundos más traumáticos de sus vidas: segundos de horror, desesperación e impotencia, esperando solo la muerte. En la práctica, el trámite del ajusticiamiento ordenado por el juicio sumario se había llevado a efecto como el fallo mandataba.

Pero algo inusual pasó. Extraordinariamente, según algunos —o en forma milagrosa, por intervención de la Divina Providencia, según otros—, Bozidar y sus colegas quedaron muy malheridos, pero vivos, salvando sus existencias en este mundo solo por haber caído en un muladar colmado de un maloliente, pero amortiguador estiércol, donde los rebeldes no se atrevieron a entrar o simplemente no lo hicieron porque les dieron por muertos. El hecho fue que los protestantes amotinados y sus líderes, los nobles aristócratas, consideraron que la condena impuesta por el fallo judicial se había llevado a efecto y que el ajusticiamiento de los culpables mediante la defenestración no era más que la concreción de la sentencia del juicio.

Pero como está dicho, los comisionados del rey no estaban muertos. Quedaron en grave estado, unos más que otros, con diversas contusiones, heridas y fracturas. El más afectado de todos fue uno de los gobernadores regentes, que quedó muy grave, pero al menos sin riesgo vital. Bozidar, en particular, justo después de caer y quedar sumergido en la porquería de heces, pudo asomar su cabeza, liberar sus brazos, y limpiarse la cara y las fosas nasales. Al menos podía aspirar el nauseabundo, pero vital aire que había a su alrededor. Fue un acto reflejo, ya que luego cayó en estado de shock, lo que lo liberó de ser totalmente consciente de su paupérrimo estado general, del dolor de sus heridas y fracturas, y de la fetidez que inundaba el lugar.

En la tarde de ese interminable día miércoles del mes de mayo, algunos parroquianos fieles a la corona, movidos por la curiosidad, se dieron cuenta de que al menos algunos —o acaso todos— de los defenestrados estaban vivos en medio de la espesa pestilencia del estercolero. Fue así como en la noche, al amparo de la oscuridad, los malheridos mensajeros reales, con la ayuda de algunos soldados imperiales, fueron rescatados y conducidos secretamente a una residencia de seguridad, donde fueron atendidos, limpiados y sometidos a los cuidados médicos que precisaban.

Con el pasar del tiempo, ciertas ideas comenzaron a decantar en la mente de Bozidar. El sentimiento de que su actuación en este episodio no fue decorosa comenzó poco a poco a devorarle el alma y la tranquilidad de su espíritu. Trató de encontrar una explicación al pánico disparatado que sentía en los momentos críticos. Era el miedo a la muerte. Pero quizás no a la muerte misma, sino a la muerte prematura, con una infinidad de proyectos y cosas por hacer en su vida. Pero también recriminaba su falta de formación para hacer frente a la violencia con que fue tratado en el castillo y, sobre todo, su actitud un tanto pasiva ante la acción de los rebeldes, aunque también era cierto que las circunstancias que rodearon el hecho no le permitieron hacer mucho. Sus ropas y su cuerpo habían quedado manchados por bazofias fecales, cosa que se podía remediar con agua y jabón, pero las manchas caladas en su orgullo eran difíciles de aceptar y limpiar. Se sintió avergonzado por lo que hizo —o no— y del miedo irracional que lo embargó, y se juró que una situación como la vivida jamás volvería ocurrir. Al menos se prepararía para luchar en el futuro por su vida y por la causa a la cual servía, con ideas, pero también con fuerza física, peleando cuerpo a cuerpo, con armas o a mano limpia si era necesario. Sus profundas convicciones personales y su lealtad a la corona así lo exigían.

Como está dicho, mientras Bozidar se recuperaba de las lesiones, tuvo mucho tiempo para recapacitar sobre lo ocurrido en el palacio de Praga y también lo que estaba por venir. El asesor real recriminaba su propio actuar. La vergüenza era más dolorosa que sus heridas y huesos rotos. En las primeras semanas de su recuperación, nunca pudo dormir bien. En las noches despertaba a menudo gritando, convulsionado por sueños tormentosos y recurrentes que volvían cada vez que lograba quedarse traspuesto un rato. En sus delirios, pensó que podría enrolarse en forma voluntaria en las milicias imperiales o unirse a ciertos grupos mercenarios que conocía. Pero en realidad había otras poderosas razones para ello. Por sus funciones como consejero de palacio, tenía acceso a mucha información. Sabía que el episodio de la defenestración desencadenaría otros de mayor gravedad aún, y que los vientos de una nueva guerra fratricida ya habían comenzado a soplar en los territorios del imperio. Solo era cosa de tiempo y más valía estar preparado para la lucha.

Para Bozidar, los protestantes no eran más sus adversarios religiosos o sus antagonistas en las ideas o en la política. Ahora esas gentes eran franca y simplemente sus enemigos. Enemigos a muerte.

Dos

Andrew Warren se levantó de su improvisado, pero cómodo escritorio, con insatisfacción. De pie ante su laptop, en el procesador de texto escribió unos puntos suspensivos y unos signos de exclamación, todo resaltado con color amarillo para que le recordaran más tarde que algo de lo escrito era incorrecto. Simplemente el texto no era de su completo agrado. Al menos, ciertos pasajes no le satisfacían por completo. Cliqueó el ícono de “Guardar” y se dirigió al balcón de su cuarto de hotel, balaustrado con un antepecho de fierro forjado con curiosas formas, que miraba hacia el oeste dando la espalda a los sectores más céntricos de París. Lo hizo en forma automática para que la brisa de la helada tarde le pegara en el rostro y refrescara su mente. Y también sus ideas. El nombre provisorio del archivo que acababa de salvar era simplemente “Bozidar”. Dejó a mano un pendrive donde acostumbraba a grabar, al menos un par de veces al día, una copia de respaldo del último archivo digital, aparte del de la nube. No confiaba mucho en los sistemas de respaldo digital y se aseguraba que fueran redundantes “por cualquier eventualidad”, como solía decir. Era comienzos de noviembre y en el balcón el frescor de la tarde lo confirmaba. Entretanto, en la pantalla del laptop, que descansaba sobre la mesa de su cuarto, que oficiaba de escritorio, el cursor quedó titilando hasta que los píxeles se oscurecieron por completo por la inacción del usuario.

Lo que Andrew trataba de escribir era un episodio de una novela ambientada en antiguas épocas, que versaba sobre las peripecias de un personaje ficticio llamado Bozidar que había inventado y sobre quien, por tanto, la Historia no consignaba palabra alguna. La verdad es que este capítulo en particular lo había escrito hacía varios meses y ahora solo lo repasaba y corregía para que quedara a punto con el resto del libro que avanzaba en forma paralela en varios frentes. Pero seguía disconforme con el contenido del texto. La narrativa la había ambientado en el hecho histórico de la Defenestración de Praga, ocurrido varios siglos atrás. No le interesaba el hecho histórico mismo, tampoco si lo que escribía se ajustaba o no a la realidad, o si había distorsiones grotescas en su desarrollo. En un caso como este, el hecho solo debía pasar en forma inadvertida para el lector, como lo había practicado en varias de sus otras novelas. Además, y aunque tenía la apariencia de serlo, en este capítulo su relato no debía asemejarse a un libro de historia ni nada parecido. Se trataba de narrar parte de la vida ficticia de un protagonista principal que se desenvolvía atormentado por las estresantes situaciones que le tocaban vivir, ambientado en cierta forma en un escenario convulso de la historia de Europa. La novela tenía secciones dedicadas a la vida de Bozidar tanto antes como durante y después de su forzada caída por una ventana. Su idea sobre la trama del relato era postular una teoría novelesca, y ficticia, por supuesto, sobre qué pasó con este personaje después de la defenestración y más que nada hacia el final de sus días. Por lo visto, no se sabía mucho del destino posterior de los cuasi ejecutados en Praga, salvo que, al secretario de la gobernación, que no tenía títulos nobiliarios, lo nombraron Barón de algo por servicios distinguidos. Menos se sabía del final de un cuarto defenestrado, que fue Bozidar, ya que la Historia solo consigna a tres desafortunados en aquel memorable y horrendo hecho. Lo bueno de todo era que a Andrew no le interesaba que el relato fuera real. Tampoco sería la postulación de una hipótesis por probar, relativa a alguno de los defenestrados reales, escondida detrás de un cuarto personaje. Menos aún, su narración se iba a publicar en algún simposio de historia o un webinar académico, o algo parecido, como solían hacer sus amigos catedráticos y vecinos de Berkeley. Incluso la Historia tradicional “fidedigna” del suceso de Praga merecía dudas. La palabra estiércol da a entender boñiga o excremento animal, destinado al abono. Sin embargo, hay que recordar que por aquellos años los sistemas de evacuación de restos fecales y aguas servidas eran muy deficientes y las deposiciones se acumulaban por varios días en los costados de las edificaciones. Así, entonces, la palabra estiércol es una manera elegante de referirse simplemente a deposiciones de todo tipo, incluidas las humanas. Por ello, es razonable suponer que la historia real de lo sucedido aquel día de mayo de mil seiscientos dieciocho es menos lírica de lo que a veces se da a entender.

Por otro lado, Andrew tenía que inventar una forma elegante para introducir un cuarto defenestrado en su novela, y una razón plausible para que no quedara consignado por los historiadores, siendo al mismo tiempo un personaje decisivo en el desarrollo real del hecho y de los que vendrían después en la Gran Guerra de Europa. Tenía algunas ideas escritas sobre cómo hacerlo y solo esperaba un momento de tranquilidad e inspiración para la redacción final. En lo principal, la parte relativa a los hechos históricos, 

Andrew la desarrollaría aprovechando la condición imaginaria de católico recalcitrante de Bozidar y su influencia como consejero en los ámbitos del poder en el palacio real. En cuanto a la parte que se refería a que este cuarto personaje debía pasar inadvertido, era más complicada. Andrew tenía la idea de crear intereses cruzados y determinantes entre los actores reales y ficticios de los hechos (pronto pensaría cuáles y cómo describirlos en forma verosímil).

Como está dicho, y por fortuna para Andrew, su relato no era histórico. Era solo un cuento para entretener a sus miles de lectores. Imaginaba que solo el título de su próxima novela podría ser tremendamente llamativo. Sería algo así como: “El cuarto defenestrado” (todo el mundo sabía que solo fueron tres), o: “El defenestrado desconocido”, o: “El misterioso ejecutado de Praga”, o: “La historia desconocida de Bohemia”, o algo por el estilo. En algún momento tendría tiempo para pensar en algo impactante para el

oropel.

Por otra parte, había otras aristas novelescas que el escritor se proponía llevar al límite y que en forma habitual introducía en sus relatos: era la descripción de las sensaciones, sentimientos y emociones de sus personajes. Para ello, solo tenía que recurrir a su imaginación… y a algunas vivencias para que los textos de sus novelas fueran más creíbles. Esto último era lo más importante para él: el ajuste de su relato a las emociones que se esperaban de sus personajes. Las descripciones de las vivencias espirituales de los protagonistas deberían ser lo más reales posible. Allí, en las expresiones de la emotividad y el sensacionalismo, era donde su novela pondría el acento y ese sería el encanto más importante del libro.

Sobre este tema, lo que más le molestaba de su propio escrito, ahora mirando el horizonte desde el fresco balcón de su hotel parisino, era justamente que, a su entender, este capítulo en particular estaba luciendo como un texto de historia y esa no era la idea. En su visión, le faltaba más realismo en la descripción de las reacciones emocionales de su personaje Bozidar, sobre todo en algunos pasajes. Por ejemplo, en la última parte del capítulo donde los prisioneros son lanzados en caída libre desde las ventanas de un palacio, a Andrew le incomodaba mucho que una experiencia tan extrema como aquella, estuviera quedando reducida a tres líneas de texto.