El Espino de Plata - Raymond E. Feist - E-Book

El Espino de Plata E-Book

Raymond E Feist

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Beschreibung

CUANDO LA MUERTE CAMINA ENTRE LOS VIVOS, LA BATALLA APENAS COMIENZA. Después de un año de paz en Rillanon, el príncipe Arutha enfrenta una amenaza oscura y desconocida. Un siniestro Halcón Nocturno y un poder que levanta a los muertos amenazan con destruir todo lo que ha construido. Con la vida de una princesa en juego y el destino del reino pendiendo de un hilo, Arutha deberá adentrarse en una búsqueda desesperada para enfrentar una magia letal y salvar Midkemia de la destrucción total.

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Seitenzahl: 707

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Raymond E. Feist

El Espino de Plata

Traducción: Antonio Calvario Márquez

Saga

El Espino de Plata

 

Original title: Silverthorn(Spanish)

 

Original language: English

Original Title: Silverthorn

Copyright (c) Raymond E. Feist 2024

Copyright ©1985, 2025 Raymond E Feist and Saga Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788727131290

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.

Este libro está dedicado a mis sobrinos y sobrina:

Benjamin Adam Feist,

Ethan Aaron Feist y

Alicia Jeanne Lareau.

Pequeños magos todos.

Agradecimientos

Una vez más estoy en deuda con mucha gente por la existencia de este libro. Mi más profunda gratitud para:

Los del Viernes por la Noche: April y Stephen Abrams, Steve Barrett, Anita y Jon Everson, Dave Guinasso, Conan LaMotte, Tim LaSelle, Ethan Munson, Bob Potter, Rich Spahl, Adam Springer y Lori y Jeff Velten, por demasiadas razones para enumerarlas.

Susan Avery, David Brin, Kathie Buford y Janny Wurts por darme sus ideas sobre un trabajo en progreso.

Mis amigos de Granada, especialmente Nick Austin.

Al Sarantonio, por poner la gramola en Chicago. De nuevo a Harold Matson, mi representante.

Abner Stein, mi representante en el Reino Unido. Y, como siempre, a Barbara A. Feist, mi madre.

Raymond E. FeistSan Diego, California.Diciembre, 1983

DE DIOSES Y TRADUCTORES

El lector avispado de la saga de Midkemia se dará cuenta de que algún dios de libros anteriores ha pasado a ser diosa. El problema es que en inglés los determinantes y adjetivos (y no pocos sustantivos) se usan indistintamente para el masculino y el femenino, de forma que si no se dice directamente es prácticamente imposible saber si se habla de un individuo varón o hembra. De ahí que en varios casos no se supiera si se estaba hablando de un dios o una diosa. En unos se acertó y en otros no.

SINOPSIS

NUESTRA HISTORIA HASTA EL MOMENTO...

Sobre el mundo de Midkemia, se alzaba el poderoso reino de las Islas, junto al vasto imperio de Kesh la Grande al sur. En aquellos momentos el Reino se acercaba a una época de esplendor; la nación abarcaba un continente, desde el Mar del Reino hasta el Mar Sin Fin.

En el duodécimo año del reinado de Rodric IV, en la provincia más occidental del Reino, el Ducado de Crydee, un pinche de cocina huérfano llamado Pug se convirtió en aprendiz del mago Kulgan. Mediocre estudiante de magia, ascendió hasta una alta posición por salvar a la hija del duque Borric, la princesa Carline, de un terrible destino, y se convirtió en escudero de la corte ducal. Tras esto, Pug se encontró convertido en objeto del encaprichamiento infantil de Carline, y como resultado, en rival del escudero Roland, otro miembro de la corte. Junto con su mejor amigo Tomas, Pug descubrió los restos del naufragio de un extraño navío y a un hombre moribundo de origen desconocido. El sacerdote de la corte, el padre Tully, usó su magia para descubrir que el hombre moribundo provenía de otro mundo, Kelewan, dominado por un poderoso imperio de guerreros, los tsurani. Éstos habían alcanzado Midkemia a través de una puerta mágica, una fractura en el espacio, y posiblemente estaban preparando el camino para una invasión. El duque Borric mantuvo una reunión con la reina de los elfos, Aglaranna, que estuvo de acuerdo en que alguna extraña amenaza se aproximaba a la Costa Lejana del Reino; los elfos habían visto unos extraños guerreros confeccionando mapas del oeste, hombres que se desvanecían misteriosamente.

Temiendo que esto fuera el preludio a una invasión, Lord Borric y su hijo menor, Arutha, encabezaron una compañía de hombres para avisar al rey del posible ataque, dejando Crydee bajo el cuidado de su hijo Lyam y del Maestre de Armas Fannon. La compañía contaba entre sus filas con Kulgan el mago, Pug y Tomas, el sargento Gardan y cincuenta soldados de Crydee. En el bosque llamado el Corazón Verde, el grupo del duque fue atacado por los temidos moredhel, los elfos oscuros conocidos como la Hermandad de la Senda Oscura. Tras una larga y sangrienta lucha, el duque y los demás supervivientes fueron salvados por Dolgan, un caudillo enano, y su gente.

Dolgan los condujo a través de las minas de Mac Mordain Cadal, donde fueron atacados por un espectro, haciendo que Tomas se separara del resto de la compañía. Tomas huyó a las profundidades de la antigua mina, mientras Dolgan ponía a salvo a los demás.

Dolgan volvió a la mina para buscar a Tomas, descubriendo que el muchacho se había refugiado con uno de los últimos supervivientes entre los poderosos dragones dorados, anciano y cerca de la muerte. El dragón, Rhuargh, les contó su vida, su encuentro con el extraño hechicero Macros el Negro y otras maravillas. Rhuargh se desvaneció en un glorioso momento final, gracias a un obsequio de Macros, y dejó a Tomas con un regalo especial: una armadura mágica dorada.

La compañía del duque llegó a la ciudad de Bordon, donde tomaron un barco para Krondor, la capital de la mitad oeste del Reino. Una tormenta los empujó hasta la Isla del Hechicero, hogar del legendario Macros. Allí, Pug se encontró con un misterioso ermitaño, que más tarde descubrieron que era Macros. Éste les insinuó que volverían a encontrarse, pero les avisó de que no lo buscaran.

En Krondor, el príncipe Erland dio instrucciones al duque para que continuara hasta Rillanon, capital del Reino, para ver al rey. Mientras estaban en Krondor, Pug conoció a la princesa Anita, la única hija de Erland, y se enteró de que se esperaba que se casara con el príncipe Arutha cuando creciera.

En Rillanon, el duque Borric descubrió que el rey era un visionario, pero también un hombre de cordura dudosa, dado a violentos cambios de humor y desvarios. El duque Caldric de Rillanon, tío político de Borric, les advirtió de que la carga de repeler a los tsurani, si atacaran, caería sobre los nobles del Oeste, puesto que el rey, temeroso de las intrigas contra la corona, desconfiaba del príncipe de Krondor y se negaba a que los ejércitos orientales dejasen el Este. Llegó la invasión tsurani y Borric recibió el mando de los ejércitos del Oeste. Se apresuró hacia allí. Mientras comenzaba la guerra de la Fractura.

Durante los inicios de la guerra, Pug fue capturado en una incursión contra el territorio ocupado por los tsurani.

Tomas estuvo, con el contingente enano de Dolgan, entre los primeros en enfrentarse a los invasores. Algo alienígena se había manifestado en la armadura de Tomas, y mientras la llevaba puesta se convertía en un guerrero de pavoroso poder. Perseguido por extrañas visiones, poco a poco su aspecto estaba cambiando. En una batalla desesperada en las minas enanas, los tsurani obligaron a la compañía de Tomas y Dolgan a huir hacia los bosques. Al no tener otro lugar seguro donde refugiarse, los enanos se dirigieron hacia Elvandar, para aliarse con los elfos. Al llegar a la corte de la reina de los elfos fueron muy bien recibidos. Algo en el aspecto de Tomas despertó el temor de los viejos tejedores de magia elfos, aunque éstos se negaron a hablar de ello.

Lyam dejó Crydee para unirse a su padre, y el maestre de armas Fannon asumió el mando del castillo con Arutha como segundo al mando. Carline lloraba la pérdida de Pug, y acudió a Roland en busca de apoyo. Los tsurani efectuaron una incursión contra Crydee usando un barco capturado. Durante la batalla, Arutha rescató a Amos Trask, capitán del barco y antiguo pirata.

Los tsurani pusieron sitio a Crydee, y fueron repelidos muchas veces. Durante uno de los combates, el maestre de armas Fannon resultó herido y Arutha asumió el mando. Tras una terrible lucha subterránea entre los hombres de Arutha y zapadores tsurani, Arutha ordenó a las guarniciones cercanas a Crydee que se coordinaran para una batalla final contra los tsurani. Pero antes de que dicha batalla pudiera comenzar, el comandante tsurani, Kasumi de los Shinzawai, recibió la orden de volver a casa con sus tropas.

Pasaron cuatro años, y Pug trabajaba como esclavo en un campo de trabajo en los pantanos de Kelewan, el mundo de los tsurani, junto con un recién llegado, Laurie de Tyr-Sog, un trovador. Tras un conflicto con el capataz del campo de trabajo fueron llevados por Hokanu, el hijo menor de la familia Shinzawai, a las tierras de su padre. Se les ordenó entrenar a Kasumi en todos los aspectos de la cultura y el idioma del Reino. Allí, Pug también conoció a una muchacha esclava, Katala, de la que se enamoró. El hermano del señor de los Shinzawai, Kamatsu, era uno de los Grandes, poderosos magos, seres que eran su propia ley. Una noche Fumita, el Grande, descubrió que Pug había sido aprendiz de mago en Midkemia, y lo reclamó en nombre de la Asamblea, la hermandad de magos, desapareciendo de la mansión de los Shinzawai.

Para entonces Tomas se había convertido en una figura de poder abrumador gracias a su antigua armadura. Antes había sido portada por un valheru (un Señor de los Dragones), uno de los legendarios y poderosos primeros pobladores de Midkemia. Poco se sabía de ellos excepto que eran crueles y poderosos, y que habían mantenido como esclavos a los elfos y los moredhel. Aglaranna, su hijo Calin y su principal consejero Tathar, temían que Tomas estuviera siendo consumido por el poder de Ashen-Shugar, el antiguo Señor de los Dragones, cuya armadura vestía. Temían un intento de los valheru para recuperar su dominio. Aglaranna estaba doblemente preocupada, ya que aparte de temer a Tomas estaba enamorándose de él. Los tsurani invadieron Elvandar y fueron rechazados por las fuerzas de Tomas y Dolgan, ayudadas por el misterioso Macros el Negro. Tras la batalla, Aglaranna admitió sus sentimientos por Tomas y lo tomó como amante, perdiendo así todo poder para darle órdenes.

Los recuerdos de Pug fueron borrados por los maestros de la Asamblea y tras cuatro años de entrenamiento se convirtió en mago. Descubrió que era un dotado seguidor de la Senda Mayor, una magia inexistente en Midkemia. Kulgan era un mago de la Senda Menor, y por eso había sido incapaz de enseñar a Pug. Pug recibió el nombre de Milamber al convertirse en Grande. Su maestro, Shimone, observó cómo Milamber pasaba la prueba final, de pie sobre un delgado pináculo y soportando el momento álgido de una tormenta mientras se le revelaba la historia del Imperio de Tsuranuanni. Allí fue adoctrinado acerca del deber principal de un Grande: servir al imperio. Pug conoció a su primer amigo en la Asamblea, Hochopepa, un astuto mago que lo instruyó en los entresijos de la política tsurani.

Para el noveno año de la guerra, Arutha temía que estaban perdiendo la contienda, y entonces descubrió a través de un esclavo prisionero que estaban llegando nuevas tropas desde Kelewan. Con Martin Arcolargo, el maestre de caza de su padre, y Amos Trask, Arutha viajó a Krondor para pedirle más ayuda al príncipe Erland. Durante el viaje, Amos descubrió el secreto de Martin: era hijo bastardo de Lord Borric. Martin hizo que Amos le jurara no revelarlo nunca sin su permiso. En Krondor, Arutha descubrió que la ciudad estaba bajo el control de Guy, duque de Bas-Tyra, un enemigo jurado de Lord Borric. Claramente, Guy había emprendido algún tipo de plan para apoderarse de la corona. Entonces Arutha se cruzó con Jocko Radburn, esbirro de Guy y jefe de su policía secreta, que persiguió a Arutha, Martin y Amos hasta que éstos cayeron en manos de los Burladores, los ladrones de Krondor. Allí conocieron a Jimmy la Mano, un muchacho ladrón; a Trevor Hull, un antiguo pirata convertido en contrabandista y a su primer oficial, Aaron Cook. Los Burladores tenían oculta a la princesa Anita, que había huido de palacio. Jocko Radburn estaba furioso intentando capturarla antes de que Guy du Bas-Tyra volviera de una escaramuza fronteriza con el vecino imperio de Kesh la Grande. Con la ayuda de los burladores, Arutha, sus compañeros y Anita huyeron de la ciudad. Durante una persecución por mar, Amos atrajo el navío de Radburn a unos arrecifes y el jefe de la policía secreta se ahogó. Al volver a Crydee, Arutha descubrió que el escudero Roland había muerto durante una escaramuza. Para entonces Arutha estaba enamorado de Anita, aunque se resistía a admitirlo al considerarla demasiado joven.

Pug, ahora Milamber, volvió a las tierras de los Shinzawai para reclamar a Katala, y descubrió que era padre. Su hijo, William, había nacido durante su ausencia. También descubrió que los Shinzawai estaban implicados en una intriga junto con el emperador para obligar a firmar la paz al Alto Consejo Tsurani, que estaba dominado por el Señor de la Guerra. Laurie le serviría de guía a Kasumi, que ya había dominado la lengua y las costumbres del Reino, para llegar hasta el rey, llevando la oferta de paz del emperador. Pug les deseó buena suerte y se llevó a casa a su esposa e hijo.

Tomas sufrió un gran cambio equilibrando las fuerzas del valheru y del humano, pero sólo después de casi matar a Martin Arcolargo. En una titánica batalla interior, el humano casi fue abrumado, pero al fin logró dominar la colérica entidad que una vez había sido un Señor de los Dragones y por fin conoció la paz de espíritu.

Kasumi y Laurie atravesaron la fractura y se abrieron camino hasta Rillanon, donde descubrieron que el rey se había vuelto completamente loco. Los acusó de ser espías, y tuvieron que huir ayudados por el duque Caldric. El duque les aconsejó que buscaran a Lord Borric, porque parecía que se avecinaba una guerra civil. Al llegar al campamento de Borric, Laurie y Kasumi se encontraron a Lyam, que les informó que Borric estaba mortalmente herido.

Milamber, como se conocía a Pug, asistió a los Juegos Imperiales, celebrados por el Señor de la Guerra para festejar su aplastante victoria sobre Lord Borric. Milamber enfureció ante la crueldad gratuita, especialmente el tratamiento sufrido por los prisioneros midkemios. En un ataque de cólera, destruyó el recinto donde se celebraban los Juegos, agraviando al Señor de la Guerra y así haciendo pedazos la política del Imperio. Milamber huyó con Katala y William a Midkemia, ya no más como un Grande, sino de nuevo Pug de Crydee.

Pug regresó a tiempo de estar al lado de Lord Borric cuando éste murió. El último acto del duque fue reconocer a Martin. Entonces llegó el rey, enfadado por la incapacidad de sus comandantes para poner fin a la larga guerra. Encabezó una enloquecida carga contra los tsurani y, contra todo pronóstico, rompió su frente y los hizo retroceder hasta el valle donde tenían la máquina de crear fracturas, el medio para viajar ente los dos mundos. El rey fue herido de muerte y, en un raro momento de lucidez, nombró heredero a Lyam, el mayor de los varones Doin.

Lyam hizo saber a los tsurani que aceptaría la oferta de paz que Rodric había despreciado, y se puso fecha para las negociaciones. Entonces Macros fue a Elvandar y avisó a Tomas de que esperara engaños en la conferencia de paz. Tomas accedió a llevar a sus guerreros, igual que los enanos.

En la conferencia de paz, Macros creó una ilusión que trajo el caos y la batalla a donde se pretendía que hubiera paz. Macros llegó, y entre él y Pug destruyeron la fractura, dejando aislados en Midkemia a cuatro mil tsurani bajo el mando de Kasumi. Éste se rindió ante Lyam, que les ofreció la libertad si le juraban fidelidad.

Todos volvieron a Rillanon para la coronación de Lyam, excepto Arutha, Pug y Kulgan, que visitaron la isla de Macros. Allí descubrieron a Gathis, un sirviente del hechicero, de aspecto parecido a un trasgo, que les entregó un mensaje. Al parecer, Macros había muerto en la destrucción de la fractura. Les había dejado su inmensa biblioteca a Pug y Kulgan, que planearon montar una academia para magos. La explicación a la traición de Macros fue que el Enemigo, un poder inmenso y terrible conocido por los tsurani desde tiempos inmemoriales, podía haber encontrado Midkemia a través de la fractura. Por eso Macros se había visto obligado a destruir la fractura.

Arutha, Pug y Kulgan fueron a Rillanon, donde Arutha descubrió la verdad sobre Martin. Puesto que era el mayor de los hijos de Borric, el nacimiento de Martin obstaculizaba la herencia de Lyam, pero el antiguo Maestre de Caza renunció a cualquier derecho sobre el trono, y Lyam se convirtió en rey. Arutha fue proclamado príncipe de Krondor, ya que el padre de Anita había muerto. Guy du Bas-Tyra estaba oculto y en su ausencia fue desterrado por traición. Laurie conoció a la princesa Carline, que al parecer le devolvía su interés.

Lyam, Martin, que se convirtió en duque de Crydee, y Arutha partieron hacia el Reino Oriental, mientras que Pug y su familia, junto con Kulgan, viajaron a la isla de Stardock, para comenzar la construcción de la academia. Durante casi un año, la paz imperó en el Reino...

LIBRO III

ARUTHA Y JIMMY

Al erguirse unánimes se oyó

Como el estruendo de un lejano trueno.

—Milton, El Paraíso Perdido, Libro II, 1,476

PRÓLOGO

CREPÚSCULO

El sol cayó tras los picos.

Los últimos rayos de sol tocaron la tierra y sólo quedó el rosado resplandor crepuscular del día. Desde el este, se aproximaba una oscuridad color índigo. El viento atravesaba las colinas cortante como una hoja afilada, como si la primavera fuera solamente un sueño apenas recordado. El hielo invernal seguía aferrándose a los lugares protegidos por las sombras, un hielo que se resquebrajaba ruidosamente bajo los talones de botas pesadas. Saliendo de la oscuridad del anochecer, tres figuras entraron dentro del radio de luz de la hoguera.

La anciana bruja levantó la mirada, y sus ojos oscuros se abrieron un tanto al contemplar al trío. Conocía la silueta de la izquierda, el ancho guerrero mudo con la cabeza afeitada y un solo mechón de pelo largo en el cuero cabelludo. Había venido una vez antes, buscando señales mágicas para algún extraño ritual. Aunque era un poderoso caudillo, ella lo había echado, porque su naturaleza era malvada, y aunque los asuntos del bien y el mal rara vez tenían alguna importancia para la bruja, había límites incluso para ella. Además, los moredhel le gustaban más bien poco, y especialmente uno que se había cortado su propia lengua como signo de devoción a poderes oscuros.

El guerrero mudo la contempló con sus ojos azules, algo poco usual en su raza. Era de hombros más anchos que la mayoría, incluso para un miembro de los clanes montañeses, que solían ser de brazos y hombros más poderosos que sus primos los que habitaban en los bosques. El mudo llevaba argollas de oro en sus grandes y puntiagudas orejas, dolorosas de poner, ya que los moredhel no tenían lóbulos. Sobre cada mejilla había tres cicatrices, símbolos místicos cuyo significado no se le escapaba a la bruja.

El mudo hizo una señal a sus compañeros, y el que estaba más a la derecha pareció asentir. Era difícil de decir, ya que iba ataviado con una túnica que lo cubría por completo, con una gran capucha que no dejaba ver sus rasgos. Ambas manos iban ocultas en voluminosas mangas que mantenía juntas.

—Buscamos la interpretación de unas señales —dijo la figura encapuchada, como si hablara desde una gran distancia. Su voz era sibilante, casi un siseo, y había en ella una nota de algo casi alienígena. Apareció una mano, y la bruja reculó, porque era deforme y escamosa, como si su propietario poseyera garras cubiertas de piel de serpiente. En ese momento, la bruja reconoció a la criatura por lo que era: un sacerdote del pueblo serpiente pantathiano. Comparados con los hombres serpiente, la bruja tenía a los moredhel en alta estima.

Apartó su atención de las figuras de los extremos y estudió a la del centro. Se alzaba una cabeza más alto que el mudo, y era de una corpulencia incluso más impresionante. Lentamente se despojó de una capa de piel de oso, el cráneo del cual le proporcionaba un casco para su propia cabeza, y la tiró a un lado. La anciana bruja dejó escapar un grito ahogado, ya que era el moredhel más atractivo que había visto en su larga vida. Llevaba los pantalones gruesos, chaleco y botas altas de los clanes de las colinas, y el pecho descubierto. Su cuerpo poderosamente musculado relucía a la luz de la hoguera, y se inclinó hacia delante para estudiar a la bruja. Su rostro casi daba miedo por aquella belleza casi perfecta. Pero lo que le había hecho dar un grito ahogado era el signo que lucía en el pecho.

—¿Me conoces? —le preguntó a la bruja.

Ella asintió.

—Sé quien pareces ser.

Él se inclinó hacia delante un poco más, hasta que su rostro quedó iluminado desde abajo por el fuego, revelando algo en su naturaleza.

—Soy quien parezco ser —susurró él con una sonrisa. Ella sintió miedo, porque detrás de sus atractivos rasgos, detrás de aquella sonrisa benigna, vio el rostro del mal, de un mal tan puro que desafiaba al aguante—. Buscamos la interpretación de unas señales —repitió, y su voz tenía el sonido de una locura tan transparente como el cristal.

—¿Hasta alguien tan poderoso tiene límites? —la bruja soltó una risita.

La sonrisa del guapo moredhel se fue desvaneciendo lentamente.

—Uno no puede predecir su propio futuro.

—Necesito plata —dijo ella, resignada al que probablemente iba a ser el suyo propio.

El moredhel asintió. El mudo sacó una moneda de la bolsita que llevaba colgada del cinturón y la tiró al suelo frente a la bruja. Sin tocarla, ésta preparó algunos ingredientes en un cuenco de piedra. Cuando el mejunje estuvo listo, lo vertió sobre la plata. Brotó un siseo, tanto de la moneda como del hombre serpiente. Una garra cubierta de escamas verdes empezó a trazar signos en el aire.

—Déjate de tonterías, serpiente —le espetó la bruja—. Tu magia de las tierras cálidas sólo falseará mi lectura.

Un suave toque y una sonrisa del individuo del centro, que le asintió a la bruja, contuvieron al hombre serpiente.

La bruja habló en tono ronco, con la garganta reseca del miedo.

—Habla entonces verdaderamente. ¿Qué deseas saber? —Estudió la siseante moneda de plata, que ahora estaba cubierta con un burbujeante légamo verdoso.

—¿Es ya el momento? ¿He de hacer lo que fue dispuesto?

Una llama de color verde brillante brotó de la moneda y danzó. La bruja siguió sus movimientos de cerca. Sus ojos veían algo dentro de la llama que nadie más que ella podía percibir.

—Las Piedrasangres forman la Cruz de Fuego —dijo tras un momento— . Aquello que eres, sé. Aquello que has nacido para hacer... ¡hazlo! —La última palabra fue casi un jadeo.

Algo en la expresión de la bruja le resultó inesperado, pues el moredhel le hizo otra pregunta.

—¿Qué más, vieja?

—No te alzas sin oposición, porque hay uno que es tu perdición. No te alzas sólo, porque tras de ti... no lo comprendo. —Su voz era débil, tenue.

—¿Qué? —Esta vez el moredhel no mostraba sonrisa alguna.

—Algo... algo inmenso, algo distante, algo maligno.

El moredhel se paró a pensar; se volvió hacia el hombre serpiente y le habló con suavidad, pero aún así con autoridad.

—Entonces, ve, Cathos. Emplea tus habilidades arcanas y descubre dónde reside esta debilidad. Dale un nombre a nuestro enemigo. Encuéntralo. —El hombre serpiente hizo una torpe reverencia y salió de la cueva arrastrando los pies. El moredhel se volvió hacia su acompañante mudo—. Levanta los estandartes, mi general, y reúne a los clanes leales en las llanuras de Isbandia, bajo las torres de Sar-Sargoth. Eleva más alto el estandarte que he escogido para mí mismo, y que todos sepan que emprendemos aquello que fue dispuesto. Tú serás mi señor de la guerra, Murad, y todos sabrán que tú eres el más alto de mis sirvientes. Ahora esperan la gloria y la grandeza. Luego, cuando la serpiente loca haya identificado a nuestra presa, encabeza a los matadores negros. Que aquellos cuyas almas son mías nos sirvan buscando a nuestros enemigos. ¡Encuéntralo! ¡Destrúyelo! ¡Ve!

El mudo asintió una vez y salió de la cueva. El moredhel con el signo en el pecho miró a la bruja a la cara.

—Entonces, desecho humano, ¿sabes qué poderes oscuros están en movimiento?

—Sí, mensajero de la destrucción, lo sé. Por la Dama Oscura, lo sé.

Él se rió, un sonido frío y sin humor.

—Yo porto el signo —dijo señalándose la marca de nacimiento de color púrpura que tenía en el pecho, que parecía brillar intensamente a la luz del fuego. Estaba claro que no era una simple deformidad sino algún tipo de talismán, ya que formaba la perfecta silueta de un dragón en vuelo. Levantó el dedo, señalando hacia arriba—. Yo tengo el poder. —Hizo un movimiento circular con el dedo que apuntaba hacia el cielo—. Yo soy el ungido. Yo soy el destino.

La bruja asintió sabiendo que la muerte corría a su encuentro. Repentinamente, vocalizó un complejo encantamiento, moviendo las manos furiosamente en el aire. Un cúmulo de energía se manifestó en la cueva y un extraño aullido llenó la noche. El guerrero que estaba ante ella se limitó a negar con la cabeza. Ella le lanzó un conjuro, uno que debería haberlo consumido en el sitio. Él permaneció allí, sonriéndole de oreja a oreja, malignamente.

—¿Quieres ponerme a prueba con tus patéticas artes, vidente?

Al ver que no había ningún efecto, la bruja cerró los ojos lentamente y se sentó erguida, esperando su destino. El moredhel apuntó con un dedo y de él brotó un rayo de luz plateada, golpeando a la bruja. Ésta gritó de agonía, y luego estalló en fuego blanco incandescente. Por un instante, su oscura silueta se retorció en el interior de aquel infierno, y luego las llamas se desvanecieron.

El moredhel le echó un rápido vistazo a las cenizas que había en el suelo, formando la silueta de un cuerpo. Con una grave risa, recogió su capa y salió de la cueva.

Afuera lo esperaban sus acompañantes, aguantándole el caballo. Más abajo, podía ver el campamento de su banda, aún pequeña pero destinada a crecer. Montó.

—¡A Sar-Sargoth! —Dijo.

Con un tirón de las riendas hizo girar a su caballo y condujo al mudo y al sacerdote serpiente colina abajo.

1

Reunión

El barco volvía a casa a toda velocidad.

El viento cambió de dirección y la voz del capitán resonó; en la arboladura, su tripulación se apresuró a responder a las exigencias de una brisa que refrescaba y de un capitán ansioso de llegar a salvo a un puerto. Era un navegante avezado, casi treinta años en la marina real, y diecisiete años al mando de su propia nave. Y el Águila Real era la mejor nave de la flota del rey, pero con todo el capitán deseaba sólo un poco más de viento, sólo un poco más de velocidad, ya que no podría descansar hasta que sus pasajeros no estuvieran a salvo en tierra.

De pie en el castillo de proa se encontraban los motivos de la preocupación del capitán, tres hombres altos. Dos, uno rubio y otro moreno, estaban de pie junto a la borda, compartiendo un chiste, ya que ambos reían. Los dos pasaban del metro noventa, y los dos se comportaban con la seguridad en sí mismos de un guerrero o un cazador. Lyam, rey del reino de las Islas, y Martin, su hermano mayor y duque de Crydee, hablaban de muchas cosas: de caza y de banquetes, de viajes y de política, de guerra y de discordia, y ocasionalmente hablaban de su padre, el duque Borric.

El tercer hombre, que no era tan alto ni tan ancho de hombros como los otros dos, estaba apoyado en la borda a cierta distancia, perdido en sus propios pensamientos. Arutha, príncipe de Krondor y el más joven de los tres hermanos, también meditaba sobre el pasado, pero su visión no era del padre muerto durante la guerra con los tsurani, a la que ahora se estaba llamando la Guerra de la Fractura. En vez de eso, observaba la proa de la nave mientras cortaba las aguas color verde esmeralda, y en aquel verde, veía dos ojos chispeantes del mismo color.

El capitán echó una mirada arriba, y luego ordenó que recortaran el velamen. De nuevo vio a los tres hombres sobre el castillo de proa y de nuevo rezó en silencio a Kilian, Diosa de los marineros, y deseó que las altas agujas de Rillanon estuvieran ya a la vista. Ya que aquellos tres eran los hombres más poderosos e importantes del Reino, y el capitán se negaba a pensar en el caos que sobrevendría en el Reino si alguna desgracia caía sobre su navío.

Arutha oyó vagamente los gritos del capitán y las respuestas de los contramaestres y los marineros. Estaba cansado por los acontecimientos del último año, así que prestaba poca atención a lo que pasaba a su alrededor. Sólo podía mantener sus pensamientos en un asunto: volvía a Rillanon, y a Anita.

Arutha sonrió para sus adentros. Su vida había parecido rutinaria durante los primeros dieciocho años. Entonces había llegado la invasión tsurani y el mundo había cambiado para siempre. Había llegado a ser considerado uno de los mejores comandantes del Reino, había descubierto un insospechado hermano mayor en Martin, y había presenciado un millar de horrores y prodigios. Pero la cosa más prodigiosa que le había pasado a Arutha había sido Anita.

Se habían separado después de la coronación de Lyam. Durante casi un año Lyam había estado mostrando el estandarte real a los señores orientales y a los reyes vecinos, y ahora volvían a casa.

La voz de Lyam atravesó la ensoñación de Arutha.

—¿Qué ves en el centelleo de las olas, hermanito?

Martin sonrió mientras Arutha levantaba la vista, y el antiguo maestre de caza de Crydee, una vez llamado Martin Arcolargo, señaló a su hermano menor con una inclinación de cabeza.

—Me apostaría los impuestos de un año a que ve un par de ojos verdes y una sonrisa pizpireta en las olas.

—Eso no es apuesta, Martin —dijo Lyam—. Desde que partimos de Rillanon he tenido tres mensajes de Anita por un asunto de estado u otro. Todo conspira para mantenerla en Rillanon mientras que su madre volvió a sus tierras un mes después de mi coronación. Arutha, más o menos, ha estado recibiendo una media de dos o más mensajes de ella por semana. Uno podría sacar algunas conclusiones de eso.

—Yo estaría más ansioso por volver si tuviera a alguien de su valía esperándome —admitió Martin.

Arutha era una persona introvertida, de mal genio cuando llegaba la hora de exteriorizar sus sentimientos más profundos, y el doble de sensible ante cualquier cuestión que implicara a Anita. Estaba perdidamente enamorado de la esbelta jovencita, embriagado por la manera en que se movía, la manera en que hablaba, la manera en que lo miraba. Y aunque posiblemente éstos eran los dos únicos hombres sobre Midkemia a los que se sentía lo bastante cercano como para compartir sus sentimientos, nunca, ni siquiera siendo niño, había mostrado buen humor cuando se sentía blanco de una broma.

Mientras el gesto de Arutha se oscurecía, Lyam habló.

—Deja a un lado esa expresión tan negra, pequeño nubarrón de tormenta. No sólo soy tu rey, sigo siendo tu hermano mayor y te puedo dar unos cachetes si surgiera la necesidad.

El uso del apodo cariñoso que le había puesto su madre y la improbable imagen del rey dándole unos cachetes al príncipe de Krondor hicieron que Arutha sonriera levemente.

—Me preocupa no entenderla en este asunto —dijo Arutha tras un momento de silencio—. Sus cartas, aunque cálidas, son formales y a veces hasta distantes. Y hay muchos jóvenes cortesanos en tu palacio.

—Desde el mismo momento que escapamos de Krondor, tu destino estaba sellado, Arutha —dijo Martin—. Te ha tenido en mira desde el principio, como un cazador que acecha a un ciervo. Incluso antes de llegar a Crydee, cuando estábamos escondidos, te miraba de cierta manera. No, te está esperando, de eso no tengas duda.

—Además —añadió Lyam—, le has dicho lo que sientes.

—Hombre, no con tantas palabras. Pero le he dicho que siento un profundo afecto.

Lyam y Martin intercambiaron miradas.

—Arutha —dijo Lyam—, escribes con toda la pasión de un escribano calculando los impuestos de fin de año.

Los tres se rieron. Los meses de viaje habían permitido que su relación se replanteara. Martin había sido tutor y amigo de los otros dos cuando eran niños, enseñándoles a cazar y a moverse por los bosques. Pero también había sido un plebeyo, aunque como Maestre de Caza era un miembro bien situado de la casa del duque Borric. Al descubrirse que era hijo bastardo de su padre, un medio hermano mayor, los tres habían pasado por un periodo de ajuste. Desde entonces habían soportado la falsa camaradería de los que buscaban ventajas, las huecas promesas de amistad y lealtad de los que querían ganar algo, y durante este tiempo habían descubierto algo más. Cada uno de ellos había encontrado en los otros dos hombres en los que confiar, de los que se podía depender, que comprendían lo que significaba este repentino ascenso a la preeminencia, y que compartían la presión de las responsabilidades recién adquiridas. En los otros dos, cada uno de ellos había encontrado amigos.

Arutha sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo.

—Supongo que yo también lo he sabido desde el principio, aunque tuviera dudas. Es tan joven.

—¿Quieres decir que tiene más o menos la edad de madre cuando se casó con padre? —dijo Lyam.

Arutha fijó en Lyam una mirada escéptica.

—¿Es que tienes respuesta para todo?

Martin le dio una palmada en la espalda a Lyam.

—Por supuesto —dijo—. Por eso es el rey. —Mientras Lyam miraba a Martin con el ceño fruncido en broma, el hermano mayor siguió—. Así que, cuando volvamos, pídele que se case contigo, querido hermano. Entonces podremos despertar al viejo padre Tully, sacarlo de delante de su chimenea, irnos a Krondor y celebrar una feliz boda. Y yo podré dejar estos condenados viajes y volver a Crydee.

Desde arriba gritó una voz.

—¡Tierra a la vista!

—¿Por dónde? —gritó el capitán.

—Todo a proa.

Mirando a la distancia, el entrenado ojo de cazador de Martin fue el primero en percibir la distante costa. En silencio, colocó las manos sobre los hombros de sus hermanos. Tras algún tiempo, los tres pudieron ver lo distante silueta de altas torres recortándose contra el cielo azul.

—Rillanon —susurró Arutha.

El sonido de ligeras pisadas y del roce de una falda remangada sobre unos pies corriendo, acompañaba la visión de una esbelta silueta avanzando con determinación por un largo pasillo. Los adorables rasgos de la dama que, con razón, era reconocida como la mayor belleza de la corte, estaban contraídos en una expresión no precisamente de agrado. Los guardias que había dispuestos a lo largo del pasillo mantuvieron el rostro al frente, pero los ojos siguieron su paso. Más de un guardia consideró el más que probable objetivo del bien conocido temperamento de la dama y sonrió para sus adentros. Al cantante le esperaba un brusco despertar, literalmente.

De forma nada apropiada para una dama, la princesa Carline, hermana del rey, pasó como una exhalación junto a un sobresaltado sirviente que intentó echarse a un lado de un salto y hacerle una reverencia al mismo tiempo, lo que le llevó a caerse sobre sus posaderas mientras Carline se desvanecía en el ala de invitados del palacio.

Al llegar ante una puerta, se detuvo. Tras arreglarse el pelo oscuro suelto, levantó la mano para llamar, pero no lo hizo. Sus ojos azules se entrecerraron a medida que se iba enfadando ante la idea de tener que esperar que la puerta se abriera, así que se limitó a abrirla sin anunciarse.

La habitación estaba a oscuras, ya que las cortinas seguían echadas. La enorme cama estaba ocupada por un gran bulto bajo las mantas que emitió un gruñido cuando Carline dio un portazo. Abriéndose paso a través del suelo cubierto de ropa, abrió las cortinas para dejar que pasase la brillante luz de media mañana. El bulto emitió otro gruñido mientras una cabeza con dos ojos enrojecidos se asomaba entre las mantas.

—Carline —llegó el seco y ronco gemido—. ¿Quieres consumirme hasta la muerte?

—Si no hubieras estado de farra toda la noche, y hubieras venido a desayunar como se esperaba de ti —le espetó Carline poniéndose junto a la cama—, puede que te hubieras enterado de que han avistado el barco de mi hermano. Estarán en el muelle en unas dos horas.

Laurie de Tyr-Sog, trovador, viajero, antiguo héroe de la Guerra de la Fractura, y últimamente juglar de la corte y sempiterno acompañante de la princesa, se sentó frotándose los ojos.

—No he estado de farra. El conde de Dolth insistió en oír todas las canciones de mi repertorio. Estuve cantando casi hasta el amanecer. — Parpadeó y le sonrió a Carline. Se rascó la arreglada barba rubia—. El hombre es incansable, pero también tiene un excelente gusto musical.

Carline se sentó en el borde de la cama, se inclinó y lo besó brevemente. Se libró decididamente de unos brazos que querían abrazarla.

—Escucha, amoroso ruiseñor —le dijo manteniéndolo a raya con una mano sobre el pecho de él—, Lyam, Martin y Arutha estarán aquí muy pronto, y en el mismo momento en que Lyam celebre la corte y acabe con todas las formalidades, le hablaré de nuestro matrimonio.

Laurie miró a su alrededor como si buscara un rincón en el que desaparecer. A lo largo del último año su relación se había desarrollado en profundidad y pasión, pero Laurie sentía un rechazo casi instintivo por el tema del matrimonio.

—Bueno, Carline... —empezó a decir.

—¡Vaya que si “Bueno Carline”! —Le interrumpió ella clavándole un dedo en el pecho desnudo—. Mira, bufón, he tenido príncipes orientales, hijos de la mitad de los duques del Reino, y quién sabe cuántos más suplicando simplemente permiso para cortejarme. Y siempre los he ignorado. ¿Y para qué? ¿Para que un músico alelado pueda juguetear con mi afecto? Bueno, esto tenemos que resolverlo.

Laurie sonrió, echándose hacia atrás el pelo rubio despeinado. Se incorporó y, antes que ella pudiera moverse, la besó intensamente.

—Carline, amor de mi vida, por favor. Ya hemos hablado de esto —dijo él después de que se separaran.

Los ojos de ella, que habían estado entrecerrados durante el beso, se abrieron de par en par.

—¡Oh! ¿Ya hemos hablado de esto antes? —Dijo enfurecida—. Nos casaremos, ésa es mi última palabra. —Se levantó para evitar que volviera a abrazarla—. Se ha convertido en el escándalo de la corte, la princesa y su amante el juglar. Y ni siquiera es un cuento original. Me estoy convirtiendo en el hazmerreír. Maldita sea, Laurie. Casi tengo veintiséis años. La mayoría de las mujeres de mi edad llevan ocho o nueve años casadas. ¿Quieres que muera solterona?

—Eso nunca, amor mío —respondió él, aún divertido. Aparte del hecho de su belleza, y de las escasas probabilidades de que alguien la llamara vieja solterona, tenía diez años menos que él y Laurie la consideraba joven, una percepción constantemente fomentada por los estallidos de temperamento infantil de ella. Laurie se sentó perfectamente erguido y abrió las manos en un gesto de indefensión a la vez que reprimía la risa—. Soy lo que soy, cariño, ni más ni menos. Llevo aquí más tiempo del que he estado en ningún otro sitio cuando era un hombre libre. Aunque tengo que admitir que es un cautiverio mucho más placentero que el último. —Hablaba de los años pasados como esclavo en Kelewan, el mundo natal de los tsurani—. Pero nunca se sabe cuándo querré volver a vagabundear. —Podía ver como a ella se le iba encrespando el ánimo, y se vio obligado a admitir que a menudo era él quien sacaba lo peor de la naturaleza de ella. Cambió de tema enseguida—. Además, no sé si sería un buen... como quiera que se llame al esposo de la hermana del rey.

—Pues más vale que te vayas acostumbrando. Ahora levántate y vístete.

Laurie agarró los pantalones que ella le arrojó y se los puso rápidamente. Cuando acabó de vestirse, se puso frente a ella y le rodeó la cintura con los brazos.

—Desde el día en que nos conocimos he sido tu devoto súbdito, Carline. Nunca he amado, ni amaré, a nadie como te amo a ti, pero...

—Lo sé. Llevas meses con las mismas excusas. —Le volvió a clavar el dedo en el pecho—. Siempre has sido un viajero —se burló—. Siempre has sido libre. No sabes si podrías soportar estar atado a un sitio; aunque he notado que has logrado soportar quedarte aquí, en el palacio real.

Laurie levantó la vista al cielo.

—Eso es bastante cierto.

—Bien, amante mío, esas excusas pueden servirte cuando te despidas de la hija de algún pobre posadero, pero aquí te van a valer de poco. Veremos qué piensa Lyam de todo esto. Me imagino que habrá alguna que otra vieja ley en los archivos que hable de los plebeyos que se enredan con nobles.

Laurie soltó una carcajada.

—La hay. A mi padre le corresponde un soberano de oro, un par de mulas y una granja porque te has aprovechado de mí.

De repente a Carline se le escapó una risita, trató de reprimirla y acabó riéndose en voz alta.

—Bastardo. —Lo abrazó fuertemente y le apoyó la cabeza en el hombro, sonriendo—. Nunca puedo permanecer enfadada contigo.

Él la acunó suavemente en el círculo de sus brazos.

—Y eso que de vez en cuando te doy razones.

—Sí que lo haces.

—Bueno, no tanto.

—Ojito, chaval —dijo ella—. Mientras hablamos mis hermanos están llegando al puerto, y tú estás aquí plantado discutiendo. Puedes atreverte a tomarte libertades con mi persona, pero puede que al rey no le agraden demasiado las cosas tal como están.

—Eso me temo —dijo Laurie con evidente preocupación en el rostro.

Repentinamente, el temperamento de Carline se suavizó. Su expresión se volvió tranquilizadora.

—Lyam hará lo que yo le pida. Nunca ha sido capaz de decir que no a nada que yo haya deseado realmente desde que era pequeña. Esto no es Crydee. Sabe que aquí las cosas son diferentes, y que yo no soy una niña.

—Eso he notado.

—Bribón. Mira, Laurie. No eres un simple granjero ni un zapatero. Hablas más idiomas que cualquiera de los nobles “cultos” que conozco. Sabes leer y escribir. Has viajado mucho, incluso hasta el mundo tsurani. Eres listo y tienes talento. Eres mucho más capaz de gobernar que muchos de los que han nacido destinados a hacerlo. Además, si puedo tener un hermano mayor que fue cazador antes de convertirse en duque, ¿por qué no un esposo que haya sido trovador?

—Tu lógica es impecable. Lo que pasa es que no tengo una buena respuesta. Te amo sin vacilación, pero el resto...

—Tu problema es que tienes capacidad para gobernar, pero no quieres la responsabilidad. Eres perezoso.

Él se rió.

—Por eso mi padre me echó de casa cuando tenía trece años. Dijo que yo nunca sería un buen granjero.

Ella lo apartó de sí con dulzura, mientras su voz adquiría un tono serio.

—Las cosas cambian, Laurie. He pensado mucho en esto. Dos veces antes ya pensé estar enamorada, pero tú eres el único hombre que consigue que me olvide de quién soy y actúe tan inconscientemente. Cuando estoy contigo nada tiene sentido, pero no hay problema porque en esos momentos no me preocupo de que mis sentimientos no tengan sentido. Pero ahora tengo que preocuparme de ello. Más vale que elijas, y que lo hagas rápido. Me apuesto mis joyas a que Arutha y Anita anunciarán su compromiso antes de que mis hermanos lleven un día en palacio. Lo que significa que todos partiremos hacia Krondor para su boda. Y cuando se casen, yo volveré aquí con Lyam. A ti te corresponderá decidir si vuelves con nosotros, Laurie. —Lo miró directamente a los ojos—. Me lo he pasado maravillosamente contigo. Tengo sentimientos que no hubiera imaginado como posibles en mis sueños infantiles con Pug y luego con Roland. Pero debes prepararte a elegir. Eres mi primer amante, y siempre serás mi amor más querido, pero cuando yo vuelva aquí, tú serás mi marido o serás un recuerdo. —Antes de que Laurie pudiera responder, ella fue hasta la puerta— . De todas formas te amo, bribón. Pero el tiempo se acaba. —Se detuvo—. Ahora ven conmigo y ayúdame a recibir al rey.

Él se puso a su lado y le abrió la puerta. Se apresuraron a ir adonde esperaban los carruajes para conducir al comité de recepción a los muelles. Laurie de Tyr-Sog, trovador, viajero y héroe de la Guerra de la Fractura, era agudamente consciente de la presencia de esta mujer a su lado, y se preguntó qué sentiría si se viera privado de dicha presencia para siempre. Se sintió decididamente infeliz ante esta posibilidad.

 

Rillanon, capital del reino de las Islas, esperaba para dar la bienvenida a casa a su rey. Los edificios estaban cubiertos de decoraciones festivas y flores de invernadero. Gallardetes de vivos colores ondeaban sobre los tejados y brillantes estandartes de todos los colores colgaban entre los edificios sobre las calles por las que iba a pasar el rey. Llamada la joya del Reino, Rillanon descansaba sobre las laderas de multitud de colinas, un lugar maravilloso de gráciles agujas, airosos arcos y delicados puentes. El anterior rey, Rodric, se había embarcado en un proyecto de restauración de la ciudad, aplicando revestimientos de precioso mármol y roca de cuarzo a la mayoría de los edificios que había delante del palacio, convirtiendo la ciudad en un centelleante país encantado bajo la luz del mediodía.

El Águila Real se aproximó al muelle del rey, donde esperaba el comité de bienvenida. En la distancia, en los edificios y las calles sobre las colinas que proporcionaban una buena vista del muelle, una muchedumbre de ciudadanos vitoreaba el regreso de su joven rey. Durante muchos años Rillanon había vivido bajo la negra nube de la locura del rey Rodric, y aunque Lyam seguía siendo un extraño para la mayoría de la población de la ciudad, lo adoraban, ya que era joven y guapo, su valentía durante la Guerra de la Fractura era bien conocida y su generosidad había sido grande. Había bajado los impuestos.

Con la facilidad de un maestro, el práctico del puerto condujo el barco real a su lugar correspondiente. Rápidamente amarraron y tendieron la pasarela.

Arutha observó como Lyam era el primero en bajar. Como dictaba la tradición, se puso de rodillas y besó el suelo de su patria. Los ojos de Arutha recorrieron la multitud, buscando a Anita, pero en la avalancha de nobles que se adelantaban a saludar a Lyam no vio ni rastro de ella. Se le clavó una momentánea y fría puñalada de duda.

Martin le dio un codazo a Arutha, que según dictaba el protocolo se esperaba que fuera el segundo en desembarcar. Arutha se apresuró a bajar por la pasarela, con Martin un paso por detrás. La vista de Arutha captó la escena de su hermana dejando el lado del juglar, Laurie, para adelantarse corriendo y abrazar fuertemente a Lyam. Aunque los demás del comité de recepción no se tomaban tantas libertades con el protocolo como Carline, los cortesanos y guardias que esperaban al rey lo vitorearon espontáneamente. Luego, Arutha tuvo los brazos de Carline alrededor del cuello, besándolo y abrazándolo.

—Oh, he echado de menos tu gesto avinagrado —dijo ella feliz.

Arutha había estado luciendo la expresión taciturna que exhibía cuando estaba perdido en sus pensamientos.

—¿Qué gesto avinagrado? —dijo él.

Carline miró a Arutha a los ojos y le dedicó una sonrisa inocente.

—Parece que te hubieras tragado algo y se estuviera moviendo.

Martin se rió en voz alta ante eso, y luego Carline lo abrazó. Al principio se puso rígido, ya que seguía sintiéndose menos cómodo con una hermana que con dos hermanos, luego se relajó y le devolvió el abrazo.

—Me he aburrido sin vosotros tres por aquí —dijo Carline.

Al ver a Laurie a poca distancia, Martin negó con la cabeza.

—Parece que no te has aburrido demasiado.

—No hay ninguna ley que diga que sólo los hombres pueden darse el gusto —dijo Carline guasona—. Además, es el mejor hombre que conozco que no es mi hermano.

Ante eso, Martin sólo pudo sonreír mientras Arutha seguía buscando a Anita con la mirada.

Lord Caldric, duque de Rillanon, Primer Consejero del rey y tío abuelo de Lyam, sonrió ampliamente cuando la ancha mano del rey envolvió la suya en un vigoroso apretón. Lyam casi tuvo que gritar para que le oyera sobre los vítores de los que estaban cerca.

—¿Tío, qué tal está nuestro reino?

—Bien, mi rey, ahora que habéis vuelto.

—No pongas esa cara tan larga, Arutha. Está en el jardín oriental, esperándote. —dijo Carline a medida que la expresión de Arutha se volvía más preocupada.

Arutha besó a Carline en la mejilla, se alejó de ella y de un Martin risueño y pasó como una exhalación junto a Lyam, gritando.

—Con el permiso de Vuestra Majestad.

La expresión de Lyam pasó rápidamente de la sorpresa a la diversión, mientras que Caldric y otros cortesanos quedaban asombrados por el comportamiento del príncipe de Krondor.

—Anita —dijo Lyam inclinándose para acercarse a Caldric.

El viejo rostro de Caldric resplandeció con una animada sonrisa mientras reía comprensivo.

—¿Entonces pronto partiréis de nuevo, esta vez hacia Krondor para la boda de vuestro hermano?

—Preferiríamos celebrarla aquí, pero la tradición dicta que el príncipe ha de casarse en su propia ciudad, y hemos de inclinarnos ante la tradición. Pero eso no será hasta que no pasen algunas semanas. Esas cosas llevan tiempo, y mientras tanto tenemos un reino que gobernar, aunque parece que lo has hecho bien durante nuestra ausencia.

—Quizá, Vuestra Majestad, pero ahora que vuelve a haber un rey en Rillanon, muchos asuntos que habían sido pospuestos este último año quedarán abiertos a vuestra consideración. Las solicitudes y documentos que os envié durante vuestros viajes no eran más que una décima parte de lo que veréis.

Lyam dejó escapar un gruñido burlón.

—Creo que volveremos a ordenarle al capitán que leve anclas.

Caldric sonrió.

—Venid, Majestad. Vuestra ciudad desea ver a su rey.

 

El jardín oriental estaba vacío excepto por una figura. Se movía en silencio entre los parterres bien cuidados que aún no estaba preparadas para florecer. Algunas variedades más resistentes ya estaban empezando a adquirir el verde brillante de la primavera y muchos de los setos eran de hoja perenne, pero el jardín seguía pareciendo más el símbolo desolado del invierno que la fresca promesa de la primavera, que se manifestaría en pocas semanas.

Anita contempló la vista de Rillanon que se extendía bajo ella. El palacio estaba en la cima de una colina, que una vez había sido el emplazamiento de una gran fortaleza que seguía siendo su núcleo. Siete altos puentes cruzaban el río que rodeaba el palacio con sus meandros. El viento de la tarde era gélido, y Anita se abrigaba los hombros con un chal de seda fina.

Anita sonrió al recordar. Sus ojos verdes se nublaron un poco al pensar en su difunto padre, el príncipe Erland, y en todo lo que había sucedido el año pasado y más: cómo Guy du Bas-Tyra había llegado a Krondor y había pretendido forzarla a un matrimonio de estado, y cómo Arutha había entrado en Krondor de incógnito. Se habían ocultado juntos bajo la protección de los Burladores, los ladrones de Krondor, algo más de un mes hasta poder huir a Crydee. Al acabar la Guerra de la Fractura había viajado hasta Rillanon para asistir a la coronación de Lyam. Durante todos esos meses, también se había enamorado profundamente del hermano menor del rey. Y ahora Arutha volvía a Rillanon.

El sonido de pisadas sobre las losas la hizo darse la vuelta. Anita esperaba ver a un sirviente o un guardia, venido para avisarla de la llegada del rey al puerto. En vez de eso se le acercaba atravesando el jardín un hombre de aspecto cansado vestido con ropas de viaje de buena factura pero arrugadas. Tenía el pelo castaño oscuro despeinado por la brisa y los ojos marrones enmarcados por círculos oscuros. Su rostro de extrema delgadez tenía la expresión casi ceñuda que solía adquirir cuando estaba reflexionando sobre algo serio, y que a ella le parecía tan adorable. Mientras se le acercaba, ella se deleitó en silencio ante su forma de andar, ágil, casi felina, en su rapidez y economía de movimientos. Al acercársele, él sonrió, vacilante, casi tímidamente. Antes de que ella pudiera reunir años de aplomo cortesano, Anita se encontró que empezaban a formarse lágrimas en sus ojos. De repente estaba en sus brazos, aferrándose con fuerza a él.

—Arutha —fue todo lo que dijo.

Por un tiempo se quedaron allí sin decirse nada, abrazándose fuerte. Entonces, él le echó la cabeza atrás y la besó. Sin palabras le habló de su devoción y de su añoranza, y sin palabras le respondió ella. Él miró a unos ojos tan verdes como el mar y a una nariz deliciosamente salpicada por una pizca de pecas, una agradable imperfección en su piel por lo demás clara.

—He vuelto —dijo él con una sonrisa cansada.

Entonces empezó a reírse ante la obviedad del comentario. Ella también se rió. Arutha se sentía exultante al tener en sus brazos a esta esbelta jovencita, oliendo el leve aroma de su pelo rojizo oscuro, que estaba recogido en un complejo peinado popular en la corte esta estación. Se alegraba de volver a estar con ella.

Ella dio un paso atrás pero siguió con la mano de él cogida.

—Ha pasado tanto tiempo —susurró Anita—. Se suponía que iba a ser sólo durante un mes... luego otro, luego más. Has estado fuera más de medio año. No pude ir al muelle. Sabía que me pondría a llorar nada más verte. — Tenía las mejillas humedecidas por las lágrimas. Sonrió y se las secó.

Arutha le apretó la mano.

—Lyam cada vez encontraba más nobles a los que visitar. Asuntos del Reino —dijo con una irónica nota de fastidio.

Desde el mismo día en que había conocido a Anita, Arutha había sido incapaz de poner palabras a sus sentimientos por la muchacha. Fuertemente atraído por ella desde el principio, había luchado con sus emociones constantemente desde la huida de Krondor. Se sentía poderosamente atraído por ella, y sin embargo la veía como poco más que una niña, apenas a punto de llegar a la mayoría de edad. Pero Anita había ejercido una influencia calmante sobre él, leyendo su carácter como nadie más, sabiendo calmar sus preocupaciones, contener su ira y sacarlo de su sombría introspección. Y él había llegado a enamorarse del carácter dulce de ella.

Arutha había permanecido en silencio hasta la noche antes de partir con Lyam. Habían paseado por este jardín, charlando hasta bien entrada la noche, y aunque no habían hablado de muchas cosas de importancia, Arutha había partido con la sensación de haber llegado a un entendimiento. El tono ligero, y a veces formal, de las cartas de ella, le había hecho preocuparse, temer no haberla entendido bien aquella noche. Pero ahora, al mirarla, sabía que no había sido así.

—He hecho pocas cosas aparte de pensar en ti desde que partimos —dijo sin más preámbulos. Vio como las lágrimas volvían a los ojos de ella.

—Y yo en ti.

—Te amo, Anita, y querría tenerte siempre a mi lado. ¿Querrás casarte conmigo?

—Sí —dijo ella mientras le apretaba la mano, y volvió a abrazarlo.

La cabeza de Arutha le dio vueltas del mismo peso de la felicidad que sentía.

—Tú eres mi alegría, eres mi corazón —susurró apretándola más contra sí.

Se quedaron así algún tiempo, el alto y delgado príncipe y la esbelta princesa, cuya cabeza apenas llegaba a la barbilla de él. Hablaban en susurros y nada parecía tener importancia excepto la presencia del otro. Entonces, el tímido sonido de alguien aclarándose la garganta los sacó a ambos de su ensoñación. Se dieron la vuelta para ver a un guardia de palacio de pie en la entrada al jardín.

—Su Majestad está llegando, Sus Altezas —dijo el guardia—. Entrará al salón principal en unos minutos.

—Iremos enseguida —dijo Arutha.

Condujo a Anita de la mano, pasando junto al guardia, que emprendió el camino tras ellos. Si Arutha y Anita hubieran vuelto la cabeza, habrían visto al veterano guardia de palacio luchando con todas sus fuerzas por reprimir una amplia sonrisa.

 

Arutha le dio un último apretón a la mano de Anita y luego se colocó junto a la puerta mientras Lyam hacía su entrada en el grandioso salón del trono de palacio. Mientras el rey avanzaba hacia la plataforma en la que descansaba su trono, los cortesanos le hacían reverencias, y el chambelán de la corte golpeó el suelo con la punta revestida de acero de su bastón ceremonial.

—¡Oídme! ¡Oídme! —Gritó un heraldo—. Que se corra la voz: Lyam, primero de ese nombre y por la gracia de los dioses legítimo rey, ha vuelto a nosotros y se sienta de nuevo en su trono. ¡Larga vida al rey!

—¡Larga vida al rey! —Llegó la respuesta de los reunidos en el salón principal.

Una vez que estuvo sentado, con la sencilla diadema de oro de su rango ceñida y su manto púrpura sobre los hombros, Lyam habló.

—Nos place estar en casa.

El chambelán volvió a golpear el suelo y el heraldo gritó el nombre de Arutha. Éste entró en el salón, seguido por Carline y Anita, y Martin tras ellas, como dictaba el protocolo. Cada uno de ellos fue anunciado en orden. Cuando todos estuvieron en su sitio junto a Lyam, el rey le hizo un gesto a Arutha.

Arutha se acercó y se inclinó.

—¿Se lo has preguntado? —dijo el rey.

—¿Preguntarle el qué? —dijo Arutha con una sonrisa torcida.

Lyam sonrió ampliamente.

—Si se va a casar contigo, atontado. Por supuesto que lo has hecho, y a juzgar por esa sonrisa ñoña, te ha dicho que sí —susurró—. Vuelve a tu sitio y enseguida lo anunciaré. —Arutha volvió junto a Anita y Lyam le hizo un gesto al duque Caldric para que se acercara—. Estamos cansados, mi lord canciller. Nos placería que los asuntos del día fueran breves.

—Hay dos asuntos que considero que requieren la atención de Vuestra Majestad este día. El resto puede esperar. —Lyam le indicó que siguiera—. Primero, de parte de los barones fronterizos y del duque Vandros de Yabon nos han llegado informes de un incremento en la actividad de los trasgos en el Reino Occidental.

Ante esto, la atención de Arutha se apartó de Anita. A él le correspondía el gobierno del reino Occidental. Lyam lo miró, y luego a Martin, indicándoles que debían acudir.

—¿Qué hay de Crydee, mi señor?

—No han llegado noticias de la Costa Lejana, Vuestra Gracia —dijo Caldric—. En estos momentos sólo tenemos informes de la zona entre Highcastle al este y el Lago del Cielo al oeste: frecuentes avistamientos de partidas de trasgos que se desplazan hacia el norte, y ocasionales incursiones cuando pasan cerca de aldeas.

—¿Hacia el norte? —Martin miró a Arutha.

—Con el permiso de Vuestra Majestad —dijo Arutha. Lyam asintió—. Martin, ¿crees que los trasgos van a unirse a la Hermandad de la Senda Oscura?

Martin reflexionó.

—No descartaría esa posibilidad. Durante mucho tiempo los trasgos han estado al servicio de los moredhel. Aunque habría pensado que era más posible que los hermanos oscuros avanzaran hacia el sur, volviendo a sus hogares en las montañas de las Torres Grises. (Los primos oscuros de los elfos habían sido expulsados hacia el norte desde las Torres Grises por la invasión tsurani durante la Guerra de la Fractura). Mi señor, ¿ha habido informes sobre la Hermandad Oscura? —preguntó Martin a Caldric.

Éste negó con la cabeza.

—Los avistamientos normales en las estribaciones de los Dientes del Mundo, duque Martin, pero nada extraordinario. Los señores de Northwarden, el Paso de Hierro y Highcastle han enviado los informes habituales acerca de la Hermandad, nada más.

—Arutha, dejamos en tus manos y en las de Martin que examinéis esos informes y determinéis qué ha de hacerse en el Oeste —dijo Lyam. Miró a Caldric—. ¿Qué más, milord?

—Un mensaje de la emperatriz de Kesh la Grande, Vuestra Majestad.

—¿Y qué tiene Kesh que decirle a las Islas?

—La emperatriz ha enviado un embajador, un tal Abdur Rachman Meno Hazara-Khan, a las Islas para discutir el fin de los contenciosos que existen entre Kesh y las Islas.