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Primavera de 1935, al norte del Duero. Céline Perrault, una maestra francesa, acepta un empleo como profesora en un internado de las montañas leonesas. La situación política en España es convulsa, pero su preceptora tiene motivos para considerar que le conviene salir de Francia. Nada más llegar a su destino, coincide con un grupo de idealistas empeñados en revitalizar un proyecto que buscó acercar la cultura a las zonas más pobres y aisladas del país: las Misiones Pedagógicas. La ilusión y la simpatía que despiertan en Céline las ideas de sus nuevos amigos chocarán con los prejuicios a los que deberá hacer frente en el internado, además de con los recelos de uno de ellos, Miguel Montalvo, un estudiante de zoología que parece esconder un secreto y que no se acaba de fiar de ella. Lo peor es que no anda del todo desencaminado; también Céline, al igual que él, tiene mucho que ocultar. Pero eso no quiere decir que no acaben congeniando, aunque solo sea gracias a su común debilidad por unas criaturas que habitan en la montaña y alrededor de las que circulan multitud de leyendas: los lobos.
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Seitenzahl: 558
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Título: El evnagelio del lobo
© 2024 Beatriz Alcaná
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
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1.ª edición: novie,mbre 2024
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Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2024: Ediciones Versátil S.L.
Calle Muntaner, 423, planta 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
Para Alba.
Martes, 31 de marzo de 1935
El nombre de aquella comarca le había hecho gracia a Céline desde el primer momento. La Montagne de Lune. Sonaba a cuento de hadas, a fábula inventada para hacer soñar a los niños con duendes y animales parlantes. Tan apropiado que parecía hecho a medida para ella. Sabía, porque lo había leído en libros de viajes y de aventuras, que existía una Montaña de la Luna en el sur de China; una colina atravesada por un arco semicircular a cuya cumbre se ascendía recorriendo mil peldaños de roca caliza. También tenía noticia de los legendarios Montes de la Luna, en las regiones orientales de África, cuyas cimas permanecían invariablemente envueltas en niebla y cubiertas por un manto de hielo. Había visto ilustraciones de la una y de los otros, y hasta habría sido capaz de señalar dónde quedaban en un mapa del mundo: demasiado lejos.
Aquello era un poco distinto. La Montaña de Luna, La Montagne de Lune en la lengua que iba a enseñar a sus alumnas, estaba mucho más cerca del santuario de Roche Amère, al norte de la ciudad de Montauban, desde el que se había acordado su contratación. Todo mucho más prosaico, aunque suficientemente distante como para resultarle atractivo. Con salir de Francia le bastaría. No era necesario que un poeta romántico hubiera apuntado a aquellos parajes como parte de la ruta hacia Eldorado. Tampoco había partido en busca de valles sombríos ni de las fuentes del Nilo. Lo único que Céline pretendía era poner algo de tierra de por medio y ganarse la vida como maestra.
Albergaba, también es cierto, el deseo de cambiar de aires, el natural apetito de la juventud por todo lo exótico y novedoso. Claro que habría preferido subirse a un expreso con dirección al Lejano Oriente, o viajar mucho más al sur, dejando atrás la cordillera del Atlas para adentrarse en el África negra. Quizás —¿por qué no?— embarcarse en un buque transatlántico que la llevase a las tierras de la diosa Cuerauáperi. Pero era realista. El destino ya había sido muy generoso con ella. Muchas de sus compañeras de la École Normale d’Institutrices de Limoges se habrían horrorizado ante la perspectiva de instalarse en un internado español a más de doscientas leguas de su amada Limousin. ¡Qué locura! ¿Y si las asaltaba un bandolero? Tenía algo de anquilosada aquella tendencia a no querer abandonar el terruño, al menos así lo veía ella, que de buena gana se habría recorrido el globo de punta a punta de haber contado con medios para ello. Porque esa era la cuestión; Céline de ganas y arrojo iba sobrada, pero de patrimonio había ido muy justa toda la vida.
Igual por eso ni echaba cuentas de la miseria que la rodeaba en el vagón de tercera clase que había podido permitirse. No pensaba —o prefería no pensar— en lo mullidos que debían ser los asientos de los viajeros que habían pagado por un billete en primera, en lo cómodos que debían ir con espacio para estirar las piernas, sin tener que apretujarse entre las pertenencias y los codos de desconocidos. Seguro que al otro lado del tren se aguardaba con más desahogo la llegada al punto de destino. Céline, que llevaba la vida entera teniendo que aprovechar lo poco que la fortuna le daba de balde, se había agenciado un hueco al lado de la ventanilla y había bajado el cristal lo justo para asomar la nariz y saciar la curiosidad. Apenas hubo quejas al respecto, acaso porque el vagón iba tan lleno que un poco del frescor primaveral de marzo hasta se agradecía. El alivio del aire remozado y la contemplación de un paisaje cambiante —a ratos montañoso, a ratos pura pradera— le servían para entretenerse e ir haciéndose una idea de lo que se encontraría al llegar. Cordilleras arriscadas, espesura de musgo y hayas, vaguadas de un verde mineral por las que discurrían las aguas opacas de un río caudaloso y, aquí y allá, pueblos con sus casitas de piedra y adobe, sus pallozas, sus palomares y algún molino harinero. Puentes de madera que cruzaban regatos, sembrados, iglesias sencillas, ermitas y caminos que unían aquellas aldeas que tenían tan poco que ver con Limoges como un vagón de tercera clase con uno de primera.
Un cambio en el ritmo del traqueteo que acompañaba la marcha del tren sacó a Céline de su recogimiento. ¡Aquella era su parada! Pasó como pudo por entre la turbamulta de viajeros, arrastrando la maleta y con el bolso sujeto debajo del brazo. No le sorprendió descubrir, ya con los dos pies en el andén, que la estación era de lo más humilde: poco más que un apeadero con una caseta de ladrillo y un tejado de pizarra. No había mozos descargando mercancías ni muchachas deseosas de abrazar a sus prometidos. Tan solo ella. Tuvo que comprobar en su libreta que el nombre del letrero de la estación coincidía con las indicaciones recibidas. No se había confundido. Lo confirmó cuando oyó un silbido desde el camino que quedaba al otro lado de la caseta. La clase de silbido que se suelta sin usar los dedos, tan solo dejando salir el aire entre los dientes y el labio. Como quien llama a un perro tiñoso.
—Es usted la que va para Castroblanco, ¿verdad?
Más que preguntárselo, lo dio por sentado un individuo al volante de una camioneta destartalada. La había aparcado de cualquier manera, entre la cuneta y el arcén. Tampoco daba la impresión de que fuera a molestar a nadie. No parecía un camino muy transitado.
—Oui, debo serlo —le confirmó Céline.
—El equipaje va en la batea. Usted puede sentarse delante, si quiere.
—¿Disculpe?
¿«Batea»? Aunque llevaba años estudiando castellano, no conocía aquella palabra.
—¡Que las maletas van detrás, pero usted puede venir aquí conmigo, si quiere.
No era la primera vez que le gritaban al percatarse de que era extranjera. Que le diesen voces no servía de nada. Era francesa, no sorda. Que le repitieran lo que querían decirle usando otros términos solía dar mejor resultado. Dejó sus bultos en la parte trasera del vehículo y se sentó junto al conductor, que no hizo ni el intento de encender el motor. Extrañada, carraspeó para llamar la atención del hombre, concentrado liando un cigarrillo que se encendió antes de hacerle caso a su pasajera.
—Hay que esperar por más gente —le explicó, de nuevo a voces.
—¿Más gente?
—Del tren de Madrid. Que llega con retraso. No querrá que eche el viaje solo con usted. No sale a cuenta.
Lo único que quería era que dejara de hablarle a gritos. Se arrepentía de no haberse sentado en la batea, y eso que todavía ni habían arrancado. Además, no le gustaba cómo empezaba a mirarla aquel tipo, con una mezcla de descaro y condescendencia. Céline no aguantó ni diez minutos antes de levantarse y salir de la camioneta con la excusa de estirar las piernas. Aun así, la media hora que tardó en llegar el siguiente tren se le hizo eterna. No veía el momento de que hiciera acto de presencia alguien más y se subiera con ellos a la camioneta. Alguna mujer, a ser posible. Pero toda la compañía que se les aproximó fue la de dos caballeros casi tan jóvenes como ella. Uno, garboso y ágil en cada movimiento, con la pátina del bronceado estival todavía en las mejillas, viajaba ligero de equipaje; tan solo con un bolso de viaje mediano y una especie de caja de madera oscura que recordaba vagamente a una maleta. Parecía lleno de determinación, con una sonrisa pícara y prisa por llegar a su destino. El segundo, que de inmediato inspiró simpatía en Céline tanto por la sencillez de su indumentaria como por su porte desmañado, iba un poco más despacio y arrastraba un baúl de viaje. Al hombro, colgada, llevaba una cartera de piel de la que sobresalían unos lienzos enrollados. Con la mano que le quedaba libre sostenía una guitarra enfundada.
—¡Venga, Darío! No hagas esperar al chófer.
—¡Qué fácil es decirlo! Ven y échame una mano, ¿no?
A regañadientes, el que iba delante se volvió hacia su compañero y lo ayudó a tirar del baúl. Ni aun así se las apañarían bien ellos dos solos. Céline no pudo por menos de acercárseles y ofrecerse a echarles una mano, aunque solo fuera con la extraña caja de madera negra. Después del desagradable encuentro con el conductor de la camioneta, los buenos modales y las sonrisas francas con las que recibieron su colaboración la reconfortaron de una forma inesperada.
—Mon Dieu! —exclamó al coger la caja—. ¿Qué transportan aquí?
—Útiles para hacer magia —respondió el de la sonrisa.
—¿Son hechiceros? —le siguió la broma, divertida.
—Qué más quisiéramos —se lamentó el otro después de subir el baúl a la batea. Una vez lo colocaron de manera que no corría riesgo de volcar, la saludó formalmente—. Darío Dolagaray, un humilde estudiante de la sección de Letras de la Universidad Central. Si acaso hago magia con algo, habrá de ser con las palabras.
—No es cosa poca —le reconoció ella el mérito—. Céline Perrault, maestra de primaria. Me dirijo a Castroblanco. ¿Y ustedes?
Al que faltaba por presentarse se le dibujó una expresión de sutil perplejidad al escucharla, pero no dejó que se le ensombreciera demasiado el talante.
—Ya hay una maestra en Castroblanco. Se llama Guillermina. La destinó allí el Ministerio de Instrucción Pública hace tan solo unos meses.
—Es que es amiga nuestra. También vamos a Castroblanco —le aclaró el estudiante de Letras.
Céline se disponía a explicarse cuando un bocinazo de la camioneta los sobresaltó. El conductor se estaba impacientando. Si tenían ganas de parlotear, que lo hicieran por el camino. Como en el fondo no le faltaba razón, y aunque así hubiera sido no les quedaba otra, obedecieron sin rechistar. Esta vez Céline prefirió sentarse detrás, al descubierto, aun a riesgo de que se le quedasen las manos y el trasero helados. Los otros dos viajeros tampoco mostraron interés por ir delante. O bien el humo del tabaco les molestaba tanto como a ella, o bien preferían ir juntos. A fin de cuentas, con el conductor no habría entrado más que uno.
—Alors, ¿van a ver a esta amiga suya que es maestra?
—Sí. Bueno, no exactamente… En realidad, ella nos pidió que viniéramos… Somos compañeros de parti…
—Es complicado de explicar —interrumpió el de la sonrisa pícara a Darío—. Usted no es de por aquí, ¿verdad?
Céline asintió. Era consciente de que su acento la delataba.
—Soy de Poitiers.
—Une demoiselle qui vient d’Aquitaine, comme cette reine médiévale…
Estaba claro que Darío no solo dominaba el idioma de la forastera, sino que estaba encantado de demostrarlo.
—Mucho más modesta que ella —le contestó en castellano por deferencia al otro joven, que quizás no estuviera tan bregado en lenguas romances—. Voy a Castroblanco para trabajar como profesora de francés en el internado de Nuestra Señora de Roche Amère.
A Darío se le desvió la mirada hacia su compañero, que ni siquiera había levantado la cabeza del suelo de la camioneta, como si le diera lo mismo a qué fuera a dedicarse la señorita. O como si ya lo hubiera deducido por sí mismo. A la profesora le dio la sensación de que no era la primera vez que aquellos dos oían hablar del colegio en el que iba a prestar servicios. Y, por algún motivo que se le escapaba, no parecía hacerles demasiada gracia. Más que un ángel, era como si hubiera pasado un diablo que les hubiera cortado las lenguas.
Con la prudencia propia de quien se sabe forastera en tierra extraña, Céline decidió no hacer preguntas al respecto. Se giró con cuidado para no perder el equilibrio, y echó un vistazo a su alrededor. Las praderas y los campos de centeno habían ido dejando paso a una vegetación más espesa, con hayedos que sombreaban una senda pedregosa por la que solo con dificultad podía transitar aquella camioneta desvencijada. A ratos divisaba el pálido reflejo del sol sobre el río que discurría paralelo al trayecto. Aquellas aguas, siglos atrás, habían ido labrando un desfiladero de paredes sobrecogedoramente verticales. Allí abajo, en el valle, protegido por aquellas moles rocosas, ya se distinguía Castroblanco.
Consideró Céline que había aguardado un tiempo razonable antes de retomar la conversación e hizo el amago de preguntarles si conocían el lugar. Se volvió hacia Darío para abrir la boca, pero se distrajo al oír cierta algarabía en el camino, a lo lejos. Lo que al principio no era más que un murmullo confuso, al poco se tornó un vocerío irritante. Ya se estaban acercando al pueblo, cuando pudo ver quiénes eran los responsables. Dos hombres iban subidos a un carro de varas tirado por una mula consumida. Otros tres lo flanqueaban y caminaban al mismo ritmo. Todos iban armados con escopetas y daban gritos. Aunque no alcanzaba a entender lo que decían, no le dieron buena espina. Habría preferido que el conductor los hubiera adelantado cuanto antes. Por desgracia, la calzada no era lo suficientemente ancha y hubo que esperar a cruzar el puente de entrada al pueblo para poder dejarlos atrás. Al pasar a su lado, a Céline se le escapó un bufido de espanto.
—¡Ánima san Antonio! ¡El lobo está a la puerta! —vociferaban los hombres—. ¡Ánima san Antonio! ¡A ver cuánto dais por lobo!
Acababa de descubrir con horror qué era lo que transportaban en el carro. Rígido sobre unos puntales para que pudiera apreciarse bien, habían colocado el cadáver de un animal. No hacía falta acercarse mucho para distinguir los agujeros de entrada de los proyectiles que le habían acertado en el lomo parduzco; tampoco para darse cuenta de que lo habían desollado con muy poco esmero y luego habían rellenado la piel con manojos de paja seca. Para que se tuviera tieso, en las patas le habían atravesado unos palos.
—Ça me glace le sang! ¡Qué monstruosidad! —exclamó escandalizada.
De la misma opinión debía ser el también descompuesto Darío, que se había quedado con la boca entreabierta y la tez lívida, incapaz de articular palabra.
—¿Acaso teme a los lobos? —le preguntó el otro caballero a la maestra. Saltaba a la vista que a él aquella escena no le había afectado tanto, aunque tampoco parecía que le agradase lo más mínimo.
—Temo a los hombres que son capaces de cometer tales atrocidades con una pobre bestia —replicó ella.
Nada más escuchar aquella declaración tan tajante, al joven se le relajó la mandíbula y de paso el ceño. Darío, que había recuperado el color, se atrevió a ponerse en pie con una mano apoyada en uno de los bordes de la batea. Quería observar con más detenimiento aquella siniestra procesión que tan insólita se le antojaba.
—Darío es un urbanita. Tendrá que excusar su malsana curiosidad.
Malsanas o no, las ansias de conocimiento del estudiante no tardaron en verse colmadas, quizás demasiado para su gusto. En cuestión de minutos llegaron a Castroblanco y el conductor aminoró la marcha. En otras circunstancias, Céline habría apreciado el particular encanto de sus calles empedradas y de sus casitas con balcones de madera y tejados de pizarra. Por desgracia, en ningún momento llegaron a perder de vista el carro que transportaba al lobo muerto. Lejos de acallarse, los gritos de los cinco cazadores fueron a más. Se detuvieron casi al mismo tiempo que la camioneta y en la misma plaza cuadrangular.
—¡Ánima san Antonio! ¡El lobo está a la puerta! —vociferaban—. ¡Ánima san Antonio! ¡A ver cuánto dais por lobo!
Repitieron su irritante cantinela una y otra vez hasta que algunos lugareños se acercaron al carro y les entregaron unas monedas. Ni Céline ni Darío entendían muy bien qué estaba ocurriendo. El tercer pasajero se mantuvo impertérrito, sin manifestarse al respecto ni dirigir la vista hacia el cadáver del animal hasta que el conductor se asomó por la ventanilla y les indicó que habían llegado al pueblo. No habían bajado ni la mitad de sus bártulos cuando, entre el gentío que se había reunido alrededor del carro, vieron a una mujer de melena pelirroja muy corta, que les saludaba con la mano y se acercaba a toda prisa.
—¡Es Mina! —anunció Darío con alegría, devolviéndole el saludo.
Ocupados todos como estaban con la macabra atracción, nadie prestó atención a los recién llegados, que solo interrumpieron la descarga del voluminoso equipaje para ser recibidos por su amiga. Primero abrazó a Darío y le pasó la mano por los rizos de la cabeza, como quien bromea con un hermano pequeño. A Céline le extrañó tanta efusividad en una tierra en la que hasta entonces había observado un escrupuloso pudor a la hora de tratarse las hembras con los varones. Escrupuloso, aunque también —todo había que señalarlo— forzado y desabrido. Más aún le extrañó el afecto con el que la mujer estrechó entre sus brazos al segundo de sus amigos, por no mencionar la ternura con la que le sostuvo la cara frente a ella, obligándolo a mirarla a los ojos antes de preguntarle cómo estaba. No le bastaba con una respuesta de cortesía.
—Estoy bien… Estaré bien.
—Sabes que puedes quedarte conmigo, como Darío. No hay mucho sitio, pero nos apañaríamos. No hace falta que regreses allí arriba.
—Te lo agradezco, pero tengo que volver.
Antes de soltarlo, le dio un beso que le dejó una mancha de carmín en la mejilla. Ella misma se la limpió con la yema del pulgar. Luego se giró hacia el otro.
—Nos van a poner verdes, Darío, que lo sepas. La maestra metiendo a un fulano en casa.
—Puedo buscarme una pensión.
—Estaría bueno. Además, aquí no hay de eso —se rio mientras se subía a la camioneta para ayudarlos a descargar. No le fue difícil, porque la falda plisada que vestía no era muy larga y le permitía saltar y agacharse con libertad.
—Mira, Mina, esta es Céline. Hemos coincidido con ella y resulta que va a trabajar en el internado —las presentó Darío.
Las dos señoritas se dieron la mano. Era un alivio que hubiera al menos otra mujer de su edad en el pueblo. Entre la pequeña multitud que ya se reunía en torno al carro había al menos tres o cuatro muchachas que también debían rondar la veintena, pero ninguna parecía tener mucho en común con ella. A una le había entrado una risa tonta e hiposa después de que uno de los cazadores le hubiera puesto una gorra al lobo encima de la cabeza. Otras dos habían tratado de arrimarse, pero salieron asustadas nada más atisbar la tristísima silueta del animal. La única que había permanecido serena era una que sostenía un niño de pecho en brazos y que les había echado una moneda a los hombres.
—Son alimañeros. Comprendo su repugnancia, pero viven de esas limosnas y de las recompensas que les pagan por lo que matan —le explicó la maestra a Céline.
—¿Quién les paga esas recompensas?
—Depende. A veces una junta, a veces el ayuntamiento. Aquí se encarga… Bueno, casualmente el presidente del patronato que administra el internado.
Se notó que Mina se había mordido la lengua. No querría ofenderla, al ir ella a trabajar para ese patronato. ¿Qué otra razón tendría?
—Es cruel —sentenció Céline.
—No diga bobadas. A esos bichos no se los puede dejar con vida. A saber qué le harían a usted esas alimañas si la pillan sola en el monte —refunfuñó el conductor de la camioneta desde su asiento.
—Nada —intervino el joven que acababa de declinar la hospitalidad de su amiga—. Los lobos huyen de los seres humanos. Solo atacan si se sienten en peligro. Y esta señorita no parece tener interés en hacerle daño a nadie.
—¿Y usted qué sabe? —se le encaró el tipo—. Si no habrá visto un lobo en su vida más que pintado en algún cuadro. Aquí hemos tenido lobos para aburrir. Lobos… y lo que no son lobos.
Esto último lo dejó caer con un aire como de reserva, como si quisiera dar a entender algo de lo que no se atreviera a hablar abiertamente.
—Digo yo que algo sabrá. Está hecho un portento de la zoología. En unos meses se doctora —salió en su defensa Darío—. Basta enseñarle cuatro pelos de un espécimen y le saca la taxonomía completa.
—Lo que ustedes digan, pero aligeren que yo no cobro por horas y tengo que dejar a la francesita donde las monjas.
A pesar de que el tono con el que se refirió a ella la molestó profundamente, Céline optó por hacer caso omiso a sus palabras. Era verdad que se estaba haciendo tarde y el internado aún quedaba a unos cinco kilómetros del pueblo. De no ser por lo tortuoso del camino, no habría sido una distancia significativa, pero el colegio femenino Nuestra Señora de Roche Amère se levantaba en la falda de la montaña y no resultaba nada fácil llegar hasta allí.
—A mí también tiene que dejarme con las monjas —le anunció el zoólogo, subiéndose de un brinco a la batea.
—¿Otro maestro?
—No —le respondió con sequedad.
Mientras se ponían en marcha, la multitud que se había congregado en la plaza comenzó a dispersarse. Su interés, más que en los loberos pedigüeños, se iba centrando en Mina y en el extraño al que le había dado la bienvenida al pueblo de forma tan efusiva. Los observaban sin disimulo y murmuraban asombrados. Solo un hombre, un tipo de mediana edad bastante fornido, se les acercó para echarles una mano con los bultos. Al poco, la mujer que cargaba con el niño de pecho se les unió.
—¿No va a decirme qué llevaban ahí dentro?
La única respuesta que obtuvo Céline de su imprevisto compañero de trayecto fue una mueca de lo más intrigante. Igual sí que tenía algo de mago, porque se cuidaba mucho de no revelar sus secretos. De hecho, la prudencia con la que había empezado a comportarse a raíz del encuentro con los alimañeros excitó aún más la curiosidad de Céline. ¿Qué estaban haciendo allí aquellos dos, en medio de las montañas, en una aldea perdida? ¿Por qué uno se había quedado en Castroblanco mientras que el otro se dirigía al internado? ¿Qué transportaban en el baúl, en las carpetas y, sobre todo, en aquella extraña caja negra? No podía volver a preguntar. Habría sido una falta de educación por su parte, así que se mantuvo en silencio. Tras quince minutos de tortuosa ascensión por una carretera colgada de un precipicio, pudo echarle la vista encima al colegio. Asomaba al final del camino, donde la calzada se abría hasta casi desaparecer. La empinada cuesta se allanaba y todo el conjunto quedaba al descubierto para su contemplación. Aquel edificio respiraba un aire medieval, sólido, de piedra tallada en sillares y distribuida entre macizos y vanos, armoniosos, aunque tristemente ennegrecidos por el transcurrir de los siglos.
También el ánimo de Céline se ensombreció, como si se le hubiera metido dentro algo del melancólico espíritu que emanaba del internado. Aquel súbito rapto de pesadumbre se vio roto por un nuevo bocinazo. El conductor ya se lo había advertido. Tenía prisa y su trabajo solo consistía en llevarlos hasta la puerta del colegio. La muchacha se echó el bolso de viaje al hombro y buscó la maleta con la mirada. Su compañero de viaje ya se había tomado la libertad de bajarla por ella.
—¡Miguel! ¡Qué alegría verte después de tanto tiempo!
La maestra dio un respingo al descubrir a su espalda a una monja tan entrada en años como en carnes que los observaba con las manos a la altura del pecho. De alguna manera, su presencia le provocó una suerte de discrepancia interna, como si aquella mujer perteneciera a un universo distinto al que hasta entonces había conocido. Cosa extraña para ella, de sobra acostumbrada a moverse entre tocas y escapularios.
—Lo mismo digo, hermana —respondió el joven sin perder la sonrisa; y, a continuación, se dirigió a la muchacha—. Mademoiselle Perrault, le presento a sor Tránsito.
—Siéntase bienvenida a Nuestra Señora de Roche Amère, mademoiselle Perrault.
—Muchas gracias, hermana —contestó ella, agachando la cabeza en señal de respeto.
—Miguel, tu padre te aguarda dentro, en su despacho…
—Me parece estupendo, hermana. Que siga aguardando un rato.
Al volverse hacia él, se dio cuenta de que le había dejado la maleta junto a la puerta de entrada al edificio para echar a andar por una vereda que torcía hacia el este. Con la monja no cruzó una sola palabra más. De Céline al menos sí se despidió.
—¡Cuídese, mademoiselle! —le gritó con una mano en alto, que le pareció que tenía cerrada con fuerza.
—¡Diablo de chico! Pasan los años y es que no cambia. Discúlpelo usted, mademoiselle Perrault.
Céline sugirió con un suave meneo de cabeza que no le daba ninguna importancia. Era cierto, al menos en parte. Con ella se había mostrado distante, pero no brusco ni descortés. Más bien todo lo contrario. Además, no estaba en disposición de juzgar su fría actitud. No solía equivocarse con las personas y el joven se le había antojado honesto desde que había subido a la camioneta. En realidad, tampoco aquella monja tan oronda y con los mofletes colorados le había transmitido una mala impresión. Si algo la inquietaba era más bien el lugar, el ambiente enrarecido que se percibía nada más acercarse al pueblo y que allí arriba, a las puertas del internado, se había vuelto tan denso que casi podía palparse.
Las vecinas de Guillermina Gispert, Mina para los amigos, se habían quedado mirando al verla pasar calle arriba cargada con una caja negra rarísima. Aurora, la viuda de Gregorio, el del molino, caminaba a su lado con su niño en brazos. Pepe, el carpintero, iba detrás de ellas, tirando de un arcón junto a un forastero que las había ido saludando muy educadamente, una a una, como si fueran familia. A Micaela, la hija de la Benita, le había hecho gracia y le había contestado imitando con escaso éxito aquella naturalidad. A su madre le había faltado tiempo para meterla para dentro a escobazos, aunque luego se quedaron las dos husmeando por entre las cortinas, con las narices pegadas a los cristales, mientras Guillermina los invitaba a pasar a todos al interior de la escuela. Al cabo de un rato vieron salir a la viuda y al carpintero. Eso quería decir que la maestra se había quedado a solas con el desconocido. Menuda insensata. ¿Es que no se daba cuenta de que no se iba a hablar de otra cosa en el pueblo? Al caer la tarde, empezaron a temerse, escandalizadas, que hasta se lo hubiera subido a la casa.
—Llevan horas ahí clavadas —se admiró Darío, que podía observarlas desde el ventanuco del cuarto que hacía las veces de cocina y de sala de estar. No había más entrada de luz ni forma de ventilar. Así de humilde era la vivienda de la maestra—. ¿No se aburren?
Ella se encogió de hombros, restándole importancia al asunto, y él lo dejó estar.
—Mi tío te manda recuerdos. Y Elena también —le anunció, cambiando de tema.
—¿Sigue enfadada conmigo?
Fue Darío entonces el que cogió aire y levantó las escápulas antes de responder.
—Te echa de menos.
La maestra no siguió hurgando en el tema y se centró en cuestiones más prácticas.
—Tendrás que dormir aquí mismo. La habitación es demasiado pequeña. Si estiro los brazos, toco las dos paredes a la vez. Por lo menos Pepe nos ha dejado un colchón de lana y unas mantas.
—Como si tengo que tirarme en el suelo —accedió él sin poner pegas.
—No te lo recomiendo. Ya has visto las tablas. Y los techos, y las paredes. El día menos pensado se nos viene todo abajo —suspiró Mina.
—Hemos estado en sitios peores —intentó consolarla.
—¿De verdad? Recuérdame alguno.
El agua del puchero que había puesto al fuego echó a hervir. La retiró del hornillo y le puso cuatro cucharadas del café que acababa de moler. Luego lo removió todo, lo dejó reposar un par de minutos y le sirvió una taza a su amigo, que seguía haciendo memoria en vano.
—No debí haberle pedido a Miguel que viniera.
—Podría haberse negado.
—No sabe decir que no.
Aburrido de espiar a las fisgonas de las vecinas, Darío se sentó a la mesa camilla y le puso azúcar al café. Mina se sirvió otra taza, solo que ella, en lugar de endulzarlo, le añadió un chorrito de aguardiente. Le tendió la botella a su invitado, por si quería imitarla. Él la aceptó de buen grado.
—Entonces, ponme al tanto de lo que hay.
—Lo que ves. Ni más, ni menos. La escuela se me cae a cachos. Necesita, como poco, que le lijen las paredes y los suelos, que le arreglen las goteras y una mano de pintura. Por dentro y por fuera. Libros, aquí no tienen ni uno. En la pizarra puedo escribir, pero tizas hay las que traje yo. Los pupitres dan pena. Al que mejor está, le falta una pata. De todas formas, no me caben los niños ni montándolos unos a hombros de otros. Y eso que no vienen ni la mitad de los que tocaría. Y cuando llegue el buen tiempo, pues no quiero ni imaginarme.
—¿Y los padres?
—Pasando necesidad.
—Tú déjame a mí —la animó—. ¿Cuándo te he decepcionado?
Mina quería creer en Darío, optimista irremediable, pero era ella la que llevaba meses dándose de bruces contra la dura realidad. Era verdad, eso no podía negárselo, que habían lidiado antes con la lacra de la pobreza, del analfabetismo y de la desconfianza, pero nunca habían tenido que enfrentarse con un obstáculo como el que los esperaba en Castroblanco.
—Esto es distinto. Las misiones están de capa caída desde que cambió el Gobierno. Habéis venido medio de tapadillo, sin permiso del Patronato, ni del Ministerio ni de nadie. Encima, a otros pueblos habíamos ido porque nos habían llamado. El alcalde o quien fuera. Aquí se lo ofrecí y casi me hacen una pira en la plaza por bruja. Y la culpa… Te puedes imaginar de quién es la culpa.
—Del padre de Miguel.
A Mina le supo mal tener que darle la razón, aunque no había sido el único responsable. Fue el alcalde, don Blas, quien en su día le hizo entrega de las llaves de la escuela antes de mostrarle, con orgullo, el ruinoso aspecto que presentaban tanto las instalaciones como el mobiliario. Eso no le cayó de susto. Algo más desprevenida la cogió el hecho de que el cura, don Ezequiel, los acompañase. ¿A cuento de qué tenía que meterse él en los asuntos de la escuela? Tanto uno como otro subieron con ella a la planta de arriba para enseñarle la vivienda de la que podría hacer uso. Al constatar las condiciones en las que se hallaba, les preguntó dónde se había hospedado el anterior maestro. Don Blas y don Ezequiel se habían mirado el uno al otro sin comprender muy bien la pregunta. Allí, ¿dónde sino? De no haber apestado la casa a orines, la joven habría inspirado con fuerza para tranquilizarse. Se conformó con hacerles notar que igual sería conveniente poner algo de orden. El alcalde seguía sin entender y le señaló una vara de madera que colgaba de una alcayata en la pared, «por si tenía que enderezar a los chicos». Mina no daba crédito. El cura, por su parte, se ofreció a bendecirle la casa, porque era verdad que no recordaba haberlo hecho antes. Ni el uno ni el otro destacaban por sus luces. En Castroblanco, quien de veras hacía y deshacía a su antojo no contaba con un bastón de mando ni con un incensario; solo con dinero y una incontestable autoridad.
—Tendrías que haber visto cómo estaba esto, Darío. Me pasé días enteros limpiando. Y lo mismo con la escuela.
Se sintió un poco estúpida al recapacitar sobre lo que había dicho. Castroblanco era su primer destino oficial, pero antes se había pasado meses recorriendo aldeas con Miguel, con Darío y con los demás. Habían visto de todo. No era cosa excepcional encontrar aulas improvisadas en establos y maestros haciendo vida en el sobrado. Una vez, hasta los había recibido un infeliz que daba las clases en la sala de autopsias del cementerio municipal. Quejarse habría estado de más. Sabía dónde se metía cuando se había apuntado al Cursillo de Selección de Personal del Ministerio.
—Has hecho una buena labor. Y mejor que va a quedar, ten fe.
No mentía. Estaba convencido de que Mina había llevado a cabo un esfuerzo tremendo. Por lo menos la escuela la había dejado impoluta y con los bancos colocados de manera que todos los alumnos pudieran ver la pizarra. Peor pintaba el problema de la falta de luz, porque solo había una ventana, igual que en la planta de arriba, diminuta, y encima orientada hacia el norte. Electricidad no tenían, y con el candil de aceite que ella bajaba cada mañana, apenas daba para iluminar a los de la primera fila. La única forma de que entrase una pizca de claridad era dejando la puerta abierta y tampoco es que sirviera de mucho. Al llegar el invierno, empezó a hacer demasiado frío y le tocó volver a cerrar para que los niños no se le arrecieran. El maestro al que ella sustituyó se llevó al marcharse el brasero de cisco con el que se calentaba los pies, así que tuvo que agenciarse otro. No fue difícil ni particularmente caro, pero a los pocos días se percató de que no todos los niños disponían de uno. Los había que sí traían alguna suerte de hornillo pequeño de sus casas y se lo ponían debajo de los bancos, pero otros tenían que aguantarse tiritando con las manos remetidas debajo de los sobacos. Llegaban con los mocos congelados porque no tenían ni para pañuelos. Así era imposible que prestaran atención ni que sostuvieran entre los dedos sus pizarrines. Pedirle a la Dirección General que tomara cartas en el asunto era casi como sentarse a esperar a ver si brotaban estufas del suelo, de manera que hizo de tripas corazón, y le expuso la situación al alcalde.
—Pero mujer, usted si tiene frío lo que debe hacer es cogerle una miaja más de cisco a cada uno de los que sí llevan brasero y ya está.
El padre Ezequiel, a su espalda, asintió con las manos cruzadas sobre la barriga, dándole la razón a don Blas. Mina tuvo que pegarle un par de vueltas a aquella respuesta antes de comprender que no solo no pensaban hacer nada para mejorar las condiciones de los alumnos, sino que ni siquiera iban a suministrarle carbón para la escuela. Daban por descontado que iría tirando a base de quitarles a los niños parte del suyo. Frustrada, se fue por donde había venido. Antes de llegar a la calle, oyó a los dos hombres apostando entre risotadas a que aquella señorita tan fina no les duraría ni hasta Navidades, que antes haría las maletas y se volvería a la capital. Semejante vilipendio hizo que le hirviera la sangre y que le entrasen todavía más ganas de no rendirse. Al día siguiente, se fijó en que el cacharro que algunos usaban de brasero era en realidad una lata de sardinas de las de kilo con un alambre a modo de asa. Lo que ardía dentro ni siquiera era cisco, sino unas pocas ascuas que enterraban entre un puñado de paja y burrajos. No hacía un gran servicio, pero era mejor que nada. Conseguir unas latas para los que ni con eso contaban no fue complicado. Las perforó con un punzón y, como no encontró alambre, les hizo un asa con hilo de bramante. Luego, a falta de cisco para llenarlas todas, se las apañó llenándolas con una mezcla de hojarasca y estiércol seco que olía a rayos, aunque por lo menos prendía y algo les templaba los pies a los niños.
Con un poco de maña y los materiales que tenía más a mano, Mina se las fue ingeniando para parchear algunas de las muchas carencias de la escuela. Por ejemplo, como allí no había ni un mapa, echó un par de tardes en dibujarlos ella misma con carboncillos y acuarelas. Hizo uno de la península ibérica y otro del continente europeo. Luego se animó con un mapamundi que le quedó estupendo. Satisfecha, los colgó en la pared, al lado de la pizarra. Tenía muy buena mano con el dibujo. En parte se debía a cierto talento natural, en parte a las lecciones que había recibido de su abuelo paterno, que había sido profesor de pintura en la Escuela de la Lonja.
Pero no se daba por conforme. Le habría gustado contar con más y mejor equipamiento. Alguna figura anatómica de cera con la que enseñar a los niños cómo era el cuerpo humano por dentro, o un globo terráqueo, porque a algunos no les terminaba de entrar en la cabeza que la Tierra fuera redonda. Le partía el alma entrar cada día en el aula y verla tan desangelada. Por no tener, no tenían ni un armario; tan solo una alacena empotrada con los estantes vacíos. Lo único que pudo hacer al respecto fue salir a dar un paseo por la orilla del río y recoger unas flores amarillas que crecían entre las malas hierbas. Cortó también algo de brezo y unas ramitas de endrino y preparó un ramillete que metió en un vasito con agua. Lo colocó en la balda de en medio de la alacena; lo movió un poco a la izquierda, luego a la derecha. Lo giró un par de veces hasta que le pareció que llenaba algo el espacio. Con el transcurrir de las semanas y de los meses, otras piezas fueron sumándose a las plantas: un ábaco de madera que les hizo Pepe, muestras de minerales, y hasta lo que resultó ser el fósil de algún artrópodo más o menos ovalado con antenas y tres pares de patas.
Sola, Mina había llegado hasta donde le había sido humanamente posible. Por eso les había escrito a ellos, a Darío y a Miguel, para que hicieran por ella lo que antes habían hecho juntos por tantos otros en su lugar. Por ella, por sus alumnos y por la gente del pueblo.
—Las cosas van a cambiar a mejor, ya lo verás.
Si lo que pretendía Darío era animar a su amiga, no lo estaba consiguiendo. Lejos de arrancarle una sonrisa, lo que hizo fue traerle a la mente otro de los problemas a los que se enfrentaba.
—No cambian, Darío, no cambian. Y si lo hacen, no sé yo si no será a peor. El primer día que tuvimos clase, me encontré con cuarenta críos. Algunos eran tan chiquitajos que casi ni andaban y me los traían sus hermanos mayores cogidos de la mano. Me decían que tenía que hacerme cargo yo, que para algo les habían mandado una mujer, que las madres se habían ido a sembrar o a ordeñar las cabras. ¿Qué le enseño yo a una criatura que no levanta tres palmos del suelo? Luego me di cuenta de que casi mejor así, porque en cuanto crecen, ya no vienen más a clase. Los tengo de hasta nueve o diez años en el mejor de los casos. De ahí para arriba, ni uno. Y niñas ni eso.
—¿No hay ni una niña? ¡Eso contraviene la ley!
—Desde que obligaron a tirar los tabiques para juntarlos a todos, los padres no dejan que vengan a clase. He intentado convencerlos por las buenas, pero no hay forma. Dicen que hacen más falta en casa, que a ver si no quién va a cuidar de los pequeños.
—¡Pero si te los traen a ti! —replicó contrariado.
—Bueno, ya sabes cómo funciona esto. Aquí hay mucha miseria, Darío, y muchos prejuicios. No puede sorprenderte tanto. Algo tiene que ver el cura, que les dice que no pueden mezclarlas con los niños, que se les echan a perder, pero también es verdad que a muchas tienen que mandarlas al campo. O a servir a la ciudad, que, si me apuras, es peor.
—¿De verdad me quieres decir que no hay ni una niña en este pueblo que vaya a la escuela?
—Claro que las hay. —Mina señaló hacia lo alto, no hacia el techo comido de goteras, sino hacia un lugar que quedaba más lejos y que desde allí no podían ver, pero que tenían muy presente—. Están en el internado.
El optimismo de Darío Dolagaray era motivo de bromas entre sus amigos y compañeros de partido. No es que fuera un ingenuo, solo que a veces se empeñaba en no aceptar que la realidad pudiera ser tan cruda como los demás querían hacerle ver; pero ni siquiera él era tan cándido como para pensar que unos campesinos pudieran permitirse mandar a sus hijas al colegio de Nuestra Señora de Roche Amère.
Estaba al corriente de lo que costaba estudiar en aquel internado. Miguel no había tenido reparos en contárselo. Solo las familias acomodadas podían afrontar el pago de la matrícula. Y luego venía el coste de los uniformes, de la manutención y de todos los demás servicios. Aunque era muy elevado, no había curso en que docenas de niñas no se quedasen en lista de espera. No existía otro centro con semejante reputación en muchos kilómetros a la redonda. Además, ¿dónde mejor iban a estar que en aquel antiguo monasterio reconvertido en colegio, con sus almas puras a salvo de influencias perniciosas? Al menos según la versión de Miguel, eso era lo que pensaban los padres que encerraban a sus pequeñas allí para que las educaran, y más comúnmente las madrastras que no deseaban tenerlas cerca.
—Pero no todo es malo, Darío. En Castroblanco hay gente estupenda. Pepe, por ejemplo.
—¿El carpintero?
—Sí. Quiso presentarse a alcalde hace dos años, pero ya sabes cómo van estas cosas. Aquí no se había votado nunca a cuenta de la ley Maura. Y cuando tocó hacerlo, se votó lo que dijo el cura. Si se hubiera votado otra cosa, pues se habría sacado el puchero de debajo de las faldillas o se habría resucitado a algún lázaro.
Darío, al que lo de la política le venía de familia, pilló al vuelo las referencias, y más cuando no hacía ni año y medio que habían pasado por unas elecciones generales cuyos resultados le habían sabido a peras amargas. Lo del puchero Mina lo decía por la práctica de esconder papeletas falsas en las cazuelas y meterlas de tapadillo en las urnas para alterar los resultados. Lo de resucitar lázaros venía por otra práctica igualmente sucia y con un punto de lobreguez: la de hacer votar hasta a los muertos con tal de que el resultado satisficiera al cacique de turno.
— Pepe es buena persona. Con el maestro que había antes no se entendía. Normal. Pepe es republicano. El maestro, tradicionalista. Encima le había dado clase de chico y se conoce que lo tundía a collejas. Pero a mí vino a verme a la mañana siguiente de instalarme, por si necesitaba algo. Si las ventanas ya no tiemblan cuando hace viento es gracias a él, que ha arreglado los travesaños y ha cambiado las bisagras. Le he hablado de lo que queremos hacer, y dice que contemos con su ayuda para lo que haga falta. Y Aurora estaría encantada también, pero a ella me da apuro pedirle nada. Demasiado tiene con lo suyo.
—Perdió a su marido hace poco, por lo que me ha contado.
Mina torció el gesto. Era una historia triste, aunque no en el sentido en el que su amigo suponía.
—Más que perderlo, yo diría que se libró de él. Era el dueño de un viejo molino que lleva años parado. Una mala bestia que la mataba a palos. No sé si te has fijado en que cojea un poco. Es porque no le soldó bien el hueso que se le partió cuando la tiró escaleras abajo. Si soy yo, lo tiro a él por la ventana —declaró con seguridad—. Pero este se murió solo. Era un borracho. Se cayó al río y se ahogó. Bien empleado le estuvo.
A Darío no se le pasó por la cabeza contradecirla.
—Es muy joven. Espero que pueda rehacer su vida.
—Podría, si la dejasen. El niño es hijo póstumo del mastuerzo y por ley le toca en herencia el molino, que si se vuelve a poner en funcionamiento podría dar un buen dinero. Ya lo verás; está subiendo al internado. Ella quiere hacerse cargo, ponerlo otra vez en marcha para ganarse la vida sola y olvidarse de maridos, pero la gente no lo ve bien. Dicen que una mujer de esa edad lo que tiene que hacer es volver a casarse. Pretendientes no le faltan, hazme caso.
—Lo creo. Es guapa.
A Mina le salió sin querer una sonrisa maternal. El pobre Darío, al que tanto le gustaban las mujeres, no tenía suerte con ninguna, y eso que no era mal mozo. Muy moreno, de ojos grandes y expresivos y mentón fuerte, de esos que tanto agradan a las muchachas, contaba además a su favor con buena labia y don de gentes, pero de poco le servían todos sus atributos. Ella había elaborado una teoría al respecto, aunque nunca la compartiría con él por miedo a ofenderlo.
—Se la rifarían aunque fuera fea como un sapillo pintojo. El que la lleve al altar, se queda con el molino. Y eso es mucho decir. La tienen harta. Ya no sabe cómo darles largas sin despertar resentimientos.
A Darío se le apuntó una mueca de ensoñación en la cara.
—«Así que Penélope durante el día tejía la gran tela y por la noche, colocadas antorchas a su lado, la destejía».
Muy propio de él lo de citar a los clásicos. Cuando se trataba de Homero, a veces se arrancaba con dialectos arcaicos del griego. Debía estar ya cansado para conformarse con una vulgar traducción de la Odisea.
—Literalmente. Aurora es mañosa con la aguja y el dedal. Esas cortinas me las zurció ella. Y este tapete también. Pero lo que de verdad quiere es aprender a leer y a escribir, y algo de matemáticas para que no la engañen. Por eso nos conocimos. Cuando se enteró de que llegaba una maestra al pueblo, se me acercó muerta de la vergüenza. No quiero ni imaginar lo que debió costarle reunir el valor. ¿Qué iban a decir las vecinas?
—¡Ay, el «qué dirán»!
—No lo sabes tú bien —le previno Mina, al tiempo que se levantaba de la mesa para abrir un cajón de la cocina. Sacó una especie de paño negro con bordes de encaje y lo desplegó ante Darío—. Como le advertí que no pensaba cobrarle una peseta, mira lo que me trajo el alma cándida.
—¿Otro tapete? —aventuró el joven.
—¡Una mantilla, Darío! Me trajo una mantilla porque iban diciendo de mí que igual es que no tenía y que por eso no me veían en misa los domingos.
A Darío le dio la risa. Echó la cabeza hacia atrás y luego otra vez hacia delante para darse una palmada en la pierna al tiempo que soltaba una exclamación.
—¡Acabáramos!
—Acabemos, sí, acabemos. Que mañana es día de escuela, y yo tengo que ocuparme de cuarenta zagales.
Céline Perrault sería, con diferencia, la más joven de las profesoras en el internado, además de la única laica. El resto eran religiosas que pertenecían a la congregación de Notre Dame de Roche Amère, un instituto de origen francés dedicado a la enseñanza. Se habían establecido allí a finales del siglo anterior, atraídas por la promesa de que en aquellas tierras siempre se respetarían sus prerrogativas en lo concerniente al magisterio. Había sido más por precaución que otra cosa, no siendo que al líder republicano que ostentaba el cargo de ministro de Instrucción Pública en Francia, el descreído Jules Ferry, le diera por expulsarlas también a ellas del país, como había hecho con sus homólogos masculinos. A la hora de la verdad, por muy recalcitrante que fuera su ideario anticlerical, Ferry tenía otros objetivos más ambiciosos que el de librarse de cuatro monjitas. La mayor parte de las que se marcharon volvieron a los pocos años a Francia, aunque unas pocas decidieron quedarse y fundar un colegio.
Debió darles pena aquel adiós definitivo a su viejo santuario en Montauban, pero encontraron motivos en la Montaña de Luna para no abandonarla. O, mejor dicho, se los proporcionaron bajo la forma de un antiguo monasterio franciscano que convertirían en su nuevo hogar. Lo curioso fue que lo hicieron acogidas por la misma familia que años antes lo había adquirido aprovechándose de una ley de desamortización muy parecida a la que las había empujado a ellas a abandonar Francia. El patriarca de la familia, Julián Montalvo, se había hecho por una miseria no solo con lo que quedaba del cenobio, sino también con todas las fincas colindantes que hasta entonces les arrendaban los despreocupados franciscanos a los labriegos de Castroblanco. Tan jugosa transacción se había llevado a cabo en connivencia con la comisión municipal, encargada del reparto de los bienes desamortizados, y había supuesto un empujón económico de primer orden para su floreciente linaje. Lo de cederle —algunas décadas después— el usufructo del monasterio a las monjas pudo deberse al remordimiento. Después de todo, los Montalvo se sentían algo responsables de la expulsión de los infelices frailes franciscanos. La amenaza de excomunión que habían lanzado los obispos sobre los traicioneros adquirientes hacía ya años que había quedado en nada; no obstante, el peso de la culpa era algo muy católico de lo que resultaba difícil desprenderse.
Luego estaba, por supuesto, el hecho de que poco podía hacerse con aquel edificio ruinoso. En un principio, a don Julián le habían interesado únicamente las tierras, pero la mole de piedra medieval venía con el fardo y alguna utilidad tendría que hallarle. A nadie se le ocurrió cuál hasta que una de sus hijas, doña Ana María Montalvo, pensó que podría venirles al pelo para apañarse un palacete en el que pasar los veranos. Pronto se dieron cuenta de que el plan hacía aguas por todas partes. Ni los franciscanos destacaban por su apego a las comodidades ni doña Ana María por su buen juicio. Aquel monasterio no se había diseñado para el disfrute de los placeres mundanos. Además, su estado era calamitoso. Debía hacer ya mucho tiempo que las misas se celebraban en una capillita minúscula, porque de la iglesia original solo se conservaban una nave y el suelo. Faltaban por completo las techumbres y solo permanecía entera una parte de los muros. En mejores condiciones se encontraba el claustro, austero y robusto, aunque al menos en pie. Las bodegas, los cilleros, la cocina y el refectorio tenían un pase. La biblioteca, al igual que la sala capitular, había salido sorprendentemente indemne.
Pero los Montalvo eran obstinados, por no decir caprichosos. Ana María no cejó en su empeño por reconvertir el monasterio, al menos en parte, en una residencia vacacional. Asesorada por un arquitecto amigo de su padre, decidió que solo remodelaría el ala este. Así, el granero, el calefactorio y las celdas de los frailes se echaron abajo sin contemplaciones. La biblioteca se respetó, aunque se modificó su estructura para poder anexarse a la nueva morada. Se abrió un pasillo que la comunicase directamente con el claustro, que era su debilidad, y se distribuyó el espacio resultante en acogedores dormitorios, dos salones de amplias dimensiones, un despacho para el cabeza de familia, una cocina moderna, una despensa y hasta un par de cuartuchos destinados a albergar a la servidumbre. Todas estas reformas se fueron sufragando con los beneficios que los Montalvo se habían asegurado al incorporar aquellas propiedades a su hacienda, amén de otras inversiones que también les reportaban sus buenos dineros, en especial las relacionadas con la extracción de hulla en las cuencas carboníferas.
Tenían mucho por lo que estar agradecidos. Si hubieran sido agnósticos, se habrían decantado por el azar o por los enredos de las comisiones municipales. Como se seguían teniendo por buenos creyentes —por mucho que hubieran arramplado con los bienes de los franciscanos— decidieron que era al Señor a quien debían su buena fortuna. Por eso, y puede que también para congraciarse con las autoridades eclesiásticas, que tras la restauración de la monarquía habían recuperado su influencia sobre los asuntos terrenales. ¿Y qué mejor manera que demostrar su gratitud que devolviendo una parte de lo que se habían agenciado? En concreto, la parte que no habían convertido en vivienda. Por suerte, las monjas eran pocas, como mucho, una docena. De entrada, bastó con adecentarle una celda a cada una y componer las zonas comunes. El desembolso más generoso llegó cuando los Montalvo se comprometieron con la fundación del colegio para señoritas. Tampoco les supo mal donar todo lo que fuera menester. Para entonces el negocio de la minería había despegado a lo grande gracias a la providencial apertura de una línea de ferrocarril, que facilitó el transporte del carbón a las ciudades del norte. El empuje definitivo les llegó cuando en Europa estalló la Gran Guerra y el carbón español alcanzó, a falta de más competencia, un valor nunca antes visto. Era como si de veras contaran con la gracia y el desvelo divino.
En cuestión de medio siglo, el vínculo entre los Montalvo y la congregación se volvió indisoluble. El colegio, dotado de los mejores medios gracias a los beneficios de la hulla, se convirtió en el centro educativo en el que todos los padres de las clases medias ascendentes deseaban inscribir a sus hijas. De aquella prosperidad, algunas migajas llegaban a Castroblanco; tampoco demasiadas. De vez en cuando, alguna aldeaniega se aventuraba a preguntar si no necesitarían una muchacha para servir. La respuesta casi siempre era la misma: de las tareas serviles ya se hacían cargo las novicias pobres. En el internado solo ponían un pie las monjas, las alumnas y los miembros de la familia Montalvo, a quienes tanto debía la congregación. Y, si acaso, sus criadas, el mozo que se encargaba del establo y algún jardinero que adecentaba los setos del claustro. Siempre gente de confianza.
De toda esta historia Céline estaba al tanto no porque se la hubiera contado sor Tránsito de camino a la humilde celda que iba a ser su cuarto, sino porque había hecho sus indagaciones antes de partir de Montauban. Las religiosas retornadas a Francia habían mantenido un estrecho contacto con las que se habían quedado en la Montaña de Luna. Entre ellas estaba la entonces jovencísima hermana Joanne Catherine, más tarde conocida como madre Joanne. Ella, precisamente, había pensado en su antigua alumna, Céline Perrault, como candidata para el puesto de profesora de francés en el colegio de Castroblanco. Las razones habían sido variadas. Por un lado, sabía de su deseo de conocer mundo. Hablaba cuatro idiomas y no le tenía miedo a nada. Qué entregada misionera habría sido aquella muchacha de haber mostrado la más mínima inclinación por tomar los hábitos. Por otro, no conocía a más maestras cualificadas y dispuestas a mudarse a un país que muchas se figuraban plagado de bandoleros. Existía una tercera razón, y era que la madre Joanne quería ver a Céline lejos de Montauban. De hecho, quería verla lejos de Francia. Y no porque la detestase. Al contrario.
Joanne Catherine había sentido predilección por ella desde aquel lunes de octubre de 1919 en el que había llegado al santuario de la mano de una de las hermanas que llevaban la inclusa. Le cayó en gracia por la inocencia con la que le sonreía mientras el resto de niñas mantenían la cabeza gacha y la mirada perdida. Céline, sin sombra alguna de recelo en sus inmensos ojos aguamarina, aguardaba con entusiasmo cada palabra de la madre priora. Lo hacía sin dejar de mover adelante y atrás las piernecitas, que le colgaban de la silla enfundadas en los leotardos grises del uniforme.
La pequeña de ojos de berilo no la decepcionaría. Se convertiría, no tardando mucho, en una de las estudiantes más aventajadas de la institución. Se le daban particularmente bien las lenguas muertas y las matemáticas, aunque iba a destacar sobre todo en geografía. De no haber sido una de las internas becadas —lo que quería decir que no tenía donde caerse muerta—, la madre Joanne la habría animado a ir a la universidad. En cualquier caso, Céline tampoco mostró mayor interés en ello. Su falta de vocación conventual solo era comparable a su ferviente deseo de trabajar como maestra.
A Joanne Catherine, su posición como priora del santuario de Roche Amère le facilitó la tarea de conseguirle a la muchacha una bolsa de estudio con la que acceder a la École Normale d’Institutrices de Limoges. También lo habría tenido fácil para encontrarle empleo en algún colegio de la región, pero era muy consciente de que eso no habría hecho feliz a una jovencita a la que, de todas formas, empezaba a convenirle poner tierra de por medio. Y qué mejor manera de hacerlo que en una comunidad desgajada de aquella en la que se había educado.
Las hermanas de Castroblanco vestían el mismo hábito color ceniza que las de Montauban, con un cíngulo de lino y una toca negra hasta los hombros, y todas, sin excepción, portaban un crucifijo de madera sobre el pecho. Cuando entró en su cuarto, Céline comprobó con pesar que le habían dejado un atuendo no idéntico, aunque sí muy similar, sobre la cama. Siempre había detestado el uniforme que le habían hecho vestir durante su etapa de alumna. Este era aún peor. Al menos no había toca y, según le aclaró sor Tránsito, no tendría la obligación de vestirlo fuera del horario de clase, aunque la madre Agnès vería con buenos ojos que libremente decidiera hacerlo.
—Ni que decir tiene que, de igual manera, su condición de laica no le impediría abrazar por su propia voluntad los votos de pobreza, obediencia y castidad que todas aquí hemos emitido.
—Lo tendré en cuenta —prometió Céline, que se sabía lo suficientemente pobre como para tener que obedecer mientras su sustento dependiera de ello. En lo que concernía a la castidad, era muy consciente de dónde se había metido. Escasas tentaciones podrían ofrecerle los placeres de la carne en un lugar como aquel.
—Deje aquí sus cosas. Ya tendrá tiempo de deshacer la maleta. Ahora acompáñeme, que la madre Agnès la recibirá con gusto.
