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Ada Cárdenas vive presa como un pajarillo en jaula de oro. Con el corazón roto por la pérdida de su amor de juventud, hace ya muchos años, Ada deambula como un fantasma por la mansión de su familia, a merced de la crueldad de su padre, el desprecio de sus hermanos y la distante frialdad de su madre, que va perdiendo la cordura a pasos agigantados. Pero muy pronto un acontecimiento arrastrará a la bella Ada por un camino sin retorno cuando su padre se atreve a casarla por la fuerza con un desconocido. En el momento en que ve por primera vez a su prometido, su corazón da un vuelco: León Newman es diabólicamente atractivo, obscenamente rico, sabe ganarse su confianza... y despertar su pasión. Pero las cosas nunca han sido fáciles en la vida de Ada. Los continuos vaivenes entre sosegada dulzura y salvaje pasión de su marido la atormentan. ¿Qué esconde Newman? ¿Podrá Ada descubrir la verdad? ¿Es que acaso es una locura sentirse infiel al ser venerada a la luz del sol y arrollada por la pasión cuando cae la noche? "Camino de Prada es un autora excepcional capaz de crear unos personajes muy humanos y emotivos. La escritora ha sabido narrar la trama de forma magistral, con una prosa muy cuidada y llena de detalles." Promesas de amor - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 299
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2015 Camino de Prada
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
El extraño amor de Ada Newman, n.º 68 - junio 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas
propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 978-84-687-6407-8
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
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Dedicatoria
Citas
Capítulo 1. Un extraño encuentro
Capítulo 2. El compromiso
Capítulo 3. La mansión Rosas Negras
Capítulo 4. Una declaración de amor
Capítulo 5. El consejo del hada madrina
Capítulo 6. Los ojos de la noche
Capítulo 7. El traje de novia
Capítulo 8. Una boda poco convencional
Capítulo 9. Los aposentos de una dama
Capítulo 10. Diamantes, diamantes, diamantes
Capítulo 11. La confesión
Capítulo 12. La cámara secreta
Capítulo 13. La flor del pecado
Capítulo 14 . Máscaras del alma
Capítulo 15. El principio del fin
Capítulo 16. El cementerio de la Sacramental
Capítulo 17. Una trampa mortal
Capítulo 18. Baño de sangre
Capítulo 19. Rivales
Capítulo 20. Fuego por fuego
Epílogo
Para Edmundo, mi persona favorita.
La poca sinceridad que existe pertenece a los que sufren por algo
TENNESSEE WILLIAMS
Si alguien tiene un destino, se trata de un hombre. Si alguien consigue un destino, se trata de una mujer.
ELFRIEDE JELINEK
Para perdonar a tu enemigo primero has de infligirle algún daño.
EDITH WHARTON
—¡Esta noche volveré a verla, o por Dios que moriré! —murmuró la sombra que se escondía furtiva a espaldas del teatro.
El gran teatro de la Ópera abría sus puertas, al fin, la noche del 10 de octubre de 1850. La fecha de inauguración se había fijado sin más demoras para festejar el santo de Su Majestad la reina; pero las labores de construcción habían sufrido numerosas paralizaciones, de modo que nadie confiaba en que la fecha anunciada en La Gaceta fuera el feliz desenlace de una obra inacabable, si bien la expectación creada era mayor, si cabe, por el injustificable retraso.
Aquella primera noche se estrenaba La Favorita de Donizetti, e Isabel II y el distinguido auditorio vivían el éxtasis de la ópera con idéntico entusiasmo.
Finalizado el espectáculo, tanto en la galería de palcos como en el patio de butacas no faltó un espectador que se pusiera en pie, poseído como estaba el teatro entero de un inflamado ardor que no tardó en expresarse rompiendo en aplausos interminables, exclamaciones elogiosas y ramos de flores arrojados al escenario. La refinada y portentosa voz de la Albani brilló como si fuera la única estrella del firmamento operístico, dando a la velada inaugural el esplendor prometido.
Despreocupada y bulliciosa, la multitud reunida en el teatro encarnaba con fidelidad el espíritu democrático de los tiempos modernos: la alta burguesía engrosaba sus filas con extravagantes adquisiciones y se apoderaba de la notoriedad que antaño había sido patrimonio exclusivo de la aristocracia madrileña. Desde su palco, Augusto Cárdenas observaba con sus anteojos dorados el número ingente de rostros desconocidos y la intolerable escasez de joyas en los escotes femeninos. Haciendo un recuento global del patio de butacas y de la galería de palcos que estaba al alcance de su vista, la cifra aumentaba escandalosamente hasta un total de veinte cuellos desnudos o semidesnudos
—¡Qué tiempos! —pensaba entregándose a la nostalgia.
La señora Cárdenas llevaba puesto un collar de platino y brillantes del que colgaban tres perlas grises en forma de lágrima, así como los pendientes del juego de alhajas. Había sido muy hermosa, y todavía era considerada entre las damas más distinguidas como un referente de elegancia no superado por nadie hasta entonces. Sentado a su derecha, Augusto se entretenía ahora coqueteando con una dama del palco número siete, sin importarle lo más mínimo la presencia de su mujer.
Augusto admiraba las tendencias vanguardistas que imponía el estilo de vida de todo hombre moderno: el modo de vestir, el coche adecuado, la decoración de la casa y la elección de las actividades dedicadas al ocio. Era un lector devoto de revistas como El elegante o El caballero irresistible, que apilaba con esmero en su salón particular y consultaba a la menor duda, convencido como estaba de la infalibilidad de su criterio. Había sido él quien había convertido a su esposa en paradigma de refinamiento femenino, puliendo con sabiduría la belleza agreste que tenía de recién casada. Su caso corría parejo al de su esposa: había sido apuesto y bien parecido, y aún conservaba parte de su atractivo a pesar de los años.
Tenía el cabello oscuro mezclado con hebras del color de la ceniza clara; los ojos negros abiertos de par en par, como los grandes ventanales de una lujosa mansión que ansiara mostrarse al mundo, y una tez sorprendentemente conservada. Pero lo más característico de Augusto era su magnífico porte y su bigote oscuro y bien recortado. Envidiado por los caballeros y deseado por sus esposas, no hallaba mayor satisfacción en la vida que tener un aspecto saludable, atractivo y, sobre todo, moderno.
Entre ambos progenitores, Ada contemplaba la soberbia araña de cristal que colgaba del techo sumergida en un mar de pensamientos. Estaba en el teatro, como estaba en casa o en cualquier otro lugar, absolutamente sola; rodeada acaso de personas que no le importaban y a quienes ella no les importaba.
Tenía veinticinco años, pero aparentaba alguno más. No porque el envejecimiento o el abandono le hubieran ganado la batalla (su piel era tersa y su belleza incuestionable), sin embargo, la impresión que causaba su semblante serio y su carácter reservado, la austeridad y el recato en el modo de vestir le hacían parecer mayor.
Se movía como envuelta en una nube de pena. Incluso de niña jamás llegó a serlo. Atravesó de puntillas la edad de la inocencia con la formalidad de quien rellena un largo y tedioso impreso de cumplimiento ineludible. En aquella época, intuía que había de pasar mucho tiempo hasta que su alma y su cuerpo se pusieran de acuerdo en cuestión de edad. Por este motivo, cada nuevo aniversario era por sí solo el mejor regalo. Un año sumado a otro y después a otro más; océanos de tiempo que la liberarían de su cautiverio dentro de aquella carne, blanda y sonrosada como la de un gusano al que es fácil aplastar.
Siempre se había sentido terriblemente sola.
A su padre le enfermaba enfrentarse a la sola idea de una mitad mezclada de sí mismo, a una parte de él disgregada, que corría de acá para allá movida por una voluntad distinta a la del propio Augusto y, además, envenenada con la sangre de su enemigo.
Su madre la quería, era carne de su carne. La quería siempre y cuando no luciera más bella de lo que podía hacerlo ella misma, la inteligencia de Ada no ensombreciese la suya o su generosidad y simpatía no destacaran la insignificancia de sus propios dones. En otras ocasiones, cuando la veía caer enferma o la encontraba desmejorada, su madre podía llegar a amarla; pero jamás, jamás tras una guerra en la que su hermosura la hubiera ganado en el campo de batalla de cualquier baile o reunión. Eso Isabel era incapaz de tolerarlo.
Sin embargo, ninguna de estas ideas echaba raíces en la mente de Isabel, o de Augusto, de modo que sus almas estaban a salvo de toda culpa o remordimiento.
Los hermanos de Ada aborrecían su forma de ser. El callado coraje con el que, ya desde niña, afrontaba cualquier tropiezo de su joven vida. Si se caía, no lloraba y volvía, con las rodillas aún sangrando, a subirse al árbol. Sí la reprendían, no se hacía un ovillo y se ocultaba en una sombría esquina, sino que se paseaba por la casa, a la vista de todos, luciendo su orgullo inmaculado como si llevase un traje blanco a estrenar. Un comportamiento que, sin pretenderlo ella, resaltaba la mediocridad de los chicos y que fue la causa de su exclusión en los juegos y confidencias fraternales.
Y tampoco en la amistad encontró consuelo su joven corazón.
Las otras niñas evitaban su compañía porque no encajaba en ninguno de los corrillos de la escuela. Siempre andaba sola y le encantaba soltarse los lazos del pelo y bañarse en los las pozas y en las acequias, incluso cuando hacía frío y salía del agua aterida, con la carne amoratada y los labios sin color. Nadar, nadar era algo que desde pequeña hacía como una experta. Por eso siempre estaba deseando escapar del colegio para ir al río, el río negro que bordeaba los campos de su abuela, el amado lugar donde se crio.
Pero el tiempo al fin cruzó la deseada frontera de la niñez, y Ada encontró en el primer amor el motivo que vendría a rejuvenecer toda su existencia.
Era el Año Nuevo de 1840. Corrían otros tiempos, aunque la economía ya regía los demás aspectos de la vida y, por eso, la actitud más prudente en el amor era usar la cabeza, sobre todo si una tenía dieciséis años, era rica y a su nombre le acompañaba no solo un buen puñado de propiedades, sino el lastre de una antigua y respetada fama, conservados unos y arrastrado el otro de generación en generación.
Horacio Mara, sin embargo, era pobre. Había sido contratado de camarero para servir el champán en la soirée anual que los señores Cárdenas ofrecían a sus amigos en la celebración de Nochevieja, donde Ada, la señorita de la casa, le vio por primera vez. Le quiso en secreto desde aquella misma noche hasta que, al cabo de unos cuantos meses, decidieron fugarse para contraer matrimonio.
En la víspera de la partida, cuando se apagaron las luces de la casa y ellos se encontraban furtivamente a las puertas del servicio, Horacio entregó a la chica una caja de música nacarada, brillante e irisada como las conchas de mar. Siendo tan jóvenes, solo veían ante sí un camino recto, sin curvas ni obstáculos. Pensaban que la suerte habría de favorecerles siempre, y la inocencia jugaba en su contra haciéndoles creer que los muros del amor son infranqueables.
Esa última noche que pasarían separados un incendio arrasó el humilde hogar de Horacio y nada pudo hacerse por salvar a los que vivían allí.
A la mañana siguiente, todas las crónicas de sucesos se hicieron eco del desenlace: tres cruces negras, y una de ellas llevaba su nombre.
Ada esperó junto a la ventana hasta rayar el alba. Poco después, llegó a sus manos un ejemplar del primer periódico de la capital.
En un estado próximo a la locura, pensó por un instante en quitarse la vida.
Recordaba como si fuera hoy, que aquella mañana el sol calentaba tanto los cristales de la habitación que abrasaban al tocarlos.
Ada abrió la caja de música y la diminuta bailarina comenzó a danzar al son de una triste tonada. Vio su imagen en el espejito del interior de la tapa y se miró como si no se reconociese. Luego observó el baúl, a punto para el viaje de novia, y todos los trastos de la niñez que había dispersos por la habitación: la diminuta mesa de té y sus sillitas de madera blanca, el caballo balancín, la casa de muñecas…
Ordenó retirar todas aquellas cosas y guardó el baúl en el armario, así, sin tocar, repleto de ilusiones. Cerró entonces la pequeña caja y la ocultó cuidadosamente en el interior del baúl.
¡Oh, sí! Aún podía sentir el tacto del nácar…, se diría que sus dedos tuviesen memoria propia, pues las yemas le cosquilleaban tan solo de recordarlo.
Pero desde aquel día habían pasado diez largos años, y soportar a su familia durante todo aquel tiempo se había convertido en un sacrificio que sobrellevaba a duras penas. Podría asegurar que la paciencia de ellos también tocaba a su fin.
—Ada, querida, ¿sabes que el teatro cuenta con un gran tocador donde podrían arreglar nuestros peinados? —dijo su madre mientras abandonaban el palco.
—No veo la necesidad —contestó Ada desde el pasillo.
—¡Hija mía, es imposible que encuentres marido con esa actitud! No eres una mujer desprovista de cierto encanto, como dice tu padre. Pero tu agrio carácter acabará enterrando la poca juventud que te queda —alegó su madre mientras Ada se sujetaba al dorado pasamanos de la escalera y empezaba a bajar los peldaños recubiertos por una alfombra roja.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué pretende conseguir con ese vestido azul pálido? —intervino su padre—. ¡Es un vestido de tarde! Pareces una triste y desabrida mujer del campo. Creo estar escuchando los comentarios del otro lado de la galería de palcos. «¡Fijaos!», dirán. «¡Ved cómo viste la hija del señor Cárdenas!» —exclamó mientras andaba de un lado a otro y la vergüenza teñía de un ligero rubor sus mejillas.
—No debe preocuparse innecesariamente, padre, no creo que reparen en mi presencia. Son ustedes los que acaparan merecidamente el mayor protagonismo —dijo Ada adulando a Augusto para que la dejara en paz.
—Dices bien, queridita, merecidamente. Pero si siguieras mis consejos como en su día hizo tu madre, tu situación sería muy otra. Haría ya muchos años que estarías casada, ¡y bien casada! —dijo recomponiendo la posición de la lazada—. Y ahora, silencio. Prestad atención a la cara que pondrán todos cuando vean mi nueva chaqueta de terciopelo verde.
Descendían los últimos peldaños cuando vieron que en el gran vestíbulo del teatro ya no cabía un alfiler, para disgusto del señor Cárdenas, pues, como siempre decía, no podía lucirse ninguna prenda en lugares tan sobrecargados.
—La admiración requiere atención, querida, no lo olvides. Seguramente un día recordarás las enseñanzas de tu padre y pensarás: “¡Ah, qué sabios consejos me regaló aquel elegante viejo!”
Otros miembros de la familia Cárdenas fueron los primeros en reclamar su presencia. Margarita y su esposo Ernesto, el hermano mayor de Isabel, sacudían un pañuelo blanco por encima de un centenar de cabezas. También una vivaz comitiva de viejas glorias madrileñas se acercaba dispuesta a compartir cuanto chisme fresco hubieran pescado.
Ada logró escabullirse fingiendo un súbito acaloramiento. Los percances y avatares de la alta sociedad la traían sin cuidado. Era mucho mejor dar un paseo a solas por el vestíbulo.
A los pocos pasos se volvió para observar a su padre.
Se notaba a la legua que nadie se había fijado en su chaqueta, o por lo menos nadie le había dicho lo mucho que le gustaba o lo bien que le sentaba, y el caballero —sumamente decepcionado, pero con gesto deliberadamente inexpresivo— se esforzaba en ocultar su contrariedad.
La joven había llegado casi hasta la puerta de entrada cuando despertó su interés una figura masculina que estaba de pie frente a ella, solo varios metros más allá, con el rostro oculto en la penumbra del portal que daba a la calle.
Ada sintió que el estómago se le encogía, que el aire escapaba de sus pulmones.
Arrepentido de haber suscitado su atención, el caballero se volvió y dio tres pasos hacia la salida. Pero, como alguien que no puede evitar hacer su voluntad pese a que la prudencia lo desaconseje, se paró de pronto, giró sobre sus talones y enfrentó de nuevo su mirada.
Ada caminó hasta el umbral del portón del teatro con el alma en la boca, y también se detuvo. La figura seguía envuelta en la oscuridad del abovedado túnel de salida. Imposible distinguir su rostro. ¿Quién era aquel hombre que parecía estar clavando la mirada en ella? ¿Por qué todo su ser se rendía ante aquella sombra? ¿Era que su aspecto le resultaba extrañamente familiar?
Ella conocía aquel perfil dibujado en la penumbra, el sonido de sus fuertes pisadas, aquel porte tan varonil, el aire intransigente que llevaba al caminar…
Y, sin embargo, ¡qué locura!
Durante una fracción de segundo creyó que podía ser él, el dueño del nombre que rara vez pronunciaba, pero que la acompañaba hasta en los ratos de olvido. Sintió que algo más fuerte que ella la impulsaba a cerciorarse.
«¡Ada, persigues un imposible!», pensaba mientras corría hacia él.
El extraño abandonó el teatro antes de que Ada pudiese alcanzarle. Para cuando llegó a la calle, el landó del caballero se alejaba a toda prisa atravesando la plaza de Oriente.
Luego pasó el resto de la noche inmersa en los recuerdos. El examen de lo ocurrido la llevaba una y otra vez al mismo callejón sin salida. No podía ser de otro modo. El parecido casual entre dos personas era un hecho corriente, pero no por ello menos turbador. El caballero, al sentirse observado, pensaría que tal vez se conocían, aunque no la recordase en un primer momento. Seguramente se había dado la vuelta esperando un saludo o tal vez unas palabras, pero, al verla tan sobresaltada, debió de pensar «pobre muchacha» o, sencillamente, (elucubraba mientras caminaba por su habitación), le había confundido con otro. En cualquier caso, estas precipitadas conclusiones no satisfacían a Ada.
Había perdido a Horacio hacía muchos años, pero ¿y si los que nos dejan pudieran regresar de entre los muertos? ¿Acaso aquella sombra no podría ser su sombra? De no ser por el incendio, habrían escapado y ahora estarían juntos, muy lejos de allí. Y, sin embargo, ¿por qué su corazón negaba la lógica de los hechos? Su mente aportaba razones de peso mientras que los sentidos insistían en ideas descabelladas. Podía oír con claridad la voz que en su fuero interno luchaba por prevalecer sobre el tibio discurso de la razón. “¡Está vivo! ¡Es él!”, gritaba todo su ser.
Se dejó caer sobre el mullido colchón de su cama y abrió las puertas de su memoria mientras dejaba atrás el presente para sumergirse de lleno en el pasado. Poco a poco, la visión del encaje que recubría el dosel empezó a volverse borrosa…
Era el día en que Horacio la había hecho suya. La primera y única vez que habían hecho el amor.
Aquella era la tarde del martes, la tarde de la semana en que ella solía confesarse. Ada había salido de su casa más tarde que otras veces y había corrido todo el rato para llegar antes de que el padre Tomás cerrase el confesionario. Cuando al fin empujó la gruesa cortina de piel colocada en la puerta, se había apresurado a cruzar el largo pasillo lateral donde, escondido en la semioscuridad del templo, se hallaba el confesionario. La sombra que se movió tras la rejilla de madera hizo que Ada respirara aliviada. Clavó las rodillas en el reclinatorio y susurró casi sin voz: «ave María purísima».
—¿Cree usted realmente en Dios, señorita?
El sobresalto hizo que lanzara un grito que enseguida acalló con su mano.
—Horacio, ¿qué haces aquí? —dijo muy bajo, con la voz temblorosa, mirando hacia todos lados. En el templo no había ni un alma a aquella hora, las calladas piedras y el chisporroteo de los cirios encendidos les decían que estaban completamente solos. Quizá en breve el padre Tomás vendría a apagar las velas, pero solía cenar temprano y dejaba esos quehaceres para antes de acostarse.
Ada lo sabía perfectamente, conocía las costumbres del viejo párroco desde que era una niña.
—Si te encuentran dentro del confesionario te matarán, me matarán… nos matarán a los dos —dijo cada vez más nerviosa— ¿Cómo has podido hacerlo?
—Soy un hombre de recursos. Te lo he dicho muchas veces —contestó con absoluta tranquilidad— Además, tú y yo sabemos que el padre Tomás ya no volverá por aquí hasta dentro de dos horas. Cuando se disponga a cerrar las puertas de la iglesia.
Ada sintió al instante un extraño calor en su pecho y el aliento se le volvió de pronto un vaho hirviente que le quemaba la garganta.
—Tenemos que irnos de este lugar. Puede que aún venga algún feligrés. Las desventuradas y los mendigos acuden a estas horas, cuando ya no hay nadie a quien puedan avergonzar —dijo con una mueca de disgusto y reprobación— ¡Aprisa! Efectivamente, el padre Tomás tardará un buen rato en volver y no se dará cuenta de nada si somos sigilo…
—Te garantizo que esta noche no vendrán. Además las puertas se han cerrado. Nadie puede entrar y nadie podrá salir.
Milagrosamente, las grandes y pesadas puertas de la iglesia se cerraron sin hacer apenas ruido.
—Ven, Ada —ordenó Horacio sin dejarla acabar. Al momento ella oyó chirriar los goznes de la portezuela central del confesionario. Logró ponerse en pie, a pesar de que las piernas le temblaban sin remedio.
—¡Por el amor de Dios, Horacio! —dijo la joven, todavía situada junto al reclinatorio. Atreverse a dar un solo paso hasta la portilla central del confesionario le parecía un sacrilegio. Luchando contra el impulso de obedecerle, contra la tentación que supondría solo mirarle y estar a merced de la maravillosa tiranía de aquellos ojos, conjurando mientras los labios le temblaban ardientes una oración a su dios, suplicaba la protegiese de la persuasión que ejercía sobre ella su voz, el más bello canto de los ángeles perversos.
—Es por tu amor a mí que debes hacer lo que te pido.
No tenía ya ni un resto de voluntad que la sostuviera firme.
Presa de la exaltación, caminó despacio, retorciendo entre las manos uno de los guantes de encaje que llevaba. Al cabo de dos pasos, dio la vuelta al confesionario y le vio sentado frente a ella.
Estaba recostado en el sillón de madera y piel que utilizaba el cura para sus confesiones. Su aspecto era diabólicamente atractivo. Llevaba la camisa blanca muy suelta sobre el pantalón y abierta hasta el pecho, que lucía sin apenas vello pero musculoso, de piel tersa y bronceada como las dunas del desierto al anochecer. Tenía un codo sobre el reposabrazos y apoyaba la cabeza en dos de sus dedos. Su otro brazo se extendía hacia Ada mostrándole la palma blanca de la mano. Apremiaba a la joven a tomarla, como si fuera un remo que se alcanza a un náufrago en el mar. Bajo la suave oscuridad que ensombrecía su rostro, los ojos brillaban con un fulgor extraño, casi rojizo, enfebrecidos por el deseo que le estaba quemando.
Ada tomó su mano y Horacio tiró de ella para que se adentrase en el pequeño compartimento.
Las bisagras volvieron a lanzar un chirrido herrumbroso.
Él la sentó de lado sobre sus piernas y rodeó su cintura con el brazo, acariciando el contorno de su cadera suavemente. Multitud de finas flechas de luz entraban por las rendijas de la celosía, siendo la única y escasa iluminación con la que contaban. Suspendida en el aire quedaba la idea de que dentro del confesionario el tiempo parecía no existir: siempre habían sido así de hermosos y siempre lo serían. ¿Qué dios no iba a permitirles amarse, tocarse, saborear el néctar de ese amor? ¿Qué clase de dios se opondría a que, por estar allí, en su casa, se quisieran? ¿No era al fin y al cabo todo el mundo la casa de Dios? ¿Es que el campo, la playa o la laguna no eran sus tierras? ¿Habría algún lugar mejor que aquel, aquel que les bendecía y les cobijaba? Entonces, sin decir una palabra, levantó a la muchacha e hizo que volviera a sentarse en su regazo, pero esta vez a horcajadas, ajustando su cuerpo hasta pegarla por completo a él. De manera instintiva, Ada le rodeó con sus muslos y apretó con fuerza. Horacio la miró a los ojos en la penumbra y, con el lenguaje sin palabras de los amantes, le dijo que había llegado el momento.
—Me quitarás a mi Dios— aseguró ella al cabo de un momento, balbuceando, con el rostro lleno de lágrimas.
—A partir de este momento, no habrá para ti más dios que yo —dijo con una voz grave y al mismo tiempo dulcísima.
Deshizo el lazo de su sombrero y lo dejó caer al suelo. Con una de sus grandes manos comenzó a acariciarle la nuca, entremetiendo los dedos en sus ensortijados cabellos, arrastrándolos tras la oreja para rozarle ligeramente el lóbulo. La mano continuó el camino de descenso a la clavícula mientras la otra le levantaba la falda hasta el muslo. Su piel era de una suavidad tan exquisita que hasta el fino encaje y las puntillas de la ropa interior parecían a su lado de una burda aspereza. Quiso probar a qué sabía aquella tersura y le lamió el cuello y el escote, dándole multitud de besos junto al borde del corpiño de rayas azul que Ada llevaba puesto, tratando con su lengua de apartar la tela del vestido todo lo posible, de bajar y ahondar más y más en su carne. Entonces alzó las manos y le tomo ambos senos, apretándolos con suave firmeza, acariciando y pellizcando los pezones endurecidos a través de la tela mientras se metía el labio inferior de Ada en la boca y lo chupaba, lo mordía, lo lamía, lo rozaba ligeramente con la lengua para aumentar su tormento. Ada se agarraba al fuerte cuello de Horacio con los ojos cerrados. Lágrimas de vergüenza se le mezclaban en las mejillas con el llanto por el ardoroso placer que él le estaba provocando. Horacio lamió sus lágrimas cuando bajaron hasta la curva de su pecho, y luego volvió para besarla con intensidad en la boca, aspirando su aliento, robándole toda el alma. Después la separó ligeramente de su cuerpo. Volvió a introducir su mano bajo la falda y exploró entre las finas telas hasta dar con la abertura de su ropa íntima. Horacio buscó con delicadeza y enseguida encontró el húmedo bosque de musgo. Del pecho de Ada salió un agudo lamento cuando él dio con ella y abrió sus pliegues con delicadeza, introduciéndose al tiempo que tomaba de nuevo su boca para besarla. La respiración de Horacio se hizo más fuerte al comprobar que Ada estaba empapada, preparada para él. Gemía y la rodeaba con sus grandes brazos, a veces con demasiada fuerza, levantando la pelvis hacia ella con ansiedad cada vez que iniciaba una nueva caricia o le daba un nuevo beso. Parecía faltarle el aire y de su pecho, bañado en un sudor que le empapaba la camisa, salían ásperos lamentos. Siguió acariciando e introdujo sus dedos un poco más en ella, apretando, fuera y más y más dentro, allí donde se encontraba tan firme, suave y resbaladiza como las piedras del lecho de los ríos. Ada se inclinó hacia atrás, soltó el recogido de su pelo y agitó la cabeza para que los cabellos cayeran en cascada por su espalda.
Esta visión provocó en Horacio una suerte de excitación que hizo que se lanzara a dar el último e irresistible paso. Ya no había barreras ni obstáculos entre ellos, ni familia o religión que les separara, ni telas ni vestidos, no había nada que impidiera que él saliera de sus pantalones y entrara en ella. Y así lo hizo.
Se introdujo en Ada muy despacio. La punta de su flecha era grande y estaba hinchada, cargada de sangre. Ada abrió los ojos y le miró fijamente. Seguía sin tocarle, tenía las manos como atenazadas por el miedo. Miedo y deseo, a partes iguales, luchando en su interior; solo que el miedo potenciaba el deseo y hacía que aquel jugase en inferioridad de condiciones. Horacio la penetró un poco más y su resuello sonó como el de un potro salvaje ansioso por empezar la carrera. Ada estaba al límite del dolor, al borde del precipicio del que saltaría por voluntad propia para, después de caída, alzarse como toda una mujer. Contaría hasta tres y se arrojaría a ese vacío de claridad cuya blancura la deslumbraba. Tres. La chica se apretó con determinación al cuerpo masculino y se clavó en él, hasta el fondo, de una sola estocada. Se quedó quieta para sentir con gozo cada punzada de dolor, las palpitaciones del pene que se sacudía en su interior nerviosamente. Al cabo de un instante, el placer se abrió paso entre el dolor y al poco Horacio hizo que desapareciera. Entonces Ada empezó a tocarlo. Le ayudó a quitarse la chaqueta y desenlazó la camisa que tenía pegada a la piel. Arrastró sus manos por el pecho bronceado, apretando los músculos pectorales e introduciendo sus dedos entre el escaso vello que crecía en el mismo centro. Después de observar las varoniles formas de su cuerpo, se aferró a sus hombros, volvió a sostenerle la mirada y comenzó a moverse sobre él. Horacio empezó a jadear de nuevo, aunque permaneció inmóvil, dejando que ella se saciara por completo.
Al comienzo, lo hizo lentamente por temor de lastimarse, por temor de lastimarles a ambos, pero cuando comprendió que su dolor había disminuido y se había convertido en una placentera sensación, cuando comprobó la dureza de la erección masculina, poco a poco su cadencia se fue acelerando hasta que las acometidas se hicieron rítmicas y profundas.
—Te vas a lastimar, niña, no hay prisa. Ve con cuidado —le susurró al oído entre jadeos.
Sin embargo, Ada no le escuchaba. Experimentaba en aquel momento una sensación muy extraña. Estaba lo más cerca de él posible, lo tenía dentro de ella, no había más allá y, en cambio, se sentía como si estuvieran lejísimos, como si entre ellos hubiera una gran distancia. Y cada vez que se acercaba al cuerpo de Horacio y cada vez que se despegaba de él hasta su próxima unión, la excitación, la ansiedad y el placer la conmocionaban de tal manera que creía estar corriendo angustiosamente para alcanzarlo.
De repente, uno de los grandes ventanales de su habitación se abrió empujado por la fuerza del viento y la lluvia que arreciaba. Ada se despertó de golpe de su ensoñación con el corazón a mil por hora y el camisón abierto hasta la cintura. Agotada, creyó que el agua de azahar la refrescaría. Buscó la jarra de cristal y vio que estaba vacía. Se cubrió con una bata y bajó las escaleras con el recipiente en una mano y la palmatoria en la otra. Al pasar por el vestíbulo escuchó la voz de su madre y vio un haz de luz bajo la puerta del salón. Era muy raro que sus padres permanecieran allí a esas horas. Nunca trasnochaban, a no ser que asistieran a un baile o no pudieran escapar de alguna cena particularmente tediosa.
No sin pereza, el viejo reloj del vestíbulo anunció la una de la madrugada un par de minutos después de la hora.
—Sí, Augusto, sí. Se hará como tú digas. Es por el bien de Ada. ¿No es así, querido? —oyó decir a su madre.
—¿Qué cosa se hará por mi bien? —preguntó irrumpiendo en el salón.
Sus padres enmudecieron durante un breve lapso, tiempo suficiente para que ella se cerciorase de que estaba en juego algún asunto delicado. Presa de una repentina agitación, Isabel se levantó, tomó a su hija de la mano y la llevó hasta el sofá rojo, obligándola a tomar asiento. Su madre le rogó una y mil veces que, por el amor de Dios, antes de pronunciar una sílaba, se tranquilizase.
Augusto apuró la copa de brandy y se ajustó el cinturón de su extravagante atuendo nocturno.
—¿Por qué he de tranquilizarme, madre? No estoy nada nerviosa. Es usted la que parece un rabo de lagartija. ¿Qué está pasando aquí? ¿Ocurre algo que no me hayan contado y que yo deba saber?
Su padre se acercó al mueble bar para servirse otra copa.
—Hemos tenido la suerte de conocer esta semana a un hombre realmente extraordinario —dijo Augusto expresando su satisfacción con una sonrisa de oreja a oreja—. Se dedica a algo muy original: el comercio de diamantes. No es un caballero propiamente dicho, pero es sobrio y… rico. Por lo que he visto tiene un temperamento sosegado y es más bien parco en palabras, dos cualidades que encajarían a la perfección con tu permanente estado de actividad y tu charlatanería —alegó con cierto aire de desprecio mientras señalaba a su hija—. Tu madre y yo deseamos que te cases con él.
—¿Qué? ¿Cómo voy a casarme con un hombre al que no conozco? —gritó Ada zafándose de las garras acariciadoras de su madre y pasando a primera línea de batalla.
—¡Bobadas! —dijo Augusto, como siempre que se quedaba sin réplica.
—¡Vamos, querida, sosiégate! —exclamó Isabel acercándose a ella y sujetándola por los hombros—. ¡Es por tu bien! No comprendes que son veinticinco años los que cumplirás dentro de un mes. ¡No habrá más oportunidades! ¡Esta ocasión que se presenta ya es un auténtico milagro! Además, debes obedecer a tu padre —prosiguió echando a su marido una mirada recelosa.
—¿Milagro? ¡Arrojarme a un matrimonio convenido, a una unión sin amor y fracasada de antemano! Los enlaces concertados no han satisfecho a ninguno de los presentes. ¡Madre! Usted debería saberlo mejor que nadie —reaccionó Ada, como un gato acorralado.
—Otra falta de respeto como esa y sabrás lo que es temer a un padre —dijo Augusto tan cerca de ella que su saliva le salpicó la cara.
—¡Qué distinta sería mi vida si me hubiese marchado aquella noche! ¡Qué tranquila! ¡Qué dichosa! —exclamó.
—Sabes muy bien —dijo Augusto con el rostro encendido —que está terminantemente prohibido hablar de ese asunto en mi casa. ¿Es que no fue suficiente para ti conocer la desaprobación del cielo? ¡La muerte de aquel don nadie fue prueba de que la vara de Dios caía sobre vosotros! —dijo golpeando con violencia un puño sobre la mano abierta—. Te casarás con ese hombre si te escoge, y lo harás porque tus padres así lo desean. Es un hecho irrefutable y tan seguro como que mañana saldrá el sol. Lo quieras tú o no lo quieras, así será.
Ada escuchaba a su padre en silencio.
Cuando él la miraba con sus ojos fieros, apenas si podía respirar. Sin embargo, en aquella ocasión, y sin saber muy bien de dónde brotaba su coraje, proclamó en voz alta que no estaba dispuesta a obedecer.
—Calla. ¡Arpía! ¡Maleducada! ¿Cómo te atreves a dirigirte a mí en ese tono insolente? ¡Des-ver-gon-za-da! —gritó Augusto.
—¿Por qué no ha de quererme, padre? ¿Por qué no ha de querernos a todos? —preguntó Ada en un hilo de voz mientras los ojos se le humedecían.
La cólera transfiguró las facciones de Augusto. Por lo general no soportaba los sollozos, pero, en lo tocante a las mujeres, se mostraba inflexible. Estaba convencido de que su inocente tendencia al llanto era en realidad un arma muy poderosa, que todas ellas utilizaban a la menor oportunidad para doblegar la desvalida voluntad del hombre.
Nadie había visto llorar a Augusto. Ni siquiera el día que murió su madre. Y tanto Isabel como Ada o sus hermanos no lloraban nunca. Todos ellos habían sido educados para consumirse en una pena seca.
—¡Ocurra lo que ocurra, jamás lloréis! —les exigía a sus hijos cuando aún no eran capaces de sostenerse en pie por sí mismos.
Los Cárdenas eran una familia que no lloraba.
