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El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde es una obra maestra que explora la dualidad de la naturaleza humana a través de la historia del respetable Dr. Jekyll y su inquietante alter ego, Mr. Hyde. Stevenson utiliza un estilo narrativo cautivador, lleno de descripciones vívidas y una atmósfera gótica, que invita al lector a reflexionar sobre las tensiones entre el bien y el mal, así como las sombras de la vida urbana victoriana. Publicada en 1886, la novela encarna las preocupaciones de la época sobre la moralidad y la identidad, elementos que son explorados en la complejidad del propio protagonista, simbolizando la lucha interna del ser humano frente a la represión social. Robert Louis Stevenson, un autor escocés destacado del siglo XIX, fue influenciado por su propia vida y la fascinación por la psicología humana y la moralidad. Se crio en un contexto de rígidas normas victoriana, lo que reflejó en su obra, adentrándose en las profundidades de la mente humana. Sus intereses en la literatura, combinados con sus experiencias de vida, lo llevaron a cuestionar los límites de la identidad y las facetas ocultas de la naturaleza humana. Recomiendo encarecidamente El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde a cualquier lector interesado en la literatura que desafía la comprensión convencional de la ética y la moralidad. Esta novela no solo es una fascinante narrativa de terror, sino también una profunda reflexión sobre la condición humana, que permanecerá resonando en las mentes de quienes se atrevan a confrontar su espejo psicológico. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Bajo la superficie pulcra de una ciudad orgullosa late un corazón doble, que palpita a ritmos contradictorios. Esa fisura íntima —entre lo que mostramos y lo que ocultamos— es el territorio magnético de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Robert Louis Stevenson explora con sobriedad inquietante cómo la respetabilidad puede rozar el abismo, y cómo el impulso de conocer los límites de uno mismo abre puertas que quizás sería prudente no traspasar. No hay monstruos lejanos: el escenario es la conciencia humana, y el terror nace del reconocimiento de zonas propias que preferimos no mirar.
La obra es un clásico porque condensa, con precisión de fábula y vigor de relato de intriga, preguntas que no caducan. Su economía expresiva, su atmósfera de tensión deliberada y la claridad con que plantea la ambivalencia moral le han conferido una vida larga en la imaginación colectiva. El nombre de sus protagonistas ha trascendido el texto para convertirse en un emblema cultural de la doblez. Ese alcance no se debe solo a su célebre motivo, sino a la arquitectura narrativa que conduce al lector a interrogarse sobre el poder, el deseo, la responsabilidad y la fragilidad del yo.
El autor es Robert Louis Stevenson, escritor escocés de prosa ágil y talento para el ritmo narrativo, que compuso esta novela breve en 1885 y la vio publicada en 1886. La obra pertenece de lleno al fin de siglo victoriano, un momento de tensiones entre moral pública, avances científicos y vida urbana en expansión. Ambientada en Londres, la narración aprovecha el contraste entre calles respetables y rincones opacos, consultorios ordenados y umbrales ambiguos. Ese marco histórico y espacial no es mero decorado: condiciona las decisiones de sus personajes y dota a la historia de una densidad ética que aún interpela.
La premisa central se articula como un misterio. Un abogado sensato, el señor Utterson, percibe señales perturbadoras que vinculan a su estimado amigo, el doctor Henry Jekyll, con un personaje esquivo y violento, Edward Hyde. A partir de rumores, documentos y encuentros inquietantes, Utterson emprende una pesquisa para entender por qué un médico reputado mantiene relación con alguien tan temido. La novela administra la información con sobriedad, como un expediente que se arma pieza por pieza, y en ese avance controlado hace sentir al lector el peso de lo no dicho y la fuerza de las apariencias.
Entre los temas perdurables destaca la dualidad de la naturaleza humana. Stevenson sugiere que la identidad no es un bloque compacto, sino una constelación de impulsos que la sociedad moldea y disciplina. También plantea la fricción entre la curiosidad científica y los límites éticos, así como el conflicto entre reputación y deseo. Lejos de sermonear, la obra instala escenas que tensan la conciencia del lector: ¿qué precio exige la coherencia moral?, ¿qué ocurre cuando la disciplina externa silenciosa pasiones profundas?, ¿hasta dónde se puede experimentar con uno mismo sin alterar lo que nos mantiene íntegros?
El efecto literario procede de una combinación precisa de formas. Hay elementos góticos —espacios sombríos, presencias inquietantes, crímenes que rompen la calma— y recursos del relato de investigación, con un protagonista que reconstruye hechos mediante indicios. La voz serena de Utterson, con su prudencia profesional, contrasta con la violencia de ciertas irrupciones nocturnas. La prosa evita el exceso descriptivo y prefiere la insinuación; por eso el miedo no se impone desde afuera, sino que crece desde la duda. La estructura breve, sin desvíos, intensifica la sensación de inevitabilidad que acompaña a cada descubrimiento.
En el paisaje literario del siglo XIX, esta obra dialoga con tradiciones que exploran lo ominoso, pero desplaza lo sobrenatural hacia el interior del sujeto. Su cercanía con debates emergentes sobre la mente humana y el comportamiento la vuelve precursora de narrativas psicológicas del siglo XX. Su huella alcanza autores y corrientes que indagan la fractura del yo, la máscara social y la tentación de trascender límites morales mediante la técnica. El libro demuestra que el horror más eficaz no necesita criaturas ajenas a la razón: basta con mirar el claroscuro donde conviven norma y deseo.
Stevenson construye Londres como un mapa moral. Calles que se bifurcan, puertas que conectan ámbitos incompatibles, gabinetes que protegen reputaciones, plazas que exhiben compostura: cada espacio se lee como un signo. La repetición de umbrales y recorridos nocturnos produce un ritmo visual que acompasa el relato. La ciudad funciona como espejo de personajes cuya legalidad externa no neutraliza impulsos internos. El diseño de las escenas, con objetos que reaparecen y habitaciones que encierran secretos, anuda símbolo y trama sin subrayados didácticos, de modo que el lector descubre significados a la vez que sigue la intriga.
Desde su aparición, la novela obtuvo una recepción amplia y sostenida. Su brevedad la hizo accesible a diversos públicos y su planteamiento provocador generó discusión sobre moral, ciencia y responsabilidad individual. Se convirtió pronto en una referencia literaria reconocible incluso por quienes no la habían leído, un indicador de su circulación social. Ese éxito inicial no la volvió trivial: al contrario, fortaleció su capacidad de suscitar relecturas y análisis, porque bajo el relato nítido habita una compleja meditación sobre el carácter humano y las formas de la culpa.
El impacto cultural se percibe en la proliferación de adaptaciones escénicas y cinematográficas, en la presencia del motivo en cómics y series, y en el uso cotidiano del par de nombres para describir conductas contradictorias. Lejos de agotar el texto, esa difusión multiplicó las puertas de entrada. La obra sirvió de punto de partida para explorar la doble vida del individuo moderno y la presión de los roles. También influyó en la representación literaria del científico como figura ambivalente, impulsando relatos que examinan la promesa y la amenaza de la innovación aplicada a la propia persona.
Leer hoy El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde invita a una doble atención: la del enigma que avanza con paso seguro y la de la parábola que exige examen íntimo. Conviene atender a la prudencia de Utterson, a la economía con que se suministran datos, a los silencios donde se fermenta la inquietud. La tensión no reside solo en los hechos, sino en la pregunta sobre quiénes somos cuando nadie nos mira. La novela sugiere que la autoimagen civilizada puede quebrarse con facilidad, y que el daño ético rara vez comienza con un estallido, sino con una concesión mínima.
Su vigencia actual se explica por la persistencia de conflictos que el siglo XIX ya presentía: la pluralidad de identidades, las tentaciones de la tecnología aplicada al yo, la distancia entre lo que se exige mostrar y lo que se desea. En tiempos de vidas mediadas por pantallas y perfiles, la obra recuerda que el desajuste entre fachada y conciencia no es nuevo, pero sí urgente de comprender. Stevenson ofrece un espejo serio, sin moralejas simplistas. Allí radica su atractivo duradero: cada lector se reconoce en el claroscuro y, al cerrar el libro, se lleva preguntas que no lo abandonan.
Publicada en 1886, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson sitúa su intriga en un Londres victoriano de calles brumosas y reputaciones frágiles. El abogado Gabriel John Utterson, hombre sobrio y leal, escucha de su primo Enfield un episodio perturbador: un desconocido de aspecto inquietante atropelló a una niña y reparó el daño con un cheque firmado por un respetable caballero. La escena se vincula a una puerta siniestra en un barrio descuidado. La coexistencia de respetabilidad y sordidez despierta en Utterson una curiosidad profesional que pronto se convierte en preocupación moral.
Utterson relaciona el suceso con el testamento de su cliente y amigo, el médico Henry Jekyll, en el que figura un tal Edward Hyde como heredero y con poderes alarmantes en caso de ausencia del doctor. La cláusula resulta tan impropia que Utterson decide observar a Hyde. Al fin lo encuentra y percibe en él una cualidad indefinible que repele a quienes lo tratan. Temiendo por la seguridad y el honor de Jekyll, el abogado intenta intervenir. El doctor, cortés pero evasivo, le asegura que puede liberarse de Hyde cuando lo desee, y le ruega paciencia.
El círculo de Jekyll, donde también figura el médico Lanyon, revela fricciones científicas. Lanyon reprueba ciertos estudios de Jekyll por apartarse de métodos aceptados, y el tema queda como un desacuerdo delicado. Mientras tanto, Hyde continúa moviéndose por rincones oscuros de la ciudad, esquivo y mal visto. Jekyll ofrece cenas y muestra afecto por sus amigos, aunque evita comentar sus trabajos. Su casa, amplia y respetable por el frente, conecta con un antiguo laboratorio que da a la calle de la puerta descrita por Enfield. Esa arquitectura duplicada parece encarnar un orden público y un acceso privado.
Un hecho violento sacude Londres: un caballero de posición es atacado con brutalidad en una calle nocturna. La investigación conduce a la habitación de Hyde y a un bastón que Utterson reconoce como regalo a Jekyll. El sospechoso desaparece sin dejar rastro. Utterson confronta a su amigo, quien asegura haber roto con Hyde y le enseña una carta que parece confirmar la separación. No obstante, ciertos detalles materiales alimentan dudas sobre su origen y autenticidad. La tensión entre pruebas y apariencias se intensifica, y la servidumbre de Jekyll observa hábitos extraños, puertas cerradas y órdenes transmitidas por escrito.
Tras aquel episodio, Jekyll vuelve por un tiempo a la vida social, caritativo y sereno, como si hubiese recuperado el control. Sin embargo, ese respiro es breve. El doctor Lanyon cae súbitamente enfermo después de una experiencia que lo conmueve hasta lo indecible. Rehúsa hablar de ello y, antes de morir, deja un testimonio sellado para Utterson, con instrucciones precisas sobre cuándo abrirlo. El abogado, que respeta las formalidades, se ve atrapado entre la lealtad a los vivos y a los muertos, y percibe que los misterios personales de Jekyll se entrelazan con una investigación científica de alcance temerario.
El retraimiento de Jekyll se extrema. En una visita casual, Utterson y Enfield lo ven por la ventana del gabinete y notan un gesto de súbita angustia que les hiela la sangre. Desde entonces, el doctor evita toda compañía. Poole, mayordomo fiel, confiesa temer por su amo: afirma que la voz que responde tras la puerta no es la de Jekyll y que un individuo de movimientos furtivos ocupa el laboratorio. La casa, antes ordenada, se vuelve un escenario de sobresaltos, recados urgentes y botellas de sustancias que se agotan, como si una búsqueda química desesperada se estuviera llevando a cabo.
Alarmados por los indicios, Utterson y Poole toman una resolución drástica y fuerzan la entrada del gabinete. Dentro encuentran un espacio transformado por experimentos: hornos encendidos, polvos y una mesa con papeles que esperan al abogado. Lo que descubren no se presenta como un simple hallazgo policial, sino como un rompecabezas moral y científico. Entre los documentos hay instrucciones y relatos en primera persona que prometen explicar la cadena de acontecimientos. Es entonces cuando el relato abre una vía retrospectiva: la voz de un testigo y la del propio Jekyll reconstruyen la relación entre sus estudios y la figura de Hyde.
El núcleo temático se articula en torno a la dualidad de la naturaleza humana, el conflicto entre la respetabilidad pública y los impulsos que la sociedad reprime, y las ambiciones del conocimiento cuando traspasa límites éticos. La estructura, que combina investigación legal, observación urbana y confesiones escritas, sostiene una tensión sostenida sin precipitarse en explicaciones prematuras. Londres actúa como un organismo ambiguo, capaz de proteger y ocultar, donde la identidad puede fragmentarse entre fachadas y callejones. El lector acompaña a Utterson en su prudencia metódica, mientras la novela pregunta qué precio tiene disociar responsabilidades y separar, incluso artificialmente, motivaciones.
Sin resolver aquí sus desenlaces, la obra perdura por la claridad con que formula preguntas que exceden a su época: ¿es posible compartimentar el yo sin consecuencias?, ¿qué sucede cuando el método científico se orienta a alterar la conciencia más que a comprenderla?, ¿y qué papel juega la ciudad en esas metamorfosis sociales y personales? La economía narrativa de Stevenson, su manejo del misterio y su atención a los signos cotidianos del disimulo hacen del libro una referencia duradera. En tiempos presentes, su vigencia se reconoce en debates sobre identidad, adicción, responsabilidad y el frágil equilibrio entre deseo, reputación y ley.
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde apareció en 1886, en la Inglaterra victoriana tardía, y sitúa su acción en Londres, capital del imperio y símbolo de modernidad. El marco institucional lo dominan la monarquía constitucional, el Parlamento, la Iglesia de Inglaterra y, en el plano urbano, la policía metropolitana, los tribunales y las profesiones liberales. La ciudad condensaba tensiones entre progreso material y ansiedad moral. La obra se inscribe en ese paisaje de gabinetes jurídicos, consultorios médicos, clubes de caballeros y barrios con fama ambigua, donde la reputación lo era todo y el prestigio profesional servía de blindaje frente a la sospecha social.
La metrópolis era entonces la más grande del mundo occidental, resultado de décadas de urbanización acelerada y ampliación del trazado urbano mediante ferrocarriles y nuevas avenidas. La vida nocturna transcurría bajo faroles de gas y una niebla densa alimentada por carbón, que dificultaba la visibilidad y favorecía la sensación de anonimato. La segregación espacial entre zonas acomodadas y barrios populares era marcada. La novela aprovecha ese escenario de calles desiertas, portales idénticos y pasajes oscuros para explorar la coexistencia de lo respetable y lo sórdido, una geografía moral donde la apariencia externa y la circulación anónima permiten la disociación entre identidad pública y conducta privada.
En ese contexto, el mantenimiento del orden descansaba en la Policía Metropolitana (fundada en 1829) y en una cultura emergente de investigación criminal. Tras escándalos de corrupción, se reorganizó la policía detectivesca y se creó el Criminal Investigation Department en 1878. El periodismo sensacionalista amplificaba el miedo al delito urbano y alimentaba el gusto por el enigma. Aunque la novela evita la figura del detective profesional, recurre a un abogado metódico y a la recopilación de testimonios y documentos, reflejando el auge de la racionalidad indagadora: una ética de pesquisa cívica que confiaba en el archivo, la pericia y el testimonio para desentrañar lo oculto.
