El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde - Robert Louis Stevenson - E-Book

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde E-Book

Robert Louis Stevenson

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Beschreibung

Una novela que aborda un problema atemporal: la identidad del ser humano, la dualidad que todos llevamos en nuestro interior. «Permanecí unos momentos ante el espejo...», dice Henry Jekyll en su confesión. ¿Quién hay al otro lado del espejo?, parece querer averiguar. ¿Soy yo el que se refleja en él o es el otro que está dentro de mí? ¿Cómo soy realmente? ¿Cómo quiero ser? ¿Cómo creen los demás que soy? Todas estas preguntas se las planteó también Robert L. Stevenson cuando decidió escribir esta novela, que aborda un problema atemporal: la identidad del ser humano, la dualidad que todos llevamos en nuestro interior; en suma, el bien y el mal, tema tan viejo como la humanidad misma. Pero además, el autor no dejó de echar una mirada a la sociedad en la que le tocó vivir, para analizar si el hombre es libre de actuar como quiere o es su entorno el que condiciona su forma de vida. Obra, por tanto, que ni un segundo deja impasible al lector y cuyo interés mantiene en vilo hasta su última página.

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Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

Introducción

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Capítulo 1. Historia de una puerta

Capítulo 2. En busca de míster Hyde

Capítulo 3. El doctor Jekyll parecía tranquilo

Capítulo 4. El asesinato de Carew

Capítulo 5. El incidente de la carta

Capítulo 6. El asombroso suceso que le ocurrió al doctor Lanyon

Capítulo 7. El episodio de la ventana

Capítulo 8. La última noche

Capítulo 9. El relato del doctor Lanyon

Capítulo 10. La confesión de Henry Jekyll sobre el caso

Apéndice

Créditos

Gran Bretaña en la época de Robert Louis Stevenson

La vida de Robert Louis Stevenson (1850-1894) coincide sobradamente con el reinado de la reina Victoria, pues este duró de 1837 a 1901, sesenta y tres años. En este periodo, el Reino Unido está ya afianzado como gran potencia política y económica, extendiéndose sus colonias y su comercio con ellas por todo el globo. Son los años en que triunfan las teorías del libre cambio, esto es, la defensa de un mercado internacional libre de impuestos, propuesto por John Stuart Mill en sus Principios de economía política, 1848, y seguido por otro manual no menos importante, Utilitarismo, 1863, en el cual se identifica el bien con lo útil, de modo que será bueno todo lo que tiene como fin la utilidad. A esto debemos añadir que la moral que se propugna desde el poder es la burguesa, con sus valores: el orden, la virtud, la familia, la autoridad paterna, la casa, el dinero. Tenemos, pues, establecidas las pautas de la conducta social de la época.

Londres, la capital del reino, se convierte en una gran ciudad, con cuatro millones de habitantes a final de siglo; sin embargo, las diferencias entre las clases sociales eran enormes y la fortuna solo alcanzaba a unos pocos. Miles de inmigrantes abandonan el campo para buscar mejores condiciones de vida en las grandes ciudades, que viven ya los últimos estadios de la revolución industrial, que se había iniciado en la segunda mitad del siglo XVIII; pero Londres, donde se desarrolla la obra que vamos a leer, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, está todavía lejos de ser una ciudad floreciente. Está muy cerca de la deprimente que nos describe Charles Dickens, que muere en 1870, y que nuestro autor retrata con similares pinceladas: las plazas solitarias, las calles estrechas y oscuras, la humedad, los barrios bajos, las farolas de gas que no logran penetrar la niebla, los coches de punto de pasajeros tirados por caballos, pues los tranvías sobre raíles no se extenderían hasta la década de 1890… El bullicio de las grandes arterias durante el día contrasta con la inseguridad ciudadana de noche, pues aunque Scotland Yard se había fundado en 1829, sus miembros no eran tan sagaces como para poder competir con el eminente Sherlock Holmes; la prueba clara se tuvo en el espeluznante asesinato de varias prostitutas por el llamado Jack el Destripador en 1888, el cual quedó sin resolver. La prosperidad del reino era, por tanto, tan solo aparente y sin duda Stevenson quiso reflejar en su novela esa dualidad de la sociedad victoriana, convirtiendo su novela en una gran metáfora social y ética.

Por otra parte, este es el tiempo en que se prosiguen los avances científicos y geográficos. Charles Darwin publica en 1859 su polémica teoría sobre la evolución en El origen de las especies, tras su viaje por Sudamérica entre 1832 y 1835, dando al traste con la creencia tradicional de un Dios creador del universo. Louis Pasteur presenta en la Sorbona de París, en 1864, su teoría sobre la influencia de los gérmenes en las enfermedades infecciosas, iniciando así la microbiología. David Livingstone descubre las cataratas Victoria en el río Zambeze, en la actual Zimbabwe, en 1855, y las bautiza con el nombre de la reina. En 1860-61, los exploradores Robert O’Hara Burke y John Wills cruzan por primera vez Australia; de 1874 a 1877 Henry M. Stanley recorre el río Congo… Todavía no se ha llegado al polo norte, lo hará en 1909 el norteamericano Robert E. Peary, y el noruego Roald Amundsen alcanzará el polo sur en 1911.

El siglo XIX es una época de avances en la ciencia, de positivismo en filosofía, de mejoras sociales, de adelantos en todos los órdenes y, sin embargo, al acabar la centuria el hombre se siente profundamente infeliz. El progreso no le ha traído la felicidad y aparecen una serie de movimientos espirituales que saltan sobre la razón y lo material, y vuelven de alguna forma al Romanticismo. Estos darán lugar al Existencialismo y a las vanguardias. Esa dicotomía entre el desarrollo, la prosperidad, el bienestar, el éxito obtenido…, y la realidad interior en conflicto con uno mismo se refleja muy bien en la novela que nos ocupa y es la base de su trama argumental.

La literatura británica en este tiempo

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se publicó en 1886. En estos años, el Realismo como movimiento literario ha pasado, y en Europa triunfa el Naturalismo, con Émile Zola a la cabeza en Francia. Quizá en Inglaterra la autora que más se acerca al positivismo es George Eliot, con su novela Silas Marner (1861), en la que hace un análisis del mundo rural inglés, así como de la psicología de un personaje. Charles Dickens no ha dejado de escribir: Historia de dos ciudades (1859), Grandes esperanzas (1861)… Sin embargo, fue Lewis Carroll el triunfador en estos años con Alicia en el país de las maravillas (1865) y su continuación A través del espejo (1871). Un año después de publicar Stevenson nuestra novela, Conan Doyle publica Estudio en escarlata (1887), en la que da vida al más famoso de los detectives literarios, Sherlock Holmes. La novela policiaca era un nuevo género literario y se había puesto de moda desde que Edgar A. Poe publicó en Estados Unidos Los crímenes de la calle Morgue (1841).

Es difícil de catalogar El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, pues participa de los rasgos de varios tipos de novelas leídas y gustadas por los lectores de su tiempo. Es una novela policiaca o negra, ya que se produce un crimen y hay un detective que sigue unas pistas y pretende esclarecer unos hechos; puede ser definida como novela de terror, al igual que Frankenstein (1818) de Mary Shelley o lo será algo después Drácula de Bram Stoker (1897); se trata de una novela psicológica, como El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde (1890) o hasta de ciencia ficción, como Planilandia (Flatland) de Edwin Abbott (1884) o La máquina del tiempo de George H. Wells (1895). Hemos citado autores británicos; también podríamos añadir otros autores europeos, probablemente bien conocidos por Stevenson, como Fiodor Dostoievski: Crimen y castigo (1866), Julio Verne: Viaje al centro de la Tierra (1864) o De la Tierra a la Luna (1865) o Carlo Collodi: Pinocho (1882-83), cuyo protagonista es un muñeco que se convierte en niño.

La dualidad del ser

Con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde Stevenson aborda un problema que a él le preocupaba desde mucho antes de escribir esta obra. De hecho, en su drama La doble vida (1880) ya trata el tema del llamado clínicamente trastorno de identidad disociativa o de personalidad múltiple, que consiste en que una persona posee dos identidades distintas que ejerce de forma alternativa. Jekyll padece algunos de los síntomas propios de esta enfermedad mental, como son que una identidad acaba controlando a la otra y que una de ellas es antisocial, agresiva, mentirosa y no siente remordimientos por lo que hace; pero por ejemplo no pierde en ningún momento la memoria de lo que hace el otro, aunque sí acabará sufriendo ansiedad y depresión. Para conocer el origen de esta perturbación neurótica, a veces causada por un trauma en la infancia, los psiquiatras recurrían a la hipnosis o a los sedantes, hasta que Sigmund Freud, el eminente médico austriaco, padre del psicoanálisis, cambió la pauta de diagnóstico del paciente mediante los sueños, tal como expuso en La interpretación de los sueños (1900). Este tratado es posterior a la novela que nos ocupa, pero Stevenson coincide con Freud en muchos aspectos. Así Freud dice que la mente opera de acuerdo a tres niveles: el yo, el ello y el superyó. El ello se corresponde en la novela de Stevenson con Hyde y representa los impulsos primarios que se localizan en el subconsciente. El superyó es Jekyll, el otro, que reprime y contrarresta al ello de acuerdo a los principios morales que dicta la sociedad. Y el yo, que actúa de intermediario entre ambos, es el disfraz de doctor respetable que Jekyll ha creado de sí mismo. Un yo saludable sabe adaptarse a la realidad exterior y mantener el equilibrio entre los deseos e impulsos del ello y las normas restrictivas del superyó. No todas las personas reprimen los mismos impulsos, sino que esos tabúes o prohibiciones dependen de aspectos personales, sociales y culturales.

El mito del doble está presente en todas las culturas y, por supuesto, en la literatura, basta recordar a nuestro más universal personaje, Alonso Quijano y don Quijote. ¿Quién se refleja en el espejo cuando nos miramos? ¿Cómo somos? ¿Cómo nos gustaría ser? ¿Cómo piensan los demás que somos? En suma, el hombre nunca está conforme consigo mismo y esa eterna insatisfacción le provoca la angustia vital, que es la que le invade a finales del siglo XIX, en la época de Stevenson. Tampoco se siente a gusto con la sociedad en la que le ha tocado vivir, pues le obliga a ser hipócrita, a no ser sincero ni con él ni con los demás. Jekyll no quiere dejar de ser el caballero honorable y el prestigioso doctor que todos ven en él, pero al mismo tiempo siente un deseo irrefrenable de divertirse, de colmar sus deseos más vulgares, y eso le ha obligado a mantener una doble vida secreta desde su juventud. La presencia de Hyde será durante un tiempo la válvula de escape que le permitirá entregarse a sus vicios, dejando intacta la virtuosa máscara de Jekyll. Al principio todo va bien y está contentísimo con el logro que ha obtenido, pero finalmente este doble juego se le escapa de las manos y pagará un alto precio cuando quiera solucionar el problema que él mismo ha ocasionado.

En Jekyll se da otro tipo de trastorno mental y es el llamado médicamente TOC, esto es, trastorno obsesivo compulsivo, que consiste en no poder reprimir determinada obsesión, en su caso la inclinación hacia el sexo y otros placeres prohibidos, que la sociedad victoriana no le permite satisfacer libremente y a la luz. Y aunque él intenta esconder esa tendencia incontenible con rituales como la dedicación a su tarea, la medicina, su carencia le crea una ansiedad y un estrés que son el motivo de que vuelva a caer, como él dice, en la tentación de resucitar al ser oculto que lleva dentro, Hyde.

El bien y el mal

He aquí la gran pregunta: ¿Qué son el bien y el mal? Difícil respuesta, por varias razones: A) Todos nosotros tenemos en nuestro interior una parte buena y otra mala, y ambas conviven, quedando la mala generalmente reprimida por nuestras convicciones religiosas o morales y por las normas o leyes sociales. B) Las propias personas son para unos buenas y para otros son malas, según su punto de vista y según su comportamiento para con los demás. C) No siempre actuamos de acuerdo a lo que nos dicta nuestra conciencia, sino al qué dirán los demás; de modo que nuestra conducta no es coherente. D) En resumen, la perfección no existe y quizá tampoco deba existir, porque el hombre perdería su misma esencia y se convertiría en un robot. En este sentido, la tesis o enseñanza que podemos sacar de la obra es que tenemos que aceptar la dualidad de nuestra personalidad y tratar de controlar nuestros impulsos negativos para poder convivir en paz con nosotros mismos y con nuestros semejantes.

Todas las religiones tratan de distinguir entre el bien, al que premian, y el mal, al que castigan. La religión cristiana les pone nombre, el bien es Dios y el mal, Satanás. En la mitología clásica romana, el dios Jano es bifronte, es decir, tiene dos caras, que representan los polos opuestos: vida/muerte; civilización/caos, etc. En las religiones orientales los dos conceptos antagónicos son el yin y el yang, que representan todo lo existente en el universo: la luz y la oscuridad, el calor y el frío, lo masculino y lo femenino, la actividad y la pasividad, etc. Cada ser, objeto o pensamiento contiene estas dos partes, de tal modo que nada existe en estado puro, sino en continua transformación. También los filósofos han tratado de explicar estos principios, pero no han coincidido en sus planteamientos; así, para Aristóteles (siglo IV a. n. e.) el bien coincide con la felicidad y el bien común es algo que se logra con la política; mientras que para el hedonista Epicuro (siglo IV a. n. e.) el bien radica en el placer sensual. Rousseau (siglo XVIII) pensaba que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe.

Robert Stevenson ve el bien y el mal, Jekyll y Hyde, como dos caras de una misma personalidad. Intentará disociarlos, pero al final ambos volverán a unirse indisolublemente. Durante un tiempo, no obstante, cada uno va por libre; si bien, como la sociedad impone sus reglas de comportamiento, Jekyll, el bueno, actúa a la luz del día y ante el público, mientras que Hyde, el malo, se ampara en la noche y las sombras para recorrer los bajos fondos, las calles oscuras de la ciudad y cometer las tropelías que la buena sociedad prohíbe.

Las fuentes

Cuando Stevenson se decide a escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en 1886, cuenta con una serie de factores que le sirven de antecedentes. En primer lugar, su propia ciudad de Edimburgo por aquellos tiempos se había convertido en un importante centro receptor de inmigrantes pobres y hambrientos, que ocuparon los barrios viejos de la parte antigua, mientras que la burguesía respetable y culta vivía en la parte nueva. Esta dualidad social se reflejaba, pues, muy bien en la gran urbe. Edimburgo contaba además con una prestigiosa universidad y esta turba de harapientos se dedicaba, entre otros menesteres, a robar cadáveres en los cementerios para venderlos al Departamento de Anatomía de la Facultad de Medicina, cuyo jefe era el honorable doctor Knox, que pudo inspirar a Stevenson para el doctor Jekyll, mientras que a la cabeza de estos traficantes del hampa se encontraba un tal William Burke, que acabó siendo ejecutado y pudo inspirar a Stevenson para Hyde.

Otro ejemplo de dualidad que también le pudo servir de base fue el de un honesto carpintero y albañil, concejal del Ayuntamiento, muy valorado en la ciudad por su trabajo: Deacon Brodie. Vivió a finales del siglo XVIII e hizo algunos trabajos en la casa de los Stevenson. Llevaba una doble vida, pues de noche robaba en las casas donde era llamado de día con una llave que se había procurado. Brodie también acabó ahorcado. La historia de este individuo sirvió a nuestro autor para escribir su pieza teatral La doble vida.

¿Puede hablarse de determinismo biológico, geográfico, social, económico, educacional, religioso… en los actos de estos hombres? Durante siglos se han discutido mucho estas teorías de la predestinación y el libre albedrío, esto es, la libertad del hombre para escoger el camino de su vida. La respuesta siempre ha quedado abierta.

Un hecho más que pudo azuzar su imaginación fue el siguiente: En 1855, cuando Stevenson tenía cinco años, se produjo un extraño suceso en el condado de Devon, Devonshire, al suroeste de Inglaterra, que bien pudo ser relatado en su casa familiar y a él le impactó. Aparecieron en la nieve las huellas de un animal desconocido, en línea recta y a 20 cm unas de otras, por lo que eran difíciles de identificar como pasos. Se extendían por 150 km a la redonda y en ocasiones continuaban tras saltar muros de hasta 6 m de altura y tejados. Todo sucedió en una sola noche. Tanto los aldeanos como un paleontólogo trataron de buscar a la criatura que los había originado, pero no dieron con ella. Inmediatamente la imaginación popular convirtió el hecho en leyenda y la gente empezó a hablar del demonio de Devonshire.

Y es que en la tradición popular el demonio es un ser presente en cuentos, leyendas y fiestas. Si nos fijamos en estas últimas, es curioso que la palabra «cohete» de nuestros fuegos artificiales proviene del antiguo francés «cohet», que significa «diablo», debido a que los hombres se disfrazaban de diablos e iban tirando petardos y bengalas por las calles para asustar a las gentes; el pueblo entendió que los cohetes se referían a los fuegos y su nombre sufrió una traslación semántica. Hoy día, fiestas de diablos y fuegos tenemos por todos los países, así el «correfoc» de Cataluña, Valencia y Baleares, los «mamuthones» de Cerdeña o los diablos danzantes de Venezuela.

La base de esta tradición no deja de ser la lucha entre el bien y el mal. Otros seres malignos que guardan una clara relación con el mito del doble son: el hombre lobo, que cuando sale la luna llena se transforma en lobo y mata a sus convecinos, y los vampiros.

En literatura podemos mencionar en la línea que estamos viendo las siguientes obras, que pudieron ser conocidas por Stevenson: El condenado por desconfiado (1635) de Tirso de Molina, Los elixires del diablo (1815) de Ernst Theodor A. Hoffmann, la ya mencionada Frankenstein (1818) de Mary Shelley, El doble (1846) de Fiodor Dostoievski, El caballero doble (1863) de Théophile Gautier.

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