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En un aislado pueblo de pescadores en la costa danesa, la comunidad practica, en el sentido más estricto, los principios religiosos que el pastor ha predicado durante años. Cuando éste muere, sus dos hijas continúan adelante con su obra y su palabra. En 1871, durante la guerra franco-prusiana, una joven francesa encuentra refugio en el austero hogar de las dos hermanas. Su llegada al pueblo representa la aparición del extraño en el paraíso. A pesar de que la joven convive durante catorce años con ellos, los fieles adeptos a la palabra de Dios la consideran un ente ajeno a la gracia divina. Un día, Babette desea agradecer su hospitalidad ofreciéndoles un banquete en honor del difunto padre...
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Seitenzahl: 62
Veröffentlichungsjahr: 2016
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EL FESTÍN DE BABETTE
Isak Dinesen
Ilustraciones de Noemí Villamuza
Título original: «Babettes Gæstebud»
© Del texto: Karen Blixen & Gyldendalske Boghandel, Nordisk Forlag A/S, Copenhagen 1952.
Publicado por acuerdo con Gyldendal Group Agency
© De las ilustraciones: Noemí Villamuza
© Traducción cedida por Santillana Ediciones Generales, S.L.
Edición en ebook: mayo de 2016
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16440-92-4
Diseño de colección: Diego Moreno
Corrección ortotipográfica: Ana Patrón
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
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Para Elisa, Jaime y Darío,
Isak Dinesen, Karen Christence Blixen-Finecke
(Rungstedlund, 1885-1962)
Karen Christence Blixen-Finecke. Escritora danesa. De raigambre aristocrática, se casó con su primo, con quien se dedicó en Kenia al cultivo de café. La pareja se divorció en 1925 y ella quedó a cargo de la plantación hasta que por la caída de los precios en 1931 se vio obligada a venderla y regresar a Dinamarca. Si bien ya había publicado algunos trabajos, es entonces cuando comienza su carrera literaria bajo diversos seudónimos, el más conocido de los cuales es Isak Dinesen, con el que publicó una serie de apuntes autobiográficos sobre su vida en África. Fue una magnífica escritora de cuentos y entre sus libros destacan Cuentos de invierno, Siete cuentos góticos y Anécdotas del destino. En esta misma colección hemos publicado Carnaval y otros cuentos, y en nuestra colección de libros ilustrados ha aparecido El festín de Babette
Noemí Villamuza
(Palencia, 1971)
Durante su infancia pasaba ratos estupendos dibujando, así que, llegado el momento, se fue a Salamanca a estudiar Bellas Artes. Vive en Barcelona desde el año 1998, utiliza bicicleta o metro para moverse por la ciudad y trabaja como ilustradora y profesora de futuros ilustradores.
Ya lleva más de veinticinco libros publicados, uno de ellos fue Premio Finalista Nacional del Ministerio de Cultura, y otros han sido editados en Corea, Estados Unidos o Japón... En 2007 recibió el Premio Junceda por sus ilustraciones para El festín de Babette.
Le gustan mucho los lápices suaves, vestirse de rojo y desayunar fuera de casa.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Autor
Ilustraciones
I. Dos damas de Berlevaag
II. El amor de Martine
III. El amor de Philippa
IV. Una carta de París
V. Vida callada
VI. La suerte de Babette
VII. La tortuga
VIII. El himno
IX. El general Loewenhielm
X. La cena de Babette
XI. El discurso del general
I. Dos damas de Berlevaag
En Noruega hay un fiordo —o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas— llamado de Berlevaag. Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.
Hace sesenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas. Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martín Lutero y Philip Melanchton. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no eran sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.
El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían algo quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del deán desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.
Estas dos damas tenían una criada francesa, Babette. Resultaba extraño en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción.
Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.
II. El amor de Martine
De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gente se volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán el amor terreno, y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que en lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¿Quién querría privarle de ellas? Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.
Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior a Berlevaag.
Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Berlevaag, a fin de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. Bajó la mirada hacia la preciosa joven, y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus propios ojos.
