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El filibusterismo es la segunda novela de José Rizal y está dedicada a la memoria de los Mártires de 1872, Francisco Gómez, José Burgos y Jacinto Zamora. Es una continuación de Noli me tangere y está ambientada trece años después de los acontecimientos descritos en aquella. Rizal empezó a escribir su novela en 1887. El manuscrito se terminó el 29 de marzo de 1891, en Biarritz. Los pocos ejemplares que llegaron a Filipinas fueron interceptados por la censura. Luego, a su regreso a las islas en junio del año siguiente, a Rizal lo acusaron de promover la causa separatista. Este libro trata sobre el regreso a Filipinas del principal personaje de la novela Noli me tangere, Crisóstomo Ibarra. Regresa convertido en el rico y famoso joyero Simoun. Desilusionado por los abusos de los españoles, Ibarra convence a Basilio para que detone una bomba en una reunión social, señalando el principio de una revolución. La novela muestra un dilema, vivido por el propio Rizal. ¿La violencia puede ser la solución a la injusticia o es posible conseguir cambios sociales mediante posiciones pacifistas? La obra de Rizal inspiró la revolución filipina de 1896 y representó el primer paso hacia las reformas. Estas finalmente desembocaron en la independencia del país. Noli me tangerey El filibusterismo son obras no solo de valor literario, son cimientos de la formación del carácter nacional filipino.
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Seitenzahl: 523
Veröffentlichungsjahr: 2010
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José Rizal
El filibusterismo Continuación de Noli Me Tangere
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: El filibusterismo.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-530-0.
ISBN rústica: 978-84-9953-093-2.
ISBN ebook: 978-84-9953-092-5.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 9
La vida 9
Novela Filipina 11
I. Sobre-cubierta 13
II. Bajo-cubierta 23
III. Leyendas 30
IV. Cabesang Tales 36
V. La Nochebuena de un cochero 45
VI. Basilio 51
VII. Simoun 57
VIII. ¡Buenas pascuas! 68
IX. Pilatos 71
X. Riqueza y miseria 73
XI. Los baños 83
XII. Plácido penitente 97
XIII. La clase de física 105
XIV. Una casa de estudiantes 116
XV. El señor Pasta 127
XVI. Las tribulaciones de un chino 135
XVII. La feria de Kiapò 145
XVIII. Supercherías 150
XIX. La mecha 158
XX. El ponente 168
XXI. Tipos manilenses 176
XXII. La función 186
XXIII. Un cadáver 199
XXIV. Sueños 206
XXV. Risas-llantos 215
XXVI. Pasquinadas 223
XXVII. El fraile y el filipino 229
XXVIII. Tatakut 239
XXIX. Últimas palabras sobre capitán Tiago 247
XXX. Julî 250
XXXI. El alto empleado 259
XXXII. Efectos de los pasquines 265
XXXIII. La última razón 269
XXXIV. Las bodas 276
XXXV. La fiesta 280
XXXVI. Apuros de Ben Zayb 288
XXXVII. El misterio 294
XXXVIII. Fatalidad 299
XXXIX 304
Libros a la carta 315
Brevísima presentación
La vida
José Protacio Rizal Mercado y Alonso Realonda (19 de junio de 1861, Calamba-30 de diciembre de 1896, Manila), fue patriota, médico y hombre de letras inspirador del nacionalismo de su país.
Rizal era hijo de un próspero propietario de plantaciones azucareras de origen chino. Su madre, Teodora Alonso, fue una de las mujeres más cultas de su época.
La formación de José Rizal transcurrió en el Ateneo de Manila, la Universidad de Santo Tomás de Manila y la de Madrid, donde estudió medicina.
Más tarde estudió en París y Heidelberg.
Noli me Tangere, su primera novela, fue publicada en 1886, seguida de El Filibusterismo, en 1891. Por entonces editó en Barcelona el periódico La Solidaridad en el que postuló sus tesis políticas.
Pese a las advertencias de sus amigos, Rizal decidió regresar a su país en 1892. Allí encabezó un movimiento de cambio no violento de la sociedad que fue llamado «La Liga Filipina». Deportado a una isla al sur de Filipinas, fue acusado de sedición en 1896 y ejecutado en público en Manila.
Novela Filipina
Fácilmente se puede suponer que un filibustero ha hechizado en secreto a la liga de los fraileros y retrógrados para que, siguiendo inconscientes sus inspiraciones, favorezcan y fomenten aquella política que solo ambiciona un fin: extender las ideas del filibusterismo por todo el país y convencer al último filipino de que no existe otra salvación fuera de la separación de la Madre Patria.
Ferdinand Blumentritt.
A la memoria de los presbíteros, don Mariano Gómez (ochenta y cinco años), don José Burgos (treinta años) y don Jacinto Zamora (treinta y cinco años).
Ejecutados en el patíbulo de Bagumbayan,
el 28 de febrero de 1872.
La Religión, al negarse a degradaros, ha puesto en duda el crimen que se os ha imputado; el Gobierno, al rodear vuestra causa de misterio y sombras, hace creer en algún error, cometido en momentos fatales, y Filipinas entera, al venerar vuestra memoria y llamaros mártires, no reconoce de ninguna manera vuestra culpabilidad.
En tanto, pues, no se demuestre claramente vuestra participación en la algarada caviteña, hayáis sido o no patriotas, hayáis o no abrigado sentimientos por la justicia, sentimientos por la libertad, tengo derecho a dedicaros mi trabajo como a víctimas del mal que trato de combatir. Y mientras esperamos que España os rehabilite un día y no se haga solidaria de vuestra muerte, sirvan estas páginas como tardía corona de hojas secas sobre vuestras ignoradas tumbas, y todo aquel que sin pruebas evidentes ataque vuestra memoria, ¡que en vuestra sangre se manche las manos!
J. Rizal.
I. Sobre-cubierta
Sic itur ad astra.
En una mañana de diciembre, el vapor Tabo subía trabajosamente el tortuoso curso del Pásig conduciendo numerosos pasajeros hacia la provincia de la Laguna. Era el vapor de forma pesada, casi redonda como el tabù de donde deriva su nombre, bastante sucio a pesar de sus pretensiones de blanco, majestuoso y grave a fuerza de andar con calma. Con todo, le tenían cierto cariño en la comarca, quizás por su nombre tagalo o por llevar el carácter peculiar de las cosas del país, algo así como un triunfo sobre el progreso, un vapor que no era vapor del todo, un organismo inmutable, imperfecto pero indiscutible, que, cuando más quería echárselas de progresista, se contentaba soberbiamente con darse una capa de pintura.
Y ¡si el dichoso vapor era genuinamente filipino! ¡Con un poquito de buena voluntad hasta se le podía tomar por la nave del Estado, construida bajo la inspección de Reverendas e Ilustrísimas personas!
Bañada por el Sol de la mañana que hacía vibrar las ondas del río y cantar el aire en las flexibles cañas que se levantan en ambas orillas, allá va su blanca silueta agitando negro penacho de humo ¡la nave del Estado, dicen, humea mucho también...! El silbato chilla a cada momento, ronco e imponente como un tirano que quiere gobernar a gritos, de tal modo que dentro nadie se entiende. Amenaza a cuanto encuentra; ora parece que va a triturar los salambaw, escuálidos aparatos de pesca que en sus movimientos semejan esqueletos de gigantes saludando a una antidiluviana tortuga; ora corre derecho ya contra los cañaverales, ya contra los anfibios comederos o kárihan, que, entre gumamelas y otras flores, parecen indecisas bañistas que ya con los pies en el agua no se resuelven aún a zambullirse; a veces, siguiendo cierto camino señalado en el río por troncos de caña, anda el vapor muy satisfecho, mas, de repente un choque sacude a los viajeros y les hace perder el equilibrio: ha dado contra un bajo de cieno que nadie sospechaba...
Y, si el parecido con la nave del Estado no es completo aún, véase la disposición de los pasajeros. Bajo-cubierta asoman rostros morenos y cabezas negras, tipos de indios, chinos y mestizos, apiñados entre mercancías y baúles, mientras que allá arriba, sobre-cubierta y bajo un toldo que les protege del Sol, están sentados en cómodos sillones algunos pasajeros vestidos a la europea, frailes y empleados, fumándose sendos puros, contemplando el paisaje, sin apercibirse al parecer de los esfuerzos del capitán y marineros para salvar las dificultades del río.
El capitán era un señor de aspecto bondadoso, bastante entrado en años, antiguo marino que en su juventud y en naves más veleras se había engolfado en más vastos mares y ahora en su vejez tenía que desplegar mayor atención, cuidado y vigilancia para orillar pequeños peligros... Y eran las mismas dificultades de todos los días, los mismos bajos de cieno, la misma mole del vapor atascada en las mismas curvas, como una gorda señora entre apiñada muchedumbre, y por eso a cada momento tenía el buen señor que parar, retroceder, ir a media máquina enviando, ora a babor ora a estribor, a los cinco marineros armados de largos tikines para acentuar la vuelta que el timón ha indicado. ¡Era como un veterano que, después de guiar hombres en azarosas campañas, fuese en su vejez ayo de muchacho caprichoso, desobediente y tumbón!
Y doña Victorina, la única señora que se sienta en el grupo europeo, podrá decir si el Tabo era tumbón desobediente y caprichoso, doña Victorina que como siempre está nerviosa, lanza invectivas contra los cascos, bankas, balsas de coco, indios que navegan, ¡y aun contra las lavanderas y bañistas que la molestan con su alegría y algazara! Sí, el Tabo iría muy bien si no hubiese indios en el río, ¡indios en el país, sí! si no hubiese ningún indio en el mundo, sin fijarse en que los timoneles eran indios, indios los marineros, indios los maquinistas, indios las noventa y nueve partes de los pasajeros e india ella misma también, si le raspan el blanquete y la desnudan de su presumida bata. Aquella mañana, doña Victorina estaba más inaguantable que nunca porque los pasajeros del grupo hacían poco caso de ella, y no le faltaba razón porque consideren ustedes: encontrarse allí tres frailes convencidos de que todo el mundo andaría al revés el día en que ellos anduviesen al derecho; un infatigable don Custodio que duerme tranquilo, satisfecho de sus proyectos; un fecundo escritor como Ben Zayb (anagrama de Ibáñez) que cree que en Manila se piensa porque él, Ben Zayb, piensa; un canónigo como el padre Irene que da lustre al clero con su faz rubicunda bien afeitada donde se levanta una hermosa nariz judía, y su sotana de seda de garboso corte y menudos botones; y un riquísimo joyero tal como Simoun que pasa por ser el consultor y el inspirador de todos las actos de S. E. el capitán general, consideren ustedes que encontrarse estas columnas sine quibus non del país, allí agrupaditas en agradable charla y no simpatizar con una filipina renegada, que se tiñe los cabellos de rubio, ¡vamos! que hay para hacer perder la paciencia a una Joba, nombre que doña Victorina se aplica siempre que las ha con alguno.
Y el mal humor de la señora se aumentaba cada vez que gritando el capitán ¡baborp! ¡estriborp! sacaban rápidamente los marineros sus largos tikines, los hincaban ya en una y en otra orilla, impidiendo, con el esfuerzo de sus piernas y sus hombros, a que el vapor diese en aquella parte con su casco. Vista así la nave del Estado, diríase que de tortuga se convertía en cangrejo cada vez que un peligro se acercaba.
—Pero, capitán, ¿por qué sus estúpidos timoneles se van por ese lado? —preguntaba muy indignada la señora.
—Porque allí es muy bajo, señora —contestaba el capitán con mucha pausa y guiñando lentamente el ojo.
El capitán había contraído esta pequeña costumbre como para decir a sus palabras que salgan: ¡despacio, muy despacio!
—¡Media máquina, vaya, media máquina! —protesta desdeñosamente doña Victorina; ¿por qué no entera?
—Porque navegaríamos sobre esos arrozales, señora —contesta imperturbable el capitán sacando los labios para señalar las sementeras y haciendo dos guiños acompasados.
Esta doña Victorina era muy conocida en el país por sus extravagancias y caprichos. Frecuentaba mucho la sociedad y se la toleraba siempre que se presentaba con su sobrina, la Paulita Gómez, bellísima y riquísima muchacha, huérfana de padre y madre, y de quien doña Victorina era una especie de tutora. En edad bastante avanzada se había casado con un infeliz llamado don Tiburcio de Espadaña, y en los momentos en que la vemos, lleva ya quince años de matrimonio, de cabellos postizos y traje semi-europeo. Porque toda su aspiración fue europeizarse, y desde el infausto día de su casamiento, gracias a tentativas criminales; ha conseguido poco a poco transformarse de tal suerte que a la hora presente Quatrefages y Virchow juntos no sabrían clasificarla entre las razas conocidas. Al cabo de tantos años de matrimonio, su esposo que la había sufrido con resignación de fakir sometiéndose a todas sus imposiciones, tuvo un aciago día el fatal cuarto de hora, y le administró una soberbia paliza con su muleta de cojo. La sorpresa de la señora Joba ante semejante inconsecuencia de carácter hizo que por de pronto no se apercibiese de los efectos inmediatos y solo, cuando se repuso del susto y su marido se hubo escapado, se apercibió del dolor guardando cama por algunos días con gran alegría de la Paulita que era muy amiga de reír y burlarse de su tía. En cuanto al marido, espantado de su impiedad que le sonaba a horrendo parricidio, perseguido por las furias matrimoniales (los dos perritos y el loro de la casa) diose a huir con toda la velocidad que su cojera le permitía, subió en el primer coche que encontró, pasó a la primera banka que vio en un río, y, Ulises filipino, vaga de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, de isla en isla seguido y perseguido por su Calipso con quevedos, que aburre a cuantos tienen la desgracia de viajar con ella. Ha tenido noticia de que él se encontraba en la provincia de la Laguna, escondido en un pueblo, y allá va ella a seducirle con sus cabellos teñidos.
Los combarcanos habían tomado el partido de defenderse, sosteniendo entre sí animada conversación, discutiendo sobre cualquier asunto. En aquel momento por las vueltas y revueltas del río, hablábase de su rectificación y naturalmente de los trabajos de las Obras del Puerto.
Ben Zayb, el escritor que tenía cara de fraile, disputaba con un joven religioso que a su vez tenía cara de artillero. Ambos gritaban, gesticulaban, levantaban los brazos, abrían las manos, pateaban, hablaban de niveles, de corrales de pesca, del río de S. Mateo, de cascos, de indios, etc., etc. con gran contento de los otros que les escuchaban y manifiesto disgusto de un franciscano de edad, extraordinariamente flaco y macilento, y de un guapo dominico que dejaba... dejaba vagar por sus labios una sonrisa burlona.
El franciscano flaco que comprendía la sonrisa del dominico quiso cortar la disputa interviniendo. Debían respetarle sin duda porque con una señal de la mano cortó la palabra a ambos en el momento en que el fraile-artillero hablaba de experiencia y el escritor-fraile de hombres de ciencia.
—Los hombres de ciencia, Ben Zayb, ¿sabe usted lo que son? —dijo el franciscano con voz cavernosa sin moverse casi en su asiento y gesticulando apenas con las descarnadas manos—. Allí tiene usted en la provincia el puente del Capricho, construido por un hermano nuestro, y que no se terminó porque los hombres de ciencia, fundándose en sus teorías, lo tacharon de poco sólido y seguro, y ¡mire usted! ¡Está el puente que resiste a todas las inundaciones y terremotos!
—¡Eso, puñales, eso precisamente, eso iba yo a decir! —exclamó el fraile-artillero pegando puñetazos en los brazos de su silla de caña—; ¡eso, el puente del Capricho y los hombres de ciencia; eso iba yo a decir, padre Salví, puñales!
Ben Zayb se quedó callado, medio sonriendo, bien sea por respeto o porque realmente no supiese qué replicar, y sin embargo, ¡él era la única cabeza pensante en Filipinas! —el padre Irene aprobaba con la cabeza frotando su larga nariz.
El padre Salví, aquel religioso flaco y descarnado, como satisfecho de tanta sumisión continuó en medio del silencio.
—Pero esto no quiere decir que usted no tenga tanta razón como el padre Camorra —que así se llamaba el fraile-artillero—; el mal está en la laguna...
—¡Es que no hay ninguna laguna decente en este país! —intercaló doña Victorina, verdaderamente indignada y disponiéndose a dar otro asalto para entrar en la plaza.
Los sitiados se miraron con terror y, con la prontitud de un general, el joyero Simoun acudió:
—El remedio es muy sencillo —dijo con un acento raro, mezcla de inglés y americano del Sur—; y yo verdaderamente no sé cómo no se le ha ocurrido a nadie.
Todos se volvieron prestándole la mayor atención, incluso el dominico. El joyero era un hombre seco, alto, nervudo, muy moreno que vestía a la inglesa y usaba un casco de tinsin. Llamaban en él la atención los cabellos largos, enteramente blancos que contrastaban con la barba negra, rala, denotando un origen mestizo. Para evitar la luz del Sol usaba constantemente enormes anteojos azules de rejilla, que ocultaban por completo sus ojos y parte de sus mejillas, dándole un aspecto de ciego o enfermo de la vista. Se mantenía de pie con las piernas separadas como para guardar el equilibrio, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.
—El remedio es muy sencillo —repitió—, ¡y no costaría un cuarto!
La atención se redobló. Se decía en los círculos de Manila que aquel hombre dirigía al general y todos veían ya el remedio en vías de ejecución. El mismo don Custodio se volvió.
—Trazar un canal recto desde la entrada del río a su salida, pasando por Manila, esto es, hacer un nuevo río canalizado y cerrar el antiguo Pásig. ¡Se economiza terreno, se acortan las comunicaciones, se impide la formación de bancos!
El proyecto dejó atontados a casi todos, acostumbrados a tratamientos paliativos.
—¡Es un plan yankee! —observó Ben Zayb que quería agradar a Simoun. El joyero había estado mucho tiempo en la América del Norte.
Todos encontraban grandioso el proyecto y así lo manifestaban en sus movimientos de cabeza. Solo don Custodio, el liberal don Custodio, por su posición independiente y sus altos cargos, creyó deber atacar un proyecto que no venía de él —¡aquello era una usurpación!— y tosió, se pasó las manos por los bigotes y con su voz importante y como si se encontrase en plena sesión del Ayuntamiento, dijo:
—Dispénseme el señor Simoun, mi respetable amigo, si le digo que no soy de su opinión; costaría muchísimo dinero y quizás tuviésemos que destruir poblaciones.
—¡Pues se destruyen! —contestó fríamente Simoun.
—¿Y el dinero para pagar a los trabajadores...?
—No se pagan. Con los presos y los presidiarios...
—¡Ca! ¡no hay bastante, señor Simoun!
—Pues si no hay bastante, que todos los pueblos, que los viejos, los jóvenes, los niños trabajen, en vez de los quince días obligatorios, tres, cuatro, cinco meses para el Estado, ¡con la obligación además de llevar cada uno su comida y sus instrumentos!
Don Custodio, espantado, volvió la cara para ver si cerca había algún indio que les pudiese oír. Afortunadamente los que allí se encontraban eran campesinos, y los dos timoneles parecían muy ocupados con las curvas del río.
—Pero, señor Simoun...
—Desengáñese usted, don Custodio —continuó Simoun secamente—; solo de esa manera se ejecutan grandes obras con pocos medios. Así se llevaron a cabo las Pirámides, el lago Mœris y el Coliseo en Roma. Provincias enteras venían del desierto cargando con sus cebollas para alimentarse; viejos, jóvenes y niños trabajaban acarreando piedras, labrándolas y cargándolas sobre sus hombros, bajo la dirección del látigo oficial; y después, volvían a sus pueblos los que sobrevivían, o perecían en las arenas del desierto. Luego venían otras provincias, y luego otras, sucediéndose en la tarea durante años; el trabajo se concluía y ahora nosotros los admiramos, viajamos, vamos al Egipto y a Roma, enzalzamos a los Faraones, a la familia Antonina... Desengáñese usted; los muertos muertos se quedan y solo al fuerte le da la razón la posteridad.
—Pero, señor Simoun, semejantes medidas pueden provocar disturbios —observó don Custodio—, inquieto por el giro que tomaba el asunto.
—¡Disturbios, ja ja! ¿Se rebeló acaso el pueblo egipcio alguna vez, se rebelaron los prisioneros judíos contra el piadoso Tito? ¡Hombre, le creía a usted más enterado en historia!
¡Está visto que aquel Simoun o era muy presumido o no tenía formas! Decir al mismo don Custodio en su cara que no sabía historia, ¡es para sacarle a cualquiera de sus casillas! Y así fue, don Custodio se olvidó y replicó:
—¡Es que no está usted entre egipcios ni judíos!
—Y este país se ha sublevado más de una vez —añadió el dominico con cierta timidez—; en los tiempos en que se les obligaba a acarrear grandes árboles para la construcción de navíos, si no fuera por los religiosos...
—Aquellos tiempos están lejos —contestó Simoun riéndose más secamente aún de lo que acostumbraba—; estas islas no volverán a sublevarse por más trabajos e impuestos que tengan... ¿No me ponderaba usted padre Salví —añadió dirigiéndose al franciscano delgado— la casa y el hospital de Los Baños donde ahora se encuentra su Excelencia?
El padre Salví hizo un movimiento con la cabeza y miró extrañando la pregunta.
—¿Pues no me había dicho usted que ambos edificios se levantaron obligando a los pueblos a trabajar en ellos bajo el látigo de un lego? ¡Probablemente el Puente del Capricho se construyó de la misma manera! Y digan ustedes, ¿se sublevaron estos pueblos?
—Es que... se sublevaron antes —observó el dominico—; y ¡ab actu ad posse valet illatio!
—¡Nada, nada, nada! —continuó Simoun disponiéndose a bajar a la cámara por la escotilla—; lo dicho, dicho. Y usted padre Sibyla, no diga ni latines ni tonterías. ¿Para que estarán ustedes los frailes, si el pueblo se puede sublevar?
Y sin hacer caso de las protestas ni de las réplicas, Simoun bajó por la pequeña escalera que conduce al interior repitiendo con desprecio: ¡Vaya, vaya!
El padre Sibyla estaba pálido; era la primera vez que a él, vicerrector de la Universidad, se le atribuían tonterías; don Custodio estaba verde: en ninguna junta en que se había encontrado había visto adversario semejante. Aquello era demasiado.
—¡Un mulato americano! —exclamó refunfuñando.
—¡Indio inglés! —observó en voz baja Ben Zayb.
—Americano, se lo digo a usted ¿si lo sabré yo? —contestó de mal humor don Custodio—; S. E. me lo ha contado; es un joyero que él conoció en La Habana y que según sospecho le ha proporcionado el destino prestándole dinero. Por eso, para pagarle le ha hecho venir a que haga de las suyas, aumente su fortuna vendiendo brillantes... falsos, ¡quien sabe! Y es tan ingrato que después de sacar los cuartos a los indios todavía quiere que... ¡Pf!
Y terminó la frase con un gesto muy significativo de la mano.
Ninguno se atrevía a hacer coro a aquellas diatribas; don Custodio podía indisponerse con S. E. si quería, pero ni Ben Zayb, ni el padre Irene, ni el padre Salví, ni el ofendido padre Sibyla tenían confianza en la discreción de los demás.
—Es que ese señor, como es americano, se cree sin duda que estamos tratando con los Pieles Rojas... ¡Hablar de esos asuntos en un vapor! ¡Obligar, forzar a la gente...! Y es ése el que aconsejó la expedición a Carolinas, la campaña de Mindanaw que nos va a arruinar infamemente... Y es él quien se ha ofrecido a intervenir en la construcción del crucero, y digo yo ¿qué entiende un joyero, por rico e ilustrado que fuese, de construcciones navales?
Todo esto se lo decía en voz gutural don Custodio a su vecino Ben Zayb gesticulando, encogiéndose de hombros, consultando de tiempo en tiempo con la mirada a los demás que hacían movimientos ambiguos de cabeza. El canónigo Irene se permitía una sonrisa bastante equívoca que medio ocultaba con la mano al acariciar su nariz.
—Le digo a usted, Ben Zayb —continuaba don Custodio sacudiéndole al escritor del brazo—; todo el mal aquí está en que no se consulta a las personas que tienen larga residencia. Un proyecto con grandes palabras y sobre todo con un gran presupuesto, con un presupuesto en cantidades redondas, alucina y se acepta enseguida... ¡por esto!
Don Custodio frotaba la yema del dedo pulgar contra las del índice y del medio.
—Algo de eso hay, algo de eso —creyó deber contestar Ben Zayb que, en su calidad de periodista, tenía que estar enterado de todo.
—Mire usted, antes que las obras del Puerto, he presentado yo un proyecto, original, sencillo, útil, económico y factible para limpiar la barra de la Laguna ¡y no se ha aceptado porque no daba de esto!
Y repitió el mismo gesto de los dedos, se encogió de hombros, miró a todos como diciéndoles: ¿Ustedes han visto semejante desgracia?
—Y ¿se puede saber en qué consistía?
—Y...
—¡Hola! —exclamaron unos y otros acercándose y aprestándose a escuchar. Los proyectos de don Custodio eran famosos como los específicos de los curanderos.
Don Custodio estuvo a punto de no decirles en qué consistía, resentido por no haber encontrado partidarios cuando sus diatribas contra Simoun. «Cuando no hay peligro queréis que hable, ¿eh? ¿Y cuando lo hay os calláis?» Iba a decir, pero era perder una buena ocasión, y el proyecto, ya que no se podía realizar, al menos que se conozca y se admire.
Después de dos o tres bocanadas de humo, de toser y de escupir por una comisura, preguntó a Ben Zayb dándole una palmada sobre el muslo:
—¿Usted ha visto patos?
—Me parece... los hemos cazado en el lago —respondió Ben Zayb extrañado.
—No, no hablo de patos silvestres, hablo de los domésticos, de los que se crían en Pateros y en Pásig. Y ¿sabe usted de qué se alimentan?
Ben Zayb, la única cabeza pensante, no lo sabía: él no se dedicaba a aquella industria.
—¡De caracolitos, hombre, de caracolitos! —contestó el padre Camorra—; no se necesita ser indio para saberlo, ¡basta tener ojos!
—¡Justamente, de caracolitos! —repetía don Custodio gesticulando con el dedo índice—; y ¿usted sabe de dónde se sacan?
La cabeza pensante tampoco lo sabía.
—Pues si tuviera usted mis años de país, sabría que los pescan en la barra misma donde abundan mezclados con la arena.
—¿Y su proyecto?
—Pues a eso voy. Obligaba yo a todos los pueblos del contorno, cercanos a la barra, a criar patos y verá usted como ellos, por sí solos, la profundizan pescando caracoles... Ni más ni menos, ni menos ni más.
Y don Custodio abría ambos brazos y contemplaba gozoso el estupor de sus oyentes: a ninguno se le había ocurrido tan peregrina idea.
—¿Me permite usted que escriba un artículo acerca de eso? —preguntó Ben Zayb—; en este país se piensa tan poco...
—Pero, don Custodio —dijo doña Victorina haciendo dengues y monadas—; si todos se dedican a criar patos van a abundar los huevos balot. ¡Uy, qué asco! ¡Que se ciegue antes la barra!
II. Bajo-cubierta
Allá abajo pasaban otras escenas.
Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas, cajones, cestos y tampipis, a dos pasos de la máquina, al calor de las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía la inmensa mayoría de los pasajeros.
Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla, otros juegan a las cartas o conversan en medio del estruendo de las palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincón, hacinados como cadáveres, dormían o trataban de dormir algunos chinos traficantes, mareados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían a circular de popa a proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los movimientos de la máquina tratando de recordar nociones olvidadas de Física, como rondaban alrededor de la joven colegiala, de la buyera de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oído palabras que las hacían sonreír o cubrirse la cara con el pintado abanico.
Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasajeras, discutían en la proa con un señor de edad, pero aún arrogante y bien derecho. Ambos debían ser muy conocidos y considerados a juzgar por ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más edad, el que va vestido todo de negro era el estudiante de Medicina Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El otro, el más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani, uno de los poetas o cuando menos versistas que salieron aquel año del Ateneo, carácter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico capitán Basilio que venía de hacer compras en Manila.
—Capitán Tiago va muy regular, sí señor —decía el estudiante moviendo la cabeza—; no se somete a ningún tratamiento... Aconsejado por alguno me envía a San Diego so pretexto de visitar la casa, pero es para que le deje fumar el opio con entera libertad.
El estudiante cuando decía alguno, daba a entender el padre Irene, gran amigo y gran consejero de capitán Tiago en sus últimos días.
—El opio es una de las plagas de los tiempos modernos —repuso el capitán con un desprecio e indignación de senador romano—; los antiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la afición a los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes) el opio solo fue medicina, y si no, díganme quiénes lo fuman más. ¡Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latín! ¡Ah si capitán Tiago se hubiese dedicado a Cicerón...!
Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atención: aquel señor padecía la nostalgia de la antigüedad.
—Pero, volviendo a esa Academia de Castellano —continuó capitán Basilio—; les aseguro a ustedes que no la han de realizar...
—Sí señor, de un día a otro esperamos el permiso —contesta Isagani—; el padre Irene, que usted habrá visto arriba, y a quien regalamos una pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va a verse con el general.
—¡No importa! ¡El padre Sibyla se opone!
—¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el general.
Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos chocar uno contra el otro.
—¡Entendido! —observó riendo capitán Basilio—. Pero aunque ustedes consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?
—Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.
—Pero ¿y los profesores?
—Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.
—Y ¿la casa?
—Makaraig, el rico Makaraig cede una de las suyas.
Capitán Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes tenían todo dispuesto.
—Por lo demás —dijo encogiéndose de hombros—, no es mala del todo, no es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latín, que al menos se posea el castellano. Ahí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latín porque nuestros libros estaban en latín; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no tienen libros en latín, en cambio sus libros están en castellano y no se enseña este idioma: ¡ætas parentum pejor avis tulit nos nequiores! como decía Horacio.
Y dicho esto se alejó majestuosamente como un emperador romano. Los dos jóvenes se sonrieron.
—Esos hombres del pasado —observó Isagani—, para todo encuentran dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas solo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y redondo como una bola de billar.
—Con tu tío está a su gusto —observó Basilio—; hablan de sus antiguos tiempos... Oye, a propósito ¿qué dice tu tío de Paulita?
Isagani se ruborizó.
—Me echó un sermón sobre la elección de esposa... Le contesté que en Manila no había otra como ella, hermosa, bien educada, huérfana...
—Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula —añadió Basilio riendo.
Isagani se rió a su vez.
—A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque a su marido?
—¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve la novia?
—¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde precisamente... ¡en casa de mi tío!
Ambos se echaron a reír.
—Y he aquí —continuó Isagani—, el porqué mi tío que es un hombre muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de que doña Victorina le pregunte por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña Victorina, cuando supo que yo era pasajero de proa, me miró con cierto desprecio...
En aquel instante bajaba Simoun y al ver a los dos jóvenes.
—¡Adiós, don Basilio! —dijo saludando en tono protector—, ¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?
Basilio presentó a Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía a orillas del mar en la contra costa.
Simoun examinaba a Isagani con tanta atención, que molestado éste se volvió y le miró cara a cara con un cierto aire provocador.
—Y ¿qué tal es la provincia? —preguntó Simoun volviéndose a Basilio.
—¿Cómo, no la conoce usted?
—¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los pies en ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.
—No compramos alhajas porque no las necesitamos —contestó secamente Isagani—, picado en su orgullo de provinciano.
Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.
—No se ofenda usted joven —repuso—, yo no tenía ninguna mala intención pero como me habían asegurado que casi todos los curatos estaban en manos de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, de modo que cuando unos y otros los ceden a los clérigos, es que allí no se conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya señores, vénganse ustedes a tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!
Los jóvenes dieron las gracias y se excusaron diciendo que no tomaban cerveza.
—Hacen ustedes mal —repuso Simoun visiblemente contrariado—; la cerveza, es una cosa buena, y he oído decir esta mañana al padre Camorra que la falta de energía que se nota en este país se debe a la mucha agua que beben sus habitantes.
Isagani que casi era tan alto como el joyero, ¡se irguió!
—Pues dígale usted al padre Camorra —se apresuró a decir Basilio tocando con el codo disimuladamente a Isagani—, dígale usted que si él bebiese agua en vez de vino o de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese mucho que hablar...
—Y dígale —añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su amigo—, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino y a la cerveza y mata al fuego; que calentada es vapor, que irritada es océano ¡y que una vez destruyó a la humanidad e hizo temblar al mundo en sus cimientos!
Simoun levantó la cabeza y aunque su mirada no se podía leer oculta por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que estaba sorprendido.
—¡Bonita réplica! —dijo—; pero témome que se guasee y me pregunte cuándo se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El padre Camorra es algo incrédulo y muy zumbón!
—Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por la fatalidad se reúnan en el abismo que los hombres van cavando —contestó Isagani.
—No, señor Simoun —añadió Basilio tomando un tono de broma—. Repítale usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:
Agua somos, decís, vosotros fuego;
Como lo queráis, ¡sea!
¡Vivamos en sosiego
Y el incendio jamás luchar nos vea!
Sino que unidos por la ciencia sabia
De las calderas en el seno ardiente,
Sin cóleras, sin rabia,
¡Formemos el vapor, quinto elemento,
Progreso, vida, luz y movimiento!
—¡Utopía, utopía! —contestó secamente Simoun—; la máquina está por encontrarse... en el entretanto tomo mi cerveza.
Y sin despedirse dejó a los dos amigos.
—Pero ¿qué tienes tú hoy que estás batallador? —preguntó Basilio.
—Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedo casi.
—Te estaba tocando con el codo; ¿no sabes que a ese le llaman el cardenal Moreno?
—¿Cardenal Moreno?
—O Eminencia Negra, como quieras.
—¡No te entiendo!
—Richelieu tenía un consultor capuchino a quien llamaban Eminencia Gris; pues éste lo es del general...
—¿De veras?
—Como que lo he oído de alguno... que siempre habla de él mal detrás, y le adula cuando le tiene delante.
—¿Visita también a capitán Tiago?
—Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le considera como rival... en la herencia... Y creo que va a verse con el general para la cuestión de la enseñanza del castellano.
En aquel momento un criado vino para decir a Isagani que su tío le llamaba.
En uno de los bancos de popa y confundido con los demás pasajeros se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que se desplegaba sucesivamente a su vista. Sus vecinos le hacían sitio, los hombres, cuando pasaban cerca, se descubrían y los jugadores no osaban poner su mesa cerca de donde él estaba. Aquel sacerdote hablaba poco, no fumaba ni adoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con los demás hombres y devolvía el saludo con finura y gracia como si se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastante edad, los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aún robusta y, aunque sentado, tenía el tronco erguido y la cabeza recta, pero sin orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgo de clérigos indios, pocos por demás, que por aquella época servían como coadjutores o administraban algunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y gravedad como quien tiene conciencia de la dignidad de su persona y de lo sagrado de su cargo. Un ligero examen de su exterior, si no ya sus cabellos blancos, manifestaba al instante que pertenecía a otra época, a otra generación, cuando los mejores jóvenes no temían exponer su dignidad haciéndose sacerdotes, cuando los clérigos miraban de igual a igual a los frailes cualesquiera, y cuando la clase, aún no denigrada y envilecida, pedía hombres libres y no esclavos, inteligencias superiores y no voluntades sometidas. En su rostro triste y serio se leía la tranquilidad del alma fortalecida por el estudio y la meditación y acaso puesta a prueba por íntimos sufrimientos morales. Aquel clérigo era el padre Florentino, el tío de Isagani y su historia se reduce a muy poco.
Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila, de gallardo continente y felices disposiciones para brillar en el mundo, jamás había sentido vocación sacerdotal; pero, su madre, por ciertas promesas o votos, le obligó a entrar en el seminario después de no pocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandes amistades con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, e inexorable como toda mujer devota que cree interpretar la voluntad de Dios. En vano se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, en vano se excusó con sus amores y provocó escándalos; sacerdote tenía que ser y a los veinticinco años sacerdote fue: el arzobispo le confirió las órdenes, la primera misa se celebró con mucha pompa, hubo tres días de festín y la madre murió contenta y satisfecha dejándole toda su fortuna.
Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la que jamás se curó: semanas antes de su primera misa, la mujer que más había amado se casó con un cualquiera, de desesperación; aquel golpe fue el más rudo que sintiera jamás; perdió su energía moral, la vida le fue pesada e insoportable. Si no la virtud y el respeto a su estado, aquel amor desgraciado le salvó de los abismos en que caen los curas regulares y seglares en Filipinas. Dedicóse a sus feligreses por deber, y por afición, a las ciencias naturales.
Cuando acontecieron los sucesos del 72, temió el padre Florentino que su curato por los grandes beneficios que rendía llamase la atención sobre él, y pacífico antes que todo solicitó su retiro, viviendo desde entonces como particular en los terrenos de su familia, situados a orillas del Pacífico. Allí adoptó a un sobrino, a Isagani, según los maliciosos hijo suyo con su antigua novia cuando enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila según los más serios y enterados.
El capitán del vapor había visto al clérigo e instádole a que entrara en la cámara y subiese sobre-cubierta. Para decidirle había añadido:
—Si usted no va, los frailes creerán que no quiere reunirse con ellos.
El padre Florentino no tuvo más remedio que aceptar y mandó llamar a su sobrino para enterarle de lo que sucedía y recomendarle no se acercase a la cámara mientras estuviese allí.
—Si te ve el capitán, te va a invitar y abusaríamos de su bondad.
—¡Cosas de mi tío! —pensaba Isagani—; todo es para que no tenga motivos de hablar con doña Victorina.
III. Leyendas
Ich weiss nicht was soll es bedeuten
Dass ich so traurig bin!
Cuando el padre Florentino saludó a la pequeña sociedad ya no reinaba el mal humor de las pasadas discusiones. Quizás influyeran en los ánimos las alegres casas del pueblo de Pásig, las copitas de Jerez que habían tomado para prepararse o acaso la perspectiva de un buen almuerzo; sea una cosa u otra el caso es que reían y bromeaban incluso el franciscano flaco, aunque sin hacer mucho ruido: sus risas parecían muecas de moribundo.
—¡Malos tiempos, malos tiempos! —decía riendo el padre Sibyla.
—¡Vamos, no diga usted eso, vicerrector! —contestaba el canónigo Irene empujando la silla en que aquel se sentaba—; en Hong Kong hacen ustedes negocio redondo y construyen cada finca que... ¡vaya!
—¡Tate, tate! —contestaba—; ustedes no ven nuestros gastos, y los inquilinos de nuestras haciendas empiezan a discutir...
—¡Ea, basta de quejas, puñales, porque si no me pondré a llorar! —gritó alegremente el padre Camorra—. Nosotros no nos quejamos y no tenemos ni haciendas, ni bancos. ¡Y sepan que mis indios empiezan a regatear los derechos y me andan con tarifas! Miren que citarme a mí tarifas ahora, y nada menos que del arzobispo don Basilio Sancho, ¡puñales! como si de entonces acá no hubiesen subido los precios de los artículos. ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué un bautizo ha de ser menos que una gallina? Pero yo me hago el sueco, cobro lo que puedo y no me quejo nunca. Nosotros no somos codiciosos, ¿verdá usted, padre Salví?
En aquel momento apareció por la escotilla la cabeza de Simoun.
—Pero ¿dónde se ha metido usted? —le gritó don Custodio que se había olvidado ya por completo del disgusto—; ¡se perdió usted lo más bonito del viaje!
—¡Psh! —contestó Simoun acabando de subir—; he visto ya tantos ríos y tantos paisajes que solo me interesan los que recuerdan leyendas...
—Pues leyendas, algunas tiene el Pásig —contestó el capitán que no le gustaba que le despreciasen el río por donde navegaba y ganaba su vida—; tiene usted la de Malapad-na-bató, roca sagrada antes de la llegada de los españoles como habitación de los espíritus; después, destruida la superstición y profanada la roca, convirtiose en nido de tulisanes desde cuya cima apresaban fácilmente a las pobres bankas que tenían a la vez que luchar contra la corriente y contra los hombres. Más tarde, en nuestros tiempos, a pesar del hombre que ha puesto en ella la mano, menciona tal o cual historia de banka volcada y si yo al doblarla no anduviese con mis seis sentidos, me estrellaría contra sus costados. Tiene usted otra leyenda, la de la cueva de doña Jerónima que el padre Florentino se lo podrá a usted contar...
—¡Todo el mundo la sabe! —observó el padre Sibyla desdeñoso.
Pero ni Simoun, ni Ben Zayb, ni el padre Irene, ni el padre Camorra la sabían y pidieron el cuento unos por guasa y otros por verdadera curiosidad. El clérigo, adoptando el mismo tono guasón con que algunos se lo pedían, como un aya cuenta un cuento a los niños dijo:
—Pues érase un estudiante que había dado palabra de casamiento a una joven de su país, y de la que al parecer no se volvió a acordar. Ella, fiel, le estuvo esperando años y años; pasó su juventud, se hizo jamona y un día tuvo noticia de que su antiguo novio era arzobispo de Manila. Difrazóse de hombre, se vino por el Cabo y se presentó a su Ilustrísima reclamándole la promesa. Lo que pedía era imposible y el arzobispo mandó entonces construir la cueva que ustedes habrán visto tapiada y adornada a su entrada por encajes de enredaderas. Allí vivió y murió y allí fue enterrada y cuenta la tradición que doña Jerónima era tan gruesa que para entrar tenía que perfilarse. Su fama de encantada le vino de su costumbre de arrojar al río la vajilla de plata de que se servía en los opíparos banquetes a que acudían muchos señores. Una red estaba tendida debajo del agua y recibía las piezas que así se lavaban. No hace aún veinte años el río pasaba casi besando la entrada misma de la cueva, pero poco a poco se va retirando de ella como se va olvidando su memoria entre los indios.
—¡Bonita leyenda! —dijo Ben Zayb—, voy a escribir un artículo. ¡Es sentimental!
Doña Victorina pensaba habitar otra cueva e iba a decirlo cuando Simoun le quitó la palabra:
—Pero ¿qué opina usted de ello, padre Salví? —preguntó al franciscano que estaba absorto en alguna meditación—; ¿no le parece a usted que su Ilustrísima, en vez de darle una cueva, debía haberla puesto en un beaterio, en santa Clara por ejemplo?
Movimiento de asombro en padre Sibyla quien vio al padre Salví estremecerse y mirar de reojo hacia Simoun.
—Porque no es nada galante —continuó Simoun con la mayor naturalidad, dar una peña por morada a la que burlamos en sus esperanzas—; no es nada religioso exponerla así a las tentaciones, en una cueva, a orillas de un río; huele algo a ninfas y a driadas. Habría sido más galante, más piadoso, más romántico más en conformidad con los usos de este país encerrarla en santa Clara como una nueva Heloisa, para visitarla y confortarla de cuando en cuando. ¿Qué dice usted?
—Yo no puedo ni debo juzgar la conducta de los arzobispos —contestó el franciscano de mala gana.
—Pero usted que es el gobernador eclesiástico, el que está en lugar de nuestro arzobispo, ¿qué haría usted si tal caso le aconteciese?
El padre Salví se encogió de hombros, y añadió con calma:
—No vale la pena pensar en lo que no puede suceder... Pero puesto que se habla de leyendas, no se olviden ustedes de la más bella por ser la más verdadera, la del milagro de San Nicolás, las ruinas de cuyo templo habrán ustedes visto. Se la voy a contar al señor Simoun que no debe saberla. Parece que antes, el río como el lago, estaban infestados de caimanes, tan enormes y voraces que atacaban a las bankas y las hacían zozobrar de un coletazo. Cuentan nuestras crónicas que un día, un chino infiel que hasta entonces no había querido convertirse, pasaba por delante de la iglesia, cuando de repente el demonio se le presentó en forma de caimán, le volcó la banka para devorarle y llevarle al infierno. Inspirado por Dios, el chino invocó en el momento a San Nicolás y al instante el caimán se convirtió en piedra. Los antiguos refieren que en su tiempo se podía reconocer muy bien al monstruo en los trozos de roca que de él quedaron; por mí puedo asegurar que todavía distinguí claramente la cabeza y a juzgar por ella el monstruo debió haber sido enorme.
—¡Maravillosa, maravillosa leyenda! —exclamó Ben Zayb—, y se presta para un artículo. La descripción del monstruo, el terror del chino, las aguas del río, los cañaverales... Y se presta para un estudio de religiones comparadas. Porque mire usted, un chino infiel invocar en medio del mayor peligro precisamente a un santo que solo debía conocer de oídas y en quien no creía... Aquí no reza el refrán de más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Yo si me encontrase en la China y me viese en semejante apuro, primero invocaba al santo más desconocido del calendario que a Confucio o a Buda. Si esto es superioridad manifiesta del catolicismo o inconsistencia ilógica e inconsecuente de los cerebros de raza amarilla, el estudio profundo de la antropología lo podrá solamente dilucidar.
Y Ben Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el índice trazaba círculos en el aire admirándose de su imaginación que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y consecuencias. Y como viera a Simoun preocupado y creyese que meditaba sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.
—En dos cosas muy importantes —respondió Simoun—, dos preguntas que puede usted añadir a su artículo. Primera ¿qué habrá sido del diablo al verse de repente encerrado dentro de una piedra? ¿se escapó? ¿se quedó allí? ¿quedóse aplastado? y segunda, ¿si los animales petrificados que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido víctimas de algún santo antidiluviano?
El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilación, que el padre Camorra contestó muy serio:
—¡Quién sabe, quién sabe!
—Y pues que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago —repuso el padre Sibyla—, el capitán debe conocer muchas...
En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que se extendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se sintieron impresionados. Delante se extendía el hermoso lago rodeado de verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de esmeraldas y zafiros para mirarse en su Luna el cielo. A la derecha se extendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas, y allá a lo lejos, medio borrado, el gancho del Sug̃ay: delante y en el fondo se levanta el Makiling majestuoso, imponente, coronado de ligeras nubes: y a la izquierda la isla de Talim, el Susong-dalaga, con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.
Una brisa fresca rizaba dulcemente la extensa superficie.
—A propósito, capitán —dijo Ben Zayb volviéndose—; ¿sabe usted en qué parte del lago fue muerto un tal Guevara, Navarra, o Ibarra?
Todos miraron al capitán menos Simoun que volvió la cabeza a otra parte como para buscar algo en la orilla.
—¡Ay sí! —dijo doña Victorina—, ¿dónde, capitán? ¿habrá dejado huellas en el agua?
El buen señor guiñó varias veces, prueba de que estaba muy contrariado, pero, viendo la súplica en los ojos de todos, se adelantó algunos pasos a proa y escudriñó la orilla.
—Miren ustedes allá —dijo en voz apenas perceptible después de asegurarse de que no había personas extrañas—; según el cabo que organizó la persecución, Ibarra, al verse cercado, se arrojó de la banka allí cerca del Kinabutásan y, nadando y nadando entre dos aguas, atravesó toda esa distancia de más de dos millas, saludado por las balas cada vez que sacaba la cabeza para respirar. Más allá fue donde perdieron su traza y un poco más lejos, cerca de la orilla, descubrieron algo como color de sangre... Y ¡precisamente! Hoy hace trece años, día por día, que esto ha sucedido.
—¿De manera que su cadáver?... —preguntó Ben Zayb.
—Se vino a reunir con el de su padre —contestó el padre Sibyla—; ¿no era también otro filibustero, padre Salví?
—Esos sí que son entierros baratos, padre Camorra, ¿eh? —dijo Ben Zayb.
—Siempre he dicho yo que son filibusteros los que no pagan entierros pomposos —contestó el aludido riendo con la mayor alegría.
—Pero ¿qué le pasa a usted, señor Simoun? —preguntó Ben Zayb viendo al joyero, inmóvil y meditabundo—. ¿Está usted mareado, ¡usted, viajero! y en una gota de agua como esta?
—Es que le diré a usted —contestó el capitán que había concluido por profesar cariño a todos aquellos sitios—; no llame usted a esto gota de agua: es más grande que cualquier lago de Suiza y que todos los de España juntos; marinos viejos he visto yo que se marearon aquí.
IV. Cabesang Tales
Los que han leído la primera parte de esta historia, se acordarán tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va a cazar ni a cortar árboles; como ha mejorado de fortuna solo se dedica a hacer escobas.
Su hijo Tales (abreviación de Telesforo) primero había trabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los confines del pueblo y que creían no pertenecían a nadie. Durante los trabajos de roturación y saneamiento, toda la familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron a la venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban a recoger los frutos de la primera cosecha, una corporación religiosa que tenía terrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad, una bicoca 20 o 30 pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y sumiso a los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kawalì como él decía (para él los frailes eran vasijas de hierro, y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder a semejante pretensión, pensando en que no sabía el castellano y no tenía con qué para pagar abogados. Por lo demás Tandang Selo le decía:
—¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas en diez lo que exigen los padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos 30 pesos los hubieses perdido en el juego, o se hubiesen caído en el agua tragándolos el caimán.
La cosecha fue buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tianì, vecino de San Diego.
Pasó otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo, los frailes le subieron el canon a 50 pesos que Tales pagó para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
—¡Paciencia! Haz cuenta como si el caimán hubiese crecido —decía consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo pensaron en dar alguna educación a los dos hermanos, sobre todo a la niña, a Juliana o Julî como la llamaban, que prometía ser agraciada y bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado a no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver a la familia prosperar poco a poco, fue nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más trabajaba; Tanò, el hijo mayor solo contaba catorce años. Se llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero de fieltro y prepararse a hacer gastos. Para no reñir con el cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padrón, pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas y en los viajes a la cabecera.
—¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caimán hubiesen acudido —decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.
—¡El año que viene te vestirás de cola e irás a Manila para estudiar como las señoritas del pueblo! —decía Cabesang Tales a su hija siempre que la oía hablar de los progresos de Basilio.
Pero el año que viene no venía y en su lugar había otro aumento de canon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El puchero de barro cedía su arroz al caldero.
Cuando el canon ascendió a 200 pesos, Cabesang Tales no se contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar, otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que los codiciaban se ofrecían.
Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero el fraile hablaba en serio y señalaba a uno de sus criados para tomar posesión del terreno. El pobre hombre palideció, sus oídos le zumbaron, una nube roja se interpuso delante de sus ojos ¡y en ella vio a su mujer y a su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres intermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido en campo, veía arroyos de sudor regando los surcos, se veía allí, a sí mismo, pobre Tales, arando en medio del Sol, destrozándose los pies contra las piedras y raíces, mientras aquel lego se paseaba en su coche y aquel que lo iba a heredar, seguía como un esclavo detrás de su señor. ¡Ah no! ¡Mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién era aquel extranjero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había traído al venir de su país un puñado solo de aquel polvo? ¿Se había doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raíces que los surcaban?
Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacer prevalecer su autoridad a toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang Tales se rebeló, se negó a pagar un solo cuarto y teniendo siempre delante la nube roja, dijo que solo cedería sus campos al que primero los regase con la sangre de sus venas.
El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió a mencionar su caimán pero intentó calmarle hablándole de vasijas de barro y recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.
—¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos nacido! —contestó.
Y se negó resueltamente a pagar ni a ceder un palmo siquiera de sus tierras, si antes no probaban los frailes la legitimidad de sus pretensiones con la exhibición de un documento cualquiera. Y como los frailes no lo tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y respetaban las leyes.
—Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis fatigas —decía a los que le desalentaban—; yo le pido ahora que me haga justicia y tiene que hacérmela.
Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo su porvenir y el de sus hijos, fue gastando sus economías en pagar abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales y escribientes que explotaban su ignorancia y su situación. Iba y venía a la cabecera, pasaba días sin comer y noches sin dormir, y su conversación era toda escritos, presentaciones, apelaciones, etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su derecho y en la bondad de su causa, combatiendo contra una poderosísima corporación ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces dejaban caer la balanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como la hormiga que muerde sabiendo que va a ser aplastada, como la mosca que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro desafiando a los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo de imponente: tenía lo sublime de la desesperación. Los días que le dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado de una escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba defenderse para no caer en sus manos y perder el pleito. Y como si tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas, tiraba sobre las mariposas con tanto tino que el lego administrador ya no se atrevió a ir a Sapgang sin acompañamiento de guardias civiles, y el paniaguado que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas, renunció lleno de miedo a arrebatarle su propiedad.
