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Todo es ficticio excepto los personajes que existen o han existido y ciertos hechos reales publicados en la prensa. Se advierte que la novela no habla de curas o de iglesias sino de las peripecias de un filósofo gatuno que no se cansa de observar las andanzas del humano con el que cohabita, un apuesto e inteligente cura que usa perfume francés, mezcla de lavanda, vainilla, almizcle y ámbar. Luego, el gato se convierte en el protagonista y narrador, en primera persona, de una laberíntica intriga donde se dan cita el crimen, el humor, el suspense y un compendio de reflexiones sobre el comportamiento humano y la extraordinaria naturaleza de los gatos.
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Seitenzahl: 243
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Elodie LE GOFF
El gato del cura
- Novela -
ISBN: 9788411232654
Ilustración Edition ELG
Maqueta Edition ELG
@ Elodie Le Goff, 2023
PRIMERA PARTE
(9 meses antes del 1er asesinato)
Una tarde, bajo un alegre sol de otoño, por la calle que conduce a la iglesia, andaba un cura. Se detuvo unos instantes para observar un objeto flotando en el canal de riego contiguo a la calle. Se acercó y con cuidado de no mojarse, se agachó y lo cogió. Era un tubito de cristal como los que se utilizan para la vainilla. Dentro había un papel enroscado. Sacó el corcho que servía de tapón flotador y tras dos sacudidas el papelito cayó entre sus manos. En él se podía leer lo siguiente: “Me llamo Arturo, tengo 9 años. Mamá dice que papá es un cobarde y papá dice que se quedará sin clientela. Mamá nos tiene prohibido ir a ver al Santo y que no toquemos el cable conectado a la farola. Como las personas mayores se enfadan y no hacen nada, mando este mensaje a quien pueda ayudar…”.
Volvió a meter el papel en su lugar, cerró el tubo y lo guardó en su bolsillo. Su conocimiento de la gente del pueblo era todavía limitado. Llegó hacía poco más de un mes tras la suspensión temporal del culto en el municipio por el traslado forzoso del párroco. La muerte de la vecina de nombre Carmen hizo que el brazo de acero del arzobispo que gobernaba la iglesia en esta comarca de los pirineos se volviera un poco más blando. Así, una tarde del mes de octubre, llegó a la iglesia y recibió a los feligreses que le informaron, en menos de lo que canta un gallo, de la verdadera razón que motivó el monumental disgusto del arzobispo: el sacerdote anterior había mantenido una relación inapropiada con una mujer del pueblo. Distraído por sus pensamientos, el cura continuó su camino hacia el río con las manos en los bolsillos removiendo el tubito de cristal y preguntándose quién podía ser ésa persona llamada el Santo. Fue entonces cuando se cruzó con el alcalde del pueblo que hacia su jogging semanal. El señor alcalde frisaba la cincuentena, era de poca altura, no mal parecido pero consciente de la importancia de causar una grata impresión en los demás por lo que se teñía toda la cabellera de un delicado color mostaza. A parte de eso era un hombre de aspecto saludable y predispuesto a reír sus propios chistes. Llegó a la altura del cura y manteniendo, in situ, el ritmo de la carrera le dijo saltando:
— ¡Buenos días padre, excelente día para pasear y conocer nuestra hermosa región! ¿Verdad? la semana pasada inauguramos el último tramo de la vía verde, si usted sigue su camino llegará hasta al pueblo vecino sin ninguna dificultad.
— Es estupendo, gracias -contestó el cura- me alegro que se haya repuesto de sus dolencias.
— Sí sí -respondió el alcalde- he pasado una mala temporada pero ahora ya me encuentro mucho mejor, como aquel que dice, nado en la felicidad -y girando sobre sí mismo, el alcalde le dio la espalda diciendo:
— Le dejo padre, que voy cronometrado ¡ha sido un placer!
Comprendiendo que ya no podría formular la pregunta que le cruzaba la mente en aquel momento, el cura continuó su camino aguardando a que los acontecimientos le dieran respuesta. Con paso tranquilo se fue andando por la urbanización llamada - la Ranita Verde. La tranquilidad del lugar contrastaba con el ruido ensordecedor procedente de la última casa situada al final de la calle donde ahora se hallaba. Le habían indicado que la calle desembocaba en un callejón sin salida en el que había un caminito peatonal estrecho que conectaba directamente la urbanización con el cementerio y por tanto con la iglesia a donde se dirigía. Según se iba acercando vio en el garaje a un hombre dedicado a desmontar la puerta de un coche. De cuando en cuando el individuo levantaba los ojos y miraba a su alrededor como si esperaba la visita de algo o de alguien. Era un hombre gitano de mediana edad, ojos pequeños, boca torcida y pelo escaso. Físicamente se parecía a un antropopiteco y aunque su estatura era normal, el cuerpo era desproporcionado en relación con las piernas, cortas. El cura dedujo que aquel hombre era el que todos llamaban - el mosca - pues correspondía a la descripción que le hizo días antes la directora de la asociación de mujeres maltratadas. Al cabo de un momento el mosca advirtió la presencia del cura que pasaba frente a su casa. El cura efectuó un breve saludo de la mano a lo que el mosca respondió haciendo una cara que en un simio habría podido pasar por una sonrisa. A su pié una silueta se recortaba en el recuadro de la puerta. No se detuvo a mirarla, con toda probabilidad era su perro, un dóberman llamado Drogo que se paseaba libremente y sin bozal por todo el pueblo. El cura acabó de rodear la casa sano y salvo, dobló la esquina y encontró el callejón sin salida con el caminito estrecho que esperaba. Fue entonces cuando notó un fuerte olor a cannabis en toda la zona. Advirtió que la única farola que se encontraba en el callejón tenía un cable exterior conectado en su base. El cable cruzaba el camino estrecho, pasaba por debajo de un portal y se adentraba por un camino de tierra de unos 50 metros en dirección de dos casas. El cura se fijó en los buzones de la entrada y tomó nota mental de los nombres que ahí aparecían considerando que ya había llegado el momento de retirarse a su casa a descansar.
El día siguiente transcurrió sin incidentes dignos de mención. El cura dedicó toda la jornada a poner orden en sus libros y a mirar de vez en cuando la puerta por si entraba algún parroquiano, cosa que no sucedió. Al caer la tarde, se dirigió al colmado del pueblo a por unas frutas. Mientras cruzaba la plaza mayor advirtió la presencia del señor alcalde que en ese mismo instante se despedía de un grupo de vecinos. No le escapó la despedida efusiva de uno de ellos. El individuo abrazaba y propinaba una serie de palmadas en la espalda del alcalde mientras le gritaba, con acento belga, todo su afecto y agradecimiento. Se fijó entonces en aquel personaje y vio que se trataba de un hombre de estatura normal que llevaba ostensiblemente alrededor del cuello una cadena y una cruz de oro colgando. Las personas que se encontraban a su alrededor lo escuchaban embelesadas. Liberado de los abrazos del individuo con acento belga, el alcalde caminaba ahora por la plaza deteniéndose aquí y allá a saludar otras gentes. El cura se dirigió hacia él pues quería hacerle algunas preguntas pero se lo impidió la masiva presencia de un individuo que se interpuso en su camino.
— Veo que no me ha reconocido padre -dijo el individuo.
— En efecto -contestó el cura.
— Soy el vicealcalde de este pueblo y a su servicio para lo que necesite padre -dijo él.
— Muchas gracias -contestó el cura- Dígame ¿quién es ése hombre con acento belga, no lo he visto por la iglesia?
— Es Jean Deliège -respondió el vicealcalde- un belga muy simpático, encantador, de profesión pescador aunque dudo que pesque nada por aquí, hace años que no le vemos la cola a ningún pez… hará cosa de dos años que llegó al pueblo con su mujer, se han hecho una casa con piscina y garaje cerca del río, debajo del cementerio de la iglesia, bajando por el caminito estrecho.
— Ya veo donde me dice -le cortó el cura- muchas gracias, bueno, le dejo que debo comprar unas frutas antes de que me cierren el colmado -dijo el cura alejándose sin decir más.
De regreso a casa, el cura tuvo la sensación de que alguien lo seguía con disimulo. Sus pasos resonaban en el silencio de la callejuela que le conducía a la iglesia. Anduvo un buen rato y se detuvo frente a una casa como a contemplar un hermoso rosal que allí crecía y su seguidor se detuvo unos metros más atrás. Siguió caminando y al doblar la esquina se escondió en un portal. Su perseguidor pasó por delante indiferente a su presencia. Su aspecto era cuadrado, musculoso y avanzaba la cola en alto, era Drogo regresando tranquilamente a su hogar tomando el atajo del camino estrecho detrás del cementerio.
Una vez en casa, el cura reflexionó sobre lo que le dijo el vicealcalde. Las revelaciones del responsable local despertaron su interés puesto que ninguno de los nombres que aparecía en los buzones correspondía y, sin embargo, en aquel callejón habían dos casas que bien podían corresponder a la casa con piscina y garaje que refirió el vicealcalde. Encendió su ordenador, se conectó a google maps, introdujo la dirección de la iglesia y sacó la foto satélite del lugar. Inmediatamente localizó la urbanización - la Ranita Verde - con el callejón sin salida y el caminito estrecho peatonal que unía la urbanización al cementerio. Un análisis meticuloso de la fotografía confirmó sus sospechas, había una piscina detrás de las dos casas. Con el cursor del ordenador desplazó al hombrecito naranja de la aplicación y lo situó en el callejón. Esta vez la foto confirmó la existencia de la farola y doblando la esquina hacia la calle principal, la casa del mosca. Visto lo que le interesaba, salió de la aplicación y efectuó una búsqueda por -Jean Deliège- de la que resultó la página del registro mercantil informando de la existencia de un albañil con mismo nombre y dirección en ése mismo callejón. También aparecían cinco nombres más de consonancia belga con sede en el callejón. Frunciendo las cejas se inclinó hacia atrás en el sillón y sacó de su bolsillo el tubito de cristal que se quedó mirando recordando el mensaje que rezaba - no se debía tocar el cable conectado a la farola, que se quedaba sin clientela - el cura dedujo que el padre del niño Arturo era comerciante y vivía cerca del callejón. Se colocó de nuevo frente a su ordenador y consultó la lista de comerciantes que publicaba el ayuntamiento en su sede electrónica. Cuando llegó a la letra D había un -Deliège Jean- con domicilio en el callejón y cuya actividad era albañil y no pescador. En la letra R había un tal Royosa, también albañil y con domicilio en el último número de la calle que terminaba en el callejón, por lo que dedujo que Royosa era el individuo que la gente del pueblo llamaba el mosca. Esto último le hizo pensar al perro y decidió que, de ahora en adelante, saldría a la calle con su bastón. Todo este asunto empezaba a irritar seriamente al cura. Eran sobradamente conocidas las consecuencias que el consumo de estupefacientes tenía para la salud. Tampoco acababa de entender la tolerancia de la gente del pueblo con dichos comportamientos.
A eso de las siete de la tarde entró en la iglesia una mujer joven, algo fea, que llevaba puesto el delantal verde del colmado que regentaba su esposo en la entrada del pueblo y donde el cura había comprado la fruta unas horas antes. El cura le dedicó su mejor sonrisa. Sin rodeos, la mujer se dirigió a él y le explicó el motivo de su visita:
— No le he dicho nada en la tienda, padre, porque había gente pero le vengo a ver para pedirle consejo, tenga -y le tendió unas hojas verdes olorosas que el cura identificó.
— Los niños han encontrado esto, mire que lo tenían completamente prohibido pero ya sabe como son los chicos, no hacen caso -dijo esperando una reacción del cura que no llegaba por lo que continuó diciendo:
— Ya sabe padre que el canal de riego bordea la mayoría de las casas de la zona y como estamos en periodo de estiaje el agua se corta de vez en cuando, ayer los niños jugaban en el canal y se acercaron hasta las dos casas de los belgas en el callejón, como no estaban, entraron en el jardín y volvieron a casa la mar de contentos con esto -señalando las hojas que tenía el cura en la mano.
— Entiendo, pero quien puede ayudarle es el señor alcalde, vaya a verlo, es la persona competente para tratar estos asuntos -dijo el cura.
— Quite, quite, padre, el alcalde lo vimos hace un mes, nos dijo que pasadas las fiestas se encargaría del tema, pero nada, todo sigue igual -y mientras decía esto se sacó del bolso un teléfono móvil- juzgue usted mismo, son las fotos que enseñamos al alcalde, las hicieron los niños con sus móviles desde el canal, vea lo que hay detrás de los ventanales de la primera casa y aquí vea estas luces amarillas que salen de las habitaciones -ampliando la última foto con los dedos la mujer añadió:
— Ve este tipo de aquí, entrando por la puerta, es el mosca con su perro y aquí el belga con su amigo, el marsellés -y prosiguió:
— Ya no hay quien viva padre, estamos las ventanas cerradas por el olor de las plantas y la maldita música del gitano, también tenemos que aguantar el vaivén de los coches entrando y saliendo del callejón por la noche -dijo ella de corrido y sin aliento.
— No se apure más, veré lo que puedo hacer -dijo el cura- le mantendré informada en cuanto sepa algo.
Al oír estas palabras dio las gracias al cura y salió precipitadamente de la iglesia tal como entró. El cura aprovechó las horas inactivas de la mañana siguiente para salir a la calle con su bastón. Rodeó el cementerio y según iba bajando el caminito percibió nuevamente el fuerte olor a cannabis en toda la zona. Llegando a la altura del callejón, se encontró con don Alfonso. Era un viejecito menudo y humilde que había dedicado su vida al duro trabajo de las viñas. Su padre, republicano español, fue perseguido y encarcelado por el franquismo, tras lo cual decidió exiliarse a Francia con mujer e hijos. Ahora la vida de don Alfonso consistía en realizar un largo paseo cotidiano que concluía en el cementerio donde se quedaba un ratito a descansar cerca de la tumba de Carmen, su hija. Viendo al cura, don Alfonso ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar. La aparición del cura lo emocionó. Daba pena ver llorar al viejecito con tanto desconsuelo. El cura esperó pacientemente a que se rehiciera y una vez dueño de sí le preguntó:
— Don Alfonso, usted que parece observador, habrá notado la existencia del cable que sale de la farola ¿verdad?, dígame, ¿hace mucho tiempo que lo tiene visto?
En tono de confidencialidad el viejecito le refirió que lo del cable era reciente, coincidió en el callejón cuando lo conectaban a la farola hace un mes, que sin embargo lo de los efluvios de cannabis hacía ya tiempo, los jóvenes de la región venían a comprarle al mosca, todo el mundo lo sabía. La siguiente pregunta venía rodada:
— ¿Y el señor alcalde?
El viejecito se encogió de hombros y dijo:
— ¡Cómo no lo va a saber si pasa por aquí cada dos por tres corriendo! ya sabe padre, si hay tontos es porque hay inteligentes -y según iba diciendo esto, el viejecito retomó la marcha dando por finalizada la conversación.
A la mañana siguiente, y como era su costumbre, el cura ojeaba la prensa local cuando dio con un artículo que se refería directamente al pueblo y decía literalmente lo siguiente: “es un conflicto de vecindario que dura desde hace ya tiempo y que, sábado noche, casi llega a degenerar. Desde hace unos días el tono subía entre una residente del pueblo, mujer de 50 años madre de tres hijos y sus vecinos. A tal punto que los protagonistas han denunciado respectivamente los hechos. Hacia las 21h, la vecina habría atacado al hijo del vecino de 18 años que se encontraba en el umbral de su puerta. Durante el altercado, la vecina habría cogido un cuchillo para amenazar a su joven vecino y al padre de éste, de 48 años. Cuando llegó la policía la madre abandonaba el lugar en su coche con su hija de 4 años a bordo. Tras una breve detención, la vecina ha sido puesta en libertad con una convocatoria ante el tribunal penal para responder de violencias con uso de arma o amenaza de arma”.
La noticia iba acompañada de una fotografía del lugar en la que se podía apreciar el coche de la policía con un perro, un dóberman con cola, orinando en una de las ruedas del coche de los funcionarios. Ni que decir tiene que la misa de las seis reunió un número de feligreses superior a lo habitual y, como era de esperar, al terminar la misa, se formó un grupito de personas al que se juntó el cura. Doña Virtudes, la directora de la asociación de mujeres maltratadas, fue la primera en reaccionar:
— Ya ve padre que en este pueblo pasan cosas -dijo- pobre mujer, vino a verme hace unos días pidiendo ayuda, me contó que su pareja le había dejado sin dinero, no sólo le había engañado pero además le había robado hasta el último céntimo.
— ¿Recuerda su nombre? preguntó el cura.
— Algo así como Patricia Vanuten o Dabuten -le respondió.
El cura recordó inmediatamente que este último nombre aparecía en uno de los buzones del callejón. Al oír estas palabras, otra mujer del grupo, vecina de la acusada, exclamó:
— Ha sido terrible, estábamos mirando el televisor cuando oímos unos gritos espantosos. Salimos a la terraza y vimos a Patricia, la policía acababa de quitarle a la niña de las manos y ella no paraba de gritar que su coche estaba limpio, que no encontrarían nada en las puertas, ¡un escándalo mayúsculo!
Todos los presentes se miraron sorprendidos y la vecina satisfecha de haber despertado tanta expectación, explicó como días antes se había encontrado a la acusada aparcando el coche en la urbanización la Ranita Verde. Le había preguntado por qué no lo aparcaba en el garaje de su casa y ella le contestó que el garaje estaba ocupado por unos marselleses, que su pareja le quitaba el coche continuamente y ella lo necesitaba para llevar los niños al colegio así que prefería dejar el vehículo a la vista de todos en la urbanización.
— Así las cosas, ayer vino a vernos la policía para preguntarnos si habíamos visto u oído algo entre las 22h y las 24h -dijo la vecina dirigiéndose al cura y al resto de la concurrencia- ¡y adivinen por qué! -preguntó a una asamblea muda por lo que contestó ella misma:
— Pues estaban investigando el robo del coche de Patricia y querían saber si las cámaras de mi casa habían grabado algo.
La vecina llegaba por tanto a la conclusión que la noche de los hechos la acusada no se estaba escapando con su coche sino que lo estaba aparcando en la urbanización de abajo.
— Ahora que sabemos lo sucedido -dijo la vecina- ¿qué se puede hacer para ayudar a esta pobre mujer? está recluida en su casa con sus hijos, su ex pareja se ha ido a vivir al garaje con los marselleses y dos tipos más que nadie conoce.
— Habiendo denunciado los hechos a la policía, entiendo que estos individuos no le harán nada -contestó el cura.
Pasados unos días, doña Virtudes, la directora de la asociación de mujeres maltratadas, informó al cura que Patricia Dabuten y sus hijos se habían mudado. El señor alcalde, muy molesto con la publicidad que estos sucesos le habían ocasionado, había mediado personalmente con los servicios de vivienda de protección oficial para obtener una salida discreta y rápida de la mujer y de sus hijos. La ex pareja, es decir el belga, volvió a ocupar la casa principal aunque esta vez lo hizo con su esposa, la señora Deliège que la gente del pueblo solía confundir con su madre debido a su avanzada edad. El curioso matrimonio Deliège se dejaba ver regularmente por el pueblo afectuosos y cogidos de la mano. Aprovechaban cualquier circunstancia para cruzarse con la gente y contar cómo habían sido víctimas de una estafadora que había desaparecido de la noche a la mañana dejando impagados nueve meses de alquiler, destrozado la casa y robado los muebles del matrimonio. La directora de la asociación también se refirió al hecho que los marselleses, padre e hijo, seguían viviendo en el garaje de los señores Deliège. Con la ayuda del mosca, estaban terminando de transformar el mencionado garaje en casa con sus respectivas habitaciones, cocina, salón de estar, trastero, todo ello con infracción notoria de las reglas de urbanismo, pues era sabido de todos que, en aquella zona del pueblo, tal cosa no era posible y de hecho no contaban con la preceptiva autorización del ayuntamiento.
Al despedirse de doña Virtudes, el cura cerró la puerta y tras efectuar unos pocos pasos oyó la rendija metálica del buzón de la puerta activarse. Desanduvo el pasillo, abrió la puerta mirando a ambos lados de la calle pero no vio a nadie. En el buzón había una pajarita de papel con figura de ratoncito, la cogió. Entró en casa, fue hasta la mesa donde había una luz encendida, se sentó en la silla y desplegó la pajarita. Había un mapa dibujado con indicaciones a seguir para llegar a un lugar denominado - club social de cannabis -. El punto de partida era un autobús escolar lleno de niños, luego un camino que iba hacía unas lavandas, pasaba alrededor de una palmera y después llegaba a una lápida bordeando unos peces que se dirigían hacia el tesoro que, en este caso, aparecía dibujado en forma de hoja de cannabis. El cura plegó el papel y lo puso en su bolsillo. Ésta era la ocasión propicia para hablar con el señor alcalde.
A primera hora de la mañana siguiente, el cura se plantó delante de la escuela, en la parada del autobús escolar. El cielo se había llenado de vencejos que pasaban a toda velocidad describiendo círculos, la caligrafía del cielo.
Cuando llegó el autobús, se subió y tras saludar al conductor le preguntó si le sonaba algún comercio u actividad que tuviera relación con las lavandas a lo que contestó, encogiéndose de hombros, que había una calle del pueblo que se llamaba así. No le resultó al cura difícil llegar a la calle de las lavandas, ni dar con la siguiente calle de la palmera que desembocaba en la plaza del cementerio. Luego tomó el caminito peatonal estrecho con dirección al rio y llegó al callejón sin salida, donde se encontraban las casas de los belgas conectadas por un cable a la farola pública.
Al pasar la puerta del ayuntamiento, el cura se dirigió a la recepcionista y le dijo:
— Sírvase conducirme al despacho del señor alcalde.
— ¿Eztá uzzted zitado? -preguntó la recepcionista ceceando.
— No, no tengo cita pero dígale al señor alcalde que estoy aquí y que deseo tratar con él un asunto urgente -contestó.
— Tenga la bondad de esperar aquí -dijo la recepcionista señalando unos sillones.
Desapareció la recepcionista y se quedó sólo en la sala de espera. Tres lámparas colgaban del techo y de las paredes, varias fotos del regidor municipal hacia las que el cura dirigió su atención. Según iban pasando los segundos por la puerta entraban uno a uno los vecinos del pueblo pidiendo por el alcalde. Tras las salutaciones de rigor, una pequeña multitud empezaba a aglomerarse en actitud expectante en el recibidor del ente público. El tono de las conversaciones fue subiendo hasta que todos acabaron hablando al unísono y a gritos dando manotazos en el recibidor para recabar la atención de algún funcionario que, a todas luces, ya no se atrevía a salir. Cuando repararon en la presencia del cura en la sala de espera se le acercaron agitando en sus manos unos papelitos de colores y uno de ellos le dijo:
— Mire padre lo que nos han puesto en el buzón ¿qué significado tiene esto?
El cura cogió el papelito que le tendía aquel hombre y vio que se trataba del mismo documento que había recibido en el buzón de la iglesia, se lo devolvió diciendo:
— Han venido ustedes al lugar adecuado, el alcalde sabrá decirles lo que hay que hacer en estos casos.
Dio los buenos días a los presentes y salió porque ya adivinaba que hoy ya nadie lo recibiría y era el momento adecuado para despejar algunas incógnitas. Regresó a la iglesia y pasó revista de la situación almorzando en la cocina: dos mensajes, uno de ellos revelando la situación exacta de un club de cannabis; un fuerte olor perceptible por todos en una zona donde vive un presunto traficante; un perro peligroso que anda libre, sin bozal, que se llama Drogo; una conexión eléctrica a la red pública, un cultivo intensivo de plantas ilícitas; un matrimonio belga cuyo marido vive maritalmente con otra mujer que presuntamente agrede los ocupantes de un garaje que en realidad no es un garaje; un alcalde que, como los tres monos sabios, no ve el cable de la farola, no huele los efluvios de las plantas, no oye la atronadora música del mosca, y, en definitiva, no parece tomar las medidas que se imponen cuando así se lo piden los vecinos de la zona. Apoyó los codos en la mesa, juntó las manos, trenzó sus dedos y apoyó en ellos su nariz, pensativo. El cura era una de ésas personas capaces de ver donde los demás solo miran. Había que saber únicamente qué vínculo unía ésas personas. Las pruebas suelen estar siempre a la vista de todos, por eso la gente no las ve. Finalmente la operación comenzó unos días más tarde, a las 09:30 horas. La policía entró en el callejón donde ya no había ningún cable eléctrico conectado a la farola. Los funcionarios siguieron por el camino de tierra hacia las dos casas y llamaron simultáneamente a las puertas. Tuvieron que pasar unos largos minutos antes de que los ocupantes decidieran abrir y dejar paso a la policía. El artículo que salió publicado en la prensa local el día siguiente rezaba lo siguiente: “El registro efectuado ha permitido descubrir que el interesado cultivaba 150 plantas de cannabis en su casa, tenía dos habitaciones dedicadas a ello, mientras era oído, el hombre de 48 años explicó que realizaba este cultivo para su consumo particular. Ha sido liberado con una convocatoria el próximo día 5 para responder de sus actos ante el tribunal penal”.
La noticia corrió por todo el pueblo. Había los que no daban crédito a lo ocurrido y había los que hacían chistes pero todos coincidían en la misma pregunta: ¿por qué la policía no registró la casa del mosca? Fueron pasando los días y con los días las semanas. Al principio la gente del pueblo se preguntaba extrañada porque los señores Deliège seguían conviviendo con el cultivador de plantas que el tribunal penal acabó por condenar a 10 meses de cárcel con suspensión de la ejecución. Luego, con el paso del tiempo, ya no se extrañaron de nada, ni del olor a cannabis ni de los vaivenes de coches por la noche. El runrún habitual que había sonado los últimos años en aquel lugar había vuelto. Y un buen día apareció un cartelito de -en venta- colgado en el portal de la casa contigua a la del mosca. Ni que decir tiene que la venta del inmueble fue larga y difícil pues había que encontrar unos compradores indiferentes al olor, al ruido y a la suciedad del lugar.
Con ocasión del día de la fiesta nacional, las autoridades se reunieron en la plaza de la iglesia para recordar solemnemente momentos de la historia colectiva y rendir homenaje a todos aquellos que dieron su vida por el país. En el acto estaban presentes el señor alcalde acompañado por su esposa, el vicealcalde, los cuarenta jubiladísimos consejeros municipales en funciones, el mando superior de la policía local, el cura y una decena de ciudadanos. La unidad de música del pueblo fue la encargada de amenizar el acto y acompañar con sus compases al señor alcalde cuando se dirigió al monumento a los muertos para realizar la ofrenda de una corona de flores. Concluido el minuto de silencio, el señor alcalde se subió al velador y se dirigió a sus ilustres oyentes. La gente del pueblo escuchaba con embeleso el discurso de su primer mandatario cuando surgió por detrás del monumento el perro del mosca. Olisqueó la corona de flores frescas que acababa de depositar el excelentísimo señor alcalde, levantó la pata trasera y orinó con toda tranquilidad. De inmediato todas las miradas convergieron hacia el agente de la Autoridad, indiferente. El alcalde, ajeno a lo ocurrido, seguía con su discurso mirando de vez en cuando la concurrencia animado por el silencio respetuoso de la gente, haciendo alguna que otra pausa por si alguien deseaba aplaudir y viendo que no era así proseguía su discurso. Aprovechando la general distracción que había causado el perro, el cura se acercó discretamente al funcionario de policía.
— No conozco las razas pero yo diría que ése perro era un dóberman ¿estoy en lo cierto? -preguntó el cura.
— Sí, señor cura -convino el funcionario- así es.
— Hace unos cuantos años tuve que anunciar a los padres de un menor de cuatro años que su hijo lo había matado un perro de estos, fue un momento muy difícil ¿sabe? -dijo el cura.
— Mire padre -replicó secamente el funcionario- el político local es la persona responsable de la aplicación de la normativa sobre detención de perros potencialmente peligrosos. Ya sabe usted que, por ley, los dueños de estos animales deben declararlos en el ayuntamiento, aportando certificado de esterilización y seguro.
Meditó unos instantes y el cura dijo:
— Entiendo, entiendo, sin embargo este perro se pasea sin bozal ni lazo con total libertad por el pueblo y le aseguro que no es la primera vez.
— En efecto, señor cura -corto el funcionario- así es.
El cura lo miró de hito en hito esperando una explicación más completa.
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