Prefacio
DESDE LA PRIMERA vez que tropecé con
el Evangelio de Tomás, más de veinte años atrás, en plena
preparación de un seminario de posgrado sobre textos herméticos,
supe enseguida que estaba en presencia de algo extraordinario.
Recogí cuantos materiales pude para familiarizarme con el estado
actual de la erudición y, a continuación, me puse a leer el texto
línea por línea con mis alumnos. Quizás debido al año que habíamos
dedicado al estudio de textos maniqueos, mandeanos y valentinianos,
quizás debido a la sensibilidad japonesa de los estudiantes, sea
cual sea la razón, el caso es que los alumnos sintieron una
simpatía espontánea por esta colección de «dichos secretos» de
Jesús. Un año después, tuve la ocasión de leer el texto nuevamente
con un grupo de personas del público general, entre las que se
hallaba solamente una cristiana. Una vez más, su entusiasmo por el
texto me sorprendió. Lo que descubrimos juntos me hizo cuestionar
la idea dominante entre los eruditos de que Tomás se fundó
en una base gnóstica en cuanto al dualismo entre el bien y el mal,
el rechazo del cuerpo como inherentemente corrupto y el empeño de
establecer una comunidad de elites iluminados se refiere. Los pocos
recursos que existían en japonés seguían la misma línea.
Descontento con lo que había leído, me puse a escribir un ensayo
largo con la intención de demostrar no solamente que Tomás
no comparte esta cosmovisión gnóstica sino que, de hecho, propone
una restauración de los sentidos como parte integral del
auto-conocimiento.
Pasaron diez años antes de que el
texto volviera a caer en mis manos para leerlo una tercera vez con
otro grupo de estudiantes. En el transcurso de nuestras discusiones
se me hizo evidente que el evangelio tenía mucho más de lo que yo
en un principio le había concedido. Así que, descontento con lo que
había escrito, me puse a recoger una bibliografía más extensa de
materiales y a ponerme al día de los avances en el campo. Pese a lo
revelador que esto resultó, una vez más quedé insatisfecho con lo
que estaba leyendo y decidí escribir un comentario propio sobre el
texto. El resultado es el pequeño libro que ahora tienes en las
manos.
Estoy convencido, como estas páginas
demostrarán, de que los motivos para excluir el Evangelio de
Tomás de la tradición cristiana son, al fin y al cabo,
carentes de sentido para nosotros hoy. Después de más de medio
siglo de diálogo concertado con otras tradiciones, estamos en mejor
posición para reconocer que no todo alter Jesús es un
Jesús alius. Al mismo tiempo, la atención a las exigencias
espirituales hechas al cristianismo en nuestra época nos ayuda a
adentrarnos más profundamente en el texto en sí mismo y a controlar
mejor la tendencia a inmunizarnos contra lo que de él nos incomoda,
sea por la distracción derivada de las disquisiciones académicas,
sea por la preocupación por conservar la ortodoxia.
Agradezco al decano Víctor Martínez
y al profesor Gabriel Suárez su amable invitación a dictar un
seminario abierto en la facultad de teología de la Universidad
Javeriana, en Bogotá, donde he podido utilizar el texto de Tomás
como un puente entre el pensamiento místico cristiano y las ideas
budistas del yo despertado. Aunque este aspecto no aparece
directamente en el comentario, la voluntad de alumbrar el budismo
con los dichos de Jesús es subyacente a lo largo de toda la obra.
Doy gracias especialmente a Gustavo Castaño por proporcionarme un
lu gar donde vivir y trabajar. Ha sido una mezcla ideal de soledad
y compañía. Finalmente, no puedo dejar de mencionar a Verónica
Calafell, cuya atención a la creación de estas páginas ha sido casi
maternal.
Bogotá,
Colombia
15 de agosto de 2005
ProfanumIndagar el texto
COMO HIJOS DE nuestra época, hemos
de tener cuidado de no arrojarnos deprisa en los recintos sagrados,
el fanum, del texto del Evangelio de Tomás sin
primeramente tomar en consideración su lugar en los recintos
exteriores de la erudición corriente, el profanum del
texto. De lo contrario, corremos el riesgo de cometer el sacrilegio
de leer demasiado en el texto y sacar demasiado poco de ello; en
otras palabras, de reducirlo a un acontecimiento de moda que
destella en la imaginación por un momento solamente para ser
reemplazado por otra novedad en el siguiente. El mero volumen de
indagaciones históricas sobre el texto compiladas durante los
últimos cuarenta y cinco años, así como el hervor de debate
académico que éste ha suscitado, imposibilitan un resumen sencillo.
Casi todo lo que sigue precisa alguna que otra calificación, y
muchas de las opiniones a las cuales he decidido no prestar
atención han menester de la cortesía de más discusión detallada de
la que les voy a conceder. Mi intención es más simple: enmarcar la
gama de cuestiones que ocupan a los eruditos en relación con la
historia y la composición del texto y, de esta manera, aclarar el
punto de vista desde el cual intentaré leerlo. Sólo después de
haber acabado esa lectura estaremos en situación para realizar la
pregunta que estos comentarios provocarán seguramente una y otra
vez, a saber, dónde ubicar el Evangelio de Tomás en la
tradición cristiana y en la más amplia herencia religiosa de la
humanidad.
UNA VOZ DESDE FUERA DE LA
TRADICIÓN
El Jesús del Evangelio de
Tomás tiene un carácter diferente de cualquier otro en las
escrituras o teología cristianas. Las especulaciones posteriores al
redescubrimiento y edición del texto en 1959 confirmaron las
críticas que habían circulado ya desde el siglo III,
identificándolo como poco más que un portavoz para el cristianismo
gnóstico. Cuando estudios más ceñidos empezaron a cuestionar el
carácter gnóstico del evangelio, voces en la periferia del marco
académico dieron un paso adelante para sugerir que Jesús en el
Evangelio de Tomás parecía más un sabio hindú o budista,
un maestro sufí o incluso un cabalista. [1] El polvo que ha levantado esta figura en el
mundo cristiano no se ha posado todavía, [2] pero una cosa queda clara desde ahora: no es
cosa fácil injertarla en ninguna de la gran variedad de imágenes de
Jesús que han dominado la tradición cristiana a través de los
siglos.
La argamasa de mito y detalles
históricos sobre la vida y muerte de Jesús que hallamos en el credo
apostólico del siglo II [3] —como también algún rastro del lenguaje
metafísico añadido en el IV— están ausentes en el Evangelio de
Tomás, como también lo está cualquier referencia a su
bautismo, tentaciones y curaciones encontradas en los cuatro
evangelios canónicos. No hay espíritus malévolos amenazando la
humanidad ni demonios que expulsar; no hay tampoco un cielo y un
infierno. De hecho, el Jesús de este evangelio no es ni siquiera un
maestro de doctrinas sobrenaturales en el sentido en el que se le
presenta en los cuatro evangelios canónicos. [4] Es más bien la voz de un oráculo que el
predicador del amor desinteresado y del cuidado de los pobres, los
hambrientos, los enfermos y los excluidos. Sus dichos no deparan
verdades divinas, ni hacen profecías, ni construyen argumentos
filosóficos, ni pretenden captar a discípulos. Él no se muestra
redentor o justificador de una humanidad pecadora. Nada se dice
sobre su muerte, por no hablar de una resurrección o ascensión. No
hay ni rastro de un apocalipsis inminente ni de un regreso para
juzgar al mundo en los últimos días. En efecto, la persona
histórica de Jesús es todo menos transparente al lector del texto,
como para permitir que sus palabras, las palabras del «Jesús
viviente», resuenen con mejor claridad.
La imagen de la condición
humana que figura en Tomás también supone una desviación
radical de la tradición bíblica y teológica conocida por los
cristianos. Si el lenguaje de redención está ausente del texto es
porque los seres humanos no somos considerados criaturas nacidas en
un estado de desobediencia pecaminoso que solamente un ser divino y
ultramundano pueda rectificar. Más bien, sufrimos de una conciencia
oscurecida, de un fracaso fundamental consistente en no entender
aquello que queda dormido en lo profundo de nuestra propia
naturaleza. [5] No hay relación alguna con un Dios personal, e
incluso la idea de un creador trascendente que reina en un mundo
más allá del nuestro, donde nos esperan las alegrías del cielo o
los tormentos del infierno es totalmente ajena al espíritu del
texto.
Todo esto parece razón más que
suficiente para rechazar el Evangelio de Tomás del
cristianismo. Pero cuando empezamos a considerar lo que el texto de
hecho dice y a reconstruir la historia de su composición, los
motivos de su exclusión son menos seguros.
La primera cosa de la que uno
se entera al leer Tomás por encima es que, de manera
extraña, nos resulta familiar. De hecho, todos menos 20 de sus 114
logia —o dichos— incluyen oraciones y frases con paralelos en el
canónicamente aprobado nuevo testamento. [6] Cierto es que los dichos causan la impresión
de haber sido recopilados descuidadamente con poco orden y sin
trabazón, pero eso plantea la posibilidad de que tengamos en
Tomás un recuerdo de cosas dichas más fiel que el de los
evangelios canónicos donde las enseñanzas de Jesús están
reordenadas en «historias» deliberadamente construidas. El asunto
no es tan fácil, pero al menos la pregunta nos orienta en la
dirección correcta por sugerir que Tomás no es una mera
antología de dichos sacados de Mateo, Marcos y Lucas, sino que
representa una tradición distintivamente suya. Aunque sigue
habiendo exegetas del nuevo testamento que continúan oponiéndose a
ella, esta idea ha sido ampliamente aceptada por historiadores del
cristianismo temprano. [7]
El Evangelio de Tomás
no es el único recuerdo de los dichos de Jesús que se supone que
estuvo en circulación durante las generaciones que sucedieron su
muerte. (Lucas mismo cita un dicho que no se encuentra en su propio
evangelio. [8] ) La más importante de estas colecciones es la
llamada simplemente Q (del alemán Quelle o «fuente»). Su
existencia como una fuente previa para los evangelios canónicos ha
sido aceptada por gran parte de los eruditos del nuevo testamento,
si bien no se ha descubierto ningún texto real hasta la fecha. Y
ésta es solamente una de las numerosas antologías de dichos
atribuidos a Jesús que los documentos históricos de la época
referencian como conocimiento común.
La práctica de anotar y
utilizar «dichos» inconexos no fue en modo alguno exclusiva de las
primeras comunidades cristianas. En realidad, fue un fenómeno
bastante habitual a lo largo del mundo judío y grecoromano de la
antigüedad, con rastros que datan hasta del segundo y tercer
milenio a.C. en la antigua «literatura sapiencial» de Egipto y
Oriente Medio —una sabiduría en parte obvia, en parte un desafío a
lo que se consideraba obvio, pero todo accesible como reflexión
sobre la experiencia ordinaria—. Vemos ejemplos de este género en
los libros de la biblia hebrea de Proverbios, Qohelet,
Sabiduría de Salomón y Sirácides. Es más, en el
tiempo y el lugar en los que predicó Jesús, los dichos de los
cínicos o «filósofos perros» —el apodo fijado a los seguidores de
Diógenes de Sinope (-400-325 a.C.) cuyas «máximas útiles» o
chreiai fueron adoptadas para intranquilizar a la gente y
cuestionar sus ideas convencionales así como para ofrecer otro modo
de pensar— circulaban extensamente. [9]
El Evangelio de Tomás
se parece mucho más al género de esas colecciones de dichos que a
un cuadro narrativo como los que adoptaron los evangelios del nuevo
testamento para proporcionar a las palabras de Jesús un contexto
concreto. Hacia el fin del siglo I, la utilidad de estas
colecciones para las comunidades establecidas de cristianos empezó
a disminuir, en la misma medida en que los evangelios biográficos
crecían en importancia. A mediados del siglo II, la literatura
sapiencial misma había empezado a ser considerada «anacrónica».
[10] De esta manera la tradición de recopilar
dichos llegó a ser asociada principalmente con predicadores
itinerantes y con grupos de cristianos que los reescribieron en
forma de diálogos entre Jesús y sus discípulos que se inclinaron
más y más hacia la emergente tendencia del pensamiento cristiano
que hemos llegado a generalizar con el nombre de «gnosticismo».
[11] Dejando por ahora a un lado el problema de
dónde ubicar a Tomás en este lienzo, basta notar que la
mezcla de aforismos, parábolas y dichos crípticos en sus diálogos
no está en ningún momento interrumpida por glosas interpretativas o
explicaciones alegóricas de la clase que encontramos en los
evangelios canónicos. Las palabras simplemente hablan por sí solas,
como si hubiesen salido directamente de la boca de Jesús.
LOS MANUSCRITOS
Igual que en otras colecciones
de dichos que circulaban antes y después de la composición de los
evangelios canónicos, con toda probabilidad muchos de los logia del
Evangelio de Tomás fueron transmitidos oralmente antes de
ser transcritos. [12] Y, una vez en forma escrita, continuaron
yendo de mano en mano y siendo ajustados según las necesidades de
aquellos que los usaban y de las lenguas a las que eran traducidos.
Además, puesto que estos ajustes tenían lugar al mismo tiempo que
los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas iban tomando forma, es
difícil imaginar que la composición de estos últimos no afectara a
Tomás de alguna manera —y Tomás a ellos—. Aparte
de la omnipresente posibilidad de simples errores escriptuarios,
debemos tener en cuenta el hecho de que la idea de «copiar» y
«traducir» tenía un sentido distinto en una edad en la que la
tradición oral estaba viva y floreciente al que tuvo luego cuando
ya había muerto a manos de la desconfianza para ser sometida al
dominio de la palabra escrita. Las razones son simples: por un
lado, un texto utilizado para la predicación itinerante, como lo
fue Tomás durante sus años formativos, naturalmente habría
sido reordenado y parafraseado para crear asociaciones de palabras
y palabras claves que facilitaran su memorización. [13] Por el otro, es impensable que los
escribanos, aun con el texto delante, lo reprodujeran palabra por
palabra o frase por frase como si fuesen esclavos. Cada uno tenía
sus propios recuerdos, su conocimiento de otros textos y una idea
de lo que sus lectores esperaban de él. Ni siquiera con el aparato
académico en pleno a su disposición le es fácil a un erudito de hoy
distinguir entre un simple lapsus de la pluma y una redacción
intencional, y la distinción se vuelve tanto más difícil cuanto más
ha viajado un texto por el espacio y el tiempo. Nada de lo que los
primeros cristianos escribieron sobre Jesús está exento de este
proceso. (Por ejemplo, se especula que en el año 300 pudo haber
hasta cinco versiones distintas del Evangelio de Marcos
repartidas entre las comunidades cristianas.) No es sorprendente
que los historiadores se estremezcan ante la tentativa de elevar
ciertos textos o partes de textos por encima de las condiciones de
su nacimiento.
En el caso del Evangelio
de Tomás, los únicos documentos cuantiosos que nos quedan de
este proceso son un juego de fragmentos de papiro escritos en
griego y un texto completo escrito en copto, cada cual con su
propia historia que contar.
El manuscrito griego es el más
antiguo de los dos, fechado hacia el fin del siglo II, aunque el
texto mismo proviene de un tiempo considerablemente anterior, al
menos contemporáneo con los evangelios sinópticos. No hay ninguna
dificultad en particular en concluir que existió una versión
previa, pues el evangelio es mencionado textualmente en documentos
escritos que han sobrevivido hasta hoy. No obstante, cuando se
trata de darle una fecha precisa, hay bastante desacuerdo entre los
familiarizados con los estilos literarios e idiomas del siglo que
siguió a la muerte de Jesús. El consenso general es que alguna que
otra versión del Evangelio de Tomás en griego era conocida
por los autores de los evangelios canónicos, y que sus dichos «se
derivan de una etapa de la tradición de dichos en desarrollo que es
más original que Q». [14] Siendo así, Tomás nos remite a las
memorias más primarias de lo que Jesús de hecho dijo. No que los
dichos recogidos tuvieran la intención de reproducir objetivamente
las palabras de él, sino sólo que la selección se hizo en un tiempo
menos distanciado del Jesús histórico que los evangelios canónicos.
Más precisión sobre el parentesco del texto, dado el estado actual
de la indagación, es conjetura. [15]
Sin descartar la posibilidad
de una recensión griega recopilada en Jerusalén por comunidades
afiliadas al apóstol Jacob (conocido como el hermano de Jesús y,
por ende, de Tomás también), [16] se ve una convergencia de opinión erudita en
que el lugar más probable de la composición del texto griego que
tenemos hoy fue la ciudad de Antioquia, en el oeste de Siria, que
Pablo había usado como base para sus viajes. [17] Debido a la fuerte influencia helénica en la
zona, traducciones al griego eran tanto posibles como necesarias
para reverenciar la memoria de Jesús. La presencia cristiana en
Antioquia incluso precede la llegada de Pablo —de hecho, se piensa
que es el primer lugar en el que las comunidades se referían a sí
mismas como «cristianas»— y eso ocasionaría conflictos sobre
cuestiones de doctrina y práctica. Fue en esa ciudad donde se
compuso el Evangelio de Mateo, que tiene más paralelos con
el Evangelio de Tomás que ningún otro. Cuando consideramos
la diferencia de estructura de los dos textos y las radicalmente
divergentes imágenes de Jesús que resultan de ella, una vez más nos
vemos obligados a reconocer que no existía nada que pudiera
llamarse «el cristianismo»; lo que había era sólo una pluralidad de
cristianismos, separados por diferencias tan marcadas como sus
semejanzas. Dada la variedad de lenguas, de ambientes
intelectuales, de historias religiosas, de formas litúrgicas, de
organización comunitaria, de liderazgo y de orientación teológica
en la que los dichos de Jesús circulaban cual una amalgama de
cristalitos de colores reflejados en los espejos de un
calidoscopio, no nos debe sorprender que hubiera tan poca
uniformidad. Tan obvio como hoy se le antoja todo esto al
historiador del cristianismo es el modo en el que esta pluralidad
llegaría a ser eclipsada por la uniformidad impuesta en
generaciones posteriores. [18]
Todo esto se relaciona con el
Evangelio de Tomás. Los materiales escritos de los que
disponemos hoy en día nos remiten a otros textos y tradiciones
orales a los que simplemente no podemos acudir. El hecho de que
fragmentos del texto griego estuvieran escritos a mano cincuenta
años antes de ser identificados como parte de Tomás indica
cuán «perdido» estuvo este evangelio. En los años 1857 y 1903, en
una excavación arqueológica de una antigua biblioteca ubicada en
Oxyrhynchus (a unos 160 kilómetros al suroeste del Cairo, cerca de
un arroyo del río Nilo en lo que es hoy Bahnasa, Egipto), se
descubrieron en un vertedero tres papiros con dichos de Jesús que
no pertenecieron a ninguno de los evangelios conocidos. Poco
después fueron editados y algunos eruditos intentaron reconstruir
las partes mutiladas de los fragmentos pero, puesto que carecían de
título, no hubo un acuerdo sobre de qué documento podían formar
parte. [19] La transcripción fue fechada alrededor del
año 200. En aquel momento se suponía que aquélla no era la primera
vez que los escribas siríacos y egipcios habían copiado —y
alterado— el texto, pero sólo con el descubrimiento de la posterior
traducción copta se pudo evidenciar la hipótesis de un original en
griego que circulaba ya desde la mitad del siglo I, antes de la
escritura de los evangelios canónicos. La recensión copta, que
incluye 20 dichos coincidentes con el texto Oxyrhynchus,
[20] no sólo permitió identificar ese texto, sino
que proporcionó además una piedra de toque para citas y alusiones
al Evangelio de Tomás dispersas a lo largo de los escritos
de historiadores y padres de la Iglesia en la antigüedad. Y eso, en
consecuencia, patentizó la existencia de otras variaciones del
texto ya perdidas.
A fines de 1945, no lejos de
la ciudad de Nag Hammadi, en un derrumbadero mirando al Nilo en el
Alto Egipto, un grupo de campesinos tropezaron con un jarro sellado
que contenía trece códices de papiro que han llegado a ser
conocidos como la biblioteca de Nag Hammadi. [21] Los manuscritos estaban todos redactados en
copto, una lengua egipcia tardía cuya forma escrita se basaba en el
alfabeto griego y que fue usada principalmente para traducir textos
del griego a un egipcio inteligible. [22] Entre ellos hubo un texto completo del
Evangelio de Tomás. Este método de conservar textos fue
práctica común a lo largo del Nilo, pero la evidencia sugiere que
este jarro había sido escondido a propósito.
Los orígenes de esta
particular traducción copta del Evangelio de Tomás, cuyo
códice es fechado alrededor del año 340, es decir, un siglo y medio
después de los papiros de Oxyrhynchus, son desconocidos. Lo que se
conoce es que, si bien la colección Nag Hammadi entera representa
traducciones de textos griegos que abarcan un período de unos
quinientos años, las traducciones al copto (en realidad, a dos
dialectos coptos) fueron producidas en una amplia área de Egipto
durante más de un siglo. Los manuscritos restantes demuestran la
labor de numerosas manos.
Las teorías sobre las
circunstancias de la transcripción del evangelio y los motivos para
esconderlo junto con otros materiales son un tanto conjeturales. La
proximidad de Nag Hammadi a Kenoboskión, el pueblo nativo de
Pancomio, fundador del primer monasterio cristiano en el año 320, a
resultado en hipótesis demasiado diversas, desde la suposición de
una secta secreta dentro de dicho monasterio hasta una recopilación
de los textos con el propósito de estudiar y derrotar herejías.
Estudios más rigurosos sobre la cuestión dan a entender que ambos
extremos son equivocados. El cuidado con el que se produjeron las
copias sugiere una reverencia por sus contenidos que contradice la
idea de que fuesen tratados simplemente como heréticos. [23] Al mismo tiempo, la evidencia apunta a que la
comunidad monástica fue bastante más tolerante con la diversidad
religiosa que los inflexibles pensadores ortodoxos de la época, y
que no tenían tanta prisa en sacar una espada de hierro para trazar
una línea en la arena entre doctrinas verdaderas y falsas.
[24] En realidad, parece que los monjes estaban
mucho más interesados en corrientes de pensamiento religioso
bastante anteriores a la emergencia del gnosticismo cuyos ecos
resuenan también en otros textos de Nag Hammadi.
Todo esto nos lleva a la
cuestión más espinosa que circunda la obra: los cristianos
tomasinos y sus relaciones con el pensamiento gnóstico.
LOS CRISTIANOS TOMASINOS Y
LA CONEXIÓN GNÓSTICA
Dejando a un lado la cuestión
de la popularidad general que los dichos del Evangelio de
Tomás pudieran haber disfrutado entre las primeras comunidades
cristianas, ha sido fácil suponer que el texto, tanto como cada uno
de los evangelios sinópticos, debió de tener una importancia
especial en definir la identidad de estos cristianos que honraban
de una manera señalada la memoria del apóstol Tomás, como lo hacía
la comunidad cristiana en la Siria oriental. [25] Fue en esta región donde le dieron el nombre
distintivo de Judas Tomás, a veces con la adición de Dídimo, la
traducción griega de su apodo arameo «Tomás» (el gemelo). Además,
se ha sugerido también que el texto fue leído e interpretado en un
marco litúrgico. [26] Recientemente, sin embargo, argumentos
cuidadosos señalan que los «cristianos tomasinos» no se organizaron
en comunidades establecidas sino más bien en un grupo anchamente
disperso de itinerantes radicales, hombres y mujeres, con poca o
ninguna estructura. [27] Ellos visitarían comunidades de cristianos
establecidas donde predicar su mensaje de desarraigo extremo y, a
cambio, recibir apoyo en la forma de alojamiento temporal, comida y
ropa. Esta idea recurre el soporte no solamente de la evidencia
recogida sobre un temprano «movimiento jesuánico» que se extendió
de Palestina hasta Oriente, sino también por indicios internos del
texto del mismo Evangelio de Tomás.[28]
Mientras las comunidades
cristianas establecidas se volvían más seguras de sí mismas y
empezaban a estribar cada vez más en los evangelios canónicos, el
conflicto con el elemento radical se intensificó, lo que acabó con
el aislamiento del cristianismo tomasino y, finalmente, con su
fallecimiento. El Evangelio de Tomás es la mejor prueba
que tenemos de la existencia de tal movimiento. Por supuesto, por
sí mismo esto no desmiente la posibilidad de que comunidades
establecidas utilizaran el texto de otra manera. Parece poco
racional suponer que aceptasen el evangelio predicado por
itinerantes que pasaban por allí, sólo para olvidarlo luego hasta
la siguiente visita. No menos improbable es que los itinerantes
mismos lo utilizaran solamente para predicarlo a otros, sin
emplearlo ritualmente entre sí o como medio de instrucción para
nuevos miembros. En todo caso, el mensaje de Tomás es más
lato y más profundo de aplicación que el mero estilo de vida de un
tal movimiento. [29]
Debemos recordar que el
término mismo «cristianos tomasinos» se relaciona más comúnmente
con otra tradición que tiene poco o nada que ver con el
Evangelio de Tomás, a saber, la creencia de que Tomás
predicó el evangelio cristiano en la India. Alusiones dispersas
entre los primeros historiadores de la Iglesia a la misión de Tomás
lo identifican alternamente como el apóstol al Reino de los Partos
(el Irán actual) y a la India. Hasta hoy, Tomás es venerado en la
India como el fundador del cristianismo allí. La leyenda que habla
de que Jesús pasó un período en la India antes de su relativamente
tardía vida pública en Palestina y mientras era miembro de la
comunidad esenia alrededor del mar Muerto ha circulado al menos
desde el siglo VI. Se dice que viajó a la India a los trece años y
convivió allí durante unos seis años con los budistas. Otra
variación habla de su huida de la crucifixión hasta Oriente donde
encontró a Pablo, quien había sido enviado para devolverlo a una
segunda crucifixión. Después de recuperar la salud, Jesús continuó
hasta la India, donde Tomás le había precedido. Allí pasó el resto
de sus días hasta su muerte in Kasmir. [30] Aunque la relación especial de los
«cristianos tomasinos» con los budistas del sur de la India es bien
conocida y al menos una parte de la literatura que trata sobre la
leyenda es respetable, el núcleo de verdad de las historias de
Tomás y Jesús en la India —si de veras lo haya— ha eludido la
prueba histórica. [31]
El caché de manuscritos de
entre los cuales fue sacado a la luz el Evangelio de Tomás
proporciona una rica mina de información sobre ese misterioso
movimiento llamado «gnosticismo» que los padres de la Iglesia se
había esforzado en borrar de la identidad cristiana. Una gran parte
de la historia del gnosticismo ha tenido que ser reescrita desde el
descubrimiento de la biblioteca de Nag Hammadi, y todavía hoy sigue
la tarea. Para aquellos que consideran toda tendencia «gnóstica»
enemiga de la fe, el término ha sido sinónimo de una simple
herejía. No son pocos los doctos de la biblioteca Nag Hammadi que
han llegado a sentir una cierta simpatía para con las ideas
gnósticas pero que siguen, sin embargo, dando su heterodoxia por
sentada. [32] Esta actitud no hace justicia a los fines de
los textos y, por si fuera poco, pasa por alto también el papel que
su aporte ha desempeñado en coordinar sincréticamente el
cristianismo en una tradición doctrinal, aunque esa tradición
excluyera posteriormente el gnosticismo de los confines de la
ortodoxia.
El hecho es que mucho
pensamiento del siglo I fue gnóstico y la apariencia de la figura
de Jesús indudablemente tuvo influencia en ese desarrollo y no
simplemente lo repudió. Solamente en generaciones subsiguientes fue
el gnosticismo en su totalidad tildado de sospechoso por algunos
padres de la Iglesia que «sistematizaron sus oponentes y los
obligaron a definirse cara a cara con la tradición preferida de los
teólogos». [33] Esto no destierra el hecho de que sí hubo
elementos en el gnosticismo que no podían ser percibidos como
contrarios a lo que Jesús enseñó. Pero los cristianos no eran los
únicos a quienes les escamaban ciertos aspectos del gnosticismo. El
filósofo egipcio Plotino, por ejemplo, y por motivos bastantes
diferentes, fue también crítico de sus excesos. Dada la pluralidad
de formas del gnosticismo y una maleabilidad que compartió con el
pensamiento cristiano, al menos durante los años formativos de
éste, [34] esta lucha con las ideas gnósticas es muy
distinta de la condenación cabal de la teología de años
posteriores.
Por lo tanto, es totalmente
erróneo descartar las tendencias gnósticas de los logia del
Evangelio de Tomás como una adición posterior a un
originalmente «puro» evangelio. [35] Al contrario, representan un estrato del modo
en que los dichos de Jesús fueron acordados y transmitidos, un
estrato más primitivo que el de los evangelios sinópticos —o
incluso de Q [36] — que introdujeron una lengua apocalíptica
para tirar la rienda de esas tendencias. No hay una línea bien
definida entre el cristianismo primitivo y el nacimiento del
gnosticismo, y como un examen textual mostrará repetidas veces,
Tomás representa un desvío radical del rumbo que había
tomado el pensamiento gnóstico. [37]
Grosso modo, las ideas
gnósticas tienden a apiñarse alrededor de uno (o ambos) de dos
conceptos centrales: que la creación en su totalidad es defectuosa
desde el principio y que existe algo no creado en el espíritu
humano que nos conecta con una realidad prístina, anterior al mundo
como lo conocemos. A menudo, pero no siempre, este mundo es visto
como la obra de un dios «demiurgo», errante y disfrazado del Dios
trascendente. Esta idea de una emanación rebelde del Dios verdadero
generó una cosmología elaborada de estratos «celestiales» más o
menos conforme con la astrología medio oriental de la época. A
veces, el pensamiento gnóstico se encaminó con resentimientos
contra la idea de los judíos como un «pueblo escogido» por
identificar el malévolo demiurgo creador con el Yahvé de la Biblia
hebrea. Pero, más a menudo, se limitó a una simple repudiación del
cuerpo y sus funciones como obstáculo al reconocimiento de la
verdad de nosotros y de nuestro mundo. Tan sobrepujante era el
poder de la carne que sólo mediante repetidas encarnaciones podía
uno trascenderla. [38] Se creía que el conocimiento de la verdad
(gnosis) liberaba la luz «no nacida» encarcelada en las
tinieblas de lo material pero accesible en los recintos interiores
de nuestra humanidad. Esta luz puede verse a veces pero, de nuevo,
no siempre, como el Adán andrógeno y eterno.
El desarrollo de este dualismo
cósmico de bien y mal, de espíritu contra carne, [39] está ausente en el Evangelio de
Tomás, donde el mal es considerado una función de la
ignorancia y no de una rebelión que tuvo lugar en las cortes
celestiales y que resultó en la creación del mundo y la necesidad
de un redentor que lo restaurara a su condición primigenia.
[40] En este sentido, si se puede llamar
Tomás «gnóstico», es solamente un gnosticismo de forma
drásticamente desmitificada. [41] Pese a todo esto, se le han endilgado a
Tomás todos los parafernales de sistemas gnósticos
totalmente ajenos a sus intenciones. Ireneo, escribiendo alrededor
del año 180, no menciona el Evangelio de Tomás por nombre
pero no es imposible que fuera su intención incluirlo en una
condenación general dictada contra los «escritos secretos» sobre
Jesús. Demostró poca paciencia para con las colecciones de dichos
que amenazaban el canon de los cuatro evangelios que a él le
interesaba promover. Dice textualmente de sus recopiladores:
Leen de dichos no escritos y, como se
dice, se meten a trenzar sogas con arena; traen materiales y les da
una forma nueva; de esta manera descarrían a mucha gente por la
fantasía malintencionada de sus compilaciones de las palabras del
Señor. [42]
La primera referencia textual
clara al Evangelio de Tomás aparece alrededor de 230 en un
texto de Hipólito, obispo de Roma, quien cita un pasaje del
evangelio cuya redacción se asemeja a palabras empleadas por una
secta gnóstica conocida como los Naasenos. [43] Igual que su contemporáneo Orígenes, quien
condenó el texto por nombre como apócrifo, Hipólito rechazó todos
los evangelios menos los cuatro que hoy se reconocen como
canónicos. A principios del sigloiv, Eusebio de Cesarea condenó el
texto explícitamente, declarando que unos heréticos lo habían
atribuido erróneamente al apóstol Tomás. Pocos años después, Cirilo
de Jerusalén afirmó que el evangelio había sido compuesto por los
seguidores malévolos de maniqueísmo, una de las dos formas
principales del gnosticismo propio derivada de la primera parte del
siglo III. [44] Esta cadena de condenas de Tomás,
inspirada en gran parte por la tentativa de organizar a la
comunidad cristiana y eliminar sectarismos vistos como
perjudiciales para la armonía de la unidad cristiana, culminó en
367 con la carta pascual de Atanasio, obispo de Alejandría. En ella
se mandó que los monjes de Egipto, quienes habían conservado
cuidadosamente los textos secretos en sus bibliotecas, sometieran a
fuego todo lo no certificado como canónico. Con toda probabilidad
fueron estos monjes, quizás del monasterio de Pancomio, quienes
recogieron un caché de estos manuscritos y los escondieron en un
jarro de dos metros en los derrumbaderos que flanquean el río Nilo,
donde quedarían ocultos durante casi dieciséis siglos.
Si la tinta gnóstica en
Tomás (y probablemente en Q también) fue todo menos
borrada de los evangelios sinópticos a favor de una teología
mesiánica, centrada en la muerte y la resurrección de Jesús y por
ello más apropiada para el establecimiento de una identidad
cristiana distintiva, el retrato de Pedro y Mateo en
Tomás, según el cual fracasaron en entender las palabras
del «Jesús viviente», podría señalar un desprecio complementario de
los puntos de vista ideológicos que ellos representaban, así como
también de la estabilidad institucional de la Iglesia. El autor del
Evangelio de Juan toma una estrategia más directa al
rechazar el Evangelio de Tomás.[45] Organizando su evangelio alrededor de una
narración de la pasión de Jesús, él rechaza las tentativas de
Marcos —y de las variaciones de Mateo y Lucas— de presentar a Jesús
como fundador de una comunidad con un liderazgo autorizado.
[46] El Jesús de Juan se dirige a todos, en un
lenguaje que es alternamente claro y enigmático. En este aspecto se
muestra de acuerdo con Tomás. Pero la semejanza acaba
aquí. El apóstol Tomás (fuera o no fuera el hermano o incluso el
hermano mellizo de Jesús) [47] y, por asociación obvia, toda persona que
suscribiera a los dichos recogidos en el evangelio que llevó su
nombre, es calificado como un «dudoso» que rehúsa creer lo
que no puede ver por sí mismo (Juan 20.29). [48]
La descripción no es
inexacta. Para Tomás, la fe no es una sustitución del
deseo de ver lo que no puede verse, sino una consecuencia
de haber visto todo lo posible de lo que hay que ver.
El problema más serio que
Juan tiene con Tomás es teológico. [49] En cierto sentido tiene que ver con sus
distintas maneras de apropiarse ideas gnósticas para incluirlas en
el pensamiento cristiano, lo que expuso al Evangelio de
Juan y a sus fieles a las mismas acusaciones de blasfemia que
él mismo había lanzado contra Tomás.