En busca de la bondad colectiva - James W. Heisig - E-Book

En busca de la bondad colectiva E-Book

James W. Heisig

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Beschreibung

A través de reveladoras historias, esta obra pretende provocar una reflexión sobre los efectos de la incivilidad en nuestras vidas, convirtiéndose en una concisa guía para sobre cómo vivir mejor. Tenemos muchas palabras para describir cualquier acción de incivismo, pero pocas para explicar lo contrario. El autor propone el término «civilidad», una manera de mejorar la convivencia y con ello la calidad de nuestra vida. Este pensamiento va más allá de la de nuestra dimensión individual, crea un pensamiento colectivo. Con estas historias, confeccionadas a raíz de experiencias propias y cuentos de diversas culturas, Heisig apela al lector mediante ejemplos de civilidad en acción para promover el pensamiento colectivo en el que florece la civilidad, y con ello la bondad colectiva.

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2023

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James W. Heisig

En busca de la bondad colectiva

Elogio de la civilidad

Traducción de Ricardo García Pérez

Título original: In Praise of Civility

Traducción: Ricardo García Pérez

Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes

Edición digital: Martín Molinero

© 2021, James W. Heisig, edición autorizada por Wipf and Stock Publishers, Oregón

© 2022, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN: 978-84-254-4980-2

1.ª edición digital, 2023

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).

Índice

Cómo no leer este libro

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Cómo releer este libro

Notas

Información adicional

Cómo no leer este libro

Seamos claros, no he escrito este libro teniendo antes un marco global y no me ha preocupado demasiado mantener ninguna lógica interna que impusiera un orden a mis pensamientos. El pegamento que mantiene estas páginas unidas al lomo del libro es un aglutinante tan bueno como cualquier otro. No hay que pensar que la numeración de los capítulos del uno al siete representa alguna clase de avance sobre una línea recta. Su única finalidad era descomponerlo en pequeñas partes que se pudieran leer en sesiones breves. Si insiste en querer buscar un plan rector, le dejo a usted esa tarea con la única advertencia de que, una vez terminado el libro, yo no tengo conciencia de cuál es.

Las citas y las anécdotas que aderezan este conjunto de pensamientos bastante desordenados son, en líneas generales, elementos que he ido recogiendo a lo largo de los años, garabateado de vez en cuando en los márgenes de libros o referido tantas veces en diferentes conversaciones que ya no se puede decir cuál es su fuente original. Una bibliografía al final —o peor aún, notas al pie, Dios no lo quiera— transmitiría una impresión completamente errónea de lo que creo que es un surtido académicamente promiscuo de rumores, recuerdos reales, recuerdos adornados, citas precisas e imprecisas, historias repetidas y cosas similares.

Tengo la sensación de que debería disculparme de antemano, pero me resisto al impulso de hacerlo con la esperanza de que el tema le resulte tan cautivador como a mí y que, tanto ahora como a lo largo de su lectura, olvide que está leyendo palabras escritas por otra persona.

Me parece preciso decir algo respecto a la traducción de la palabra inglesa civility como «civilidad». Soy consciente de que ninguno de los diccionarios de ambas lenguas cubren del todo las extensiones de significado que le he querido dar. Solo espero que, al leer el texto, mis lectores puedan habituarse a mi decisión de no sustituirla por otro término como «cortesía», «buenos modales», «amabilidad», «gentileza», «benevolencia», «consideración», «urbanidad», «amabilidad», «galantería» o «sociabilidad». A decir verdad, me he preocupado menos de definir la idea que de saborear su indefinición. A pesar de esta irregularidad léxica, confío en que la intención de esa palabra sea algo que el lector reconozca inmediatamente, y luego una y otra vez al navegar por estas páginas. Y, por si fuera insuficiente, invito al lector a recuperar lo que le falta a la palabra «civilidad» con otra que, al fin y al cabo, le parezca más fiel al idioma español.

Uno

Después de más de cinco siglos, el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam sigue siendo una lectura aleccionadora. Página tras página, esbozamos una sonrisa y asentimos con la cabeza, casi a nuestro pesar, cuando carga contra los intelectuales porque olvidan que por cada gramo de razón alojada en su cerebro hay un kilo de pasiones que recorren a sus anchas la totalidad de su cuerpo. Cuando se trata de ser útiles para el mundo, escribe Erasmo, quienes gustan de considerarse eruditos corren a consultar sus libros y sus silogismos, y mientras ellos se aferran a los libros y los silogismos sin dejar de pensar y repensar las cosas, los necios, a ciegas, se apresuran a dar un paso adelante y hacen lo que hay que hacer. Erasmo nos recuerda que, por mucho que los doctos dejen escapar una sonrisa disimulada ante la locura del amor, saben tan bien como el resto de nosotros que sin esa locura la sociedad perdería su cemento y su cohesión. Erasmo agarra de las solapas a las personas nobles y les sacude el moralismo, culpándolos de olvidar que nosotros, los seres humanos, somos tan frágiles y tan obstinados y nos dejamos adular con tanta facilidad para pensar que siempre tenemos razón, que ni siquiera podemos mantener una amistad ordinaria sin que los unos seamos condescendientes con las faltas de los otros. Erasmo reserva su elogio de la ruptura de la pasión con la razón para rebelarse contra lo que está mal, para disfrutar de las cosas de la vida con la inocencia de los niños, para pasar por alto los defectos de los demás.

Despojado de la sátira, por no decir de la ironía de que un sabio tan magnífico se burle de la importancia del conocimiento, el tono bromista del libro no pretendía hacer daño a sus colegas y compañeros clérigos. Cuanto más leemos a Erasmo, más fácil es comprender cuáles son sus verdaderos motivos: alentar a sus lectores a que dejen escapar una buena carcajada al contemplarse a sí mismos y a que confíen más en la mejor parte de su yo.

Me gustaría abordar el elogio de la civilidad con ese mismo espíritu; aunque es evidente que lo haré sin el talento para la retórica y sin el ingenio que Erasmo incorporó a su prosa. Para quienes se toman demasiado en serio su indignación moral ante los males de la sociedad, para los críticos sociales que tienen la sensación de que nada se experimenta verdaderamente hasta que se ha convertido en un juicio acerca de lo que está bien y lo que está mal, tal vez la civilidad pueda parecer una virtud de rebaño propia de quienes son demasiado tímidos para defender sus derechos y aquello en lo que creen. Hasta el lector más sosegado y optimista puede resistirse a la llamada de la civilidad porque la entiende como la ilusión romántica de un loco que no tiene los pies en la tierra. Más adelante tendremos que volver sobre ello para hacer frente a estos recelos. Sucede únicamente que me parece que empezar por ahí sería hacerlo por el lugar equivocado.

Hay que reconocer que, a simple vista, una muestra de la propagación casi epidémica de la incivilidad que ha acabado por infectar cada vez más a nuestra ciudadanía cada vez en más lugares podría colocarnos en una posición mejor. Para empezar, la incivilidad es una faceta mucho más fácil de detectar que la civilidad. Cuando Tolkien se detuvo en mitad de El Hobbit para reflexionar acerca de cómo iba progresando su relato, encendió una luz para iluminar nuestra oscura disposición a fijar la atención sobre determinadas cosas de la vida y pasar por alto otras:

Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras y aun horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas.*

Los malos modales son siempre más fáciles de diagnosticar que los buenos. No hay duda de que proporcionan material para una conversación más estimulante. Cuando se trata de elogiar la virtud de los demás, tenemos un vocabulario bastante más limitado en comparación con el profuso tesauro del que disponemos para censurar sus fechorías. Los principios que rigen la buena conducta son más transparentes cuando se quebrantan y tienden a empañarse cuando se respetan. En cualquier caso, parecería que la forma más sencilla y directa de presentar la civilidad sería definiéndola como la ausencia de incivilidad y el modo más seguro de elogiarla, dando una buena reprimenda a su contraria.

Esta fue la estrategia que empleó Erasmo, pero no será la nuestra. Él redactó su elogio de la locura pasando por la quilla la racionalidad de un extremo a otro de la costa con el fin de realzar el uso de la razón, no para sustituirla por la sinrazón. No tengo la menor intención de tratar de devolver a la incivilidad al lugar que le corresponde exponiendo los límites de la civilidad. Al igual que cualquier otra tentativa de tomar una acción «correcta» por «incorrecta» dando la vuelta a su apariencia, perseguir la civilidad evitando su ausencia acaba rindiéndose a la opinión pesimista de que hacer lo correcto empieza por resistirse a la tentación de hacer lo que es incorrecto. O a la inversa, a menos que podamos encontrar el camino para recuperar el instinto primigenio de vivir en armonía con nuestro entorno, cualquier elogio de la civilidad que podamos hacer está condenado al fracaso desde el principio.

Dicho con pocas palabras, la búsqueda de la civilidad tiene que prestar más atención a su práctica real que a su descuido. Y eso es lo que me propongo hacer en estas páginas: contar historias sobre civilidad que nos hagan pensar sobre los efectos que la incivilidad tiene en nuestra vida y en la de quienes nos rodean. Pero antes de empezar preguntando cómo reconocer la incivilidad y como enfrentarla, debemos tener alguna idea de cómo plantear la cuestión con civilidad. Responder a una incivilidad con otra es como tratar de curar una enfermedad propagándola. Elogiar una virtud condenando su descuido carece de sentido, a menos que primero podamos describirla en sus propios términos.

Estamos profundamente equivocados si contemplamos la civilidad como una virtud personal que nos sirve de poca ayuda para hacernos cargo de las situaciones de la vida. Como los escuetos arrebatos de indignación moral desbordan cada vez más nuestra conversación «civilizada», el lento caminar del pensar y el actuar con civilidad queda atrás fácilmente como una pintoresca e ingenua distracción de la tarea de defendernos o no dejarnos pisotear. Este es justamente el prejuicio al que me gustaría dar la vuelta y no se me ocurre ningún otro modo mejor de hacerlo que recopilando ejemplos de civilidad en acción.

En un momento u otro, he sido culpable de muchas de las incivilidades que se critican en estas páginas. De modo que cuando digo «nosotros» no estoy recurriendo a un modo elegante de señalar con el dedo al lector. Estoy siendo riguroso. Por supuesto, la proporción de humanidad e inhumanidad es diferente en cada uno de nosotros, pero los ingredientes básicos son en buena medida los mismos para el santo y para el pecador, para el sabio y para el necio. Es más, ninguno de nosotros está libre de actos y pensamientos al acecho en la sombra arrojada por las brillantes creencias y los ideales que profesamos a los demás.

La sabiduría al uso es que no deberíamos imponer a los demás principios que no ponemos en práctica nosotros mismos. El rabino Hanina Ben-Dosa, un famoso erudito del siglo I, lo dice con estas palabras:

Cuando los actos de una persona superan su sabiduría, su sabiduría sobrevivirá; pero cuando la sabiduría de una persona supera a sus actos, la sabiduría no resistirá.

Esto me parece completamente equivocado. Nuestros ideales son siempre más elevados que nuestras tentativas de cumplirlos. Incluso cuando mejor lo hacemos, no hacemos más que deslizarnos sobre el delgado filo de nuestros ideales. Si no lo creyera, si tuviera la sensación de que debería deshacerme de toda hipocresía antes de hablar de mis ideales, apartaría las manos del teclado ahora mismo y me las llevaría a la boca para tapármela. Si nos tomamos al pie de la letra el adagio «predica con el ejemplo», la única opción que nos quedaría sería menospreciar la poca sabiduría que tenemos o, al menos, guardárnosla para nosotros. Es preferible que inspiremos y espiremos nuestros ideales en la práctica lo mejor que podamos, como si fuéramos un acordeón que se llena de aire sin emitir ningún sonido y solo hiciera música cuando el canal de aire se abre hacia el exterior. Las melodías que producimos nunca se igualan a la mejor que podemos imaginar, pero esta es una triste excusa para no dar voz a nuestros ideales. Con el debido respeto al santo rabino, la única sabiduría que perdura es aquella que no queda silenciada por su fracaso en la práctica. Mis palabras son siempre mucho mejores que yo, pero no puedo subestimar esta idea considerándola un simple fallo mío. Es parte de la vida, uno de los roles que desempeñamos (que es lo que en la antigua Grecia significaba la palabra «hipocresía»), y no un veneno que infecta la totalidad del conjunto de roles que conforman nuestra existencia.

Tal vez esto explique de algún modo por qué preferimos las historias con final. Sabemos muy bien que este no es un final real, que hasta la muerte nos sorprende con un pie todavía en el aire, a punto de dar el paso siguiente. Pero nos gusta creer en los finales porque no podemos obligarnos a reconocer que nunca nos acercamos siquiera a vivir de acuerdo con nuestros propios ideales; menos aún con los que nos enseñaron cuando éramos niños. Sencillamente, llevamos la hipocresía incorporada en nuestra propia naturaleza porque queremos que las cosas acaben perfectamente, pero sabemos que no será así. Esto debería darnos una lección de humildad, pero en lugar de ello acabamos imponiendo nuestro deseo de un final a las personas que nos rodean que no consiguen vivir estando a la altura de lo que se espera de ellos. Más que vigilar o supervisar el camino que lleva hacia un adecuado fin de los acontecimientos, la civilidad nos reclama que cerremos el círculo sobre lo que hay de bueno ante nosotros para encontrar un modo de que ese momento acabe reportando armonía.

¿Quién de nosotros no se sentiría abochornado ante la desnuda realidad de la falta de consonancia entre nuestras palabras y nuestros actos? Pero ¿significa eso que dejamos de buscar la verdad y de compartir lo que vamos encontrando por el camino hasta que logramos estar a su altura?

La civilidad que desearía elogiar aquí no tiene nada que ver con el heroísmo moral, ni con la virtud angelical. Al contrario, es más bien honestidad común y corriente y cotidiana que está perfectamente al alcance de cualquiera. Sin ella, hasta el acto heroico más noble se desmorona rápidamente convirtiéndose en arrogancia. Como método de argumentación, el recurso a anécdotas puede parecer un poco incompleto. Pero, una vez más, nuestro objetivo no es exponer un conjunto claro de principios de conducta racional que se puedan defender en abstracto para, a continuación, aplicarlos a nuestras interacciones concretas con los demás con cierto grado de confianza. Consiste más bien en encontrar un modo de actuar con fluidez con nuestro entorno, igual que una cuerda vibra sin esfuerzo ante el sonido de otra. El hábito de la civilidad es el equivalente conductual de lo que William James denominó el «sentimiento de racionalidad», ese dispositivo que nos ahorra trabajo y nos permite encontrar un equilibrio entre, por una parte, la necesidad de disponer de ideas sencillas y manejables y, por otra, la de tener una imagen clara de la realidad en su plena totalidad. No es una renuncia a la razón, sino su utilización práctica alcanzada a base de infundir lo irracional —la «pasión» de la que hablaba Erasmo— en lo racional.

No pretendo insinuar que tener convicción en nuestras creencias sea el enemigo natural de la civilidad. Pero la certidumbre sí lo es. Nada nos ciega tanto a nuestra naturaleza «frágil y obstinada» como el rechazo por principios a aceptar las limitaciones de nuestra capacidad para comprender las situaciones de la vida. Sacralizar nuestra lucha contra la injusticia y nuestra moral de certidumbre acaba envenenando la civilidad en algún momento u otro. En nombre de alguna verdad superior de la que estamos convencidos más allá de toda duda, diluimos nuestro instinto originario de vivir en armonía con los demás en nuestro instinto más bajo de imponerles conformidad con nuestras formas de pensamiento y de conducta. No me refiero solo a ideologías nacionalistas o imperialistas. Incluso una religión que difunde un mensaje de amor universal puede verse corrompida por el sueño de un catecismo perfecto hasta llegar a incurrir en la intolerancia fanática contra aquellos que mantienen creencias discrepantes. La civilidad no es una causa, sino una cualidad esencial para proteger de su lado oscuro todas las causas que entran y salen de la historia desde una época hasta la siguiente. Aunque la civilidad haya quedado huérfana por la omnipresencia de las acuciantes preocupaciones morales cotidianas, sigue estando ahí delante de nosotros, en ejemplos de la vida cotidiana que nos corresponde a nosotros emular. Si no mantuviera la convicción en esa creencia, me habría desesperado hace mucho ante el futuro colectivo de la raza humana.

Tal vez no esté usted de acuerdo conmigo en que la renuncia deliberada a las certidumbres ante las incertidumbres de la vida sirva de algo para abordar nuestro experimento colectivo con la existencia humana. Quizá podría replicar que ese tipo de renuncia no es posible —o siquiera deseable— a gran escala. Solo pido que sea indulgente conmigo un rato más, hasta que lleguemos al núcleo de la cuestión, donde estas discusiones superficiales acerca de la verdad y la certidumbre encuentren un entorno más adecuado que el que les he proporcionado hasta ahora. Aun así, puede ser que no acabe usted convencido. He dedicado mi vida a hacer malabarismos con una enorme diversidad de ideas y perspectivas. Tal vez sea una cuestión de temperamento, pero albergar en la mente al mismo tiempo una serie de posibilidades diferentes me ha resultado más satisfactorio que probar suerte a construir un edificio uniforme para que los demás entren y se formen su propia opinión sobre el proyecto. Este breve libro y su defensa del sentido ordinario de la civilidad es un ejemplo. Por contundente que pueda parecer mi forma de expresarme, le advierto que no espere más que un malabarismo.

Comoquiera que sea, antes de que empecemos a enumerar todas las cosas que la civilidad no puede conseguir, deberíamos tomarnos muy en serio lo que sí puede lograr. Y es mucho más de lo que muchos de nosotros estamos acostumbrados a reconocerle.

Hace unos años, en unos grandes almacenes de Japón, estaba yo en una de las colas de un ascensor esperando a que llegara a nuestra planta. Justo entonces pasó al lado una joven que llevaba un bebé en su sillita; vestía un top de tirantes y unos vaqueros rotos. Llevaba el pelo de punta y de color rojo y azul chillón, carmín negro y un arete atravesado en el labio inferior. Absorta en lo que quiera que estuviera escuchando por los auriculares, parecía ajena a lo que sucedía a su alrededor y llegó contoneándose hasta que se detuvo delante de las puertas del ascensor impidiendo el paso. Una anciana que esperaba sentada en un banco junto a la pared que teníamos detrás dejó el periódico y la increpó.

—¿Qué cree que está haciendo? ¿No tiene usted modales?

Todo el mundo bajó la cabeza un poco anonadado, llevando la mirada a hurtadillas desde el cochecito de bebé hasta el banco, con cuidado de evitar mirar directamente a alguna de las dos partes, pero inquietos por ver qué iba a suceder a continuación. La anciana levantó la voz y prosiguió.

—De verdad, cómo son los jóvenes de hoy. Qué egoístas. No piensan nada más que en sí mismos. ¿No ves que estás en medio de las puertas adelantándote directamente a todas estas personas, sin siquiera decir «disculpe, me permite»?

Nadie dijo una sola palabra, pero yo pude apreciar cierto vínculo de simpatía confusa entre los testigos. Por supuesto, la anciana tenía razón. Y, sin embargo, ceder el paso a una madre con su bebé es un simple detalle de cortesía ordinaria...

¿Y qué cree que dijo la joven en respuesta a la reprimenda que le acababan de echar en público? No hizo lo que se podría esperar.

Se quitó los auriculares, bajó la vista y se inclinó ante la anciana.

—Mis disculpas. Lo siento.

Mientras retrocedía hasta el final de la cola, se dirigió a quienes estaban a la derecha de la puerta y repitió la disculpa y, después, otra vez a los que guardaban cola a la izquierda.

Todo el mundo asintió con un gesto de reconocimiento. La anciana sonrió a la infractora, ladeó ligeramente la cabeza y los hombros como queriendo ofrecer una disculpa a todos los presentes y, a continuación, tomó el periódico y siguió leyendo.

A esto es a lo que me refiero cuando hablo de civilidad.

No pretendí ser sarcástico cuando sugería que aquella situación no se resolvió como se podría esperar. Solo quería decir que aquella escena podría haberse desarrollado de un buen número de formas distintas. Los testigos podrían haberse implicado apoyando a la madre y el bebé, o haberse puesto del lado de la anciana. La propia joven podría haber replicado para defenderse o, sencillamente, haber dado la espalda a las recriminaciones que se lanzaban contra ella. Póngase en su lugar e imagine lo que habría sentido al verse avergonzada así en presencia de unos absolutos desconocidos y cómo reaccionaría si la madre con el cochecito hubiera sido usted. Y ahora recompóngase y pregúntese si el repliegue y la inacción de la joven no fueron exactamente lo mejor para todos los implicados, incluida ella misma. Si alguno de los que estábamos allí nos hubiéramos apartado de inmediato y hubiéramos invitado a la madre a ocupar nuestro lugar en la cola, la decisión habría avergonzado a la anciana. Si alguno de nosotros hubiera puesto mala cara habría provocado que otras personas también manifestaran su valoración sobre el suceso. En cambio, la situación en su conjunto y todos los que participamos en ella nos dejamos llevar por algo más importante que el conflicto que se avecinaba. Sin duda, la anciana quiso dar una lección a la joven madre, tal como parecen hacer cada vez más las personas conforme se van haciendo mayores. En realidad, fue la joven madre la que le enseñó algo a la anciana, además de al resto de nosotros, sin siquiera darse cuenta. Al asumir toda la responsabilidad y el pequeño sonrojo de bochorno implicado, permitió que se restableciera la calma.

Para mí, aquella reacción ha quedado en mi memoria como un ejemplo de bondad humana elemental; algo digno de emulación porque fue absolutamente ordinaria y espontánea y, sin embargo, tan inesperadamente ratificatoria de la simple civilidad.

Para conocer la civilidad no es tan importante escarbar en las motivaciones o examinar la consistencia entre los principios y la acción como fijarse en la recepción. A la civilidad se la reconoce cuando se la ve. Es una de esas cosas que sentimos como una corazonada antes de poder analizarla o expresarla con palabras. En realidad, no se puede comprender realmente sin retroceder hasta el momento en que se puede decir que algo parece que estaba bien antes de que decidiéramos detenernos y valorar si estaba bien y explicar por qué.

La civilidad es una especie de arte moral. No es ese tipo de comportamiento que se pueda definir con claridad y, a continuación, buscar o enseñar según la definición y su corolario de ejemplos. No es que sea indefinible, pero cualquier definición que se nos ocurriera nos dice muy poco sobre lo que nos hace falta saber.