El gran danés - Corina Bistrisky - E-Book

El gran danés E-Book

Corina Bistrisky

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Beschreibung

La narradora, una mujer joven en sus treintas, está triste por la reciente ruptura con su novio, un músico que se vuelve famoso de pronto y que un día decide que no quiere seguir con ella. En medio de la depresión, en una madrugada, ella se encuentra con un perro gran danés en el parque, quien la sigue hasta su casa y decide vivir con ella. Además de la ruptura, hay algo más que la afecta: un secreto familiar que ha creado un silencio tenso con el que han cargado su abuela, su madre y ahora ella. En compañía de su amigo Iván, su novia Paula, y el gran danés, la protagonista enfrentará la tristeza y buscará su identidad en el desorden de su casa, las calles de la ciudad, la claridad del campo y en su propia animalidad.

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Seitenzahl: 101

Veröffentlichungsjahr: 2025

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CORINA BISTRITSKY

EL GRAN DANÉS

Derechos reservados

© Corina Bistritsky, 2025

© 2024 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

Avenida Patriotismo 165,

Colonia Escandón,

Delegación Miguel Hidalgo,

Ciudad de México,

C.P. 11800

rfc: aed140909bpa

www.almadia.com.mx

www.facebook.com/editorialalmadía

@Almadía_Edit

Imagen de portada: “Tomasito”, fotografía de Paty Salinas.

Edición digital: febrero de 2025

isbn: 978-607-2631-04-5

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Hecho en México.

A mi mamá, porque me enseñó a reírme de todo.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

El único que está conmigo en la plaza es un perro muy grande, está acostado debajo de un árbol. Desde que llegué me mira desde lejos, pero no se acerca. Yo no podía dormir y salí a caminar. Empezó a llover un poco antes de que amaneciera. Escuché el inicio de la tormenta desde la cama, las primeras gotas sonaron gordas, gruesas. Me levanté, salí de mi casa y di vueltas a la manzana hasta que vine acá y me senté en un banco. El cielo está oscuro y el viento hace que las copas de los árboles se agiten en el aire. Está empezando a hacer frío, empezó el otoño hace poco. Que me guste la lluvia debe ser algo que heredé de mi abuelo materno, Joaquín, porque a él ahora lo pienso como un hombre al que le gustaban las tormentas, el barro, los yuyos, las vacas, los árboles, el campo.

El perro se revuelca en la tierra mojada y se mancha el lomo, las patas se le llenan de barro. Lo llamo y viene enseguida caminando para el banco en el que estoy sentada. Eso es lo que me encanta de algunos perros, el contacto directo, sin histeria. Creo es un gran danés, su pelaje es blanco y negro, parece adulto, pero todavía joven, debe tener uno o dos años. No tiene collar ni chapita, quizá se perdió hace varias semanas y anda caminando por la ciudad desde entonces.

Le hago unos mimos en la panza, la tiene empapada y fría, de repente abre mucho los ojos; no parece querer atacarme, pero me clava la mirada y se queda quieto, duro. Quizá quiere pasarme algún mensaje oculto con los ojos, pero a mí me da miedo y por las dudas ya no lo toco ni lo miro, en cambio me concentro en un árbol con tronco finito sostenido por unas maderas para guiar el crecimiento. Este parque no tiene tanto pasto y el poco que hay quedó quemado del verano. Vuelvo al perro, sigue mirándome, pero ahora mueve la cola.

Nunca tuve mascotas. Una vez intenté adoptar un perro con Sebastián, pero él no quiso. Decía que era mucha responsabilidad y que además no le gustaba la idea de tener el sillón lleno de pelos. Yo le mostraba fotos de perritos para intentar convencerlo. Lo más cerca que estuvimos fue cuando una tarde de verano, volviendo para nuestro departamento, encontramos una caja de cartón con dos cachorros. Uno era negro y el otro marrón clarito. Íbamos caminando y discutiendo, ese último tiempo lo único que hacíamos era pelear, y de repente vi que la caja se movía. Los dos perritos pararon nuestra discusión y se volvieron un espejo, porque también estaban peleando y se mordisqueaban los cachetes. Yo agarré al negro y Sebastián al marrón claro. Estaban sucios, pegajosos y chillaron todo el camino. Los tuvimos una semana y después los entregamos a unos rescatistas, aunque le insistí para quedárnoslos. Cuando los pasaron a buscar los apreté sobre mi pecho y el marrón clarito me clavó los dientes en la pera, sus colmillos eran muy filosos. El negro me lamió, lo miré a los ojos, eran como dos bolas de fuego brillantes incrustadas en su cara.

El agua de la lluvia está empezando a estancarse en la tierra y el perro parece aprovecharse de eso, así que se aleja de mí y se inclina hacia el charco más grande, saca la lengua y toma. Está muerto de sed. Jadea, muestra todos los dientes y le veo los colmillos, son gigantes.

Me alejo un poco, pero él ya lo tiene decidido: cuando me quiero ir de la plaza, me sigue, se me pega a la pierna derecha y si intento apartarme un poco, se resiste empujando todo su peso contra el mío. Pesa tanto que hasta me tira un poco para un costado. Así caminamos pegados cinco cuadras y cuando llegamos a mi edificio, no se va. Al contrario, quiere meterse conmigo. Lo dejo pasar porque ahora que Sebastián se fue, puedo tener un perro, un perro así de grande.

Me gusta la idea de reemplazarlo por un perrocaballo. Sebastián se fue hace un par de meses y desde entonces vivo sola. Paso la mayor parte del día en el departamento sin hacer nada y siento ganas de llorar casi todo el tiempo, pero no sale, el llanto queda trabado en la garganta. Siempre me costó estar sola y desde que él se fue, más todavía. Si estoy con alguien, la tristeza y el llanto desaparecen, pero se quedan abajo mío, como si fueran un sedimento de mí misma.

Voy a la veterinaria chiquita que está a dos cuadras para comprarle comida al perro. Toco el timbre que está al lado de la puerta de vidrio y aparece el veterinario que veo siempre que paso por acá. Usa un peinado de señor aunque es un hombre joven. Tiene el pelo negro y peinado con gel para atrás. En la mano lleva una taza de café. Me hace pasar y se va al consultorio. Me pide que espere un segundo, en la sala de espera no hay nadie. Los sillones de cuerina roja están sucios y la estantería que sostiene bolsas de alimento balanceado también. El veterinario se asoma por la puerta del consultorio y me llama.

Guillermo, se presenta mientras estira su mano hacia la mía.

¿En qué te puedo ayudar?, me pregunta y mueve las manos sobre la camilla metálica. Una cinta blanca le envuelve el índice derecho.

¿Qué te pasó?, le pregunto y la boca se le tuerce y frunce el entrecejo como no entendiendo la pregunta. Después de quedarse dos o tres segundos callado me responde:

Me arañó un gato ayer a la noche cuando intentaba revisarlo porque se comió una media de la dueña.

¿Qué cuidados sugerís con un perro gran danés? Encontré uno en una plaza.

¿Un gran danés? No hay muchos de esa raza en Buenos Aires, pero para tener uno se necesita espacio, mucho mucho espacio, dice y después pasa un trapo por la camilla metálica. Habla alargando las palabras.

Yo lo miro en silencio, me siento una estafadora, jamás voy a confesarle que mi departamento es diminuto. No sé si es un gran danés puro, quizá sea mezcla, pero yo lo veo gigante. Sus extremidades son larguísimas y el lomo es macizo y fibroso. No parece muy viejo.

Hay que sacarlos a pasear varias veces al día. Necesitan movimiento diario esos perros, bah todos, pero los que son de ese tamaño, más todavía, para gastar energía. Un perro es como una persona. Pensalo así. Un animal requiere los mismos cuidados que vos, que cualquiera: comer, tomar agua fresca, pasear, descansar, jugar.

¿Y algo más?

Kilos de alimento balanceado, para hacerte cargo de un gran danés hay que destinar un buen monto de plata, porque son perros que comen muchísimo. Pero igual tráemelo, así lo reviso. Seguramente se haya perdido, o quizá lo abandonaron, suele pasar que los tutores de esos perros tan grandes los abandonan porque no pueden mantenerlos. Podés sacarle una foto y colgar carteles por el barrio a ver si aparecen los dueños. Si querés traeme uno y lo pongo en mi cartelera. Si no aparece nadie, podés quedártelo o darlo en adopción. ¿Ya le pusiste nombre?, me pregunta.

No voy a hacer carteles ni le voy a poner nombre, al menos no por ahora, estuve pensando cómo podría llamarlo y todos los nombres me parecen ridículos en relación a su cara y su cuerpo, así que por ahora va a llamarse gran danés.

¿Qué alimento recomendás?, le pregunto ignorando su pregunta.

Cualquiera de primera o segunda línea, pero nunca los que se venden en el supermercado porque destruyen la digestión del animal.

En la sala de espera, justo arriba de los sillones rojos, está la pizarra, tiene varios carteles de perros perdidos o encontrados. También hay algunos carteles de refugios, piden donaciones para sus cachorros en letras grandes y gruesas.

Le pido al veterinario una correa y alimento. Me da las cosas sin prestarme mucha atención. Mientras pasa la tarjeta de mi mamá por el Posnet, agarra el celular y abre mensajes. Yo le miro el dedo vendado, una gota de sangre fresca mancha el vendaje.

* * *

Secreto: mi abuelo materno plantó uno en mi familia cuando tenía la edad que tengo yo ahora. Lo omitió de su historia, las palabras se le fueron para adentro y se pegaron en su sangre, músculos, huesos, órganos. Mi abuelo tenía un esqueleto hecho de palabras, pero casi no hablaba, era puro silencio.

Protección: mi abuela cuidó al secreto como se resguardan las cosas valiosas. Así, al callarse los dos, volvieron al secreto un cuchillo filoso apoyado sobre una mesa, que todos ven, pero nadie se anima a nombrar o agarrar.

Estar oculto, silenciarse: los dones de mi abuelo.

Tengo muy poca plata en mi cuenta, hago cálculos para ver cómo voy a pagar el café y las medialunas que pedí. Debería conseguir un trabajo cualquiera para ir zafando y después ver qué hago, pero soy caprichosa y no quiero. No quiero volver a trabajar en el negocio de ropa, ni en el de muebles, ni quiero ser niñera. No quiero ninguno de todos los trabajos que ya tuve.

Fue Sebastián el que me convenció para que dejara a Nina, la última nena que estaba cuidando. Tenía cinco años, un hermanito por nacer y era igual de caprichosa que yo. La cuidaba de doce del mediodía a cinco de la tarde y lloraba casi todo el tiempo. La pasaba a buscar por el jardín, le cocinaba el almuerzo, la llevaba a la plaza. Algunas veces lloraba tanto pero tanto que se ponía roja y la cara se le hinchaba como una piñata al borde de la explosión. Mi técnica para calmarla era entregarle mi cuerpo: la envolvía con los brazos y las piernas, la apretaba fuerte y así estábamos un buen rato hasta que el llanto iba desapareciendo.

El día que renuncié le dije a Nina que no íbamos a vernos por un tiempo y ella se arrancó un piojo del cuero cabelludo y me lo puso en el pelo y me dijo: Para que no te olvides de mí, y después se puso a llorar.

Cuando nos separamos, Sebastián me dijo que me iba a ayudar económicamente hasta que yo consiguiera algo. Vine al café para escribir, pero no me sale, tengo el archivo de la computadora casi en blanco. Hace dos semanas Sebastián me preguntó cómo venía con la búsqueda de trabajo, le dije que bien, que posiblemente el próximo mes ya estuviera acomodada del todo. Hace varios meses le digo lo mismo.

Ahora en el bar suena la televisión que cuelga de una esquina. Está en un canal de música. Además de la computadora, traje dos libros que compré hace unos días en la librería cerca de mi casa, todavía no empecé a leer ninguno, voy a empezar por el más largo. La librera me los recomendó con tanto entusiasmo que me convenció. Es una chica de veintidós con anteojos redondos y el pelo teñido de violeta claro.