El hechizo de la misericordia - José Rivera Ramírez - E-Book

El hechizo de la misericordia E-Book

José Rivera Ramírez

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Beschreibung

Recopilación de predicaciones de don José Rivera Ramirez sobre la Misericordia. Incluye charlas en ejercicios espirituales, charlas a sacerdotes, religiosas y seglares, y también homilías. El libro incorpora el acceso a las grabaciones en audio de las predicaciones originales que han sido transcritas. Una lectura que no deja indiferente.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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El hechizo de la misericordia

© Fundación José Rivera (www.jose-rivera.org)

© Ediciones Trébedes, 2018. Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.

Portada: Ediciones Trébedes

Nihil obstat. Censor: Alfonso Fernández Benito.

Imprimatur.  Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Toledo, 25 de marzo de 2018.

www.edicionestrebedes.com

[email protected]

ISBN: 978-84-945948-6-1

ISBN del libro impreso: 978-84-945948-5-4

Edita: Ediciones Trébedes

Estos artículos han sido registrados como Propiedad Intelectual de sus autores, que autorizan la libre reproducción total o parcial de los textos, según la ley, siempre que se cite la fuente y se respete el contexto en que han sido publicados.

José Rivera Ramírez

El Hechizo de la misericordia

Predicaciones sobre la misericordia

Ediciones Trébedes

Introducción

“¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Rm 11,33)

La ocasión vino con el año santo de la misericordia. Extraer y poner al alcance de todos algún filón del rico tesoro de don José Rivera sobre la misericordia. El objetivo de estas palabras es sencillamente el de ayudarnos a entrar en la vivencia que tuvo don José de la misericordia como participación en la misericordia de Dios Padre1; ciñéndonos particularmente a su predicación. Lo que hemos hecho ha sido escuchar las grabaciones que se conservan de sus predicaciones, dedicadas a la misericordia, ya sea en alguna meditación de retiros, ejercicios u homilías, tanto a religiosas como a seglares o sacerdotes, y transcribirlas, aportando una sencilla subdivisión de cada meditación en una serie de apartados que faciliten su lectura y añadiendo una breve nota al inicio como presentación2.

Hay una frase de la Escritura, del apóstol san Pablo, que nos sitúa en la perspectiva adecuada, que nos centra la mirada al tratar este tema: “¡Qué abismo de generosidad (misericordia3), de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Rm 11,33). Efectivamente, don José, nos da testimonio de vivir a partir de la fuente que es la misericordia divina, un verdadero abismo, que le hechizaba, pues vivía inmerso en ese inmenso derroche de amor del Padre. En verdad, la vida es cuestión de amor y el amor es cuestión de fuente. No se domina el amor con métodos, con ensayos o entrenamientos, como si se tratara de un deporte; porque es experiencia de participación (“como el Padre”, Jn 15,9).

Al leer y escuchar a Rivera uno se va dando cuenta de que hay al menos dos claves que siempre, o casi siempre, están presentes en sus charlas, a modo de sencilla estructura sobre las que se apoyan la mayor parte de sus consideraciones. En primer lugar, gracias a la centralidad de la Encarnación, las realidades sobrenaturales son al mismo tiempo misterios y dones; esto es, algo que nos excede y desborda por todos lados, pero que nos es ofrecido como un don. Inabarcable, pero a la vez concreto, palpable y desafiante, tanto en la vida ordinaria como en las enseñanzas de don José. En segundo lugar, de una u otra forma siempre aparecen las notas específicas de la revelación neotestamentaria: novedad- radicalidad-totalidad-alegría. ¡Cuántas veces le oímos hablar de ellas!

Lo propio de Jesucristo en su vida y enseñanza está marcado por la novedad: respetando una cierta continuidad con lo creado, en la historia, irrumpe con algo absolutamente nuevo. De hecho, hay dos realidades en las que se pone de manifiesto esta novedad: «que Cristo es el Hijo de Dios (por eso se rasga las vestiduras el sumo sacerdote), ¡eso es muy fuerte!; y que Dios es misericordioso, que el modo de amar Dios –misericordiosamente– como lo expresa Jesucristo, nadie se lo podía imaginar», ni los ángeles podían soñar un amor tan grande. Y esto desde una raíz –la radicalidad– que es nuestro arraigo o injerto en Cristo y por Él en la Trinidad; como un amor que tiende a la totalidad: lo llena todo, lo invade todo, lo transforma todo, lo vence todo (omnia vincit amor); que tiene como fruto, la alegría, profunda y serena de este don y misterio.

Más aún, uno se va dando cuenta de que las grandes verdades reveladas en la Biblia, transmitidas en la Tradición viva de la Iglesia y en su Magisterio sobre la misericordia, ciertamente están presentes en don José, pero asumidas en una profunda síntesis personal y acogidas con tal fortaleza que las vive y predica como sometidas al ímpetu de un huracán que apunta siempre “hasta el extremo” (Jn 13,1). Es verdadera y creativa fidelidad.

De hecho, quienes mejor nos pueden enseñar en qué consiste la realidad de esta participación en la misericordia de Dios Padre son los que la han vivido, los santos; al tiempo que interceden por nosotros para ayudarnos a vivirla. ¿Quieres saber en qué consiste la misericordia? Mira a un santo. Cualquiera de ellos (desde María Magdalena o Dimas hasta Teresa de Calcuta o Maximiliano Mª Kolbe, etc., etc.) nos muestra con su vida en qué consiste la misericordia en cuanto participación en la misericordia de Dios Padre. Y en este contexto podríamos preguntarnos si acaso no será también el Venerable José Rivera parte de este «lugar teológico» donde seguir recibiendo los modos divinos de amar misericordiosamente.

Ahora bien, ¿cómo es este «ser misericordioso como el Padre» según don José Rivera? Unos ejes para orientarnos en estas charlas: primero, la misericordia divina que «hechiza» a don José (se refiere a la novedad y radicalidad); segundo, la esencia de la entrañable misericordia de nuestro Dios (la totalidad); tercero, felicidad y misericordia (la alegría). Como muchas de estas charlas fueron pronunciadas en Cuaresma, también podemos relacionar con la oración, con el ayuno y con la limosna.

La misericordia del Padre no es para él una teoría, ni una idea hermosa, ni siquiera una expresión atractiva sin más, sino la vivencia que experimenta del Amor del Padre, del amor en su fuente: «Mi debilidad no me asusta porque me hechiza su misericordia»; «el estilo de Dios es permitir miserias para manifestar misericordias». Así me lo imagino, sumergido en este abismo de generosidad, es decir, de misericordia; y al mismo tiempo de sabiduría y de conocimiento, ¡el de Dios! (cf. Rm 11,33): sobrecogido, encandilado y hechizado por esta realidad «enorme» (fuera de toda norma), recibiendo y participando de ella. Vive clavado, envuelto y transformado en este abismo infinito de la misericordia divina.

En contraste con un mundo que se «des-vive» porque se «endurece» de corazón (la esclerocardía a la que se refiere Cristo en Mt 19,8), tanto por escasez de misericordia, como por confusión de lo que es verdadera misericordia (capaz de perdonar el pecado, pero no de hacer compatible lo que de suyo es incompatible). De hecho, es muy llamativa la contradicción que en este punto solemos vivir: por un lado, nuestro mundo es refractario a todo lo que parezca una presentación enérgica, fuerte y, en ese sentido, aparentemente «dura» de lo cristiano; pero, por otra, parece que cada vez estuviéramos más «endurecidos» de corazón y no sólo de cerviz. Don José, más bien, dada la conciencia del mal del mundo, se coloca “en la brecha” (Sal 106,23): ante Dios, por todos (en lugar de, a favor de); y, comparando el abismo que contempla –el de la misericordia de Dios– con las expresiones deformes de lo que se suele entender por misericordia, esto le mueve a estudiar y profundizar particularmente en esta realidad. “¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios!” (Rm 11,33), es decir, en lo que se refiere a Dios, cuanta más generosidad y misericordia, más sabiduría y conocimiento; no hay que poner entre paréntesis el conocimiento para ser más generosos o para tener más misericordia. En don José, precisamente su conocimiento de Dios, por contemplación y estudio muy serio, le hizo abismal en su misericordia, «como» el Padre.

El Evangelio rezuma sabiduría en forma de paradoja4: Que Dios sea más humano de lo que creemos, ya es asombroso; pero que nosotros seamos más divinos de lo que pensamos, es algo que nos parece demasiado bonito para ser verdad, ¿cómo nos iba a amar Dios tanto como para querer hacernos partícipes de su misma naturaleza (cf. 2Pe 1,4)? ¡Qué abismo de generosidad! La novedad de Cristo siempre nos rompe esquemas; y así, cuanto más nos dejamos mover por el Espíritu de Dios, que es un “espíritu de energía y de fortaleza” (2Tim 1,7) más profundo y sorprendentemente «tierno» se vuelve nuestro corazón; o, de otro modo, cuánto más blandengue parece nuestro mundo, más se globaliza la indiferencia y sufre sus consecuencias. Decía él que «si un médico pincha a alguien en el pie lo hace para ver si tiene sensibilidad, si no se ha esclerotizado». Lo mismo que para la salud del cuerpo vale para el espíritu, y para la Iglesia en cuanto Cuerpo Místico: ¿Cómo revitalizar miembros anquilosados por falta de la verdadera misericordia? Conocer y dar a conocer, recibir y transmitir esta “entrañable misericordia de nuestro Dios” (Lc 1,78), ciertamente, le tenía hechizado.

Misericordia, dice Rivera, «es una manera de amar, la propia de un corazón (cor) que carga con o se hace cargo de la miseria (miser) de aquel a quien ama». Como Dios ama a todos, carga con la miseria de todos y cada uno; y, por tanto, se inclina, se vuelca, con firmeza viril y entrañas maternas, sobre toda miseria. «¡Y se complace en ello!» Dios no tiene que hacer una especie de esfuerzo para cargarse de nuestras miserias, o para perdonar. Nosotros, en cambio, solemos decir: “¡cómo me lo vuelvas a hacer, te vas a enterar!”, mientras que Cristo lo que nos dice es: “vete y no peque más” (Jn 8,11); es decir, derrocha misericordia complaciéndose en ello.

San Bernardo decía que “causa diligendi Deum, Deus est; modo, sine modo diligere”5 (la causa de amar a Dios, Dios mismo es; el modo, sin medida). Por eso, no hay manera de dominar o domesticar a Dios, ya que es semper maior; y por eso, siempre nuevo y sorprendente. El pueblo de Israel tendía a hacerse una imagen de Dios, un dios domesticable, llegó a fabricar –con la generosidad de todos– un becerro de oro, pero Moisés lo hizo polvo y se lo hizo tragar al pueblo disuelto en agua (cf. Éx 32,20). De alguna manera, fue ya un primer cáliz, el de beberse la idolatría, porque en sus moldes no cabe el Dios vivo y verdadero, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Porque deformaba la verdad de la misericordia de Dios.

Don José vive en la misericordia de Dios, vive realmente de ella, y la recibe en actitud contemplativa. Sí, sin contemplación no hay participación. Como de la misericordia va a tratar en muchas charlas de Cuaresma, el nexo misericordia-oración, así como misericordia-ayuno/limosna, lo va a encontrar servido en la Liturgia, desde donde afrontará la predicación, el trato personal propio de la actividad pastoral.

Una imagen tomada del Nuevo Testamento, en concreto del Benedictus, nos ayuda a entenderlo mejor: “por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78). Contemplar el sol es ya dejarse iluminar y tostar por él; contemplar a Dios es dejarse comunicar su amor. ¿Cómo si no entender lo que nos dice Cristo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos (…) Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,44-45.48)? Nosotros, si pudiéramos controlar el sol, seleccionaríamos a quiénes darles calor y a quiénes no. Por el pecado original tendemos a estrechar el amor (a este sí, a estos no…): «¿cómo voy a querer a esta gente, con lo que me han hecho? Estoy justificado porque llevo razón, es que…». Es que no les miro aún desde Dios. Pues la razón de la razón es el amor, sin medida. El logos y el ágape. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no dejan de darse, devolverse y recibirse el uno al otro eternamente. Ése es el abismo de generosidad. Don José no lo deja de contemplar, vive ahí. Lo dice muchas veces: «vivo en la generación eterna del Verbo», de donde arrancan todas las virtudes. Es más, la virtud que no arranca de aquí no puede pretender esta universalidad e intensidad sin excepciones, propias de Dios. Porque le faltaría fuerza. Depende de la fuerza del principio, que es la generación eterna del Verbo. Si quieres alcanzar tu fin has de vivir conforme a tu principio.

Si nos deja boquiabiertos ver cómo una madre quiere a su bebé, ¿cómo nos dejaría ver cómo el Padre está eternamente amando a su Hijo, dándose a Él, y el Hijo al Padre, en el Espíritu Santo? ¡Un abismo de generosidad! Nuestras reacciones carnales suelen ser: «es que no puedo perdonar», «setenta veces siete, me parece injusto», «es muy difícil, es imposible», etc. Claro, sin la Trinidad es imposible. Así es Dios con nosotros. Y cuánta falta nos hace contemplarlo. Cómo admiraba lo que había experimentado Santa Teresa de Jesús: “Con regalos castigabais mis delitos”6. Solo por participación en la misericordia del Padre somos capacitados para esta irradiación perfecta del amor: universal en cuanto a la extensión, extrema en cuanto a la intensidad. Ahí nos jugamos nuestro ser y vivir como hijos de Dios. Aunque sea un poco largo, merece la pena que leamos este texto de sus diarios:

“La fórmula de la absolución actual: Dios todopoderoso…: acción del Padre: todopoderoso, creador, misericordioso: su amor se vuelca sobre los inferiores, en cuanto creaturas, en cuanto pecadores. Con todo el interés –el amor– que se ha manifestado en la entrega de su Hijo al mundo. Y a mí me alcanza de lleno ese amor por hijo concreto, personal, individual, y por apóstol, por hombre, de cuya correspondencia, de cuya fidelidad a la gracia depende, de hecho, la salvación y santificación de muchísimos otros. Innegable la alteza a que me llama. No pone deseos que no quiera satisfacer. (…) Buena experiencia tengo acumulada de que el soplo del Espíritu arrebata de mi horizonte cualquier nube de deseos y pensamientos, sin esfuerzo ni dolor por mi parte, siempre que quiere hacerlo. Confianza. Porque lo que me ofrece este Padre omnipotente es su vida, su propia vida divina como perdón, es decir, como don reiterado. Los pecados pretéritos han ido construyendo en mí un vacío de energías, que debería haber recibido al acoger sucesivamente durante años y años las comunicaciones vitales ofrecidas; y han ido levantando hábitos, maneras naturales pecaminosas, que obstaculizan el ejercicio de la vida, que de todas maneras poseo. Pues bien, el perdón del Padre creador, omnipotente, consiste en crear ahora la gracia antes brindada y no admitida. Y a la par, en destruir esas edificaciones de apegos, levantadas trabajosamente por mí en tantos años. Cuanto más dispuesto acuda al confesionario, más pronto realizará el Padre su amorosa tarea. Notar que este perdón, por venir de Dios, «rico en misericordia», es decir, infinitamente misericordioso, se abate sobre «todos mis pecados», que no hay rincón de mi espíritu, de mi cuerpo, donde pueda quedar construcción alguna perniciosa; que no hay vacío que no alcance su obra plenificadora. Sí, muy enfermo, pero ante un médico omnisciente y todopoderoso.

Y la intervención de Cristo, del Esposo. Notar en mí mismo esta facilidad no ya para perdonar, sino para no pensar que perdono si alguien me ha dañado en algo. Notar mi estupefacción cuando ciertas personas me han pedido perdón algunas veces. Pues en realidad, yo no me siento ni siquiera devolviendo, puesto que mi amor ha quedado ofrecido, ellas no lo han acogido, ciertamente, pero yo no lo he retirado de su contorno. Permanece junto a ellas, como ofrenda que las penetrará en cuanto levanten la actitud obstructora… Y Él, el que me ama hasta la muerte, ¿cómo habría retirado su amor de mí?”7.

Que Dios “ve porque ama y ama a pesar de lo que ve”8, es una realidad sublime, fuente de verdadera vitalidad para el ser humano; y esto, a don José le venía al pelo. Cuanto peor fueran las circunstancias, como no deja de contemplar la intención y poder de la Trinidad, más ama, a pesar de lo que ve. Por tanto, no se trata de ser misericordiosos como a nosotros nos gusta, o como al mundo le gusta, o como al destinatario le gusta, sino como la fuente de misericordia es; y entonces, de lo que se trata es de arrimarse. ¡Arrímate! ¡Júntate a la fuente!, que te irá llenando, te contagiará. ¡Ponte bajo el sol! No cuesta tanto. ¿Cómo va a ser tan complicado esto de ser cristiano? ¡Es un gozo recibir! El gozo de dejarte envolver, inundar y transformar por la misericordia de Dios. Quienes así lo han vivido nos muestran que el sujeto agente de la santidad es la misericordia: «Si llego a santo, ¡qué ejemplo de la misericordia de Dios!».

Esta misericordia divina, y no una caricatura de ella, contemplada así, nutre la esperanza. De hecho, el que ora crece en esperanza, ve toda situación como realmente superable, “contra toda esperanza” (Rm 4,18); y “quien ora no pierde nunca la esperanza”9. Sin esperanza uno dice «¿para qué voy a rezar?». Es la única condición para recibir las maravillas de Dios:

“Las maravillas divinas no solamente no se desvanecen, sino que se multiplican. Mas la condición única, real, es la esperanza. La contemplación incesante, (…) nos arrebata hacia el Salvador que las realiza, y nutre la esperanza, (…) Pero apenas las contemplamos… Las empresas suyas… (…) La esperanza es ya maravilla en sí misma. (…) Cada persona es apenas lo bastante para fundamentar esperanza. Y por ello, resplandece de la hermosura misma de la esperanza, del amor divino que obra ya secretamente. Y que a nosotros nos ha sido dado adivinar, vislumbrar, y por ello gozar”10.

Es muy significativo lo que dice en uno de sus poemas: “Sálvalos tú solo, Señor, yo soy malo y los condeno”:

Señor, que los amas tanto

que has muerto en la cruz por ellos.

Sálvalos, Señor, Tú solo,

¡yo soy malo y los condeno!

No me pidas que te ayude,

que están mis brazos enfermos,

que está ronca mi garganta

y mis ojos están ciegos.

Que asfixian el alma mía

los ardores del infierno

de los hombres que podía

y no quise alzar al cielo.

Sálvalos entre tus brazos

fuertes de amoroso celo;

no cargues sobre mis hombros

de su dicha eterna el peso.

Sálvalos solo, que yo,

soy débil y me doblego11.

Desde esta luz enfoca la experiencia del propio límite, de la finitud, e incluso del pecado, que la solemos gestionar no desde un enfoque verdaderamente cristiano; pues si “Dios elige lo que no cuenta”12 (1Co 1,28), «¿por qué nos extrañamos de que nos haya elegido a nosotros? ¿por qué nos molesta que realmente no contemos?», decía él con frecuencia. Y en otras ocasiones:«Que a uno le moleste ser indigente es absurdo. El niño cuando no se deja ayudar es precisamente cuando va a hacer una travesura»13.

Frente a tantas críticas y prejuicios, qué bien vivía la expresión del Salmo: “pero yo confío en el Señor; tu misericordia sea mi gozo y mi alegría” (Sal 30,7-8). Y decía: «Que no me quieren, pues me da pena; pero no por mí, sino porque deberían quererme y, sobre todo, porque pudieran estar ofendiendo a Dios. A mí, el amor de Cristo me basta y me sobra, para dar y regalar». Tener prejuicios es como tener piojos, luego hay que «desprejuiciarse»… y ¡con la de cosas que hay que hacer!… Lo nuestro es “ser testigo, no más, de la ternura de Cristo”14, ser misericordioso como el Padre15.

Alejandro Holgado

1. Misericordia: Oración, limosna y ayuno

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Se trata de una meditación de un retiro de Cuaresma a sacerdotes, en marzo de 1988 [32-B]16. En esta charla, Rivera, nos ofrece unas claves y pautas de examen para ayudar a los sacerdotes a prepararse para vivir bien la Cuaresma, pues ellos son “cuaresmeros”, han de servir a los fieles el acceso a la intensificación de gracia propia de ese tiempo santo. La misericordia aparece como realidad fundamental en la vida cristiana (cf. 1Jn 4,16), a partir de la Bienaventuranza de los misericordiosos (cf. Mt 5,7), que se comunica y vive en las grandes actitudes a cuidar especialmente en la Cuaresma: la oración, la limosna y el ayuno, como se muestra en el Evangelio del mismo Miércoles de Ceniza (cf. Mt 6,1-18) y en la vida de los santos.

Concretando brevemente las actitudes de humildad y de esperanza, y contando con la contrición, contemplemos estas tres expresiones, que vamos a predicar esta Cuaresma abundantemente. Nos puede llevar a hacer un poco de examen: Examen del amor de Dios a nosotros y del amor nuestro a Dios.

Estas expresiones son: la oración, la limosna y el ayuno. Naturalmente, de lo que se trata es de recibir la misericordia de Dios. La recibimos no sólo cuando nosotros nos damos cuenta, cuando estamos en oración refleja, explícita, sino siempre que estamos en oración, aunque ni siquiera nos demos cuenta de que lo estamos, pero estamos atentos, conscientes de esta misericordia del Señor que viene sobre nosotros.

Recibir misericordia en la administración de Sacramentos

Estoy pensando, por ejemplo, en la administración de Sacramentos; sobre todo, en la administración del sacramento de la Penitencia. El que seamos conscientes de cómo actúa la misericordia de Cristo, que actúa para perdonar pecados; por tanto, es imposible que no esté perdonando los nuestros, si nosotros tenemos la actitud suficiente para recibirlo. Daos cuenta de que siempre que hay un acto sacerdotal, ministerial, el primero –primero no es cuestión cronológica ni siquiera es cuestión de abundancia– el primero que recibe el fruto, el que ciertamente lo recibe, el que no puede no recibirlo, si no se opone abiertamente, es cabalmente el ministro.

Más o menos habréis estudiado en el tratado de Eucaristía que la Misa tiene:

Un fruto general, por cada una de las personas de este mundo que estén bien dispuestas;Un fruto especial, por las personas por quienes se aplica;Un fruto particular, por las personas que están presentes que, en igualdad de circunstancias y de disposición, recibirán más;Un fruto especialísimo (se llama especialísimo porque ya no quedan otras palabras), por el que celebra.

Y es normal que si Dios me concede la gracia de celebrar es evidente que, en igualdad de disposición, recibiré más fruto que nadie. Por eso, si hay una persona que es más santa que yo y que está simplemente participando de la Misa, aunque sea cuidando sus hijos, pero sabiendo y queriendo participar en la Misa que se celebra, recibirá más fruto que yo. Pero yo, ciertamente, debo recibir un fruto.

Lo mismo sucede, cuando administro otro Sacramento cualquiera. Cuando estoy administrando un Bautismo, evidentemente yo recibo la gracia del Bautismo no porque me bauticen otra vez, claro está, sino porque revive la gracia de mi Bautismo; es decir, porque todo lo que el pacto que el Señor ha hecho conmigo en el Bautismo se renueva, se intensifica, se vigoriza, y eso es causa de una serie de gracias actuales que voy a recibir después, aparte de que en aquel momento estoy creciendo en gracia.

Y lo mismo digo cuando estamos administrando la Palabra de Dios, como yo ahora mismo. Si estamos actualizados –y no hace falta que sea una actualización refleja cada vez–, entonces, muchas veces esto es muy útil. Si estamos actualizados en esta misericordia de Jesucristo que se derrama sobre nosotros, en el «nosotros» está el que predica; y si está actualizando la misericordia, simplemente crece él en misericordia. No estoy diciendo más que el enunciado de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Si yo estoy ejercitando la misericordia predicando, yo alcanzo misericordia en aquel momento mismo y voy creciendo en misericordia. Lo mismo que aquello que dice san Pablo: “¡Bendito sea Dios, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra, hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!” (2Co 1,3-4) –esto parece aquello de la razón de la sinrazón del Quijote–. La cosa está bastante clara: Yo estoy atribulado y recibo consuelo para que con ese consuelo consuele a los demás y, al consolar a los demás, aumenta mi consuelo también. Bueno, pues igual pasa con la misericordia.

Misericordia y oración

Démonos cuenta de que, desde el punto de vista de la oración, nuestra disposición es siempre disposición a recibir la misericordia; por lo menos, en su grado más alto, cuando estamos realizando las tareas sacerdotales, que deben ser todas las que realicemos. Caer en la cuenta y vivir estas tareas con una actitud de oración; es decir, con un contacto con Jesucristo misericordioso, que está derramando su misericordia sobre mí. Derramar su misericordia no quiere decir más que una cosa: que está influyendo sobre mí, gratuita y misericordiosamente. Por consiguiente, está actuando en mí porque yo soy indigente y no puedo actuar solo. Ese ser indigente y no poder actuar solo contiene el aspecto de que yo no soy nada.

Él me está creando en cuanto Verbo y me está vivificando. Él está manteniendo en mí, ya como hombre también, la vida de Sacramentos que me ha dado –por supuesto el Sacramento del Orden– y está moviéndome a mí para que pueda actuar esa misericordia, y está actuando ahora en mí. Caigamos en la cuenta de que todo esto es una obra de misericordia. Y si estoy hablando del perdón del pecado y estoy excitando a la gente a la contrición, si tengo el mínimo de preparación, me estoy excitando a mí también a la contrición; como la Palabra de Dios es eficaz quiere decir que yo estoy creciendo en contrición.

Éste es el primer aspecto, el de la oración. Vosotros veréis lo que os conviene, pero lo primero, es admirarse de esta vocación a la oración continua. Cualquier cristiano tiene que llegar a vivir en una oración ininterrumpida, pero el sacerdote es que realmente tiene que tener una oración, si no ininterrumpida por lo menos muy continuada desde el principio; porque es que, como está haciendo actos que son ministeriales, para que puedan estar bien hechos, necesariamente tienen que tener este ingrediente de actitud de oración, de oración actual. Vuelvo a repetir, no refleja, pero sí una conciencia de que es Cristo quien vive en mí. Esto es lo que es oración: la conciencia de la presencia amorosa, personal, activa, santificante y misericordiosa de Jesucristo.

Después de contemplar un poco esta llamada y contemplar vuestra vida de sacerdotes –porque la mía no la voy a contar ahora– desde este punto de vista pensad, por ejemplo, la cantidad de oración que llevaréis hecha. A pesar de las deficiencias considerad la cantidad de ratos, de minutos, que habéis pasado en vuestra vida en una intimidad actual con Jesucristo. Que esta intimidad podría haber sido mayor, seguramente. Y que tiene que crecer mucho más, ciertamente. Pero esto no quita que hayáis vivido ya todos estos años en esta intimidad con Jesucristo.

Admiraos del amor de Jesucristo. Y es admirarse de esto: Jesucristo ¿por qué quiere estar conmigo? Porque si no se tratara de Jesucristo, diría uno «pues es de tontos, porque es que no vale la pena, la verdad». De manera que Jesucristo tiene ese “mal gusto”, ¿verdad? Y esto se va prolongando: Si contempláis vuestros defectos y pecados a la luz de esto, admiraréis más el amor de Cristo, el que precisamente siga manteniendo esa intimidad, a pesar de todos estos fallos que yo he tenido tantas veces. Y pensadlo muchas veces, porque el inicio de todo es la adoración, la admiración, la alabanza, desde donde salen las demás cosas, de la contemplación de Jesucristo.

Jesucristo actúa en mí en la medida que yo le contemplo. La contemplación, por supuesto, es el fruto de que Él se me manifiesta; si no, no le podría yo contemplar; pero yo puedo hacerme el desentendido, puedo no atender o puedo atender. Admirar el que Jesucristo quiera manifestárseme de esta manera, el que tenga esta perseverancia, esta fidelidad a la promesa que me hizo el día del Bautismo, en primer lugar; y, sobre todo, el día de la Ordenación. Contemplar nuestra vida desde ese punto de vista para sentir, por lo menos, para experimentar todo el amor que Jesucristo me tiene. Y esto, como punto de partida.

Por una parte, he de examinar mis fallos, pero si el punto de partida es esta pertinacia de Cristo en amarme, pues ya la visión de mis pecados aparece mucho más grave, porque rechazar a quien tanto me ama… ¿Os acordáis de aquello de Navidad: sic nos amantem, quis nos redamaret? (¿quién no va a devolver amor al que tanto nos ama?). Que nos ama así, de esta manera, que es nacer por nosotros. Si tenemos en cuenta que no solo ha nacido por nosotros, sino que ha vivido en la Tierra por nosotros y ha muerto por nosotros y, en resumidas cuentas, que ha resucitado también por nosotros, no solo por mí, pero también por mí, realmente por mí, pues entonces admiraré mucho más el que me tenga este amor.

Yo creo que, si os ponéis a pensar un poco veréis que, automáticamente, la contrición por el pecado brota, me da pena, porque es imposible que no me la dé, porque es imposible que Jesucristo, que me ama tanto, no produzca en mí la pena de no haber recibido su amor. Todos somos capaces de sentir esas penas, ¡hombre! Si tenéis cualquiera de vosotros un disgusto con vuestra madre, o con cualquier persona que se porte bien, pues ¡se siente!; y ahí no hay ningún pecado, ahí está muy bien que lo sintáis. Yo me acuerdo de mi madre –no es que me perturbe mucho– y digo «¡cuántas veces no me habría costado nada darle gusto!»; si en resumidas cuentas llevaba razón ella muchas veces, y si no, pues daba lo mismo. Pues «¿para qué no le habré dado gusto?». Claro, no me paro en ello porque ya es inútil, y porque no se trata de pecado, pero me da pena no haber agradado a una persona cuando se le hubiera podido agradar. Como da pena dar una mala contestación a una persona, cuando se podía haber evitado, sobre todo, si a esa persona la queremos también sensiblemente. Entonces, quiere decir que somos perfectamente capaces de sentir esta pena; y, por consiguiente, Jesucristo nos la quiere comunicar, hasta que la sintamos incluso sensiblemente.

Ahora bien, supuesta esta contrición por nuestros pecados desde el punto de vista de la contrición estrictísima, que es por puro amor de Dios, me da pena no amar a quien me ama tanto. Luego, se pueden añadir estos otros aspectos: no colaborar con su amor para realizar su obra salvífica, es decir, que tantas personas estarían mejor si yo hubiera respondido mejor. Y después de todo eso, no viene más que una confianza mucho mayor, porque todo esto que yo puedo descubrir –si Él me ilumina– y el recordarlo, por ejemplo, mis pecados –aunque sea los de esta tarde– Jesucristo ya se lo sabía todo.

Meditad, con motivo de que empieza la Cuaresma, la escena de Jesucristo con san Pedro. Es una escena realmente conmovedora, cuando Jesucristo a san Pedro le pregunta tres veces: “¿Me amas más que estos?” (Jn 21,15). Todos ven, y además parece obvio, que haya una referencia a las tres negaciones. Jesucristo no se manifiesta enfadado, ni le ha retirado su confianza, ni nada. Esto es enternecedor: la visión del amor de Cristo me hace más vivos mis pecados, me hace darme cuenta de que son más graves, pero la visión de mis pecados me hace mucho más vivo el amor de Cristo, porque me doy mucha más cuenta. Lo dice san Pablo: “Apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rm 5,7-8). Daos cuenta de que, a lo largo de todos estos años, no sois grandes criminales, pero, si hubierais hecho los pecados más gordos que pudierais haber hecho, diríamos exactamente igual. ¿Por qué? Porque Jesucristo es fiel de todas maneras. Mientras estamos en la Tierra quiere decir que ha sido fiel, mientras perseveramos en el sacerdocio y perseveramos en el deseo de ser santos; y si no, no estaríamos aquí. Esto quiere decir que Jesucristo sigue con este amor y, por consiguiente, no tengo motivo ninguno para desconfiar.

Si habiendo llevado una vida con muchos pecados (estoy pensando sobre todo en vuestros casos, no en pecados así muy mortales, sino en pecados veniales como falta de atención, temporadas de tibieza, épocas de mediocridad largas…) si, a pesar de eso, Jesucristo no me ha retirado su confianza, si me sigue manteniendo el deseo de ser santo, pues entonces pensad esto, que me parece evidente: Dios no infunde deseos que no quiera, que no vaya a cumplir. Por eso he dicho siempre que «yo, que voy a morir santo, ¡vamos!». Si me canonizan o no, pues no lo sé. Me da exactamente lo mismo, aunque estaré tan «mono», si ponen unas cuantas fotografías en una biografía, pero no me ilusiona mucho porque en ese momento a mí ya no me va a divertir especialmente. Tampoco me molesta, porque no voy a tener que publicar yo el libro, así que me da igual.

Lo que sí pienso es que «es imposible que no muera santo», por dos razones (lo digo para que las hagáis vuestras): Primera, porque si no, Dios va a quedar muy mal. No sería así si yo me hartara de decir: «Tenéis que hacer un esfuerzo y daos cuenta cómo yo me esfuerzo para ser mejor»; pero lo que estoy diciendo siempre es que «es Él que tiene que santificarme». Por eso, si no me santifica quiere decir una cosa, que no le ha dado la gana, lo cual no puede ser. ¿Habéis pensado cómo en la Biblia aparece como un motivo de esperanza siempre el que a Dios no le gusta quedar mal? (¡Qué le vamos a hacer, la virtud de la humildad, pues no la tiene! ¡Paciencia!). Es que lo dice bien claro: “por el honor de mi Nombre” (Is 48,9); «si no fuera por mi nombre, te entregaba en manos de los enemigos, pero van a decir: pues ¿qué Dios es ése?». Y para convencer a Yahvé se usa ese argumento: «¿Qué van a decir los gentiles?, ¿que nos has sacado de Egipto engañados, para perdernos?». Y Dios, enseguida: «No, no, esto no puede ser, ¿cómo voy a permitir que los gentiles digan eso?» (cf. Éx 33,15). Y, ¡hala!, a intervenir milagrosamente para que los israelitas salgan del atolladero.

Pensad esto: por una parte, es imposible que si me doy cuenta de que es Él quien me santifica, aunque sienta lo que sienta, no pueda llegar a santo; y por otra, es absolutamente imposible que Dios me mantenga durante años un deseo de santidad –y voy a decir más– que me mantenga un deseo de santidad, teniendo la sensación de que no lo cumplo, para luego no cumplirlo Él, ¡eso es imposible! No es que voy a llegar yo, sino que me va a llevar Él.

Entonces, meditemos esta actitud de oración, con una visión del amor de Cristo, con una visión, por tanto, de mis pecados, que vuelven a invitarme a contemplar el amor de Jesucristo y con una fe en el amor que me tiene Dios. Recordemos la frase que me parece más radical de todo el Evangelio: “Nosotros somos los que hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16), y que se manifiesta en Jesucristo, a quien conocemos por la comunicación del Espíritu Santo.

Después de eso, antes de entrar en Cuaresma, examinad un poco los modos de oración: ¿Cómo hago la oración mental?, ¿Cómo rezo el Breviario? Y ved: ¿hay algunos aspectos en que podría mejorar?, ¿hay algunos aspectos que me doy cuenta de que tengo energías y capacidad para mejorar? Esto sería el primer aspecto. Procurad ver: ¿cómo predicamos esto de la oración a la gente? Revisad un poco vuestra predicación; porque, por una parte, lo principal es que se trata del encargo que tenemos, y, por otra, de que, si lo predicamos bien, nuestra esperanza individual también va creciendo. Si estoy incitando a la gente a que tenga una experiencia verdadera de intimidad con Jesucristo en la oración, naturalmente, me estoy predicando a mí mismo. No es una cosa psicológica, sino de la fuerza de la Palabra de Dios que me está convirtiendo.

Misericordia y limosna

El segundo aspecto, la limosna. Esto no hay que explicarlo mucho, porque la limosna es lo mismo que la misericordia, ni más ni menos. Lo único que tengo que darme cuenta es de que esta misericordia no se reduce al aspecto de la oración, aunque si es misericordia muy ejercitada, la incluye por lo que he estado diciendo antes; sino que además se extiende al amor a todo ser indigente, a ciertas personas, quiero decir. Y entonces se extiende a todas aquellas personas que veo que necesitan del amor. Naturalmente, cuanto más creamos en la eficacia del amor de Cristo y en la eficacia del amor de Cristo que vive en mí, más fácil me será ejercitar la misericordia, porque es que me trae un gozo, el gozo de la fecundidad.

Daos cuenta, por ejemplo, que hay mucha gente que no se siente respetable, como todos los pobres. Los pobres no se sienten respetables, generalmente se sienten degradados. Cuando yo estoy actuando el respeto a un pobre le estoy produciendo respetabilidad, aunque él no se dé cuenta. Cuando el individuo se encuentra respetado durante una temporada empieza a sentir que es digno de respeto, cosa que ahora no tiene, esa sensación. Es que mi palabra produce; lo mismo que, al revés, mi palabra destruye las apariencias que tiene una persona. Hay quien cree que simplemente porque tiene una posición social tengo que respetarle, pero cuando yo me comporto con él no respetándole de esa manera especial estoy destruyendo unas apariencias, porque mi palabra se me ha dado como lo que es, Palabra de Dios, que construye y que destruye (cf. Jr 1,10). Destruye el mal, destruye la mera apariencia, destruye lo que es nada y así hace que se manifieste «lo que es».

La limosna quiere decir todo lo que es misericordia. Darme cuenta cómo yo soy objeto de la misericordia de Dios. Es contemplar el mundo entero bajo la misericordia de Dios y creer cada vez más en el misterio de la misericordia y del pecado. Pensad cómo “Dios nos encerró a todos en el pecado para tener misericordia de todos” (Rm 11,32); cómo “donde abundó el pecado, sobreabunda la gracia” (Rm 5,20). Y daos cuenta de que nuestra tendencia, muy general por lo menos, es que cuando vemos algo estropeado, pensamos esto: «ya se ha estropeado todo». Supongo que habéis oído una cosa que dice la gente –y es que además no tiene sentido común–: «es que me había propuesto tener paciencia y he estado cinco días como una malva, pero al sexto día lo he echado a rodar, todo…». Al sexto día no ha echado usted a rodar nada, al sexto día se ha enfadado usted una vez. Es como si usted me dice que ha estado edificando una casa durante los seis días de la semana y el domingo no ha hecho nada, pues no ha echado a rodar nada, el edificio ahí está, lo que pasa es que no ha trabajado más, pero no ha destruido usted nada. Esta conciencia o esta actitud es la que tenemos muchas veces respecto del pecado: «como hay pecado, todo está estropeado». El pecado estropea lo que estropea, pero no estropea todo, ni muchísimo menos; lo que procede del amor de Dios ahí sigue, es eterno. Como no sea un pecado mortal que destruye esto en concreto.

La misericordia nos lleva a esta actitud general de amar a las personas, precisamente, porque son indigentes; es decir, porque necesitan amor, en una palabra. Claro, porque nos amamos a nosotros mismos también así. Cuanto más degradada esté una persona, más nos manifiesta la necesidad humana de amor para salir de la degradación. Pero la degradación quiere decir que está degenerado, que está rebajado del grado que le corresponde. Naturalmente, sabemos que no siempre lo que llamamos señales de degradación humana coincide con la degradación real. Imaginaos cuánta gente está degradada en la apariencia humana, que da pena verla y, sin embargo, resulta que está bautizada y, como es subnormal, no ha hecho un solo pecado mortal en toda su vida; por eso esa persona está en un grado muchísimo más alto que montones de personas que están viviendo en pecado mortal. Pero bueno, yo ahora me refiero a que Jesucristo tiene una apariencia de degradación ahí, tiene un signo de degradación y entonces la misericordia se ejercita con Él, en esa medida, se ejercita sobre todo con los pecadores, pero se ejercita con cualquier degradación.

Y contemplemos ahí esta cualidad del amor de Cristo, que como es omnipotente, no le importa la degradación, sino que, al revés, se complace en elevar al que está degradado y darme cuenta de lo que supone este amor de Cristo, que me usa a mí, me emplea como colaborador para esta tarea. De manera que un montón de gente que está degradada puede recobrar su dignidad, precisamente porque intervengo yo; y a una serie de personas les puede pasar esto, aún en las consecuencias terrenas, porque en la substancia última, para eso estamos precisamente, para salvar a la gente, de manera que el restituir a la grandeza cristiana a la gente y elevarla a la perfección es la tarea que nos ha encomendado el Señor, para que la hagamos con Él. Nos emplea de colaboradores explícitamente para eso. Pero es que, como consecuencia, la misericordia, mientras estamos en la Tierra, también se ejercita en todos estos niveles. No hay más que coger el Evangelio para ver que Jesucristo, en cuanto empieza a predicar, empieza a manifestar la misericordia, curando enfermos y curándolos a montones. Y fijaos que se manifiesta la misericordia, además, porque es pura misericordia. Yo no digo que no debamos obrar la misericordia de una manera inteligente que vaya a solventar lo más posible los casos, pero sí que digo que Jesucristo ahí no intenta solventar nada, es simplemente que este señor está lisiado y le cura; que tiene lepra y le limpia; y así sucesivamente. He hecho esta consideración muchas veces: cuando se dice, y se nos reprocha, y se nos reprocha, además, realmente: «Hombre, pues es que, claro, dan el dinero y no saben a quién lo dan, y luego lo tiran…» y yo contesto: «usted se imagina a Jesucristo, cuando le llevaban a un enfermo, preguntando: bueno ¿y qué vas a hacer con la salud?». La suegra de san Pedro tenía fiebre, y la pregunta Jesucristo: «Bueno, vamos a ver, yo la puedo curar ahora, pero qué va a hacer usted cuando se ponga a andar, ¿nos va a servir?, ¡ah!, entonces la curo, pero la curó para que sirviera». Y al otro, se presenta leproso: «¿y qué vas a hacer cuando te quite la lepra? ¿Vas a usarlo todo para la gloria de Yahvé?». Casi iba a decir que está claro, que es que hace lo contrario, se desentiende, porque cura diez leprosos y no viene más que uno a dar gloria a Dios y le reprocha, pero no se le ha ocurrido no curar, y Él lo sabía que no iban a dar gracias a Dios, pero los cura a los nueve también. Daos cuenta de que esto no es hablar por hablar, que es que es lo mismo: Me piden una limosna, «¿y qué va a hacer usted con el dinero?». Hace muchos años, porque es que ahora ya no tiene ni sentido –bueno entonces tampoco– era un chiste de que había un pobre pidiendo limosna y le da una señora una peseta, y le dice: «bueno, y ¿qué va a hacer usted con esta peseta que le doy?», y la contesta el pobre: «pues ya ve usted, señora, dar un rumbo nuevo a mi vida, con este capital». Pero ¿qué puede hacer con una peseta?, «pues emborracharme, si no me va a dar para más, verá usted, pues emborracharme, que por lo menos pasaré un buen rato». Fijaos que, aunque esto es tan manifiesto, la cuestión del dinero, porque lo habréis oído todos muchas veces, pero daos cuenta de que nos pasa, muchas veces igual en la misericordia, por ejemplo, de la predicación: «¿para qué vas a hablar a esta gente, si no te hace ningún caso?». En la visita al enfermo: «si este hombre, total, es muy bueno, pues voy un día cuando esté ya muy grave, le visito, le digo algo y ya está, total ¿qué vas a esperar de él?». Es decir, no creemos en la misericordia de Dios, y, por tanto, no tenemos el gozo de la esperanza, porque la esperanza produce gozo. La esperanza de lo que esperamos, la esperanza cristiana produce alegría. Me estoy sintiendo, lo que cuento muchas veces de la guerra, entusiasmado y voy hasta el fin del mundo o donde sea, porque sé que el fruto que voy a producir es plenamente satisfactorio, aunque yo no lo vea.

Después de esto, lo mismo que he dicho de la oración, procurad hacer un examencito de la misericordia (limosna), porque la cumbre de la perfección del sacerdote es la caridad pastoral y, claro, la caridad pastoral es misericordia pastoral. Entonces examinad: ¿Cómo empleáis los bienes materiales, ¿cómo empleáis los bienes humanos que tenéis (el entendimiento, la voluntad, los mismos sentidos)?, ¿cómo empleamos las capacidades espirituales?, ¿cómo empleamos la salud?, ¿cómo empleamos el pensamiento?, ¿qué pensamos de los demás?, ¿tenemos un pensamiento creador (de manera que donde hay pecado, edifico, devuelvo la vida, si es pecado mortal, que donde no hay salud devuelvo la salud)?

Está la gente llena de pecados veniales, si la miro con un amor suficiente, los pecados veniales desaparecen, produzco contrición, la produce Jesucristo, claro, pero lo puede Jesucristo, con mi colaboración, y ahí la misericordia. No estoy hablando ni siquiera de que haya nada que hacer, nada más que el simple mirar, el simple pensar con amor en una persona. Naturalmente, recorrer un poco las necesidades del mundo, y bueno, me parece difícil, mejor dicho, me parece imposible, que no se nos ocurra a cualquiera de los que estamos aquí, y a cualquiera que se pare, una serie de aspectos en que podemos mejorar. Si nos detenemos de vez en cuando, habrá siempre aspectos que veremos que realizamos deficientemente. Y habrá aspectos, como la humildad –pues comprenderéis que es buena– que me constituye en objeto de la misericordia de Cristo y me hace sentirme partícipe, hasta que salgamos todos de la maldad de los demás, lo cual me hace sentirme comprensivo y, además, me da esa actitud, otra vez, de esperanza. Me voy dando cuenta de que yo tengo deficiencias, pero espero que Dios me las enjugue, acabe con ellas, y es casi imposible que no se nos ocurran algunas mejoras, pues todos podemos vivir un poco más austeros, todos podemos dar un poco más dinero, podemos dárselo porque tenemos más de lo que damos, o podemos dárselo porque pedimos más de lo que pedimos; podemos administrarlo, en fin, mejor, más inteligentemente, porque lo que he dicho antes no está en contra de que uno emplee su inteligencia para administrar las cosas de una manera que produzcan mejor efecto, aún a modo terreno.

Cuando Jesucristo dice aquello de San Mateo: “Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer”, no dice, venid benditos porque tuve hambre y os hubiera gustado darme de comer, dice “me disteis de comer”. Quiere decir que hay que tender a la eficacia, pero hay que tender a la eficacia que salga de la misericordia, no a la eficacia que sale del egoísmo, ni a la eficacia que sale del puro gusto material humano de una buena administración, sino que la buena administración consiste en ejercitar la misericordia; pero la misericordia se ejercita intentando llegar hasta las consecuencias, como cuando predico. Pues bien, si no veo ningún fruto, pues me quedo tranquilo, pero claro, a lo que tiendo ciertamente es a producir fruto, ése es el dinamismo normal de la predicación. El dinamismo normal de la misericordia es producir fruto. Ahora, como se trata de una misericordia que está ejercida en las condiciones terrenas, pues, sobre todo, cuando se trata de manifestaciones de la tierra, de signos, como la curación de enfermos, todas estas cosas que aparecen en el Evangelio, el dinamismo tiende al logro, y si no lo consigue se quedará tranquilo: «bueno, pues aquí no me lo ha concedido Dios», pero vamos, el dinamismo tiende a eso.

Bueno, pues ver luego, el tiempo: ¿cómo gastamos el tiempo?, si lo gastamos en misericordia o si lo gastamos de cualquier modo. Y con la humildad siempre de saber que no vamos a llegar de aquí a Pentecostés a las últimas realizaciones, pero una cosa es que no lleguemos a las últimas y otra cosa es que no progresemos.

Misericordia y ayuno

Y finalmente, examinar un poco el ayuno. Daos cuenta de lo que es actualizar el criterio. Yo aquí no me voy a detener ya, porque ya vale con lo que he dicho. Me parece que no hay más que aplicarlo, porque ya lo sabéis. Claro, que el ayuno no es sólo el prescindir de alimentos, pero ya lo he advertido muchas veces, tened cuidado cuando se dice: «no es sólo una cosa», que no se entienda: «no es esa cosa». Porque de decir: «el ayuno no consiste sólo en no comer», pasamos a decir: «el ayuno no consiste en no comer»; de decir: «la pobreza no es sólo el individuo que no tiene dinero, hay otras formas de pobreza», se pasa a decir: «el no tener dinero no importa, ni que la gente se muera de hambre, vamos a atender a las viejas ricas si están un poco abandonadas de sus familiares que las tienen en casa porque esperan la herencia, pero maldito el caso que les hacen». ¡No, no!, eso será también una pobreza, pero la otra pobreza es mucho más dura todavía, porque los duelos con pan son menos, ¡hombre!, y entonces resulta que hay muchísimas personas en esa misma situación y, además, con otra serie de agravantes, claro está. Fijaos que puede ser que realmente lo sientan menos, porque están tan embotados ya de sufrir que pueden sentirlo menos, pero eso no les hace menos indigentes, les hace más. A este respecto hay una degradación humana, porque no es que como ellos están llenos de paciencia y de deseo de sufrir no sienten siquiera el sufrimiento, ¡no, no! Simplemente es que están embotados, están hartos de sufrir, han sufrido tanto que ya ni lo sienten. Y entonces, naturalmente, pues es una degradación; y de ahí hay que sacarlos.

Lo mismo digo del ayuno. El ayuno no consiste sólo en no comer, ¡pero el ayuno consiste en no comer!, claro, y esto es lo que dice la Liturgia, cuarenta veces. Os recomiendo que repaséis antes de que empiece la Cuaresma, así un poco por encima, las oraciones y las lecturas, y veréis la cantidad de veces que aparece el ayuno material, vamos, el no comer, sencillamente. Pero bueno, no sólo eso, y entonces me refiero a todas estas cosas que ya sabéis: ayuno de curiosidades, ayuno de gustos, ayuno de comodidades, ayuno de estarse a gusto con la televisión y todas estas cosas. Aquí me parece además que, por una parte, el ayuno tiene su valor mortificante: puede suceder que no sienta ninguna molestia, pero no deja de ser una mortificación de la tendencia de la carne que, aunque no me la registre no dejo de tenerla, claro, de alguna manera. Me privo de algún gusto, aunque no lo sienta como una aflicción, no hay ninguna pena, ninguna tristeza, ni sienta grandes ansias de tener aquello, pero, de hecho, no lo tengo, me quito un gusto que podía tener.

Ayuno-oración-limosna

Después, claro, el ayuno está íntimamente relacionado con la oración. Cuanto más ayune de cosas, pues más abierto estoy a la oración. Yo no digo que la expresión que voy a usar ahora mismo sea perfectamente exacta, pero a mí muchas veces se me ocurre. Se me ocurre, porque lo he leído en una serie de santos que decían estas cosas: «Si tuviéramos menos deseo de comida material, tendríamos más hambre del Pan Eucarístico». Cuando estamos suficientemente saciados de las satisfacciones naturales, parece normal que no sintamos el deleite del Espíritu de la Eucaristía y, cuando un individuo, va prescindiendo de los gustos que puede encontrar en el mundo, siempre encontrará cosas agradables, porque las hay, pero vamos, él prescinde de lo que puede, pues me parece normal que sienta el gusto, el sabor, sensible también, de la Comunión, de la Eucaristía. El ayuno, en este sentido, es fruto de la oración. Simplemente, si me dedico a hacer oración, me quito un montón de gustos, eso está claro.