Ecos del misterio - José Rivera Ramírez - E-Book

Ecos del misterio E-Book

José Rivera Ramírez

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Beschreibung

Ecos del misterio. Cuadernos de estudio sobre estética literaria, recoge textos de los Cuadernos de Estudio de José Rivera Ramírez, sacerdote diocesano de Toledo (1925-1991), en los que comenta textos de autores latinos clásicos, como Marcial, Flaco, Juvenal, Caro, Nepote y Cicerón. En palabras del autor: "(La lectura de los autores clásicos latinos) manifiesta claramente las grandezas y las limitaciones del hombre que aun no ha recibido la revelación de Cristo. En mi búsqueda de "lo exclusivo cristiano", esta lectura resulta valiosísimo útil".

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Fundación José Rivera (www.jose-rivera.org)

© Ediciones Trébedes, 2018. Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.

Portada: Ediciones Trébedes

Nihil obstat. Censor: Francisco María Fernández Jiménez.

Imprimatur.  Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo de Toledo. Primado de España. Toledo, 27 de junio de 2018.

www.edicionestrebedes.com

[email protected]

ISBN del libro impreso: 978-84-945948-7-8

ISBN: 978-84-945948-8-5

Edita: Ediciones Trébedes

Printed in Spain.

Estos artículos han sido registrados como Propiedad Intelectual de sus autores, que autorizan la libre reproducción total o parcial de los textos, según la ley, siempre que se cite la fuente y se respete el contexto en que han sido publicados.

José Rivera Ramírez

Ecos del misterio

Cuadernos de estudio sobre estética literaria

Ediciones Trébedes

“Se puede vivir sin pan, sin vino, sin techo, sin amor, sin una dicha temporal, mas no se puede vivir sin el Misterio. La naturaleza humana lo exige”.

L. Bloy.

PRESENTACIÓN

En una época en la que nos dirigimos hacia la barbarie de eliminar toda presencia significativa en nuestras vidas tanto de la filosofía como de la literatura, o hacia su extremo opuesto, según el cual la pretensión científica ahoga también el amplio mundo de las letras1, el presente libro –y los que puedan seguirle– intenta ser una modesta contribución a reafirmar el convencimiento de que, también hoy, el cultivo de la filosofía, así como el de la literatura, es una senda irremplazable en el curso que conduce al conocimiento de nuestro mundo y de la identidad del mismo hombre, así como una vía nada despreciable para el acercamiento al misterio de Dios. En general esto sirve para todos pero, muy en particular, para aquellos que están llamados a ser, en medio de la tormenta, auténticos pastores de almas.

La técnica amenaza, desde hace ya tiempo, con erigirse en el parámetro fundamental de nuestras vidas; la información tiende a convertirse en un espectáculo rentable; la cultura, en comercio de intercambio; la ciencia, en el sucederse atropellado de unas teorías que reemplazan a las anteriores, porque hacen la vida de los hombres más cómoda y confortable; y el arte, al fin, en la eficacia de subvenciones públicas o estatales al servicio de cualquier ideología, cuando no en el ornato, tan superficial como estéril, de una masa que ya no piensa. Muy lejos estamos de aquel ideal romántico, en virtud del cual el arte se presentaba como esa irreprimible fuerza creadora que brota de lo hondo de la vida2.

Don José Rivera, nuestro autor, no era portador, a simple vista, de una figura estilizada, ni modelo de unas formas depuradas; tampoco daba la impresión de ser especialista en el refinado mundo de las artes, reservadas a elitistas grupos de selectos pensadores. Y sin embargo, en sus escritos aflora ese profundo pathos estético de la vida, nunca frívolo ni improvisado, antes bien, cultivado con delicadeza y atención, casi excesiva. Si en Nietzsche el arte –básicamente la tragedia– manifiesta el carácter contradictorio y violento de los elementos, en Rivera expresa la armonía completa de la creación, libera la Verdad que comunica, y acerca a todos el supremo Bien que, en última instancia, es Dios. Sí, para él la Belleza Suma es Dios (Padre), manifestado en su Hijo, Jesucristo. Por eso, la Estética deviene, últimamente, auténtica Teología de la Belleza3.

En su pensamiento nada se confunde, aunque todo se vincula, la literatura y la filosofía, la teología dogmática y la espiritual, la Sagrada Escritura y los textos profanos. En todo rezuma la presencia vivificante del Logos divino y en todo brilla también, a su manera, la hermosura del rostro humano: alma profundamente contemplativa, espíritu asombrosamente reflexivo, don José ha sabido escudriñar lo más recóndito de sus intimidades y nos lo ha ofrecido en las numerosas páginas (son pocas, con todo, las que se conservan) de sus escritos.

Creo que no es la suya una mera preocupación estilista, una afección a la perfección humana por sí misma; tampoco es la nuestra al ofrecer este volumen4. Por los diversos caminos –de la naturaleza y de la gracia– ha reconocido Rivera el misterio de un Dios que, si bien en Cristo nos lo ha dicho todo, continúa difundiendo hoy su mensaje por medio de lo que otros testigos dicen. En cierto sentido, Dios nos habla sin cesar: aunque nada añade a su Palabra divina, la difunde sin parar a través de muchas otras voces humanas. Desde esta perspectiva es como se han de leer los estudios estéticos (fundamentalmente literarios) de don José: no se detiene en lo periférico, ni le seduce lo superficial, sino que contempla lo terreno como eco del misterio, y la reflexión humana le conduce a la acción oculta de la divina gracia. No se conforma con la limitada perfección: su deseo insaciable es de Dios, y la locura de su alma, la santidad.

La amplitud de su inteligencia, tanta como la generosidad de su corazón, hace que se interese por todo lo que dice referencia al hombre, por todo lo que conduce a Dios. Al hacerlo no despoja al cristianismo de su específica novedad sobrenatural, ni abdica de su exigente verdad, asomándose ingenuamente a un buenismo relativista que nos va invadiendo hoy en día. Su preocupación es sacerdotal y por tanto pastoral: la literatura constituye un aspecto de esa verdad por cuanto muestra, de diversos modos, la realidad social, el enigmático problema humano e incluso porque barrunta el misterio de Dios. Con acierto se podrían atribuir a Rivera las palabras con las que Moeller justifica su conocido y extenso estudio literario: “Porque habla de Dios, que se sirve de todo, incluso de las cosas que no son, para salvar el mundo”5.

Don José no se detiene en la obra humana. Rivera no encuentra deleite sino en la Belleza mayúscula de la que toda otra obra artística no es más que un débil resplandor, una pobre participación. Nada espera porque nada busca –como fin último– en el pensamiento filosófico, o en un relato literario por selecto que éste sea, sino cuanto encierran de trasunto de otra realidad mayor en la que, de verdad, consisten. La teoría platónica de la correspondencia de la cosa con su idea originaria o arquetipo don José la eleva al orden sobrenatural6.

En su mente que reflexiona, en su sencilla máquina de escribir que teclea sin cesar, en su pequeña y austera habitación, así como en su riquísima biblioteca, encuentran lugar todo tipo de pensamientos y autores, de temas y materias a estudiar: resulta ciertamente asombroso leer alguno de los párrafos de su diario que recoge el inicio de un día cualquiera de su vida, para comprobar el frenético programa de trabajo y la extensión de su horizonte intelectual. Sírvanos como ejemplo uno entre tantos:

Lo primero, mis lecturas. He leído varios libros enteros y no parva cantidad de páginas sueltas. La obra de Lyonnet y La Potterie, “Teología radical” y “La muerte de Dios”, de Altizer y Hamilton; “Matrimonio y Celibato” de M. Thurian; el libro sobre la virginidad y la Biblia; dos novelas de Simenon –a mí, como a todas las personas inteligentes, me placen las buenas novelas policíacas– dos dramas de Vélez de Guevara, amén del diablo cojuelo; una buena parte del estudio de Spicq sobre Agape en San Juan; estoy acabando el “fray Gerundio”, sabrosísimo y no poco útil para la comparación de edades que tanto me complace... Creo que he leído alguna cosa más que ahora no recuerdo. Lo malo es que de todo ello tendría que apuntar no pocas consecuencias, y, como siempre, desde mañana andaré muy mal de tiempo... (Diario, 7 de mayo de 1968)7.

Semejante panorama podría ser leído con escepticismo, podría parecer exagerado, de no ser porque quienes han gozado, con mayor o menor cercanía, del testimonio directo de su vida, así lo atestiguan. Yo mismo he recibido de diversos modos este benéfico testimonio antes de ingresar al Seminario y, por supuesto, durante mis estudios en él: además de numerosas charlas y predicaciones, amén de alguna entrevista personal, Rivera me impartía el Tratado teológico de Gracia y Virtudes, en el Seminario, cuando falleció.

***

La vida de este sacerdote, hoy venerable, es sin duda un prodigio de esos que la gracia sabe realizar cuando encuentra una materia humana disponible a la que in-formar, con no otra forma divina que su Espíritu. En eso consistió su vida y en eso consiste la de todo hombre llamado a la santidad: en dejar que la gracia “reviente” la naturaleza, la penetre y la transforme, la ilumine y la conduzca hasta su configuración total con Cristo. Este es el itinerario biográfico de don José Rivera, esta su radical y existencial preocupación: “Saber a Cristo –escribe en su Diario– es eterno quehacer; amistad esponsal con El es eterno quehacer. Por tanto no me ocupa ni menos me preocupa la cantidad de saber y de amor que alcanzo en la tierra en tal o cual año. Una sola cosa importa: estar en marcha por esos caminos, que son el Camino sin más…”8. Cristo es su criterio y su norma, su amor y la medida de su propia sabiduría: en cualquier rama del saber, en todas y cada una de las disciplinas más variadas, descubre el misterio personal de un Dios que se nos dona en Cristo Jesús. Todo converge en Él, y a Él lo conoce no sólo en los libros sino, fundamentalmente, por su propia vivencia en la intimidad.

Sus Cuadernos de Estudio son cuadernos de trabajo personal, resultado de muchas e intensas horas (sobre todo nocturnas) de lectura y de un pausado análisis meditativo, reflexivo y crítico de esas mismas lecturas. Su pensamiento es como un torbellino, un volcán abrasador: ilumina toda vez que quema, compromete e incomoda a quien se acerca, aunque temeroso y por curiosidad, pues arrebata de la indiferencia; pero excita y acrecienta el entusiasmo en quien, decidido, se entrega sin reservas a seguirlo. Sorprende no sólo en su estilo libre, espontáneo y directo, sino más aún en la riqueza y variedad de sus contenidos; como ya hemos observado, la dilatación de su interés es, sencillamente, extraordinaria: le interesan pensadores de todo tipo, artistas de lo más variado, místicos de todos los tiempos, materias aparentemente sin punto alguno de conexión. Nada le resulta ajeno ni le estorba, nada le parece una pérdida de tiempo si contribuye, de alguna manera, al conocimiento mayor del mundo y del hombre, al conocimiento de sí mismo y, por supuesto, a la difusión de la gloria de Dios.

Ciertamente, la cultura literaria (por no decir la espiritual) de Rivera es espectacular: poseía una biblioteca asombrosa, repleta de abundantes libros de las diversas ramas del saber y en las lenguas más variadas. Pese a adquirirlos con dificultad, pero con gran deseo, no tenía apegado su corazón a ninguno de ellos. La virtud de la pobreza y la confianza en la divina providencia pasa por el total desprendimiento de cualquier posesión, por intelectual y conveniente que esta sea. Don José estudió; estudió mucho y bien: horas y horas de abnegada reflexión, consciente de su irrenunciable necesidad para mejor llevar adelante la misión pastoral. Y lo hace uniendo la universalidad del saber con su profundidad en el análisis, uniendo la avidez por leer siempre más con la sencillez de no presumir de nada como propio, pues sabe bien que “todo es gracia”. La hondura de sus escritos corresponde a la densidad de sus predicaciones: esquemas desarrollados con rigor, durante horas, sin tener un papel delante. Ello habla bien de su asimilación personal: la unidad de lo que estudia y de cuanto lleva a la vida. No se acerca a la Verdad (Cristo) para presumir de nada: se sumerge en ella para, perdiéndose, dejarse transformar por completo.

Su modo de proceder nos lo expone él mismo en una de las páginas de su Diario. Prefiero dejarle hablar a él antes que perjudicar la claridad con la que nos describe su manera de trabajar:

En cuanto al modo: el defecto principal, ya enunciado, es la multiplicación y, como consecuencia, el apresuramiento. Los alicientes del asunto nuevo, que se presenta perentorio, me impiden la debida atención al casi terminado, y me apartan de él, en los momentos en que debería producir más consecuencias. Medito demasiado poco. Conozco de sobra, por la experiencia riquísima de mi prolongada vida intelectual, esos momentos, aparentemente vacuos, en que la mente semeja vagar sin rumbo, indeterminada; en que la imaginación va de un lado para otro como vagabunda. Y sé bien, empero, que son los instantes que preceden al descubrimiento del tesoro. La verdad no se conquista, digan cuanto quieran; es don divino, aunque se trate de verdades naturales en sí mismas. El requisito es la humilde esperanza. Son los períodos infértiles los que preparan misteriosamente la gozosa cosecha exuberante. El hallazgo debe ofrecerse como tal, sin relación con mis propias capacidades positivas; puro regalo. Así no produce jamás soberbia, así uno piensa que cualquiera puede llegar a la sabiduría, como es verdad, sólo con la esperanza, bien que Dios quiere ciertamente otorgar a todos. Pues la vida humana es no más que humildad amorosa - más todavía que amor humilde. Ontológicamente el hombre es pura potencia pasiva obediencial (…)

Dios me libre, durante el nuevo año, de la impaciencia. Que cada idea naciente en mi intelecto sea hija mía de verdad, hija de mi cabeza y de mi corazón, fruto de caricias prolongadas, de horas de intimidad con la verdad, contemplada, saboreada, llorada, gozada, nunca abandonada, hasta que, en cuanto depende de mí, no sea madura, crecida, instalada en la casa paterna de la Verdad total y absoluta. Nunca hija de mente lujuriante, que, en arrebato instantáneo, viola sin cariño el misterio. Eso no es filiación personal. Todas las ideas, que puedo observar han fructificado en otros, han sido engendradas en mí, a fuerza de tiempo y de amor. No iniciar sendas nuevas en este período que se abre hoy. No tener prisa. Y no comprar tampoco libros nuevos, a no ser sobre los asuntos en estudio, o algunas obras de consulta, que son valiosas para cualquier negocio intelectual.

Así pues: continuidad, siguiendo los temas ya en laboreo - sosiego y reflexión lenta en los ratos en singular.

Pero hay todavía otra nota que añadir. La lectura de los poetas, que estimo de altísimo valor teológico, debe ser pausada en otro sentido. Hay una eficiencia peculiar en la prolongación del contacto. Vivir unos meses en compañía de Calderón es la mejor manera de recibir sus posibles influjos. Aquí no se requiere tanto la reflexión –que sólo debe realizarse al final, en momentos de síntesis– como la lectura de todas, o al menos la mayoría, de sus producciones. El ataque parcial a determinados aspectos del pensamiento del autor. Anotaciones sueltas sin importancia aparente. Copias o versiones de poemas, o trozos de sus dramas o novelas... Todo ello engendra un conocimiento personal, vivo, enriquecedor, del autor y a través de él, y simultáneamente, inmediatamente, del Padre que le otorgó el estilo poético” (Diario, 1 de enero de 1969).

Semejante método de trabajar, que implica la lectura sosegada (incluso subrayando las ideas preferidas), la anotación repetida de lo que le llama la atención y su posterior meditación, rumiando todo ello con numerosos exámenes y aplicaciones a la realidad contemporánea o a la propia vida, hacen de este testimonio escrito que presentamos no una obra de mera erudición (que podría haberlo sido perfectamente por muchos motivos), sino una invitación a ejercer el propio pensamiento.

***

El tema común de estos escritos de Rivera es la estética en general, o más bien la poesía, la literatura en particular. Aunque más escasas, también se encuentran referencias a otras manifestaciones artísticas. Porque no es ajeno a D. José el valor formativo del arte y la importancia de la belleza en la vida del hombre y del futuro sacerdote.

Como leemos en una de las obras del padre Lobato, “la búsqueda de la belleza, la capacidad de detectar y gustar lo bello, son rasgos propios de la condición humana”9. En realidad no ha existido ni pueblo ni individuo alguno que no haya sentido en su espíritu el estupor ante la obra de arte, el escalofrío de la hermosura o el terror y el rechazo ante lo feo. La experiencia estética, por deteriorada que esté, constituye uno de los caminos más profundos de la intimidad humana que discurre hacia la búsqueda de su sentido, así como hacia la elevación frente al misterio.

Al igual que los otros trascendentales del ente –la unidad, verdad y bondad– tampoco resulta fácil definir lo que es la belleza en sí misma. Son difíciles las cosas bellas, que decía Platón10. Es tal vez más práctico hacerlo por los efectos que provoca en el sujeto que la experimenta: es lo que hace santo Tomás al decir que es “hermoso aquello cuya contemplación agrada”11. Se trata de una perfección que acompaña al ser, a todo ser, y que se identifica con él. No quiere decir que sean sinónimos, sin más, pues tanto la verdad, como la bondad o la belleza “añaden” –explicitando– al concepto de ente un matiz que no viene indicado, o puesto de manifiesto, cuando se considera al ente simplemente como tal: aquí lo que está en juego es la vivencia de que todo ente, además de ser –y por el hecho de serlo–, produce cierto agrado y deleite en quien lo conoce y lo contempla, en quien lo disfruta. Ahora bien, así como cabe hablar de diversos grados de perfección en el mismo ser, también en la belleza podemos admitir jerarquía o gradación; lo que importa es que lo bello incorpora al ser, al hecho de conocerlo y de quererlo, un agrado o gusto complaciente que resulta de ese mismo conocimiento y apetencia.

En ese disfrute, que conlleva la percepción de la belleza, intervienen, pues, por un lado el conocimiento –ya sensible, ya intelectual– del objeto en consideración y, por otro, la voluntad o el apetito, que secunda dicha contemplación. Pero la belleza no es ese placer, sin más, sino aquello que lo provoca y que hace que su contemplación sea agradable al espíritu del hombre. Es importante subrayar, y más en tiempos tan relativistas como los nuestros, que tanto la belleza, como la verdad y la bondad son propiedades del ser y que residen primeramente en él: no es el sujeto humano quien crea la verdad, la bondad o la belleza de las cosas, sino el que las descubre cuando considera un objeto cualquiera, siempre anterior en su ser a que nosotros lo conozcamos. Las cosas son primero, las cosas son bellas y por eso satisfacen nuestro espíritu, pero no al revés; las cosas son verdaderas y por eso sacian nuestra sed de conocer la verdad, pero no al revés; las cosas son buenas, y como tales se nos muestran, y así proporcionan descanso a nuestra sed de felicidad. Es primero en el ser de cada cosa donde residen sus propiedades trascendentales, y no en el sujeto que descubre el ser.

Dicho esto conviene recordar –y no contradice sino que complementa lo anterior– que el sujeto importa, y mucho, pues de no existir espíritu alguno que conoce y ama, tampoco podríamos entender lo que la verdad, la bondad o la belleza significan. La afirmación es del mismo santo Tomás: de no haber alma humana ni sus facultades, hablaríamos de entes o de cosas sin más. Si hablamos de verdad o de belleza es por relación a un sujeto, para quien la realidad se muestra cognoscible y apetecible, bella y digna de disfrute estético. Santo Tomás añade en su reflexión la siguiente consideración: en el supuesto irreal de que no hubiera alma humana alguna, las cosas seguirían siendo buenas, verdaderas y bellas por relación al sujeto divino que las conoce y ama; pero si, por una hipótesis todavía más irreal, tampoco existiera Dios, tendríamos que hablar de cosas que son simplemente, pero ni buenas ni bellas. Este tipo de propiedades trascendentales, que lo son del ser, implican siempre un modo de relación o conveniencia de un ente con los demás12.

Resulta sumamente sugerente la idea tomista en un mundo como el nuestro, en el que después de eliminar la referencia a un Dios trascendente, se cuestiona también la capacidad racional del sujeto ante afirmaciones universales y absolutamente necesarias; del mismo modo que no pocos pensadores abandonan la pretensión de una verdad definitiva, no son pocos los artistas que lo hacen respecto de la idea de una belleza que transcienda los gustos y las modas pasajeras.

Para evitar todo riesgo de subjetivismo, de relativismo infundado, santo Tomás cifra en tres rasgos las propiedades fundamentales de la belleza:

a.- la armonía o proporción del objeto en sí mismo y en relación a lo que le rodea. Propiamente tiene que ver con la armonía o consonancia material de un orden de tipo matemático. Pero en sentido análogo la proporción que origina la belleza resulta de la unidad que tienen entre sí las diversas sustancias. Así la belleza cósmica, o la de las cualidades de un mismo sujeto, incluye esta dimensión de medida adecuada según las distintas partes de un mismo ser. Acompañan a la armonía la simetría, la armonía o el ritmo poético y musical, elementos todos ellos que nos hablan de la belleza de una cosa. Además de indicar la carencia de defectos, la armonía pone de manifiesto la conveniente disposición de las partes para aquel que se deleita en su contemplación.

b.- la integridad o el acabamiento, en relación con aquellas perfecciones que le son exigidas por su forma sustancial. Es decir, que íntegro es lo que no tiene defecto ni le falta nada de cuanto pertenece a la naturaleza propia. No basta ciertamente con estar completo para ser bello: la grandeza acompaña la integridad dando al acabamiento una magnitud adecuada, la exigida por la propia naturaleza. Por eso no se trata de características únicamente exteriores sino, antes bien, apuntan al interior de la cosa misma. Íntegro, pues, es lo perfecto, y perfecto lo que contiene toda la riqueza correspondiente según la esencia.

c.- la claridad, es decir, la inteligibilidad tanto material como espiritual del objeto considerado. La claridad tiene que ver en primer lugar con el sentido de la vista, pues es claro lo que, contemplado a la luz, resulta atractivo por su color. Pero también se refiere al sentido de la inteligencia, pues un concepto puede ser claro al entendimiento cuando se presenta con mayor evidencia para su comprensión. Claros son los hombres cuando se expresan, pero claros son los objetos cuando se manifiestan de manera luminosa: su inteligibilidad, residente en su formalidad, hace de las cosas que sean más o menos inteligibles y por tanto, más o menos claras, más o menos bellas. Cuanto más perfecto es un ser, más inteligible su forma y también más bella resulta al espíritu que la contempla. La forma hace manifiesto al ser, y la belleza es la manifestación esplendorosa de la forma13.

En definitiva, la belleza tiene que ver con la perfección del objeto y ésta con la plenitud de la propia naturaleza o esencia correspondiente. Cada ente refleja, pues, de un modo diverso la belleza que, últimamente, corresponde sólo a Dios. Según el modo de ser, según la propia esencia natural así será la belleza requerida a las cosas; cuanto más perfecto un ente, más bello será: y recordemos que la perfección no dice solamente relación a la actualidad, al poseer el ser en acto y acabado, sino también a la capacidad operativa y a la consecución del propio fin. Si el ente es bueno por ser, por haber alcanzado su fin, incluso por difundir su propia bondad, podríamos decir, análogamente, que un ente es bello por ser, por portar el brillo de la propia perfección y también por irradiar de alguna manera su propia belleza y perfección a los demás.

Los elementos anteriormente citados se implican mutuamente, se distinguen pero ni se dan separados ni se confunden entre sí. Sólo un análisis, con hondura, de la belleza de una obra sabe descubrir y poner de manifiesto cada uno de estos aspectos, reconociendo, en el fondo, su dimensión metafísica u ontológica: más allá de criterios subjetivos o de esquemas culturales acerca de lo estético, lo que comentamos sirve para acentuar el carácter más profundo del ser de las cosas. Y sólo el olvido de la dimensión auténticamente metafísica, propia de nuestro tiempo, explica el predominio relativista de las razones opinables y de los criterios subjetivos en lo tocante a la belleza, pero aplicable también a la bondad moral o a la verdad científica.

Dado que los entes materiales o compuestos de materia acarrean la limitación propia de ésta, la belleza que les corresponde es también limitada. No hay un ente que contenga en sí toda la belleza posible: nos encontramos cosas que son bellas en un aspecto pero no en otro o, en el mejor de los casos, cosas que contienen un inmenso conjunto de cualidades pero en grado inferior al que muestra el objeto más próximo. La belleza, como toda otra perfección, también tiene que ver con la consecución de los fines propios: por eso a fines más nobles, más trascendentes, corresponde una belleza más alta. La hermosura de las cosas materiales o corporales es infinitamente inferior a la belleza de las realidades espirituales o morales; y la de estas, inferior a la de Dios. Si una obra de caridad es más hermosa que cualquier pintura realizada sobre lienzo o un fragmento de madera, cualquier objeto feo, por desagradable que sea, no tiene comparación alguna, en su horror, con la acción moralmente mala más insignificante: sólo el pecado encarna, realmente, la fealdad, como la santidad la belleza más sublime.

***

Las verdades hasta aquí expuestas se desprenden del análisis metafísico del ser y de sus propiedades. Pero esto no significa que todos estén en condiciones de entender. Así como es necesaria una instrucción que ayude a descubrir el ser y a penetrar en su valor, así se requiere una cierta formación, y no pequeña, para conocer y profundizar los entresijos de la verdad, de la bondad y, también, de la belleza. Debe haber una proporción entre las potencias cognoscitivas y apetitivas del sujeto y los objetos que realmente lo son. Es necesaria una cierta educación estética, como lo es una educación cognitiva o moral. Aunque vivimos inmersos en un ambiente y en una cultura relativista, donde prima lo subjetivo o la moda pasajera, objeto de consumo, se impone la urgencia de una tarea educativa que nos enseñe a ver, a mirar disfrutando con una belleza que nos seduce, pero que nos trasciende. A veces tenemos el peligro de detenernos en alguno de los aspectos aislados que constituyen la belleza de las cosas, desatendiendo los demás; otras, tenemos la tentación de alterar los valores auténticos o de confundirlos por intereses simplemente.

Si la verdad tiene que ver con virtudes intelectuales, y la bondad con las morales, la belleza no puede descuidar el cultivo de aquellas virtudes que hagan de ella una dimensión al servicio del espíritu humano. Hay determinados hábitos que contribuyen al cultivo de un espíritu estético lo mismo que los hay que deterioran su sentido. La connaturalidad o convivencia familiar con la cosa bella será, sin duda, el mejor de todos ellos. Por eso para don José Rivera arte y moral, ética y estética no están, en absoluto separadas, antes bien, entrelazadas radicalmente: “La virtud es la belleza auténtica (…) Contemplamos y realizamos la belleza más sublime, en la armonía de la conducta de la vida (…) La finalidad suprema del arte es el arte de vivir, de ser feliz y realizar la belleza en el comportamiento” (Diario, 7 de agosto de 1969).

Con la publicación de este nuevo volumen de la obra escrita de don José Rivera, pretendemos seguir dando a conocer su vida, su pensamiento y sus escritos, por lo muy provechosos que nos pueden resultar. Como se ha indicado, en esta selección de textos, pertenecientes a sus Cuadernos de Estudio, el autor analiza determinados escritos clásicos sobre arte, en general, y sobre poesía o literatura en particular. En los manuscritos conservados son pocos los autores que don José estudia, pero lo que de cada uno de ellos se expresa resulta sumamente sugerente. A propósito de una obra literaria se vierten riquísimos comentarios no sólo sobre estética, sino sobre historia, teología, espiritualidad también, e incluso sobre la vida política o moral. Si a D. José le interesa el estudio minucioso de los clásicos latinos (o de otros temas semejantes) es precisamente por su actualidad, porque el panorama que dibujan corresponde al corazón del hombre de todos los tiempos, a sus proezas y a sus miserias. El estudio de la literatura pagana no sólo le permite conocer el mundo desde una perspectiva natural, sino también descubrir y valorar la novedad fecunda que ofrecerá la gracia de Cristo, y que aquellos ignoraron14. Su capacidad profundamente crítica le llevará a preguntarse si tal renovación transformante –que pasa por la mediación de la Iglesia– se ha dado y en qué medida.

Lo primero que nos encontramos es una introducción a la Historia de la Estética, bastante incompleta, por desgracia: tan sólo unas pocas páginas acerca de los primeros pensadores de este asunto en la antigüedad. En los capítulos siguientes don José analiza algunas de las obras más representativas de escritores latinos antiguos.

A pesar de no contar con el Diario completo, las páginas que constituyen estos estudios resultan excesivas para un único libro, por lo que preferimos hacer una doble presentación, dejando para un volumen posterior el comentario riveriano de algunos escritores contemporáneos15.

Se ha respetado el texto tal cual lo encontramos transcrito de su Diario, haciendo únicamente algunas correcciones ortográficas. Conviene recordar que otro tipo de erratas, si se encuentran, responden en el fondo a la espontaneidad de los textos y a que éstos nunca fueron escritos pensando en su futura publicación. Hemos añadido, por cuenta propia, una breve nota biográfica de cada uno de los escritores antiguos que don José estudia, pensando en que los futuros lectores no tienen por qué conocerlos, así como la traducción de los abundantes textos citados en latín.

Juan Carlos García Jarama

Sacerdote Diocesano de Toledo

Profesor de Filosofía

ECOS DEL MISTERIO

I. INTRODUCCIÓN A LA HISTORIA DE LA ESTÉTICA

Día 2 de agosto de 1969

Efectivamente, mis trabajos marchan bastante bien. He releído ya, el primer libro catalán, y voy por casi la mitad del segundo; los temas de hebreo puedo estar seguro que los liquido antes de salir de aquí. De la historia de la estética16, he ido leyendo, y ahora estoy releyendo, la primera parte, lo referente a la antigüedad griega. El libro de Bernal Díaz del Castillo, un poco menos aprisa de lo deseable, pero va avanzando... En fin, que hasta ahora no me puedo quejar.

Lo único malo es la amabilidad de X. que, por ayudarme, no me deja salir solo a registrar librerías como sería mi gusto.

Comienzo a tomar notas sobre Platón17. Más bien, a registrar unas cuantas ideas personales, sugeridas por la lectura de sus teorías.

La belleza absoluta es la sumamente atractiva; el hombre que la conoce, se siente absolutamente trasportado a ella. Pero aquí la conocemos en participaciones, capaces ya de suscitar el arrebato. Primero las participaciones materiales, luego las morales. La virtud es bella; es más bien, y belleza y verdad son una misma cosa. Las realizaciones corporales nos atraen y, a la vez, nos envían a esa belleza suma. Todo esto, en cristiano, significa que el Padre es la Belleza misma, revelada en Cristo. Y que como Platón señala, siendo la Belleza lo más atrayente para el hombre, se precisa, con urgencia, una buena teología de la Belleza. Y en cuanto a las cosas bellas, bello es aquello que es como conviene - y es bueno a la vez. “Dicho de otra manera: si su forma perceptible coincide con el ideal intelectual, que suponemos aspira, entonces es bello y perfecto. Para cada cosa, la forma arquetípica que trata de realizar es eterna y absolutamente conveniente; en la medida en que la cosa sea…”.

Día 4 de agosto de 1969

Las 6,12 de la mañana; escribo ya a la luz del día, un tanto temeroso de molestar a los que duermen, espero que suficientemente lejos para hacer vanos mis temores. Ayer excursión a Roncesvalles con los X. Preciosa excursión a lugares maravillosos. Panoramas deleitosos y monumentos extremadamente placenteros. La Basílica, la iglesia de Arce y la de Aoiz, todo románico, más o menos, y consiguientemente muy de mi gusto. A la ida, parada en el templo muy moderno de Espinal, construído con notable buen acierto estético y litúrgico... Todo ello es enriquecedor, pero pernicioso para los estudios. Ayer habíamos dedicado el día de las ejercitantes al descanso. Por ello fue la gira. Nada estudié; y por la noche venía fatigado y con jaqueca. Afortunadamente había celebrado en el altar de la Virgen en la Basílica, suprimí la cena, me acosté poco después de las 10, me releí, en parte, una novela de Maigret, y me dormí muy pronto. He despertado a la 1 pasada, y me he puesto muy pronto a estudiar. Repaso de temas hebreos, y estudio de un par de ejercicios nuevos; repaso de catalán. Y ahora, en las tres horas largas –de que todavía dispongo– ya duchado, vestido, y hecha la cama, me dispongo a continuar con las anotaciones a las teorías platónicas.

Había quedado a medias una cita, que vuelvo a comenzar; “Dicho de otra manera: si su forma perceptible coincide con el ideal intelectual, que suponemos aspira, entonces es bello y perfecto. Para cada cosa, la forma arquetípica que trata de realizar es eterna y absolutamente conveniente; en la medida en que la cosa se aproxima a su arquetipo eterno es bella; en la medida en que, por ser perecedera, difiere de él, pierde su belleza” (p. 49). Y aceptada plenamente la doctrina, la aplicación inmediata es que el criterio de belleza es la semejanza con el Verbo, y en concreto para los hombres, la conformidad con esa donación de Cristo, con esa imagen que el Padre tiene en su Verbo de cada uno, y para realizar la cual, otorga su gracia. Y esto ya en la tierra, para quien tiene ojos de artista en su pleno sentido. Pienso, por ejemplo, que si un entendido en pintura ingresa en el taller de un pintor y le contempla en plena faena, no goza del cuadro en elaboración, según la belleza actual de cuadro, sino que penetrando la imagen final, disfruta en la medida que constata que el pintor se acerca a él, avanza hacia él en sus pinceladas, en sus borrones, en sus detenciones... Más le placerá un bosquejo deforme, en su momento concreto, pero bien encaminado, que un cuadro mejor acabado, pero disconforme con la pintura última. No así el imperito, que sólo sabrá discernir, a lo más, el valor absoluto actual de la pintura, en el estado en que se encuentra. Así, pienso que, incluso en cuanto a la belleza corporal, quien es entendido en hermosura se deleitará más en el cuerpo feo de quien se va santificando, que en la pulcra figura del pecador, del descaminado. Pues el cuerpo del santo será, en su remate, incomparablemente más hermoso...

Hay, para Platón, como cuatro planos:

1º formas arquetípicas

2º conceptos científicos inmutables

3º formas sensibles

4º arte imitativo de ellas.

Y el arte es a la ciencia, como los fenómenos sensibles respecto del ser ideal.

La belleza está en relación con el orden, la proporción y la medida. En el mundo hay belleza porque hay orden, en virtud de la regla y medida. Así el virtuoso es bello, porque en él hay proporción. De aquí concluyo la pulcritud del hombre integrado, y la fealdad del no integrado, y mucho más del positivamente desintegrado. Se trata de la proporción de las facultades y de sus tendencias.

Para Platón existe relación entre la idea y el número, entre la acepción cualitativa de la belleza, como ideal intuitivo, y la determinación cuantitativa de lo bello, como proporción calculable. Sobre tal relación su pensamiento evoluciona.

La proporción es entre dos elementos básicos: algo igual, un principio de unidad, y algo desigual, principio diversificante. El primero determina la idea a ser lo que es, el segundo es causa de todo lo demás. Es lo indeterminado; pero esto mismo ha de determinarse por la medida, la justa proporción, la simetría, o relación mutua.

Así, por lo demás, bello y bueno resultan ser idénticos: pues nada es bueno, en lo compuesto, sino por la justa medida, y ello mismo es la causa de la belleza. Y esto se aplica igualmente a las formas dinámicas. Los conflictos entre los deseos y los propósitos, la voluntad y el ansia de placeres, la razón y el dolor, hay enfermedad en el alma, y fealdad juntamente. Los mismos fracasos revelan defecto de simetría, fealdad.

La cita pertenece al “sofista”, y debo ineludiblemente leerla. Pues ello me explica esa postura que, expresada en unos versos, imperfectamente recordados, de M. Machado, había registrado, no hace mucho, en este mismo cuaderno. La cuarteta de Machado, debía de decir así:

Querer es triste. ¡Y no poder!...

Lo que es, tenía que pasar.

Para que el plebeyo querer

y lo innoble del procurar?

Por cierto, que ello parecerá absurdo a toda la reata de mulas tercas, empeñadas y comprometidas, que constituyen la casi totalidad de nuestra iglesia. Pero la idea es absolutamente exacta –y por ello muy pulcra– y por lo mismo verdadera. Digan cuanto quieran, el fracaso es siempre feo. Sólo la victoria es bella; pero fracaso sólo hay cuando falla la intención, la voluntad deliberada. Es palmario que quien busca, no más, la voluntad de Dios, no es derrotado nunca. La hermosura infinita de la pasión mortal de Cristo consiste, cabalmente, en que es triunfo, y la apariencia humana, sensible, de vencimiento, decora con nuevos motivos de belleza la pulcritud suprema. Pero es porque Cristo quiere morir y sufrir. Y cuando sus enemigos fracasan creyendo que vencen, ello adiciona una condición nueva al éxito de la empresa de Jesús. Y ello se repite en cada santo.

Las artes deben emplear la metriké, que comprueba la proporción conveniente en cada obra. La belleza se encuentra dondequiera hay medida: en los movimientos, en los pensamientos, en la voz, en la energía física... Pero todo hombre se halla expuesto al peligro de exageración.

La naturaleza supone dos principios: el del ser, por el cual todo es uno, y el del devenir, por el cual es múltiple. “Si un creador tiene la mirada fija en el ente permanente, cuando realiza una forma cualitativa, esta forma, necesariamente, llega a ser bella en su conjunto. Pero si pone su mirada en lo transformado por el devenir, utilizando un ejemplo creado, no produce nada bello”. La expresión es perfecta, cuando se aplica, cabalmente, al apostolado.

Platón distingue placeres verdaderos e ilusorios: los primeros son aquéllos que producen las pasiones, y que se mezclan con dolores, y los placeres puros, que son los que, al faltar, no producen dolor en nosotros, y al ofrecerse causan plenitud grata y exenta de pena.

La contemplación de la belleza en la medida eterna es la única contemplación bella; quien se entrega insensatamente a la belleza del sexo, o a las ilusiones del arte, goza de la misma belleza sin pulcritud...

Poiesis, es, en general, la causa que hace pasar algo del no ser al ser. Todas las producciones son pues poiemata, pero no todas se suelen llamar así; parejamente, todos los artistas son poetas, pero sólo suelen recibir este nombre los que se dedican a la música y la métrica.

Pero poietiké es una parte del arte. Distingue: arte por el cual adquirimos algo, y arte por el cual creamos algo. Este arte creador puede ser divino y humano. Ambos pueden crear realidades e imitaciones (v. gr.: un lecho –una pintura de un lecho–). El arte imitadora trabaja por medio de utensilios, o meramente con el cuerpo humano (danza, canto). Por otro lado, este arte puede ser reproductivo o fantástico. Desde otro punto, hay arte que imita la esencia, y arte que imita la apariencia: las propiedades sensibles, el color, el sonido, etc. El arte que se sirve de palabras y nombres es infiel a su vocación: la captación de las esencias. Se deben emplear las palabras para revelar la verdad. Platón es, aquí, concreto en exceso. Censura a Romero, que habla de guerras, sin entender el arte bélico.

Hay artes que son, no más, para el placer, otras, para la creación cultural. El arte debe imitar lo viviente, y como es la palabra la que más claramente puede hacerlo, es arte superior.

Admite la inspiración divina; pero desconfía de ella. Prefiere la aptitud natural que crea conscientemente. Y todavía se puede crear sin inspiración, por mera rutina, por experiencia empírica. El arte máximo se basa en visión clara y exacta de la realidad, en el claro conocimiento del método, según el cual se ordenan ciertos medios, para lograr un fin determinado. Hay obras de arte que se deben al azar.

“La verdadera destreza, conveniente y adecuada para el hombre, consiste en fijar la distinción entre lo justo y lo injusto, y realizar la justicia”.

El concepto de imitación: la consecuencia que saco es que el primordial sentido de la palabra consiste en la referencia al alma del artista. La música es imitación del estado anímico del músico. Es decir, imitación es lo mismo que expresión. Luego, puede ser la expresión del estado de alma de otros.

Yo pienso que es de ahí, de donde brota el influjo, que Platón reconoce al arte. No debe ser exclusivamente agradable, sino que los dioses nos lo han dado para nuestra formación. “Los dioses nos han dado el ritmo, para curar la falta de medida y gracia de nuestro carácter”. Debemos pues, “escoger la música que es, objetivamente, adecuada para cada carácter; después practicar esta música y disfrutar cantando, un placer puro de tal índole que, disfrutando de él, adquirimos buenas costumbres”.

La tragedia supone una técnica, por la cual el ritmo y la armonía de las palabras, la estructura de la fábula, la imitación de los personajes y los elementos conmovedores y aterradores están fundidos en unidad. Así describe lo esencial: el acto y la acción interna, su transcendencia moral y sus consecuencias emotivas.

Para Platón, el arte peca contra la verdad; el artista se dispersa en la multiplicidad de la apariencia; pero un hombre entero se dedica a una sola actividad, “solamente se puede realizar bien una tarea”. Los artistas nos seducen, haciendo tomar por verdad lo falso, así al pueblo, que es incapaz de reconocer la existencia de una belleza objetiva en sí. Gozan falsamente, como en sueños. El artista debe buscar formar al hombre, y no complacer. Platón insiste mucho cómo en las artes se infunden sentimientos nocivos, que van penetrando en el hombre, y acaban por deformarlo. “Primero nos va penetrando sin darnos cuenta, el menosprecio por la ley moral... bajo la forma de un juego inocente y grato. Poco a poco, va infiltrándose en los usos y costumbres. Y, de súbito, todo esto brota desvergonzadamente, en las leyes y decretos”.

Sin embargo, el arte puede jugar su papel en la formación del hombre. La música más que ningún otro. “La educación musical es de la mayor importancia, porque el ritmo y la armonía penetran profundamente en el interior del alma, y se fijan ahí fortísimamente”. Producen la belleza y el equilibrio en las formas. Notar que, para Platón, la música contiene siempre palabras, “letra”. Es decir, la mesura en la formación, mesura el alma, así como procede del alma mesurada, al menos de un estado mesurado de alma. Hay que obligar al artista a imitar tan sólo el ethos virtuoso. “Dondequiera que los jóvenes dirijan su mirada y su oído, emanaciones de obras bellas deben acudir a su alma desde todos los puntos, y producir en ellos, insensiblemente, un estado de ánimo que les anime a imitar, amar y armonizarse con todo lo que sea bello y razonable”.

El Estado tiene obligación de intervenir, incluso por fuerza, en la cuestión del arte. Y las preguntas que rigen el criterio son las siguientes: “¿Cuál es el valor del original imitado? ¿En la imitación artística justa, concuerda con el modelo? ¿Cuál es, pues, el valor formativo de la obra producida?”.

Lo primero es, consiguientemente, el conocimiento del ideal que ha de ser imitado.

No cabe duda alguna, que los adelantos desde los tiempos de Platón han sido mínimos, los retrasos en cambio máximos. ¿Quién se atrevería hoy a proponer doctrinas tan hondas y sensatas? ¿Qué aplicaciones encontramos al arte, como elemento educativo? Todo parece que se reduce a enseñar a leer, con métodos y cosillas de ese porte. Pero una educación humana no cuenta para nada con el arte verdadero. Y aun suponiendo que contase con él, la corriente ininterrumpida de deformaciones llamadas arte, ofrece tal obstáculo a la formación de cualquier joven, que se trata de una empresa poco menos que desesperada. La formación artística de nuestros seminarios, de nuestros institutos, colegios, universidades, me parece un auténtico desastre. Y aun, por lo muy poco que conozco, parece que podría afirmarse parejamente del extranjero. El espectáculo de la juventud actual, casi totalmente idiotizada, en su mayor parte, es bastante concluyente. La consulta ininterrumpida al gusto del público, la estima del juicio de la masa, como tal masa, impedirá, durante mucho tiempo, la menor enmienda en el asunto.

Y en cuanto a la intervención del Estado, reprobada por autores tan sólidos como Maritain, no acabo de comprender la validez, ni siquiera probable, de sus argumentos. Claro que el Estado, como tal, no tiene que entender de arte necesariamente, pero sí debe entender de los efectos del arte en la formación del hombre, al menos en ciertos aspectos. Y respecto de ellos debe actuar. La música, la literatura que circula hoy por todas partes en España, debería hallarse prohibida en su mayor parte. No veo cómo puede progresar una nación, que sufre de continuo la descarga de la necedad, el mal gusto, el erotismo antiartístico y las ideas disgregadoras que nos aportan, de continuo, las llamadas manifestaciones artísticas en la música, la novela, la televisión, el cine...

Para Platón, y cada vez más para mí, la gran obra de arte –de que deberían proceder todas las demás– es la formación del hombre. La vida es la gran tragedia que ha de componer cada persona humana. Y si poseemos un mínimo sentido de la integración, no podemos llamar artística sin más, a una obra cualquiera deformante. Por cierto que la sentencia no siempre es fácil, pues en una producción cualquiera, pueden hallarse facetas múltiples, plausibles unas, reprobables otras, desde el punto de vista en que me sitúo. Pero la prudencia determinará en cada caso; y a lo peor, muchos errores concretos no equivalen jamás, al daño de una postura total errónea.

Yo pienso que, vistos desde la virtud, los mismos sentidos son capaces de gozar con ciertos movimientos, comportamientos, palabras, que, por ello mismo, se transforman en categorías estéticas, y por ende artísticas. De modo que la formación humana parece ser, en el sentido más estricto, no sólo un arte, ni siquiera una bella arte, sino la más importante de todas las bellas artes...

Día 5 de agosto de 1969

Me he levantado tarde, a las 4. Como tarea primordial, me he señalado el avance en la historia de la estética, concretamente el estudio de Aristóteles. Paso inmediatamente a mis notas sobre ello.

Lo bello contiene dos notas esenciales: la simetría, en relación con el orden, la extensión, relacionada con el límite: una cosa es tanto más bella, cuanto es más grande, dentro de la limitación que la hace abarcable para el hombre. Es claro que aquí, hay ya una consideración relativa al hombre. Y que deberemos dejar fuera a Dios. Yo pienso que, cabalmente, se trata de observar lo que es bello en sí, y tratar después, de lograr capacitar al hombre para percibirlo.

Aquí, como en tantas otras materias, la gracia levanta al ser humano sobre sí mismo, y le capacita para gozar de bellezas que le superan. Eternamente vamos a disfrutar de la belleza divina, justamente ilimitada. Recuerdo las consideraciones de Poe, sobre la composición del poema del cuervo. Es cierto que una pieza resulta más bella para un espectador concreto, según estos principios; pero hay aquí algo plenamente subjetivo; pues diversos espectadores son poderosos a abarcar extensiones diferentes, y aun muy diferentes. Entonces el artista ¿deberá atender al mayor número, o a los mejor dotados? Y entonces –para mí no cabe duda de la respuesta– uno de los objetivos de la educación será aumentar estas potencias. Sin embargo, hay aquí un tema cardinal: dado como es el hombre, ¿cuál es el camino para hacerle perceptible la hermosura divina? Pues, verosímilmente, es esta realidad, observada por Aristóteles, la que dificulta, al común humano, el goce de la belleza del Padre, que tan palmaria siento yo.

Una observación psicológica sagaz, es que lo simétrico parece más extenso que lo asimétrico, porque es más fácilmente abarcable en su totalidad. El máximo placer lo provoca la sensación de grandiosidad, unida a la de comprensión. Objetivamente: lo grande abarcable.

Y naturalmente la relación entre grandeza y límite se basa en la medida.

La palabra belleza tiene diferentes significados, de los cuales los más importantes son el físico-estético, el ético y el ontológico. En todos ellos se encuentran, analógicamente, los elementos de extensión, orden, simetría y limitación. Aristóteles desarrolla la ética con sentido estético indudable. Y también en el obrar humano, como tal, hay grandeza (motivo-objeto) hay simetría (temperancia, medida, justo medio), orden y limitación, en las tendencias al fin buscado. Los actos virtuosos son bellos, cuando se realizan por la hermosura de la virtud, cuando se obra por el bien en sí, no por la utilidad o el deleite.

Es muy curioso, cómo los formadores han repetido, en las clases de los seminarios, este concepto aristotélico, y luego no se han cuidado, en absoluto, de extraer sus consecuencias prácticas, que, no obstante, tendrían valores incalculables. ¡Qué hombres hubieran podido formar en posesión de tales elementos fundamentales: la belleza de la acción humana movida por la gracia divina, por el amor del Padre, que es la hermosura misma! La ausencia de sentido estético, en anchísimos sectores de la Iglesia es, sin más, una condenación de la formación secular en lo concreto. Por cierto, cada sacerdote hubiera estado dotado muy diversamente, respecto de las artes particulares; y no pocas veces hubiera gozado, justamente, con el sacrificio de realizaciones determinadas de la belleza “estética”, en aras de la Belleza sin más; pero todos ellos hubieran estado capacitados para percibir la belleza, hubieran sentido la inclinación a la hermosura, y hubieran salido de las clases con una inclinación a percibirla en cualquier manifestación.

En el orden ontológico la belleza es la adecuación –simetría– con el biológico.

Para Aristóteles, todo producto humano debe ser perfecto en su línea, y consiguientemente bello, en la especie de belleza que le corresponde.

Relaciona la pureza de los deleites, con el punto de vista del sujeto, a diferencia de Platón, que parte de la pureza de los objetos.

Tiene más en cuenta el movimiento hacia el fin, que la estructura matemático-musical de la naturaleza. El arte, en esencia, es una actividad del espíritu, que se basa en la actividad de la naturaleza y la utiliza; es, como ella, un movimiento teleológico hacia un resultado. Y obra de arte es “todo cuanto se realiza teleológicamente con conciencia racional. Prolonga e imita la naturaleza. La imitación, en cuanto a la actividad artística, se refiere al proceso natural; en cuanto a la obra, a una forma natural. El ejemplo de lo culinario es muy luminoso.

En el arte hallamos las cuatro causas: materia (piedra) forma (imagen de la figura que se la va a dar) –eficiente: el artista y su arte y sus instrumentos– final, en cierto sentido identificada con la idea, la forma, que llama a veces idea motriz o creadora.

Diferencias entre la belleza ética y la artística: la primera brota del ser hombre, la segunda de ejecuciones concretas, cualificadas, particulares: su resulta es una obra externa, con intervención del cuerpo y, ordinariamente, de instrumentos, según los cuales se diversifican las artes. Yo no estoy del todo concorde, pues creo que la pulcritud ética se ejerce también, con no poca intervención física e incluso instrumental, y que exhibe parejamente frutos exteriores.

El arte se basa en un conocimiento universal de motivos, causas y juego de medios; pero exige la experiencia, peculiar e incomunicable propiamente; la cual comienza con la percepción, se desarrolla por la memoria y se perfecciona con la repetición.

Como el arte se basa en la naturaleza, se incluyen en él tres ingredientes: naturaleza (ingrediente innato) - práctica (ejercicio) - técnica (conocimiento de las reglas). Según los predominios de unos u otros ingredientes, hay diversos tipos de artistas, y aun de artes.

El proceso viene a ser éste: se impone una finalidad, como existente de antemano, pero conocida. Habría que estudiar qué significado tiene este imponerse, si aquí se inserta, como básica, la idea de “necesidad”, de vitalidad... Pero la finalidad se concreta y exige medios especiales –se actúa según ellos– la misma actividad suscita gozo, como actividad y como tal actividad. Y el gozo perfecciona la actividad misma.

Distingue artes útiles y deleitables; pero, al hablar del placer de la pintura, Aristóteles lo menciona como posible consecuencia para el espectador, no como finalidad real para el artista creador.

El concepto del arte bello es, para los griegos, mucho más amplio que para los modernos. Y yo creo que llevaban ellos razón. Contra el pobre Ortega... Otra cosa es que la belleza se realice como valor casi exclusivo en ciertas artes, y que éstas ofrezcan posibilidades de formación mayores.

La tendencia a la imitación es natural, innata. Y el reconocer el modelo, la conformidad, agrada. Ahora ¿qué valor tiene esta complacencia?

Varían con las artes los medios de imitación. Todo es imitable, probablemente, para Aristóteles. La forma externa, y la actividad interna. Los hombres pueden ser imitados –supongo que en cualquiera de los dos casos– como son, como debían ser, o como peores de lo que son. En verdad esto es tan universal, que ni el mismo teatro del absurdo se ha salido de ello. Y desde luego reconoce la imitación, no sólo de la figura externa, sino del ethos interior (así Polignoto18). En cuanto al placer, puede manar: de la semejanza, de la maestría en la reproducción, de la belleza de los colores y las formas en sí.

La música –pero supongo que el mismo Aristóteles aplicaría a todo parejamente– ofrece cuatro clases de delectaciones: dos formales: diversión y noble pasatiempo. Dos expresivos: disfrutamos por la expresión del sentimiento y por el restablecimiento de nuestro propio equilibrio. Como diversión se trata, no más, de relajamiento (como el sueño) pero como noble pasatiempo (scholé, aunque la terminología es indecisa) se justifica en sí misma, y se orienta inmediatamente hacia la felicidad. Además influye en la formación del carácter, pues actúa sobre el ánimo del oyente. Incluso establece relación entre los modos musicales y las leyes del estado...

La música influye inmediatamente en el alma - las artes plásticas indirectamente. La música es “una imitación de los movimientos de ánimo humanos, por medio de la melodía y el ritmo de los sonidos”. Distingue, aunque no expresamente, entre instrumentos y voces humanas. El sentido de la armonía, la simetría, la imitación, es innato. La melodía imita los estados de ánimo (ethé), los movimientos o pasiones (pathé) y los actos. Por eso clasifica las melodías en éticas, patéticas y activas. Los jóvenes deben ser educados en las primeras; pero las otras ejercen también un efecto sano catártico. La melodía imita los caracteres; el acorde nos ofrece percepciones de orden.

La retórica es una especie de dialéctica que tiende a persuadir, pero en vez de hacerlo por medio del puro razonamiento, emplea la apelación al sentimiento. Y así usa una serie de recursos. Para la estética es muy importante la forma sensible, verbal, utilizada. Aristóteles la denomina lexis, puede traducirse por estilo entendiendo “una forma perceptible compuesta de palabras y dominada por la medida y la simetría”. Trata de los ingredientes del estilo, palabras, períodos, y defectos en cuanto a unidad. Distingue palabras bellas (por el sonido, por la significación y por la impresión que suscitan) y feas. Se refiere al placer de lo inusitado y asombroso. Naturalmente no resumo, sino que me confino en lo que me interesa personalmente. Los ritmos son imitativos de los movimientos del alma. Insiste también aquí en lo adecuado, v. gr. en cuanto al asunto, en cuanto a los sentimientos del escritor, en cuanto a lo ético, el carácter, edad, sexo, etc., de la persona a que se refiere. Lo que nos deja fríos es lo inadecuado.

La poesía es imitación de la acción humana. La tarea peculiar del poeta está en construir la fábula. La acción se puede tomar de la historia, del mito, o de la propia imaginación, pero en todo caso, el poeta debe construir la fábula. La poesía no se especifica esencialmente por la forma métrica; lo poético no lo crea el verso, sino un tipo especial de imitación. El objeto de la poesía es el hombre: los primeros compositores “teólogos”, no eran poetas. Estos se complacían en admirar a los hombres magníficos, o satirizar a los viles, y de ahí la doble corriente de la poesía. Admite al poeta inspirado, pero reconoce un tipo de creador más sereno y equilibrado, con talento y técnica. En Aristóteles, la inspiración divina está substituída por una teoría médica. Lo importante del gran poeta es el equilibrio: “guardar un justo medio entre un temperamento demasiado frío, y uno demasiado caliente; debe conciliar la técnica con la inspiración, la reflexión con la imaginación, el talento y el genio, el equilibrio de la naturaleza (euphués) y el arrobamiento extático (manía). Pero si la belleza está en el justo medio, dedúcese de esto que son posibles dos tipos contrarios: el artista equilibrado y el genio extático” (136).

Sobre la tragedia hay un resumen de la teoría. Sólo alguna anotación me importa ahora: lo que busca la tragedia no es la imitación de los caracteres, sino la presentación directa y dramática de sus acciones, que producen felicidad o infelicidad, con los sentimientos consecuentes.

Los sentimientos son las consecuencias de la acción (miedo y compasión), los caracteres las condiciones, el acto que hace feliz o desgraciado es el alma de la tragedia. Porque el objetivo de cada ser es su acción.

La fábula debe ser completa, grande, una. Completa: con principio, medio y fin. Debe ofrecer un conjunto ordenado; un organismo al que nada falte. Lo más grande posible, dentro de lo abarcable. Debe estar construída de tal modo, que cualquier elemento que se substrajese hiciese resentirse la fábula entera.

La necesidad: la historia presenta lo individual como de hecho ha sucedido; la poesía llama la atención hacia la conexión necesaria entre caracteres y acciones, entre acciones especiales y sus consecuencias. Nada debe haber de inmotivado, ilógico. Por ello está más cerca de la filosofía que la historia; aunque no es estrictamente ciencia, ya que se refiere a lo particular. Nos presenta la fábula, de modo que sacamos la impresión de que tenía que suceder así. La ciencia se impone universalmente –la historia ofrece lo que ocurre una sola vez– la poesía lo que sucede en la mayoría de los casos. Nos hace sentir lo que debemos considerar inevitable en todas partes y siempre, para todos los hombres de cierto género, situados en ciertas situaciones: es imitación típica.

La acción trágica se determina por el carácter y los pensamientos de los personajes que toman parte en ella. El carácter es la expresión de una actitud de la voluntad; el pensamiento de la conciencia racional. El personaje se juzga más por el carácter que por el pensamiento, pues es por la voluntad, por donde entramos en la intimidad última, en las elecciones decisivas. Pero el sufrimiento trágico se relaciona con la acción libre de modo necesario (o probable); es decir, que está en conexión con una expresión de la ambición racional y consciente.

“Los movimientos puramente pasionales son, pues, excluídos de los verdaderamente trágicos; sólo llegan a ser ético-característicos, cuando obtienen una aprobación racional y consciente”.

Los caracteres trágicos son imitaciones, pero idealizadas. Personalmente, encuentro exacta la tendencia a la idealización, pues en su realidad auténtica, un hombre es siempre mucho más de lo perceptible. Los actos deben parecer derivarse, necesariamente o probablemente, del carácter. Debe ser fiel a sí mismo.

Hay que evitar un estilo demasiado brillante, porque distrae la atención de los personajes.

En cuanto a las emociones, parece considerar las más importantes el miedo y la compasión –pero no las únicas–. Supone, como parece suponer Platón, que la representación suscita en nosotros las mismas pasiones, al menos como suceso ordinario. Pero, mientras Platón se apoya en esto para impugnar el valor de la tragedia, Aristóteles encuentra ahí una purgación, por la que el hombre se libera de algo que tiene de todas formas, y luego queda sereno. Refiriéndose a temperamentos normales –no excesivamente sensibles, que se entregarían al desenfreno, ni excesivamente fríos– piensa que la excitación de emociones, en la tragedia, basta para liberarles de la carga normal que han de tener, y poder reaccionar después equilibradamente. La catharsis restablece el equilibrio psicológico, y hace gozar un placer excepcional de descarga y vuelta a la medida, distinto del superficial placer de los sentidos.

Ahora debo dejar a Aristóteles, para preparar algunas misas y actos de ejercicios; pero he de pensar en este asunto de la catharsis, de superlativa importancia, en cuanto al arte, y la misma liturgia, y las predicaciones.

Estas consideraciones aristotélicas coinciden, en parte, con la función que yo suelo asignar a ciertas maneras litúrgicas, o incluso de predicación, que ofrecen a la sensibilidad pasto conveniente, mesurado, en tanto llega a una altura bastante, para gozar de objetos no inmediatamente sensibles. Sin embargo, hablando en general, y refiriéndome a lo que hoy puede contemplarse en los espectáculos públicos, más bien me acuesto a las opiniones platónicas. Pienso que, de sólito, el espectador sale de allí perturbado, con la sensibilidad mal inclinada, fomentada en sus propensiones a constituirse en fundamento de la vida humana.

La comedia: en ella lo central es lo burlesco; es descompuesto, pero no doloroso. Lo ridículo es inesperado, nos sentimos sorprendidos y engañados, pero enriquecidos. La risa es necesidad vital, medio de descanso y recreo, pero debe estar sometida a medida. Debe consistir en sátira fina, no en bufonadas.