El Hereje - Joseph Nassise - E-Book

El Hereje E-Book

Joseph Nassise

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Beschreibung

Los monstruos cazan a los inocentes. El caza a los monstruos.Como comandante del Equipo Echo, la unidad de combate más templada de batalla de los Templarios, Cade Williams pasa sus días trabajando en las sombras, protegiendo a la humanidad de amenazas y enemigos sobrenaturales. El público desconoce la existencia de la Orden, no importa la naturaleza del enemigo que enfrentan y eso está bien con Cade, ya que si se volviera de conocimiento común que existen monstruos, se produciría el caos.Pero ahora la misión y el secreto de la Orden se ven amenazados cuando fuerzas desconocidas atacan a las comandancias templarias en plena noche, dejando la destrucción a su paso. Cade y su equipo reciben la orden de poner fin a los ataques antes de que la batalla se derrame, destruyendo el equilibrio difícilmente ganado entre la oscuridad y la luz.Para cuando llegue al fondo de todo, Cade estará lleno de reventantes, demonios y magia de muerte. Pero la verdadera naturaleza de las fuerzas desplegadas contra él solo se revelará cuando se encuentre cara a cara con un enemigo de su propio pasado, la criatura conocida solo como el Adversario.

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Seitenzahl: 324

Veröffentlichungsjahr: 2020

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El Hereje

Joseph Nassise

El Hereje

Copyright 2017 por Joseph Nassise.

Este libro es un trabajo de ficcion. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del escritor o se han utilizado de manera ficticia y no deben interpretarse como reales. Cualquier parecido con personas, vivas o muertas, eventos reales, locales u organizaciones es una coincidencia. Todos los derechos están reservados. Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o reproducida de ninguna manera sin el permiso por escrito del autor.

Creado con Vellum

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Prólogo

Niall O’Connor miró atentamente a quienes lo rodeaban. Era media tarde y las calles de Viena aún estaban repletas de gente, por lo que podría resultar difícil distinguir si alguien lo seguía. De todas formas era veterano en ese tipo de operación, por lo que se tomó su tiempo, examinando cuidadosamente las inmediaciones. Cuando se hubo asegurado de que nadie le había seguido desde el museo, entró en la cabina telefónica de la esquina y cerró la puerta de plexiglás tras él. Ignorando el teléfono público incorporado, extrajo un teléfono vía satélite de su bolsillo y marcó un número extranjero de memoria. El teléfono sonó varias veces hasta que alguien contestó. O’Connor podía notar una presencia al otro extremo de la línea, podía escuchar una respiración, pero esta no dijo nada, ni siquiera un hola.

―Está hecho.

―¿Y? ―La voz era profunda y líquida, como agua que corre sobre gravilla.

―El objeto de Hofburg es una imitación.

Otro largo momento de silencio. Después:

―¿Y el otro?

O’Connor pensó en las largas horas que había pasado en la Basílica Vaticana; las interminables colas, la silenciosa esperanza de los fieles, la majestuosa belleza de la catedral en sí. Había caminado bajo la cúpula de Miguel Ángel y examinado las pilastras, las cuatro columnas cuadradas que la sostenían, prestando especial atención a las magníficas estatuas de los santos, Andrés, Elena, Verónica y Longinos, que descansaban en los nichos de su interior.

Había un poder en la catedral, un gran poder. Había percibido sus fluctuaciones como si reaccionara a la fe de los que había en su interior; en cierto modo, casi cada uno de los objetos que albergaba el edificio brillaba indicando su presencia. Incluso la estatua de San Pedro, con su pie derecho suave y desgastado por las caricias de generaciones de fieles, relucía con un aura apenas visible, a pesar de que no se la conocía por ser más que una escultura normal.

Claramente, la mayor concentración de poder se encontraba bajo la cúpula. Tres de las cuatro estatuas que había examinado resplandecían con él, como resultado de las Reliquias Verdaderas que contenía cada una de ellas. Reliquias que eran fáciles de discernir para un hombre con sus excepcionales talentos.

Pero la estatua de San Longinos, la que supuestamente contenía los restos de la Lanza Sagrada, no los tenía. Estaba baldía, despojada de esa misma chispa de Divinidad que revestía a las otras estatuas y a sus contenidos.

―Es falso también ―dijo.

―¿Estás seguro?

―Sí. Me jugaría mi reputación en ello.

―Muy bien. Vuelve a nosotros y comenzaremos la siguiente fase de la operación.

―Como desee.

O’Connor apagó su teléfono por satélite, volvió a metérselo al bolsillo y salió de la cabina. Se había echado la noche y el aire de Viena se había vuelto frío y apacible. Se ciñó el cuello del abrigo mientras volvía a echar un vistazo a su alrededor. Cuando se hubo convencido de que seguía solo, caminó hasta el final de la calle, lanzando una mirada de desdén a las puertas de hierro del palacio Hofburg mientras pasaba. Al llegar a la intersección, se detuvo un momento para encender un cigarrillo, esperando a que el semáforo cambiase. Cuando lo hizo, comenzó a cruzar la carretera, confiando en el cumplimiento de su misión y soñando ya con las formas en las que se gastaría sus exorbitantes honorarios.

Con la sonrisa por las perspectivas todavía en el rostro, no vio el autobús urbano que surgió a contraluz en la intersección. No vio su ancha parte frontal cerniéndose sobre él hasta que fue demasiado tarde.

El cuerpo de O’Connor rebotó en la firme superficie del vehículo que avanzaba a toda velocidad, salió despedido por los aires y volvió a caer a varios metros de distancia. Desde donde yacía quebrado y retorcido en la canaleta, su mirada muerta se dirigía a través del parabrisas del vehículo hacia el asiento vacío del conductor.

Al otro lado del Atlántico, en una habitación oscura, una mano canosa colgó el teléfono en la penumbra, cortando la conexión.

Capítulo Uno

Cuando el todoterreno entró por las retorcidas y destrozadas puertas de hierro forjado que hubieran protegido un día la entrada a la finca, el Caballero Sargento Sean Duncan observó a través de la ventanilla la destrucción a su alrededor y supo que los rumores eran ciertos.

El diablo había venido a Connecticut.

Las puertas destrozadas eran solo el primer indicio.

La estatua de mármol del ángel que había vigilado a la entrada de la comandancia, descansaba ahora sobre su espalda en mitad de la calle, con una de sus alas aún desplegada y la otra reducida a pedazos esparcidos a poca distancia. Sus ojos de piedra miraban impávidos al cielo, como si de un gesto de arrepentimiento se tratara. Justo detrás de ella, en el césped, un grupo de caballeros ordenaba los cuerpos de aquellos que habían caído defendiendo las puertas. Los disponían en largas filas, lo que le facilitaba al equipo de la morgue la identificación de los cadáveres. Duncan se santiguó y rezó una breve oración por las almas de los muertos. Más allá del césped, los restos aún humeantes de un Mercedes yacían en el camino de acceso a la mansión, con sus antaño impecables asientos de cuero chamuscados y fundidos entre los muelles de acero.

Había presenciado muchos combates; era parte de su trabajo, pero nunca había oído hablar de ningún cuartel templario que hubiese sido atacado directamente. La Orden Sagrada de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón, o los Caballeros Templarios, como fueron una vez comúnmente conocidos, existía en secreto, alejada de la mirada curiosa de los hombres. Los días en los que la Orden había vigilado la ruta a la Ciudad Sagrada habían quedado muy atrás y el público en general desconocía ya su existencia. Hallar la base debería haber sido complicado. Asaltarla y arrollar sus defensas, casi imposible.

Pero alguien había conseguido hacer ambas cosas.

De acuerdo con la creencia popular, los templarios fueron destruidos en el siglo XIV cuando la Orden fue acusada de brujería y el Papa quemó a su Gran Maestre en la hoguera por herejía. En realidad, la Orden se había vuelto clandestina, ocultando sus riquezas, disfrazando su poder y logrando permanecer como una entidad viable e independiente hasta el final de la Primera Guerra Mundial. Un tratado con Pío XI supuso la revocación de su excomunión y los templarios renacieron como la armada militar secreta del Vaticano. Su misión: defender a la humanidad de las amenazas y de los enemigos sobrenaturales.

Había centenares de miembros en todo el mundo, organizados en comandancias locales. Estos se iban turnando para reunirse en territorios continentales, liderados cada uno por un Preceptor. Los Preceptores informaban al Senescal, quien respondía ante el Gran Maestre de la Orden, el individuo que gobernaba toda la orden desde su base escocesa, el castillo de Rosslyn. A pesar de que en un principio se permitía que la Orden se administrase a sí misma, seguía siendo una rama del Vaticano. Con el paso de los años, la Santa Sede había designado a tres cardenales para que interactuaran con los líderes veteranos de la Orden, de forma que ayudaran a guiar al grupo por un camino que no interfiriese con los deseos del Papa.

La comandancia de Westport, Connecticut, conocida como Puerta del Cuervo, era una de las más grandes de la Costa Este. Solamente los cuarteles del Preceptor en Newport, Rhode Island, la empequeñecían. Su terreno estaba formado por treinta y ocho acres de verdes y onduladas colinas que se extendían a su alrededor a través de bosques, quedando los vecinos más cercanos a más de dos millas de distancia. La mansión era enorme; cuarenta y siete habitaciones, desde el campo de tiro del sótano hasta la capilla en el ala norte.

Y ahora, se encontraba en ruinas.

El conductor frenó en seco junto al coche en llamas y Duncan salió con cautela, con la mano sobre la culata de su arma. El olor a cuero chamuscado y a gasolina le golpeó y sin embargo, el hedor a carne quemada que había esperado estaba ausente, gracias a Dios. Mientras el resto de su servicio de protección tomaba posiciones alrededor del vehículo, Duncan continuó analizando la escena. Volvió a echar un vistazo hacia el césped, a los grupos de trabajo, y después desvió su atención hacia la propia mansión.

Los daños no eran de menor envergadura. Todas las ventanas habían estallado y los trozos de cristal que quedaban en los marcos reflejaban el sol del amanecer con pequeños resplandores aquí y allá, pero ni uno solo de los paneles permanecía intacto. La puerta principal estaba destrozada. Sus pedazos astillados colgaban al azar del marco. Agujeros de bala habían dejado picadas la entrada y la fachada circundante. Había una grieta de unos tres palmos de largo en las escaleras de mármol que llevaban hasta la puerta. Su visión hizo que a Duncan se le helara la sangre.

«La cantidad de fuerza que debe haber hecho falta…»

Más allá de toda esa destrucción no parecía que hubiese ningún peligro inminente, de forma que Duncan hizo una señal al conductor del coche que se encontraba a su espalda. Un momento después la puerta trasera se abrió y Joshua Michaels, Preceptor de la Región Atlántica Norte, descendió del vehículo.

Duncan se encontraba a la cabeza del servicio de seguridad del Preceptor y era el último responsable de la seguridad del hombre, de la misma forma que el Servicio Secreto vigilaba y protegía al presidente de los Estados Unidos. Había estado en el cargo durante los últimos tres años; el primero de ellos con el predecesor de Michaels y los dos últimos con el propio Michaels. Era una posición altamente respetada y otorgaba a Duncan un significativo conocimiento de cualesquiera que fueran los asuntos en los que se veía envuelta la Orden. En esos momentos dichos asuntos consistían en averiguar quién, o qué, les había atacado de forma tan brutal.

El Preceptor había decidido estar presente en la investigación y habían viajado rápidamente desde Rhode Island. Se había instalado un centro provisional de comandancia en el interior de la mansión y era desde donde Michaels pretendía supervisar la actividad.

Duncan se posicionó en su sitio junto al Preceptor, con el resto del equipo en formación a su alrededor. Como una unidad subieron los peldaños y entraron en la mansión. Dentro fueron recibidos de inmediato por un grupo de oficiales que les guiaron hasta una habitación junto al recibidor. Mientras caminaban, uno de los comandantes locales puso al día al Preceptor, siendo su voz baja el único sonido a parte de las pisadas de las botas de los hombres.

Se había instalado una unidad de videoconferencia en la esquina del centro de comandancia y, a su llegada, Michaels se dirigió directamente hacia ella. Un técnico activó el enlace y, un momento después, el rostro del Cardenal Giovanni inundó la pantalla.

―¿Qué puede decirme, Joshua? ―preguntó el anciano.

―Me temo que no mucho aún, Su Eminencia. Como sabe, la comandancia fue atacada en algún momento durante la noche. Nuestros cálculos sitúan el hecho en el barrio a las 3:00 A.M., aunque seremos capaces de ser más exactos cuando el equipo de la morgue haya concluido su trabajo. Los intrusos atravesaron las puertas e irrumpieron directamente en la mansión. Hemos sido incapaces de determinar si pretendían algo más que destruir la comandancia, pero aún es temprano. Sabremos más según se vaya investigando. Se ha asegurado el lugar y se están recuperando los cadáveres. De momento no hemos hallado supervivientes y empieza a parecer que no lo haremos. Quienesquiera que hayan sido los que han hecho esto, lo han hecho a conciencia.

La respuesta del cardenal se ahogó al fallar por un instante la conexión. El Preceptor simplemente continuó, queriendo poner lo peor sobre la mesa cuanto antes:

―Basándome en lo que he visto hasta ahora, voy a delegar la investigación al Caballero Comandante Williams y a su equipo.

El cardenal retrocedió visiblemente de la cámara con sorpresa.

―¿El Hereje? ¿Está seguro de que es una decisión sabia?

―Lo estoy ―contestó el Preceptor―. Es absolutamente implacable. No puede ser sobornado, no puede ser tentado y no se detendrá hasta que descubra quién o qué se encuentra detrás del ataque. Sus hombres son todos veteranos de combate, con la experiencia y la potencia de fuego necesarios para tratar con cualquier cosa que dejen al descubierto, ya sea humana o de otra naturaleza. Si la situación es tan mala como empiezo a creer, no se me ocurre nadie más a quien dejar al mando de la investigación.

Escuchando la conversación, Duncan no estaba de acuerdo. Mientras que Williams era técnicamente un miembro de la Orden por haber realizado la ceremonia de investidura como cualquier otro iniciado que solicitase la membresía, él y su Equipo Echo trabajaban más como operativos autónomos que como verdaderos Caballeros de la Orden. Mientras que los miembros de otras unidades eran seleccionados por los líderes regionales y rotaban de forma regular, Cade elegía a dedo a todos sus hombres, y estos permanecían en la unidad hasta su muerte o hasta que una lesión les obligaba a abandonarla. Mientras que otras unidades respondían en la cadena de mando ante los Preceptores, el Equipo Echo respondía ante el caballero Mariscal, a solo dos pasos del mismísimo Gran Maestre. Tenía la reputación de no seguir de forma estricta la Regla, las leyes por las que operaba la Orden, y de vez en cuando seguía su propia agenda. Los rumores se arremolinaban como la marea en torno al Comandante Williams. Había sido acusado por todo tipo de cosas, desde practicar brujería hasta hablar con los muertos. Su apodo, el Hereje, era el resultado del miedo y de la creencia de algunos de que no era más que un lobo con piel de cordero destinado a corromper la Orden desde dentro. Duncan tendía a estar de acuerdo con ellos.

Pero aquello no era decisión suya.

La expresión del cardenal mostraba claramente su descontento con la idea, pero como buen general, dejó que su gente tomase la decisión. Asintió de mala gana.

―Muy bien. Manténgame informado de sus progresos.

―Lo haré. Buenas noches y que Dios le bendiga, Su Eminencia.

Con una mano alzada bendiciendo, el otro hombre se despidió y la pantalla de televisión se oscureció.

Una vez se hubo cortado la conexión, Duncan no vaciló.

―Con todo el respeto, señor, creo que haría mejor en elegir a alguno de los otros equipos para este asunto. Williams podría resultar más un problema que una solución.

El Preceptor volvió su rostro hacia él, sacudiendo la cabeza en desacuerdo.

―Sé que puede ser difícil trabajar con él, Duncan, pero es su independencia la que puede beneficiarnos. Quien haya hecho esto conocía no sólo la ubicación de la comandancia, sino también cómo tomarla por sorpresa. Sin previo aviso, le recuerdo. Para eso es necesario algo más que una fuerza arrolladora. Hace falta conocimiento detallado sobre a quién y a qué debían enfrentarse.

―¿Cree usted que manejaban información privilegiada? ―dijo Duncan, expresando en voz alta la sospecha que había estado albergando desde que había oído hablar del ataque―. Entonces va a traer al Hereje por su falta de vínculos políticos.

―Exacto, aunque esa no es la razón principal por la que quiero utilizarlo. Estoy convencido de que el Equipo Echo es la elección adecuada para el trabajo. Son veteranos; saben lo que hacen. Vamos a necesitar los muchos años de sabiduría y habilidad que van a poner sobre la mesa.

Basándose en lo que había visto fuera, Duncan no podía discutírselo.

―La última vez que oí algo sobre el equipo iban a estar fuera durante dos semanas. Localice al Comandante Williams y tráigalo aquí lo antes posible.

―Sí, señor.

Mientras se ponía en marcha para cumplir las órdenes, Duncan se preguntó cuán feas se iban a poner las cosas.

Capítulo Dos

Williams se encontraba en ese momento en un callejón de uno de los peores barrios de Connecticut, vigilando la parte frontal de una vivienda de dos pisos, calle arriba de donde se encontraba. El olor a basura del contenedor que estaba utilizando como escondite era intenso con el aire de media tarde, aunque Cade se había acostumbrado al hedor.

―A todas las unidades del COT. Disponen de autoridad y permiso para pasar a Verde. Repito, Verde.

El micrófono inalámbrico que estaba firmemente sujeto contra su mandíbula era un aparato de alta tecnología que enviaba sus palabras de forma clara al resto del equipo a pesar de que las pronunciaba en poco más que un susurro.

―Cinco…

Visualizó al grupo de asalto, sentado en su Expeditions especialmente modificado que se hallaba a dos bloques de distancia, con los arietes sobre el regazo. Sabía que estaban concentrados en la secuencia que estaba por llegar; quién sale primero, quién golpea la puerta, cómo decir “suelte el arma” en español…

―Cuatro…

Sus pensamientos pasaron a los grupos de francotiradores de los tejados adyacentes, sus ojos y oídos desde que comenzó el asalto. Conocía estrechamente sus preparativos, desde la forma en la que deslizaban la bala en el cargador con sus dedos, necesitando asegurarse de que estaba perfectamente colocada, hasta los miles y miles de veces que habían disparado, aprendiendo cómo reaccionan las armas al calor, el viento y el clima.

―Tres…

Sabía que sus tiradores estaban alineando sus cuerpos con el área de retroceso de sus armas, presionando sus caderas contra el suelo y separando las rodillas al ancho de sus caderas para conseguir estabilidad. Sabía lo que era estar mirando al objetivo por una mira Unertl de potencia diez, observando, esperando al momento. Él mismo se había visto en esa situación incontables veces.

―Dos…

Disciplina era el nombre del juego, y en la unidad de Cade era el único que se jugaba. Había demasiado en juego y las consecuencias eran demasiado terribles como para preocuparse por la muerte.

―Uno…

Sus hombres liquidaron a los dos guardas cercanos a la puerta principal desde 228 metros de distancia, con el imparto de sus balas de calibre 308 lanzándolos hacia atrás sobre la hierba a ambos lados de la escalera de entrada, con apenas un sonido. Mientras los cuerpos chocaban contra el suelo, el Expeditions aparcó delante de ellos mientras el resto del equipo Echo rodeaban la casa. La puerta principal y las traseras fueron víctima de los arietes, seguidos de granadas de aturdimiento, tras lo cual los hombres de Cade entraron. Un breve y esporádico tiroteo llegó a sus oídos; después, silencio.

Cade contuvo la respiración.

―Echo-1 a COT. Se ha despejado la estructura. El objetivo está seguro.

―Ya voy ―contestó Cade. Prefería su posición habitual en uno de los equipos de entrada. Era el tipo de comandante que predicaba con el ejemplo y no desde la banda y mantenerse al margen como comandante de operaciones tácticas estaba poniendo a prueba su paciencia. Pero su preocupación por la habilidad del blanco para detectar su presencia había superado a su necesidad de pasar a la acción. Haciendo una señal a Riley, su segundo al mando, Cade emergió de su escondite y dio unas rápidas zancadas hacia delante.

Subió las escaleras y entró en la casa ignorando a las víctimas de los francotiradores que yacían sobre el césped sin cortar que había a ambos lados del porche. Mientras se movía velozmente por el piso inferior pasó junto a más cuerpos, todos varones jóvenes de raza hispana, cada uno de ellos tumbado sobre un creciente charco de sangre. No sentía empatía por sus malgastadas vidas. Se hallaban en el lado equivocado del conflicto y la inquebrantable mano de la justicia finalmente los había alcanzado. Como mucho se encontraba simplemente complacido de que hubiera cuatro pandilleros menos en las calles de la ciudad. Era el hombre que su equipo mantenía cautivo en la cocina el que realmente le importaba a Cade. Todo lo demás y todos los demás eran solo los medios para conseguir un fin.

Juan Álvarez estaba sentado en una vieja silla en mitad de la habitación, con los brazos por detrás de las barras de acero que sostenían el respaldo de la silla y las manos sujetas con esposas flexibles de nailon. Wilson y Ortega se encontraban de pie a pocos pasos del prisionero, uno a cada lado, con sus HK MP5 listas y apuntando hacia él.

Con la pistola todavía en la mano pero apuntando hacia el suelo, Cade cruzó la habitación y se paró delante del prisionero. Parecía que alguien acabase de despertar a Álvarez. Su pelo negro y normalmente liso estaba despeinado y todo lo que llevaba puesto eran un par de vaqueros colocados a todo correr. Aun así todavía conservaba su habitual aire de superioridad.

Cade tenía intención de cambiar eso.

Álvarez había estado bajo la vigilancia del equipo Echo durante las tres últimas semanas. Durante ese tiempo había quedado claro rápidamente que las sospechas de la policía de Bridgeport eran ciertas; Álvarez era, de hecho, el primer conducto del movimiento de heroína a través de Connecticut para el resto de Nueva Inglaterra.

A Cade no le importaban las drogas. Quería a Álvarez por una razón más personal y fue directamente al grano:

―¿Dónde está? ―preguntó. El prisionero le lanzó una mirada de desdén y soltó una parrafada en español. Cade entendió lo suficiente para saber que se trataba más de un comentario sobre los antecedentes de su madre que de la respuesta a su pregunta.

Sacudiendo la cabeza con resignación Cade asintió hacia Riley. El más alto dio un paso adelante y agarró el respaldo de la silla del prisionero, sujetándola firmemente.

Cade se acercó un poco más y colocó el cañón de su pistola contra la rótula izquierda del prisionero y sin más palabras apretó el gatillo.

La sangre saltó por los aires.

Álvarez gritó.

Riley sostenía firmemente la silla a pesar de las sacudidas del hombre.

Cade esperó paciente hasta que los gritos cesaron. Después, suavemente, dijo:

―No tengo tiempo para esto. Te he hecho una pregunta. Quiero una respuesta. ¿Dónde está el Adversario?

En esa ocasión, la respuesta fue en inglés.

―Muérete, cabrón. No sé de quién hablas.

Inexpresivo, Cade le disparó en la otra pierna, destrozando la rodilla derecha del hombre.

Álvarez se retorció en agonía, con los músculos distendidos por intentar hacer frente al dolor. Los brazos de Riley se tensaron, pero ese fue el único signo visible de que hubiese incrementado el esfuerzo para mantener quieto al prisionero.

Por encima de los chillidos del herido, Cade gritó:

―¡Dime dónde está!

El prisionero volvió a cambiar al español, maldiciendo a su interrogador vehementemente; pero no respondió a la petición de Cade. Su sangre fluía piernas abajo y comenzaba a formar un charco sobre el linóleo agrietado bajo sus pies.

Cade resopló con disgusto y apartó a Riley de su camino. El sargento no perdía el tiempo dando órdenes. Alzó su arma y la apuntó hacia el rostro del prisionero.

―Última oportunidad.

Con eso, Álvarez se quedó inmóvil de repente. Su mirada se perdió, como si estuviese escuchando una voz que solamente él podía oír, y su rostro se aflojó. Por el rabillo del ojo Cade vio cómo Riley le miraba de forma burlona, pero él mantuvo la vista fija en el prisionero, vigilándolo de cerca, y no respondió.

Sin cambiar su expresión, Álvarez comenzó a temblar. Su cabeza giraba de lado a lado de forma errática como si vibrase sobre su cuello, como un colibrí hiperactivo. Su boca se abrió de par en par, estirándose de una forma casi imposible. Parecía como si gritase, pero no emitía sonido alguno. Finalmente, con un fuerte clac, su mandíbula inferior se dislocó por sí sola.

Cade observó con calma, con el arma sin dejar de apuntar al blanco.

El temblor se intensificó. Las piernas saltaban y golpeaban las baldosas, dejando pequeñas marcas en el charco de sangre bajo los pies de Álvarez. Un extraño chillido salió de su garganta. Los ojos de Álvarez sobresalieron de sus cuencas y la sangre comenzó a emanar de sus orejas.

Cade siguió esperando.

Únicamente reaccionó cuando apareció una creciente grieta en el centro de la frente del prisionero. Una grieta de la que goteaba una sustancia más oscura que la sangre.

Con una sacudida del dedo que tenía sobre el gatillo, atravesó con una bala la cabeza de Álvarez. El prisionero y su silla cayeron hacia atrás para quedar inmóviles sobre las baldosas manchadas de sangre.

En el silencio posterior nadie se movió durante unos largos instantes mientras aguardaban para asegurarse de que eso que una vez había sido Juan Álvarez estaba realmente muerto. Después, Cade hizo una señal y el equipo se puso en movimiento al instante. Uno de los hombres limpió la suciedad del suelo mientras otro se aseguraba de que nadie se dejaba atrás nada que pudiese alertar de su presencia en la casa. Treinta segundos más tarde el equipo salía en fila por la puerta y entraba en el Expeditions, con Cade y Riley tomando asiento en el vehículo principal.

Menos de cinco minutos después de su llegada, el equipo ya se encontraba en marcha, dejando atrás siete cadáveres enfriándose en la oscuridad.

Más tarde esa misma noche:

Se encuentra solo en mitad de una calle en una ciudad sin nombre. Ha estado allí antes, en más de una ocasión, pero cada vez la resolución es diferente, como si los eventos a punto de ocurrir fueran ordenados al azar por una rueda gigante en movimiento, una ruleta de la fortuna cósmica, y no por las acciones que él estaba a punto de realizar o que había realizado ya.

Sabe por experiencia previa que unos pocos bloques más allá la ciudad acaba abruptamente, convirtiéndose en una vasta extensión de nada, el paisaje de un pintor que permanece sin tocar, indeseado.

Esa ciudad se ha convertido en el centro de su universo.

A su alrededor, los edificios ennegrecidos se hunden en montones derruidos, testimonio de sus previas visitas. Se pregunta cómo será la ciudad dentro de unas semanas, cuando el enfrentamiento que está a punto de ocurrir tuviese lugar una y otra vez, hasta que no quedasen en pie ni las ajadas estructuras de los edificios. ¿Acabaría la carretera, al igual que los edificios, retorcida y destrozada?

No lo sabe.

Dirige su atención de nuevo al presente porque a pesar de todo, esta vez puede aprender algo nuevo que le guíe hasta la verdadera identidad de su oponente.

El cielo se oscurece a pesar de que aún faltan unas horas para que caiga la noche. Nubes de un color gris oscuro adornadas con relámpagos verdes y plateados se acercan por el horizonte, como caballos que galopan veloces para alcanzar los límites de la ciudad antes de que comience el condenado enfrentamiento. El ambiente es denso a causa de la inminente lluvia y de la tensión eléctrica de la tormenta que está por llegar. A la luz de la tarde que se va apagando poco a poco las sombras se estiran y se mueven a su alrededor. Había aprendido que podían tener vida propia.

Ahora las evitaba.

El sonido de unas botas golpeando el asfalto capta su atención y sabe que se le ha acabado el tiempo. Se gira para quedar de cara al extremo de la calle, justo a tiempo para ver a su oponente emerger del final las desmenuzadas ruinas, tal y como lo ha hecho todas y cada una de las veces que se han enfrentado en este lugar. Es como si su enemigo siempre estuviera allí, esperando en silencio con infinita paciencia a que apareciese.

Una punzada de dolor le atraviesa desde el rostro hasta las manos, fantasmas de la verdadera sensación que una vez sintió en su carne, de su primer encuentro en otro tiempo y en otro lugar. Sabiendo que no parará, espera unos segundos a que desaparezca. Perezosamente se pregunta, no por primera vez, si el dolor es causado por su rival o por su propia colección de sufrimientos, que experimentó en su día de manos del enemigo.

Sonríe con gravedad mientras el dolor se atenúa.

Un viento fresco se levanta de pronto, haciendo que se le ericen los pelos de la nuca y en ese viento está seguro de poder escuchar los suaves y silbantes susurros de miles de almas perdidas, cada una de ellas gritándole en busca de consuelo y de asilo.

Las voces actúan como si de una fuerza física se tratara, empujándole desde atrás y antes de que se dé cuenta está caminando con veloces zancadas calle abajo. Sus manos cerradas en puños al verse llevado por el deseo de desmembrar a su enemigo, miembro a miembro, con sus propias manos. Su enfado es tal que le hace olvidarse de otras armas a su disposición en ese extraño estado de semi-realidad.

El Adversario, como ha pasado a llamarle con los años desde su primer encuentro con él, que alteraría su vida desde entonces, simplemente se encuentra en mitad de la calle, esperando. Los rasgos del Adversario se hallan ocultos en la oscuridad de la capa con capucha que viste en ese lugar. Su risa burlona retumba en los desérticos edificios y se deja escuchar claramente en aquel silencio.

El insulto no hace sino avivar la rabia de Cade.

Cuando se acerca un poco más, la escena cambia, tiembla, de la misma forma en la que un espejismo vibra en el calor que se eleva del pavimento. Por un segundo recupera su forma y en ese instante Cade tiene la oportunidad de vislumbrar sorpresa en la cara del otro. Después, todo se disipa a su alrededor en una vertiginosa espiral de patrones cambiantes y figuras sin identificar.

Cuando la escena se solidifica una vez más, se halla en un cementerio. Grandes ángeles cuidadosamente esculpidos adornan la más cercana de las lápidas, con la palabra “prosperidad” grabada bajo ellos. Lápidas más viejas y podridas decoran las parcelas funerarias cercanas, pero no se encuentra lo suficientemente cerca como para ver los detalles grabados en ellas.

Una sensación de urgencia brota de su huesudo puño.

Le obliga a ponerse en movimiento y echa a andar por el césped, serpenteando por entre las piedras, dejando de esa sensación guíe su paso hasta que ve una pequeña parcela que sobresale de las demás con una cerca blanca de madera. En el extraño crepúsculo, las tablas de la cerca brillan por la humedad como hueso recién descubierto. El sabor a cobre de la sangre flota en el aire nocturno.

Al aproximarse más puede ver que la tierra al otro lado de la cerca ha sido removida hace poco. Hay una tumba abierta, un agujero en el pacífico mar de hierba que lo rodea, lleno de una oscuridad más profunda que la del cielo nocturno sobre su cabeza. Esa intrusión en el paisaje y en la santidad del lugar lo atrae aún más, al igual que una mosca se ve atraída hacia una tela de araña.

Se detiene a poca distancia de la pequeña cerca y mira a través de la oscuridad de la tumba.

Incapaz de ver con claridad, pone una mano sobre la valla y se inclina hacia delante, esforzándose por ver mejor.

Algo se mueve allí abajo; un movimiento furtivo.

La cerca comienza a retorcerse bajo su mano, haciéndole caer hacia delante en la oscuridad de la tumba abierta, justo en el momento en el que dos ojos relucen hambrientos desde la negrura…

Cade se despertó en la oscuridad de su dormitorio, con el corazón latiendo acelerado y su cuerpo cubierto de un sudor frío. Se quedó inmóvil por unos momentos, recuperando la respiración y descolgó el teléfono un segundo antes de que el estridente sonido de una llamada atravesase el silencio de la habitación.

―Ya voy ―dijo por el auricular y colgó antes de que el sorprendido novato que llamaba pudiera explicarle la razón por la que llamaba de madrugada.

No necesita esa información. El sueño ya le ha contado todo lo que necesita saber.

Capítulo Tres

Solo una hora más tarde llamaron con suavidad a la puerta de la oficina provisional del Preceptor.

―Entre ―dijo Michaels sin levantar la vista del informe que estaba ojeando. Un momento después se abrió la puerta para dejar pasar al Hereje.

Desde su posición trasera y a la derecha del Preceptor, Duncan podía ver que Cade Williams no era un hombre alto pero, no obstante, tenía una imponente presencia. Tenía facciones duras y un rostro anguloso, sin un ápice de suavidad. El efecto se incrementaba con una ancha franja de tejido cicatrizado que asomaba por debajo del parche que cubría su ojo derecho hasta la mejilla y que giraba por detrás de su oreja. Entró en la estancia con una elegante economía de movimientos, pero también con algo que parecía ser cautela, como si se moviera con cuidado por el mundo que lo rodeaba.

«A lo mejor lo hace», pensó Duncan mientras su mirada iba a parar a las manos de Cade. Los guantes color carne estaban elaborados de forma profesional y ante una mirada casual podían haber pasado desapercibidos, pero Duncan había pasado los últimos años prestando atención a los más diminutos detalles para mantener a salvo al Preceptor y no se le pasaron por alto. La visión hizo que Duncan se preguntarse nuevamente por las habilidades de aquel hombre.

Siete años atrás Williams había sido condecorado oficial de la Policía del Estado de Massachusetts, sirviendo en el prestigioso equipo de Tácticas Especiales y Operaciones, primero como francotirador y más tarde como comandante del equipo. Había estado casado con una preciosa mujer durante tan solo cinco meses antes del desastre. Un incidente con rehenes le había obligado a enfrentarse a una entidad sobrenatural al que Cade llamaba el Adversario. Su mujer había muerto como resultado, y el propio Cade había resultado gravemente herido. Había perdido la vista en su ojo derecho, y la carne de ese lado de su rostro había sido tan salvajemente desfigurada que ni siquiera se había podido considerar la cirugía plástica.

Se había recluido durante varios meses tras el incidente, evitando a la prensa e intentando por todos los medios lidiar con lo que había ocurrido. De alguna forma, descubrió la existencia de la Orden y solicitó con éxito convertirse en miembro, alegando que sus talentos únicos podían ser de utilidad. Duncan sabía que no le había llevado mucho tiempo a Williams ascender hasta su actual posición como Caballero Comandante.

Se rumoreaba que Cade se había unido a la Orden con intenciones ocultas y que pensaba que la información que conseguía era la mejor manera de localizar al Adversario y de enfrentarse a él. Que las metas y los objetivos de la Orden eran secundarios a los suyos propios. Se decía que andaba tras un objetivo y solo uno.

Venganza.

Preparándose para el encuentro, Duncan había leído los informes de acción de la unidad, los sumarios que se elaboraban tras cualquier interacción que requiriese el uso de una fuerza letal. Cada uno de ellos demostraba que el Equipo Echo había sido ejemplar en el desempeño de su deber. Esto, por supuesto, quedaba bien reflejado en el líder del equipo. Aún con todo, Duncan podía leer entre líneas. Podía ver lo que los otros comandantes opinaban de Williams.

Mientras Cade se comportaba tan impecablemente como era de esperar, aquellos que habían utilizado sus servicios no se habían sentido cómodos haciéndolo. Habían sido felices una vez hubo completado la misión en curso y se hubo marchado. Se notaba en las recomendaciones por escrito, en los aparentemente triviales comentarios realizados cuando se hablaba de él o de su unidad. Le temían.

En su corazón, la Orden aún era un brazo de la Iglesia y, como tal, creía en la divina providencia del Hombre y en la salvación obtenida a través de la gracia del Señor. Cómo un hombre que se rumoreaba que era capaz de hablar con los muertos y de leer la mente de un hombre simplemente tocándolo podía encajar en esa imagen era difícil de determinar. Duncan no culpaba a otros por sus miedos. Si todo lo que se decía sobre él era verdad, Cade Williams era un hombre que debía ser temido.

Observó cómo Cade esperaba pacientemente a que el preceptor lo reconociera, con su ojo bueno del color del acero aceptando esa evaluación y no pareciendo ni un poco incómodo en presencia del Preceptor, Duncan estaba seguro de una cosa: Cade Williams era el más indicado lograr el éxito en ese trabajo.

Michaels terminó su lectura, firmó el informe y se lo pasó a su asistente. Extendió la mano para saludarle.

―Gracias por haber venido, Caballero Comandante.

―Señor ―contestó Cade, dándole un apretón de manos.

A esa cercana distancia Duncan podía ver que el parche del ojo de Cade ocultaba la mayor parte del daño de su rostro, pero el tejido cicatrizado que lo rodeaba daba testimonio de la lesión que había debajo. Sus anchas espaldas y una fuerte complexión mostraban claramente su dedicación a estar en la cumbre de su trabajo. Vestía un suéter negro, vaqueros y un par de botas de trabajo. Su pelo, negro y fino, colgaba justo sobre sus hombros, suelto y sin ataduras.

―Por favor, siéntese ―dijo el Preceptor señalando una de las dos sillas que había frente a su escritorio.

―Estoy bien, señor.

―Como guste. ―El Preceptor se giró hacia su nuevo asistente, un hombre de pelo corto y oscuro llamado Erickson que estaba rellenando el recién firmado informe, y dijo―: Eso será todo. ―Y esperó a que abandonase la habitación antes de volver a acomodarse en su propia silla. Duncan permaneció donde estaba.