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Un hombre en busca de su pasado. Una mujer acosada por el suyo. Dos almas destinadas a convertirse en una sola, a las que solo el amor puede salvar. A un pequeño pueblo de la costa de Cantabria llega Saúl, un extraño joven en busca de respuestas acerca de su pasado. Su única pista es una figurita de escayola con la forma de un duende vinculado con las leyendas de la región. Mientras trata de desentrañar el misterio de su origen, entrará en contacto con personas que también albergan sus propios secretos. Como Elena, una agente inmobiliaria a quien los giros del destino han convertido en una joven taciturna y desconfiada. La búsqueda de Saúl le obligará a revivir la parte más oscura de su vida y le llevará a entregarse a otra persona como jamás había hecho antes. En ella encontrará la fuerza que necesita para no rendirse ante ninguno de los obstáculos a los que se enfrentará a lo largo de su viaje en persecución de la verdad. Buscando resolver el misterio de su origen, lo que encontró fue la llave que abría su corazón.
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Seitenzahl: 514
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
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28036 Madrid
© 2024 Paula Molero
© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
El hijo de las hadas, n.º 300 - julio 2024
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 9788410628885
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
La joven observó desde el asiento del copiloto del coche cómo la figura de su padre se aproximaba a la entrada de la iglesia. A esas horas de la madrugada la única fuente de iluminación la aportaban los propios faros del vehículo, pues el lugar que habían elegido era tan recóndito que no había ni una triste farola en las inmediaciones. No había sido una elección al azar, ya que ni la muchacha ni su progenitor querían que nadie presenciara su terrible acto. Ella misma tampoco habría querido estar allí, pero se había obligado a sí misma a hacerlo.
El hombre se acercó a paso ligero hacia su destino, mirando nervioso a su alrededor. En su mano derecha portaba un moisés en el que dormía plácidamente su nieto, que había llegado al mundo tres meses antes. Nada más llegar a la puerta principal del templo, lo depositó con cuidado en el suelo.
A través del cristal del parabrisas, la madre de la criatura creyó vislumbrar como los labios de su padre se movían, quizás para despedirse del niño. O para pedirle perdón por lo que le estaban haciendo. Algo que ni ella misma había tenido el valor de hacer durante todo el trayecto nocturno que los había llevado hasta su destino. El torrente de arrepentimiento que se había estado formando en su interior a lo largo de los últimos meses amenazó con desbordarse y ahogarla. Su mano se dirigió hacia el abridor de la puerta y lo agarró con fuerza. Todavía estaba a tiempo de ir a por su hijo y recuperarlo. Sus dedos se crisparon sobre el metal, mientras trataba de hallar la fuerza de voluntad necesaria para poder enmendar su error.
Sin embargo, permaneció paralizada en su asiento. Tras lo que le pareció una eternidad, su padre entró de nuevo en el coche. Sin pronunciar palabra, giró la llave para arrancarlo. El sonido del motor encendiéndose llegó hasta su hija como si fuera el rugido de un horrible monstruo. Por un instante creyó que la superficie de piedra sobre la que descansaba el cesto con el niño iba a abrirse para engullirle. Quizás de haber sucedido eso habría reunido el coraje para ir a recuperar a su hijo. O para hundirse con él en el infierno.
A sus dieciséis años, la joven tuvo la certeza de que su vida había finalizado. Que lo que vendría a continuación, durase lo que durase, no sería más que un sufrimiento eterno. Ya nunca podría pensar en otra cosa que en lo que acababa de hacer. Ya nunca podría mirarse a la cara en un espejo. Ya nunca podría ser feliz. Su única esperanza residía en un hecho: que el valor que le había faltado para ir a por su bebé no le faltase cuando decidiese terminar con su penosa existencia.
Mientras el coche con sus dos ocupantes de alejaba del lugar, el niño al que acababan de abandonar se despertó y abrió lentamente los ojos. La media luna que gobernaba el cielo esa noche de verano se reflejó en sus pupilas, y pareció brillar mucho más en ellas que en el firmamento. Unos segundos más tarde, un llanto infantil rompió la quietud nocturna, despertando al sacerdote que residía en la casa parroquial anexa a la iglesia. Sonó como un desgarro, y tuvo su eco en el ruido que hizo el corazón de su madre, ya a kilómetros de distancia, cuando se rompió en mil pedazos.
ELENA
El despertador rescató a Elena de un sueño muy desagradable, en el que se precipitaba al vacío mientras escalaba un precipicio. Durante los angustiosos segundos que tardó en espabilarse del todo, creyó que era algo real, y no una pesadilla. El alivio que le supuso darse cuenta de que no era así le duró poco; lo que tardó en recordar que era lunes, y que todavía le quedaban dos largos meses hasta que pudiera cogerse sus vacaciones, en el mes de octubre.
Desde algún lugar de la casa le llegó el ruido de un armario cerrándose. Eran tan solo las ocho de la mañana, pero Arancha, su compañera de piso, ya llevaría más de una hora levantada, y le habría dado tiempo a completar su rutina de ejercicios físicos. Y eso que ella sí que estaba de vacaciones. En esos momentos se encontraría ya preparando su potente desayuno de tres platos. A Elena le parecía increíble que pudiera meterse esa cantidad de comida tan temprano, cuando a ella misma le costaba dios y ayuda meterse en el estómago un par de tristes tostadas y un café con leche.
Antes de incorporarse, pensó en la jornada laboral que tenía por delante en la inmobiliaria en la que trabajaba. Tan solo tenía una cita programada con un cliente, lo que le auguraba un interminable día de llamadas para captar clientes y viviendas. Si desarrollar esa labor ya le producía una inmensa pereza en condiciones normales, tener que hacerlo el día dos de agosto, cuando todo el mundo a su alrededor estaba disfrutando de sus vacaciones, lo hacía todavía más tedioso.
—¿Lista para empezar la semana con ganas? —le preguntó Arancha con un lamentable don de la oportunidad, nada más verla aparecer por la cocina.
Elena le contestó con una mueca tan expresiva que no hizo falta que verbalizara su fastidio.
—No sé cómo lo haces para estar tan animada un lunes por la mañana —dijo a continuación.
—Me sale solo.
En realidad, Elena sí que tenía una explicación para el optimismo de su compañera. No le faltaban motivos: tenía un trabajo claramente vocacional que le apasionaba —ejercía como cuidadora en una guardería local—; su novio era el tío perfecto y poseía un físico privilegiado que no le costaba mantener. Para colmo, tenía una habilidad sobrenatural para caerle bien a todo el mundo, y no había nadie en el pueblo que no la considerara un ejemplo a seguir.
«Así cualquiera», pensó Elena. Su caso era completamente el opuesto: detestaba su profesión cada vez más; a sus veintiocho años no había tenido ninguna relación que no hubiera sido tóxica o irrelevante, y su atractivo natural se estaba deteriorando a una velocidad de vértigo, sin que encontrara la fuerza de voluntad necesaria para corregir tal decadencia. Por último, la imagen que tenía de ella la mayoría de la gente de Valquemada, situada a medio camino entre Comillas y San Vicente de la Barquera, en la región costera occidental de la provincia de Cantabria, localidad en la que había vivido desde que nació, no podía estar más dañada.
—¿Tenéis mucho lío en la inmobiliaria? —quiso saber Arancha, mientras se preparaba su bol de gachas de avena, plátano y canela.
—Lo normal —respondió Elena.
Después de haber estado a punto de cerrar debido a la pandemia, las cosas habían mejorado gracias al boom de los apartamentos turísticos, así como a la aparición de un grupo inversor que había realizado varias operaciones de compra de inmuebles en la zona. Aun así, tanto su jefa como ella, que eran las dos únicas empleadas de la agencia, no habían visto como sus salarios, en gran parte basados en un variable que dependía de los ingresos generados, aumentaban en consonancia a ese incremento de la actividad. Y eso a pesar de que el coste de la vida se había disparado una barbaridad en los últimos tiempos, hasta el punto de que Elena había tenido que pedir ayuda a sus padres a finales del año anterior para poder pagar un par de facturas pendientes. Temía que llegase el día en que Arancha le dijera que se iba a vivir con su novio, pues ella sola no podría costear el alquiler del apartamento. Tendría que buscarse otro sitio si no encontraba a alguien que la sustituyera.
—Hoy he quedado con una persona en la casa del camino de las moras —dijo Elena.
—¿La de la abuela de Tomás?
—Esa. La van a alquilar hasta que la consigan vender. Y ya hemos encontrado a alguien, aunque solo para el verano.
—¿Cuánto tiempo se va a quedar?
—Veinte días. A lo mejor algo más.
Era exactamente la respuesta que le había dado el tipo que se había interesado por la vivienda unifamiliar que había en el extremo oriental del municipio, justo en el borde del bosque del Garaño. En circunstancias normales le habría pedido un compromiso más exacto en cuanto a la fecha de salida, pues había mucha competencia por alquilar para el verano, pero ese no era el caso de aquella casa tan alejada de la playa.
No sabía mucho de él. Tan solo que venía de Madrid, y que trabajaba en una empresa de seguridad. Por la documentación que le había solicitado sabía que tenía treinta y dos años. También había averiguado que iba a ser el único ocupante del pequeño chalet, y que no tenía mascotas. Todo lo demás tendría que descubrirlo en un par de horas, cuando fuera a entregarle las llaves y a enseñarle la que iba a ser su residencia temporal.
Eso era lo único que le gustaba de su trabajo: la posibilidad de conocer gente nueva. Aunque no fuesen a formar parte de su vida durante mucho tiempo, se trataba de personas que no albergaban ningún prejuicio hacia ella. Su opinión sobre Elena estaría basada únicamente en su contacto con ella, y no estaría contaminada por rumores y habladurías. Al menos al principio. Ya que si permanecían lo suficiente en Valquemada, era muy posible que la cosa se torciese, gracias a la campaña de desprestigio que cierta vecina de la localidad había emprendido contra ella algo más de dos años atrás. Solo pensar en su archienemiga hizo que perdiese el poco apetito que tenía a esas horas de la mañana.
—Voy a darme una ducha —le anunció a Arancha.
Su compañera asintió con la cabeza, masticando lentamente la última cucharada del primer plato de su abundante desayuno.
Elena se arrastró hacia el único cuarto de baño del piso, resistiendo la tentación de desviarse de su camino para volver a meterse en la cama y no salir de ella hasta que alguien le asegurase que todos sus problemas se habían solucionado mientras ella dormía plácidamente.
Se desnudó con torpeza, y no pudo evitar repasar frente al espejo la lista de lo que ella consideraba sus defectos físicos más evidentes: sus innumerables pecas, su mentón demasiado cuadrado, sus hombros demasiado caídos, sus caderas demasiado protuberantes y sus pies tan poco femeninos. Una persona con mayor autoestima que la que ella poseía en esa fase concreta de su vida también se habría fijado en su bonita melena pelirroja, sus preciosos ojos color miel, la casi perfecta simetría y firmeza de sus pechos, y, en general, en lo armoniosos que eran entre sí todos los elementos que componían su figura.
Una vez que entró en el cubículo de la ducha, no esperó a que el agua se calentase un poco, buscando que el frío despejase su mente los pensamientos oscuros. Puso más cuidado del normal en elegir su atuendo para esa jornada. Quería causar la mejor impresión posible a su nuevo cliente, por lo que escogió el vestido de verano más formal que tenía en el armario, a pesar de que era también el menos fresco de todos. No parecía que fuese a ser un día especialmente caluroso, así que creía que no iba a lamentar su decisión.
Tras una mañana interminablemente improductiva y una comida que apenas le sirvió para calmar el hambre, se dirigió a la casa que tenía que entregar esa tarde. Llegó con bastante antelación con respecto a su cita, para poder echarle un vistazo previo y comprobar que todo estaba en orden.
Mientras recorría las diferentes estancias, recibió una llamada de Sonia, su jefa, que quería confirmar si ya estaba allí preparada para recibir al futuro inquilino. Por suerte, era una de las pocas residentes de Valquemada con las que mantenía una buena relación. Eso era algo tan poco frecuente, que Elena temía que tendría que buscarse otro empleo fuera de los límites de la población si perdía el actual, pues todos los demás posibles contratadores locales la ignorarían por completo.
El buen rollo que había entre ellas se basaba en una especie de acuerdo tácito que se había establecido desde el comienzo de su relación profesional. Sonia mantenía en su puesto a Elena a cambio de que ella soportase su extraña personalidad, la cual la había condenado a un ostracismo similar al de la joven entre sus vecinos, aunque por motivos muy diferentes. Elena había escuchado una gran variedad de eufemismos a la hora de referirse a su jefa: excéntrica, especial, diferente… Su preferido era uno que había salido de la boca de su madre: exótica. Era un término que aportaba algo de glamur —probablemente inmerecido— a un hecho innegable: Sonia era más rara que un perro verde.
Por alguna razón, quizás relacionada con su propia situación dentro de la comunidad, Elena había aprendido a adaptarse a las peculiaridades de Sonia. También a su extravagante gusto estético, a sus decisiones inexplicables y a sus múltiples manías. Y, sobre todo, a su singular afición al mundo de lo paranormal, que constituía su principal pasatiempo.
—¿Te has acordado de comprobar que la nueva llave de la caseta funciona bien? —preguntó Sonia.
—Sí. Entra perfectamente.
—¿Y has revisado la caldera?
—Es lo primero que he hecho.
—Muy bien.
—Lo que no he encontrado todavía es el mando de la televisión.
—Está detrás del microondas —contestó Sonia—. Lo dejé allí para que no se perdiera.
Elena estaba ya lo suficientemente acostumbrada a la extraña lógica de su jefa como para invertir tiempo en tratar de entender por qué había considerado que ese era un lugar idóneo para tal propósito, en lugar de dejarlo bien a la vista.
—Asegúrate de explicarle todo bien —pidió Sonia—. Y a ver si consigues que te diga hasta qué día exacto tiene pensado quedarse.
—Lo intentaré.
—Ojalá se quedé al menos todo el mes.
Un ruido de gravilla crujiendo captó la atención de Elena.
—Creo que se acerca un coche —dijo la joven, aguzando el oído.
—Será él —aventuró su empleadora—. Suerte, niña. Ya nos vemos luego y me cuentas.
—Vale.
Elena se aproximó a la puerta de hierro forjado de color negro que daba acceso al exterior de la parcela. Mientras lo hacía, pudo vislumbrar a través del alto seto que rodeaba el terreno la silueta oscura de un vehículo que se estaba deteniendo en ese instante frente a la entrada, justo detrás de su Citroën C3 rojo. Alguien descendió del automóvil. Luego se acercó hasta la entrada del chalet y pulsó el timbre de llamada. Solo entonces Elena se decidió a accionar el picaporte, ansiosa por conocer a la persona que la esperaba al otro lado.
SAÚL
El viaje de Madrid hasta Valquemada le llevó a Saúl bastante más de las cuatro horas y media que la aplicación de mapas había estimado para su trayecto. No fue por casualidad, sino algo deliberado. Hizo más paradas de las normales, y se lo tomó con mucha más calma de la que era habitual cuando se ponía tras el volante. Era como si una parte de él quisiese retrasar la llegada a su destino lo antes posible. Toda la resolución que había demostrado cuando decidió llevar a cabo aquella tarea fue perdiendo fuerza a medida que la cifra del cuentakilómetros de su Seat León aumentaba. Sin embargo, no fue algo que le preocupara demasiado. Qué más daban unos minutos más en comparación con los años que había tardado en dar el paso.
A pesar de esa parsimonia, en ningún momento se planteó la posibilidad de dar media vuelta y olvidarse del asunto. No tenía la certeza de que fuera a alcanzar la meta que se había propuesto, pero al menos estaba convencido de intentarlo. Llegó a la conclusión de que esa falta de apremio por llegar al final de su travesía obedecía más bien a un intento, no del todo consciente de restar importancia a la consecución de su objetivo. Rebajando sus expectativas de éxito, y restándole valor al mismo, amortiguaría las consecuencias que para su estado de ánimo tendría el fracaso. Si había algo que Saúl llevaba muy mal, era el verse afectado por sus emociones. Siempre que podía, esquivaba las situaciones que pudieran desencadenarlas. Y si eso no resultaba posible, y se veía expuesto irremediablemente a ellas, hacía todo lo posible por reprimirlas.
¿Por qué entonces había emprendido ese viaje, que suponía una enorme contradicción con respecto a esa política? Era una pregunta para la que todavía no había hallado una respuesta completamente satisfactoria. La única manera en que lo había podido racionalizar era diciéndose a sí mismo que lo único que había ido a buscar allí era información. Que era el uso que le diera posteriormente a la misma lo que supondría un peligro para su equilibrio emocional. Y siempre le quedaría la opción de no hacer nada con ella.
Se detuvo en una estación de servicio que había a la entrada del pueblo. Tras llenar el depósito, entró en la tienda para pagar. Al otro lado del mostrador había un hombre de mediana edad, prematuramente calvo, que llevaba unas gafas de montura redonda apoyadas peligrosamente cerca de la punta de la nariz. Saúl le ignoró y se encaminó hacia la zona del establecimiento en la que se hallaba la comida refrigerada. Una vez allí escogió el par de sándwiches que tenían el aspecto menos descorazonador, y añadió una pequeña bolsa de patatas fritas que había en un expositor cercano. Con lo que iba a ser su comida del día, se dirigió hacia la caja.
—Buenas tardes —le saludó el dependiente.
—Buenas tardes —correspondió Saúl, mientras dejaba un billete de cincuenta euros sobre el mostrador, junto con los artículos que había cogido antes.
—¿La cuatro? —preguntó el empleado de la gasolinera, señalando con la cabeza hacia el vehículo del recién llegado, a pesar de que era el único que había a la vista.
Saúl asintió.
—¿Tarjeta de puntos?
—No.
—Muy bien.
El dependiente cogió el dinero y se puso a teclear cantidades en su terminal de venta. A Saúl le dio la impresión de que se tomó un tiempo excesivo en hacerlo, como si fuera su primer día y no estuviera todavía familiarizado con el manejo de la máquina. Una vez que terminó de introducir los datos, cogió el billete de Saúl y lo metió en uno de los cajetines del aparato. Extrajo a continuación el cambio que debía entregarle, y también tomó el ticket que expidió el dispositivo. Pero en lugar de entregárselos a su cliente, se le quedó mirando fijamente.
—¿Está de paso o viene a quedarse unos días? —le preguntó.
Sujetaba las monedas y el justificante de la compra tan cerca de su cuerpo que a Saúl le dio la impresión de que no se los entregaría a no ser que satisficiera su curiosidad. Meditó durante un instante si era mejor dejar que se quedara las vueltas y marcharse de allí en silencio.
—Lo segundo —contestó finalmente.
—Bien por usted.
Saúl bajó la mirada hacia las manos de su interlocutor, esperando que entendiera que lo único que faltaba por hacer allí era que le diera su dinero, y que así él pudiera seguir con su camino. Pero aquel individuo no pareció entender la indirecta.
—Ha escogido el mejor sitio para sus vacaciones, caballero. No lo va a lamentar.
Había por lo menos tres cosas que estaban mal en esas dos afirmaciones, pero Saúl tenía claro que cualquier comentario que hiciera al respecto no haría sino prolongar su estancia dentro de aquella tienda, que ya se había prolongado demasiado. Así que se quedó callado, con la esperanza de que esa nueva señal de su poco interés por la conversación fuera la definitiva. Se equivocó de nuevo.
—Por aquí hay muchas cosas interesantes que ver, pero sobre todo le recomiendo que no se pierda la procesión de las flores —dijo el dependiente—. No hay nada parecido en toda la región. Es una maravilla.
Saúl era consciente de que trabajar en una estación de servicio situada en una carretera secundaria debía de ser una de las profesiones más aburridas del mundo. Sin embargo, no era responsabilidad suya servirle de entretenimiento a nadie. Y mucho menos en sus circunstancias.
—Si no le importa, tengo algo de prisa —se vio obligado a decir, dado que las sutilezas no habían dado ningún resultado.
Extendió su mano para reforzar su mensaje, por si acaso.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse? —preguntó el empleado, ignorando su petición por completo.
—No lo sé —dijo Saúl, con tono cortante.
Con su exabrupto alcanzó un éxito parcial. Si bien consiguió que el hombre le entregara por fin las monedas y el ticket, no logró que diera por finalizada su conversación.
—Si puede, quédese hasta el día veintinueve. Hay un espectáculo de fuegos artificiales que es el mejor de la zona. Por ahora no lo han cancelado, aunque está prohibido reunirse para verlo. Cada uno lo tiene que ver desde casa.
Remató su recomendación con una sonrisa que evidenciaba que no le había afectado la manera tan poco amable que había tenido Saúl de responder a su última pregunta.
—Adiós —se despidió del vendedor, sin siquiera agradecerle su recomendación.
—Que tenga usted un día estupendo. ¡Y que disfrute de nuestro pueblo!
De camino a su vehículo, Saúl se preguntó si aquel tipo no compaginaría su trabajo en la gasolinera con el cargo de concejal de turismo, a tenor del empeño que había puesto en exponerle las bondades de su población. Por muy molesto que se hubiera llegado a sentir unos instantes antes, tenía que reconocer que el que todos los lugareños fueran así de amables y predispuestos a charlar le facilitaría mucho las cosas en su futuro más próximo. No obstante, no podía contar con ello. Quizás se había topado con la única excepción a la norma.
Aunque tenía mucha hambre, decidió escoger otro lugar para dar buena cuenta de su improvisado almuerzo. Tenía miedo de que, si se quedaba allí parado demasiado tiempo, el pesado que le había atendido acabaría abordándole en el coche, para continuar explicándole lo maravilloso que era su pueblo.
Se dirigió hacia la parte oriental del municipio, que era donde estaba ubicada la que iba a ser su residencia temporal durante las siguientes tres semanas, como mínimo. Ese era el plazo que se había dado para cumplir con su misión. Dispondría de otra más, llegado el caso, pues no se había cogido ningún día de vacaciones hasta ese momento. Incluso había apalabrado con el responsable de la empresa en la que trabajaba la opción de ausentarse algunas jornadas más, descontándolas del año siguiente.
Dejándose guiar por la aplicación de navegación GPS que tenía instalada en su smartphone, llegó hasta la desviación que conducía hasta la estrecha carretera que le llevaría hasta su destino. El camino, toscamente asfaltado y cubierto por una capa de arenilla, bordeaba un frondoso bosque de olmos y fresnos. Saúl bajó la ventanilla y aspiró los aromas que le llegaron desde la espesura. Creyó detectar también un ligero olor a mar.
Como faltaba todavía más de una hora para su cita con la persona de la inmobiliaria que había gestionado el alquiler, decidió detenerse un par de kilómetros antes, en el margen de la vía, aprovechando un terreno despejado que había en la cuneta más próxima al bosque. Hasta llegar allí se había cruzado tan solo con dos viviendas. Y una de ellas mostraba evidentes signos de abandono.
No había elegido el emplazamiento de su residencia por capricho. Quería un lugar tranquilo, alejado del centro del pueblo. El tipo de sitio en el que había escogido siempre vivir desde que se había independizado. Su actual domicilio, de hecho, estaba situado en una pequeña localidad que no superaba los mil habitantes, situada a setenta kilómetros de la ciudad de Madrid.
Muchas veces se había preguntado de dónde le había venido su gusto por la soledad y el aislamiento. ¿Tendría que ver con sus orígenes, o era algo que había adquirido con el paso del tiempo? Reflexionó sobre ello mientras devoraba el primero de sus dos sándwiches. Cuando iba a empezar con el segundo, le sonó el móvil. En la pantalla apareció un nombre: Blanca. Saúl pulsó el botón para aceptar la llamada de inmediato.
—Hola, Blanca.
—Hola.
Era la única persona con la que aún mantenía una relación de entre todas las que había conocido durante su época en el ejército. Y una de las pocas personas a las que podía considerar como amigas. Era, además, la única a la que había contado lo que había ido a hacer de verdad a Cantabria. El resto de la gente pensaba que estaba simplemente de vacaciones.
—¿Ya has llegado? —quiso saber ella.
—Hace nada. Ahora estaba comiendo.
—Si quieres te llamo más tarde.
—No, ya he terminado —mintió él.
Con cualquier otro que hubiera llamado habría aceptado posponer la conversación. En realidad, lo más probable es que ni siquiera se hubiera molestado en atenderles en ese momento. Pero con Blanca siempre existió una conexión especial, desde que se habían conocido en el Regimiento de Guerra Electrónica 31, en el que habían servido durante seis años. Su amistad era tan sólida, que incluso había resistido al hecho de que habían estado liados durante un par de meses. Desde que su breve romance finalizó, habían podido seguir siendo muy buenos amigos. Blanca ya llevaba tres años saliendo con un chico que trabajaba como monitor en un gimnasio.
—¿Qué tal el viaje?
—Aburrido.
—¿Ya estás en la casa?
—Todavía no. He quedado con la de la inmobiliaria a las cuatro y media.
—¿Es bonito el sitio?
—No me ha dado tiempo a ver mucho, pero sí que lo parece.
—Ya que estás allí, aprovecha y haz todo el turismo que puedas.
—Supongo que tendré tiempo de sobra para hacerlo.
—Y aunque no lo tengas. Desconecta de vez en cuando y date una vuelta.
—No es a lo que he venido.
—Lo sé, pero seguro que te viene bien —opinó ella—. Hazme caso.
Saúl la visualizó mentalmente apretando los labios al otro lado de la línea. Era el clásico gesto que hacía cuando quería convencer a alguien de algo. Esa imagen fue sustituida rápidamente por otra en la que su rostro se contraía sudoroso mientras hacían el amor en una habitación de hotel en Sierra Nevada. Desechó con rapidez ese recuerdo, sorprendido de que hubiera acudido a él en ese instante. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella en esos términos; de ahí su desconcierto.
—¿Estás nervioso?
Por un momento pensó que ella de alguna manera había percibido su turbación, pero luego cayó en la cuenta de que su pregunta estaba motivada por una cuestión muy diferente.
—No especialmente.
—Yo lo estaría.
—Por eso a mí me ascendieron antes que a ti.
Era una broma recurrente entre ellos, y Blanca casi siempre la encajaba con elegancia. Casi siempre.
—Eso es porque a ti se te da mucho mejor comerle el culo a la gente que a mí —contraatacó ella.
A Saúl le vino a la cabeza una réplica salvaje. Tuvo que morderse literalmente la lengua para evitar verbalizarla.
—Compruebo por tu silencio que estás completamente de acuerdo —añadió ella.
—No, lo que pasa es que no quiero rebajarme a tu nivel.
—Yo lo que creo es que la vida civil te ha vuelto un blando.
—Si tú lo dices.
Era evidente que su vida había cambiado tras su etapa como en las Fuerzas Armadas, pero no estaba tan seguro con respecto a si su personalidad se había visto igualmente afectada.
—¿Es para esto para lo que me has llamado? ¿Para tocarme las pelotas? —dijo él.
—Un poco sí, para qué engañarte. Pero también para desearte suerte.
—Me va a hacer falta.
—Ojalá encuentres lo que has ido a buscar.
Saúl encontró el deseo de su amiga demasiado ambiguo. Podría estar refiriéndose únicamente a la información que había ido a desentrañar. Pero quizás también se refería al posible uso que le daría tras obtenerla.
—Si necesitas algo, ya sabes que puedes contar conmigo —añadió Blanca.
—Gracias.
Contestó de una manea mecánica, pues su mente seguía ocupada en tratar de dilucidar lo que había tratado de decirle anteriormente su antigua compañera de trabajo.
—Mantenme informada, ¿vale? —le pidió ella, interpretando sabiamente su silencio como un indicio de que había llegado el final de su charla.
—Lo haré —prometió Saúl, sin saber a ciencia cierta si sería capaz de cumplir con su promesa.
Una cosa era haberle contado cuál era el propósito de su viaje, y otra muy diferente sería revelarle el resultado de sus investigaciones. Lo primero lo había hecho, más que nada, porque necesitaba que alguien le dijera si lo que pretendía hacer era una locura, y si tenía alguna esperanza de completar con éxito su misión. Lo segundo entraba en el terreno de lo más profundamente íntimo, y allí tan solo tenía acceso él.
Nada más cortar la comunicación, Saúl comprobó los mensajes que tenía pendientes en su dispositivo. Había reducido su pertenencia a los chats de grupos al mínimo imprescindible, y no le temblaba el pulso a la hora de salirse de aquellos que se volvían o intrascendentes, o incluían a alguien que no paraba de incordiar. Eso le permitió revisarlos con rapidez, y no tuvo necesidad de contestar a ninguno con más de una o dos palabras.
Le quedaba todavía un sándwich por comerse, así como media bolsa de patatas fritas. Sin embargo, su conversación con Blanca había reducido su apetito considerablemente. Tenía la sensación de que había algo en ella que no había terminado de procesar adecuadamente, pero ya no pudo precisar el qué. Y eso era algo que le ponía nervioso. Sopesó salir a dar un paseo por el bosque, para serenarse. Pero lo descartó enseguida. Así que se limitó a cerrar los ojos y borrar todo pensamiento de su mente. Necesitaba calmarse un poco, para volver a centrarse en el ahora. Había trazado un plan de actuación muy minucioso, y consideraba que gran parte de su posible éxito radicaba en ir paso a paso, poniendo toda su atención en cada uno de ellos, sin pensar en lo que vendría después.
Al principio su cerebro se negó a colaborar. Acudieron a él varios recuerdos relacionados con Blanca y la época que compartieron en el ejército, tanto buenos como malos. Logró pasar de puntillas por aquellos vinculados con el breve periodo en el que fueron más que amigos, que se resistían a volver al rincón al que los había desterrado. Aparecieron ante él todas las personas con la que había tenido trato durante esa etapa de su existencia. La gran mayoría de ellas ya no formaban parte en modo alguno de su vida, y los que sí permanecían en ella, lo hacían de una forma residual. Luego, cuando su memoria retrocedió aún más, hasta su adolescencia, la obligó a que se detuviera en seco. Esa era una zona prohibida para él, en el que solo había dolor y confusión.
Con mucho esfuerzo, fue recuperando su habitual aplomo. Se prometió a sí mismo que no volvería a sufrir un momento de debilidad como aquel. No se lo podía permitir bajo ninguna circunstancia, y solo serviría para dificultar todavía más la tarea que tenía por delante. Debía afrontarla con frialdad, casi como si fuera algo relacionado con su profesión.
Desde el exterior de su vehículo le llegó el canto agudo y prolongado de un pájaro, que Saúl prefirió considerar como una señal de que el animal estaba de acuerdo con él, en lugar de considerarlo como una muestra de su disconformidad.
Logró tranquilizarse del todo justo a tiempo para reemprender su camino, y así poder conocer la que iba a ser su base de operaciones en los próximos días.
Y a la persona que se la iba a enseñar.
ELENA Y SAÚL
Cuando Elena abrió la puerta, se encontró con un hombre al que le calculó unos treinta y pocos años. Era alto y tenía el cuerpo de un deportista. Vestía unos pantalones caqui ceñidos y un polo azul oscuro cuyas mangas se apretaban contra unos bíceps muy trabajados. Tenía el pelo castaño, muy afeitado en los laterales y más espeso en la parte superior. Sus ojos eran estrechos y muy oscuros, y sobre ellos gravitaban unas cejas finas y más arqueadas de lo normal. La parte inferior de su rostro estaba cubierta por una barba poco densa y muy cuidada. La expresión general de la parte de su rostro que quedaba a la vista era de mucha seriedad, y a Elena le costó imaginárselo sonriendo. Pero ni siquiera eso le restaba un atractivo que era muy evidente.
—¿Eres Elena? —le preguntó él, con un tono de voz algo ronco.
—Sí. Y tú serás Saúl, supongo —dijo ella—. Encantada —añadió de inmediato, extendiendo su mano derecha.
—Igualmente —dijo él mirándola fijamente a los ojos, lo que la puso un poco nerviosa.
La intensidad con la que la observaba le pareció excesiva, y le obligó a desviar la mirada hacia el vehículo en el que su cliente había llegado.
—¿El viaje ha ido bien?
Él se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Y has encontrado el sitio con facilidad? Ya te comenté que estaba un pelín retirado —apuntó ella.
—El lugar es perfecto —señaló él, echando un vistazo a su alrededor.
—Me alegro. Espero que el resto de la casa te guste tanto.
—Servirá.
Empleó un tono que a Elena le resultó algo enigmático.
—Si te parece, te lo voy enseñando todo —propuso la joven.
—Muy bien.
En las dos conversaciones telefónicas que había mantenido con él le había dado la impresión de que era un individuo muy lacónico. Y esa parquedad en su manera de expresarse la estaba confirmado también en persona.
—Primero vemos la parcela. Y luego ya pasamos al interior —dijo ella.
Saúl no dio ninguna muestra de que le pareciera buena o mala su idea, así que ella siguió con su plan. No había mucho que ver en el terreno que rodeaba a la construcción, quitando la caseta que servía como un pequeño almacén, así que enseguida penetraron en el interior de la vivienda. Esta constaba de una planta baja, en la que se hallaba la cocina, un amplio salón, un cuarto de baño, y una estancia que había sido originariamente un dormitorio, pero que había sido reconvertida en una mezcla de despacho y biblioteca.
—Antes vivía aquí una escritora —le explicó Elena—. Era la madre de los actuales propietarios, que falleció hace un año y medio, como te conté.
—Ajá.
Hasta ese momento, él no había abierto prácticamente la boca. Se había dedicado a escuchar, sin hacer ninguna pregunta, a pesar de que ella le había invitado a interrumpirla siempre que quisiera. Era algo que estaba empezando a incomodar un poco a Elena, que tenía la sensación de estar contándose las cosas a sí misma. Antes de continuar hacia el piso superior, decidió intentar sonsacarle algo de información, aunque tenía serias dudas de que fuera a conseguir algo, a tenor de lo callado que se había mostrado él.
—¿Qué es lo que más te llamó la atención de la casa cuando la viste en internet?
Saúl tardó tanto en contestarle que se temió que fuera a pasar completamente de ella.
—Su emplazamiento —dijo él finalmente.
Elena esperó en vano a que elaborara un poco más su respuesta.
—¿Querías algo tranquilo?
—Sí.
—Esto lo es.
El asintió tan levemente con la cabeza que fue un gesto casi imperceptible para Elena.
—¿Subimos? —indicó Saúl a continuación, señalando con la mano hacia las escaleras.
—Claro.
Elena siguió con su monólogo mientras le enseñaba el resto de la morada. Él no intervino ni en una sola ocasión, y su guía no supo determinar si era porque estaba conforme con todo, o si más bien se trataba de su forma de ser. Se decantaba por lo segundo. Lo cual, si se confirmaba, era toda una decepción para ella, que siempre esperaba que la llegada de personas nuevas al pueblo le sirviera para aliviar su aburrimiento. De poca ayuda le iba a servir el recién llegado si resultaba ser tan soso y distante como sospechaba.
—Y esto es todo —dijo Elena cuando regresaron a la planta baja—. Creo que no se me ha olvidado nada. De todas formas, si te surge alguna duda, tienes mi teléfono.
—Por ahora está todo claro.
—¿Sabes ya hasta qué día vas a quedarte?
—Con seguridad, hasta el día veintidós. Si decido ampliar el alquiler os lo diría con toda la antelación que me sea posible.
—De acuerdo.
—¿Habría algún problema para quedarme más tiempo?
—No —dijo ella—. Por ahora no —matizó.
—Si la casa no estuviera disponible para entonces, me podríais encontrar otra, ¿no?
—Supongo que sí. De todas formas te avisaríamos si alguien más se interesara por alquilarla a partir del día veintidós. Y tendrías preferencia.
Como Saúl no añadió nada más, Elena se giró y avanzó hacia la salida, resignada a no poder averiguar nada más sobre el recién llegado. En realidad, se iba a tener que marchar sabiendo tanto de él como antes de su encuentro. Se le ocurrió que quizás se debía a que estaba cansado por el viaje. Y que, si se lo cruzaba de nuevo más adelante, estaría más comunicativo.
—Hay un mercadillo en el pueblo pasado mañana, ¿verdad? —escuchó Elena a sus espaldas.
La pregunta le pilló totalmente por sorpresa. Se volvió de nuevo hacia Saúl, que no se había desplazado ni un milímetro de su posición.
—Sí —contestó ella—. Se celebra los sábados durante todo el año, pero en el verano también abre los martes por la mañana.
—¿Es muy grande?
—No sabría decirte. Lo normal para un sitio como este.
—Ya.
Ambos se quedaron muy callados. Elena todavía estaba algo desconcertada por su interés. Él, por otro lado, estaba sumido en sus pensamientos.
—¿Sabes dónde se monta? —dijo ella, incómoda por lo prolongado del silencio.
—Supongo que no será difícil encontrarlo.
—No, no lo es. Pero si quieres te mando luego un mensaje con la dirección exacta.
—Gracias.
Elena esbozó una sonrisa y esperó a ver si su acompañante se animaba a imitarla. Sin embargo, él se mantuvo tan impasible como siempre. La joven pensó que no podía morirse sin contemplar el efecto que una sonrisa tendría en un rostro tan atractivo como aquel.
—Te acompaño —dijo Saúl, desplazándose hacia la salida.
—No hace falta.
—Lo sé, pero así aprovecho para ir descargando mis cosas del coche.
Salieron juntos de la parcela. Una vez allí, Elena le entregó las llaves de la casa.
—Si necesitas algo, llámame —volvió a ofrecerse ella.
—Así lo haré. Y gracias por todo.
«Al menos es educado», pensó Elena. Le costó más de lo normal despegar sus ojos de los de él, que la volvió a observar con la misma intensidad que al principio. Con mucho esfuerzo, consiguió romper el contacto visual y meterse en su coche. Desde allí, contempló a través del retrovisor cómo él se daba la vuelta en dirección al maletero de su vehículo. No pudo evitar posar su mirada en su trasero, confirmando lo que ya sospechaba. Que lo tenía tan bien moldeado como el resto de su cuerpo.
Se sorprendió a sí misma imaginándose cómo sería estrujarlo con fuerza con ambas manos, y ese pensamiento le hizo percatarse de que llevaba demasiado tiempo sin tener relaciones con un hombre. Eran las consecuencias de vivir en un lugar tan pequeño como aquel, en el que, a la limitada oferta de candidatos, se añadía el hecho de que su reputación —inmerecida— atraía el interés de los ejemplares más indeseables de la zona. Y, al mismo tiempo, espantaba a los más prometedores. Aunque el hecho de que estos últimos se dejaran llevar por los prejuicios, en lugar de verificar si lo que se decía de ella era cierto, no hablaba muy bien de ellos. No es que su historial sentimental hubiera sido precisamente ejemplar antes del incidente que lo arruinó todo, pero eso no significaba que se le negara la oportunidad de mejorarlo. Y eso era exactamente lo que había provocado la campaña en su contra que se había iniciado dos años atrás.
El caso era que sus posibilidades románticas se limitaban a dos vías: liarse con los forasteros que llegaban a Valquemada, o irse a buscarlos fuera de su localidad, cuanto más lejos mejor. La primera opción había arrojado resultados decepcionantes hasta la fecha. Y con respecto a la segunda, no le sobraba el tiempo ni el dinero para hacer una escapada de esa naturaleza todos los fines de semana. Además, no lo veía justo. Ni estaba tan desesperada. O eso creía, hasta que ese tal Saúl se había cruzado en su camino, y su cabeza se había llenado de imágenes lujuriosas.
No ayudó a disipar su calentón el ver como los músculos de los brazos de su nuevo cliente se tensaban cuando se dirigió a su residencia cargado con un par de bolsas de viaje. Así que, antes de que la cosa fuera a peor, decidió arrancar su vehículo y alejarse del culpable de sus fantasías lo antes posible. Ni siquiera echó un último vistazo por el espejo retrovisor, y eso le animó a pensar que ya había recuperado el control de sus hormonas.
De no haber podido resistirse a esa tentación, su mirada se habría encontrado con la de Saúl, que se había detenido al ver como el Citroën se ponía en marcha. Se quedó mirando cómo se alejaba Elena, hasta que desapareció tras un recodo en el camino pobremente asfaltado. No supo muy bien por qué lo había hecho, y tampoco dedicó más tiempo a reflexionar sobre ello. Tenía cosas mucho más urgentes en las que pensar.
Una vez que hubo trasladado su equipaje hasta el interior de la casa, en lugar de vaciar las maletas y colocarlo todo en su sitio, se sentó en el sofá de tres piezas que había en el salón, y extrajo un objeto que había llevado en el bolsillo derecho de su pantalón desde que había partido de Madrid. En realidad, no se había separado de él durante las últimas dos semanas. Había nacido una necesidad imperiosa en Saúl de estar en permanente contacto con él a medida que se había ido acercando la fecha de su viaje al norte de España, como si fuera una especie de talismán. Saúl no creía en esas cosas, así que lo excusaba con la idea de que ese elemento era tan esencial para su búsqueda que no podía permitirse el lujo de perderlo de vista en ningún instante.
Se trataba de una figura de diez centímetros, hecha en escayola, que representaba una mezcla entre duende y diablillo. Tenía una cabeza muy grande en la que destacaban dos colmillos retorcidos y unos incipientes cuernos. Su piel era negra, y estaba vestido por un extraño traje hecho de cortezas de árbol de color rojo, de cuya parte trasera asomaba un rabillo muy corto. En la mano derecha portaba un bastón fino de madera.
Tras un rato observándolo, lo puso boca abajo para poder contemplar el símbolo que había grabado en la planta desnuda de su pie izquierdo. Era un trébol de cuatro hojas, con una letra C escrita en el centro. Estaba muy desgastado, como si alguien lo hubiera estado acariciando constantemente. El pequeño muñeco llevaba con él toda la vida, pero no había sido hasta que cumplió los trece años que supo cómo había llegado a su poder. Y había tardado casi veinte años más en decidirse a resolver el misterio por el cual el juguete era una pista fundamental. La única de la que disponía, a decir verdad.
No tardó mucho en descubrir que era la efigie de un trasgu, un ser perteneciente a las mitologías asturiana, gallega, cántabra y leonesa. Dando por bueno que su fabricante o distribuidor fuera de alguna de esas regiones, seguía siendo mucho terreno que abarcar. Y cabía la posibilidad de que hubiera sido adquirido por alguien que simplemente estuviera de paso y que no residiera en ninguna de esas zonas.
Por ese motivo, había albergado pocas esperanzas de que la existencia de esa pieza fuera a conducirle a algo. Sospechaba que su investigación había nacido ya muerta, y que en realidad todo aquello no era más que una pérdida de tiempo. Pero una parte de él se había negado a rendirse, a pesar de los nulos resultados que obtuvo en los primeros meses de su investigación. Había perdido la cuenta de la cantidad de sitios en internet donde había colgado la foto de la figura, preguntando si alguien podía facilitarle información acerca de ella. Las respuestas iniciales que recibió no habían conducido a nada concreto. Así había sido hasta aquella tarde lluviosa del pasado mes de febrero. El mensaje que leyó en el foro sobre coleccionismo que le había recomendado visitar su amiga Blanca, y el breve intercambio que desencadenó, se habían grabado a fuego en su memoria:
Re: figura de trasgu
maika_moon101, 02/02/2021, 16:06
Hola!!!
Que ilusión me ha hecho ver esa imagen. Me ha recordado mis veranos de niña en Comillas. Íbamos también mucho a Valquemada, que está muy cerquita, y allí es donde me compré las dos figuras de la bruja y el hada. Te pongo aquí las fotos. Como verás, tienen la misma marca que la tuya en el pie, por eso supongo que son del mismo fabricante. Me las compraron en uno de los puestos del marcadillo del pueblo. Fue el último día del último verano que pasamos allí, por eso me acuerdo tan bien. Quería comprarme algo que me sirviera de recuerdo para toda la vida, y obligué a mis padres a que nos recorriéramos el marcado varias veces, hasta que me decidí.
Espero que te ayude de algo!!!
Re: figura de trasgu
smlobo1989, 02/02/2021, 19:21
Hola.
Gracias por tu respuesta, es la primera información que alguien me da sobre el tema. ¿Te acuerdas de algún dato más del puesto donde lo compraste? ¿O de la persona que te lo vendió? Cualquier cosa, aunque no te parezca importante.
Re: figura de trasgu
maika_moon101, 02/02/2021, 23:47
No me acuerdo de nada más ahora mismo, lo siento. Han pasado ya más de veinte años desde entonces. Le preguntaré a mis padres y a mis hermanos, por si ellos saben algo más.
Re: figura de trasgu
smlobo1989, 03/02/2021, 08:15
Muchas gracias.
Re: figura de trasgu
maika_moon101, 6/02/2021, 12:58
Hola de nuevo!!!
Mis padres solo se acuerdan de que les di la tarde por todo lo que me costó decidirme por algo. Y mis hermanos ni saben de lo que les hablo. Siento no poder contarte nada más. Si más adelante me acuerdo de algo, te lo digo. Ojalá alguien más te pueda ayudar. Suerte!!!
Y si algún día te cansas de tu trasgu, estaré encantada de comprártelo para ampliar mi colección!!!
Saúl no había vuelto a saber de ella, ni nadie más le había facilitado información sobre el duendecillo. A pesar de ello, había conseguido mucho más de lo que esperaba con su publicación de la foto. Tenía un lugar concreto por el que empezar su búsqueda, que no era poca cosa. Si bien era cierto que su inesperada informadora había adquirido sus piezas hacía veinte años, por lo que era posible que el puesto en el que los había comprado ya no existiese. Aun así, tenía que intentarlo. Como mucho perdería unos cuantos días de sus vacaciones, y tampoco tenía un plan mejor para aprovecharlas.
Trató de visualizar el mejor de los escenarios. No solo lograría dar con los vendedores de la figura, sino que estos se acordarían perfectamente de a quién le habían vendido ese modelo en particular. Quizás porque era una persona especial para ellos, o por alguna otra razón igualmente oportuna para sus intereses. Le proporcionarían un nombre y un apellido. Puede que incluso una dirección. Luego tendría que decidir qué hacer con esa información. Pero eso ya sería otra historia. Y al menos tendría la opción de escoger, cosa que ahora estaba fuera de su alcance.
Era consciente de que todo aquello era mucho pedir, y que lo normal era que se fuese con las manos vacías. Soñar era gratis, pero el problema con los sueños era que tarde o temprano había que despertarse y afrontar la realidad. Saúl no era un hombre optmista. Tampoco era demasiado pesimista, pero tenía por costumbre rebajar su expectativas cuando se enfrentaba a situaciones similares.
En cualquier caso, estaba a punto de comprobar si su viaje iba a servir para algo, o si le llevaría a un callejón sin salida. Tan solo tenía que esperar un par de días más, y saldría de dudas.
Se le iba a hacer eterno.
ELENA
Los padres de Elena vivían muy cerca del centro del pueblo, lo que era un fastidio para ella cuando iba a verlos a su casa. El número de miradas cargadas de reproche y de susurros a sus espaldas —reales o imaginarios— aumentaba cuanto mayor era la densidad de población de la zona que transitaba. Y allí alcanzaba su máximo. Pero la razón por la que había acudido allí lo compensaba todo. Dos o tres tardes a la semana, una vez que terminaba su jornada laboral, se pasaba a recoger a su perro para sacarle a pasear.
A Uco, su cocker de pelaje marrón claro, lo había adoptado cuando todavía vivía con sus padres, seis años atrás. A pesar de las reticencias iniciales de sus progenitores, había acabado convenciéndoles de que le aceptaran como un miembro más de la familia. El propietario de la casa a la que Elena se fue a vivir cuando se independizó, incluyó una cláusula que le impedía meter mascotas en el piso. Elena creía que podría haberle hecho cambiar de opinión, pero sus padres se habían encariñado tanto con Uco, que decidieron los tres que no se movería de allí. Fue duro para la joven aceptar que ya no iba a convivir con él, aunque tenía que reconocer que para su madre sería todavía más difícil separarse del perro. Así que aceptó ceder su custodia, estableciendo una especie de régimen de visitas que era acatado escrupulosamente por las dos partes.
Cuando esa tarde de martes se presentó en su antiguo hogar, Uco se abalanzó hacia ella con su habitual frenesí, y no paró de ladrar y brincar a su alrededor hasta que recibió una buena dosis de mimos. Solo entonces pudo Elena saludar también a Jimena, su madre, dándole un abrazo y un par de besos. Manuel, el padre de Elena, se había tenido que quedar a hacer horas extras por un problema que había surgido con unos de los clientes del bufete de abogados de su propiedad en el que trabajaba, y su esposa no tenía ni idea de cuándo iba a regresar.
—Seguro que luego se pasará por el bar de Santiago, para desahogarse un poco—pronosticó Jimena—. Así que llegará a las tantas, cocido perdido, y diciéndome que solo se ha tomado un par de medias de cerveza.
—Igual acaba cansado y vuelve a casa en cuanto termine de trabajar.
Su madre puso una mueca de puro escepticismo.
—Ya te digo yo que este no llega ni a la hora de la cena —dijo—. Iba a preparar unos filetes de pollo, pero mejor hago una tortilla de patata, que no le importa tomársela fría.
—Ya que te pones, me podrías hacer otra a mí —le tanteó su hija, que, de todas las cosas que había perdido al irse a vivir fuera de allí, lo que más echaba de menos era la comida de su madre.
—¡Y también una fuente de pimientos fritos! ¡No te fastidia! —soltó Jimena—. No seas caradura, hija —añadió después, para desilusión de la aludida—. No haberte marchado tan pronto de casa si querías que siguiera cocinando para ti.
Jimena no había llevado nada bien lo de que su hija abandonase el nido. Elena sospechaba que su malestar no se debía a que considerase que se había precipitado, sino que a la mujer que le había dado la vida jamás le habría parecido bien que se marchase de su lado. También quería mucho a su hijo, pero por Elena sentía un apego especial.
—Como acabe cerrando la inmobiliaria, igual me tienes aquí otra vez —dijo la joven.
—Tu cuarto está como lo dejaste, a pesar de que tu padre quiere tirar la pared y ampliar el salón. ¡Para meternos en obras estoy yo ahora!
—Sabes que lo dice con la boca pequeña.
—No sé, no sé… Según se acerca la edad de jubilarse, se le está llenando la cabeza con un montón de proyectos absurdos.
—¿Ah, sí?
Su padre siempre había sido una persona poco amiga de los cambios, de ahí su extrañeza.
—Que si reformar la casa, que si apuntarse a cursos de esto y lo otro, que si vamos a viajar por todo el mundo… ¡Pero si luego vamos a ver a sus padres a Gijón, y es el primero al que le entra la murria nada más cruzar a Asturias! —protestó Jimena—. Me tiene aburrida, hija. Cada día es una cosa diferente.
Conociendo como conocía a su madre, y lo exagerada que tendía a ser en general con todo, puso en cuarentena todo aquello. Seguramente su padre habría hecho tan solo un par de comentarios casuales sobre algo que le gustaría hacer en el futuro, y Jimena lo habría convertido en un drama.
—¿Sabes algo de Héctor?
El hermano mayor de Elena, el único que tenía, se había ido de casa a una edad más temprana que ella, persiguiendo la que había sido su vocación desde que era un adolescente: los trenes. Era maquinista de Renfe y residía en Alicante, aunque había vivido en varios lugares de España en los últimos diez años. No le veían mucho, ni tampoco hablaban con él más que lo mínimamente imprescindible para no perder el contacto. No por desapego, o porque hubiera existido algún desencuentro entre ellos. Se debía a su espíritu nómada, y a lo poco ligado que se sentía a sus raíces familiares. Quería a sus padres y a su hermana, pero ya no ocupaban un lugar demasiado importante en su vida. Con Elena, además, esa relación era más esporádica todavía. Quitando fechas señaladas, hablaban muy poco por teléfono. Elena tenía la firme sospecha de que ella le echaba mucho más de menos que él a ella. Y, debido a su actual situación de aislamiento dentro del pueblo, todavía le dolía más no poder contar con su compañía. De pequeños siempre se habían llevado muy bien, y habían estado muy unidos a pesar de la diferencia de edad.
—¿Cuándo fue la última vez que hablaste con él? —preguntó Jimena.
Elena trató de hacer memoria. Hasta donde era capaz de recordar, no había tenido una conversación larga con él, ni siquiera por mensaje, más allá de las últimas navidades, siete meses atrás. Así se lo hizo saber a su madre.
—Entonces… —comenzó a decir su madre.
Sin embargo, no añadió nada más. Ese silencio fue una señal evidente para Elena de que su madre le estaba ocultando algo.
—¿Qué? —la azuzó Elena.
—Eh…
—Venga, mamá, dilo de una vez.
—Es que no sé si tu hermano prefiere contártelo él mismo.
—De querer hacerlo, lo habría hecho ya, ¿no te parece?
Elena se percató de que ese argumento, que ella había pretendido usar como medio para animar a su madre a que revelara lo que sabía, en realidad era mucho más adecuado para justificar que su madre prefiriera no decirle nada. Si Héctor no se lo había comunicado hasta la fecha a su hermana, igual era porque no quería que se enterase.
—¿Qué pasa? ¿Te pidió él que no me lo contaras?
—No, no. Qué va —respondió rápidamente la mayor de las dos mujeres—. Si en el fondo es una tontería.
—Pues le están dando tanto misterio que no lo parece.
—Tu hermano está viviendo con alguien.
Por el tono empleado, Elena dedujo que no se refería a que estaba compartiendo casa con algún compañero de piso, tal como ella hacía con Arancha. De lo que estaba hablando era de una relación de pareja.
—Es una chica de Alicante que conoció en el trabajo —le explicó Jimena, confirmando que su corazonada era correcta.
—Ah —musitó Elena—. Vale —añadió, en voz más alta, fingiendo que ella también consideraba que esa información era una nimiedad—. ¿Y desde cuándo llevan viviendo juntos?
—Un año.
«Y a saber cuántos más de novios», pensó Elena. Héctor se había mudado a Alicante casi cuatro años atrás, por lo que no era descabellado pensar que a lo mejor llevaba saliendo con su chica dos o tres años. Y, en todo ese tiempo, Elena no había sabido nada de ello. Su hermano siempre había sido muy discreto con esos temas, pero no hasta el punto de mantener tanto tiempo en secreto una relación sentimental de esas características.
Aquello le molestó mucho. Y se conocía lo suficiente a sí misma como para saber que esa sensación iría a más a cada minuto que pasase. ¿Se habían distanciado tanto los dos como para que su hermano no se molestara en contarle algo así de importante? Elena creía que, a pesar de la distancia física y el escaso contacto, todavía existía entre los dos una conexión tan profunda como para que ese tipo de cosas no sucedieran. Que los años que habían estado juntos habían construido algo lo bastante sólido e imperecedero como para vencer esos obstáculos. Pero al parecer se había equivocado.
—Igual un día de estos te llama para contártelo. Ya sabes lo liado que está con su trabajo —indicó Jimena, consciente de que la noticia no había sentado nada bien a su hija.
