Un paso más hacia ti - Paula Molero - E-Book

Un paso más hacia ti E-Book

Paula Molero

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Beschreibung

Descubre cómo se entremezclan amor y destino en esta historia hecha para los que sueñan con el corazón. ¿Puede un regalo de cumpleaños cambiarte la vida para siempre? Marta está a punto de descubrir la respuesta a esa pregunta cuando acude a una sesión de videncia, obsequio de una de sus mejoras amigas. De allí sale con una predicción acerca de su futuro sentimental que pondrá patas arriba su tranquila existencia. Y no solo la afectará a ella, sino también a todos los que la rodean. Mientras el amor irrumpe en su vida como un tornado, Marta deberá decidir si se resiste con todas sus fuerzas a un destino que parece estar escrito, o si se deja arrastrar por él hacia un lugar desconocido para ella. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 521

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2022 Paula Molero

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Un paso más hacia ti, n.º 337 - septiembre 2022

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1141-136-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

—¿Necesitas ayuda?

—Acabo de cumplir solo treinta y cuatro años —afirmó Marta, mientras intentaba desenvolver el paquete que habían depositado en sus manos—. No ochenta y cuatro.

Era el último regalo que había recibido ese día, y se lo acababa de entregar su amiga Lucía, la misma que le había ofrecido su colaboración para quitarle el papel con el que tan celosamente lo había forrado.

En la casa de Marta, que era donde estaba teniendo lugar la celebración de su cumpleaños, tan solo estaban ya presentes la pandilla cuyo núcleo se había creado década y media atrás, en la universidad donde Marta había completado sus estudios de Óptica. Además de Lucía y la anfitriona, todavía seguían allí otras cuatro personas más, agrupadas en dos parejas. Por un lado, estaban Gonzalo y Ana, que llevaban quince años ya de novios. Y por otro, el matrimonio formado por Isabel y Marcos, que estaban a punto de tener su primer hijo en común.

—Madre mía, Lucía —apuntó precisamente la embarazada, acariciando con su mano le enorme tripa en la que se estaba desarrollando una nueva vida—. Te has pasado un poco con el envoltorio, ¿no crees?

La sonrisa pícara de la aludida delató lo deliberado que había sido el modo en que había cubierto el objeto con una capa tras otra del papel morado que había escogido para la ocasión. Cuando finalmente consiguió terminar de pelar su regalo, Marta sujetaba un fino estuche alargado como los que se usaban para las piezas de joyería. Sin embargo, al abrirlo descubrió en su interior una cartulina enrollada como si fuera un pergamino antiguo. Tan intrigada como la mayoría de sus acompañantes, la desplegó para poder revelar su contenido.

Había una única frase escrita en ella:

 

¡Estás invitada a una sesión con Almudena Carvajal!

 

A esas alturas de su relación, todos los allí reunidos conocían que ese era el nombre de la tía de Lucía. Y, sobre todo, cuál era su ocupación profesional: la videncia.

—No puedes ir en serio —le dijo Marta a su amiga.

—Veo que te ha hecho mucha ilusión —replicó esta, fingiendo estar ofendida por su reacción.

Si bien eran innumerables las ocasiones en las que había tratado de convencer a Marta de que le hiciera una visita a su tía para conocer su futuro, nunca había llegado hasta el extremo de usar un regalo como medio para lograrlo.

—Que conste que no lo va a hacer gratis. Ya le he pagado por adelantado por sus servicios —le informó Lucía a la dueña de la casa.

—Así que das por hecho que voy a ir.

—No puedes negarte. Es un regalo, y me harías un feo muy grande si lo rechazaras.

—Mira que eres rastrera —apuntó Ana.

—Tú cállate que cumples años el mes que viene —la amenazó Lucía, que si por algo era conocida era por crecerse en la adversidad.

—Pues si esto es lo que tienes pensado comprarme, ya te puedes ir ahorrando el dinero —dijo Ana.

—Lo que pasa es que tienes envidia de que mi regalo haya sido el más original de todos.

—Y el más inútil —murmuró Marcos.

De todos ellos era a quien menos gracia le hacía todo lo relacionado con la peculiar forma de ganarse la vida de la tía de Lucía. Para su mentalidad marcadamente científica —ejercía como ingeniero industrial—, aquello era demasiado.

—Voy a hacer como que no lo he oído —le dijo Lucía, mirándole fijamente.

Marcos se limitó a encogerse de hombros.

—Muchas gracias, Lucía —intervino la cumpleañera, que no quería que la celebración acabara estropeándose justo al final.

—De nada —contestó su amiga, desplazando su atención hacia ella—. Cuando quieras ir a visitarla, avísame y lo arreglo todo para que te haga un hueco —añadió, como dando a entender que su tía estaba siempre solicitadísima.

—Genial —dijo Marta, aunque sonó poco convencida.

—Voy a estar muy pendiente para que no se te olvidé hacerlo —le comentó Lucía, detectando sus dudas de inmediato.

Marcos meneó la cabeza un par de veces, pero cuando los ojos de Lucía se clavaron de nuevo en él, se quedó tan quieto como un ciervo deslumbrado en la oscuridad por las luces de un coche.

—Deja que te ayudemos un poco a recoger —se ofreció Isabel de repente, para cambiar de tema y rebajar la tensión.

—Ni se os ocurra —dijo Marta—. Y tú menos que nadie —agregó, señalando la prominente barriga de su antigua compañera de estudios.

Hubo algún tímido intento por hacerle cambiar de opinión, pero Marta no dio su brazo a torcer.

—¿Cuándo sales de cuentas? —preguntó Gonzalo a la embarazada.

Isabel ya había respondido antes a esa pregunta durante la velada, pero, o Gonzalo no había estado delante cuando lo hizo, o no había estado prestando atención a su respuesta.

—A principios del mes que viene.

Había mucha expectación entre todos ellos con respecto al nacimiento del bebé. Era la primera vez que alguien de su grupo iba a tener un hijo, y esa circunstancia despertaba emociones diferentes en cada uno de ellos. En el caso de Marta, se mezclaba la ilusión con una sensación de que las vidas de sus amigos estaban experimentando muchos más cambios que la suya propia, instalada desde hacía mucho tiempo en una especie de rutina plácida.

—¿Ya tenéis elegido el nombre por fin?

—Qué va —respondió Marcos, con un tono que dejaba muy claro lo poco que le apetecía hablar del tema.

Donde Isabel era todo diplomacia, su marido era justo lo contario. Decía las cosas según las pensaba, casi sin filtro.

—La última vez que hablamos parecía que ya solo teníais que elegir entre dos opciones —recordó Lucía.

—Pues ahora ni eso —les aclaró Marcos.

—Ya se nos ocurrirá algo —dijo Isabel.

—A mí me encanta Mateo —opinó Ana.

—Es bonito, sí —comentó Isabel.

—No voy a ponerle el nombre de un apóstol a mi hijo —sentenció el futuro padre, que le tenía la misma aprensión a lo religioso que a lo esotérico.

Isabel puso los ojos en blanco, dejando claro que no era la primera vez que le escuchaba emplear ese tono al referirse al tema del nombre del niño.

—¿Y Héctor? —siguió sugiriendo Ana, que siempre había mostrado un interés por el asunto tan grande como si ella fuera a ser la madre.

—Tengo un compañero de trabajo que se llama así y es un gilipollas —contestó Marcos, tan tajante como antes.

—Y así con todos los nombres que escucha —les explicó Isabel—. Tiene pegas para todos.

—Alguno habrá que le guste —comentó Gonzalo.

—Prueba tú mismo —le invitó Isabel.

—Daniel —aceptó Gonzalo el desafío tras pensárselo unos segundos.

—Ya tengo un primo que se llama así.

—Guillermo —contraatacó Gonzalo.

—Demasiado largo.

Los demás se fueron uniendo a la competición, disparando nombres sin parar. Y Marcos les replicaba con la misma rapidez con la que se los lanzaban.

—Álvaro.

—Suena a pijo.

—Raúl.

—No quiero que lleve acento

—Leo.

—Vamos a tener un hijo, no un signo del zodíaco.

—Nicolás.

—Muy antiguo.

—Samuel.

—No pega bien con mi apellido.

—Pablo.

—Prefiero que no haya doce niños que se llamen como él en su clase.

Así siguieron durante un buen rato, hasta que las contestaciones de Marcos, cada vez más surrealistas, les hicieron desistir.

—Os veo teniendo que ponerle número en vez de nombre —pronosticó Ana.

—Umm… —meditó Marcos, como si la propuesta le hiciera especial gracia.

—No se te ocurra darle ese tipo de ideas —le recriminó Isabel a su amiga—. Que este es capaz de todo. Al principio quería llamarle Newton, no os digo más.

Marta no había participado en el debate sobre el nombre del bebé, medio perdida en pensamientos propios. Eso era algo habitual en ella. No solía hablar mucho en compañía de los demás. Y no solo porque estuviera en las nubes. Era algo que tenía más que ver con su forma de ser. Prefería escuchar antes que hablar. Y tenía claro que eso era algo que había heredado de su padre, de carácter muy reservado.

Isabel y Marcos fueron los primeros en marcharse, seguidos enseguida por la otra pareja. Cuando se quedó a solas con la anfitriona, Lucía insistió tanto en ayudarla a ordenar un poco la casa, que a Marta no le quedó otra que aceptar. La conocía lo suficiente como para saber cuándo no iba a rendirse fácilmente, y había aprendido por las malas que era mejor dejar que se saliera con la suya en esas situaciones. Una vez que dejaron todo recogido, se sentaron en el sofá del salón para descansar un rato.

—¿No has notado nada raro entre Gonzalo y Ana? —preguntó Lucía, nada más ponerse cómodas.

Marta frunció el ceño, sorprendida por lo que acababa de escuchar.

—La verdad es que no —contestó una vez superado el estupor inicial—. ¿Por qué lo dices?

—Creo que les pasa algo.

—¿A qué te refieres?

—Les he visto muy serios. Y me ha dado la impresión de que estaban como incómodos el uno con el otro.

Marta no se había percatado de ello. Era cierto que había tenido que repartir su atención entre todos sus invitados, pero se consideraba lo suficientemente perspicaz como para que le extrañara no haberse dado cuenta de ello, a pesar de tantas distracciones.

—¿Estás segura? —quiso que le aclarara Lucía.

—Sí. Y si solo hubiera sido hoy, ni te lo habría comentado. Pero es que ya pasó la última vez que estuve con ellos, cuando quedé a comer en su casa hace un par de semanas.

Ella y Lucía habían conocido a Gonzalo en el segundo año de universidad y, unos meses después, este había empezado a salir con Ana, a la que había conocido durante ese mismo verano. Marta le conocía muy bien, y le consideraba su mejor amigo. No tenía muchos, eso era cierto, pero su relación con él era tan profunda como la que podía tener con cualquiera de sus amigas más valiosas. Por eso le fastidiaba no haberse dado cuenta de ese supuesto cambio en su actitud hacia Ana.

—La verdad es que tampoco he podido estar muy atenta hoy a nadie —dijo Marta, a modo de excusa, tanto para Lucía como para sí misma.

—Pues ya te digo yo que ha pasado algo entre ellos.

—Habrán tenido una discusión.

—Ha tenido que ser bien gorda, por todo lo que les está durando el cabreo.

—Aun así, es raro.

Marta era incapaz de recordar algún ejemplo de mal rollo entre ellos. Habrían tenido sus problemas, como toda pareja, pero todos bastante leves. Para ella eran el vivo ejemplo de una relación sana. Y sólida, teniendo en cuenta todos los años que llevaban juntos.

—Sea lo que sea, espero que se acabe solucionando —deseó Marta.

—Si me entero de algo más, te lo contaré.

Y, si había alguien capaz de sonsacarle información a Ana, era ella. Ambas habían congeniado desde el principio.

—Y tú podrías tantear un poco a Gonzalo —le sugirió a continuación a Marta, clavando sus exóticos ojos de diferente color, uno verde y el otro marrón, que resultaban tan peculiares como su personalidad.

—No cuentes con ello.

Marta no era nada cotilla. No es que no le interesara la vida de la gente que la rodeaba, sino que valoraba tanto su propia intimidad que no sabía de una forma mejor de defenderla que predicando con el ejemplo.

Antes de despedirse, Lucía le volvió a recordar lo de su regalo.

—Voy a estar muy pendiente de que lo hagas, Martita —la amenazó, usando el diminutivo que sabía perfectamente que tanto le molestaba.

Marta era hija única, y Lucía era para ella lo más parecido a una hermana. La quería como tal, pero en ocasiones podía ser de lo más irritante y pesada.

—Además —continúo—, cuanto antes conozcas tu futuro, antes podrás prepararte para lo que te viene.

—Sí, claro. Por supuesto.

—No te lo tomes a broma. Ya sabes que mi tía me avisó de lo de mi ruptura con Hugo.

Marta se mordió la lengua para no soltarle a su amiga que esa predicción la podría haber hecho cualquiera que hubiera pasado media hora con ellos. Su relación fue algo del todo imposible desde el principio, y el milagro no había sido adivinar que terminaría mal, sino el hecho de que duraran tantos meses juntos.

—Anda, vete ya. Que estoy que me caigo —le pidió Marta, empujándola suavemente hacia la salida.

Aun después de cerrar la puerta prácticamente en sus narices, pudo escuchar cómo, desde el otro lado, le insistía una vez más en que visitara a la vidente lo antes posible.

El asunto le daba a Marta una pereza enorme, como siempre que su amiga se lo había sugerido en el pasado. Pero sabía que ya no podría darle largas por más tiempo, y que era preferible complacerla que no hacerlo. Lucía podía ser muy perseverante cuando se lo proponía, y resistirse a ella cuando se empeñaba tanto en algo no hacía sino espolearla todavía más.

Tardó un buen rato en conciliar el sueño, por culpa de lo que le había dicho Lucía acerca de Gonzalo y Ana. Por más que repasó los instantes en que había charlado con ellos, no encontró ninguna señal que pudiera delatar ese supuesto malestar mutuo. Confiaba en que Lucía estuviera equivocada y hubiera malinterpretado la situación. No había en su entorno ninguna pareja que llevara tanto tiempo unida. Ni siquiera Isabel y Marcos, que se habían casado y empezado a formar una familia tan solo tres años después de conocerse. Si Gonzalo y Ana no lo habían hecho también, era porque ninguno de ellos era un entusiasta ni del matrimonio ni de los hijos.

Su propio y fallido historial sentimental amenazó con invadir su pensamiento y prolongar todavía más su insomnio. Sin embargo, Marta devolvió esos recuerdos de inmediato al cajón mental del que habían surgido y consiguió por fin dormirse.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

A pesar de lo tarde que se había acostado la noche anterior, Marta salió a correr aquella mañana del primer domingo de marzo, más cálida de lo habitual para esas fechas del año. Era un hábito que había adquirido ocho meses atrás y, aunque solo lo hacía dos o tres veces a la semana, le estaba cogiendo el gusto. No era tanto por los beneficios para su salud y su silueta por lo que se había aficionado a ello, sino por la claridad mental que le aportaba ese tipo de ejercicio.

Su capacidad de análisis mejoraba considerablemente mientras corría. Y podía acceder a sus recuerdos con más facilidad. Era capaz de examinar su vida con mucha más precisión que en otras circunstancias. Sin sesgos ni distracciones. Esto tenía una parte positiva, pero también una negativa, ya que se volvía mucho más complicado autoengañarse o disfrazar la realidad para satisfacer a su ego.

Por suerte, se encontraba en una fase en que las cosas le iban bastante bien y no se sentía agobiada por ningún tema en particular. No había sido así anteriormente, sino más bien todo lo contrario. Desde las inseguridades de la adolescencia, que en su caso habían sido especialmente dañinas, hasta el divorcio de sus padres, cuatro años atrás, siempre se había sentido amenazada por algún oscuro nubarrón que le impedía ser totalmente feliz. Al menos no se habían acumulado unos con otros, y había sido capaz de solucionarlos o lidiar con ellos antes de que una nueva preocupación ocupara su lugar.

Las cosas habían cambiado para mejor hacía ya un año, pero no sabía muy bien el motivo por el que se había producido esa transformación en ella. No había tenido lugar ningún hecho extraordinario que pudiera explicar por qué ahora se tomaba las cosas con menos dramatismo. Quizás eso era a lo que llamaban madurar, pero no estaba segura de que era la única explicación para su estado. Casi de un día para otro, todas sus inquietudes perdieron peso. Seguían estando allí, pero habían quedado relegadas a un segundo plano y ya no eran obstáculos para que pudiera disfrutar de la vida al máximo. La única teoría que había conseguido elaborar era esta: que su mente había llegado a tal punto de saturación que había dicho basta, obligándola a modificar su perspectiva por pura supervivencia.

La alteración que había percibido en su forma de tomarse las cosas había sido tan evidente e inesperada, que se vio forzada a llevar a cabo un cambio en su imagen personal para refrendarla. Pasó de llevar una larga melena negra a llevar el pelo muy corto. Todos los que opinaron sobre su nuevo aspecto —aunque ella no le pidió su opinión a nadie—, dijeron que había acertado de pleno y que su nuevo peinado encajaba perfectamente con su cara redondeada y sus ojos grandes de color marrón claro. Le parecía estupendo que así fuera, pero ese no era el principal motivo por el que lo había hecho.

Al cruzar cerca de un parque donde la gente solía llevar a pasear a sus perros, se fijó en una mujer de mediana edad que se aproximaba hacia ella con una beagle bien sujeta por una correa. Pensó de inmediato en un animal de esa misma raza que había conocido, y en su dueño, un chico llamado Diego que, hasta la fecha, había constituido su relación de pareja que más se había prolongado en el tiempo. Estuvieron juntos durante un año y cuatro meses, justo cuando Marta terminó sus estudios y entró a trabajar en su primera óptica. Además de por su duración, también había sido especial por el motivo que había provocado su final. A diferencia de los casos anteriores, en los que el aburrimiento había llevado a Marta a dar ese paso, fue Diego el responsable de acabar con todo, después de confesarle que se había vuelto a enamorar de la persona con la que había estado anteriormente.

Aquello fue un palo muy grande para ella y, a lo largo de los años siguientes, culpó a ese hecho del fracaso de las relaciones que vinieron a continuación, cada vez más breves e insatisfactorias. Le costó una barbaridad volver a confiar en alguien y, si era honesta consigo misma, dudaba de que volviera a poder hacerlo al mismo nivel que antes de que Diego la dejara. No obstante, ese no era el principal problema. Lo que precipitaba el final de sus escarceos amorosos seguía siendo esencialmente el mismo: se cansaba enseguida del chico de turno. La llama ardía muy fuerte al principio, pero se extinguía muy deprisa.

Su incapacidad para conseguir una pareja estable la llegó a frustrar muchísimo, provocando que volvieran de nuevo las viejas inseguridades que le habían atormentado en el pasado. Sin embargo, hacía un año que todo había cambiado. De repente, dejó de ser un problema, y bajó tantos puestos en su lista de necesidades que en realidad dejó de serlo. Abrazó su soledad con naturalidad, como una parte de sí misma de la que no tenía que sentirse avergonzada. Encontrar a alguien con quien compartir su vida se convirtió en una opción más, en lugar de en una obligación.

Seguía sin comprender las causas por las que su mentalidad había sufrido esa metamorfosis tan grande. Se negaba a aceptar que no hubiera una razón detrás de ello, y más bien sospechaba que lo que estaba buscando debía de estar muy bien escondido en lo más profundo de su cerebro. No iba a ser fácil desenterrarlo, si existía de verdad. Aunque cada vez le apetecía menos dar con la respuesta que buscaba y prefería disfrutar de ese maravilloso oasis en medio del desierto.

Los últimos veinte minutos de carrera dejó la mente en blanco y se concentró únicamente en esa actividad. De vuelta a casa, se dio una ducha y, antes de prepararse la comida, llamó a su madre. Nuria no solía contestar al teléfono la mitad de las veces. Y casi nunca le devolvía la llamada antes de que Marta la volviera a intentar contactar. Era una mujer muy ocupada.

—Tu madre es bígama, cielo —le dijo una vez su tía Marisol, la hermana mayor de Nuria—. Está casada con tu padre y con su trabajo.

Ahora solo uno de esos dos matrimonios seguía vigente, pero se había entregado de tal manera a su ya único amor, que estaba todavía menos disponible para los demás que antes. Era la directoria de marketing de una marca de cosméticos naturales cuyas ventas se habían disparado en los últimos años. Había empezado en la compañía cuando sus productos apenas eran conocidos, y había tenido gran parte de culpa en su éxito actual. Marta sentía tanto orgullo por los logros de su madre como resquemor por todo el tiempo que había dedicado a su profesión en detrimento del que había concedido a su familia. Y, a pesar de que la edad de jubilación estaba a la vuelta de la esquina, Marta sospechaba que su madre trataría de retrasar su retiro todo lo posible.

El que intentara hablar con ella en domingo no aumentaba las posibilidades de conseguir contactarla, pues Nuria no dejaba nunca de trabajar. Podía, como mucho, compatibilizarlo con alguna otra tarea, pero nada más.

—Hola, hija —le contestó la voz firme de su madre.

Había tenido suerte, al parecer.

—Hola, mamá.

Se abstuvo de preguntarle si la cogía en buen momento, porque era una cuestión para la que ya sabía de sobra cual sería la respuesta. Así que se limitó a aprovechar la oportunidad, antes de que su madre empezara a mandarle sutiles señales de que su conversación estaba llegando a un inevitable final.

—¿Qué tal la feria de Londres? —le preguntó.

No quería hablar de su trabajo, pero sabía que era la única manera de hacer que la charla no muriera nada más nacer.

—Nos ha ido muy bien. Pero estoy muy cansada.

Para que Nuria, cuya capacidad de resistencia se podían calificar como legendaria, dijera eso, significaba que debía de estar realmente extenuada.

—¿Estás en casa? —quiso saber su hija.

—Acabo de llegar, sí. Tenía que pasarme por la oficina para dejar listas unas cosas para una reunión que tengo mañana con Carlota, pero ya he vuelto.

Carlota era la directora general de la empresa, y el único ser humano que conocía Marta que pudiera competir con su madre en cuanto a horas de dedicación a su trabajo.

—¿Has tenido tiempo de hacer algo de turismo?

Era otra pregunta absurda, pero le salió de forma natural.

—Nada de nada. Sigo sin conocer Londres como Dios manda. Ya lo intentaré la próxima vez.

Marta no estaba nada convencida de que eso fuera a suceder. Nunca.

—¿Y tú qué tal estás? —le preguntó su madre.

—Bien. Acabo de subir de correr.

—¿No acabasteis ayer muy tarde?

—Sí, pero aun así me apetecía salir.

—¿Os lo pasasteis bien?

—Mucho.

Y, a continuación, le hizo un breve resumen de la celebración de su cumpleaños. Tenía tanta práctica a la hora de ir al grano cuando hablaba con su madre, que prácticamente lo que hizo fue ofrecerle un puñado de titulares de prensa, más que una descripción de lo que había pasado.

—¿De verdad te regaló eso Lucía?

—Te lo prometo.

—¿Y vas a ir a ver a su tía?

—Qué remedio.

—Ya tiene que ser muy amiga tuya para que lo hagas.

Tenía serias dudas de que su madre comprendiera de verdad el significado de la palabra amistad. Hasta donde ella sabía, no había ninguna persona en su entorno que pudiera calificarse como tal. Era posible que, con alguno de sus innumerables contactos profesionales, pudiera haber establecido una relación que fuera más allá de lo laboral, pero seguramente como una consecuencia imprevista de su trato profesional, no como algo deliberado.

Hasta su padre, que no era precisamente la persona más extrovertida del mundo, tenía más amigos que ella. Y se podían contar con los dedos de una mano.

—Te he comprado un detallito en Londres.

Si tenía que juzgar por lo que había recibido de ella en los últimos años, el «detallito» no bajaría de los doscientos euros, tirando a lo bajo. Porque, aunque su madre fuera muy rácana a la hora de compartir tiempo con ella, no lo era cuando se trataba de sus regalos.

—A ver cuándo nos podemos ver para que te lo dé —añadió.

Lo dijo como si la principal culpable de las dificultades que tenían para coincidir en el mismo espacio y tiempo fuera Marta, cuando era todo lo contrario. La joven estaba segura de que la vería con más frecuencia si trabajara en su mismo sector que siendo su hija.

—¿Qué te parece este mismo fin de semana? —propuso Marta.

—Voy a estar fuera.

—¿Una comida entre semana entonces?

—Perfecto.

A Marta le dolía verse reducida a una cita más en la apretada agenda de su madre, pero sabía que, si no aceptaba sus reglas, no la vería nunca. Y, a pesar de todo, la quería demasiado como para permitir que se distanciaran todavía más. Sabía que en la mayor parte de las familias solía ser al revés, y que los padres eran los que tenían que andar detrás de sus hijos jóvenes para poder verse a menudo. Pero ella ya había aceptado hacía mucho tiempo su realidad tan poco convencional.

—Bueno, hija… —comenzó a despedirse Nuria.

Se sintió tentada de preguntarle algo más para alargar la conversación y fastidiar los planes de su madre de librarse de ella. Pero, además de haber asumido ya el peculiar modo de ser de su madre, había superado con creces la fase aquella en la que le dio por llevarle la contraria por todo, para buscarle las cosquillas.

—… me alegro de que te divirtieras ayer. Nos vemos en unos días y lo celebramos también tú y yo —le dijo.

—Vale, mamá. Un beso.

—Un beso, cariño.

Cuando colgó, Marta se imaginó a su madre tachando una tarea pendiente en su agenda digital, como si acabara de completar una actividad más de su jornada laboral. Suspiró resignada, empezando a hacerse a la idea de que era probable que ni siquiera pudieran verse esa misma semana y tuviera que esperar a la siguiente para encontrarse con ella.

Como en cada ocasión en la que tenía la rara oportunidad de charlar un rato con su madre, pensó inmediatamente en su padre. Habían quedado para que la pudiera felicitar por su cumpleaños en persona. Tampoco con él las conversaciones eran muy largas. Pero, en su caso, no eran las prisas por atender otros asuntos lo que motivaba ese hecho, sino que se debía al carácter lacónico de su progenitor.

Se trataba de un hombre silencioso. Era además taciturno y muy introvertido. Con eso y todo, Marta se sentía más cómoda y atendida que cuando trataba con su madre. No siempre había sido así. Cuando era pequeña, por ejemplo, solía ser todo lo contario. Su padre le hacía muy poco caso. Incapaz de comprender por qué su padre se comportaba de esa manera tan esquiva, lo interpretó como una falta de interés en ella. Luego vinieron los episodios depresivos de su padre, y la cosa no hizo sino empeorar. Fue así hasta que alguien se tomó la molestia de explicarle a Marta qué era lo que le pasaba a Jesús, que era como se llamaba su padre.

Desde entonces, con una nueva comprensión sobre los orígenes de su extraña forma de manejarse en la vida de Jesús, estableció una conexión mucho más profunda y afectuosa con él. Y se vio correspondida en la medida en que su padre pudo hacerlo. A medida que se fue distanciando más de su madre, fue acercándose más a él, hasta darle por completo la vuelta a una relación que se había vuelto mucho más cálida de lo que jamás se habría imaginado.

Gracias fundamentalmente a eso, y a la labor de una psicóloga, su padre mejoró mucho. Ni siquiera con el mazazo de la separación tocó tanto fondo como había llegado a hacer en años anteriores. El golpe fue tremendo, pero había logrado recomponerse con cierta rapidez. No por completo, eso era cierto, pero al menos lo suficiente para seguir llevando una vida mínimamente normal. No sentía tanta pasión por su profesión como su exmujer —Jesús trabajaba como corrector en una editorial—, pero volcarse más en ello le había servido para reducir un poco los daños. Hasta había empezado a viajar de vez en cuando, cosa que nunca le había entusiasmado cuando estaba casado.

En el fondo había sido un gran milagro que sus padres hubieran tardado tanto en romper su matrimonio. Ya era de por sí incomprensible cómo dos personas tan diferentes en todo, con dos ritmos tan distintos y maneras de pensar que eran casi opuestas, habían acabado enamorándose y formando una familia. Porque entre ellos había existido auténtica devoción. De eso podía dar fe Marta. Luego su relación fue deteriorándose, pero eso no borraba todo lo anterior. Al menos no para ella.

Recuerdos muy tristes de su infancia se juntaron con otros igualmente penosos de su adolescencia, que no estaban causados por la enfermedad de su padre, sino por otras cuestiones que ya solo tenían que ver con ella misma. Quizás contagiada por la personalidad de su padre, le había sido siempre difícil hacer amigos. En el primer colegio al que asistió, había llegado a sufrir acoso escolar. Afortunadamente, sus padres habían reaccionado con rapidez y, antes de que su situación fuera a peor, la habían cambiado a otro centro, donde le fueron mucho mejor las cosas. Sin embargo, la felicidad le duró poco, pues llegaron los problemas relacionados con su trastorno de la alimentación.

Una vez más, fueron sus padres los que se pusieron manos a la obra y la ayudaron a corregir su conducta antes de que fuera a más. Ella no se lo había puesto nada fácil, pero jamás se habían rendido. Para cuando empezó la universidad, todo aquello había quedado atrás, y ni su vida social ni su autoestima le habían dado demasiados quebraderos de cabeza desde entonces, quitando algún bajón que otro del que se había repuesto enseguida.

Comenzó a prepararse la comida, esforzándose en dejar el pasado atrás para poder concentrarse al cien por cien en el presente más inmediato. Mientras freía un par de filetes de pollo, tomó una decisión. Esa misma tarde llamaría a Lucía para que le reservara una cita con su tía Almudena, la vidente. No supo entender bien por qué le habían entrado esas prisas tan repentinas, y se limitó a dejarse llevar por tan inesperado impulso.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Marta estaba bastante segura de que nunca había estado en esa parte concreta de Madrid. El barrio de Alameda de Osuna era un área sobre todo residencial, y, como ella no había conocido a nadie que viviera por allí, jamás lo había visitado. Quizás lo más cerca que había estado de aquel sector de la capital era cuando había acudido al aeropuerto de Barajas, que no quedaba muy lejos.

No era muy diferente de otras zonas de su ciudad natal que sí que había recorrido, pero se sintió más desorientada de lo habitual. Tardó un buen rato en encontrar la ubicación exacta de la dirección que le había facilitado Lucía, sobre todo porque la calle estaba fragmentada en diversos tramos que formaban una especie de laberinto, donde la numeración seguía un orden algo confuso. Cuando por fin se encontró delante del portal del edificio donde residía la tía de su amiga, le costó un buen rato decidirse a llamar al telefonillo de la vivienda en la que estaba citada para disfrutar —si es que esa era la palabra adecuada—, de la lectura de su futuro con la que le había obsequiado Lucía.

Era una casa antigua, de tres alturas, situada en un entorno muy tranquilo, dentro de una pequeña urbanización ajardinada. Echó un vistazo hacia el último piso, buscando señales que le permitieran averiguar si alguno de los balcones que se podían ver desde su posición correspondían a la residencia de Almudena. Ella misma reconoció lo absurda que era esa idea. Era muy improbable que la adivina hubiera decidido decorar su fachada con algún elemento relacionado con su curiosa ocupación.

Finalmente se animó a pulsar el botón del tercero izquierda. Tímidamente la primera vez, y con más ahincó en la segunda. La puerta que tenía delante emitió un zumbido. Si Almudena era quien la había abierto, no se había molestado en confirmar su identidad. Llegaba bastante puntual a su cita con ella, pero aun así le sorprendió que no lo hubiera hecho. Ella jamás le franqueaba el paso a nadie a su comunidad sin asegurarse de quién se trataba. «Pero, claro, yo no soy adivina», pensó.

Inmediatamente después convino consigo misma que esa no era la mejor actitud para enfrentarse a lo que le esperaba en los próximos minutos. Por mucho que fuera una escéptica total en esos temas, no debía olvidarse de que se trataba del familiar cercano de una de sus mejores amigas. La cual, además, adoraba a su tía de modo exagerado. Debía tomárselo, por tanto, más en serio, al menos hasta que saliera de allí.

Para cuando emergió del ascensor y accedió al rellano del tercer piso, Almudena ya la estaba esperando bajo el umbral de su vivienda. Era una mujer alta y muy delgada. Su pelo rubio tenía un aspecto lustroso e impecable, como si acabara de venir de la peluquería. Desconocía cuál era su edad, pero le pareció más joven de lo esperado. Vestía de una manera muy sencilla, y el único elemento que desentonaba con su apariencia convencional era una colgante bastante grande que reposaba sobre su pecho. Era un rombo cuya superficie mostraba unas complejas formas geométricas.

—¿Eres Marta? —le preguntó, clavando unos ojos muy oscuros en los de Marta.

—Sí, soy yo.

—Encantada de conocerte —le dijo su anfitriona, extendiéndole la mano derecha.

Sus palabras de bienvenida contrastaban con la expresión de seriedad que mostraba su semblante. Tenía una cara alargada, en la que destacaban unos pómulos grandes y una nariz muy afilada. Marta se sintió algo intimidada ante su presencia, y el apretón firme con el que estrechó su mano contribuyó todavía más a ello. Por algún motivo desconocido, se había imaginado que se encontraría a una mujer más afable y menos… aristocrática.

—Pasa, por favor —la invitó la tía de Lucía.

La acompañó hasta un salón de mobiliario moderno y escasa decoración. Lo que sí abundaban eran las fotos. Marta se fijó sobre todo en una que mostraba a Almudena con un hombre de piel morena y dos niños de pelo tan rubio que parecía casi blanco.

—Mi marido trabaja hasta tarde, y mis hijos están en sus cuartos, estudiando. No nos molestarán —le explicó Almudena, que era evidente que se había percatado de su interés por la instantánea.

Marta sonrió débilmente, sin saber muy bien qué decir. Luego aguzó el oído, para ver si era capaz de escuchar algún sonido proveniente de la sección de la casa donde suponía que se encontraban los dormitorios. Pero no escuchó absolutamente nada.

—Siéntate aquí, si eres tan amable —le pidió la vidente.

Sus modales eran exquisitos, pero había en ella una frialdad que le impedía relajarse del todo en su presencia. Marta obedeció, tomando asiento en una silla de aspecto cómodo y respaldo muy alto. Almudena la imitó, colocándose frente a ella. Entre ambas había una mesa cuadrada cubierta con un hule afelpado de color beis, en cuyo centro se veía dibujado un perfecto círculo negro de contorno grueso, de palmo y medio de diámetro. Cerca de Almudena había una bonita caja de madera oscura, que mostraba un delicado grabado en espiral sobre su tapa.

—Antes de empezar, me gustaría que me hablaras un poco de ti —le pidió a Marta la dueña de la casa—. No hace falta que te extiendas mucho. Basta con que me digas tu edad, a qué te dedicas y que me cuentes algo sobre tu familia. Me ayudará a conocerte mejor y poder interpretar de forma más adecuada los resultados de la sesión.

A Marta le sorprendió esa petición. Pensaba que había ido allí a escucharla a ella y no al revés. Además, le sonaba un poco a trampa. Si le facilitaba esa información, le pondría más fácil el revelarle un futuro que fuera más creíble para ella. A pesar de eso, la complació, porque en realidad le daba igual lo que le fuera a decir. Había ido hasta allí para cumplir el expediente y, cuantos menos problemas le pusiera a su acompañante, antes terminaría y podría volver a casa con los deberes hechos.

—¿Puedo preguntarte qué es lo que te ha traído hasta aquí? —quiso saber Almudena, nada más terminar Marta su breve exposición.

Marta dio por hecho que su anfitriona sabía que la había mandado su sobrina, pero sospechó que eso no era exactamente lo que le estaba preguntando. Y tampoco quería ser tan descortés como para decirle que en realidad ese era el único motivo por el que la había visitado. Decidió improvisar algo en ese momento.

—Tengo que tomar un par de decisiones importantes dentro de poco y quería ver si podrías ayudarme con ello.

—Muy bien —dijo la vidente, sin ahondar más en el tema—. Ahora voy a explicarte qué es lo que vamos a hacer.

La mujer tomó la caja que tenía a su lado y abrió la tapa. A continuación, la giró para que Marta pudiera ver lo que había allí guardado. Colocados en una bandeja compartimentada había un conjunto de dados de gran tamaño de seis caras; media docena en total. Estaban divididos en dos grupos. El primero lo formaban tres cubos hechos de un material que parecía marfil. Los restantes tenían el aspecto del ébano. Los blancos eran los clásicos dados numéricos, representando las cifras con puntos. Los otros, sin embargo, estaban decorados con dibujos. En uno de ellos había dos figuras humanas, una más grande que la otra. En otro se veía el símbolo del infinito. Y en el último había pintada una balanza.

—La técnica que yo utilizo se llama astragalomancia —comenzó a explicarle—. Es un método muy antiguo, que usa las tiradas de dados como medio para interpretar el futuro del que los lanza.

Marta no había oído hablar jamás de ese procedimiento adivinatorio. Sus conocimientos no iban más allá del tarot y el horóscopo. Y ni siquiera de estos dos sistemas sabía demasiado.

Almudena cerró lentamente la caja, ocultando de nuevo su contenido. Fue en ese momento cuando la joven se percató de lo largos y finos que tenía los dedos, en los que tan solo llevaba el anillo de casada.

—Lo primero que te voy a pedir es que coloques la palma de tu mano derecha sobre la tapa y que la dejes ahí hasta que yo te diga.

Marta lo hizo de inmediato. Había algo en el tono de voz de la mujer que la animaba a seguir sus instrucciones sin vacilación. Apoyó su extremidad sobre la madera, extendiendo al máximo los dedos. La espiral inscrita sobre la superficie quedó tapada casi por completo.

Levantó la mirada hacia Almudena, que la observaba muy fijamente. Pasaron unos largos y silenciosos segundos. Justo cuando le iba a preguntar a la vidente si tenía que estar mucho tiempo así, Marta captó un débil sonido a su alrededor. Era apenas audible, y por eso tardó tanto en reconocer que se trataba de una especie de melodía suave interpretada con un instrumento que no supo identificar.

La mirada de Almudena pareció iluminarse durante un instante. A continuación, le habló:

—Ya puedes retirar la mano.

Marta se resistió a ello, concentrada en la música. Solo cuando su acompañante hizo ademán de ir a quitársela ella misma, la joven reaccionó y rompió el contacto con el objeto. La sintonía dejó de sonar de golpe y Marta se sintió un pelín mareada.

—¿Hay algún asunto en concreto que te preocupe? —preguntó la adivina—. ¿Familia? ¿Trabajo? ¿Relaciones?

—No especialmente —respondió Marta, ya recuperada de su breve aturdimiento.

Luego se dio cuenta de que su respuesta era algo contradictoria con respecto a lo que le había dicho anteriormente sobre las decisiones importantes en su vida que estaba pendiente de tomar. Pero antes de que pudiera enmendar su error, Almudena se le adelantó.

—De acuerdo. Pues entonces haremos lo siguiente —le comentó, abriendo la caja con delicadeza—. Coge este dado —dijo, señalando el que tenía el signo del infinito—, y también los tres que tienen números —añadió.

Marta así lo hizo, sin detenerse a examinarlos mejor. Almudena arrastró la caja hasta una esquina de la mesa, cerrándola de nuevo.

—Ahora coloca la mano suspendida sobre el centro de la mesa y luego suelta los dados —le solicitó—. Solo los que queden dentro del círculo contarán para el resultado.

—¿Así? —preguntó Marta, que no sabía desde qué altura los debía lanzar.

En lugar de contestarle, Almudena empujó con suavidad el puño cerrado de Marta, bajándoselo ligeramente.

—Cuando quieras —le anunció.

De repente, a Marta la embargó una sensación de lo más extraña. Se puso nerviosa, como si estuviera a punto de adentrarse en un lugar oscuro y desconocido, del que no estaba segura de poder regresar. Su visita a la tía de Lucía se había vuelto en apenas unos instantes algo mucho más trascendente de lo que se había imaginado. Acudió a su sentido común y a su mentalidad racional para conseguir serenarse y reevaluar la situación de un modo mucho menos emocional. Algo más calmada, abrió su mano y dejó caer los dados.

Ninguno de los cuatro rebasó los límites de la circunferencia. En el de ébano podía verse el dibujo de una rosa con todos sus pétalos desplegados. En los otros tres había sacado un cinco y un par de unos. Almudena observó detenidamente el resultado obtenido. Marta la emuló, como si ella también fuera una experta en esa disciplina.

—El primer dado con el que hemos empezado —le explicó, apuntando con uno de sus interminables dedos hacia el más oscuro de todos—, está vinculado a la gente que forma parte de tu vida. Y el símbolo que ha salido representa su salud.

Marta asintió en silencio, sin dejar de mirar hacia abajo.

—La suma de los otros dados arroja una cifra muy baja, me temo —continúo la vidente—. Y eso suele significar que alguien cercano a ti va a tener un problema médico. No demasiado grave, a juzgar por la cantidad.

«Pues empezamos bien», pensó Marta. No pudo evitar preocuparse un poco, perdiendo parte de la seguridad con la que había vuelto a quitarle importancia a lo que había venido a hacer.

—Vaya —musitó.

Alzó sus ojos hasta encontrarse con los de Almudena. Había en su semblante una expresión muy neutra al principio, pero luego se suavizó una pizca y hasta creyó vislumbrar en ella un amago de sonrisa.

—¿Quieres que continuemos? —le preguntó a la joven.

Su ofrecimiento la pilló por sorpresa, como si hasta ese momento no hubiera sido consciente de que, en realidad, podía marcharse cuando quisiera. Sopesó esa alternativa durante unas décimas de segundo, pero enseguida la desestimó. Largarse de allí sería como reconocer que las palabras de la vidente le habían afectado.

—Sí, por favor —respondió.

—Muy bien.

Almudena volvió a colocar la caja abierta delante, pidiéndole que devolviera el dado negro a su lugar y que tomara el que tenía el dibujo de la balanza para sustituirlo.

—Este que vamos a usar ahora ofrece información sobre el asunto que más preocupa al lanzador en el momento presente. En tu caso, serían esas decisiones tan importantes a las que te enfrentas —le aclaró.

Marta siguió sus instrucciones y tiró los dados con rapidez, impaciente por saber qué le dirían, a pesar de que se había inventado por completo el verdadero motivo por el que estaba allí. Consiguió de nuevo que todos cayeran dentro del círculo. El que parecía hecho de ébano mostraba un libro abierto. Y en los restantes aparecía un seis, un tres y un dos. Tras estudiarlos, Almudena se dirigió a ella:

—El libro simboliza la búsqueda exterior de sabiduría. Normalmente se refiere a la necesidad de pedir consejo a los demás sobre algún tema fundamental. Y la cifra total que has obtenido indica que es conveniente que escuches detenidamente lo que otras personas tengan que decirte y que lo tengas muy en cuenta a la hora de tomar cualquier decisión.

—Ajá —murmuró Marta.

No era muy dada a pedir la opinión de los que la rodeaban sobre temas personales. Esa actitud no solo tenía su origen en lo celosa que era de su intimidad, sino que también había nacido a raíz de alguna experiencia negativa que había sufrido en las pocas ocasiones en las que lo había hecho.

—Ya solo nos queda una última tirada —le anunció Almudena—. La que está relacionada contigo misma. Es la más importante de todas.

A continuación, le pidió que sustituyera el cubo negro que acababa de emplear por el que estaba decorado con ilustraciones de figuras humanas. Marta se dio cuenta de que la adivina ponía mucho cuidado en no tocar ninguno de los dados, ni siquiera los que ya habían sido usados. También manejaba la caja de madera con mucho cuidado, como si fuera a desmontarse si la manipulaba con excesiva fuerza.

Antes de dejar caer los dados por tercera vez, Marta los retuvo durante un instante en su mano, concentrándose en ellos. Cuando los liberó, notó cómo se le encogía el estómago por los nervios. Tres de los cubos cayeron muy cerca del centro, pero el cuarto, uno de los blancos, rodo peligrosamente hacia el límite de la circunferencia, hasta detenerse justo sobre la línea pintada en la superficie del hule que cubría la mesa. Marta buscó de inmediato en los ojos de su anfitriona una confirmación sobre si se podría considerar que había quedado dentro o fuera del círculo.

—Tres cincos —dijo Almudena, respondiendo de manera indirecta a su muda pregunta—. Qué interesante.

Se quedó un buen rato en silencio, estudiando detenidamente tanto la cifra resultante como el dibujo inscrito en el dado negro. Este consistía en una persona sosteniendo entre sus manos un corazón.

Hacía mucho tiempo que Marta no se sentía tan inquieta y agitada. Se sorprendió a sí misma por su reacción. De haberle dicho alguien tan solo unos minutos antes que iba a estar tan implicada en la lectura de su futuro como lo estaba ahora, se habría reído en su cara.

Almudena tardó tanto en ofrecerle una interpretación del resultado que había sacado que cerca estuvo de exigirle a gritos que le dijera algo de una puñetera vez.

—Lo que aquí tenemos alude a tu situación sentimental —le comentó, señalando en dirección al dado azabache—. Pero lo más interesante es lo que nos dicen estos otros —añadió, señalando a los de aspecto marfileño.

—¿Y eso?

—Una suma tan elevada indica que estamos ante la irrupción en tu vida de alguien verdaderamente especial para ti, con el potencial de convertirse en tu alma gemela —le dijo, usando un tono de voz que a la joven le resultó casi hipnótico—. De lo que te hablo es de amor verdadero, Marta. Del tipo del que solo se encuentra una vez en la vida.

Hasta ese momento, Almudena se había expresado de una forma muy controlada, sin un ápice de teatralidad. Parecía que, en lugar de leerle el futuro, le había estado explicando una receta de cocina. Sin embargo, en ese instante podía detectarse en ella una intensidad en su discurso de lo más novedosa. No le pareció fingida, y se le antojó como una prueba de que creía firmemente en lo que le estaba transmitiendo.

—Y el que haya salido el mismo número en los tres dados nos revela que hay una fuerte presencia del destino.

—¿A qué te refieres?

—A algo que nos facilita un dato muy preciso sobre la forma en la que vas a conectar con esa persona tan particular.

Marta seguía sin entenderla muy bien, pero dejó que fuera la vidente quien decidiera la mejor forma de aliviar su incertidumbre. No tuvo que esperar mucho para que lo hiciera.

—Estás a quince pasos de que él o ella se una a ti de ese modo tan extraordinario.

—¿Pasos? —preguntó a continuación, algo confundida.

—Es una forma de hablar. No me refiero a algo literal. Son más bien acciones o acontecimientos. Y en todos va a ser importante tu participación. Puede que no los desencadenes directamente tú, pero sí que estarás involucrada de alguna manera en todos ellos.

Marta trató de procesar lo que le acababa de relatar la vidente. Era algo bastante más concreto de lo que esperaba. Había creído que tan solo escucharía un montón de generalidades vagas y comunes. Del estilo de «harás un viaje pronto», «conocerás a alguien», o «te surgirá una oportunidad inesperada». Pero aquello era distinto. Mucho más específico.

—¿Y sabré cuáles son esos… pasos? —quiso saber, tan intrigada como si estuviera a punto de leer el nombre del asesino en una novela de misterio.

Almudena la miró en silencio durante un buen rato. A Marta le dio la impresión de que aquellos ojos con los que la escrutaba se volvían cada vez más negros.

—Vuelve a tirar los dados blancos —le pidió la mujer, finalmente.

No tuvo que pedírselo dos veces. Los pequeños hexaedros rodaron hasta detenerse y mostrar cada uno de ellos el número seis. Marta no necesitó que la tía de su amiga le descifrara el significado de su tirada, a pesar de que sí que lo hizo.

—La respuesta es un sí rotundo —le confirmó—. Recibirás una señal de que has avanzado en tu relación con esa persona cada vez que lo hagas.

Por primera vez desde que empezó la sesión, Marta estudió a la mujer que tenía enfrente con detenimiento, tratando de determinar la veracidad de sus palabras. Había ido hasta allí dispuesta a jugar su papel en una pantomima, pero, poco a poco, se lo había ido tomando con más seriedad. El rostro de Almudena no dejaba lugar a dudas. Estaba convencida de lo que le acababa de decir.

Marta observó cómo la adivina recogía los dados y los colocaba en su sitio dentro de su recipiente. Ya no le preocupó tocarlos, y tampoco había rastro de la cautela con la que había manipulado la caja con anterioridad.

—Y eso es todo —le dijo una vez que terminó de guardarlos.

Almudena se levantó y Marta se vio obligada a imitarla, aunque no le apetecía del todo hacerlo. Mientras la mujer la conducía hasta la salida, tuvo la sensación de que había algo que se le estaba olvidando, y que su marcha estaba siendo demasiado precipitada. Justo antes de entrar en la casa, había deseado que todo fuera muy rápido y así poder cumplir con el compromiso que había adquirido con su amiga lo antes posible. Pero ahora le fastidiaba tener que marcharse de allí tan pronto.

Se despidió de la tía de Lucía de una forma mecánica. Le dio también las gracias, aunque no supo muy bien por qué. Mientras bajaba en el ascensor, se sintió incompleta, como si se hubiera dejado una parte de su cuerpo atrás. Nada más salir a la calle, se detuvo. No fue capaz de recordar en qué dirección debía caminar para encontrar el vehículo que había dejado aparcado en las cercanías. A punto estuvo de llamar al telefonillo para que Almudena la ayudara a resolver esa incógnita, aunque en realidad era una excusa para volver a escuchar su voz. La echaba tanto de menos…

Poco a poco fue recuperando la compostura. Se acordó de dónde estaba su coche y, a cada paso que dio para llegar hasta él, su mente se libró del extraño entumecimiento en el que se había sumido durante su breve entrevista con la vidente. Porque, a pesar de que le pareció que había estado una eternidad con ella, lo cierto es que su encuentro había sido bastante breve.

Para cuando llegó a su piso, volvía a ser ella de nuevo. Meneó la cabeza, asombrada por lo fácilmente que se había dejado sugestionar, sin apenas oponer resistencia. Seguramente se había debido a su falta de experiencia en ese tipo de circunstancias, sumada a la habilidad de Almudena para sumirla en un estado receptivo: ese tono de voz, sin duda alguna entrenado; sus ademanes suaves, casi hipnóticos; la decoración tan austera, que facilitaba que no hubiera ningún tipo de distracción a su alrededor. Y más cosas de las que ni siquiera se había percatado. Todo encaminado a que Marta bajara sus defensas y se dejara engatusar debidamente.

Se sintió un poco tonta, pero no albergó rencor hacia Almudena. Por mucho que la idea no le hubiera apetecido inicialmente, se había puesto en sus manos de manera voluntaria y la mujer tan solo había hecho su trabajo lo mejor que sabía.

Durante el resto del día no pensó más en lo que había sucedido. Sin embargo, los sueños que acudieron a ella esa noche estuvieron plagados de imágenes de dados rodando sobre una superficie de piedra muy antigua y de un misterioso desconocido esperándola al final de un enrevesado laberinto.

Capítulo 4

 

 

 

 

 

A Marta y Cristina les había gustado la película. A Paula no, pero eso no era una gran sorpresa. Rara era la vez en que sus opiniones coincidían. Los gustos cinematográficos, musicales y literarios de Paula eran muy personales, y Marta sospechaba que en realidad no los compartía con ningún otro ser humano del planeta.

Las tres amigas se habían conocido doce años atrás, cuando trabajaron juntas en una tienda de ropa durante un año. La química entre ellas había sido instantánea y su relación no había hecho sino crecer desde entonces. Solían verse dos o tres veces al mes y, en al menos una de ellas, quedaban entre semana para ir al cine juntas, pues a las tres les encantaba. Se turnaban a la hora de elegir la película que iban a ir a ver. En esta ocasión había sido Cristina la encargada de hacerlo. Fiel a lo que era habitual en ella, había escogido una película romántica. Era un género que le apasionaba en la misma medida en la que Paula lo detestaba.

—Ha estado bien —comentó la responsable de haber seleccionado la película—. Pero es verdad que el libro estaba mejor.

—El libro siempre es mejor —apuntilló Paula.

—A veces no —replicó Cristina.

—Ponme un ejemplo —pidió Paula.

Marta se olió que aquello iba a acabar degenerando enseguida en un debate de lo más intenso y que acabaría desviándose hacia otros temas. Sus dos amigas tenían maneras de pensar completamente opuestas, lo que significaba que sus opiniones sobre cualquier asunto, desde la política hasta las ensaladas del súper, eran antagónicas.

—Déjame pensar… —solicitó Cristina—. Jolín, ahora no se me ocurre ningún caso.

—Porque no existe.

—Sí que existe.

—Demuéstramelo.

—En cuanto me acuerde de uno, te lo digo.

—No tardes mucho, que mañana tengo que madrugar.

—Ja, ja. Qué graciosa.

Podían estar horas así, aunque casi siempre sin maldad. Marta tan solo las había visto perder los papeles un par de veces, en las que se vio forzada a intervenir para calmar los ánimos. Lo más chocante de todo era que el vínculo más fuerte que existía dentro de ese pequeño grupo de amigas era el que compartían Paula y Cristina. A Marta no le dolía reconocerlo. A pesar de sus discrepancias en tantas y tantas cosas, se cuidaban entre ellas como si fueran de la misma sangre.

También era llamativo su parecido físico. Su pelo tenía prácticamente el mismo tono castaño, y su estatura y complexión física eran muy similares. La disparidad residía en sus rasgos faciales, eso sí. Pero, vistas por detrás, se daban un aire.

Marta tenía muchas ganas de verlas por un motivo que iba más allá del placer de su compañía. Necesitaba contarle a alguien lo de su sesión con la vidente. Había hablado de ello con Lucía, pero no era lo mismo, pues su amiga era una parte interesada y había tratado de convencerla de que creyera en las palabras de su tía como si fueran hechos irrefutables. Lo que quería era escuchar una opinión más imparcial y que la ayudara a volver a la senda de la sensatez. Porque tenía que reconocer que Lucía había hecho que se tambaleara un poco su plan de olvidar por completo la peculiar profecía que le había hecho Almudena acerca de su futuro sentimental.

—Tengo que contaros algo —les dijo a sus dos acompañantes, aprovechando el momento en que habían interrumpido su discusión para echar un trago a las bebidas que les habían servido en el restaurante que había escogido para cenar.

Paula y Cristina le prestaron toda su atención de inmediato, pues conocían de sobra lo reservada que era su amiga. Por tanto, estaban a punto de presenciar un hecho tan infrecuente que requería la máxima concentración.

Les relató su encuentro con Almudena, escatimándoles algún detalle del que ella misma no estaba del todo segura, como era el caso de la extraña música que creyó escuchar al tocar por primera vez la caja de los dados.

—No me puedo creer que fueras a verla —le comentó Paula una vez que terminó de contárselo todo—. Con lo que eres tú para esas cosas.

—No podía hacerle ese feo a Lucía.

—Aun así —se reafirmó Paula.

Cristina se mantenía en silencio, observando a Marta de un modo que esta no supo interpretar. Le dio la impresión de que quería decirle algo, pero no se atrevía a hacerlo.

—Al menos te salió gratis —siguió diciéndole Paula.

Aunque no se lo había expresado de forma explícita, Marta interpretó que Paula estaba de acuerdo con ella en considerar todo aquello como una tontería a la que no debía dar ninguna importancia. Sin embargo, ya contaba con ello. Paula era tan escéptica en esa materia como Lucía era de crédula. No era, por tanto, su opinión la que más tenía ganas de conocer. Era la de Cristina, cuyas creencias no estaban tan definidas como las de sus otras dos amigas.

—¿Y a ti qué