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"A mi padre lo mataron una tarde que hacía mucho sol, aunque no lo supimos en ese momento. Él estaba del otro lado del mundo, en la selva oscura de Angola." La infancia de Ernesto termina con esa noticia, a los doce años, un día que regersa de jugar en el bosque de La Habana. A los ojos de los demás se ha convertido en el hijo de un héroe enviado, como tantos otros cubanos, a la guerra de Angola. Y bajo el peso de esa responsabilidad, Ernesto comenzará a percibir la contraductoria realidad de la Revolución y a indagar obsesivamente sobre el largo periodo de la presencia cubana en África. Inicia así un viaje vital que lo llevará de Cuba a diversas caiptales europeas, siempre perseguido por el fantasma de su padre, cuya muerte intenta reconstruir. Pero la realidad nunca es exactamente como uno piensa. Y los tentáculos de la guerra son largos y complejos, imposibles de cortar una vez enredado en ellos. Presente y pasado se mezclan, y también los sentimientos, en una novela que Karla Suárez ha contruido con un ritmo prodigioso para dar voz a una generación marcada por un discurso único y por la lucha por la libertad individual.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Karla Suárez
El hijo del héroe
Imagen de la portada:
Fotografía de Francesco Gattoni
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Diagramación: Roger Castillejo Olán
© Karla Suárez, 2017
© Editorial Comba, 2017
c/ Muntaner, 178, 5º 2ª bis
08036 Barcelona
Autora representada por Silvia Bastos, S.L. Agencia Literaria
ISBN: 978-84-948031-8-5
Depósito Legal: B-21.757-2017
El problema no consiste en que la gente olvide las cosas,
sino en que nunca olvida las mismas.
Paul Auster
Angola era para mí sólo un nombre extraño,
en la geografía de mis primeros años…
Frank Delgado
La selva oscura
A mi padre lo mataron una tarde que hacía mucho sol, aunque no lo supimos en ese momento. Él estaba del otro lado del mundo, en la selva oscura de Angola. Nosotros en la isla, donde la vida continuaba más o menos como de costumbre, bajo nuestro sol cotidiano.
Varios días después de su muerte y aún sin saber lo que había sucedido, yo corría por el bosque de La Habana siguiéndole los pasos al capitán Tormenta, que era la niña que me gustaba. Algunos metros delante corría Enrique de Lagardere, mi mejor amigo, que era mucho más rápido y más fuerte, y por eso me obligaba a impulsar mi cuerpo con una furia loca sin importarme los yerbajos que arañaban mis piernas. Yo era el Conde de Montecristo. A decir verdad, hubiera preferido ser el León de Damasco o hasta Lagardere, porque eso de andar cavando túneles para escapar del castillo de If no me parecía el mejor de los entretenimientos, pero como había sido Tormenta quien determinó nuestros nombres, entonces no me pareció tan mal. Y me acostumbré. De cualquier modo era un conde y eso provocaba que, de vez en cuando, ella bajara su cabeza en señal de reverencia hacia mí, manteniendo su mirada fija en mis ojos y una sonrisa que a los doce años comenzaba a parecerse más a una provocación femenina que a una simple miradita de niña.
Fue mi padre quien nos enseñó aquel rincón del bosque y, sin saberlo, nos convirtió en adictos. Nos regaló un pedacito de mundo donde nuestros personajes preferidos podían vivir sus aventuras lejos de la televisión, en nuestra propia carne. Él era de los pocos que tenían carro en el barrio y el único que no consideraba ese artefacto con ruedas como una reliquia o una marca de status social o una pieza de museo que hay que mantener lejos del alcance de todos para que no le hagan daño. No. Para mi padre el carro era un pedazo de lata que podía moverse y si lo tenía él, pues lo tenían todos. Por eso, algunos domingos, cuando salía a la calle con el cubo de agua y las esponjas para lavarlo, dejaba que los niños se acercaran y así, poco a poco, se fue convirtiendo en costumbre. Uno quería limpiar el parabrisas, el otro quería sentarse donde el conductor a simular que manejaba, el otro cambiaba el agua del cubo y juntos hacíamos la faena. El premio era que, al final, cuando ya la lata brillaba y la calle estaba llena de agua, mi padre nos montaba a todos y partíamos rumbo al bosque, a aquel rinconcito, cerca del río, donde había un pequeño puente en forma de arco que parecía sacado de un libro de cuentos. Justo allí, mi padre detenía el carro, abría las puertas y decía: en media hora deben estar de regreso. Y partíamos. A correr. A perdernos por el bosque donde se filmaban todas las aventuras que pasaban en la televisión y que podía ser Francia, Irlanda, España, África o cualquier lugar del mundo con aquellos árboles enormes llenos de enredaderas que bajaban como cortinas y que creaban formas, a veces eran gigantes, a veces cuevas, a veces simplemente el velo de una princesa, la capa de un rey o los muros del mismísimo castillo de If de donde yo tenía que escaparme.
Cuando mi padre se fue para Angola, terminaron nuestras visitas al bosque los domingos. Pero ya éramos adictos. Por eso, Enrique de Lagardere, el capitán Tormenta y yo comenzamos otra aventura. Muchas tardes al salir de la secundaria nos íbamos hasta el puente Almendares y bajábamos al parque que está junto al río. A mami no le importaba que fuéramos allí, lo que no le gustaba era que nos adentráramos en el vecino bosque. Decía que podía ser peligroso, una cosa era con papi, pero solos estaba prohibido. Fue por eso que nunca se lo dije. No le dije que en el parque casi todos los aparatos estaban rotos y el túnel apestaba a mierda que los borrachos hacían en la noche, y en la cafetería después del pan con queso crema y el yogur no quedaba más por hacer y en los bancos alrededor del río había parejitas apretujándose; y el río también olía a mierda, a residuos de las fábricas, y en el abandonado anfiteatro, luego de cantar y aplaudirnos por turnos, se nos acababa el espectáculo, porque ya éramos grandes. No le dije que un día nos adentramos en el bosque y, caminando despacio por el trillo que bordea la calle, llegamos al lugar mágico donde estaba el puentecito y así empezó la siguiente aventura. Ya no hubo más parque. Llegar al Almendares era sólo el preámbulo para bajar las escaleras de piedra y continuar hasta nuestra selva verde. Una vez creo que mami sospechó, porque llegué a casa con las piernas arañadas y quiso saber el motivo, pero dije cualquier cosa y ella hizo como que me creía. No preguntó nada más. Y yo seguí.
Seguí yendo con mis amigos. Por eso aquella tarde, cuando aún ni sospechaba lo que había pasado del otro lado del mundo, yo corría como un caballo desbocado tratando de alcanzar a Lagardere y Tormenta que iban delante. Tan agitado andaba que me enredé con unas matas y fui a dar con la cara al piso y, en la caída, una rama me arañó el brazo tan violentamente que hasta me sacó sangre. Tremendo dolor, pero no me importó demasiado. Había perdido de vista a los otros, lo importante era incorporarme y seguir corriendo. Eso hice. Seguí corriendo. Corrí, corrí, perdido en la maleza. Corrí. Y cuando ya no pude más empecé a llamarlos. Empecé a gritar. De repente me di cuenta de que estaba solo, pero yo era Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, no podía perderme. Así que seguí, ya caminando. Hasta que me detuve, alcé la vista, mi brazo sangraba y a unos metros de mí, Enrique de Lagardere acariciaba el rostro del capitán Tormenta.
Ese día terminó mi infancia. Por varias razones. La primera, sin dudas se debe a aquella especie de rabia interior que me sobrevino al ver a mi mejor amigo tocando la piel de la heroína de mis sueños. Me dieron ganas de tirármele encima para aplastarlo y aunque sabía de sobra que él era más fuerte que yo, no importaba. La rabia a veces ciega, pero también paraliza. Yo me quedé paralizado. Apenas el capitán Tormenta me vio se apartó del otro y en cuanto descubrió la sangre se acercó corriendo, me tomó el brazo, quiso saber qué había sucedido. Lagardere, que en aquel instante acababa de convertirse en el odioso y mierdero Lagardere, también se acercó preguntando por qué no lo había llamado. Dije que no era nada, una simple caída, nada que pudiera quebrar el espíritu del conde de Montecristo. Mi amigo hizo una mueca y se quitó la camisa para limpiar mi sangre diciendo que teníamos que irnos, quizá era un simple rasponazo, pero quizá no. Acepté su gentileza, porque fue el capitán Tormenta quien se ocupó de limpiar mi herida con una de las mangas de la camisa. Cuando terminó, pasó su brazo por encima de mi hombro y besó mi mejilla diciendo que al conde había que cuidarlo, un conde era un conde y su sangre azul no podía desperdiciarse. Lagardere se puso la camisa y echamos a andar, él al frente y ella a mi lado. Ésa es la segunda razón por la cual mi infancia terminó aquel día. De repente sentí que las aventuras saltaban de la televisión y podía ser posible que el bosque de La Habana estuviese encantado, porque mi mejilla estaba ardiendo después del beso del capitán Tormenta y sabía, perfectamente sabía, que detrás de su nombre había una mujer. Y eso me gustaba. Muchísimo.
El camino de regreso para mí fue confuso. Lagardere siempre al frente. Detrás el capitán Tormenta y yo, que me debatía entre la rabia y el deseo y trataba de apretarme lo más posible al cuerpo vecino usando como justificación ante mí mismo que íbamos por el trillo, podían pasar carros y yo debía protegerla. Llegados al parque, subimos las escaleras de piedra y ya estábamos en la acera de la avenida. Lagardere se puso junto a mí y yo, usando esta vez como justificación ante mí mismo que tres cuerpos ocupan mucho espacio, seguí apretándome lo más posible a mi vecina, que continuaba con su brazo encima de mis hombros. A esta altura del tiempo esa escena me produce una extraña ternura. Estaba feliz y rabioso. Ignoro en cuál de los dos sentimientos ponía más intensidad, sólo sé que estaba rabioso y feliz. Feliz y rabioso. Pero yo tenía doce años y aún quedaba una razón para que mi infancia terminara definitivamente.
Mi casa tenía un portal. Yo vivía con mis padres, mi hermana menor y nuestra abuela materna a quien llamábamos abuemama. En mi cuadra había muchos árboles y el mayor de todos estaba en la esquina, siempre lleno de gorriones que despertaban al vecindario con sus ruidos matutinos.
Aquel día, apenas pasamos el árbol de los gorriones, divisé a abuemama parada en el portal y un segundo después sentí que el brazo del capitán Tormenta se apartaba de mi hombro. Lagardere me dio un suave codazo susurrando que me esperaban, pero que no me preocupara, ninguno diría dónde habíamos estado. El rostro de mi abuela me pareció extraño y, a medida que nos acercábamos, me fue pareciendo todavía más extraño. Estaba como agitada, nerviosa, a tal punto que alzó su mano para saludarme y empezó a moverla como si yo estuviera lejísimo y no fuera evidente que ya la había visto. Tormenta me susurró que diríamos que me había caído en el parque, porque ella me había empujado. OK, le respondí.
Creo que no hice más que poner un pie en el portal y ya abuemama se estaba abalanzando sobre mí para abrazarme fuerte, muy fuerte y apenas descubrió la herida y los restos de sangre en mi brazo, preguntó qué había sucedido, le gritó a mi madre que yo estaba de regreso y, sin dejar de abrazarme, me condujo al interior de la casa. Mis amigos se quedaron en el portal. Yo traté de zafarme, me daba vergüenza que me trataran como a un niño delante de Tormenta, pero era imposible liberarme de los brazos de mi abuela. La voz de mi madre entró en la sala con un grito seco: ¿dónde tú estabas metido, chico?, y al ver el brazo, siguió con un: ¿pero qué te pasó? Me caí en el parque, estábamos jugando y el capitán Tormenta me empujó sin querer, fue lo que dije, mientras mi abuela se alejaba en busca de alcohol y algodones para limpiar la herida y mami se agachaba junto a mí para inspeccionarme el brazo diciendo, con un tono bastante molesto, que me tenía dicho que no le gustaba que anduviera con esa chiquilla, que era una mataperros, siempre andaba con varones. Por supuesto que ella no sabía que los otros aún estaban en el portal, pero yo sí, por eso cuando se incorporó para agarrar los algodones que le tendía abuemama, ya de regreso, miré hacia atrás y vi que Enrique de Lagardere tenía tomada la mano del capitán Tormenta, que estaban pegados uno al otro, muy pegados, y que ella me miraba seria, demasiado seria. Aparté la vista y tuve ganas de llorar, de tirar al piso el alcohol y los algodones, pero me quedé paralizado. Mami acercó una silla y se sentó frente a mí para limpiarme. Respiré hondo, me llené de valor y aparté el brazo. Es mentira que estaba en el parque, afirmé enérgico. Mi madre también respiró hondo y, apoyando sus manos sobre las rodillas, se echó hacia atrás para mirarme. Sé que es mentira, dijo con un tono como de resignación, porque fui a buscarte y allí no había nadie. Volví a mirar afuera, pero allí tampoco había nadie, ni el capitán Tormenta ni Enrique de Lagardere. Nadie había presenciado el acto de valor del conde de Montecristo. Estaban en el bosque, ¿no es cierto? La pregunta de mami me obligó a volver a mirarla y asentí con la cabeza. No importa, dijo, ya tú eres grande, déjame limpiar esa herida, anda.
Mientras me aguantaba con una mueca el ardor que provocaba en mi piel el roce de los algodones bañados en alcohol caí en la cuenta de que el rostro de mi madre también estaba extraño, como el de mi abuela, muy extraño. Tenía los ojos un poco hinchados y un gesto que no podía ser provocado simplemente por mi amistad con Tormenta o mis visitas al bosque. También me pareció raro que hubiera ido al parque Almendares. Cierto que era una madre preocupada, pero no era de las que andaban siempre detrás de uno. A mami le pasaba algo. ¿Y por qué fuiste a buscarme?, pregunté. Ella terminó su tarea, dijo que se trataba de un simple rasguño, no era grave. Me dio un beso en el brazo y otro en la mejilla. Agregó, muy bajito, que necesitaba hablar conmigo, por eso había ido a buscarme, porque necesitaba hablar con el hombre de la casa, porque yo ya era un hombre. Entonces le pidió de favor a abuemama que cerrara la puerta de casa, ella y yo teníamos que conversar de cosas muy importantes. Mi abuela fue corriendo a cerrar la puerta y dijo que prepararía un tilo. Cuando pasó junto a mí tuve la impresión de que sus ojos brillaban.
Yo me acomodé en el sofá, como pidió mami, y ella se sentó conmigo. Lo que tenía que decirme era muy serio y también muy triste, pero yo era grande, dijo, y ella confiaba en mí. Agregó algunas frases sobre la vida y cosas que no recuerdo, palabras de ésas que se pronuncian y uno escucha en las películas y piensa que son frases muy profundas porque dicen muchas cosas, aunque al final no dicen nada. Simplemente tratan de engordar un prólogo, a veces necesario, seguramente muchas veces. Mami habló durante un rato y cuando el prólogo ya no daba más, entonces me tomó de las manos: tu padre… es el hombre más maravilloso del mundo… dijo y se le rajó la voz, pero continuó… tu padre ha luchado por una causa justa… tuvo que interrumpirse porque se le volvió a rajar la voz, pero a tal punto que se quedó mirándome sin palabras y yo no entendía qué estaba diciendo, de repente su rostro se transformó y se mantuvo como una estatua de cera, sin gestos, con la expresión congelada hasta que concluyó: tu padre ha muerto en la guerra.
Sentí sus brazos en mi espalda y empezamos a balancearnos. No sé por cuánto tiempo. Pero ahí estuvimos. Yo estaba como en shock, con un susto enorme, perdido en alguna parte del universo que nunca logré definir y ella, no sé, también por ahí, viajando. Cuando logró regresar se apartó de mi cuerpo y me tomó por los hombros. Sus ojos estaban rojos, pero era como si ya hubieran agotado las lágrimas. Se pasó una mano por la nariz soplándose los mocos y pidió que no le dijera nada a mi hermanita cuando regresara del colegio, ella se encargaría. ¿Y yo qué iba a decirle a mi hermana? ¿Cómo explicarle lo que aún no lograba entender? Abuemama se acercó con dos tazas de tilo y unas pastillas que no sé qué eran, pero que engullí, junto con la infusión, como si yo fuera parte de un espectáculo en el que nadie me había explicado mi papel. Estaba paralizado. Mami bebió y echó un suspiro. Entonces reiteró algo que yo no debía olvidar nunca y que nunca he podido olvidar: mi padre era un héroe de la patria, yo era el hijo de un héroe.
Cuando mi madre fue a darse una ducha y arreglarse un poco porque se acercaba la hora de ir a buscar a mi hermana al colegio, abuemama se sentó conmigo en el sofá. Mami había dicho que podíamos ir juntos, que teníamos que estar siempre juntos, los tres, pero mi abuela susurró algo a su oído y entonces ella concluyó que mejor la esperaba en casa. Abuemama me abrazó contra su pecho. Yo seguía confundido, paralizado, sin saber qué decir. Sin saber ni siquiera si había que decir algo y así estuvimos largo rato. Sólo el ruido de la ducha rompía el silencio que se instaló en la casa.
Mi madre reapareció en la sala, un poco más compuesta, y vino a darme un beso. Dijo que mejor me acostaba un rato, que ella regresaba enseguida. Besó también a abuemama y se dirigió a la puerta. Yo la seguí con la vista. La vi salir y entonces algo dentro de mí se rompió. Sentí miedo. Un miedo extraño y grande. Un miedo desconocido por mí. Creo que fue en aquel momento cuando comprendí de veras lo que había sucedido. Un día mi padre había salido por aquella misma puerta y nunca más volvería. Porque estaba muerto. Mientras continuaba con la mirada fija en la puerta por donde mis padres se había marchado, me entraron unas ganas enormes de llorar y sé que, por fin, mis ojos se aguaron y mi respiración comenzó a agitarse, porque mi abuela puso su mano dulcemente sobre mi mejilla y giró mi rostro hacia ella.
—Ahora eres el hombre de la casa —dijo—, ya no eres un niño. Y los hombres no lloran, acuérdate.
Fue quizá por eso que nunca lloré. Aquella noche mi hermana y yo dormimos abrazados a mami, ellas lloraban, pero yo no. Y en los días sucesivos, cuando sentía los sollozos de mi hermanita y los pasos de mi madre acercándose a su cuarto, me apretaba a la almohada repitiéndome que los hombres no lloran, los hombres no lloran. No lloré cuando Lagardere me abrazó diciendo que seríamos hermanos toda la vida. Ni cuando me contó lo mal que se habían sentido Tormenta escuchando a mi madre. Ni al saber que eran novios. Tampoco lloré cuando en la escuela me dedicaron el matutino a mí, al hijo del héroe, y la directora soltó aquel emotivo discurso. Ni el día que Tormenta se acercó para decirme que le tenía mucho cariño a mi padre y quería que volviéramos a ser amigos como antes y vernos, aunque quizá no en mi casa.
No lloré por mi decisión de no regresar más al bosque. Ni cuando mami recibió las primeras flores que le mandó el gobierno, ni cuando dejó de recibirlas. Ni la noche que mi hermanita preguntó por qué nuestro padre se había ido a la guerra. Ni años después, cuando el país retiró sus tropas de todos los conflictos africanos y por fin los muertos regresaron a casa. Y hubo aquella ceremonia, el entierro colectivo, la cajita sellada con su foto y la bandera. Ni cada vez que me cruzaba en el barrio con el capitán Tormenta convertida en una madre, ama de casa, gordita y no teníamos nada qué decirnos.
Tampoco lloré cuando la guerra dejó de mencionarse y sobre ella se echó el sutil velo del olvido. Ni cuando conocí a Renata y dijo que, aunque no quisiera hablarle de mi padre, ella estaba conmigo. Ni cuando dejamos La Habana por Berlín y luego Berlín por Lisboa. Ni la noche que anunció que quería el divorcio. Ni cuando nos separamos. No lloré hasta hace muy poco, porque los hombres sí lloran, coño, a veces. Cuando les hace falta.
Han pasado más de treinta años del día en que murió mi padre. Ahora acabo de llegar al aeropuerto. Pago al taxista y me bajo. En Lisboa es de noche y hay un poco de frío aunque, sobre todo, es este viento tan fuerte que a veces parece que va arrancarnos del piso para llevarnos lejos. Cuando Renata y yo llegamos era primavera y quedamos impresionados con la luz y el cielo, porque suele ser tan azul como en La Habana, distinto del que nos había cobijado en nuestros años berlineses. Ciertas noches yo me ponía a enseñarle las estrellas, una vieja costumbre que me enseñó mi padre y que a ella le encantaba. Renata decía que esperaba que Lisboa me devolviera la calma que el invierno de Berlín había sepultado. Pero no fue el invierno y ella lo sabía. Fue un viejo amigo que encontré, las discusiones con mi clan de Berlín y aquella noticia en el periódico. Todo eso activó el detonante.
Ninguno podía sospechar que justo en Lisboa yo conocería a Berto, el extraño hombrecito como ella lo tiene bautizado, y entonces la bomba acabaría por estallar definitivamente, porque Berto ha sido la única persona capaz de arrancarme esa rabia que yo tenía dentro. Ahora no sé si lo odio o lo aprecio. Tampoco sé qué hubiera sucedido de no calmarme aquel día. Sé que fue un poco irracional, que cuando lo vi aparecer caminando junto al río, más que levantarme, salté de mi asiento, me dirigí hacia él andando rápido y de repente: pum. Lo empujé con tan violencia que por poco lo tumbo, fue casi como si una piedra ardiente se estuviera desprendiendo de mi interior y, a punto estuve de caerle encima para partirle la cara, pero ahí me paré. Así, de improviso, aparté mis brazos y metí las manos en mis bolsillos. Mi padre siempre decía que los hombres tenían que saber usar el músculo del cerebro. Eso era pensar y eso hice yo aquel día frente a un Berto desconcertado: aparté mis manos para usar el músculo de mi cerebro. Entonces vino lo peor.
Aunque han pasado unos meses y a estas alturas casi preferiría no estar tan molesto con él, no puedo evitar estarlo, porque creí que se había convertido en una de mis mejores amistades, sin embargo me equivocaba. Berto no es amigo mío. Es el extraño hombrecito que se mueve despacio sobre el tablero de ajedrez. Pero yo soy el peón que por una vez se escapó de su juego y tomó una decisión. Tengo que dejar de ser aquel niño asustado que corre por el bosque. Estoy harto. A mi padre lo mataron en un sitio que nunca pude tocar ni ver ni oler. Que era como un fantasma. Como el eco en una gruta: la guerra, la guerraaa, la guerraaaaa. Sólo podré salir de la selva oscura volviendo a ella y por eso estoy aquí. Me voy a Angola.
Primera memoria
¿Cómo llegamos hasta aquí? Coloco el sombrero en mi cabeza, me pongo los audífonos y Paulo Flores empieza a cantar. Nada mejor que un angolano como compañía en este viaje. Tengo mucho tiempo para pensar.
Mis padres se conocieron en los sesenta cortando caña en uno de esos masivos trabajos voluntarios que comenzaron a organizarse en los primeros tiempos de la Revolución y que acabaron por convertirse en rutina. Mami contaba que papi solía presumir de la tremenda suerte que había tenido de que esa criollita se fijara en él, porque ella era eso: una perfecta criollita. De las que paraban el tráfico. Blanca de piel tostadita, de pelo negro y largo, cejas espesas, caderas anchas y curvas bien formadas. Mientras que él era un tipo flaco, blanco de mucho pelo en el pecho, nariz larga y huesos pronunciados. Dicen que yo me le parezco, sobre todo en la cara y en la nariz, aunque ya no soy tan flaco a pesar de que corro y me castigo haciendo abdominales. Según mi madre aquel muchacho tenía una extraña ternura en la mirada que le resultó atractiva. Por eso, en lugar de hacerle caso a los otros que levantaban enérgicos el machete y se apuraban en alcanzarle un poco de agua cuando ella se pasaba la mano por la frente para limpiarse el sudor, se fijó en él, que no tendría muchos músculos, pero sí tremendo entusiasmo y, sobre todo, recalcaba, una sonrisa linda, una mirada tierna y unos comentarios sutiles. El músculo no hace al hombre, decía él, o al menos, no el músculo del brazo. Una breve pausa antes de concluir: es el músculo del cerebro, no sean mal pensados.
El corte de caña duró varios días. Tiempo suficiente para que la muchacha, que luego sería mi madre, pudiera reír a gusto con los chistes del que luego sería mi padre. Ya de regreso, sin embargo, cuando él la invitó al cine, ella lo rechazó. Dice que fue como si en algún sitio de su cabeza estuviera escrito que una mujer no acepta a la primera. Pero eran los sesenta y mami pertenecía a una nueva generación que no quería repetir viejos comportamientos. Así pues, antes de que él acabara de digerir el no, ella se había inventado que en realidad pensaba ir con una amiga a la cinemateca y que, bueno, si él estaba por ahí, quizá podían caminar los tres un rato.
Ella llegó tempranísimo al cine y se quedó afuera, como quien no quiere la cosa, esperando que él llegara para comunicarle que, al final, su amiga no había podido ir. A la hora del inicio de la sesión, tuvo que entrar. En la película actuaba Marcello Mastroianni, pero a pesar de que a mami le encantaba, no pudo concentrarse en la historia porque estaba furiosa, no le cabía en la cabeza que el otro no hubiera llegado a tiempo. Lo peor fue que a la salida tampoco lo vio. Había decidido apartarse en una esquina para esperar, pero cuando ya no quedaba nadie, no le quedó más remedio que irse, echando chispas, claro. ¡Cómo se le ocurría dejarla plantada!
Días después él fue a visitarla a su trabajo. Quería saber si había ido al cine y, en caso afirmativo, disculparse, porque lo habían “movilizado”. Ésa es una palabra que también se puso de moda en aquellos tiempos. Mi padre, como tantos, pertenecía a la Reserva Militar y después de la invasión de Bahía de Cochinos y de la crisis de los misiles y después y después y después, las personas eran llamadas a hacer ejercicios militares que las preparaban para la defensa de la isla. A eso se llamaba “movilizar”.
Aunque mi padre siempre mantuvo como real su versión de los hechos e, incluso, le gustaba adornarlos con anécdotas donde a él se le veía arrastrándose por el fango con un fusil a cuestas, mientras pensaba en ella; mami sospechaba que aquello no había sido más que una treta del flaco para conquistar a la criollita que, efectivamente, no pudo resistir mucho. Unos días más tarde fueron juntos a la cinemateca, aunque tampoco esa vez la que sería mi madre pudo concentrarse en la película, porque a poco de comenzada ya se estaban besando por primera vez. Era eso, justamente, lo que mi padre llamaba “tener un buen músculo en el cerebro”. Sí señor.
Después de comenzada su historia, mis padres fueron descubriendo que tenían muchas cosas en común. Demasiadas, solía decir mami con una sonrisa triste. Ambos disfrutaban yendo al cine y reuniéndose con amigos. A él le gustaba hacer chistes y a ella reírse. Compartían ideales políticos y estaban convencidos de ser parte del proceso de construcción de una nueva sociedad, incluso de un nuevo mundo, y de lo importante que era participar en lo que fuera necesario: un corte de caña, un entrenamiento militar, una guardia nocturna o una caminata en saludo a cualquier fecha histórica, daba igual, lo importante era construir el futuro país donde crecerían sus hijos.
Una noche, cuando Renata y yo aún vivíamos en Berlín, me puse a buscar en Internet información sobre los años sesenta y las independencias africanas. A ella le resultó tan interesante que se sentó conmigo y estuvimos un buen rato leyendo. El día que me aparecí en casa con los primeros libros de historia me miró con cierto recelo preguntando si pensaba volverme un especialista, luego me regalaron aquellos viejos recortes de periódico y afirmó que empezaban a no gustarle tanto mis nuevas amistades, aunque no todas eran nuevas. Cuando creé mi blog sobre la presencia de los cubanos en África ya le pareció excesivo. Yo quería hacerme daño, dijo, me iba a enfermar de “obsesión con el pasado” como lo llamaba. Renata no quería entender. No sé si será porque es peruana, pero siempre le ha costado entender que en mi país comimos, almorzamos y desayunamos con la Historia, que la Historia se metió en nuestras camas, en las familias, en nuestros juegos infantiles, que se nos pegó a la piel. Y que me hizo crecer huérfano. Por eso yo necesitaba entender. Al menos algo.
Cuando mis padres se besaron por primera vez, ya Cuba había sido expulsada de la OEA, tenía el embargo de Estados Unidos y comenzaba a destacarse como líder dentro del entonces llamado tercer mundo. Era la guerra fría. Unos meses antes de aquel beso en la cinemateca, Ernesto Che Guevara había pronunciado en Naciones Unidas un discurso que se hizo muy famoso, ése donde la humanidad decía basta y echaba a andar. De ahí él echó a andar en un largo viaje que incluyó ciudades africanas donde tuvo encuentros con dirigentes de los movimientos de liberación de los países aún colonizados. Por supuesto que mis padres no conocían personalmente al Che Guevara, pero ya eran novios cuando, a su regreso del viaje, declaró que dejaba la vida política cubana para dedicarse a cortar caña. Era 1965. A partir de ese momento parecía que al Che se lo había tragado la tierra.
Un día de ese mismo año anunciaron que un golpe de estado había derrocado a Ben Bella, el primer presidente que tuvo Argelia después de su independencia. Pocos años antes de que mis padres se conocieran, él había visitado Cuba y mami contaba que ella y sus amigas se habían quedado encantadas al ver por televisión a los guardaespaldas que traía, unos jóvenes altísimos y preciosos que parecían artistas de cine. Cuál no fue su sorpresa, tiempo después, cuando mi padre le había contado que un día, estando él con un amigo en el comedor de la universidad, vio aparecer a Fidel Castro, Ben Bella y toda una comitiva y se acercó con otros jóvenes para saludarlos.
—Tu padre le dio la mano a un presidente —decía mami orgullosa.
Después del golpe de estado, Castro recordó en un discurso aquella visita de Ben Bella y la amistad que unía a los dos países. Fue así como mis padres y todos los demás se enteraron de que Cuba había ayudado a la Argelia independiente enviándole equipamiento y personal médico pero, además, armas e instructores militares. Aún ninguno podía imaginar que un día también mi padre llegaría a África, porque Argelia fue la puerta al llamado “internacionalismo proletario” que en los años sucesivos iría tomando fuerza hasta convertirse en otra práctica rutinaria.
En sus primeros tiempos de noviazgo, la que sería mi madre estaba terminando arquitectura. El que sería mi padre trabajaba de dibujante, y en las noches seguía estudios de ingeniería civil de la que, años más tarde, se graduó. Mi padre siempre estaba construyendo cosas. Los papalotes que me hacía cuando yo era niño eran los más lindos del barrio. Y mami aún conserva alguno de sus mensajes de amor. Contaba que a veces sonaba el timbre de la puerta y al abrir veía en el piso una casita o un puente hechos de cartón con pequeñas lengüetas que podían moverse para, por ejemplo, abrir una ventana y dejar visibles frases del tipo: “dicen que los caballeros las prefieren rubias y es porque no te han visto a ti, my fair lady”, “llévame al este del edén a vivir la dolce vita, eres mi vértigo, mi ángel exterminador”. Mi padre no era un poeta, pero le encantaban las películas.
También yo me gradué de ingeniería civil. La única diferencia es que a mí no me gustaba. Hubiera preferido estudiar otra cosa. Letras o historia del arte, por ejemplo. Incluso, alguna vez, hasta soñé con ser escritor. Y escribí poemas, garabateé cuartillas, soñé y soñé. Puros sueños vanos. A mí me tocó ser ingeniero civil como el héroe de la casa. Y eso fue lo que hice.
Una vez Renata me dijo que, cuando nos conocimos, enseguida yo quise ver a mis padres en nosotros y eso me dio gracia porque algo de razón tenía. A Renata la conocí en La Habana de mediados de los noventa. Yo andaba en una especie de delirio. Cansado de que mis novias terminaran dejándome, había optado por el sexo sin compromiso, hasta que una noche fui a un concierto en la Casa de las Américas y de ahí a la fiesta donde conocí a Renata. Y algo ocurrió. De aquella mujer me gustó todo: su cara y su pelo negro, su cuerpo y la manera en que sus ojos brillaban. Sus labios. Su manera de hablar, Renata llevaba tiempo viviendo en Cuba y su acento era ya una mezcla cubano-peruana. Le gustaban los libros, el cine y la música de U2. Para terminar: era dos años menor que yo y estudiaba arquitectura. Ingeniero civil y arquitecta, dos años de diferencia, justo como mis padres. Me pareció tan perfecta que en lugar de lanzarme a la conquista, no pude hacer más que mirarla mientras hablaba. Luego la acompañé a su casa como buen caballero, nos dimos los teléfonos. Y nada más.
Mucho tiempo después, cuando ya éramos novios, estábamos una tarde sentados en la Plaza de la Catedral y, en un ataque de alarde, le dije haber leído tanto que para mantener una conversación interesante me bastaba con tomar apenas los títulos de los libros y enlazarlos con pocas palabras. Ella me miró alzando las cejas y yo sonreí.
—Esta es una importante conversación en la catedral —comencé diciendo—. Cuando perdí la edad de la inocencia me convertí en un Don Juan Tenorio. No sabes la vorágine que viví, sexus, plexus, nexus, ya ni me sentía en el reino de este mundo, hasta que te conocí. Ahora ando en busca del tiempo perdido, quiero vivir contigo las mil y una noches.
Cuando terminé, ella me miró con una expresión cómica. Y así habló Zaratustra, concluyó sonriendo. Esa tarde yo inventé el juego de los títulos que luego nos acompañó durante años. O pretendí inventarlo. A mi padre le gustaban las películas. A mí los libros. Uno suele repetir ciertos modelos, aunque prefiero pensar que es una simple coincidencia. Que tanto él como yo nos inventamos un juego para enamorar a nuestras muchachas.
Cuando mis padres empezaron su noviazgo, mami vivía con mis abuelos en la casa donde yo crecí. Y sé que, desde el principio, el viejo se llevó bien con el que iba a ser mi padre, sobre todo porque a ambos les gustaba el ajedrez. Una noche, mi futuro padre se quedó para echar una partida con su suegro y por eso estaban todos juntos escuchando la radio, cuando Fidel Castro leyó en público la carta de despedida escrita por el Che Guevara. Aquélla que empezaba diciendo que se habían conocido en casa de María Antonia y terminaba con que otras tierras del mundo reclamaban el concurso de sus modestos esfuerzos. Yo la carta me la sé casi de memoria, porque en la escuela teníamos que leerla todos los años. Ésa y otras tantas y algún que otro poema y fragmentos de discursos políticos. En la memoria de mi generación está grabada buena parte de la bibliografía revolucionaria.
En la memoria de mis padres, sin embargo, quedó grabado aquel día, porque fue un momento de extrañas emociones. Después de escuchar la lectura, todos en casa se quedaron sin palabras. Hacía meses que no se sabía dónde estaba metido el Che y de repente aparecía una carta con la que renunciaba a sus cargos de dirigente político en Cuba, porque quería seguir luchando en otros sitios. El Che no andaba cortando ninguna caña como anunció antes de irse, estaba intentando organizar una guerrilla en el Congo, aunque nadie podía imaginarlo, porque todo era secreto, ssshhh.
Mis padres fueron novios alrededor de dos años en un tiempo en que el mundo estaba cambiando. Ella se maquilló los ojos y recortó sus vestidos. Él se cortó el pelo bajito y dejó que creciera su bigote. Por las afinidades que existían entre ambos, en 1967 decidieron casarse y como luna de miel les bastó un fin de semana en la playa y los conciertos del encuentro de la Canción Protesta que se hizo en la Casa de las Américas.
Años más tarde, luego de un concierto en ese mismo sitio yo había conocido a Renata y habíamos empezado a salir. Vivía alquilada en un cuarto de un apartamento del Vedado y lo mejor, según dijo, era que tenía salida independiente, así que los propietarios no se enteraban de quién iba a visitarla. Yo demoré un poco en conocer su cuarto. En las primeras salidas sólo hablamos, luego la acompañaba a su edificio y me iba. A mí cuando una mujer de veras me gusta no sé qué decirle ni cómo hacerlo. A ella, aunque lo supe luego, cuando le gusta un hombre le da por hablar.
Renata es hija de peruana y alemán y si quiso estudiar en La Habana fue porque allí sus padres se habían conocido de casualidad y de ahí había partido juntos a Lima donde ella nació y donde, poco después, terminó el idilio. El padre regresó a Berlín y la niña lo visitaba en las vacaciones. Una noche me contó que, antes de su partida a Cuba, su madre le había dicho que no hiciera como ella, nada de irse al Caribe para terminar con un alemán, porque los cubanos debían ser mejores. Ahí llegamos a la entrada de su edificio. Me detuve frente a ella con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y, sonriendo como un idiota, le pregunté si había encontrado a algún alemán. Ella también sonrió. No, dijo, es que busco a un cubano, pero de los buenos, no de los que te quieren caer encima en la primera salida, a ésos ya los conozco. Quise saber entonces cuántas veces habíamos salido nosotros. Renata cruzó los brazos: seis veces, dijo como si hablara con mayúsculas. Y como no se me ocurría qué responder, saqué mis manos de los bolsillos, las puse sobre sus hombros y la miré: tú me gustas mucho, ¿sabes? Ella suspiró. Coño, dijo con un acento perfectamente cubano, pensé que iba a tener que decírtelo yo, sube, anda. Así empezó nuestra historia.
Un día se le ocurrió llamarme “el hombre detenido”. Dijo que mis movimientos y reacciones eran tan lentos que, de no ser por ella, no estaríamos juntos. Aquello nos dio risa. Yo traté de defenderme: no era detenido sino demorado, porque nací el último día de una década. Y eso nos dio más risa todavía. Luego, después, el “hombre detenido” pasó de ser una broma a un reproche y ya lo del cierre de la década no le hacía tanta gracia, pero es cierto, yo nací el 31 de diciembre de 1969.
Mis padres se habían quedado a vivir en casa de mami después del matrimonio. Poco después murió mi abuelo. Dicen que el viejo tocaba bien la guitarra y abuemama decidió regalársela a papi, que estaba interesado en aprender, pero por más intentos que hizo este, acabó desistiendo. Entonces la guitarra fue guardada encima del armario del cuarto de mis padres donde permanecía esperando las fiestas porque aquella casa se había convertido en el punto de reuniones familiares. Mami es hija única, pero por el lado paterno eran siete varones, “la banda de la M” les decían: Melquiades, Mayito, Martín, mi padre Miguel Ángel, Marino, Manolito y Miguelito. Aunque a todos les gustaba la cantadera, los músicos oficiales eran dos. Manolito, el afinado, cuyo repertorio no pasaba de temas románticos de los Formula V o de Juan y Junior, que en los sesenta se hicieron famosos en la radio nacional porque estaba prohibido poner música en inglés. Y Miguelito que, también por eso, había empezado a escuchar a escondidas a los Beatles y, mientras destrozaba sus canciones, ya que siempre ha cantado mal, soñaba con poder verlos algún día. Una vez me dijo que el año en que nací se habían roto sus sueños: su primera novia lo había dejado y los Beatles tocaron juntos por última vez. También ese año fue el festival de Woodstock, se creó la orquesta cubana Los Van Van y en Europa Serge Gainsbourg y Jane Birkin causaron furor y escándalo con su Je t’aime, moi non plus. No sé si a mis tíos les interesaba esa canción, si sé que a Manolito siempre le gustaron Los Van Van y que Miguelito la hubiera pasado bien en Woodstock.
Era 1969. En Cuba ya era costumbre poner nombre a los años, y aquél fue “el año del esfuerzo decisivo” que nada tenía que ver con el movimiento provocado por el ritmo de Los Van Van y mucho menos con los gemidos de Jane Birkin en la famosa canción francesa, sino con la llamada “zafra de los diez millones”, una nueva etapa de trabajo colectivo que puso a media isla a cortar caña para alcanzar los diez millones de toneladas de azúcar anunciados por el Comandante. En diciembre la zafra estaba en su apogeo y había que concentrarse en el trabajo, así pues, el gobierno aplazó las fiestas al verano. Y aunque, al final, la zafra resultó un fracaso, las Navidades tampoco volvieron. Mi madre no estuvo en la zafra por razones obvias, pero mi padre sí y cortó caña con el entusiasmo de quien está construyendo algo grande y, además, acaba de ser padre, porque su primer hijo, yo, había llegado el último día de ese año y me nombraron Ernesto. Igual que tantos cubanos nacidos a raíz de su muerte, me llamo como el Che Guevara, Ernesto. Como el guerrillero heroico, Ernesto. Como el que fue a hacer revoluciones en las selvas lejanas, Ernesto.
Renata dirá que estoy obsesionado, no entiende que llevo la Historia pegada a la piel, que me toca todo el tiempo. Nací y en casa festejaron durante días. Mis dos abuelas cocinaban, mientras los hombres jugaban dominó. Cuando mi padre llegó junto a mami, conmigo en brazos, todos querían conocerme. Yo era el primer bebé, la felicidad de la familia. Pero estábamos en plena Guerra Fría. Las guerras son un extraño animal que muta y se extiende tanteando nuevos territorios donde encontrar oxígeno para sobrevivir. África tenía oxígeno, por eso allí empezó a instalarse, fríamente y despacito, el monstruo que luego iría a explorar manchándolo todo hasta llegar a nuestras puertas, hasta la mismísima puerta de mi casa.
Otra vuelta de tuerca
—Oigo… sí, ya lo hice… todavía falta cantidad, es que llegué muy temprano… cuando vaya a subir… ya sé, la blanquita, no me confundo, no te preocupes… sí… bueno… Renata… nada que… gracias… sí, chao.
Renata no tenía que haberme dejado nunca. Casi veinte años juntos tirados a la basura y suena a mal chiste, pero últimamente parece que es mi madre. Ahora está llamando, que si hice el check-in, que si estoy bien. Creo que después de haberme visto empujar al extraño hombrecito, me cree capaz de cualquier cosa y hasta me ha dado pastillas para relajarme durante el viaje. Si yo hubiera tenido ese sexto sentido que tuvo ella, quizá todo se hubiera desencadenado más rápido porque a ella Berto le resultó extraño desde la primera vez que lo vimos, aunque nunca ha sabido exactamente por qué. Fue así, un presentimiento, un sexto sentido del que yo carezco.
Cuando llegamos a Lisboa ya Renata tenía trabajo asegurado. A mí me tocó empezar a enviar currículos a todas partes y esperar, esperar. Por eso los primeros tiempos me la pasaba vagando. Subía y bajaba cuestas, corría junto al río y tomaba café en distintos lugares. Había descubierto que en Lisboa lo preparan muy bien, y como es un vicio que tengo desde muy joven, me propuse encontrar el que más me gustara en toda la ciudad.
Fue así como un día entré al azar en un cafecito cerca de Cais do Sodré. El señor que estaba tras la barra me sirvió muy amablemente y luego continuó leyendo su periódico, pero mientras yo bebía, noté que, disimuladamente, él asomaba los ojos tras el periódico para mirarme, hasta que evidentemente no pudo más, se acercó y me hizo una pregunta. Yo no estaba muy seguro de haberlo comprendido, apenas entendía el idioma y eso le dije. Él se echó a reír. ¡Español! Exclamó antes de afirmar que nosotros los españoles nunca sabíamos hablar portugués, pero que para él no era un problema, entonces procedió a hablarme en lo que consideraba que era español, una graciosa mezcla entre los dos idiomas de la que preferí no quejarme porque, al menos, sirvió para comunicarnos.
Cuando me vio entrar, explicó, me había encontrado tal parecido con Jorge Palma, un cantante portugués que yo no conocía en ese momento, que se preguntó si seríamos familia, porque teníamos la nariz igualita. Es la historia de mi vida, cuando la gente ve a un narizón enseguida le encuentra parecido con una nariz famosa. Sonreí diciendo que ni conocía al cantante, ni era de España y apenas dije de dónde era, afirmó que él tenía un amigo cubano, un tipo simpático que vivía en Porto, pero viajaba a Lisboa con frecuencia y siempre pasaba por allí, por tanto, si coincidíamos me lo iba a presentar. Porque a mi café puedes volver siempre, yo soy João, concluyó extendiéndome la mano.
A mí me interesaba más conocer portugueses que connacionales, pero no se lo dije, claro. Agradecí su gesto y al día siguiente volví. Y al otro y al otro y el caso es que ir a aquel lugar se convirtió en una de mis primeras rutinas, no sólo por el cafecito, que era bueno, sino por las conversaciones. João ronda los setenta, tira a lo gordo, tiene una de las sonrisas más familiares que he conocido y con ella abre las puertas para que uno se sienta bien. En su café la gente conversaba sobre fútbol, política, cualquier cosa. Yo estaba interesado en conocer el país y por eso, poco a poco, fui relacionándome con los habituales, escuchaba, hacía preguntas. A veces no lograba entender todo lo que decían, me quedaba con una idea o algún nombre que había logrado hacerme escribir en una servilleta y entonces llegaba a casa lleno de medias historias que tenía que completar buscando en Internet.
Un día João me contó que de joven había hecho el servicio militar en Guinea-Bissau cuando era colonia portuguesa y aquello me interesó muchísimo. Ya de vuelta a mi apartamento, recuerdo que se le comenté a Renata y ella me dedicó una de las miradas de resignación que me regalaba cada vez que yo decía algo relacionado con “mi tema”, como solía llamarlo ella. Luego suspiró.
—Bissau —dijo—, sé que es un país de África.
Para ella era sólo eso. En cuanto a mí, cierto que la historia me interesaba y de hecho luego busqué información para escribir una entrada en el blog. Pero lo mío no se limitaba a eso. El problema es que escuchar el nombre del país ya me trae recuerdos personales.
En enero de 1973, cuando yo tenía tres años, Amílcar Cabral fue asesinado en Guinea. Poco después de escuchada la noticia, una tía mía se puso de parto. Al niño lo llamaron Amílcar y, aunque mucha gente cree que su nombre viene del conocido general cartaginés que luchó contra Roma, en realidad es del joven africano que tan buena impresión les había causado a mis tíos en su viaje a La Habana. Amílcar Cabral era el fundador del partido independentista de Guinea-Bissau y de Cabo Verde, uno de los líderes más lúcidos y carismáticos del momento. Mis tíos no lo conocieron, por supuesto, pero lo habían visto por televisión. Según ella, el hombre tenía una sonrisa limpia y cara de bueno. Según él, era lo que se dice un “pico de oro”. Tanto les gustó el tipo y tanta pena les provocó saber que su asesinato había quedado sin resolverse, que decidieron ponerle su nombre a mi primo. Cuando se lo conté a João esa historia le resultó muy graciosa porque, además, había provocado que mis tíos se interesaran por seguir de cerca la suerte de Guinea-Bissau. Poco después del nacimiento de mi primo y del asesinato de Cabral, su partido autoproclamó la independencia del país y hasta en Naciones Unidas hubo una condena a la ocupación colonialista. Las cosas empezaron a ponerse muy feas para los portugueses.
Claro, cuando aquello, ya hacía rato que João había regresado a Lisboa, su servicio militar fue a inicios de los sesenta. Y ni él ni nadie podían adivinar lo que iba a suceder poco después. El mundo, me dijo un día, es como una ruleta que gira y gira y así, de repente, se detiene en un número y la ruleta empieza a girar de nuevo.
—O da otra vuelta de tuerca —afirmé yo.
