El hombre adecuado - Tina Wainscott - E-Book

El hombre adecuado E-Book

Tina Wainscott

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Beschreibung

Marisa Cerini, la oveja negra del clan Cerini, estaba dispuesta a cualquier cosa para hacer que su familia se sintiera orgullosa... ¡incluso si eso suponía encontrar un marido en la Fiesta del Amore! Pero al único hombre que conoció fue a un guapísimo y torpe escocés que le aceleraba el corazón. Marisa sabía que Barrie McKenzie no era en absoluto el hombre adecuado para llevar a casa de su madre. Pero él estaba seguro de que era el hombre más adecuado para ella...

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Tina Wainscott

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El hombre adecuado, n.º 1024 - junio 2019

Título original: The Wrong Mr. Right

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-863-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

–Ya sabes lo que dicen: a la tercera va la vencida. O puedes destrozarle el corazón a mamá, y convertirte en el fracaso de la familia.

Marisa Cerini puso los ojos en blanco a su hermana Gina, que estaba picando perejil en la mesa de la cocina.

–No necesito tu ayuda.

Gina se encogió de hombros.

–Solo intentaba animarte.

Mama estrujó a Marisa en un abrazo de oso tan fuerte que Marisa apenas tuvo fuerzas para devolvérselo.

–Vas a conocerlo este año, puedo sentirlo.

Pobre mamá, decía eso todos los años. Durante cinco años, Marisa la había decepcionado, igual que al resto de la familia. Desafortunadamente, no había nada nuevo. Ese era el problema de tener una familia tradicional italiana cuando lo que una deseaba era una carrera profesional. Y de vivir en la ciudad más romántica de América, cuando ser romántica no era algo natural en ella.

–Vas a hacer que nos sintamos orgullosos –dijo Mama, partiendo una tableta de chocolate sobre el mostrador–. Y creo que voy a llorar.

Marisa se apoyó contra el mostrador de madera, que tenía las huellas de tres generaciones.

–No llores, mamá. Nos harás berrear a todos.

–¿No puedes culparme por llorar en una ocasión tan memorable –dijo Mama con su habitual entonación dramática, llevándose una mano al pecho.

–Mamá, lloras cuando Nonna saca su lasaña del horno.

–La lasaña de Nonna es algo especial –dijo Gina, jugueteando con un largo mechón de su cabello negro–. ¿Recuerdas esa vez que Nonna se quedó dormida, y la lasaña se convirtió en un ladrillo negro y humeante, y todos lloramos?

–Hasta Pop –convino Marisa.

–Llorar es propio de nuestra familia. No hay que avergonzarse de ello –Mama se retiró su abundante cabello negro salpicado de canas y empezó a toquetear el dobladillo del vestido de Marisa.

Nonna, su queridísima abuela, era una mujer dinámica de cabello gris hasta la cintura, que siempre llevaba recogido en un moño. Su peso la inclinaba como la torre de Pisa.

–Al final ocuparás tu lugar entre las mujeres de la familia, conociendo a tu marido en la plaza durante las fiestas. Vino, luna llena y amore –entrelazó las manos delante de ella–. Qué romántico, qué romántico.

La tradición había comenzado generaciones atrás en Cortina, Italia, cuando una chica de la familia de Mama había conocido a su verdadero amor en la auténtica fiesta de vino y amore. Y así fue como cada mujer de la familia conocía a su verdadero amor en la fiesta a los veinte años. Y continuó cuando la familia se trasladó a la pequeña ciudad del sur de California, Cortina, fundada por inmigrantes. La tradición formaba parte de sus vidas, como la Navidad para el resto del mundo. A los veinte años Marisa también había pasado por la ceremonia de ponerse el vestido y dar ese paso memorable.

Solo que había fracasado. Tal vez no había mirado bien la primera vez. Después de todo, tenía otras cosas en la cabeza. Había estado sacándose a escondidas un título universitario de finanzas. La tercera vez sí lo había buscado, pero obviamente no lo había visto. El cuarto y el quinto año había buscado con más interés, pero no hubo suerte. No había sido de ninguna ayuda que la pequeña señorita perfecta Gina hubiese conocido a su verdadero amor a la primera y ya estuviese embarazada.

Ni tampoco la ayudaba que el nombre de Marisa no hubiese aparecido en la sección de buenas noticias del boletín informativo de los Cerini desde su nacimiento.

Nonna hizo los últimos arreglos al cuello de encaje de Marisa.

–Salvatore y yo siempre decimos que la tradición ha quedado en el pasado. La gente joven ya no va a la iglesia, y mezclan nuestra sangre italiana, casándose fuera de nuestra cultura. Acordaos de la vergüenza de los Pontini cuando su hija se casó con un irlandés.

–Yo lo hice bien, ¿verdad, Nonna? –dijo Gina con expresión santurrona–. Un buen marido italiano, y un bebé de camino.

Nonna se llevó un dedo a la boca y luego al vientre de Gina.

–Estamos muy orgullosos, muy orgullosos.

Marisa apenas pudo tragar del nudo que se le hizo en la garganta. Ya había terminado sus estudios y obtenido el título, y estaba dispuesta a cumplir con la tradición familiar y buscar un marido. No era la mujer más romántica del mundo, pero realmente deseaba intentarlo. También deseaba iniciar una carrera profesional, sin que se enterase su familia.

Cuando su tío anunció que dejaba la dirección del departamento de ventas de la empresa de galletas de la familia, Marisa estaba preparada. Le había pedido a su padre que la tuviese en cuenta para el puesto, fingiendo que no le importaba mucho. Pop le había dado unas palmaditas en la mejilla y le había dicho que lo pensaría.

Seguro.

Nonna besó a Marisa en la nariz.

–Tú también harás que nos sintamos orgullosos. Solo asegúrate de que no sea demasiado grande –agitó su nudoso dedo–. Demasiado grande no es bueno.

Marisa se quedó boquiabierta.

–¿Qué?

Nonna ya se había ido hacia el cesto de la costura, suficientemente grande para albergar a una pequeña familia. Mama dijo:

–No se refería a demasiado grande… en eso.

Eso esperaba Marisa. Discutir la anatomía masculina con su abuela era tan increíble como… bueno, como la forma en que Nonna hablaba con su marido, que hacía cinco años que había muerto.

Marisa se levantó la melena negra que le llegaba por los hombros.

–¿Debería llevar el pelo recogido o suelto?

Las tres mujeres respondieron a la vez.

–Recogido.

–Suelto.

–Recogido.

Marisa se miró en el espejo, frunció los labios, y se soltó el pelo.

–Suelto. Definitivamente –ladeó la cabeza–. Tal vez.

–¿Qué es esto? –dijo Mama, mirándole la cara–. ¿Te has depilado las cejas? Las mujeres Cerini no se depilan.

¡Todo el mundo lo hace!, deseó gritar Marisa, pero solo dijo:

–Solo han sido algunos pelos.

–Tus cejas son bonitas así. Belleza natural, como tu abuela.

Nonna tenía una piel que era la envidia de la mayoría de las mujeres de la ciudad, incluso mucho más jóvenes que ella.

Marisa suspiró y se puso el vestido de encaje. Ojalá pudiera llevar algo menos… recargado. ¿Y por qué tenía que ser blanco? ¿Podían parecer sus caderas más anchas?

–¿Y si tampoco lo conozco este año?

Nonna levantó la mano, juntando las yemas de los dedos.

–¡Es el destino! Mi nieta no defraudará a su familia, lo sé.

–Yo no lo hice –dijo Gina.

–Ya lo sé –murmuró Marisa.

–No fue fácil, con todo el peso de la tradición sobre mis espaldas, ya que tú no lo habías conseguido.

–Ya lo sé.

–Lo harás bien. Solo tiene que ser italiano, soltero y heterosexual –tranquilizó Nonna a Marisa–. Vienen tres mil personas de todo el país a las fiestas. Estará en alguna parte.

Gina dijo:

–Tú solo no hagas eso que haces cuando te pones nerviosa.

–¿El qué?

–Ay, no debería haberlo mencionado.

Marisa levantó las manos.

–Pues ya has empezado, así que ahora no puedes echarte atrás.

Gina se acarició el redondeado vientre.

–De acuerdo, te quedas con la boca abierta y dejas de hablar.

–¡No me quedo con la boca abierta! –todas las mujeres asintieron con la cabeza–. ¿Me quedo con la boca abierta? ¿Por qué no me lo habéis dicho antes?

–Como cuando estuviste hablando con Nino en la tintorería la semana pasada. Dijo que eras mona, pero que parecías un poco zombi –dijo Gina, que naturalmente tuvo que hacer una demostración.

Marisa miró por la ventana. El cielo empezaba a cubrirse de nubes, tan bajas que las montañas del este apenas se veían.

–¿Y si llueve? ¿Y si pierde el equipaje en el aeropuerto o su vuelo se retrasa y no aparece hasta después de la puesta de sol? ¿Y si…?

–¡Deja de preocuparte! –dijo Mama–. ¿Crees que todas las mujeres de nuestra familia se preocupaban por el retraso de los aviones y los equipajes?

–Entonces no había aviones.

–¡Minucias!

Marisa volvió a mirarse en el espejo.

–Tal vez debería llevar el pelo recogido.

–Recogido, suelto, recogido, suelto. Vas a volver loco a tu futuro marido con toda esa indecisión –Mama la roció con agua de rosas–. Ve a encontrar a tu amore, doña Angustias.

Marisa llegó al vestíbulo cuando su padre estaba preparándose para salir. La fiesta lo inspiraba para llevar colores terriblemente chillones que, afortunadamente, no se ponía el resto del año. Llevaba el pelo engominado y peinado hacia atrás.

–Ciao, Pop –dijo ella, entrecerrando los ojos ante su camisa morada y sus pantalones dorados.

– ¡Bella! –dijo él, volviéndose.

–¿Pop, has pensado si me vas a dar el puesto de Giorgo?

–No quieres realmente ese trabajo, ¿verdad? Muchas horas, estrés.

«¡Sí, oh, sí!», gritó la mente de Marisa, pero dijo:

–Podré soportarlo.

–No querrás romperle el corazón a Mama y convertirte en una de esas chicas de carrera como la hija de la señora Perrini, ¿verdad?

–No –dijo ella con cautela–. Solo quiero tener un reto, eso es todo.

Él la estudió un momento.

–Está bien, voy a darte ese trabajo.

–¿Sí? –Marisa esperó la condición.

–Si hoy conoces a tu amore –la besó en cada mejilla.

Cuando Marisa volvía por el pasillo de lavarse los dientes, las palabras de su hermano Carlo la detuvieron.

–La apuesta es diez contra uno a que esta vez tampoco encuentra al tipo. ¿Aceptas?

Con la boca abierta de indignación, Marisa irrumpió en el vestíbulo.

–¿Sabíais que Carlo hace apuestas sobre si encontraré a mi amore?

Gina agitó la mano.

–Lo ha hecho los últimos dos años.

–Tú entra ahí –dijo Mama, haciendo entrar a Gina en el salón cuando Marisa entrecerró los ojos.

Una vez que Marisa aceptó sus besos de buena suerte, su madre y Nonna la hicieron salir rápidamente. Apenas podía mantener el equilibrio sobre los malditos tacones altos que Gina había insistido en que le hacían parecer más esbelta.

–¡Ten cuidado con las baldosas sueltas que hay junto a la fuente! –le gritó Gina.

–¿Pero y si…?

Mama cerró la puerta azul, y Marisa supo cómo se sentían los pajarillos cuando los echaban de su nido… angustiados y abandonados. Pero los pájaros solo tenían que encontrar comida e intentar que no se los comiesen.

Marisa tenía que encontrar a su verdadero amor.

 

 

Barrie Mckenzie estaba en medio de la adornada plaza de Cortina, California, rodeado de cientos de risueñas y afectuosas personas que celebraban la fiesta del amor y el vino.

¿Y no era una suerte?

Primero habían retrasado su vuelo, luego había perdido el equipaje. Había tardado una hora en recuperarlo. Y encima parecía como si fuese a llover en la ciudad considerada la más romántica de América.

La plaza era redonda, y los edificios la rodeaban como piezas de un puzzle. Restaurantes, cafés y apartamentos conservaban el encanto renacentista de la ciudad, y las enormes escaleras del juzgado le recordaban a Roma. Debido a la fiesta del vino y del amor, la plaza estaba repleta de puestos de comida.

Él no tenía que estar allí. Ese maldito Porter. Era el primer reportero que Barrie contrataba para la revista de viajes y gastronomía para la que trabajaba, y el hombre iba y se enamoraba en su último trabajo. ¿No tenía sentido de la responsabilidad? Parecía un colegial locamente enamorado cuando lo había llamado hacía unos días.

–Barrie, necesito que cubras esa fiesta por mí. He conocido a la mujer de mi vida, y no puedo abandonar París hasta que la convenza de que vuelva conmigo. Es increíble, preciosa… –soltó una risita–. Tardaría una hora en describírtela.

–Porter, cuando aceptas un trabajo…

–Por favor, no me eches otra charla sobre la responsabilidad. No conoces a la mujer de tus sueños todos los días. Lo entenderás cuando el amor te derribe.

–Si alguna vez me vuelvo loco por una mujer, mátame.

–¿Significa eso que no estoy despedido?

–No estás despedido. Pero recuerda lo que te he dicho… no te involucres tanto en tu trabajo.

–Gracias, Barrie

–Eh, tiene una hermana…

–Olvídalo. No quiero citas a ciegas, ni hermanas ni primas de fuera de la ciudad. Tráela y ponte a trabajar.

Primero su jefe, Stan, había sido infectado por el virus del amor y ya estaba esperando su primer hijo. Ahora la víctima era Porter.

–¡Salute! –dijo un joven italiano, levantando un vaso de papel.

Barrie no tenía ningún vaso para brindar con él, pero hizo el gesto de todas formas.

–Salud.

El hombre se bebió el contenido de un trago, y Barrie tuvo que agarrarlo del brazo para que no se cayese encima de la banda de música.

–Cuando la luna aparece en el cielo como una enorme pizza, eso es amore.

Se volvió al oír una ovación. Una mujer en uno de los balcones de hierro arrojaba collares de flores a la multitud de la calle.

Barrie levantó la cámara, y sacó algunas fotos.

Entonces vio a una guapa joven intentando recoger uno de los collares. Sintió una tirantez en la cintura. No era su tipo. Las mujeres que le gustaban eran rubias aerodinámicas y modernas, sin sueños de bodas e hijos. ¿Entonces por qué lo aburrían últimamente?

Le hizo una foto a la joven del vestido blanco de encaje, enfocando su sonrisa triunfante cuando consiguió un collar. Se metió las flores blancas por la cabeza, sacando su abundante cabellera negra que se desparramó sobre las flores. Pero su sonrisa se desvaneció una vez que se separó de la gente. Tenía unos asombrosos ojos castaños, profundos y cálidos, un poco rasgados hacia arriba. De esos que a un hombre no le importaría que fuese lo primero que viese por la mañana. Barrie parpadeó. No él, por supuesto.

El borde de su vestido blanco se balanceaba por encima de unos tobillos delicados, aunque parecía insegura sobre los tacones. Se dirigió a la fuente, cuyo centro era una réplica del David de Miguel Ángel, con agua cayendo en cascada desde la plataforma de sus pies.

Sintió que se aligeraba la presión que había estado sintiendo en el pecho desde que su jefe había hablado con él la semana anterior. Barrie aceptaba las críticas, como una mala composición, escasez de luz, pero que sus fotografías no tuviesen alma…

Volvió a mirar a la chica otra vez. Se retorcía los dedos y recorría la plaza con la mirada.

Barrie se encontró sonriendo por si sus miradas se encontraban, pero ella lo pasó de largo, dejándolo allí plantado, sonriendo solo.

–¿Te has vuelto loco tú también, Mckenzie? –murmuró él, pensando en sus dos amigos.

Fijó la atención en la plaza donde la gente pedía a voces pequeños vasos de vino en uno de los puestos. En una esquina había una demostración de cómo se hacía el vino, y el olor a uvas aplastadas competía con todos los demás olores. Esa gente se tomaba su vino muy en serio, así como sus celebraciones y tradiciones.

Él no tenía tradiciones. Había escapado de la tradición familiar de ser amarrado a una destilería de whisky en un remoto pueblo de Escocia. Generación tras generación habían vivido y muerto en la misma tierra, sin haber visto nunca el mundo.

Mientras hacía una fotografía a un padre que trataba de convencer a su hija adolescente de unirse a un baile espontáneo, pensó en cómo sus padres habían utilizado la culpabilidad y la manipulación para intentar que se quedase. Pero hacerlo significaba renunciar a la libertad y él no iba a tolerarlo. La libertad equivalía a la felicidad.

Ese pensamiento hizo que estar allí en medio de esa estúpida fiesta no fuese una carga. Además, la semana siguiente estaría camino de Barcelona.

El grupo de baile había aumentado de tamaño y se movía por la plaza. El estilo de Barrie era observar discretamente, mezclarse con la multitud… bueno, lo más posible teniendo en cuenta su estatura de uno noventa.

Volvió a mirar a la guapa joven de la fuente, que estaba mirando al David. Se había cubierto la boca, aunque no podía disimular el brillo risueño de sus ojos. Alguien había atado cintas de colores en el «pajarito» del David.

La fascinación infantil de la chica, unida a su cuerpo de mujer, lo intrigaron. Mientras hacía varias fotos, se preguntó si el repiqueteo de su pecho significaba que estaba acercándose a ese alma esquiva.

Tenía que salir de allí antes de que…

Demasiado tarde. Una mujer fuerte lo agarró por el brazo y lo envío hacia el grupo de personas que bailaban. Antes de que pudiera escapar, otra mujer lo metió en el círculo. Algunos estaban cantando, otros dando palmas y gritando. Un hombre lo agarró por el codo y lo hizo girar. Barrie salió disparado hacia un hueco abierto en el círculo.

Y chocó contra alguien de espaldas.

Ambos cayeron despatarrados en un charco de barro. Consciente de su tamaño, él se echó a un lado para que la desafortunada víctima no tuviese que soportar su peso.

Esperaba que fuese un hombre, un hombre grande que pudiera soportar la caída. Pero mientras se ponía de pie, tuvo la horrible sensación de que el cuerpo no era el de un hombre. Ni el grito de sorpresa que oyó. Ni el olor a rosas que olió.

Ni mucho menos la larga y suave pierna que vio bajo una falda.

Su mirada se deslizó hacia la falda arrugada, pasando por un escote salpicado de barro hasta el cuello, y posándose finalmente en la asombrada expresión de la mujer en la que se había fijado antes. Tenía la mejilla manchada de barro, el cabello chorreando y su collar de flores se había destrozado.

–¿Estás bien? Déjame ayudarte a levantarte

Ella le apartó la mano, sin ni siquiera mirarlo. Tenía la boca abierta, moviéndose sin decir nada, lo que probablemente era algo bueno. Sus ojos abiertos de par en par estaban clavados en el estado de su vestido.

–Oh, no –dijo ella finalmente.

Él se arrodilló a su lado, palpando instintivamente su cámara. Seguía alrededor de su cuello, y seca. No como la pobre joven.

–¿Te encuentras bien? Lo siento mucho –con la cabeza indicó la gente que se movía en torno a ellos–. Parece que este baile…

–¿Lo sientes? –ella le clavó una mirada encendida–. ¿Sabes lo que has hecho?

Mientras se ponía de pie, él tuvo la oportunidad de volver a observarla, por si se le había pasado algo por alto.

–Te he tirado a un charco. No a propósito, por supuesto. Este baile…

–¡Has estropeado mi vestido! El vestido, el único que… –se interrumpió, presa del pánico, y lo miró de arriba abajo, decepcionada–. ¡Ni siquiera eres el adecuado!

–¿El adecuado? ¿Solo una cierta clase puede chocar contigo?

–No. ¡Sí! O sea… ¡Oh, da igual! ¡Tengo que ir a cambiarme!

–Escucha, te pagaré lo que cueste limpiarlo.

–¡Entonces será demasiado tarde!

Ella se levantó, ignorando su mano extendida. En cuanto estuvo de pie, hizo una mueca de dolor y cayó sobre él.

La cuestión fue que él no se lo esperaba, y menos que ella se agarrase a sus…

–¡Por todos…! –fue todo lo que pudo decir él mientras su mirada se posaba en las intimidades del David.

Al darse cuenta, ella soltó un grito, y se cayó sobre su trasero.

–Esto no puede estar pasándome –murmuró ella, sacudiendo la cabeza.

–Pues a mí sí me está pasando –dijo él, colocándose los pantalones, esperando que ella no se fijase en cómo lo había afectado el contacto de su mano.

Pero lo hizo. Su rostro se sonrojó, y se tiró de la falda hacia abajo.

–¡Eres un pervertido!

–Si no recuerdo mal, tú eres la que me ha agarrado –Barrie sacudió la cabeza–. Pero ya da igual –se agachó junto a ella de nuevo, recorriendo con un dedo su tobillo–. Se te está hinchando. ¿Por eso te has agarrado… esto, caído otra vez?

–¡No puedo haberme roto el tobillo! ¡Hoy no!

Ella intentó ponerse de pie, pero desistió con una mueca de dolor.

–¡Mi vida está arruinada! ¡Nunca lo encontraré!

–Estoy seguro de que lo entenderá –dijo Barrie, preguntándose quién sería el afortunado.

–¡No lo entenderá!

–Entonces te diría que no merece la pena que pierdas el tiempo con él.

–¡Tú no lo entiendes! ¡Es el hombre con quien voy a casarme!

Él se retiró el pelo húmedo de la cara.

–No creo que tengas el tobillo roto. Deja que te lleve al hospital.

A ella se le había levantado la falda, incluso cubiertas de barro, tenía unas piernas estupendas. Al ver su mirada, ella se estiró la falda.

–¿Vas a ayudarme a levantarme o te vas a quedar ahí mirando embobado? –ella se tapó la boca–. Lo siento, solo…