El hombre de los cuarenta escudos - Voltaire - E-Book

El hombre de los cuarenta escudos E-Book

Voltaire

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Voltaire, máximo representante del siglo de la Razón, aplicó la crítica, con sonrisa sardónica unas veces, con virulencia otras, a los problemas que se planteaban al hombre del siglo XVIII, empleando para ello todas las armas a su alcance: el panfleto, el artículo, los libros de filosofía o de historia, la novela, el cuento, una correspondencia ingente…, todo lo que salió de su pluma tenía un fin social, un objetivo: cambiar el mundo.
Los cuentos fueron, en principio, un capricho, un juego de sociedad con el que Voltaire entretenía a los invitados en los salones de París, de Versalles y, sobre todo, del palacio de Sceaux entre 1744 y 1750. En estos relatos su espíritu y su estilo fueron libres, aunque su propósito fuera divulgar las nuevas ideas, exponer cierto materialismo, combatir la ineptitud y la mentira religiosas, luchar por la tolerancia. Los cuentos recogidos en este volumen pertenecen cronológicamente a todas las épocas de Voltaire.

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Voltaire

Voltaire

EL HOMBRE DE LOS CUARENTA ESCUDOS

Traducido por Carola Tognetti

ISBN 978-88-3295-753-2

Greenbooks editore

Edición digital

Mayo 2020

www.greenbooks-editore.com

ISBN: 978-88-3295-753-2
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Indice

EL HOMBRE DE LOS CUARENTA ESCUDOS

EL HOMBRE DE LOS CUARENTA ESCUDOS

Voltaire

Un apacible viejo, que siempre se queja del tiempo presente y alaba el pasado, me decía en una ocasión:

—Amigo, Francia no es tan rica como lo era en tiempo de Enrique IV. ¿Y por qué? Porque no están los campos bien cultivados, porque faltan brazos para la labranza; porque al encarecer los jornales, dejan muchos colonos sus tierras sin labrar.

—¿De dónde procede esa escasez de labriegos?

—De que todo aquel que es inteligente toma el oficio de bordador, de grabador, de relojero, de tejedor de seda, de procurador o teólogo. De que la revocación del edicto de Nantes ha dejado un inmenso vacío en el reino. De que se han multiplicado las monjas y los pordioseros, y en fin, de que cada uno esquiva, en cuanto puede, las penosas faenas de la tierra, para las que Dios nos ha creado, y que tenemos por indignas, de puro lógicos que somos.

Otra causa de nuestra pobreza es la muchedumbre de necesidades nuevas: pagamos a nuestros vecinos 15.000.000 por este artículo, 20 ó 30 por aquél. Metemos en las narices un polvo hediondo que viene de

América, y tomar café, té, chocolate y obtener la grana, el añil, y las especias nos cuesta más de 200.000.000 de reales al año. Nada de esto era conocido en tiempo de Enrique IV como no fuesen las especias, que se consumían mucho menos. Gastamos cien veces más cera, y más de la mitad nos viene de país extranjero, porque no cuidamos de aumentar nuestras colmenas. Las mujeres de París y demás grandes ciudades llevan hoy al cuello, en las manos y en las orejas más diamantes que todas las damas de palacio en tiempos de Enrique IV, sin exceptuar la reina. Casi todas estas superfluidades las tenemos que pagar en dinero contante.

Pagamos más de 60.000.000 de réditos a los extranjeros. Cuando subió Enrique IV al trono, encontró una deuda de 2.000.000 que reembolsó en gran parte, para aliviar de esta carga al Estado. Nuestras contiendas civiles, trajeron a Francia los tesoros de Méjico, cuando don Felipe el Prudente quiso comprar el reino; pero después las guerras en países extranjeros nos han aligerado de la mitad de nuestro dinero.

Estas son, en parte, las causas de nuestra pobreza, que escondemos bajo hermosos artesonados y entre el primor de nuestras modas; aunque tenemos buen gusto, somos pobres. Asentistas, empresarios y comerciantes hay riquísimos, y muy ricos son sus hijos y sus yernos, pero la nación, en general, es pobre.

Los argumentos, buenos o malos, de este viejo me hicieron mucha impresión, porque el cura de mi parroquia, que siempre me quiso bien, me enseñó algo de historia y geometría, y sé discurrir, cosa muy rara en mi tierra. No sabré decir si llevaba razón; pero como soy muy pobre, no me fue difícil creer que había muchos como yo.

I.- Desgracias del hombre de los cuarenta escudos

Quiero que sepa el universo que tengo una tierra que me valdría cuarenta escudos, si no fuese por los tributos que paga.

Según el preámbulo de unos cuantos decretos lanzados por ciertas personas que gobiernan al Estado, los poderes legislativo y ejecutivo son, por derecho divino,

copropietarios de mi tierra, y les debo la mitad, por lo menos, de cuanto como. No puedo menos de persignarme al considerar la capacidad estomacal de los poderes legislativo y ejecutivo. ¿Pues qué sería si esos poderes que presiden el orden esencial de las sociedades se llevan mi tierra toda entera? La cosa sería más «divina» todavía.

Su Excelencia, el señor ministro de Hacienda, sabe muy bien que, contándolo todo, no pagaba yo antes más de 44 reales, lo que ya era para mí una carga muy pesada, y que no hubiese podido sobrellevar si no me hubiere favorecido Dios con la habilidad de hacer cestos de mimbre, con lo cual ganaba para aliviar a mi pobreza. ¿Pues cómo he de poder dar de repente al rey 20 escudos?

En su preámbulo decían también los ministros que el campo es el único que debe pagar; porque todo, hasta las lluvias, provienen de la tierra; y que, por consiguiente, de los frutos de la tierra deben salir los impuestos.