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Un accidente nuclear, los efectos del cambio climático ¿Será capaz el hombre de acabar con la vida en el planeta con su pulsión autodestructiva, o conseguirán acabar con su insatisfacción los dones que se le ofrecerán: la inmortalidad, la sabiduría, el poder, el placer? Con humor, ironía, sarcasmo, amargura a veces, el autor nos sumerge en los temas recurrentes de sus escritos: el amor y el sexo, la muerte y la vida, el más allá, el pecado, dios y el diablo, el bien y el mal, los sueños y las pesadillas. El marqués de Bradomín enamorado, un particular Ulises irlandés en su odisea nocturna, Picasso y sus mujeres, Hemingway en la sabana, García Lorca, Freud, Adán y Eva, monjas, frailes, sacerdotes, Dios y Lucifer, un asesino en serie, un viudo impaciente, una alfombra mágica, macacos y científicos, el rey de la selva, una lechuza de hermosos ojos en la noche sevillana, un cuervo y un condenado a muerte, una serpiente con aspiraciones literarias, entre otros, deambulan por estas páginas con sus historias y sus reflexiones. El hombre insatisfecho es una novela que trata temas de actualidad. Fresca y divertida, al terminar su lectura, nos deja en el paladar ese regusto profundo y persistente que, como pasa con los buenos vinos, nos hace recordar el sotobosque, los frutos rojos, el regaliz y el cuero. ¡Leed, malditos!
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2023
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EL HOMBRE INSATISFECHO
Luis Miguel Muñoz
EL HOMBRE INSATISFECHO
El hombre insatisfecho
Primera edición: diciembre de 2022
© De la obra: Luis Miguel Muñoz Rojo
© Edición Punto Didot - Agora
www.puntodidot.com
Sector Oficios N° 7
28760, Tres Cantos (Madrid)
e-mail: [email protected]
ISBN-13: 978-84-19403-71-1
ISBN-E-Book: 978-84-19403-72-8
Depósito legal: M-30321-2022
Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Para Isabel Delgado, hermanita, luchadora en rosa.
AGRADECIMIENTOS
A Marisa Pulido y Antonio Pulido, que me ayudaron a pulir el texto.
A Silvia Cuesy, Andrea Quintana, María Dolores Bermejo, Rosa Martín y Rosa Missey, escritores y compañeros de Mapea, que hicieron una primera lectura del manuscrito y con sus acertados comentarios ayudaron a que creciera y mejorara.
A Carlos Tourón, de La Casa del tabaco, y Raquel Vaquero, que me animaron e hicieron sus pedidos en las redes antes de que se publicara el libro, pues no solo de palabras vive el escritor.
A Marien, que con paciencia leyó y leyó, escuchó y escuchó hasta que el manuscrito se completó.
«Este relato es completamente, inverosímil, lo cual no quiere decir que sea falso».
Quizás nos lleve el viento al infinito (Torrente Ballester)
Parte I
EL REGALO DEL MACACO
«Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras».
Sombra (Edgar Allan Poe).
«Una sesión de circo se iniciaba en la constelación decimoctava».
Fábula de Equis y Zeda (Gerardo Diego).
CAPÍTULO 1
Mi nombre es Octavio de la Rúa y soy redactor de El Sol de Puerto Rico. Se podría decir que había visto de todo en este mundo y que estaba acostumbrado a escribir sobre cualquier cosa que me propusiera. Pero en aquel momento quedé en estado de shock, estaba completamente anonadado. Me froté los ojos, me olvidé de respirar, no podía creer lo que estaba viendo ni lo que estaban contando.
Todo había comenzado aquella mañana. Me había desplazado a las afueras de San Juan, donde estaba instalada la carpa del circo. Había recibido una llamada telefónica de su director, que me ofreció una gratificación de cien dólares por escribir una reseña positiva del espectáculo circense. No me gustan demasiado este tipo de shows, pero me venía bien el dinero prometido, así que me puse manos a la obra y me trasladé hasta donde estaba instalada la carpa. Me recibió el director del Gran Circo Americano y me acompañó hasta la grada desde la que podía observar los ensayos.
El forzudo, que ya estaba en el centro de la pista, era un hombre calvo, vestido con unos pantalones negros ajustados que marcaban sus poderosos cuádriceps y una camiseta blanca de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros de culturista. Tenía levantada sobre la cabeza una barra cargada con doscientos kilos o, por lo menos, eso indicaba la inscripción tallada en los aros de hierro que llevaba en los extremos. Los músculos de los brazos, de los hombros, de su espalda, de sus piernas estaban en tensión. Tenía los dientes apretados y la frente sudorosa. Las piernas le temblaban. Dejó caer la barra, que rebotó varias veces en el suelo de madera, mientras el tambor redoblaba y sonaban los platillos. Gritó, levantó los brazos al cielo y marcó unos bíceps surcados de venas que tenían el tamaño de un coco. Los músculos y las venas de su cuello parecían a punto de romperse, y el pantalón cerca de estallar.
Dos enanas se colgaron de sus bíceps mientras se retiraba del escenario. En ese mismo momento salieron tres payasos. Uno tropezó y cayó. Sonó un gong. Se intentó levantar, resbaló y volvió a caer. El gong sonó de nuevo. Otro recogió las pesas que había usado Míster Bíceps y las levantó sobre la cabeza como si fueran de pluma. El tercero hacía juegos malabares con cuatro pelotas que lanzaba al aire, recogía y volvía a lanzar. El que había caído, por fin se levantó, se acercó por la espalda al que lanzaba las bolas y le tocó el hombro. Se volvió y las cuatro pelotas cayeron sobre sus cabezas: gong, gong, gong, gong. Después de saludar se dieron la vuelta, tropezaron entre ellos y se retiraron.
A continuación, sonó un cañonazo y el humo cubrió momentáneamente la arena. Cuando se disipó, aparecieron los integrantes del siguiente número. No podía creer lo que estaba pasando en el centro de la pista ni la historia que comenzaron a representar. Me froté los ojos. Era imposible y, de alguna manera, espeluznante.
CAPÍTULO 2
Finalizaba 1935 cuando el doctor Mendoza llegó a Punta Santiago, en la isla de Puerto Rico, para embarcar poco después en el vaporcito que lo llevaría hasta Vieques y recorrer los algo más de diez kilómetros que separaban ambas islas. En el muelle lo esperaba el ayudante del profesor Meyer, que levantaba por encima de la cabeza un cartel con su nombre escrito: «Dr. Juan Mendoza». Se acercó a él y se presentó. El nativo le sonrió. —«Parece un descendiente de los primitivos habitantes de las islas», pensó el doctor—, cogió las dos maletas sin decir una palabra y le indicó con un gesto que lo siguiera.
Eran las cuatro de la tarde, el sol quemaba. Recorrieron la calle principal hasta salir de la ciudad por un camino de tierra que llevaba hasta las puertas de las instalaciones del laboratorio que el Instituto Pasteur tenía en la isla.
El ayudante caminaba despacio sin mirar nunca hacia atrás, el doctor se secaba, de cuando en cuando, el sudor con un pañuelo. Al pasar por delante de la Taberna del Mosquito, los pocos parroquianos que, en aquella hora tan temprana, estaban aburridos dentro, salieron a la puerta para verlos pasar. La luz del sol deslumbraba, movieron la cabeza a uno y otro lado al ver cómo jadeaba el doctor y cómo las gotas de sudor que bañaban su rostro caían al suelo.
Apostaron a que no duraría más de un mes o mes y medio allí, como había ocurrido siempre que el instituto enviaba a alguien para ayudar al viejo profesor. Las apuestas se afinaban para indicar incluso la hora y el día de la partida. El ganador sería quien más se hubiera aproximado en su previsión. En el casino también se cruzaron apuestas entre risas, copas de ron y humo de tabacos caribeños.
Cuando llegaron al edificio principal, el indio soltó las maletas en la puerta y le indicó que pasara con un movimiento de cabeza. Después desapareció con sigilo.
El doctor Mendoza se enjugó el sudor con un nuevo pañuelo, pues el que había estado usando ya se había empapado. Mató un mosquito que le picaba en el cuello, abrió la puerta, cogió las maletas, entró, vio la cabeza calva del profesor Horacio Meyer inclinada sobre un microscopio y carraspeó.
Una mano con la palma extendida se alzó sobre aquel mondo melón y se escuchó una voz grave que, sin retirar los ojos del microscopio, dijo:
—Deme cinco minutos, enseguida estoy con usted.
Exactamente cinco minutos después —el profesor, como buen alemán, era un fanático de la puntualidad y parecía tener un reloj dentro de la cabeza— lanzó un suspiro, anotó algo en la libreta que tenía al lado, retiró la placa del microscopio, se quitó las gafas, las limpió, las dejó sobre la mesa y se volvió hacia él.
Le tendió la mano mientras se acercaba y le dijo sonriendo:
—Doctor Livingstone, supongo.
—Creo que se equivoca. —Se ruborizó y respondió casi tartamudeando—: Soy el doctor Mendoza, su nuevo ayudante.
—Disculpe mi broma de viejo loco. No tengo ocasión de hablar mucho y no escojo bien el momento de hacer mis chistes. Encantado de conocerlo, doctor. Por un momento había olvidado que llegaba hoy, cosas de la edad.
—Profesor Meyer, es un honor para mí poder estrechar su mano y trabajar a sus órdenes en un proyecto tan apasionante.
—Deje, deje, no siga con los cumplidos. Coja sus maletas. Lo acompañaré a su bungaló y le enseñaré dónde está el mío. Esta noche cenaremos juntos en mi residencia. Ahora descanse un poco y venga a las nueve. Durante la cena tendremos ocasión de charlar largo y tendido.
Por fin, ya solo en su habitación, pudo observar desde la ventana el frondoso paisaje tropical que se desplegaba delante: verde, exuberante, como debió haber sido el paraíso; ceibas, guayacanes, jagüeyes, palmas reales y el árbol de maga, cuyas flores rojas competían con las de los flamboyanes. Los ruidos de las aves de aquel vergel —colibríes, zumbadores, pájaros bobos, reinetas del bosque— se mezclaban con el croar con que los machos coquíes competían en las charcas para imponer su superioridad en el cortejo. A lo lejos se escuchaba, como en un murmullo, el monótono batir de las olas contra la orilla.
Cuando cerró la ventana, el silencio que llenó la habitación y el contraste de una decoración austera —casi monacal, de paredes blancas recién pintadas— consiguió que se relajara. Se sentó unos minutos en la cama —vestida también de blanco, protegida con una mosquitera— donde pronto dormiría su primera siesta. Antes se quitó la camisa empapada en sudor, la colocó sobre una sencilla silla de mimbre y dejó las maletas al lado del armario. Se levantó, entró en el aseo y se refrescó.
Volvió a la habitación, en cuyo techo giraban las aspas de un ventilador con lentitud. Se descalzó y se tumbó en la cama bocarriba, con las manos detrás de la cabeza. El ventilador, con su monótono tac-tac-tac, lo amodorró. Cerró los ojos y pronto se quedó dormido. Después del largo viaje, su sueño fue inquieto.
Su vida en blanco y negro. Flashbacks. Fogonazos como en una tormenta. Antiguas fotos en blanco y negro de su infancia en la casa solariega de sus padres en Puebla de Sanabria. Inviernos duros, cortos veranos, ascuas en el brasero. El cura en el colegio, la letra con sangre entra, agua bendita. Campanas doblan a muerto en el campanario, pálido su padre en el ataúd, el sudario, el velatorio, de negro su madre, lágrimas corren sobre su rostro, cuatro tías como cuatro cuervos graznan en el entierro. La lluvia arrecia, se llenan de agua las acequias, los paraguas negros se inclinan y tropiezan, o se vuelven del revés, las charcas ya no son parcas. Terrores infantiles, telas de arañas.
Fragmentos de su juventud en Santiago: lluvia, granizo, campo de estrellas, hogueras en las tierras hermosas, borracheras, putas en la rúa Nova bailan juntas, queimadas, meigas cerca del cementerio —que haberlas, haylas—, niebla en el vecindario, viejas rezando el rosario, bandadas de cuervos junto al seminario.
Retales de su doctorado en la Sorbona, de su primer trabajo en una clínica de París, de su proyecto de investigación en el Instituto Pasteur. Calor en verano, bochorno, adoquines que arden, la fragua de Vulcano, el horno de Vulcano, calles mojadas en invierno, baldosas empapadas, faroles que espejean en los charcos, vino en el Barrio Latino, desprendido en SaintGermain-des-Prés, resucitado en la Gare de Saint-Lazare, absenta en Pigalle, cópulas a la sombra de la cúpula, brujas deformadas, pintadas y perfumadas, deshoja la margarita, purgaciones, bautismo de fuego en la entrepierna, liba la abeja reina, luz en la Ciudad de la Luz, el verso perverso, pervertido, divertido, penes, penas, poemas, poetas muertos, cuerpos yertos en decúbito supino. Arañas tejen con alambre de espino.
Sonó el despertador, se desperezó, se alisó los cabellos como buenamente pudo y se levantó. Una ducha con agua fría terminó de espabilarlo. Se puso ropa limpia y acudió a la casa del profesor para cenar a las nueve. Quería ser puntual.
CAPÍTULO 3
El profesor Meyer lo recibió con dos copas de oporto en las manos. Era fornido, como buen teutón, a pesar de su edad: un metro noventa y uno, anchas espaldas y una incipiente barriga. La perilla, completamente blanca, compensaba la ausencia total de pelo en su cabeza. Las cejas eran también blancas y espesas. Los ojos encendidos no dejaban de moverse debajo de aquella nieve. Sus manos de gruesos nudillos parecían capaces de cascar un coco sin esfuerzo. El tono de su voz era grave, aunque amigable; hablaba rápido, con acento germano, como si tuviera una lija en la garganta. Le contó que llevaba toda la vida en Vieques y que ya hacía varios años que debería haberse jubilado, pero hasta entonces no habían encontrado un sustituto que continuara sus investigaciones. Nadie quería ir a aquel lugar apartado del Caribe, con un clima tan sofocante, picaduras de mosquito, atacado periódicamente por huracanes y lejos de la civilización.
Después de presumir de su biblioteca —en la que no solo abundaban textos científicos, sino también buena literatura, ensayos de filosofía y libros de historia—, le mostró un ejemplar de El origen de las especies bellamente ilustrado, que ojearon durante un buen rato. También disfrutaron de una cuidada edición de Fausto y no pudo evitar pensar que el profesor tenía cierto parecido con el Mefistófeles de las ilustraciones. Un criado los avisó de que la mesa estaba servida. Se sentaron y dieron buena cuenta de la cena —crema de verduras a base de yuca, malanga, boniato, patatas y maíz; iguana asada y frutas tropicales— regada con un buen vino del Rin.
Una vez acabado el ágape, se sentaron en dos cómodos sillones de cuero de altas orejas algo desgastados. El criado que había servido la cena se retiró después de preparar dos tazas de café y sendas copas de coñac, que colocó en la mesita que tenían delante de ellos. Después de dar un sorbo al café, que aún quemaba, y coger su copa, el doctor Mendoza rompió el silencio:
—Profesor Meyer...
—Horacio, por favor, sin formalidades. Esta noche solo somos dos buenos amigos.
—Claro, cómo no. Horacio, estoy impaciente por conocer a fondo el proyecto, no veo el momento de empezar a trabajar en él.
—No sea impaciente, comprobará que aquí el tiempo tiene una dimensión distinta, casi no se mueve. Verá que nadie tiene prisa, nada corre, ni siquiera el aire, salvo en época de huracanes. Yo hace casi cuarenta años que llegué aquí y parece que fue ayer.
»Tengo setenta y cinco y no me he dado cuenta de cómo corrían las agujas del reloj y caían las hojas del calendario, tan ensimismado estaba con la investigación. Pero charlemos de otra cosa. Tiempo tendremos de hablar de trabajo en los próximos días. Cuénteme de usted.
—Tiene razón, ha sido descortés por mi parte, no debería de haberlo importunado con asuntos relacionados con el trabajo después de la excelente cena con que me ha agasajado.
—No se engañe, amigo mío, esto no es habitual. Hacía cinco años que no compartía con nadie algo así, pero la ocasión lo merecía. El presupuesto apenas llega para pagar al sirviente, que también hace las veces de cocinero, algunos sencillos alimentos con los que componer una comida y media al día, al ayudante que lo recogió en el muelle, y que mañana le presentaré formalmente, y poco más.
»Incluso tenemos problemas por la escasez de fondos para conseguir que nos suministren los macacos que necesitamos para proseguir con las investigaciones. Pero dejemos esto, dijimos que no hablaríamos hoy de trabajo. Tome un cigarro, gracias a Dios no hay escasez de este buen tabaco en la isla.
—Lo siento, profesor, pero no fumo. Fumar acorta la vida.
—Lo que acorta la vida, amigo mío, es vivir, y yo ya he vivido demasiado.
—Es otra forma de verlo, por supuesto.
—Aquí se aficionará, créame, es uno de los pocos placeres de los que se puede disfrutar en estas islas, además del trabajo, claro, y de la música de este viejo aparato. Después de soplar con cuidado los microsurcos para librarlos de polvo, el profesor colocó un disco en el gramófono —comienza el clarinete su ragtime, lo apoyan trombones, trompas y el resto de los metales, Rhapsody in Blue, responde la trompeta con sordina, el piano se enfrenta al clarinete, resuelve la orquesta la disputa, bailan, saltan las manos en el teclado del piano que lucha contra todos, tambores resuenan a guerra, final luminoso— y tararea el tema principal. Mientras tanto ha cogido un cigarro de la purera de caoba que había sobre la mesa, acaricia sus venas y comprueba su textura compacta, dura y suave que cede a su masaje. Acerca la oreja para oír el cric-cric que hacen las fibras del tabaco al ser presionadas, se lo acerca a la nariz y aspira con deleite su aroma. Se lo ofrece a su pupilo, que lo acepta; revuelve entre el resto de puros, escoge otro y repite con mimo un ritual que tiene algo de erótico.
Encendieron los dos cigarros y, envueltos en el humo especiado del tabaco y en los compases de la música, prosiguieron la sobremesa.
—Esta es una tierra de mestizaje, de fusión —dijo el profesor, que intentaba transmitir su entusiasmo a su pupilo—, como esta nueva música de Gershwin, donde se mezcla el jazz con los ritmos de las tribus indias que, a la vez, se confunden con los sonidos europeos. La interpreta una orquesta sinfónica que podemos escuchar gracias a este aparato del diablo que utiliza la aguja del artesano, el surco del campesino, la oreja de elefante de la bocina y la magia de la electricidad.
—Es una interesante reflexión, profesor. Podríamos decir también que estamos mezclando varios sentidos. El tacto de la aguja sobre el microsurco, que lee lo que hay impreso en ellos para convertirlo en sonidos —dijo el doctor Mendoza mientras exhalaba con placer el humo del cigarro.
—Y, a la vez, gozar del sabor y el aroma de estos excelentes habanos. Pruebe a cerrar los ojos. Durante unos minutos podremos disfrutar de los cuatro sentidos que postergó el hombre cuando, al ponerse en pie, entronizó al sentido de la vista sobre los demás.
—En esto quizás salimos perdiendo como especie.
—El poder de la mezcla y de la música —continuó el profesor—. En otra ocasión escucharemos Scheherezade y podremos gozar en sueños de una mujer de las mil y una noches.
Mientras conversaban distraídos, las llamas de las velas iluminaban las paredes con sus irisaciones blancas, amarillas, naranjas y rojas; profundas grietas oscuras destacaban entre ellas y extrañas sombras parecían bailar. La velada se prolongó hasta la una de la madrugada, momento en el que el doctor Mendoza, empapado en sudor, se retiró a su bungaló. Los grises restos de los cigarros se demoraban en la concha que les servía de cenicero. Las ramas susurraban, los pájaros dormían, los coquíes proseguían su cortejo. Olía a mar, a selva y a humo de tabaco.
CAPÍTULO 4
Juan se acostó inquieto, dio vueltas en la cama, empapó las sábanas con su sudor y tuvo pesadillas de nuevo:
Noche cerrada, la luna se apaga. Cuatro viejas desdentadas vuelven a casa de madrugada. Las doce y la una, las tres y las cuatro, suenan las campanas en el campanario. Cruza la niña el río. Goza la moza en la estera. Fuera hace frío. Aquelarre diario, junto a la hoguera adoran al macho cabrío. Deseos, dedos. Deseos, lenguas. Deseos, sexos. Deseos. A popa, transparente, sin ropa, no corta el mar sino vuela. Colón da vueltas a la esfera y se desespera. La carabela, la calavera, la muerte vela en la sala de espera. Tiemblan las velas, entrechocan los dientes y las muelas. Vuela la bruja en la escoba, se pasea el diablo en la alcoba. La sombra inquieta acecha. La cintura se estrecha. El vientre se acaba y se oscurece. El sexo crece.
Se despertó a las siete con dolor de cabeza, mal sabor de boca y cierto malestar general, nada que no se pudiera arreglar con una buena ducha, un buen cepillado de dientes, dos aspirinas y un gran vaso de agua. Frente al espejo, sus ojos saltones, algo enrojecidos aún, lo miraban insatisfechos. Se ajustó el nudo de la corbata y trató con poco éxito de peinar su pelo encrespado.
A las ocho de la mañana, se presentó en el laboratorio. El profesor Meyer ya estaba allí, entre sus libros, papeles, probetas, tubos de ensayo, morteros, redomas, alambiques y demás enseres. Se levantó y lo saludó afable.
—Buenos días, doctor. Me alegra que sea tan puntual. ¿Qué tal ha descansado? Parece agotado.
—No muy bien, no estoy acostumbrado a comer tanto antes de acostarme ni a beber y fumar por las noches. Me sentía pesado e inquieto. Supongo que la excitación del viaje, la novedad, la responsabilidad, el calor. He soñado toda la noche.
—Espero que no hayan sido sueños eróticos. Dicen que la iguana es afrodisíaca.
—No recuerdo que hayan sido sueños de ese tipo.
—Le enseñaré las instalaciones. En este barracón donde nos encontramos está el laboratorio y nuestros despachos. Allí —señaló hacia un cuarto repleto de estanterías cargadas de archivadores y carpetas— está el archivo general; en él se guardan los estudios, los resultados y las conclusiones obtenidas hasta el momento.
—¿Cuál es el estado de la investigación, profesor? ¿Por dónde debo empezar?
—Tendrá que ponerse al día y leer todo lo que hay por aquí, pero, en resumen: he estado buscando una solución a la neumonía estudiando la respuesta inmunológica que los macacos desarrollan espontáneamente ante enfermedades mortales que portan. Se las pueden transmitir a otros primates, pero ellos no sufren sus consecuencias.
»Por otro lado, como posiblemente ya sabe, los macacos son animales muy parecidos a los seres humanos, no solo por su inteligencia y sus hábitos sociales, sino por la composición de sus células. Curiosamente, tienen el mismo número de piezas dentales que nosotros. La solución está en algún código dentro de sus células, pero aún no he encontrado la respuesta. Sé que el doctor Griffith, en Inglaterra, también lo está estudiando. Compartimos los resultados de las investigaciones, aquí está archivada la correspondencia —dijo señalando una estantería.
—Parece muy interesante, doctor. Intentaré ponerme al día lo antes posible para poder ser de utilidad.
—Tendrá que darse prisa, porque yo me jubilaré pronto y alguien tiene que seguir la investigación. Estoy seguro de que la respuesta está cerca. Le enseñaré los macacos con los que trabajamos.
Dentro del otro barracón había una gran jaula que ocupaba la mitad derecha. En ella convivían varios macacos en comuna, que se entretenían en quitarse los parásitos unos a otros y en cuidar de sus crías. En la mitad izquierda, apartadas de ella y separadas por mamparas, se podían ver otras cuatro jaulas más pequeñas, que ahora se encontraban vacías y en las que, a veces, se encerraba a algún macaco con el que estuvieran trabajando. Según contó el doctor Meyer, los tenían separados pues, en ocasiones, se volvían agresivos o podían contagiar a los demás alguna nueva enfermedad que desarrollaran debido a los experimentos que realizaban en ellos. Pegado al lateral se encontraba un quirófano separado por otra mampara. Manchas de sangre, que no se habían borrado del suelo a pesar de los sucesivos fregados, lo teñían tenuemente de rojo. A veces sacrificaban animales para diseccionarlos y comprobar los cambios que se habían producido.
«Puede parecer cruel —dijo el profesor—, pero es necesario para que avance la investigación».
Volvieron al laboratorio. El profesor le señaló su lugar de trabajo.
—Este es mi despacho. Aquel, que está bastante más ordenado, es el suyo. Empiece a desordenarlo y estudie el proyecto. Cuando esté preparado, comenzaremos a trabajar juntos en el laboratorio. Necesitamos su aportación, su punto de vista, savia nueva que impulse la investigación.
—Gracias, profesor, no lo defraudaré.
En aquel momento, alguien entró sin llamar.
—Ah, por cierto, este es Cacimar, nuestro ayudante —dijo—. No brilla por su puntualidad, como puede comprobar. En cambio, una vez que llega, no regatea esfuerzos en su trabajo y, si no tiene hora de llegada, tampoco la tiene de salida, a pesar de que, a partir de las siete, lo reclaman a gritos sus tres mujeres.
»No me extraña que prefiera quedarse aquí —bajó la voz para continuar—. A mí también me daría miedo volver a casa con esas indias hechiceras que tienen los labios y los lóbulos de las orejas taladrados, atravesados con cilindros de aspecto fálico y gruesos aros de madera.
Cacimar era descendiente de un antiguo cacique taíno de la isla que se llamaba igual que él. Más bajo que alto, era paticorto, de culo caído; las caderas estrechas contrastaban con unos anchos gemelos. Tenía el pelo negro, brillante y lacio, y la piel cobriza. Cuando se quitó la camisa que llevaba, para ponerse la bata blanca, mostró su torso y sus brazos desnudos, musculosos y llenos de tatuajes. Un puma parecía rugir desde su espalda. Sonrió y se puso a trabajar. Sus blancos y fuertes dientes, en los que ya se había fijado en el muelle, y sus afilados incisivos parecían hechos para comer carne humana, pensó el doctor Mendoza.
—Por lo que veo, es un hombre de pocas palabras.
—Tiene razón, quizás es a lo que le tienen acostumbrado sus mujeres, o puede ser que sea por el hábito de la caza en la selva, en silencio, para no ahuyentar a las presas. En cualquier caso, no vaya a pensar que es por falta de inteligencia, entiende enseguida lo que se espera de él y tiene una gran iniciativa. Estoy muy satisfecho de su rendimiento. Espero que para usted sea de tanta ayuda como lo ha sido para mí.
Juan entró en su despacho y comenzó a revisar la documentación que le había dejado el profesor sobre la mesa. Había mucho trabajo por delante: buscar, ordenar, leer... Se puso manos a la obra, no había tiempo que perder.
