El Imperio del Silencio - Christopher Ruocchio - E-Book

El Imperio del Silencio E-Book

Christopher Ruocchio

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Beschreibung

Un hombre contra un imperio. Una leyenda escrita con sangre. Huyendo de un destino impuesto —el de verdugo al servicio de su padre—, Hadrian Marlowe acabará varado en un mundo perdido en los márgenes del Imperio. Allí, obligado a luchar como gladiador y a sobrevivir entre las intrigas de una corte alienígena, se verá arrastrado a una guerra que no empezó, en nombre de un Imperio que no respeta, contra un enemigo que quizá jamás llegue a comprender. En el planeta equivocado, en el momento justo y por las razones más nobles, Hadrian emprende un camino que terminará en sangre. La galaxia lo recuerda como un héroe: el hombre que borró del cielo al último de los cielcin. Otros lo recuerdan como un monstruo: el demonio que destruyó un sol y aniquiló sin pestañear cuatro mil millones de almas, entre ellas al propio emperador. Pero Hadrian no es un héroe. Tampoco un monstruo. Ni siquiera un soldado. Esta novela, que fusiona la space opera con la fantasía épica, narra una historia de proporciones galácticas en la tradición de La guerra de las galaxias y la saga Dune.   Llega la esperada novela galáctica ganadora de los premios Manly Wade Wellman y Hellfest, que encantará a los fans de la ciencia ficción épica.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Christopher Ruocchio
El imperio del silencio
El devorador de soles 1
Traducción de Claudia Casanova

A mis abuelos: Albert y Eleanor. Deslan y James. He tardado demasiado en terminar esto. Siento que llegue tan tarde.

DEL RELATO DEL DEVORADOR DE SOLES, HADRIAN MARLOWE, SOBRE LA GUERRA ENTRE LA HUMANIDAD Y LOS CIELCIN.

TRADUCIDO AL INGLÉS CLÁSICO POR TOR PAULOS DE NOV BELGAER EN COLCHIS.

Capítulo 1

HADRIAN

Luz.

Aún me quema la luz del sol asesinado. La veo a través de los párpados, resplandeciendo desde la historia de aquel día sangriento, insinuando fuegos indescriptibles. Es como algo sagrado, como si fuera la luz del propio cielo de Dios la que abrasó el mundo y con él miles de millones de vidas. Llevo esa luz siempre, grabada en el fondo de mi mente. No pongo excusas, ni niego, ni me disculpo por lo que he hecho. Sé lo que soy.

Los escoliastas podrían empezar por el principio, por nuestros remotos ancestros abriéndose camino fuera del sistema de la Vieja Tierra en sus naves maltrechas, los peregrinos que emprendieron sus viajes hacia mundos nuevos y vivos. Pero no. Para eso harían falta más volúmenes y tinta de los que mis anfitriones han dejado a mi disposición, y ni siquiera yo, que tengo más tiempo que nadie, tengo tiempo para eso. ¿Debería entonces relatar la guerra? ¿Comenzar con los alienígenas cielcin aullando desde el espacio en sus naves como castillos de hielo? Para eso están las historias de la guerra, donde se pueden leer las listas de los muertos. Las estadísticas. Pero ningún contexto es capaz de hacernos comprender el coste de todo eso. Ciudades arrasadas, planetas calcinados. Incontables miles de millones de seres, de los nuestros, arrancados de sus mundos para servir como carne y esclavos de los pálidos monstruos. Familias tan antiguas como imperios extinguidas en un remolino de luz y fuego. Los relatos son innumerables, y nunca serán suficientes. El Imperio tiene su versión oficial, la que concluye con mi ejecución: HadrianMarlowe, ahorcado para que todos los mundos lo vean.

No me cabe duda de que este tomo acumulará polvo en el archivo donde lo he dejado, un manuscrito entre miles de millones en Colchis. Olvidado. Quizá sea lo mejor. Los mundos ya han tenido suficiente de tiranos, asesinos y genocidios.

Pero quizá sigas leyendo, tentado por la obra de un monstruo tan grande como el que han creado con mi imagen. No dejarás que me olviden porque quieres saber cómo fue estar a bordo de una nave imposible y arrancar el corazón de una estrella. Quieres sentir el calor de dos civilizaciones ardiendo y conocer al dragón, al diablo que lleva el nombre que me dio mi padre.

Así que pasemos por alto la historia, esquivemos la política y el avance inexorable de los imperios. Olvidemos los orígenes de la humanidad en el fuego y la ceniza de la Vieja Tierra, e ignoremos también el ascenso de los cielcin desde el frío y la oscuridad. Esos relatos están registrados en todas las lenguas de la humanidad y sus súbditos. Pasemos al único comienzo que tengo derecho a contar: el mío.

Nací como el hijo mayor y heredero de AlistairMarlowe, Arconte de la Prefectura de Meidua, Carnicero de Linon y Señor del Descanso del Demonio. Aquel palacio de piedra oscura no era lugar para un niño, pero aun así fue mi hogar, entre los logotetas y los peltastas acorazados que servían a mi padre. Pero Padre nunca quiso un hijo. Quería un heredero, alguien que recibiera su pedazo de Imperio y continuara con el legado de nuestra familia. Me llamó Hadrian, un nombre antiguo, sin significado salvo por los recuerdos de los hombres que lo llevaron antes que yo. Un nombre de emperador, digno de gobernar y ser seguido.

Los nombres son cosas peligrosas. Una especie de maldición que nos define para que vivamos a su altura o para proporcionarnos algo de lo que huir. He vivido una larga vida, más larga de lo que las terapias genéticas de las grandes casas de la nobleza pueden concebir, y he tenido muchos nombres. Durante la guerra, fui Hadrian el Semimortal y Hadrian el Inmortal. Después de la guerra, fui el Devorador de Soles. Para la pobre gente de Borosevo, fui un mirmidón llamado Had. Para los jaddianos, fui Al Neroblis. Para los cielcin, fui Oimn Belu y cosas aún peores. He sido muchas cosas: soldado y siervo, capitán y cautivo, mago y erudito, y poco más que un esclavo.

Pero antes de ser cualquiera de estas cosas, fui un hijo.

Mi madre llegó tarde a mi nacimiento, y los dos, mi padre y mi madre, me observaron desde una plataforma sobre el quirófano mientras me decantaban del tanque. Dicen que grité cuando los escoliastas me dieron a luz y que ya tenía todos los dientes en la boca. Así nace siempre la nobleza: sin incomodar a la madre y bajo la atenta mirada del Alto Colegio Imperial, que se asegura de que nuestras desviaciones genéticas no se hayan convertido en defectos ni hayan cuajado en nuestra sangre. Además, el embarazo en su forma tradicional habría obligado a mis padres a compartir lecho, cosa que ninguno de los dos estaba dispuesto a hacer. Como tantos otros nobles, mis padres se casaron por necesidad política. Mi madre, lo supe después, prefería la compañía de mujeres a la de mi padre y rara vez pasaba tiempo en la hacienda familiar, y solo estaba al lado de mi padre en las ceremonias formales. Mi padre, en cambio, prefería su trabajo. Lord AlistairMarlowe no era el tipo de hombre que se entregara a los vicios. De hecho, mi padre no era el tipo de hombre que tuviera vicios. Su cargo lo poseía, y también el buen nombre de nuestra casa.

Cuando nací, la Cruzada llevaba ya trescientos años en marcha, desde la primera batalla contra los cielcin en Cressgard, pero tenía lugar muy lejos, a unos veinte mil años luz de distancia, en el Imperio y el espacio abierto, por donde el Velo se abre hacia el Brazo de Norma. Si bien mi padre hizo lo posible por inculcarme la gravedad de la situación, en casa todo estaba en calma, salvo por los reclutamientos que las Legiones Imperiales imponían a los plebeyos cada diez años. Estábamos a décadas del frente incluso en las naves más rápidas, y pese a que los cielcin eran la mayor amenaza a la que nuestra especie se había enfrentado desde la muerte de la Vieja Tierra, la situación no era tan grave.

Como era de esperar con unos padres como los míos, me entregaron a los sirvientes de mi padre casi de inmediato. Sin duda, mi padre volvió a su trabajo en menos de una hora después de mi nacimiento, habiendo desperdiciado ya todo el tiempo que podía permitirse en una distracción tan molesta como su hijo. Mi madre regresó a la casa de su madre para pasar tiempo con sus hermanos y amantes; como ya he dicho, mi madre no se involucraba en el lúgubre negocio familiar. El negocio era el uranio. Las tierras de mi padre se erigían sobre algunos de los yacimientos más ricos del sector, y nuestra familia había supervisado su extracción durante generaciones. El dinero que mi padre obtenía a través del Consorcio Wong-Hopper y la Unión de Comerciantes Libres lo convertía en el hombre más rico de Delos, más incluso que la virreina, mi abuela. Tenía cuatro años cuando nació Crispin, y desde el primer momento mi hermano menor demostró que era el heredero ideal, es decir, que obedecía a mi padre, aunque a nadie más. A los dos años, casi tenía el mismo tamaño que yo a los seis, y a los cinco, Crispin ya me sacaba una cabeza. Nunca recuperé esa diferencia.

Recibí toda la educación que cabría esperar para el hijo de un arconte de la Prefectura. El castellano de mi padre, sirFelixMartyn, me enseñó a luchar con espada, cinturón-escudo y pistola. Me enseñó a disparar una lanza y entrenó mi cuerpo para apartarlo de la indolencia. De Helene, la chambelán del castillo, aprendí el decoro: las complejidades de la reverencia, el apretón de manos y el trato formal. Aprendí a bailar, a montar a caballo y a pilotar un deslizador y una lanzadera. De Abiatha, el viejo cantor que cuidaba del campanario y del altar en el sanctasanctórum de la Cancillería, aprendí a rezar, el escepticismo, y que incluso los sacerdotes tienen dudas. De sus maestros, los priores de la Cancillería Santa Terrana, aprendí a ocultar esas dudas porque eran una herejía. Y, por supuesto, estaba mi madre, que me contaba historias: relatos de Simeón el Rojo, del Cid Arturo y de Kasia Soulier. Relatos de Kharn Sagara. Quizá sea motivo de risa, pero hay una magia en los cuentos que no puede ignorarse.

Y, sin embargo, fue TorGibson quien me convirtió en el hombre que soy y me dio mi primera lección. «El conocimiento es la madre de los necios», decía. «Recuerda, la mayor parte de la sabiduría está en reconocer tu propia ignorancia». Siempre decía cosas así. Me enseñó retórica, aritmética e historia. Me instruyó en biología, mecánica, astrofísica y filosofía. Me enseñó idiomas y el amor por las palabras; a los diez años hablaba la lengua mandar tan bien como cualquier hijo de las corporaciones interestelares y podía leer la poesía ígnea de los jadd como un verdadero acólito de su fe. Pero lo más importante de todo es que me enseñó acerca de los cielcin, la plaga alienígena asesina y saqueadora que devoraba los límites de la civilización. También me inculcó la fascinación por los xenobitas y sus culturas.

Solo puedo esperar que los libros de historia no lo condenen por ello.

—Pareces cómodo —dijo TorGibson. Su voz era como un viento seco en el aire inmóvil del salón de entrenamiento.

Moviéndome lentamente, salí de la compleja posición de estiramiento en la que me había doblado y fluí hacia la siguiente, con una torsión de la columna.

—Sir Felix y Crispin llegarán pronto. Quiero estar listo.

A través de las pequeñas ventanas arqueadas, altas en los muros de piedra, apenas podía distinguir los chillidos de las aves marinas, cuyo ruido quedaba amortiguado por los escudos de la casa. El viejo escoliasta, con el rostro impasible como la piedra, se movió hasta quedar en mi campo de visión. Sus pies calzados con zapatillas rozaban el mosaico del suelo. A pesar de que los años lo encorvaban, el anciano tutor seguía siendo más alto que yo. Su rostro cuadrado esbozó entonces una sonrisa bajo su melena blanca; las patillas a los lados le daban un aire muy parecido a los leones que la virreina mantenía en su colección de fieras.

—¿Buscas poner el trasero del pequeño maestro en el suelo?

—¿Qué trasero? —respondí con una sonrisa, inclinándome para tocarme los dedos de los pies. Mi voz crujió un poco a causa del esfuerzo—. ¿El que tiene entre las orejas?

La fina sonrisa de Gibson desapareció.

—Más te valdría no hablar así de tu hermano.

Me encogí de hombros mientras ajustaba una de las finas correas que me mantenían el jubón de duelo ceñido sobre la camisa. Dejé a Gibson donde estaba y crucé descalzo la distancia hasta la armería, donde las armas de entrenamiento se exhibían junto al círculo de esgrima, un disco de madera ligeramente elevado de unos seis metros de diámetro, marcado para la práctica de duelos.

—¿Teníamos lección esta mañana, Gibson? Pensaba que era por la tarde.

—¿Qué?

Inclinó la cabeza y se acercó arrastrando los pies, y tuve que recordarme que, aunque se movía con agilidad, Gibson no era un hombre joven. No lo había sido ni siquiera cuando su orden le encargó enseñar a mi padre, que ya se acercaba a los trescientos años estándar. Se llevó una mano nudosa a la oreja.

—¿Qué has dicho?

Girándome, hablé con más claridad, enderezando la espalda como me habían enseñado para proyectar mejor la voz. Algún día sería el arconte de aquel viejo castillo, y el arte de la oratoria era el arma más preciada de un palatino.

—Pensaba que nuestra lección era más tarde.

Era imposible que se hubiera olvidado. Gibson no olvidaba nada, lo que habría sido una cualidad extraordinaria si no fuera el requisito más básico para ser lo que era: un escoliasta. Su mente estaba entrenada para sustituir a las máquinas daimón prohibidas por la ley más sagrada de la Cancillería, y por tanto, no podía permitirse olvidar.

—Lo es, Hadrian. Más tarde, sí —tosió en una de sus mangas verde oscuro y dirigió una mirada a la cámara flotante que acechaba cerca del techo abovedado—. Pero esperaba poder hablar contigo en privado.

La espada roma que tenía en la mano resbaló un poco.

—¿Ahora?

—Antes de que lleguen tu hermano y el castellano, sí.

Me giré y volví a colocar la espada en su sitio, entre los estoques y los sables. Lancé una mirada a la cámara, perfectamente consciente de que sus ópticas estaban fijas en mí. Al fin y al cabo, yo era el primogénito del arconte, y estaba sometido a tanta protección —y escrutinio— como mi propio padre. Había lugares en el Descanso del Demonio donde dos podían mantener una conversación verdaderamente privada, pero ninguno de esos lugares estaba cerca del salón de entrenamiento.

—¿Aquí?

—En el claustro.

Distraído por un momento, Gibson bajó la vista a mis pies descalzos.

—¿Sin zapatos?

Mis pies no eran los de un nobile mimado. Se parecían más a los de un siervo, con capas de callos tan gruesas que había tenido que vendarme las articulaciones de los dedos más grandes para evitar que la piel se desgarrara.

—Sir Felix dice que es mejor entrenar descalzo.

—¿Ah, sí?

—Dice que así es menos probable torcerse un tobillo. —Me detuve, demasiado consciente del tiempo—. Nuestra conversación… ¿no puede esperar? Llegarán en cualquier momento.

—Si debe ser así, esperará —dijo Gibson, inclinando la cabeza mientras se alisaba con las manos de dedos cortos el frontal de su túnica y la faja de bronce. Yo, vestido con mi ropa de entrenamiento, me sentía desaliñado en comparación, aunque en verdad sus prendas eran sencillas: algodón simple, pero teñido con ese tono que es más verde que la vida misma.

El viejo escoliasta estaba a punto de decir algo más cuando las puertas dobles del salón de entrenamiento se abrieron de golpe y apareció mi hermano con su sonrisa lobuna. Crispin era todo lo que yo no era: alto donde yo era bajo, de complexión robusta mientras que yo era delgado como un junco, de rostro cuadrado frente al mío, afilado. Aun así, el parentesco era innegable. Teníamos el mismo cabello de los Marlowe, negro como la tinta, la misma tez marmórea, la nariz aguileña y las mismas cejas inclinadas sobre los ojos color violeta. Éramos, sin duda, productos de la misma constelación genética. Nuestros genomas se habían modificado de igual modo para encajar en el mismo molde. Las casas palatinas —mayores y menores— se esmeraban en extremo para moldear su imagen, de modo que los eruditos pudieran reconocer a una casa por los rasgos genéticos del rostro y el cuerpo con tanta facilidad como por los emblemas en los uniformes o los estandartes pintados en sus banderas.

El curtido castellano, sirFelixMartyn, seguía a Crispin con paso firme, vestido con su indumentaria de duelo, con las mangas arremangadas hasta los codos. Fue él quien habló primero, alzando una mano enguantada.

—¡Vaya! ¿Ya estás aquí?

Me adelanté, dejando atrás a Gibson para reunirme con ellos.

—Solo estaba estirando, señor.

El castellano asintió, rascándose la maraña de cabello gris y negro que le cubría la cabeza.

—Muy bien, entonces —dijo, y en ese momento reparó en Gibson—. ¡TorGibson! Qué raro verte fuera del claustro a estas horas.

—Buscaba a Hadrian.

—¿Lo necesitas? —preguntó el caballero, enganchando los pulgares en su cinturón—. Tenemos una clase ahora.

Gibson negó con rapidez, inclinándose ligeramente ante el castellano.

—Puede esperar —respondió, y se marchó del salón sin hacer ruido.

Las puertas se cerraron con estrépito, como el retumbar sagrado de un templo en el salón abovedado. Por un instante, Crispin imitó de forma burlesca el andar encorvado y vacilante de Gibson. Le lancé una mirada fulminante, y mi hermano tuvo la decencia de avergonzarse un poco, frotándose las palmas sobre la barba incipiente, oscura como el carbón.

—¿Escudos cargados? —preguntó Felix, chocando las manos con un chasquido sordo y curtido—. Muy bien.

En las leyendas, el héroe casi siempre aprende a luchar de la mano de algún ermitaño enloquecido por el sol, o de la de un místico que pone a sus alumnos a perseguir gatos, limpiar vehículos y escribir poesía. En Jadd, se dice que los maestros de espada —los maeskoloi— hacen todo eso y pueden pasar años sin tocar una espada. No fue mi caso. Bajo la tutela de Felix, mi educación consistía en una disciplina de ejercicios interminables. Pasaba muchas horas al día bajo su supervisión, aprendiendo a defenderme. Nada de misticismo, solo me ejercitaba, una práctica larga y tediosa, hasta que los movimientos de estocada y parada se volvieron tan naturales como respirar. Porque entre la nobleza palatina del Imperio sollano —hombres y mujeres por igual—, la destreza con las armas se considera una virtud principal, no solo porque cualquiera de nosotros podría aspirar a la caballería o al servicio en las Legiones, sino porque el duelo servía como válvula de escape para las presiones y prejuicios que de otro modo podrían desembocar en escaramuzas y venganzas. Así, cualquier vástago de cualquier casa podía, en algún momento, verse obligado a tomar las armas en defensa de su propio honor o del de su casa.

—Todavía te debo una por la última vez, ¿sabes? —dijo Crispin, una vez terminados los ejercicios, mientras nos enfrentábamos sobre la pista de esgrima. Sus labios gruesos se torcieron en una sonrisa irregular. No tenía en absoluto el aspecto del instrumento contundente que en realidad era.

Le devolví la sonrisa, aunque esperaba que en mi rostro el gesto resultara menos fanfarrón.

—Primero tendrás que acertarme.

Levanté la punta de mi espada en guardia, esperando la señal de sirFelix. En algún lugar del exterior, oí el zumbido lejano de un aerodeslizador que pasaba bajo sobre el castillo. Las ventanas, con sus cristales de aluminio transparente, vibraron, y se me erizó el vello de los brazos. Coloqué una mano sobre el cierre de mi grueso cinturón, que activaría la cortina de energía del escudo. Crispin me imitó, apoyando el plano de su espada contra el hombro.

—¿Crispin, qué estás haciendo? —La voz del castellano cortó el momento como un látigo.

—¿Qué?

Como todo buen maestro, sirFelix esperó a que Crispin se diera cuenta de su error. Como no lo hizo, le golpeó el brazo con su propia espada de entrenamiento. Crispin soltó un quejido y fulminó al maestro con la mirada.

—Si apoyaras la altamateria sobre el hombro así, te arrancarías el brazo. La espada lejos del cuerpo, muchacho. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

Algo incómodo, corregí mi propia guardia.

—No lo olvidaría si fuera altamateria —replicó Crispin con torpeza. Y era cierto. Crispin no era un necio; simplemente carecía de la gravedad en el carácter que anticipa la grandeza.

—Escuchadme, los dos —espetó Felix, cortando de raíz cualquier nuevo comentario de Crispin—. Vuestro padre me entregará a los cátaros si no os convierto en combatientes de primera. Y estáis progresando bien, muy bien, pero con eso no basta en una pelea de verdad. Crispin, tienes que ajustar tu forma. Dejas demasiados huecos después de cada movimiento. Y tú… —Me señaló con su espada de entrenamiento—. Tu técnica es buena, Hadrian, pero te falta decisión. Les das a tus oponentes demasiado tiempo para recuperarse.

Acepté la crítica sin decir nada.

—¡En garde! —ordenó Felix, sosteniendo su espada plana entre nosotros—. ¡Escudos!

Ambos activamos los cierres que ponían en marcha nuestros escudos. Las cortinas de energía no afectaban a las velocidades humanas del combate con espada y cuerpo a cuerpo, pero era buena práctica acostumbrarse a la leve distorsión de la luz sobre sus membranas permeables. La barrera de campo Royse era capaz de desviar impactos de alta velocidad sin dificultad: detener balas, frenar descargas de plasma, disipar la descarga eléctrica de los disruptores nerviosos. Contra una espada, sin embargo, no servía de nada.

Felix dejó caer la hoja como el verdugo que a veces era, con la punta roma golpeando el suelo.

—¡Vamos!

Crispin salió disparado de la línea, con la espada recogida hacia atrás para canalizar la fuerza del codo y el hombro. Vi venir el golpe desde años luz de distancia y me agaché justo cuando silbaba por encima de mi cabeza. Girando sobre mí mismo, volví a la guardia por su flanco derecho, en el ángulo perfecto para atacar su espalda y su hombro expuestos. Pero en lugar de eso, lo empujé.

—¡Alto! —ladró Felix—. ¡Era una oportunidad perfecta, Hadrian!

Seguimos así durante lo que parecieron horas, con sirFelix arremetiendo contra nosotros a intervalos. Crispin luchaba como un torbellino, lanzando golpes salvajes desde arriba y los costados, consciente de su mayor amplitud de movimiento, de su fuerza y su potencia. Yo siempre era más rápido. Interceptaba el giro de su hoja con la mía cada vez, retrocediendo a trompicones hacia el borde del círculo. Siempre he agradecido que mi primer compañero de esgrima fuera Crispin. Luchaba como un tren de mercancías, como uno de esos enormes drones cosechadores cuyos brazos barren campos enteros. Su altura y fuerza superiores me prepararon para enfrentarme a los cielcin, el más bajo de los cuales rozaba los dos metros.

Crispin intentó atrapar mi hoja, forzarla hacia abajo para ganar tiempo y golpearme en las costillas. Ya había caído en esa trampa una vez, y sentía el moretón floreciendo bajo el jubón. Mis pies resbalaron sobre la madera y lo dejé hacer. Toda la fuerza detrás de su espada lo hizo perder el equilibrio, y le di un manotazo en la oreja. Tambaleó, y le asesté un golpe con la hoja. Felix aplaudió, dando por terminado el asalto.

—Muy bien. Un poco menos concentrado que de costumbre, Hadrian, pero al menos lo has golpeado.

—Dos veces —protestó Crispin, frotándose la oreja mientras se ponía de pie—. Maldición, eso me ha dolido.

Le ofrecí la mano, pero la apartó de un manotazo, gimiendo al levantarse. Felix nos dio un momento, luego nos hizo colocarnos de nuevo.

—¡Vamos! —dijo, mientras su espada golpeaba el suelo con un leve chasquido, y empezamos.

Me desplacé hacia la derecha mientras Crispin cargaba, barriendo hacia mi costado y lanzando la primera estocada. Intercepté su ataque con una parada. Apreté la mandíbula, girando para devolver el golpe —demasiado tarde— y fallé. Oí a Felix maldecir entre dientes.

Crispin giró con violencia, trazando un arco amplio para abrir espacio entre nosotros. Lo vi venir y salté hacia atrás. Con la espada baja, lancé una estocada. Crispin desvió mi hoja hacia abajo y apuntó a mi hombro derecho. Me recuperé, giré la muñeca y detuve el ataque, atrapando su espada con la mía. Mantuvo el agarre, pero giró, dejando la espalda expuesta.

—¡Crispin! —El castellano enrojeció de frustración—. ¿Qué demonios estás haciendo?

La fuerza de su voz hizo que Crispin se detuviera, y yo lo golpeé con fuerza en el vientre. Mi hermano gruñó, lanzándome una mirada bajo las cejas pesadas. El caballero-castellano subió al círculo, clavando los ojos en mi hermano.

—¿Qué parte de «ajusta tu forma» no entiendes?

—¡Me has distraído! —protestó Crispin, su voz aguda—. Me estaba zafando.

—¡Tenías una espada! —Felix agitó las manos, las palmas abiertas hacia arriba—. ¡Y otra mano! Otra vez.

Crispin saltó desde la línea de partida, con la espada en alto con ambas manos. Giré a la derecha, desviando con fuerza hacia la izquierda para bloquear su ataque salvaje. Me colé por dentro, atacando su espalda, pero Crispin se giró y atrapó mi contraataque con una parada de respuesta. Le ardían los ojos, tenía los dientes al descubierto. Apartó mi espada de un golpe y me embistió con el hombro, agachándose para lanzarme por los aires, fuera del círculo. Caí al suelo y el aire se me escapó de los pulmones. Crispin se cernía sobre mí, casi dos metros de músculo enfurecido vestido de negro.

—Has tenido suerte, hermano —dijo, con su sonrisa dentada y torcida.

Me lanzó una patada a las costillas y gemí, sin aliento. Lo ignoré mientras seguía hablando, diciendo que si hubiera peleado limpiamente, nunca lo habría tocado. Si sirFelix dijo algo, no lo oí. Crispin estaba cerca, imponente. Terminó de hablar y se dio la vuelta para irse. Le enganché un pie en el tobillo y tiré. Cayó de bruces contra el borde del círculo. Me puse en pie en un segundo, recogí mi espada. Le planté un pie desnudo sobre la espalda y le toqué la sien con el filo.

—Basta —espetó sirFelix—. Otra vez.

Capítulo 2

COMO UN TRUENO LEJANO

Las estrechas ventanas de la celda de clausura de Gibson estaban abiertas. Daban a un patio interior doce pisos más abajo, donde los sirvientes cuidaban el jardín de rocas y las esculturas vegetales. La luz blanca del sol se vertía desde un cielo color cáscara de huevo, e iluminaba los rincones atiborrados del estudio de Gibson. Las paredes estaban cubiertas por estanterías tan abarrotadas de libros que los papeles se desbordaban al suelo como nieve, hojas caídas entre pilas de más libros aún. Algunas baldas albergaban discos de almacenamiento de cristal y bobinas de microfilme, pero los libros lo superaban todo en una proporción de cien a uno.

Los escoliastas leen.

Las prohibiciones tecnológicas impuestas contra su orden a causa de antiguas herejías les prohíben el acceso sin restricciones incluso a las tecnologías limitadas que la Santa Cancillería de la Tierra permite a las casas imperiales. Solo se les concedía el cultivo de la mente, y así los libros —que son al pensamiento lo que el ámbar a la mosca prisionera— se convierten en sus tesoros más preciados. Así vivía Gibson, un anciano encorvado en su sillón aplastado, dejando que la luz del sol lo empapara. Para mí era un mago de los viejos cuentos, como la sombra de Merlín proyectada hacia el futuro. No eran los años los que le encorvaban los hombros, sino todo el saber. No era un simple tutor, sino el representante de una orden antiquísima de sacerdotes-filósofos que se remontaba a la fundación del Imperio, e incluso más allá, a los mericanii, los señores de las máquinas muertos hacía ya dieciséis mil años. Los escoliastas aconsejaban a los emperadores; navegaban hacia lugares oscuros más allá de la luz de los soles, hacia planetas extraños. Formaban parte de los equipos que traían al mundo nuevos inventos y saberes, y poseían poderes de memoria y cognición más allá de lo meramente humano.

Yo quería ser uno de ellos, como Simeón el Rojo. Quería respuestas para todas mis preguntas y el dominio de lo secreto y arcano. Por eso le había rogado a Gibson que me enseñara la lengua de los cielcin. Las estrellas son incontables, pero en aquellos días yo creía que Gibson las conocía todas por su nombre. Sentía que, si lo seguía en la vida de escoliasta, tal vez podría aprender los secretos ocultos bajo aquellas estrellas y viajar más allá de ellas, más allá incluso del alcance de la mano de mi padre.

Como estaba muy sordo, Gibson no me oyó entrar, y por eso se sobresaltó cuando hablé a sus espaldas.

—¡Hadrian! ¡Por los huesos de la Tierra, muchacho! ¿Cuánto tiempo llevas ahí de pie?

Consciente de mi lugar —el del estudiante ante su maestro—, hice la media reverencia que una vez me había enseñado mi maestro de danza.

—Solo un momento, messer. ¿Querías verme?

—¿Qué? ¡Ah! Sí, sí… —El anciano reparó en la puerta cerrada tras de mí y bajó la barbilla al pecho. Conocía ese gesto: la paranoia profundamente arraigada del veterano del palacio, el impulso de buscar drones de vigilancia o micrófonos. No debería haber ninguno en el claustro de un escoliasta, pero nunca se podía estar seguro. Privacidad y secreto: los verdaderos tesoros de la nobleza. Qué escasos eran, y cuán valiosos. Gibson clavó un ojo gris marino en el pomo de bronce de la puerta y cambió de idioma, pasando del estándar galáctico a los guturales del lothriano, que ningún sirviente del palacio comprendía.

—Esto no debe decirse. Hay órdenes, ¿entiendes? Está prohibido hablar de ello.

Eso captó mi atención, y me senté en un taburete bajo después de apartar una pila de libros. En el lothriano de mi tutor, dije:

—Esto está hecho un desastre.

—No hay correlación entre el orden del espacio de trabajo y el de la mente —el escoliasta se alisó el cabello gris y desordenado con una mano. No sirvió de mucho.

—¿Acaso la limpieza no es pariente cercana de la divinidad? —dije, esforzándome con el idioma extraño. Los lothrianos no usaban pronombres personales, no reconocían la identidad individual. Había oído decir que su pueblo ni siquiera tenía nombres.

El anciano resopló.

—¿Hoy estás insolente, eh? —Tosió suavemente, rascándose una espesa patilla—. Bueno, basta. Esta noticia no puede esperar. Se recibió anoche; de otro modo se habría compartido antes. —Inspiró profundamente, luego dijo en un tono mesurado—: Un séquito del Consorcio Wong-Hopper llegará aquí antes de que acabe la semana.

—¿Antes de que acabe la semana? —Me sorprendí tanto que olvidé el lothriano por un momento y exclamé—: ¿Cómo es que no me he enterado?

El escoliasta me observó con seriedad a lo largo del puente de su nariz y respondió en lothriano:

—La onda QET solo llegó hace unos meses; el Consorcio se desvió de sus rutas comerciales habituales para hacer el viaje. —A continuación, Gibson dijo sin rodeos, y sin suavizarlo—: Cai Shen ha sido atacado. Destruido por los cielcin.

—¿Qué? —La palabra se me escapó en galstani, y repetí en lothriano—. ¿Iuge?

Gibson no apartó la mirada, sus ojos fijos en mi rostro como si yo fuera una ameba en la caja de Petri de algún mago.

—La flota del Consorcio recibió el telégrafo del sistema Cai Shen justo antes de que cayera el planeta.

Es extraño, ¿no? Cómo los mayores desastres de la historia a menudo parecen huecos, abstractos, como un trueno lejano. Una sola muerte, escribió un antiguo rey, es una tragedia; pero un genocidio solo puede comprenderse a través de estadísticas. Yo nunca había visto Cai Shen, nunca había salido de mi mundo natal, Delos. El lugar era solo un nombre. Las palabras de Gibson cargaban el peso de millones de vidas, pero mis hombros no llevaban nada. Quizá me creas un monstruo, pero ninguna oración ni acto mío podía devolver la vida a esa gente ni apagar los incendios de su mundo. Tampoco podía curar a cada hombre y mujer mutilado por la Cancillería. Cualquiera que fuera el poder que poseía como hijo de mi padre, llegaba solo hasta donde él lo permitía. Así que recibí la noticia sin tristeza alguna y el sobresalto inicial se disolvió en una aceptación anestesiada. Luego, algo más profundo, algo frío y pragmático, se apoderó de mí, y dije:

—Han venido a por una nueva fuente de uranio.

Sonaba como mi padre.

La sombra de una sonrisa en el rostro del escoliasta me dijo que tenía razón, incluso antes de que lo admitiera.

—¡Muy bien!

—Bueno, ¿qué más podría ser?

Gibson se removió ruidosamente en su asiento, soltando un quejido por alguna dolencia.

—Con Cai Shen destruido, la Casa Marlowe se convierte en el mayor proveedor de uranio con licencia del sector.

Tragué saliva y me incliné hacia adelante, apoyando el mentón sobre mis manos entrelazadas.

—¿Quieren un trato, entonces? ¿Por las minas?

Pero antes de que Gibson pudiera responder, se me ocurrió una pregunta más oscura, una que no pude formular en lothriano. Murmuré:

—¿Por qué no me informaron?

Cuando Gibson no respondió, recordé lo que había dicho antes y susurré:

—Órdenes.

—Da —asintió, tratando de traerme de vuelta al lothriano.

—¿Específicas? —Me incorporé bruscamente—. ¿Dijo que no me lo contaran a mí concretamente?

—Se nos dio instrucciones de que la noticia no se compartiera con nadie que no tuviera la autorización del cuerpo de propaganda o el beneplácito del arconte.

Me puse de pie, y olvidándome de mí mismo, seguí hablando en galstani:

—Pero soy su heredero, Gibson. No debería… —Vi la mirada fulminante del escoliasta y volví al lothriano—. Este tipo de cosas no deberían ocultarse.

—No sé qué decirte, muchacho. De verdad que no.

Cambió sin esfuerzo al jaddiano y desvió la mirada por la ventana, hacia donde un operario de mantenimiento subía por un andamio frente a los vitrales, bajo la sombra de un muro contrafuerte. Si estiraba el cuello, casi podía ver la vasta extensión gris del océano Apoliano más allá del muro cortina, extendiéndose hacia el este, hasta la curva del mundo.

—Sigue actuando como si no supieras nada —dijo—, pero prepárate. Ya sabes cómo son estas reuniones.

Fruncí el ceño y me mordí el interior de la mejilla. Seguí su cambio de idioma y dije:

—¿Pero los cielcin? ¿Están seguros de que fue un asalto?

—He visto las imágenes del ataque con mis propios ojos. El Consorcio envió los últimos paquetes de noticias de Cai Shen junto con el anuncio de su visita, a través de la onda. Tu padre nos tuvo a Alcuin y a mí despiertos toda la noche revisándolo con los logotetas. Fueron los cielcin, sin duda.

Nos quedamos sentados un buen rato sin movernos. Al fin hablé:

—Cai Shen no está en el Velo —dije, refiriéndome a la frontera más allá del Brazo de Centauro, donde se libraba la mayor parte de la guerra contra los cielcin. Me miré las manos—. Se están volviendo más atrevidos.

—La información más reciente dice que la guerra no mejora, ¿sabes?

Gibson volvió a apartar de mí sus ojos nublados y miró por la ventana, hacia las almenas deliberadamente antiguas y las murallas puramente simbólicas que rodeaban la casa de mi familia. El sirviente seguía allí, puliendo el cristal a mano.

De nuevo reinó el silencio, y de nuevo fui yo quien lo rompió.

—¿Crees que vendrán aquí?

—¿A Delos? ¿Al Espolón? —Gibson me miró fijamente, las cejas espesas fruncidas—. Está a casi veinte mil años luz del frente. Diría que estamos seguros… por ahora.

Aún en jaddiano, pregunté:

—¿Por qué insiste mi padre en ocultarme cosas, en tener secretos? ¿Cómo espera que gobierne esta prefectura después de él si no me mantiene informado?

Gibson no respondió, y como es propio de los jóvenes ser sordos a los silencios, no comprendí su mensaje ni vi la respuesta que ya estaba ahí. Proseguí, atrapado por la gravedad de una pregunta que ya no podía ignorar:

—¿Crispin lo sabe? ¿Lo del Consorcio?

Gibson me lanzó una larga mirada, cargada de lástima. Luego asintió.

Capítulo 3

CONSORCIO

Para cuando llegó el día de la visita del Consorcio, el castillo ya no podía ocultar las señales de preparación. Wong-Hopper, Yamato Interestelar, Rothsbank y la Unión de Comerciantes Libres eran instituciones que trascendían los límites de nuestro Imperio y mantenían unido el universo humano. Incluso en los confines de Jadd, los sátrapas y príncipes se inclinaban ante las exigencias de la industria, y por grande que fuera mi padre, no era más que un señor menor. Cada piedra y teja del castillo negro al que llamaba hogar estaba dispuesto para la ocasión, y cada uniforme de cada sirviente y pelta de la guardia tenía un aspecto inmaculado. Todo lo que podía prepararse, se había preparado: los jardines, podados; los tapices, sacudidos; los suelos, encerados; los soldados, entrenados; las habitaciones de invitados, activadas. Pero lo más revelador de todo era que me habían desterrado de las instalaciones.

—Simplemente no disponemos del equipo, señoría —dijo la representante del Gremio Minero. Lena Balem apoyó firmemente las manos sobre el escritorio. Sus uñas color vino resplandecían bajo la luz rojiza del plafón—. La refinería de Redtine Point necesita reparaciones urgentes, y si no prestamos mayor atención al confinamiento, la tasa de mortalidad entre los trabajadores superará el cinco por ciento al final del ciclo estándar.

Según el informe que me habían entregado, sabía que tenía poco más del doble de mi edad, apenas cuarenta años estándar, y su aspecto delataba su edad. Su sangre plebeya —no alterada por el Alto Colegio— la traicionaba: las canas le clareaban el cabello dorado, tenía arrugas en las comisuras de los labios y los ojos, y la flacidez ya se insinuaba en su mandíbula. El tiempo se cobraba su precio en ella, mientras que, medida contra los siglos que yo esperaba vivir, no era más que una niña. Debí haberla observado con demasiada fijeza o permanecí demasiado tiempo en silencio, porque interrumpió su exposición bruscamente y dijo:

—Disculpe, pensé que debía dirigirme a su señor padre en este asunto.

Sacudí la cabeza y eché un vistazo al espejo que había sobre y detrás de su escritorio, donde los peltastas con armadura negra me aguardaban junto a las puertas metálicas grises, apoyados sobre los astiles de sus lanzas energéticas, más altas que ellos. Su presencia silenciosa me hizo vacilar, y logré ocultar la mueca que amenazaba mi rostro.

—Mi padre está irremediablemente ocupado, señora Balem, pero estaré encantado de escuchar sus preocupaciones. Aunque si prefiere esperar, puedo trasladarle personalmente cualquier problema que quiera comunicarme.

Los ojos marrones de la representante del gremio se entrecerraron.

—Eso no es suficiente.

—¿Perdón?

—¡Tiene que haber fondos para reemplazar parte de esta maquinaria! —Golpeó la mesa con una mano, esparciendo un montón de chits de almacenamiento. Uno cayó al suelo, a mis pies. Sin que me lo pidiera, me agaché para recogerlo. Fue un error, algo impropio de alguien de mi rango, y me imaginé el tono de blanco al que habría llegado el rostro de mi padre de haberme visto ayudando así a una plebeya. Lena Balem no comentó el gesto, pero se inclinó sobre el escritorio para mirarme a la cara—. Algunos de los trajes contra la radiación que usan nuestros mineros tienen veinte o veinticinco años. No son adecuados para proteger a nuestros trabajadores, M. Marlowe.

Sin previo aviso, una de entre los guardias dio medio paso al interior de la sala, detrás de mí.

—Se dirigirá al hijo del arconte como «señor» o «mi señor».

La voz femenina, apagada por el visor de su casco con cuernos, sonó vaga e impersonal en su amenaza.

El rostro prematuramente vencido de Balem palideció al comprender su error. Sentí el fuerte impulso de ordenar a la soldado que guardara silencio, pero en el fondo sabía que la mujer tenía razón. Padre habría mandado azotar a la representante por la ofensa, pero yo no era mi padre.

—Comprendo sus preocupaciones, señora Balem —dije con cuidado, enfocando la vista en un punto más allá de sus hombros encorvados—, pero su organización tiene unas instrucciones. Nosotros exigimos resultados.

Mi padre había sido muy preciso sobre lo que podía decir en esa reunión, y que era aceptable para obtener la obediencia de aquella mujer. Ya lo había dicho todo.

—Su casa, señor, ha mantenido las cuotas en el mismo nivel durante los últimos doscientos años, sin hacer nada para compensar las pérdidas en el equipo. Estamos perdiendo la batalla, y cuanto más uranio extraemos de las tierras altas, más profundamente tenemos que excavar. Perdimos una perforadora entera a causa de los derrumbes junto al río.

—¿Cuántos trabajadores?

—¿Perdón?

Coloqué el chit de datos recuperado sobre el borde de su escritorio de imitación de madera con extrema precisión, con la etiqueta hacia arriba.

—¿Cuántos trabajadores perdieron la vida en ese derrumbe?

—Diecisiete.

—Mis más sinceras condolencias.

Una chispa de sorpresa cruzó los ojos de la plebeya, como si lo último que esperara de mí fuera algo siquiera remotamente parecido a una muestra de humanidad, por hueca e intrascendente que fuera. Las palabras suelen ser así. Aun así, sentí que me correspondía intentarlo. Aquello era una tragedia, no una estadística, y la mujer que tenía delante había perdido gente. Se quedó un instante con la boca entreabierta a causa de la sorpresa. Luego, la sorpresa desapareció.

—¿De qué sirven sus condolencias a las familias de esa gente? ¡Tiene que hacer algo al respecto!

Detrás de mí oí cómo la peltasta que había hablado antes se adelantaba un paso, pero la contuve con un gesto que Balem no alcanzó a ver. Ella continuó:

—No se trata solo de accidentes, mi señor. Estas máquinas son antiquísimas… algunas tan viejas como mi abuelo, que la Tierra lo tenga. Y no son solo las perforadoras, como ya le he dicho, sino las refinerías y las barcazas que usamos para llevar el polvo de uranio río abajo. Toda la instalación está al borde del colapso.

—Padre adora sus márgenes de beneficio —dije. La amargura y el patetismo de mi voz me tomaron por sorpresa—. Pero debe comprender que no tengo autoridad para ofrecer reparaciones de ningún tipo en este momento.

—Entonces debe haber fondos para reemplazar al menos una parte de estas máquinas, mi señor. —Estiró la mano y arrastró un pequeño bloque entre montones de papeles—. Tal como están las cosas, tenemos hombres y mujeres trabajando en esos túneles con picos y palas de mano. Jornadas de trece horas. —Alzó la voz—. ¿Tiene idea de cuánta gente se necesita para igualar la producción de esas máquinas?

Sentí que mi sonrisa flaqueaba justo cuando Balem se daba cuenta de que acababa de levantar la voz a un miembro de la nobleza. Imaginé a Crispin ordenando a sus guardias que la golpearan, y apreté la mandíbula. Yo no era ni Crispin ni mi padre.

—M. Balem, esas máquinas se fabrican fuera del planeta —dije. Aunque no estaba del todo seguro de dónde—. Con los cielcin hostigando las colonias del Velo, el comercio interestelar está por las nubes. Es muy difícil…

—Debe haber algo —me interrumpió; estaba girando el cubo entre las manos.

Me di cuenta de que no era más que un pisapapeles. Por un momento había pensado que era un cristal de almacenamiento como los que se usan para simjuegos o entornos virtuales. Pero no, a la clase baja no se le permitían tales cosas. Ni siquiera tenían acceso al conocimiento técnico necesario para reemplazar su maltrecho equipo minero. Los medios de producción estaban en manos de las casas nobles y de un puñado de artesanos y manufacturas que trabajaban para ellas. La alta tecnología, incluso dispositivos de entretenimiento como los simjuegos, era patrimonio exclusivo de la élite. Aquello era solo un pisapapeles, nada más.

—Muy probablemente lo haya —dije, en voz baja y apartando los ojos del acero que había en los suyos.

Pero antes de que pudiera continuar, Lena Balem volvió a interrumpirme:

—Y las minas actuales no durarán para siempre, mi señor. Sin esas perforadoras no podemos abrir nuevos pozos, a menos que su padre quiera que usemos las manos.

Tal vez quiera eso, pensé, tragando saliva.

—Lo entiendo, M. Balem —dije, tomando aire.

—¿Entonces por qué no se hace nada para solucionar el problema?

Volvió a levantar la voz. Estaba perdiendo el control de la conversación, si es que no lo había perdido ya. Una de las manos de Lena Balem se cerró en torno al cubo de acero; era como si sus uñas rojas como garras manchadas de sangre estuvieran apretando un corazón metálico.

—La representante del gremio debe recordar que está hablando con el hijo de lord AlistairMarlowe.

Esta vez fue el otro peltasta; ambos sabuesos de mi padre.

El color huyó del rostro de Lena Balem y se desplomó en su asiento. El nombre de mi padre tenía ese efecto en sus dominios y en el resto de Delos. Aunque nuestra casa era solo una entre las ciento veintiséis casas menores del sistema juramentadas a la duquesa virreinal del planeta, era con mucho la más rica, la más noble y la más cercana al consejo de lady Elmira. Padre pasaba cada vez más tiempo en Artemia, en el castillo de la virreina, y años atrás incluso había sido su ejecutor cuando ella estuvo fuera. No era imposible que, en poco tiempo, nos pidieran dejar Meidua y el Descanso del Demonio para asumir un feudo y un título en algún mundo nuevo, que sería nuestro.

—Le ruego me perdone, mi señor —dijo Lena Balem, dejando el pisapapeles como si la hubiera quemado—. Perdóneme.

Despaché su disculpa con un gesto y recuperé mi sonrisa más cortés.

—No hay nada que perdonar, M. Balem. —Me mordí el labio, pensando en los soldados detrás de mí, que sí creían que había algo que perdonar—. Por supuesto, presentaré sus quejas a mi padre. Si dispone de proyecciones sobre los costes y beneficios de estas máquinas de reemplazo, creo que tanto lord Alistair como sus consejeros querrán revisarlas. —Miré la hora en el terminal de mi muñeca, deseando marcharme. Todavía podía alcanzar la llegada de los visitantes mandari—. Además, le sugiero que priorice sus necesidades antes de hablar con mi padre y su consejo asesor. Pero ahora debo retirarme. —Ostensiblemente, miré el terminal una vez más—. Tengo un compromiso pendiente. —La silla chirrió sobre el suelo al levantarme.

—Eso no basta, mi señor —dijo Lena Balem poniéndose en pie también, mirándome por encima de la nariz desproporcionadamente grande—. La gente muere en esas minas a diario. Necesitan por lo menos trajes adecuados para entornos tóxicos. Mi gente se está muriendo, por gas radón, por radiación… Tengo fotos. —Revolvió entre los montones de hojas impresas sobre su escritorio hasta encontrar unas imágenes brillantes de torsos ulcerados y carne llena de costras.

—Lo sé.

Me di la vuelta justo cuando mis guardias avanzaban para colocarse a ambos lados de mi persona. Sentí el pomo de mi daga de defensa golpearme la pierna. Por un momento, creí que aquella mujer podría atacarme. Nunca se habría comportado así ante mi padre. Había sido demasiado blando. Padre la habría hecho azotar, la habría expuesto desnuda en el cepo en la calle principal de Meidua. Crispin la habría golpeado él mismo.

Yo, simplemente, me marché.

—¿Ha habido éxito, mi señor? —preguntó la joven teniente después de que nuestro volador despegara del complejo del Gremio en el barrio bajo de la ciudad, al pie de los acantilados de piedra caliza.

Ascendimos lentamente por encima de los tejados de tejas y pasamos junto a las agujas celestes del Barrio Bajo, uniéndonos al tráfico aéreo disperso. Debajo de nosotros, la ciudad de Meidua se desplegaba como un dibujo anatómico junto al mar, bajo la imponente acrópolis donde mis ancestros habían levantado el antiguo bastión de nuestro hogar.

Eché un vistazo a la teniente y negué con la cabeza.

—Me temo que no, Kyra.

El transporte atravesó una nube de vapor blanco que salía de una planta nuclear costera mientras virábamos en amplio círculo sobre el agua para aproximarnos al Descanso del Demonio desde el este. Encima de su acrópolis de piedra blanca, el granito negro de la muralla y las agujas góticas del interior absorbían la luz gris del sol; desentonaban contra el farallón calizo sobre el que se alzaban, como si algún poder inhumano hubiera arrancado las piedras aún humeantes del corazón del planeta, como en efecto había sucedido.

—Lo lamento, señor. —Kyra se recogió un rizo de bronce bajo el borde de su gorra de vuelo. Eché una mirada de soslayo a los dos peltastas sentados en la parte trasera de la nave y sentí sus ojos fijos en mí.

Inclinándome hacia adelante contra las correas, dije:

—Llevas ya un tiempo con nosotros, ¿verdad, teniente?

—Sí, señor —respondió por encima del hombro, mirándome brevemente—. ¡Cuatro años ya!

La luz del sol de la tarde entraba por el parabrisas delantero y dibujaba su rostro en fuego níveo, y sentí una punzada de compasión por ella. Había algo que me parecía más real que las damas palatinas a las que me habían presentado; estaba más viva. Era más… humana.

—Cuatro años… —repetí, sonriendo al contorno de su cara que alcanzaba a ver desde mi asiento en los bancos traseros—. ¿Y siempre quisiste ser soldado?

Se irguió. Algo en mi voz la puso en guardia. Tal vez mi acento. Me han dicho en más de una ocasión que hablo como el villano de una ópera eudoriana.

—Quería volar, señor.

—Entonces me alegro por ti. —No podía seguir contemplando su rostro, y, sonrojado, volví la vista hacia la ventana, hacia la ciudad, mi ciudad, y observé su maraña, el modo en que las calles se extendían como telarañas por los acantilados bajo el Descanso del Demonio y sobre el mar. Divisé la cúpula de verdín de la Cancillería, con sus nueve minaretes como lanzas apuntando al cielo, y al otro extremo de la avenida principal, la gran elipse del circo, hoy abierto al cielo.

—Es hermoso desde aquí arriba —dije. Sabía que estaba divagando, pero me ayudaba a distraerme del destino hacia el que volaba: mi padre y los invitados mandari que había querido ocultarme. Pensé en Crispin y en su sonrisa afilada—. No hay de qué preocuparse.

—Salvo por los otros voladores, señoría. —Vi que la comisura de su boca se elevaba y, por un instante, vi el resplandor, blanco como la leche, de sus dientes. Sonreía.

Yo también sonreí.

—Sí, claro.

—¿Usted vuela, señor? —preguntó antes de añadir, con aire tímido—. Si a mi señor no le molesta la pregunta.

Me giré en el asiento y miré con intención a los dos peltastas junto a la rampa de salida, al fondo del volador, que tenían las manos enguantadas aferradas a los aros de sujeción que colgaban del techo de paneles grises.

—No me molesta. Y sí, vuelo. Aunque no tan bien como tú. Pregúntale a sir Ardian algún día.

Ella se echó a reír.

—Lo haré.

Sin deshacerme de la nube que se había instalado en mi ánimo, cambié de tema, fijando ahora la vista en el suelo enmoquetado de la cabina.

—¿Ha llegado ya la delegación al castillo?

—Sí, señoría —respondió la teniente, lanzando nuestro volador en un picado pronunciado que nos llevó por debajo de la cima de los acantilados, donde terminaba la roca viva y comenzaba el granito negro traído de fuera. Siempre que veía el viejo lugar desde abajo, de ese modo, me lo imaginaba acompañado por el estruendo del trueno—. Hace ya unas horas.

Era lo que temía y esperaba: iba a perderme la ceremonia.

—¿A qué se dedica tu padre, Kyra? —No había tenido intención de decirlo, y sin embargo las palabras se escaparon. Son cosas pequeñas… y peligrosas.

—¿Señor?

—Tu padre —repetí—. ¿A qué se dedica?

—Trabaja en la red de iluminación de la ciudad, señor.

Mis labios se torcieron y pronunciaron un chiste pobre:

—¿Quieres cambiármelo?

El castillo de Descanso del Demonio, fruto de una era más grandiosa que la nuestra, era tan vasto como una ciudad, aunque menos de una décima parte de las almas que bullían en torno y bajo sus muros habitaban realmente en su interior. Cuando se alzaron por primera vez sus murallas, el imperio sollano pesaba con fuerza sobre las estrellas, incontestado en poder y majestad, la única potencia humana en el cosmos. Aunque aquellos días de gloria y estruendo habían quedado ya muy atrás, la ciudad aún perduraba: una confusión de espiras reforzadas y mampostería nudosa que se alzaba como tantos huesos desgastados desde la colina sobre Meidua. Por grandiosa que fuera, la antigua fortaleza resultaba pequeña para los estándares de la época. El Gran Torreón, un bastión macizo de lados cuadrados, de acero revestido en piedra oscura, se alzaba apenas cincuenta niveles por encima de la plaza en la que descansaba. Aun así, empequeñecía a las demás estructuras del castillo, incluso a los minaretes de nuestra propia Cancillería privada. La pequeña torre de doce pisos del claustro de los escoliastas parecía miserable en su rincón extremo, junto a los jardines y el muro exterior.

Avancé hacia el Torreón, atravesando las sombras de una columnata, los tacones de mis botas resonaban sobre el mosaico. Había perdido a mis dos guardias en el hangar de aterrizaje y dejado a Kyra apagando el volador. Pero no estaba solo; peltastas con armadura ligera y hoplitas con escudos de cuerpo y corazas de cerámica completa estaban apostados a intervalos a lo largo de la columnata y de la gran escalinata que conducía al viaducto que desembocaba en la plaza al pie de la Torre. Allí, me abrí paso entre una muchedumbre de logotetas uniformados del personal de la casa que administraban nuestra pequeña porción del imperio. Incluso si hubiera sido el único en el camino, no habría estado solo. Ninguno de nosotros lo estaba jamás. Las cámaras siempre vigilaban.

Pasé junto a la estatua de JulianMarlowe —muerto hacía tiempo, montado en su caballo, con la espada alzada en desafío contra los cielos— y ascendí por los amplios escalones de mármol blanco. Crucé la puerta principal, deteniéndome un instante para saludar a la dama Uma Sylvia, la caballero lictor de guardia en la entrada.

—¿Mi padre? —pregunté. La pregunta resonó clara en el aire de la tarde.

—¡Sigue en la sala del trono, joven señor! —respondió Sylvia, sin romper su postura de atención perfecta.

Crucé las baldosas blancas y negras del suelo, avanzando directamente sobre el sol de cobre del sello imperial hacia la escalera interior. Pesadas banderas negras colgaban de los altos muros, y el ruido de pasos y trompetas reverberaba por el hueco central que atravesaba treinta de los cincuenta niveles de la Torre. Aquel noble estandarte, símbolo de mis antepasados hasta las mismas profundidades del tiempo, está ahora mancillado por mi mano. ¿Lo habéis visto acaso? Más negro que el espacio, con su diablo rojo que danza, tridente en mano, sobre nuestro lema: «La espada, nuestra oradora». Dos de esos diablos se enfrentaban a ambos lados de las puertas de hierro forjado del salón de mi padre y empequeñecían el arco puntiagudo y a los hombres que lo custodiaban.

Aquellas puertas eran extraños objetos: pesadas moles de hierro fundido, en bruto y tratadas con una resina opaca para evitar el óxido. Cada puerta tenía tres veces la altura de un hombre y varios centímetros de grosor, de modo que la confusión de figuras humanas labrada en relieve destacaba nítidamente sobre su superficie. Cada una debía pesar varias toneladas, pero se deslizaban con suavidad, equilibradas por contrapesos lentos que permitían que incluso un niño pudiera abrirlas.

—¡Señor Hadrian! —dijo sir Roban Milosh, un hombre huidizo, de piel oscura y cabello densamente rizado—. ¿Dónde os habíais metido?

Entrecerré los ojos y tardé un momento en serenarme, murmurando un aforismo escoliasta por lo bajo: «La ira es ceguera». La ira es ceguera. A Roban le respondí:

—Me retuvieron en el Gremio de Minería, por orden de mi padre. ¿Están dentro?

—Desde hace unos treinta minutos.

Consciente de mi aspecto desaliñado, del revoltijo salvaje de mi pelo demasiado largo y de la arrugada imperfección de mi chaqueta de etiqueta, le di una palmada en el brazo al caballero.

—Eso solo significa que ya se ha acabado la parte aburrida. Déjame pasar.

Me adelanté, apoyando la palma contra la puerta. El compañero de Roban dio un paso al frente y me agarró del brazo. Indignado, me giré con brusquedad y fulminé al hoplita con la mirada. Su casco, como el de la mayoría de las armaduras de combate, no tenía visera, solo una coraza acanalada de cerámica sólida que le ocultaba el rostro. Unas cámaras internas enviaban las imágenes a una pantalla en el interior de su máscara, dándole el aspecto de una estatua más que de un hombre.

—Lord Alistair ha ordenado que nadie entre mientras recibe al director. —Me soltó con deliberada firmeza—. Disculpad, joven señor.

Luché por contener el repentino arranque de rabia, repetí el aforismo de los escoliastas en mi mente, me esforcé por no dejarme llevar por el persistente temor que se agolpaba en mi interior. Debí darme la vuelta y marcharme. Habría sido lo más fácil. En su lugar, carraspeé:

—Soldado, apártate.

—Hadrian. —Roban me puso una mano en el hombro—. Tenemos órdenes.

Me giré, y confieso que mi frustración me venció.

—Quítame las manos de encima, Roban.

Y empujé la puerta antes de que el caballero lictor o su lugarteniente pudieran detenerme. La puerta no hizo ruido al girar. Después de abrirla, me volví y fulminé con la mirada al hoplita, que ya estaba a medio camino de interceptarme. Tenía los mismos ojos que mi padre, y sabía cómo usarlos. El hombre se acobardó.

No hubo ninguna fanfarria que acompañara mi entrada, a menos que cuenten las reverencias de los peltastas que aguardaban dentro. Existe un límite para la vastedad del espacio que el ojo y la mente humanos pueden apreciar plenamente, más allá del cual la grandeza abruma. La sala del trono sobrepasaba ese límite, ya que era a la vez demasiado alta, demasiado ancha y demasiado larga. Filas y filas de columnas oscuras se extendían a izquierda y derecha, sosteniendo bóvedas decoradas con frescos que representaban la muerte de la Vieja Tierra y la posterior colonización de Delos. Aunque los sentidos humanos no podían percibirlo, la distancia entre el suelo y el techo se reducía sutilmente entre las puertas y el estrado del fondo, de modo que la visión del suplicante, engañada, percibía al arconte como una figura más grande que cualquier ser humano. Se dice que el Trono Solar en el Foro emplea un truco similar, para que el Emperador eclipse incluso al duque más poderoso de su constelación.

El trono mismo se hallaba envuelto en sombras, y los dos cuernos curvados a su espalda —en realidad, las costillas de una gran ballena de bronce— se alzaban hasta la mitad del techo lejano, bloqueando la luz del rosetón que se abría tras el asiento, de modo que la figura sentada sobre él quedaba oculta.

La comitiva del Consorcio estaba reunida ante el trono, erguidos al pie del estrado, sus siluetas absurdamente alargadas por la microgravedad de las naves en las que vivían. Eran siete, todos con túnicas a juego, escoltados por dos docenas de soldados vestidos de gris mate, que portaban rifles cortos en lugar de las lanzas de energía que preferían los soldados de mi padre.

—Perdonad mi tardanza, padre —dije con mi voz de orador, haciendo valer toda la fuerza de la formación retórica que Gibson me había dado—. La representante del Gremio de Minería se ha extendido más de lo previsto.

—¿Por qué estás tú aquí? —El sonido de aquella voz, en ese lugar, me agrió por dentro, y sentí un viento frío atravesar mi alma. Crispin estaba enterado de la visita de los enviados del Consorcio Wong-Hopper, y además había sido invitado.

Ignoré la pregunta petulante de Crispin y avancé hasta quedar a diez pasos de la hilera de invitados del Consorcio, alineados bajo el trono de mi padre. Aún no estaba bajo la sombra de aquel gran sillón, y mi padre solo era una silueta oscura entre las tinieblas del asiento de ébano y hierro forjado. Hincando una rodilla ante el trono, incliné la cabeza frente a los visitantes mandari.

—Honorables invitados —la profundidad ensayada de mi voz me complació, especialmente tras los quejidos de Crispin—, perdonad mi demora. Asuntos locales me han retenido.

Uno de los altos visitantes dio un par de pasos hacia mí.

—Por favor, levantaos.

Lo hice, y la representante del Consorcio se giró para mirar a mi padre.

—¿Qué significa esto, lord Alistair?

Desde su trono, mi padre se movió.

—Mi hijo mayor, directora Feng.

Su voz, que debiera haberme resultado tan familiar como la mía, me pareció la de un extraño.

La mujer que me había hablado asintió, dejando caer las manos huesudas a los costados, con un susurro de mangas grises.

—Ya veo.

Los demás miembros del Consorcio se removieron en sus zapatos de suela blanda.

—Tomad asiento.

La figura de mi padre tomó forma poco a poco a medida que mis ojos se adaptaban a la profunda sombra de su trono. Se parecía más a mí que a Crispin