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El infierno en doce pasos es la crónica novelada de hechos reales conocidos por el autor durante su labor social en un reclusorio de la Ciudad de México. En ella se muestra el horror que puede vivir el ser humano, cuando es presa de las adicciones, pero también muestra la inmensa necesidad que tenemos de recuperar la espiritualidad pues solo en ella se puede encontrar la fuerza interior que todos tenemos, solo así se halla la forma de superar todos los obstáculos y sobreponernos a la mayor adversidad que podemos padecer: nuestra autodestrucción. Raúl Rodríguez Rodríguez, con inmensa capacidad descriptiva plasma el mundo oscuro que nos habita y la forma como el ser humano es capaz de sobreponerse a todo, si conecta con su espiritualidad. El infierno en doce pasos es más que una radiografía del bajo mundo, es en realidad la historia de los que logran dar la batalla espiritual que requiere "nacer dos veces". La novela negra encuentra en este talento mexicano un gran exponente y es con El infierno en doce pasos que Cangrejo Editores inicia su colección para los amantes de este género literario
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2020
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EL INFIERNO EN DOCE PASOS
PRIMERA EDICIÓN: OCTUBRE DE 2020
© Raúl Rodríguez Rodríguez, 2020
© Cangrejo Editores, 2020
Transversal 93 núm. 63-76 Int. 16, Bogotá, D.C., Colombia
Telefax: (571) 276 6440 - 541 0592
www.cangrejoeditores.com
© Ediciones Gato Azul, 2020
Buenos Aires, Argentina
ISBN: 978-958-5532-26-7
DIRECCIÓN EDITORIAL:
Leyla Bibiana Cangrejo Aljure
PRODUCCIÓN EDITORIAL:
Víctor Hugo Cangrejo Aljure
PREPRENSA DIGITAL:
Cangrejo Editores Ltda.
DISEÑO GRÁFICO E ILUSTRACIÓN DE PORTADA:
Germán I. Bello Vargas
Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en sistema recuperable o transmitida en forma alguna o por ningún medio electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros, sin previo permiso escrito de Cangrejo Editores.
IMPRESO POR:
Multi-impresos S.A.S.
Impreso en Colombia - Printed in Colombia
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Esta historia va dedicada a todo ese ejército de anónimos,que me enseñó a convertir mi soledad en solitud. Lo importante —me dijeron— no es descubrir quién quieres ser,sino quién necesitas dejar de ser.
En esas ando.
Un día descubrí que necesitaría vivir como cuatro vidas consecutivas, para cumplir todas las expectativas que tenía de mí mismo. O vivir unos doscientos años para lograr todo lo que me había propuesto. Al cabo del tiempo, semejante locura devino en depresión e insomnio. Una fuerza desconocida me empujaba hacia ese torbellino de exigencias existenciales, lo mismo ser un hijo modelo que un alumno brillante o un empleado destacado.
Lo más confuso fue eso, precisamente: lejos de «desvielar» la máquina con semejantes demandas autoimpuestas, logré prosperar económicamente, acumular títulos, obtener prestigio profesional y académico, pero estar muerto por dentro, sin fuerza interior, sin un sentido trascendente más que el curricular.
Tras unos años de ese tipo de éxito, llegó el desastre. Se cerraron de golpe mis caminos. El costo de vivir racionalmente fue atroz y estuvo a punto de llevarme a la extinción. Los alicientes económicos y académicos no bastaban ya para sostener mi vida. Una sabia opinión me dijo que la disyuntiva era recurrir a psiquiatras y medicamentos o bien, practicar meditación budista. Silenciar a mi mente con esa práctica de atención consciente, me abrió los ojos a una nueva realidad. Se me enseñó que el individuo no es solo mente sino también espíritu y que, de hecho, este debe prevalecer sobre aquella.
Decidí tomarme un tiempo sabático que me llevó a recorrer decenas de países. Me convertí en trotamundos, abandoné trajes y corbatas, me tatué un brazo, me puse un piercing y gastando todos mis ahorros recorrí los cinco continentes, de lo cual dan fe mis cuentas de Facebook e Instagram. Desde Vietnam, la Patagonia o Rusia, hasta Italia, Argentina o Turquía y un largo etcétera.
A mi regreso a México me sentí vacío. Muchas millas había recorrido, acumulaba ya miles de experiencias; tenía el recuerdo de amores de ocasión por todo el globo terráqueo. En mi México querido tenía un nuevo empleo. Pero me seguía sintiendo vacío.
Aquel sabio consejero que me acercó a la meditación dijo que solo faltaba un territorio por recorrer: mi patria interior. Y para realizar semejante introspección, me volvió a poner en suerte con el mundo del voluntariado, en el que ya había participado años antes, por su propia sugerencia: ahora me llevó a visitar el reclusorio de Santa Marta Acatitla, El Torito, pabellones de enfermos terminales, hospicios y asilos. La premisa era conocer el dolor ajeno, para ubicar mi propio dolor y sobre todo, dimensionarlo. Ayudar a otros te ayuda a aliviar tu propio dolor o a olvidarte de él, que ya es ganancia.
Fue en ese ámbito donde conocí la valerosa experiencia de cientos de personas, que diariamente, minuto a minuto, combaten a sus demonios internos, esos que los llevaron al presidio, la adicción, la autodestrucción.
Esta crónica novelada que tienes entre tus manos habla de ellos, de los nacidos dos veces, de quienes una vez murieron espiritualmente, pero lograron reconectar con su insospechado poder interno. Gente que ha logrado conquistar el terreno más resbaloso de todos: su patria interior. El hilo conductor entre todas esas historias es la de un asesino serial, que bien podría ser la alegoría de lo que son las adicciones modernas, esas que nos llevan a la fuga de la realidad, a no saber estar para nosotros mismos.
En estas páginas se describen golpizas brutales, incesto, violaciones, perversiones, homicidios, suicidio y otros atisbos de la condición humana. Pero también se habla de la infinita capacidad que tenemos para volver a dejar en blanco el lienzo de nuestra vida y pintar una nueva historia, con sólo proponérnoslo.
Ciudad de México, verano de 2020.
SU RITUAL TIENE LUGAR EN PUNTO DE LAS DOCE DEL DÍA, como cada sábado. La bicicleta de montaña hace una pequeña nube de polvo al frenar de golpe en la colina de siempre, desde donde Alifonso dedica unos minutos a contemplar el cerro del Tepozteco. A esa hora del meridiano la mole de piedra dispone, invariablemente, vestir sus mejores galas, bajo los cálidos rayos del sol que la bañan desde el cenit.
Antes él se hacía acompañar de cochecitos y naves espaciales; hoy colecciona vaginas, pero esas las deja en la Ciudad de México. Refugiarse en Tepoztlán los fines de semana constituye un remanso que no comparte con nadie, ni con su abuela, el único amor verdadero que le deparó el destino. Sin importar la época de su vida, en todas siempre le ha invadido una sensación de calidez, al visualizar las tonalidades color ocre que adquiere la cara noreste de aquella mística cañada.
Por alguna razón que rebasa su entendimiento, esa contemplación también lo remite al suicidio aquél que descoyuntó su existencia. Es una tradición muy íntima la suya, trasladarse en solitario a este pintoresco pueblo los viernes por la tarde, desde su casa en la colonia Condesa de la Ciudad de México. El protocolo del viaje semanal comienza a las seis de la tarde, cuando empotra la bici en la parte trasera de su camioneta, se dirige a cargar combustible en la gasolinera de la calle Mazatlán, y se encamina hacia la carretera de cuota a Cuernavaca. En la redacción del periódico ya saben que él apaga su teléfono celular desde esa hora y hasta su regreso el domingo por la noche. Hombre de hábitos rígidos, enciende el aparato en punto de las diez de la noche, justo cuando comienza la Hora Nacional en la radio.
En ningún momento del trayecto por carretera ni de su estancia de cuarenta y ocho horas en el Estado de Morelos, recuerda la detonación del arma —ni el olor a pólvora— que causó aquella muerte trágica, salvo al plantarse frente al cerro, en punto del mediodía de cada sábado. Como trasfondo siempre aparece la inconfundible voz del Tío Gamboín, que al momento del disparo transmitía su programa en Canal Cinco de Televisa. Será cosa de cuarenta segundos, un minuto, lo que se distrae rememorando aquel episodio tan lejano, para luego dejarlo de lado y seguir con otros pensamientos contemporáneos, entre los que destaca la próxima elección presidencial, donde López Obrador amenaza con llevarse, ahora sí, en su tercer intento, el triunfo.
A veces piensa que el recuerdo de la tragedia de su infancia no le sobreviene cada sábado de manera fortuita, sino que eso en realidad es lo que él busca recrear cada ocho días, al plantarse frente a la inmensa roca aquélla. Así se lo ha confesado varias veces a su terapeuta quien, por alguna razón, cada que puede le sugiere que mejor, en lugar de buscar refugio en el Tepozteco, enfrente de una vez por todas, a sus muertos en la capital del país.
LLEGAN A GARIBALDI. DETIENEN SU CAMIONETA MERCEDES BENZ blindada sobre el arroyo vehicular del Eje Central, al lado del trompetista de un mariachi, quien les ofrece sus servicios, pero le preguntan más bien por cocaína. Los turna con El Tamalero, según se enteran del epítome en cuanto entablan conversación con este, que sin más les propone dar vuelta a la derecha en la siguiente esquina, para mayor privacidad.
—No güey, ¿qué tal si nos secuestran? —dice Pau, aferrada al cigarro.
—No mames —responde Pipo—, mi papá conoce al presidente. Nos la pelan.
No bien terminan de discutir, cuando El Tamalero ya los acompaña en el asiento trasero; Paulina sigue mordiéndose las uñas como siempre; ha dejado en paz su pulgar izquierdo y ahora arremete contra la uña del derecho.
A unas pocas cuadras de ahí el sujeto les pide meterse a un zaguán.
—En la cantina de aquí junto está Gotzila; él les consigue lo que le pidan.
Descienden apresurados; en el callejón aledaño sólo divisan una pareja solitaria. Ingresan a la cantina. Hay prostitutas viejas y desdentadas en varias mesas; la mayoría de los parroquianos son pepenadores de basura. «Yo no te pido la luna, sólo te pido el momento…» recita la rocola. «Ese es Gotzila» les dice su guía, señalando a un sujeto de aspecto costeño, tez muy oscura, que a la distancia parece medir más de uno noventa de estatura. Brazos tatuados, cola de caballo, algo musculoso, pero con enorme panza. El sujeto está ocupado con otros tipos, parecen estar discutiendo rijosamente y esta pareja de jóvenes decide mejor esperar a que se desocupe. Paulina aprovecha para ir de carrerita al baño, le urge orinar. Mientras tanto Pipo sale a fumar un cigarro.
Estando ahí, en la esquina que forman este edificio antiguo y el callejón, el hombre joven al que habían visto acompañado de una mujer, sale de entre las sombras. Pipo no presiente peligro dado que a leguas se ve que se trata de un sujeto bien vestido, en sus cinco sentidos, y quien incluso le sonríe. La mueca amistosa desentona con el lugar y la hora —cuatro de la mañana—, pero le corresponde el gesto con una ligera inclinación de la cabeza. Aquél sigue caminando en dirección suya, seguro le pedirá un cigarro o lumbre. El novio de Paulina comienza a realizar los movimientos propios de sacar cajetilla y encendedor, en espera de que el extraño acorte la distancia faltante. Se entretiene viendo la bolsa de su propia camisa, donde tiene el tabaco, cuando súbitamente siente una ráfaga de frío paralizante en su vientre.
Voltea hacia la zona afectada —donde comienza a brotar abundante sangre—, y luego hacia el hombre, quien parece entretenido con un tic inusual: abrir desmesuradamente su boca para tensar las comisuras de sus labios, y limpiárselas con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda. El herido no tiene tiempo de recapitular la situación, dado que el extraño lo jala de un brazo y se lo lleva hacia la penumbra de donde salió hace unos instantes. Los quejidos de Pipo quedan diluidos entre los ruidos propios de la noche, como la rocola a todo volumen dentro de la cantina, borrachos entonando canciones necias media cuadra más adelante, el sonido del mariachi a lo lejos, automovilistas impertinentes que tocan el claxon a esta hora en que la gente duerme. Tras un puñado de minutos, de la penumbra se asoman los pies inermes del muchacho, que ha quedado bocabajo durante la sodomización de que ha sido objeto por parte del atacante, con un palo de escoba roto. Un hilo de sangre escurre hacia la luz también, pero sólo el solitario paraje es testigo de ello.
Es así como su novia es incapaz de dar con él, aunque se ha asomado repetidas veces hacia la calle, tras salir del baño. Fue tan súbita y breve la presencia de su acompañante dentro de la cantina, que nadie en realidad reparó en Pipo, como lo confirma ella misma conforme les pregunta a los parroquianos por él. En esas está cuando alguien la agarra desde la parte trasera del cinturón y a empellones la mete a la trastienda, al fondo del establecimiento. Siente un fuerte jalón de su ropa y le da un súbito frío en las piernas, le han arrancado la minifalda y las medias. Uno de los tacones ya está roto y el otro zapato lo dejó en el camino, no sabe dónde está su bolsa. De hecho, no ve nada, está oscuro, sólo siente cómo una mano tosca la manosea. Comienzan a lastimarla.
Ella comienza a llorar; sólo recibe un fuerte jalón de su cabellera trigueña, como respuesta. Otro sujeto se incorpora, le arranca la blusa y comienza a sobarle los pezones. Alguno de los dos se le acerca por el oído y ella logra percibir el aliento fétido del sujeto, sus caries son inconfundibles en medio de la oscuridad. Pasa tiempo; uno de ellos intenta bailar con ella, pero está tan ebrio, que no logra el cometido, mientras el otro sujeto ríe y repite incoherencias. La rocola del lugar emitía una canción de Daniela Romo cuando ingresaron. Las melodías que se han sucedido desde entonces le dan a Pau una pauta del tiempo que lleva ahí en la trastienda. Recuerda a Juan Gabriel, Rocío Durcal y Joan Sebastian. De pronto se ilumina parcialmente la habitación, Gotzila es quien ha corrido la cortina que divide el cuartucho con el negocio. Personalmente la agarra de un brazo y la encamina por las escalinatas hacia el piso superior. Van esquivando cartones de cerveza y caguamas vacías. Ella intenta una súplica, pero su mandíbula trabada tras tantas horas de inhalar coca, se lo impide. Sólo vierte lágrimas, jala aire para contrarrestar la taquicardia. Él camina vigorosamente y ella va tropezando una y otra vez.
Llegan al segundo piso, que es un salón algo amplio, y se oyen gemidos en un rincón; se trata de una prostituta sentada con las piernas abiertas, al filo de una mesa de madera. La mujer tiene un sobrepeso descomunal y la está fornicando un hombre de aspecto muy humilde. En una esquina del lugar hay alguien de pie, en la oscuridad, que parece ser de muy baja estatura. La criatura da unos pasos, la luz de la calle que entra por el ventanal le ilumina y Paulina confirma que se trata de un sujeto con rasgos enanoides. Pronto pierde la atención de su entorno, cuando es sujetada con violencia por detrás, mientras que la mano pesada de Gotzila empina hacia abajo su cabeza y tronco. Su secuestrador ha pasado a violador. Ella trata de gritar, apenas emite sonidos guturales. El tipo está excitado, la voltea de frente, la tira entre varios cartones bocarriba y vuelve a mancillarla; ella finalmente grita. Él, a manera de respuesta, le suelta una cachetada. Cesan los llantos, Paulina decide callarse, entre desorientada y precavida.
En la calle, frente a la puerta principal del tugurio, se escucha el barullo de un grupo de personas. A Paulina le parece que se trata de una discusión de algunos sujetos eufóricos que sofocan la voz de otro asustado. Seguro se trata de Pipo, —piensa—. Ruidos inconexos como el pateo de algunas botellas de vidrio en la banqueta, el sonido hueco de un bote de basura metálico que es arrastrado, gritos de una voz femenina y cuchicheos que suben y bajan de intensidad. «Pégale»o «Ayúdale», es lo único que parece distinguir entre el murmullo.
Arriba, en el segundo piso, el sujeto sigue en lo suyo sobre el cuerpo de Paulina; apesta a sudor y orines, su aliento no huele a alcohol, aunque los ojos denotan alguna clase de alteración, según ella lo percibe, a pesar de que esa larga cabellera negra cuelga delante de su rostro excitado. Apenas un foco mortecino en el centro de la pieza los ilumina a ellos y a la prostituta con el cliente, en el otro extremo.
Ella comienza a arquear su garganta como puede, para vomitar, pero no tiene nada en el estómago, lleva ya dieciséis horas en ayunas. «No sabes mamar», le reprocha el violador. En ese instante Pau logra palparse sus partes íntimas, escurre mucho, quizá sangre y líquido seminal de Gotzila.
En la calle se escucha el aullar de una patrulla que pasa a toda velocidad. O quizá era una ambulancia, a ella no le da el entendimiento para distinguir. En cualquier caso, sabe que no tiene posibilidad alguna de llamar la atención de nadie que la pueda rescatar del horror. El dolor en la región inguinal es insoportable, le sube en oleadas hasta la cadera, sólo siente las lágrimas derramarse en sus mejillas. Sin dejar de padecer ese agudo dolor, le viene el recuerdo de su último fin de semana en Miami, de su gusto por el Frapuchino de Starbucks, visualiza mentalmente a su abuela, que tanto la quería; piensa en Pipo. ¿Qué le estarán haciendo? Mientras el garañón la sigue sodomizando, la prostituta vieja y gorda se asoma a un lado de las cajas riéndose, para ver de cerca la violación. La mujer apesta, le faltan varios dientes y está despeinada, algo le quiere platicar, pero Paulina trata de desconectarse pensando en la imposible solidaridad de género, que pudiera esperar de esa horrenda mujer. Le llegan las dulces palabras que siempre le repetía su abuela, amante del Yoga y el budismo: nunca te olvides de tu dimensión espiritual.
Le sobreviene el pánico: ¿qué va a pasar en cuanto este tipo termine? ¡Me van a matar! ¡Ya mataron a Pipo! Comienza a rezar, es decir, lo intenta. Hace años que no reza. Más de una década de no pararse en iglesia alguna, más que para las bodas de alta sociedad a las que es asidua. No recuerda ninguna oración, siente un gran pesar al percatarse de su distanciamiento con Dios. Se promete a sí misma que de salir viva, irá a darle gracias a Dios. Gotzila comienza a jadear, cada vez es más intenso su bramido. El hombre expulsa el semen, que ella percibe como un líquido espeso y caliente. Todo, por haber ido en busca de una grapa más de coca.
…habiéndose encontrado el cuerpo destazado, con una profunda herida de arma punzo cortante, en dirección del vientre hacia el esternón. El occiso, cuyo homicidio se investiga bajo la averiguación previa df/354/2017, respondía al nombre de José Francay, vecino de Lomas de Chapultepec y con veintiséis años. Aún no se ha revelado la identidad de la testigo que sobrevivió a los hechos, presuntamente su pareja sentimental. Se espera que ella testifique y aclare qué fue lo que los condujo a esa zona solitaria del barrio de Garibaldi. Ha trascendido que al hoy occiso le fue hecha una herida en el pecho con la figura del número uno (1) y en la espalda el número dos (2). También le fueron arrancados los intestinos y se sospecha de un ajusticiamiento entre bandas. Reportero, Alifonso Fanal Castilla, 18 de julio de 2017.
El asesino termina de leer la nota. Acaricia con un dedo el nombre del reportero y lo repite en voz alta: Alifonso. Abandona el periódico, sobre la banca del sauna donde se encuentra. Se dispone a gozar de sus emociones por este, su tercer homicidio. A pesar de haber tenido el mismo modus operandi en todos ellos, aún no ha sido detectado por la policía. Lo interrumpe un muchacho moreno que entra al recinto húmedo, trasluciendo debajo de su toalla blanca una erección que parece dirigida a él. El homicida no parece excitarse, más bien se enfurece —como siempre que ve algo así— porque lleva años sin lograr excitarse él mismo, aun cuando le obsesionan lo mismo los homosexuales que las prostitutas. A esta hora del mediodía, el sitio usualmente se encuentra vacío; además, el encargado de los baños públicos no volteó a verlo al cobrarle la entrada, así que —se dice a sí mismo— perfectamente podría desmembrar al torcido este que acaba de llegar, y estrangularlo, sin riesgo de ser descubierto.
Siempre que enfurece sonríe, como es el caso en esta ocasión, lo que da pie a una interpretación equívoca del incauto, quien se sienta cerca de él y le devuelve el gesto. Su peligrosísimo interlocutor comienza con un tic que le es característico, tiene muchos, pero este predomina: abrir la boca exageradamente para ampliar las comisuras de sus labios, y luego limpiárselas con los dedos índice y pulgar, siempre de la mano izquierda. Todo un ritual; está colmado de ellos.
Su desnudez le impide esconder el puñal que utiliza para sus crímenes; de no ser así, ya le habría hecho una herida en el pecho para marcarle el número «1» y otra en la espalda para el número «2». El demente se ha salido de su rutina habitual de buscar víctimas de noche. Ha ganado confianza y se ha animado a improvisar, a olvidar los patrones de pensamiento, con los que su mente retorcida lo ha condicionado, desde que comenzó a escuchar voces en su cabeza, al inicio de la adolescencia.
No acostumbra a innovar, es un acto que le lastima emocionalmente sobremanera, es obsesivo y rígido en todas sus rutinas. Siempre, cuando se baña, por ejemplo, tiene que empezar por enjabonarse la oreja derecha y de ahí el resto del cuerpo; si lo olvida enfurece y tiene que empezar nuevamente desde cero. Al comer, los cubiertos deben estar —todos— del lado derecho del plato; si olvida el tenedor a la izquierda, enfurece, suspende la ingesta y deja el platillo abandonado. Al caminar por la calle, siempre debe evitar que sus pies pisen cualquier tipo de línea, ya sea canaletas entre las losas de cemento, límites entre un piso y otro, e incluso rayas de vialidad pintadas en el pavimento. Cuando hierra en el propósito, enfurece. Por eso le es extraña toda la situación el día de hoy, pues ha abandonado su rutina asesina para aventurarse, sin haber calculado las medidas de fuga que siempre establece previas al suceso, y que son tan precisas como un reloj de pulso.
Este día es distinto, su compulsión por volver a matar se ha desatado, lo abruma. Y es que, tras su crimen en Garibaldi, la madrugada de antier, donde destazó a un muchacho y dejó viva —involuntariamente— a la novia, ha vuelto a toparse esta mañana con su vecina promiscua, quien nuevamente se le ha insinuado. La odia, está obsesionado con escuchar sus gemidos tras el muro que separa sus casas, cada vez que la follan. La aborrece. Al no poder desollarla, como es su deseo desde que la conoció, ha optado en esta ocasión por acudir al sauna para buscar alguna víctima que sacie su coraje. No es un vapor de encuentros homosexuales, al menos no oficialmente. Pero es común que se presenten varios sujetos de esa preferencia sexual, como este incauto cuyo atrevimiento lo ha enfurecido, aunado a que además se empieza a mostrar amanerado, rasgo de personalidad que siempre llena de ira al demente. Ese es —quizá— el detonante de su violencia: el atrevimiento de ellas y de ellos, en el terreno sexual, ya sea una mujer con escote exuberante, un muchacho deportista con cuerpo musculoso, o un homosexual desinhibido.
El otro gatillo de su furia son las alturas, su acrofobia lo paraliza. Si utilizara el segundo piso del Periférico, podría llegar en cosa de cinco minutos desde su domicilio, hasta la farmacia donde compra sus medicamentos, pero es tanta su aversión, que prefiere sumergirse en el tráfico, callejonear y rodear media colonia, tardándose cuarenta minutos más. Todo, con tal de no sentir que el pecho le estallará, como aquella vez que iba de acompañante de su madre, en el asiento del copiloto, hace pocos años, y no pudo impedir que ella subiera por la rampa hacia el nivel elevado. La mujer no atendió las súplicas de su hijo adulto, nunca lo hacía. Desde que le detectaron a él la esquizofrenia a temprana edad, su voz en la familia quedó silenciada. Ni las argumentaciones más ardientes de él motivaron reacción piadosa alguna de ella quien, al encaminarse hacia las alturas, desató la locura de su acompañante. En cuanto el automóvil ascendió hasta el pináculo del segundo piso, él comenzó a vomitar y tuvo que guarecerse entre los asientos delanteros, tendido sobre el freno de mano, pálido y sudoroso, gimiendo y respirando velozmente para contrarrestar el sofocamiento producto de su acrofobia.
La madre tuvo que salirse en la siguiente bajada, dirigiéndole improperios y ofensas. «¡Tan viejo y tan idiota; ridículo! ¡Eres tan estúpido como siempre!» fue lo menos que le espetó, refiriéndose a sus treinta y pico de años, y sus reacciones pueriles. De esto el sujeto no se enteró, inconsciente como estaba tras desmayarse del pánico.
Conforme el hombre calcula las múltiples formas en que pudiera concretar sus fines, saciar su angustia masacrando el cuerpo del muchacho homosexual, le sonríe nuevamente; aquél le corresponde y decide dar el siguiente paso, retirándose la toalla de la cintura, dejando expuesto su miembro viril. En lugar de secundar su acción, el desquiciado le hace charla.
—¿Sabías que existieron doce Apóstoles?
—¿Perdón?
—Hubo doce Apóstoles: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santi, Simón, Tadeo y Matías.
—Ah, ya. ¿Y eso qué, lindo?
—También el año tiene doce meses.
—Mmm, okey.
—En la Mitología Griega Hércules tuvo doce trabajos.
—Ay, qué bien. ¿Y cómo te llamas, guapo?
—Hay doce signos zodiacales en la Astrología Occidental: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpión, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis.
—Ay, guapo, te la pasas ignorando mis preguntas.
—Doce son los años que se deja añejar la mayoría de los whiskies.
—Ash, ¡qué raro eres, amigo!
—Doce son las notas de la escala cromática musical: do, do sostenido, re, re sostenido, mi, fa, fa sostenido, sol, sol sostenido, la, la sostenido y si.
Son interrumpidos por un grupo de señores que llega escandalosamente al sauna y cuyo bullicio deja en claro que se trata de un grupo de amigos, tratando de curarse la cruda del día anterior. Víctima y victimario dan por terminado el lance. El desquiciado les sonríe a todos.
—¿QUIERES VER LAS FOTOS? —LE PREGUNTA SU PADRE, extendiéndole un sobre.
—¡No! —exclama Pau, intentando darle la espalda sobre la cama, pero sólo consigue zafarse la aguja del suero.
A Gotzila lo agarraron en Tulancingo en cosa de treinta y seis horas; costó cerca de doscientos mil pesos dar con él. Con ayuda de algunos amigos al más alto nivel del gobierno, los enviados de su padre desbarataron la cantina de Garibaldi, torturaron a los empleados y sobre todo al dueño, quien resultó ser otra víctima del violador pues este, en realidad, se encontraba en el establecimiento la noche del viernes para cobrar derecho de piso a nombre del cártel de la zona. Los investigadores siguieron las pistas hasta el Estado de Hidalgo, donde el delincuente se refugiaba desde que salió libre del Reclusorio Norte, hacía apenas unos meses.
Fue el propio jefe de escoltas de su papá quien jaló el gatillo para ajusticiarlo y vengar la honra de Pau. Pero antes de matarlo, por órdenes expresas del patrón, le introdujeron un palo de escoba por el ano para desgarrarle los intestinos, lo dejaron desangrarse mientras su madre y su cuñada veían el calvario, al otro extremo de la choza. A ellas no las mataron, pero les metieron tal paliza, que a una le desprendieron la matriz a patadas. De todo quedó constancia en video y fotos.
Se tuvieron que coser los desgarros del tercio superior de la vagina y las cortadas genitales —informa el médico a la familia—. El calor que siente Paulina es síntoma de una infección, que llegó hasta la vejiga y los riñones.
El gran ausente, en estos dos días que lleva internada, es Pipo. Nadie le contesta a Pau los insistentes requerimientos sobre su novio. Pero después de ver entrar a sus padres enfundados en vestimenta negra y a su hermano Gonzo, con corbata de luto y desencajado, suelta el llanto, se tapa la cara con las manos. La única que, para variar, no hace acto de presencia es su hermana Cari. El grito desgarrador y explosivo de Gonzo le da a Pau la respuesta que temía: Pipo ha muerto. No sólo era la pareja de ella sino también el mejor amigo de su hermano, se conocían desde el kínder.
Al cabo de unos minutos la habitación se vacía, sólo permanece la nana; la familia en pleno se ha desplazado a Gayosso Santa Fe para dar sus condolencias. Pau permanece viendo el techo, ignora los comentarios dulces de su nana. Esporádicamente brota alguna lágrima, que la señora le limpia con comedimiento. Ya no se estremece como ocurrió en la madrugada, no le brota el llanto histérico otra vez ni vuelve a gritar con ira, por ahora. Será el calmante que le recetaron. Tampoco ha vuelto a despertar de sus pesadillas porque de hecho lleva tiempo sin poder conciliar el sueño, lo hace hacia las cuatro de la tarde en que se queda dormida.
La noche cae sobre la zona de Santa Fe y el hospital se ilumina desde adentro, sus familiares aún no han regresado del sepelio. Luego de unas horas la despiertan para la merienda, un pan tostado, gelatina y té. Con los alimentos llega una sorpresa: un agente del ministerio público que le pide rendir su declaración sobre lo ocurrido, y un hombre joven al que encuentra apuesto, quien dice llamarse Alifonso Fanal Castilla, y que también quiere entrevistarla, pero para un periódico de circulación nacional. El periodista le explica que le interesa, sobre todo, conocer su dimensión espiritual, es decir, la fortaleza interior con la que está sobrellevando su proceso.
—No güey, no estoy para chingaderas —les espeta a ambos. —¿Cómo putas madres quieren que les dé una entrevista? ¡Ni que fuera Madona, idiota, no mamen, güey! ¿No ven cómo estoy?
—Disculpe la imprudencia señorita, de haberme hecho acompañar por un reportero de la fuente policiaca —le dice el MP— pero mi entrevista, en realidad, sí es obligatoria, esa es de ley. Aquí el señor Fanal tendrá que retirarse, pero yo sí tengo que recabar su testimonio.
Paulina accede, de mala gana, a exponer sus recuerdos de la pesadilla, y también permite que permanezca presente el reportero, con la condición de que no publique nada. En los oídos de ella retumban esas dos palabras —dimensión espiritual— una expresión que su abuela, ya finada, utilizaba siempre: no olvides nunca —le insistía—, tu dimensión espiritual. Es así como Alifonso consigue ser testigo de su declaración y enterarse, de primera mano, de los detalles de la tragedia, como el de la probable participación de una mujer, como cómplice del asesino que destazó a su novio.
—Cuando íbamos entrando a la cantina Pipo y yo —rememora Pau— vi parados, en el callejón, a un tipo equis y a una mujer que parecía viajera en el tiempo, así, como si trajera puesto vestuario de la película esa, Grease, la de Travolta.
—¿Y qué hicieron ustedes cuando los vieron?
—Nada, nos metimos al tugurio. Pero recuerdo que me dio como mala espina, sobre todo la mujer. Nos estaban viendo fijamente y el outfit de ella me dio la misma sensación, como cuando de niña me espantaban los payasos en las fiestas.
—¿Está segura de que fueron ellos quienes atacaron a su pareja sentimental, señorita? —cuestiona el interrogador.
—Bueno, no, yo nunca vi quién atacó a Pipo, ¿me entiendes? A mí me, agredieron, este, bueno, me violaron, adentro, otras personas, así que no me consta que esa pareja lo haya matado, pero no había nadie más en el callejón, por lo que recuerdo.
La entrevista ministerial continúa, pero en el centro de la declaración sigue destacando el dato de la acompañante del presunto asesino. Al concluir el interrogatorio y despedirse de ella, Alifonso le entrega su tarjeta de presentación, y le reitera sus disculpas por la impertinencia. También le solicita que, cuando esté lista, le platique sobre su dimensión espiritual, que es el ángulo que el editor del periódico le ha solicitado extraer de este lamentable caso.
—A los lectores —le comenta—, les fascina saber cómo es que una persona que ha sufrido tanto encuentra la fuerza interior, para sobreponerse.
Paulina hace una mueca amable por primera vez.
En cuanto quedan solas, su nana la peina y le acaricia las mejillas; le informa que va a permanecer alerta desde el sillón contiguo; antes de ir a sentarse saca de su bolso una estampita con la imagen de la Madre Teresa de Calcuta y lee en voz alta el pensamiento del reverso:
La vida es una oportunidad, aprovéchala…
Es un reto, afróntalo…
Es tristeza, supérala…
Es tragedia, enfréntala.
—SOY ALÉRGICO A MIS CUMPLEAÑOS, A LOS DOMINGOS y a la Navidad. En esas tres ocasiones me inunda siempre una sensación de tristeza. La peor de las tres es cuando llegan las fiestas decembrinas, me pongo hasta blasfemo. Hace dos años mi Nochebuena consistió en meterme a un hotel con una piruja toda la noche.
—Empecemos con tus cumpleaños, Alifonso. ¿Por qué sientes tristeza?
—Pues tiene que ver con algo de lo que platiqué con usted en la terapia de la semana pasada, doctora. Me hizo recordar que una vez, en primaria, mi abuela me hizo una fiesta en la casa y nadie de mis compañeritos de escuela llegó, se quedó el pastel completo. Me acuerdo del antecomedor lleno de gelatinas que había hecho la sirvienta, y cómo las recogieron cuando nadie tocó a la puerta. Yo sentí una vergüenza enorme con mi abuela y la sirvienta, que se me quedaba viendo como con compasión. Sólo repetía: Pobrecito de Alifonso. A partir de entonces dejaron de festejarme.
—En esas fiestas fallidas, ¿te lastimó la ausencia de tus papás, Alí?
—¡Claro! O sea, supongo que sí. Mi papá ya había muerto para entonces y mi mamá —literal— nos fue a botar a casa de mi abuela y se ausentó por años, disque por cuestiones profesionales. Me acuerdo perfecto de la tarde lluviosa en que nos abandonó y se largó. Lo que no entiendo es por qué mi abuela siempre nos insistía en mentirle a la gente, diciendo que mis padres estaban de viaje. Creo que eso me sembró una semilla de vergüenza. Eso incluye la prohibición tajante de mi abuela, de contactar a la familia de mi papá.
—¿Por qué te lo prohibieron?
—Nunca lo entendí; parecía como si la familia de mi mamá se sintiera culpable ante la de mi papá.
—Volviendo a los cumpleaños, ¿qué pasó al ir creciendo?
—En la universidad nunca, jamás organicé una fiesta para festejar mi cumpleaños, como todo mundo lo hace; en la prepa tampoco y en mi vida adulta menos. La sensación de vergüenza que siento es simplemente abrumadora.
—Platícame de los domingos…
—¿Sabía usted, doctora, que la inmensa mayoría de los adultos se entristece los domingos? Lo dicen las estadísticas.
—¿Y qué piensas al respecto?
—Pues hace algunas sesiones usted misma creo que me lo mencionó: nadie sabe qué hacer con su tiempo libre. Leí que cerca del setenta por ciento de la gente aborrece su actividad laboral. Tal vez también el rechazo a ese día tenga su origen en que de niños nos llevaban a misa y de adultos muchos nos dimos cuenta de que todas esas enseñanzas eran mentiras.
—¿Y las navidades, Alí? ¿Por qué sientes que te entristecen?
—Las fiestas decembrinas sólo te recuerdan a los que se murieron o te ofendieron. Yo sueño mucho, ¿sabe? Soy de los pocos afortunados o desafortunados que recuerdan nítidamente sus sueños de la noche anterior. Y puedo decirle que casi todos los diciembres de mi vida, tengo un sueño recurrente en donde veo mis antepasados muertos, sentados en la cena de Navidad, es muy perturbador.
—¿Tienes una sensación de abandono en esa temporada?
—¡Claro! Hay una sensación extraña en el ambiente, como que se detiene el mundo de los adultos, la certeza de un final inminente, el año está por morir.
—¿Piensas más en el año que muere, que en el que está por llegar?
—A partir del uno de enero se reaviva la pesadilla: propósitos de Año Nuevo, comenzar la dieta, reiniciar el año laboral. Prefiero no pensar en eso y quedarme con el año viejo.
—La próxima sesión hablemos de tu propensión a enfocarte más en los finales que en los inicios.
Alifonso Fanal Castilla, reportero de la fuente policiaca en un periódico de circulación nacional, sale de su terapia semanal. Cada vez que acude experimenta la misma agitación, sólo que hoy interrumpe su sensación una llamada telefónica. Su jefe, el editor de la sección policiaca, le ordena que se presente en la oficina de inmediato, dado que el director general quiere encargarle un asunto.
En cuanto llega a las instalaciones, el mandamás de este medio de comunicación le encarga un tema con estas palabras:
La instrucción viene de arriba, hay que empinar a este cabrón. Vete en chinga con el fotógrafo y quiero una toma donde se vea cómo están metiendo detenido a este cuate en El Torito. Si pueden lograr que en la foto se vea pedísimo y esposado, mejor. Luego para la edición del sábado preparas un reportaje con contexto de qué son el alcoholismo, las adicciones y así. Habla con loqueros para que resaltes cómo está el rollo con los viciosos y averigua lo que puedas de los antecedentes siquiátricos de este fulano.
Alí sale agitado de la dirección general y se dirige inmediatamente al escritorio del editor, a quien le informa detalladamente la situación y le externa su preocupación.
—Es que a este cuate sólo lo agarró el alcoholímetro, y el director quiere hacer todo un escándalo periodístico ¡de primera plana!
—Oh, cabrón, no entiendes, de veras, nos están pidiendo el favor desde mero arriba —le responde el editor—. Hay que ponernos guapos pa’que luego nos inviertan más publicidad.
—Pero si al mero mero lo acusan de pedote, ¿no será contraproducente?
—Tú haz lo que te ordenó el jefe.
Al día siguiente aparece la nota narrando una historia y múltiples insinuaciones equívocas: …El expresidente nacional del partido oficial, fue detenido hoy 6 de abril de 2012 en la colonia Narvarte, en un operativo del alcoholímetro, y conducido a «El Torito, por encontrársele niveles de alcohol en la sangre, superiores a lo que la ley permite.
El sábado siguiente el reportero vuelve a arremeter contra el político caído en desgracia: «Entrevistamos a un grupo de voluntarios de la agrupación Alcohólicos Anónimos, quienes se encontraban a las afueras de El Torito, en espera de poder ingresar para emitir un mensaje de esperanza a los detenidos. Ellos explicaron a este reportero que el alcohólico es aquél que siempre quiere ser el bebé del bautizo, la novia de la boda, el muerto del funeral, es decir, el adicto tiene un deseo oceánico: lo quiere todo y lo quiere ya. Se trata de fantasías compensatorias, donde imagina ser el centro de atención para contrarrestar la pobre percepción que tiene de sí mismo».
Un colega de Alifonso aventura que ante las sobajantes insinuaciones, el aludido podría demandar al periódico y a él, por difamación, pues resulta evidente que el suceso ha sido agrandado, para perjudicarlo políticamente. Alí externa su preocupación a sus jefes en la redacción, pero la respuesta que recibe es inapelable: «si nos demanda, bastará la foto de su ingreso a El Torito, para demostrar sus problemas con la bebida».
—A VECES ME OBSESIONO CON ESE DÍA, LO REVISO Y LE PONGO un final diferente. Desde que me confirmaron el contagio, vivo en una especie de mundos paralelos, de un lado pasa la vida real, y del otro la que debió ser, la que me imagino que pude haber tenido, de no haberme pasado eso. Me expuse a muchísimos riesgos.
»Me acuerdo de que en las fiestas swinger a las que Ernesto me empezó a llevar, un mesero que ahí trabajaba me lo decía en buena onda, porque disque me parecía a uno de sus hijos. Cada vez que podía me lo repetía: «todo esto es fantasía, muchacho, no caigas en la tentación de vivir sólo en este mundo artificial». Recuerdo que las bacanales se hacían en una casota de Polanco, con alberca enorme, grandes salones, pantallotas por todas partes que transmitían películas porno. Asistía gente muy bonita, mucho extranjero, mucho perico, todo mundo en pelotas, follando a pelo. Por todos lados había candelabros, cortinas negras, muy raro el pedo. El cover te incluía el chupe y había que pagar en cash la caspa del diablo.
»El punto es que no hay día en que no piense cómo mi historia pudo haber sido completamente distinta, ¡muy! con tantito que hubiera puesto de mi parte. No es lo mismo nacer que estar vivo, ¿verdad? ¡Qué diferente hubiera sido si en lugar de seguir buscando la felicidad obsesivamente, me hubiera simplemente alejado de la infelicidad!
»En fin. Quiero aprovechar esta, nuestra última entrevista, mi querido Alí, para hacerte una confesión que me guardé durante todas las sesiones que tuvimos estos meses. Espero que no te importe el que no lo haya mencionado hasta ahorita.
—Dime, Larry.
—Me preocupa que en tu libro quede liberado de mis crímenes, por no habértelos dicho todos. Hice mucho daño, ¿sabes? Antes de que publiques el texto quiero explicártelo, ya tú sabrás cómo manejarlo.
—Adelante, te escucho.
—No quisiera entrar en mayores detalles de los que tú ya conoces, pero pues quiero decirte que traté de contagiar adrede, al mayor número posible de gente, sin importar que fuera güero o güera. Llegaron a tal punto las orgías de Polanco, que acabé convencido de que me habían pegado el bicho, aún muchos años antes de enterarme que, efectivamente, tenía VIH. Por puro coraje contra Dios, me dediqué desde entonces y por muchos años, a enfermar a todas las parejas sexuales posibles.
—Te entiendo, Larry, algo así me imaginé después de todo lo que narraste en nuestras entrevistas.
—El problema es que no fueron diez parejas ni cien, calculo que fueron casi dos mil.
—¡No te creo!
—Es cuestión de pura matemática. ¡No venía preparado, pero lo calculé para ti! Cada año tiene cincuenta y dos semanas, ¿no? Y me aventé once años de vida sexual fuera de control, entre los dieciséis y veintisiete años. En cada una de esas quinientas setenta y dos semanas tuve, en promedio, tres parejas sexuales por semana, lo que da un total de mil setecientos acostones.
—Híjole, mi Larry, está cabrón.
—Eso, sin contar los sándwiches, trenecitos, trois menage y anexas que tuve, como los de Vallarta que te platiqué. No sé si me entiendas, pero la fuerza que todo ese tiempo me impulsó fue la autodestrucción. Siempre supuse que ser homosexual era motivo de vergüenza. Faltaban varios años para convertirme en el lioso y jotilongo Larry del que te he venido platicando para tu libro, pero ya mostraba indicios de mi turbación. Creo que en mi infancia se originó ese sentido de vergüenza que tengo hacia mi intimidad. No se hablaba de sexo en la casa, mi papá tenía otras viejas y mi mamá siempre estaba furiosa.
—Empezaste a tener problemas para socializar.
—Cómo no iba a tener yo problemas para relacionarme con las mujeres, si eran tema prohibido en mi casa. Todo fue dándose en mi vida de manera caótica, mucha confusión y mucha vergüenza.Nunca tuve relaciones trascendentes de ningún tipo salvo Ernesto, mi primer novio, que pa’l caso fue peor, por toda su locura con la que luego me arrastró.
—¿Hubieras preferido ser heterosexual?
—Creo que, si hubiera podido escoger, habría preferido ser hetero, sí. Los bugas no saben lo que se sufre cuando eres outsider.Primero tienes miedo de meterte en los terrenos de Dios, con eso de que ser puto es antinatural; luego está tu papá machista y tus hermanos varones, que hablan de las piernas de las mujeres y de los pechos femeninos y así, pero a ti el que te gusta es el vecino. Desde pequeño vas interiorizando tu desmadre, intuyes que algo anda fuera de lugar y te callas, aprendes a guardar para ti todo tu mundo sensorial, emocional.
»Te atrae un niño o el amigo de tu hermano o el socio de tu papá y no entiendes qué pasa, pero en la boca del estómago sientes ese vacío que te indica que algo está raro. Todos los varones que conoces hablan de carritos, soldaditos, luego de niñas, del Playboy y cosas por el estilo. Tú solo quieres estar cerca de ellos, verlos, olerlos, que te toquen.
»Tu papá critica a los jotos, a los putos, y tu mamá dice: «donde me salga un hijo invertido, lo mato». Yo recuerdo la noche en que oí a mi tía Rosita hablar de algún maricón y decir yo, para mí mismo: «¡Híjole! Entonces yo también soy marica».Y llega un día en que «te cae el veinte»; ese mundo paralelo que percibes, esa realidad íntima, ese desfase que vives con la Humanidad entera, significa una cosa: eres homosexual. Y te aíslas. Finges para no ser el raro ni el rechazado; adquieres dotes machistas o te haces homofóbico como el que más.
»Obvio, te genera mucho odio, mucha represión. Yo llegué a ser un niño muy cruel con los animales. Recuerdo que me gustaba aplastar con la mano a cada hámster que mi mamá me compraba en Liverpool. Me quedaba viendo cómo se les botaban los ojos y se quedaban tiesos. También llegué a matar un gato, lo arrojé de la azotea y me espanté al darme cuenta de que sentí algo parecido al placer.
»A mí el primero que me alborotó la hormona en serio, fue el novio que tuvo mi hermana en prepa. Yo iba en sexto de primaria, me encantaba verlo llegar en shorts, tenía unas «piernotas» bien formadas, de futbolista, así todas macizas y peludas. Surge una vergüenza enorme, no sabes la sensación de terror, de confusión, de pecado… una cosa horrible. No recuerdo bien qué sucedió después pero seguro entré en una gran depresión. ¿Quién va a querer eso para uno mismo?
»Pasan años, los decisivos años de la pubertad y la adolescencia, en completa soledad e ignorancia de qué hacer, con quién hablar. Y de pronto en secundaria empiezas a ver a tus compañeros cómo se transforman en jóvenes, les sale vello, se les engrosa la voz, se ven espectaculares en pants y en shorts
