El inicio - Tomas Kelly - E-Book

El inicio E-Book

Tomas Kelly

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Beschreibung

El inicio es una historia de búsqueda y emociones. Un joven perdido en su propio mundo sale al encuentro de un viejo amigo que se le ha escurrido y se topará en su camino con múltiples personajes que cambiarán su modo de vivir. Un libro lleno de momentos y charlas que te harán pensar. ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos en este mundo? A veces es cuestión de salir en busca de respuestas. Cada tema, cada vivencia, nos abre diversos panoramas a ser explorados. Sumérgete en un sinfín de idas y vueltas que te harán reflexionar.

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Seitenzahl: 255

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Kelly, Tomás Raúl

El inicio / Tomás Raúl Kelly. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

224 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-013-9

1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Kelly, Tomás Raúl

© 2024. Tinta Libre Ediciones

EL INICIO

1

Pedro despertó ese martes sintiendo estar en el lugar equivocado. Las paredes que lo rodeaban ya no eran las mismas de antes ni estaban los sonidos que siempre escuchaba. Esa mañana abrió sus ojos y algo ya no era lo que acostumbraba.

Rodeó la cama tanto con calma como con desasosiego y observó lentamente el espacio en el que estaba. Tanteó sus muebles, su cama y caminó paso a paso sin detenerse, pero sintiendo estar en una pausa eterna. Ya no era ese su lugar. Mientras más abría sus cinco sentidos, más notaba que se encontraba en su habitación de toda la vida, pero ciertamente su mente calibraba en otro nivel. El horizonte que solía ver desde allí no estaba y algo nuevo iba a comenzar. Lo intuía. Lo pensaba. Lo sentía.

Ese martes de abril fue el primer día de un nuevo camino que comenzaba a abrirse ante él. Luego de una ducha confortadora, inició su día rutinario. Desayunó con dos tostadas, una fruta y un café. Se dirigió a su ropero y eligió ropa cómoda y visualmente elegante. Dejó la casa como la mañana la había encontrado: desordenada y con un aire confuso. Tomó su habitual colectivo urbano, cargado de gente como ovejas del rebaño, y se dirigió a su trabajo como administrativo básico de una multinacional, donde cumplía con el llenado de bases de información y trámites bancarios.

En sus veintisiete años de vida, había logrado poco de lo que había soñado, y aquel trabajo se lo recordaba día a día. Llegar, prender la computadora, abrir el Excel, buscar papeles en un canasto que se completaba mágicamente cada día con datos fríos y distantes para volcarlos en esa misma computadora que había encendido minutos atrás. Charlas inconexas de pasillo. Compañeros de trabajo que poco le importaban. En sus salidas para realizar trámites, aún más grises que los papeles carentes de vida del escritorio que lo encadenaba, Pedro notaba los detalles de una ciudad atestada y chocaba con las infinitas realidades que existían a su alrededor. En aquella jungla de cemento, compartían tiempo y espacio millares de vidas, con sus experiencias y sufrimientos. Mirar caras e imaginar qué pasaba por esa mente ajena era uno de sus juegos predilectos.

«La señora con cara amargada y vestido marrón oscuro, seguramente, ha de ser viuda y sentirse abandonada —soslayaba al ver a una mujer de unos sesenta y tantos—. El muchacho que maneja la moto y habla al mismo tiempo por teléfono, un inconsciente. Claro ejemplo de la sociedad en la que vivimos: no importa nada. El tiempo es efímero y todo debe ser respondido ya», se decía mientras esperaba el verde del semáforo. Pedro solía meditar sobre la actualidad y las modalidades típicas de la época. La mayor parte de las veces, lo hacía desde la crítica, sabiendo que el mundo se había convertido en un lugar de fuertes egoísmos personalistas. Su lado juvenil y filosófico lo llevaba continuamente a debatir en su interior sobre los modos de vida, tanto de la sociedad como de sí mismo.

«El otro joven, de traje, con aspecto púber y una sonrisa en la cara… Este, claramente, va a su primer trabajo y es uno de esos que vale la pena», llegó a pensar con desdén comparando su triste realidad laboral. Pedro no tenía la menor idea de qué quería en su vida, pero se entretenía con las del resto. Dicen que siempre es más fácil ver la paja en el ojo ajeno. Claramente, lo fácil no es siempre la mejor opción.

Luego de una serie de trámites por la ciudad, Pedro regresó a la oficina en busca de un rato de ocio frente a la pantalla. El día estaba soleado pero fresco, con lo que un asiento caliente no le vendría mal. Al llegar, el jefe le pidió que esperara para un próximo viaje burocrático en el que trasladaría su ser al inefable mundo de los especialistas del sellado, los formularios y la inspección. Mundo de almas grises sumergidas en la contaminada burbuja del control.

Esta espera impuesta por el jefe molestó al joven desdichado, que volvía una vez más al desconcierto que lo había recibido al despertar. Se preguntaba qué hacía ahí, por qué obedecía a ese hombre y se quedaba quieto en el pasillo a la espera de sobres. Las palabras, en forma de preguntas inconexas, volaban dentro de su cabeza.

Como si fuese algo nuevo, no entendía el momento que estaba viviendo. ¿Era acaso una pesadilla? Si lo era, estaba seguro de que se trataba de una que venía durando tantos años como su memoria alcanzaba. Pedro se quedó parado cual estatua frente al ascensor, mirando la nada mientras su mente viajaba a otras galaxias. El jefe, mientras tanto, charlaba con uno de sus pares sobre el partido de tenis que había ganado en la mañana, deslumbrando con un color bronceado que sabía de los disfrutes mundanos de las altas esferas de la sociedad.

Minutos más tarde, al percatar el desdén del jefe con respecto a su tiempo, Pedro buscó en su mochila un cuaderno raído por fuera pero brillante en su interior. Su día, extraño y movilizador, lo llevó a dejar por escrito lo que pasaba por su mente obnubilada. De alguna forma, escribir era una válvula de escape, una cualidad digna de soluciones al permitirle aclarar sus ideas.

Hubo un tiempo en que creía que podía salvar al mundo, que una acción mía podía desencadenar grandes cambios. Hoy ya no lo veo así. Esa convicción adolescente se desvanece como la profundidad del océano. Ya no visualizo ese poder mágico y transformador. Todo se ha vuelto gris y monótono, aburrido y sin sentido.

El mundo ha sucumbido bajo la fuerza de la desesperanza, y la luz que solía iluminar el camino se ha vuelto tenue y sombría. Lo que alguna vez pudo ser hoy ya no es. Y lo que alguna vez pude ser hoy ya no lo soy.

Así se pasan los días sin cambios, giros ni sobresaltos inesperados que den aliento a mi existir. Lunes o jueves. Sábado o martes. Los días son horas que pasan. Nada cambia. Nada se asoma. Un paso sigue al otro, con la espalda de frente y la frente en el piso.

Ya nada es lo mismo o, peor aún, todo es exactamente igual.

Mirando como su jefe olvidaba que lo había hecho esperar frente al ascensor y se alejaba e ingresaba a una sala de reuniones para nunca más volver, recordó las palabras que su abuelo solía reforzar durante cada actividad conjunta que hacían: esfuerzo, constancia, sacrificio y deseo. Esas palabras le habían quedado como ejemplo, pero en este día especial logró darse cuenta de que solamente eran eso: palabras. Estaban plasmadas hermosamente en un cartel de fantasía, pero apartadas de su modo de vida. Algo estaba roto y por primera vez empezaba a aceptarlo con total conciencia.

Esa tarde de abril, ya nada era lo mismo. Ya nada estaba dentro de los carriles de la rutina. Ni las caras de las personas que lo llevaban a juegos banales, ni los saludos forzados en los pasillos de la empresa. Su mente giraba sobre sí misma una y otra vez. Su cuerpo digería sensaciones inexplicables, cual mariposeo enamoradizo con ansiedad de examen y descompostura de comida rancia.

Una nube se posaba por encima de este joven capitalino cegando su horizonte y dejando en claro que absolutamente nada estaba claro. Ese día, Pedro renunció al trabajo y se marchó.

2

Desorientado, desahuciado. Pedro nunca había respirado el aire denso de la confusión de esta manera. Vivía aturdido por la rutina y el aburrimiento, eso sí. Los rieles de la cotidianeidad lo llevaban de un lado a otro sin que se preguntase por nada. Mentira. Se preguntaba a modo existencial por todo. La gran diferencia, reconoció Pedro en ese momento, era que esta vez se encontraba cara a cara frente a esa gran pregunta: ¿para qué estoy en este mundo?, ¿qué debería hacer de ahora en adelante?

Así estaba este joven de clase media, ensimismado por el poder de la libertad de elección y la infinidad de rutas que tomar. No tenía absolutamente nada, lo que generaba la posibilidad de acceder a todo. Esa vida sin pasiones, sin actividades ni relaciones que le dieran un porqué, le regalaba un infinito que hoy se le presentaba en medio de una nube de incógnitas. Pedro se encontraba padeciendo en carne propia el estupor y la perplejidad que genera la superpoblación de ofertas, con un gran vacío entre manos. Sin trabajo, sin profesión y, peor aún, sin ganas de nada. Había abandonado todo sin pensar qué hacer, y esa, sin dudas, es la confusión más grande en la que se puede encontrar un ser humano.

Pedro caminó durante horas, a pesar de que el camino entre la oficina y su hogar no necesitaba más de cuarenta minutos. La tarde ya se había convertido en noche y daba un contexto lúgubre al trayecto. Allá adelante, el semáforo se ponía en rojo, pero el auto azul que iba a su lado no lo respetó y avanzó a toda velocidad para no perder su marcha. Pedro no se percató de los bocinazos ni del grito de una mujer que tenía un pie en la acera antes de cruzar la calle.

Anduvo sin rumbo con la sensación de que algo andaba mal. Su cabeza, embotada, no podía pensar. Lo que uno no dice lo siente, y Pedro sentía incomodidades a lo largo de todo su cuerpo. Contracturas, dolores, pinchazos, retorcijones, quemaduras. Su cuerpo era un libro abierto de incertidumbres.

Después de un rato, pudo frenar y dedicarse a ver la ciudad como nunca. Se sentó en un banco de plaza verde y descascarado, frente a la avenida que recorría junto a los altos edificios del barrio. No miraba a la gente, sino la ciudad de piedra y plástico, la mezcla entre la historia y la modernidad banal. Los edificios con cúpulas de principios de siglo veinte con carteles de publicidad a sus costados. La inmensidad de la suciedad y la falta de respeto por el mundo que nos recibe al nacer. La ciudad era eso y mucho más. Infinita cantidad de personas transitaba entre infinita cantidad de papeles. Tal vez quedarse absorto en la realidad material fue un salvataje a su desorientación existencial.

Al rato, volvió a ponerse de pie y caminar sin un destino. Necesitaba estar en movimiento. Los edificios fueron apagando sus luces, y los trabajadores del día fueron dejando lugar a los descarriados de la noche. Sus alertas, adormecidas, no se percataron de un grupo de jóvenes en la vereda de enfrente con miradas suspicaces. Uno de ellos inició el intento de atravesarse en su camino con el afán de apropiarse de sus zapatillas, pero al ver la expresión de Pedro tuvo un arranque de empatía, de la cual parecía carecer. Se volvió a su grupo gritando: “Está peor que nosotros”, acompañado de risas absorbidas por sustancias.

Cuando la luna comenzaba a transitar su última etapa, Pedro decidió volver a su casa. Quedaban unas pocas cuadras que decidió recorrer velozmente, sin mirar, sin detenerse, sin siquiera pensar. Llegó, se sacó la ropa y se acostó agotado a dormir. Las pesadillas irrumpieron sus sueños, y la locura de luchar con monstruos de barro armado con espadas de juguete se le hizo, por pocos segundos, realidad.

Al día siguiente, Pedro decidió visitar un amigo que no veía desde el secundario. Habían pasado casi diez años desde su último encuentro. En aquella época estudiantil, había conocido a un hombre de unos cuarenta y tantos. Se trataba de un profesor de Filosofía que, al poco tiempo de conocerlo en clases, desapareció del colegio y poco se supo qué habría sido de él. Meses más tarde de aquel incidente, caminando por la calle un miércoles cualquiera, se lo cruzó y mantuvo una interesante charla. Pedro lo había reconocido y su curiosidad lo empujó a interceptarlo con la pregunta obvia de qué había sucedido. Con unas pocas pero certeras palabras, el profesor se deshizo de aquella interpelación y pensó en seguir su día, pero el adolescente escolar lo entretuvo con más preguntas. Hubo una palabra que lo atrajo y que generó el resto de la charla: revolución. Pedro le relató todas las teorías conspirativas que se habían suscitado entre su grupo de amigos, entre las cuales resaltaba la de una muerte en manos de la mafia. “Tu desaparición fue una revolución”. El profesor rio, mientras se regocijaba por haber causado aquel revuelo con tan poco tiempo en la institución.

Desde aquel momento, Pedro había forjado una relación construida a base de encuentros embebidos en palabras que daban un refugio a su adolescencia. Discutían de política, fútbol y religión. Hablaban de mujeres y amores perdidos. La filosofía emergía entre mates y vinos, y daba al profesor estatus de guía espiritual para un adolescente de buen oído.

Un día te vas a despertar y querrás cambiar el mundo. Es el sueño de todo adolescente. Nos miran a los adultos como seres aburridos y dominados por un sistema. No te equivocás. Todos pasamos por aquel momento revolucionario de los años jóvenes, y muchos caemos en la rutina del sistema más tarde. La mayoría, te diría, pero no todos. Por eso me fui del colegio, porque a mis cuarenta y siete años, sentí que estaba atrapado y no era ese mi destino. Vos sos un pibe, tenés tiempo de buscar, de ver, de equivocarte, de experimentar. Yo lo hice, pero se desvaneció rápidamente al tener que trabajar para sobrevivir y no para vivir plenamente.

Aquellas palabras volvieron a su mente. Con sus veintisiete años, Pedro no quiso llegar a los cincuenta sobreviviendo con lo justo para, recién ahí, frenar y pegar el giro necesario. Ese día recordó a Antonio, el profesor de las palabras justas, y por eso fue en su búsqueda.

Guardaba en su memoria visual la casa donde vivía, pero no la calle exacta. Siguió su sentido de orientación y, después de unas vueltas, llegó a destino. Era una casa tenue, despintada, con un frente de pastos largos y un cartel que decía: “Bienvenidos a mi mundo”. Ese cartel siempre hacía sonreír a Pedro, pero esta vez lo pasó por alto, ya que la casa parecía abandonada. Tocó timbre y esperó sin suerte a que apareciera el profesor. Se quedó sentado mirando la gente pasar, ansiando que desde aquella esquina se asomara la cara del profesor. Nada. A las dos horas, se le acercó un vecino curioso a preguntar a quién esperaba.

—Estoy buscando a Antonio, un hombre de unos cincuenta y largos. Hace algunos años que no lo veo ni hablo con él.

Pedro recordó que, al poco tiempo de terminar el colegio, comenzó la carrera de Comercialización, algo que inquietó mucho a su viejo amigo filósofo. Los primeros meses de esa carrera lo alejaron de aquellos encuentros y lo llevaron a la vida universitaria, el estudio, las salidas, las nuevas mujeres en su vida. Por un buen tiempo, olvidó la amistad con Antonio y, cuando quiso darse cuenta, la distancia era tal que no encontraba el modo de regresar a tomar unos mates con él.

—Don Antonio desapareció hace un tiempo ya… —Por unos segundos, se enmudeció—. La verdad es que no tengo idea de qué fue de su vida ni adónde fue. La casa empezó a tornarse en lo que ves ahora de a poco y, después de unos meses de no ver movimientos, me enteré de que el filósofo había partido.

—¿Y no sabe adónde pudo haber ido? ¿Nunca habló de algún familiar o algún lugar? —Pedro se inquietó con la respuesta.

—No, querido. Solo sé que era de estar mucho en su casa y salir para hacer compras en el almacén de don Cirano, acá a la vuelta.

En ese mismo instante, se volvió y corrió al almacén para hacer las preguntas necesarias. Se encontró con un señor amable, de unos setenta años, abrigado con una vieja campera negra. La radio sonaba de fondo con música clásica, que rodeaba con sus notas un mostrador de madera ocupado por mercancías y una pared con fotos del señor acompañado.

—¿Antonio? Sí, cómo no voy a conocerlo. Acá tengo una foto con él. Un gran hombre, lleno de sabiduría y sensibilidad. Siempre venía a comprar algo y se quedaba horas hablando sobre situaciones e ideas que se le aparecían. En el último tiempo que vino, hará hace un año, se la pasaba hablando de Jacinta, un amor lejano. Al parecer, era una amiga de la infancia que había contactado por la computadora. Yo no entiendo cómo hacen eso, que encuentran gente, hablan, se pasan cosas. Extravagancias de la juventud de hoy…

»Pero, bueno, ¿por dónde iba? Ah, Jacinta. Antonio me dijo un día que ella vivía hacía mucho tiempo en… Ay, esta memoria de viejo… Era algún lugar en el norte del país. La cuestión es que había decidido hacer las valijas e ir a visitarla. Nunca lo había visto tan arraigado a una idea como esa. Mirá que me relataba sus interpretaciones del mundo con mucho ahínco. Siempre recuerdo cuando planteó que la vida sin sentido era una muerte desangrada. Se enloquecía con la simple posibilidad de que la gente anduviera por la calle sin un sentido que la orientase. Aunque sea algo mínimo. Ahí fue cuando saqué esta foto que ves en la pared —dijo y apuntó una imagen en la que se encontraban ambos, sonrientes, detrás del mostrador con una copa de vino en la mano, como salidos de una escena cinematográfica—. Ese día me di cuenta de que atender mi almacén, compartir mi tiempo con mis vecinos y recibir a mis nietos cuando salen del colegio es mi sentido actual. No hay nada en el mundo que pudiese hacerme más feliz que esto.

«¿Dejó todo y se fue?», se quedó pensando Pedro después del monólogo del almacenero. Vio diluirse en segundos su búsqueda de aquellas palabras iluminadoras que lo abdujeran de su estado turbulento.

Pedro volvió a su casa envuelto, una vez más, en el murmullo de su mente confundida. Había depositado todo en ese potencial encuentro. «¿El norte? ¿Qué parte? No entiendo nada. ¿Y ahora? ¿Qué hago?».

El mundo había vuelto a darle otra cachetada y nada parecía resolverse. Sin trabajo, sin proyectos, sin ese todo que fuera más que la suma de las partes. A su alrededor, veía el mundo correr sobre rieles. La gente hacía cosas, tenía objetivos, cubría sus horas con actividades, responsabilidades y gustos. Ese era el mundo que alguna vez había habitado y que, desde lo más profundo de su ser, quería habitar. Quería ser alguien con un propósito, un conejo que salivara detrás de la zanahoria de la vida. Pero hoy no era nada de eso. Hoy su mundo no era ese exterior que lo rodeaba y que por momentos odiaba, en otros celaba y, ciertamente, admiraba.

«Bueno, Pedrito, ya está. ¿En qué nos metemos ahora? ¿Para dónde corremos? No tenés idea de qué hay adelante y, si mirás para atrás, te tropezás con el abismo de sentir que perdiste el tiempo. Estás en esa encrucijada de la vida en que todo se detiene y hay que decidir —decía en su interior. Y continuaba—: ¿Decidir qué? ¿Me voy? ¿Arranco algo nuevo? ¿Qué podría ser? ¿Qué sé hacer? ¿Qué me gusta? ¿En dónde me gustaría estar? ¿Cómo me imagino?». Quería gritar. Fuerte. Tanto como para salirse de la escena.

Eran demasiadas preguntas que se cruzaban sin freno alguno. Tan rápido pasaban que se hacía difícil responder alguna. Mientras más intentaba responder, más se tensaba su cuerpo y más ansioso se ponía. Su cuello se convirtió en una roca con mil grietas. Cualquier movimiento podía quebrar ese sostén. Su dentadura estallaba de tanto apretarse y sus encías sufrían el rebote de semejante exasperación. El cuerpo le devolvía lo que su cabeza aún no podía procesar. Sentía la necesidad de correr, de saltar al abismo y de que algo pasara. Todo quedaba lejos de su alcance y eso, exactamente eso, era lo que más inquietaba.

«Luchar contra la adversidad y así salir victorioso. Ese es el gran desafío —dijo poéticamente para sí mismo dándose ánimo—. Todo es fácil cuando las cosas salen bien, ¿no? —continuó expresando con enojo en un debate interno procesado dentro de su cabeza—. Pero qué complicado es cuando se recibe una cachetada y se encuentra uno en situaciones inesperadas y poco queridas. Es aquí cuando surgen los guerreros, los fuertes de alma y espíritu. Dichosos quienes pertenezcan a ese ejército celestial», se dijo sintiéndose aliviado y ansioso al mismo tiempo, pero, por sobre todas las cosas, con energía.

Pasaron días y así también semanas. Su estado variaba con las agujas del reloj. Pedro revoloteaba las calles como un ser sin alma y un cuerpo sin espíritu. La nube negra no solo lo perseguía, sino que se había apoderado del cielo entero. Sentía que nada salía bien. Desde lo más mínimo, como encontrar la zapatilla que le falta al par antes de salir de su casa. Tan inmensa era esa oscuridad que nadie cabía en ella. Sus seres cercanos habían desaparecido en la niebla de la desesperanza y Pedro andaba sin caminar, comía sin saborear, escuchaba sin cantar. Intentaba mirar por medio de la pesadumbre buscando algo, ese algo que viniera a rescatarlo, a darle un sentido, un vivir, un para qué.

Un jueves de mayo, se despertó y se dijo: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Esa mítica frase de Antonio Machado lo llevó inexorablemente a su viejo amigo Antonio. «Pedro, ya es hora de salir de esta porquería. No sé dónde ni qué voy a hacer, pero sí sé cómo: haciendo. Es hora de ponerse de pie. Basta. Me cansé de deambular, es hora de empezar a peregrinar». Esa fue la luz al final del túnel oscuro que transitaba en las últimas semanas. No sabía qué hacer, pero sabía que, haciendo nada, nada iba a pasar.

Esa mañana de mayo, Pedro armó su mochila y se marchó.

3

El cielo se encontraba con nubes, pero entre ellas se armaba el espacio justo para que pasaran los rayos del sol. Era un día templado y otoñal. La gente, como siempre, se mostraba ocupada y apurada en medio de sus quehaceres, demostrando que la rutina citadina nunca frena y nunca lo hará. La ciudad poco sabe de la vida íntima de sus ciudadanos, sus intereses y problemas. Una vez que amanece, los observa como soldaditos de plástico acomodados para la batalla del día.

En medio de esa muchedumbre, se encontraba Pedro, un joven con mochila al hombro y mucha energía en sus venas. Después de pasar semanas perdido y sin rumbo, lograba estar a la deriva, pero con un sentido. No sabía adónde iba ni cuándo volvería, pero sabía que se iba y eso ya era suficiente. Toda esa energía acumulada ahora estaba al servicio de sus pies para afrontar el universo en su más cruda faceta.

Días atrás, se había comunicado con sus familiares y amigos para contarles de su decisión. Se iría por un tiempo, sin fecha de retorno, en búsqueda de un mejor futuro para su alma. Encontró resistencias y apoyos en igual proporción. Su madre, con llanto en su cara, le pidió disculpas por todo lo malo que había pasado en su vida como si nunca más lo fuera a ver. Sus amigos más cercanos le brindaron un agasajo con las apuestas de cuándo volvería. Algunos dijeron que nunca; otros, en un año, y quien más lo conocía solamente levantó su copa y brindó por la aventura. Fue una noche movida, con bebidas y cuentos que pasaban por su costado mientras tenía su cabeza en la ruta. Por momentos, logró conectarse y reír.

Pedro caminó a la terminal de ómnibus, ubicada a pocas cuadras de la plaza central, y tomó uno hasta donde le daba su dinero. No tenía mucho y debía administrarlo sabiamente. Viajó durante siete horas, un tiempo necesario para descansar en la noche de la ruta. Era difícil conciliar el sueño en semejante incertidumbre, pero la biología venció a la mente y pudo dormir algunas horas. El viaje se esfumó entre el asfalto mientras él olvidaba que, del otro lado de la ventana, se sucedían los paisajes debajo de una luna llena que alumbraba todo a su paso.

Al despertar, se encontró en una terminal que no mostraba el gentío al cual estaba acostumbrado. Con suerte, encontró un baño abierto y una persona durmiendo sobre un banco que daba a la calle principal. Solamente tres personas descendieron del ómnibus con él.

—Disculpá, ¿dónde está la ruta que va al norte? —preguntó a uno de ellos.

El hombre, en estado de ensueño, lo miró con cara rara, extrañado ante tal pregunta. ¿Acaso no era algo obvio?

—Si vas para ese lado —apuntó con su mano hacia la derecha—, a cinco cuadras encontrás el centro de la ciudad. Ahí tenés la plaza San Hernando. A esta hora, seguro encontrás un taxi que te lleve —dijo para salirse de la situación rápidamente y subió a un auto que iría hacia ese mismo lado.

«¿Por qué responde algo que no le pregunté? No tiene sentido», se dijo Pedro. Así que volvió con su pedido a otro de los hombres que se encontraba en el lugar.

—Mirá —dijo el buen hombre—, si caminás diez cuadras para allá —señaló hacia donde salía el sol en el horizonte—, vas a llegar a la ruta ochenta y siete. Ahí tenés que caminar hacia la izquierda unos cinco, siete kilómetros hasta una rotonda. La otra ruta que cruza ahí es la noventa y nueve. Esa es la que necesitás para ir hacia el norte.

Pedro agradeció y se echó a caminar a paso tranquilo por la ruta. Era la primera hora del día, por lo que había poco movimiento en la calle. Se cruzó con alguna camioneta que levantó tierra a su costado, una señora que salió a regar las plantas y no mucho más. Lejos estaba el ruido interminable de la ciudad. Se respiraba aire puro y se escuchaba el andar del viento. Esa simple situación ya le hacía sentir que había valido la pena semejante decisión.

Siguió caminando por un rato más hasta llegar a la rotonda. Esperaba encontrar tránsito y algún buen samaritano que lo llevara hacia el norte. Se dispuso a pedir un aventón con su mano, con poco éxito en las primeras horas. Los autos pasaban sin siquiera frenar su marcha para girar en la rotonda. Algunos camiones frenaron para ofrecer sus servicios, pero ninguno se dirigía exactamente al norte y él estaba decidido a seguir viaje sin alterar mucho el destino. ¿Cuál destino, si ni sabía a qué ciudad ir? El almacenero simplemente había nombrado el norte. «Con lo amplio que es el norte del país —dirimió Pedro—. ¿Adónde voy?».

Alguna vez había escuchado la frase: “Las cosas pasan porque tienen que pasar”. El famoso destino. Pedro creía fuertemente en esa ideología. Muchas veces le había jugado una mala pasada, dejándolo a la espera de que algo sucediera y sin hacer nada. «El destino existe, pero hay que salir a buscarlo», se dijo una vez que sufrió de enorme pasividad. De allí el inicio de esta aventura. Fue en medio de estos pensamientos, en la rotonda de la ruta, que se propuso subirse al primer vehículo que le ofreciera ir hasta una ciudad importante del norte.

Eran tres las grandes ciudades que Pedro tenía en su cabeza. Más allá de ellas, solo se encontraban pequeños pueblos y casas aisladas por la ruta. Quizás podía haber alguna ciudad más, de esas que parecen más un pueblo grande, pero el joven aventurero tenía su certeza. Tenía que ser por ahí. No sabía por qué, pero lo intuía y quería hacerle caso a su percepción como nunca antes lo había hecho.

A las cuatro horas de estar en el mismo lugar, bajo el sol y sin ingerir un alimento, un camión con doble acoplado le ofreció llevarlo.

—Voy acá cerca, a Frénesi, un pueblo que queda a cien kilómetros, y freno a descansar.

—¿Es por la ruta noventa y nueve? —consultó el joven.

—Veo que no so de por acá. Sí, está sobre la misma ruta. Es el único pueblo con bingo de la zona. Quiero ver si tengo suerte —dijo sonriendo y mostrando una dentadura amarilla que reflejaba el desgaste del tiempo.

Eran solo cien kilómetros, pero era su única opción por el momento y ya se acercaba la noche, así que ni lo dudó y saltó de un solo golpe al alto camión. Ernesto, el camionero, era un hombre que mediaba los cincuenta años, de pelo oscuro superpoblado de blancas canas. Parecía estar manejando desde hacía rato, ya que su apariencia dejaba mucho que desear y se olfateaba un olor viciado dentro de la cabina que obligaba a llevar la ventana abierta. En el espejo retrovisor, colgaba un crucifijo junto a una estampilla de san Francisco que decía: “Empieza por hacer lo necesario, luego lo posible y de pronto te encontrarás haciendo lo imposible”. Sin dudas era el camión indicado para subir. La santa frase lo ratificaba y lograba emocionar por dentro a Pedro, que aún guardaba dudas y temores por la decisión que lo traía por esos pagos.

—Espero sepas cebar mate, pibe, me vendrían bien unos.

—Con mucho gusto, señor.

—Decime Ernesto, no me hagá sentir má viejo de lo que soy.

Pedro rio sonrojado y se propuso cumplir con el pedido de su primer amigo rutero. Dicen que el intercambio de mates es como una buena conversación amistosa. Uno no comparte con cualquiera uno de esos.

—Y decime, pibe, ¿qué te trae por la noventa y nueve? ¿Vacaciones?

—No, ciertamente. La verdad es que no estoy seguro de qué me trae por acá… En principio, puedo decirte que me dirijo al norte en busca de un viejo amigo.

—El norte es bastante extenso, no sé si sabrás eso —dijo irónicamente—. ¿Adónde, exactamente?

—Buena pregunta. La verdad, no tengo idea. —Y seguidamente se prestó a relatarle la historia que lo llevaba a transitar tierras desconocidas.

—¿Qué queré que te diga? Estás loco, pibe. ¿En serio dejate todo y ni sabé adónde va? Tiene que haber otro sentido, no te creo. Pero está bien, no necesito saber la verdad. Podemo viajar juntos sin problemas. Parecé inofensivo y buena gente, así que pasame un mate y hablemo de algo má interesante, que ya llevo diehora arriba del gigante y empiezo a dormirme.

Uno niega lo que no comprende. Es más fácil así. ¿Por qué no creer en su historia? ¿Tan descabellada era? ¿Tan incoherente era dejar atrás una vida gris, rutinaria y apabullante para intentar hallarse probando ingredientes jamás saboreados? No parecía serlo. Pero entendía la poca visibilidad de un hombre que llevaba más de treinta años arriba de un camión. Su historia era esa. Su destino, dominar al gigante en medio del caluroso asfalto y ganar unos pesos extras en el bingo de cada pueblo.