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El invernadero es la historia de una búsqueda y un hallazgo. Un escritor en crisis viaja a Berlín tras las huellas de un científico al que conoció en su juventud y encuentra a una misteriosa joven uruguaya que huye de unos extraños fantasmas familiares. El tema de fondo de la novela es el individuo en constante movimiento y la necesidad de coger aire en lo ajeno. La narración se ramifica a medida que cada personaje nos lleva a otro. Podríamos decir que se trata de una novela de personajes secundarios cuyas trayectorias vitales se entrecruzan durante un instante y luego se pierden. Una obra sobre el transitar en el mundo de hoy, atravesada por un cierto existencialismo contemporáneo y escrita en el tono inmediato y urgente de la primera persona, con una prosa transparente, de frases cortas y lectura rápida.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
Fernando Luis Chivite
Un anhelo de gente nueva para quienes uno mismo sería también desconocido
Max Frisch
Cuando Lander salió eran más de las once. La calle estaba vacía. El cielo había adquirido un extraño resplandor dorado. Entonces echó un vistazo a su alrededor y cogió aire.
—De repente, he tenido la sensación de haber vivido ya esto —dijo.
Nos miró. Ixabel y yo dimos unos pasos junto a él y nuestras pisadas quedaron marcadas en la nieve. Luego le vimos subir al taxi y mirarnos desde el otro lado del cristal. Alzó una mano y automáticamente imitamos el gesto.
—Hasta pronto —dijo vocalizando con los labios, asintiendo solo una vez.
Regresó a Boston. Lander es un científico. Vertido hacia dentro y razonador obsesivo. Supongo que sabía bien lo que quería hacer. Lo que iba a hacer. Sin embargo, cuando le pregunté si tenía intención de volver al trabajo y reanudar su vida anterior me contestó que aún no lo había pensado lo suficiente.
—¿Lo suficiente?
—Tendré que tomar una decisión —dijo.
Lo imaginé viajando solo. Sentado en las cafeterías de los aeropuertos. Llegando a las ciudades a deshora. Tratando de hacerse un lugar. Tan indiferente a todo. Eso fue en enero de 2002. Diez meses después, a finales de octubre, regresó. Ya hace cuatro años de eso, es increíble. Se presentó en Pamplona sin habérmelo anunciado de antemano. Se hospedó en el mismo sitio en el que había estado el otoño anterior, el hotel Maisonave. De hecho, pidió la misma habitación. Y solo entonces me llamó por teléfono.
—Acabo de llegar.
Ese mismo día estuvimos comiendo juntos y luego, a primera hora de la tarde, bajamos a dar un paseo por la orilla del Arga. Un detalle: llevaba puesta la misma ropa que cuando se fue. Los mismos pantalones y zapatos. La misma americana de tweed color tabaco con trazas amarillentas, la misma camisa azul celeste. Pensé que su propia ropa le era ajena. Como si acabaran de prestársela. Y recordé que ya había pensado lo mismo en otra ocasión, tiempo atrás.
Sin embargo, él ya no era el mismo. Lo había liquidado todo. Había vendido su casa de Massachusetts y había renunciado a su empleo en la universidad. Le pregunté si pensaba quedarse y se limitó a encogerse de hombros y a desviar la mirada hacia los prados y las huertas. Y hacia los inmóviles caballos que pastaban a lo lejos, entre la niebla. Solo al cabo de unos segundos dijo:
—No.
Y luego, cuando me volví para mirarle, añadió con una especie de sonrisa:
—Aún no veo claro.
No durante mucho tiempo. Uno puede apartar la cara asqueado, eso es verdad. Con fatiga. Harto de lo que tiene delante. Supongo que es inevitable. Y supongo también que es necesario y bueno, en cierto modo. El cansancio. Al menos en la medida en que ayuda a restarle importancia a las cosas. A la vehemencia del presente. A esa especie de ansiedad. Pero tiene que tratarse de un cansancio pasajero. No puede durar. El ojo cansado quiere cerrarse, pero el ojo cerrado sueña con abrirse otra vez. Ver es lo primero.
Luego, hay otra cosa: la distancia. Porque, con frecuencia, lo único que en realidad queremos no es dejar de ver sino solo alejarnos un poco. Dar un paso atrás. Quizá incluso entornando la mirada, como retrocediendo para enfocar. Quizá sencillamente buscando una percepción desapasionada. Lo malo es que en ocasiones nos alejamos tanto que literalmente desaparecemos. Sé bien de qué hablo porque toda mi vida me he sentido inclinado a eso: a buscar la distancia. A mirar desde un poco más atrás. Y, a fin de cuentas, a desaparecer. En el fondo, es esa y no otra la verdadera razón de que ahora esté aquí. En esta ciudad ajena. En esta nueva habitación elevada con vistas a los tejados de Prenzlauer Berg, el Fernsehturm, la antigua fábrica de cerveza y al cielo gris.
Llegué ayer por la tarde. Ixa me llevó en coche al aeropuerto de Bilbao. Durante el viaje volvió a recordar las palabras que le dijo mi padrino el día de nuestra boda: «Daos aire. Dejaos vivir». Ella valora esas palabras en su justa medida. Las evoca en los momentos oportunos.
—Daba la sensación de ser un hombre apacible —dijo con las manos en el volante, sin mirarme.
—Lo era —asentí.
—Tenía el aspecto de alguien poco dispuesto a dejarse agobiar por tonterías. Solo lo vi esa vez pero lo recuerdo bien. ¿Cómo se llamaba?
—Cecilio.
—Era un hombre muy alto y fuerte, calvo, con la nariz grande y gafas de concha.
Es cierto. Además tenía la lentitud de movimientos y la voz grave de los grandes fumadores. Una parsimonia desencantada que añadía resonancia a sus palabras. De hecho, a menudo resultaba sentencioso sin pretenderlo. «Dejaos vivir», no está mal para soltárselo a unos recién casados. Lo veo con un vaso de brandy en la mano y un cigarro encendido, sentado en algún sillón apartado, después de la comida. Asintiendo con los párpados a media asta. Ni siquiera demasiado interesado en asegurarse de que su consejo era bien interpretado.
Murió poco después, a los setenta y dos años. Murió mientras se afeitaba por la mañana, un día de verano, y recuerdo que, cuando lo supe, pensé que era una muerte envidiable y que daría cualquier cosa por morir así. Con la radio encendida, en el cuarto de baño, por la mañana, escuchando una rapsodia húngara, un vals o cualquier otra cosa más o menos ligera y divertida: ¡De-ja-os vi-vir! ¡Vi-vir! ¡Vi-vir!
Lo curioso es que, de algún modo, esas palabras han funcionado desde el principio (y supongo que siguen haciéndolo), como un tácito e inmutable leitmotiv entre nosotros dos, entre mi mujer y yo: el viejo lema inspirador de nuestra pequeña empresa sentimental. En fin, Ixa me llevó al aeropuerto, tomamos un café y se volvió a Pamplona. Antes de irse, sentados en la cafetería junto a un ventanal desde el que se divisaba la parte trasera de un Boeing 737 en el que estaban cargando los equipajes bajo fuertes ráfagas de lluvia, llegamos a un acuerdo: le propuse no estar llamándonos a diario. Ni escribiéndonos constantemente mensajes innecesarios. Le sugerí que podríamos comunicarnos una vez por semana o, mejor, cada diez o doce días. Y ella aceptó sin hacer comentarios. Al principio, me miró de forma oblicua para averiguar si hablaba en serio. Esa calidad sutil de las miradas de las mujeres cuando ya llevan varios años casadas con el mismo hombre.
—¿Te parece bien? —le pregunté con toda la sencillez y honestidad que pude.
Entonces esbozó una media sonrisa (esa clase de media sonrisa que significa algo así como que tu antigua capacidad de sorprenderla se ha esfumado por completo hace bastante tiempo), y acto seguido negó varias veces con la cabeza, irónica y suavemente, a la manera en que suele hacerse cuando se toleran las rarezas de alguien a quien no merece la pena llevar la contraria porque, o bien no se considera que sean demasiado importantes, o bien se asume que ya no tienen remedio y sería un acto inútil.
—Me parece muy bien —dijo levantándose de la silla.
Volé de Bilbao a Bérgamo por la mañana. Y de Bérgamo a Berlín a primera hora de la tarde. Antes de las cinco aterrizaba en Tegel y media hora después me bajaba del autobús en la Alexanderplatz. El termómetro marcaba una temperatura de cero grados. Estaba empezando a oscurecer. Y mientras me dirigía hacia el número 22 de la Strasburger Strasse arrastrando por las aceras mojadas mi maleta de ruedas, pensé que, en efecto, todo estaba bien. Y me dije: «Todo está bien». Me lo dije primero en silencio y a continuación en voz alta.
—Todo está bien.
Una frase que a menudo me digo y me repito a mí mismo. Como un mantra. En parte para darme ánimos. En parte, para tratar de restar importancia a todos esos aciagos pensamientos que constantemente revolotean a mi alrededor como pájaros de mal agüero con el inequívoco propósito de hacerme dudar de todo cuanto hago o intento hacer.
Dijo que iba a afrontar el olvido como quien afronta un trabajo.
—Debo emprender la tarea de olvidar —dijo. Al principio me sonó extraño.
—¿Olvidar?
Pensé que le habría ocurrido algo en Boston. Intentó rehacer su vida allí pero por alguna razón no lo consiguió. Aunque tampoco se dio por vencido de inmediato. De hecho, reanudó su actividad investigadora y todo lo demás. Fue bien recibido. Le dieron muestras de afecto que llegaron a emocionarle. Y por supuesto le ofrecieron todas las facilidades para que se reincorporara a su labor del modo que considerara más conveniente. Y lo hizo. En cuanto se sintió con fuerzas y sin que nadie se lo pidiera, empezó a impartir también sus clases en la universidad. Al menos durante un cuatrimestre. Quería intentarlo, eso está claro. Quería probarse a sí mismo. Pero algo debió ocurrirle. Algo que le hizo recapacitar y reconsiderarlo todo, otra vez. Y finalmente optó por dejarlo y volver. Y luego, ya en Pamplona, lo primero que dijo al verme fue eso: que quería «dedicarse en serio a la tarea de olvidar».
Conozco a Lander desde que éramos muy jóvenes. Desde que teníamos nueve o diez años. Siempre ha sido un hombre complejo. Difícil de definir en pocas palabras. Alguien con facetas diversas, algunas de ellas contradictorias. Pero si tuviera que destacar una cosa por encima de todas las demás diría que el núcleo inalterable de su modo de ser, el foco a cuya luz le gusta mostrarse y actuar, ha sido siempre la memoria. Su deliberada inclinación a la memoria. Su confianza en la vigencia del pasado.
Supongo que es una forma como otra cualquiera de dividir a las personas: los que miran hacia delante y los que miran hacia atrás. Los que vuelven la cabeza, quizá incluso dulcemente, pensando que nunca estarán tan bien como estuvieron, y los que estiran el cuello al máximo tratando de vislumbrar lo que se avecina, creyendo que un poco más adelante estarán mucho mejor. Es una división burda, porque todos participamos de ambas maneras de situarnos en el tiempo, lo sé perfectamente. Pero, en sentido estricto, Lander era de los primeros. De los que piensan que la explicación de todo está en el pasado. En las turbias raíces. Pese a ser un hombre de ciencias. O tal vez por eso.
Su disciplina profesional ha sido siempre (y sigue siéndolo) la investigación en el campo de la genética. El trabajo obsesivo en el laboratorio. Pero en realidad nunca lo menciona. Jamás se refiere a ello. Al menos, conmigo nunca lo hace. En cambio, no suele ser nada raro observarle escorar una y otra vez hacia un misterioso y con frecuencia confuso y abrumador tono poético que no deja de asombrarme.
Ahora, sin embargo, hablaba de olvidar. Y aunque, en principio, yo no acababa de tener muy claro cómo debía tomarme aquello, lo cierto es que, en el fondo, creía entenderle muy bien. Lander tuvo dos hijas con dos mujeres de nacionalidades distintas antes de llegar a cumplir los cuarenta años. A las dos las dejó de un modo quizá un tanto precipitado pero, en el fondo, natural y amistoso, a medida que iba cambiando de país: primero Suecia, después Japón y por último Estados Unidos.
Que sepa yo, nunca llegó a tener problemas importantes con sus mujeres. Ni perdió por completo el contacto con ninguna de ellas. Siempre he creído que tenía algo que hacía que las mujeres le amaran y que, a continuación, cuando las abandonaba, no pudieran odiarle. Finalmente, cuando le ofrecieron entrar en la universidad de Harvard, compró una casa en Charlestown, al norte de Boston y se instaló en ella. Y como era de esperar, pronto encontró una nueva compañera: una periodista de televisión llamada Edith Moore, una divorciada de mediana edad, independiente y sin hijos, con la que pensaba casarse en un futuro no muy lejano. Hasta aquí la parte normal de la historia.
Pero entonces ocurrió lo inexplicable. El horror de su vida. Lo diré rápidamente: entre el mes de diciembre del año 1998 y el mes de julio del año 2000, en un plazo de apenas veinte meses, todas murieron. Todas sus mujeres sin excepción, las hijas y las madres. Una detrás de otra. Edith también. Por causas de todo tipo: enfermedades, accidentes, suicidios. Un día, a finales del 98, Lander recibió en su domicilio una llamada con la noticia de que su hija japonesa María, una niña de ocho años había aparecido muerta en un piso de Tokio. No en el piso de su madre, sino en otro piso. «En extrañas circunstancias», eso fue lo que se dijo. Y solo un mes después, la madre, una pintora llamada Natsuko (con la que Lander había convivido a lo largo de unos tres años) se quitó la vida en una bañera. En una habitación de hotel.
Pero hay más: en la primavera del 2000, Monika, la primera hija de Lander, de doce años, y su madre Ursula Wojna, una traductora y exbailarina de origen polaco, sufrieron un accidente de tráfico y murieron en el acto junto a la persona que conducía el coche, un hombre de edad avanzada. Y en julio de ese mismo año, solo dos o tres meses después, Edith fue ingresada de urgencia, entró en coma y murió en el plazo de un mes.
Lander tenía entonces cuarenta y un años. Sufrió un colapso. Un fuerte shock emocional. Enmudeció. Perdió el habla durante unos meses. Hubo que alimentarlo contra su voluntad. Y cuando se recuperó, mínimamente, cuando tuvo la primera oportunidad de echar un vistazo a su situación y recapacitar un poco, tomó la decisión de volver a Pamplona. Se había largado a los veintitrés años y en todo ese tiempo solo había vuelto unas diez o doce veces, para pasar temporadas de vacaciones estivales de no más de quince días en ningún caso.
—Hay un protocolo para el cortejo y otro para el duelo —susurró en aquella ocasión.
Logró que aceptaran su ingreso en el hospital psiquiátrico. De algún modo, lo negoció él mismo. Permaneció internado, como un enfermo más, durante aproximadamente un año. Hasta septiembre de 2001. Yo solía ir a visitarle un rato casi todos los días. Dábamos un paseo bajo los árboles y conversábamos. Recordábamos los años juveniles y a la gente de entonces. Y yo le contaba qué había sido de cada uno de ellos y a qué se dedicaban en la actualidad.
Una tarde, sentados en su banco del jardín esbozó una teoría que por una parte sonaba alarmantemente descabellada pero por otra me llamó la atención y hasta me hizo gracia, en algún sentido. Pensaba que tenía que existir una cierta proporcionalidad, una cierta correlación matemática, entre el cortejo y el duelo. Es decir, entre el tiempo dedicado al amor y el tiempo requerido por el dolor. Supongo que fue sin más una idea repentina, algo que se le ocurrió de improvisó y que verbalizó casi sin pensar, pero me sorprendió y se me ha quedado grabada en la memoria. Por eso la menciono. Recuerdo bien el instante: apretaba los labios y alzaba evocadoramente el ceño como si pensara que no tendría que ser demasiado difícil encontrar la fórmula precisa que expresara eso.
Al final elaboró una conclusión vagamente sentenciosa:
—La vida es una ceremonia —dijo—. Es un error restar importancia a las ceremonias. No me extrañaría que parte de la desorientación contemporánea procediera de ahí.
Cuando llegué al lugar, había oscurecido por completo. Llamé al timbre y esperé. Una gran puerta de madera en una calle ancha y vacía. Por un instante, consideré la posibilidad de que nadie me abriera, pero enseguida lo hicieron, junto con un extraño saludo que no entendí. Había que cruzar un pequeño patio antes de entrar en el edificio y luego subir los cuatro pisos a pie, con la maleta a cuestas, porque el ascensor se había estropeado precisamente ese día. Al llegar arriba, Marlene y Peter me estaban esperando en el descansillo.
—Hallo.
—Hallo.
Marlene Samini y Peter Werf: mis buenos anfitriones berlineses. Ignoro si están casados, porque ninguno de los dos lleva anillo, pero no creo que eso signifique nada. Llevan diez años viviendo juntos y tienen tres hijos en común, dos niñas y un niño. Nadine, de ocho años, Lukas de siete y la pequeña Doris de cinco. Y ahí estaban todos ellos ante mí: descalzos sobre la gran alfombra roja del salón: cogidos de la mano: iluminados y expectantes. Como si posaran para un anuncio. Hasta que Marlene se adelantó:
—Te estábamos esperando —dijo en castellano.
Marlene tenía veinte años cuando fue derribado el muro, de modo que en la actualidad anda por los treinta y siete. Diez menos que yo. Una mujer enérgica. De esa clase de mujeres. Mujeres que entran sonriendo en los sitios. Mujeres capaces de enfrentarse a casi cualquier cosa con una especie de insensata alegría arrolladora. Que siempre tienen una palabra amable para cualquiera. Para todo el mundo. En especial, para quienes menos la merecen, para los más intratables, para los más estúpidos. Como si pensaran que quizás podrían redimirlos de ese modo: hacerles entender algo esencial con su encantadora naturalidad.
Marlene Samini, la chica iraní que creció en Kreuzberg. Es decir, sin quedar atrapada allí. La cara un poco ancha, un poco redondeada y endurecida, con un ligero rubor en las mejillas. Las cejas muy marcadas. La melena negra recogida atrás con un pañuelo anudado de cualquier manera. Apenas vestida, con un pantalón muy corto y una camiseta de algodón naranja de tirantes con escote amplio. Dejando bien claro que no lleva sujetador. Los pechos libres, abundantes, móviles pero aún bastante firmes. Como participando de su felicidad corporal: absolutamente de este mundo.
Y a su lado, Peter Werf, un poco etéreo. Un poco diferente en todos los sentidos. Y un poco más joven que ella, unos seis o siete meses más joven. Alto, pálido, de ojos claros y espirituales. No del todo inocente, porque, ¿quién es inocente pasados los treinta y cuatro? Pero sí de talante pacífico y aspecto inofensivo. El aspecto de alguien que te está diciendo que no va a pelear. Que no va a combatir. Ni siquiera tal vez para defenderse, si eso es posible.
Son datos que se perciben en una primera ojeada y que no suelen fallar: los ingredientes que componen la mirada, la forma de estrechar una mano, el modo en que se queda uno parado, apoyado en la pared, escuchando. Y entonces piensas, te dices a ti mismo: «Si necesito ayuda, si tengo algún problema con las autoridades locales y necesito que alguien me eche una mano aquí, recurriré a él. A este honesto Peter Werf, el perfecto anfitrión, el hombre en quien se puede confiar».
Por mi parte, permanecí igualmente parado ante ellos durante unos segundos: consciente de estar siendo estudiado. Fíjense en mí: ni siquiera me apartaba de la maleta. El pelo sin peinar. La americana arrugada, ¿de qué color? ¿Verde oscuro tirando a gris? Tratando de sonreír, supongo. Tratando de no defraudarles demasiado. De no defraudar la imagen que ellos ya, con toda seguridad, debían de haberse forjado de mí por las fotos. El escritor español, ese curioso tipo permanentemente mal afeitado.
Marlene se acercó y se situó a mi lado.
—Vayamos a la cocina —dijo.
Y yo contesté rápidamente:
—Claro.
Y puso su mano abierta en mi hombro, como para guiarme: sin presionar demasiado. Pero yo sentí esa mano ahí durante todo el tiempo. El peso y el calor de esa mano.
En lo que a ella se refiere, la comunicación fluye por cauces muy físicos. Basta muy poco tiempo para darse cuenta de eso. Uno querría, de repente, abrazarla. Pasar los dedos por su pelo y por su brazo con absoluta buena voluntad. Tocarle un poco la cara, incluso. Palpar su piel, los párpados, los pómulos. Pero sabiendo a la vez, sabiéndolo de un modo automático e inmediato, que esa mujer podría llegar a ser peligrosa en un sentido u otro. Alguien que puede cambiar la expresión de su rostro con extraordinaria rapidez.
Nos sentamos en torno a la mesa de la cocina. Una cocina no demasiado grande, con suelo de madera y una alfombra azulada, con fuerte olor a especias y paredes pintadas de naranja con dibujos infantiles pegados en cualquier lado. Una perfecta cocina hippie, si existe tal cosa, con todas las ollas y sartenes amontonadas a la vista sobre estanterías sin pintar. Marlene sacó unas cervezas del frigorífico y bebimos directamente de la botella. Y luego puso un plato con galletas sobre la mesa y queso para untar y nueces, almendras, avellanas dentro de un bol de plástico.
Tanto ella como él, se expresan correctamente en castellano. De hecho, ese fue el principal motivo por el que decidí alojarme allí. Ella lo habla mejor que él. Con una pronunciación más suave. Pasaron años en Venezuela y otros países de Sudamérica antes de tener hijos. Y cuando se quedó embarazada regresaron.
—Fue un tiempo muy feliz para mí —dijo.
Acto seguido pulsó el botón del aparato de música y sonó una canción.
—Música latina —anunció Werf. Y asentí agradecido.
Les comenté que Goethe opinaba que los alemanes tendrían que aprender todos los idiomas por pura hospitalidad. Para que ningún extranjero pudiera sentirse incómodo en su casa. Y ellos se miraron brevemente y sonrieron. Naturalmente, el seducido es él. Todavía lo está. Y ella lo sabe. Cada vez que se miran a la cara vuelven a constatarlo, estoy seguro.
Ella estaba sentada con los codos apoyados en la mesa. Inclinada hacia delante, moviendo las manos constantemente. Y él, apoyado en el respaldo de la silla, con las piernas cruzadas y la espalda echada hacia atrás.
Me disculpé por no saber hablar su idioma y sacudí la cabeza y alcé los hombros como siempre hago. Pero ambos restaron importancia a ese asunto. Marlene se levantó y se movió por la cocina cambiando de sitio algunas cosas: tratando de poner un poco de orden. Luego salió y en voz alta, desde la habitación de los niños, me preguntó cuánto tiempo había pensado quedarme. Y me sorprendió que me lo preguntara porque yo tenía entendido que ya habíamos hablado suficientemente de ese asunto y había quedado todo aclarado. Les dije:
—Quiero pasar aquí todo el invierno. Ya hablamos de eso.
—Sí, por supuesto —intervino Werf—. Todo el invierno. Es correcto.
—Hasta el final de marzo, ¿no es así? —matizó Marlene entrando por la puerta con la niña pequeña en brazos.
Durante un momento pensé que podía haber surgido algún malentendido al respecto y observé alternativamente las caras de uno y otro pero ninguno de los dos manifestó nada especial. Todo eran sonrisas y asentimientos.
Entonces Werf me señaló discretamente con el dedo índice y se me quedó mirando con insistencia como si quisiera decirme algo y estuviera esperando a estar seguro de que yo le escuchaba. Pensé que, siendo un hombre de pocas palabras, se habría acostumbrado a recurrir a esa estrategia para conseguir un mínimo de atención.
—¡Te pareces mucho a uno de nuestros amigos! —dijo tras la pausa—. ¡Es muy curioso!
Marlene lo ratificó de inmediato.
—Es cierto —dijo—. Eres igual que Klaus.
—¿Klaus?
—Lo comprobarás tú mismo. Suele venir por aquí de vez en cuando —añadió él.
Marlene fue a buscar una foto y me la mostró. Al final, Werf se levantó de su silla y me entregó con cierta solemnidad la llave de mi apartamento. Está situado justo encima del piso de ellos. Marlene levantó la cara mirando al techo y todos imitamos su gesto. Y a continuación, mientras recogía la maleta y nos dirigíamos hacia la puerta, mencionaron por primera vez al verdadero dueño, el señor Furey.
—Su nombre es Samuel Furey —dijo Werf.
—Samuel Furey —repetí.
—Es americano —dijo Marlene—. De Nueva York.
—Todos los pisos son suyos —explicó él.
—¿Toda la casa es suya?
—Así es, todos estamos alquilados. Él vive abajo. Pero prefiere que nosotros nos encarguemos de los apartamentos. A él le basta con su invernadero de plantas. Se pasa la mayor parte del día metido en ese invernadero —dijo ella, abriendo mucho los ojos, como si le resultara difícil de entender.
—Vive solo —dijo Werf.
Y ella añadió remarcando lo anterior:
—Vive completamente solo.
Esa mujer: Marlene, claro: no debes tocarla. No es una sugerencia, no es un consejo, es sencillamente una orden: ni la roces, siquiera. Aunque ella lo haga. Aunque lo haga una y otra vez. De hecho, ella puede tocarlo todo con absoluta naturalidad. Podríamos decir, sin más, que tiene el don de tocar. Que sus manos poseen ese don. Pero las tuyas no. Las tuyas, de ninguna manera. Tú lo sabes y ellos lo saben. Todos lo sabemos. Así que dejémoslo ahí. Debes controlar en todo momento ese asunto. Será lo mejor.
Dos habitaciones unidas en el ático abuhardillado, debajo del tejado. «Un antiguo desván reformado con todo lo necesario», decía el anuncio. Suelo de tarima clara recién barnizado, cubierto con alfombras gris perla. Dos alfombras rectangulares, una mayor que la otra. La cama a un lado, en un rincón. Una pequeña cocina con estanterías a la vista, una cafetera, un exprimidor eléctrico, una sartén. Los habituales utensilios y cacerolas, todo sin estrenar. Con el olor de las cosas recién compradas. Y un cuarto de baño con selector de temperatura y sistema antivaho.
Luego, un pequeño equipo de sonido, televisor con DVD y banda ancha para conectarse a internet. Un armario con un edredón y ropa de cama doblada con cuidado. Y la mesa, lo suficientemente espaciosa. Y naturalmente, la ventana.
Lo primero que hago, antes incluso de quitarme el abrigo, es arrimar la mesa a la ventana y sentarme aquí. Ante este cielo gris. Pero siempre hago lo mismo. En cada nueva habitación recuerdo aquello de Cartas a Milena: «Estar solo en una habitación sería una condición necesaria para la vida». La frase original dice, en efecto, «sería». Resulta intrigante. Pero eso es lo que uno quiere probar una y otra vez. O en último término, lo que uno quiere demostrarse a sí mismo: la capacidad de estar solo: como una condición inicial para la realización de cualquier tarea importante.
La fractura. En todo momento. Lo que quiero decir es que mi manera de ver es esa. La manera en que percibo las cosas. Otros ven puentes, colores, números. Yo veo fracturas. Cambios de dirección. Cortes. Caídas. La mella que anida en todo.
Siempre he creído que el ojo no es completamente inocente. Por dos razones. Primero, porque es selectivo. Elige con avidez y por tanto descarta demasiado apresuradamente. Y segundo, porque añade algo a lo observado. Nunca vemos todo el objeto. Y nunca vemos solo el objeto. Nos proyectamos en él. Nuestra ansiedad está ahí. Nuestra sombra. Mayor cuanto más nos interesa, cuanto más nos acercamos.
Fermín, por ejemplo, ve puertas. Es curioso. Fermín Arce, el hermano de mi mujer. Por eso es difícil de atrapar. Quizá sea un hábito de los que han vivido durante algún tiempo en la clandestinidad. Si tuviera que definir con una sola frase su forma de actuar diría: el hombre que rápidamente ve la salida. El hombre que instintivamente ve el agujero por el que en un momento dado podría escapar. En un restaurante, en cualquier lugar cerrado, se sentará mirando hacia la puerta. No se trata de algo que pueda denominarse simplemente con la palabra miedo o temor. Es previsión. Es anticipación. Es lo que ha hecho que la especie llegara hasta aquí. Aunque un exceso de esa viscosa sustancia también puede resultar fatal, naturalmente.
Voy a contar algo que nos pasó con Fermín, una historia más o menos inquietante que sirve de comentario a lo anterior. Una vez le llevamos en nuestro coche al aeropuerto de Zúrich. Ixabel y yo estábamos pasando el curso en Burgdorf, cerca de Berna y vino a visitarnos. Apareció de repente, como le gusta hacer. Llamaron a la puerta, fuimos a abrir y era él: mi imprevisible cuñado, tres años mayor que yo, con su bonita mochila de viaje colgada a la espalda. Pensé: son precisamente aquellos a quienes más les gusta preverlo todo quienes con más fuerza se empeñan en resultar imprevisibles. Al cabo de una semana tenía que coger un avión en Zúrich para ir a Londres.
Nos explicó que quería encontrarse con un viejo amigo al que no veía desde hacía años. De modo que, cuando llegó la mañana en cuestión nos levantamos temprano y fuimos a Zúrich los tres. Un viaje normal, de aproximadamente una hora. Sin incidencias. Pero al llegar al aeropuerto nos confesó que nos había engañado respecto a la hora de partida. En realidad, faltaban más de tres horas para que despegara su avión. Alegó que quería estar completamente seguro de que por nada del mundo perdería ese vuelo. Mientras nos lo explicaba con una especie de sonrisa nerviosa que entre otras cosas significaba que asumía conscientemente sus manías y que no le costaba mucho aceptarlo ante nosotros, aunque en el fondo se avergonzaba un poco de la perplejidad que nos producía una y otra vez (una perplejidad, por supuesto, todo hay que decirlo, convenientemente exagerada por nuestra parte), sacó un libro del bolsillo y nos lo mostró en alto para que viéramos cuáles eran sus verdaderas intenciones.
—Tengo tiempo y tengo lectura —dijo.
Así que nos despedimos en el acto. Atravesó el puesto de control y se dirigió sin demora hacia su puerta de embarque.
Sin embargo, una cualidad de los tiempos es que todo se mueve. Y que las puertas también cambian. Aunque nos quedemos parados ante ellas. Es decir, la información correcta puede no serlo una hora después. Y eso fue lo que ocurrió. Cambiaron la puerta de embarque sin que él, absorto en la lectura, llegara a enterarse. Digamos, pues, que anticiparse demasiado también puede acabar resultando imprudente. Cuando se puso en guardia ya fue tarde. Vio partir su avión. Afortunadamente, no perdió ninguna maleta porque siempre viaja con equipaje de mano, otro detalle revelador.
La historia podría acabar ahí y pasaría por una especie de fábula sencilla. Pero lo que ocurrió a continuación tiene que ver ya con lo azaroso, lo ominoso: lo que presagia desgracias. Fermín cogió un taxi y se quedó a pasar la noche en Zúrich. Buscó un hotel, pidió una habitación y nos telefoneó contándonos lo ocurrido.
A la mañana siguiente, Ixa tenía que hacer algo en la universidad y fui a recogerle. Pero justo al salir de Zúrich, de vuelta hacia Burgdorf, nos topamos con un gran atasco en la autopista. Un extraño accidente. Un camión cisterna cargado con varias toneladas de miel se había incendiado en el interior de un túnel. El atasco duró cuatro horas. La miel se licuó y se dilató por el calor. Aquel túnel se convirtió en un horno rebosante de miel.
La gente apagaba los motores de los coches y algunos pocos se apeaban de los vehículos. Era abril, creo, a principios de la primavera de 2004. Entonces, nos fijamos en el coche que estaba parado a nuestra derecha. Era un buen coche, con matrícula suiza, pero sus ocupantes, un matrimonio de aproximadamente sesenta años, estaban hablando en castellano. Algo les había ocurrido. La mujer se lamentaba y gemía, y el hombre negaba con la cabeza y trataba de consolarla inútilmente. Fermín entabló conversación con ellos y pronto supimos que acababan de recibir la noticia de que su hijo había muerto.
