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En El Iris de Salamanca, de Cayetano Cabrera y Quintero, escenifica pasajes de la vida del sacerdote Juan Sahagún, cuya vida y muerte fue todo un ejemplo de virtud cristiana. Se trata de una comedia moralizante donde el propósito del autor es modificar las normas de conducta de una sociedad carente de decoro, proponiéndole un modelo donde prevalece la razón sobre la pasión y el sentimiento.
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Cayetano de Cabrera y Quintero
Comedia nueva El Iris de Salamanca
Barcelona 2020
linkgua-digital.com
Título original: Comedia nueva El Iris de Salamanca.
© 2020, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño cubierta: Michel Mallard
ISBN rústica: 978-84-9816-151-9.
ISBN ebook: 978-84-9007-528-9.
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Sumario
Créditos 4
Presentación 7
La vida 7
Comedia nueva El Iris de Salamanca 9
Personajes 10
Jornada primera 11
Jornada segunda 57
Jornada tercera 117
Libros a la carta 167
Cayetano Cabrera y Quintero (Ciudad de México, 1698-1775). México.
Se sabe muy poco de su vida, aunque escribió testimonios valiosos para la comprensión de la historia de México. Doctor en derecho por la Real y Pontificia Universidad, en 1730 fue capellán de pajes del virrey y del arzobispo. Tradujo obras del latín, griego y hebreo.
Nació y murió en la ciudad de México.
San Juan Sahagún
Doña Clara Manzano
Pedro, Gracioso
Don Antonio Monroy
Don Félix Manzano
Don Eugenio Monroy
Don Diego Morales
Fabio
Don Pablo Manzano
El Prior De San Agustín
Don Andrés Manzano
Una Mujer
Don Luis Manzano
Un Niño
San Juan Monroy
Dos Embozados
Doña Leonor Monroy
Las Tres Furias
(Salen San Juan y Pedro de clérigos.)
San Juan Sígueme Pedro.
Pedro A mi fe
pluguiera que menos corto,
de tu omnia mea meas porto,
no oyera el sequere me.
Cuanto tu ingenio agradando 5
ha ido, señor, adquiriendo
como lo vas poseyendo,
lo vas sin seso dejando.
Niño eras cuando colaste
un beneficio, y muy triste 10
a otro el beneficio hiciste,
cuando el tuyo renunciaste.
San Juan Sin servirlo, ¿fuera bien
lograr, Pedro, su caudal?
Pedro Pues digo ¿y quien sirve mal 15
no cobra, señor, también?
Todavía de estudiar
tu aplicación no acababa,
y ya tu padre estudiaba
en hacerte familiar 20
de aquel ilustre prelado
que, en Burgos constituido,
logró, en riesgos de temido,
obsequios de venerado.
Pero ya en ti se baraje 25
el proloquio introducido,
pues, aunque tú paje has sido,
no estudiaste para paje.
San Juan Si tanto erré como viste,
claro está que no estudié. 30
Pedro Por eso mismo, y porque
dejaste cuanto adquiriste,
hízote este gran prelado
su camarero y después
su limosnero, que es 35
cargo muy aprovechado.
Y cuando empezar debías
esta caridad por ti,
el caudal de tu amo, y
aun el tuyo, repartías. 40
Premio, que éste es nuevo modo,
de tu virtud extremada;
pues no persistiendo en nada
quiere así dejarlo todo.
San Juan Pedro, el consuelo previenen 45
los disgustos que te aquejan,
pues bienes que así se dejan,
mejor entonces se tienen.
A otra empresa me convoca
Dios, que mucho más nos ama; 50
y pues Dios, Pedro, me llama,
a mí seguirle me toca.
Advierto el sangriento estrago
de esta ciudad, y es buen medio
anticipar el remedio 55
a los golpes del amago.
Y si bien las señas oí
nos dio don Félix Manzano,
está la casa a esta mano
de doña María Monroy, 60
noble viuda en quien se advierte
que, al rigor de hados prolijos,
de dos sus amados hijos
llora la violenta muerte.
Guía para ella.
Pedro Señor, 65
Ya anochece, y no quisiera...
San Juan ¿Qué?
Pedro ...que alguno nos dijera
a palos...
Diego (Dentro.) ¡Muere traidor!
(Ruido de cuchilladas. Sale Don Félix de estudiante con cuello, media sotanilla, capa y broquel riñendo con Don Diego.)
Félix Obliguen iras y enojos
a quien no obligan corteses 70
razones.
Diego Castigue el brazo
al que profanar se atreve
umbrales que yo venero.
San Juan Don Félix, amigo, tente.
Diego (Aparte. Gente llega. Y, pues, llamado 75
mi brío en secreto viene
de doña María Monroy,
que me vean no es decente.)
¡Sígueme traidor!
(Vase.)
Félix ¡Tras ti!
San Juan ¡Teneos por Dios, don Félix! 80
¿Qué ha sido esto?
Félix Nada, padre,
soltad.
San Juan Ved que no parece
bien que quien a Salamanca
pasmada y absorta tiene
con su ciencia, la alborote 85
con bríos menos decentes.
Yo he de saber lo que ha sido.
Félix Pues vuestra porfía quiere,
declararos amoroso
más que mostraros prudente, 90
escuchadlo: en esa casa
que inmediata se previene,
vive una dama tan bella
No que la retrato pienses,
que —pues me quejo celoso- 95
no he de pintarla elocuente.
Su nombre callara, pero
mi ingenuidad no conviene
en que ignores algo, cuando
saberlo todo pretendes. 100
Doña Leonor de Monroy
es el centro de mis bienes,
la llama en que, mariposas,
mis rendimientos se encienden.
Galantéola tan fino 105
que, para verla, impaciente
con el día ruego al Sol
que halle su ocaso en su oriente.
Esta tarde, cuando ya
ese rubicundo fénix 110
en las llamas de sí mismo
moría lúcidamente,
a hallar venía en sus ojos
luces más resplandecientes;
cuando ese galán cobarde 115
que, en traje de quien no teme,
finca en exterioridades
los resabios de valiente,
a sus umbrales, inmoble
estatua viva parece. 120
Yo, en quien las mismas finezas
celan tanto como quieren,
te suplico cortesano,
que tan ardua empresa deje.
Pero él, que quizá medía 125
del valor las altiveces
por el cuerpo, con la espada
determinó responderme.
Desnudo está y defendido
de ella y este broquel breve, 130
que a las letras no se oponen
armas, y menos broqueles.
Hasta aquí llegué riñendo,
donde tú, molesto quieres
saber de mí lo que ha sido. 135
Quise yo que lo supieses.
Obedézcote, y pregunto
si hay más en que obedecerte.
Pedro Ello es que no lo dijera
César más concisamente. 140
San Juan Don Félix, luego que yo
llegué a este emporio luciente
de las letras, me debísteis
un amor tan sin dobleces,
que estimándoos como a todos, 145
como a ninguno os prefiere.
No quisiera que la nave
de vuestro ingenio excelente,
entre escollos de sirenas,
prisionero Ulises fuese. 150
Félix Lo que debo hacer...
Pedro Lo sabe,
pero no hace lo que debe.
Félix Bufones y entrometidos
(Ásele de un brazo.)
si no lo sabe, me muelen.
Y, si no querrá que yo 155
contra esa pared lo estrelle.
Pedro (Aparte.) Aquí dicen «guarda, Pablo»
y debe ser «guarda, Félix».
San Juan Saber, amigo, el camino
y en la jornada perderse, 160
más que culpas de ignorante,
son errores de rebelde.
Si acaso de vuestro padre,
de quien obligado huésped
soy, el amor no os obliga, 165
los respetos os enfrenen.
No queráis que, a estos disgustos,
su robustez consistente
pase de maduro agosto
a ser helado diciembre. 170
Félix La muerte, don Juan amigo,
es deuda que todos deben
y evitarla cada cual
debe en el modo que puede.
Si esto a mi padre acabare, 175
muera, que mi ardor no quiere
que de achaques de cobarde
me sobrevenga la muerte.
Pedro Vea que su vivir torcido
Félix El charlatán, pues pretende 180
enderezar en sus lomos,
rectos haga esos reveses.
(Dale y vase.)
Pedro ¡Ay, ay, ay! ¡Tente, demonio!
¿Esto mi Padre consiente?
San Juan Sufrir Pedro, que en el valle 185
de lágrimas y de hieles
quien no sufre lo enojado,
no consigue lo paciente.
(Vase.)
Pedro Sufra él, a quien con razón
estos reveses se deben, 190
pues Quijote a lo divino
a deshacer tuertos viene..
(Vase.)
(Salen Don Diego, Doña María y Leonor de luto.)
Diego Bien, bella doña María,
antes que mi amor leyese
en el papel de tu cuerpo 195
esos negros caracteres,
me anunciaba tu desgracia
pues, apenas fijé en ese
umbral los primeros pasos,
cuando, del pesar que sientes, 200
los aspectos de un disgusto
fueron pronósticos fieles.
Doña María ¿Disgusto?
Diego Sí, un caballero.
Leonor (Aparte.) Sin duda, la infausta suerte
hizo maliciar a Diego 205
que Félix venía a verme.
Diego (Aparte.) Una, en su pesar dormida,
otra, hermosa, y detenerme
un hombre entrar en su casa,
no sé qué, el alma recele. 210
Doña María ¿Qué te ha asustado, Leonor?
Don Diego, ¿qué te suspende?
Diego Mis pesares y los tuyos.
Doña María Aun son más de los que entiendes.
Salte allá fuera Leonor. 215
Leonor Sin duda, informarle quiere
de todo. ¿Cómo evitara
que hablar a solas pudiesen?
Pero pierda yo la vida
antes que pierda a don Félix. (Vase.) 220
Diego Ya estamos solos.
Doña María Pues ahora,
aunque a costa de que aneguen
los piélagos de mi llanto
de mis penas los bajeles,
de haberte solicitado 225
la causa sabrás, y breve.
Ya sabes, y pues lo sabes,
solo quiero que te acuerdes
de nuestra antigua nobleza,
y que soy, y he sido siempre, 230
doña María de Monroy,
de aquel tronco floreciente
que, ilustremente poblado
de antiguas ramas aún verdes,
entre sus hojas por frutos 235
dio coronas y laureles.
También sabes que antes que
doce primaveras viese,
ya con don Enrique Henríquez
que, en paz (¡ay memoria tente! 240
no, pues son mis penas graves
las hagas por muchas leves),
me había desposado. El cual
desposo, a la parca débil,
quedé yo sin luz, sin padre 245
mis hijos, la villa alegre
de Villalba sin señor.
Yo, madre en edad tan breve,
que los hijos y la madre
creciendo iban juntamente. 250
No obstante, en mis pocos años
afectando madureces
de más edad, trató de
reparar el decadente
edificio de mi casa, 255
de darle columna fuerte
en mi hijo don Pedro Henríquez
-que éste era el mayor. Y a este
efecto buscó mi amor,
sujeto de tales creces, 260
que al paso que lo igualase
su persona mereciese.
Casó, y fue a la de su padre
tan semejante su suerte
que, logrando de su esposa 265
los cariños más recientes,
trocó las teas de himeneo
en las hachas de la muerte.
Quedaron sus dos hermanos
tiernos, sí, pero tan fieles 270
copias del original
de don Pedro que yo, al verlos,
para que al gusto engañasen,
no esperé a que adoleciesen.
Niños, discretos, galanes, 275
apersonados, corteses,
finalmente tan queridos
de todos, que solamente
les faltó ser niñas, para
que de mis ojos lo fuesen. 280
Mas como la suerte solo
en villanías se estrene,
a los ojos de la cara,
me quiso tocar la suerte.
Lucían en Salamanca 285
con prendas no diferentes,
del mismo tiempo otros dos
jóvenes de la progenie
de los Manzanos. Sin duda
nobles, pero el labio miente, 290
que no es noble quien su estirpe
con delitos obscurece.
Estos dos, contravenidos
por cierto disgusto leve,
con mis tiernos benjamíes, 295
con sus amigos fieles,
a enconos de su malicia
quebraron villanamente,
si a su amistad los espejos,
a mí los ojos, ¡ah crueles! 300
¡Plegue a los cielos sagrados!
¡Plegue a su justicia! ¡Plegue
que, peregrinos y errantes,
ningún lugar os albergue!
¡El mar os niegue sus ondas 305
y cuando os las concediere,
hambriento monstruo de vidrio
os devore entre sus dientes!
El dolor que siento sientan,
y éste, a tal extremo llegue, 310
que de venganzas que espero,
ni aun el consuelo les quede.
(Sale Leonor.)
Doña María Pero ¿qué es esto Leonor?
Leonor (Aparte.) Mucho mi recelo teme.
Doña María ¿Qué te asusta?
Leonor Don Juan 315
González hablarte quiere.
(Aparte.) (Así procuro evitar
que mi culpa revele.)
Doña María Detente, Leonor, no quieras
que más enojada...
Leonor Apele 320
a su piedad mi aflicción.
(Vase.)
Diego Vuelve en ti.
Doña María Arrebatéme
del enojo que cortó
las razones que a atar vuelve.
(Salen San Juan y Leonor al paño.)
Leonor Aquí, humilde te suplica 325
doña María que esperes.
Y guarda, señor, mi vida,
que aquí se trata mi muerte.
(Vase.)
San Juan ¡Oh mala conciencia! ¡Como
de cualquiera sombra temes! 330
Doña María Desde entonces quedé yo...
Pero tú discurrir puedes
cómo quedaría. Baste
decir que, triste y rebelde,
con el pesar y el enojo 335
represé hasta las corrientes
de llanto. Sin admitir,
de amigas ni de parientes,
consuelo que a la venganza
su proa no dirigiese. 340
Hasta ahora, cuatro días
que con el feliz franqueante
de que, a esta ciudad, llegara
