El jardín de rosas - Maeve Brennan - E-Book

El jardín de rosas E-Book

Maeve Brennan

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Beschreibung

Publicados por primera vez en castellano, los cuentos que forman parte de El jardín de rosas originariamente aparecieron en The New Yorker y Harper's Bazaar. En la década de 1940, Maeve Brennan era una joven colaboradora de ambas publicaciones, al principio relegada a columnas de moda, noticias sobre la sociedad y algunas reseñas, hasta que en 1950 apareció su cuento "El terror sagrado" y las cosas cambiaron para siempre. Con una fuerte impronta autobiográfica, en sus relatos resuena la errancia entre su Dublín natal y Nueva York –ciudad que adoptó como hogar desde muy joven y hasta el resto de sus días–, su mirada aguda sobre pequeños objetos y situaciones de la vida diaria y una sensibilidad única capaz de retratar con humor los recovecos más oscuros de los vínculos cotidianos. Celebrada y admirada por autoras como Mavis Gallant, Alice Munro y Edna O'Brien, la obra de Brennan ocupa un lugar fundamental en la tradición literaria irlandesa.

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EL JARDÍN DE ROSAS

MAEVE BRENNAN

Pero con la llegada de junio, las rosas aparecían de a cientos y de a miles, algunas tan suntuosas y rojas que las llamaban negras, y algunas tan pálidas que podrían haber sido blancas, y en el medio, todos los matices del rojo –carmín, carmesí, colorado, rosa, escarlata, borravino, púrpura, rosa y sangre–, y se abrían y extendían, arqueándose y danzando sobre sus largos y fuertes tallos, y yacían con los labios sueltos y curvados bajo el calor del sol.

Publicados por primera vez en castellano, los cuentos que forman parte de El jardín de rosas originariamente aparecieron en The New Yorker y Harper’s Bazaar. En la década de 1940, Maeve Brennan era una joven colaboradora de ambas publicaciones, al principio relegada a columnas de moda, noticias sobre la sociedad y algunas reseñas, hasta que en 1950 apareció su cuento “El terror sagrado” y las cosas cambiaron para siempre.

Con una fuerte impronta autobiográfica, en sus relatos resuena la errancia entre su Dublín natal y Nueva York –ciudad que adoptó como hogar desde muy joven y hasta el resto de sus días–, su mirada aguda sobre pequeños objetos y situaciones de la vida diaria y una sensibilidad única capaz de retratar con humor los recovecos más oscuros de los vínculos cotidianos.

Celebrada y admirada por autoras como Mavis Gallant, Alice Munro y Edna O’Brien, la obra de Brennan ocupa un lugar fundamental en la tradición literaria irlandesa.

El jardín de rosas

MAEVE BRENNANTraducción y prólogo de Jorge Fondebrider

PRÓLOGO

NOTA SOBRE LA AUTORA

El 1º de noviembre de 1993, la escritora irlandesa Maeve Brennan murió de un ataque al corazón en un geriátrico de Arverne, un barrio del distrito de Queens, en Nueva York, donde los directivos de The New Yorker –revista en la que ella había trabajado durante casi tres décadas– la internaron, lo que sucedió luego de años de alcoholismo y de una precaria salud mental. Así, sin solución de continuidad, pasó de las redacciones de las revistas más prestigiosas a la frecuentación de la clase alta neoyorkina y sus principales intelectuales, y, de ahí, a hoteles de mala muerte de la calle 42 y a dormir en el baño de mujeres de las oficinas de The New Yorker, como paso previo a vivir en la calle.

Ningún diario irlandés dio a conocer la noticia de su muerte porque, en su país de nacimiento, prácticamente nadie sabía de su existencia.1 Y aquí hay que establecer una diferencia entre Brennan y sus compatriotas Mary Lavin, Frank O’Connor o Edna O’Brien, que se habían servido de The New Yorker como caja de resonancia y fuente de ingresos. Mientras ellos se hacían famosos, Brennan prácticamente no había publicado libros.2 Había hecho toda su carrera en los Estados Unidos simplemente uniendo su nombre a esa prestigiosa revista en la que publicaba la muy leída columna “The Talk of the Town” [que bien podría traducirse como “lo que se anda diciendo”] y algunos ciclos de cuentos generalmente de matriz autobiográfica, ambientados en la Dublín de su infancia, en la clase alta neoyorkina o en una casa en la playa en East Hampton, Long Island, siguiendo las peripecias de su perra y sus gatos.

LOS BRENNAN

Tercera de cinco hijos, Maeve Brennan nació en Dublín el 6 de enero de 1917. Su padre fue Robert Brennan (1881-1964), y su madre, Anastasia Bolger (1888-1954), a quien todo el mundo llamaba Una. Ambos fueron militantes nacionalistas y, por supuesto, republicanos, muy comprometidos con la liberación de Irlanda del yugo británico.

Robert Brennan la conoció cuando, luego de abandonar su trabajo de topógrafo, comenzó a trabajar como periodista en el Enniscorthy Echo, un diario semanal del condado de Wexford. Allí, Una escribía una columna mensual sobre los derechos de las mujeres.3 El matrimonio tuvo cinco hijos: Emer, Manus (muerto al año de haber nacido), Maeve, Deirdre y Robert Patrick.

Brennan fue miembro fundador de la Conradh na Gaeilge4 de Wexford y se convirtió luego en secretario del Sinn Féin,5 brazo político del IRA, en ese condado. Posteriormente, al igual que Una, fue uno de los líderes del levantamiento de Pascua de 1916. Apresados, él fue condenado a la pena de muerte, la cual le fue conmutada por trabajos forzados, sentencia que cumplió entre 1916 y 1917 en prisiones inglesas. Liberado en 1917, regresó al equipo del Enniscorthy Echo y participó en la reorganización de los Irish Volunteers, lo que le valió ser nuevamente arrestado, esta vez en una prisión de Cork, donde realizó una huelga de hambre. Nuevamente liberado, se mudó con Una a Dublín, donde estuvo a cargo de la oficina de publicidad del Sinn Féin.

Entre 1921 y 1922 fue el primer secretario del Departamento de Asuntos Exteriores de la Dáil Éireann,6 con el título de subsecretario de Relaciones Exteriores. Bajo ese puesto, viajó a Londres con la delegación irlandesa para negociar el tratado de octubre de 1921 y luego emprendió una gira por varias capitales europeas, reuniéndose con enviados irlandeses destinados en el continente. En Berlín se enteró del fin de las negociaciones. Irlanda se convertía en Estado Libre y perdía seis de sus condados en el Ulster, que, desde entonces, pasaron a constituir Irlanda del Norte, parte del Reino Unido de Gran Bretaña. Como otros republicanos, no apoyó el tratado y dimitió a principios de 1922.

Tras la Guerra Civil, en la que participó, Brennan regresó al periodismo con la idea de fundar un diario que defendiera la posición del Sinn Féin. Luego, apoyó a Eamon De Valera7 en la escisión del Sinn Féin en 1926 y estuvo presente en la reunión inaugural del partido Fianna Fáil en el teatro La Scala de Dublín. En 1927, pasó muchos meses en los Estados Unidos, recaudando fondos para el nuevo partido político. Ese mismo año, se presentó sin éxito en tres elecciones. En 1931, Brennan fue nombrado primer director general de la Prensa Irlandesa (organización estatal irlandesa), a cuya fundación también había contribuido.

En febrero de 1934, Brennan fue reincorporado al servicio diplomático como secretario de la legación irlandesa en Washington. Tras varios meses como encargado de negocios interino, en agosto de 1938 fue nombrado embajador de Irlanda en los Estados Unidos. Permaneció en Washington hasta 1947, desempeñando un papel fundamental durante la Segunda Guerra Mundial, explicando y defendiendo la neutralidad irlandesa ante la administración de Roosevelt.

Vuelto a Irlanda, Robert y Una se instalaron en Dodder Road, en el barrio de Rathfarnham. Luego de abandonar el mundo diplomático, él se convirtió en director de radiodifusión de Radio Éireann. Un año más tarde, ya retirado, se dedicó a escribir Allegiance, sus memorias, publicadas en 1950.8

UNA INFANCIA EN DUBLÍN

Tal vez, con los datos hasta aquí consignados, podrá comprenderse que la infancia de Maeve Brennan no fue convencional. Instalados en una casa de ladrillos en el 48 de la Cherryfield Avenue, de Ranelagh –por aquel entonces, un suburbio de clase media en el sur de Dublín–, la familia vivió años de sobresaltos. Robert Brennan vivía escondido, un día de los ingleses y otro, de las fuerzas del Estado Libre con las cuales, en virtud de su republicanismo extremo, disentía. Asimismo, ya en tiempos de relativa paz, los frecuentes viajes del padre por razones políticas llevaron a que la joven Maeve se concentrara en su madre, la cual, observada de frente y de perfil, fue un frecuente personaje de sus cuentos y relatos.

Maeve estudió en la escuela estatal Saint Mary’s, en Belmont Avenue, y en la escuela primaria Muckross Park, ambas cerca de su casa, y, desde septiembre de 1929, fue pupila en el Cross and Passion College, un internado religioso en Kilcullen, condado de Kildare. Dos años más tarde, ella y su hermana menor se trasladaron al Scoil Bhríde, un colegio de habla irlandesa, situado en Blanchardstow, un suburbio de Dublín, donde alimentó su afición por el teatro y la literatura en inglés y francés.

La vida en Dublín dejó una huella profunda en la futura escritora. Angela Bourke, biógrafa de Maeve Brennan, señala a propósito de esos años dublineses: “Las descripciones meticulosamente detalladas de la vida cotidiana en la casa y el jardín de Ranelagh en la obra de Brennan representan su constante distanciamiento de los problemas políticos y públicos que dominaron su infancia. Junto con cuentos ambientados en el Wexford rural y urbano, ofrecen retratos únicos de los interiores y la vida doméstica de la clase media irlandesa. Sin embargo, su obra se eleva mucho más allá de lo local para evocar la textura y los detalles de las relaciones íntimas insatisfactorias, y muestra a mujeres y hombres solitarios que negocian el espacio privado y el público”.9

LOS ESTADOS UNIDOS YHARPER’S BAZAAR

Como fue dicho, en 1934, Robert Brennan fue nombrado por Eamon De Valera para ocupar un puesto en la embajada de Irlanda en Washington D. C., donde se instaló con su familia por los próximos trece años. La joven Maeve, quien acababa de terminar la escuela secundaria, ya en la capital de los Estados Unidos, asistió a diversas instituciones educativas de la ciudad. Primero, al Seminario Immaculata, regenteado por las Sisters of Providence of Saint Mary-of-the-Woods. De allí pasó a la American University, una institución afiliada a la Iglesia Metodista, dedicada a la investigación y docencia en el campo de las artes liberales, donde se graduó en junio de 1938 en Artes. Posteriormente, estudió bibliotecología en la Catholic University of America. Así pertrechada, se mudó a Nueva York, donde se instaló en el Holley Hotel, de Washington Square, y consiguió un empleo en la New York Public Library. De hecho, la única foto publicada en vida de Maeve Brennan en un diario irlandés es previa a su reputación como escritora y se limita a retratar a la hija del embajador de Irlanda, como bibliotecaria, en 1942, con una pila de libros en las manos.

Y acá entra en escena la irlandesa Carmel Snow (1887-1961), editora de la revista Vogue y, desde 1932, de su competidora Harper’s Bazaar, propiedad de William Randolph Hearst, el magnate de Hearst Communications. El objetivo de la experimentada Snow era hacer una revista de moda para “mujeres bien vestidas con mentes bien vestidas”. Bajo esa consigna, en las casi tres décadas en que dirigió Harper’s Bazaar, la revista amplió sus horizontes y se convirtió en referencia obligada. En sus páginas, la editora de moda Diana Vreeland dio a conocer al público estadounidense el trabajo de Christian Dior y de Cristóbal Balenciaga. Asimismo, el editor literario George Davis publicó en la revista textos de Frank O’Connor, Evelyn Waugh, Katherine Anne Porter, Carson McCullers y Truman Capote,10 entre otros escritores. Con esa perspectiva, Snow invitó a la joven Maeve Brennan a escribir textos sobre moda, tanto en Harper’s Bazaar como en su filial Junior Bazaar, actividad que la ahora exbibliotecaria llevó a cabo entre 1943 y 1949.

Rápidamente, Maeve Brennan se adaptó a su nuevo trabajó y empezó a circular en la comunidad artística de la época, acompañando a los fotógrafos de la revista a las sesiones de fotografía de los famosos que desfilaban en las páginas de Harper’s Bazaar. Su trabajo, además, según señala Angela Bourke, la hizo “experta en las telas, el corte y el color con los que dotó posteriormente de un detalle característico a todos sus cuentos y ensayos”.11

THE NEW YORKER

Para 1949, Maeve Brennan, con su ingenio, su pluma y su increíble belleza había logrado llamar la atención de muchos. Entre otros, de William Shawn, quien había comenzado en The New Yorker en 1933, ascendiendo paulatinamente hasta ser su editor general entre 1952 y 1987. Lo primero que le encomendó a Brennan fueron notas sobre moda, publicadas sin firma, y algunas reseñas bibliográficas. Pero, en diciembre de 1950, Brennan publicó en Harper’s Bazaar el cuento “The Holy Terror” (“El terror sagrado”) y entonces las cosas cambiaron para siempre, primero porque la redacción de The New Yorker –mayoritariamente masculina– comenzó a tomarla en serio; luego, porque a partir de 1952, a instancias de William Maxwell (1908-2000), novelista y editor literario de The New Yorker entre 1939 y 1975,12 y, más adelante, mentor y amigo íntimo de Brennan, empezó a publicar sus cuentos regularmente; finalmente, porque entre 1953 y 1968, le hizo lugar a sus crónicas y observaciones sociales en la sección “The Talk of the Town” –hasta entonces reservada a los hombres–, con el seudónimo de “The Long-Winded Lady” [cuya traducción podría ser “La dama prolífica” o “La dama que se va por las ramas”]. El nombre que se escondía detrás de ese seudónimo sólo fue público en 1969, cuando el mismo Maxwell ordenó esas crónicas en un primer volumen publicado por la prestigiosa editorial Charles Scribner’s and Sons.

Evidentemente, el talento, la elegancia y la belleza de esta irlandesa joven e independiente –a quien más tarde Maxwell iba a calificar como “ingeniosa sin esfuerzo”– cautivó a no pocos miembros de la redacción; entre otros, a St. Clair McKelway, escritor y editor en jefe de The New Yorker, un hombre a quien muchos describen como encantador y alcohólico perdido. Divorciado en tres ocasiones, Brennan fue su cuarta esposa. Así, en 1954, a sus 37 años, se fue a vivir con él a Snedens Landing (hoy Palisades), un barrio cerrado cerca de Orangetown, en el condado de Rockland, Nueva York, al que se identifica con el Herbert’s Retreat de las ficciones de la escritora. Allí vivió el matrimonio hasta 1959, fecha en que, al cabo de una separación amigable, la escritora regresó a Manhattan, divorciada y ya alcohólica.

LA ERRANCIA

Desde su regreso, Brennan nunca vivió por mucho tiempo en el mismo lugar. A veces pasaba temporadas en el Algonquin Hotel, en el Midtown de Manhattan, y, en otras ocasiones vivía transitoriamente en hoteles más modestos o alquilaba brevemente departamentos que rápidamente abandonaba. Luego, durante los inviernos, alquilaba una casa en East Hampton, donde se quedaba sola, con la excepción de Bluebell, su perra Labrador negra, y varios gatos. La crítica se ocupó largamente de los continuos cambios de domicilio de Brennan. Por caso, según comenta Jane Hu, “Gardner Botsford, editor veterano de The New Yorker, recordó que cuando Brennan se mudaba, podía, como la Big Blonde del cuento de Dorothy Parker,13 transportar toda su casa, todas sus pertenencias y sus gatos, en un taxi”.14

Otros estudiosos de la vida y obra de Brennan llamaron la atención sobre el tránsito de ida y vuelta entre Nueva York y Dublín de la escritora, donde en algunas oportunidades visitó a sus padres. Por su condición de irlandesa no fue entonces difícil adscribirla a la omnipresente diáspora de los habitantes de ese país que, en muchos casos, se equiparó con el exilio. Por ejemplo, Heather Ingman escribió: “En el exilio, Brennan, al igual que Joyce, recreó sin cesar las mezquinas limitaciones sociales y el descontento espiritual del Dublín de los años veinte en el que había crecido”.15 Con esa misma lógica, Kathleen Hill, en un muy bello ensayo, señala: “Exiliada cuya imaginación nunca abandonó su tierra natal, Maeve Brennan se encontraba en perpetuo tránsito. No eligió emigrar, aunque con el tiempo lo hizo. No habría abandonado Irlanda a los 17 años si le hubieran dado la opción, y sin embargo, en su edad adulta, no eligió regresar. Una persona desplazada, siempre en territorio provisional. Al escribir sobre la ciudad de Nueva York, se describió a sí misma como una ‘viajera residente’. Se quedaba por un período, lista para partir. […] Con el tiempo, la condición de viajera de Maeve Brennan se había convertido en un hábito, una preferencia, una identidad. Pero en un tiempo hubo un hogar, una dirección fija en el número 48 de Cherryfield Avenue. Perdido, sólo podía ser recordado”.16

Mucho antes de todas estas elucubraciones, Maeve Brennan, en The Visitor, novela publicada póstumamente, había anotado: “El hogar es un lugar en la mente. Cuando está vacío, inquieta. Inquieta con el recuerdo, los rostros, lugares y tiempos pasados. Desobedientes, surgen las imágenes queridas y reflejan el vacío”.17

LOS LIBROS PUBLICADOS EN VIDA

A mediados de la década del sesenta, la muerte de su padre y, poco después, la de su amada Bluebell, la sumieron en un proceso de ensimismamiento. Era una mujer sola, de mediana edad, que se mudaba, de una pensión a otra, sin solución de continuidad y que, en cierta forma, iba perdiendo el vínculo con la realidad. Así, empezó a tener dificultades para escribir regularmente. No obstante, la intervención de William Maxwell –quien recopiló artículos y cuentos previamente publicados– hizo posible la aparición de dos libros, lo que le valió el reconocimiento de algunos colegas estadounidenses.

El primero corresponde a sus cuarenta y siete columnas de la sección “Talk of the Town”, que, entre 1954 y 1968, firmó, como se dijo, con el seudónimo The Long-Winded Lady. Son observaciones personales, satíricas y, por momentos, levemente crueles, que, con la forma de cartas o viñetas, dan cuenta de diversos aspectos de la vida y costumbres de los habitantes de Nueva York. Todo cabe, una conversación entre dos mujeres ricas, un viaje en taxi, lo que se ve desde las ventanas de un restaurante, la descripción minuciosa de un personaje. El volumen se llamó The Long-Winded Lady: Notes from The New Yorker (1969) y sólo con su publicación se supo que detrás del seudónimo estaba Maeve Brennan. John Updike, en su comentario sobre esas crónicas para la revista The Atlantic señaló: “está constantemente alerta, con la mirada penetrante de un gorrión, para captar las migajas del acontecer humano, lo oído, lo vislumbrado y lo adivinado, que constituyen la diversión más económica del solitario habitante de la ciudad”.

Brennan, en el prefacio de ese volumen, habla de sí misma en tercera persona y, entre otras cosas dice: “Creo que esta mujer que se va por las ramas es real cuando escribe aquí sobre algunos de los lugares que vio en la ciudad que ama. De hecho, declara su amor por la ciudad en una oda al ailanto, el árbol de jardín de Nueva York, que aparece como un fantasma, como una sombra, más allá del vacío dejado por las viejas casas de piedra rojiza que hablan de supervivencia y de cosas cotidianas: ‘Nueva York no hace nada por quienes la amamos, excepto infundir en nuestros corazones una nostalgia que nos desconcierta hasta que nos alejamos de ella, y entonces comprendemos por qué estamos inquietos. En casa o afuera, extrañamos Nueva York no porque sea mejor ni peor, sino porque la ciudad nos sostiene y no sabemos por qué’”.18

En cuanto a los cuentos, mucho de lo publicado durante esos años quedó marcado por la impronta de la Dublín que conoció en su infancia y adolescencia. Según Heather Ingman, “el género que predominó en The New Yorker en la década de 1950 fue la reminiscencia. Los primeros cuentos de Brennan, que trataban sobre su infancia en Dublín, se acomodaron a lo que buscaba la publicación, así como al interés personal de William Maxwell por la ficción autobiográfica. El apoyo de Maxwell fue crucial para la carrera de Brennan como cuentista, y sus preferencias editoriales influyen en la forma de su obra: el énfasis detallado en los lugares donde transcurren sus escritos, por ejemplo, puede haber sido originado en un impulso autobiográfico, pero también queda claro desde el comienzo que concuerda con la insistencia de The New Yorker en que el escenario de un cuento resulte claro desde el primer párrafo”.19 Tal vez por ello, el dramaturgo Edward Albee la comparó con Flaubert y Chejov.

El primero de los dos volúmenes de cuentos de Brennan fue In and Out of Never Never Land,20 que incluye veintidós piezas, divididas en tres secciones: las que protagoniza la perra Bluebell, que tienen lugar en las playas de East Hampton, otras vinculadas a la infancia en Dublín y, por último, algunas de la serie de Martin y Delia Bagot y de Hubert y Rose Derdon, dos matrimonios dublineses, posiblemente inspirados en los padres de la autora, quienes, en palabras de Kathleen Hill, “experimentan recelos, una sensación abrumadora de haber cometido un primer error, de haber perdido un conocimiento crucial que todos menos ellos han captado, y por lo tanto están condenados a la soledad”.21 A ese primer volumen debe sumarse Christmas Eve,22 que incluye otros trece cuentos, algunos de los cuales fueron posteriormente republicados en The Rose Garden.

A pesar de los buenos comentarios, los libros se agotaron sin ser reeditados. Tampoco llegaron a Gran Bretaña o a Irlanda.

LOS ÚLTIMOS AÑOS

En los años setenta, Brennan empezó a tener comportamientos anómalos, como por ejemplo repartir el poco dinero que tenía entre indigentes. Los acreedores y las deudas entonces se multiplicaron. Su situación se degradó a tal punto que, por temporadas, pasó a vivir en una pieza minúscula al lado del baño de las oficinas de The New Yorker. Finalmente, sobrevino una crisis nerviosa por la que fue hospitalizada. Logró reponerse brevemente y visitó Irlanda, con la hipotética expectativa de instalarse allá, pero tampoco se halló.

Su vuelta a Nueva York terminó por desestabilizarla. En cierta forma, ya no tenía patria. Su comportamiento se volvió errático y, poco a poco, ella misma se convirtió en una marginal. Por fin, en la década de 1980, fue internada en un asilo de ancianos donde iba a permanecer hasta su muerte.

Cinco años más tarde, apareció en Irlanda uno de los primeros artículos sobre Brennan. Lo firmaba el escritor y periodista Fintan O’Toole, quien dijo: “A pesar de su deslumbrante éxito, es evidente que no se sentía cómoda ni en Irlanda ni en Estados Unidos. A pesar de su potencial como escritora de ficción, sólo podía escribir sobre Irlanda, un país donde no tenía lectores. No podía ser ni una escritora irlandesa ni una estadounidense. ¿Es tan sorprendente que su maravillosa imaginación finalmente se viera frustrada por la psicosis?”.23

MAEVE BRENNAN REDESCUBIERTA

Según señala Kathleen Hill, “Christopher Carduff, editor principal de Houghton Mifflin a fines de la década de 1980, se topó por casualidad con la obra de Brennan y, como él mismo lo expresó, se enamoró de la autora y se propuso publicarla en su totalidad,incluyendo The Visitor, la novela corta recientemente descubierta. En 1997, por primera vez, los relatos de los Derdon y los Bagot pudieron leerse en secuencia al aparecer en The Springs of Affection: Stories of Dublin. William Maxwell escribió un prólogo para el volumen. Una de las muchas escritoras que aplaudió la publicación fue Mavis Gallant: ‘Cómo y por qué se permitió que la voz de estos relatos dublineses se perdiera de vista es uno de los enigmas literarios. Ahora, The Springs of Affection la recupera, como un favor para todos nosotros, y es tan verdadera y evocadora como antes’”.24 Asimismo, esos textos fueron respaldados por Alice Munro y Edna O’Brien. Luego, en 1988, se reeditó una edición ampliada de The Long-Winded Lady: Notes from The New Yorker. Posteriormente, llegó el turno de The Rose Garden: Short Stories y de The Visitor –la novela previamente citada–, ambos volúmenes de 2000.

Luego, en 2004, Angela Bourke publica Maeve Brennan: Homesick at The New Yorker, una biografía de la escritora y, una década más tarde, la editorial irlandesa The Stinging Fly Press publicó finalmente sendas ediciones de The Springs of Affection y de The Long-Winded Lady: Notes from The New Yorker, con prólogos de las escritoras Anne Enright y Belinda McKeon, respectivamente. De este modo, el público irlandés descubrió la existencia de esta gran escritora.

Casi simultáneamente, Maeve Brennan fue traducida al castellano. Primero fue la novela De visita, en versión de Ana Nuño López (Barcelona, Lumen, 2005). Posteriormente, Crónicas de Nueva York, con traducción de Isabel Núñez (Barcelona, Ediciones Alfabia, 2005). Algo después, Las fuentes del afecto: cuentos dublineses, nuevamente con traducción de Isabel Núñez (Barcelona, Ediciones Alfabia, 2012). Estos dos últimos títulos fueron luego recogidos en un solo volumen titulado De Dublín a Nueva York, con las mismas traducciones de Isabel Núñez (Barcelona, Malpaso, 2019). Se suma ahora El jardín de rosas, en mi traducción (Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2025), volumen que reúne los cuentos publicados en 1969 y nuevos materiales posteriormente encontrados.

Por lo dicho, corresponde aquí advertir al público que ninguno de los libros de Brennan fue orgánicamente estructurado por ella, sino por sus varios editores. Por eso, en más de una oportunidad, los cuentos que ocurren en Herbert’s Retreat o los que tienen como protagonista a la perra Bluebell repiten la presentación de los ámbitos en que transcurren, lo cual se debe al tiempo que medió entre la publicación de cada relato en la revista The New Yorker. Es un modo de recordarles el contexto a los lectores, y esta publicación, ateniéndose al original en inglés, respeta rigurosamente esas introducciones.

JORGE FONDEBRIDER

1 De hecho, Maeve Brennan, como muchas escritoras irlandesas de ese entonces, no consta en la Field Day Anthology of Irish Writing, tres volúmenes que reúnen unas cuatro mil páginas consideradas canónicas, editadas por el poeta y crítico Seamus Deane; tampoco en Inventing Ireland. The Literature of the Modern Nation [Hay versión castellana: La invención de Irlanda. La literatura de una nación moderna, traducción de Gerardo Gambolini, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2006], que el prestigioso crítico Declan Kiberd publicó en 1995, ni en las muchas entradas de The Oxford Companion to Irish Literature, editado por Robert Welch en 1996, para citar tres publicaciones de referencia.

2 En vida sólo publicó como libro la recopilación de artículos The Long-Winded Lady: Notes from the New Yorker (1969), los cuentos de In and Out of Never-Never Land (1969) y Christmas Eve (1974).

3 Una Bolger convenció al editor del Enniscorthy Echo para que le asignara una columna mensual en el periódico. Por ese entonces, se unió a las Inghinidhe na hÉireann [Hijas de Irlanda], una organización nacionalista radical de mujeres, fundada por Maud Gonne, la actriz y activista que fue el amor imposible de William Butler Yeats. En 1914, la organización se fusionó con el Cumann na mBan [Consejo de Mujeres Irlandesas]. Una llegó a ser su secretaria. También fue una de las primeras mujeres miembro de la Bráithreachas Phoblacht na hÉireann [Hermandad de la República de Irlanda], cuyo papel en la lucha armada por la independencia irlandesa fue decisivo. Cuando se logró el Estado Libre, como muchas mujeres revolucionarias, Una se sintió muy defraudada por De Valera (ver nota 7) quien traicionó las aspiraciones de las mujeres a quienes mandó a la casa para cuidar a los hijos y ocuparse de la cocina.

4 La Liga Gaélica, fundada en Dublín por Douglas Hyde, en 1893, tenía como meta restituir la lengua irlandesa en Irlanda y promover el “renacimiento gaélico” del país. A pesar de sus orígenes apolíticos, atrajo a muchos nacionalistas irlandeses, quienes se constituirían en los futuros rebeldes y líderes políticos del movimiento independentista. Fue allí donde nacieron los Irish Volunteers [Voluntarios irlandeses],

5 Partido político irlandés, en sus orígenes de izquierda, fundado en 1905 por Arthur Griffith. Dividido posteriormente en varias ocasiones, dio lugar, a partir de la Guerra Civil irlandesa, a los dos partidos tradicionalmente dominantes de la política de la República: el Fianna Fáil y el Fine Gael.

6 Cámara baja del parlamento irlandés.

7 Eamon De Valera (1882-1975) fue uno de los principales líderes políticos irlandeses. Tres veces primer ministro y otras tantas presidente de Irlanda, fue uno de los líderes del Sinn Féin y, posteriormente, el fundador del Fianna Fáil. Artífice de la constitución irlandesa de 1937, cambió de líder revolucionario a político conservador y fue, en buena medida, responsable del atraso económico y cultural de Irlanda.

8 No se trata del único texto escrito por Robert Brennan. En su juventud, estando en la cárcel, escribió dos novelas de misterio y, posteriormente, la novela The False Fingertip (1921), firmada bajo el seudónimo de R. Selskar Kearney. Luego, además de varios cuentos que aparecieron en diversos diarios, llegaron la novela The Toledo Dagger (1926) y las piezas teatrales The Bystander, estrenada en el Abbey Theatre, y Goodnight, Mr O’Donnell, estrenada en el Olympia. The Man Who Walked Like a Dancer (1951) fue su última novela. Asimismo, entre 1956 y 1957, publicó una columna semanal en un diario, titulada “Mainly Meandering”. Por último, hay que mencionar los ensayos Ireland Standing Firm (1958) y Eamon de Valera: A Memoir (1958).

9 Angela Bourke, “Maeve Brennan”, en www.dib.ie/biography/brennan-maeve-a0928.

10 Hay quien sugiere que el personaje de “Holly” Golightly, la protagonista de Breakfast at Tiffany’s (1958), novela de Capote –cuya acción transcurre en Nueva York entre 1943 y 1944–, está inspirado en Maeve Brennan, cuyo parecido con Audrey Hepburn, la actriz que protagonizó la adaptación cinematográfica, es notable.

11 Bourke, ob. cit.

12 Para que se tenga una idea aproximada de la importancia de su trabajo, durante sus años de editor, además de a Maeve Brennan, Maxwell publicó a Vladimir Nabokov, Frank O’Connor, John Cheever, Mavis Gallant, J. D. Salinger e Isaac Bashevis Singer, entre muchos otros.

13 La escritora estadounidense Dorothy Parker (1893-1967) publicó su cuento “Big Blonde” en 1927. Para mayores datos, narra la vida de una tal Hazel Morse, cuyas expectativas sociales, la desilusión personal y la búsqueda de una felicidad efímera concluyen en la depresión y el alcoholismo.

14 Jane Hu, “A Maeve Brennan revival”, artículo publicado en The New Yorker, 18 de marzo de 2014.

15 Heather Ingman, A History of the Irish Short Story, Cambridge, Cambridge University Press, 2009.

16 Kathleen Hill, “Maeve Brennan: On the Life of a Great Irish Writer, and Its Sad End”, en Nine Irish Lives: The Thinkers, Fighters, and Artists Who Helped Build America, editado por Mark Bailey, Carolina del Norte, Algonquin Books, 2018.

17 Maeve Brennan, The Visitor, Dublín, New Island Press, 2000.

18 Maeve Brennan, The Long-Winded Lady: Notes from The New Yorker, Nueva York, William Morrow and Company, INC, 1969.

19 Ingman, ob. cit.

20 Maeve Brennan, In and Out of Never Never Land, Nueva York, Scribner’s Sons, 1969.

21 Hill, ob. cit.

22 Maeve Brennan, Christmas Eve, Nueva York, Scribner’s Sons, 1974.

23 Fintan O’Toole, “No Fairy Tale Ending to a Writer’s Life in New York”, en The Irish Times, 2 de enero de 1998.

24 Hill, ob. cit.

LA VISTA DESDE LA COCINA

Herbert’s Retreat es una hospitalaria comunidad de unas cuarenta casas agrupadas en la orilla este del Hudson, a algo más de cuarenta y ocho kilómetros al norte de Nueva York. Algunas de las casas son pequeñas y algunas, de tamaño mediano. No hay dos iguales y, dado que están separadas por árboles, setos, cercas de madera o vestigios desprolijos de antiguos bosques, y debido a los caprichos del terreno, todas parecen estar a diferentes niveles. Algunas de las casas, por cierto, se elevan mucho más altas que otras, porque, desde la carretera, se pueden vislumbrar algunos techos y, en invierno, cuando los árboles están pelados, los automovilistas que pasan ocasionalmente alcanzan a ver un tramo de pared, pero, fuera de eso, la comunidad está aislada. Una de las características que tienen en común todas las casas: todas miran al río. Esto no significa que todas den al río. Algunas de ellas dan vagamente a la carretera, como si no estuvieran exactamente seguras de dónde está. Algunas dan al camino privado, que es poco más que un sendero que las une a todas. Algunas están enfrentadas, manteniendo la distancia, y unas pocas parecen mantenerse a un costado de todo. Pero en cada casa los residentes han planeado, conspirado, maquinado y pagado para acercar el río lo más íntimamente posible a sus vidas. Por supuesto que la gente que tiene casas directamente sobre el río tiene suerte. A lo sumo, tuvieron que tirar abajo una pared lateral, ensanchar una ventana o construir un porche. Aquellos que tuvieron la suerte de tener casas que daban directamente al río no tuvieron ningún problema, ya que la vista estaba a su disposición. En el caso de la gente que tiene casas alejadas del río, la competencia para disfrutarlo se hace más dura. Aquellas casas más altas tienen balcones cuadrados de madera en equilibrio sobre sus techos, donde los anfitriones y sus invitados pueden sentarse, beber y admirar la vista. Los ocupantes de las casas más pequeñas han sido muy ingeniosos ideando maneras para captar y retener su particular destello del agua. Algunos tienen porches con forma de ciempiés que se extienden lateralmente desde sus casas hasta el hueco más cercano en el muro de árboles y edificios que los separa del río, de modo que el punto de vista logrado, si bien no es exactamente natural de la casa, sigue siendo parte de la propiedad. De nada sirve ir a la casa de un vecino para ver el agua y mostrársela a los visitantes; cada propietario siente que debe tener su propia vista que ofrecer. Se han levantado varias casas en los árboles. Un hombre fue tan lejos como para erigir una delgada torre redonda de ladrillo en el jardín. Sólo una persona puede subir la empinada escalera de caracol de la torre, y sólo una puede permanecer de pie en la pequeña habitación que la corona, pero tarde o temprano cada huésped, vaso en mano, hace el ascenso solitario y claustrofóbico, y baja para informar sobre los méritos de la vista desde la torre y compararla favorablemente con todos los demás puntos de observación que hay a su alrededor.

Toda la gente que vive en Herbert’s Retreat es propietaria de sus casas. Los forasteros rara vez pueden entrar en las propiedades, salvo en el verano, cuando algunos residentes alquilan sus viviendas por dos o tres meses. El tono y el bienestar de la comunidad están custodiados por una junta de fideicomisarios. Prácticamente no existen restricciones sobre el comportamiento de los niños y animales que integran la comunidad, pero sí hay restricciones férreas contra los niños y animales extraños. La atmósfera general del lugar es de benévola libertad. La vida allí es relajada e informal, pero elegante. Hay mucho entretenimiento tranquilo. Todos los habitantes se conocen muy bien o bastante bien. No hay extraños. Vivir allí es como vivir en un club.

 

 

A última hora de una tarde de noviembre, en la cocina de una de las casas del Retreat, se estaba preparando una espléndida cena para tres. Esa casa era larga, baja y blanca. No era espaciosa, pero resultaba encantadora. Era propiedad de Mrs. George Harkey, de quien generalmente se decía que era una joven de aspecto muy romántico, aunque su rostro no era bonito. En la cocina, Bridie y Agnes, las mucamas, se tomaban su tiempo para preparar la cena. Sabían que el invitado a la velada apenas había acabado de llegar, que los tragos apenas habían comenzado y que tenían un montón de tiempo antes de tener que preocuparse por el comedor, donde ya estaba dispuesta la mesa con cubiertos de plata, copas de cristal y mantel de lino, además de las velas, listas para ser encendidas.

Bridie era parte de la casa. Vivía allí. Agnes trabajaba y vivía en lo de los Giegler, calle arriba, y esa noche había venido para ayudar. Bridie, a quien le gustaba el calor, había instalado su amplia humanidad en una silla junto al horno. Agnes, rondando inquisitivamente alrededor de la cocina extraña, estaba en doble desventaja. No sólo había sido relegada, por el momento, a la posición de ayudante, sino que además era nueva en la comunidad, ya que había llegado de Nueva York apenas una semana antes. Ansiaba estar de pie junto a la ventana de la cocina para observar las excentricidades de Mr. y Mrs. Harkey y su invitado, cuyas voces podía oír afuera, pero el punto de amabilidad entre ella y Bridie todavía resultaba incierto, y temía ponerse en una posición que pudiera serle embarazosa si Bridie así lo decidía. No obstante, la mirada firme e irónica de Bridie la llevó por fin a dirigirse despreocupadamente a la ventana, donde vio lo suficiente como para armarse de coraje y hacer un comentario.

–¡Están en la estatua! –exclamó.

Bridie se levantó de la silla como si la hubiese quemado y se dirigió a la ventana.

–No dejes que te vean mirando –dijo, y las dos se apretujaron a un costado de la ventana, detrás de la cortina, observando fijamente.

Podían ver el río, separado de ellas por una larga extensión descendente de césped tan ancha como la casa y protegida, a ambos lados, por una densa barricada de árboles y setos. El césped había sido plantado hacía poco. Todavía era fino y frágil, pero la tierra había sido rigurosamente arada, rastrillada, cavada y apisonada para recibirlo, y no había duda de que, con el tiempo, presentaría una alfombra de terciopelo verde esmeralda que llegaría exactamente hasta la orilla del río. A la derecha del prado, no lejos de la casa, se erguía una mujer desnuda de mármol blanco, con sus miembros púdicamente dispuestos. Más lejos de la casa, y sobre la izquierda, un payaso de piedra gris, del tamaño de un enano, inclinaba abatido la cabeza. El payaso llevaba pantalones holgados, una corbata suelta y una chaqueta que le quedaba demasiado pequeña. Su peluca de piedra gris colgaba muerta de una de sus manos, y su rostro, con su sonrisa desesperada, acababa de ser empolvado y pintado con lápiz labial violeta. Mr. Charles Runyon, el huésped de esa noche, era quien había decorado al payaso, usando elementos de la cartera de Leona Harkey, su anfitriona. Ahora Charles estaba de pie, con el brazo alrededor de Leona, y ambos festejaban su obra. Un poco apartado de ellos, George Harkey estaba solo, participando taciturno en la diversión de los otros, que era exagerada e íntima y difícil de igualar. Resultaba evidente que no se le ocurría nada que decir. Al principio de la broma, Charles le había entregado la cartera y le había pedido que se la sostuviera abierta. La cartera todavía colgaba de su mano y de vez en cuando la miraba torpemente y le daba un sorbo nervioso al vaso que llevaba consigo.

–¿Ése es el marido nuevo? –susurró Agnes.

–Es él, exacto –dijo Bridie–. Mr. Harkey. George se llama.

–No es feo.

–No está mal. ¿Qué edad le darías?

–Viéndolo desde aquí, diría que alrededor de treinta.

–Es lo que pensé. La misma edad que ella.

–Ese Mr. Runyon es más viejo.

–Mr. Dios Runyon –dijo Bridie enfáticamente–. Sí, es bastante más viejo. El tipo debe haber pasado los cincuenta.

–¿Por qué lo llamas Mr. Dios?

–Ah, por los aires que se da, mandándose la parte. Y por la forma en que ella se arrastra ante él. Va a hacer que el marido nuevo también se arrastre ante él.

–¿Cuánto hace que se casaron?

–Hace un mes.

–¿Y desde hace cuánto es viuda?

–Cuatro meses –dijo Bridie, sonriéndole sombría al rostro atónito de Agnes–. Finch se llamaba.

–¿Y al marido lo mató un coche?

–Estaba muy borracho y se estrelló contra un arbolito. Destrozó el árbol y se mató. Ella tuvo que comprarse un auto nuevo. Cuando lo encontraron, estaba por todo el parabrisas, había pedazos de él en el asiento de adelante y en el capó: sangre, pelo, todo. Uf. A veces me pregunto si encontraron los dos ojos para enterrarlo. La cara era apenas pulpa, nada más: estaba toda aplastada. A la policía la desconcertaba que hubiera podido causarse tanto daño contra un arbolito. Debía haber ido muy muy rápido. Ella ni se inmutó. Yo estaba aquí cuando recibió la llamada. No se le movió un pelo.

–Es dura.

–Ésa no tiene la menor sensibilidad. Y ahí está ahora, riéndose como siempre con Mr. Dios, y Mr. Harkey parado allí en lugar de Mr. Finch. Te costaría ver la diferencia, salvo que Mr. Finch era rubio y éste otro es moreno.

–Y Mr. Dios, ¿dónde entra?

–Es su admirador. La admira, y ella lo admira a él. Se admiran mutuamente. Oh, hablan mucho de su admiración, pero deberías haber visto lo rápido que salió de la foto cuando Mr. Finch se mató. Ella, claro, estaba lista y dispuesta a casarse con él. Pensó que seguramente iba a ser Mrs. Dios. Pero Mr. Dios estaba a la altura de ella. Ya sabes, de golpe descubrió que había gente por todo el país a la que tenía que visitar, en Arizona y en todas partes, y terminó yéndose a Italia. Ésta es su primera noche aquí desde que volvió. Es la primera vez que ella lo ve desde el verano. Por eso todo el alboroto, la razón de traerte a que me ayudes con la cena y todo eso. Ésta es la primera vez que Mr. Harkey lo ve. Puedes imaginarte lo que pasa por su cabeza. Nunca lo había visto antes de esta noche.

–Parece tener su pedigrí. Mr. Dios, digo.

–Oh, es un caballero muy elegante. ¿Notaste los zapatos en punta que lleva? ¿Y el chaleco con los botoncitos? ¿Y la forma en que se mueve, imaginando que todo el mundo lo está mirando? A una le dan ganas de vomitar.

–Ya están volviendo. Supongo que por más bebidas.

–Esos se hacen cargo de sus propias bebidas. Aunque más no sea por vergüenza, así no vemos cuánto beben. Como si no tuviera que sacar las botellas vacías. Es un escándalo. Él prepara los tragos. Se para frente a la barra como un sacerdote que dice la misa, Dios me perdone, y mezcla un martini para él y otro para ella, y tal vez un tercero para el marido. A Mr. Finch le gustaba preparárselo él mismo. Tenía un vaso grande especial del que solía beber. Había una cancioncita que le gustaba cantar cuando se había mandado unos cuantos. Solía alejarse a un rincón del living y cantaba, muy bajito –no molestaba, salvo que seguía y seguía–; cantaba:

 

Eres demasiado amable, eres demasiado amable,

eres demasiado amable para mí.

 

–¿Y ésa era toda la letra?

–Toda. Después, se levantaba y se preparaba otro trago en su vaso grande, y se quedaba de pie mirándolos, y volvía a cantar una y otra vez, y se reía, se reía.

–¿Y no le decían nada?

–No, porque si le prestaban atención, señalaba con el dedo a Mr. Dios y cantaba lo mismo, una y otra vez, salvo que decía: “Él es demasiado amable, él es demasiado amable”. Solía sacarlos de quicio.

–Míralos ahora.

–¿Qué te dije? Así es siempre.

Leona y Charles iban del brazo hacia la casa, llevando sus martinis casi terminados en sus manos libres. George, con la cartera, venía atrás. A George le gustaban los manhattans suaves, y tenía el vaso vacío. Charles miró por encima de su hombro hacia el río, y George se detuvo en seco y también miró por encima de su hombro.

–Leona, querida, es justo lo que soñé para ti –dijo Charles–. Y, claro, has hecho exactamente lo que yo habría hecho. ¿Te acuerdas cómo solíamos hablar y hablar de ello? ¿Quién se hubiera imaginado que todo se haría realidad?

–Charles, querido, espero que no vuelva a llover –dijo Leona con su voz oscura y ronca–. Quiero que esa pobre cara deprimente se quede tal como la pintaste, para recordarme que por fin volviste, y para conmemorar la primera noche en que estuvimos los tres juntos.

La respuesta de Charles no se oyó en la cocina, porque los tres habían desaparecido por un costado de la casa y, para entonces, estarían acomodándose frente al fuego de la sala de estar.

Bridie se apartó de la ventana.

–No sé cómo cree que va a hacer para tener un prado –dijo–, si no va a permitir que llueva. ¿Creerías que hace apenas un mes no podías ver ni un centímetro más allá de esa ventana de la cocina? La cocina era más oscura que un sótano, incluso en pleno día. Allá había un seto casi tan alto como la casa.

–¿Cortaron el seto? –preguntó Agnes de manera educada.

–Cortar el seto. No le alcanzó el tiempo para hacerlo, por Dios santo. Por cómo se portaba, pensé que iba a cortarlo con las tijeras de las uñas. Mira, Agnes, la primera mañana inmediatamente después de que volvieron de la luna de miel, el pobre tipo apenas se estaba levantando de la cama y ella ya estaba a los gritos por el seto. “¡Ese seto tiene que irse!”, gritaba todo el tiempo. “¡Abajo con el maldito seto! Necesito mi vista. ¿Dónde está la maravillosa vista que me prometiste?”. ¿Oíste alguna vez algo así?

–Y dale con su vista. Una podría pensar que se trata de un collar de diamantes, por la forma en que hablan de su vista.

–Con Mrs. Giegler es lo mismo. Ni bien alguien entra en la casa, mi vista de aquí y mi vista de allá, y ven a ver mi vista, y arrastra al que sea hacia la ventana y al porche con cualquier tipo de clima. La humedad, eso es todo lo que tengo que decir al respecto. La humedad.

–Oh, ésta es de terror con la vista. Ha estado obsesionada con esa vista desde que llegué aquí. Estaba decidida y comprometida a conseguirla.

–Bueno, y ahora la tiene.

–Tuvieron que morirse dos personas antes de que la consiguiera. Primero, la vieja que tenía la cabaña que estaba ahí, una noche se murió mientras dormía, y después, ni dos semanas después, el pobre Mr. Finch va y se estrella.

–¿Y fue entonces que ella compró la cabaña?

–Nada que ver –dijo Bridie con rudeza–. No podía permitirse comprarla. Hubo docenas de personas por aquí después de eso, pero ella fue la que primero se metió. Mr. Harkey heredó la cabaña de su tía. O sea, de la vieja que se murió. Miss Harkey. Una solterona. Todos andaban detrás de la cabaña. Por eso ella se casó tan apurada, además del hecho de que sabía que Mr. Dios no se iba asomar a la casa hasta que ella tuviese un marido nuevo.

–Mr. Harkey recibió la cabaña de su tía, y entonces ésta se casó con él e hizo que tirara abajo el seto.

–Lo tiró abajo y se lo llevó así tan rápido como te lo estoy contando. Ah, ella estaba muy apurada. Antes de que pudieras darte vuelta, los tenía ahí marcando el lugar para el prado y plantando el césped, y colocando las estatuas. Él nunca dijo ni mu, pero creo que estaba triste de ver que la cabaña se iba. Le dijo a ella que eso era lo único que había tenido en su vida.

–Por su aspecto, habría pensado que tenía dinero.

–Él no. Oh, le gusta aparentar que es alguien, pero no tiene ni un centavo, excepto lo que gana en su trabajo. La vieja no le dejó nada de dinero, sólo la cabaña. No creo que tuviese mucho más que dejar. Era muy reservada. No le tenía mucha paciencia a la gente de por aquí. Bueno, Mr. Harkey estaba muy contento. Venía nada más que los fines de semana, y empezó a instalarse, preparándose comidas, y lo siguiente que supe fue que allí estaba ella, cargando calle abajo pequeños regalos para celebrar la mudanza: pequeños frascos de patefuá y mermelada de frambuesa que yo hice, y una lata de sopa de tortuga verde por la que había pagado una fortuna. Pensó que a él le gustaría el sabor inusual, dijo. Oh, nunca lo había mirado, lo único que contaba era la vista que tenía. Le hubiera convenido más vender el lugar, tomar el dinero y huir. Ella se limitó a sacarle lo que tenía. Una vez que se lo sacó, no tuvo la menor oportunidad.

–Pobre tipo.

–No gastaría ninguna simpatía en el tipo, Agnes. ¿Sabes qué trabajo hace? Bueno, dejo que adivines. Es lo más bajo de lo más bajo que puedas imaginar. Vamos, adivina. Te doy tres oportunidades.

–¿Director de pompas fúnebres?

–No.

–¿Prestamista?

–No, pero tibio.

–¿Uno que entrega citaciones?

–No. Es el que te ejecuta los créditos.

Agnes lanzó un chillido bajo y prolongado y se sentó en la silla de Bridie, junto al horno. Bridie sonrió satisfecha.

–¡Un cobrador de créditos! –gritó Agnes–. Un cobrador de créditos. Ay, mi Dios, lo más bajo de lo más bajo. Un cobrador de créditos. Y pensar que tengo que servirle la cena. Oh, la cosa más sucia.

–En Clancyhanger’s –dijo Bridie.

–Clancyhanger’s. La peor banda de ladrones y estafadores del país. Los que persiguen a los pobres. Ay, cómo te dejan en el pozo cuando no tienes dinero. Bridie, ya he oído suficiente. Espero que ella lo corte en pedazos y se lo coma.

–Por supuesto que ella no dice que es un gerente de créditos. Eso no es lo suficientemente bueno para ella. Si puede, dice que es vicepresidente junior. Pero yo lo escuché hablando con ella la primera vez que vino aquí a tomar una copa, y eso fue lo que le dijo. Es un gerente de créditos y a eso se dedica.

–El que hace el trabajo sucio. Cuando nuestro Señor Bendito fue crucificado, estaba ahí, sosteniendo la caja de clavos.

–Ese tipo de gente. No hay nada bueno en él. Aunque al mirarlo una pensaría que es un santurrón. Oh, estaba muy orgulloso de sí mismo el primer día que vino. Traía a una chica con él.

–¿Una chica?

–Ella se quedó con él en la cabaña. Y había nada más que una cama en el lugar, porque vi los muebles cuando los sacaron. Se quedaba con él en todo el sentido de la palabra.

–Imagínate hacer algo así y probablemente no estar ni comprometido, ni casado, ni nada. ¿No es repugnante? –dijo Agnes, envidiosa.

–Puede que ésa no haya estado casada, Agnes, pero tenía la experiencia de una casada, te lo garantizo. Oh, creo que pensó que iba a casarse con ella. Estaba muy ocupada, haciendo cortinas y fundas de almohadones y todo eso, y arrancando los yuyos del jardín ahí abajo, donde la vieja los había dejado crecer. También era una chica bastante agradable, eso es lo que puedo decir de ella. Estaba muy emocionada con la cabaña. Pero no duró mucho después de que Madam puso manos a la obra.

–Dime, Bridie, ¿qué le hizo?

–No tuvo que hacer nada. Con ésa, no. Fue muy amable con la chica. Le dio consejos sobre cómo debía ir esto en la cabaña y cómo debía ir aquello, todo. Fue todo lo dulce y amable que puedas imaginarte. Pero entonces, una noche él llegó solo y, cuando menos te lo esperabas, ella estaba en el teléfono invitándolo a tomar algo. “Me gusta tu chica –le dijo ella a él–, una linda chica. ¿A qué se dedica?”, preguntó, como si no supiera, y yo misma la había oído preguntarle eso a la chica. “Trabaja en el departamento de publicidad de la tienda”, dijo él. “Qué interesante –dijo ella–. Pero ¿no es una lástima que no se sienta más a gusto aquí?”, dijo. “Somos un grupito muy selecto, ¿sabes? Un montón de artistas y escritores, gente creativa. Todos nos vemos todo el tiempo”, dijo. “Es muy importante encajar, como lo haces tú”, dijo. “Quiero dar una fiestita para ti, y presentarte a todo el mundo. Y está mi amigo Charles Runyon, el crítico; claro que sabes su nombre”. Ése es Mr. Dios. “Debes conocerlo apenas vuelva de Europa. Es tan encantador”, dijo. “Sé que vas a adorarlo, como todos lo adoramos”. Y entonces lo invitó a una cena que daba, sin mencionar a la chica, y él tampoco mencionó a la chica, y nunca más la volvió a llevar al lugar. Por supuesto, no sabía en qué se estaba metiendo con ésta. Pensó que lo que le interesaba a ella era su cabaña. Y en lo único que ella pensaba era en qué tan rápido podría sacarla del camino para poder tener su preciosa vista.

–Y ahora supongo que lo único en que está pensando es en qué tan rápido puede sacárselo de encima.

–Ah, no, él no le importa, siempre y cuando se porte bien y no le cause ningún problema. No es un feo muchacho, sabes. Y ahora lo tiene a Mr. Dios que vuelve a venir, que le dice cosas lindas y que la invita a Nueva York para ver las obras nuevas y todo eso. Ya verás: va a andar por aquí cada fin de semana, exactamente como solía hacerlo. Tiene su propio cuarto en la casa, incluso. Le dijo a ella cómo lo quería, y ella lo arregló para él. Ni siquiera tiene su propio auto, pero aquí hacen lo necesario para ver quién lo alcanza a la ciudad. Piensan que es un honor que ande por aquí. Se supone que es muy ocurrente. Y ocurrente es. Nunca abre esa boquita estrecha que tiene, pero todos se caen al suelo de risa.

–La manera en que se comportan no es decente.

–Oh, las cosas que podría contarte sobre la manera en que se comportan –dijo Bridie con tono siniestro–. Se te erizaría el pelo.

–¿Te refieres a ella y a Mr. Dios?

–No, nada de eso. Él es del tipo que sólo dice piropos. Lo oí decirle que ella tiene una cara que pertenece a la eternidad. ¿Qué me dices de eso?

–¿Eso es un piropo? ¡Qué cosa rara para decirle a una mujer!

–A ella le gustó. Dice que está enamorada de la mente de él.

–¿Enamorada de la mente de Mr. Dios?

–Ella está enamorada de la mente de Mr. Dios.

–Enamorada de su mente. Bueno, ésa sí que es nueva. Nunca antes la oí.

–Por la forma en que miró Mr. Harkey, él tampoco.

–Ahí está –dijo Agnes, quien había vuelto a su posición junto a la ventana. Bridie se acercó a espiar por encima del hombro de ella.

Linterna en mano, George avanzaba tímidamente por el césped oscurecido. Pasó a la mujer desnuda, a la cual no miró. Pasó el payaso, le alumbró apenas la cara pintada, y siguió. Caminaba lentamente por el lugar en que se habían alzado las paredes de la cabaña, y, por fin, llegó hasta la orilla del río, donde se quedó clavando de manera convulsa la linterna en la negrura. El camino que trazó a través, alrededor, por encima y arriba del agua era irregular y vacilante. Su mano parecía temblar.

–Me pregunto qué está haciendo ahora –dijo Bridie.

–En una de ésas está buscando su vista –dijo Agnes, haciendo una mueca nerviosa ante su propia agudeza.

–Bueno, no va a encontrar mucho ahí abajo –dijo Bridie, y le dio un codazo amistoso en las costillas.

Envalentonada, Agnes hizo un gesto con la nariz hacia la ventana y de inmediato se desplomó sobre la mesa entre risitas temblorosas y débiles, cubriéndose la cara con las manos. Al cabo de un segundo, apartó un dedo y miró hacia arriba para ver cómo Bridie se tomaba esa demostración.

Bridie le guiñó un ojo.

EL ANACRONISMO

Tom y Liza Frye tenían una casa de ladrillo, del siglo XVIII, pintada de blanco y llena de muebles extremadamente modernos, y dos Jaguars: uno blanco de Liza y otro negro de Tom. Ambos coches tenían reguladores de velocidad, por lo que no podían ir a más de ochenta kilómetros por hora, porque ni Tom ni Liza creían en la velocidad. Cada uno de ellos tenía una cigarrera plana y una boquilla corta, en ambos casos de oro, y los cigarrillos que fumaban estaban hechos especialmente para ellos. De noche, dormían con pijamas de seda blanca que hacían juego. La cama, ancha y baja, era tan grande como un campo pequeño. En realidad, no era una cama de dos plazas, sino dos camas individuales unidas por las patas, cubiertas con juegos de sábanas separados. Las sábanas, como los pijamas, se cambiaban cada noche. Una de las palabras favoritas de Liza era “inmaculado”. La palabra que menos le gustaba era “apetito”. Con todo, era una palabra que solía usar. “No tengo apetito de nada”, decía, o, a veces, “No creo en los apetitos. Son tan comunes”.

Liza era alta y excesivamente delgada, con piernas largas y hermosas. Estaba orgullosa de su figura y la mantenía comiendo casi nada. Durante el día, ayunaba y, a la noche, cenaba, con Tom, queso cottage y zanahoria rallada. Les servían la cena en una bandeja en su dormitorio, que era inmenso, con un ventanal enorme que tenía una vista magnífica del río Hudson. La casa se levantaba a orillas del río y su sala de estar, justo debajo del dormitorio, también tenía un ventanal gigantesco y una vista hermosa. A Liza no le gustaba que le desarreglaran el living, y a Tom no le molestaba cenar en el dormitorio. De todos modos, su vida real transcurría fuera de casa y, a la noche, por lo general, estaba demasiado cansado como para querer hacer otra cosa que dormir. El cabello de Liza era de un dorado tenue y lo llevaba recogido de forma prolija, como si fuera un gorro. Tom, un poco más bajo que ella, era corpulento, tenía una cara regordeta y sombría, y unos ojos celestes grandes que sospechaban. Sus sospechas se relacionaban con su dinero porque tenía mucho. Aunque estaba guardado de forma segura en un fondo fiduciario, vivía con el temor constante de que alguien se lo quitara. Liza no tuvo dinero hasta que se casó con Tom. Tenía treinta y nueve, era dos años mayor que él. Estaban casados desde hacía casi siete años.

Vivían en Herbert’s Retreat, una comunidad exclusiva de unas cuarenta casas sobre la orilla este del Hudson, cuarenta y ocho kilómetros al norte de Nueva York. Mudarse a Retreat había sido decisión de Liza. Si hubiera sido por Tom, habría estado dispuesto a quedarse en su cómodo departamento de Beekman Place decorado con terciopelo, pero Liza insistió en hacerlo a su manera. Liza creía, y a menudo decía, que la única manera de impresionar a los demás con la propia personalidad es privándolos de algo que desean. Sacudirlos. Hacerles ver que lo que tienen no es mucho. Hacer eso es difícil en Nueva York, donde la gente tiene tantas distracciones, pero en Herbert’s Retreat, aquella pequeña comunidad estrictamente cerrada y celosamente vigilada, Liza causó una fuerte impresión. De inmediato, sus muebles modernos indignaron a todas las demás mujeres, concentradas como estaban en la cultura colonial de los Estados Unidos. Liza decía que los muebles del Retreat eran “campestres”. “Los muebles campestres son agradables –decía–, pero tan sufridos”. De la misma manera, se negaba a compartir el entusiasmo de las otras mujeres por la jardinería. La estrecha franja de tierra que rodeaba la casa por tres lados (el cuarto lado era casi uno con el río) estaba cubierta por una grava blanca y fina, que era rastrillada y apisonada todas las semanas por el jardinero del Retreat. Cuando sus vecinos charlaban sobre sus bulbos y semillas, a Liza le gustaba decir: “No apruebo las flores, excepto en el lugar que les corresponde. Y, por cierto, no pertenecen al suelo”. Sus propias flores cortadas, siempre blancas, eran traídas dos veces por semana de un invernadero cercano por una muchacha que disponía las flores nuevas y se llevaba las viejas.