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El jardín de una supuesta actriz olvidada es descuidado por un accidente que incluye a un atropellado. El Volkswagen 86 y el cadáver permanecen frente al jardín indefinidamente. La calle pierde forma y se convierte en un juego de delirios y realidades que sumergen al protagonista en un inframundo fantasmagórico que lo sitúa entre los límites de la fantasía y el horror. Las principales obsesiones de este adolescente, que vive en un pueblo inexistente a la orilla de la carretera, son las cartas de su madre embarcada en un extraño viaje y resolver la misteriosa desaparición de la mujer que vivía al lado. Miguel Corral integra en este libro, ganador del concurso Malaletra de primera novela, personajes tan extraños como un cartero desquiciado, Marilyn Monroe, ferreteros chismosos y un torero inmortal. Recrea un espacio extraño, suburbano y de tránsito, a partir de una poética de la indeterminación que abarca temas de la infancia, el abandono y el desarraigo, abordados de manera poco convencional.
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Veröffentlichungsjahr: 2016
Portada
Miguel Corral
El jardín
Diseño de portada: Ricardo Caballero
Primera edición, enero 2016
http://libros.malaletra.com
Este libro se realizó con apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a través del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales 2014
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© Publicaciones Malaletra Internacional
Ignacio Mariscal 148-3 Col. Tabacalera, México, D.F.
Hecho en México
Chihuahua (1988) es egresado de la Licenciatura en teatro por la Universidad Veracruzana. Se ha desempeñado como actor en los estados de Chihuahua, Veracruz y en el Distrito Federal en diversas obras de teatro, entre las que destaca, Más pequeños que el Guggenheim. Participó en el ciclo de autores emergentes del décimo Festival de la Joven Dramaturgia en 2012. En 2014 fue beneficiado con el programa Coinversiones Culturales. FONCA, por la obra de teatro Chato Mekensie, cobranzas difíciles.
Con El jardín obtiene el premio Malaletra a primera novela.
Me dijeron que en medio de la calle estaba el cuerpo. Con la cabeza apuntando justo a la puerta de la señora Caro y los pies desparramados entre la banqueta y su jardín. Qué curioso, pensé. Ayer estuve toda la tarde limpiándolo de esos pequeños bichos, medio amarillos, que caminan con las patas abiertas y se comen las hojas de los árboles. Tan hambrientos y pequeños que en un suspiro ya están ahí, avanzando como salpullido en los tallos de las plantas y en la piel rojiza, cansada de tanto grano en los brazos.
Antes del verano no, puede que en el invierno, aunque creo que desde antes, esta señora llenaba de matorrales toda la parte superior de su ventana, de modo que algunas hojas colgaban igual que una camisa deshilachada sobre el vidrio, dejando manchas de color negro. Me tocó ver esas manchas en dos ocasiones. La primera fue en su cumpleaños. Me acerqué a felicitarla y desde adentro, sin abrirme la puerta, me contestó con un simple “gracias”. Di otro paso y ella se asustó (aún hoy no le encuentro otra explicación) se cubrió el hombro y me hizo señas de “¡Vete! ¡Vete!”. Yo alcancé a ver una especie de grieta opaca que poco a poco se engordaba hasta su hombro. Una cicatriz extraña y pálida. Y desde ese día sus ojos cambiaron.
—¿Ya vieron a la señora Caro? —nos preguntaban los de la ferretería—. Se sigue transformando. Antes no hablaba y ahora…
—Ni nos voltea a ver —completó otro de los empleados.
Ni el cuerpo regado en su banqueta la hizo salir de la casa. Eso dijo mi primo que, aunque no me lo había confesado, estaba enamorado de ella. Se le notaba cuando la veía salir de la casa a la tienda y en cómo tallaba la madera en cada uno de sus regalos. Cuando era una cerca para la señora Carolina la madera quedaba blanca y lisa como papel.
Tardaron quince minutos en llegar, revisar el cuerpo y confirmarles que estaba muerto. Nadie tenía dudas. El reguero de aceite y los ojos desorbitados lo decían todo. Pero a estos niños hay que explicarles paso a paso. Si no saben abrocharse las agujetas y no habían aprendido a decir papá a los siete años. ¿Cómo explicarle a un niño que no distingue entre la realidad y la ficción que los carros “gigantes” no se muerden y tampoco se frenan cuando les sacamos la lengua? Amaranta estaba preocupada. Muy preocupada. Porque a sus hijos, aunque idiotas, los quería. Se dio cuenta del peligro que corrían jugando a la orilla de la carretera y decidió encerrarlos en un cuarto hasta que aprendieran las reglas básicas del peatón y del tránsito vial.
Antes del accidente los dejaba libres por la calle. Decía que no eran ningún motivo de vergüenza. Así que ahí andaban, como perritos jugando con la basura, mordiendo esto y aquello. A veces saludaban, a veces no. Para sus clases de vialidad construyó un mundo pequeño. Con ciudades y pueblos hechos de hule, cartón y otros materiales reciclados. Los vasos eran rascacielos cilíndricos. Ponía las cucharas una detrás de otra para delimitar las calles. Con las antenas de televisión simuló algunos satélites y provocó grandes huracanes con el abanico encendido. Los niños se imaginaban noches y días totalmente diferentes. Por la mañana el rascacielos era un tubo colorado y por la noche se convertía en una taza de café. Tenedores clavados en el piso emulaban sargentos de vialidad, mágicos e inmortales, capaces de aparecer y desaparecer mediante una fuerza extraña, en el momento justo de un delito.
—Cruzar la calle en verde es un delito —les decía clavando los tenedores en el cartón de huevo que había conseguido en la tienda.
Después pensó: “Esto no sirve. Tengo que encontrar la manera de que ni por accidente toquen la calle…”. Y después de varios segundos, agitó el tenedor de arriba a abajo ante los ojos de “No te entiendo. Soy imbécil” y dictó con voz de mando:
—¡Bajarse de la banqueta es un delito! ¡Tocar la orilla de la banqueta es un delito! ¿Sí me entienden, verdad? B-a-n-q-u-e-t-a. Banqueta. No bajar —les decía señalando las cucharas y luego la ventana—. Cucharas-ventana. ¿Me entienden?
Silencio.
—Dios mío, ayúdame —y se hincó a rezar por la suerte de sus hijos.
