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Marcos Demaría es un abogado porteño que, a causa de sus problemas con el alcohol, perdió su matrimonio, y casi también su trabajo. Con gran voluntad para recuperarse, decide irse a vivir a San Martín de los Andes y comenzar una nueva vida. Mientras él intentará burlar sus fantasmas personales, el sistema judicial lo querrá atrapar nuevamente en el torbellino de su pasado. A la manera del maestro de la novela judicial Scott Turow, este libro devela las modalidades más oscuras del funcionamiento de la justicia y del ejercicio de la profesión que Demaría, con un temple admirable, tratará de sortear. En una época donde el enemigo ya no es reconocible sino que está en todas partes, El lado ausente, como toda buena novela, habla de nuestro presente.
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Seitenzahl: 556
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Pedro Martín Bardi
El lado ausente
Por su capacidad profesional, su dedicación al trabajo y el constante esfuerzo para mantenerse al día en asuntos de doctrina y jurisprudencia, quienes conocemos a Pedro Martín Bardi desde hace muchos años hubiéramos recibido con naturalidad y beneplácito cualquier aporte literario que brindara al mundo del Derecho. Sin embargo, nos ha sorprendido. ¿Por haber escrito una novela? Sí. Pero, sobre todo, por la magnífica novela que escribió.
Marcos Demaría es un personaje atrayente. A través de las páginas lo vemos salir de un pozo y reconstruirse, enfrentando las consecuencias de su pasado. Demaría es un observador atento, un hombre que sabe que la búsqueda nunca termina, que no pretende tener un perfil alto, pero se expone y enfrenta molinos de viento.
Sin ser épico, Demaría lleva una vida poderosamente atractiva. El gran mérito de Bardi es mantenernos aferrados a la historia cotidiana de Marcos. Los lectores que anhelamos buenos relatos, nos vemos recompensados gracias a la pluma de nuestro buen abogado y amigo que narra, en muchos casos con precisión fotográfica, la vida de su colega virtual. Como ocurre con la nueva televisión por demanda y el consumo maratónico de capítulos de nuestras series favoritas, este libro consigue eso que los escritores ansiamos: que el lector no quiera frenar, que siga adelante, que necesite más de la historia del profesor Demaría y —digno de subrayarse— sus relaciones: otro gran logro de Bardi.
Sin ánimo de adelantar parte de la trama, y menos aún, de señalar favoritismos entre unos y otros, debemos remarcar la saludable diversidad de personajes que desfilan por la obra. Lo genial es que sin caer en la facilidad de ofrecernos estereotipos, el autor nos introduce en el descubrimiento de personalidades muy interesantes, incluso entrañables en ciertos casos. Estamos seguros de que algunos lectores irán componiendo la escena, reuniéndolos en la imaginación, como si todos —Harry O’Connor, Olivia Olhazabal, Desiree Lage, Díaz Garmendia, Esther Ferreyra, entre muchos otros— estuvieran confluyendo en una foto de estilo heterogéneo, como la de la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper.
Por otra parte, aquellos que hayan pasado por los claustros de la Facultad de Derecho y recorrido los pasillos de los Tribunales, encontrarán una serie de guiños del autor para sus colegas (o, si se quiere, para los de Demaría), bien perceptibles y amenos.
También vale mucho la pena destacar el trabajo editorial. Detrás de la tapa y de cada página, hay un grupo de personas que persiguen un objetivo fundamental: que el libro no sea mucho más que una portada con buen contenido.
Celebramos la llegada de esta novela que marca el inicio de un intenso camino literario. Como siempre, nos sentimos orgullosos de pertenecer al núcleo de amigos de Pedro Martín Bardi, quien suma un nuevo logro a su nutrida historia. Tal vez, él aún no se haya dado cuenta de que toda su vida fue formándose y preparándose para escribir El lado ausente.
Daniel Balmaceda
A Mariana y a los cuatro que vinieron después, Pedro, Mili, Tobi y Juan Cruz, en orden de aparición.
La obscenidad no existe. Existe la herida. El hombre presenta en sí mismo una herida que desgarra todo lo que en él vive, y que tal vez, o seguramente, le causó la misma vida.
Alejandra Pizarnik, Los poseídos entre lilas
Optar entre un entorno seguro que te abriga y te espera y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática. No importa la elección, es imposible no arrepentirse.
Andrés Calamaro, Paracaídas y vueltas: Diarios íntimos
Lo intento una y otra vez y no hay modo. Por más esfuerzo que haga, no encuentro las palabras necesarias para explicar cuál fue mi error. Noto en mí cierta tendencia impensada hacia la madurez que me desvirtúa por completo, me desacomoda, me saca de foco; estoy cerca de la curva y por primera vez tengo miedo de lo que me pudiera ocurrir. Dicen (y dice la canción) que a medida que avanza la noche empiezan a dolernos las horas, que las conjeturas no pueden detener los temblores que desnuda la quietud. Y entonces me doy cuenta, no sin dolor aunque sin la sensación de dolor, que aquello que me moviliza siempre estuvo en mí, no en el afuera. Busco una respuesta, no la encuentro y me frustro cuando vislumbro que la alcanzo, que se diluye como si fuera agua entre los dedos.
Hubo sombras y dolores macerados durante muchos años. Hubo encuentros y desencuentros, algunos sentidos y otros no tanto. Hubo mucho, hasta hubo de todo, y al final de cuentas percibo que termino siendo víctima de mi propio cliché, de mi propia fragilidad. Que los días pasan y nada volverá a ser como alguna vez fue. Que ya no puedo compensar la falta de palabras acudiendo a otras expresiones. Que los cambios verdaderamente se producen una vez que se aceptan las decepciones. Y sobre todo, que la vida me pasa por el costado y yo no siento nada.
E.F.
A principios del mes todavía no se había muerto ni se había matado y, por carácter transitivo, el simple hecho de permanecer vivo de algún extraño modo lo hacía feliz. Sentía cada vez más a menudo la necesidad de pensar así, de pensarse a sí mismo de forma concreta, como le ocurría en la soledad de aquel despacho que exhibía algo de desorden vinculado con el trabajo antes que con el ocio o el desdén. Sobre el piso todavía quedaban algunas cajas sin desembalar y unos pocos objetos que aún no habían encontrado su lugar. Apagó la notebook, ordenó los escritos que habría de presentar en tribunales esa semana y fue en busca de la puerta de salida listo para asistir al ritual de cada lunes.
Nómade por destino más que por decisión propia, llegó a San Martín de los Andes un año atrás una vez terminada la temporada de esquí, época en que la ciudad —más pueblo que ciudad— retomaba su ritmo parsimonioso y su calma habitual hasta el inicio de la temporada de verano. Recién una vez instalado en un lugar diferente y desacostumbrado para él, pudo filtrar los avatares de su pasado inmediato, transformando de contingentes a continuos los refugios en los que buscaba protegerse.
No hubo una única razón que determinó su llegada desde la lejana Buenos Aires. La secuela de un divorcio basado en la irreductible convicción sobre la finitud de la relación fue uno de los disparadores de la ida hacia el sur, luego de diez años de matrimonio con Olivia. Ella había sido su único amor onírico, y la necesidad de alejarse del espacio en el que ella perduraba motivó la decisión de buscar un lugar que le permitiera huir de los fantasmas guardados celosamente en el departamento que aún conservaba en la calle Junín, del barrio de la Recoleta. Muchas veces intentó encontrar una explicación certera al fracaso de su matrimonio y otras tantas ni siquiera pudo intentarlo. A medida que lo hacía, se hundía en la pesadumbre.
San Martín de los Andes, enclavada en plena cordillera a la vera del lago Lácar, en la provincia del Neuquén, signada por un entorno de lagos y bosques naturales, tiene una belleza asombrosa, casi irreal, contenedora de espíritus desangelados a los que arropa en su interior. Y a veces, vomita.
Al mes de radicado, alquiló una pequeña oficina de dos ambientes en el segundo piso de un edificio ubicado en la céntrica calle San Martín, principal vía de circulación hacia el lago. No le fue fácil la inserción en la actividad profesional de la región; pero pudo hacerlo gracias a una vieja amiga de la infancia que lo vinculó con diferentes operadores periféricos del negocio turístico para que comenzara una nueva etapa como abogado independiente. El asesoramiento en asuntos laborales y en la instrumentación de fideicomisos inmobiliarios, sumado al dictado de clases de Filosofía del Derecho en la sede de la Universidad Nacional del Sur, de la Ciudad de Bariloche, forjó sus primeros pasos profesionales.
Sabía que aún conservaba intacta esa habilidad misteriosa e innata que le permitía ver a través de la complejidad e ir al fondo de los temas. Convencido de que cada problema legal —aun el más complicado— lleva siempre ínsita una solución, ese tipo de simplificación, si bien lo apuntalaba, muchas otras lo trastornaba, ya que no podía aplicarla en su vida personal. Después de haber recorrido tanta inestabilidad emocional, tenía que madurar su historia y aprender que detrás de la adversidad siempre se pauta con la misericordia. Los descalabros del pasado lo hicieron transitar andariveles oscuros, periplos de un ser extremadamente sensible arrojado al fragor de la lucha que terminó encontrando serenidad en esa parte del mundo. En el paisaje de ensueño, en el trabajo cotidiano de abogado y en las reuniones de Alcohólicos Anónimos de los lunes por la noche a las que asistía regularmente.
De mediana estatura, pelo castaño oscuro y ojos marrones que descubrían una mirada profunda y llena de matices, la actividad física que aún mantenía le daba un aspecto saludable. A los cuarenta siete años, Marcos Demaría era alcohólico en recuperación desde las nueve de la mañana del 10 de mayo de 2009. Gracias a la ayuda de algunos viejos amigos que le tendieron una mano grande, pudo conservar la matrícula profesional de abogado con la estricta condición de que no reincidiera en la bebida. Las familias de los alcohólicos generalmente sostienen rígidos rasgos de negación y ocultamiento mutuo, pero decididamente no era su caso. No porque no lo fuera, sino porque prácticamente no tenía familia. Y si nunca llegó a traspasar el punto medio que él mismo se había marcado, entre la cirrosis y la sobriedad, no fue por quedarse corto con el alcohol, sino porque era lo suficientemente inteligente como para saber que nada era más importante que su propia vida.
En otro tiempo, cuando las cartas venían malas, en vez de ahorrar para una cuarenta y cinco, Marcos se emborrachaba y transformaba paulatinamente sus días en un solsticio de invierno en el que la noche duraba las veinticuatro horas. Pese a la cabal consciencia de lo transitado, seguía siendo una etapa de su vida que se resistía al olvido. En lo más íntimo de su ser, sabía que todo el mal que había hecho, lo había hecho contra aquello sobre lo que tenía pleno derecho. Él mismo.
A los golpes aprendió que en toda actividad laboral cognitivamente demandante la excelencia la lograban no necesariamente los más talentosos sino los más perseverantes, y por eso, en sus circunstancias, el tránsito del éxito al fracaso fue una cuestión de metros. Los triunfos judiciales obtenidos muchas veces sobre la base de sofismas y estratagemas, junto a la paulatina disolución de su matrimonio, fueron dando paso a la inversión de las expectativas en una madurez profesional y personal arrojada a la autodestrucción. Ningún ser del planeta es tan exitoso ni feliz como se muestra en público. Existe una especie de lado B, una suerte de outlet existencial que invariablemente todos esconden, pero que a la larga aparece en la superficie. Marcos Demaría, sentado en el amplio escritorio de su despacho en Buenos Aires, el cuerpo apenas inclinado hacia adelante en el sillón imponente, los dedos de las manos entrelazados y los ojos cerrados en actitud pensativa. Horas después, el mismo personaje, en medio de la noche, derrumbado por el alcohol, portando una máscara de oxígeno mientras es llevado de urgencia en una ambulancia al hospital más cercano. ¿Cuál de los dos era él?: los dos; ¿qué eran en definitiva los miembros del centro de rehabilitación?: un grupo de personas débiles y desgraciadas; ¿qué son ellos ahora?: el mismo grupo de personas, menos débiles y menos desgraciadas, rescatándose a través de la búsqueda del sentido al avance de las agujas del reloj.
Existía un hilo conductor que enhebraba las vidas de todos los ellos: noches enteras sin dormir, algunos traumas que regresan simbólicamente y en especial mucho miedo a lo que vendrá. Al fin y al cabo, la adicción termina siendo una vía alternativa cuando los demás senderos no conducen a ningún lado. El éxito profesional engendra patologías, y la envidia y el recelo de muchos colegas hicieron metástasis en Demaría como los tumores. Por eso siempre que se proponía una meta, dejaba todo por logarla. Y fue así. Y así también terminó. Desde el día que comenzó la rehabilitación, optó por descifrar su expresión en la penumbra de las horas vividas, una por una, sin justificaciones estériles. Quien más, si no él, podía relevarlo del mando de sí mismo. El asunto consistía en saber si en verdad se puede cuidar a alguien de sí mismo.
Caminó las diez cuadras que separaban el centro de rehabilitación de su oficina, en medio de una noche fresca, limpia y sin viento. Era ese tipo de noche que predispone de buena manera al caminante. Se sentía bien y mientras avanzaba calle abajo, atrapado por la magnificencia del paisaje de fondo, imaginaba la diferencia con la locura, no exenta de dinero y reconocimiento, de los días en Buenos Aires. Un departamento de doscientos treinta metros en uno de los barrios más elegantes y exclusivos de la ciudad, otro más chico en la calle Junín, dos autos importados, un piso de oficina en la torre de las Galerías Jardín sobre la calle Florida, entre inversiones y depósitos, se fueron dilapidando al amparo de malas decisiones y de una separación cargada de facturas. Algunos fantasmas, ciertamente indefinidos, continuaban acechándolo. Otros, con nombre y apellido, también.
El centro de Alcohólicos Anónimos funcionaba en un amplio salón donado a la Municipalidad sobre la avenida Costanera, frente al muelle desde donde partían las excursiones lacustres a Hua Hum y Quila Quina. Dominada por una arquitectura basada en piedra y madera, con amplios ventanales, el salón conjugaba la afectuosidad y el esplendor del entorno. Sin embargo, aquella noche no había síntoma de calidez alguna en el interior. Cada uno de los integrantes, a su manera, reafirmaba el convencimiento recíproco acerca de la precariedad y la vulnerabilidad de la comunidad que formaban. Lázaro, uno de los más antiguos y queridos del grupo, había hecho punta la semana anterior. A las tres de la mañana del viernes se voló la tapa de los sesos.
El despacho del presidente del Tribunal del Trabajo Número I de la Ciudad de San Carlos de Bariloche, Arturo Díaz Garmendia, era vasto y muy cómodo. La gruesa y algo raída alfombra, los muebles de roble lustrados, los sillones grandes y las cortinas de color verde oscuro le daban un aspecto neutral a la oficina. El presidente del tribunal colegiado integrado por tres jueces era famoso no tanto por su fina ironía y por sus dotes de retórica, que ciertamente tenía, sino por su carácter sumamente irascible y por sus arranques de furia que infundían pánico entre los empleados.
De contextura grande, morocho y de ojos negros, era objeto de numerosas historias, algunas no del todo verídicas, que lo pintaban de cuerpo entero. Como aquella que daba cuenta de que una vez, en medio de una audiencia de testigos, le ordenó a uno de los abogados que le cubriera la cabeza a su cliente con su saco porque le molestaba la mirada despectiva que este lucía. Dotado de una gran capacidad para sostener un desprecio altanero, podía ser muy despectivo con todo aquel que no le inspirara el más mínimo respeto o, al menos, algo de resquemor. Su sola presencia inspiraba una maldad y un sarcasmo insolente que usualmente utilizaba para imponer su autoridad, que por ahora, esa mañana, parecía dejar de lado. Era de esas personas que estaban convencidas de que hasta los defectos propios eran fantásticos y, por ello, jamás habría podido escribir un diario íntimo sobre su vida.
—Pase, doctor —dijo seriamente el juez dirigiéndose a Demaría—. Tome asiento. El abogado de los demandantes debe de estar por llegar. —Díaz Garmendia lucía un traje a rayas grises sobre el gris más oscuro, que concordaba con su prolija barba entrecana y con la camisa blanca inmaculada. Sentado tras el escritorio, parecía un senador romano, con su sonrisa nada benévola por debajo de la nariz aguileña.
Por medio de un acuerdo regional suscripto entre las provincias del sur del país, con la aprobación del gobierno nacional, en el año 2000 se le había otorgado a la empresa Comercializadora de Electricidad del Sur Argentino Sociedad Anónima —CESA S.A.—la licencia para prestar el servicio público de electricidad en la región patagónica. Además, CESA tenía la concesión de dicho servicio en el sesenta por ciento de la ciudad de Buenos Aires y un porcentaje un poco menor en las provincias de Santa Fe, Córdoba y Tucumán.
Si bien la licitación había sido ganada por tres grupos empresarios diferentes que se dividían el territorio, CESA participaba en casi un cuarenta y cinco por ciento del total de ventas del mercado eléctrico de la región, prestando servicios a más un millón de usuarios residenciales, comerciales e industriales. Como era habitual que estos adulteraran los medidores de electricidad o que realizaran conexiones clandestinas para obtener el suministro eléctrico a bajo costo o directamente sin costo alguno, la comercializadora eléctrica había contratado una empresa especializada para inspeccionar y denunciar ilícitos en los medidores de los clientes.
El área de Control de Facturación de la Región Cordillerana de CESA tenía su sede en la ciudad de Bariloche y era la encargada de interactuar con la empresa MGT, contratada para inspeccionar los medidores. El gerente del área, Juan Carlos Abreu, contaba con dos jefes de divisiones, Rodolfo Link y Héctor Rampodi, personas de su máxima confianza. Los tres habían sido en el pasado empleados de la empresa estatal provincial de electricidad y, luego de la privatización del servicio, traspasados a CESA, por lo que registraban una antigüedad promedio de treinta años en la actividad.
Luego de una exhaustiva investigación llevada a cabo por la Unidad de Auditoría Interna de CESA en conjunto con el Ente Provincial Regulador del Servicio de Electricidad, varios funcionarios del organismo de control habían sido sumariados por hacer la vista gorda y cajonear las denuncias de algunos de los ilícitos que detectaba la contratista. La investigación puso al descubierto que MGT era una empresa fantasma que denunciaba medidores adulterados que en rigor no lo estaban y que informaba inspecciones que en la práctica no realizaba, las cuales eran aprobadas por los tres empleados de CESA con el objetivo de habilitar los pagos a la contratista. Los montos involucrados en los pagos hechos por la comercializadora eléctrica involucraban decenas de millones de pesos y, dada la defraudación verificada, los empleados de CESA fueron a parar directo a la calle. Para peor, el jefe del sector, Abreu, era a la vez socio de otra empresa diferente que le prestaba servicios inexistentes a MGT, dejando a las claras la ingeniería legal utilizada para el retorno del dinero que luego repartían.
Claro que ese no era el criterio de los empleados, quienes, representados por Mario Ugarte, habían entablado una demanda judicial por despido injustificado y por daños y perjuicios en contra de CESA. Los pobres angelitos pedían la friolera suma de quince millones de pesos, sumando los tres reclamos.
Ugarte era un robusto abogado de cincuenta y ocho años de edad, calvo y de grueso abdomen, que hacía gala de una fuerte voz, áspera y amenazante. De larga experiencia en el fuero laboral, sin grandes luces, pero metódico y prolijo en su trabajo, era el tipo de abogado que todo trabajador quiere tener de su lado, sobre todo si está dispuesto a cobrar a resultado un poco menos del veinte por ciento de lo que obtengan sus clientes en el litigio. Ese martes por la mañana estaban reunidos informalmente en el despacho del presidente del tribunal, el abogado de los demandantes y Marcos Demaría, abogado de la compañía eléctrica.
—Señores, los he convocado a esta reunión con el fin de que evalúen la posibilidad de arribar a un acuerdo económico en la próxima audiencia de conciliación que se irá a celebrar antes de la apertura a prueba del expediente. Ustedes saben perfectamente bien cuál es la posición del tribunal y el sumo agrado con que se reciben las propuestas conciliatorias, siempre y cuando, claro está, impliquen una justa composición de los intereses en disputa —abrió juego con altivez el juez Díaz Garmendia.
El juicio tenía aristas sensibles, ya que uno de los despedidos, Abreu, conservaba fuertes lazos con el sindicato eléctrico, de cuya mesa directiva provincial se abrió dos años atrás por prescripción médica. A la vez, la empresa demandada era una concesionaria de servicio público de capitales franceses que actuaba en varios países de Latinoamérica con elevados niveles de producción y rentabilidad.
—Su señoría —dijo rápidamente Ugarte—, la función que mis clientes cumplían en CESA era meramente operativa, dependiente de la Dirección Comercial. Basta con ver el organigrama de la empresa. Por lo tanto, las tareas de los señores Abreu, Link y Rampodi eran de rutina, mecanizadas, meramente administrativas, sin que ninguno de ellos tuviera la facultad de aprobar o de certificar los servicios que prestaba la empresa contratista MGT. En suma, jamás pudieron cometer las faltas que injustificadamente se les atribuyeron.
Ugarte ensayaba el eterno alegato de oreja, como si el juez no supiera que más de la mitad de las cosas que decía no eran ciertas. Una vez finalizada la explicación del abogado, Demaría contraatacó a sabiendas de que contaba frente al juez con un porcentaje de credibilidad más o menos similar. Durante dos minutos explicó la situación con precisión y sin adjetivar innecesariamente.
—… en suma, teniendo en cuenta que las pruebas recolectadas acreditarán los hechos que constituyeron las graves faltas imputadas a los empleados y que estos no dieron explicaciones satisfactorias oportunamente, mi cliente entiende más que justo el despido dispuesto, máxime tratándose…
—Doctor Demaría, por favor, ya es suficiente —lo interrumpió secamente el juez—. Conozco el expediente de memoria, sólo le pido que analice con su cliente la contingencia de que el tribunal dicte una sentencia adversa para CESA y gestione la posibilidad de evaluar una propuesta económica a ver si podemos llevar todo este entuerto a buen puerto en la próxima audiencia.
En otros términos, el presidente del tribunal le estaba pidiendo a Demaría que le dijera a CESA que los tres empleados que la habían estafado y defraudado durante años en connivencia con la contratista, debían ser resarcidos para evitar el riesgo de una eventual sentencia condenatoria.
Pavada de encargo.
—Por su parte, doctor Ugarte —continuó el juez dirigiéndose al abogado de los despedidos—, le pido que hable con sus clientes y les informe que este tribunal, en los casos en que rechaza las demandas, aún en forma parcial, condena en costas a los perdedores.
Ahora Díaz Garmendia invertía la presión.
En líneas generales, quien promueve una demanda judicial debe pagar la tasa de justicia, contribuir con el sostenimiento de la colegiación del profesional que lo representa y anticipar gastos y honorarios. Estos gastos se llaman costas y, en última instancia, los debe afrontar quien pierde el juicio. Podía ocurrir que los tres empleados tuvieran que hacerse cargo de los honorarios de los peritos que intervendrían en el juicio y de los honorarios de Demaría, si les rechazaban total o parcialmente la demanda. Al constituir un porcentaje calculado sobre los montos involucrados, no iban a resultar ni remotamente bajos.
El juez hizo un breve silencio, para luego proseguir hablando con el mismo tono firme y seguro.
—Con la convicción de que ambas partes harán todos los esfuerzos a su alcance para cumplir con lo peticionado por el tribunal, fijaremos, si están de acuerdo, la audiencia de conciliación para el día 12 de noviembre. De no arribarse a ningún acuerdo en ella, el tribunal procederá a la apertura a prueba del expediente —concluyó antes de que los tres se saludaran cortésmente una vez finalizada la reunión.
La distancia entre la ciudad de San Carlos de Bariloche y la de San Martín de los Andes es de doscientos sesenta kilómetros. El equivalente a tres horas de viaje en auto en medio de un paisaje enmarcado por la imponente cordillera que se despliega a ambos lados del camino y por los bosques de cipreses que se abren paso entre las añosas rocas. La ruta que comunica ambas ciudades es la ruta nacional 40, a lo largo de la cual se halla el tramo conocido mundialmente por su enorme belleza llamado “De los Siete Lagos”, que une las localidades de Villa La Angostura y San Martín de los Andes. A medida que avanzaba por la ruta, Marcos vio cómo asomaba con toda su imponencia el lago Falkner y su sucesión de playas de arena, así como el pequeño río que lo hermana con el lago Villarino. La magnificencia de un lugar único, mirase por donde fuere.
Marcos llegó a San Martín de los Andes pasadas las dos y media de la tarde para almorzar con su amigo y compañero del centro de Alcohólicos Anónimos, Harry O´Connor, un irlandés alto y extremadamente flaco, de cincuenta y tres años, pelo colorado y saltones ojos azules. Harry vivía en la Argentina desde 1995, luego de que fuera eyectado abruptamente de su país a raíz de su violento pasado vinculado al grupo revolucionario Ejército de la República Irlandesa (IRA) que enraizaba en la lucha del país a favor de la independencia del Reino Unido. No obstante, existían dos causas más por las cuales el irlandés debió irse de su país a los treinta y ocho años. Primero, el consumo consuetudinario de drogas. Segundo, la firme decisión de su esposa de echarlo de su casa porque no lo toleraba más.
Padre de un chico de veintitrés años a quien nunca más vio y con quien mantenía esporádicos contactos, hizo recurrentemente de su ausencia del hogar un acto más que de abandono, de desamor, lo cual lo angustiaba en extremo. Trabajaba como redactor de notas turísticas para el periódico local de San Martín de los Andes y a la vez enseñaba inglés en forma particular, actividad que le generaba un ingreso que le permitía vivir dignamente. Ambos se conocieron en la primera reunión de Alcohólicos Anónimos a la que asistió Marcos y desde esa noche fueron cultivando una amistad que se fue solidificando con el correr de los meses.
Escritor de cuentos, sensible y nervioso a veces, Harry mostraba una imperiosa ansiedad por expresarse sobre la condición humana a través de la escritura. El exilio se había transformado en una perspectiva bastante menos despreciable que lo obligaba a ver la vida de manera más amplia, constituyendo una condición de adversidad que se reflejaba de manera singular en su producción literaria. Al mismo tiempo, enseñar su idioma de origen a los alumnos particulares le permitía conectarse con los demás y le evitaba caer en el temido aislamiento de los escritores. Estaba absolutamente convencido de que el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, era una forma de mejorar el mundo, de equilibrarlo de su costado trágico. Justamente le estaba contando a Marcos esa tarde acerca de su lucha de todos los días para poder mirarse a sí mismo con otros ojos.
—Me alegra que de a poco vaya dejando de causarme extrañeza —dijo en un perfecto castellano—. Quizá de ahí provenga a lo mejor mi condición, angustiosa y compleja, lo reconozco, de querer redescubrirme permanentemente.
—Cómo te gustan los personajes oscuros, atribulados como vos. Debe ser por el poder que representan en los otros —indicó el abogado.
—Sí, pero me interesan más que nada por el poder que tienen de confundirte, de tergiversar las cosas haciéndote creer lo que no es —Harry sorbió un trago de agua—. ¿Tenés idea de lo que es el kintsugi?
—No, ni idea.
—Consiste en el arte de llenar las partes rotas de un objeto con una especie de resina que contiene oro en polvo diluido. En vez de disimular las fisuras, se las subraya con esa sustancia que les da luminosidad y que hace que adquieran más valor que el objeto mismo.
—¿Y entonces? —preguntó con intriga Marcos.
—El objeto no sólo no esconde las cicatrices sino que las exhibe orgullosamente.
—Interesante.
—Más que interesante. La ostentación de las cicatrices como metáfora es algo grosso. Claro que el carácter de contornos complicados y ambiguos de los tipos de las grandes ciudades como vos, que suponen que lo mejor que tiene el planeta es que se hagan agujeros en el suelo, salga petróleo y con él la plata para pagar a los abogados, resulta diametralmente opuesto a la forma de ser de personas sensibles como yo —finalizó Harry moviendo la cabeza con aires de resignación.
—Que me acuerde, vos viniste de una ciudad bastante pesada, no de la campiña precisamente. De todos modos te aclaro que el hecho de que sea complicado el carácter de un tipo de las grandes ciudades no significa que no lo tenga definido ni tenga preocupaciones de índole existencialista —Marcos hizo una pausa para beber el café, enarcó una ceja y continuó hablando—. Si yo leo a un escritor guatemalteco, posiblemente encuentre un ritmo cadencioso en su escritura, típico de la cultura de ese país. En cambio, si leo a uno de Buenos Aires, es probable que destile una buena dosis de desencanto, un humor negro irritante, hasta te diría amargo, pero no por eso voy a dudar de su carácter ni de su sensibilidad.
—No hace falta vivir en Buenos Aires para escribir historias desencantadas o teñidas de violencia psicológica o física. Al respecto te cuento que anoche terminé de leer una novela policial buenísima, escrita por un periodista de la provincia de Córdoba que indaga y describe con maestría los intersticios de un país donde todos son corruptos y todos tienen una buena justificación para serlo.
—¿Dónde transcurre la novela, en Dinamarca? —retrucó Marcos.
—Sí, en Dinamarca. Hablo en serio.
—Yo también, es una manera de avalar lo que decís desde el costado opuesto. Claro que, para variar, nunca estás tan de acuerdo con lo que digo, aunque en el fondo lo estés.
—Vos no entendés nada. Mi antagonismo hace que las conversaciones puedan fluir, que tengan sentido y terminen en algún costado interesante a partir de la propia mecánica que propone la discusión. Si estoy de acuerdo con todo lo que dicen los demás, ¿de qué carajo seguimos hablando? Salvo que el otro sea un tipo inteligente, claro —dijo Harry mordazmente.
Marcos sonrió. Con el tiempo había aprendido a conocerlo en profundidad y sabía que jamás lo lastimaría sin motivo que lo justificare.
—Bueno, que seas antagónico no significa que seas necesariamente un boludo.
—Tampoco estoy de acuerdo —contestó el irlandés sonriendo con su propia ocurrencia—. Además te digo que, al margen de ser un boludo importante, no sabés de las bondades de ser pelirrojo, joven y medio degenerado.
O’Connor poseía un notable sentido del humor, agudo y creativo, que usaba como habitual mecanismo de resguardo para las grietas que anidaban bien en su interior. Con él, los silencios jamás generaban incomodidad. Cualquier intento asertivo suyo o de quien conversara en esos momentos con él, la mayoría de las veces, concluía en una larga risa ajena a la mueca cínica berreta posmoderna tan común. Una vez Marcos le había dicho en una reunión que no recordaba la última vez que se había reído tanto con sus ingeniosas salidas y por las anécdotas que contaba, a lo que muy serio Harry le respondió que la procesión iba por dentro, dando a entender que jamás abandonaría el personaje tortuoso y dramático que lo gobernaba. Si bien lo torturado en el fondo no lo bancaba, ya que su inteligencia crítica era fantástica, le gustaba jugar ante los demás ese rol de absoluto acaparador, más bien héroe, del humor y del dolor.
Harry aborrecía las sociedades del bienestar basadas en la igualdad, típicas de los países nórdicos de Europa, en las cuales todo pensamiento fuera del consenso general era considerado reaccionario o extremista. A su manera, dignificaba el linaje cultural irlandés, aún en la anomia y en la despersonalización contemporánea. Percibía una etapa de transición antes de las grandes transformaciones en las sociedades contemporáneas, para lo cual proponía una movilización general en todo el mundo, una gigantesca red multinacional y transversal de protesta que uniera a todos los ciudadanos.
Más allá de la originalidad de ese pensamiento, Harry estaba medio loco.
—Cambiando de tema, ¿cómo anda tu libro? —le preguntó Marcos.
Publicado dos meses atrás, Noviembre astillado era una colección de diez cuentos más o menos cortos, que transcurrían en atmósferas fantásticas e irreales, que narraban sórdidas historias, no exentas de dosis de terror. Misceláneo, huidizo del rótulo estricto de libro de cuentos, era una clara demostración de la exhaustividad en la descripción de los personajes y de las situaciones. A la par, el libro revelaba cierta inmadurez en la pretensión narrativa pese a su dúctil prosa. Los epígrafes que encabezaban cada uno de los cuentos eran señales de alerta para quien se insinuara por esos senderos ambiguos, llenos de sombras sugerentes.
Admirador de la literatura rusa del siglo diecinueve y de su preocupación filosófica —el príncipe Myshkin de El idiota de Dostoyevski era uno de sus personajes de ficción preferidos— Harry concebía la literatura como un arte en el que la mayor intensidad se lograba con la menor cantidad de recursos. Escribir representaba para él un delicado mecanismo de enfrentar un pasado que, si bien no podía cambiar, al menos sí sobrellevar decorosamente. La literatura germina y fluye mejor en la zona de la pérdida, de la frustración y su historia personal siempre tuvo más de fracasos que de triunfos. Pese a la heterogeneidad de los cuentos, el libro fraguaba su unidad a partir de la misma sensación de perplejidad y de incertidumbre, por momentos acuciante, que la dominaba.
—El libro ha tenido buena recepción por parte de la crítica, sobre todo en Buenos Aires. En la editorial calculan que la primera edición se agotará más rápido de lo previsto. Es más, me han citado para conversar sobre un nuevo libro a publicar a fines del año que viene, o a principios de 2012.
—Entonces quiere decir que sos bastante optimista acerca del futuro del pesimismo que te caracteriza.
Harry bufó.
—Publicar no me desvela en absoluto, aunque uno se convenza de que las cosas que escribe son infinitamente mejor que muchas de las pavadas que lee. La pura verdad es que a mí lo que me gusta es escribir. Se supone que el sufrimiento es la materia prima de cualquier tipo de arte, y en mi caso es un buen mecanismo para darles forma a los desastres en cadena que voy imaginando.
—O una forma de revancha, de contar tu vida desde tu versión, una especie de biografía propia encubierta.
—Querido amigo, la literatura es algo intuitivamente ligado a la moralidad de cada uno de nosotros. Esa es la razón por la que hay pocos abogados escritores de novelas. Y esos pocos son decididamente malos —indicó perentorio el irlandés.
—O la razón por la cual algunos inventan su propia ficción, convencidos de que la novela que relatan ocurrió realmente —acotó el abogado.
—Quizás fue esa una de las razones por las que recurrí al uso de fantasmagorías en los cuentos, que por supuesto nacen de mi propio contenido emocional. Pero, la verdad, no me había puesto a pensar tanto sobre las pavadas que escribo. Cuando leas detenidamente mi libro, vas a ver que mi prosa ancla en una ficción imaginaria de la cual extrae su luminosidad más profunda —dijo Harry meneando la cabeza.
—Entonces para leerte seguro que voy a necesitar un faro.
Harry hizo caso omiso del comentario.
—Se necesita una sobredosis de amor y de sensibilidad para escribir un libro como este, como el que se le profesa a una mujer deslumbrante y dañina a la vez. No creo que lo entiendas, da igual. En el futuro imagino escribir sobre los sueños y fundamentos de la ciencia ficción clásica basada en la cultura del movimiento maker, relatos sobre androides y personajes épicos ciberpunks, esas cosas.
—Interesante.
—Otra vez con la misma pelotudez de interesante. By the way, recordá que el viernes que viene a las ocho de la noche hago la presentación formal del libro en el centro de convenciones y que seguramente necesite que esté presente uno de los dos abogados con experiencia de la ciudad. Como el lúcido está muerto, tendrás que venir irremediablemente —concluyó Harry.
La charla continuó de manera intrascendente por espacio de media hora más, al cabo del cual cada uno partió a sus respectivos destinos. Harry hacia al diario local y Marcos a su estudio jurídico.
Horas más tarde, a solas en su despacho, Marcos revisó las carpetas apiladas sobre el escritorio y separó aquellas que demandaban una atención inmediata. Tenía tres mensajes en el contestador automático del teléfono de línea. El primero era de uno de sus primeros clientes en San Martín de los Andes, una inmobiliaria que lo consultaba por una comisión que no le habían pagado pese a que las partes acordaron el alquiler de una casa fastuosa con vista al lago Lácar. El segundo mensaje era de Carlos Veracruz, director de Asuntos Jurídicos de CESA, que lo llamaba desde Buenos Aires para interiorizarse sobre los pormenores de la reunión habida por la mañana con el juez Díaz Garmendia en el tribunal. El tercero era de Desiree Lage, una abogada penalista de treinta y ocho años que trabajaba en el estudio jurídico más importante de la ciudad de Bariloche. Nada fuera de lo común, a no ser que habían dormido juntos por primera vez el pasado viernes, cuando ella viajó a San Martín de los Andes por cuestiones laborales. La llamaría más tarde, una vez que hubiera terminado su día de trabajo.
Luego de consultar los correos electrónicos, Marcos se concentró en el caso Alonso. Pablo Alonso era un brillante economista que trabajaba en una compañía financiera de la ciudad de Neuquén, piloteando una unidad de negocios generadora de pingües resultados económicos. Su trabajo básicamente consistía en intermediar productos financieros. El generoso salario de Alonso estaba integrado por un sueldo mensual, más un bono anual, porcentajes sobre las ganancias y demás beneficios adicionales como tarjetas de crédito corporativas, telefonía celular y automóvil.
El problema fue que a mediados de 2009, luego de una feroz discusión con uno de los dueños de la financiera por unas comisiones adeudadas, Alonso le propinó una furibunda trompada que encaminó al jefe al hospital con pérdida de conocimiento y al economista directamente a la calle. La sentencia de primera instancia dictada por el Tribunal del Trabajo de la Ciudad de Neuquén rechazó la demanda, ya que consideró que tanto los insultos como las agresiones físicas constituyeron motivos por demás justificables para echar a un empleado.
El abogado que representó a Alonso durante el juicio sufrió un accidente cerebrovascular días antes del dictado de la sentencia y por lo tanto se encontraba imposibilitado de continuar con el caso. Un amigo en común le recomendó al pobre de Alonso que consultara a Demaría dada su experiencia en temas laborales empresariales. Marcos tenía diez días para interponer un recurso extraordinario ante el Tribunal Superior de la Provincia del Neuquén a fin de intentar dar vuelta el fallo, tarea para nada sencilla teniendo en cuenta la solidez de los fundamentos de la sentencia del tribunal de origen. Y en especial, la de la piña que tumbó a quien no debía.
El sonido del teléfono interrumpió el pesado silencio reinante en la oficina. Como no tenía secretaria, Marcos atendió personalmente. Desiree se encontraba en la ciudad y arreglaron para comer juntos por la noche.
Ubicado en lo alto del valle, a unos mil quinientos metros y rodeado de majestuosas cumbres, Macci era uno de los restaurantes preferidos por ella en San Martín de los Andes. Sentados en una mesa en la terraza acristalada, era como si la noche acogiera una celebración más íntima que la del resto de las personas.
Marcos la miró con detalle. Morocha y de intensos ojos verdes, de estatura mediana, tenía el cuerpo de una mujer que sabía cuidarse muy bien pese tener una edad cercana a los cuarenta años. Piernas fuertes y nalgas firmes eran los rasgos distintivos de un cuerpo mucho más curvo que cualquiera, parte de un conjunto de acción que no se masculinizaba nunca. Dotada de una fuerte personalidad que la tipificaba como una abogada enérgica y respetada por sus colegas y adversarios, era dueña de un carácter no común. A su manera, si bien entraba en una etapa de esencial madurez, tenía una belleza sumamente particular. Exudaba cierta calidad, como los vinos añejos, que la hacía más interesante y atractiva a medida que pasaban los años, logrando accionar en Demaría una cerradura oxidada desde que se había separado de Olivia. En los últimos meses, el componente sexual de la personalidad de Marcos, dominante en un tiempo, había quedado sofocado por tantas capas de culpa en el pasado, que recién desde que conoció a Desiree parecían ir derritiéndose una por una.
Pidió croquetas de pescado rellenas en salsa blanca y ella unos calamaretes en salsa de vino blanco y cebolla. Como el alcohol estaba prohibido por el resto de los días de Marcos, tomaban Coca-Cola light y limonada en silencio.
—¿Estás acá? —inquirió él.
Ella sonrió mostrando unos dientes casi perfectos, al tiempo que le rozaba una pierna por debajo de la mesa, sugerentemente. Por momentos lucía ensimismada en sus pensamientos, como si la devorara la calma del entorno.
—Tenés un semblante no muy animado —agregó Marcos.
—Puede ser, hoy no ha sido uno de mis mejores días.
Desiree miraba un imaginario vacío que llenaba con recuerdos. Hija única, había tenido una traumática relación con un hombre doce años mayor que ella, un empresario textil divorciado con quien llegó a convivir durante unos meses antes de la ruptura definitiva, ocurrida tres años atrás. Si bien Marcos la conocía no hacía mucho, le sorprendía y al mismo tiempo le intrigaba su obstinado empeño en no mostrar sus emociones más íntimas, como si ella no quisiera descubrir su mundo interior, su universo personal. Tal vez escondiera algunos secretos de un pasado que no estaba dispuesta a dar a conocer, por ahora.
—Estaba imaginando… —dijo ella con aire pensante—, ¿qué razón existe para suponer que lo que ocurre todos los días, los juicios, los clientes, las sentencias, son más reales que los diálogos que soñamos la noche anterior?
Él la miró extrañado.
—Si estás cuestionando el orden de lo real, quiero decir, si estás poniendo en duda lo que damos por asumido, entonces creo entender tu pregunta. Para los que nunca se cuestionan en qué consiste la realidad, lo real termina siendo aquello que sólo resulta verdadero. La ficción, naturalmente, pasa a ser patrimonio de otros.
—De los escritores —agregó ella.
—Y de los abogados —sonrió Marcos.
—Estoy convencida de que la verdad y la ficción no son contrarios, se entremezclan y muchas veces no sabemos o no podemos diferenciarlas. Digo, ¿cómo saber con certeza qué es lo real, o como decís vos, lo verdadero? —continuó Desiree, clavando la mirada fija en algún punto lejano de la montaña.
—Desde cierto punto de vista no existe el concepto de lo verdadero, se aspira a la visión ideal, fantástica, de todo aquello que en el fondo no es real. Como si el resto de las cosas fueran simples simulacros y por lo tanto nada tiene un significado y todo resulta ser una mentira, incluso si es verdad.
—No me convence —dijo ella.
—Yo tampoco estoy de acuerdo con ese pensamiento —acordó Marcos—. Creo que todo lo que vivimos forma parte de la realidad, no sólo lo que hacemos sino también lo que imaginamos, aunque reconozco que existe una tendencia en los últimos años al escepticismo cruel que estima que no podemos conocer las cosas que ocurren tal como son.
—Y por el otro creo que también existe un exceso de credulidad irracional que es capaz de creer en cualquier cosa.
—Cierto —Marcos permaneció en silencio unos pocos segundos—. Pero sigo sin saber hacia dónde vas con tu pregunta.
—El punto es el siguiente —ella sonrió nuevamente, ahora con mayor naturalidad—. Vamos a suponer la siguiente hipótesis. El hijo de un prominente político opositor al gobierno provincial de turno de Río Negro fue víctima de torturas por parte de la policía de Bariloche. Lo torturaron para que confesara la comisión de una serie de delitos sexuales supuestamente cometidos durante el transcurso de una fiesta privada en una majestuosa casa con vista al lago Nahuel Huapi. Pese a la brutalidad del procedimiento policial, el juez considera que la confesión del imputado, aún en esas circunstancias tan anormales, si bien no configura una declaración de culpabilidad, sí constituye una grave presunción en su contra.
—Me parece un espanto —acotó Marcos.
—Al final de cuentas, el juez lo termina condenando sobre la base de esa presunción de culpabilidad a la que avala con los informes de los peritos médicos que acreditaron lesiones anales y vaginales sufridas por la víctima.
Desiree hizo una pausa.
—El imputado, terriblemente enojado con su abogado defensor, a quien obviamente le echa la culpa de la condena, quiere, y estaría en todo su derecho, recurrir la sentencia por considerar que ha violado el artículo dieciocho de la Constitución Nacional que expresamente prohíbe que alguien pueda ser obligado a declarar contra sí mismo.
—Es inevitable que si una persona es obligada a declarar bajo coacción, sus dichos deben tenerse por inexistentes y no pueden ser tenidos en cuenta ni siquiera como indicios de culpabilidad —argumentó muy seguro Marcos—. Una idea o criterio contrario a este pensamiento atacaría groseramente la garantía constitucional de la defensa en juicio.
Ella esperó para hablar de nuevo. Su mirada, ahora penetrante y fría, no dejaba entrever expresión alguna.
—El asunto es que existen serias sospechas de que este buen hombre, presuntamente intoxicado con cocaína, habría abusado y violado a una chica alcoholizada produciéndole severas hemorragias internas.
Marcos había escuchado algo al respecto. Luego habló.
—Y el hipotético violador necesitaría un nuevo abogado, o abogada, que le haga valer sus derechos frente al Estado, que sin duda los tiene, en razón de la violencia sufrida en su declaración ante la policía. De ser así, se tornaría nulo todo lo declarado por él en su contra. Seguramente, al ser miembro de una familia adinerada y políticamente influyente, podría pagarse la mejor defensa penal que hubiera en Bariloche.
—Algo así.
—Y también es probable que los socios del estudio jurídico le asignen la causa a la mejor abogada de la firma —concluyó Demaría.
El eterno dilema moral de los abogados. Aceptar o declinar la defensa de quien se sospecha que ha cometido algún delito criminal aberrante. Es verdad que todo el mundo merece un juicio justo y que se le aplique la ley en forma correcta, pero ¿cuál es el verdadero peso y alcance de la ética en el ejercicio de la profesión?; ¿hasta dónde los imperativos éticos constriñen la libertad de juicio y de conciencia de los abogados?
Para la mayoría de los habitantes de este planeta, si existe una profesión tipo que se caracteriza por su inmoralidad intrínseca e inevitable, es precisamente la de los abogados, como si un narcotraficante o un abusador, por citar algunos ejemplos de quienes cometen actos execrables, no tuvieran derecho a defensa alguna. Seguramente para estos criminales, la abogacía no se cimienta en la rectitud de conciencia, sino en la agudeza del ingenio y en el instinto de supervivencia.
Lo peor es que para el resto de los mortales, también.
—Una cagada tu hipótesis, la verdad —dijo Marcos—. Sería horrible que defendieras como moral lo que pienses que no lo es y, peor aún, te convencieras de lo contrario. Ahora, si pensás que el caso resulta infame, deberías rehusarlo. Si en cambio lo tomás, no hace falta que te diga que tenés que comprometerte a fondo con el juicio. Eso es lo único real.
—Supongo que tenés razón. Pero los defensores penales también somos humanos y no nos gustan todos nuestros prójimos. Sé que esto no debería afectar mi desempeño y toda esa perorata, pero hay casos en los que a uno le gustaría no tener nada que ver con el cliente. Sin eufemismos, siento que estoy perdiendo algo, no por la vida en general, sino por mi trabajo. Tampoco es por la clase de gente que defendemos en el estudio. Nadie contrata a un abogado penalista por una torta de plata a menos que esté complicado, y si está complicado generalmente es por algo. No hay nada folklórico ni romántico en esto; en las cárceles, por lo general, no hay muchos inocentes —terció ella con la experiencia que le daban tantos años de ejercicio profesional en un ambiente tan hostil.
—Sabés bien que esta es una profesión en la que a veces uno tiene que hacer cosas no del todo agradables para después, de algún modo, purificarse —acotó Marcos.
—Volviendo al tema del principio —agregó Desiree—, el límite entre el bien y el mal es muy difuso. La mayoría de los asuntos se han vuelto coyunturales y nos convencemos de que todo, absolutamente todo, en principio, es justificable. Incluso el homicidio.
Se conocieron a mediados de septiembre en Bariloche, durante la fiesta de cumpleaños de un psiquiatra al que el estudio jurídico en el cual ella trabaja contrataba a menudo como perito consultor. Durante horas los dos conversaron animadamente, al principio sobre diversos temas vinculados al ejercicio de la profesión y al funcionamiento del sistema judicial. En épocas de sobrecarga de procesos judiciales, el trámite de los juicios devenía lento e ineficiente y resultaba carne de cañón para anacrónicos debates entre los abogados y especies afines. Ambos coincidían en que no era menos cierto que la eficiencia no constituía una valoración a la que privilegiar, si con ello se pasaban por alto otras valoraciones durante la tramitación de un pleito. Un proceso legal podía ser eficiente y, sin embargo, la sentencia dictada ser tremendamente injusta y el sistema no podía darse el lujo de ser injusto.
En esencia, nada de aquello que hablaban era lo más importante que sucedía esa noche entre ellos. A veces, un mero roce, un simple gesto, la mirada que se descubría permitieron intuir que existiría la posibilidad de otra más adelante. Al rato, ya en confianza, hablaron de la vida, del futuro y de cuestiones sin duda más interesantes que los vaivenes del sistema judicial. Entrada la madrugada, intercambiaron los números de los teléfonos celulares y prometieron volver a verse.
Marcos pagó la cuenta y, una vez en la calle, pasó un brazo por los hombros de Desiree mientras caminaban hacia el Peugeot 207 de él. Cuando le sugirió que continuaran la noche en su casa, ella aceptó de inmediato. Mañana temprano por la mañana regresaría a la ciudad de Bariloche en ómnibus.
La pequeña y acogedora cabaña que Marcos alquilaba al pie de uno de los cerros limítrofes de la ciudad por un precio accesible, estaba construida con madera tratada de pino Oregón y ventanas de aluminio. Una vez en su interior, Marcos preparó café para él y té verde para ella. La suave música de Pat Metheny fluía del parlante de Apple, mientras el resplandor del fuego de la chimenea iluminaba las siluetas de los dos, dándole un aspecto tremendamente sensual al encuentro. Podía percibirse algo acogedor entre esas paredes, como también había en ambos rastros de ternura y vulnerabilidad expuestos, que enmascaraban la inhibición y el recato oculto de sus personalidades.
Parados frente al sofá, ella aspiró su perfume y se mareó; no necesitaba del alcohol, ya estaba excitada por su sola presencia y proximidad. Comenzaron besándose largo rato con la ropa puesta hasta que Marcos le quitó el sweater con sus dedos delgados. Él la observaba mientras Desiree se desnudaba sin pausa y sin prisa, la piel serena y suave como el resto del conjunto. Acostada en el sofá, él le besó cada centímetro del cuerpo, empezando por el cuello, siguiendo por los pezones largos y las grandes aréolas redondas, hasta detenerse unos segundos bordeando el ombligo. Luego, con la punta de la lengua recorrió salteadamente los muslos y la pelvis, al tiempo que la humedad en el interior de ella requería de una urgencia inmediata. Con un sollozo presuroso, lo atrajo dentro de ella y Marcos, con pujes largos y lentos, la penetraba una y otra vez mientras Desiree gemía contra su garganta, hasta llegar a un largo y sentido orgasmo encadenado por una serie de interminables espasmos. Él la siguió segundos después.
Más tarde, agotados por el placer y desnudos en la cama, descansaron abrazados, convencidos que a las tres de la mañana no hay disfraces y no hay máscaras, se es quien se es realmente y se aprende que el amor es eterno, mientras dura, como enseñara el Nobel colombiano.
—¿Quién de ustedes está a favor de la poligamia? —Se escucharon algunas risas en el auditorio entre los alumnos—. No se rían, todos saben que para ciertas culturas resulta legal y por lo tanto jurídicamente aceptada.
—En las ficciones uno puede acomodar todas las piezas como quiera, pero en la vida real occidental no se hace lo que siempre se quiere —dijo haciéndose el gracioso un pelirrojo sentado al fondo a la izquierda.
Marcos lo miró sorprendido.
—¿Acaso vos querrías tener varias mujeres en la vida real?
—Sí, pero me iría de viaje con la actual, jamás con la del año anterior —replicó el alumno con una sonrisa entre sobradora y canchera motivando las carcajadas de sus compañeros.
—Mirá que hablo de esposas y no de amantes —contestó rápido a su vez Marcos dando rienda suelta a más risas generales—. Hablando en serio, para la cultura occidental, cuya sociedad se basa en la familia sustentada en la institución del matrimonio, la poligamia no es aceptada porque violenta principios y valores de orden ético superior —dijo—. Entonces el Derecho, como conjunto de normas, principios y valores jurídicos que regulan las conductas de los individuos, se presenta como un concepto equívoco que responde en buena medida a la posición filosófica que se tenga. Explicar en qué consiste el elemento moral que lo integra es una cuestión que dividió profundamente a los filósofos a lo largo de los siglos. Por eso lo que sabemos del Derecho, lo sabemos por su historia.
Eran las nueve menos veinte de la noche del jueves y Marcos daba clases de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Sur, en la ciudad de Bariloche. La universidad aspiraba a consolidarse como un centro de referencia académica de las provincias de la Patagonia haciendo de la excelencia docente un auténtico sello en la región. Para ello, contaba con una serie de recursos humanos y materiales que garantizaban el acercamiento con el entorno productivo. La sede de Bariloche tenía tres facultades, Derecho, Ciencias Naturales y Ciencias Económicas. Un año atrás se había anexado el Observatorio Astronómico y el Museo de la Patagonia.
Su edificio era uno de los más modernos de la ciudad. Diseñado por un arquitecto referente del lugar, recogía en sus cinco pisos elementos locales y autóctonos, méritos que incluso fueron destacados en la Decimoquinta Bienal de Arquitectura Argentina. Marcos Demaría daba clases todos los jueves de siete de la tarde a nueve de la noche. El auditorio, con capacidad para cincuenta personas cómodamente sentadas, estaba casi completo, con mayoría de alumnos regulares y unos pocos que asistían en calidad de oyentes.
—En definitiva —Marcos miró a los alumnos de izquierda a derecha detenidamente—, la pregunta que queda flotando para la próxima clase sería la siguiente: ¿puede aplicarse una ley que sea intrínsecamente injusta, o basta con que sea sancionada de acuerdo con el procedimiento previsto en la Constitución Nacional y acatada por la mayoría de los ciudadanos para que sea válida, independientemente de su contenido?
Antes de que alguien intentara algún comentario en medio del bullicio provocado por las voces de los alumnos, sonó el timbre que indicaba el final de la clase.
Una vez a solas, Marcos acomodaba algunos papeles cuando una alumna que no tendría más de veintiún años, a la que no reconoció, se acercó sigilosamente. Llevaba puesto un pantalón marrón de corderoy muy ajustado y lucía el pelo negro muy corto. Tenía una cara atractiva decorada con un piercing en la nariz, revelando el conjunto un aspecto de extraño exotismo. Pese a que ya era de noche, parecía recién levantada, la mirada algo entorpecida y vidriosa.
—Adoro las drogas —le dijo.
Marcos la miró sorprendido. Durante la primera hora habían analizado la evolución de la jurisprudencia que penaliza la tenencia de drogas para consumo personal y el contenido ético de las normas que protegen la actividad privada de las personas.
—Mirá, si tu interés es seguir discutiendo sobre fallos judiciales que trataron el tema…
—¿Conseguís blanca? —lo interrumpió sin miramiento y sin pudor alguno.
—No te entiendo.
—Sí, magia blanca, un papel, una piedra, lo que sea —insistió la chica.
—Te volviste loca por completo. Hacé de cuenta de que esta conversación nunca existió y andate ya de acá —contestó Marcos visiblemente enojado.
Ella se acercó seductoramente a una distancia poco prudencial tratándose de una alumna y la advertencia de la proximidad de los cuerpos se sobrepuso a cualquier tipo de reacción en Marcos. Se apartó bruscamente de ella.
—Por favor, retirate de inmediato de la clase.
—Vamos, profe. Sé de tu historia personal, así que en un punto estamos a mano. Además, alguien tan buen mozo como vos, que viene de Buenos Aires, con un background importante en el tema adicciones, no puede no tener buenos contactos. Los míos, por desgracia, ya fueron. Y la que consigo en la calle huele a pis de gato —dijo la alumna, acercándose nuevamente hacia él, incrementando la postura insinuante y el tono sensual de la voz.
La escena bizarra hizo que Marcos pensara en varias cosas a la vez. Echarla a los gritos, echarla amablemente, denunciarla ante las autoridades de la facultad, ofrecerle algunos ansiolíticos que tenía en desuso en su casa o sencillamente ignorarla. Optó por esto último, ya que en el fondo le dio lástima la situación; estaba más que claro que la chica no estaba en sus cabales. Allá ella.
—Me decepciona, profe. Desde que empezó el curso estaba convencida de que era uno de esos que siempre guardan algo para los días fríos de lluvia —le dijo con voz entrecortada y mirándolo llamativamente a los ojos.
El rostro era bello y el tono, todavía más.
—Vamos a hacer un trato.
—Mira que no tengo mucha plata.
—No me refiero a ese tipo de trato. No quiero oírte nunca más hablar del tema. Esta charla va a quedar entre nosotros y vos te vas a comprometer a estudiar la materia más allá del resultado final. Ahora te pido que te vayas —le espetó con firmeza. La alumna lo miró desinteresadamente, hasta con desgano, antes de abandonar el aula balbuceando algo ininteligible.
En la planta baja del edificio funcionaba la sala de profesores de la universidad, a la izquierda del salón de actos. Confortable y de techos bajos, tenía en el centro una larga mesa de caoba marrón oscuro impecablemente lustrada, rodeada de sillas rústicas de madera acolchonadas y cómodas, ideales para aquellos profesores que debían pasar el tiempo leyendo o trabajando entre el dictado de una clase y otra. Las paredes estaban decoradas con los retratos de los distintos rectores, otorgándole un aspecto anticuado al lugar con el evidente propósito de otorgar una formal autoridad académica.
