El Legado de la Casona - carmelo saiz lopez - E-Book

El Legado de la Casona E-Book

carmelo saiz lopez

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Beschreibung

Un hombre recientemente separado, viene a su pueblo natal a vender y liquidar todos sus bienes para recomenzar con su vida de nuevo en Madrid. Cincuentón, dolido con las mujeres, economista y con algunos posibles para abrir una nueva ventana a su vida. Su pueblo, pequeño, bonito y agradable le recibe con agrado gracias a sus amigos de antaño. Conoce a una mujer viuda que poco a poco le está haciendo cambiar sus ideas. Le encanta los bares y su chateo y también los parajes ya olvidados de la cercanía de La Serranía de Cuenca. La herencia consta de una casa grande en el centro del pueblo. ¡Es su legado hereditario! También una fábrica de muebles artesanos con dificultades que no sabe si cerrarla o reformarla. Es el posible comienzo incierto de una nueva vida tranquila y rutinaria en un pequeño pueblo. ¡Es un cambio sustancial de su vida!

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Seitenzahl: 259

Veröffentlichungsjahr: 2022

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El legado de La Casona

Carmelo, atrevido soñador

Si estás leyendo este libro, es que eres amigo mío o familiar. Por tanto, te aconsejo que lo hagas despacio y sin prisas, pues para pensarlo y escribirlo ya corrió el autor en demasía.

Creo que la novelita ha quedado un poco verde y debe de ser porque yo también lo soy…

Se recomienda la lectura a personas mayores de catorce años.

Agradezco la lectura y la revisión de mis amigos que se han comportado como lectores cero y con tolerancia me han supervisado mis muchos errores en presentación y sintaxis.

El legado de la casona

Es una novela ideada por el autor del libro. Se ampara en sus pensamientos, en sus recuerdos de juventud y de su entorno.

El protagonista, Fausto, es un hombre maduro recientemente divorciado y sin trabajo que vuelve a su pueblo, para gestionar una herencia familiar. Los diferentes avatares y conocimientos de sus conciudadanos, le obligan a tomar decisiones distintas de las pensadas en un principio

Prólogo

A los posibles lectores y amigos:

Esta historia, totalmente ficticia, está basada en las costumbres y hábitos de la primera década del presente siglo (en concreto entre los años 2003 a 2006). Sí que es verdad que está pensada en Cuenca y sus alrededores, pero son recuerdos vagos e inciertos del autor.

-En los años 90 llegaron las televisiones privadas, y los medios de comunicación cambiaron y evolucionaron.

-Entró un nuevo siglo y nacieron las nuevas generaciones. España registraba su mayor aumento de población en treinta años, la economía iba bien, crecía la inmigración, internet explotaba... y llegaba a la pequeña pantalla la familia Alcántara.

-El euro entró en vigor en enero de 2002, aunque estuvo conviviendo con la peseta unos años hasta que se implantó definitivamente, dando más firmeza a la economía.

-En aquellos años, adquirir y disfrutar de un coche de gasoil -turbo diésel- era el sueño de muchos españoles.

-Zapatero era nuestro presidente del gobierno y en estas fechas (a partir del 2004) estaba en su pleno apogeo.

Les he explicado todo esto para que centren la historia en estos años ya que hay una diferencia enorme desde entonces hasta ahora, debido a los cambios sustanciales en la tecnología, el mundo visual y digital.

Querido lector, ármate de paciencia que comenzamos…

Fausto, el protagonista, se desplaza de Madrid a Cuenca para gestionar parte de una herencia y volver de nuevo a la capital.

ÍNDICE DE CAPÍTULOS

EL VIAJE

LA CASONA

LA ESCUELA

LA FÁBRICA ARTESANA

EL CEMENTERIO

FÉLIX y LA PAQUI

VISITA A CUENCA

LA BATALLA

VISITA TÉCNICA

MARGARITA I

SERVICIO DE HOGAR

MARGARITA II

REUNIÓN DE EMPRESA

NUEVAS IDEAS

CONFIDENCIAS

DÍA DE CAMPO

CONFESIONES ÍNTIMAS

LA PEDIDA DE MANO

LA CARTA

MADRID

EL SALTO

CHARLA PENDIENTE

EL REGALO

PRESENTACIÓN FAMILIAR

EL TORTAZO

LA COMIDA

UÑA

LA NOTICIA

LA NUEVA ASERRADORA

VIAJE A LEÓN

DUENDES Y HADAS

COMIENZO DE LAS OBRAS

EL ENIGMA RESUELTO

LAS OBRAS CONTINÚAN

NAVIDADES DE 2005

LOS SECRETOS DE LA CASA

22 DE ENERO DE 2006

LA LLEGADA DE LA INFANTA

El viaje

Salió de Madrid a las siete de la mañana con su coche y, después de tomar un café con unas magdalenas en Tarancón, siguió su camino a Cuenca. No era muy pronto; pero, en estas tierras y en febrero, siempre hace frío y la escarcha se nota en los prados y las cunetas de la carretera.

¡Se dio cuenta que Tarancón no es lo que fue en su día! Recordaba cómo en aquellos años atrás la carretera, a su paso por el pueblo, estaba llena de bares y restaurantes.

El tráfico enorme que por allí pasaba merecía la atención de todo tipo de negocios: garajes de neumáticos, talleres mecánicos, gasolineras, restaurantes, bares y comercios. Todos se lucían y se mostraban dispuestos a ayudar a los viajeros.

Fausto ―que así se llama el pensador― se acordaba de que allí, en la parte de afuera de la carretera, existían unas marisquerías, y en especial una de ellas, que, por un precio relativamente bueno, te servían unos gustosos langostinos con algunas ostras y cigalas incluidas. Él y sus amigos de Cuenca algunas veces habían cogido el coche y se habían desplazado hasta allí, solo por comer. Pero ahora, y con el desvío de la carretera a la nueva autovía, todo había cambiado.

Tantos años pidiendo las mejoras y la retirada de la carretera ―por los vecinos del pueblo― para llorar unos años después por su falta de trabajo y empleo.

Realmente esas peticiones son propias de funcionarios y acomodados de cada pueblo o lugar, pues les llega el sueldo haya paz o haya guerra.

Lógicamente estos siempre arrastran a ciertos jóvenes, a algunos jubilados y, por supuesto, a los políticos locales que se apuntan a lo que sea con tal de tener relevancia.

¡Si lo sabrá Fausto que tiene cincuenta años!

¡Pues no lleva cornadas en esta vida para que le vendan la moto!

Puesto otra vez en la carretera, calcula que sobre las diez de la mañana estará en el pueblo. Sí, porque gracias a su buen coche viaja con buenos zapatos para andar rápido y seguro.

Ha tenido muchos coches. Su modo de vivir le ha obligado a ello. Los tuvo de diferentes tamaños y estilos; unos rotos de motor, otros chafados por exceso de velocidad y otros cambiados, simplemente al llevar muchos kilómetros encima. Hoy en día puede conducir su BMW535 que funciona como un reloj. Color plateado, la tapicería de cuero y con aire acondicionado. ¡Y automático! Este lo compró porque le gustan mucho los automóviles, pero sabe que en verdad lo adquirió para darle en los morros a su exmujer.

A Margarita, su ex, se le retorcían las tripas cuando le dejaba a los niños en la puerta de casa y se marchaba despacio calle abajo. Notaba en su cogote la mirada furibunda de la mujer.

─¡Qué se joda la pelirroja de bote! ―murmuraba.

El motivo de su viaje a este pueblo de la sierra de Cuenca no es otro que el hacerse cargo de la herencia familiar y colocarla, venderla o lo que sea para volverse a Madrid. Así recomenzará con su vida de nuevo. Acaba de terminar con un matrimonio nefasto y está sin trabajo.

¡Cincuenta años y debe empezar como si tuviera veinte!

Poco a poco se acerca a Cuenca, su ciudad natal, que no había visto desde hacía mucho tiempo. Prácticamente doce años que no ha estado por allí. La última visita rápida cuando murió su padre; se presentó en el entierro y volvió de nuevo a Madrid.

Ya está en el Alto de Cabrejas a punto de comenzar su bajada. Este puertecillo le impone y le tiene mucho respeto, de siempre. Con cuatro gotas estos años atrás, allí se convertían en aguanieve y, por la noche, en capas de hielo.

Piensa, mientras conduce: ¿Cómo estarán sus amigos? ¿Será recibido con agrado? Realmente la culpa sabe que no es de ellos, pues fue él quien cortó todos los enlaces con su vida anterior.

Bueno es que hablemos del protagonista de esta historia. El conductor y viajero Fausto es un hombre alto ―de casi uno ochenta―, moreno y de complexión mediana. Empieza a tener algún kilo de más porque no se cuida nada ni tampoco ejercita ningún deporte. Es economista e hijo de una casa acomodada de un pueblo cercano a Cuenca. De este pueblo salió para Madrid en su día para estudiar y, años más tarde y precipitadamente, se fue de nuevo, huyendo de su familia.

Fausto ha vivido en la capital de España los últimos doce años y hoy en día vuelve para hacerse cargo de la herencia, una vez que se ha puesto de acuerdo con su hermana, la otra parte del reparto. Todo en armonía y pactado.

Conoce casi todo lo heredado, aunque hay terrenos y otras cosas con los que tendrá que ponerse al día. Son muchos años de abandono intencionado. Su prioridad es La Casona, que se debe de estar hundiendo. Allí nació y vivió su infancia. Esta se queda completamente para él.

A Fausto le hace ilusión la casa por sus recuerdos de la niñez. Incluso le está dando vueltas en su cabeza a la posibilidad de acondicionarla y montar un pequeño hotel en la misma. Un problema sería el deterioro que pudiera tener, debido a su abandono.

Y otro legado al cual tiene que darle solución es una fábrica de muebles artesanos que no acaba de funcionar bien y que su hermana, Laura, dice que hay que vender o cerrar. Prácticamente no les da beneficios. Fue una idea e ilusión de su padre, que la montó en su día con mucho esfuerzo económico. Bien es verdad que tuvo unos años buenos, pero ya pasados y olvidados.

En cuanto a las tierras, tendrá que echar mano de escrituras, registro de propietarios e incluso de lo que le cuenten algunos vecinos colindantes. Supone que si de ellas se han pagado impuestos, habrá alguna referencia. Podrá marcar, colocar hitos y revisar los márgenes.

Entra con el coche premeditadamente en Cuenca por la antigua carretera de siempre y, sin darse cuenta, pasa por delante del campo de fútbol La Fuensanta.

Desde allí observa la vista panorámica de la antigua Cuenca con Torremangana al frente y el antiguo seminario.

«¡Qué bonita es mi tierra!».

Pasado el puente de San Antón, coge la carretera hacia La Ciudad Encantada y, desde aquí hasta el pueblo, es todo un remanso de paz. Primero el Recreo Peral y su Juego de Bolos con cientos de sauces llorones. Después, el puente Los Descalzos y la subida a Las Angustias. Todo es una ruta mágica en la que se encuentra la vieja ciudad a la derecha y altos peñascos al lado izquierdo. Pegado a la carretera, el río Júcar con sus aguas verdosas y La Playa ─nombre curioso, pues es solo una presa artificial con un poco de arena.

Llega el primer Peñón y enseguida viene el segundo Peñón (1) y las choperas se adueñan del paisaje. El río siempre acompañando al coche.

¡Cuántas veces se bañó en estos lugares!

Pasa la subida a San Julián, a la izquierda. Se encuentra el puente de Valdecabras que lo aprecia igual que siempre. Van pasando los kilómetros y los recuerdos vuelven a su cabeza conforme reconoce los lugares. Y la gasolinera, el camping… todo sigue igual.

Después, se acercan unos prados y las mimbreras, de color rojizo en el otoño, en toda la margen derecha del río, junto a la carretera. Estas aprovechan las humedades y de ellas vive parte del pueblo, al menos estos años atrás.

¡Y, al final, el bonito pueblo! Aquí creció y fue a la escuela como todos sus vecinos. Aprendió a subir en bicicleta, supo usar el gomero(2) y empezó a mirar con deseo las piernas de las chicas. Se acuerda de sus montes y cómo en el otoño buscaba setas en los prados.

¿Y el río? ¿Qué sería de su pueblo sin ese río truchero, el Júcar? Un cartel a la entrada, bastante viejo, indica su nombre: Sierra.

Enseguida aparece una zona de servicios que aprovecha el flujo de gentes que suben a visitar La Ciudad Encantada. Un par de restaurantes y un taller mecánico y, detrás, la ciudad. Este pueblo necesita sus parajes cercanos para ser aún más bonito.

(1) Peñones: Llamados así por los conquenses. Son dos enormes piedras situadas en el centro del río Júcar a un cierto trecho, que ayudan a marcar la distancia a los que practican natación y a los remeros de piraguas.

(Todas las notas son de autor, salvo que se indique lo contrario).

(2) Gomero: Tirachinas o tiragomas

La casona

Recuerda su pueblo, ¡cómo no!, cuando pasa con el coche por sus calles. Lo hace sin ni siquiera pensarlo y esto le indica que nada o poco ha cambiado. Aparca en una plaza en la que hay una casa señorial bastante ajada de tres balcones y otras muchas ventanas arriba. Se nota el deterioro, pero tiene muy buen porte todavía. Se aprecia que en su día, se puso mucha fortuna para construirla y mantenerla.

Es parte de su patrimonio: La Casona.

¡Cien años seguro que los tiene!

Quita el contacto del coche y este se para sumiso a las órdenes de su dueño. Se estira un poco al bajar y da una vuelta de 360º despacio, pero sin moverse del sitio, como si de un torero se tratara y estuviera brindando el toro.

Las fachadas de la plaza del pueblo lo observan expectantes. Sus puertas y ventanas, aun pareciendo cerradas, son implacables observatorios de la vida local y acechan todo lo que acontece. Nota cómo desde algunas ventanas lo miran con curiosidad. ¡Cosas de los pueblos! No le importa. ¡Si él nació allí y es como ellos!

Examina todo con detalle. Se acerca al centro de la plaza donde una fuente de dos caños suena con alegría al chocar las nuevas aguas contra las anteriores recibidas. Se lava las manos simplemente por inercia.

¡Cuántas veces había bebido en esa fuente!

Le han cambiado los caños, hoy en día más modernos, pero mantiene su señorial belleza. Las piedras siguen siendo las mismas y la pequeña cruz de arriba está un poco torcida, pero la recuerda igual. El suelo de la plaza sí que está cambiado; ahora tiene una capa de asfalto.

Enfrente de la casa hay otra pequeña que hace esquina. Tiene una parra centenaria que trata de subsistir y se retuerce subiendo por la pared, sin conseguir atrapar el balcón. La han pintado de color ocre y le parece que antes era blanca, pero no está seguro. Sí que es verdad que resulta una casa bonita, además de su preciosa parra.

Fausto saca del coche un juego de llaves grandes, en especial una de ellas que sabe que es la del portón principal. Parado delante observa que alguien ha puesto una cadena, nada pequeña, con un candado enorme.

―¡Joder! ¿Qué pasa aquí? Ahora, lo mismo no podré entrar.

Recuerda que por el lateral de la casa hay otra puerta más pequeña para el uso del personal de servicio y, efectivamente, también lleva esta llave en el manojo. Por fin abre la vieja cerradura y solo necesita empujarla hacia dentro. Le cuesta, pues el polvo y los años tienen la madera un poco entumecida. Carga un golpe con el hombro y la casa le recibe. Entra con cierta cautela, como temiendo que, en cualquier momento, al menor roce, algo en forma de recuerdo se le eche encima. Está oscura, con todas las ventanas cerradas, y un olor a chimenea entrelazado con humedad se apodera de sus sentidos. Abre las ventanas conforme pasa por las habitaciones. El edificio, al ir abriéndolas, se lo agradece y le muestra sus buenas paredes, dinteles y rincones.

Por fin llega al salón, que es grande y hermoso, a pesar del polvo y las telarañas. Los muebles están tapados con sábanas blancas que él, poco a poco, va quitando despacio para que las partículas no se agiten mucho y, de esta manera, apenas se eleven.

Una chimenea grande en el centro de la pared principal, de mármol, y con señales de mucho uso. Restos negros difuminados, incluso saliéndose por la parte de arriba, así lo indican.

La lámpara del centro, grande y principal.

De repente un ruido lo asusta y da dos pasos hacia atrás. Un pájaro que al parecer anidaba por allí sale asustado agitando sus alas, por la parte de arriba de las escaleras, hacia el tejado.

―¡Coño, qué susto! ―exclama Fausto.

Se sienta un rato en un sillón, en el comedor. Los recuerdos lo atenazan y no puede asimilar tantas ideas y pensamientos al tiempo. Está Fausto haciendo un reconocimiento del lugar. Observa los muebles de nogal antiguos, pero con calidad. El espejo que hay encima del aparador refleja su figura y valora que ya no es un jovencito de años atrás y se ve mayor. Luego, puesto en pie, abre distintos cajones de la hermosa vitrina con curiosidad, husmeando y buscando, sin saber en concreto qué quiere. Encuentra vasos, jarras, platos y todo tipo de utensilios propios de una casa. Trata de localizar algún licor por los estantes y armarios, pero no encuentra nada. Se extraña de que esté casi todo en su sitio y nadie se haya llevado nada. Ni siquiera atisbos de vandalismo en alguna habitación. ¡Esto solo pasa en un pueblo pequeño donde sus propias gentes cuidan a los suyos!

Pasa por la cocina que, aun siendo vieja y antigua, tiene esa solera de haber sido un buen hogar donde preparar viandas y encargos. Recuerda por un momento el olor a pan que allí se hacía y difusamente a Inés, la cocinera, que le daba chocolate a escondidas.

Luego sube al piso de arriba donde están las habitaciones y, al cogerse al principio de la barandilla, nota que la bola inicial esta ajada y ha perdido el barniz protector con el paso de los años. Al desván no subirá, ya que esta parte, la buhardilla, le asusta un poco por lo que se pudiera encontrar y opta por olvidarse de la zona superior.

Aquí es donde se guardan los recuerdos que ninguna familia quiere tirar y tampoco tener. Puede haber muchas cosas juntas de su niñez y adolescencia. Aunque lo que le intimida son los detalles de su juventud. Es una historia confusa, oscura.

De momento, no quiere ni tiene fuerzas para indagar. No puede mirar allí arriba y no soporta la investigación. Bueno, puede, lo hará, quiere hacerlo. Más adelante. No sabe. ¡Maldito mi padre!

Bien es cierto que tendrá que subir para observar si hubiera goteras o desperfectos de importancia, aunque ahora no es el momento. La riña con su patriarca, que le obligó a huir precipitadamente, años atrás, le tiene atenazado. Por ello, abre la habitación de sus padres y, después de un vistazo corto y rápido, la cierra rápidamente. Antes de salir, separa las puertas del armario ropero y mira las ropas que hay en su interior. Le da una bofetada a naftalina y las cierra rápido.

Baja al jardín, mejor diría al corral, y buscando la llave del garaje consigue por fin encontrar la adecuada. Este recinto, más que una cochera, parece un rincón ruin con techo de uralitas y unas paredes de ladrillo fino. Es simple, para quitar minímamente los fríos intempestivos de los inviernos serranos. Y allí dentro se encuentra un coche cubierto con unas colchas viejas y llenas de polvo.

Lo recuerda enseguida. Es el Citroën, dos caballos, rojo. Lo tuvo su padre los últimos años, como capricho. Abre el capó del motor y le llega el olor de gasolina vieja que penetra hasta el último rincón de su cerebro. Luego mira el portamaletas por si hubiera alguna cosa de importancia. Dentro, una caja con aparejos de pesca y una caña pequeña. También una novela de Corín Tellado tirada en un rincón. Está seguro de que esa novela no era para lectura de su padre y sí para alguna mujer que lp acompañaba mientras tiraba la caña en el río. Lanzaba el sedal y, mientras, repasaba la lencería ajena. Mira en la guantera y hay una documentación del coche a nombre del patriarca. Después, se sienta un rato en el puesto del conductor. El coche está muerto esperando que alguien le haga el boca a boca.

Las malas lenguas decían que el coche se lo había regalado su padre a una señorita en su momento y que, un par de años después, lo recuperó.

Lo cierto y verdad es que nunca se lo quiso dejar a su hijo. Posiblemente, para no pasar vergüenza, ya que el Citroën rojo era más que conocido en Cuenca por todas sus gentes. ¡Y, por supuesto, también su conductora!

Aunque también le hace ilusión a Fausto moverlo y conducirlo. Su siguiente paso será ir al mecánico del pueblo para que se lo ponga en marcha y a punto.

Allí en el garaje revive nostalgias al ver la pizarra colgada en una pared. Aún tiene algunos trazos y rayas sin borrar, bien de su hermana Laura o quizás suyos.

Árbol Genealógico de la familia.

La escuela

La pizarra le remonta a la escuela y recuerda que cuando iba, muy pequeñito, su madre le daba, además de la cartilla y unos lapiceros en un plumier, un bote con asa remachada, tipo jarrita pequeña.

En él tomaba la leche en polvo y el queso de bola de los americanos. Esta era la gentileza de EEUU para mitigar la pobreza y el hambre durante la recesión española.

―Mamá, yo no quiero tomar esa leche, que está muy mala ―le suplicaba a doña Aurelia.

―Hijo mío, tienes que acostumbrarte y comer y beber lo que todo el mundo.

―A mí me gusta más la que tiene Inés ―seguía Fausto medio gimiendo.

Su madre le trataba de inculcar ciertas normas de comportamiento social, pero en cuanto se descuidaba, o ignoraba premeditadamente doña Aurelia, llegaba Inés, la cocinera, y le preparaba un buen vaso de leche con pastel o bollería. Luego, con el trapo de cocina y rápidamente, le quitaba el ribete blanco que se le marcaba en el labio superior. Todo con mucho cariño. ¡Así creció Fausto, que hoy en día mide uno ochenta!

Se acuerda de sus años de escuela junto a su hermana Laura. También de su maestro, que los adoctrinaba y que se llamaba don Francisco. Este, además de repartir el queso y la leche en polvo, trataba de instruir a unos quince niños.

Tenía como norma la lectura de libros y, dos días a la semana, durante una hora aproximadamente, leían el libro Platero y yo o El Quijote. Se hacía por turno la lectura, y salían a la pizarra, según les señalaba el maestro que, de vez en cuando, paraba para dar alguna explicación.

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

«Platero y yo. Libro de Juan Ramón Jiménez».

Recuerda que en la escuela repasaban la ortografía mientras, en la pizarra, un alumno escribía el texto que el maestro dictaba. Anotaba sus defectos y cambiaba a los niños, según su criterio.

Este día en concreto, se notaba que el maestro, don Francisco, estaba ofuscado. Tenía una vara pequeña como puntero para señalar y realmente era un mimbre, flexible y ligero. Pues bien, dictó en su momento una frase que terminaba diciendo: «… y abrió una puerta».

El niño que estaba en ese momento en la pizarra escribió habrió.

Don Francisco, visiblemente irritado, lo cogió de la oreja y lo llevó hasta la puerta de la clase. Le preguntó, más aún, le gritó, cuando abrió esta, si veía alguna h por allí…

El niño le dijo que no y toda la clase se quedó en silencio y asustada. Entonces el maestro le acompañó hasta su pupitre, dándole con el mimbre en la cabeza y en las corvas de sus piernas. Cabe recordar que en aquellos años todos los niños llevábamos pantalones cortos.

¡Desde entonces, yo aprendí de por vida que abrir es siempre sin h!

Quitando esta anécdota, don Francisco era un buen maestro que enseñaba, tanto a niños como a niñas, todo lo que su sapiencia y paciencia podían. Pero, además, venía a mi casa dos veces por semana por las tardes para repasar o mejorar los muy pobres conocimientos de mi hermana Laura y los míos. Era un deseo de mi madre para que ampliáramos nuestra cultura general.

Laura, mi hermana, siempre tuvo predilección y gusto por las letras. Toda su vida ha practicado la poesía y la búsqueda de lectura en infinidad de libros, llegando a tener pasión por los mismos. Fruto de ello es su brillante carrera académica, que actualmente saborea con gusto en Madrid.

Después de las clases merendábamos y nos mandaban a la calle a jugar, mientras, mi madre y don Francisco charlaban en una salita pequeña que había arriba para coser y bordar. Siempre acompañados de la tía Josefa, que la pobre llevaba quieta en un sillón mucho tiempo; casi como un vegetal.

Hablaban de libros, poesía y del propio Gobierno y sus políticos. Se percibía que el maestro tenía ideas republicanas. Llegado el momento, con gentileza, se retiraba.

Esta era quizás toda la diversión que mi madre se podía permitir y su válvula de escape, pues con dos niños, la tía Josefa y la casa tan grande no podía con mucho más. Máxime si el marido, Ramón, ¡siempre estaba viajando!

Recuerda Fausto con ternura cómo su madre acariciaba y estrechaba sus manos infantiles e imprimía, sin nada de rubor, sus labios en su frente.

A Fausto, los pensamientos y sueños se le amontonan en la cabeza y opta por salir y buscar un bar del pueblo para comer alguna cosa… si aún existe alguno.

En la puerta de su casa, sacudiéndose el polvo cogido por todas partes, se encuentra a un hombre de su edad con cara sonriente y que le parece que cojea un poco. Lleva una gorra vieja como si se tratara de algún cargo militar de resonancia.

―¡Hola, Fausto! ¿No me conoces? ¡Soy Serafín! ―Y le extendió los brazos con las palmas abiertas con ademán de darle un fuerte abrazo.

―¡Claro que te conozco, Serafín! ¿Qué es de tu vida? ―le contestó guardando una cierta distancia.

―¡Pos mira, que soy el alguacil del pueblo! ¿Quién lo iba a decir, verdá? ―responde orgulloso con su diálogo confuso, desordenado e incoherente.

―Hombre, me vienes bien porque en la puerta principal de la casa he encontrado una cadena y un candado y no puedo pasar ―le comenta Fausto.

―¡Ah!, sííí, esque una vez la encontramos abierta y el alcalde pensó que era lo mejor pa no preocuparte, ¿sabes? Lo de la puerta son cosas de los chavales, ya sabes. Pero si pasas por el ayuntamiento, pide la llave al alcalde y arreglao. ¿Sabes quién es? ¡Humiliano, chorra!, el del Tío Pitillo. ¿Y cómo estás por los madriles?

―Me alegro de saludarte, Serafín. Voy a quedarme unos días y ya nos iremos viendo. Y con paso ligero se fue hacia el ayuntamiento sin poder observar si cojeaba Serafín, pues este se quedó clavado y quieto mirándole hasta que dobló la calle.

En el consistorio, le pregunta a una mujer que está en una mesa con muchos papeles ―con apariencia de secretaria― y ella le indica el despacho. Este tiene una bonita placa en la puerta: Don Humiliano Herraiz

―Buenos días, quisiera hablar con usted.

―¡Hombre, Fausto, cuánto tiempo sin vernos! Pasa y siéntate, por favor. Tú dirás en qué puedo ayudarte. Supongo que te acuerdas de mí. ¡Estamos los dos más viejos, pero aprecio que aguantamos!

―¡Por supuesto!, sí que me acuerdo. Verás, me he encontrado con Serafín y me ha comentado lo del candado en la puerta de la casa y venía por ello ―le explica al edil.

―¡Claro, claro! Ahora le digo a la secretaria que te saque las llaves. Ya sabes, pensamos que lo mejor era poner la cadena y así no te molestábamos por tan poca cosa. ¿Y qué? ¿Tienes idea de quedarte mucho tiempo? ―preguntó Humiliano.

―Bueno, sabes que he heredado la casa, la fábrica de muebles y las tierras de por aquí y, de común acuerdo con mi hermana, he pensado estudiar todo, sin presiones ni prisas. Ya veremos lo que decidimos.

―¡Claro, hombre! Pues mira, te tengo que comentar dos o tres cosillas. Sobre la casa, como te puedes imaginar, no habéis pagado la familia ni basuras, ni alcantarillado ni ningún tipo de tributos en unos cuantos años. No es de preocupar, pero tenéis una deuda con el consistorio que ya empieza a ser importante. Este ayuntamiento lo tiene todo parado tratándose de vuestra familia… ―le aclara con un poco de sonrojo.

―No te preocupes, sácame todo lo que se debe, mándame una nota por medio de Serafín y os haré un ingreso. Anótame la cuenta bancaria, por favor. ―Este comentario, deja el tema zanjado con la alcaldía—. Una pregunta más, quisiera hacer algunas pequeñas reformas en la casa. Nada importante: retejar algunas goteras, posiblemente repasar la fachada, alguna ventana, etc. Supongo que os tendré que pedir un permiso de obras. También me gustaría contactar con algunos albañiles o contratista para que me asesoren, me den un presupuesto y luego lo ejecuten. ¿Sabes tú de algunos de por aquí, del pueblo?

―Mira, en el pueblo el único contratista es Félix. Tiene una buena empresa y, además, ¡coño, es de aquí! Habla con él, que es de nuestra época y tú lo conoces bien. ¡Si era de la pandilla estos años atrás! Su casa está en la plaza cerca de la tuya. Es una muy maja y moderna de piedra de mármol blanco. ¡No hay confusión! ¡Félix se casó con Amelia, que tú ya la conoces! ¡Qué tontería, claro que la conoces… si salíais juntos!

En cuanto al permiso de obras, él se encarga de todo y tú no tienes que preocuparte de nada. Por cierto, sobre la era que tienes allí arriba, junto al cementerio, te quisiera pedir que nos la dejaras para guardar allí cosas del pueblo. Algunos restos de obras, el tractor de limpieza, la bomba de agua… En fin, ya sabes, todo lo que conlleva un municipio ―y se puso un poco colorado esperando respuesta.

―¿Y cuánto vais a pagar?

―¡Qué vamos a pagar si el municipio no tiene un duro! Si algunos meses yo no puedo cobrar porque no hay dinero y tengo que esperar hasta que juntamos algo… ¡Y es un sueldo de asco, te lo aseguro!

Por otra parte, el terreno te lo vallaríamos y cerraríamos para que valga un dinero el día de mañana ―puso el resto Humiliano, como si fuera una súplica.

―Lo estudiaré. Y no te preocupes, que llegaremos a un acuerdo ―contestó con una sonrisa Fausto.

—Y si tienes alguna pequeña chapuza, díselo a Serafín, que esas pequeñas cosas las hace bien.

Después de recoger la llave del candado y con una amable despedida, Fausto se fue en busca del bar. Hay uno, cerca de la casa, que está como siempre y con la misma pinta. Solo le han cambiado el toldo, pero poco más. Un rótulo en la puerta de madera labrada y descolorida que dice «Casa Julián».

Dentro y en unas sillas a mano izquierda aprecia a dos clientes. Tienen un par de vasos de vino, unos cacahuetes cuyas cáscaras se reparten por toda la mesa y fuman, pero al parecer, en estos lugares, eso son cosas sin importancia.

Al advertir la presencia de un cliente, sale el dueño con un paño en el hombro y también con un cigarro entre los labios. Julián, que así se llama, lo reconoce enseguida. Lo saluda con la poca cortesía que recibió en la escuela.

―¡Hola, Fausto! ¿Tú por aquí?

―¡Hola, Julián!, todo bien, gracias. Me gustaría comer algo, si puede ser.