Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En un mundo donde la magia es perseguida y considerada una amenaza por el implacable régimen de la familia Ventura, un niño de once años que trabaja como payaso callejero descubre su extraordinario destino. Ricardo es rescatado por un perro que habla y se hace llamar Cinco. Este lo lleva a conocer a Santos del Bosque, un mago ermitaño que le enseña todos los secretos de la magia. La despiadada organización antimágica está cada vez más cerca. Los desafíos pondrán a prueba su poder, mientras que la leyenda de la espada de Valdivia puede cambiar el juego. Solo los valientes logran doblar las leyes de la naturaleza.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 620
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© El legado del bosque - La espada de Valdivia
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Agosto 2025
© Rodrigo Tapia
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
_________________________________
© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6420-21-7
ISBN digital: 978-956-6420-71-2
__________________________________
Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
—Me alegro haberte encontrado, esta ciudad no es muy grande, pero a veces es como un laberinto. Debe ser terrible para un niño perderse aquí, ¿no?
Ricardo miraba a aquel animal siguiendo su suave paso por la avenida principal, queriendo entender lo que escuchaba o, mejor dicho, queriendo creer que lo que escuchaba era cierto. De todas formas, el perro tenía razón. Fue hace dos años cuando al equivocarse de locomoción acabó en una calle que, para ese entonces, era desconocida para el muchacho. La única compañía del pequeño era un lustra botas que bordeaba los 60 años y de nombre Manuel, con quien se entretuvo durante toda la tarde con sus historias de marinos, ya que según el viejo había servido a la marina por más de 20 años. Ricardo grabó en su memoria la gracia que tenía aquella persona para contar historias, cosa que envidiaba. Al año siguiente el niño volvió a pasar por aquella calle, pero su peculiar amigo ya no estaba.
—A todo esto, niño, ¿cuál es tu nombre?
—Ricardo, señor.
—Gusto en conocerte.
Mientras dialogaban un sonido de baliza de ambulancia se escuchaba a no muchas cuadras del lugar.
—Será mejor que nos apuremos. Sígueme
El perro corrió hacia el este, y el niño hizo lo mismo siguiendo las huellas que dejaba el animal. Pasaron entre un gentío que miraba casi indiferente a esa dupla, muchos con sus ojos clavados en sus celulares ni siquiera se percataron de que se escabullían entre las personas. Mientras más avanzaban, calles repletas y el movimiento iban quedando atrás, se alejaban del centro y eso lo notaba Ricardo por los negocios que iban desapareciendo. Era una parte de la ciudad que pocas veces había recorrido, por lo demás su casa quedaba en la dirección opuesta. Después de unos minutos siguiendo a trote lento al perro se detuvieron en una pequeña plaza: el perro bebió agua de una pileta mal hecha, Ricardo quiso hacer lo mismo, pero sabía que esa agua no estaba en las mejores condiciones.
—Mi nombre es Cinco, mucho gusto —habló el perro—. Aunque ese no es mi nombre completo si te soy sincero.
—¿Por qué puedes hablar?
—Es difícil de explicar, pero en sencillas palabras lo que tú ves es solo una forma tomada para pasar inadvertido entre la gente. Soy como un actor, lo que ves ahora es un personaje.
—¿Qué se supone que eres?
—Lo mismo que tú, un ser producto de energía, por ende, un ser con magia. Sé que no lo entenderás, eres muy pequeño.
Ricardo guardó silencio. Quería más respuestas, pero en ese momento no podía ni siquiera formular pregunta alguna por lo sorprendido que se encontraba. El niño entonces hizo un gesto de querer decir algo más, Cinco entonces lo interrumpió.
—Bueno, creo que estás a salvo… Es momento de irme. —El perro avanzó hacia unos arbustos de donde sacó una bolsa color verde y la tomó con el hocico.
—¡Espera! —gritó el niño—. ¿Puedo acompañarte?
Cinco volteó y dejó caer al pasto la bolsa.
—No, debes regresar, si bien no a tu casa… pero de seguro te las arreglarás.
—No puedo volver a mi casa. —Ricardo bajó la vista—. Quien me pegaba en el callejón era mi papá. —Ricardo apuntó con su mano el pómulo hinchado de su rostro.
—Niño, haz caso.
—Pero míreme, señor. Yo tampoco tengo a nadie.
Era una tarde de diciembre con el sol escondiéndose entre las montañas, corría viento. Cinco miraba al niño con sus ojos puntuales. Pasaron segundos en silencio, la gente de alrededor giraba en torno a los microbuses, charlaban, caminaban de las manos y discutían, se sentía como si ambos fueran una pintura y el resto caminantes sin ánimo de apreciarla.
—No, niño, no puedes.
—No tengo a dónde ir. Mi casa está muy lejos, no conozco el camino de regreso, me perderé. Además, no quiero volver, no quiero que me sigan pegando, por favor. Le temo mucho.
—Si quieres, te acompaño hacia el centro de vuelta, pero después deberás ver como lo haces por ti mismo.
El niño lloraba, y lo que era peor para Cinco la gente se percató del llanto del niño. Cinco reflexionaba sin moverse, estático.
—Está bien. Puedes venir conmigo, pero será solo hasta que encuentres un lugar donde ir.
—Muchas gracias. —Y se vio una mueca de felicidad en el rostro del muchacho—. Prometo que será solo por un tiempo.
—Eso sí, te advierto que vivo con alguien que no querrá tu presencia. Si esa persona lo estima conveniente, tendrás que marcharte. ¿Entendido?
El niño asintió con la cabeza, aunque ni él mismo creía en lo que acababa de afirmar.
—Lo otro… Queda mucho por caminar, no quiero quejas.
Ambos se alejaron dejando atrás esa parte olvidada de la ciudad de El Valle. En efecto, el camino era largo y, aunque Ricardo quería mostrar su descontento, se acordó de lo que había dicho el perro. Caminaron hacia la periferia, donde las casas con suerte estaban construidas de adobe y donde los jóvenes se reunían en las esquinas sin ningún motivo aparente. Ricardo tuvo miedo, pero tampoco lo dijo.
Caminaron hasta donde comenzaba un bosque de vasta vegetación: cipreses, boldos, bellotos y otros tantos árboles cuyos nombres Ricardo ignoraba. Entraron al bosque caminando de manera pausada, mientras todo lo que los rodeaba se hacía más espeso. Para el niño, los árboles crecían con cada centímetro que avanzaba. Seguía silente los pasos del perro, pero a esa hora el sol se escondía y la noche caía como velo sobre sus cabezas. Encontraron un camino donde la tierra tenía forma de escaleras, era un sendero hacia una pequeña colina.
—Ten cuidado, falta poco.
Ricardo tenía temor, pero Cinco trasmitía una paz que hizo al niño tranquilizarse. Al subir a la colina el mismo sendero conducía hacia una casa de madera, que se acompañaba de una araucaria de alta altura. La casa tenía una reja de madera, césped cortado y algunas flores que se mezclaban entre sí. Su estructura era sencilla: un piso, una puerta de madera y dos grandes ventanales a cada costado de la casa. Estaba barnizada, el color de la madera indicaba que estaba muy bien cuidada, se veía limpia. Era una casa hermosa, pensó Ricardo, comparándola con su casa. El perro se adelantó a la reja de madera; con su hocico empujó la puerta baja, entró y depositó al lado de la puerta principal la bolsa verde. Desde la puerta se volteó y miró al niño que todavía no cruzaba el antejardín.
—Espérame un minuto, tengo que solucionar unos asuntos.
El perro entró por una pequeña puerta usada por las mascotas, como las que había visto en sus caricaturas. Ricardo tenía frío, no se había dado cuenta hasta que tuvo un momento de tranquilidad. El niño miraba a su alrededor, todo se veía escabroso, aunque extrañamente sentía que el entorno le transmitía seguridad, al igual que Cinco cuando caminaban por el bosque. Ya habían pasado cerca de 10 minutos, y Ricardo pensó que el perro se había demorado bastante y eso le daba mala espina.
La puerta se abrió con un movimiento lento, pequeñas lámparas de aceite colgadas en la entrada se encendieron y una sombra se acercó a la entrada. Acompañado de Cinco un hombre adulto, moreno y de pelo cano caminó hacia el niño. El hombre llevaba una barba canosa que pareciese ser cultivada de hacía semanas, no era muy alto, aunque se veía sobre el promedio y su complexión se destacaba por el ancho de su espalda. En su rostro no había arrugas, aunque sí se veían unas ojeras imponentes que se colgaban a sus ojos color cafés. El hombre estaba vestido con unos jeans oscuros, llevaba puesto un poncho color beige con decoraciones y un sombrero al tono. A Ricardo le hizo recordar a un cowboy. El hombre entonces se dirigió a él.
—Puedes dormir hoy en la casa, mañana Cinco te dejara en la ciudad. —El hombre dio media vuelta y regresó a la casa sin más.
Ricardo no alcanzó a dirigir palabra, solo miró a Cinco.
—Bueno, ya escuchaste que puedes entrar. —El perro caminó hacia la casa que ya estaba iluminada por velas en todas sus habitaciones.
La casa por dentro era más grande de lo que parecía por fuera, estaba construida completamente de madera con un largo pasillo que derivaba a distintas habitaciones. La primera habitación era una sala, donde había una pequeña mesa rodeada de sillones viejos. A un costado una chimenea apagada con cenizas, que seguramente llevaban meses concentradas ahí.
—Te quedarás a dormir en el sillón. Iré a buscar algunas frazadas para que te abrigues. —El perro fue hacia la sala contigua.
—Señor Cinco, tengo hambre.
Cinco lo miró unos segundos, con ojos de resignación, la verdad era que el muchacho no había comido nada desde la mañana y entre todo lo ocurrido su sistema nervioso se había encargado de inhabilitar cualquier otra sensación en su cuerpo. El perro entonces salió de la habitación en dirección hacia otra. Mientras esperaba, se entretuvo observando los viejos cuadros que estaban repartidos por la habitación; se veían caras de personas sonrientes, pero el niño no sabía quiénes eran. Al medio llamativamente había una pintura de un claro y una laguna, arriba la luna llena y la noche estrellada. Ricardo observó por un buen momento esa imagen pensando en que nunca había visto un paisaje así en su vida.
Cinco tardaba un poco más de lo esperado, el niño comenzó a impacientarse. “¿Se habrá olvidado?”, se preguntaba el muchacho, mientras continuaba mirando las paredes de la sala. Ricardo recordaba que en su casa no había una sala de estar donde recibir visitas, por lo demás nunca recibían al menos que fuese esa gente que visitaba a su padre, que se veía igual o peor que él, o las ocasiones cuando venía gente bien vestida del gobierno a preguntar por el niño. De modo alguno sintió vergüenza, como si todo lo que lo rodeara en ese momento no correspondiese a un pobre humano como él.
Caminó por la sala, tocando con sus pequeñas manos los muebles de una madera firme, hermosa, creyó que nunca había sentido algo así. Deambulando por el lugar y tocando todo lo que encontraba terminó parado frente al umbral de la puerta continúa, entonces se detuvo y pensó en atravesar hacia la siguiente sala donde hacía un momento Cinco se había escabullido. Sabía que no debía ir, pero su curiosidad pudo más.
Asomó su cabeza y miró aquella sala, era una cocina de muebles de madera, con un pequeño fogón desde el que una tetera estaba a punto de hervir. A un lado una mesa con una taza preparada para recibir su contenido. El niño pensó que no era nada de otro mundo, lo que de cierto modo le trajo tranquilidad a su mente. La tetera lanzó fuertes silbidos, avisando que ya estaba lista. Ricardo miró a su alrededor, pero no había nadie. La tetera seguía silbando, esta vez con mayor fuerza, y no se sentía nada más. El niño pensó en lo peligroso que significaba la tetera para la casa, de igual modo que lo fue cuando había explotado en la cocina hacía algunos meses. Ricardo buscó sobre las mesas algo que lo ayudara a levantar la tetera, pero no encontró nada. El niño desesperado quitó su camisa sucia y la envolvió en su mano, estaba seguro de levantar la tetera utilizando ese trapo como guante. Acercó su mano con cuidado, la tetera silbaba más y más fuerte, se armó de valor, estaba a centímetros de levantarla. El niño tragó saliva, quería ser valiente por una vez en su vida. Pero cuando estaba a punto de tomar la tetera, una rama salió con fuerza desde la pared de la casa, tomó la tetera y la colocó sobre la mesa. Ricardo cayó de espaldas por la sorpresa. De la puerta cercana y con una bolsa en el hocico, Cinco apareció para ver el espectáculo: el niño en el piso y la rama sirviendo el té.
—Niño, ponte la camisa y come esto, el té ya está listo. —El perro había tirado la bolsa a los pies del muchacho, contenía un pan con queso y mantequilla.
—Señor Cinco, ¿qué acaba de pasar? —preguntó al perro con evidente temor en su rostro.
—Lo sabes, todos somos magia.
El niño no podía pronunciar palabra, miró alrededor del cuarto intentando buscar algo que le diera una respuesta coherente.
—Te lo había mencionado, todos somos seres de energía, por eso todos tenemos magia dentro de nosotros. Lo que para ustedes es magia no es nada más que la expresión de energía, pero siento que no saco nada con explicártelo ahora. De todas formas, no entenderás.
El perro se acercó intentando tranquilizar al niño de alguna forma. Caminaba de forma pausada, rodeando a Ricardo, quien comenzó a lagrimear. Pequeñas gotas resbalaban por sus mejillas.
—Tengo miedo, señor Cinco, no entiendo.
—Ay niño, de verdad eres un pañuelo mocoso. Ten tranquilidad, no temas a la naturaleza. —Cinco miraba a Ricardo clavando sus ojos que radiaban ternura—. El árbol, la rama, tú y yo somos lo mismo, todos somos naturaleza y todos somos energía, aunque hay algunos que podemos controlarla.
Cinco se acercó a la rama que colgaba desde la pared de la casa y la rama se acercó a Cinco, posándose sobre el lomo del perro.
—¿Ves…? La rama al igual que tú tiene voluntad sobre sí, es un ser de energía y no hay nada de malo en eso. Aunque esto no fue así hasta que llegamos a este lugar y plantamos este gran árbol.
Ricardo ya se había puesto de pie y escuchaba atento lo que decía el perro.
—Ahora niño, ven y toca la rama.
Ricardo dio pequeños pasos hacia donde se encontraba el perro, con un evidente temor dentro de sus pupilas color marrón. Sentía que al fin tendría prueba de eso que tanto se le habían escondido durante años: la magia era real y la sentiría deslizarse por sus manos. Con un toque suave acarició la rama, que respondió con un manso movimiento, y que el niño sintió como un saludo.
—¿Y bien? ¿Qué sentiste, niño?
—Es una rama como otras que he visto y tocado, pero al contrario de las demás sentí que algo parecido como una corriente de agua estaba dentro de ella.
El perro ladeó su cabeza hacia la derecha, con un ademán de sorpresa.
—Eso es inusual, pero en el fondo responde a la energía que tiene el árbol y también tu cuerpecito. Me hace pensar un poco.
Tanto Cinco como Ricardo se dirigieron hacia la sala principal, el niño cargaba su taza de té con el sándwich que anteriormente el perro le había traído. Se sentó en la mesa y comió rápidamente, mientras el perro lo observaba sentado sobre el sillón. Nadie dijo nada.
—Bueno, ¿tienes la panza llena? Porque creo que es hora de dormir. —Cinco caminó hacia la puerta continúa al salón—. Si abres esa puerta, encontrarás una frazada, utilízala. Te dejaré la vela encendida, pero tú tendrás que apagarlas antes de dormir. Mañana temprano te iré a dejar al centro.
La noche en ese espacio se hizo profunda para el niño, que no podía conciliar el sueño. No estaba acostumbrado al silencio que se daba en esa casa escondida en el bosque, alejada del bullicio y de la violencia de la ciudad. Por otro lado, la idea de sentir la magia por primera vez lo mantenía ocupado, y es que fue todo tan distinto como se lo habían contado; más que miedo sintió tranquilidad y, sobre todo, una inmensa curiosidad. Quería saber si era posible invocar hechizos o mover cosas con la mente, quería descubrir más.
Ocupado en sus fantasías que no lo dejaban rendirse al sueño la necesidad de orinar se apareció de la nada, situación que lo complicaba más si no conocía el lugar. Divagando entre sus opciones, el niño quiso salir al patio, pero se dio cuenta de que la puerta estaba trabada, tendría que recurrir a otro plan. Pensó utilizar una ventana, pero sintió la vergüenza de que alguien lo descubriera, incluso quiso orinar dentro de una vasija, pero ni él mismo se lo perdonaría, ya que consideraba que era inapropiado. Armándose de valor ante la angustia que le provocaba su necesidad, se adentró en el pasillo en búsqueda del baño.
A pasos silenciosos y en cuclillas fue a investigar. Para su suerte, las velas del pasillo aún ardían, lo que le facilitaba los pasos. La primera puerta a mano izquierda fue descartada, ya que correspondía a la cocina por donde horas antes había tenido la experiencia con la rama mágica. Continuó hacia la puerta de la derecha, con miedo acercó su mano a la manija y abrió suavemente, pero solo se trataba de un cuartucho donde yacían algunos utensilios para el aseo: escoba, trapero, detergente, entre otras cosas. Continuó hacia la puerta de al lado, y para su alivio encontró al fin el dichoso baño y pudo liberar su vejiga de la inmensa presión que cargaba desde dentro.
Una vez que terminó, algo le llamó la atención: desde la ventanilla que estaba a un lado sobre la ducha asomaba un destello verde, que parpadeaba con cierto ritmo. El niño pensó que dentro de una casa así no debería ser nada fuera de lo común, pero de igual modo una tremenda curiosidad le brotó. Por lo demás un defecto que tenía el jovencito era la obsesiva forma en que algunos de sus pensamientos entraban a su mente y no lograba tranquilizarse hasta conseguir lo que quería. Esta obsesión lo llevó a dirigirse hacia una puerta de fondo, desde donde por debajo de la misma se asomaba el mismo destello verdoso que atraía al muchacho. Suavemente abrió la puerta y asomó su pequeña cabeza. Para su sorpresa el niño encontró una especie de patio interior cuadrado, rodeado por pasillos que conectaban hacia los otros sectores de la casa, el niño nunca pensó que la casa fuese tan grande; no obstante, eso no fue lo que más sorprendió al muchacho. En el centro del patio y sentado con las piernas cruzadas en el pasto estaba el hombre que había visto en la tarde, y quien sabía era amigo de Cinco. El hombre estaba exactamente vestido de la misma forma que lo había visto en la tarde y parecía estar meditando. Los destellos verdosos eran emitidos por el mismo hombre, rodeado de una vegetación que se balanceaba al ritmo de los destellos.
Ricardo se convenció de que estaba en presencia de un mago, y lo que estaba haciendo era uno de sus tantos rituales mágicos del cual ignoraba su propósito. Lo que sí era cierto era que el espectáculo que presenciaba era extremadamente atrayente. El balanceo equilibrado de las plantas alrededor del hombre era hipnotizante, el niño no había visto nunca nada que se le comparase. Sobre el espacio del espectáculo una luna llena parecía posarse sobre la cabeza del supuesto mago, y según Ricardo las estrellas que le acompañaban titilaban al mismo ritmo de las ondas que emitía el hombre. El niño sintió que esa escena era comparable a lo que había visto en las películas, aunque no conociese la palabra exacta para él lo visto tenía una perfecta armonía.
El hombre entonces levantó sus manos a ritmo lento desde el suelo hacia la altura del pecho, con sus palmas hacia arriba. De pronto desde el suelo el pasto, que se notaba recién cortado, comenzó a crecer hasta tres centímetros más, sobresalía de forma notoria más aún cuando algunas pequeñas flores brotaron desde el mismo lugar. Para Ricardo, fue un espectáculo ese hecho, tanto así que llegó a soltar un grito de pura emoción. Acto seguido puso sus pequeñas manos sobre la boca, creyendo que con eso enmendaría su equivocación. El hombre seguía en esa posición, de pronto todo el jardín entró en una armonía que hacía a cada planta moverse de forma coordinada. Algunos insectos volaban alrededor, como si fuesen bailarines en una danza cuyo ritmo lo llevaba el movimiento del pasto, las flores y las malezas. Ricardo dio pequeños pasos hacia atrás, cuando en eso la voz del hombre interrumpió su retirada.
—Ve a dormir, niño —dijo el hombre, después de guardar silencio por unos segundos, sin que el muchacho respondiese.
Ricardo abandonó el patio velozmente y se dirigió hacia la habitación donde, después de semejante espectáculo, difícilmente pudo conciliar el sueño.
La mañana siguiente, Ricardo despertó sin que los rayos del sol molestasen su rostro. No se había dado cuenta, pero ya era casi mediodía. Tanto Cinco como el hombre lo dejaron dormir en paz, supusieron que hacía tiempo que el niño no dormía con tanta profundidad. Ricardo se levantó y se colocó sus zapatillas, caminó por la casa en búsqueda de sus anfitriones. Al llegar al patio interior donde la noche anterior había visto aquel espectáculo de belleza y magia, el niño observó que, sentado en un pequeño escalón, estaba aquel hombre junto con Cinco. El hombre fumaba, mientras que el perro tomaba el sol.
—Buenos días, niño. ¿Cuál era tu nombre? Ahh, Ricardo —dijo Cinco.
—Buenos días —contestó tímidamente el niño.
—Ricardo, en mis años en la tierra conocí a pocos Ricardo. ¿Te llamaron así por Ricardo Corazón de León?
—No lo sé.
—¿Al menos sabes de quién hablo?
—La verdad es que no.
—Bueno, tendrás mucho por aprender niño, eso lo enseñan en la escuela, es algo básico.
El hombre miraba la conversación sin pronunciar palabra, mientras daba fumadas largas a su cigarrillo.
—Ricardo, te presento a mi compañero. Su nombre es Santos. Dudo que hayas oído hablar de él, aunque en el mundo de la magia es alguien muy renombrado.
—Basta Cinco, eso está de más —dijo el hombre.
—No finjas modestia, te has ganado un nombre en este país.
—Igual que aquel perro que no para de hablar —observó Santos—. Niño, debes irte. Este no es un lugar sano para ti. Es mediodía y el camino es largo hasta la ciudad. Cinco te acompañara a la salida del bosque.
Ricardo no contestó nada, solo miró el piso como si el hombre no hablara con él.
—Ya te lo dije, busca tus cosas y que tengas buen camino de vuelta a casa.
Santos se veía un hombre serio y era sabido que con él no se podía conversar mucho.
—Señor, con todo respeto, no tengo casa —dijo el niño con voz lastimera—. Más aun con lo que pasó ayer.
—Se lo que pasó, este saco de pulgas me comentó lo irresponsable que fue, pero aun así no puedes quedarte aquí más tiempo. Es peligroso para ti. No lo volveré a repetir, ve a buscar tus cosas y vete.
El niño levantó la vista y miró al hombre que acababa de pisar el cigarro.
—¿Usted es mago, señor? —preguntó el niño.
—No tengo que responderte eso.
—Lo observé anoche, vi cómo hizo que las hojas se levantaran y el pasto se moviera.
—Me di cuenta de que fuiste un entrometido. —Santos mostraba una actitud hostil—. Y si fuera mago, ¿no crees que eso me hace más peligroso para un niño como tú?
Cinco continuaba mirando la conversación sin intervenir.
—Mi papá dice que los magos, las brujas y los hechiceros destruyen el país y que representan el mal.
—Quizás tu padre tenga razón —dijo el mago, dando unas últimas fumadas al cigarrillo.
—Pero usted no es malo, se nota. Si fuera malo, ayer me hubiera corrido de la casa cuando llegué, o me hubiera dicho cosas feas cuando lo vi en la noche.
Cinco miró a Santos, quien tenía un rostro casi sin expresión mirando a su vez al niño.
—No debes confiar en extraños, niño. Eso lo sabe hasta el más tonto en este mundo.
—No confío en extraños, pero mire confié en mi papá y mire cómo me dejó. —El niño indicó con su dedo los moretones que tenía en la cara—. Si regreso, será peor, siempre lo es… Tengo miedo de volver y, si voy a Carabineros, no harán nada, además casi no van a donde yo vivo.
—¿Y qué pretendes entonces?
—Solo pensaba…
—¿Qué? ¿Quedarte acá? —Santos apagó entonces su cigarrillo y lo lanzó a un recipiente que estaba en un costado—. No somos hogar de acogida.
—Pensaba que no tengo a dónde ir y que aquí es un lugar maravilloso.
—No, mi respuesta es no.
—Pero señor…
—Me pones en aprietos, niño… Aunque si te soy sincero, prefiero dejarte a la suerte y vivir en paz. ¿Qué opinas, Cinco?
—El niño me agrada, me gustaría tenerlo como una mascota o sirviente para mandarlo a buscar cosas a la ciudad o a limpiar los muebles. Pero también es cierto que es peligroso que te quedes. ¿Qué podríamos hacer contigo? —dijo el perro.
—Quiero quedarme con ustedes, aprender a ser lo que ustedes hacen, quiero hacer magia.
De repente todo se volvió silencio.
—Bueno, hay que admitir que tiene agallas el niño, usualmente alguien en su sano juicio correría.
—Cinco, debes estar bromeando.
—Tranquilo, es una idea, pero el muchacho en algo se parece a nosotros. No tiene nada que perder.
Santos posó su mirada en el cuerpo del perro y la dirigió al césped que crecía parejo a sus pies. Se pasó su dedo índice sobre la barbilla, un gesto que era sabido por todos sus conocidos que significaba que estaba pensando profundamente en un problema.
—No es algo que se discuta, la decisión está tomada.
El hechicero arregló su sombrero, dio media vuelta y entró a la casa.
—Bueno, creo que te irá bien, muchacho, hay que darle tiempo.
—¿Usted cree, señor Cinco?
—El viejo es buena persona, incluso me atrevo a decir que es “corazón de abuelita”, así que no deberías preocuparte —dijo el perro mirando al niño- Pero por otra parte debes saber que, si decides este camino, no será nada fácil. ¿Lo entiendes?
—Sí, pero yo…
—Es cosa de tiempo, por el momento esperaremos.
Pasaron las horas y el niño en ningún momento se separó del perro, Cinco entonces aprovechó ese tiempo para darle pequeñas misiones, como ordenar algunas cosas de la casa y sacar la basura. Estuvieron así hasta que entrada la tarde volvieron al patio central, lugar en que el muchacho encontraba que era el más hermoso que tenía la casa por las flores y plantas que lo adornaban.
Esa tarde Santos no salió de la habitación, por lo que al caer la noche el muchacho no tuvo otra alternativa que volver a quedarse. La mañana siguiente el ritual fue similar, y ante la negativa del mago por aceptar a Ricardo, Cinco volvió a encargarle tareas domésticas que el niño hizo con muchas ganas, aunque llegó a pensar que el perro se estaba aprovechando de su buena voluntad. Pasó la tarde y volvió a ocurrir lo mismo, Santos se quejó y volvió a remarcarle a Ricardo que debía irse, pero Cinco se negaba. Sin embargo, todo cambiaría la tarde siguiente a ese día.
Ricardo y Cinco habían regresado de dar una vuelta por las afueras de la casa, un poco para que el niño se distrajera y reconociera cómo era el ambiente y todo lo que lo rodeaba. Santos, apoyado en una pared, los vio entrar e inmediatamente entró a una habitación sin decir palabra.
—Creo que es algo que al menos debemos volver a conversar. —Cinco se acercó a Santos, quien estaba por cerrar la puerta.
—Ya sabes lo que pienso.
—Lo sé, eres testarudo igual que yo, pero debemos al menos considerar algo importante
Cinco se aproximó a Santos y hablaron largos minutos apartados. Ricardo sentía que estaban discutiendo por la expresión del rostro del mago. Cuando terminaron de conversar, el mago entró en la habitación.
—Creo que lo convencí, o algo así. —Cinco le mostró su larga lengua con una expresión burlesca.
En ese momento se sintió como si alguien cortara el aire con un sable alargado y filoso; desde el interior de la casa emergió el hechicero con un vaso transparente con un líquido azul vaporoso.
—Te dije que no, niño, este no es tu lugar y seguir acá sería un peligro, pero he pensado y dejaré que la magia misma decida tu destino. Si son tus deseos, te daré la oportunidad de probar si es que estás hecho para esto, pero será bajo tu propio riesgo. Este vaso contiene una pócima que mostrará la verdad, si tienes las suficientes aptitudes como humano para controlar, mutar y transformar energía no te pasará nada y te aceptaré como huésped. En cambio, si no tienes las aptitudes necesarias, la pócima rechazará a tu cuerpo, caerás inconsciente y perderás la memoria, no sabrás quién eres ni qué estás haciendo aquí. De ser así, Cinco te llevará a la ciudad y nada de esto habrá ocurrido, ¿entendido?
Ricardo, parado frente al hechicero, se veía titubeante, pero aun así alzó la vista y extendió la mano derecha hacia su dirección.
—Estoy dispuesto —dijo el niño. Años después se daría cuenta de que esa sería la primera decisión valiente de su vida.
Al beberse el contenido del vaso, el niño hizo memoria de cómo había sido hasta ahora su infancia: el traje de payaso, la despedida de su madre, los golpes de su padre y el pelaje claro de Cinco. Contó hasta 10 pensando en que al terminar todo sería como un sueño y aquello que una vez fue ya no sería nada. “¿Dónde me iré?”, pensaba aceptando que no sería el indicado para las enseñanzas del viejo ermitaño. Sin embargo, al abrir los ojos el mismo sol caliente seguía sobre las tres figuras en el patio de la casa perdida en el bosque.
—Felicitaciones, has pasado la primera prueba —dijo Cinco, quien estaba acostado arriba de sus patas delanteras sobre el césped.
—Ve a bañarte, curaré tus heridas y Cinco te llevará ropa nueva. Desde ahora te quedarás acá y aprenderás algunas cosas de la magia —anunció el viejo mientras arreglaba su sombrero, tapándose de los rayos del sol—. No quiero que agradezcas nada, esto no es un favor que te estamos haciendo.
La ciudad de noche presentaba más problemas que de día, y a veces algunos agentes de la CINAM prestaban apoyo a Carabineros. De esta forma justificaban los sueldos que para algunos eran excesivos, considerando el poco trabajo que tenían.
—¡Rodríguez! Despierta, hombre. Si nos pillan, nos vamos de castigo los tres.
—Teniente, Rodríguez no despierta.
