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El último morador de la vieja casona acababa de morir solo y abandonado por todos, y nadie quería saber nada de aquellas tierras malditas. Durante generaciones, los campos de dorados maizales situados en el corazón de Iowa habían sido el orgullo de los Hathaway y el sueño de la ambiciosa matriarca, Lavinia, obsesionada con encumbrar a la familia sin importarle a quién tuviera que destruir para conseguirlo. Ahora, su nieta menor, Meredith, que durante diecisiete años había intentado huir de los fantasmas que la acosaban, acababa de recibir una carta que la obligaba a mirar cara a cara el legado que había destruido el nombre antes célebre de los Hathaway.
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Seitenzahl: 534
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2012 Janelle Davy. Todos los derechos reservados.
EL LEGADO DEL EDÉN, Nº 140 - octubre 2012
Título original: The Legacy of Eden
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
Traducido por Victoria Horrillo Ledesma
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
™TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-1076-1
ePub: Publidisa
Para Jack
Estaba llamándola.
Apuntando la linterna hacia la oscuridad, hendí con círculos blancos la bruma púrpura del anochecer. El aire iba cargado del olor de las azaleas y el canto de los grillos, y empecé a pensar en cuánto iba a echar de menos mi hogar. Por un instante me dio verdadero miedo dejar la finca, y el temor y el anhelo de lo desconocido se apoderaron de mí. Me estremecí.
Y entonces lo oí.
El chasquido seco de unos palitos incrustándose en la tierra. Di media vuelta y, apartándome del sendero, bajé a la rosaleda. Los oí antes de verlos. Él hablaba en voz baja, casi en un susurro, pero su voz llegaba hasta mí en medio del silencio nocturno.
–Dilo –ordenó, y luego repitió con más ímpetu–. ¡Dilo!
Oí entonces otro ruido. Al principio no me di cuenta de que era ella. Era un sonido que nunca antes había oído en sus labios.
He revivido esa noche muchas veces desde entonces. En otro tiempo me atreví a creer que era distinta de mi familia, que era yo la que no encajaba. Pero como dijo una vez mi abuela Lavinia, la forjadora de nuestra abigarrada historia familiar, «la sangre siempre aflora».
Quizá vosotros hubierais tomado otra decisión esa noche. De haber obrado de otra manera, mi corazón no estaría ahora cargado de un pesar tan profundo. Pero sabiendo quién soy, cuál era mi familia, ¿qué otra cosa podía esperarse?
Para comprender lo que significaba ser una Hathaway primero tendríais que ver nuestra finca, Aurelia.
Si el nombre de mi familia os suena, puede que ya la hayáis visto o que conozcáis al menos de oídas su reputación. En tiempos, tuvo fama de ser una de las fincas más prósperas de nuestro condado, en Iowa. Una fama que solo superó con el tiempo la de la familia propietaria.
He pasado los últimos diecisiete años intentando olvidar, olvidarme de mi familia y olvidar mi pasado. Durante diecisiete años se me concedió un respiro, pero pasado ese tiempo uno deja de mirar por encima del hombro y olvida lo precaria que es su tranquilidad. La das por sentada; aprendes a enterrar tu mala conciencia y luego te convences de que nunca volverá para pedirte cuentas.
Entonces murió él.
Mi primo, Caledon Hathaway Junior, dejó este mundo a finales de octubre, a la edad de cuarenta y cinco años. Murió de cirrosis. En él se cumplió la maldición que parecía perseguir a todos los hombres de la familia Hathaway desde mi abuelo: morir joven y solo. Ignoro cómo lo encontraron; vivía completamente solo y, para entonces, Aurelia había dejado de ser una explotación agrícola y se había convertido en un vasto espacio de tierras baldías. Aunque el periódico local publicó una breve reseña dando noticia de su fallecimiento, nadie lloró su desaparición y a su entierro solo asistieron el párroco y un abogado designado por el bufete que gestionaba los bienes familiares. Se dio reposo a su cuerpo, al fin incapaz de herir o hacer daño a nadie, y ese debería haber sido el punto y final.
Pero luego, ocho meses después, a las tres menos diez de la tarde de un jueves, recibí una carta. Me senté en mi sillón orejero junto a la ventana, con las manos aún manchadas de arcilla, pues había pasado la mañana trabajando en mi estudio. Desde que salí de la facultad de Bellas Artes me he dedicado a la escultura, aunque solo desde hace cinco años he conseguido ganar el dinero suficiente como para consagrarme a ella a tiempo completo. Antes de eso era como cualquier artista-camarera: aceptaba cualquier trabajo alimenticio que lograra encontrar. No gano mucho pero voy tirando, y mientras hojeaba el montón de facturas y folletos del correo, las manchas de mis esfuerzos de esa mañana fueron dejando su rastro entre los sobres hasta que me topé con uno blanquísimo, distinto de los demás por su peso y por la tersura de su papel. Llevaba el membrete de un eminente bufete de abogados cuyo nombre me resultaba familiar, pero no le di ninguna importancia al abrir el sobre con el dedo. ¿Por qué iba a dársela? Había olvidado tantas cosas… O al menos eso fingía.
Cuando acabé de leer la carta, el daño ya estaba hecho. Al levantar la vista del papel impreso, mi apartamento se había convertido en un lugar ajeno. El sol, que entraba a raudales por las ventanas, se reflejaba en la superficie de la encimera y en los suelos de madera. Sentí un hilillo de sudor en mi nuca y un sabor dulce y ardiente en la boca, y comprendí que era el sabor del pánico.
Corrí al cuarto de baño y vomité violentamente.
Al incorporarme, me llevé las manos a la cara y me pasé los dedos por el pelo, apartándome los mechones de la frente. Vi mi teléfono y, a pesar de que notaba el peso del miedo en el estómago, tenía que saber, tenía que saber si se lo habían dicho a ellos. La carta afirmaba que habían intentado contactar con otros miembros de la familia. ¿Quién más? ¿Quién más? Cerré los ojos y volví a abrirlos, pero no sirvió de nada. En cuanto empezaba a formular una idea, cruzaban por delante de mis pupilas los vivos y también los muertos, y los recuerdos que me había esforzado por enterrar durante casi dos décadas empezaban a difuminar el escenario real de mi cocina: mi abuela podando sus rosales con sus guantes de jardinería de color caramelo; mi padre echándose agua por la cabeza para refrescarse, la espesa mata de pelo rubio echada hacia atrás rozándole el cuello de la camisa; Claudia con un traje blanco y sus gafas de sol rojas; mi tío Ethan sacudiendo un paquete de Lucky Strike hasta que un cigarrillo caía sobre su palma… Me aparté de un salto del lavabo y corrí al estudio. Esquivando esculturas, llegué a mi mesa y hurgué en los cajones hasta encontrar una vieja agenda de piel sintética. Pasé las páginas y al fin di con su número.
¿Dónde estaría ahora?, pensé mientras marcaba. ¿En casa? Sabía que desde que tenía a las niñas trabajaba media jornada en la clínica, pero no sabía con qué horario. Mis cavilaciones se interrumpieron bruscamente cuando contestó al cuarto pitido del teléfono:
–Diga –dijo ligeramente falta de aliento.
Abrí la boca para decir algo.
–¿Diga? –repitió.
Hubo un silencio. Me la imaginé a punto de colgar.
–¿Di…?
–¿Sí?
–¿Sí?
Nuestras voces se superpusieron. Ella se cohibió. Entre tanto, yo conseguí decir:
–¿Ava?
Estaba anonadada. Oí cómo tomaba aliento. Repetí su nombre.
–Meredith –dijo por fin, y luego suspiró, llena de impaciencia.
Enredé el cable del teléfono alrededor de mi dedo y lo apreté.
–¿Puedes hablar? –pregunté.
–Sí.
–Pensaba que a lo mejor estabas en la clínica. No sabía si estarías en casa.
–Acabo de terminar mi turno.
–¿Las niñas están por ahí?
–Estoy sola, tranquila.
Cerré los ojos y tragué saliva.
–Bien, yo… necesito hablar contigo. Es…
–¿Es por Cal Junior? –preguntó bruscamente.
Abrí los ojos de golpe. Me faltaba la respiración. Cuando me salió la voz, sonó áspera, animal.
–¿Cómo…?
–Me llamaron los abogados de la familia.
–¿Cuándo?
–Hace un par de días.
–¿Por qué?
–Imagino que por la misma razón por la que se han puesto en contacto contigo.
–A mí no me han llamado –dije, y miré la carta, que sostenía arrugada en la mano derecha–. Me han escrito.
–Les dije directamente que no me importaba. Ni que se hubiera muerto, ni la finca, ni que lo hubieran enterrado tan hondo que estuviera casi en el infierno. Me hablaron de mis responsabilidades. Les contesté que había hecho por ese sitio mucho más de lo que me correspondía.
Me mordí el labio con tanta fuerza que me pareció notar un sabor a sangre.
–Supongo que estuve un poco brusca –añadió pensativamente–, pero me dio la sensación de que seguirían llamando si pensaban que podían convencerme de algo. Imagino que por eso te habrán buscado a ti –hizo una pausa–. ¿Has tenido noticias de Claudia? ¿Sabes si también se han puesto en contacto con ella?
Pensé en nuestra hermana mayor, que seguramente estaría en algún centro comercial de Palm Beach, desdeñando a dependientas con ademán aburrido.
–No, pero ahora se llama de otra forma. Se ha casado.
–Eso no les impidió encontrarme a mí. Ni a ti, ¿o es que ya no usas el apellido de mamá?
Tragué saliva con dificultad, acusando el reproche.
–No, sigo llamándome Pincetti.
Ava resopló.
–Antes los Hathaway nos salían por las orejas y ahora no queda ni uno. Imagino que he sido la primera persona a la que has llamado después de recibir la carta, ¿no? Estoy conmovida. ¿Por qué será?
Cerré los ojos, intentando bloquear el estrépito de los taxis y el gentío de la calle, y la algarabía de voces que se elevaba como una niebla desde las aceras. Obligué a mi mente a vaciarse, a contener el aliento, a permanecer en perfecta quietud.
–Entonces, ¿lo sabes? –logré preguntar de algún modo. Por un momento pensé que había colgado; sólo se oía silencio; luego dijo:
–Sí.
Intenté digerirlo.
–Entiendo –dije, y era cierto: lo entendía con dolorosa claridad. Aquello era un error.
–Les dije que no quería tener nada que ver con eso –agregó–. Que hicieran lo que quisieran –soltó una risilla–. Hasta me preguntaron por los preparativos del entierro. Les dije que sólo estaba dispuesta a ayudar para asegurarme de que estaba muerto y bien muerto.
Hice una mueca. Detestaba aquella faceta suya, sobre todo porque si existe es en parte culpa mía.
–No queda nada, ¿sabes? La finca… –comenzó a decir–. Al final estaba cargada de deudas. Van a venderla, ¿lo sabías? –se detuvo y cuando volvió a hablar se le quebró la voz–: Fue todo para nada y ella nunca lo sabrá.
Se hizo un silencio.
–¿Qué vas a decirles? –preguntó Ava por fin.
–¿Qué?
–¿Qué vas a hacer? –insistió con cautela, premeditadamente, y me di cuenta con un ligero estremecimiento de que me estaba poniendo a prueba y de que no tenía ninguna esperanza de que aprobara el examen.
–Supongo que tendré que llamarlos.
Se hizo de nuevo el silencio. Durante un instante no hubo nada, solo un vacío. Después, cuando Ava volvió a tomar la palabra, su voz se había transformado en un grito de furia contenida.
–¿Por qué?
Esta vez hablé sin pensar, y lo que dije no solo me sorprendió por su atrevimiento, sino también porque era verdad.
–Imagino que todavía no estoy preparada para marcharme del todo.
Mis palabras me chocaron incluso a mí. Quedaron suspendidas entre nosotras, en medio del silencio. Esperé a que ella dijera algo y en ese lapso de silencio sentí cuánto deseaba ella atacarme, servirse de mis palabras como de un nudo corredizo y levantarme en vilo, pataleando frenética intentando hacer pie.
–Tengo que colgar. Me toca ir a recoger a las niñas –dijo.
De pronto me sentí exhausta. Aquello no acabaría nunca, pensé. Había todavía tanto dolor que infligir… Hacía mucho tiempo que había dejado de enzarzarme en aquel intercambio de golpes. Había marcado a Ava una vez y con eso me bastaba. Casi dos décadas después la herida seguía aún rosada y fresca. Ella, sin embargo, no había acabado aún.
–Yo te llamo –se ofreció.
–De acuerdo –dije, y colgamos. Yo sabía, no obstante, que no llamaría. Como si todavía fuéramos niñas, mi hermana seguía hablando en clave, usando un código que yo debía descifrar.
«No has hecho lo que esperaba. Me has fallado. Otra vez».
Aurelia… No sé qué aspecto tendrá ahora. Hace años que la vi por última vez desde la ventanilla del coche, pero no me engaño ni por un instante: sé que aunque la casa esté en ruinas y los campos de maíz, antes amarillos, no sean ahora más que tierra resquebrajada, seguiré sintiendo la misma atracción por ellos, el impulso de hacer lo inefable por ella.
Por eso, entre otras razones, no he vuelto nunca.
¿Por qué surte ese efecto sobre mí? Por un motivo: porque, pese a mi madre y su linaje, soy una Hathaway. Poco importa que haya adoptado su apellido de soltera y que ya nadie me llame de otro modo, salvo mi asociación de antiguos alumnos para pedirme dinero, o Claudia en sus postales. Puedo vivir en Nueva York, puedo haber cambiado de color de pelo, de nombre y de amigos, pero si se tira del hilo adecuado, todo ese artificio cuidadosamente construido se derrumba de golpe.
Aflora la sangre.
En su época de esplendor, la finca de mi familia era impresionante: tenía mil trescientas cincuenta hectáreas, cuando las fincas tenían de media ciento ochenta o doscientas. Pero, más que por su extensión, nuestra finca era famosa por su rareza. A diferencia de las demás fincas del condado, o de cualquier otra de la que yo haya tenido noticia, gracias al empeño de mi abuela se convirtió en un lugar de verdadera belleza. Ella hizo lo impensable y funcionó, lo cual resultaba aún más asombroso.
Se supone que las explotaciones agrarias han de concentrarse en aquello que las mantiene a flote: las cosechas, el ganado, las herramientas. Son lugares de trabajo y, en el lugar de donde procedo, las que se consideraban más impresionantes eran aquellas que podían presumir de campos bien labrados, ricas cosechas y maquinaría moderna. Esa era la actitud de nuestros vecinos, y sus fincas la reflejaban.
Mi abuela, en cambio, quería más. No entendía por qué no iba a querer algo más y de algún modo, para perplejidad y luego para mofa de sus vecinos, logró convencer a mi abuelo, el hijo de un curtido agricultor educado en los principios que acabo de enumerar, para que no hiciera caso de lo que le habían enseñado y se plegara a su voluntad.
Como resultado de ello cundieron durante meses las habladurías, los chismorreos en el colmado del pueblo, las miradas curiosas y las sonrisas crispadas cuando se cruzaban por la calle. Los granjeros se burlaban de mi abuelo a sus espaldas; se lamentaban entre sí de su inminente ruina y le rogaban a las claras que pusiera coto a la locura de su esposa. Nuestro pueblo, hay que entenderlo, era una comunidad muy cerrada, y eso significaba que todo el mundo podía intervenir hasta cierto punto en los asuntos del prójimo.
–Esto acabará en lágrimas –decían con la secreta esperanza de que así fuera.
En poco más de un año, mi abuela decidió que su proyecto inicial estaba lo bastante acabado como para satisfacer sus expectativas y celebró una fiesta. Para mi abuelo, Cal padre, fue un alivio: lo vio como una oferta de paz. Ella no lo sacó de su error.
«¿Cómo puede ser tan fácil para ella?», pensé sentada en mi estudio mientras mi conversación con Ava se repetía una y otra vez, en un bucle constante, dentro de mi cabeza. Ella que, a diferencia de mí, se había pasado años obligándose a recordar mientras yo me esforzaba por olvidar. Fuera la luz empezaba a fenecer y las ávidas farolas de las calles se recortaban afiladas en medio de la oscuridad creciente. Me había sentado en el rincón del estudio, rodeada por modelos de arcilla a medio acabar cuyas sombras animaban espectros deformes en las paredes, detrás de mí. Había notado mientras hablábamos que, al contrario que yo, Ava no veía un letrero en forma de arco colgado entre dos pilares de roble con el nombre de la finca escrito en ensortijadas letras negras, ni las veredas de grava que cruzaban zigzagueando recortadas praderas verdes sembradas de lechos de flores. El camino descendía sinuoso hasta una suave loma, en lo alto de la cual se alzaba una casa tan imponente que hace setenta años los invitados a la fiesta, cargados con postres y ensaladas, se pararon en seco al verla por primera vez.
La vieja casa en la que se había criado mi abuelo, la que tanto se había parecido a las de sus vecinos, había sido derribada y en su lugar se alzaba un edificio alto y cuadrado, construido en falso estilo colonial. Lo que primero les llamó la atención al verlo fue el color: era blanco. De un solo vistazo, antes incluso de entrar, comprendieron que era una casa de maderas bruñidas y altos y olorosos ramos de flores en jarrones de cristal.
No, mi hermana no veía nada de aquello y, aunque lo hubiera visto, yo sabía que no le habría interesado.
No veía la rosaleda cuyas American Beauty trepaban por las espalderas del sendero, ni la arboleda con la fuente del diosecillo de piedra que arrojaba agua con su trompeta. Su memoria había cerrado las persianas a todas las cosas que mi abuela tanto se había esforzado por acumular y en las que tanto esmero había invertido. Yo oía su voz, le oía decir lo poco que le importaba ya, cuánto se regocijaba de su ruina. Lo que antaño había sido un lugar hermoso, rebosante de campos de maíz que en verano se teñían de tales tonos de amarillo y naranja que se habría dicho que uno estaba contemplando el mundo a través de una neblina de ámbar, era ahora un cascarón vacío, un reflejo de la degradación y el fracaso de su último y más dañino propietario.
Ava no siempre había pensado así. Al ver la finca en su época dorada, cualquiera la habría descrito como un lugar lleno de paz y se habría convencido de que vivir allí era ser feliz. Eso era lo que, en el fondo, pensaba todo el mundo. Mi abuela lo sabía y se regocijaba de ello. Yo en su momento no entendía por qué. Reaccionaba ante la envidia y la admiración de los demás con actitud casi triunfante. Solo después llegué a comprender cuánto había ansiado ser objeto de esa envidia, hasta qué punto había condicionado su vida esa meta. Había sido al revés tanto tiempo…
¿Me entendéis? ¿Podéis imaginar a partir de estos recuerdos deshilvanados el influjo de aquel lugar? ¿Por qué quienes vivían en él eran capaces de hacer cualquier cosa para protegerlo, al margen de las consecuencias? Era un amor más fuerte que los lazos de la solidaridad, más fuerte, a la postre, que el amor por la familia. Nos afectaba a todos. No era nunca el mismo pero siempre dejaba su impronta, y uno sabía entonces quién era en realidad y por qué llevaba el apellido Hathaway.
Las raras veces en que había hablado con mi hermana desde que habíamos retomado el contacto hacía un par de años, nuestras conversaciones giraban siempre, aunque fuera de puntillas, en torno a su amargura, a su (yo diría que justificada) ira. Por miedo o por tacto, evitábamos cualquier tema que pudiera obligarnos a tomar un camino que nos hiciera mirar de frente lo que hay entre nosotras. He sido yo principalmente quien ha ejecutado este baile. Creo que a veces ella se habría alegrado de dejar que las cosas degeneraran en el derroche de culpas y recriminaciones que yo ansiaba evitar, pero Ava nunca forzaba las cosas. Cuando llegara el momento, y creo que ambas hemos sabido siempre que llegaría, ella no tendría nada que temer. Era la traicionada, no la traidora.
Y ahora por fin allí estábamos, ella esperando que yo volviera a las andadas y me marchara, y yo negándome a hacerlo. No me pasó desapercibida la ironía cuando colgué el teléfono. Sé lo que piensa: que estoy siendo premeditadamente terca, hiriente, cruel. Mi parte racional sabe que no tengo derecho a reprocharle que piense así: ¿acaso no he demostrado ya que soy todas esas cosas? Pero sigo furiosa con ella porque deseo hacer lo que me pide, abandonar Aurelia a su suerte sin remordimientos, y no puedo. Así podría demostrar que lo que ocurrió, lo que hice, fue un error, no fui yo. Que puedo cambiar. Que he cambiado.
Estaba llamándola. Fui yo quien se ofreció a encontrarla.
Dios mío, si no hubiera… si no hubiera abierto hoy esa carta, si Ava no hubiera dicho a los abogados que no quería saber nada, si Cal Junior no hubiera heredado la finca, si yo hubiera hecho las cosas que me creía capaz de hacer, si no hubiera sido capaz de las cosas que había hecho, si… si… si… Allí fuera, en alguna parte, todas las versiones posibles de mi vida gravitaban en planos paralelos. En uno de ellos, yo no salía esa noche; en otro más probable, ella no cuelga. Sigue al teléfono. Hablamos mucho, mucho tiempo.
Ella me escucha.
Me perdona.
¿Creéis en fantasmas?
Yo no, hasta que empecé a convivir con ellos.
Han pasado dos días desde que llegó la carta. Paso junto a mi madre sentada en mi sillón, remendando mi delantal, o junto a mi padre, que canturrea junto a la nevera, contemplando mis escasas existencias de comida orgánica. Los muros que separan mis recuerdos de la realidad se están desintegrando y todas las cosas del pasado que he intentado contener tras ellos se precipitan a escapar.
Una vez, camino del cuarto de baño, pasé junto a mi primo Jude, al que no veo desde que tenía diez años. Me dio una palmada en la parte de atrás de las piernas.
–Palillos –dijo riendo.
Le hice un gesto obsceno.
En parte estoy aterrorizada. Me pregunto si estoy perdiendo la cabeza. Pero lo cierto es que sus intromisiones me resultan extrañamente reconfortantes. Es como presentarme en un reencuentro familiar que temía y rememorar de pronto todas las cosas que teníamos en común, todos los recuerdos que nos hacían reír, y revivir un tiempo en el que era fácil ser una misma.
En cierto momento, mientras pasaba canales de televisión, dudé al encontrarme con una serie que encantaba a mi abuela. Aunque sabía que era un bodrio y nunca me había parado a verla, la dejé por ella e, imaginándomela detrás de mí, esperé a oírla pasar y a sentir el suave crujido de la silla de mimbre cuando se sentara a verla. Justo antes de que la serie se interrumpiera para dar paso a los anuncios, dije en voz alta:
–Esto es un disparate.
Ella se apresuró a responder:
–Solo si esperabas un resultado distinto.
Fue entonces cuando decidí llamar a los abogados.
–Dermott y Harrison, buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarla?
–Sí, soy Meredith… –titubeé. «¿Qué nombre uso?». Y después, con cierto cansancio, pensé, «¿Qué sentido tiene fingir?»–. Meredith Hathaway. ¿Puedo hablar con Roger Whitaker, por favor?
–¿Sabe él a qué asunto se refiere? –preguntó la recepcionista.
Me quedé perpleja un momento.
–Sí.
Esta vez estaba sentada. Respiré hondo y me recosté en el sillón mientras me dejaban en espera. Pasados unos segundos, una voz masculina contestó:
–Señorita Hathaway, qué alegría tener noticias suyas.
–¿Sí? –pregunté.
–Claro. Deduzco que ha tenido tiempo de pensar en lo que le detallábamos en la carta.
–¿En qué parte? ¿En la que me informaban de la muerte de mi primo o en la que me anunciaban que van a sacar la finca a subasta y a venderla al mejor postor para saldar sus deudas?
–Sé que es difícil de asimilar…
«No, llevo esperándolo diecisiete años».
–Pero creemos que quizá sea conveniente hablar de esto cara a cara. Uno de nuestros socios más veteranos era amigo de su abuelo. Sabe lo importante que era la finca para su familia.
–¿Lo era?
–¿Cómo dice?
–¿De veras era importante para nosotros? Porque ¿con cuántos han intentado contactar antes de dar conmigo? ¿Cuántas veces les han colgado el teléfono o no les han respondido? Seguramente hasta les habrán insultado un par de veces, ¿no es cierto?
La voz adoptó un tono deliberadamente suave.
–Éramos conscientes de que existían diferencias importantes entre varios miembros de la familia. Sabemos que es una situación delicada y, atendiendo a la relación que su familia tuvo antaño con este bufete, queríamos facilitarles las cosas todo lo posible…
Comprendí que se disponía a obsequiarme con una larga homilía jurídica.
–No pueden.
–Creo que no…
–No pueden facilitarnos las cosas. No pueden hacer que sean agradables, ni fáciles, ni sencillas, así que háganse un favor y no lo intenten.
Hubo un silencio.
–Se decía por aquí que quizá fuera más eficaz que usted o algún otro miembro de la familia dejaran legalmente en nuestras manos la gestión de la venta de la finca y sus bienes. Podría ser complicado, naturalmente, teniendo en cuenta que no hay un heredero directo de la propiedad y que otros familiares podrían impugnar el procedimiento si se enteraran y…
–Nadie lo hará.
–Bueno, aun así está la cuestión de los efectos personales y las antigüedades. No sabíamos si alguien querría venir a elegir lo que hay que vender con la casa y lo que quieren conservar.
Vi la casa de mi infancia, la que estaba a casi dos kilómetros de la casa grande, con sus ladrillos amarillos. De pronto me encontré en nuestro cuarto de estar azul, con el asiento de la ventana y las cortinas blancas debajo de las cuales me escondía mientras esperaba a que papá llegara a casa.
–Claro, claro.
–¿Cuándo puede venir?
–¿Qué?
–¿Cuándo podría pasarse por la finca para hacerlo? Cuanto antes mejor, para serle sincero. No sé si trabaja usted, ni si va a tener problemas para tomarse algún día libre…
–Trabajo por mi cuenta. Soy artista. Escultora, en concreto.
–Estupendo, entonces, ¿para cuándo fijamos la cita?
Abrí la boca, afligida de pronto. Levanté los ojos del suelo y me estremecí. Se habían colocado a mi alrededor formando un semicírculo y me miraban con expresión solemne y sagaz.
–No lo sé.
Aurelia estaba a las afueras de un pueblo rodeado por las fincas de nuestros vecinos, personas con cuyos hijos habíamos jugado, con cuyas familias estábamos unidos por lazos conyugales, en cuyas mesas habíamos comido. Juntas, nuestras fincas formaban un círculo de campos de labor que envolvía nuestro pueblecito de ciento setenta años de antigüedad, con sus edificios de ladrillo rojo y blanco y sus calzadas estrechas y grises.
Gente sencilla, aspiraciones sencillas, valores anticuados: allí es donde nuestra finca puede encontrarse aún. Hacía casi dos décadas que no la veía, pero al mirar el cúmulo de caras que me miraban desde el otro extremo de la habitación, comprendí con un leve estremecimiento de horror que no tenía elección, que tenía que volver. Y me estremecí tan violentamente que tuve que taparme la boca para no gritar.
–Dejaremos que se lo piense, pero, por favor… –su voz volvió a adoptar un tono suavemente ceremonioso–, no se demore demasiado.
Tardé tres horas en encontrarlo. Maldije a montones, me arranqué un botón de la camisa y me arañé el brazo, pero por fin me senté en la alfombra con las piernas cruzadas y alisé el plástico arrugado de la portada del álbum antes de abrirlo.
Ava lo había guardado en mi maleta la víspera de mi partida hacia la universidad, la noche en que la encontré en la rosaleda. Al abrir mi baúl en la residencia, lo vi metido entre mis vaqueros y mis pantalones cortos. Durante mucho tiempo no soporté mirarlo. Lo había dejado al fondo del baúl y, cuando tuve que volver a hacer las maletas para el entierro de mamá, lo coloqué en el suelo y solo me atreví a mirarlo de reojo. Creo firmemente que lo que no se ve no puede ser real. Por eso me alejé del catolicismo, para profunda decepción de mi madre.
Esta vez, en cambio, abrí el álbum y me quedé mirándolo. Me embebí en él. El tiempo había descolorido las fotografías. Los colores, antes rojos y azules vibrantes, estaban ahora teñidos de tonos de marrón y mostaza. Deslicé los dedos por las páginas, viendo cómo las personas que había en ellas envejecían, se cortaban el pelo y se lo dejaban crecer otra vez. Mi padre se inclinó y, mirando por encima de mi hombro, se vio de joven, el día de su boda. Detrás de mis padres, la luz formaba una aureola gris que envolvía los peldaños de color crema del ayuntamiento de Nueva York. Se habían casado en noviembre, justo antes de Acción de Gracias, y allí parados en la calle, con sus camisas y sus trajes ligeros, sus tensas sonrisa dejaban entrever el frío que habían pasado.
–Caray, ¿a que era un bombón tu madre? –dijo.
En efecto, lo era. Llevaba el pelo igual que lo llevaría el resto de su vida: largo y con la raya en medio, cayéndole por la espalda. Una perpetua Ali McGraw. Décadas después de tomarse aquella fotografía, sería viuda, sus hijas estarían dispersas y destrozadas y le habrían arrebatado su hogar. ¿Pensó en ello en sus últimos momentos? No lo sé. Yo no estaba con ella; solo estaba Ava.
No estaba sola, si tuvo que afrontar su pasado y todos sus demonios. Como no lo estaba yo. Los sentía apretujándose contra mí: el olor del aliento de mi padre, un olor a tabaco mascado y a cerveza Coors en algún lugar, a mi izquierda.
Miré el álbum sin apresurarme, aunque en mi fuero interno había empezado a gritar. Me temblaban las manos, pero seguí volviendo las páginas. Cada nuevo recuerdo salía de mí abriendo un tajo, tomaba cuerpo y forma junto con todos los demás. No me importaba el dolor: era solamente un preludio de la agonía que, agazapada, esperaba el momento oportuno para hacer acto de aparición y que ya casi había llegado.
Era como si, con una sola llamada telefónica, todos esos años de huida se hubieran borrado de un instante para otro. Mi vida es una casa construida sobre arena. Debía sentirme triste, pero solo sentía cansancio. Volví otra página. Parecíamos tan normales… Y lo éramos en muchos sentidos, salvo en los importantes.
Pasé la página y vi a mi tía Julia, a la que nunca tuve oportunidad de conocer. Su pelo seguía siendo rojo, fue antes de que empezara a teñírselo de rubio. Por los retazos de conversaciones que había oído aquí y allá, Claudia se parecía mucho a ella.
Luego aparté la vista del álbum y lo vi allí de pie.
El humo del cigarrillo dibujaba volutas sobre su cara. Le habían puesto el nombre de mi abuelo, que por suerte nunca llegó a saber en qué acabaría convirtiéndose su tocayo.
–¿Estás en el infierno, Cal? –le pregunté.
Se rio.
–¿Tú no?
–¿De qué te acuerdas? –preguntó con repentina urgencia.
–De lo mismo que tú –respondió con una sonrisa astuta–. Solo que mejor.
–No le hagas caso, tesoro –dijo mi padre, levantando la barbilla con desdén.
El primo Cal le lanzó una mirada de puro odio.
–¿Qué sabrás tú? ¡Ni siquiera estabas allí!
Me levanté y salí de la habitación. «Ya está», me dije. «He tocado fondo. Me he vuelto loca por fin».
–¡No eres real, joder! –grité de repente.
–Santo cielo, niña, sigues igual de malhablada –dijo mi abuela saliendo de la cocina. Su lengua hacía restallar las palabras como un látigo–. Siempre le decía a tu madre que debería haber usado la vara con vosotras más a menudo, pero era demasiado blanda.
Me volví para mirarla, cerrando y abriendo los puños junto a los costados.
–¡Tú! Si no hubieras…
Dio media vuelta, desdeñosa y aburrida. Si todo aquello estaba sucediendo dentro de mi cabeza, ¿qué cabía concluir de mí?
–Basta de excusas, Meredith.
Temblaba con tanta fuerza que me atropellé al hablar.
–Eras un monstruo, ¿lo sabías? Un auténtico monstruo.
–No nací así, me hicieron así –contestó, y me miró con intención.
–Ah, no –sacudí la cabeza–. Yo no me parezco nada a ti.
–No, Merey –sonrió–. Tú superaste todas nuestras expectativas.
Di un paso hacia ella, hacia el lugar donde creía que estaba.
–Voy a volver a la finca. Para venderla, para recoger lo que quede de tus cosas y venderlas en el mercadillo más cercano.
–Ah, Meredith –suspiró–. Tendrás que esforzarte más. ¿Es que no has aprendido nada? En cuestión de venganza, las dos sabemos que puedes hacerlo mucho mejor.
Meneé la cabeza y me froté los ojos hasta que la luz se tiñó de rojo.
–No estás aquí –dije de nuevo, pero sentí la ligera presión de su mano en mi muñeca.
–Tú tampoco –susurró.
Abrí los ojos y levanté la cabeza.
Y allí estaban: los campos de cereal y el dorado maíz de mi recuerdo, de mis sueños. Se extendían ante mí como un océano de tierra cuyos colores se fundían en un filtro de grisura.
Exasperada, le hice por fin la pregunta que yo sabía que quería oír.
–¿Qué haces aquí?
–Cariño –soltó una risilla llena de inesperada ternura. La seda de su vestido verde rozó mi brazo cuando se detuvo a mi lado–, nunca nos hemos ido.
Crecí rodeada de historias. Todo el mundo sabía un cuento sobre algo o alguien: así era como nuestro pueblo apuntalaba sus derechos sobre sus habitantes. Y ellos me han contado cosas y han hablado en torno a mí toda mi vida, de modo que mi memoria no es solo mía, sino que se remonta a mucho antes de mi nacimiento.
Están ahí, en medio de un vago crepúsculo medio gris, esperando a que les permita ser recordados. Les veo empezar a abrir la boca para abrumarme con sus explicaciones, con sus cómos y sus porqués. Quieren el perdón tanto como yo y lo ansían ahora más que nunca.
Pero ¿por quién empezar? ¿Quién lo necesita más? Después, ella se separa de los demás, su forma se endurece y pasa de simple silueta a forma tangible. Avanza envuelta en verde, saliendo del tiempo y de los sueños: un fantasma que ha recorrido la tierra de mi memoria tantas veces que el suelo está desgastado bajo sus pies.
Lo más difícil no es empezar por el principio, sino intentar decidir dónde está el principio.
Si mi abuela tuviera que elegir, para ella nuestra historia daría comienzo en mayo de 1946. Nos encontraríamos en una fiesta parroquial, con sus platos de papel, sus globos blancos atados al extremo de las mesas cubiertas con manteles de cuadros rojos y su comida traída de casa.
El padre Michael Banville, parado delante de una fuente de ensalada, charla amigablemente con la señora Howther acerca del estado de sus geranios. A su izquierda hay un pequeño grupo de esposas de labradores que rumian las últimas noticias del pueblo entre bocado y bocado de pastel de boniato y, más allá, ataviada con una suelta camisola de flores, el pelo color caoba cayéndole rizado sobre los hombros, una mujer alta da los últimos toques a su tarta. Ha traído la nata en un recipiente envuelto con paños mojados que ha mantenido guardado en su bolso durante el oficio en la pequeña iglesia blanca.
Cada vez que alguien pasa a su lado y sus miradas se cruzan, se disculpa diciendo lo mismo: que la noche anterior tuvo un problema con su horno y que ha tenido que ir corriendo a casa de su tío a acabar la tarta antes de la ceremonia, y que por eso no ha tenido tiempo antes de ponerle el recubrimiento. La gente asiente con la cabeza al oírla y hasta le muestra cierta simpatía, pero la mayoría se aleja preguntándose por qué diablos se ha empeñado en hacer algo tan contrario a las circunstancias. ¿Por qué no ha traído una ensalada, o algo más sencillo? Pero no, esas personas estaban en lo cierto: ella tenía algo que demostrar. Así era Anne- Marie Parks, pensaban todos.
La comida estaba siendo más bulliciosa que de costumbre. Acotada por una serie de mesas plegables y sillas de color miel, la reunión en el pequeño prado de la entrada a la iglesia añadía una pincelada de colorido al por lo demás prosaico escenario que componían el cielo y el blanco edificio. Era la primera que se celebraba en el pueblo desde el fin de la guerra. Los soldados, vestidos aún con sus uniformes del Ejército, soportaban el peso de sus agradecidas esposas, que se aferraban a ellos, al tiempo que intentaban jugar con bebés que no los conocían. La gente se mezclaba y sonreía, y hasta había un gramófono colocado sobre un montón de revistas, en una silla. Todo el mundo charlaba y comía y se mecía al son de la música, menos Anne-Marie Parks, que seguía cubriendo de nata su tarta, ajena a todo aquello.
Frente a ella, parado junto a un plato de muslos de pollo, su marido, el doctor Lou Parks, un hombre alto y de largas manos, mantenía en equilibrio una fuente de ensalada de col con jamón, mientras fingía no ver lo que estaba haciendo su esposa. Joe Lakes, su acompañante, un agricultor del pueblo, hacía lo mismo y llevaba, por tanto, el peso de la conversación. Hablaba animadamente de sus verduras, de sus animales, de su trabajo, de cualquier cosa con tal de no sacar a relucir el tema de las esposas y las casas. Fue ese rasgo de bondad el que le hizo mencionar un cotilleo del que no solía hablar: al ver que Anne-Marie usaba una espátula para quitar un pegote de nata que no le gustaba, se agarró a la primera noticia que encontró para mantener viva la conversación hasta que aquella necia hubiera acabado su tarta.
–¿Sabes que dicen que va a volver el chico de Walter?
–¿Ah, sí? –Lou Parks levantó la cara de su plato al oír aquello, y sus cejas grises formaron medias lunas de sorpresa.
–No es seguro, claro, pero corren muchos rumores. Walter lleva un tiempo en cama y Leo se ocupa de todo él solo desde entonces. Además, dicen que Walter se está poniendo peor.
Lou Parks mantuvo el semblante rígido mientras veía a Joe escudriñar su cara en busca de confirmación.
–¿Cómo se ha enterado? –preguntó por fin.
–Por telegrama. La vieja Florence dice que Leo le mandó uno hará un par de semanas. No ha dicho lo que ponía ni nada, y no llevaba remite, pero Florence dice que aun así respondieron y aunque no sabía qué decía exactamente, Leo abrió la respuesta allí mismo, en la oficina. No podía esperar, y a Florence no se le ocurría qué otra cosa podía ser tan urgente.
–Eso no prueba que el telegrama fuera de su hermano –insistió Lou cuando se tragó otro trozo de jamón.
–No, no, claro, pero Mac, el del almacén, dice que su hermana Piper ha ido a comprar más sábanas y otras cosas. Y de las buenas, además. Y cuando le preguntó qué pasaba, se puso muy digna y le dijo que a lo mejor esperaban visita.
–Puede que solo sea eso –dijo Lou.
–Qué va, todo el mundo sabe que Walter no conoce a nadie fuera del pueblo. Todos los parientes que le quedan vivos y con los que se habla están aquí. Todos, menos su chico.
Lou estaba masticando pensativamente cuando vio de reojo que su mujer cortaba un trozo de tarta para el pastor. La tarta era ahora toda blanca, con capullitos de rosa en las esquinas y formando un corazón de flores de azúcar en el centro. Vio que el pastor tomaba con los dedos el grueso trozo de tarta y que asentía en silencio mientras lo devoraba.
–Muy rica, señora Parks –dijo mientras se alejaba lamiéndose el pulgar con aire pensativo–. Muy rica.
Una sombra cruzó el semblante de Anne-Marie, pero Lou no acertó a adivinar qué era. Luego, ella recogió su nata y su paño, se quitó el delantal y dejó por fin la tarta. No cortó un pedazo para ella, ni para su marido.
–Hace muchísimo tiempo que no veo a ese hombre –dijo Joe melancólicamente.
Lou vio a Anne-Marie alejarse entre la gente, que se apartaba para dejarla pasar y que sin embargo no la miraba ni interrumpía sus conversaciones para dirigirse a ella. Su mandíbula se detuvo lentamente. Después se volvió rápidamente hacia su interlocutor.
–Bueno, ¿qué tal está tu rodilla, Joe? Me ha parecido que cojeabas menos que la semana pasada.
–Ajá –dijo Joe, mirando hacia atrás.
–¿Otro trozo de jamón, Joe? –preguntó Lou, dejando su tenedor y haciendo amago de cortar una loncha.
–¿Eh? Ah, sí, gracias.
–De nada –respondió Lou mientras llenaba el plato hasta arriba.
Joe apartó una silla y se dispuso a sentarse. Lou se acomodó a su lado, aliviado, tomó otra cucharada de ensalada de col y juntos comenzaron a comer en silencio, metódicamente.
Esa noche, mientras esperaba en la cama a que ella acabara en el cuarto de baño, Lou pensó en la comida parroquial. Pensó en la tarta y en los delicados capullos de rosa, en la cara de su esposa mientras observaba al pastor que, dichosamente ajeno a todo aquello, había engullido la porción que ella le había cortado sin apenas darle importancia. Ella había desaparecido el resto de la tarde hasta que, justo cuando Lou empezaba a pensar que le apetecía marcharse, le había deslizado un brazo alrededor de la cintura. Habían pasado junto a la mesa de la tarta al ir hacia el coche, y Lou había notado que seguía tal y como la había dejado Anne- Marie, con una sola porción cortada.
Deseaba decirle lo que pensaba, explicarle sus reflexiones y aguardar su respuesta; de ese modo quizá llegara a entender por completo el significado de lo que había visto, pero como ocurría siempre que ella entraba en el dormitorio, el cuerpo pálido bajo el camisón de algodón blanco y el cabello arremolinándose sobre sus hombros en ondas teñidas de rojo, Lou abrió la boca y le faltaron las palabras. En lugar de dar voz a sus pensamientos dijo:
–¿Sabes?, corre el rumor de que Cal Hathaway va a volver a casa.
–¿Quién? –preguntó su esposa.
–El chico de Walter.
–Ah. ¿Y qué importa eso?
Lou se volvió para mirar el techo.
–Nada, supongo –se movió para darle la espalda cuando ella se tumbó a su lado–. Pero está bien que Walter tenga a su hijo de vuelta.
–¿Cómo has dicho que se llama? –preguntó ella.
–Abraham, oficialmente, aunque casi todo el mundo lo llama Cal.
–¿Y eso por qué?
–En su segundo nombre.
–Como yo –dijo ella con voz queda.
–A mí me gusta Anne-Marie –repuso su marido, sintiendo una punzada de inesperada ternura. Esperó a que ella dijera algo más, pero al ver que seguía callada se relajó y se dispuso a dormir.
Fuera los grillos cantaban a una media luna lechosa y Anne-Marie estuvo oyéndolos hasta bien entrada la madrugada, cuando por fin se quedó dormida. No pensó en lo que le había dicho su marido; no había razón inmediata por la que aquello tuviera que importarle. Ignoraba entonces que más tarde se casaría con el hombre cuyo nombre había volado ya de su memoria mientras yacía abrazada a la almohada, esperando a que le llegara el sueño. Ignoraba todo lo que iba a sucederle, esas cosas cuyo anhelo la mantenía en vela noche tras noche y que, al despertarse junto a su marido, la hacían odiar el modo en que subía y bajaba su espalda porque eso, y no lo que había soñado, era su vida real. Vivía aún ajena a lo que le deparaba el destino, a lo que era capaz de hacer, a quién era en realidad.
Entonces era todavía Anne-Marie Parks, la esposa del médico del pueblo. Siete meses, cuatro días y diez horas después, se convertiría en Lavinia Hathaway.
Cuando Abraham Caledon Hathaway regresó por fin a casa, fue para encontrar a su padre en su lecho de muerte. El hombre que, cuando él tenía dieciséis años y se llevó sin permiso la camioneta de la familia para irse a beber, lo había arrojado al suelo y azotado con el cinturón se había marchitado y yacía ahora entre sábanas de hilo blancas, vestido con un pijama a rayas azules.
Cal se había quedado en la puerta de la casa de su niñez, pensando en la muerte que parecía rondar a su padre. No sentía horror al pensarlo. Hacía más de un año que la muerte le había tocado de cerca. Su esposa había muerto decapitada en un accidente de coche mientras él estaba fuera, trabajando de vendedor. Un camión cargado con escaleras metálicas había frenado de golpe delante de un semáforo en rojo. Las escaleras no estaban bien sujetas y la fuerza del frenazo había desprendido una de ellas, que había atravesado limpiamente el parabrisas del coche de su esposa y seccionado su cabeza a la altura del cuello. Julia, su hija de tres años, iba en el asiento del copiloto, pero había salido milagrosamente ilesa. Cal la había recogido en el hospital después de identificar el cadáver de su esposa. Aún tenía la piel y el vestidito con dibujos de cerezas manchado con la sangre de su madre. Cal había mirado los serenos ojos marrones de su hija y había sabido de pronto lo que era de verdad la muerte y que a la tierna edad de tres años Julia también lo sabía.
Por eso la dejó subir con él a ver a su padre al llegar a casa, a pesar de las protestas de su hermana Piper.
–No está bien –dijo Piper alzando la voz tras ellos desde el pie de la escalera.
–¿El qué? –preguntó su hermano Leo al entrar para comerse el almuerzo que Piper le había dejado en la mesa de la cocina.
Piper se dio la vuelta.
–Ha llevado a Julia a ver a papá.
Su hermano resopló al hincar el diente al sándwich de fiambre de ternera con mostaza.
–Así que han llegado, ¿no? Además, ¿a ti qué te importa? Es hija suya.
–¿Tú dejarías subir a la tuya?
–Yo no tengo hijos, así que yo qué sé. Además, eso debería ser su madre quien lo dijera. Y no tiene madre.
Piper alzó la barbilla, irritada.
–Aun así no está bien.
–¿Ha dicho cuánto tiempo va a quedarse?
Piper observó a su hermano, que la miraba por encima del plato.
–No he tenido tiempo de preguntárselo. Ha dejado sus maletas y se ha ido derecho arriba.
–Imagino que no tiene sentido andarse por las ramas. Solo ha venido por una cosa y todos lo sabemos.
Cuando volvió a bajar, Cal se paró en el último peldaño de la escalera al ver a su hermano. Piper ignoró a los dos y, agachándose, sostuvo la mirada fija y muda de su sobrina.
–¿Quieres comer algo, cariño?
Julia miró a su padre, que le devolvió la mirada asintiendo en silencio.
–Lo pedirá cuando tenga hambre –dijo.
Luego miró a su hermana. Piper seguía como siempre: delgada, enjuta, la mandíbula fuerte y los ojos inquisitivos escudriñándolo todo con su mirada. Miró también a su hermano, que, sentado a la mesa, lo observaba pensativamente mientras comía. Sintió que le embargaba una oleada de hostilidad. De pronto se encontró sumamente cansado y añoró el silencio de su pequeño apartamento en Oregón.
Inclinó la cabeza a modo de saludo.
–Cuánto tiempo –dijo.
Leo levantó las cejas. Piper clavó la mirada en el suelo.
–Ya lo creo –contestó Leo.
–Tengo entendido que te has casado –dijo Cal.
–Sí. Justo antes de la guerra.
–¿Luchaste? –preguntó Cal, curioso de repente.
Leo utilizó el último trozo de sándwich para rebañar la mostaza del plato.
–Sí –levantó la vista y miró a su hermano–. Hice mi parte.
Cal desvió los ojos, como abstraído. Después se aclaró la garganta.
–¿Estuviste en el frente, Cal? –preguntó su hermano suavemente.
Cal miró los ojos impasibles de su hermano.
–Sí, bastante.
–Papá se alegra de que hayas vuelto –comentó Piper, y el tono ligero de su voz pareció raspar el aire de la cocina.
–Papá casi no sabe ni cómo se llama –replicó Cal.
Piper miró hacia el porche y sollozó.
Julia arrugó el ceño y comenzó a mecerse, agarrada a la mano de su padre. Cal la miró como si hubiera olvidado que estaba allí.
–Julia, este es tu tío Leo –dijo, levantando un dedo–. ¿Te acuerdas de las fotos que te enseñé?
Julia miró a su tío y sacudió la cabeza.
–Bueno, no importa –dijo Cal–. En las fotos era mucho más joven que ahora.
–Hola, niña –dijo Leo, y la saludó agitando la mano con desgana. Volvió a concentrarse en su plato–. ¿Vais a quedaros mucho tiempo? –preguntó bruscamente, sin levantar la mirada.
Cal fijó los ojos en él y se encogió de hombros.
–No creo. Tengo que volver al trabajo, para empezar.
–¿No les has explicado lo que pasa? –preguntó Piper, sorprendida.
–Claro que sí. Me han dicho que podía tomarme todo el tiempo que necesitara, pero la verdad es que… eh… no creo que vaya a hacer falta mucho tiempo.
Piper deslizó de nuevo los ojos hacia el suelo. Leo se quedó callado; después empujó la silla hacia atrás y se limpió la boca con el envés de la mano.
–Muy bien –dijo–. Muy bien. Entonces, nada de alborotos.
–Lo mismo pienso yo –dijo Cal.
Naturalmente, no fue así como acabaron siendo las cosas.
Todo empezó cuando, un par de días después, Piper bajó de la habitación de su padre y, sentándose a la mesa de la cocina, comenzó a hacer una lista de cosas que había que comprar. No en el colmado del pueblo sino en la ciudad, en la tienda a la que siempre había ido su madre cuando le hacía falta algo especial. Luego fue a ver a Leo. Lo encontró metiendo balas de heno en el granero y le dijo que reservara el día siete.
–¿Para qué? –preguntó él entre gruñidos de cansancio.
–Papá está planeando algo –contestó ella.
–Papá no puede ni limpiarse el culo. Eres tú quien está planeando algo.
–¿Y?
–¿Y para qué?
–Para la familia.
Leo rezongó de nuevo, pero no dijo nada más.
Luego, tres días más tarde, al ir a comprar un poco de carne para cenar, Anne-Marie Parks vio a Piper Hathaway encargando dos costillares de ternera, tres jamones, cuatro pollos y un lechón.
–¿Estáis preparándoos para el invierno? –preguntó Dan Keenan desde detrás del mostrador–. Si es así, empezáis pronto. Todavía no estamos ni en otoño.
–La suerte favorece a los precavidos –respondió Piper mientras contaba el dinero.
Esa semana, unos días después, mientras comían salchichas con puré de patatas y cebollas, Lou Parks le habló a su esposa de la invitación que había recibido.
–Walter va a dar una fiesta en su casa –dijo.
–¿Dónde? –preguntó Anne-Marie.
–En Aurelia, su finca. Estamos invitados.
–Ah –dijo Anne–. ¿Por qué?
–Para celebrar que ha vuelto Cal.
–Qué bien –dijo ella sin entusiasmo.
–No creo que a Leo se lo parezca –masculló su marido antes de fijar de nuevo la vista en el periódico que estaba leyendo.
Anne-Marie no se molestó en hacerle más preguntas y, como de costumbre, acabaron de cenar en silencio.
Dos semanas después, mi abuela puso por primera vez el pie en Aurelia. La finca, tal y como era entonces, me habría parecido irreconocible: no había ni letrero adornado, ni lechos de flores, ni casa blanca. He visto fotografías de aquella época. En lugar de margaritas y jacintos, a la entrada de la finca no había más que un camino de tierra abierto entre la grama. La casa de la loma no era alta, ni blanca, sino gris y chata, con postigos oscuros y un tejado que se alzaba en pico sobre la fachada formando una cornisa inclinada. La hierba se extendía hasta muy lejos, interrumpida de vez en cuando por parcelas de pasto, hasta que, al final, lindaba con los campos de cereal y el riachuelo. Era una finca grande y destartalada, y lo primero que pensó Anne-Marie al verla fue que era todo muy feo.
¿Vio entonces lo que podía llegar a ser? ¿Rehizo el paisaje que tenía ante sí y vio con los ojos de la imaginación lo que podía llegar a ser aquella tierra bajo su mano? No nos habría sorprendido que así fuera. De hecho, en cierto modo es lo que habríamos esperado de ella, porque al final el modo en que supo amoldar la finca a sus gustos y sacar a la luz su belleza resultó casi profético. Era tan intuitiva que todos dábamos por hecho que tuvo que sentirse vinculada a Aurelia desde el principio. No fue así, en realidad. Es posible que Lavinia Hathaway llegara a sentir de ese modo, pero en 1946 ese no era el caso de Anne-Marie Parks. Aurelia, de hecho, no le gustó, y la idea de ir a aquella fiesta le parecía aborrecible.
No era la primera vez que le ocurría. Cada vez que se enfrentaba a un acontecimiento de esa especie, la angustia le encogía las entrañas. La finca no era en aquel entonces la gran explotación que llegaría a ser después de nacer yo, pero aun así tenía fama de próspera y los Hathaway eran una familia muy respetada en el pueblo. Nadie se habría perdido la fiesta si podía evitarlo, y el peso de la expectación que implicaba una ocasión semejante abrumó a Anne-Marie desde el instante en que su marido mencionó la invitación a la hora de la cena. Porque, independientemente de lo que se pusiera o de las horas que pasara arreglándose el pelo y maquillándose, se sentía siempre como la sobrina inoportuna de su tío el abogado, como la niña abandonada, fruto de la caridad de los otros.
Era como si estuviera marcada a hierro y nada pudiera borrar su estigma. Ni haber conquistado al médico del pueblo y haberse casado con él, ni haberse mudado a una casa propia solo algo más pequeña que la de su tío. A menudo se preguntaba si aquello sería todo. Si viviría y moriría siendo únicamente la esposa del médico y la hija adoptiva de su tío. Pensaba en estas cosas mientras cocinaba o hacía sus recados, y de pronto se apoderaba de ella el impulso de aniquilar cuanto la rodeaba. Una vez acercó el cuchillo de la cocina a las cortinas de color rosa suave que tapaban la ventana de encima del fregadero. Las cortó sin importarle dónde clavaba el cuchillo, hundiéndolo tan violentamente que la punta raspó la ventana y dejó largos y finos arañazos grabados en el cristal. Cuando por fin se detuvo estaba casi agotada, pero no sintió malestar, ni vergüenza. Recogió los jirones, inventó una excusa que darle a su marido y encargó cortinas nuevas a una revista a la que estaba suscrita. Ignoraba por qué se sentía así, pero le parecía que siempre había sido del mismo modo: siempre amargada y resentida porque no contaba para nada, y porque a aquellas alturas de su vida seguía sin saber cómo remediarlo.
Mientras subía la loma camino de la casa, salpicada ya de luces, comenzó a prepararse para la noche que la aguardaba. Sabía que a su marido le molestaba que fuera incapaz de relacionarse con sus vecinos. Lou se había enterado de los comentarios y las habladurías que habían circulado después de anunciar su compromiso, pero solo de lejos. Saltaba a la vista que, al menos cara a cara, todos los hombres lo envidiaban por haber logrado enamorar a una preciosidad de diecinueve años. Ignoraba que las mujeres habían tildado a su esposa de golfa y de seductora y que, a pesar de la respetabilidad de su nombre, a sus ojos seguía siendo poco más que una fulana. Tampoco adivinaba cómo habían empezado a vigilar su vientre después de los primeros seis meses de casados, ni cómo fruncían los labios y se sonreían para sus adentros al ver que seguía sin abultarse. No notaba su desagrado; únicamente veía el aislamiento de su esposa, un aislamiento que creía autoimpuesto. Por eso la dejaba sola en las reuniones. Pasadas las primeras semanas de vida conyugal, le dijo que, si se quedaban juntos en las reuniones, ella jamás haría el esfuerzo de relacionarse con los demás. Prefirió no darse por enterado de que nada cambiaría estuviera con ella o no.
Así pues, cuando llegaron a la puerta y fueron conducidos al jardín, Lou se separó inmediatamente de ella y la dejó sola en el porche de atrás, con las flores que había llevado todavía en los brazos, mirando los islotes de invitados dispersos por la pradera de césped, en la que se veían mesas cubiertas con manteles blancos y serpentinas plateadas, amarillas y de color turquesa.
Deambuló entre aquellos islotes como un navegante por aguas traicioneras, deslizándose por los resquicios que encontraba hasta que llegó a un pequeño claro que aún no estaba invadido. Ni siquiera intentó ver adónde había ido su marido. Se acercó a una de las largas mesas repletas de jamones humeantes y bandejas de ensalada y depositó las flores junto a los vasos de papel y la fuente del ponche. Cerca de allí había un grupo de hombres, pero no les hizo caso.
Se sirvió una bebida y, mientras echaba un vistazo a la comida comenzó a preguntarse cómo iba a soportar el resto de la velada sin clavarle un cuchillo a algo.
–Tiene que estar reconcomiéndote, Leo –comentó uno de los hombres reunidos allí cerca.
–Se irá pronto, todos sabemos que no va a quedarse.
–¿A qué se dedica en Oregón, de todas formas?
–Es vendedor.
–Walter sabe que el campo no le interesa. Lo llevará o no en la sangre, pero te ha visto sudar la gota gorda trabajando estas tierras y no ha hecho nada por la finca. No hay vendedor que sepa labrar la tierra.
–Sí, pero antes sí que trabajó en la finca, ¿verdad?
–Eso fue hace mucho tiempo.
–Claro, claro.
–Eres tú el que ha estado siempre aquí. ¿Qué más da que el primogénito sea él? Lo que importa es lo que hace uno, no si ha nacido antes o después.
–Espero que él lo sepa.
–Es un hombre muy astuto, tu padre.
–Sí, pero está enfermo. Y los enfermos dejan de ser astutos y se vuelven sentimentales.
–No cuando se trata de dinero.
–Y, además, si tu padre empieza a ponerse sentimental, no tienes más que recordarle por qué mandó marcharse a Cal.
–Vamos, Dan, todo el mundo sabe que eso fue un accidente.
–No quiero hablar de eso.
–No, claro, Leo, claro. No era por faltarte al respeto.
–Vaya, Anne-Marie, estás guapísima.
Anne-Marie se giró y vio ante ella a su prima, la niña con la que había crecido. Una amplia sonrisa dibujaba un agujero en su cara ancha y sonrosada.
–Gracias, Louise –contestó con calma, pero se volvió un instante y cerró y abrió lentamente los ojos. Hacía semanas que no hablaba con su prima, pero cada vez que se encontraban acababa agotada. Mantener una expresión neutra, morderse la lengua, consumía todas sus energías. En el fondo, habría querido que Dios le concediera el deseo que tantas veces había formulado y partiera el cuello de aquella muchacha como una ramita.
–Pero qué delgada estás, Anne-Marie. Cualquiera que te vea pensará que estamos todavía en la Depresión. ¿Sabes?, creo que has vuelto a perder peso. No has parado de adelgazar desde que te fuiste de casa, pero imagino que es lo que pasa cuando una tiene que hacerse la comida. Me he fijado en que Lou también está más delgado. Quizá deberías convencerlo para que contrate a una criada, si es que un médico de pueblo puede permitírselo con su sueldo.
–No lo sé. No le pregunto por su economía –Anne-Marie se concentró en su plato.
Louise soltó una risa y le puso una mano sobre el hombro.
–Dios mío, ¿qué mujer no sabe qué puede pedirle a su marido? Eres tan graciosa… Lo menos que puede hacer es ponerte una chica negra, y mejor si es del sur. No son tan tercas como las de aquí. Insisto en que lo intentes. Si sigues adelgazando, la gente empezará a pensar que te pasa algo.
–Estoy perfectamente –replicó Anne-Marie, pero le dolía la mandíbula de apretarla.
–Aunque puede que no –dijo Louise, ladeando la cabeza y tocando el dobladillo de su vestido–. Puede que solo sea el vestido el que te hace parecer más delgada. Chica, eres capaz de hacer cualquier cosa con una máquina de coser –comentó y, bajando la mano, alisó la seda de color crema que caía sobre su cintura y se desplegaba a la altura de sus caderas. De pronto se echó a reír–. ¡Cuántas veces llegaba a casa y te encontraba cosiendo! Siempre remendando, siempre retocando tu ropa. Nunca entendí por qué no le pedías a papá que te comprara algo nuevo.
Anne-Marie miró fijamente a su prima. La vio ladear la cabeza y observarla como esperando algo, siempre esperando algo. Después, por fin, sonrió como solía cuando comprobaba que a Anne-Marie no se le ocurría una respuesta.
