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Una noche, un ladrón se infiltra en el laboratorio del doctor Emanuel Margolis —un reputado científico que está trabajando para acabar con la depresión y la tristeza en la humanidad—, robando la medicina con la que el doctor pretende curar a su esposa Tammy, que languidece en un hospital psiquiátrico. Sus hijos, Yonatán y Ela, siguen al ladrón a una Babilonia antigua, donde se encuentran con un mundo fantástico en el que coexisten la magia y la ciencia, los demonios y las máquinas... y los psicofármacos. Babilonia está gobernada por el Emperador y la terrible Orden de los Ajshadrapanim. Estos controlan a la población, sobre la que se cierne la amenaza de la Plaga de las Manchas Tenebrosas, una terrible enfermedad que se originó en el Abismo y que hace que los que la sufren caigan en una profunda depresión, siendo internados en "campos de sanación". Pero un ejército rebelde se está preparando en las montañas. Están comandados por el caudillo Hilel Ben Shajar, que según los chamanes fundará una nueva dinastía y acabará con el poder de la Orden. Mientras, en todo el reino crecen los rumores acerca de la llegada de un Leviatán, una ballena de tamaño y poderes extraordinarios... En esta audaz novela, Yanai utiliza elementos sacados de la mitología judía, babilónica, sumeria y acadia, y también crea una nueva y emocionante historia alternativa.
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Seitenzahl: 627
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Título original: The Leviathan of Babylon
Primera edición: noviembre de 2014
Copyright © 2006 by Hagar Yanai
© de la traducción: Rosa María García Díaz, 2014
© de esta edición: 2014, Ediciones Pàmies, S.L.
C/ Mesena,18
28033 Madrid
ISBN: 978-84-15433-86-6
Ilustración de cubierta y rótulos: Calderón Studio
“He aquí que extiende sobre él su luz, y cubre con ella las raíces del mar”.
(Job, 36: 30)
“En el principio fue el Abismo. Y había mares y ríos y embalses de agua. El mundo entero era dulce oscuridad y barro aceitoso y profundidades dentro de profundidades, hasta alcanzar unas profundidades en las que no era posible distinguir ningún contorno y todo era una masa primordial, primigenia. Y en las profundidades bogaban las criaturas del Abismo: el leviatán y los cocodrilos y la serpiente huidiza y la serpiente tortuosa”.
(Hagai Dagan, Mitología Judía)
A los policías siempre se les escapa algo. Y siempre es el detalle más importante. Desde su escondrijo bajo las escaleras, envuelto en una manta y pertrechado de un vaso de chocolate caliente, como si la policía hubiera decidido de manera oficial que era un bebé, Yonatán seguía el avance de los investigadores. Habían terminado de peinar la cocina y el cuarto de tender, habían pisoteado a conciencia el huerto de lechugas y las matas del guisante de olor que había en el jardín, y en aquel momento subían a la segunda planta para poner patas arriba los dormitorios. Si Ela lo hubiera visto así, habría montado en cólera y le habría dicho que otra vez se estaba creyendo que era el más listo del mundo y que todos los demás eran idiotas menos él: un comportamiento aburridamente típico de los chicos de doce años. Pero Ela no andaba por allí. Había sido un día espantoso para los dos. Quizá el día más duro de sus vidas, exceptuando aquel otro tan oscuro de hacía dos años. Entonces, al menos, su padre se encontraba con ellos.
Ahora estaban solos. Ela había salido un rato fuera, a la casa que se había construido en el Árbol del Paraíso. Allí se solía escapar siempre que quería enfurruñarse y sentirse en compañía del único ser en quien podía confiar: ella misma. A Yonatán lo habían dejado al cuidado de una agente de policía gorda y de espesas cejas que le pidió que la llamase Morán, aunque por la emisora le decían «Sargento Mayor Jiván». Le dio su móvil para que se entretuviera con los juegos, y en un minuto, él ya se había aburrido. El aparato era antediluviano. No era nada comparado con la estupenda colección de juegos que él tenía. A su padre no le hacía falta ningún día de fiesta ni ningún cumpleaños, ese tipo de acontecimientos especiales a los que los padres esperan para ser encantadores y generosos. A su padre, sin más, le encantaba regalarle cosas, preferiblemente complejas y sofisticadas, porque creía que estas ejercitaban su mente y ampliaban sus horizontes. Yonatán lo añoraba de un modo terrible, y estaba tan preocupado, que sentía como si un bloque de cemento estuviese aplastándole el pecho.
La ambulancia que había llegado al amanecer, se llevó a su padre. Yonatán y Ela no estaban acostumbrados a ver personal sanitario de emergencias en acción, pero los dos comprendieron que la expresión del rostro de aquellos jóvenes no era normal.
—¿Habías visto alguna vez una cosa así? —dijo uno de ellos a su compañero. Al reparar en Yonatán y Ela, guardaron silencio.
—¿Cuándo volverá a casa? —preguntó Ela, y a Yonatán le pareció que estaba conteniendo las lágrimas. Los enfermeros intercambiaron miradas de compasión, como si ella no captase algo fundamental. Uno de ellos le puso la mano en el hombro.
—Se pondrá bien, bonita, estará perfectamente. No creerías lo que los médicos son capaces de hacer hoy. En un hospital se puede revivir incluso a gente cuyo corazón ha dejado de latir, y tu padre ni siquiera está cerca de tener algo así.
Algo en el tono tranquilizador y convincente de sus palabras les hizo sentir a los dos un gusano de temor deslizándose columna vertebral abajo.
—También nuestro padre es médico —dijo Yonatán—. También es científico. Su nombre es doctor Enmanuel Margolis.
—Lo sé. Lo sigo en los periódicos. Vuestro padre ha dado esperanza a mucha gente, pero todos necesitamos ayuda alguna vez, y ahora nos toca a nosotros ayudarlo a él.
Yonatán y Ela tenían ya una amarga experiencia vital que les había enseñado a no confiar en nadie, y especialmente a no hacerlo en quienes van pregonando que pueden ayudar. Intercambiaron miradas asustadas. Pero los enfermeros se encontraban demasiado ocupados como para darse cuenta. Salieron de la casa con la camilla, mientras Yonatán trataba de recomponer en su cabeza la inconcebible escena de lo que había ido aconteciendo desde el día anterior por la mañana.
La mañana anterior había comenzado con el pie izquierdo. Era 1 de julio, el primer día de las vacaciones de verano, y mientras los otros niños y chavales iban al mar y al cine, o salían al menos a dar una vuelta por el centro comercial, Ela y Yonatán supieron que había llegado el momento de visitar a su madre. La querían, y la echaban mucho en falta. Sin embargo, a medida que se acercaban las visitas, que tenían lugar cuatro veces al año, un viento oscuro se adueñaba de la casa y de la calle Ciclamen. Su padre, que por lo general se comportaba de forma alocada, esforzándose por transmitir alegría, se apesadumbraba sin motivo. Dejaba de intentar hacerles reír pintando caritas sonrientes de sirope de arce en los crepes quemados del desayuno del sábado por la mañana.
—Ya sois demasiado mayores para esto —decía—. Llevo ya años haciendo esta gracia patética.
Cuando le pedían que moviera las orejas, se negaba a hacerlo con el mismo argumento, pese a que era una habilidad de la que habitualmente se enorgullecía. Sabían que en ocasiones iba a visitar a su madre sin ellos y también que aquellos viajes lo apenaban. Pero al parecer, la necesidad de reunir a todos los miembros de la familia, lo deprimía de manera especial. En el coche, de camino al norte, embargados por los recuerdos de los buenos tiempos de su familia, que se antojaban ahora lejanos como una leyenda, miraban silenciosa y distraídamente los campos labrados que habían ocupado el lugar de los pinares rocosos. Yonatán recordaba el suave contacto de su madre, y la fragancia del jabón de lavanda, y el intenso perfume que la rodeaba. Los sábados de lluvia solía contarles a Ela y a él historias de sus enormes libros de investigación, que eran mucho más apasionantes que los libros infantiles de ellos. Pero todo había terminado de repente dos años atrás, justo el día de su décimo cumpleaños.
¿Cuál sería hoy su estado de ánimo?, se iban preguntando todos aspirando con intensidad el aire, que se había vuelto límpido y grave, mientras el coche atravesaba la chirriante puerta eléctrica de hierro. Yonatán albergaba la esperanza de que no pareciese tan atormentada como si estuviera hundida en unas aguas tenebrosas que ellos no eran capaces de ver. Y sobre todo tenía la esperanza de que no llorase, era algo que lo hacía sentir culpable e impotente. Al mirar los jardines y parterres que rodeaban aquel edificio de tres plantas, que un día, encalado y alegre, tratara de causar buena impresión y que ahora se mostraba descolorido, erosionado por la lluvia y el azote del viento, se maravilló de que alguien pudiera curarse allí de alguna manera. La hilera de ventanas estrechas y largas resultaba recargada y desagradable, le hacía pensar en un búnker en cuyo interior se atrincheraba el enemigo.
Saludaron a la enfermera del mostrador de recepción, y subieron a la segunda planta. Allí encontraron a Tami arrebujada en su mecedora, sentada frente a la ventana pero sin mirar por ella.
—Te hemos traído galletas de muesli que hemos cocinado juntos —dijo Enmanuel con un entusiasmo tan exagerado que les sonó a todos (sobre todo a él mismo) como el locutor de un anuncio publicitario.
Tami Margolis alzó la mirada y Yonatán se dio cuenta de que parecía haber llorado toda la mañana. Sus ojos estaban hinchados, su bello rostro, pálido y entristecido. El cabello oscuro del que tan orgullosa se sentía, enmarañado y desteñido como un nido de pájaros empapado por la lluvia, y los dedos, con las uñas mordidas, temblaban. Mostraba un aspecto aún más terrible que todas las veces anteriores. Más terrible incluso que aquel verano, hacía dos años, cuando la ambulancia se la llevó de la calle Ciclamen.
—Enmanuel —dijo—, está regresando.
—No puede ser. No es lógico. Se supone que los tratamientos han de ayudar.
—Pero lo único que hace es volverse más fuerte. Puedo sentirlo llegando.
Yonatán y Ela fingían estar interesados en sus libros de investigación, ordenados con minuciosidad en las estanterías, a pesar de que estaba claro que a ella no le interesaban ya, mientras su padre tomaba la tensión a su madre y le revisaba la lengua y los ojos.
—Desde el punto de vista físico estás perfectamente, cariño. Vente a pasear con nosotros al sol. El aire te sentará bien.
—No puedo. Tengo miedo.
—¿De él?
—Sí.
—Pero si no es real, Tami, lo has inventado. Solo es una pesadilla, un mal sueño.
—No es cierto, Enmanuel. Puedo sentirlo moviéndose en lo más profundo de mí. Es real.
—Lo que es real son tus hijos, aquí, míralos, aquí están en la habitación, frente a ti. Ellos te necesitan.
Su madre rompió a llorar.
—¿Podréis perdonarme alguna vez en la vida? ¡Querría estar con vosotros, pero no soy capaz, me temo que no volveré a ser capaz de estar con vosotros jamás en la vida!
—No digas esas cosas. —Su padre estrujó entre los dedos, casi con violencia, los bordes de la cortina—. Solo estás cansada. Pronto te sentirás mucho mejor, te lo prometo, Tami. Te sentirás estupendamente. Estoy trabajando en ello y te puedo decir que la fórmula definitiva se está fijando genial. Me falta solo un pequeño último retoque.
—Por favor, Enmanuel, no más medicinas. Solo consiguen hacer que me sienta peor.
—Pero esta no es una medicina más, amada mía. Esta será la medicina definitiva.
Tami guardó silencio, clavando la mirada en sus rodillas, y Enmanuel se levantó del sitio con exasperación.
—Estoy en el despacho del señor Shapiro —dijo saliendo de la habitación.
Yonatán y Ela se quedaron a solas con su madre. De entre todos los miembros de la pequeña familia, Yonatán fue con quien Tami tuvo siempre una conexión especial. Cuando era un niño, estaba seguro de que podía leerle el pensamiento, e incluso ahora sospechaba que era capaz de ello, y que lo ocultaba solo para no hacerle sentir vergüenza. Él por su parte, podía percibir cada matiz del sombrío estado de ánimo de su madre, en ocasiones incluso conseguía anticiparse a sus pasos. Esta insólita cercanía sin embargo no lo aliviaba ahora. Al contrario. Más que su hermana, más aún que su padre, sentía que había fracasado. Le había sido confiado para su custodia un raro diamante, y había permitido que se escurriera cayendo al suelo, y estallara en mil pedazos. Se mordió los labios, y se arrodilló al lado de la mecedora, con la débil esperanza de que a ella le apeteciera sonreírle y revolverle el pelo con la mano. Desde el otro extremo de la habitación, Ela le lanzó una mirada de burla, aguda como un alfiler. A pesar de su fuerte deseo, ella se consideraba demasiado mayor para acurrucarse con su madre, y pese a que jamás había hablado de ello de forma explícita, Yonatán sabía que, en lo más profundo de su corazón, había decidido dejarle a él el papel de hermano pequeño mimado, pues para sí misma se había reservado un destino más presuntuoso y de mayor provecho.
—Espera aquí —dijo a Yonatán—. Voy a averiguar qué están tramando.
Pero al escuchar el tono resuelto y desabrido de su voz, algo por dentro se le rebeló. Tal vez justo como Ela intentaba que ocurriese, se sintió avergonzado de ser tan querido sin que hubiera ninguna justificación tangible. Tenía que demostrarle a Ela, a su madre, a sí mismo, que también él era capaz de ayudar.
—No —dijo—, quédate aquí, esta vez me toca a mí.
Ela no se opuso, tal vez incluso se alegró secretamente de permanecer junto a Tami. Los dos aborrecían al señor Shapiro, no era de ese tipo de personas en cuyas manos querrías dejar a tu madre. Su despacho se encontraba al final del pasillo, detrás de una pequeña sala de recepción. Por suerte para Yonatán, la recepcionista había salido a almorzar. Hizo como que se hallaba muy interesado en el acuario de la habitación contigua, y pudo así acercarse con precaución a la puerta abierta del despacho del director de la institución. El señor Shapiro se deshacía en adulaciones, como tenía por costumbre, con los ojos bajos, borrando con los dedos manchas imaginarias de su mesa. Además le faltaba la respiración, como a un perro salchicha gordinflón que comienza a cansarse de perseguir la longaniza que le han prometido.
—¿Pero cuándo estará preparado? —preguntó a su padre—. ¡Llevas ya dos años derramando promesas!
—Paciencia, Isaías. No podemos precipitarnos. Por el momento el fármaco aún no ha sido perfeccionado. ¿Qué pasaría si hubiese efectos secundarios?
El señor Shapiro se quitó las gafas.
—Con sinceridad, Enmanuel, he visto a Tami . ¿Cuánto tiempo más crees que podrá resistir?
—Tú sabes que estoy trabajando con toda mi energía, pero no puedo acelerar el proceso.
—Su depresión es susceptible de responder muy bien al tratamiento con electroshock. Nuestro cuarto de descargas está equipado a la perfección. Una serie de sesiones con electroshock haría de ella una persona nueva.
—¡Te lo pido por favor, Isaías!
Shapiro se mordisqueó los labios como sumido en sus pensamientos. Y a Yonatán le pareció que estos pensamientos no iban en absoluto en beneficio de su madre.
—Quizá a pesar de todo pueda ayudar con algo pequeño —dijo. Se acercó a un cajón y extrajo de él un disco en una carcasa de plástico. La carátula dorada relumbró entre sus pequeñas manos gordezuelas.
Desde su perspectiva tras el acuario, Yonatán vio que en el centro de la carátula había estampado algo grueso y deforme, que parecía ser una serpiente negra y gorda con unas extremidades breves y regordetas . Por algún motivo, el dibujo le produjo un escalofrío .
—¿Qué es esto? —preguntó su padre.
—Música, qué otra cosa podía ser si no.
—Gracias, no me interesa la música. No me permite concentrarme.
—¡No esta música! —El rostro de Shapiro resplandeció de alegría.
—Es lo que está pegando más fuerte en el mercado. ¡Música que ayuda a concentrarse! No sé en qué tribu la han grabado, pero me da la impresión de que está relacionada con algún tipo de ritual de esos que hacen para conseguir entrar en conexión con lo que sea que están tratando de cazar. Se hace uno con el alma de su presa o algo así.
«Jodida música étnica», pensó Yonatán. También su padre parecía receloso, tal vez por otros motivos.
—¿Crees en esas tonterías?
—¿Qué daño podría hacer? De todos modos ya estás atascado.
—Ya te lo he dicho, no estoy atascado. Solo me falta una chispa más de inspiración y ya está.
Y a pesar de todo, para no ofender al señor Shapiro, su padre se guardó el disco en el bolsillo. Después volvieron a casa y los acontecimientos comenzaron a desencadenarse. ¿Acaso guardaba la música alguna relación con lo que había sucedido ayer por la noche? No podría decirse con certeza. Sin embargo aquella mañana, cuando buscó el disco, descubrió que había desaparecido. Trató de llamar la atención de los detectives que pululaban a decenas por la casa sobre este hecho, pero a ellos solo pareció divertirlos.
—¿Un disco con música? Realmente muy sospechoso. A través de la emisora, haremos despegar de inmediato un helicóptero que salga a rastrearlo. Pero mientras tanto, si tantas ganas tienes de lucirte, Sherlock Holmes, ¿podrías tratar quizá de concentrarte en cosas un poco menos sospechosas, como, por ejemplo, una ventana rota, huellas de pisadas, orificios de bala o manchas de sangre?
Los detectives irritaron a Yonatán. ¿Por qué se negaban a ir tirando poco a poco del hilo cuando no ellos tenían nada mejor que proponer? El gran problema de la policía era que en la casa no había ni un signo de intrusión violenta. Sin embargo, lo que había sucedido la noche anterior de ninguna manera habría podido ocurrir por generación espontánea.
A pesar de todo, Enmanuel había decidido escuchar la música de Shapiro. Por la noche puso el disco en el ordenador del laboratorio. En el salón se escuchaba muy débil, solo sonidos amortiguados, monocordes, resonando como un eco. Pesados tambores como rocas que caen rodando, barcos rompiendo contra las olas, gigantescas flautas retumbando profundamente en el vientre de la tierra. A Yonatán y a Ela les ocurrió una cosa extraña: se les cerraron los ojos y se quedaron dormidos en el sofá del salón, frente al televisor. Tal vez la pesada música fue la que hizo que les entrara sueño, y por eso no prestaron atención a lo que sucedía en el sótano.
El doctor Enmanuel Margolis habría podido conseguir en propiedad el laboratorio mejor equipado de todas las empresas farmacéuticas del mundo. El brillante psicofarmacólogo, que se había especializado en medicamentos psicotrópicos con influencia sobre procesos mentales y estados de ánimo, se ocupaba del desarrollo de fármacos para algunos de los más antiguos problemas que desde siempre han angustiado al género humano. Enmanuel se hizo famoso por ser quien inventó el Eros-BME2, píldora que ayuda incluso a las personas más críticas y cínicas a enamorarse locamente. Además, fue nominado al premio Nobel por haber desarrollado el Caín-X7, potente antagonista del odio, sobre el cual la ONU declaró que tendría un papel determinante a la hora de evitar conflictos y guerras a lo largo y ancho del mundo. Pero el doctor Margolis había decidido construir su despacho justo en el lugar en el que otras personas se construyen un gimnasio o una despensa: en el sótano de su casa. Se rumoreaba a sus espaldas que tal ilógica decisión provenía de la necesidad de estar cerca de sus hijos, y entonces la gente chasqueaba la lengua recordando a su pobre esposa. Era muy lamentable que precisamente para aquella cosa oscura que asediaba su espíritu aún no hubiese logrado encontrar cura. Una lástima, porque si lo hubiera conseguido, el doctor Margolis se habría convertido casi con toda seguridad en uno de los hombres más ricos del mundo. Porque, ¿quién se habría negado a ingerir una pequeña píldora que aparta del espíritu la tristeza y las sombras?
También en la compañía Hipocricom S.A. eran conscientes de ello. Hipocricom era la empresa farmacéutica más grande del mundo. Financiaba la investigación del doctor Margolis con cifras astronómicas, cubría sus necesidades y se ocupaba de su sustento. El doctor Margolis había renunciado a ser un asalariado de la compañía —es decir, un trabajador que recibe órdenes de arriba— y por este motivo lo trataban con el máximo de cortesía y diplomacia, pues veían en él una especie de socio. La empresa ya se había preocupado de filtrar a los periódicos que su científico estrella estaba a punto de completar la fórmula de un medicamento que transformaría la melancolía —depresión severa— del género humano en una romántica reminiscencia del pasado. «Hoy mi humor es excelente/ mi cuerpo está sano, también la mente/ si feliz el corazón se siente/ el dolor se irá por siempre» canturreaban con alborozo las cuñas publicitarias de Hipocricom en la radio, en la televisión y en internet.
El laboratorio en el sótano de la casa de la calle Ciclamen lo habían construido los ingenieros de la compañía, para que así cada centímetro se aprovechara al máximo, y había sido equipado con los más innovadores aparatos. Era pequeño pero estaba asombrosamente bien provisto, y en cada objeto, empezando por las toallas de manos y terminando por cosas que parecían reactores atómicos en miniatura, estaba impreso el emblema de la compañía: una serpiente roja enroscada en torno a una jeringuilla plateada. El doctor Margolis pasaba en su laboratorio muchas horas cada día, tendía a olvidarse de sí mismo y, a veces, Yonatán y Ela tenían que bajar y sacarlo de allí arrastras, así, sin más. Los muros del laboratorio habían sido acolchados y estaban insonorizados para que, en caso de que se diera algún grito o se produjesen explosiones en su interior, ellos no lo escucharan.
En mitad de la noche se despertaron ambos sobre el sofá, de golpe, asustados y sudando. Los dos habían soñado que los estaban persiguiendo y el corazón les latía desbocado. Pero el sueño quedó olvidado enseguida porque algo en la casa resultaba extraño. Al principio se les hizo difícil distinguir qué había cambiado exactamente. Los relojes se habían parado y en la pantalla de la televisión se ondulaban mudos arcos de brillantes colores. Pero Ela pensó que por error habían captado un canal extranjero y apagó con el mando. En la oscuridad que se hizo, se miraron el uno al otro y, a un tiempo, los dos comprendieron qué era lo que no encajaba: ¡el olor! Desde luego aquella era una noche de verano, pero la casa estaba saturada de un olor a invierno cerrado: atmósfera electrizada, tormenta de relámpagos, tierra mojada, tostadas quemadas, agua goteando de las hojas del jacinto del jardín. Aquel olor estaba más vivo que cualquier otro que hubiesen respirado nunca. Golpeaba cosquilleante las aletillas de su nariz como una criatura llena de vida. El aire de la casa zumbaba de tanta energía. Yonatán comprobó su móvil, que parpadeaba con todo tipo de luces y se había vuelto loco de remate. Su cabello estaba cargado con tal cantidad de electricidad estática que incluso soltaba chasquidos y desprendía chispas.
—Pareces un babuino mosqueado —se burló de Ela, cuyo pelo, negro, corto y electrizado, revoloteaba literalmente por encima de su cabeza.
—Idiota —le replicó ella— ¿Se te ha ocurrido pensar qué estará pasando abajo con papá?
Si aún no estaba lo bastante erizado , en aquel momento el cabello de la nuca se le puso por completo de punta. Ela reaccionó más rápido que él. Los años de clases de Kung Fu y defensa personal hicieron su parte. Caminó con cautela hasta la cocina, y tras pensárselo un segundo, escogió el rodillo de amasar y se lo dio a Yonatán. Otro segundo de reflexión y se cogió para ella el cuchillo grande de la carne.
—Quédate detrás de mí —le dijo, y por primera vez en mucho tiempo, él se alegró de obedecerla.
El laboratorio estaba a oscuras. Habían cortado la corriente, y les pareció que algo vivo vibraba entre las sombras, observándolos.
La pesada caja fuerte había sido arrojada al suelo, estaba abierta y bocabajo, alrededor suyo había desperdigadas probetas pisoteadas, píldoras machacadas, folios rasgados y tubos de ensayo hechos añicos. El valioso microscopio electrónico se encontraba tirado por tierra como un cadáver inerte yaciendo del revés, caído patas arriba. El ordenador titilaba con ondas que subían y bajaban, de un color suave y resplandeciente, exactamente igual que la televisión. Los detectives descubrirían más tarde que se había convertido en un amasijo de chips electrónicos muertos, y que todo lo que había en su interior había sido destruido.
—Buscaban la medicina —dijo Yonatán, y lo recorrió un escalofrío.
Sus ojos se sintieron atraídos por el fregadero grande de aluminio del rincón, que, en medio de la destrucción generalizada, al parecer se había atascado. El agua lo había anegado y se derramaba por los bordes. A Yonatán le pareció que en el suelo debajo del fregadero, sobre la humedad, se dibujaba la huella de una bota de hombre. Pero antes de que le diera tiempo a cerciorarse de que no se trataba de una ilusión efecto del agua, o de que alcanzase a llamar la atención de Ela, el chorro de agua encharcó la única evidencia.
En una esquina del laboratorio yacía desmadejado su padre, como si hubiera sido propulsado hasta allí por una fuerza brutal. Tenía el aspecto de quien ha sido alcanzado por un rayo. El cabello, las pestañas, e incluso las puntas de las uñas, estaban quemadas, y el olor a tormenta húmeda que lo envolvía era denso y acre. Tenía algunos cortes sangrantes en el rostro, aunque, para inmensa alegría de los dos, todavía respiraba. Una gran reproducción de los elementos de la tabla periódica, que había sido arrancada de la pared, cubría su cuerpo. Ela se dispuso a retirar la gran página de papel para averiguar si tenía heridas graves. Y entonces, justo en aquel mismo instante, comprendieron los dos de manera instintiva que algo debajo el póster no iba bien. En el cuerpo de su padre había una anomalía, algo estaba insólitamente desfigurado.
—¡Atrás! —dijo Ela a Yonatán, y lo empujó con fuerza por el pecho.
—No tengo miedo —le dijo. Pero mentía. Temblaba de los pies a la cabeza. No conseguía ver nada por detrás de ella. ¿Acaso faltaba algo en el cuerpo de su padre? ¿Acaso algo se movía en algún lugar donde no debía moverse? ¿No sería que había en el cuerpo de su padre una extremidad nueva que no hubiera debido encontrarse allí?
No obtuvo respuesta. Ela cubrió a su padre y parpadeó atónita.
—Llama a la policía —dijo mientras su rostro era invadido por un pálido terror amarillento.
Y entonces le fallaron las rodillas e hizo algo que jamás había hecho: agarró del brazo a Yonatán y se apoyó en él.
A veces la policía, que se ocupa de las pistas con tantísima desidia, resulta ser sin embargo un cuerpo muy entrometido cuando se trata de dos niños —o de un crío incorregible y una jovencita de quince años con gran capacidad de iniciativa, según Ela— que se han quedado solos. De otro modo, ¿cómo cabría explicarse la aparición inexplicable de su tía más odiada, la doctora Rita Margolis Freicks, que, de hecho, era también su única tía? Justo a las cinco en punto de la tarde sonó el timbre de puerta con un sonido aterrador, y quién iba a estar de pie en la entrada sino su tía Rita, hecha un mar de lágrimas de aflicción por el desastre, pero desbordando sonrisas de regocijo y agrado al verlos. Tras ella, en la acera, se hallaban colocadas sus maletas en fila, todas fabricadas con la piel de pobres animales de moda —comadreja, rinoceronte, gato— arrancadas y teñidas de rosa, de verde o con un diseño compuesto de cuadros y rayas. Se supone que a los niños les encantan las personas como la tía Rita, que desde cualquier punto de vista era una tipa apasionante. Era tía adoptiva —su familia había adoptado a su padre cuando era un bebé— y el único familiar que les quedaba en el mundo.
En la familia Margolis, les gustaba bromear con ello, había más títulos académicos que niños. Enmanuel era doctor en Psicofarmacología y Medicina, Tami, doctora en Lingüística Antigua, e incluso la tía Rita era doctora en Antropología. El resultado era que solía desaparecer durante meses, en ocasiones durante años, por lugares como el Amazonas o Madagascar, y de repente se presentaba sin que la hubieran invitado, cuando sus maletas —Yonatán estaba seguro— ya se encontraban repletas de huesos y calaveras. La tía Rita tenía costumbres bastante indecorosas, como traer a los niños terroríficos juguetes que parecían pestilentes muñecas de vudú, o ir dejando tras de sí una estela de piezas de ropa interior sintética, de colores chillones, y bañeras llenas de agua sucia. No se parecía a ninguna tía que uno pudiera concebir, y desde luego no se parecía a su padre, que destacaba por su delgada y delicada complexión física, por sus prominentes orejas y sus melancólicos ojos verdes. Rita era alta y más ancha de hombros que cualquier hombre que hubieran conocido, y tenía unos chispeantes ojos marrón chocolate, una cabellera castaña y reluciente como la melena de un león y una piel tostada como el bronce. Los músculos de sus gemelos estaban tan hinchados como pomelos, y con sus brazos habría sido capaz de asfixiar a un oso. Una vez Yonatán encontró en una de sus maletas un arco tallado, de un extraño material que parecía un colmillo gigante de elefante prehistórico. Cuando preguntó a Rita contra quién estaba luchando, ella simplemente se echó a reír y le dijo que aquello era un objeto de exposición de museo, y que si husmeaba de nuevo en sus bolsos, con sumo gusto le cortaría los dedos.
—¡Mis dulces gorrioncillos! —rugió tía Rita con cariño—. ¡Mirad qué horrible atrocidad han cometido con vosotros! ¿Hay por casualidad algo de comer en el frigorífico?
Yonatán retrocedió hacia atrás, golpeado por la vaharada de olor característico de tía Rita, un aroma horrible y denso a perfume dulzón que tapaba sólo dios sabe qué otra cosa.
—¿Por qué has venido? —preguntó Ela secamente.
—¡Menuda pregunta! ¡Para protegeros! Imaginaos que el intruso aún no ha encontrado lo que buscaba. ¡Todavía podría regresar!
¿Cómo sabía tía Rita que el intruso no había encontrado lo que buscaba? Porque sobre el caso se había corrido un velo, y los detalles no habían aparecido en las noticias. El conocimiento de lo sucedido que su tía había demostrado tener, no hizo mas que confirmar las sospechas de Yonatán de que la policía había hablado con ella personalmente. Suspiró. Los detectives al parecer no habían resultado ser tan estúpidos si habían llegado a la conclusión de que el intruso podía regresar. Él también lo sabía. Solo que no albergaba la intención de compartir sus reflexiones ni con tía Rita ni con Ela.
—No tenías porqué haber venido —replicó Ela—, me las habría arreglado con mi hermano pequeño yo sola.
Más allá de lo chirriante de la expresión «mi hermano pequeño», Yonatán distinguió a la perfección el tono encendido de su voz. Ela era del tipo de personas que se pasan la vida entera esperando que en algún momento toda la responsabilidad recaiga sobre sus hombros. Y no le apetecía para nada permitir que Rita le robase este precioso momento. Pero su tía adoptiva resopló como si fuera un caballo resollando.
—¡Arreglártelas sola! ¿Tú?
Ela enrojeció de ira, y Yonatán se sintió insultado también, solidariamente.
—¿Por qué no podemos ir a dormir a casa del tío Noah? —preguntó intentando mediar. Tía Rita emitió un ronquido burlón.
—¿Te refieres a Noah Zippel? ¡Por dios! No es vuestro tío de verdad. Ni siquiera es vuestro tío adoptivo. ¿Qué podría hacer exactamente ese pardillo en caso de emergencia?
—¡No es tan pardillo! —se ofendió de nuevo Yonatán, esta vez por Noah. Ela y él apreciaban mucho a Noah. El doctor Noah Zippel era el único amigo de su padre, colega de trabajo y orgulloso soltero. Noah y Enmanuel se habían fijado como objetivo expresarse como hombres de verdad. A veces veían juntos partidos de fútbol por televisión, haciendo todo el ruido que podían, en los que Noah tendía a olvidar los nombres de los equipos que competían. Noah incluso trató de enseñar a su padre a fumar y a saborear una buena cerveza, era de los que opinan que fumar y beber son actividades masculinas revestidas de un halo romántico. Se enorgullecía de su colección de pipas y puros, y en especial de un mechero Zippo dorado con una iguana en relieve, que le habían vendido en un mercadillo por el doble de su valor real.
A pesar de todo esto, siempre se estaba guay con él. Habría podido ser mucho más agradable pasar la tarde con el tío Noah, pero a Rita ni se le pasaba por la mente esa posibilidad.
—¡Ni Noah ni nada, no me volváis tarumba! Ahora que necesitáis protección, vosotros os quedáis conmigo.
La tarde, que ya estaba resultando dura de por sí, se convirtió en un desastre. Tía Rita les había traído unos regalos que parecían pollitos rellenos, explicándoles que eran los juguetes favoritos de los niños Mequrachi, una tribu antropófaga prodigiosamente culta que vive en una reserva junto a la Tierra de Fuego. Yonatán tuvo que enterrarlos a escondidas en el jardín porque desprendían un olor tremebundo, mientras que a Ela, que detestaba cualquier cosa relacionada con la cocina, se le impuso la tarea de preparar espaguetis para la cena. Tía Rita engulló con facilidad siete octavos del contenido de la olla y se dignó a dejarles en el fondo unos cuantos fideos mordisqueados
—Pero quizá será mejor que no os los comáis —dijo arrepentida—, no sea que engordéis, dios no lo quiera.
Con gesto de estar haciendo un sacrificio personal, liquidó el resto de los espaguetis, y a Yonatán y Ela no les quedó más remedio que conformarse con unos crackers secos que encontraron en un armario.
—Y ahora un café, si no te importa —dijo la saciada Rita a Ela.
Yonatán se dio cuenta de que su hermana se encontraba al borde de un ataque de nervios. ¿Qué sería capaz de llegar a hacer? Se echó a temblar. Pero Ela se controlaba por el momento.
—¿Azúcar o sacarina? —preguntó educadamente.
—Azúcar, por favor, cinco cucharaditas —dijo tía Rita, y soltó un eructo.
Yonatán rezaba para que Ela no se dejase llevar y cometiese una estupidez. Era evidente que tía Rita la aventajaba en edad y en fuerza física, pero, conociendo como conocía a su hermana, sabía que más valía no provocar su ira. ¡Que la tarde pasara sencillamente en paz! No quería ver a aquellas dos gatas salvajes peleándose.
Cuando cayó la noche tía Rita subió a la segunda planta para prepararse un baño relajante, dejando tras ella por el suelo del pasillo, una camiseta rosa de encaje sintético, unas ligas imitando piel de serpiente, unos zapatos de tacón alto de plástico verde y unas pequeñas bragas decoradas con smilies amarillos.
Yonatán y Ela se sentaron en el sofá del salón mirando fijamente la televisión sin ver nada.
Yonatán no podía dejar de sentir un terror creciente ante el hecho de que Rita estuviera encerrada a solas en la ducha, aunque se esforzó por no dejar traslucir nada ante Ela. «No pasa nada, Rita no es demasiado lista. No encontrará nada». Suspiró. Qué suerte que nadie hubiese descubierto todavía el secreto que había mantenido durante todo el día entero. En el armario de las medicinas del baño, en un frasco de Paracetamol absolutamente corriente, descansaba el último descubrimiento de su padre, a salvo y protegido de todo mal.
El tesoro había sido escondido la tarde anterior, después de volver de visitar a su madre, y antes de que acontecieran los terribles sucesos de la noche. Yonatán se encontraba a solas con su padre. Ela había salido a una clase de hípica —o a nadar, o a judo, o a ping pong— y la casa se encontraba en silencio. Enmanuel parecía angustiado y nervioso.
—¿Algo no va bien, papá?
Enmanuel nunca había pensado que Yonatán fuese demasiado joven para comprender algo, o que hubiese que protegerlo de la verdad. Cuando se quedaban solos, no dudaba en compartir con su hijo sus inquietudes, cosa que no solía ocurrir en presencia de su hija mayor; a veces daba la impresión de que Enmanuel desconfiaba un poco de su arrolladora energía. Arrugó la frente, frotándosela como si le doliera la cabeza.
—Hay algo que no me gusta. Shapiro me ha parecido demasiado ansioso. El fármaco está de hecho casi terminado. Solo falta otro pequeño paso. ¡Pero todos están tan impacientes! Sospecho que hay determinados elementos, muy poderosos, que se alegrarían de quitarme la medicina, incluso sin esperar a la fase final.
—¿Crees que intentarían obtenerla por la fuerza?
—Podría ocurrir cualquier cosa.
Yonatán era adicto a las novelas de detectives.
—Lo más seguro es esconder las cosas en el lugar más simple y a la vista —dijo apuntando lo que sabe cualquier aficionado a la investigación detectivesca.
Una sonrisa se extendió por el rostro de su padre.
—Tienes razón.
Sacó las píldoras de la caja fuerte del laboratorio, las puso en un botecito de Paracetamol de plástico normal y metió este en el armario de las medicinas del cuarto de baño de los niños, en la segunda planta.
—No olvides que no podéis usarlas —dijo a Yonatán.
El misterioso intruso de por la noche no encontró lo que pretendía, porque lo que andaba buscando no se hallaba en la caja fuerte de acero, sino oculto entre un elixir para enjuague bucal y un termómetro viejo y lleno de rajas. Pero con la llegada de la entrometida Rita se le había despertado la necesidad imperiosa de cambiar el lugar del escondrijo. Yonatán decidió que, en el momento en su tía saliera del baño, subiría arriba, ocultaría el botecito en un bolsillo, y por la noche lo enterraría en el jardín. Pero Rita no le dio oportunidad. Bajó las escaleras como si fuera una reina, el pelo húmedo envuelto en una toalla, a modo de turbante, y enfundada en una bata de satén color frambuesa . Se sentó en el sofá entre Ela y él, y puso las plantas de sus bronceados y gigantescos pies sobre la mesa.
—Estoy cansada —bostezó— y estoy tan preocupada por vosotros, cariños míos, que me he agarrado un espantoso dolor de cabeza. Ela, cachito de ángel puro, ¿por qué no subes arriba y me traes un paracetamol?
Yonatán se puso en tensión.
—Ela ha trabajado hoy muy duro y está cansada —dijo a Rita con la voz más inocente que pudo conseguir—, subiré yo en su lugar.
Pero la pesada zarpa de su tía adoptiva se clavó de inmediato en su nuca, manteniéndolo pegado al asiento.
—¿Desde cuándo te importa tanto tu hermana, pedazo de ratón pequeño y egocéntrico? —preguntó con suspicacia mientras le daba un cruel pellizco de cariño.
—Está bien, subiré yo —sentenció Ela, pasando de la mirada desesperada y cargada de pistas que Yonatán le estaba lanzando. Recorrió el camino hasta el cuarto de baño, y pasados unos pocos minutos volvió al salón, con dos pastillas blancas y redondas en una mano y un vaso de agua en la otra. Yonatán se preguntó si serían aquellas las pastillas en busca de las cuales se había puesto el mundo entero patas arriba. Rita las olisqueó con desconfianza.
—¿Cómo es que el paracetamol se presenta con el tamaño de píldoras para caballos?
—Están perfectamente, se ve que has estado un poquito desconectada de la civilización. Tómatelas. Te harán bien.
Rita abrió sus descomunales fauces, y ya estaba a punto de echarse dentro las pastillas, cuando Yonatán no fue capaz de soportarlo más.
—¡Detente! —gritó a Rita.
—¿Qué pasa?
—Eso no es paracetamol.
—¿Qué es entonces?
Hizo un barrido mental buscando a toda velocidad un pretexto razonable.
—Mi hermana se quiere vengar de ti. Te ha traído otra… otra cosa.
—Traidor apestoso —susurró Ela groseramente, y Yonatán no logró esquivar la certera y dolorosa patada que le lanzó a la rodilla. Pero en una fracción de segundo, las muñecas de Ela ya habían quedado aprisionadas entre las tenazas de hierro de Rita.
—¿Querías envenenarme, mi joven señorita?
—De veras que no, tía Rita, yo solo quería…, intentaba… pensé en ayudarte a que te relajaras.
—¿Qué me habías traído?
—Son simples pastillas para dormir.
—¿Pastillas para dormir? —Yonatán abrió los ojos con estupor. De manera sorprendente, su mentira había resultado ser verdad. Ela había tomado la iniciativa de verdad. Pero aquellas no eran pastillas del bote de Paracetamol. Su hermana había intentado enviar a su tía adoptiva a dormir bien temprano. Qué pena haberla fastidiado. ¡Qué error fatal!
—¿De dónde has sacado tú pastillas para dormir? —interrogó Rita con desconfianza.
—De papá —reconoció Ela—. Nos ha puesto en el baño todo tipo de cosas.
—¿El armario de las medicinas está en el baño? Mmmm, interesante… —Sus ojos marrón oscuro desprendieron destellos de un alarmante brillo cargado de perspicacia.
—¿Y qué más os ha dejado allí?
—Nada, nada más —dijo Yonatán asustado, y no habían terminado de escaparse las palabras de su boca, cuando supo que había cometido un nuevo error, y que lo único que había conseguido era despertar sospechas todavía más serias.
Tía Rita soltó una risita de regocijo, como un gato que ha descubierto el lugar donde ocultan la nata.
—¡Ups! ¿Cuándo dejaréis de perder por el sofá vuestros juguetes? —Sacó de detrás de un cojín el disco dorado del doctor Shapiro, y Yonatán se restregó los ojos atónito. ¿Acaso no lo había sacado ella misma, en un rápido juego de manos , del interior de su manga?
—¿Cómo lo has encontrado? —inquirió—. Se perdió ayer y los detectives no dieron con él.
—Entonces parece ser que no se había perdido en absoluto. ¡Qué bien! ¡La música que más me mola!
Yonatán se fijó en el disco de cerca. Ahora veía que la compacta y maligna criatura de la carátula era de hecho un cocodrilo negro y feo, de fría y aniquiladora mirada.
—No lo pongas, por favor —pidió Ela—. Para hacer honor a la verdad, te diré que ya lo odiamos bastante.
—¿Crees que voy a tener en consideración tu gusto echado a perder? —dijo tía Rita con sorna, soltando una especie de ronquido—. ¿Qué demonios escuchas tú? ¿Britney Spears?
En un minuto el disco ya estaba en la cadena de música, por la habitación se expandieron unos latidos de bajo amortiguados. Pesados tambores como rocas que caen rodando, enormes barcos rompiendo contra las olas, trompetas profundas como gargantas gigantes retemblando bajo la tierra. En contra de su voluntad, Yonatán y Ela sintieron que se les pegaban las pestañas como con pegamento caliente y se les cerraban los ojos. La habitación se fue haciendo borrosa mientras ellos se iban hundiendo en un sueño pegajoso. «¡No puedo dormirme!», fue el último pensamiento de Yonatán. «Debo permanecer despierto, si no, ocurrirá algo espantoso».
Se despertó alarmado, empapado en sudor frío. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Qué hora era? El cuarto estaba oscuro como un sepulcro, y se había instalado en él de nuevo un acre y húmedo olor a tormenta. Tía Rita había desaparecido y Ela dormía a su lado, con la boca abierta, roncando ligeramente.
—¡Despierta! —la sacudió con fuerza por los hombros.
—¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
Le explicó con rapidez.
—Tenemos que detener a tía Rita antes de que encuentre la medicina.
La casa estaba sumida en el silencio más absoluto, exactamente igual que la noche anterior. La corriente eléctrica había sido desconectada. Subieron por las escaleras de madera, esforzándose por no hacer ruido, siguiendo el fuerte olor, cuidándose de las sombras, que de repente parecían profundas y peligrosas. La puerta del cuarto de baño de la segunda planta estaba medio abierta. Se movía y chirriaba levemente, como la tentadora puerta de una trampa.
—Quédate detrás de mí —dijo Ela—. Correré adentro a toda velocidad y pillaré el bote del armario.
—No, Ela, lo haré yo, soy más pequeño y rápido que tú.
—No lo comprendes Yonatán, no es un juego de críos. Si perdemos la medicina, habremos desperdiciado nuestra última oportunidad de salvar a mamá.
—Entonces hagámoslo juntos.
Una, dos y… ¡tres! Contaron a la vez y entraron de un salto en el cuarto de baño, empujando de golpe la puerta, haciendo un enorme ruido. El armario de las medicinas se encontraba abierto y sus estantes vacíos.
—Hemos llegado tarde —se lamentó Yonatán, invadido por una sensación de desastre—. Es culpa mía.
—¡Estate quieto! —exclamó Ela—. Algo se mueve tras la cortina de la ducha.
Y en efecto, por detrás de la cortina de la bañera se escabulló con agilidad una sombra corpulenta y resbaladiza. No perdieron un momento. Ela apartó la cortina de un tirón, solo para descubrir a la sombra zambulléndose como un tiburón grasiento en el agua sucia, con restos de espuma grisácea, que había dejado como de costumbre, tía Rita. El agua burbujeaba como si hirviese, y hacía ascender pompas gigantes y cristalinas. Mas cuando Yonatán metió el dedo en el a descubrió que estaba fría, casi helada.
—¡Hay que atrapar al ladrón! —gritó.
Ela y él saltaron los dos al interior de la bañera, y se encontraron con que el agua era mucho más profunda de lo que habían pensado. Un potente remolino los atrapó y hundió, absorbiéndolos y succionándolos hacia las profundidades, desgarrando sus ropas, machacando sus costillas y aplastando sus pulmones. Ellos jadeaban y pataleaban, privados de aire, el cuerpo a punto de estallar, la garganta asfixiada y la nariz llena de agua. Ela se agarró al brazo de Yonatán con fuerza, y él también se aferró a ella. «Tenemos que conseguir salir afuera, pensó. Papá está en el hospital, mamá nos necesita, y nadie más se preocupará de ellos aparte de nosotros». Pero incluso este pensamiento comenzaba a emborronarse debido a la falta de oxígeno. Sentía que su conciencia iba difuminándose y en esta ocasión no lo aguardaba el sueño, sino algo aún más definitivo. La presión de Ela sobre su brazo iba aflojando y supo que también ella se iba a desmayar. Y entonces, de golpe, amainó la fuerza succionadora del remolino. Los vomitó hacia afuera como si se hubiera saciado de ellos. Necesitaron un buen rato para recomponerse, escupir el agua llena de inmundicia, sobreponerse al mareo y llenar sus pulmones de aire.
—¿Dónde estamos? —preguntó Ela.
No se encontraban, ni por asomo, en su cuarto de baño. De hecho, se hallaban de pie dentro una alberca pestilente y poco profunda, llena de barro y musgo. Por encima de ellos se sostenía, con sus últimas fuerzas, una luna baja, exhausta y amarillenta. Sobre ella colgaba una espada verdosa, congelada y resplandeciente, la estela alabeada de un cometa, un extraño desconocido en el cielo que ellos conocían. En el centro de la densa oscuridad del horizonte brillaba una ciudad, y su fulgor enrojecía los márgenes de la tiniebla. En torno a la alberca se escuchaban voces discutiendo en una lengua extraña y gutural. Y no parecía precisamente que se alegrasen de verlos.
Solo hicieron falta dos o tres segundos para salir del agua negra y grasienta en la que flotaban cañas de paja y excrementos de cabra. La alberca era un abrevadero para animales. Alrededor había diversos tipos de caballerías: caballos, camellos ensillados, búfalos, pequeños y nerviosos onagros —Yonatán los identificó por los fascículos del National Geographic—, y una especie de siluetas descomunales y redondeadas con las que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no pensar que eran elefantes. Porque, ¿qué iban a hacer allí unos elefantes? ¿Y a dónde, por todos los demonios, habían ido a parar ellos? Yonatán olisqueó a su alrededor. La atmósfera estaba cargada y contenía intensos olores. Parecía atesorar estratos de recuerdos antiguos pero sorprendentemente evocadores. Notó en la boca un sabor agridulce, como si la vitalidad de aquel lugar fuera tan inmensa que resultase posible saborearla igual que una fruta. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la oscuridad, se dio cuenta de que la ciudad lejana se encontraba mucho más cerca de lo que había pensado. En contraste con el brillante resplandor de las ciudades que conocía, esta se hallaba sencillamente en tinieblas en su mayor parte. De hecho casi los alcanzaba a ellos con su extensión.
Pero, mientras tanto, lo que atrajo su atención fueron las voces.
—Escucha —le pidió a su hermana.
Ela escuchó con expresión de sorpresa.
—Es raro —comentó—, al principio pensé que hablaban otra lengua, pero de pronto me parece que curiosamente sí que los entiendo.
—¿No lo identificas? Son esas palabras que mamá dice.
Mucho antes de que se la llevaran a la Institución Médica Cedros del Líbano, la había escuchado murmurándolas. Le ocurría de manera no deliberada, cuando estaba buscando sus gafas o cuando canturreaba sola en la ducha. Él había pensado que guardaban relación de alguna manera con sus libros de investigación, porque sonaban antiguas. Siempre sintió que era casi capaz de entenderlas, que se agitaban en la exasperante frontera de la comprensión, pero, por algún motivo, él se quedaba parado justo en el umbral del significado, a punto de captarlas. Lo extraño es que ella jamás las recordaba, ni siquiera las oía cuando salían de su boca, como si supusiera que estaba hablando todo el tiempo en la lengua correcta. Justo en aquel momento ocurrió lo que siempre había estado esperando. Fue como si hubiese calmado una agobiante desazón, y de pronto pudiera traspasar el umbral del significado. Como alguien que consigue encontrar una emisora de radio lejana que emite pitidos y silbidos, comprendió que tenía la capacidad de adaptarse a las voces de los hablantes y ajustarse a su frecuencia. No habían transcurrido más que unos momentos, y ya los entendía aceptablemente bien: decían algo sobre el agua y sobre algún peligro susceptible de escapar de ella. Recordó que Shapiro se había interesado de manera muy por encima de lo normal por aquellas palabras de su madre, e incluso le había pedido a su padre que las anotara. Pero a Enmanuel se le daban muy mal las lenguas —tenía una intuición muy pobre para los idiomas— y las palabras se olvidaron y se perdieron. De cualquier modo, en aquel momento no tenían tiempo para quedarse ensimismados pensando en ello, ni tampoco para buscar por los alrededores al ladrón de las medicinas, pues el estruendo de una enorme y aterrorizada muchedumbre se les acercaba a toda velocidad.
—¿Qué pasa aquí? —inquirió Yonatán.
—¡Cuidado! —gritó Ela, y en ese mismo instante alguien los golpeó. Ni siquiera los miró y continuó su camino cojeando.
—¡No os quedéis ahí parados! —chilló por encima del hombro—. ¡Huid!
—¿Huir de qué? —exclamó Yonatán en su dirección, pero el fugitivo no hizo ademán de contestarle. Antes de que pudieran seguir su consejo, los alcanzó la multitud y en un instante se vieron arrastrados por el tumulto que los había rodeado. Decenas de patas, grandes y pequeñas, corrían por entre el polvo para ponerse a salvo, armando el escándalo de una manada de bisontes en estampida por la llanura. Siluetas ataviadas con todo tipo de trapos los apartaban y empujaban, y por todas partes se escuchaban gritos de terror.
—¡Escapad, escondeos, salvaos, viene Abu!
Con la presión del tumulto no podían permanecer en su sitio, por este motivo se esforzaron en moverse dejándose llevar por él lo mejor que podían. Sus pies, tropezando, los llevaron a un terreno seco y polvoriento, dentro de lo que parecía ser un abigarrado laberinto de tiendas de lona, cobertizos, casuchas desvencijadas y chozas.
—¿Dónde estamos? —chilló Yonatán a Ela mientras corrían.
—No tengo ni idea.
—¿Y qué porras estamos haciendo aquí?
—No me preguntes a mí.
La muchedumbre, que se movía por dentro de lo que parecía ser un campamento de nómadas caótico y descontrolado, irrumpió en el interior de una zona urbana edificada con mayor aglomeración todavía. Los animales correteando y los perros ladrando habían desaparecido y las calles estaban asfaltadas con barro seco y compacto. Pero en derredor aún reinaban el abandono y la pobreza.
—¿Quién es Abu? —probó a preguntar Yonatán a alguien que iba corriendo a su lado—. ¿Por qué huis de él? —Pero no obtuvo respuesta, tan solo un resollar empavorecido, y el otro aceleró incluso aún más sus pasos, como si el mero nombre del perseguidor fuera capaz de atraparlo.
Se encontraron corriendo hacia el interior de una estrecha callejuela entre cabañas bajas de aspecto destartalado, hechas de adobe color rojo-chocolate oscuro. Sus compañeros de huida golpeaban las puertas con los puños, suplicando que les abriesen, pero estas permanecieron cerradas. No tenían ninguna otra salida más que seguir hacia adelante, y tras unas cuantas decenas de metros se les confirmó lo que desde el principio habían sospechado: la callecita no era otra cosa que un callejón sin salida. Junto al muro, unas cuantas criaturas andrajosas e infelices cayeron de rodillas, lamentándose por su amargo destino, esperando que sucediera lo peor. Yonatán se llevó la mano a las doloridas costillas y trató de inspirar aire.
—¡Ela, echa el freno! ¿Qué sabemos de este lugar? Al fin y al cabo hemos aterrizado aquí hace minuto y medio. ¿Quizá nosotros ni siquiera tendríamos que estar huyendo? ¿Quizá esta gente sean mendigos y ladrones? ¿Quizá Abu sea en realidad un policía? ¿Quizá sea el bienhechor que nos ayude a atrapar al ladrón?
—¡Por la uña pestilente de Baarirón! —La voz desconocida que hablaba por detrás de su nuca tenía un matiz ronco y burlón—. ¡Aquí tenemos a un genio de medio pelo! —Y una zarpa de garras afiladas enganchó a Yonatán por el hombro y tiró de él hacia atrás, al interior de una cripta que, de repente, como el hueco de un diente que se ha caído, había quedado abierta entre dos casas. Dentro estaba oscuro como el tiro de una chimenea. Yonatán tropezó con algo y se desparramó por el suelo, formando un enmarañado batiburrillo de extremidades, junto a Ela y el desconocido, jadeando y sudando los tres.
—Mientras vosotros valoráis positivamente las cualidades de Abu, yo os aconsejaría que os fueseis escondiendo de él —dijo la voz burlona—. Es mi deber advertiros que nadie que se las haya tenido que ver con él ha salido mejor parado que una sardina que sale a disfrutar de un día de parranda entre las fauces de una barracuda.
—¿Quién eres tú? —inquirió Ela. Yonatán advirtió la cautelosa desconfianza que había en su voz, y no pudo por menos que admirarse del modo en que conservaba la sangre fría, incluso en un momento como aquel. Pero el extraño no se dejó impresionar.
—Simplemente un cualquiera —replicó sin un atisbo de sentirse humillado—. Por fortuna para vosotros, uno que sabe de qué va el rollo. Todavía tendríais que besarme los pies. —Yonatán guardó silencio. ¿Y si el extraño les estaba mintiendo? Era imposible saberlo, pero algo en su interior le decía que esperase. Pasaron algunos minutos en absoluto silencio, durante los cuales intentaron escuchar lo que sucedía fuera y seguir los movimientos de los perseguidores. Poco a poco su atención fue desplazándose hacia el olor. Ela fue la primera en pronunciarse.
—¡Qué asco! ¿Qué es esa peste horrible?
—¿¡Peste!? —exclamó la voz, esta vez herida—. Con todos mis respetos, Damisela Resplandeciente, la del más puro manto que haya sido jamás lavado en el lago del Agua de las Nieves, ¿con qué derecho hablas tú?
Yonatán tomó dolorosa conciencia de la presencia del desconocido que, pese a su voz autoritaria, al parecer era más bajo que él. Su cuerpo enanoide se encontraba aplastado entre Yonatán y la pared. En efecto, subía de él un olor acre que no podría ser descrito más que como peste a huevo podrido, a cabra mojada, a cebolla pasada y corrompida, y a repollo descomponiéndose en gases. A pesar del calor, el extraño iba vestido con un abrigo de «piel húmeda». Yonatán, cuya cabeza estaba pegada al pecho del extraño, sentía el abrigo latir de manera sospechosa, y de pronto comprendió que aquella «piel» no era una prenda de vestir, sino la «piel viva» de alguien.
—Sí, correctísimo —dijo la voz con sarcasmo, como si hubiese leído sus pensamientos. Deslizó con malicia en la palma de la mano de Yonatán algo largo y flexible, y mientras Yonatán lo palpaba espantado —¿y si se trataba de una serpiente retorciéndose?— comprendió que lo que sostenía en su mano era un rabo asertivo y lleno de vida.
Yonatán chilló. ¿O fue Ela la que lo hizo? Gran error: el grito puso al descubierto su escondite, y al minuto siguiente ya los habían encontrado los perseguidores. Fueron apresados, como peces agitándose, con una red arrojada y recogida en las profundidades de la cripta en la que se habían ocultado.
—Así os achicharréis como las bragas de fuego de Lilith La Canija . Que os den de latigazos como a bestias. —Dedicaba el desconocido estos cordiales deseos a sus captores, que no se mostraron especialmente impresionados.
De una sola maniobra fueron cargados a la espalda enorme y sobrehumana de alguien, como si fuesen bolsas de la compra, y transportados a través de las callejuelas colgando cabeza abajo. Yonatán se esforzó por no vomitar.
—¡Mantened vuestras bocas cerradas! —cacareó el desconocido—. ¡No os atreváis a soltar una palabra! Permitid que yo me ocupe de la parte diplomática y saldremos todos de esta tan suavemente como renacuajos desovados.
—Déjame respirar —pidió ahogándose Yonatán, a quien el hombro peludo —¿o era la pierna?— del desconocido se le había encajado en la garganta.
—¡Silencio, insolentes! —La poderosa voz hizo retemblar la espalda de quien los llevaba a cuestas. Para enfatizar sus palabras, sacudió la red y ellos brincaron en su interior como frutas dentro de una bolsa. Yonatán no consiguió controlarse. El estómago se le dio la vuelta. Sus mandíbulas se abrieron, y un ácido chorro de vómito brotó de su boca. El estado de Ela no era mucho mejor. Sin embargo, en medio del barullo general, nadie se fijaba en ellos. Finalmente, fueron arrojados al suelo sin contemplaciones, con un golpe que les estremeció los huesos. Cuando pudieron levantar la cabeza, descubrieron que se encontraban en una gran tienda confeccionada con pieles, que estaba iluminada con antorchas ardiendo.
Abu no era policía. A Yonatán se le hacía difícil creer que hubiera alguna fuerza policial que lo hubiese aceptado entre sus filas. Para decir la verdad, se podía dudar de que fuera tan siquiera humano. Caminaba de aquí para allá por la tienda, y las llamas de las antorchas se reflejaban en sus pezuñas, lustradas y pintadas con manicura color plata.
—¿Cuánto crees que podríamos obtener por ellos? —preguntó titubeando, dando un rugido —¿o fue un mugido?— en el oído de un escribiente que se encogió sobre su escabel en una esquina, y que a su lado parecía tan humano que daba lástima.
Yonatán y Ela aún no habían conseguido sobreponerse al estupor que les producía la presencia del traficante de esclavos. Su cuerpo era el cuerpo de un varón fornido, pero su cabeza era la cabeza de un toro negro —muy acicalado, todo hay que decirlo— con los cuernos afeitados y pintados de plata con coquetería. En los dedos lucía pesados anillos y en la nariz llevaba prendido un espléndido aro de plata, con un diamante engastado que relucía por encima de sus gruesos y duros labios de toro, humedecidos con los espumarajos de saliva que se le escapan al hablar.
La deliberación sobre el tema se dilataba ya algún tiempo y aún no había tomado ninguna decisión. Ellos y la criatura desconocida se encontraban sentados, espalda con espalda y maniatados, sobre el suelo de la tienda, mientras el toro palpaba sus músculos y dientes, soltando bufidos de repugnancia ante la visión de sus asquerosas ropas.
—¡Suéltanos ahora mismo, no tienes ningún derecho a retenernos así, pedazo de becerro estúp… —trató de decir Ela por tercera vez, y de nuevo se llevó un golpe que la derribó.
—Este niño es imbécil y feo, incluso aún más que su hermano —dijo Abu.
Ela era relativamente flaca para ser una muchacha de quince años, iba vestida con vaqueros y tenía el rostro ennegrecido por el barro, y parecía que el hecho evidente de su femineidad no había sido captado por los sentidos no demasiado agudos del toro. Se dirigía a ella en masculino y ella no intentó sacarlo de su error. Ela aprendía con rapidez. Tal vez no estuviera preparada para lo que estaba sucediendo, pero la sensación que notaba en el vientre, así como la visión de los grupos de aterradas chicas encadenadas en filas en el exterior de la tienda, constituían la prueba incontestable de que, ya que habían aterrizado en un mundo extraño e iban a ser vendidos como esclavos, era preferible tragarse el orgullo y hacerse pasar por chico.
—Mi señor —dijo temblando el escribiente en tono servil—, antes de que los etiquetemos con su precio, ¿quizá podríamos averiguar si de verdad no tienen seguro médico?
—¿Y qué más da si tenemos seguro médico? —espetó Ela.
