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Una celebración del poder de los libros y la lectura que aborda las grandes cuestiones de la vida Ganadora del Women's Prize for Fiction 2022 Un año después de la muerte de su querido padre, músico de jazz, el adolescente Benny Oh empieza a oír voces. Las voces provienen de los objetos que hay en su casa: una zapatilla deportiva, un adorno navideño roto, un trozo de lechuga marchita. Aunque Benny no entiende lo que dicen las cosas, sí percibe las emociones que transmiten; unas son agradables, como un ronroneo o un rumor suaves, otras en cambio son maliciosas, airadas y están llenas de dolor. Cuando su madre empieza a acumular cosas en casa de manera compulsiva, las voces se convierten en un clamor. Al principio Benny trata de no hacerles caso, pero pronto las voces lo persiguen fuera de su casa, hasta la calle y al colegio, empujándolo en última instancia a refugiarse en el silencio de una gran biblioteca pública, donde los objetos tienen modales y hablan en susurros. Allí Benny se enamora de una fascinante artista callejera con un hurón por animal de compañía que usa la biblioteca como escenario para sus actuaciones. También conoce a un poeta filósofo sin hogar que lo anima a hacerse preguntas importantes y a encontrar su voz entre todas las demás. Pero además se encuentra con su propio Libro, un objeto parlante que narra la vida de Benny y le enseña a escuchar las cosas que de verdad importan. El libro de la forma y el vacío reúne personajes inolvidables, una trama absorbente y un tratamiento vibrante de temas que van desde el jazz y el cambio climático a nuestro apego a las posesiones materiales. Es Ruth Ozeki en plena forma: audaz, humana, conmovedora.
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Seitenzahl: 877
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A mi padre,cuya voz aún me guía
[Pro captu lectoris] habent sua fata libelli.
[Según la capacidad del lector] los libros tienen un destino u otro.
WALTER BENJAMIN, Desembalando mi biblioteca
Un libro tiene que empezar por alguna parte. Tiene que haber una letra primera y valiente que se sitúe en la línea en un acto de fe, a partir de la cual otra palabra se anima y la sigue, arrastrando una frase consigo. A partir de aquí cobra forma un párrafo, poco después una página y ya el libro está en marcha, encontrando una voz, cobrando vida.
Un libro tiene que empezar por alguna parte y este empieza aquí.
Shh… ¡Escuchad!
Ese es mi Libro y os está hablando. ¿Lo oís?
Aunque, si no es así, da igual. No es vuestra culpa. Las cosas hablan todo el tiempo, pero, si no tenéis los oídos afinados, deberéis aprender a escuchar.
Podéis empezar por usar los ojos, porque los ojos son fáciles. Mirad todas las cosas que os rodean. ¿Qué veis? Un libro, obviamente, y obviamente el libro os está hablando, así que probad con algo más difícil. La silla en la que estáis sentados. El lápiz que lleváis en el bolsillo. Las zapatillas deportivas que calzáis. ¿Seguís sin oír nada? Entonces, arrodillaos y apoyad la cabeza en el asiento, o quitaos la zapatilla y acercadla a la oreja. No, esperad. Si hay alguien cerca, pensará que estáis locos, así que probad primero con el lápiz. Los lápices llevan dentro historias y son inofensivos, siempre que no te claves la punta en el oído. Sostenedlo cerca de la cabeza y prestad atención. ¿Oís el susurro de la madera? ¿El fantasma del pino? ¿El murmullo del plomo?
A veces hay más de una voz. En ocasiones hay todo un coro de voces que salen de un solo objeto, sobre todo si es un objeto Fabricado por muchas manos distintas, pero no os asustéis. Creo que depende de si tenían o no un buen día en Guangdong, en Laos o donde fuera y, si era un buen día en el taller de trabajo esclavo, si estaban teniendo un pensamiento agradable en el preciso instante en que esa arandela de ojete en concreto rodó por la cadena de montaje y pasó por sus dedos, entonces ese pensamiento agradable se aferrará a la arandela. En ocasiones no es tanto un pensamiento como una sensación. Una sensación cálida y agradable, como el amor, por ejemplo. Soleada y amarilla. Pero cuando es tristeza o enfado lo que entra en contacto con el cordón de tu zapatilla, entonces más te vale estar atento, porque esa zapatilla puede hacer cualquier locura, como por ejemplo llevar tus pies hasta una tienda Nike, donde podrías terminar haciendo añicos el escaparate con un bate de béisbol hecho de madera furiosa. Si eso ocurre, no es culpa vuestra. Limitaos a pedir perdón al escaparate, decidle al cristal que lo sentís y, sobre todo, no intentéis dar explicaciones. Al agente que os detenga le dan igual las condiciones de mierda en que se trabaja en la fábrica de bates. Tampoco le interesarán las motosierras ni el robusto fresno que una vez fue el bate, así que mantened la boca cerrada. Estaos tranquilos. Sed educados. Acordaos de respirar.
Es muy importante no alterarse, porque, de lo contrario, las voces tendrán ventaja y se apoderarán de vuestra cabeza. Los objetos son exigentes. Ocupan sitio. Requieren atención y os volverán locos si les dejáis. Así que recordad, sois como el controlador aéreo… No, esperad, sois como el director de una gran banda hecha de toda la música de jazz que existe en el planeta y flotáis en el espacio exterior, encima de ese gran montón de basura que es el mundo, con el pelo peinado hacia atrás, todo trajeados y con la batuta en alto, rodeados de ávidos objetos. Y entonces, por un instante raudo, hermoso, todos se callan y esperan a que bajéis la batuta.
Música o locura. Solo depende de vosotros.
Toda pasión bordea lo caótico, pero la pasión del coleccionista bordea un caos de recuerdos.
WALTER BENJAMIN, Desembalando mi biblioteca
1
Empezaremos por las voces, entonces.
¿Cuándo las oyó por primera vez? ¿Cuando era aún pequeño? Benny fue un niño menudo que tardó en desarrollarse, como si sus células fueran reacias a multiplicarse y ocupar espacio en el mundo. Parece que dejó prácticamente de crecer cuando cumplió los doce, el mismo año que su padre murió y su madre empezó a engordar. El cambio fue sutil, pero Benny parecía encogerse a medida que Annabelle ensanchaba, como si metabolizara el dolor de su hijito a la vez que el suyo propio.
Sí. Va a ser eso.
Así que tal vez las voces empezaron también por aquella época, poco después de que muriera Kenny. Murió en un accidente de coche… No, lo mató un camión. Kenny Oh era clarinetista de jazz, pero su verdadero nombre era Kenji, y así lo vamos a llamar. Tocaba sobre todo swing, música de big band, en bodas y bar mitzvás y en clubes bohemios de estética camp del centro de la ciudad donde todos los tipos llevaban barba, sombrero porkpie y vestían camisas de cuadros y apolilladas chaquetas de tweed del Ejército de Salvación. Había tenido una actuación y después se fue a beber o a drogarse o a lo que hiciera con sus amigos músicos, a correrse una juerga, pequeña, pero que bastó para que, de camino a casa, cuando tropezó y se cayó en el callejón, no viera la necesidad de levantarse inmediatamente. No estaba lejos, solo a unos metros de la cancela desvencijada que llevaba a la parte de atrás de su casa. De haber podido arrastrarse un poco más, no le habría pasado nada. Pero lo que hizo fue quedarse tumbado boca arriba en el charco de luz mortecina que proyectaba la farola sobre el contenedor de basura de la Tienda de Segunda Mano Gospel Mission. El largo frío invernal había empezado a levantar y en el callejón flotaba una bruma de primavera. Se quedó allí mirando la luz y las diminutas partículas de humedad que revoloteaban alegres en el aire. Estaba borracho. O drogado. O ambas cosas. La luz era hermosa. Aquella tarde había discutido con su mujer. Tal vez se arrepentía. Tal vez se hacía propósito de enmienda. ¿Quién sabe lo que hacía? Tal vez se durmió. Esperemos que fuera así. En cualquier caso, allí seguía alrededor de una hora más tarde, cuando el camión de la basura entró con gran estrépito en el callejón.
No fue culpa del conductor del camión. El callejón estaba lleno de surcos y socavones. El suelo estaba cubierto de bolsas de basura medio vacías, restos de comida, bultos de ropa mojada y pequeños electrodomésticos rotos que los que rebuscaban en los contenedores no se habían llevado. En la luz plana y gris del amanecer lloviznoso, el conductor del camión no podía distinguir la basura del delgado cuerpo del músico, que para entonces estaba cubierto de cuervos. Los cuervos eran amigos de Kenji. Solo intentaban ayudarlo, manteniéndolo caliente y seco, pero todo el mundo sabe que a los cuervos les encanta la basura. ¿Es de extrañar que el conductor confundiera a Kenji con una bolsa de basura? El conductor odiaba los cuervos. Los cuervos traían mala suerte, así que los embistió con el camión. El camión transportaba cajas de pollos vivos al matadero chino que había al final del callejón. El conductor pisó el acelerador y notó el cuerpo contra las ruedas cuando los cuervos taparon el parabrisas con sus aleteos, impidiéndole ver y haciendo que perdiera el control y derrapara contra el muelle de carga de la imprenta Eternal Happiness S. L. El camión volcó y las cajas de pollos salieron despedidas.
Los graznidos de las aves despertaron a Benny, la ventana de cuya habitación daba a los contenedores. Aguzó el oído y la puerta de atrás se cerró de golpe. Un grito agudo y delgado subió desde el callejón, se desenroscó igual que una cuerda, igual que un tentáculo vivo, serpenteó hasta su ventana, lo enganchó y lo sacó de la cama. Fue hasta la ventana, separó las cortinas y miró la calle. El cielo empezaba a clarear. Vio el camión volcado, con las ruedas girando, y el aire lleno de alas batientes y plumas revoloteando, aunque, al haber crecido en jaulas, aquellos pollos no podían volar. En realidad ni siquiera tenían aspecto de aves. No eran más que unas criaturas blancas y peludas, como los Tribbles de Star Trek, escabulléndose hacia las sombras. El delgado grito se tensó igual que un cable y guio los ojos de Benny hasta una figura espectral envuelta en una nube de un blanco diáfano, el origen del sonido, el origen de su mundo: su madre, Annabelle.
Estaba en camisón, sola, en el charco de luz que proyectaba la farola. A su alrededor había movimiento, plumas que caían como copos de nieve, pero ella estaba muy quieta, igual que una princesa de hielo, pensó Benny. Miraba algo que había en el suelo y, como en un fogonazo, Benny supo que ese algo era su padre. Desde donde estaba, en la ventana del piso de arriba, no podía ver la cara de su padre, pero reconoció sus piernas, que estaban dobladas y pataleaban igual que hacían cuando Kenji bailaba, solo que ahora estaba tumbado de costado.
Su madre dio un paso adelante. «¡Noooo!», gritó, y cayó de rodillas. Su espesa melena dorada se derramaba sobre sus hombros, atrapaba la luz de la farola y formaba una cortina alrededor de la cabeza de su marido. Se inclinó hacia él y, mientras trataba de incorporarlo, susurraba: «No, Kenji, no, no, por favor. Perdóname. No hablaba en serio…».
¿La oía él? Si hubiera abierto los ojos justo en ese momento, habría visto la bonita cara de su mujer flotando sobre él igual que una luna pálida. Quizá así fue. Habría visto los cuervos posados en los tejados y meciéndose en los cables del tendido eléctrico, observando. Y quizá, al mirar por encima del hombro de su mujer y más allá, habría visto a su hijo mirando también, desde su lejana ventana. Digamos que sí vio todo esto, porque las piernas bailaron más despacio, dejaron de patalear y se quedaron quietas. Si, en ese momento, Annabelle fue la luna de Kenji, entonces Benny fue la estrella lejana, y al verlo allí, titilando reluciente en el pálido cielo del amanecer, Kenji hizo un esfuerzo por mover el brazo, por levantar la mano, por agitar los dedos.
Como si quisiera decirme algo, pensó más tarde Benji. Como si se despidiera.
Kenji murió de camino al hospital y el funeral se celebró la semana siguiente. Le correspondía a Annabelle ocuparse de los preparativos, pero esas cosas no se le daban demasiado bien. Kenji era el sociable de la pareja y nunca habían invitado o recibido a gente en casa. Annabelle tenía pocos o ningún amigo.
El encargado de la funeraria le hizo muchas preguntas sobre los familiares de su ser querido y sobre sus creencias religiosas que le resultó difícil contestar. Por lo que ella sabía, Kenji no tenía familia. Había nacido en Hiroshima, pero sus padres habían muerto cuando era pequeño. A su hermana, de meses de edad, la habían enviado a vivir con unos tíos, mientras que a Kenji lo habían criado sus abuelos en Kioto. Kenji rara vez hablaba de su infancia, excepto para decir que sus abuelos eran muy tradicionales y estrictos y que no se entendía bien con ellos, pero por supuesto ya estaban también muertos. Era de suponer que la hermana seguía viva, pero Kenji había perdido el contacto con ella. En los primeros años de matrimonio, cuando Annabelle le preguntaba, se limitaba a sonreír, a acariciarle la mejilla y a decir que no necesitaba más familia que ella.
En cuanto a la religión, sabía que los abuelos de Kenji habían sido budistas y en una ocasión este le había hablado de una temporada durante sus años de universitario en que vivió en un monasterio zen. Recordaba cómo se había reído Kenji. «¿No es gracioso? ¡Un monje! ¡Yo!» Y Annabelle se había reído también, porque Kenji no tenía nada de monacal. Él decía que no necesitaba la religión porque tenía el jazz. El único objeto religioso que poseía era un rosario, que a veces se enrollaba alrededor de la muñeca. Era bonito, pero Annabelle nunca lo había visto usarlo para rezar. Dadas las raíces budistas de Kenji, no parecía apropiado que un ministro cristiano oficiara el funeral, de manera que, en respuesta a las preguntas del encargado, Annabelle dijo que no, no había familia ni fe, y no habría servicio religioso. El encargado pareció decepcionado.
«¿Y por el lado de usted? —preguntó solícito, y cuando Annabelle vaciló, añadió—: En momentos como este es bueno tener familia…»
Un recuerdo parpadeó, espectral. Annabelle pensó en el cuerpo encogido de su madre en la cama del hospital. En la sombra oscura de su padrastro acechando en el umbral. Negó con la cabeza. «No —interrumpió con firmeza al encargado—. He dicho que no tenemos familia.»
¿No se daba cuenta? Kenji y ella estaban solos en el mundo y eso era lo que los había mantenido unidos hasta que llegó Benny.
El encargado de la funeraria consultó su reloj y pasó a otra cuestión. Preguntó si Annabelle había considerado la posibilidad de un velatorio con el ataúd abierto. De nuevo Annabelle vaciló, así que el encargado le explicó. Ver los restos mortales cuidadosamente restaurados de un ser querido podía mitigar el trauma que a menudo causaba ser testigo de un trágico accidente. Aliviaría los recuerdos dolorosos y ayudaría a los que habían sufrido la pérdida a aceptar la realidad de la muerte física. La sala del velatorio era íntima y estaba decorada con gusto. La funeraria estaría encantada de proporcionar bebidas para los invitados, una amplia selección de tés y café con un surtido de deliciosas leches monodosis de diferentes sabores ¿y quizá también unas galletas?
¿Leches monodosis?, pensó Annabelle tratando de no sonreír. ¿Está de broma? Quiso recordar aquello para contárselo después a Kenji —era una de esas cosas absurdas que le harían reír—, pero el encargado esperaba, de manera que se apresuró a decir que sí, que unas galletas estarían bien. El encargado lo anotó y a continuación preguntó qué quería hacer con los restos mortales de su ser querido. Sentada en el borde del sofá tapizado, Annabelle se oyó decir sí a una incineración y no a una sepultura o a un nicho en la cripta, cuando de pronto le vino a la cabeza un pensamiento: no podría contarle a Kenji lo de las deliciosas leches monodosis de sabores porque Kenji estaba muerto. A este pensamiento siguió inmediatamente una sucesión de otros: que el ser querido de cuyos restos mortales estaban hablando era Kenji, y que eran los restos mortales del cuerpo de Kenji, el mismo amado cuerpo que tan bien conocía y que, cuando cerraba los ojos, veía con toda claridad, los músculos fibrosos de sus hombros, la piel leonada y tersa, la curva de su espalda desnuda.
Se disculpó y preguntó si podía ir al baño. Faltaría más, dijo el encargado, y señaló con el dedo el pasillo enmoquetado. Annabelle cerró la puerta después de entrar. Dentro de los aseos, ambientadores perfumados impregnaban el aire desde todos los enchufes de la pared. Se arrodilló delante de la taza del váter y vomitó en el agua desinfectada color azul brillante.
El cuerpo de Kenji estaba ahora dentro de un ataúd abierto en una habitación tipo sala de estar de la funeraria. Cuando Benny y Annabelle llegaron para verlo, el encargado los hizo pasar y a continuación retrocedió, discreto, para darles un momento de intimidad. Annabelle inspiró hondo. Agarrada al codo de su hijo, echó a andar hacia el ataúd. Benny nunca había caminado de esa manera, con su madre cogida de su brazo como si él estuviera a cargo. Se sintió igual que una barandilla o un pasamanos. Con el cuerpo rígido, la sujetó, la guio hacia delante hasta que estuvieron los dos junto al ataúd.
Kenji era un hombre menudo, empequeñecido ahora por la muerte. Iba vestido con la americana milrayas azul clara que había escogido Annabelle, la que se ponía con vaqueros negros cuando tocaba en bodas veraniegas, pero sin el sombrero porkpie. Tenía el clarinete sobre el pecho. Annabelle exhaló, un suspiro largo, blando y desanimado.
—Tiene buen aspecto —susurró—. Como si estuviera dormido. Y el ataúd es bonito. —Cuando Benny no contestó, le dio un tirón en el brazo—. ¿No te parece?
—Supongo —dijo Benny. Estudió el cuerpo dentro del elegante ataúd. Tenía los ojos cerrados, pero la cara no parecía lo bastante viva para una persona dormida. Ni siquiera para una persona muerta. No tenía aspecto de algo que hubiera estado vivo alguna vez. Alguien había usado maquillaje para tapar las magulladuras, pero su padre nunca se habría puesto maquillaje. Alguien había cepillado el pelo largo y negro y lo había repartido sobre el cojín de satén. Kenji solo llevaba el pelo suelto y cayéndole así cuando estaba en casa descansando. En público siempre se lo recogía en una coleta gruesa y negra. Todos aquellos detalles le demostraban a Benny que aquella cosa que estaba en el ataúd no era su padre—. ¿Vas a quemar también el clarinete?
Se sentaron en rígidas sillas plegables dispuestas a un lado y esperaron. Empezó a llegar gente. Su anciana casera china, la señora Wong. Dos compañeras de trabajo de Annabelle. Los miembros de la banda de Kenji y sus amigos del mundo de los clubes nocturnos. Los músicos se quedaron de pie con aspecto de querer irse, pero el encargado de la funeraria los urgió a entrar. Nerviosos, caminaron hasta el ataúd. Algunos se demoraron y lo miraron con atención. Otros hablaron al cadáver, o hacían una broma —«Un camión de pollos, ¿en serio, tío?»— que Annabelle simuló no oír y luego, al ver la mesa con los refrescos, se dirigieron rápidamente hacia ella y se detuvieron solo para decirle unas palabras torpes y dar a Benny un abrazo rápido y acariciarle la cabeza. Annabelle se mostró magnánima. Eran los amigos de su marido. Benny tenía doce años y detestó las caricias, pero detestó más los abrazos. Algunos de los miembros de la banda le dieron un suave puñetazo en el hombro. Los puñetazos no lo molestaron.
Tal vez fuera el clarinete en el ataúd lo que dio la idea a alguien, pero a medida que iban llegando más personas, fueron apareciendo otros instrumentos, y entonces un par de miembros de la banda se instalaron en un rincón de la habitación y empezaron a tocar. Un jazz suave, nada escandaloso. Llegaron más visitas. Cuando apareció una botella de whisky en la mesa de los refrescos, junto a las leches monodosis, el encargado de la funeraria dio muestras de ir a objetar, pero el trompetista hizo un aparte con él y le habló. El encargado reculó y la banda empezó a tocar.
Kenji conocía a personas que sabían divertirse, y cuando llegó el momento de transportar el cuerpo de su amigo al crematorio, los músicos cancelaron el coche fúnebre y tomaron las riendas. Annabelle les siguió la corriente. El ataúd era pesado, pero Kenji añadía poco a su peso, de modo que pudieron levantarlo y se fueron turnando para transportarlo a hombros, al estilo de Nueva Orleans, por los estrechos callejones y las calles oscuras y resbaladizas por la lluvia. Annabelle y Benny caminaron con ellos. Alguien los condujo a la cabeza de la comitiva, justo detrás del féretro, y le dio a Benny un paraguas rojo brillante, que sostuvo bien alto sobre la cabeza de su madre, con orgullo, como si fuera un banderín o un estandarte, hasta que el brazo se le puso tan rígido que pensó que se le iba a romper.
Era primavera y la lluvia había arrancado las flores de los ciruelos, y los pétalos rosa pálido yacían aplastados en el pavimento. En el cielo, unas gaviotas volaban en círculos y chillaban, subiendo cada vez más alto, impulsadas por las corrientes de aire. Desde donde estaban, el paraguas rojo debía de parecer el ojo rojo de una serpiente que reptaba despacio por la ciudad empapada. Los cuervos estaban más abajo, siguiendo más de cerca la comitiva, volando de rama a rama por entre los árboles, posados en farolas y en el tendido eléctrico. A aquellas alturas la banda estaba casi completa, y mientras los dolientes desfilaban en la lluvia grasienta, los músicos tocaban canciones fúnebres y bebían de botellas metidas en bolsas de papel marrón que se iban pasando, mientras prostitutas y yonquis revoloteaban detrás de ellos igual que basura sacudida por el viento.
Dentro del crematorio no había espacio suficiente para todos, pero la lluvia había amainado, de manera que los músicos se quedaron fuera, en la calle, y continuaron tocando. Annabelle y Benny siguieron el ataúd hasta la entrada, pero, cuando se abrió la puerta, Benny reculó. Había oído hablar del horno. Incluso si lo que estaba dentro del ataúd no era su padre, no quería verlo arrojado al fuego y ardiendo igual que un tronco o asándose como un trozo de carne, así que insistió en quedarse fuera con el trompetista, quien dijo que no había problema. Annabelle pareció consternada y a continuación se decidió. Cogió la tersa y redonda cara de su hijo con las dos manos, le dio un beso rápido y se volvió al trompetista:
—No lo pierdas de vista —dijo, y desapareció dentro del crematorio.
La banda cambió los cantos fúnebres por un repertorio de Benny Goodman. Goodman era el compositor favorito de Kenji. Tocaron Body and Soul y Life Goes to a Party. Tocaron I’m a Ding Dong Daddy y China Boy, y The Man I Love, y mientras lo hacían Benny pensaba con el corazón desbocado en las llamas del horno. Cuando llegó el solo de clarinete de Sometimes I’m Happy, los metales callaron y dejaron que el percusionista marcara el tiempo con las escobillas, respetando el espacio vacío que debía haber llenado el clarinete. Era el tema estrella de Kenji y casi podía oírse su riff fantasmal creciendo en la bruma. Y es posible que Benny lo oyera. Escuchaba con atención y, en cuanto terminó la pausa y entraron de nuevo los vientos, se escabulló. Era enjuto como su padre, un chiquillo delgado abriéndose paso entre los músicos, que para entonces estaban demasiado colocados para darse cuenta. Había visto dónde había ido su madre. Cuando la gruesa puerta se cerró detrás de él, seguía oyendo la música fuera, pero ahora sus oídos estaban pendientes de otra cosa.
¿Benny…?
La voz hablaba desde algún punto de las profundidades del edificio, y la siguió. Mientras recorría el pasillo en penumbra, el ruido del sistema de ventilación subió de volumen. Llegó a una sala de espera amueblada con un sofá y algunas butacas bajas. En una mesa auxiliar había un jarrón con lirios blancos de plástico junto a una caja de pañuelos de papel. Una ventana panorámica daba a la cámara de cremación, y aunque Benny no sabía cómo se llamaba, sabía lo que ocurría en ella, al otro lado del cristal. Vio a su madre. Sostenía el clarinete de su padre, que resultaba extraño y torpe en sus manos porque no sabía tocarlo. A su lado estaba el ataúd caro. Vacío. ¿Qué había sido del cuerpo? Su madre estaba sola, a excepción de un empleado. Estaban cada uno en lados opuestos de una caja de cartón larga y delgada, tan anodina que Benny apenas reparó en ella hasta que oyó de nuevo la voz.
¿Benny…?
¿Papá?
Era la voz de su padre. Benny apenas la oía con el estrépito de la ventilación, pero supo que procedía de la caja de cartón. Se puso de puntillas y trató de ver lo que había dentro.
Ay, Benny…
Su padre sonaba tan triste, como si quisiera decir algo pero fuera demasiado tarde y, justo en ese momento, Annabelle asintió con la cabeza y se giró, y el empleado se adelantó y puso la tapa a la caja. Benny pegó las palmas de las manos al cristal.
—¡Mamá! —gritó golpeando el cristal—. ¡Mamá!
Como por voluntad propia, la caja empezó a moverse.
—¡No! —gritó Benny, pero el cristal era grueso, el ventilador hacía mucho ruido y la caja de cartón se movía ya, subía despacio por una corta rampa hacia la boca del horno, que se abrió para recibirla. Benny vio la garganta ardiente y la lengua de fuego, oyó el rugido bajo y profundo de las llamas y el aire succionado mezclado con el lamento de un solo de trombón procedente de la calle. Don’t Be That Way. Estaban tocando Don’t Be That Way. No estés triste.
Benny aporreó el cristal con los puños.
—¡No! —gritó—. ¡No!
Entonces Annabelle levantó la vista. Sujetaba el clarinete de Kenji y tenía el rostro blanco como la ceniza y cubierto de lágrimas. Vio a su hijo a través del cristal y extendió las manos hacia él, y Benny vio sus labios moverse formando las letras de su nombre.
¡Benny…!
Detrás de ella, la caja entró en el horno y la boca de este se cerró.
Para cuando salieron del crematorio estaba más tranquilo. La mayoría de los músicos de la banda habían guardado sus instrumentos y se habían marchado y solo quedaban un par de tipos en el jardín de la funeraria. El trompetista estaba reclinado contra una pared, tocando una versión melancólica de Smoke Gets in Your Eyes mientras miraban las oleadas temblorosas de calor salir de la larga chimenea.
Alguien los llevó a casa en coche y Benny se fue derecho a la cama y durmió hasta la mañana siguiente. Cuando por fin se despertó, Annabelle le dijo que ese día no iría al colegio y le dejó jugar en el ordenador hasta la hora de la comida. Por la tarde hicieron un lento y largo trayecto en autobús de vuelta a la funeraria para recoger las cenizas de Kenji. Las cenizas estaban guardadas en una bolsa de plástico hermética dentro de una caja de plástico dentro de una bolsa de papel marrón genérica que Benji se negó a llevar en el autobús, aunque ninguno de los pasajeros podía saber que contenía restos humanos. Cuando volvían desde la parada, los cuervos se congregaron en el callejón, se posaron en la cancela y en el tejado de la casa. Kenji había construido un comedero en el porche trasero usando un soporte de televisor viejo que había encontrado en el contenedor, y cuando Annabelle abrió la puerta trasera vio que estaba vacío y se hizo el propósito de darles de comer. Dejó la bolsa con las cenizas en la mesa de la cocina, sacó una lámina de papel de hornear y se dispuso a precalentar el horno.
—¿Palitos de pescado o nuggets de pollo?
—Me da igual.
Benny necesitaba algo que hacer, pensó Annabelle. Necesitaba estar ocupado.
—Cariño, ¿puedes dar de comer a los cuervos de tu padre?
Le dio una bolsa de plástico con pasteles de luna rancios que Kenji rescataba de la panadería china y guardaba colgada del picaporte. Ahora tendría que añadir «rescatar pasteles de luna» a la lista de todas las demás tareas y obligaciones.
Benny cogió la bolsa y salió al porche, para regresar un momento después.
—Toma —dijo.
Traía un tapón de botella, una concha de almeja rota y un botón dorado sin lustre. Annabelle extendió la mano y Benny depositó en ella los pequeños objetos.
—Qué raro —dijo Annabelle mientras examinaba el botón—. He oído hablar de cuervos que dejan regalos. —Y entonces se le ocurrió—. ¡Anda! ¿Crees que…? —Se interrumpió.
—¿Qué? —dijo Benny.
—Nada. —Annabelle cogió un cuenco pequeño de un estante y puso con cuidado los objetos dentro—. ¿Te importa despejar la mesa, cariño?
La bolsa con las cenizas seguía allí. Benny la miró. Parecía una bolsa de supermercado.
—¿Vas a dejar eso ahí?
—Había pensado que podíamos prepararle un sitio especial después de cenar. —Abrió el congelador y sacó una caja de nuggets de pollo—. Es lo que hacen en Japón, no sé si lo sabes. Ponen las cenizas en altarcitos budistas que tienen en sus casas.
—Nosotros no tenemos de eso.
—Podríamos hacer uno. —Rasgó la caja y esparció los nuggets sobre el papel de hornear—. En una de las estanterías. Podríamos poner las cosas favoritas de tu padre, como el clarinete, para que las tenga en el más allá. —Metió la bandeja en el horno y cerró la puerta—. Sírvete un poco de leche y pon la mesa también.
—¿Eso es cuando sea un zombi?
Annabelle rio.
—No, cariño. Tu padre no es un zombi. El más allá es algo en lo que creen los budistas. Es cuando tu espíritu renace y vuelve a la vida dentro de otro cuerpo.
—¿Será otra persona?
—Quizá una persona no. Quizá un animal. Un cuervo tal vez…
—Qué cosa más rara —dijo mientras iba al cajón de los cubiertos—. De todas maneras, no somos budistas. No somos nada. —Tiró del viejo cajón y forcejeó con él hasta que se abrió.
Annabelle levantó la vista.
—¿Quieres ser algo?
—¿Qué quieres decir?
—Pues ya sabes. Si quieres ser budista. U otra cosa. ¿Cristiano?
—No.
Benny sacó tenedores y su cuchara especial del cajón y los puso en la mesa, evitando con cuidado las cenizas. Sacó un vaso del armario y fue hasta la nevera.
—Tu padre antes era budista —dijo Annabelle—. Puede que siga siéndolo.
—¿Ahora?
—Claro. ¿Por qué no?
Benny se quedó delante de la nevera mirando fijamente un grupo de imanes de cocina mientras pensaba sobre aquello. Cambió de sitio algunos de los imanes. Eran imanes de poesía, y de eso se trataba, de reordenarlos y hacer versos con significados distintos. Annabelle los había comprado en la Tienda de Segunda Mano para ayudar a Kenji con su inglés y este solía hacerle un poema siempre que se acordaba, y en ocasiones también Benny hacía uno. Al juego le faltaban algunas palabras, pero Annabelle decía que no tenía importancia, porque para escribir un poema no hacían falta muchas palabras.
—No —dijo Benny por fin—. Ahora no es nada. Solo está muerto.
El día que murió, justo antes de irse al club, Kenji había hecho un poema. Seguía allí, entre el enjambre de palabras.
—Sí, claro —dijo Annabelle—. Pero tampoco sabemos exactamente lo que eso significa. Estar muerto.
Benny movió algunas palabras para formar un verso nuevo.
—Sí lo sabemos. Significa que no está vivo.
Annabelle estaba inclinada frente al horno abierto, dando la vuelta a los nuggets, pero la rotundidad resignada de la voz de su hijo le hizo darse la vuelta.
—Ay, Benny, ¡no! —Soltó la espátula de metal y la puerta del horno se cerró de golpe. Corrió a la nevera y empujó al niño a un lado—. ¡Déjalo como estaba! ¡Tenemos que dejarlo como estaba! «Mujer» va aquí, y «sinfonía», pero también había un adjetivo. ¿Cuál era? ¡No me acuerdo! ¿Por qué no me acuerdo? Ay, Benny, ¿te acuerdas tú?
Se volvió hacia él, suplicante, pero Benny había retrocedido. No había sido su intención desmontar el poema de su padre. Los imanes habían querido cambiar de sitio, formar poemas nuevos, y él solo intentaba ayudarlos. Abrió la boca para explicarse, pero no le salían las palabras. Se quedó quieto, consternado, y al verlo, Annabelle dejó lo que estaba haciendo y lo buscó.
—Ay, cariño —dijo—. Lo siento mucho. Ven. —Lo atrajo hacia sí. Benny sintió el peso de sus brazos en los hombros y la respiración de su pecho.
—No quería…
Su madre lo abrazó más fuerte.
—Lo sé, Benny. No te preocupes. No es culpa tuya. No pasa nada, no llores, todo va a salir bien…
Benny no estaba llorando, pero ella sí. Cuando por fin lo soltó, usó el dobladillo de la camiseta para secarse la cara y luego cenaron. Más tarde aquella noche reconstruyeron el poema de Kenji, pero Benny no volvió a tocar los imanes ni hizo más poemas con ellos y, durante un tiempo, la constelación dispar de palabras permaneció congelada.
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2
Durante aquel primer verano después de la muerte de Kenji, Benny durmió mucho y estuvo más apagado que de costumbre, pero nunca pareció querer o necesitar hablar de sus sentimientos, a pesar de que su madre lo animaba a hacerlo. A veces, cuando estaba a punto de quedarse dormido, le parecía oír la voz de su padre llamándolo y se espabilaba, sobresaltado, pero, como nunca pasaba nada, no lo mencionó más.
El otoño siguiente, su tutor de séptimo curso informó de algunos problemas de concentración y atención en clase, pero la orientadora del centro había sido muy comprensiva. Había programado sesiones con él de manera regular y opinaba que las dificultades que experimentaba Benny formaban parte del proceso de duelo. El dolor, decía, era algo personal y se manifestaba de muchas maneras. Aquello le pareció lógico a Annabelle y se sintió aliviada cuando la orientadora dijo que no era necesario empezar a pensar en medicación a no ser que los problemas empeoraran.
Benny nunca había sido el alumno más popular del colegio, pero siempre había tenido amigos: niñitos raros, furtivos, con mirada inexpresiva y huidiza, pelo sucio y madres de las cuales Annabelle no terminaba de fiarse. Kenji los recogía a la salida del colegio y se los llevaba a casa, les daba de merendar y los mandaba a jugar al jardín, donde Annabelle se los encontraba al volver del trabajo.
Al ser Benny mestizo, le preocupaba que se metieran con él. «¿Es tu madre de verdad?», los oía preguntar, y tenía que hacer esfuerzos por no gritar: «¡Pues claro que soy su madre de verdad!», pero Benny, sin alterarse, se limitaba a contestar que sí. Los juegos a los que jugaban la inquietaban aún más. Juegos del tipo «Vale, yo soy el vaquero y tú el indio, y puedes intentar arrancarme la cabellera y luego yo te masacraré». O, ya algo más mayores: «Yo soy marine de la Fuerza de Reconocimiento de Estados Unidos, y tú, un terrorista islámico ultranacionalista, y puedes intentar hacerme volar por los aires y luego yo te borro del mapa». Daba la sensación de que era a Benny al que siempre masacraban o borraban del mapa, pero cuando Annabelle intentó hablarlo con Kenji, este se limitó a reír.
—Son niños —dijo—. Ya me ocupo yo de que nadie termine borrado del mapa.
Y de hecho lo hacía. Después de morir Kenji, los niños dejaron de ir a la casa, y cuando Annabelle le preguntó a Benny al respecto, este se encogió de hombros por toda respuesta.
—Nunca me cayeron bien. Son unos capullos.
No daba la impresión de estar preocupado ni de sentirse solo, y para Annabelle fue un alivio. A excepción de la continua incertidumbre respecto a su trabajo, como familia no les iba mal.
El trabajo sí era una preocupación. Cuando Annabelle conoció a Kenji, acaba de empezar un máster en Biblioteconomía. Soñaba con ser bibliotecaria desde pequeña, cuando la Biblioteca Pública había sido su refugio. Hija única, los libros eran sus mejores amigos. Su madre no había sido una gran lectora y su padrastro era un borracho, pero los bibliotecarios siempre habían sido amables con ella. Se puso loca de contento cuando la aceptaron en el máster, pero entonces se quedó embarazada de Benny. Con una criatura en camino, sabía que sería difícil salir adelante solo con lo que ganaba Kenji tocando, de manera que aceptó un trabajo en la sucursal regional de una agencia nacional de seguimiento de medios de comunicación y allí continuaba. Era lectora en el Departamento de Prensa Escrita. Su trabajo consistía en leer en diagonal todos los periódicos locales y estatales que llegaban a la oficina cada mañana y a continuación recortar los artículos relacionados con las áreas de negocio de los clientes para enviárselos. Los clientes eran empresas, partidos políticos y grupos de presión, y los artículos trataban sobre todo de política local, cuestiones ambientales e industrias biorregionales: silvicultura, pesca, petróleo, carbón, gas, extracción de recursos, control de armas y elecciones estatales y municipales. Los tipos de la oficina que hacían el seguimiento de la televisión, la radio y los medios de comunicación en línea no eran demasiado divertidos. Lo que hacía el trabajo agradable eran las otras Damas de la Tijera.
Cuando Annabelle empezó, había cuatro en el Departamento de Prensa. Eran geniales, con sus tijeras Fiskars y cúteres X-ACTO, con sus reglas metálicas y bases de corte OLFA, todas intrépidas espadachinas y un poco intimidantes, pero la recibieron calurosamente y Annabelle enseguida se integró. Formaban un equipo bien avenido, sentadas alrededor de una gran mesa, recortando, charlando y compartiendo las noticias interesantes, pero una a una las damas se fueron marchando. Las dos últimas fueron una mujer negra mayor que las demás, quien se jubiló, y una pakistaní de mediana edad que hablaba inglés a la perfección y estaba sacándose el título para enseñarlo a extranjeros. Annabelle las echaba de menos. Habían sido amables con ella. Cuando Kenji murió, los periódicos locales habían publicado historias humillantes sobre el accidente, llenas de detalles sórdidos sobre pollos cloqueando, plumas volando y drogas, pero Annabelle se dio cuenta de que las Damas de la Tijera se apresuraban a recortar esos artículos y a mantenerlos fuera de su vista, concediéndole así la dignidad del luto.
Su amabilidad hizo su marcha aún más dura, pero los tiempos cambiaban y el auge de las noticias en línea comprometía la supervivencia de Prensa como división de la compañía. Los archivos de viejas pletinas y vídeos VHS usados para grabar programas de radio y televisión habían sido destruidos hacía tiempo y reemplazados por ordenadores y equipos digitales. Las estanterías que una vez ocuparon los aparatos ahora estaban vacías, cogiendo polvo. Los únicos compañeros de Annabelle ahora eran hombres con destrezas transferibles, los mismos que en otro tiempo le habían mirado distraídos el pecho para aliviar su aburrimiento. Annabelle siempre había sido bonita de una manera turgente, como de otra época; era fácil imaginarla sensualmente despeinada con blusón y corpiño acarreando pesados cubos rebosantes de leche. Pero aquello fue antes de que Kenji muriera y empezara a ganar peso. Ahora sus compañeros de trabajo sabían que tenía los días contados y agachaban la cabeza detrás de sus consolas para ocultar la pena que les daba su situación. Vestida con pantalones elásticos holgados y una sudadera extragrande, tijeras en mano, Annabelle se sentaba sola y majestuosa en la larga mesa de trabajo, rodeada de pilas de periódicos, con banquetas vacías por toda compañía. Era la última de las Damas de la Tijera. El fin de una era.
Nadie se sorprendió cuando llegó un correo electrónico de la oficina central de la empresa anunciando la reorganización de la agencia. Todas las oficinas regionales, incluida aquella, iban a cerrar; pero, por suerte, continuaba diciendo el correo, no habría nuevos recortes de plantilla. En lugar de ello, la agencia dotaría a los empleados de los equipos y la conexión a internet de banda ancha necesarios para trabajar desde casa. Los compañeros de Annabelle estaban felices. Les gustaba la idea de la banda ancha y de no tener que desplazarse al trabajo. Les gustaba la idea de levantarse de la cama y ponerse a trabajar directamente en ropa interior, pero Annabelle no sabía a qué atenerse. Las circulares de la oficina central no mencionaban el Departamento de Prensa y, en calidad de última Dama de la Tijera, se temía lo peor.
El miedo se instaló igual que el mal tiempo. Reacia a confirmar sus peores temores, esperó, evitando a su supervisor y fingiendo compartir el entusiasmo de sus colegas. Trató de ser positiva. Tal vez le alquilarían una habitación con una mesa para trabajar en una pequeña oficina en alguna parte. Eso estaría bien. O, si cerraban Prensa, quizá podría pedir que le dieran formación en informática, aunque esto parecía improbable, dado que la agencia era notoriamente sexista y, además, ella era una persona más bien analógica. Pero quizá que la despidieran era justo lo que necesitaba. Quizá el universo le estaba enviando un mensaje, despejando el camino para un nuevo trabajo, algo más creativo y satisfactorio.
Después de cuatro días de nerviosa incertidumbre, recibió un mensaje de su supervisor informándola de que los periódicos que revisaba se los iban a enviar a su casa y que al día siguiente le instalarían allí un ordenador, un módem y un escáner de alta velocidad.
Aquella tarde Annabelle se despidió de sus compañeros y se marchó a casa a estudiar la situación. La vivienda, que ocupaba la mitad de un edificio de dos plantas, era vieja y pequeña, con una cocina que era también office, una despensa y un salón en la planta baja y, en la de arriba, dos dormitorios y un baño. El único sitio donde se podía montar una oficina era el cuarto de estar. Kenji había hecho estanterías en las paredes para su equipo de sonido, sus instrumentos y discos de vinilo. Todos los libros de Annabelle, el material para sus manualidades y sus colecciones eclécticas —de juguetes antiguos de hojalata y partes de muñecas de porcelana, de viejos frascos de medicamentos y postales de recuerdo de vacaciones de otras personas— estaban asimismo en las estanterías, y allí habían terminado también las cenizas de Kenji. Annabelle nunca había llegado a hacer el altar budista, de modo que las cenizas estaban en la estantería, junto a una caja de zapatos llena de fotografías sin ordenar. Su intención había sido esparcirlas en alguna parte y quizá hacer una ceremonia con Benny durante el verano, pero nunca se habían puesto a ello y los meses habían pasado, y en cualquier caso, ¿quién tenía tiempo para ceremonias? Era una madre soltera con un marido muerto y un hijo pequeño que mantener. Se llevó la caja con las cenizas al piso de arriba y la puso en la balda superior del armario de su habitación. Tal vez cuando estuvieran más organizados podrían hacer algo especial, como alquilar una barca y salir al mar. Quizá incluso podrían ir a Japón algún día y esparcir allí las cenizas.
Trasladó sus colecciones y sus libros al dormitorio, dispuso los juguetes en el alféizar de la ventana y apiló los libros contra las paredes hasta que pudiera comprar más estanterías. El material para manualidades se fue al cuarto de baño, de nuevo una medida provisional hasta que encontrara un lugar mejor. Enjugándose el sudor de la frente, volvió al cuarto de estar e inspeccionó lo que quedaba. Sabía que tenía que empezar a pensar en deshacerse de las cosas de Kenji, pero los instrumentos eran sus posesiones preciadas y era posible que Benny los quisiera algún día. Algunos álbumes eran rarezas y probablemente valiosos, pero para venderlos necesitaría un tasador. Se dio cuenta de que la única solución era guardarlo todo en cajas y llevarlas al armario de Kenji.
Volvió al piso de arriba llena de resolución. Llevaba sin mirar en aquel armario desde la noche en que escogió la americana de Kenji para el funeral. Ahora sacó fuerzas y abrió la puerta. Perturbadas por el movimiento de aire, las camisas de franela pulcramente colgadas en hilera agitaron los brazos en un amable saludo, pero lo que primero notó Annabelle fue el olor: el olor de Kenji, acre y salado como un viento que sopla desde el mar. La cogió desprevenida. Cerró los ojos y se entregó a él, dejó que el olor la envolviera, suave y cálido al contacto con su piel. Inhaló hasta tener los pulmones llenos y luego exhaló en un largo, único y entrecortado sollozo. Con los ojos todavía cerrados, hundió las manos en la hilera de ropa colgada y abrazó un conjunto de camisas ancho como un torso. Lo sacó del armario y lo llevó hasta la cama, luego volvió a por las chaquetas, después las camisetas, los jerséis, y así hizo varios viajes hasta que todo el contenido del armario estuvo amontonado sobre la cama y el armario se quedó vacío. Sofocada por el esfuerzo, se sentó en el borde del colchón, con la intención de descansar solo un momento, pero lo que hizo fue recostarse en la montaña de ropa, hundirse en la blandura espumosa del algodón usado de su marido, de sus vaqueros gastados, de sus raídas chaquetas de tweed.
Un extraño calor bañaba el tejido de las telas, todavía vibrantes de la presencia de él, de modo que Annabelle excavó más profundo, pegó la cara a los cuellos, los bolsillos y las mangas hasta extraer un tufillo a humo y a whisky, aromas persistentes de club nocturno que le recordaron la primera vez que Kenji le puso las manos en los hombros, la hizo girarse y se besaron. El recuerdo la hizo estremecer. El tacto de la lana áspera y la suave franela contra su piel era tan agradable que quiso más. Se sentó y se sacó la sudadera por la cabeza, pero cuando se puso de pie para quitarse los pantalones de chándal se vio sin querer en el espejo que había detrás de la puerta. Por un instante permaneció allí, mirando su reflejo, aquel cuerpo grande y pálido con sus gruesos pliegues de carne que se derramaban sobre las costuras de la ropa interior, y apartó la vista. Su mirada se posó en los números rígidos y rojos del reloj digital de la mesilla de noche. Eran casi las tres, la hora en que terminaba el colegio. Benny odiaba que lo hiciera esperar. Despacio, se puso de nuevo la sudadera, se sentó en el borde de la cama desordenada y acarició la manga de una camisa de franela verde cuyo puño había terminado sobre su rodilla. Era la camisa preferida de Kenji, un bonito tartán atenuado y atravesado por franjas de amarillo y azul. Sería una colcha preciosa, pensó. Era algo que se hacía ahora, colchas conmemorativas con la ropa de los seres queridos que habían muerto. La verdad es que era una idea hermosa, envolverte en recuerdos y dar una nueva vida a las prendas de vestir.
Espera, ¿no vas a contar cómo se conocieron? No es que quiera decirte cómo hacer tu trabajo ni nada de eso, pero te estás saltando la mejor parte, la parte feliz, y si no la cuentas, entonces los lectores no sabrán lo normal que era todo al principio, o cuánto se querían mi madre y mi padre, que es la razón de que ella después estuviera tan de puta pena. Pensarán solo: «Ah, esa Annabelle no es más que una pobre fracasada», lo que no es justo.
Y, además, no me importaría oírlo. Cuando vivía mi padre solían hablar de su gran historia de amor, pero solo me contaron parte de ella; por ejemplo, que mi padre se enamoró de mi madre en cuanto la vio y que ella era tan guapa, y él tan bueno, que estaban hechos el uno para el otro, etcétera, pero yo me daba cuenta de que se dejaban cosas. A veces, cuando se miraban, les chispeaban literalmente los ojos con secretos que no querían que su hijo conociera, y entonces sonreían o apartaban la vista, o se daban un beso y cambiaban de tema. No me importaba. Me gustaba que tuvieran secretos si eso los hacía felices, pero cuando murió mi padre, mi madre se puso triste y los secretos dejaron de chispear, y en ese caso es absurdo tenerlos, ¿no? Evidentemente, hay cosas que un niño no necesita saber sobre sus padres, pero tú podrías contarme algunas.
Ah, espera un momento. Se me acaba de ocurrir que quizá tú no conoces sus secretos. Había dado más o menos por hecho que los libros lo saben todo, pero igual tú eres un libro tonto, o vago, de esos que empiezan por la mitad porque no saben cómo se empieza una historia y no quieren tomarse la molestia de averiguarlo. ¿Es eso? ¿Eres de esa clase de libro? Porque, si es así, quizá deberías buscarte la historia de otro niño, un niño normal y agradable con una ajetreada vida social que o no oye o no quiere escuchar. Hay un montón de niños así, de manera que, por favor, siéntete libre de buscar. Tú eliges.
Yo, en cambio, no tengo elección. Si eres mi libro, tengo que hacerte caso. Es eso o volverme loco otra vez, y mi trabajo estos días es no dejar que eso ocurra. Así que sugiero que tú hagas tu trabajo y yo haré el mío. Empieza otra vez. Cuéntales a los lectores cómo se conocieron. Empieza por el principio.
Las historias nunca empiezan por el principio, Benny. En ese sentido, difieren de la vida. La vida se vive desde el nacimiento hasta la muerte, desde el principio hasta un futuro inescrutable. Pero las historias se cuentan en retrospectiva. Las historias son vida vivida hacia atrás.
3
Se conocieron en un club de jazz del centro, en otoño de 2000. Por entonces Annabelle estudiaba para bibliotecaria y salía con un saxofonista que pensaba que las bibliotecarias eran sexis, o al menos eso le decía, y ella tenía debilidad por los músicos. Este se llamaba Joe; era un hombre alto, delgado y lobuno con ojos hundidos y una sonrisa lenta que le dividía la cara igual que una hendidura. Al principio a Annabelle le pareció una sonrisa irónica. Después sardónica. Después cruel.
El club de jazz era un tugurio en el límite de Chinatown, un lugar al que los músicos iban a improvisar. Joe era el líder de una pequeña banda de jazz de aficionados que tocaba allí y una noche decidió divertirse sacando a cantar a Annabelle. Esta tenía una voz interesante, perturbadora y extraña, y disfrutaba cantando, pero nunca lo había hecho sobre un escenario y Joe sabía que la idea la aterraba. Esperó a un sábado en que el local estuviera atestado: de hipsters, programadores, inversores de capital riesgo y otros no músicos que recientemente habían decidido que aquel club era donde había que ir para parecer culto y ligar. Annabelle estaba sentada en su mesa de siempre, justo delante del escenario. Mediada la actuación, Joe se volvió hacia la banda.
—¿Mein Liebling? —propuso, y a Annabelle se le cayó el alma a los pies. Joe cogió el micrófono—. Y ahora —susurró al público—, a modo de sorpresa especial, por favor, ¡un aplauso para la encantadora y talentosa señorita Annabelle Lange!
Con un gesto exagerado y burlesco extendió la mano y fue entonces cuando Kenji se fijó en ella. Era la primera vez que tocaba con la banda. Acababa de llegar a la ciudad con un visado de turista expedido en Tokio para explorar el ambiente jazzístico. Su inglés no era bueno, su alemán, inexistente, pero Mein Liebling era Mein Liebling en cualquier idioma. El líder de la banda ofrecía el micrófono a una rubia pálida de huesos grandes con mechas rosa brillante y llamativos ojos color lavanda. Consternada, la mujer negó con la cabeza y miró suplicante a Joe, pero este ya le había dado la espalda y se había puesto a chupar su lengüeta. La mujer pareció decidir que no tenía elección. Se puso de pie y subió con paso vacilante al escenario, igual que una niña jugando a los disfraces con los zapatos de tacón de su madre. Se detuvo en las sombras en el límite de la luz de los focos, se mordió el labio inferior y tragó saliva. Tenía un labio inferior maravilloso, se dio cuenta Kenji. Lleno y carnoso. No llevaba carmín, no iba maquillada. Solo su cara suave y desnuda enmarcada en rizos dorados. Pisó con la punta afilada de su zapato el charco de luz y a continuación vaciló, miró al público y después a Joe, quien la observaba con ojos entornados y esa lenta mueca que hacía pasar por sonrisa. Desde donde estaba, con los instrumentos de viento, Kenji vio cómo temblaba Annabelle.
Cogió su clarinete y repasó deprisa las llaves con los dedos. Los metales empezaban la canción y él entraría en los intervalos. Se había fumado un porro con la banda antes de la actuación y se sentía preparado.
Joe golpeó el suelo, impaciente, y Annabelle se colocó en la luz del foco. Llevaba un vestido cóctel vintage de tubo hecho en satén color aguamarina que parecía quedarle incómodamente ajustado. ¿La había obligado Joe a ponérselo? El satén centelleaba. Por entre sus largos rizos rubios asomaban mechones rosas que atrapaban la luz al caerle sobre los hombros desnudos. En sus orejas relucían brillantes de imitación. Los trompetistas levantaron sus instrumentos, Joe ladeó la cabeza y contó, y el grupo empezó a tocar.
Por un momento, Annabelle dio la impresión de ir a salir corriendo. Se le enganchó el tacón de aguja en un cable, pero se agarró al pie del micrófono y recuperó el equilibrio. Cogió el micrófono y se quedó mirándolo como si fuera la primera vez que veía uno. Pasó los dedos, indecisa, por el cable. Entró la percusión y la siguieron los metales, seis compases rápidos y, a continuación, su entrada. Se acercó el micrófono a la boca y Kenji lo vio temblar de placer por estar tan cerca de los labios de ella. Empezó a cantar.
Before I met you, my dear, I thought I knew...
Estaba todo mal, pensó Kenji. La voz de Annabelle era un susurro trémulo tan leve que apenas la oía por encima de los metales. Mein Liebling tenía que cantarse con seguridad, si no directamente con el estilo voluptuoso de cabaret de Zarah Leander, al menos con el animado y fresco tan americano de Martha Tilton o las Andrews Sisters. Pero no así. Aquella chica titubeaba, no era ni fresca ni segura.
All the many words for love, but then they flew...
El fraseo vacilante transmitió a Kenji una dolorosa soledad. Aquella mujer solo había cantado dos versos y ya se moría en el escenario. Nadie podía salvarla. Sacudió el pie y volvió a lamer la lengüeta, esperando su entrada y con la sensación de que le iba a estallar el corazón, y justo entonces, como si ella hubiera notado su mirada, volvió la cabeza y lo miró. Tenía los ojos de un imposible color lavanda llenos de lágrimas.
Far, far away…
Nadie podía salvarla, pero Kenji tenía que intentarlo. Cerró los ojos, levantó el clarinete y tocó una sinuosa sucesión de notas que se elevaron igual que una cuerda, hermanándose con las trompetas y enroscándose en el bajo, moderando el tambor y rodeando el saxo hasta, por fin, llegar hasta ella. Annabelle se asió a su riff y dejó que la transportara.
There are no words in any tongue,
Or any song that can be sung,
That can possibly convey...
Tocaba para ella, para sostenerla durante el segundo verso y guiarla audazmente hasta el estribillo:
Du bist mein Liebling, can’t you see
How wunderschön you are to me...?
Ya lo estaba cantando, y cuando su voz subió de volumen, los hipsters que habían estado hablando a voces se callaron. Las barbas se volvieron hacia el escenario, las botas empezaron a marcar el ritmo en el suelo y los dedos chasquearon mientras la canción llegó al metálico crescendo final y terminó. Kenji dejó que la lengüeta le cayera de los labios, bajó su instrumento goteante, se secó el sudor de los ojos y, cuando los abrió, vio que ella lo miraba de nuevo, solo que esta vez sonreía y tenía las pálidas mejillas arreboladas. Sacudió sus rizos rubios y se volvió al público. El aplauso subió y bajó mientras ella juntaba las manos y hacía una reverencia torpe. Joe se unió a ella bajo los focos y le pasó una mano por la cintura, pero Annabelle hizo un pequeño contoneo para liberarse y volvió a pasitos pequeños a su mesa.
Más tarde aquella noche, en el dormitorio en penumbra del pequeño apartamento del centro que compartía con dos inquilinos más, Kenji bajó la larga cremallera de aquel vestido de cóctel de satén. Como en un sueño, se lo sacó a Annabelle por los hombros blancos y redondeados y lo dejó formar un charco centelleante en el suelo. ¿Cómo podía estar sucediendo algo así? Le desabrochó el sujetador y la ayudó a liberar sus brazos de él y, a continuación, la sujetó por el codo mientras ella se sacaba las bragas. Cuando estuvo desnuda, Kenji dio un paso atrás y la miró. Ella no se movió, insegura, enmarcada por una ventana que parecía sostenerla. Fuera, la luz de una farola brilló a través de los visillos y volvió irisada su piel color crema. Esperó a que él expresara alguna cosa, agrado o desagrado, y cuando no lo hizo, se tapó los pechos y la entrepierna con las manos. Kenji se quedó sin respiración. Era magnífica. De pie en el charco de satén barato color aguamarina y encaje raído, parecía la Venus de Botticelli saliendo de las olas, ¿o era de una concha? No se acordaba, pero sin duda era la mujer más hermosa que había visto en su vida, y si susurró «Botticelli» para sí, su acento distorsionó la palabra y ella no la entendió. Desconcertada, le dio la espalda y Kenji se sintió humillado. Se apresuró a acercarse a ella. Le puso las manos en los hombros y la hizo girarse, le cogió la encantadora cara entre las manos y a continuación la besó en los labios y la sintió temblar. Toda ella. Todo su cuerpo.
Hicieron el amor y después, con los cuerpos enredados entre sábanas, ella le enseñó la letra de la canción, susurrándole las palabras al oído mientras él se fumaba un porro y jugaba con un bucle rosa de la mata de rizos rubios y se lo enroscaba alrededor de un dedo.
Du bist mein Liebling, can’t you see
How wunderschön you are to me...?
—¿Wundershön? —preguntó él.
Ella miró cómo sus labios formaban la palabra desconocida. Los planos de su cara eran tersos y limpios. No tenía ni idea de qué edad tenía, no sabía nada de él.
—Qué maravillosa —susurró, y a continuación se ruborizó—. O bella. O las dos cosas, en realidad. Maravibella. En alemán son muy de juntar palabras. Se supone que se lo dice un hombre a una chica.
Sorprendido, Kenji se incorporó hasta apoyarse en un codo. Tenía un pecho no muy ancho pero musculoso.
—¿Lo dice un hombre?
Annabelle asintió.
—Le dice a la chica lo guapa que es en distintos idiomas.
I could say bella, schön, or très jolie,
Ich liebe dich, do you love me...?
—¿Bella? Pero si ese es tu nombre. Debería cantarte esta canción. —Se inclinó hacia ella y le retiró los rizos de la cara—. Bella, bella —le cantó pegado a su cuello, y cuando sus labios bajaron por la garganta de Annabelle, esta arqueó la espalda y cerró los ojos—. Wunder —susurró Kenji cogiéndole con suavidad los pechos turgentes y redondos y chupándole suavemente los pezones—. Schön…
Si la piel señala la frontera en la que termina un «yo» y empieza un «tú», entonces aquella noche hicieron todo lo que pudieron por cruzarla. Para Annabelle fue una experiencia nueva. Había tenido relaciones sexuales antes, pero su implicación en el acto siempre había estado más impulsada por la resignación que por el deseo. Llegado un determinado momento, después de un cierto número de citas para salir a tomar algo o de copas de vino, el sexo era sencillamente lo que una hacía. O quizá «hacer» no era la palabra adecuada, puesto que ella nunca había hecho gran cosa. Más bien era algo que ocurría, remoto y distante, con independencia de lo que ella hiciera o dejara de hacer. El placer nunca había sido un factor, aunque, una vez terminaba el asunto, el alivio que seguía a la incomodidad siempre era bien recibido.
