El libro de los breves amores eternos - Andreï Makine - E-Book

El libro de los breves amores eternos E-Book

Andrei Makine

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Beschreibung

El destino de Dmitri Ress podría medirse en largos años de lucha, sueños y sufrimiento. O en la intensidad de su amor por una mujer. O en las heridas que sufrió en cuerpo y alma al verse envuelto en la violencia del enfrentamiento entre Occidente y Rusia. Esta ponderación del Bien y del Mal sería justa si no hubiera, en nuestras vidas apresuradas, momentos humildes y esenciales en los que redescubrimos el sentido, el valor de amar y la estimulante intimidad del ser. Con un estilo sobrio y poderoso, este libro transcribe la misteriosa sinfonía de estos momentos de gracia. Los héroes de Makine los viven en la verdad de las pasiones que rara vez se pronuncian, en el corazón mismo de la historia y tan lejos del brutal clamor de nuestro mundo. Y es que, como se escribe en estas páginas, «el amor es subversivo por esencia». «(Makine es) poseedor de una excelente y subyugante prosa» —Mercedes Monmany

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Andreï Makine

El libro de los breves amores eternos

Traducción de Fernando Montesinos Pons

Título en idioma original: Le livre des brèves amours éternelles

© Editions du Seuil, París 2011

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid 2024

Traducción de Fernando Montesinos Pons

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-1339-197-7

ISBN EPUB: 978-84-1339-530-2

Depósito Legal: M-23944-2024

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, Bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

A la memoria de Dick Seaver

I. La ínfima minoría

El recuerdo de esta coincidencia me vuelve desde mis tiempos de juventud, a la vez insistente y evasivo, como un enigma para el que nunca desesperas de encontrar la clave.

He aquí los hechos. Un día de primavera acompaño a casa a un amigo, un hombre enfermo, que de repente me propone pasar por el centro de la ciudad alargando nuestro trayecto con un rodeo innecesario. Con mayor razón porque no debe gustarle esta ciudad del norte de Rusia donde cada calle le recuerda su vida atormentada. Se detiene, presa de un acceso de tos, junto a la valla de un parque, se da la vuelta con una mano pegada a la boca y la otra asida a un barrote de hierro. En ese mismo momento aparece una mujer que baja de un coche a unos pocos metros de donde nos habíamos detenido. Un muchachito al que la mujer lleva de la mano nos lanza una mirada de curiosidad no exenta de temor. A sus ojos parecemos un par de borrachos con náuseas. La vergüenza que siento no borra una sensación más vaga y más difícil de fijar en un pensamiento. Oscuramente, adivino que nuestro rodeo no ha sido casual, ni tampoco la aparición de esta bella desconocida... Pasa de largo, dejándonos una ligera estela de perfume amargo y helado, cuando ya se abre la puerta de uno de los inmuebles que bordean el parque y el portero deja entrar a la mujer y al niño. Mi amigo se endereza y reemprendemos la marcha. La coincidencia —su huidiza rareza— se graba como por accidente en mí para volver una y otra vez a lo largo de mi vida y quedar durante mucho tiempo sin respuesta.

Hoy debe de haber en el mundo apenas media docena de personas que se acuerden de Dmitri Ress. Mi memoria solo ha preservado dos fragmentos muy desiguales de su vida. Dos pequeñas teselas de mosaico que alguien que no conociera a Ress creería desvinculadas.

En primer lugar, estas palabras articuladas con dolorosa torpeza por uno de sus allegados: «La amaba... como no se puede ser amado... más que en un lugar distinto a esta tierra».

El otro fragmento —su actividad como opositor— solía contarse con la misma vacilación confusa. No se trataba de la falta de interés que los vivos acaban por mostrar hacia un héroe olvidado. No, más bien se trataba de la incapacidad de captar la razón profunda del combate que Ress mantuvo hasta su muerte. Una lucha como la de Don Quijote para algunos, para otros, un suicidio que duró veinte años.

En el momento de nuestro encuentro contaba con cuarenta y cuatro años a sus espaldas, calvo, desdentado y minado por un cáncer, parecía un octogenario con salud delicada. Sumando sus tres condenas sucesivas daban un total de quince años y algunos meses pasados tras alambradas. La gravedad de las penas se debía a la originalidad de su credo: como filósofo de formación criticaba, no las taras específicas del régimen vigente en la Rusia de aquel tiempo, sino el servilismo con el que todos los hombres en todos los tiempos reniegan de la inteligencia para unirse al rebaño.

—Pero ¿por qué se encarniza usted contra nuestro país? —le preguntaban durante el interrogatorio. —Porque es mi patria —respondía— y me resulta particularmente intolerable ver a mis conciudadanos dormitando en torno a una pocilga.

Los justicieros veían en él la peor de las subversiones. Preferían vérselas con los contestatarios «clásicos» que se dejaban expulsar a Occidente, donde la indiferencia satisfecha embotaba rápidamente hasta las plumas más acerbas.

Dmitri Ress cometió su primer delito a los veintidós años. La víspera del desfile tradicional con motivo del aniversario de la Revolución de Octubre pegó un cartel realizado con verdadero talento de dibujante en la pared de un edificio administrativo: en él aparecían las gradas por donde subían los dignatarios del Partido, la marea de banderas rojas, las pancartas cargadas de eslóganes a la gloria del comunismo, las dos filas de militares que canalizaban el avance de los manifestantes. Nada más realista. Salvo que los notables que se encontraban de pie en la plataforma, siluetas cuadradas con sombreros fofos estaban representados en el cartel como cerdos. Con pequeños ojos desdeñosos y hocicos hinchados de grasa. Las «masas populares» que se encontraban al pie de las gradas padecían también el comienzo de la metamorfosis. El cartel llevaba como título ¡Viva la Gran Montanera!

La falta era grave, pero la juventud del autor podría haber inspirado clemencia. Tanto más por el hecho de que su idea de recurrir a un animal no era nueva; toda la literatura disidente utilizaba este procedimiento y el mismo Solzhenitsyn comparaba a uno de los miembros de la nomenklatura con un jabalí brutal y lascivo. Se podría haber alegado la irreflexión, la influencia de las malas lecturas... Desgraciadamente, el joven se mostró orgulloso y afirmó que había pintado lo que veía y que estaba decidido a denunciar este bestiario. Una actitud indefendible.

Sin embargo, los jueces se mostraron indulgentes y le condenaron solo a tres años en una colonia de régimen ordinario.

El campo en vez de doblegarle le volvió inflexible. Tras ser liberado, reincidió. Elaboró dibujos y panfletos que ya caían bajo una rúbrica más grave: propaganda antisoviética. En pocas palabras, se encerró en sí mismo. A esto se refirió un juez, superado por tanta rigidez, con una expresión rusa que significa más o menos «colarse por el cuello de una botella».

Si se hubiera limitado únicamente a seguir la lógica de los opositores que despotricaban contra el Kremlin y divinizaban el Occidente. Pero no, no desistía: su producción pictórica y literaria apuntaba a toda la humanidad y su patria no era más que un ejemplo entre otros. Una condena de cinco años no pareció conmoverle demasiado. Otra, la última, en un campo de «régimen reforzado», le quebró físicamente, pero confirió a sus convicciones la firmeza del sílex. Parecía además un largo destello de esta piedra, y su mirada lanzaba a veces reflejos ardientes, los restos de un pensamiento indómito en un cuerpo deshecho.

Lo que aprendí sobre su magullada existencia se limita al recuento de sus tres condenas y a algunos raros detalles de su vida cotidiana de prisionero... Y también al apodo de «Poeta» que le habían puesto sus compañeros de detención y del que nunca supe si tenía un sentido despectivo o de aprobación. Nada más, Ress se tomaba como una cuestión de honor no hablar de sus sufrimientos.

Nuestra única conversación larga tuvo lugar en un pueblo del norte de Rusia, a novecientos kilómetros de Moscú, la región donde estuvo bajo arresto domiciliario durante los seis meses que le quedaban de vida.

Era el Primero de Mayo. Yo le acompañaba a casa y tuvimos que esperar un poco a la entrada de un puente que estaba bloqueado a causa del desfile que tenía lugar en la plaza principal. Con los codos apoyados en la barandilla pudimos ver el cortejo que avanzaba a lo largo de un enorme edificio, la sede local del Partido. En las gradas había hileras de abrigos negros y sombreros de fieltro.

El día era soleado, pero frío y ventoso. Las ráfagas traían fragmentos de marchas militares, fragmentos de eslóganes emitidos por los altavoces, el rugido sordo de las columnas de participantes que repetían a voz en grito las consignas oficiales.

—¡Imagínese! La misma puesta en escena desde el Extremo Oriente hasta la frontera polaca —susurró Ress con el tono soñador que se adopta para evocar una tierra fabulosa—. Y desde el océano Ártico hasta los desiertos de Asia Central. Las mismas gradas, los mismos cerdos con sombreros fofos, la misma multitud idiotizada por esta comedia. El mismo desfile a lo largo de miles y miles de kilómetros...

La idea me impactó, yo nunca había pensado en este flujo de personas que se relevan de un huso horario a otro (¡once en total!), a través del inmenso territorio del país. Sí, en todas las ciudades y bajo todas las latitudes la misma misa colectivista.

Adivinando mi perplejidad, se apresuró a añadir:

—¡Y en los campos, créame, es lo mismo! ¡Tribunas ocupadas por los carceleros de más rango, una orquesta formada por exconvictos melómanos, pancartas rojas: gloria, viva, adelante! Por todas partes como le digo. Un día llevaremos estas gradas a la Luna...

Una ráfaga de viento se hizo eco de sus palabras: «¡Viva la heroica vanguardia de la clase obrera!...». Ress sonrió, plegando fuertemente los labios en una boca desdentada.

—Ah, estas tribunas... En Occidente se han escrito toneladas de glosas para explicar la sociedad en que vivimos, su jerarquía, el sometimiento mental que sufre la población... ¡Y no hemos entendido nada! Mientras que allí basta con abrir los ojos. Desde aquí se puede ver al apparatchik jefe, en el centro de la tribuna, con un sombrero negro y una cara tan plana como una crepe. A su alrededor, con minucioso respeto a las preeminencias, sus esbirros, cuanto más lejos están de él, menos importantes son. Lógico. El modelo supremo sigue siendo la tribuna oficial de la plaza Roja. Unos cuantos militares, para que el pueblo sepa sobre qué poder descansa la autoridad del Partido. Y lo más interesante: los recintos que dividen la tribuna en sectores. En el de la derecha, están los jefes de empresa, la administración del puerto fluvial, algunos sindicalistas de alto rango y, para no olvidar a los proletarios, tres o cuatro trabajadores de choque. En pocas palabras, la flor y nata de las fuerzas productivas. En cuanto a las fuerzas poco productivas, pero útiles al régimen, se las pone a la izquierda: el rector de la universidad, los redactores jefes de los periódicos locales, los mandarines del mundo de la medicina, un par de literatos, la intelligentsia en una palabra. Y justo al pie del aparato dirigente, el recinto familiar donde se aparca a las esposas y a los hijos...

Le dio un ataque de tos, se inclinó y una gran vena azul se le hinchó en la sien, sobresaliendo bajo la piel transparente del cráneo. Quise desviar la conversación:

—Bueno, ya sabe usted que al pueblo le importan un bledo estas tribunas...

Se enderezó y su mirada me abrasó.

—¡No! Al pueblo no le traen sin cuidado. Las necesita. Necesita esta pirámide de cabezas de cerdo como la expresión coherente de la arquitectura del mundo. La disposición de los recintos le tranquiliza. Es su religión laica. Y ese cretino que grita los eslóganes por el altavoz es el equivalente exacto de un pope que predica...

Consiguió contener un nuevo acceso de tos, su cuello tembló, su rostro se puso de color morado. Su voz resonó, sincopada, atenta a los espasmos que le anudaban la garganta:

—No generalicemos... Estos manifestantes... no son todos iguales. Podemos delimitar... tres clases. La primera, la formada por la aplastante mayoría, es una masa conciliadora a la que le gusta la comodidad del rebaño. La segunda categoría está formada por burlones, salidos sobre todo de la intelligentsia: repiten las consignas a coro, pero su grito es un juego, una burla. Ondean las banderas con frenesí burlón y levantan los retratos de los dirigentes en sus astas como si se tratara de cabezas izadas en picas. Por último, la tercera categoría es la de los rebeldes, lo bastante ingenuos como para esperar romper este grotesco desfile. Escriben panfletos, dibujan carteles y... y...

Empezó a toser otra vez, se llevó una mano sobre la boca y la otra la dejó agarrada a la barandilla del puente. La curvatura de su cuerpo delgado, bajo una vieja gabardina, hacía pensar en una rama quebrada... El paso acababa de reabrirse, el desfile tocaba a su fin y se veía a la multitud dispersarse por las calles vecinas.

Reemprendimos nuestra marcha, pero en lugar de ir hacia su casa, Ress me llevó a un barrio residencial de la época estaliniana: alrededor de un parque había una zona de edificios donde vivían los notables que acabábamos de ver en las tribunas. Ress se detuvo junto a la valla de hierro fundido para tomarse un respiro, observó a los manifestantes de camino a casa, felices de haber cumplido con el tormento de la participación obligatoria. Entre ellos iba un muchacho con el retrato de un miembro del Politburó al hombro. Tres adolescentes, cada una con una bandera enrollada bajo el brazo. Un grupo de escolares...

Y de repente, bajando de un coche negro oficial, una bonita mujer de unos cuarenta años, vestida con un abrigo claro. Lleva de la mano a un muchachito. El niño nos miró asombrado; la presencia de estos dos hombres, tan diferentes, debió parecerle extraña. Su madre le tiró de la mano y se alejaron unos metros de nosotros antes de entrar en uno de los edificios «estalinianos». Sentí una brizna de perfume, un tenue amargor en armonía con este día luminoso y fresco. Ress se dio la vuelta y volvió a toser, pero sin ahogarse. Por un momento llegué a creer que quería evitarle al niño el espectáculo de su dolencia...

Volvimos a ponernos de nuevo en marcha, sin que yo comprendiera por qué había querido pasar cerca del parque. Tal vez simplemente para llegar a la plaza principal, ahora casi vacía... Sacudió ligeramente la cabeza en dirección a las tribunas. Su voz parecía alegre:

—Un escenario de ciencia-ficción. Mañana, este régimen carcomido se derrumbará, y nos encontraremos en el paraíso capitalista, con multimillonarios, estrellas de cine y políticos bronceados subiendo a estas gradas... Y en el recinto de los intelectuales, Jean-Paul Sartre, por ejemplo. No, acaba de morir, en fin ¡ya encontraremos a alguien! ¿Y sabe qué es lo más cómico? Que la multitud desfilará como si no hubiera pasado nada. Y es que les importa muy poco quién llene las tribunas, lo esencial es que estén llenas. Eso es lo que da sentido a la vida de nuestro hormiguero humano. Sí, en lugar de la estatua de Lenin, deberíamos imaginar a un playboy con esmoquin. Eso ocurrirá algún día. Y en el desfile volverán a estar de nuevo estas tres categorías: los plácidos sonámbulos que son la gran mayoría, los burlones y unos pocos rebeldes marginales...

Carraspeaba ya al hablar, pero el verdadero acceso llegó cuando reanudamos la marcha. Entonces le entró un sofoco de ladridos que le dio el aspecto lamentable de un perro viejo vaciando los pulmones de sus últimas cóleras. Me quedé allí con los brazos colgando, sin saber cómo ayudarle ni qué decir, confusamente avergonzado como siempre que nos encontramos ante una persona que se siente mal en medio de la calle.

Nos habíamos parado en una cuesta abajo mal asfaltada bordeada de viejas casas de madera. Al final de la pendiente, tras la redecilla clara de los saucedales, veíamos centellear el río. Todavía quedaban placas de hielo en las orillas. De vez en cuando, una nube ocultaba el sol, y el paisaje recordaba entonces un comienzo de invierno...

Ress consiguió aplacar su tos un momento, levantó la cabeza y con una mirada que me pareció ciega abarcó la bajada, la orilla del río y los sauces. Sus palabras silbaron, febriles:

—Sí, estarán... siempre ahí... esas tres categorías... los cerdos somnolientos... los burlones... los gruñones con los pulmones reventados... como yo...

Volvió la tos y, de repente, la mano que llevaba pegada a los labios se tiñó de rojo. Con una vivacidad defectuosa sacó un pañuelo y vi que la tela ya estaba manchada de sangre. Una nueva sacudida en su pecho hizo brotar de su boca un coágulo oscuro, después otro, y me apresuré a tenderle mi pañuelo...

Un detalle evocador: este pañuelo de seda me lo había regalado una amiga. Un regalo así, que hoy parecería incongruente, no era, pues, insólito en la Rusia de aquellos años, lo que me permite evaluar la distancia casi cósmica que nos separa de aquella época. Pero aquel día, al mirar a Ress secarse los labios, adiviné el pasado de aquel hombre: «No tuvo muchas ocasiones de ser amado...». Largas condenas a trabajos forzados, la torturadora lentitud con que se reconstruye la vida de un preso y ya otra detención, y pronto, una salud demasiado devastada para esperar una recuperación gracias a un encuentro, en un nuevo sueño, en un amor.

Permanecía encorvado, golpeado por el látigo de la tos, con el pañuelo aplastado contra la boca. En la fea postura de un borracho con náuseas. Desvalido, yo farfullaba de vez en cuando algún aliento inútil: «Ya se va a calmar... Un vaso de agua fresca y...». Comprendía yo en este momento, con una intensidad que nunca antes había experimentado, la atroz injusticia de la vida, o de la Historia, o tal vez de Dios, en fin, la crueldad de este mundo indiferente hacia un hombre que escupía su sangre en un pañuelo de seda. Un hombre que no había tenido tiempo para amar.

La mitad del cielo ya estaba cargada de nubes. Copos dispersos empezaron a planear sobre los tejados, tejiendo una ondulación blanca al final de la calle. Muy lejos, detrás del río, la luz seguía brillando, primaveral, como si el colorido cortejo de la mañana continuara allá abajo, dejándonos solos en esta empinada callejuela. La nieve, esta última nieve del año, trajo consigo el apaciguamiento, una nueva profundidad a la mirada, la armonía silenciosa de todo lo que veíamos. Este silencio fue también el aliento que Ress acabó por recuperar, una cadencia de expiraciones cortas y cada vez más tranquilas.

Su voz, liberada ahora del deseo de contestar o de convencer, sonaba como un eco procedente de un tiempo cuando lo que decía parecería evidente:

—Tres categorías... Los conciliadores, los burlones, los rebeldes... Pero también están... También están los que tienen la sabiduría de detenerse en una callejuela como esta y ver caer la nieve, ver una lámpara encendida en una ventana, oler el aroma de la leña que arde. Solo una pequeña minoría de nosotros sabe vivir esta sabiduría. Yo la he encontrado demasiado tarde, apenas estoy empezando a conocerla. A menudo, por costumbre, vuelvo a representar los viejos roles, como hace un momento, burlándome de esos pobres tipos en su tribuna. Son ciegos, morirán sin haber contemplado esta belleza.

Lo que veíamos era humilde, gris, muy pobre. Casas del siglo pasado, tejados erizados aquí y allá de tallos muertos. El aire apagado recordaba un crepúsculo de noviembre, a la espera del invierno. Era mayo y toda la ciudad preparaba la comida festiva, el sol iba a volver con su alegría brutal. Pero la belleza estaba ahí, en ese momento perdido en medio de las estaciones. Solo necesitaba esos colores apagados, la frescura intempestiva de la nieve, el recuerdo conmovedor, súbitamente despertado, de tantos inviernos antiguos. Esa belleza se confundía con nuestra respiración, bastaba justo con olvidar quiénes creíamos ser.

No sé con exactitud en qué condiciones murió Ress, ni si, al final, contaba con la compañía de una presencia amistosa o al menos atenta. Tengo excusas que valen lo que valen: viajes, trabajo, dificultades para seguir en contacto con alguien que como él ni siquiera disponía de teléfono. Y además nunca habíamos estado verdaderamente cerca el uno del otro, era un «amigo que era amigo de otro amigo».

Hoy, cuando ya ha pasado un cuarto de siglo, al intentar acordarme de Ress —como a veces hacemos todos al hablar a los que han partido o han muerto— e iniciar una conversación en la que intervendría su voz, me vuelve a la memoria una línea de puntos formada por días, muy anteriores a nuestro encuentro, que se remontan a mi infancia, a mi juventud. Estos días cobran vida de nuevo en mi memoria gracias a Ress, que hablaba con los labios todavía manchados de sangre. Curiosamente, son estos reflejos del pasado los que mejor responden a su entonación rasgada. Quizá porque se trata de momentos de ternura vividos hace ya mucho tiempo, de momentos de amor que él no tuvo tiempo de vivir.

Lo esencial de estas palabras silenciosas dirigidas por mí a Ress es hacerle comprender que tenía razón. Y que todos somos capaces de abandonar la marcha gregaria del desfile, sus vociferaciones exaltadas, sus emblemas aplastantes, sus mentiras.

Lo fundamental es poder decirlo sin traicionar la voz quebrada de este hombre que había recibido en un campo el sobrenombre de «Poeta».

II. La que me liberó de los símbolos

No fue la primera mujer que me deslumbró por su belleza, por la paciente fuerza de su amor. En todo caso, era la primera en revelarme que una mujer amante ya no pertenece a nuestro mundo, sino que crea otro y se queda en él, soberana, inaccesible a la rapacidad febril de los días que pasan. Sí, una extraterrestre.

¡Y pensar que nuestro encuentro tuvo lugar en un decorado destinado a representar una vida sin amor!

Los símbolos oficiales tienen una función psicotrópica: nuestra modesta persona se encuentra multiplicada por diez en un espectáculo de masas, nuestra voz resuena, amplificada por los himnos y el estrépito de los instrumentos de metal, nuestra angustia de seres mortales se desvanece gracias a la longevidad de la Historia. Los emblemas representan, en trampantojo propagandístico, un camino a seguir, un sentido a la vida, un futuro. Sí, ansiolíticos existenciales, antidepresivos metafísicos.