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Los cuentos que conforman El libro infinito, el inicio literario de Diego Chami, ponen en palabras historias conocidas por todos: las peleas de pareja, las relaciones laborales, las inseguridades y debilidades de cada uno, los miedos, las ganas de cambiar de vida, las coincidencias, el descubrimiento de la propia identidad, los desencuentros y las posibilidades que se abren luego de situaciones fortuitas. Todas ellas quedan ahora y para siempre plasmadas en estas páginas porque Chami convierte en cuento esos mundos vividos, pero también los inventados, los imaginados y los fantaseados. Con ellos nos interpela, hace emocionar, pero sobre todo, confirma que es imposible vivir sin ficción.
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Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Diego Chami
El libro infinito
Un día le conté a Diego una historia. Diego me escuchó atento y, cuando terminé mi relato, repitió el nombre del protagonista de mi anécdota y agregó: “Qué buen nombre para un personaje de cuento”.
Creo que Fogwill dijo alguna vez que los escritores son como los seductores (bueno, él decía “mujeriegos”). Que cuando un seductor llega a una reunión, enseguida busca a qué mujer seducirá y pergeña los artilugios para lograr su cometido. Algo parecido hacen los escritores, que siempre están buscando dónde hay una historia para contar, de qué anécdota pueden apropiarse, y cuál sería el género y la forma de cada una, las estrategias para narrarlas. Porque no importa a quién le hayan sucedido, las historias están ahí, son de todos, universales, flotan en el aire, sólo hace falta saber contarlas.
Diego bucea en su infancia, en los casos que representa como abogado, en su vida académica, en la docencia, en la familia propia y en las familias ajenas, en las vacaciones familiares, en los vínculos íntimos, en los viajes iniciáticos, en las sesiones de terapia, en la historia argentina, en el futuro apocalíptico, en las escenas que se insinúan, para emerger con un relato. Porque Diego convierte en cuento esos mundos vividos, pero también los inventados, los imaginados y los fantaseados.
Y quizás entonces la analogía entre el escritor y el seductor sea nuevamente pertinente. Porque la escritura es también un acto de seducción, el que escribe envuelve al otro en palabras, lo atrae, lo encanta con ese efecto hipnótico que tienen los cuentos bien contados que hacen que siempre queramos que nos cuenten uno más, como bien lo supo Sherezade, que salvó su vida —y enamoró también— contando historias.
La factura de estos cuentos se parece al autito de carreras del protagonista de “Sapo”, que primero y con paciencia desarma el auto del primo para develar el mecanismo secreto que lo hace funcionar. Diego busca sus historias y las desarma, separa las piezas, las reduce y recién entonces las vuelve a ensamblar, las combina y nos las devuelve, seguro de que ofrece entonces a sus lectores relatos equilibrados, que se sostienen y funcionan. El trabajo de Diego consiste entonces, como hace Sebi, en “dar peso y estabilidad” o en hacer que en los relatos, como en los matrimonios de “Ser moderno”, “apenas se noten las costuras”. O que incluso, como en “El libro infinito”, que parezcan historias que se escriben solas.
Diego pone en palabras algunas imágenes que se han impregnado en su retina (y que quizás acompañen a muchos otros) y algunas historias que ya a muchos nos resultan familiares: las peleas de pareja, las difíciles relaciones laborales, las inseguridades y debilidades de cada uno, los miedos, las ganas de cambiar de vida, las coincidencias de la vida, los desencuentros y las posibilidades que se abren luego de encuentros fortuitos. Todas ellas quedan ahora y para siempre plasmadas en estas páginas.
Diego elige que los personajes de estos cuentos no se crucen, aunque el lector bien podría imaginar entrecruzamientos o coincidencias, porque eso implica además la lectura de esta antología, inventar e imaginar mundos posibles a partir de los narrados, como las historias que se cruzan en “Un ejército para su sable de aventurero”.
En su acepción más etimológicamente literal, una antología sería algo así como un ramo de flores. Y, por extensión, sería entonces una recolección, una selección de lo más hermoso o representativo, una compilación de fragmentos elegidos. Pero la antología también tiene algo de engranaje. Su gesto crítico consiste en tomar las piezas y ponerlas a funcionar en un todo. Aquí todas las piezas están en su lugar, y el engranaje funciona a la perfección. Y gracias a ello esta antología se convierte en una guía, en un manual de descubrimiento, en un tratado de exploración de los mundos que Diego tiene para contarnos, sin negociaciones ni explicaciones, o mejor dicho, la explicación, la lógica, es el cuento.
Duplo cego, el libro de poemas de Armando Freitas Filho, tiene como epígrafe una definición apócrifa de un diccionario del protocolo médico que dice así: “Duplo ciego. Adj. Relativo al test en el cual la composición de la droga aplicada, inerte o no, es desconocida tanto por el que la recibe como por el que la administra”. Esta es la metáfora perfecta de la relación escritor / lector. Se escribe para nadie o para todos, que es lo mismo. No se sabe si la droga producida funcionará o no, tampoco quién la engulle. Puede funcionar para algunos y no para otros. O puede funcionar por un tiempo, y después ya no. O puede funcionar para quien no funcionaba y perder la eficacia para los demás por haberse aplicado mucho.
Sólo puedo imaginar para El libro infinito muchos ciegos, como yo.
LUCÍA VOGELFANG
Maldonado, enero de 2018
Mi papá me avisó que el domingo íbamos a ir a la quinta de mis tíos Luis y Estela, en Don Torcuato. Yo me había quedado con el auto muleto de mi primo Javier. Un día lo di vuelta, lo desarmé, vi bien cómo estaba armado y decidí preparar mi propio autito. Esa misma tarde, después del colegio compré la carrocería de plástico en la librería, fundí unos soldaditos y con un molde armé un rectángulo de plomo. Sacrifiqué varios soldaditos y quemé el jarrito de la leche que usaba mamá para preparar el desayuno y que un día desapareció misteriosamente. Para darle peso y estabilidad pegué el plomo adentro del auto con plastilina. Para armar la suspensión, calenté el propio eje de las ruedas del auto al fuego y quemé el soporte para que las ruedas pudieran subir y bajar. Después tensé los ejes a lo largo con dos elásticos, que clavé con cuatro chinches.
En realidad, debo decir que los primeros intentos no fueron exitosos porque los cortes que hice con los ejes calentados al rojo vivo o fueron desparejos y el auto tenía una inclinación que le impedía andar en línea recta, o fueron demasiado grandes y la suspensión no sostenía el peso del plomo, o ambas asimetrías a la vez. Después de varios intentos y de sacrificar varios autitos y de quemarme con el eje caliente, pude armar uno que tuvo los ejes cortados de manera simétrica y del largo justo para que los elásticos funcionaran bien. Para la presentación de mi autito en sociedad, agarré una caja de mocasines de Guido de mi padre que durante la carrera sería mi box. Puse en la caja el autito “preparado”, dos paquetes de plastilina, un rollo de elásticos, una cajita de chinches y un plomo de repuesto. La caja durmió conmigo todas las noches.
Cuando llegó el domingo, busqué la caja de zapatos y probé el autito, que corría derecho, muy firme, amortiguado por la suspensión. Me puse la campera, agarré un pañuelo y lo guardé en el bolsillo de atrás de mi blue jean, y esperé a mis padres sentado en el living. Mis padres no aparecían. Fui a buscarlos a su cuarto, que estaba al fondo del pasillo. La puerta de su cuarto estaba cerrada y por el tono de las voces supe que discutían. Entré y los noté incómodos.
Bajamos al garaje con papá y me senté en el asiento delantero del Peugeot 403 que había comprado ese año. Con cuidado, coloqué la caja de zapatos en el asiento de atrás. Papá puso la radio y con el encendedor del auto prendió un Chesterfield. Abrí la ventana. Papá bajó y abrió el portón del garaje. Esperamos un rato eterno a que mamá terminara de peinarse, pintarse y vestirse. Finalmente llegó.
—Te parece, viejo, justo llegar a la hora del almuerzo —dijo mamá mientras se sentaba en el asiento de atrás, al lado de la caja de zapatos—. Queda mal.
Papá no contestó. Puso el cebador del auto y lo prendió. Esperó un rato que se calentara el motor y dio marcha atrás. Sacó el auto del garaje y lo dejó en marcha sobre la vereda. Bajó y cerró el portón. Se subió y salimos.
Tomamos Libertador hacia el norte. Yo conocía parte del camino porque era el que tomaba para ir al colegio. Era día de carreras; al llegar al hipódromo se acercó un vendedor que gritaba “la verde, la verde”. Había árboles enormes, palos borrachos, tipas y plátanos que proyectaban su sombra sobre la avenida. Me gustaba esa zona de las afueras de Buenos Aires donde ya se perdían los edificios y parecía que la vida era más linda. Las casas estaban escudadas en altos setos y apenas se divisaban sus techos. Me imaginé los grandes jardines y envidié las piletas. Una concesionaria tenía autos descapotables estacionados en la vereda.
A lo largo del camino había afiches pegados en los postes, árboles y paredes. Unos medio rotos decían Acuña-Zubiri, Acuña subirá. UCRI. Otros eran de la Unión Popular. Me gustó más el de la UCRI porque tenía rima.
Al tomar la ruta 202 todo cambió y el tráfico se hizo más lento. Paramos en una esquina y en un árbol había un cartel pegado que decía “magia negra” y tenía un número de teléfono.
Adentro del auto hacía calor.
—Podemos abrir el techo —dije.
—No, por acá es peligroso, no podemos —contestó papá.
Antes de llegar a la quinta, mamá le dijo a papá que estacionara adentro, que era más seguro. Papá dobló y paró frente al portón de madera de doble hoja con remaches de bronce que daba a las cocheras de la quinta. Paró y tocó bocina. Tío Luis abrió el portón. Entramos y papá estacionó detrás del Valiant IV de la tía Estela.
La mesa estaba puesta en el quincho, cerca de la pileta.
—Hola, Sebi, qué alto estás —me dijo tía Estela y me dio un beso que intenté esquivar disimuladamente sin lograrlo.
Al fondo se veía la casa de los caseros, donde vivían Segunda y Susanita. Me senté en la punta de la mesa, al lado de Javi y Robi.
—Ah, llegaron justo para la hora del almuerzo, qué suerte, ¿no? Hay goulash, lo preparé yo —dijo tía Estela.
—Goulash en verano, qué suerte —dijo mamá y se sentó.
—Vieron que viene De Gaulle en octubre —comentó tío Felipe.
—Seguro que los peronistas van a aprovechar para hacer lío —dijo tío Luis.
—Bueno, tenemos derecho, ¿no? Después de tantos años, viene otro que apoya una tercera posición —dijo tío Felipe.
De repente apareció Susanita con una bandeja. Los vasos hacían un ruidito al golpearse entre sí. Caminaba despacio hacia la mesa. Susanita dejó los vasos.
—¡Vení, no te quedes ahí parada, nena! ¡Vení a buscar el pan! —le gritó Segunda. Susanita no le hizo caso.
—Vení a ayudar, ¿querés? No te quedes viendo a los chicos que te va a pasar lo mismo que a la Joly, que engordó de solo mirarlos y se tuvo que ir a La Banda de lo redonda que estaba.
Susanita volvió corriendo a la cocina, agarró las paneras y las llevó a la mesa con los miñones que su mamá había comprado esa mañana en la panadería de la ruta 202.
En la cocina, Segunda hizo un volcán de harina, puso dos huevos en el cráter y lo tapó con más harina. Amasó la mezcla y la envolvió en un repasador.
—¿Qué hacés, Seba, acá en la cocina? Volvé a la mesa con tus primos.
Me quedé parado en la cocina y vi cómo Susanita se subía a una silla y bajaba un molde para el postre. Segunda lo limpió con el repasador y lo puso en la mesada.
—Pero qué tercera posición ni tercera posición. Eso les importa un pito, lo único que quieren es que vuelva el que te jedi para acomodarse —dijo tío Luis.
—No seas grosero, querés —dijo tía Estela.
—¿Grosero? Pero ¿qué dije?
—Vos, porque creés que no tenemos ideales, que somos todos como vos. A mí me parece que el que se viene es el viejo, y eso es lo que los asusta a ustedes —dijo tío Felipe.
En ese momento, Segunda apoyó otra fuente de goulash en la mesa. Tía Estela aprovechó la interrupción y dijo:
—Bueno, bueno, ahora sí, cambiemos de tema. ¿Vieron que Tom Jones ganó el Oscar?
—En realidad a mí me había gustado mucho más Cleopatra. Elizabeth Taylor estaba preciosa y Richard Burton es un churro bárbaro, ¿no?
Tía Estela pidió que le pasaran los platos y empezó a servir con dos cucharones de madera, uno para el goulash y el otro para los ñoquis.
—A mí me gustó mucho la actuación de Rex Harrison, ¡qué elegante es!
—La que más me gustó fue Ese mundo está loco, loco.
—Pero si te quedaste dormido a los cinco minutos. Vos, siempre igual.
—Los chicos se están aburriendo. Vayan a jugar que los llamamos cuando esté el postre.
—Vamos al garaje —dijo Javi y todos mis primos salieron corriendo desparramando las sillas de la mesa.
Corrimos hasta el garaje. Cuando entré la vi instalada sobre las dos mesas de ping-pong, no me la había imaginado, nunca había pensado que existía algo así. Apoyé mi caja de zapatos en el piso tratando de esconderla y me quedé mirando la pista. Era una pista de carreras para autos Scalextric en forma de óvalo con cuatro carriles, uno para cada uno de mis primos.
—Vos, Sebi, parate en la curva esa y volvé a poner en la pista cualquier autito que descarrile.
Susanita estaba sentada en la puerta de los caseros, mirando hacia el garaje.
—Ponete vos en la otra curva y con Sebi pongan en la pista los autos que se descarrilen —le gritó Javi a Susanita, que se acercó corriendo.
—¿Quién cuenta? —preguntó Facundo.
—Yo —dije para hacer algo y conté uno, dos y tres.
—No, no así no. Contá desde diez para atrás y cuando llegues a cero decí “largaron”.
—Bueno. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero, ¡ya! —dije.
—No, no, “ya” no, decí “largaron”.
—Bueno, está bien —dije, y conté de nuevo y terminé con un “largaron”.
Los autos salieron a gran velocidad, menos el de Facundo, que no estaba bien ubicado en el riel y no arrancó. El auto de Javi iba primero.
—De nuevo, de nuevo, larguemos de nuevo que mi auto no estaba encarrilado.
—Bueno, está bien, vamos de nuevo —dijo Javi resignado—. Contá bien esta vez.
Conté de nuevo y terminé con un “largaron” y esta vez sí salieron todos los autos, doblaron parejos la primera curva y llegaron a la chicana, donde se juntaban y no podían pasar todos al mismo tiempo. El auto de Robi descarriló. Susanita lo agarró y lo puso de nuevo en la pista, y el auto siguió corriendo algo retrasado. Llegaron a la curva, primero el de Javi, después el de Facundo, más atrás el de Juan y el de Robi. El auto de Javi se salió de la pista y lo pasaron los otros tres.
—Dale, dale, ponelo de nuevo que me pasaron —me dijo Javi. Puse el auto en el carril de la pista pero no arrancó.
—Lo hacés a propósito —me gritó—. Ponelo, gil.
Lo moví un poco y levanté las ruedas traseras mientras Javi aceleraba. Lo apoyé de golpe y el auto salió disparado sin control y se volvió a salir en la curva siguiente. Javi perdió la primera carrera.
Después de varias carreras me aburrí y me fui. Di la vuelta al garaje y vi de espaldas a tía Estela y a tía María que caminaban hacia el lavadero con una canasta de ropa. Ellas no me vieron.
Seguí caminando y vi el sapo. Estaba en el alero, al lado de la puerta del garaje, como abandonado y con la boca abierta a la espera de que alguien se acercara a jugar. En el centro de la tapa había un sol con la boca enorme de mil puntos, un sapo de seiscientos y un molinete de trescientos puntos. A los costados había dos sapitos más chicos de cien puntos y seis agujeros, tres de cada lado, de veinte puntos. Los tejos eran pesados y me costaba tirarlos con puntería.
Busqué un cajón de madera de Coca-Cola, lo di vuelta y me subí. Jugué un rato pero no pude embocar ningún tejo ni en la enorme boca del sol, ni en el sapo, ni en el molinete. Solo pude meter los tejos en los otros agujeros.
Al rato apareció Susanita.
—¿Puedo jugar? —me preguntó.
—Bueno. ¿Vos también te aburriste? —y le di las fichas.
Susanita era más alta que yo y un poco gorda. Tenía el pelo largo y oscuro. Por el contorno de la blusa noté sus tetitas firmes. Además, tenía un vaquero que le ajustaba.
Tiré todas las fichas al sapo, emboqué alguna en los agujeros de los costados y logré sumar algunos puntos.
—Viste, es fácil. Probá vos —le dije.
Ella se dio vuelta, se agachó, apuntó al sapo y tiró pero no hizo puntos.
—Pero no embocás ni una. Mirá cómo emboco yo —le dije y seguí tirando al sapo.
—¿En qué grado estás? —me preguntó.
—En quinto, ¿y vos?
—En séptimo. Este año termino el cole.
—¿Qué vas a hacer después?
—¿Y qué voy a hacer? Voy a seguir la secundaria y después quiero ser enfermera. ¿Vos qué vas a hacer?
—No sé… Me gustaría ser piloto de turismo carretera… pero mi papá me dijo que primero hay que ser copiloto y entonces no sé todavía.
—¿Sabés lo que es la paja?
—No, no sé —le contesté, y ella salió corriendo hacia la casa del fondo donde vivía con su madre.
—Chicos, chicos, vengan, vamos a comer el postre, hay torta con helado —gritó tía Estela. Corrimos al patio y nos volvimos a sentar en la mesa.
—Pero no se lo coman todo, tienen que dejar para Segunda y Susanita —dijo la tía Estela.
—Yo les llevo, tía, yo les llevo —dijo Javi.
—¿Quién quiere jugar al billar japonés? —pregunté.
—Yo quiero —dijo Robi—, pero dame ventaja.
—¿Por qué ventaja?
—¿Por qué te parece? Porque ganás siempre.
—Bueno, está bien, te doy cinco fichas de ventaja.
Busqué el tablero y lo apoyé en la mesa del patio.
—¿Qué fichas querés, las verdes o las rojas?
—Las verdes.
—Bueno, te saco las cinco de ventaja y además empezá vos. Ahí va, adentro la primera.
Robi embocó otra más pero a la tercera gritó de dolor por el choque de su dedo índice con el tejo y erró.
—Ahora me toca a mí —le dije.
Gatillé mi dedo índice con el pulgar y lo acerqué al tejo blanco. Tiré y emboqué mi primera ficha roja y después otra y otra sin parar, hasta ganar el partido.
En ese momento vi a Javi que venía caminando de la casa de los caseros y al pasar a mi lado dijo:
—Boludo, no estás avivado.
Poco tiempo después de haber empezado a trabajar en el estudio, tuvimos que ir al puerto de La Plata para inspeccionar un buque que se había incendiado. El siniestro era importante y en el estudio decidieron que fuera con Roldán.
Roldán era un español que había emigrado a la Argentina a fines del siglo XIX. Frecuentaba el bar del Hotel Español, en la Avenida de Mayo, centro de reunión franquista. El Hotel Español estaba frente al bar Iberia, donde se encontraban habitualmente los republicanos. Roldán siempre contaba —entre las pocas cosas que contaba— que había participado en muchas de las peleas entre los dos bandos. Roldán repetía que en plena guerra civil un camión republicano se había parado en medio de la Avenida de Mayo, entre ambos bares, y había difundido el Himno de Riego de la Tercera República Española. Entonces con una voz y pose de cierto orgullo decía que desde el bar del Hotel Español comenzaron a volar vasos, tazas, sillas y mesas contra el provocativo camión. La batahola, decía Roldán, solo cesó con la llegada de la policía. Entre los que tiraban contra el camión estaba yo, contaba Roldán.
Roldán vivía en un PH en la calle Olleros y Roosevelt, en Colegiales. Y ahí empieza la verdadera historia. Me acuerdo de todo como si fuera hoy. Llegué a su casa muy temprano y toqué el timbre. Un perro se acercó mientras esperaba y empezó a olerme. Me quedé un momento parado a la sombra de unos plátanos sin podar frente a la calle que todavía era de adoquines. Toqué de nuevo el timbre y a través del vidrio de la puerta vi a una chica que bajaba por la escalera de mármol blanco y me abría la puerta. Pregunté por Roldán y la chica me dijo que Roldán bajaba enseguida pero que pasara si quería, y pasé. Se presentó como Natalia, la hija de Roldán. Me ofreció un café y me dijo que lo esperara en la mesa del comedor. La mesa estaba cubierta por un paño verde. En el comedor, sobre el piso de pinotea, había un gran aparador de madera y mármol.
La chica me preguntó si quería el café solo, con leche o con crema. Le dije solo. Desde donde estaba sentado en el comedor se podía ver la cocina y me quedé mirando a Natalia mientras preparaba el café. Había algo en sus rasgos que me parecían conocidos. Me sirvió el café y me dijo que su padre hablaba mucho de la oficina y también de mí y de papá, tu abuelo. Me sorprendió el comentario y no le pude decir lo mismo porque en el estudio Roldán hablaba muy poco y además nunca mencionaba a su familia. No se lo dije, pero yo ni siquiera sabía que tenía una hija. Enseguida apareció Roldán y nos fuimos en mi auto a La Plata.
Roldán era muy peronista y cuando asumió Perón visitó la fragata Galicia que Franco había mandado para que sus marineros participaran en el desfile militar.
Yo no aguantaba ese dejo de melancolía de los comentarios de Roldán —“seguro que nos dieron este siniestro para analizar porque es un caso chico, no tenemos capacidad para atender siniestros técnicos”, y otros comentarios por el estilo—, por eso simplemente prefería no hablar durante los viajes. Los viajes en auto tenían un condimento especial porque Roldán fumaba con boquilla. Apagaba un cigarrillo prendiendo el siguiente. Pero lo peor no era el humo sino el olor a nicotina que quedaba en el auto. Siempre odié el cigarrillo. Nunca fumé.
Durante el trayecto hasta La Plata y en los días que siguieron pensé en Natalia. Había algo misterioso en ella que me atraía y muy de a poco se convirtió en una obsesión. Además, yo había terminado con Yanina, una novia de esa época, y me sentía con la necesidad de al menos una conquista, y la perspectiva de una relación me entusiasmaba.
