El mar interior - Matías Capelli - E-Book

El mar interior E-Book

Matías Capelli

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Beschreibung

El mar interior comienza con una bicicleta chocando contra un tranvía. El ciclista es Milton, un joven periodista argentino. «Con una buena indemnización, desempleado, una profesión en vías de extinción y un pasaporte europeo», Milton acaba de instalarse en Ámsterdam con su pareja, una música becada en un prestigioso conservatorio. Mientras ella pasa los días afuera, él sostiene una rutina solitaria: se ocupa obsesivamente de las tareas domésticas, cuida la planta monstruosa con la que están obligados a convivir, practica natación varias veces por semana y pedalea por la ciudad mientras observa el nuevo mundo que los rodea. Arrojado a una tierra extraña en la que todavía no logra echar raíz, Milton no solo tiene que lidiar con sus prejuicios hacia el país que mal o bien lo ha recibido, con las dificultades idiomáticas y la necesidad de conocer gente y hacerse amigos. También necesita, con urgencia, conseguir un trabajo, ahora que los medios argentinos se muestran cada vez más renuentes a publicar sus artículos. Matías Capelli combina sus grandes dotes de narrador y de cronista para proponer una reflexión sobre la intimidad y los registros de lo íntimo, una de las tantas máscaras que puede adoptar la literatura. Como un etnógrafo alucinado, en su segunda novela cuenta con humor e inteligencia la historia de un personaje que encuentra, en el corazón de la extranjería, una inesperada forma de liberación.

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Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Primera parteNuestro clima

1

Milton pedaleaba por la plaza Waterloo una tarde de noviembre con los auriculares y la capucha de la campera puestos y no vio venir el tranvía. Fue su cuerpo lo que impactó contra la mole de metal detenida un segundo antes. El conductor abrió la puerta asustado. Le preguntó a Milton si estaba bien y respiró con alivio al comprobar que sí. Miró hacia atrás para asegurarse de que ningún pasajero se hubiera lesionado con la clavada de frenos. Al parecer, nadie. Entonces increpó a Milton, le pidió los datos, documento y dirección. Anotaba en un papel a punto de perder el control, en parte por la incapacidad de transmitir plenamente su ira con palabras precisas. Verse obligado a hablar en inglés le neutralizaba la lengua, era un dique defectuoso a punto de ceder. Milton mostraba con gestos un arrepentimiento absoluto. El conductor cerró la puerta, no sin antes reprobarlo por última vez, y siguió con el recorrido de la línea.

Una mujer ayudó a Milton a enderezar la rueda delantera de la bicicleta Sparta. En inglés yanqui le dijo: Tuviste suerte, hermano. Cuando el tranvía empezó a chillar y te vi venir, me dije: Dios mío, el tipo de la bicicleta no lo va a ver. Al hablar gesticulaba agitando rítmicamente las pulseras que llevaba en las muñecas. ¡Cómo clavó los frenos!, dijo mientras batía la pulsera derecha. ¡Un milagro!, y batió la izquierda. ¡Un verdadero milagro, sí, señor! Que tengas un buen día; dale gracias al señor, hermano, que estás vivo, dijo, y después se fundió en la muchedumbre.

Milton subió a la Sparta con un temblor que empezó a aplacarse una vez que retomó el andar. No porque se hubiera calmado, sino porque todo el cuerpo iba comprometido con el movimiento: las rodillas subiendo y bajando, los pies presionando contra los pedales de plástico negro, las manos agarrando firmes el manubrio. El cuerpo iba tenso pero el latido en el párpado derecho y el girar ligeramente fuera de eje de la rueda delantera materializaban la conmoción que percutía sus nervios.

Pedaleaba y agradecía al cielo por la buena suerte, por los reflejos y la prudencia del maquinista. Él había evitado lo peor. La sensación que lo invadía no tenía que ver con la euforia, con el vértigo que propiciaba la fortuna al manifestarse a favor de uno; para nada esa alegría ingrávida de ay qué suerte. Era más bien perplejidad, como si lo hubiera rozado una bala, como si desde un balcón un piano hubiera caído a medio metro de él.

Cuando se lo contó a Rut esa misma noche, estuvo a punto de llorar. Tal vez si ella se hubiese emocionado, si hubiera entrado en pánico, Milton habría sido capaz de sentir un poco más. Eso sí, se le aflojaron las rodillas y tuvo que apoyarse contra la mesada de la cocina.

No tenía daños que mostrar, más allá de unos cuantos moretones; en el relato lo trágico se articulaba en modo potencial. No había pasado gran cosa, y era entendible que al día siguiente su amigo Horacio le dijera por teléfono «qué suerte» y cambiara de tema como si nada.

No solo no había visto venir el tranvía, sino que tampoco lo había escuchado, así como no había escuchado la campana que el conductor debió de tocar, primero enojado y después, desesperado. En qué momento el conductor se había dado cuenta de que Milton no iba a reaccionar y había apretado el freno justo a tiempo para detener la trayectoria de una mole de toneladas de acero ferroviario propulsado por cables de alta tensión.

Electricidad generada con los desechos de la planta de basura, aunque eso ahora no venía al caso. Lo importante era en qué momento el conductor había decidido apretar el freno. En ese instante Milton había vuelto a nacer.

2

En el departamento de la calle Zaandijk el colchón era una placa delgada de gomaespuma y la cama, un catre plegable de plaza y media; era más parecido a un modelo portátil para una casa de fin de semana. Milton padecía los fierros de la cama incrustándose en su cuerpo desde la primera noche. Rut enseguida había sido de la idea de comprar un colchón bueno, pero él dudaba.

Trató de solucionarlo poniéndolo directamente sobre el piso. En vez de los fierros del catre se sentía la dureza de los cerámicos. Entonces entendieron la advertencia que Esther, la mujer que les había alquilado el departamento, les había hecho por correo antes de que se conocieran: Soy una persona pequeña. En su momento les pareció una aclaración rarísima; una vez que estuvieron instalados comprendieron que siendo ella minúscula un colchón delgado de gomaespuma era suficiente.

Además de conseguir quien cubriera los gastos de su vivienda social mientras ella estaba en Alemania durante un año con opción a dos, Esther necesitaba que se comprometieran a cuidarle el árbol que tenía en la sala de estar. Ella lo llamaba tree, aunque fuera una planta. El malentendido tenía que ver, suponía Milton, con la tosquedad típica de comunicarse en un inglés básico.

La planta crecía en una maceta mediana; bajo su cobijo había un sillón de lectura y una lámpara de pie. Tenía la complexión de un árbol, pero más que ramas eran tallos que se mantenían erguidos por un sistema de tanzas transparentes. Las hojas eran peludas y rugosas, y crecían con facilidad. Como un yuyo, pensó Milton al principio. Después de convivir semanas con ella empezó a tomarle cariño y a preguntarse si no era despectivo llamarla así.

Usaban el equipamiento y los objetos de Esther; usaban sus condimentos e iban rellenando los frascos cuando se acababan; cosechaban las hortalizas que brotaban en la huerta de la terraza. Al principio había acelga, cebollas, puerro, coliflor y aromáticas. A duras penas sabían mantenerla. Con el paso de las semanas y el cambio de estación la cosecha fue raleando. A poco de llegar, sabía ahora Milton, deberían haber plantado semillas de aquello que crecía en invierno; ahora era tarde, a lo sumo podían aspirar, si hacían lo indicado, a lograr cierta prosperidad en primavera.

Mientras tanto tendría que resignarse a seguir comprando en el supermercado, adonde solía pasar que el descuento anunciado en las bateas no se aplicara en la caja. Tal vez fuera un error de sistema, pero que pasara tan seguido llevaba a desconfiar. También le daba desconfianza que a veces pusieran el cartel de descuento adelante de un producto, cuando en realidad el descuento aplicaba a otro similar, o justo a uno que no era de ese tamaño o variedad. Y muchas veces el descuento era el motivo principal por el que uno decidía comprarlo. La empresa debía de tener, contablemente, un nombre para esa política de engaño a sus clientes que le permitiera facturar millones de euros extra, un nombre neutro, aséptico, algo tipo «promoción colateral».

Un par de veces lo había dejado pasar, hasta que una tarde Milton se acercó al mostrador e hizo el reclamo en inglés. El empleado fue al fondo del local a corroborar y al volver pidió disculpas y le reembolsó dos euros. Justo en ese momento Milton vio salir a los tumbos por entre la línea de cajas a dos policías que llevaban arrestada a una mujer flaca hasta los huesos, los ojos hundidos, la piel ajada, la ropa sucia. Todo en ella desentonaba con el habitante promedio de la ciudad tan bien vestido y alimentado. En el momento exacto en que las dos monedas de un euro caían en su mano, Milton la vio salir esposada. Tal vez la habían agarrado metiéndose algo abajo de la campera de cuero o directamente comiendo en el local.

Tuvo el rapto de ir a hablarles y se acercó a los oficiales como si nada. Le preguntó a uno, el que parecía menos áspero, como quien quiere sacarse una duda o saber dónde queda la calle o el parque tal, por qué se la estaban llevando. Lo dijo en inglés, y el policía, aunque entendía, no contestó. La sangre le bombeaba rapidísimo a Milton. Desde la tarde del accidente tenía un comportamiento más voluble, impredecible incluso para él. El otro policía, el que tenía modales más rudos, se le acercó y le preguntó, también en inglés, qué pasaba, si había algo en que pudiera ayudarlo. Y entonces Milton le dijo que en efecto sí había, que hacía tiempo iba a ese supermercado y le solía pasar que lo engañaran con la promoción, que no se acreditaba en el ticket y que eso era claramente un robo, una estafa, ante la cual lo que él tenía que hacer era ir a reclamar de una forma civilizada, pero en cambio esa mujer que claramente estaba cometiendo un robo por necesidad, necesidad tal vez de unos euros, los mismos euros que esa sucursal les sacaba a sus clientes en pocos minutos, esa pobre mujer estaba siendo llevada a la vista de todos. Definitivamente no le parecía muy justo.

A medida que Milton hablaba, la cara del policía fue mutando. Pasó de la curiosidad a la perplejidad para terminar en lisa y llana cólera. Ya eran varias las personas que se habían congregado para ser testigos de la escena. El policía dijo si quería acompañarlos. No sonó a pregunta. Milton se dio cuenta de que estaba completamente desvalido; no era todavía un ciudadano en condiciones de reclamarle a las autoridades. Su estatuto asemejaba al de un turista que había decidido prolongar su estadía unos meses, no mucho más. Los policías no estaban dispuestos a perder más tiempo; le dieron la espalda y salieron con la mujer por la puerta de emergencia.

Entonces Milton se descargó con el empleado del supermercado que acababa de darle las monedas. Le dijo que era una vergüenza que a ella se la llevaran arrestada por robarse o comer algo cuando la empresa continuamente les robaba a sus clientes con publicidades engañosas. Definitivamente no parece muy justo, volvió a decir, siempre en inglés. El muchacho contestó afable, como si no hubiera mal en el mundo, como si él no fuera el último o penúltimo eslabón de una compañía gigante, que se quedara tranquilo porque esa mujer no iba a ir a la cárcel, que a lo sumo iba a pasar unas horas en la comisaría, le harían controles médicos y psicológicos, tal vez la obligarían a hacer un curso de integración, la visitarían trabajadores sociales, indagarían en los motivos que la habían llevado a robar, reforzarían la idea de que robar estaba mal; si llegara a necesitarlo, le darían un subsidio que le permitiría alimentarse y no gastar toda su plata en drogas, o al menos no tener que elegir entre una de dos; y si tuviera un problema de drogas la harían hacer un tratamiento, en fin, que no se preocupara por ella, y que nuevamente lo sentía mucho por el inconveniente de la promoción, que iban a trabajar para que no volviera a ocurrir, alstublieft, dijo, mientras le estrechaba la mano con la derecha y con la otra le daba un bono de cinco euros para la próxima compra.

3

Ahí estaba el bono del supermercado, entre los auriculares, las llaves, la billetera, el estuche de los anteojos, papeles que iba acarreando, una galaxia de objetos que orbitaban alrededor suyo como basura espacial y que iba trasladando entre la cocina y el living y que se mezclaban con el paisaje de cositas de Rut. Había habido un corte tajante, un empezar, tal vez no de cero pero casi. Había llegado cada uno con una valija grande y otra más chica, las pertenencias que habían decidido conservar para emprender el cruce del océano. Lo que no era imprescindible había sido barrido al viajar. Todavía sus pertenencias cabían en un par de valijas, pero no por mucho tiempo más.

Cuando estaba despejado después de mediodía, el sol daba de lleno contra las ventanas durante unas horas y todo ese ambiente se volvía un invernadero tropical. Resguardado en condiciones óptimas, el gigante vegetal no paraba de crecer. Hacía las veces de mascota; había que regarlo, cuidarlo, cortar las hojas secas. Milton fantaseaba con cómo podrían aprovechar mejor el espacio sin la planta, pero era solo un pensamiento. Además, en su situación, sin trabajo seguro, recién empezando a echar tímidamente raíz, como una semilla que cayó ahí llevada por el viento, le hacía bien tener que cuidar de otro ser vivo. Puesto a elegir, si no tenía el compromiso de hacer algo afuera, tendía a quedarse en el departamento en compañía de la planta, trabajando como si nunca se hubiera ido de Buenos Aires, con el cordón umbilical de internet, en bata, medias de lana, el paladar quemado de tomar sopa. En un país que tenía un rey con capa, con la bata puesta se sentía un monarca. Solo le faltaba fortuna y vasallos que le sostuvieran el abrigo de piel.

Eso por las mañanas. Algunas tardes se ponía a limpiar, prendía la bandeja de vinilo y la aspiradora de dos mil watts y recorría los rincones en busca de polvo. El ruido del motor lo calmaba, le anulaba el monólogo mental. Por donde pasaba no quedaba nada, iba chupando el polvo, que no era otra cosa que células que se desprendían de su cuerpo y del de Rut, pelos, secreciones, desechos, restos de comida que se iban acumulando; no era simplemente algo sucio, sino una capa de muerte que se iba posando sobre las cosas hasta formar pelusa. Terminaba con la aspiradora y echaba en el baño un producto que solía dejarlo levemente intoxicado; después, balde y lampazo. En algún momento daba vuelta el disco y seguía con la cocina, las hornallas, si estaba muy inspirado también la heladera, y por último sacaba al pasillo la basura ya separada para tirar.

En la esquina del departamento, sobre la calle Spaarndammer, había tres contenedores subterráneos con bocas independientes al nivel de la vereda; uno para vidrio, otro para papel y cartón y otro para el resto de los residuos. Solo quien tuviera una tarjeta magnética que había que deslizar a un costado del contenedor podía hacer uso de ellos. La bolsa iba sobre una plataforma de metal que informaba peso y densidad, después de unos segundos se cerraba la tapa, se descorría la plataforma y plum, la bolsa caía al fondo. Nunca llegaba a haber contacto directo entre la podredumbre interna del contenedor y el exterior. En el caso de las botellas, uno las iba introduciendo de a una y los envases caían y daban contra el fondo y se escuchaba el vidrio haciéndose añicos. Había algo de ese crujido al romperse como resultado de una acción deliberada que debía de segregar una hormona o enzima atávica; era un sonido levemente liberador que le permitía al ciudadano descargar tensión social rompiendo botellas en una situación controlada.

Cada botella producía un ruido distinto; las botellas de cerveza holandesa o belga, un trac corto y seco; las de vino, uno agudo, como si estuvieran hechas de un material más delgado, o tal vez porque, por ser de mayor tamaño, acumulaban más aire adentro; las de salsa de tomate y las de aceite de oliva, un clac atenuado, pegajoso; las copas y vasos rotos, que también iban a parar ahí, un ruido tenue y crocante. Frascos y botellas de todo tipo se partían al caer y aportaban sus gotas al néctar putrefacto que maceraba bajo tierra entre vidrios y etiquetas. El ciudadano se retiraba habiendo cumplido con su tarea y retribuido con un placer módico y unos miligramos menos de frustración social.

La basura que no se podía reciclar se quemaba en una planta. La combustión generaba electricidad que se usaba para alimentar los tranvías de la ciudad. La red nacional de trenes se alimentaba con la corriente generada por molinos eólicos desplegados por el país y mar adentro. Eran datos curiosos que Milton iba acumulando con la idea de escribir artículos para medios de Argentina o del exterior. Era un decir, porque ahora él estaba viviendo en ese «exterior», y su propio país se estaba volviendo algo exterior a él; no solo eso, sino que la mayor parte del tiempo sentía que era más adecuado referirse a la vida allá en pasado.

Cierta adicción a la soledad, fumar demasiado, lo deprimía, sobre todo al final del día. Se nublaba, lo invadía la molicie y terminaba medio alunado. Algo parecido al mal del ama de casa, a esa angustia de esperar a que volviera el marido sin saber qué hacer, todo listo, orden, alimento y limpieza, el tiempo estirándose, no pasaba más, las cinco y media de la tarde y ya era de noche.

Al pasar días y semanas en el departamento, Milton percibía que se iba volviendo un animal doméstico. A la noche Rut volvía del mundo fortalecida y él estaba débil, con el instinto atrofiado. Y nada peor que tomarse un trago o una cerveza y quedar empantanado en ese ánimo lúgubre, resbaladizo, mientras ella venía henchida del exterior. No era la depresión de cuando vivía solo y se dejaba estar, los objetos acumulándose como capas geológicas y el polvo mortecino que se iba juntando en las superficies. Esta era la desesperación de que todo estuviera limpio y ordenado, las compras hechas y guardadas, la ropa lavada colgando en el ténder, la basura tirada a horario, el vidrio y el papel cartón en sus respectivos contenedores, los pisos relucientes. No bastaba el elogio del otro, la aprobación; era un tipo de entrega obsesiva, solitaria, que se volvía difícil de resarcir.

Cuando lavaba la ropa de cama y la ponía en la secadora, la sábana de abajo y las fundas de las almohadas se metían dentro de la funda del edredón y se apelotonaban formando una bola que se retorcía a mil cuatrocientas revoluciones por minuto a sesenta grados de temperatura. Una noche estaba apurado porque llegaba tarde a encontrarse con Rut y sus compañeros del conservatorio, y él todavía tenía que desanudar el monstruo para poder dejar las sábanas estiradas secándose. Pero no podía; la tela había girado y girado hasta enroscarse al fondo del cubreedredón y se había armado un nudo inmenso imposible. La tela tenía una consistencia extraña, ni seca ni mojada, una humedad tibia que se evaporaba en contacto con el aire e iba solidificándose en la posición del nudo. Cada vez resultaba más difícil de deshacer. Era como el enrosque de cientos de cables de auriculares y cargadores de celular, un ser concebido dentro del tambor de acero inoxidable. No quería dejarlo así e irse. Era ese tipo de situación en que, por estar apurado, se complicaba todavía más. Empezó a tirar en la dirección equivocada y cada vez quedaba el tejido más apretado; trataba de meter el dedo para desenredarlo, pero la tela estaba durísima, y al secarse era peor, quedaba apelotonado. No había caso. ¿Cómo era que se había hecho un nudo adentro del lavarropa? No era la primera vez que le pasaba, pero antes había podido desenredarlo enseguida. Necesitaba serenarse, dar con una solución. No era un nudo, en realidad; se había enroscado muchísimo, de eso se dio cuenta cuando sostenía el manojo por un extremo, mirándolo consternado, y empezó a desenroscarse solo. Casi estuvo por derrotarlo un juego de contextura vegetal, de lianas selváticas trenzadas en la profundidad de un electrodoméstico. Fue dejar de intentarlo para que entonces la bola, una vez quieta mientras la sostenía en el aire, empezara a girar sobre sí misma cada vez a mayor velocidad. Lo que hacía unos segundos parecía inexpugnable se volvía maleable hasta desenredarse del todo.

4

Un buen colchón costaba ciento cincuenta euros, pero por el envío cobraban cincuenta más. Si hubiera podido cargarlo en bicicleta, Milton lo habría hecho, pero era una tarea irrealizable. Femke y Sonja, una pareja de mujeres que vivía en el tercer piso y que Esther les había presentado antes de irse, tenían una utilitaria blanca que usaban en su trabajo como paseadoras de perros.

En planta baja vivía una pareja de ancianos que estaban casi todo el día pendientes de los movimientos del edificio a través de la ventana de la sala de estar. Los denunciarían sin miramientos a la corporación dueña del edificio, advirtió Esther, por estar usurpando una vivienda social. En el segundo piso vivía una familia marroquí. No podían comentarle a nadie que estaban pagando un alquiler, no se cansó de repetirles Esther, porque podían sacarle el departamento, aunque ella no estuviera lucrando, sino apenas cubriendo gastos. Mucho menos hablar del tema con algún desconocido que anduviera merodeando por las escaleras, ya que probablemente se tratara de un inspector de la corporación.

Una tarde Milton bajó a tocarles la puerta a Femke y Sonja y les preguntó si no era mucha molestia prestarle la camioneta para ir a hacer compras un día de estos. Ningún problema, dijeron. Además del colchón podían aprovechar para comprar otras cosas que necesitaban para el departamento y que al moverse en bicicleta nunca podían transportar. Al entregarle las llaves, Femke le advirtió que al dar marcha atrás usara los espejos laterales y tuviera especial cuidado porque el espejo retrovisor estaba obstruido por la estructura de la jaula de los perros. Milton dijo sí, sí, pero pensando en cualquier otra cosa no registró la advertencia.

Llegar con el hondenbusje hasta el hipermercado fue una aventura. En el costado llevaba un ploteado negro con perros corriendo junto a una mujer y la leyenda hondenbusje. Honden significaba perro, y ese era el bus de los perros. El busecito, porque je era el diminutivo, que los holandeses usaban todo el tiempo. Un cafecito, una cervecita, un momentito: een koffietje, een biertje, een momentje.

En el mapa se veía sencillo, veinte minutos decía, casi en línea recta azul. Pero después yendo por la autopista al volante de una camioneta era mucho más complicado, porque había que tomar la A1 y después otra y recién entonces bajar. Milton nunca había manejado una utilitaria y encima no era fácil entender las señalizaciones, ni los nombres de las localidades. Le habían prestado el gps, pero el aparato hablaba en holandés y lo desconcentraba, así que lo silenciaron. Si miraba la pantalla y sacaba los ojos de la ruta no podía tomar las salidas a tiempo. Le pidió a Rut que le diera las indicaciones del mapa, pero ella no lograba interpretarlo, como si se perdiera en la abstracción.