El mayor poder I. Encrucijada de elementos - Álvaro Corredor - E-Book

El mayor poder I. Encrucijada de elementos E-Book

Álvaro Corredor

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Dieciséis años después de la Tercera Guerra Mundial, la sociedad occidental resurge, pero la cicatriz de la Guerra, el Tártaro, avanza implacable hacia la extinción. La humanidad encuentra consuelo en el Ánimus, un mundo virtual donde los pensamientos cobran forma al escribirlos. Austin Greyhouse, uno de los pocos artistas en la Tierra, lucha en el Ánimus para desvelar su pasado y salvar su orfanato de la ruina. Sin embargo, desconoce los peligros, misterios y traiciones que acechan en este coliseo de ilusiones y pesadillas.

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Seitenzahl: 568

Veröffentlichungsjahr: 2024

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EL MAYOR PODER IENCRUCIJADA DE ELEMENTOS

ÁLVARO CORREDOR

EL MAYOR PODER IENCRUCIJADA DE ELEMENTOS

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

©Álvaro Corredor (2024)

© Bunker Books S.L.

Cardenal Cisneros, 39 - 2º

15007 A Coruña

[email protected]

www. malasarteseditorial.com

ISBN 978-84-19579-95-9

Depósito legal: CO 421-2024

Diseño de cubierta: © Distrito93

Fotografía de cubierta: © AdobeStock

Diseño y maquetación: Distrito 93

Agradecimientos

Esta novela me ha acompañado desde hace más de diez años, a lo largo de distintas etapas de mi vida y de incontables revisiones y reescrituras. Podría afirmar que esta obra (junto a su segundo volumen) ha sido el trabajo de mi vida. Quiero expresar mi más sentida gratitud a todos aquellos que me habéis acompañado a lo largo de este proceso, tanto a los que continuáis a mi lado como a los que habéis seguido caminos diferentes, todos ocupáis un rincón especial de mi corazón.

En segundo lugar, deseo dedicar un agradecimiento especial a aquellos que han dedicado aunque sea unos momentos a leer las versiones preliminares del libro. Debo confesar que guardaba una gran timidez al respecto, y vuestra disposición significa mucho para mí. Dentro de este selecto grupo, quiero expresar un profundo agradecimiento a Ana, a Dano y a Rubén, cuyos consejos y apoyo fueron fundamentales para que este amasijo de palabras se materializara en algo real. Por supuesto, no puedo olvidar mencionar a mi madre, quien me ha acompañado durante casi 26 años y ha sido un pilar fundamental en los momentos más difíciles de mi vida.

Por último y no por ello menos importante, mi gratitud inmensa a los mecenas que habéis logrado materializar esta idea, a todos vosotros: María Concepción Payá Carbonell, Ana Gabriela Pillcorema Lema, Mari Cruz Cerdá Ortiz, Pablo Milán Moreno, Jesús Valero Pérez, Almudena Domínguez Alonso, Isabel Ortuño Hernández, María Rosa Varón Lain, Rubén Mata Sabater, Silvana Gómez Rossettes, Peter Sgambato, Joaquín Payá Ibáñez, Patricia Cortell Alguacil, Rosa Mira Vera, Maite Casado Carrasco, José Miguel Payá, Eduardo Santos Navarro, Francisca Ferrete Megias, Fini Igual Ruiz, Alejandro Payá Casado, Begoña Esteve Pastor, Kevin Eduardo Obando Santander, Francisco José Vergara Gómez, Raúl Azorín Albero, Daniel Cuenca Rubio, Antonio Sánchez Gómez, Santiago Chicangana Rojas, Paulo Chicangana Rojas, Santiago Ríos, Juan Andrés Hurtado y Jose Flores.

El Ánimus es la máquina capaz de reproducir los sueños, muchas gracias a vosotros por ayudarme a cumplir el mío.

PARTE 1 EL ORFANATO GREYHOUSE

CAPÍTULO 1

Realmente fascinantes. Pequeñas porciones de realidad plasmadas en unas cuantas hojas de papel, mundos enteros retenidos entre dos tapas gruesas de cuero. Siempre le había resultado curioso cómo eran capaces de transformar todo aquello que los rodeaba, el mundo y a cada persona. Desde que abrió su primera novela y se sumergió en el olor de sus páginas no había podido salir de ellas, esperaba no hacerlo jamás. Eran un verdadero tesoro... Especialmente, porque quedaban muy pocas. Por esa razón no podía permitirse perder aquella.

El joven de cabello rubio alborotado removía la enorme montaña de páginas arrugadas y ropa sucia de su habitación. Conocía perfectamente el valor de ese libro y que posiblemente sería el único tomo que quedaba en todo el país. Levantó unos pantalones sucios y se sumergió una vez más en la montaña de ropa ajada, erguida sobre la habitación con prepotencia. Al cabo de unos segundos tuvo que salir para retomar el aliento. Se levantó con cansancio y echó un vistazo al desastre de su habitación mientras se rascaba la barbilla. Su atención viajó por cada detalle, desde la cama deshecha a las estanterías llenas de libros desordenados y de nuevo al montón de ropa mugrienta del suelo. Entonces vio un fragmento de página medio arrugado asomando, curioso, por debajo de la mesita. Lo cogió con dos dedos y se paró a contemplar la delgada y cuidada caligrafía. La única línea rezaba: «La imaginación es el mayor poder de todos». La profesora Clauri dijo que estaba en una de las páginas de los libros, el único regalo que le habían dado sus padres cuando lo abandonaron en el orfanato, el único recuerdo que tenía de ellos. Otra buena razón para no perder ese maldito libro. El joven sabía que debía estar en la parte de abajo de la pila de basura, no había más opción que esa.

—Mierda, si no me hubiera cargado mi mosca de limpieza, nada de esto habría pasado... Maldito bicho, se metía en todas partes…

Alguien aporreó la puerta. Austin decidió tirar la toalla con la búsqueda del libro.

—¡Austin! ¡Austin! ¿Sabes la hora que es? —El joven puso sus ojos verdes en blanco. Esa voz rasposa era la del pesado de Norman, uno de sus compañeros de clase. En las últimas semanas no paraba de tocar a su puerta para pedirle que le escribiera algunas poesías.

—Estoy ocupado Norman, ¿qué tal si vas a tocar la puerta a alguien a quien le guste? Como al Director Grey, por ejemplo. —Corría el rumor de que el director lanzaba miradas lascivas a los alumnos.

—Austin, Austin… Está feo que digas esas cosas. Son imperdonables esas acusaciones hacia el director. Voy a tener que chivarme, o quizás podría perdonarte. Me va a costar perdonarte, desde luego que sí, pero lo haría si tú…

—No, no he escrito aún los poemas que me pediste —respondió Austin con hastío desde detrás de la puerta. Era obvio que no aguantaba a ese chaval delgaducho y moreno que siempre esbozaba una sonrisa interesada.

—Qué tontito te pones por las mañanas. Solo venía a recordarte que la profesora Clauri cambió el examen de historia moderna a esta mañana.

La cara de Austin se tornó aún más pálida de lo normal. Trató de recordar el momento en el que la profesora dio un anuncio sobre el examen. La recordó de pie sobre la tarima de madera astillada, con su pelo rubio ondulado y su sonrisa comprensiva. Dio como idea que podrían adelantar el examen, pero, al percatarse del desacuerdo general de la clase, frunció el ceño y acabó cediendo a los deseos de sus alumnos. Siempre lo hacía, era demasiado benevolente, Austin ya se lo había reprochado más de una vez.

—Por un momento me lo he creído —admitió Austin a regañadientes. Norman soltó una carcajada. Sí que había venido a por los poemas.

Austin no sabía qué le incordiaba más, si su insistencia o su incapacidad tácita para captar las indirectas.

—¿Entonces sales a desayunar o vas a seguir con tus movidas de antes de la guerra? —canturreó Canturreó Norman.

—Me visto y salgo —dijo al fin y agarró varias prendas del montón sin mirarlas.

Todos estaban de acuerdo en que el comedor del Sector B era el mejor del orfanato Greyhouse o por lo menos, el único con las paredes enteras. Nada más entrar por la puerta, a Austin lo invadió un fuerte olor a dulces, a café y a pan tostado. Al joven le encantaba el olor a desayuno, hacía que le rugieran las tripas con solo penetrar sus fosas nasales. El comedor era una gigantesca sala rectangular con paredes grises como las que cubrían el resto del orfanato, pero con amplios ventanales a ambos lados que la convertían en una sala muy acogedora. A lo largo del comedor se extendían cinco grandes hileras de mesas de madera, en el fondo Austin vio la barra metálica donde se servían cada día las diferentes comidas. Echó un vistazo por las mesas hasta que vio a Jon, a Arnaldo y a Tobby, pero le sorprendió ver a Norman sentado al lado de sus amigos, ninguno de ellos lo soportaba. Mientras iba hacia la barra a recoger un par de tostadas con mermelada de melocotón, sus amigos se dieron la vuelta para saludarle. Tobby le hizo un gesto con la mano sin alzar prácticamente la cabeza, Jon y Arnaldo le sacaron el dedo con una sonrisa lacónica. Austin les devolvió el gesto.

Untó las dos tostadas de mermelada y se sentó en la mesa al lado de Arnaldo. Parecía que esta mañana el pan no iba a estar duro, era un lujo que pocos días podía permitirse.

—Lo del dedo no iba para ti Tobby, no esta vez —le dijo Austin.

El chico menudo y delgado lo miró con una sonrisa breve. Tobby tenía una cara de lo más particular, con unas gafas grandes y gruesas que lo hacían ver como una mosca gigante con flequillo castaño. Bajo los pesados párpados quedaban unas ojeras moradas, culpa de jugar a videojuegos hasta altas horas de la madrugada.

—Eso espero —bromeó Tobby mientras se apartaba el flequillo de la cara.

Arnaldo se inclinó hacia él con una expresión de gravedad. Austin esbozó una mueca de incomodidad al ver a su mejor amigo tan cerca. Sus ojos eran pequeños y rasgados alrededor de un rostro menudo y redondo, coronado por un pelo rubio rizado hasta sus raíces:

—¿Has oído lo que dice Jon? Dice... —su rostro parecía estar hinchándose por la emoción.

—¿Que una de las quinientas mujeres con las que se ha enrollado esta semana ahora está embarazada? Vaya novedad… —se adelantó Austin, mientras lo apartaba un poco con la mano.

—No… Pero no creo que falte mucho. —Su amigo Jon le dio un puñetazo en el hombro mientras Arnaldo soltaba una carcajada. Norman también se reía de forma exagerada, a Austin le parecía irritante.

—Lo de Geos reventando a Hunter en un combate —volvió a aventurarse Austin, lo había leído en el periódico. Aunque en el fondo sabía que una noticia así no despertaría tanta emoción en sus amigos.

—Pues mira, eso también lo ha dicho. Pero no. —Jon le dio un trago a su zumo sin dejar de observar a Austin.

—Vas a flipar Austin, vas a flipar… —decía Norman de forma repetida, sus pupilas negras parecían a punto de salirse de sus órbitas.

—Bueno, díselo ya, Jon, que si no van a estar así toda la mañana —apremió Tobby con una voz menos alicaída de lo normal.

El chaval de tez morena y pelo corto se incorporó para hablar dejando a un lado el jugo de naranja. Sus ojos verdes y brillantes le daban una expresión afilada y picaresca, mientras que su pose y su semblante le daban un aire de superioridad. Cuando lo habló lo hizo pausadamente, masticando y saboreando cada segundo de protagonismo que le habían brindado sus amigos.

—Cuando venía de la habitación he pasado por el despacho de la profesora Clauri y...

—Se ha meado en su puerta —lo interrumpió Arnaldo agitando una mano hacia Austin, que no pudo evitar esbozar una sonrisa. Tobby casi se atraganta con un trozo de pan.

—¿Eres tonto o qué te pasa, Pelo de Oveja? ¿Me dejas hablar o qué? —gruñó Jon, odiaba profundamente que lo interrumpieran.

—¿Qué? ¿Qué me voy a tirar a tu vieja? —bromeó él, señalando su oído. Norman soltó una carcajada tan exagerada que dejó sordo a Austin por un instante—… Vale, ya paro —dijo al ver el rostro arrugado de Jon y su verde mirada brillando de molestia. El chico de pelo rizado se acomodó en su asiento. En mitad del tranquilo y calmado comedor se había formado una burbuja de expectación que parecía cautivar a los demás jóvenes del sector alrededor de las palabras de Jon. Algo de lo que ninguno del grupo se había percatado.

—He pasado por el despacho de Clauri y estaba hablando con el Director Grey, me he quedado escuchando en la puerta. La profesora ha dicho que los del Sector B nos vamos de excursión al Gran Estadio de la Mediterránea... a ver una batalla del Ánimus —dijo la última frase en un deje de voz, con el énfasis requerido, como el colofón de cualquier obra.

Austin notaba como sus propias pulsaciones subían. Intentó disimular su emoción y analizó de soslayo los rostros de sus amigos, en busca de algo que delatara que se trataba de una broma. Los rostros de Arnaldo y de Tobby tenían también un cierto punto de escepticismo, al igual que el suyo, si era una broma parecía ser cosa de Jon. Pero su amigo no sabía mentir, era un chico con mucha labia que había seducido a la mitad de las chicas del orfanato, pero nunca lo había hecho con mentiras ni faroles. ¿Habría aprendido a mentir tan bien de repente? ¿Y solo para gastar una broma? Eso era más propio de Arnaldo.

—No puede ser verdad, ¿a que no? ¡Austin! ¿Has oído eso? —le requirió Norman.

—Vamos a ver. ¿Qué es lo que ha dicho la profesora Clauri exactamente? —pidió Austin, intentando mantener la calma.

—Pues no me acuerdo exactamente. A ver, ha dicho que no debían enterarse los de los demás sectores del Greyhouse, porque se volverían locos y les parecería una injusticia. Por eso no debíamos saberlo nosotros todavía —Jon sonaba totalmente sincero, las pulsaciones de Austin seguían subiendo. Austin y Arnaldo se miraron mutuamente como diciendo: «parece que esto va en serio»—. También ha mencionado algo del día... veintiocho... sí, el veintiocho de marzo.

—Pero... —comenzóComenzó Austin frunciendo el ceño—. ¡Eso es en dos semanas! —Esa fachada seria y pasota se había roto por completo por la emoción. Norman, totalmente validado por la reacción de Austin, empezó a dar botes en su propio asiento.

Arnaldo no pudo contenerse ni lo más mínimo:

—¡Juegos Ánimus en dos semanas! —exclamóExclamó en un tono que no era demasiado alto. Al momento se dio cuenta de que había cometido un error, Jon le puso la mano en la boca, pero era demasiado tarde. Austin se echó las manos a la cabeza. La gente de alrededor comenzó a darse la vuelta. Eva, una chica preciosa y de pelo castaño que se llevaba bastante bien con Austin fue la primera en preguntar:

—¿Cómo que Juegos Ánimus? —Arnaldo se encogió y pareció esconder su cabeza por debajo de sus hombros, como una tortuga—. ¿Austin? —El joven negó con la cabeza sin saber qué decir.

—¿Van a volver a emitir los Juegos Ánimus en la sala de los televisores? —preguntóPreguntó alguien.

Una chica a la que Jon había estado conquistando toda la semana apareció y le dijo algo al oído. Él se quedó callado unos instantes. Arnaldo lo miró con gravedad negando con la cabeza. Jon respondió a la chica en un susurro. La sangre de todo su cuerpo parecía estar subiendo hasta la cabeza de la muchacha, su blanca tez estaba tomando por segundos una tonalidad rojiza, parecía una palomita a punto de explotar.

—Tranquilos, es de fiar —miró a la chica con una sonrisa seductora—, tú, reina, no se lo digas a na...

—¡Vamos de excursión a los Juegos Ánimus en dos semanas! —gritóGritó la chica, presa del entusiasmo, mientras corría hacia sus amigos.

—Eres gilipollas —soltó Arnaldo—, si alguien pusiera una cabra lobotomizada a tu lado tú serías el más tonto de los dos.

—¿Perdona? ¡Eres tú el que la ha cagado primero! —dijoDijo encarándose a Arnaldo de forma imponente mientras su amigo se alejaba con cuidado.

—Tienes que buscarlas mejores, Jonny —dijo Tobby mientras todo el comedor estallaba en un amasijo de gritos de emoción, de saltos y de risas desbocadas.

Austin soltó el último trozo de pan duro, no podía creerse que fuera a ver una batalla Ánimus al menos una vez en su vida y mucho menos tan pronto. Algunos de los mejores momentos de su infancia eran con sus amigos en la sala de los televisores disfrutando de las batallas. En el Ánimus todo era posible, recordaba ver combatir a gigantescas bestias mecanizadas, a tiburones con cuatro patas, todo lo que se les ocurriera a los luchadores, lo que fuera, podían hacerlo aparecer con solo pulsar unas teclas.

—La que hemos liado en un momento —suspiró Austin.

Todos estaban saliendo del comedor cuando alguien tocó su hombro. Era Eva, mirándolo con una sonrisa adorable.

—¿Te apetece venirte un rato a la sala de los televisores, Austin? —se lo dijo con total normalidad, pero sus palabras fueron suficientes para que Tobby lo observara con una sonrisa cómplice. Él dudó por un momento, quería estar un rato con ellos, pero entonces volvió a fijarse en sus labios finos, sus ojos azules, sus rasgos delicados y su nariz menuda, su piel blanca como la porcelana y sus cientos de pecas.

—Claro, tenemos un rato hasta que empiecen las clases —respondió el joven conteniendo el aliento. Notó la indignada expresión de Arnaldo y de Jon clavada en la nuca—, en un rato os aviso, chicos.

—Se ha marcado un Jon —musitó Arnaldo al mismo tiempo que se dirigían al parque central del orfanato, un vasto terreno que unía los cuatro sectores del Orfanato Greyhouse.

—¿Eva no estuvo saliendo con Jon? —preguntó Norman en voz alta. Arnaldo se rascó la nuca y miró de reojo a Jon, su mirada era totalmente sombría y tenía la cabeza ligeramente agachada. Era obvio que no le había hecho ninguna gracia que Austin se fuera con ella y Norman había metido el dedo en la llaga una vez más.

—Se enrollaron una noche —le explicó el joven de pelo rizado tratando de quitarle hierro al asunto— y solo son amigos.

Austin y Eva recorrieron el pasillo principal, bastante más ancho que el resto y con varios adornos y carteles, pero con las mismas paredes grises que cubrían el resto del orfanato.

—Te sienta bien el color rojo, ¿lo sabías? Te hace contraste con tu pelo rubio —le dijo Eva mientras abría la puerta de la sala de los televisores. Austin le agradeció el cumplido, aunque llevaba una camiseta roja simple con unos vaqueros agujereados. El joven sonrió ligeramente, ni siquiera había mirado la ropa que había cogido del montón, suerte que no llevaba dos pantalones.

La sala de los televisores bastante amplia y acogedora, dividida en varias secciones por mamparas de color gris. En cada sección había una televisión pequeña, una mesa y tres sofás alrededor. Al principio Austin pensó que no había ninguna televisión libre, hasta que reparó en la segunda del fondo. Fue directamente hacia allí, se hundió en el sofá del medio y soltó un suspiro de placer. Adoraba los momentos que pasaba en la sala de los televisores, especialmente de noche y con sus amigos. Como lo único que se emitía en la televisión postcontemporánea eran noticias, campeonatos de netball y algún programa de entretenimiento, el grupo de amigos se las pasaba comentando noticias con tono humorístico o doblando con su voz algún programa.

—¿Quieres ver las noticias? —propuso Eva—, está bien saber de vez en cuando qué pasa fuera de este edificio gris. —Austin accedió de buena gana.

—¿Qué te apuestas a que la primera noticia que aparecerá será la de la victoria de Geos? —se aventuró Austin ofreciéndole la mano.

—¿Que ha ganado a Hunter? Bueno… Me apuesto los deberes de mañana a que será algo que tenga que ver con la Grieta —respondió Eva mientras se la estrechaba. Le sorprendió lo fuertes que eran sus manos, pese a parecer tan finas y delicadas. Ambos permanecieron expectantes mientras Eva marcaba el primero de los tres canales de la televisión. Un panel totalmente plano adherido a la pared se encendió de golpe y en él apareció un montón de humo. Ambos se inclinaron hacia el televisor para ver quién de los dos había ganado. Entonces se mostró un plano general de un terreno desértico y despejado mientras una chica de su edad con el pelo rubio muy corto levantaba su brazo en señal de triunfo.

—Ejem —sonrió Austin con sorna.

—Cachis —gruñó Eva y se recostó en su asiento—, has hecho trampas —bromeó ella con una sonrisilla burlona.

El telediario cambió su imagen y mostró una gran mansión con paredes de mármol blanco rodeada de árboles, cuyas hojas parecían brillar por sí mismas de color esmeralda. La arquitectura del edificio parecía sencilla, aunque moderna, con una pequeña torre de cristal que Austin supo que era un homenaje a épocas pasadas.

«... Hoy, 14 de marzo, es el decimosexto aniversario de la caída del asteroide Hades y del fallecimiento del héroe internacional Marius Stickhart. El hijo de Irin y PhilipStickhartStikhart, inventores de la mayor forma de entretenimiento de este siglo, salvó a la sociedad occidental desviando la dirección del meteorito…»

Las imágenes mostraban un atractivo joven de cara gruesa y ojos castaños envuelto en un traje de la marina espacial. Marius Stickhart, quien dio su vida para salvar el mundo occidental a costa de la suya propia.

Austin notó que Eva se pegaba un poco más a él, sus piernas casi se rozaban. La miró de soslayo y vio sus retinas brillando por la luz del televisor. Cuando se dio cuenta de que la observaba, la chica sonrió ligeramente con cierta timidez, Austin volvió a dirigir su mirada a la tele. Sus piernas entraron en contacto, Eva llevaba unas mallas de color azul que se le pegaban a la piel, Austin unos vaqueros hechos trizas. La cabeza de la chica se inclinó ligeramente hacia la suya a la vez que la televisión emitía la siguiente noticia, una sobre La Grieta.

—¿Ves? —susurróSusurró ella con suavidad—, he estado muy cerca —terminóterminó ella en un hilo de voz más fino que un susurro. Estaba justo al lado de ella, su olor era dulce, como a frambuesa.

—Muy... muy cerca —susurró Austin y se acercó un poco más.

Pero el sonido de la puerta reventó aquella burbuja en la que se encontraban.

—No, lo siento, ahora no puedo ayudarte —escuchó la voz de la Profesora Clauri apenas a unos metros de distancia—, esta tarde, después de clase te doy unos apuntes que te vendrán bien para acordarte de las capitales. —Eva y Austin se separaron de golpe, la joven estaba roja como un tomate cuando la profesora llegó al compartimento en el que estaba la pareja.

—Uy, espero no haber interrumpido nada. —Lala voz de Clauri sonaba como la seda, por su finura y también por su suavidad. Austin se giró para verla, alta, con su pelo plateado y unas gafas grandes de montura dorada muy fina.

—No, en absoluto, profesora —dijo Eva de forma atropellada. Mientras se estiraba con nerviosismo las mangas de su camiseta. La profesora dudó por un momento, pero la respuesta de Eva parecía haber sido demasiado convincente.

—Pues me siento, entonces —dijo con su típica sonrisa maternal—, oh, no… —se incorporó mirando a la televisión—, la fisura del Tártaro ha vuelto a abrirse, a este paso...… —Austin se preguntó si la profesora era tan inocente como para creerlos o simplemente había ignorado lo evidente.

—Nos vamos a ir todos a la porra —respondió Austin, tratando de no decir groserías delante de Clauri.

En el televisor relucía una imagen espectacular de la Grieta del Tártaro, una fisura de dimensiones hercúleas en mitad del océano. Estaba iluminada de un color rojizo por el magma de su fondo. A través las paredes de la Grieta caían gruesas cascadas desde el océano que se evaporaban por el calor del magma y salían despedidas hacia el cielo en forma de corrientes de vapor constantes. Toda la zona alrededor de la Grieta era una enorme nube de color azabache, la Región del Tártaro, lo que antaño fue Nueva Zelanda y Japón se había convertido en un espectáculo digno del Ánimus.

—Profesora Clauri... —comenzóComenzó Eva con una voz quebradiza—, ¿es cierto que... vamos a ir de excursión a los Ánimus? —Sus palabras parecían deslizarse como un ladrón sobre una cornisa, con cuidado de no dar ningún paso en falso.

La profesora suspiró profundamente y apoyó los brazos en el sofá.

—Es imposible ocultaros nada —miró con seriedad a los dos jóvenes, las pocas arrugas de su rostro se apretaron ligeramente—, los Juegos Ánimus son un lujo que casi nadie se puede permitir y, por lo tanto... —Austin clavó las uñas en sus propias piernas, Eva observaba a la profesora con angustia. Clauri sonrió—, por supuesto que vamos a ir... —los dos jóvenes se miraron con los ojos brillando—, pero que no se entere nadie más, por favor. —Eva carraspeó un poco, Austin cerró los párpados.

—… Lo sabe todo el bloque… —dijo él en voz baja.

—Naturalmente… Ay, qué criaturas…

CAPÍTULO 2

La gravilla de color blanco crujió bajo los pies de Austin Greyhouse, que avanzaba con parsimonia hacia la orilla de un lago negro como la pizarra. Sus suelas rozaron el agua y él se observó a sí mismo en el reflejo con toda claridad, vio un joven de 16 años, alto y muy delgado, con el pelo rubio oscuro y una mandíbula muy marcada con un mentón muy definido. Sus ojos eran pequeños, penetrantes y su mirada siempre altiva y sagaz. Entonces algo sucedió, el agua se removió y Austin dejó de verse a sí mismo, su silueta se partió en dos formas que avanzaban por la arena hasta un ancho edificio gris, un rectángulo de cemento en mitad de la nada, el orfanato Greyhouse. Allí, sobre la cálida arena, dejaron un bulto envuelto en una chaqueta, a su lado una bolsa llena de libros y, sobresaliendo de uno de ellos, un pequeño fragmento de papel.

«La imaginación es el mayor poder de todos».

Su visión altanera se volvió vacía y arrugada. Pensó entonces en sus padres una vez más, ¿por qué tuvieron que dejarlo allí? Vio las dos siluetas alejarse de nuevo hacia la yerma planicie. Entonces, alguien le dio un empujón por la espalda y cayó de bruces contra el agua helada.

Despertó de golpe. Su habitación estaba en silencio y en completa oscuridad. Cerró los ojos y respiró hondo. Era para él muy común ese tipo de sueños, muchas veces se repetían, con elementos que cambiaban, pero todo radicaba en lo mismo. Esas dos figuras, marchando hacia la planicie, solo alimentaban sus dudas y su obsesión. ¿Qué significaba esa nota? ¿Por qué dejaron todos esos libros para él? Quizás debían opinar diferente al resto del mundo, puede que no vieran lo práctico de las ideas y de los pensamientos, al menos no de forma tan radical, tan postcontemporánea, tan idiota. Debían creer en la cultura, el arte y el entretenimiento… En el crecimiento personal por medio de la expresión. Era posible que fueran precisamente esas ideas las que les obligaron a abandonarlo. Quedó unos instantes mirando a la estantería desordenada y le golpeó otra pregunta, aún más dolorosa. ¿Seguirían vivos?

Sabía de sobra que los grandes orfanatos del sur de Nueva Hispania estaban dedicados a los huérfanos de guerra y entre ellos, el más grande y conocido era el Orfanato Greyhouse. Jamás había visto a ningún huérfano de otro lugar, pero muchos decían que parecían estar huecos, sin vida, meros seres que caminaban sin propósito hasta el fin. Pero ¿no eran así todas las personas? ¿No serían ellos así antes de dejarlo allí? Eso era algo que tampoco era capaz de comprender, si lo que le contó Clauri era cierto y lo llevaron allí en persona, él no podía ser un huérfano de guerra. No entendía nada, solo que sentía frío, el frío de la incertidumbre, el frío de ese inmenso lago negro de su sueño. Pero, de pronto, notó algo de calor en su estómago. Hoy iba a suceder algo especial, pero no lograba ver el qué. En mitad de la quietud de su mente resonaron las palabras de la Profesora Clauri, recordó que en unas horas estaría cumpliendo uno de los mayores deseos de su niñez, iba a presenciar una batalla Ánimus.

Tenía que estar en pie a las nueve en punto para desayunar, miró el reloj digital de su bolsillo, eran las diez menos cuarto. Suspiró y se dejó caer sobre la almohada con una marcada expresión de asombro. Se había quedado sin desayuno y, si no se daba prisa, sin excursión. ¿Dónde estaría el maldito Norman cuando se le necesitaba? Salió de su habitación y pasó por los largos pasillos grises de la segunda planta del orfanato hasta topar con las escaleras. El segundo piso estaba dedicado a todas las habitaciones de los alumnos, un deprimente corredor con algunas humedades en las paredes cuya única luz provenía de unos estrechos ventanucos situados en el techo. Bajó como un rayo hasta el vestíbulo principal, una amplia sala decorada con decenas de cuadros que conectaba con el comedor y con la sala de los televisores. Lo primero que hizo fue correr hacia el portón de salida del Greyhouse con la respiración agitada y deseando que los vehículos no se hubieran marchado sin él. Pero, cuando vio el desierto de Nueva Hispania en completa calma, sintió que su cara adoptaba un color morado. Dio media vuelta y casi se cayó de bruces al darse cuenta de que, sentados en largas mesas por orden de edad, se hallaban congregados todos los alumnos del sector B del orfanato. Entró con cautela para no llamar demasiado la atención, pero nadie se percató de su presencia, todos tenían otra cosa en la cabeza. Podía ver el mismo brillo y la misma ilusión en los más pequeños, de 7 años, y en los mayores, de 17, que estaban a punto de cumplir la mayoría de edad y de abandonar el Greyhouse. Entre la multitud, logró distinguir el tupé de Jon y al resto de sus amigos en la zona del comedor en la que solían sentarse.

—No te esperábamos tan pronto —se mofó Arnaldo al verlo llegar.

—Ni tampoco esperábamos que Tobby fuera a salir sin sus gafas de realidad virtual —dijo Jon.

—Tobby y yo no esperábamos que os peinarais hoy, pero... Ah, no. Olvidadlo —respondió Austin. —Tobby soltó una risa disimulada.

Entre el resto de los jóvenes se abrió paso uno con el pelo negro pegado hacia detrás y una sonrisa entusiasta, era Norman.

—¡Por fin te has despertado, Austin, pensaba que te ibas a perder el Ánimus! Iba a ir a despertarte, pero como ayer me dijiste que… —Peropero un sonido muy fuerte silenció sus palabras.

El sonido parecía provenir del exterior. Las ventanas del patio exterior pasaron de mostrar un agradable jardín con enredaderas y flores a una gran nube de arena que lo cubrió todo. Parecía una tormenta que golpeaba con violencia las ventanas. Norman enmudeció de pronto y miró hacia el exterior. Ese sonido le era a Austin terriblemente familiar, aferró la silla con las manos y, por una décima de segundo, lo que apareció en su mente fue un oscuro acantilado.

—¿Qué es eso? ¿El Tifón Negro? —murmuróMurmuró el joven, temblando de pies y manos. Desde luego, el sonido era muy similar y también la cortina de arena golpeando las ventanas.

Era imposible, Austin recordó que el cielo estaba despejado al abrir la puerta y el viento en calma. Ese pensamiento lo tranquilizó un poco.

—Han llegado los aerobuses —observó Tobby, poniendo la mano sobre el hombro de Austin para tranquilizarlo. Él miró con verdadera esperanza al exterior, su amigo tenía razón, todo su cuerpo se relajó.

El profesor Claro condujo a los chavales de 7 a 12 años hacia la entrada del orfanato. Clauri se puso delante del grupo de Austin e hizo un gesto con la mano para que la siguieran. Tenía el cabello de color dorado claro y una gran emoción en la mirada.

—Se ha puesto la ropa de las excursiones —observó Jon con cierta diversión. Era cierto, en todas las salidas que hacían Clauri se ponía sus gafas de sol redondas y sus pantalones de deporte. Esa indumentaria la hacía parecer mucho más joven de lo que era en realidad. Austin miró a Jon con temor de que volviera a hacer comentarios acerca de la atractiva silueta de la profesora.

Salieron por la puerta detrás de los más jóvenes, la nube de arena había amainado y la luz del sol lo deslumbró por un momento. Austin se tapó con la mano derecha para ver el gran autobús de dos plantas con dos surcos horizontales que ocupaban gran parte de sus laterales. El vehículo era moderno y tintado de colores vivos para ser más visible en el aire y más seguro. Austin fue el primero en llegar de su grupo y subió directamente las escaleras que llevaban al segundo piso. Por dentro era un vehículo mucho más normal, bastante similar a los autobuses terrestres, con hileras de asientos de terciopelo gris, aunque con unas ventanas mucho más pequeñas y con cristales más gruesos. Se sentó junto a la ventana y observó el amplio desierto y el comienzo del Bosque Quemado, una arboleda compuesta por centenares de tocones casi deshechos y de árboles sin hojas. Era la mayor densidad de vegetación que podía verse al sur del país, en la región de los grandes orfanatos. Desde luego, era bastante triste que una acumulación de árboles calcinados fuera el único resto vegetal que hubiera en esa zona.

Arnaldo se sentó a su lado, su amigo llevaba una gorra demasiado pequeña para su cabeza encima de la maraña de pelo rizado y una camiseta deportiva con mangas rojas.

—¿Estamos todos? —preguntóPreguntó la profesora Clauri mientras contaba los alumnos de los asientos—. ¿noNo echáis de menos a nadie?

—¡A mi mamá! —seSe rio uno de último curso.

—Qué original… —dijoDijo Austin en voz baja—, un chiste de madres teniendo 17 años. ¿Cómo se puede ser tan simple?

—Yo hoy no echo en falta ni eso… A mi madre, digo —dijo en voz baja Arnaldo. Su tono jocoso de siempre había desaparecido, parecía que había dejado a un lado su máscara de bromista. A Austin le encantaba hablar con el verdadero Arnaldo.

—Esto va a ser brutal, hermano —le dijo Austin agarrándole con un brazo. Las compuertas se sellaron y el cinturón de seguridad de los asientos se activó de forma automática, dejando a Austin bien aferrado al respaldo. Entonces, de los surcos de los laterales del bus surgieron dos placas de color blanco, Austin supo al instante que se trataban de las alas. Estas comenzaron a emitir una luz de color morado de su parte inferior que hacía brillar la arena.

—Quedan bien las luces de neón moradas que les han puesto a los propulsores magnéticos —comentó Tobby desde el asiento de detrás.

—¿Y de qué sirve que le pongan luces a un propulsor? —quiso saber Jon, que estaba sentado a su lado. Los propulsores se pusieron en funcionamiento y se levantó una tormenta de arena alrededor del aerobús debido a la potencia que manaba de los propulsores.

—¿De qué sirve poner cuadros en las paredes? Quedan mejor —respondió Tobby encogiéndose de hombros. Era cierto, ni siquiera la pintura se consideraba arte, era simple y llano relleno, decoración. A Austin le pareció muy triste, incluso mediocre.

El aerobusaerobús vibró y los propulsores emitieron un ruido ensordecedor mientras el bus se elevaba del suelo cada vez más deprisa. Arnaldo le agarró del brazo con fuerza por la impresión, Austin también sintió esa sensación en el estómago, adrenalina.

—¿Veis eso? Es Mediterránea, ¿no? —dijoDijo Jon señalando una mancha de color gris brillante al lado del mar. Las alas del bus giraron ligeramente y el vehículo paró de ascender para comenzar a propulsarse hacia delante. Austin miró hacia atrás, por la ventana del fondo Austin pudo ver los otros tres aerobuses que llevaban al resto de huérfanos de la sección B. Se recostó en su asiento y miró el paisaje, el inmenso desierto de la zona sur de Nueva Hispania. No era un paisaje bonito, pero era el único que tenían. A lo lejos le pareció ver otro de los Grandes Orfanatos, detrás de una gran montaña.

—¿Recordáis lo que dije ayer de que Ray iba a ganar de paliza a Hunter en el combate de hoy? —preguntóPreguntó Tobby. Arnaldo se giró para hablar con él.

—A ver, yo no lo creo, Hunter es una bestia utilizando la temática de la oscuridad y de los no muertos, además, tiene que redimirse por la derrota contra Geos. A fin de cuentas, no deja de ser el segundo favorito.

—Lo de esa chica es algo impresionante, por lo que dicen, no tiene rival ni de coña. Pero Ray con su habilidad para invocar animales es más fuerte que Hunter, además, es más rápido —dijo Jon, uniéndose a la conversación.

—Y la moral es muy importante, Hunter acaba de ser humillado, no se puede recuperar tan rápido —murmuró Austin, que estaba embelesado mirando por la ventana, en el horizonte, el desierto dio paso al mar y, más allá, una isla diminuta. Tenía la mala costumbre de abstraerse y de fijarse en los más pequeños detalles, los más curiosos y los más bellos. Se le ocurrió un poema perfecto para esa isla en el horizonte.

—Iba a decir que ya no creo que Ray vaya a ganar de paliza —gruñó Tobby, cansado de que no le dejaran hablar.

—¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión? —quiso saber Arnaldo mientras lo observaba con perplejidad.

—Hunter quedó primero en la sección nacional de los primeros Juegos Ánimus —explicó Tobby—, ¿que tiene una mala racha? Está claro, pero no podemos subestimarlo. Austin puede tener razón, pero ese Hunter es como una sombra, no creo que ese hombre pueda sentir humillación, solo rabia y eso puede hacerlo aún más peligroso.

—Nos espera un combate muy interesante —dijo Austin. Su atención había vuelto a la conversación y solo pudo pensar en el ardiente deseo que empezara ya el combate.

El aerobús llegó al espacio aéreo de la segunda ciudad más importante de Nueva Hispania, la Mediterránea. No era una ciudad nueva para Austin, los alumnos del Greyhouse la visitaban una vez cada dos meses, pero aun así le impresionaban todos los avances tecnológicos, los altos edificios, en especial las Torres Siamesas y, por encima de todo, el GEM, el Gran Estadio de la Mediterránea. Cuando lo vio, toda la sangre de su cuerpo despegó como un torrente hasta su cabeza. Se inclinó sobre la ventana, ahí estaba, una inmensa esfera de color negro muy brillante con una pequeña entrada en forma de medio tubo en su lateral. Parecía una canica tan negra como la pizarra.

—Nunca pensé que entraría a este lugar… Y mucho menos ver una batalla… Esto es… —dijo Austin en un susurro. Lamentaba no haber traído su cuaderno para plasmar todo lo que pasaba por su cabeza, todos esos sentimientos. Arnaldo le puso la mano en el hombro, en su rostro pudo ver que su amigo sentía lo mismo.

El bus se colocó justo al lado del estadio, en una inmensa compuerta que se abrió en el suelo. El vehículo descendió poco a poco. A su espalda los otros tres aerobuses esperaban para entrar. El vehículo guardó por completo las alas y se introdujo en el parkingaparcamiento. Todo tembló ligeramente cuando aterrizaron en mitad de un gran círculo. A su alrededor había centenas de plazas de aparcamiento. Por una vez, el conductor circuló haciendo uso de las ruedas del vehículo entre los centenares de coches aparcados hasta que encontró las cuatro plazas reservadas.

Austin y sus amigos no dejaron de hablar ni un momento de Ray, de Hunter y de otros competidores del mundial mientras caminaban hacia la salida del aparcamiento. Ese lugar era más grande de lo que parecía desde fuera, un amplio espacio de asfalto y metal lleno de todo tipo de aeronaves, plagado de columnas plateadas con anillos de luz azul que iluminaban el lugar con tonos fríos. La profesora Clauri conducía al grupo de alumnos mientras se unían los del resto de buses. Austin vio que, además de la compuerta por la que habían entrado, el aparcamiento del GEM tenía decenas de entradas por las que no cesaban de entrar los aerocares. Arnaldo se detuvo, su voz sonaba entrecortada por el asombro.

—Ha... ¿Habéis visto eso? Es el nuevo «Pegassus Space G3»... —señaló hacia un lujoso aeromóvil de color blanco que parecía azul por las luces del aparcamiento. Sus alas estaban ligeramente curvadas, su morro era fino y acababa en una sola línea de faros. El resto del vehículo estaba plagado de luces de neón apagadas—, es el aerocar más veloz del mundo. Mirad, propulsores de acero carbónico, de la más alta calidad. Debe alcanzar los 3000 kilómetros por hora en aire, por lo menos. Austin lo observó maravillado por unos segundos escasos, pero tuvo un seguir el ritmo de la fila, otro grupo de alumnos se paró a adorar el vehículo.

—¡Vamos! ¡Vamos! —animó Animó uno de los profesores del Sector B, el profesor Claro, con un cuidado tupé blanco como la nieve y unos ojos azules como dos potentes zafiros enmarcados en dos gruesas cejas blancas. El albino profesor se puso en el primer lugar de la fila mientras subían por las escaleras mecánicas hacia el exterior, dos gotas de sudor le bajaban de forma simultánea por la frente rosada. Austin se preguntó cómo alguien con tan buena forma como el profesor estaba sudando de esa manera, pero cuando salieron lo comprendió al instante.

El sol brillaba ardiente en un cielo azul sin una sola nube, Austin notó el calor pegajoso de la Mediterránea y cómo se le humedeció la frente, no era una situación agradable, pero tampoco le resultaba molesta. Nada que ver con el ambiente seco del Greyhouse. Frente a él se encontraba el segundo mayor estadio Ánimus de Nueva Hispania, el GEM, más cerca y más grande que nunca. Un orbe negro formado por escamas hexagonales que daba la impresión de estar hundido en el asfalto y, emergiendo de él, la entrada, su sueño de la infancia, ahora en la palma de su mano. El grupo de alumnos capitaneado por la profesora Clauri se abrió paso entre la gente que se dirigía al estadio. Tobby se disculpó después de chocar con una señora que le duplicaba en altura y lo triplicaba en anchura. Frente a la magnánima esfera se extendían cinco filas de personas que prácticamente atravesaban toda la planicie blanca en la que se encontraba el estadio, pero el sector B del Greyhouse no tomó ninguna de esas filas y se dirigió a la derecha, donde un guardia los miró con seriedad. Lo observó detenidamente, un hombre alto de tez morena y pelo rubio, vestido con una camisa blanca y una americana color azul con una letra «A» de Androide bordada en el lado derecho. Sin decir una sola palabra, Clauri le ofreció una tarjeta de color blanco que tenía en su bolsillo, el androide la cogió y de su mano salió una luz roja, al contacto con la tarjeta dijo:

—Ciento treinta y seis entradas. Puestos sesenta y dos al ciento noventa y ocho. Muchas gracias —respondió el androide con una voz mecanizada y antinatural.

—Habla más que Tobby —observó Jon en tono jocoso. Su amigo lo miró con los párpados entrecerrados por debajo de las gafas.

Esa entrada parecía una adyacente a la principal, Austin supuso que era dedicada a personas de renombre… Y, por algún motivo, también a ellos. Entraron en el medio tubo con una gran expectación, mirando a los dos lados del pasillo, repleto de gente muy diferente. Desde los demás alumnos, ataviados con sus ropas sencillas, hasta familias con trajes de colores vivos que parecían resplandecer por sí mismos. El medio tubo no tardó en acabar en unas escaleras mecanizadas que subían a la parte superior del estadio. Se quedó boquiabierto cuando contempló el interior del GEM, una enorme media esfera emergía del suelo con un color negro penetrante rodeada de un anillo de gradas de mármol blanco. Parecía algo irreal, algo que solo podía existir en sus novelas, pero estaba ahí, estaba sucediendo de verdad.

—Esto es... Es... —Austin no encontraba la palabra. Nadie las encontraba. En las gradas la gente miraba de reojo con extrañeza a esos huérfanos con ropa anticuada, sin gafas metalizada o ropa de tejido carbónico ceñida al cuerpo. Los profesores distribuyeron a los más infantes del sector por las primeras butacas de las gradas, las más cercanas al orbe. Austin y sus amigos se sentaron en la tercera fila. Notó frío el contacto con la butaca de color blanco, pero inmediatamente se adaptó a su temperatura. Austin tenía una vista perfecta de la inmensa cúpula de color negro desde su asiento y una gran pantalla a la derecha que colgaba del techo.

—No puedo esperar más, creo que me voy a mear de la emoción, como Norman el año pasado —dijo Jon aprovechando que Norman no estaba cerca. Era una de las pocas cosas que hacía enfadar a Norman, recordarle cómo se orinó encima durante una actividad nocturna, cuando unos chicos de último curso le dieron un susto.

—Entonces aléjate de mí, no quiero mancharme —respondió Austin con una sonrisa, alejándose un poco.

En ese momento todo se volvió blanco, una luz cegadora invadió toda la sala. En menos de un segundo el destello se desvaneció y la cúpula que había frente a ellos cobró su verdadera forma. Las paredes se convirtieron en un grueso cristal y el interior parecía un acuario. Daba la sensación de que todo lo que había dentro era real, pero no lo era, era una proyección virtual, el interior del Ánimus. En el centro de la cúpula había una colina y, a su alrededor, todo era verde. Un frondoso bosque rodeaba toda la zona, excepto la parte oeste, donde había una gran llanura, más allá solo podía apreciarse más vegetación. Vieron todo el escenario desde arriba, como si estuvieran sobrevolándolo con un dron. Otras luces se encendieron de pronto, esta vez de color rojo. Austin comprendió que eran unas luces tan tenues que no pretendían iluminar, sino proyectar un holograma. Al instante supo que la Dama Carmesí estaba a punto de aparecer. Una gigantesca forma de mujer de color bermejo brillante apareció de pie sobre la cúpula, sus rasgos faciales eran prácticamente imperceptibles y su silueta estaba formada por centenares de líneas de neón rojo. La forma se incorporó haciendo girar un gran vestido y empezó a hablar con la voz más profunda y grave que había escuchado nunca en boca de una mujer, con un eco cristalino que la dotaba de un mayor misticismo.

—Sean todos bienvenidos —dijo la voz—, el combate de esta mañana se tratará de un uno contra uno sin restricciones, salvo las reglamentarias —la Dama Carmesí procedió a explicar las tres normas básicas del Ánimus— las creaciones no pueden afectar directamente al adversario, no pueden garantizar su derrota segura y no pueden cambiar directamente las características del rival. Además de todo esto, a los espectadores no se les permite tirar ningún tipo de deshecho ni tocar o dañar de cualquier forma la cúpula. Si se quebranta cualquiera de estas reglas el implicado será automáticamente expulsado del complejo. Eso es todo, disfruten del combate.

La forma de la mujer se desvaneció desde la cabeza hasta los pies, como si de un espectro se tratara. Dos compuertas se abrieron en el suelo del interior de la cúpula, una a cada lado de la cumbre de la colina. Los combatientes aparecieron por ellas. Arnaldo se inclinó para observar con atención cada detalle. Entonces la pantalla a la derecha de Austin se encendió mostrando a ambos competidores. A la derecha pudo distinguir a Hunter, tal y como Arnaldo lo había descrito el día anterior. Su cuerpo era flacucho, casi esquelético y su piel tan pálida como la de un cadáver que ha vuelto a la vida, aunque con rasgos faciales hispanos que podrían ser atractivos de no ser por una nariz operada e irreal hundida hacia la carne y unos párpados tatuados de color negro que le daban la apariencia de una calavera. A la izquierda vio a Ray, él era lo contrario a Hunter, corpulento y con una piel morena tirando a rosada. Un gran bigote y una barba, ambas de color naranja, le daban el aspecto de un yanqui de mirada entusiasta con un toque de cinismo que a Austin no le terminó de gustar. También distinguió una pantalla con un teclado en el brazo izquierdo de cada uno, era como una pequeña holoterminal implantada en el antebrazo. La máquina que le daba sentido a las batallas del Ánimus.

Austin percibió una gran rivalidad entre los dos gladiadores. Hunter escudriñaba a Ray con una mirada sombría y hueca, sin ningún tipo de expresión. Ray, en cambio, tenía una sonrisa burlona y desafiante. Podrían parecer dos competidores cualesquiera que iban a enfrentarse en un combate, pero en todo el estadio se respiraba un aura de verdadera competitividad y Austin nunca dejaba pasar los detalles. Vio que, bajo esa aparente mirada hueca de Hunter, su cuello se había tensado por la rabia y que Ray apretaba el puño. Era la tensión previa al combate, casi podía cortarse con un cuchillo. Ese cuchillo fueron las palabras de Ray.

—De capa caída, ¿eh? —rioRio Ray con un tono tan grave que raspaba como un rugido. Hunter no se inmutó, de hecho, la provocación de su adversario pareció servir para que se relajara aún más.

Volvió a aparecer la mujer de color rojo, pero esta vez dentro de la cúpula, entre los dos adversarios. Austin y Arnaldo se lanzaron una mirada de gravedad, sabían lo que eso significaba. La Dama Carmesí dio media vuelta y su voz empezó a vibrar en todo el GEM.

—El combate comienza en tres, dos, uno... —sonó un ruido parecido al de un petardo y la silueta desapareció con un destello rojizo.

CAPÍTULO 3

La explosión retumbó en todo el escenario mientras Tobby se mordía las uñas con desesperación. Hunter y Ray permanecieron inmóviles durante un segundo, entonces Ray sonrió ligeramente bajo su espeso bigote, parecía estar saboreando ese instante, ese atisbo de emoción. Los dispositivos implantados en sus brazos se encendieron. Los dedos de ambos jugadores se deslizaron tan rápido por sus teclados que a Austin le resultó imposible adivinar la primera jugada.

Fue Ray el primero en ejecutarla, una pistola apareció en su mano derecha, la apretó en su puño y disparó a bocajarro a Hunter con una precisión exquisita. Austin advirtió que ese hombre, con los músculos grandes y la piel rosada, estaba experimentado en el uso de las armas. Quizás era un veterano de la Tercera Guerra Mundial.

Un gran epitafio de mármol apareció justo delante de Hunter, cubriéndolo de las balas. Al parecer, lo tenía previsto desde el principio, era una maniobra defensiva y una forma sencilla de ganar tiempo. A Austin y a sus amigos les resultó imposible ver a Hunter detrás de la tumba, la pantalla que tenían al lado tampoco mostraba ese ángulo del campo de batalla. Ray escribió rápidamente en el teclado y, con la misma pistola, disparó al epitafio, que, para sorpresa de todos, estalló y se dividió en mil pedazos. Los fragmentos de mármol se esparcieron y algunos se clavaron en el césped color esmeralda de la colina. Ray debió escribir «balas explosivas». Todo el mundo, contando a Ray, quedó estupefacto al ver que Hunter se había esfumado por completo, el hombre de barba pelirroja miró de un lado a otro en busca de su rival. Ya no quedaba rastro de su sonrisa, ni tampoco de su pálido rival.

—¿Qué co...? —preguntó Preguntó Jon en voz alta—. ¿Se ha ido? No puede ser. —Nadienadie se quejó de las palabras de Jon, ni siquiera la profesora Clauri. Sus palabras parecían un eco del pensamiento de toda la grada.

—Otra de tus artimañas, ¿eh? —farfullóFarfulló Ray en voz alta con una voz ronca que debía parecer segura, pero que Austin percibió casi como una súplica.

En ese momento, una descolorida mano surgió de la tierra y agarró a Ray por el tobillo, este volvió a escribir algo y la pistola de su mano se alargó hasta convertirse en un machete de color negro. De una segada cortó la mano de Hunter. Pero esa mortecina palma con falanges torcidas no era suya. Una veintena de manos surgió alrededor de toda la colina y, tras ellas, seres inertes, muertos invocados por el desaparecido Hunter. Tenían un aspecto terrible y putrefacto. Su piel era blanca y se desparramaba sobre los huesos y los músculos grisáceos como si fuera cera. En la pantalla vieron los detalles de sus rostros, totalmente planos, sin ojos ni facciones de ningún tipo. Resultaban terroríficos. Ray se vio obligado a actuar rápido. Invocó una estampida de rinocerontes que aparecieron desde la orilla del bosque, embistiendo a todas las invocaciones de Hunter. La manada hizo tronar y temblar todo el estadio a su paso, casi parecía un terremoto bajo patas, gruesas como troncos de árbol de esos animales de piel gris. Algunas de las criaturas de Hunter se aferraron a las poderosas criaturas y les clavaron unas garras envueltas en ponzoña, pero solo algunos de los rinocerontes cayeron. Vio como el último de los no muertos de Hunter era brutalmente aplastado por las patas de una de las majestuosas bestias de Ray hasta quedar tan plano como un folio de papel sobre el césped.

—Deben ser por lo menos cincuenta —dijo Tobby—, qué pasada… —Austin nunca había visto a su amigo emocionarse tanto por algo, solía ser el más callado y frío del grupo. ¿Quién diría eso ahora? Cualquiera pensaría que está disfrutando por primera vez en su vida.

Al pasar por el lado de uno de sus rinocerontes, Ray se aferró a su lomo y se subió en él con gran facilidad, cabalgándolo como si de un potro se tratara. Dio un grito de satisfacción, a Austin se le contagió su alegría y esbozó una sonrisa. Debía haberlo practicado cientos de veces, esto era lo suyo, parecía un verdadero cowboy. De pronto, los rinocerontes empezaron a bajar el ritmo hasta detenerse y, después, a caer uno tras otro, enfermos, o algo peor. En la pantalla se vio claramente el cuello de uno de los rinocerontes caídos con un dardo, seguramente envenenado. Ray se había cubierto justo a tiempo en el lateral contrario de su animal, cuyas patas parecieron perder fuerza hasta dislocarse. Agachó la cabeza y todo su cuerpo inerte cayó hacia delante. Su invocador utilizó su cuerpo para cubrirse antes de que se desmaterializara y escribió en su teclado. El rinoceronte comenzó a desvanecerse, convertido en diversas hileras de partículas azules que ascendían hasta evaporarse.

—¿Y eso? —quiso saber Austin—, ¿qué ha pasado?

—Llevaban unos segundos sin tener ningún uso, se han desmaterializado. Si no fuera así se acabaría sobrecargando el sistema —respondió alguien detrás de él, era una voz masculina tan fría como una ventisca con un deje metálico, tan profunda como el Tártaro. Austin se giró y vio a un hombre de mediana edad con las cejas gruesas muy cuidadas y los ojos de diferente color. Tenía las mejillas enjutas y el rostro cuadrado, pero lo que más destacaban eran sus globos oculares. El izquierdo era de un negro intenso y el derecho de un azul cian apagado y vacío como los de los androides.

—Oh, muchas gracias —la voz de Austin era ligeramente dubitativa y contrariada. Volvió a centrar su atención en el combate, ligeramente turbado—, ¿habéis visto a ese tío? —susurró Susurró él a sus amigos, pero ninguno le escuchaba.

Varios dardos atravesaron los restos del animal y golpearon a Ray. Austin escuchó claramente los impactos metálicos y vio los dardos caer al suelo. Ray se levantó con cierta arrogancia, una armadura de acero le cubrió todo el cuerpo. Otro dardo impactó en su brazo, pero rebotó en el frío acero centelleante. Más dardos chocaron con él, venían del bosque, pero eran inútiles contra la protección del pelirrojo. Ray escribió algo, al principio Austin pensaba que sería otra arma, pero eran unas gafas con visión de rayos X, para encontrar a Hunter. Eso confirmó toda sospecha de Austin, ese hombre había servido en el ejército de una forma u otra. Se colocó las gafas y buscó a un lado y a otro, especialmente por el bosque. La imagen era bastante cómica, un hombre con una armadura de acero y unas gafas de rayos x que observaba a todas partes con urgencia, pero ver esa expresión seria y determinada de Ray, borraba todo rastro de comedia de la situación. En la pantalla del lateral se empezó a mostrar exactamente lo que veía Ray en ese momento, unas siluetas que se movían en el bosque, ágiles y juguetonas, parecían monos de tamaño muy pequeño, pero estaba seguro de que sería algo mucho peor. Miró la tablet de su brazo izquierdo y empezó a escribir, «Guantes incineradores». Y, tan rápido como pulsó el botón de materialización, unos guantes que parecían ser de cuero aparecieron en sus manos, con una franja roja y otra negra. En el centro de sus palmas había un pequeño orificio, en forma de un anillo de metal. Extendió ambos brazos y, por el orificio de sus guantes, emergió una potente llama con forma de esfera. La aferró con fuerza y la lanzó como si de una bola de béisbol se tratara. La esfera impactó con un árbol y estalló en una llamarada. Ray siguió lanzando bolas de fuego a diferentes partes del bosque con la esperanza de acabar con Hunter antes de que tuviera tiempo de reaccionar.

El fuego consumió hectáreas de bosque. El humo se extendía hacia la parte más alta de la cúpula y se desvanecía antes de llegar a la pared de cristal. Ray miró el bosque con una mezcla de orgullo y desconfianza, de vez en cuando miraba a otro lado, a la cima de la colina o a la parte de detrás. Si hubiera abatido a Hunter ya habría salido en las pantallas, el combate se habría detenido, pero no era así, su rival seguía escondido en alguna parte y él parecía plenamente consciente de ello.

La pantalla que había sobre la cúpula mostró a Austin y a los demás esta vez lo que Hunter estaba viendo. Era todo oscuro y solo se veía su teclado encendido. Austin entornó la vista para vislumbrar la pantalla. Ese canalla era demasiado listo, estaba escondido desde el principio. Cuando Austin logró distinguir algunas de las letras, Hunter pulsó el botón de invocación.

En el interior de la cúpula del Ánimus el bosque ya se había calcinado casi por completo, había poco más que montañas de ceniza y algunos árboles derribados. Era un paisaje desolador, como un campo de batalla de la Tercera Guerra Mundial. Ray materializó un caballo y empezó a buscar a Hunter entre los restos del bosque, pero no estaba allí. En lugar de encontrarlo a él, lo que vio fue a cientos de cadáveres emergiendo de la tierra. El pelirrojo se zafó de ellos, tirando de las riendas del animal para que diera media vuelta y les prendió fuego con sus guantes incendiarios. La carne podrida de los cadáveres se convirtió en una fogata, las criaturas no emitieron ninguna queja ni sonido mientras se deshacían, solo movían las mandíbulas descolgadas, masticando de forma maquinal.

La mano de Hunter terminó de escribir. La imagen de Hunter en la pantalla colgante desapareció y, en su lugar, apareció de nuevo Ray, montando su recio caballo de crines blancas y férreas patas. Algo empezó a removerse en el suelo detrás de una de las pezuñas.

—¡Detrás de ti, Ray! —gritó Gritó alguien del público.

—¡Que no te oye, idiota! —dijo Dijo alguien en respuesta.

Una parte de Austin quiso echar a reír, pero la otra estaba demasiado centrada en el combate.

Ray miró hacia atrás, el polvo se amontonaba en el suelo, formando una masa de la que emergieron dos brazos y un horrible rostro de ojos huecos y boca hundida. Su brazo se extendió desde el suelo, pero no era un brazo, sino una cuchilla. Ray dio una palmada al caballo y este empezó a correr, esquivando el ataque de la criatura. Pero, entonces, uno de esos seres apareció justo delante de la trayectoria del caballo. Su jinete trató de tirar de las riendas, pero era muy tarde, la bestia atravesó con su cuchilla todo el estómago del animal desde abajo. El potro se desmoronó hacia delante, jadeando y debatiéndose por sobrevivir.