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Beth Trahan era una mujer de treinta y cinco años, desesperada por encontrar al padre perfecto para su hijo. Sabía el hombre que quería, pero no se atrevía a pedírselo. Jack Kincaid había sido su mejor amigo, su héroe, desde que la defendió una vez en la escuela. Pero Jack era un solterón que no quería casarse con nadie. Casarse con aquel hombre alto y guapo, con los ojos azules, para pasarse las noches haciendo el amor, hasta quedarse embarazada, era un pensamiento desconcertante y maravilloso.
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Seitenzahl: 162
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Barbara Lantier Veillon
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El mejor amigo, n.º 1030 - abril 2021
Título original: Shotgun Groom
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-588-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
BETHEMY Trahan, una mujer de treinta y cuatro años, necesitaba un donante de esperma.
Pero no cualquier donante de esperma. De ninguna manera. Menos para concebir su hijo.
Tenía que ser de alguien que ella conociera y quisiera. Alguien que estuviera dispuesto a casarse con ella, aunque sólo fuera por una temporada y hacer el trabajo a la antigua usanza, como lo hacían las parejas desde el comienzo de los tiempos. Porque ella era una mujer chapada a la antigua. No estaba dispuesta a irse a un banco de esperma y tener un hijo ilegítimo, por mucho que quisiera tener uno. Iba en contra de todo lo que había pensado. Lo primero era casarse y después quedarse embarazada.
Pero como el señor Perfecto no había aparecido decidió que había llegado el momento de ponerse manos a la obra. Un hecho que no podía pasar por alto durante más tiempo era que su madre se había quedado menopáusica a la edad de treinta y siete años. A ella le podía pasar lo mismo. El tiempo era un factor en contra. No se podía dejar todo en manos del destino.
Tampoco tenía por qué hacerlo. Era una mujer afortunada. No tenía que depender de la frialdad de un banco de esperma. Tenía una alternativa. Tenía a Jack Kincaid. Era su amigo, el más querido de todos. Sin ningún género de duda, era el espécimen perfecto para lo que se proponía. Era un hombre con buenos genes. Era inteligente, guapo, divertido. Era el hombre perfecto para cualquier mujer. De hecho, Beth no sabía por qué no había pensado en él.
Por supuesto, Jack no sabía nada de todo aquello. No conocía el plan que ella había preparado. De hecho, por su trabajo de representante de ventas de una empresa de exportación de comidas de Louisiana, había tenido que viajar a Europa, donde había estado dos semanas. Pero ya había vuelto e iba a ir a cenar esa noche a su casa. Aprovecharía ese momento para decírselo. Seguro que la noticia le sorprendería. O incluso le impresionaría. Ella misma lo estaba. No obstante, esperaba el momento con ansiedad.
Aunque, más que ansiosa estaba asustada. Porque lo que no quería era poner en peligro una relación de amistad que había durado muchos años. La amistad era algo muy importante para ella. Jack era una persona que necesitaba. Había sido su amigo desde que empezaron el colegio. Cuando se desgarró el vestido que la regalaron el día de su cumpleaños, él había estado a su lado y la había consolado.
No obstante, si las cosas salían como ella había pensado, no había razón alguna por la que la relación con Jack pudiera peligrar.
Y todo se lo tenía pensado al detalle. De hecho pensaba que era una idea brillante. El compromiso con Jack iba a ser tan efímero, que no iba a poner en peligro nada. No les iba a dar tiempo a ello. No iban a poder enamorarse y echar todo a perder. Cuando ocurría algo parecido entre los amigos, ya sabía lo que pasaba al final. Sus padres eran un buen ejemplo de ello.
Se separaron y llegaron incluso a odiarse. No quería que a ellos les pasara lo mismo. La amistad era algo muy importante para ella.
Corto y rápido. Sin pensárselo, sin tiempo para enamorarse. Aquel era el juego. Además, ¿cuánto tiempo tardaría un hombre tan viril como Jack en dejarla embarazada? ¿Dos meses como máximo?
A lo mejor menos.
Sólo de pensarlo se puso nerviosa.
Tan pronto se quedara embarazada, tramitarían el divorcio y volverían a tener la relación de siempre. Jack podría volver a vivir su vida, como si de un soltero se tratara y ella se quedaría con el niño. Era un plan perfecto. Absolutamente perfecto.
O por lo menos eso pensaba.
Karen, sin embargo, no pensaba lo mismo.
Karen, la amiga que había llegado hacía unos días de visita, la miraba como si fuera un bicho raro.
–¿Tú estás loca, Beth? Jack no va a aceptar algo así. Ni siquiera por ti.
–Ya sé que puede sonar un poco descabellado –reconoció Beth, preguntándose si todos sus amigos, incluido Jack, iban a pensar lo mismo. Se le formó un nudo en la garganta. Jack era su última esperanza. Era el único hombre al que le podía pedir que fuera el padre de su hijo. Si él decía que no…
La verdad era que se trataba del único hombre al que se lo podía pedir. Una vez que lo había decidido, la idea de tener un hijo era algo reconfortante. Todo encajaba en su sitio. Al fin y al cabo era su mejor amigo. Los dos eran como dos gotas de agua. Pero, ¿y si, como había sugerido Karen, pensaba que había perdido la cabeza y la metía en un manicomio? Si la metía en un manicomio, nunca se podría quedar embarazada.
Dándose cuenta del curso tan extraño que estaban tomando sus pensamientos, Beth movió la cabeza. Eran los nervios. La mirada de reprobación que le estaba dirigiendo Karen, incluso la ponía peor.
–No obstante, se lo voy a pedir –le dijo Beth con renovada convicción, colocando en el frigorífico la ensalada que acababa de hacer.
–Haz lo que quieras –le respondió Karen–. Pero si luego las cosas salen mal, no digas que no te lo advertí.
–Me considero advertida –replicó Beth, con contundencia.
–Yo creo, no obstante, que te has equivocado de hombre. Jack no va a querer –comentó de nuevo Karen.
–Yo creo que sí.
–No nuestro Jack. Ni se le pasa por la cabeza casarse, por ninguna razón. Tú, sobre todo, deberías saberlo.
–Lo sé. En lo único que confío es en convencerlo.
–Debo admitir –continuó Karen–, que si alguien puede convencerle de algo tan descabellado como lo que estás proponiendo ese alguien eres tú. Siempre escucha todo lo que tú dices –hizo una pausa y sonrió–. No presta tanta atención a lo que decimos los demás.
–Te estás olvidando de algo muy importante, Karen. Jack y yo somos amigos desde pequeños. Claro que presta atención a todo lo que le digo –contestó sonriendo–. Que no lo haga, y verás.
–Sí, sí. Ya me has contado esa historia muchas veces –respondió Karen, haciendo un movimiento con su mano–, que sois amigos desde que ibais al colegio. Pero yo creo que entre vosotros hay más cosas de las que los dos estáis dispuestos a admitir.
–Pues estás confundida –respondió Beth–. Jack y yo tenemos una relación de amistad muy especial. Pero eso es todo.
Karen hizo girar los ojos.
–Sí, sí…
Beth frunció el ceño, en gesto de frustración. Odiaba, cuando tenía que defender su relación con Jack ante sus amigos. Era una relación en la que no había nada sexual. ¿Por qué era tan difícil de entenderlo? Era la década de los noventa. Seguro que habría otros hombres y mujeres a los que les unía algo especial y no por ello tendrían que acostarse juntos. Los tiempos habían cambiado y a Beth le gustaba pensar que Jack y ella participaban de ese cambio. Ojalá sus amigos pensaran lo mismo.
–Mira Karen –le dijo Beth, al cabo de un rato–. Si lo que dices que hay entre Jack y yo es cierto, explícame lo de la libreta negra.
Karen se encogió de hombros.
–¿Qué pasa con ella?
–¿Por qué siempre la lleva encima, y por qué a mí no me preocupa?
–Pues porque entre vosotros no hay normas establecidas –le respondió, inclinando un poco la cabeza y mirándola a los ojos–. Por cierto, ya que sacas el tema de la libreta de Jack, ¿le has visto alguna vez utilizarla?
–Claro que lo he visto utilizarla. Un montón de veces –respondió Beth, sin dudarlo un instante. Después de quedarse pensando unos segundos más, frunció el ceño. ¿Le había visto?
Por supuesto, se respondió a sí misma, segundos más tarde. Muchas veces. Lo único era que no se acordaba en esos momentos. Si hacía un poco de memoria, seguro que se acordaría. Lo que pasaba era que Karen la estaba presionando y no podía pensar.
–Karen, ahora mismo no tengo tiempo de discutir eso contigo. Jack está a punto de llegar. Así que preferiría que dejaras ese asunto.
–Claro –replicó Karen.
–Gracias –le respondió Beth, con una sonrisa forzada.
Con la esperanza de que a partir de ese momento dejaran de hablar del tema, Beth comenzó a ordenar la cocina, haciendo un recuento de última hora de lo que tenía que hacer antes de que Jack llegara a cenar. Estaba muy nerviosa, porque quería que todo saliera a la perfección. Había comprado el vino preferido de Jack, le había preparado la comida que más le gustaba y había puesto el disco que más le gustaba oír.
Todo estaba listo y preparado. Pensara lo que pensara el resto de sus amigos, su plan era bueno. Seguro que iba a salir bien.
A partir de ese momento, todo estaba en manos de Jack.
Todo. Sus esperanzas, sus sueños. Confiaba en su capacidad para convencerlo de que la tenía que ayudar. Nunca la había abandonado. Nunca. Sin duda alguna, si alguien la podía ayudar, ese alguien era Jack.
Beth colocó un jarrón con flores en el centro de la mesa, en la que había puesto un mantel de hilo, se echó un poco hacia atrás y lo miró.
Justo al lado de ella, Karen empezó a mover la cabeza de lado a lado.
–Pobrecillo. Jack se va a meter en una trampa y ni siquiera es consciente de ello.
Sin prestar atención al comentario de su amiga, Beth retrocedió unos pocos pasos más e inspeccionó la mesa.
–¿Crees que todo está en orden?
Karen miró la mesa y encogió los hombros.
–Todo, menos el fregadero.
Beth frunció el ceño y miró a su amiga.
–Honestamente Karen, ¿crees que Jack se opondrá?
Karen tardó unos segundos en responder, al cabo de los cuales le dirigió una sonrisa tranquilizadora.
–Claro que no, cariño. Si crees que es lo que tienes que hacer, hazlo.
–Oh, Karen –exclamó Beth, agarrando las manos de su amiga y estrechándolas un momento–. Gracias por ser tan comprensiva.
Karen sonrió con calidez.
–A veces es difícil, pero lo intento. En cualquier caso, cuando Jack llegue, si mueves tus pestañas de esta manera –le dijo, demostrándole la técnica ella misma–, no tiene nada que hacer. Ya te he visto hacerlo otras veces y es como plastilina en tus manos.
–¿De verdad? –le preguntó Beth, abriendo sus ojos de sorpresa–. Yo nunca lo he notado.
–Claro que no. Porque estás todo el tiempo luchando para que todo el mundo sepa que sois sólo amigos y que el amor es algo que no os interesa.
Beth sonrió.
–Karen…
–Está bien, está bien. A lo mejor hasta tienes razón. Jack es el padre perfecto para tu hijo.
Beth suspiró hondo.
–¿Lo ves como al final me das la razón?
–Estoy cambiando de opinión, sólo porque creo que en un momento determinado alguno de los dos se dará cuenta de la verdad –replicó Karen–. Porque si no, me parece a mí que vais a pasaros la vida no siendo más que buenos amigos.
–Eso es precisamente lo que queremos –respondió Beth.
Karen se miró el reloj y exclamó:
–¡Dios mío, mira qué hora es! Tengo que irme. No te olvides de la fiesta mañana en mi casa. Y recuérdaselo también a Jack, ¿vale?
–Lo haré –respondió Beth.
Karen se dio la vuelta, como una avispa que fuera a atacar a su presa y se dirigió hacia la puerta.
–La tintorería va a cerrar dentro de quince minutos y no tengo nada que ponerme para mañana –dijo, levantando el bolso de cuero de la silla de la cocina.
Beth acompañó a su amiga a la puerta, recordando todavía la conversación que acababan de tener. De pronto le pareció muy importante que Karen entendiera sus razones y que nada iba a cambiar entre ella y Jack. Justo en ese momento, lo que menos necesitaba era un malentendido con Karen.
–Karen, escúchame –dijo Beth–. No quiero que te formes ideas sobre Jack y yo, que no son verdad. Jack y yo somos sólo amigos y punto. Además –añadió inmediatamente–, siendo uno de mis mejores amigos, nunca arriesgaría la relación que tenemos, ni siquiera aunque tuviera alguna garantía de mejorarla. Porque la verdad, no creo que se pueda mejorar. Es perfecta tal y como es. Además, viviendo juntos la estropearíamos. Eso fue lo que les pasó a mis padres. Cuando se casaron se convirtieron en dos personas diferentes y dejaron de quererse –Beth mantenía el mentón alto–. El problema es que mucha gente no quiere reconocer que Jack y yo no permitiremos que nos ocurra lo mismo. Si alguna vez me enamoro, será de otra persona que no sea Jack, de eso puedes estar segura. Y por lo que se refiere a Jack, él dice que no cree que se enamore nunca. Eso Karen, son hechos.
–¿Sabes una cosa, Beth? –le preguntó Karen, girando la cabeza–. Si lo que estás buscando en tu vida son garantías, no las vas a conseguir por muchas precauciones que tomes. Tarde o temprano te ocurrirá lo que al resto de nosotros nos ha pasado. Después, todo será cuestión del destino.
–A mí no –le respondió Beth–. Yo pienso cada paso que doy.
Karen le frunció el ceño y después se dio la vuelta.
–Bueno, tengo que irme. A pesar de todo lo que te he dicho, cruzaré los dedos para que todo salga como tú quieres. Confío en que convenzas a Jack, porque siempre lo haces –diciendo eso se marchó a toda prisa.
Cuando su amiga se fue, Beth se dio la vuelta y se dirigió hacia el dormitorio. Se sentía un poco tensa después de aquella conversación y se preguntó cómo podía estar Karen tan equivocada, en lo que pensaba de la relación entre Jack y ella.
Deteniéndose unos segundos, respiró hondo e intentó tranquilizarse. En esos momentos tenía cosas más importantes de las que ocuparse. Tenía que darse prisa, Jack iba a llegar en cualquier momento. Tenía que echarse otro vistazo en el espejo. Había muchas cosas en juego y no se le podía escapar el más mínimo detalle. Cuanto mejor pensara las cosas, mejores resultados obtendría. Era algo que creía a pies juntillas.
Aunque, sin embargo, tenía un motivo para echarse un último vistazo al espejo. Ahora que Karen lo había mencionado, decidió que algo ayudaría a sus propósitos un ligero pestañeo. Por si acaso. A lo mejor era la forma de convencer a Jack.
Aunque era lo menos probable, porque sabía a la perfección que Jack no sentía ninguna atracción sexual por ella. Ni a ella tampoco le atraía él. A pesar de que no tenía ningún reparo en admitir que se había fijado más de una vez en su cuerpo. Pero eso no quería decir nada. La mayoría de las mujeres lo consideraban un hombre muy atractivo. Tenía una sonrisa muy sensual y un aire algo altivo. De pelo castaño, ojos azules y mandíbula cuadrada, que daba a sus facciones un cierto aire de arrogancia. Era un hombre que atraía las miradas del sexo femenino. Tenía buen tipo, por no mencionar también su voz resonante, profunda y rica en matices. Tenía raíces irlandesas que armonizaban muy bien con la cultura francesa prevalente en el sur de Louisiana. A los dos les gustaba la misma música, la misma comida, tenían casi el mismo tipo de amigos. Él era su mejor amigo y por eso precisamente lo quería.
Pero cuando alguien insinuaba que había algo más entre ellos que sólo la amistad, se empezaba a preocupar. De hecho se había pasado noches enteras pensando en ello.
Y aquello la asustaba.
Sólo Dios sabía lo mucho que necesitaba a Jack. No podía cometer la tontería de enamorarse de él.
Jack Kincaid estaba contento de estar de vuelta en la ciudad. Le gustaba mucho hacer viajes de negocios, pero siempre estaba deseando volver cuanto antes y estar con sus amigos.
De hecho, había quedado con Beth esa misma noche. Lo había invitado a cenar, cuando la llamó para decirle que había vuelto. Estaba deseando verla. De todas sus amigas, ella era la que más había echado de menos, mientras había estado fuera. Y había una buena razón para ello. Con Beth, nunca se tenía que preocupar de nada. Podía relajarse y ser él mismo. Con ella, no tenía que fingir tener todas las respuestas. Era su mejor amiga. Era la persona que podía hacerlo arrodillarse y que se enfrentase a la realidad. Pero sin embargo, siempre se había sentido a gusto en su compañía. No había otra mujer en el mundo de la que pudiera decir lo mismo.
Era un hombre con suerte. Tenía a Beth siempre que la necesitaba. Era un hombre feliz de estar soltero, y no tenía ningún problema en admitir que se lo tenía que agradecer a Beth. Ojalá ella se sintiera tan feliz como él. Pero no lo parecía, porque en los últimos tiempos había dado muestras de cierta preocupación. Y descontento. Ojalá apareciera el hombre de sus sueños y se casara, para quedarse embarazada y poder tener el hijo que siempre había deseado tener. Era desconsolador ver que la vida no le estaba saliendo como ella había pensado. Lo peor era que él no la podía ayudar, a pesar de su amistad. Era el destino, no él, el que tenía que hacer que Beth encontrara el hombre indicado.
Él sólo podía ofrecerle el hombro para que llorase sus penas.
Si la pudiera ayudar, se encargaría de que Beth consiguiera lo que quisiera en esta vida. No tenía ninguna duda de que su amiga sería la madre perfecta.
Con ese pensamiento en mente, Jack aparcó el coche frente a la casa de Beth. Vio la luz del porche encendida. Con una sonrisa en su cara se dirigió hacia la puerta principal.
Habían pasado dos largas semanas desde que había visto por última vez a Beth. Mucho tiempo sin su mejor amiga. Había una parte de él que la necesitaba, más casi que el comer.
