El menor - Alicia Plante - E-Book

El menor E-Book

Alicia Plante

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Beschreibung

Alicia Plante nos enfrenta con climas de gran tensión y expectativa por la búsqueda del sentido, encarnada en el hermano que tendría el secreto de la propia identidad. Una novela que trata sobre la codicia y el poder en la industria y las finanzas. "En esta nueva novela, Alicia Plante vuelve a enfrentarnos con climas llenos de tensión y expectativa y con la búsqueda del sentido, esta vez encarnada en el otro, el hermano que quizá tenga el secreto de la propia identidad. En un escenario que no se repite y sorprende, la escritora, que parece conocer el alma de los lugares que describe, ahora se centra en una localidad de provincia con una mezcla de encanto y mezquindad que parece estallar en el "pueblo chico" y que contrasta con el mundo de la industria y las finanzas, donde la pugna por el poder y la ganancia no alcanzan a esconder la insaciable codicia de sus protagonistas. La pasión que no se logra reprimir, el peligro de un erotismo fuera de lugar, la duda, la soledad". "A uno se le muere el padre y se tambalea la estantería, siempre bastante, no nos engañemos. Pero ahí no termina. En realidad recién empieza la otra mirada posible: quién fue y cómo fuimos, juntos, padre e hija. A mí me llevó años y un día; ante la muerte de un padre ajeno, tomé conciencia de que todo había cambiado, en mí él era otro. No mi viejo ya, sino un hombre al que veía como era, como había sido, con una lucidez sorprendente. Y pude verlo por primera vez con ternura y piedad, como si estuviera vivo. Comprendí sus limitaciones, lo que había detrás, las carencias y antagonismos que siempre podría haber imaginado –pero el rol inevitable me impedía–, sus conflictos. Saber incluso sus agachadas, sus grandezas. Y que me quería. Este libro tiene que ver con él, con ese que apareció, sin ser en absoluto su retrato. No busqué que lo fuera porque no me hacía falta, pero usé algunas cosas suyas, y algunas de mi tío, su hermano mayor y eterno rival: el destinado al éxito." Alicia Plante

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Seitenzahl: 317

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Alicia Plante

El menor

Plante, Alicia

El menor / Alicia Plante.- 1a ed- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2020

Libro digital, EPUB - (la lengua)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8388-15-1

1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

la lengua / novela

Editor: Fabián Lebenglik

Diseño: Gabriela Di Giuseppe

Producción: Mariana Lerner

1a edición

ISBN 978-987-8388-15-1

© Alicia Plante, 2020

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2020

www.adrianahidalgo.com

Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito

de la editorial. Todos los derechos reservados.

Índice
Portadilla
Legales
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1

Las imágenes volvieron con una precisión asombrosa: de pie frente al espejo del ropero él intentaba nuevamente ajustar el nudo de la corbata, y era imposible, en un instante la seda había vuelto a resbalar. Demasiado arrugada, se había dicho, tanto nudo viejo... un imprevisto, porque la madre podría habérsela lavado y planchado con un poco de almidón, pero hoy estaba tan nervioso con lo que se jugaba para él esa tarde que ni pensó en la corbata. Todo, sus cuidadosos planes para el futuro dependían de hacer una buena impresión... Había pensado que quizás si la ataba más abajo, donde era más ancha y no había arrugas viejas, manoseadas... pero no podría abrirse el saco porque la corbata iba a quedar ridículamente corta, no, no tenía remedio. Todo recordaba: la había mantenido aplastada con la mano contra el pecho sabiendo que volvería a colgar contra la camisa como una flor quebrada. Enojado consigo mismo, había cerrado de un golpe la puerta del ropero y la imagen quedó adentro. Se compraría una y no tendría que recurrir más al padre, pensó, pero ese día...

En la casa los sábados se almorzaba tarde, siempre había sido así, los miércoles y los sábados los obreros y los capataces de mantenimiento del ferrocarril trabajaban sólo medio turno en los corralones y la familia esperaba al padre para comer juntos, pero él siempre se demoraba con los compañeros a la salida, sus amigos. De chico Martín iba a buscarlo y caminaban todos juntos por la calle, ellos riendo con alguna broma que él no comprendía pero igual iba sonriendo porque le daba gusto verlo al padre contento, la gorra echada atrás hacia la nuca. Ellos caminaban con pasos largos, pesados, se daban palmadas en la espalda y entendían todo casi sin decirlo. A veces lo miraban como para ver si había oído, y el padre le ponía una mano sobre el hombro fingiendo que lo controlaba. Recordaba nítidamente la sensación del peso de su mano, pero en realidad no lo controlaba, se iba apoyando en él con disimulo porque la pierna le dolía, pero no decía nada, nunca, los compañeros no estaban enterados de que la herida no cerraba, que la tenía vendada bajo el pantalón y que la madre le hacía curaciones y él rengueaba cada vez un poco más. Era un hombre orgulloso el padre, eso lo sabían muy bien en la casa y nadie mencionaba el accidente, nadie le preguntaba, el capataz menos que nadie. Ella, la madre, les había dicho que la herida estaba ahí, que cicatrizaba muy despacio pero que algo de carne iba creciendo, por lo menos ya no se veía el hueso, y que no tocaran el tema, el padre creía que no se daban cuenta y mejor no molestarlo.

Ahora creyó oír los sonidos de las tablas del piso bajo sus pies, donde estaba guardado ese recuerdo sin importancia pero tan real que le erizó la piel, y las voces de sus hermanos cuando entró al comedor, la espalda de la madre en la cocina, visible por la puerta entreabierta. Él sabía que ella estaba terminando de preparar el almuerzo para todos y sintió el olor caliente de una comida que no había vuelto a comer. De este lado la pequeña Anita colocaba los vasos y los cubiertos en la mesa.

El incidente había sido una tontería y seguro que Nico no había tenido ninguna intención de complicarle de ese modo el día, pero aun así fue lamentable y él sintió que podría haberlo matado con sus propias manos. El padre había llegado y todos estaban sentados en sus lugares frente a los platos de sopa. Podía ver a su hermano, sentado del otro lado de la mesa con esa pequeña sonrisita medio de costado que seguía usando, con un dedo trabando la cucharada de sopa con que le apuntaba. Él levantó el brazo para sacársela, para apartarla, pero no llegó a hacerlo y entonces alzó la voz para prohibirle que le apuntara. Todo fue muy rápido, simultáneamente Nico se sobresaltó con su gesto y el dedo se le resbaló. En el instante siguiente pegó un salto y aun sin mirarlo Martín reconoció el ruido de su silla cuando la pateó para atrás y saltó por encima, lo oyó correr hacia la puerta de calle y oyó que la abría de un tirón... y también que el característico sonido al cerrarse y pegar contra el marco no se producía, presintió su mirada y levantó los ojos del desastre de su ropa y ahí lo vio, la mano apoyada en el pomo, medio cuerpo afuera, de pie contra el sol que le ponía un aura fulgurante. No le vio la cara, los ojos, pero imaginó que aún sonreía. Y que lo esperaba. Él quería ocuparse de su ropa, limpiarse, pensaba en su novia, en el té que tomarían con la madre, dentro de la casa por primera vez, sentados a la mesa del comedor, él nunca había entrado antes, quería volver a pasarse la servilleta por la solapa del saco y sacar los fideos que inevitablemente había aplastado contra la gruesa lana mojada, sacarse la camisa manchada de caldo, lavarla... pero la indignación al ver a su hermano ahí, como si lo estuviera desafiando, fue tan intensa que se lanzó tras él.

Nico corría ligero, a los ocho años Martín también había sido una flecha, pero ya no andaba corriendo por la calle, hoy él arañaba los diecinueve y estaba para otras cosas, tenía sus planes. Las piernas más largas, sin embargo, y sobre todo la furia le devolvieron la velocidad que normalmente no necesitaba. Seis o siete cuadras más abajo, donde terminaba la calle y empezaba el bosque, sabiendo sin ver que ahí mismo, detrás del montecito, se vislumbraba el cementerio, Nico se detuvo de golpe cuando ya lo alcanzaba. De un manotón violento lo agarró de los brazos y lo levantó en el aire mientras pensaba con sorpresa que su hermano no pesaba nada, lo sintió en las manos, en los brazos, y lo sorprendió un poco, igual habría querido abofetearlo, pero inevitablemente pensó en la madre y la oyó insistirle al chico para que comiera. Echó la cabeza atrás por un instante y se aguantó. Sin aflojar el apretón en los brazos lo depositó lentamente sobre la tierra de la calle y lo miró fijo a los ojos, redondos de miedo, burlate ahora.

–Tendría que matarte –dijo, la voz apretada entre los dientes–, se te fue la mano, sabés, cruzaste la raya... Si no fueras tan poca cosa... Vos te creés muy vivo, más vivo que todos, que papá, que yo, que toda la familia, ¿no?, pero menos que una de esas ratitas de los rieles sos, Nico, esas que andan comiendo la grasa, ese sos vos... una ratita de las vías, las que salen corriendo cuando viene el tren. Pero de esta no me olvido, vos tampoco te olvides, porque un día, cuando mamá ya no esté para esconderte bajo el delantal, me las voy a cobrar todas juntas. Yo voy a tener con qué, y vos no, vos no tendrás nada. Nunca.

Eso era. De golpe lo sabía.

2

Martín era el depositario de las fotos de la familia. Al morir primero el padre y después la madre, Teresa se las había dado. Sos el mayor de los cuatro y corresponde que las tengas,había dicho. Y Martín cada tanto abría esa caja vieja, seguramente traída a la Argentina por el padre, y se ponía a mirarlas. No se daba cuenta claramente de qué buscaba, pero había algo que no estaba en esas imágenes incompletas, siempre había sentido que faltaba algo, como si fueran recortes, o fotos de otra gente, extraños.

Hoy buscó la caja en el estante del estudio y la puso sobre la mesa. Varias correspondían a la época de aquel incidente estúpido con Nico, pero algunas eran de antes. Por ejemplo, en un marco de roble que toda la vida había colgado de una pared del living, estaba la del casamiento de los padres. Él, tan joven, sin barba y la cara lisa, sonriendo con facilidad, no parecía el mismo, siempre lo sorprendía un poco el viejo en esa foto, se lo veía casi tímido, después la vida lo había curtido, pensaba el hijo, esa expresión sufrida, recia, con que lo recordaba, no estaba en la cara de ese hombre joven que daba el primer paso para empezar una familia. Serían los primeros proyectos, el amor por ella tal vez, que le dulcificaban el gesto de la boca. La madre, en su sencillo vestido blanco de volados, tan hermosa siempre, llevaba un ramo pequeño en una mano y con la otra se apoyaba en el brazo de su marido, ambos de pie contra muebles que no eran de la casa. Su expresión dispuesta era la misma que hoy reconocía en su hermana Teresa. Una vez se lo había dicho, pero ella no estaba muy de acuerdo, o quizás no le entendía porque siempre salía con comentarios de cuánto más vieja estaba ella que la madre en aquella foto, tan cansada estoy, decía, y él hablaba de otra cosa, pero nunca se lo aclaró, no era de aclarar Martín.

Quizás había sido feliz en ese caserón del pueblo. No estaba seguro, ni siquiera tenía claro qué era la felicidad, tal vez sólo se trataba del bienestar de pertenecer y ser reconocido como parte indiscutible de la familia. Hasta ser el mayor, quizás, el más alto, aunque los ojos del padre se le rieran en la cara. Cuando eran chicos a veces sentía orgullo de estar ahí, en ese lugar especial del primogénito, pero también había una cierta angustia que se ocultaba en la voz grave que cultivó en esa época, una responsabilidad a la que se fue acostumbrando de a poco hasta que un día, no sabía cuándo, se le volvió natural. Hasta necesario. Que dependieran de él, estar a cargo de las decisiones. Su madre, por ejemplo. Al morir el padre ella pasó a depositar su confianza en el hijo mayor y él tuvo que ocuparse de su salud, de su economía, de su soledad, y la madre le agradecía cada semana que fuera a visitarla, y tomaban el té con las mermeladas que preparaba especialmente para él, y mientras le contaba las historias de su amiga, la vecina de al lado, de la hija divorciada y los problemas que tenía con los chicos, siempre las cosas de los otros... mamá, y vos... cómo estás vos, alguna vez contame, yo debería saber... Bien, seguramente estaba bien la madre, nunca iba a faltarle nada, él se ocuparía de ella mientras viviera... y entonces esos diálogos huecos donde lo que los acercaba no era lo que decían. Era ahí, desde ese edificio construido con ladrillos imaginarios que había terminado de erguirse y ocupar entero su metro noventa. Aquella mujer había tenido autoridad sobre él, lo había cuidado con sus manos tibias y enrojecidas, siempre abiertas de tanto estar dispuestas, había cuidado el secreto de sus sábanas mojadas, lo había mirado a los ojos desde arriba, y ahora, de golpe, lo necesitaba para sobrevivir.

Se sentó mientras las fotos seguían pasando entre sus dedos como naipes sobados, recuerdos ajenos, la colección de otro. Mucho tiempo que no las miraba, pensó, las más recientes no las habían sacado ellos, ni el padre ni la madre, ni siquiera él. Eran de fotógrafos profesionales y ellos tenían esas expresiones exageradas de las personas cuando sonríen para la posteridad: el casamiento de Teresa, el bautismo de sus bebés, los cumpleaños. Y luego sus propias hijas, las tres, su despunte en la familia que había formado con una mujer a la que hoy lo unía sobre todo la repetición de los rituales consagrados por el uso. Y esas hijas, todas mujeres, que nacieron una tras otra y metieron vida en el escenario de la falta de sentido, una tarea agotadora y sin devolución que él no vio que terminaría cuando ellas encontraran un rumbo propio y se casaran o se fueran. Atrás fue quedando tan sólo la sombra escurridiza de sus voces, de sus gestos, su amor por Laurita, la mayor, con la que más habían compartido momentos, intereses.

Las fotos del casamiento de Nico y las de su familia las tenía él. Ahí tomó conciencia de que sin pensarlo venía revolviendo la caja en busca de algo preciso: alguna foto de su hermano, como si no recordara su cara, los ojos del desaparecido... En las escasas imágenes de la época en que vivían en el pueblo –una del living con la gran salamandra enlozada en verde encendida, y en primer plano la cabeza y el brazo del padre mientras metía un tronco en el hueco inflamado, otra de la madre sonriendo desde su sillón, los dedos enredados en lana marrón–, o las que recordaba de cuando el amigo del padre había venido con una cámara recién comprada y quiso probarla tomando fotos de ellos afuera, en el fondo, luz natural entre los árboles frutales pero corransé para que no se vea el gallinero, y la madre, qué te pasa con mis gallinas, Roberto... y ahí su hermano en una sola, arriba, trepado a la rama más alta de la higuera, era difícil conseguir que Nico se quedara quieto, generalmente les escapaba a las fotos. La miró largamente tratando de adivinar el pensamiento de ese chico arisco y mordaz que no sonrió ese día, quizás la cámara lo acorralaba, no podía trepar más alto ni bajar... Se quedó mirando largo rato aquella imagen, todo le resultaba extraño, el jardín de atrás de la casa, los árboles grandes del fondo, la higuera, ver a Nico serio... Había vivido él allí realmente, se preguntó asombrado... Qué tontería, guardó la foto y cerró la caja de golpe mientras pensaba que muchas veces había visto a su hermano trepado a la higuera, donde nadie más que él subía. ¿Estaría quizás ahora en un lugar al que nadie iba? Se quedó inmóvil un momento, la mano sobre la tapa, y volvió a abrir la caja.

Ninguna de las fotos más recientes era del pueblo, Teresa las había metido todas en un sobre y afuera escribió con letras grandes, Buenos Aires. Ahí la familia ya vivía en la ciudad y él cursaba su carrera de ingeniero. Las pasó rápido buscando una que le gustaba, dos en realidad, una de la madre sentada en el sillón de ratán del patio de la casa que habían alquilado al llegar a la ciudad, la hija mayor de Martín, Laurita, sobre las rodillas, una beba adorable, y otra de Anita poco antes de su muerte. Era la única de ella sola, no recordaba las circunstancias en que alguien, el padre seguramente, la había tomado. Estaba medio de costado, haciendo algo con las manos, y había dado vuelta la cabeza para mirar al que sacaba la foto, el pelo largo sujeto detrás y un mechón suelto que le caía por delante y le tapaba parte de la cara y se deslizaba hasta el cuello. Tenía una expresión como ensoñada, una sonrisa leve, como si no se animara a algo, siempre lo enternecía mirarla. La foto era mala, es decir, se la veía bastante borrosa, pero quizás esa falta de definición tenía que ver con que Anita hubiese muerto tan joven, como si la imagen imprecisa mostrara su progreso hacia la desaparición. Hoy era un hueco oscuro y sin remedio su pequeña hermana, y seguía doliendo. Tenía algo de la energía de Nico, ella, algo de esa explosiva rebeldía suya, hecha de sentido del humor, de inteligencia, tanto ingenio en las respuestas, en las reacciones instantáneas, sorpresivas, entre esos dos había complicidades que dejaban afuera a todo el mundo, porque ambos tenían esa capacidad para divertirse a costa de los demás que en su hermano lo sacaba de las casillas y en ella, en cambio, le parecía encantadora, desprovista de maldad. Martín nunca se enojaba con Anita, le gustaba su risa franca, su amor por los libros, que llevara un diario que nadie podía leer y que escribiera cuentos a escondidas. Él estaba al tanto porque un par de años antes de enfermarse ella misma le había confiado su secreto, aunque después nunca quisiera mostrarle nada. Distraídamente hoy volvió a preguntarse qué se habría hecho de sus cuadernos, sus papeles, esos cuentos que escribía... Al morir ella, cuando dejó de buscarla viva en la casa, Martín hurgó en su cuarto, en sus cajones, le preguntó a cada uno en la familia, pero nadie sabía nada de papeles de Anita, no, no les había contado, sólo a él. Con el tiempo concluyó que su hermana había destruido todo, y no le sorprendió, se lo dijo de entrada, era un secreto, y en realidad él no habría sabido qué hacer con sus cosas, quizás romper todo sin leerlo, una pequeña ceremonia en su nombre. Un ser luminoso, Anita, todos se daban cuenta, alguien diferente que quemó sus puentes demasiado rápido. Quizás por eso no acataba los límites impuestos por su edad, su sexo, su clase social, los mismos que Teresa vivía con orgullo. Ella, Teresa, también parecía predeterminada, aunque a otro destino, a una vida larga y ancha como su sonrisa, desde siempre preparada para abrazar y amparar a todos los hijos que aún no había gestado, una reiteración de la madre de todos. Anita, en cambio... Ella los había dejado como muñecos de cartón, quietos en la mitad de un gesto que no podían completar, en un lugar del escenario que abandonó sin avisarles.

Guardó las fotos predilectas con un gesto cuidadoso. Ya había descubierto por qué aquel mediodía no lo abandonaba, no había sido un día cualquiera, y con esos recuerdos despertados por lo que ocurría ahora volvían estos otros, era su vida, era el pasado, se dijo, uno nunca lo deja atrás del todo. Se pasó las manos por la cara, por el pelo rubio y crespo, y con un nudo en la garganta supo que las cosas no podrían volver a ser como antes. No tanto por lo que había dicho, por su frase, por la amenaza reflotada en esa marea untuosa y despareja de la memoria, por esa especie de juramento de venganza. Era peor, porque eso que había dicho... podía ser porque estaba furioso, se dicen cosas horribles cuando uno está enojado. Pero no, era otra cosa, tal vez sin darse cuenta él le había echado una maldición al hermano, una maldición que se venía cumpliendo. Nico... que todo le salía mal, todo lo que emprendía de un modo u otro fracasaba, al revés de él, un condenado al éxito... como si él pudiese... como si se lo hubiese deseado toda la vida, por celos, por el ángel que tenía ese chico, sin hacer nada había sido siempre el favorito de la madre y de Teresa, de Anita, con ella se encubrían, se complotaban... quizás del padre, que en el fondo a él siempre parecía cuestionarle todo... hasta vecinos había en el pueblo que lo adoraban, un diablito decía con una sonrisa la de al lado, que siempre lo hacía entrar con cualquier excusa, y a él, desde que eran chicos, seguramente siempre, los celos le mordían el pecho, haciéndolo sentir torpe, demasiado alto, solo... y que su deseo...

El solo pensarlo fue como un puño golpeándolo entre los ojos... Jamás había vuelto a recordar hasta hoy aquel incidente estúpido, y sin embargo ahora sentía en el pecho la agitación de la carrera, la tensión de los brazos, de la espalda al levantar a su hermano por el aire, el sudor en la frente, en la espalda, el miedo en los ojos de Nico, los olores del bosque llegando con la brisa que a la tarde siempre soplaba del oeste. Debía analizar aquellas imágenes que habían esperado treinta años para ponerlo de rodillas, para señalarlo con un dedo blanco y frío, intactas en su memoria, tan vívidas, tan reales... lo volvía loco no entender. El miedo a sí mismo, a pensar que existían pliegues desconocidos dentro de él, un poder para hacer daño del que no sabía nada, que no controlaba... ¿era eso? ¿Lo que le hubiese sucedido a Nico era culpa suya, él lo había condenado? No, por supuesto que no, hasta pensarlo era absurdo.

Se puso de pie con cierta violencia y con una mano afirmó la silla para que no se fuera al piso. En medio de todas sus certezas, esas que le permitían planear y seguir poniendo un pie delante del otro en el avance hacia el éxito, en medio de las estrategias, las agachadas y los momentos de inspiración, aquel incidente con su hermanito atravesaba las cuidadosas barreras que había erigido contra el origen humilde y el peligro agazapado de la mediocridad. Y este extrañamiento infinito con que lo había envuelto el llamado de su cuñada lo ponía mentalmente en un lugar sin eco. No lograba entender por qué estaba reaccionando de modo tan dramático, él no era así, era un hombre práctico, que siempre sabía qué convenía hacer frente a una emergencia, sabía ubicarse inmediatamente afuera y por encima de lo imprevisto y desde ahí decidía, aconsejaba, actuaba... aunque tuviera que cortar tejido vivo. Era una de sus virtudes en la vida y los demás parecían contar con eso. Por qué entonces esto lo afectaba tanto... Se preguntó si la melancolía que lo iba impregnando vendría de la intuición oscura de que no volvería a verlo. Nico y él no eran de encontrarse, de hablar, eran dos líneas que se habían vuelto paralelas, la distancia que crecía entre ellos era de tiempo, de indiferencia, de la vida ocurriendo sin que compartieran nada, ni siquiera los recuerdos, sin que les importara saber del otro. A Nico lo vamos a encontrar, se dijo de pronto con certeza, un día y medio no es tiempo, cualquiera se borra por un par de días, hay tantas explicaciones posibles... Mientras tanto un sudor frío le marcaba la espalda, un loco sentimiento de culpa que insistía en arrinconarlo.

Volvió a pasarse las manos por la cara y se apretó los ojos... y la ilusión de moverse por la casa del pueblo reapareció, era asombroso, nunca le había ocurrido nada semejante, era como estar metido dentro de una película vieja, esos colores tirando al sepia, algunas veces habían visto películas así en casa de su hija del medio, filmaciones caseras, documentales en que los muebles, las expresiones de la gente, hasta la ropa delataba la falta de vigencia de épocas que no le interesaban. Él no siempre soportaba mirarlas cuando a su yerno se le daba por armar el proyector, son hermosas, tan espontáneas... decía el tonto. Una vez más oyó los sonidos de las tablas del piso bajo sus pies. ¿Eso era la memoria, un infinito banco de datos, un archivo anárquico que guardaba absolutamente todo por si hacía falta?

Habían pasado muchos años... Esa melancolía arrastrada por el llamado, la noticia, la mezcla de añoranza y tristeza de la cual no trataba realmente de salir, lo hamacaban suavemente, era como un abrazo. En general sus intereses, las cosas que le ocupaban la mente, se estiraban hacia adelante como un brazo en la oscuridad. El pasado no formaba parte del abanico de sus intereses, no que se hubiese olvidado o que no le importara, estaba consciente de su origen, pero no orgulloso. De ese pueblo, de esa gente, su familia, de ahí procedía él, pero se había diferenciado tanto que el pasado no le resultaba necesario. Su verdadera identidad, esta, la que se confirmaba con cada acierto, con cada sonrisa cosechada en las reuniones de la empresa donde trabajaba, no era la que le había dado el pueblo sino la que él había fabricado con su esfuerzo y su cuidado, la que había marcado cada paso dado antes y después de aquel mediodía, cuando accedió a la casa y a la familia de su novia, una de las que más pesaban en el pueblo. Ese había sido el primer escalón, y en líneas generales aquellos proyectos se iban cumpliendo.

3

Al trasladarse a la ciudad, en un solo día la familia había perdido el sentido de la vida que les daba pertenecer a un entorno acotado, ellos mismos parecían haber sabido mejor quiénes eran cuando alrededor todo el mundo lo sabía. Martín, en cambio, no había lamentado la pérdida del entorno ni el precio que pagaban, supo adaptarse rápidamente mientras en casa expresaba una cierta nostalgia que nunca se permitió sentir realmente. Ese era el entorno para deslomarse estudiando, para llamar la atención y acercarse al profesor que le pareciera más adecuado, alguien que lo apadrinara y le diera su respaldo al salir de la universidad, porque no era fácil incorporarse a una empresa poderosa, que por otra parte no eran tantas. Él prefería una de las de capital mayoritariamente nacional, no por patriotismo sino por cautela, porque en una multinacional sería mucho más difícil destacarse y sortear los favoritismos con clivaje en el exterior, ahí la mano de su profesor en la espalda podía no representar nada. Ya habría tiempo después para tantear el mercado internacional, para buscar posicionarse en el trampolín de las grandes marcas. De algún modo sería volver a empezar desde la puerta de entrada, pero ese recorrido no lo asustaba, con los antecedentes de la trayectoria local no debería ser tan difícil ni tan largo, él ya vendría pisando fuerte y haría valer su experiencia en el mercado nacional. La primera etapa la había cumplido y aquí estaba, ya no era el pendejo inexperto y recién recibido que ingresaba por la puerta del costado con el título bajo el brazo y el corazón en la garganta.

La empresa siempre le había dado margen para desarrollarse y crecer. Él había aplicado sus pequeñas estrategias, por ejemplo vestirse siempre como un jefe y cultivar una actitud más digna que respetuosa, obligándose a escuchar mucho y hablar poco y a que sus palabras nunca fueran descartables. Se sorprendió cuando el gerente de la sección empezó a buscar su opinión, pero avanzó enseguida sobre esa confianza, y si estaba seguro de lo que pensaba, comenzó a decirlo sin esperar que le preguntara. En el informe de fin de año el hombre lo definió como alguien confiable y comprometido con la casa, con notables aptitudes para participar activamente en niveles más altos. Sus orígenes humildes de hijo de inmigrantes funcionaron al revés de lo que Martín tanto había temido, y su ilimitada ambición fue interpretada como el loable tesón de un muchacho inspirado por los valores justos, alguien con intuición para aprovechar los intersticios que las sutiles leyes del mercado habilitaban.

Mientras, él ampliaba el ángulo con que sostenía la cabeza y sus trajes impecables calzaban cada vez mejor en sus anchos hombros. Seis meses más tarde el presidente lo promovió a gerente adjunto. Él intuyó que su jefe no buscaba eso, quería favorecerlo pero no tanto, no debía resultarle agradable tenerlo todo el tiempo cerca, que le hubiesen habilitado una pequeña oficina junto a la suya. Martín se sentía en deuda con este hombre generoso, al que evidentemente le estaban sugiriendo que se jubilara, usando con mala fe su informe anual sobre el joven ingeniero. Pero él no tenía la culpa, no era su amigo y nunca le había pedido nada.

Una mañana, pocos días después y antes de que el personal de la sección apareciera en las oficinas, el jefe abandonó la suya y su hermosa vista al río. Martín encontró un sobre en su escritorio con una nota manuscrita deseándole éxito en la concreción de sus proyectos... con un rápido agregado al pie, a cualquier precio... Sintió que se sonrojaba. Por un instante. Arrugó la nota dentro del puño y apretó fuerte, luego entró en la que desde hoy sería su oficina. Se acercó al ventanal y miró largamente el brillo del sol en cada pequeño rizo del río. Hay viento,dijo en voz alta. Sin mover la cabeza abrió la mano, con los dedos estiró el papel y lo apoyó contra los cristales. Al mirarlo notó que estaba del revés, a trasluz volvió a leer las palabras de despedida de su jefe, con esa infaltable inclinación con que el hombre escribía siempre, con la nota invertida se notaba más. Hacia arriba... optimismo indicaba eso, alegría de vivir, una personalidad sin conflictos imaginarios, sin tristeza, el sujeto siempre elige la opción más positiva... su hija mayor había estudiado psicología y una vez se lo explicó.

El nuevo cargo... sentarse en el sillón que siempre miraba desde enfrente... Recostó la espalda, apoyó las manos sobre el cristal de la tapa y miró a su alrededor: la perspectiva era extraña, parecía estar viendo el otro lado de un espejo. Sí, estaba satisfecho y sonreía una sonrisa suave que iba y venía de su boca, pero algo le molestaba... Colgó su saco en el perchero, se arremangó la camisa y él mismo, sin esperar a que nadie llegara, giró el escritorio hasta dejarlo a noventa grados de su ubicación. Su propia perspectiva, así vería el río con sólo mover un poco la cabeza...

El presi, el ingeniero Lepera, ocasionalmente lo invitaba a presenciar algún debate de la comisión directiva. Martín se salía de la vaina por meter baza, pero allí no tenía ni voz ni voto, en esas reuniones de los socios él era un intruso que nadie se animaba a cuestionar, pero no porque estuvieran de acuerdo con tenerlo ahí, sentado entre ellos, como uno más. A un empleado, imaginate, por jerárquico que fuera. Y el poder se medía así, pensaba, no era sólo cuánto dinero tenía cada uno, cuántas acciones de la sociedad. Era el magnetismo de las personalidades. Lepera mandaba por eso, por su personalidad. Y mientras, él disfrutaba de esa especie de ensayo general con luces del verdadero poder en funciones. Las ideas que se le habían ocurrido oyendo las discusiones, testigo de estupideces en la mayoría de los casos, las hablarían después con Lepera. El ingeniero siempre parecía interesado en escucharlo. Aun si no estaba de acuerdo.

Esa relación se fue volviendo más y más cordial, el hombre parecía alegrarse cuando coincidían en el bar donde los socios se sentaban en grupitos, el verdadero lobby de la empresa, y varias veces le había hecho servir un whisky de su botella. Nunca había sido parte de la intimidad de su vida privada, su casa, su familia. Todos en ese nivel de pseudoamistad al que había accedido conocían la información básica sobre los demás, y el ingeniero no era diferente. Martín sabía que estaba casado por segunda vez con una mujer muy hermosa, mucho más joven, y que tenía dos hijos varones del primer matrimonio. La nueva mujer no le había dado ninguno. Una sola vez se había cruzado con ella, un viernes a la tarde en que la mujer estaba por llegar a encontrarse con él, había comentado el ingeniero. Salían desde allí hacia un campito de la familia pasando San Antonio.

–No es muy lejos, un par de horas, pero maneja mi mujer, Marcia. Alguna vez tiene que venirse a jugar unos hoyos conmigo, Martín, hay un club muy cerca y la cancha es bastante pasable.

Como si fuera él que se resistía... no le creyó, por supuesto. Si realmente tenés intención de concretar un día una invitación así, empezás por preguntarle al otro si juega. Y si es casado. Nadie puede saltearse esas dos preguntas. Él era casado, por cierto, y no consideraba seriamente la idea de un divorcio, en la empresa no sería bien visto. Y además jugaba, desde hacía ya un par de años; clases con profesor al principio, después hoyos con gente del ambiente. Era parte de pertenecer al mundo empresario, pero Lepera no lo sabía... y por supuesto no le interesaba averiguarlo porque no tenía ninguna intención de abrirle las puertas de su mundo personal.

Un año más tarde Martín accedió al último piso, a una oficina más grande, a un cargo completamente diferente, ligado a lo financiero más que a lo técnico. Iba a añorar el rigor científico, porque para él lo compro-bable, lo concreto y mensurable se habían convertido en una especie de lente que aplicaba a cualquier aspecto de la vida. Todavía le costaba aceptar que su hija estuviera dedicando su juventud a un objeto de estudio que nadie había visto ni sabía dónde estaba, el inconsciente... Eso no era ciencia, al principio había tratado de convencerla, hasta bromeaba un poco sobre sus textos cuando alguno le pasaba cerca, pero finalmente, cuando se dio cuenta de que ella venía evitando un poco su compañía, decidió dejar que siguiera adelante con su elección.

La imagen de su hija con la cabeza inclinada sobre un libro, el haz de luz sobre los brazos, sobre el perfil inteligente, pero sobre todo que ella hubiese dejado de comentar con él lo que iba incorporando, se había superpuesto ahora con el recuerdo de sí mismo cuando entró a la facultad. Recién accedía a esa ventana estricta y hermosa abierta sobre la realidad que eran las matemáticas y en esa época se cruzaba en la casa con Nico todo el tiempo. Un poco hablaban, por ejemplo de lo que Martín iba descubriendo en sus materias, de lo que decían los profesores, todo lo que Martín ponía por los cielos. Pensó ahora que sin embargo nunca se le cruzó por la cabeza que su hermano podría hacer el secundario y estudiar la misma noble carrera. U otra. Recordó que una tarde Nico había respondido a su entusiasmo con una pregunta que le molestó y no le resultó fácil sacarse de encima: ... y la poesía, Martín, y la belleza, y sobre todo la búsqueda, buscar sin saber siquiera qué esperamos encontrar, lo que eso nos hace... Hoy reaparecía la frase desde los rincones más remotos de su memoria, y le parecía ver la expresión momentáneamente seria de Nico. Posiblemente en aquel momento había desperdiciado la oportunidad de hablar con su hermano, de hablar en serio, con las manos a la espalda. Se preguntó hasta dónde el incidente que había desenterrado del pozo de los recuerdos negados, quizás vergonzosos... sus palabras de mierda, su maldición, hasta dónde todo eso estaba presente en sus blindajes, en esa postura suya tan dueña de la verdad. Martín siempre sonriente, siempre dispuesto, siempre jodidamente ausente...

***

Su nueva oficina era mucho más amplia, tenía cuadros originales en las paredes y una escultura en hierro sobre un pedestal, una pieza hermosa que le habían pedido que aprobara, podía cambiarse si prefería... También había un bar con botellas y heladera, un gran sofá de cuero y dos sillones haciendo juego donde podía dormitar una siesta si se le daba la gana. Nunca lo hizo de todos modos, nunca pasó de sentarse en el sofá, en parte por el alto nivel de exigencia de las nuevas tareas y el tiempo que nunca alcanzaba, pero además porque era una regla de la empresa que las frecuentes conversaciones informales con otros gerentes se hicieran en esa zona libre de distinciones jerárquicas, nada de interponer un escritorio, nada de jugar al dueño de casa. Las visitas al bar, en cambio, se volvieron naturales porque la bebida se convidaba y se compartía, un disculpame pero yo no bebo alcohol habría descolocado a los colegas. Igual, Martín no era hombre de perder el control y rara vez se servía un whisky si estaba solo.

Sólo un mes atrás había ocurrido algo extraordinario. Él sabía, se daba cuenta de que todo el mundo estaba satisfecho con su rendimiento. Una expresión ambigua, todo el mundo,ya que no eran lo mismo los socios pasivos, fundadores ya retirados, que los administrativos. Estos, todos ellos directores de área, eran siete u ocho y se desempeñaban en los principales cargos, por lo cual retiraban un sueldo sustancioso además de sus dividendos societarios. Y estaba el resto de los socios, gerentes y jefes, algunos con una larga trayectoria en la casa y bastante poder, pero aun así, no mucho más que él. Los directores eran una casta diferente y compartían un airecillo superior que a Martín lo hacía oscilar entre la envidia y el odio. Entre todos manejaban hasta el último detalle de cuanto ocurría en la empresa. Él se los encontraba en los pasillos, en el comedor del último piso o en el bar after hours que todos frecuentaban, llegando a la esquina. Más y más se lo venía convocando a reuniones parciales donde se discutían asuntos relacionados con su área, y Martín notaba con placer que entre ellos también existían rivalidades, quizás alimentadas por la diferencia en el número de acciones de cada uno, pero a ese nivel la rivalidad era elegante, se decía con una sonrisa irónica.

Y ahora el ingeniero Lepera había concretado esa invitación a su casa de campo que había insinuado casi un año atrás.

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