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Originalmente Ta-Nehisi Coates se propuso escribir un libro sobre la escritura, en la tradición del clásico de Orwell La poli?tica y la lengua inglesa, pero pronto se encontró lidiando con cuestiones más profundas sobre cómo nuestras historias —nuestros reportajes y narraciones y la creación de mitos— exponen y distorsionan nuestra realidad y dan forma a nuestro mundo. En su viaje inaugural a África, un viaje a Dakar, se encuentra en dos lugares a la vez: una ciudad moderna en Senegal y el país fantasma de su imaginación. Luego nos lleva a Columbia, en Carolina del Sur, donde aborda la prohibición de su propio trabajo y las raíces profundas de una mitología estadounidense falsa y ferozmente protegida, visiblemente en exhibición en sus estatuas segregacionistas. Finalmente en Palestina, Coates ve con una claridad devastadora la tragedia que crece en el choque entre las historias que contamos y la realidad en el terreno.
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Seitenzahl: 267
Veröffentlichungsjahr: 2026
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EL MENSAJE
A mis hijos,
Samori y Chris
«En una época pacífica, quizás habría escrito
libros floridos o meramente descriptivos y habría
podido permanecer casi ajeno a mis lealtades políticas.
Las circunstancias me han obligado a erigirme
en una suerte de panfletista».
George Orwell, Por qué escribo
I
EL PERIODISMO
NO ES NINGÚN
LUJO
«Aunque todavía no nos lo creamos del todo, la vida interior
es real, y los sueños intangibles de las personas surten
un efecto tangible en el mundo».
James Baldwin
Camaradas:
En el verano de 2022, volví a la Universidad Howard para impartir clases de escritura. Dado que mi trayectoria como estudiante universitario había sido regular, no pude evitar que el honor me hiciera sentir algo cohibido. Pero fue un honor, porque fue allí donde os conocí. Nuestra primera clase fue en el bosque, en la Virginia rural, donde, junto con mi amiga la poeta Eve Ewing, pasamos dos semanas leyendo, escribiendo y haciendo talleres. Llevo impartiendo clases de escritura de una forma u otra casi el mismo tiempo que escribiendo, y la única actividad que me gusta más es la propia escritura. Pero vosotros hicisteis que la primera rivalizara con la segunda. No pretendo menospreciar a ninguna otra hornada de estudiantes a los que he dado clase en otros momentos y lugares: todos tenían talento y dedicación. Pero lo cierto es que a nosotros nos unía algo más profundo.
Supongo que todo empieza con nuestra institución y con el hecho de que se fundara para combatir la larga sombra de la esclavitud, una sombra que éramos conscientes de que aún no se había batido en retirada. Eso significaba que jamás podríamos limitarnos a escribir por amor al arte, sino que, sí o sí, tendríamos que creer que nuestra escritura estaba al servicio de ese mandato emancipador superior. Se aludía a ello a menudo, cuando no se afirmaba directamente. Toda nuestra obra versaba sobre la clase de pequeños detalles sobre el ser humano de los que suele ocuparse la literatura. Pero cuando se vive como nosotros, entre personas cuya humanidad está siempre en entredicho, hasta los detalles más nimios —sobre todo, los detalles más nimios— adquieren carácter político. Para vosotros, no puede haber auténtica distancia entre la escritura y la política. Y cuando vi eso en vosotros, me vi a mí mismo.
Por supuesto, mi identidad está vinculada a mi amor por la lengua. Con apenas seis meses, me acercaba gateando a los altavoces de mi padre cuando reproducía The Last Poets. Y cuando se acababa el disco, lloraba hasta que volvía a ponerlo. A los cinco años, me tumbaba en la cama con el volumen Poems and Rhymes de la serie Childcraft abierto de par en par en «The Duel» y me pasaba el día murmurando para mis adentros: «The gingham dog and the calico cat / Side by side on the table sat».[1] Lo hacía solo por la sensación que me producían las palabras en la boca y su sonido en los oídos. Más tarde, descubrí que existían los raperos —seres humanos al parecer nacidos y criados con el único propósito de combinar la música del lenguaje con una caja de MPC o un bombo de 808— y la alquimia resultante se me antojó tan natural como el latido del corazón:
I haunt if you want, the style I possess
I bless the child, the earth, the gods and bomb the rest.[2]
Haunt. Atormentar. Me habéis oído pronunciar esa palabra muchas veces. No basta nunca con que quien lea vuestras palabras se convenza. El objetivo es atormentar: hacer que piensen en vuestras palabras antes de acostarse, que se les aparezcan en sueños, que a la mañana siguiente les hablen de ellas a sus parejas, hacer que agarren a una persona cualquiera por la calle, la zarandeen y digan: «¿Has leído ya esto?». Así era como me sentía cada vez que escuchaba rapear a Rakim o, para el caso, a The Last Poets. Eso es lo que me hacía murmurar versos de Childcraft. Esa aflicción era embeleso y deseo. Era un placer, pero también una profunda necesidad de entender los mecanismos de ese placer, las matemáticas y el color que escondían las palabras y todas las emociones que evocaban. Imagino que hay niños que ven un cuadro y no consiguen quitarse la imagen de la cabeza. Imagino que le dan vueltas a solas por la noche en la oscuridad, atormentados, una y otra vez, y a cada momento crece en su interior un pequeño éxtasis secreto y, justo detrás, la necesidad de transmitir un éxtasis propio. Yo he sido así desde que fui capaz de inscribir palabras en la memoria. Y ese instinto conectaba de manera natural con el mundo que me rodeaba, porque vivía en una casa rebosante de lengua organizada en libros, la mayoría de los cuales trataban sobre «la comunidad», como decía mi madre. Así pues, me quedó claro que las palabras podían atormentar no solo por su forma, no solo por su ritmo y redondez, sino por su contenido.
Cuando tenía siete años, mi madre me compró un ejemplar de la revista Sports Illustrated. Me enseñó a leer antes de que yo empezara a ir al colegio y me animaba a practicar como buenamente podía. Y qué mejor forma de animarme que aquel número de Sports Illustrated en el que salía mi héroe, Tony Dorsett, running back de los Dallas Cowboys. Estábamos en 1983, una época del fútbol americano en la que los running backs parecían de la talla de los campeones de los mitos griegos. ¿Cómo podía un hombre del poderío de Earl Campbell moverse tan rápido, rebasar a toda velocidad a un defensa y luego estamparse contra el pecho de otro? ¿Cómo podía Eric Dickerson correr tanto, contra toda lógica, saltando por los huecos de la defensa, un blanco evidente imposible de atrapar? Hoy en día, de vez en cuando veo un viejo vídeo de Roger Craig marcándose una señora carrera de cuarenta y seis yardas contra los Rams o de Marcus Allen haciendo un reverso en la Super Bowl. Pero por aquel entonces, en ese mundo desconectado, ni los relatos, ni las palabras ni las historias estaban disponibles a la carta. Si presenciabas una proeza semejante —como me ocurrió a mí con Allen—, esta perduraba en tu memoria hasta que los dioses de la retransmisión decidieran que podías verla otra vez. Así que, para mí, una revista que relatara las hazañas de uno de aquellos héroes no era una mera combinación de palabras e historias: era un tesoro.
Porque yo estaba completamente convencido de que Tony Dorsett era mágico. Medía un metro y setenta y tres centímetros y era de constitución normal, como cualquiera de mis tíos. Pero cuando se encajaba en la cabeza el casco de la estrella solitaria, se volvía intocable. Lo recuerdo atravesando como una flecha la defensa, cambiando de dirección a máxima velocidad, bailando, esprintando por todo el largo del campo y dejando atrás a un equipo entero. Pero, pese a mi atracción hacia Dorsett, no es eso lo que recuerdo de aquel número. De hecho, hasta hace unos meses, se me había olvidado por completo que Dorsett estuviera siquiera en la portada, porque en las páginas interiores de la revista me encontré con un reportaje tan perturbador, tan espeluznante incluso, que tapó todos los detalles adyacentes.
El reportaje se titulaba «Where Am I? It Has to Be a Bad Dream» (¿Dónde estoy? Tiene que ser un mal sueño). Su protagonista era Darryl Stingley, que había jugado de receptor abierto. También los receptores abiertos me parecían seres míticos, contorsionistas como Wes Chandler, que se estiraban hacia atrás para atrapar al rebote un balón a punto de perderse en el éter, o acróbatas como Lynn Swann, que bailaban en el aire. Yo devoraba aquellas hazañas los domingos por la mañana en los destacados que seleccionaba la propia Liga Nacional de Fútbol Americano. Pero una revista como Sports Illustrated existía al otro lado del jardín, en la calle, donde colisionaban el periodismo y la literatura. Y ahí fuera no había ni magia ni mitos: solamente monstruos de carne y hueso.
Así que leí la historia real de Stingley, que en 1978 se había llevado un golpe en una ruta slant y se había despertado en el hospital. El artículo empezaba allí, en el hospital, con Stingley incapaz de mover una sola extremidad, ni de llamar a su madre ni de limpiarse las lágrimas que le rodaban por las mejillas. En un instante, el contorsionista se había quedado tetrapléjico. Yo apenas llevaba leídos unos párrafos y ya quería cerrar la revista para siempre, escapar de la historia, pero me retenían fuerzas que entonces era incapaz de entender. Sabía que había algo distinto en la narración, en su estilo, que me atrajo hacia ella con la gravedad de una estrella hasta que me encontré allí, en el campo, gritando, suplicando a Stingley que tuviera cuidado con el golpe que se le avecinaba, y luego en el hospital, a su lado, sin poder mitigar el horror que le afloró en los ojos al comprender su suerte. Y entonces la estrella se convirtió en un agujero negro y yo crucé un horizonte de sucesos donde ya no me imaginaba junto a Stingley, sino que era el propio Stingley, y era mi cuerpo el que estaba postrado en la cama, y los radios se me clavaban en el cráneo, y era yo quien clamaba a un dios sordo.
I haunt if you want, the style I possess. Y, sin duda, estaba atormentado: por un estilo, por la lengua. Y, de una manera vaga e instintiva, comprendí que el único exorcismo posible radicaba en más palabras. Fui donde mi padre y lo bombardeé a preguntas, porque así era yo de niño, siempre preguntando el porqué de las cosas (para fastidio de mis hermanos y hermanas). Mi padre tenía una forma particular de manejar aquello y ese día ejecutó la maniobra a la perfección. Me llevó al cuarto trasero, donde tenía una nutrida biblioteca, y cogió un libro de la estantería. Se trataba de They Call Me Assassin (Me llaman el Asesino). Era la autobiografía de Jack Tatum, el back defensivo que le había asestado el golpe destructivo a Stingley.
Así que seguí ahondando, con la esperanza de entender un poco la mente de un hombre que había dejado a otro lisiado para siempre. Me encantaría deciros que encontré alguna gran revelación, pero el libro consistía sobre todo en historietas de la carrera futbolística de Tatum, que no fue excesivamente interesante que digamos. Recuerdo que Tatum escribió que el golpe a Stingley no fue de una violencia extraordinaria. Los lectores que, como yo, buscaran alguna meditación profunda sobre una catástrofe no la encontrarían. Así pues, tuve que volver a ingeniármelas solo, sin Google, Wikipedia ni redes sociales en las que hallar consuelo en otras personas. Solo con aquella espantosa historia de un acróbata sepultado en su propio cuerpo reproduciéndose en mi mente una y otra vez. Pero me había ocurrido algo en aquel proceso.
Como lector, había cambiado. Ya no me limitaba a dar vueltas a las palabras en la cabeza o en la lengua: daba vueltas a historias enteras. Incluso la historia de Tatum resultaba sumamente reveladora por lo poco que revelaba, pues aludía a la vergüenza que uno puede sentir o a la paradoja de un juego que confiere valor a la violencia y luego se horroriza por sus consecuencias. Yo no era capaz de comprender todo aquello todavía. Pero en los años siguientes, mientras daba vueltas a las historias en mi cabeza, sentía las revelaciones que se desprendían de ellas. Lo que sentí entonces fue que la historia de Darryl Stingley infringía alguna ley de la justicia, profunda e invisible, que reinaba en todos mis dibujos animados. Yo sabía que el fútbol era violento: era la violencia lo que retroiluminaba la maniobra de evasión de Tony Dorsett. Pero la violencia era la antagonista en una historia con final feliz. No podía ganar, ¿verdad que no?
Pero lo cierto era que, a mi alrededor, la violencia estaba ganando. Aquel fue el año en el que recuerdo por primera vez que un niño se llevara un disparo por una prenda de ropa de moda; historias como esa no tardarían en convertirse en el trasfondo de mi adolescencia. El peligro se arremolinaba a mi alrededor: cuentos de cuchillas escondidas en manzanas acarameladas, niños de cuatro años atravesados por dardos de jardín. La historia de Stingley aunaba todo aquello y alumbraba una idea nueva: a veces, el mal ganaba; quizá la mayoría de las veces. En efecto, ocurrían desgracias, aunque solo fuera por el simple hecho de que cabía la posibilidad de que ocurrieran. Por perturbadora que resultara aquella información, me hacía más fuerte porque me hacía más sabio. Y el peso de aquella sabiduría guardaba una estrecha relación con su método de transmisión. El periodismo. El relato personal. El testimonio. Las historias.
Crecí. Empezaron a ocurrirnos desgracias a mí y a las personas que me rodeaban: palizas, atracos grupales, cuchillas escondidas, robos de joyas. Creo que, al final, sobreviví gracias a las historias. Porque, además de servirme para explicar mi mundo, me permitían escapar a otros. Así que, sin importar lo que hubiese fuera, podía volver a casa a leer la enciclopedia y dejar que las palabras me transportaran a bosques y selvas, a taigas y tundras. O podía coger un libro sobre bichos mortales e insectos asesinos y, mediante las palabras, regodearme en la mortífera biología de las viudas negras y las hormigas rojas. O podía abrir African Glory[3] y atravesar el Sáhara con Mansa Musa o ver el Imperio songhai con los ojos de Askia el Grande. O volver a mi mundo con los LP o las cintas, con «Louder Than a Bomb», «The Symphony» o «My Philosophy». En mi cabeza, aquellos mundos no eran independientes. Yo no distinguía, ni distingo ahora, entre el arte «elevado» y el «popular». Lo único que me importaba era qué me atormentaba y por qué y, poco a poco, empecé a percibir el hilo que lo atravesaba todo. En el instituto, leí Macbeth y me sentí transportado tan lejos del aula como con cualquier verso de Kool G Rap:
Sicario segundo
Mi señor, yo soy alguien
a quien las viles coces y coscorrones del mundo han enfurecido tanto que haré lo que sea para vengarme.
Sicario primero
Y yo soy otro alguien
tan agotado por los desastres, atormentado por la fortuna,
que apostaría mi vida en cualquier lance
para mejorarla o acabar con ella.
Lo que vi ahí era mi ciudad, conectada con otras ciudades cuyas costumbres y códigos se ensalzaban entonces en cintas mezcladas y vídeos musicales: Gods and Earths, Gangstas y Queens. Pero ahí había otra estrella muerta, con otra gravedad, que me arrastró a través de los siglos hasta que vi que incluso allí existían las reglas y costumbres que yo consideraba solo nuestras. Y gracias a las palabras comprendí que mi ciudad no estaba maldita, que lo que veía en los ojos de los chicos de allí, lo que oía en la música, era en realidad algo antiguo, algo indescriptible, que marcaba a toda la humanidad, desde Stratford-upon-Avon hasta las calles de Baltimore.
Y en aquellos momentos siempre me retrotraía a las obsesiones de mi infancia: la organización de las palabras, silencios y sonidos en historias. Y a eso le añadía el uso de unos verbos determinados, la juguetona disposición de la puntuación y el gozo íntimo que todo aquello me reportaba. Y, al sopesar los versos «Mi señor, yo soy alguien / a quien las viles coces y coscorrones del mundo», me di cuenta de que en la repetición de Shakespeare de un sonido representado por la letra ce había magia y de que era la misma magia empleada por Rakim, solo que con el sonido representado por la erre:
I’m the arsenal, I got artillery, lyrics are ammo
Rounds of rhythm, then I’ma give ’em piano.[4]
Tenía más o menos vuestra edad cuando empecé a entender lo que había vislumbrado por primera vez en aquel ejemplar de Sports Illustrated: que el sonido y el ritmo son aún más poderosos cuando se organizan en un relato. Es decir, que las palabras son poderosas, pero aún más cuando se organizan para contar historias. Y las historias, por su poder, exigían una lectura, una interpretación y una investigación rigurosas. Heme ahí, con la revista deportiva abierta de par en par en el regazo, sintiéndome propulsado a un viaje de descubrimiento. Terminé el artículo, pero necesitaba saber más, así que me propuse erigirme en reportero y convertí a mi padre en mi primera fuente. Esa fuente me mandó a la biblioteca a investigar. Y allí, para mi frustración, concluyó el viaje. La distancia que me permitían recorrer los libros era limitada. Deseaba haber hablado yo mismo con Tatum o Stingley. Deseaba ser yo quien escribiera las preguntas, organizara e interpretara las respuestas y luego, con palabras, expresara el significado extraído de la investigación.
Resultó que sí podía. En Howard, encontré una extensa biblioteca que dejaba el cuarto de mi padre a la altura del betún. Había bases de datos llenas de artículos de revistas y periódicos. Y yo ya era adulto, así que resultaba que podía llamar a la gente y hacerles preguntas yo mismo, de manera que aumentaban las filas de fuentes potenciales. Armado con esas fuentes en bruto y mi instinto sobre cómo organizar las palabras —a style I possessed—, quizá podría pasar de atormentado a fantasma, de lector a escritor, y tener yo también a mi disposición las estrellas y su innegable gravedad.
Era evidente que aquel poder debía servir para algo más que para divertirme: que debía iluminar, confrontar y deshacer la violencia que veía a mi alrededor, que la belleza debía unirse a la política, que el estilo que se poseía debía estar a la altura de la lucha que se exigía.
El bien que perseguir y el mal que evitar se ponían en la balanza y se sopesaban. Por un lado, estaba la esclavitud, una dura realidad que nos miraba con furia asesina, con la sangre de millones de personas en sus contaminadas faldas, terrible de contemplar, devorando con avidez nuestras duras ganancias y alimentándose de nuestra carne. Ese era el mal del que escapar.
Por otro lado, a lo lejos, en la brumosa distancia donde todas las formas parecían sombras bajo la luz parpadeante de la estrella polar, detrás de alguna colina escarpada o montaña nevada, se alzaba una libertad incierta, medio congelada, que nos atraía a sus glaciales dominios.
Es Frederick Douglass insuflando vida a la abstracta díada de la esclavitud y la libertad; sobre todo, a esta última. La esclavitud es, evidentemente, perversa. Pero para perseguir el «bien», el esclavo tiene que renunciar a la muy real tierra donde nació a cambio de un sueño y quizá una pesadilla: unos «glaciales dominios» que se erigen imponentes «en la brumosa distancia» bajo «la luz parpadeante […] medio congelada». La libertad de Douglass no consiste en estandartes ni en himnos, sino en algo aterrador que, aun así, abrazó. El contraste —entre el deslumbrante bien de la libertad como principio y la oscura y desconocida realidad— evoca el cliché de lo «malo conocido». Pero, como su claroscuro lingüístico ilumina la verdad enterrada en el cliché y nos acerca así a una experiencia distante, Douglass no es un estereotipo llamado «esclavo», sino un ser humano como nosotros. Escribir así, imaginar como seres humanos a las personas esclavizadas, colonizadas y conquistadas, siempre ha sido un acto político. En el caso de los escritores negros, se ha empleado con tanta frecuencia que constituye una tradición: una tradición que retomé con vosotros en Virginia aquel verano.
Creo que esa tradición de escribir, de sacar a relucir una humanidad común, es indispensable para nuestro futuro, aunque solo sea porque es necesario ver primero aquello que se ha de cultivar y cuidar. Y lo que yo veo es esto: una figura apostada en la linde de un extenso bosque encargada de cartografiarlo con tal precisión que cualquiera que vea el mapa se sienta transportado al territorio. Tal vez la figura, que ve las cumbres nevadas en la lejanía, teorice sobre lo que se encuentra entre esas cimas y su persona: pinos, estribaciones, un barranco por el que discurre un arroyo. La figura eres tú, quien escribe, una idea en la mano, notas garabateadas en hojas sueltas, quizá un primer borrador de un esquema. Pero para escribir, para trazar ese mapa, para arrastrarnos a la naturaleza salvaje, uno no puede quedarse en la linde. Tiene que recorrer el terreno. Tiene que ver la elevación con sus propios ojos, el color de la tierra. Tiene que descubrir que el barranco en realidad es un valle y que el arroyo en realidad es un río que serpentea hacia el sur desde un glaciar en las montañas. Uno no puede saber nada de eso de antemano. No puede saberlo mediante la «lógica» ni refugiarse en su genialidad natural. Creer en la genialidad es en gran medida lo que nos aqueja y, en mi experiencia, las personas a las que todo el mundo alaba por el poder de su intelecto son tan propensas a iluminar como a confundir. La «genialidad» puede ayudar o no a un escritor cuyo trabajo consiste, ante todo, en esclarecer.
Que el mundo se había esclarecido: eso es lo que sentí a los siete años cuando se reveló ante mí la verdadera cara del fútbol. Liberado del control sesgado de los poderosos partidos, veía directamente el terrible precio del deporte. Escribo después del #MeToo, que, entre otras cosas, fue un movimiento nacido de las palabras. Pues una cosa es esbozar un mundo en el que «las agresiones sexuales constituyen un problema en los lugares de trabajo» y otra muy distinta, detallar qué oficinas de Manhattan tienen puertas para violar, presentadores de televisión famosos que emboscan a ayudantes durante las vacaciones o actores que aseguran ser «hombres feministas», pero dejan a su paso un reguero de agresiones. Lo que recuerdo de cuando leí los reportajes de investigación sobre esos casos es que toda la jerga activista y académica —todo eso del «patriarcado», la «cultura de la violación» y los «privilegios masculinos»— se volvió sólido y se encarnó de una forma que no solo me convenció, sino que me interpeló. No me pillaba de nuevas el hecho de que, como hombre, gozaba de privilegios, pero de pronto los sentí con un horror inusitado. Reflexioné sobre mi carrera y entendí que, aunque no estuviera exenta de dificultades, la de los botones para violar[5] no figuraba entre ellas. Y ese era el mundo que se había esclarecido:
La calidad de la luz con la que escudriñamos nuestra vida guarda una relación directa con el producto que vivimos y los cambios que esperamos operar con esa vida. En esa luz damos forma a las ideas con las que perseguimos nuestra magia y la hacemos realidad.
Audre Lorde escribía sobre la poesía, pero creo que sus palabras son aplicables a todas las modalidades de escritura. No podemos actuar sobre lo que no podemos ver. Y nos aquejan un vocabulario y unas historias muertos al servicio de personas que lo único que persiguen es un mundo muerto. Y no basta con oponerse a esos embusteros. Tiene que haber algo en vuestro interior, algo ávido de esclarecimiento. Y necesitaréis esa avidez, porque si seguís ese camino, pronto os encontraréis enfrentándoos no solo a sus mitos e historias, sino a los vuestros. Es difícil, aunque solo sea porque buena parte de nuestros mitos se crearon en pro de la liberación, para hacer todo lo posible por sacarnos del hoyo al que nos habían arrojado. Y por encima de nosotros se alzan precisamente quienes nos empujaron y nos abuchean, nos tiran tierra a los ojos y nos gritan: «Lo estáis haciendo mal». Pero, como nosotros no somos ellos, repudiamos los valores de los esclavistas, colonizadores y bellacos. Necesitamos unos valores que entiendan el perfeccionamiento de nuestra escritura como el perfeccionamiento de nuestra calidad lumínica. Y con esa luz se nos ha encomendado que analicemos las historias que nos han contado y cómo estas cimentan las ideas políticas que hemos aceptado, para, después, contar historias nuevas.
Los sistemas a los que nos enfrentamos son opresivos y, como tales, de una cobardía inherente. Donde mejor funcionan es en la oscuridad, su esencia escondida y tan poco explorada como lo estuvo para mí en su día el béisbol, ese gran pasatiempo estadounidense.
Hasta que un escritor me contó una historia y aprecié algo esencial y terrible sobre el mundo. Todas nuestras conversaciones sobre la técnica, sobre el ritmo y la metáfora se reducen en última instancia a una cosa: a las historias que contamos, a la necesidad de atormentar, es decir, de hacer sentir a la gente todo lo que nos jugamos ahora.
La última vez que hablamos fue en el semestre de otoño, hace casi dos años. En un momento de distensión, os prometí que yo también presentaría un ensayo para el próximo taller. Os entusiasmaba sobremanera usar mis propias lecciones en mi contra; señalar dónde había pecado de impreciso, ampuloso o, simple y llanamente, de vago. Pero acabó el semestre sin que hubiera escrito ningún ensayo. Parece que seguía siendo el mismo estudiante mediocre de hacía treinta años. Pero lo del ensayo iba en serio, tan en serio que no os he visto desde entonces. He estado viajando: Senegal, Carolina del Sur, Palestina. Pero ya estoy de vuelta y traigo conmigo esa tarea atrasada: anotaciones sobre la lengua y la política, sobre el bosque, sobre la escritura. Os he dedicado estas anotaciones a vosotros, aunque confieso que estoy pensando en los jóvenes escritores de cualquier sitio cuya labor consiste nada menos que en aportar su granito de arena para salvar el mundo.
II
SOBRE LOS
FARAONES
«al bajarme del escenario supe que estaba en casa
que ya había estado ahí que había estado por ahí
deambulando por el helador clima de mi mente
donde el invierno y el verano tienen la misma temperatura
de necesidad.
y alcé las manos. el rostro. cortado por los vientos
del norte y la sangre rezumó besó el lugar
de mi nacimiento y el sol y el mar se congregan
en torno a mi ofrenda y éramos uno como la noche es sin duda día
cuando de verdad entiendes la necesidad que el uno tiene del otro.
un olor verde inflexible como la mañana
se desplegó como una joven doncella por la tierra
y yo saboreando una nueva geografía me descalcé
dejé a mis pies crecer en la nueva danza del crecimiento
y la danza era nueva y los muslos
me ardían como acordes
dejaban un rastro para que otros los siguieran cuando
volvieran a casa como deben hacer todos para que
el pasado sea futuro».
Sonia Sanchez, «Rebirth» (Renacimiento/ Reencarnación)
El otro día, mientras hacía la maleta para mi viaje a Dakar, mi madre me mandó por mensaje uno de sus viejos dibujos. Me pareció oportuno, porque el dibujo me permitió reflexionar un momento sobre por qué me pesaba tanto aquel viaje que llevaba tanto tiempo posponiendo y la relación de ese largo aplazamiento con algunas de mis primeras ideas sobre la imaginación y el arte. Es cierto que había crecido en una casa de palabras: artículos, libros, letras de canciones. Y es cierto que desde bien joven la escritura se apoderó de mí y me mantuvo en su órbita, pero había muchas lunas tirando de las mareas de mi mente. Mi padre tenía una modesta y heterogénea colección de arte revolucionario: dibujos a lápiz de faraones, esculturas afroabsurdistas, los Harlem Hellfighters[6] plasmados en litografía. En casi todas las casas en las que vivimos, montaba una exposición de cajas de cereales Wheaties, paquetes de patatas fritas y bolsas de galletas sin abrir, igual que un coleccionista de juguetes guarda una Barbie original o un G.I. Joe vintage. También esas eran obras de arte revolucionario, porque en todos esos envoltorios salían personas negras, pero ninguna de ellas con el estilo arrastrado que tanto abundaba cuando mis padres eran jóvenes.
En cuanto a mi madre, creo que en otra vida habría sido artista. Baila de maravilla. Adora la música. La veo ahora tal y como era entonces, con el pelo afro corto y gafas gruesas, conduciendo su Volkswagen Rabbit plateado por la avenida Liberty Heights, tamborileando sobre el volante y cantando al son de las Pointer Sisters: «Well, Romeo and Juliet / Samson and Delilah / baby you can bet…». Escuché de todo en ese coche o en el tocadiscos de casa: Prince, Nina Simone, Carmen McRae, The Platters, The Drifters, John Coltrane, Jerry Butler, Taj Mahal, Joan Armatrading. Mi madre tiene también una habilidad innata para las manualidades. Guardo muy buenos recuerdos de los dos sentados a la mesa de la cocina con celo, fichas, tijeras, cola y perchas de alambre haciendo trípticos para la feria de ciencias, collages para la clase de Arte o dioramas de historia. Estuvo dibujando una temporada y yo me encontraba sus cuadernos de dibujo desperdigados por toda la casa. Y de repente, tantos años después, también ella había encontrado un cuaderno olvidado; y en el cuaderno, un retrato de mi padre, sentado de lado en una silla, con las piernas cruzadas, una gorra de marinero en la cabeza y un libro en la mano. Encima del dibujo había una leyenda («Papá se pasa el día leyendo») y, debajo, otra («Papá dice que lee para aprender»). Las leyendas eran mías.
Mi padre cree poder precisar la fecha de la creación del dibujo. Es de mucho antes de que existierais: 1978. Hace cinco años que ya no forma parte del Partido Pantera Negra y está claro que la revolución no se televisará,[7] porque sencillamente no va a producirse. Vivimos en una casa adosada en el barrio de Park Heights que mis padres alquilan semana a semana, y conseguir el dinero necesario para esa renta semanal es lo más complicado que harán nunca. Mi padre ha tenido todo tipo de trabajos: adiestrando perros guardianes, moviendo maletas en el aeropuerto y, ahora, en el puerto, descargando barcos salineros. Pero aquel día, el del retrato, le han dicho que ha habido algún tipo de malentendido con el sindicato y que no le van a pagar. Llega a casa cargando con el peso de todo el asunto. Tiene treinta y dos años y quizás ahora sienta el miedo que nos atenaza a esa edad al comprender que los años se nos escapan de verdad, como todos esos sueños revolucionarios, sin dejar rastro. Y su reacción a todo ese peso es increíble: coger un libro. «Papá dice que lee para aprender». Pero ¿qué intentaba aprender?
Creo que si mi padre tratara de describir las fuerzas que han configurado su vida, se fijaría primero en sus propias acciones: sus méritos, sus errores. Pero si ampliara la abertura hasta abarcar el mundo que lo rodeaba, vería que a algunas personas sus méritos les hacían ganar más y los errores les costaban menos. Y esas personas que tomaban más y pagaban menos vivían en un mundo de riqueza inicua, mientras que los suyos vivían en un mundo de aterradora miseria. Y también habría visto que no se enfrentaba solamente al profundo abismo entre la riqueza y la miseria, sino a las historias que pretendían justificar ese abismo como algo natural. Habría citado el arsenal de historias, ensayos, novelas, etnografías, telefilmes, guiones preliminares y monogramas que no constituían en sí mismos supremacismo blanco, pero que sí eran su programa, su corpus, su canon.
El peso de mi primer viaje a África —la cantidad de años que he tardado en llegar a ir— guarda una relación directa con ese canon y con la obra de sus sabios, hombres como Josiah Nott, un antropólogo, epidemiólogo y estudioso de la civilización del siglo xix
