El microbio blanco - JC Ferrer - E-Book

El microbio blanco E-Book

JC Ferrer

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Beschreibung

El microbio blanco Rubén Mirabet, un médico en la cincuentena desencantado por las miserias humanas, repasa los recuerdos de su juventud. Junto a sus dos colegas, Flores-Smith y Armando Salinas, reflexiona sobre el sentido de la vida y las relaciones de pareja. Casi por curiosidad, se sumerge en un periplo de relaciones sexuales, la mayoría grotescas e insatisfactorias, que solo consiguen aumentar su desdén por la sociedad. Entonces conoce a Mónica, una joven estudiante de medicina, despierta e idealista, que arrastra turbulentos conflictos interiores. Lo que empezó como una aventura más, se transforma en un romance que pone al protagonista frente a las cuerdas de sus principios. Y llega la pandemia de COVID. Mirabet, poco propenso a la monotonía, se pone a la cabeza de un equipo para combatir el virus en primera línea. Con crudeza se van desvelando los detalles más dramáticos de esos días. En sus cavilaciones, Mirabet retrata los nuevos tiempos que pasan a toda prisa y obligan a generaciones a cambiar su manera de vivir y de entender el mundo, en busca de una identidad perdida. Escrita en primera persona, la novela cuenta, desde la fina ironía que caracteriza al misántropo protagonista, detalles desconocidos sobre la clase médica, los hospitales y la sanidad pública. En realidad, el tono reflexivo y sarcástico del personaje esconde un grito desesperado frente a las edades de la vida y los procesos que han preocupado desde siempre al ser humano: la muerte, el paso del tiempo, el amor, la soledad, el sexo o la amistad.

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Seitenzahl: 577

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© JC Ferrer

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-786-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A los Nachos

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«Un carácter auténtico es una mezcla

de nobleza y de elementos impuros».

ANDRÉ MAUROIS.

Capítulo 1. Corina

Tengo la impresión de que lo fundamental se ha consumado. Toca elegir: el relato o el olvido.

El relato.

Es esta una historia de vida y de muerte, pero más de vida. Una historia de enfermedad y de salud, pero más de salud. Una historia de dicha y de desgracia, pero más de dicha. Y una historia de amores y de lujuria y... aaaaashh, aquí me pierdo irremediablemente.

Para comenzar tiraré de un hilo. De un hilo que será insignificante, porque poco hay de trascendente en los acontecimientos de nuestras vidas, por mucho que nos empeñemos en creer lo contrario. Y como es una historia también de muerte, empezaré con el entierro de mi tío Julián, que aconteció hace unas cuantas semanas. Un acto sencillo y apenas concurrido, como corresponde a un hombre demasiado bondadoso y sin fortuna. Muertos sus contados amigos desde hacía años y con la pensión mínima de jubilación, aquello solo podía ser gris y económico. Los familiares más próximos que le quedábamos, un hijo, dos sobrinos y un nieto, nos citamos en el tanatorio. En las escasas ocasiones en las que he acudido a un tanatorio, siempre he tenido la impresión de adentrarme en un área reservada, a mitad de camino entre una notaría y un aeropuerto de capital de provincia. Y allí es donde nos llevan al morir, en un prodigio de sensibilidad muy propia de la cultura occidental moderna. El interior de un frigorífico medio vacío parece más acogedor. Por lo general, mantener alejada la muerte de nuestros domicilios se ha convertido en una costumbre inalterable desde hace décadas. Cuanto más apartado quede el fallecido de nuestros dominios, mejor, no sea que el descarnado aliento de la última verdad se meta en nuestra cama.

La sala de velatorio era neutra e imprecisa y, aun así, no me dejó impasible. Fría y nada cordial, de sus paredes parecía emanar el silencio, partido por la mitad por los comentarios que susurraban los familiares y conocidos del difunto, como si temieran despertar a alguien. Mi tío yacía al otro lado del muro de cristal, sobre un ataúd de madera. Mostraba un rostro diferente al que le conocí en vida, una macabra caricatura del ser amado. En lugar de tranquilizarme, la imagen me estremeció y noté una aprensiva desazón. Los visitantes, sin embargo, se acercaban con curiosidad y, con la excusa del último adiós, lo contemplaban como si fueran turistas en un acuario observando una especie exótica.

Hace décadas que no asisto a bodas, bautizos ni entierros, ni participo en conversaciones acerca de niños, porque me dañan el espíritu por ese orden. Desde lo de mi tío Julián, tampoco pienso volver a un tanatorio y solo espero que jamás me lleven allí por la fuerza, para ser observado de manera fugaz, convertido en un cuerpo lívido y encanijado que apenas será algo de mí, ajustado milimétricamente al féretro e iluminado de un modo ambiguo. Lo que desearía, por el contrario, es que tiraran mi cadáver en mitad del monte para que lo devoraran los lobos, y que los restos fueran pasto de buitres y cuervos. Y así llegar a ser un poco lobo y un poco monte. Y así, quizás volar.

Estoy próximo al reseco otoño de mi vida, enseguida llegará el invierno crudo, y puede que por eso la muerte de un pariente tan cercano me hace recordar los momentos que compartimos en el pasado. Entre mis primeros recuerdos del tío Julián, escasos y que atesoro, está su permanente olor a tabaco de pipa y, sobre todo, los paseos por los pequeños campos de cultivo del extrarradio de la ciudad, que enriquecía con enseñanzas agrarias sobre el crecimiento de los nabos y las alcachofas. En ese tipo de asuntos, carentes a primera vista de futura utilidad práctica, era donde mi tío ponía verdadero interés.

Un domingo, el tío Julián, sentado en su butaca tapizada de falso terciopelo color verde aceituna desde donde vaticinaba los resultados futbolísticos de la jornada, con su mirada azul Maldivas y su papada de pelícano, emitió el primer juicio diagnóstico del que tengo memoria, refiriéndose a mi persona:

—Este chiquito será lo que quiera ser. —Su expresión era grave y no albergaba dudas, sustentada como estaba por la copa de coñac y la bata de felpa.

Aquel día no acertó y su equipo perdió por goleada. Y es que sus vaticinios solían ser falibles. En lo que respecta a mi persona y lo que quise ser, a los once años pretendí ser futbolista de éxito; a los trece ser bastante alto, medir al menos uno ochenta y cinco; a los quince, frívolo y calavera. A los diecisiete hice flexiones de brazos y ejercicios de realismo y, sabiendo que todo lo anterior sería una quimera, solamente quise ser médico. Y en esto último, mi tío Julián acertó, así que, no solo quedó perdonado, sino envuelto en una manta de sabiduría comprada en las rebajas de unos grandes almacenes.

Con él de cuerpo presente, recordé aquellas palabras suyas y sus pronósticos. El oráculo de mi tío, que nunca pudo pasar de doce en la quiniela, asaltó mi memoria. En los días que siguieron al entierro, mientras disfrutaba de una tranquila semana de vacaciones en la ciudad, fui enlazando acontecimientos del pasado. Mi pasado resulta tan irrelevante como el de cualquiera. Compruebo que muchos dueños de sus pasados se empeñan en presumir de exclusividad. Algo lógico, pensándolo bien, porque creer firmemente en la vulgaridad de la propia existencia no deja de ocasionar zozobra. A mí, en cambio, lo que me produce zozobra es creer firmemente en cualquier cosa.

Años después de aquel atinado juicio diagnóstico de mi tío, habiendo superado la infancia como un ser enclenque y fantasioso, pasé poco a poco a tener mis propios juicios, consecuencia de unas leyes naturales que parecen más bien manías. Mis primeros juicios diagnósticos de cierto valor acabaron ligados de un modo u otro a mi profesión, como ya se verá, y años después entendí que, fruto de ellos, se había moldeado una personalidad idealista y medio encerrada en un tubo de ensayo. Que la profesión y la personalidad se entremezclen de un modo tan estrecho conlleva cierto riesgo de psicosis: la psicosis de creer que la vida y el trabajo son una misma cosa. Ahora, pasado el tiempo, lo veo todo bien distinto. La visión de mi propia vida se ha vuelto imprecisa, mi temperamento, anticuado, y el espejo, cruel, y sospecho que poco o nada debo esperar, o al menos nada insólito. Observo con profunda tristeza la flacidez de mis propias carnes, más honda si cabe cuando lo que veo es la flacidez de las carnes ajenas, que casi siempre parecen gravitar aún más abajo. Durante mis frecuentes horas de soledad, contemplo impasible el inevitable deterioro propio y, de lejos, el de una sociedad enfermiza, enfrascada en la búsqueda de lo inminente, con millones de cerebros parcialmente trasvasados a los smartphones de última generación y, dentro de nada, a los chips subcutáneos.

Con mi tío quedó enterrado el juicio diagnóstico que yo conocí, como otros conceptos clásicos. La gente ha apostado masivamente por los pantalones bermudas, las series de televisión de rápido consumo, los algoritmos carnívoros y los rellenos faciales. Se ha abandonado cualquier sentido estético. Es el tiempo de ser un hortera hasta la desidia. Luego llega la invisibilidad y, un poco después, la residencia geriátrica. La madre del cordero.

Da la sensación de que apenas avanzo en la historia de mi vida. Mi nombre es Rubén Mirabet y soy médico internista. Y, si bien ya próximo a la inquietante vejez, viví una juventud repleta de delirios, esperanzas, y varias erecciones al día. Elegí la medicina como profesión por considerarla decente, propia de técnicos honrados que precisan de aptitudes intelectuales de segundo nivel. Me considero uno de esos tipos que se siente más cómodo siendo decente —a mi manera— que publicando fotos bobas en una red social. He tenido pasiones y debilidades, aunque probablemente menos que otros. Partiendo de estos axiomas la gente podrá entender que me sienta descatalogado, a la espera de nada, como una especie de dandi del siglo veintiuno; un individuo que lucha contra una sociedad esclava de la tecnificación y del amor en conserva en un combate desigual y perdido de antemano. Un sujeto que quiso ser libre pero siempre llegó tarde, frente a un mundo que gira demasiado rápido.

Como un artista que modela su obra, la medicina esculpió mi carácter y los detalles que han marcado mi existencia: la amistad, el autoconocimiento, el amor, el sexo, un raquítico sentido artístico..., todo está de un modo u otro unido a esta profesión. Para lo bueno y para lo malo, toda mi vida he llevado la sanidad al cuello, como un ladrillo. La medicina fue el resorte que me permitió escapar de la inalterable atmósfera familiar, apática y sin riesgos, que se había adueñado de mi infancia tardía y adolescencia. A los quince años yo rebosaba de la engañosa solidez de ser un pijo sobreprotegido, aun cuando lo que deseara en realidad fuera llevar melenas, tener una novia que oliera bien y conducir una motocicleta de baja cilindrada. En su lugar, tomaba unas pastillas rosas que prometían mejorar el rendimiento académico y, de paso, me alentaban a bailar acid house como poseído por Satán. Esa simpatía inicial por las drogas blandas se fue convirtiendo en una suave costumbre que ya no me abandonaría. Por aquellos años yo era un espécimen de niño bien, un poco agusanado que, en realidad, aborrecía los bailes y las multitudes sudorosas. Un prototipo de casi nada, preocupado por no encontrar el amor en forma de una novia formal, frustrado por tanto morreo fugaz y tocadas de teta por encima del sujetador. Todavía tendría que esperar un tiempo hasta dar rienda suelta a mis expectativas más rabiosas.

A los dieciséis años me di cuenta de que había nacido para sádico y me puse a estudiar furiosamente, sin levantar la cabeza. ¡Ah, la vida a los dieciséis años! Poco después, conseguidas con éxito mis primeras metas académicas, la medicina se hizo carne, se me puso por delante y nunca me abandonó. Apenas estrenada la edad adulta, mi vida viró hacia el noroeste cuando yo había sido más bien de meridianos. Tomé verdadera conciencia de mis virtudes —limitadas— y de mis defectos —crecientes— y lo mezclé todo bien como en una batidora. Todavía estaba lejos de esa edad en la que comienza a ser todo marcadamente decreciente, salvo los defectos. Fortalecido por una gradual convicción, rompí las invisibles fronteras mentales por las que durante largo tiempo había permanecido en una realidad paralela, sin alma y sin cojones. Algunos de los acontecimientos que siguieron a esa época, que ahora rememoro y pongo por escrito, hicieron de mí gran parte de lo que acabaría siendo más allá de mi cara visible: unas cuantas moléculas desorientadas de moral discutible y voluntad férrea; un fraude técnico, y tres o cuatro trizas emocionales. Un intelecto siempre esperando a despegar y una figura empeñada en no aterrizar. Un principito encerrado dentro de un piloto.

Los recuerdos de los años que siguieron no son muy precisos ni coherentes, porque la memoria se vuelve blanda y porosa como el cieno. Acabé la carrera de medicina en seis años nebulosos, repletos de horas lentísimas, inacabables, que ya nunca duraron igual. Y yo, infatigable y metálico de espíritu, entregado en cuerpo y alma a la medicina, me inclinaba día y noche sobre la mesa de estudio sin enderezar la espalda. Confesaré que tenía otra inclinación, igual de apasionada pero menos fructífera: las mujeres de piernas largas. A ellas también buscaba entregarme en cuerpo, no tanto en alma, por si la masticaban en crudo. Si no he olvidado esos detalles debe de ser porque ambas costumbres las he mantenido con el paso de los años, sin duda con evidente declive, sobre todo en lo que se refiere a la parte espiritual, que ahora es más bien de plexiglás. No obstante, el objetivo prioritario de la etapa juvenil era dedicarme por fin a aquello que me había mantenido ocupado tal número de horas que pensaba que, si mi vida acabara entonces, la habría tirado, en términos brutos, por el retrete. Soñaba con ser médico, en lugar de soñar con ser estrella del rock o actor famoso. Mi deseo por ejercer la medicina era desmedido, porque tiendo a anhelar lo que nunca he probado. Luego me gustó y fui un verdadero adicto a mi trabajo. Con el trabajo uno se lucra y se intoxica en proporciones diferentes según sea el oficio. Lo peor es la vida que se desperdicia con ello, aunque pueda desperdiciarse también de otros muchos modos, como poniendo una lavadora o viendo un partido de fútbol. Por eso procuro no hacer ninguna de las dos cosas. El trabajo, como mal relativo, obtiene alivio de manera un poco cutre cuando uno se entretiene con su profesión. Trabajar a cambio de un placer que no concede la inacción o la pereza. Aun así, permanece la inquietud. ¿Cómo sabe un individuo que disfruta más con su trabajo que dibujando cómics, pilotando un hidroavión o como actor porno? Es posible que tenga otras virtudes o un pollón infrautilizado (si no lo tienes, mejor que olvides ese tercer empleo). También existe —diría que cada vez menos— la ilusión del pequeño burgués por alcanzar cierto patrimonio trabajando honradamente, lo cual me parece más imbécil todavía, excepto si el patrimonio se utiliza para largarse en cuanto se pueda a un país tropical y que dos mulatas te coman los huevos. Los huevos, porque para entonces otra cosa ya no creo que te puedan comer. Por último, hay quien piensa que es posible llegar a ser millonario a base de trabajo duro. Es algo que jamás he visto, si bien he oído hablar de ello. También he oído hablar de la Atlántida y de las cartas astrales. Juraría que la mayoría de los que superan el millón de euros trabajando han evadido impuestos o blanqueado capital alguna vez, o han invertido en el metaverso o en empresas de potencial dudoso. Por encima de los diez millones pasamos a las energéticas, la venta de armas o la trata de blancas, y a terrenos cercanos al Paraíso, es decir, completamente desconocidos para un currante.

La breve existencia del ser humano se organiza con frecuencia alrededor de varias etapas. La infancia y la juventud son las más preciosas, lo que ocurre es que no se sabe bien cómo disfrutarlas. La del trabajo es la que ocupa la mayor parte. Al final de esa fase se abre un período más corto, marcado, en general, por el desarrollo de diversas enfermedades y por un debilitamiento progresivo que acaba en decrepitud. Y, después, al hoyo. Se acabó. Fin del segundo tiempo.

Dudo que la mayoría de individuos se detenga a pensar en las implicaciones reales de todo esto, salvo cuando la vejez se ha vuelto inexorable. Es mucho mejor así porque de otro modo la burla podría ser mayor, y creo que ya tenemos bastante. En la profesión médica, con la excepción de algunos cirujanos plásticos y dermatólogos estéticos que pueden permitirse lujos medianos, las etapas vitales que he mencionado coinciden en una sola: un trabajo fatigoso en general, enfermedades múltiples y la muerte, al fin. En mi especialidad, la medicina interna, la vulnerabilidad y la muerte de muchos otros se contempla antes que la propia, lo que se podría considerar una ventaja, pero no, apenas sirve de algo y uno se acostumbra a ver la muerte desde la barrera. La mierda, cuando sube hasta el cuello, huele menos precisamente porque se respira a diario.

Después de acumular notables datos académicos, me presenté al examen MIR, obteniendo una calificación excelente. Llegó un momento crucial, el de elegir especialidad. Mi espíritu humanista hizo que me decidiera en el último instante por la medicina interna, una elección que influiría en el resto de mi vida. En el trayecto que experimenté desde mi ilusionante y fresca juventud a la actual madurez desesperanzada, fui ganando a pulso cierta fama local, merced a una dura disciplina con horas de estudio, artículos olvidables en revistas médicas de prestigio medio y algunas apariciones en televisión como experto en temas de salud. Es decir, una fama demasiado costosa que, con el paso del tiempo, se iría difuminando poco a poco. Tanto esfuerzo empleado en satisfacer mi vocación no fue gratuito. Me hizo renunciar a un buen número de propósitos, como los potenciales romances pasajeros —de futuro tirando a irrisorio—, o los polvos en horas de trabajo —si cabe, más irrisorios—. Puede que tanto estudio me provocara una evidente cortedad de miras o me aturdiera los instintos primarios, que permanecían como sumergidos en un barreño de líquido anticongelante.

Mi profesión consiste —todavía hoy, aunque ya por poco tiempo— en trabajar en un hospital universitario velando por la salud de multitud de pacientes y donde da igual las altas que se den; es como intentar vaciar el océano con un cubito de playa, siempre permanece constante. Hoy atenderé a veinte enfermos, pero mañana serán veinticinco y da igual cómo lo hagas porque la semana que viene puede que sean treinta. Y así sucesivamente.

Desde los comienzos de mi vida laboral pude combinar el trabajo con la docencia universitaria. A mis alumnos en prácticas procuraba transmitirles un espíritu vocacional que ahora me suena a media tomadura de pelo. Me gustaba que los jóvenes, que estaban aún tan verdes, discurrieran e hicieran gimnasia cerebral, por lo que, además de ciencia, entremezclaba esporádicas y sutiles pinceladas de filosofía, valiosas en cualquier circunstancia de la vida. La filosofía es mi afición disimulada, que me ha permitido aliviar la carga de las enfermedades, entender ciertos conceptos —la mayoría poco sólidos— y justificar lo que hago. Pero es una disciplina que tampoco está ya de moda y, no solo eso, sino que se acerca a la extinción programada, no sea que al personal se le ocurra levantar la mirada del móvil.

La docencia, como práctica, me fue provechosa, sobre todo al principio. Algunos estudiantes de medicina que, con regularidad, iban pasando por mi consulta, parecían levemente encantadores, como gorrioncillos recién salidos del nido, pero con menos ímpetu por volar. Esa etapa universitaria es casi siempre maravillosa. Uno respira a diario la inocente insensatez de la juventud dedicada al estudio, con sus preocupaciones imaginarias, como el enfermo de Molière, y esos noviazgos que permanecen todavía casi indestructibles. Con semejantes antecedentes, los alelados alumnos serían candidatos a la humillación, la peor la indiferencia, porque no hay humillación mayor. Y uno seguro que la sufrirá durante la vejez, no conviene engañarse, sin embargo, parece inmoral padecerla en la flor de la vida y tiene un punto como de canibalismo. Si algo bueno tiene la juventud es cierto toque de belleza consustancial y el poder ganar alguna batalla por el simple hecho de librarla.

Cuando intento recordar a algunos de esos estudiantes que fueron alumnos míos apenas lo consigo. Puede que la mayoría careciera de facultades destacables y el esfuerzo no valga la pena. Prefiero pensar en que esa es la razón y no una inoportuna amnesia que antes era ocasional, pero que ahora no me da tregua. En mi memoria selectiva, solo me acuerdo de las chicas, de unas cuantas. Fue una época en la que, si bien me interesaron platónicamente algunas estudiantes, procuraba no sobrepasar ese límite: el de la pura contemplación de la belleza. Como profesor, establecí la regla de quedarme en ese punto, completamente al margen de tentaciones, sin entrañas para apreciar su atractivo espiritual, alejándome del olor a sexo y con el ánimo para enamorarme de facto exterminado en su totalidad. Al menos hasta que hicieran el examen. Luego, allá ellas.

¿Por qué unos acontecimientos vividos desaparecen de la mente y otros se quedan como recuerdos? ¿Es nuestro subconsciente el que decide quién entra y quién sale de allí? Un mecanismo defensivo que es a la vez posesión y celda, como una extraña ciudadela en la colina; quizás un don de la naturaleza para poder soportar la vida.

Algunos de los rostros y gestos que conocí en el pasado se vuelven borrosos, y los veo como a través de un oscuro velo o de un vidrio esmerilado. De esa manera me viene a la cabeza Violeta, una estudiante de larga melena y piernas inacabables, toda elegancia y discreción —tan inusual en los jóvenes—, amante de la música indie y los animales. Su tez canela y su cabello, oscuro y rizado, remarcaban un rostro perfecto. Violeta y yo nos rozábamos levemente en horario de trabajo y nos lanzábamos largas, intensas y castas miradas, sin cruzar una palabra. Con la intención de resolver tanta pasión contenida, quedamos a tomar un té, no sin antes rezar a los dioses olímpicos por mi salvación. Los dos permanecimos silenciosos casi toda la tarde. Era la época de los hielos y, además, los dioses parecían estar muy receptivos por entonces, así que atendieron mis oraciones y acabé comiéndome los mocos. Desde aquel día no he vuelto a probar el té. Tiempo después volvimos a coincidir y, aunque sus tetas permanecían firmes, sus muslos eran bastante más gruesos y yo había mudado drásticamente hacia el agnosticismo radical y el café expreso.

También recuerdo a Martina, otra morena de gran belleza plástica. Sobre su nariz perfecta se asentaban unas gruesas gafas de pasta y una virtud de acero. Tan relumbrante era su moral que corrías el riesgo de que se reflejara en ella tu cara de idiota. En aquel momento me gustaba invitar a los estudiantes a casa. Les proponía participar en juegos de mesa que requerían de imaginación, o ver alguna película de culto para discutirla después. Martina apareció, con un vestido negro corto, junto a otros estudiantes desorientados que parecían haber aterrizado por error, procedentes de un lejano planeta. La muchacha había ganado confianza, conocía su posición de privilegio al poder tratarme de tú y eso la hacía manejarse con cierta jactancia. Antes de ver una vieja película de los años treinta, puse música y abrí una botella de Ribera del Duero. La chica bebía una copa detrás de otra y se movía con gracia al ritmo de la música. Después de abrir la segunda botella, me agarró firmemente por la cintura y acurrucó su cara contra mi pecho. Presentí que iba a besarme, pero, borracha y todo, en el último momento se retiró con una maniobra imprevista. Es curioso, porque lo último que recuerdo de ella también son sus tetas y la caricia de sus dedos deslizándose sobre la palma de mi mano en una despedida sin mácula. Lo de las tetas puede ser simple casualidad porque siempre presumí de no ser de tetas ni de morenas. Recapacitando ahora, quizás me precipité. O fue un brindis al sol.

En mi opinión, un profesor universitario debe mantener una adecuada distancia con sus estudiantes, a veces de difícil cálculo porque para eso no existe la métrica perfecta. No parece justo aprovecharse de una supuesta ventaja intelectual que suena ridícula, sobre todo si se compara con la superioridad moral de la belleza y de la juventud. Esta hipótesis es propia y queda algo desvalida cuando ves a catedráticos varones revisando exámenes de alumnas con un interés exagerado. Cuanto superior es el cargo universitario, más babean, sobre todo si el busto de la examinada supera la talla cien. Desde que tengo recuerdo, ascender en la universidad sin mentores ha sido más difícil que ascender el Annapurna 3 y, en consecuencia, disfruto de una carrera académica modesta, en la que he procurado que mis competencias no se vieran envueltas en asuntos juveniles. Confieso que esa clase de extravagantes principios me hicieron abortar algunas oportunidades de seducción. Muy claras. Y ya se sabe que las oportunidades perdidas no regresan jamás, y si lo hacen, son más viejas y más grávidas. Son otras.

Afortunadamente, también hubo estudiantes audaces dispuestas a lo que fuera por conseguir mi número de teléfono sin importar el precio —barato en general—. Yo quedaba disponible una vez ellas abandonaban su condición de alumnas. He de aplaudir su tesón y tengo la corazonada de que no eran estudiantes corrientes sino que pertenecían a esa clase de personas que tienen bien claros sus objetivos vitales. Alexia fue una de ellas. Era espigada, de pelo negro azabache, ojos un poco separados y piel blanca. Estudiaba medicina por accidente porque lo que deseaba en realidad era pilotar un helicóptero. No soportaba la vida en una ciudad como la nuestra, que consideraba rancia, provinciana y de un inmovilismo atávico, así que prefirió largarse y cruzar océanos. Que Dios la ampare. En su papel de intrépida exploradora, antes de su partida quiso encontrarse conmigo un par de veces. El día de mi cuarenta y tres cumpleaños, en plena celebración con unos cuantos buenos amigos de farándulas, apareció Alexia de improviso, sola.

—Vengo a secuestrarte —me dijo—. Quiero que me cuentes el secreto para llevar una vida simple y feliz.

—Creo que te has equivocado de persona. Lo más que puedo hacer es intentar que lo descubramos juntos esta noche.

—No hace falta que intentes nada. Nunca he fallado una misión.

La muchacha desprendía una seguridad potente y sin complicaciones. Era inútil resistirse a semejante poder. Cedí a sus deseos y me llevó a su apartamento, un piso pequeño con dos habitaciones estrechas que apenas dejaban espacio para maniobras de riesgo. Estaba decorado con ese gusto muy al estilo bohemio y libre que se le presuponía. Le gustaba follar poniéndose encima, como el aliño en la ensalada, se inclinaba hacia adelante y se refrotaba, igual que un gatito, hasta que se corría con un entusiasmo que contagiaba sus ganas de vivir.

En otra ocasión fue Patricia. Caballuna, de bonitas curvas, le fascinaba Ana Karenina y no simpatizaba con nadie. Era más mayor que sus compañeras de promoción porque estudió enfermería y estuvo un par de años contratada en mi hospital, donde tuvo un affaire con un cirujano casado. El cirujano meditó los inconvenientes de acabar con un divorcio y una pensión de manutención que sería elevada, a tenor de su nutrida descendencia, y aquello caducó enseguida. Cuando Patricia volvió como estudiante de medicina, quiso rememorar algunos gratos momentos. Pero su interés experimentó una deriva y se trasladó unos cuantos metros más allá del quirófano, cerca de las consultas externas. Allí fue donde yo me crucé en su camino. Empecé por explicarle el lupus sistémico y acabé abandonándome a sus deseos con indolencia. Mi actitud más operativa en nuestros encuentros clandestinos consistía en buscar inequívocos hoteles de extrarradio donde explorarnos. Después de unas copas era propenso a dejarme llevar y sentía como el vaivén de las olas en plena melopea. A la joven le divertía especialmente follar, puede que como contrapunto a su carácter retraído. Quería probarlo todo y resultó ser muy violenta. Debía contenerla porque la mayoría de las veces me arañaba y me golpeaba antes de llegar al orgasmo. Finalmente descubrí que la práctica menos peligrosa era lamerle el clítoris hasta que se corría. Una noche, a pesar de todo, me mordió con fuerza un pezón y unas gotas de sangre mancharon las sábanas. Tanto amor animal corría el riesgo de acabar en una carnicería. Entendí mejor la huida del cirujano aquel. Así era difícil disfrutar; mi goce era fronterizo y de aquellos devaneos recuerdo solo un profundo vacío, cierta angustia, y el temor a su antropofagia. Con perseverancia, conseguí poner freno a sus ansias feroces y todavía repetimos varias incursiones no tan agresivas que, en general, resultaron insatisfactorias. Al final llegué a la conclusión de que Patricia no me gustaba lo suficiente. Ni entonces ni tiempo después, cuando continuaba contactando conmigo de un modo u otro para hacerme saber que seguía allí, esperándome, dispuesta a cumplir con cualquiera de mis vicios. Pese a todos los inconvenientes, siempre le tuve aprecio. No consiguió que me corriera, pero su afán en la cama era casi tan admirable como su ferocidad. Lo último que supe es que tenía un gato y un hijo, así que imaginé que disfrutaría de algunas opciones de ser dulcemente feliz. Sobre todo, por el gato.

De ese modo fui alargando los últimos coletazos de mi juventud, empeñado en sujetarla unos instantes de más. Me abandoné en busca de cuerpos jóvenes, nuevos; parecía alimentarme gracias a esos escarceos con una especie de inclinación vampírica. Incluso tenía la sensación de que mi piel palidecía y se me afilaban los colmillos. A mi alrededor se extendió el rumor de que padecía la crisis de la mediana edad, aunque no lo creo. Ni había cambiado mi forma de vestir ni mi corte de pelo. Quería vivir, sí; pero, sobre todo, quería saber. Mi propósito no era tanto amamantar mi ego ni sacudirme espasmódicamente en unos pocos segundos ridículos —los del orgasmo—, sino intentar conocer a las mujeres después de haber conocido a los hombres. Me bastaría con una pizca. Albergaba la sospecha de que ni los unos ni las otras iban a hacer que cambiara mi decepcionante concepción de la humanidad. Por contra, la idea de acostarme con una mujer por primera vez me resultaba casi siempre hermosa, como un nuevo despertar a la inocencia. Acostarse con la misma persona durante décadas semeja más una anomalía genética. O quizás se trate de un recurso natural que garantiza la supervivencia pacífica.

No me resulta fácil encontrar el sosiego entre la inmundicia. Creo que me domina la mundanidad, la noto pesando sobre la cabeza y me repugna. No es la pereza, no es la gula, no es la ira... El verdadero pecado capital es la mundanidad. Buscando alivio, a veces recurro a unos pocos amigos para hablar a media voz del amor y de los poetas, temas que ya no nos emocionan, pero que avivan la vieja llama que ardió en nosotros. La mayoría de los hombres no se conforman con el amor y sienten permanentes deseos de pasta y de coitos poco complicados. Cuanto menos complicados son, más cocaína de por medio. Las mujeres, dotadas de mayor ingenio y de un innato instinto para sobrevivir en entornos desfavorables, saben que los coitos, como la cocaína, no son tan simples, Para ellas suele haber un objetivo más enrevesado que ese placer instantáneo. Cuando una mujer se serena, es que está segura. Mi peluquera, mientras me cortaba las puntas, me contó la «teoría del Hombre-Mujer», por la que se acepta que todos tenemos algo propio del otro sexo. Es una teoría simplista: al hombre se le atribuye el ser elemental, hedonista, y pendenciero, y a la mujer, práctica, emocional y sólida. Y como el sexo de los ángeles no existe, me sentía huérfano, sin código de barras. Por combatir mi soledad espiritual y en busca de no sé muy bien qué, me vi empujado a explorar encuentros sexuales fortuitos en los que, lejos de encontrar la paz, se alimentaba mi desazón y reparaba en la condición breve de la vida.

Algunas de esas historias las iré relatando más adelante. De momento comenzaré por el principio. Producto de la educación católica y del new romantic, antes que el sexo estaba el amor, que experimenté muy prematuramente, en la primera infancia. No tengo la más remota idea de cómo sucedió, sin precedentes conocidos salvo el cine clásico repleto de galanes engominados y doncellas con corsés y vestidos hasta los tobillos. Lo cierto es que a los cinco años, recién abandonados los pañales, conocí a mi primer amor. Se llamaba Cristina, también tenía cinco años y una melenita rubia mientras que la mía era castaña. Parecíamos una versión en miniatura del Príncipe Valiente y Aleta, su novia nórdica, que personificaban valores puros y honestos. Ella me curaba las heridas imaginarias producidas por las flechas de los salvajes indios que poblaban el jardín de infancia. El dulce recuerdo de mi cabeza reposando en su regazo me acompañará hasta la muerte. Alguna vez me he preguntado si aquello, en lugar de amor, sería solo un pasatiempo, o un sueño o qué sé yo, una travesura del hipocampo. Lo que fuera, lo recuerdo como auténtico, un sentimiento absolutamente ajeno a cualquier grado de sexualidad. A partir de aquel romance enano, mi memoria queda congelada y no es capaz de recordar un episodio de enamoramiento parecido hasta el principio de la juventud. Es una lástima.

El amor forma parte de nuestra cultura. Tal y como nos lo han explicado —y potenciado después las telenovelas y los grandes almacenes—, nos hace anhelar ansiosamente. Es una reacción química tan poderosa como una droga (aunque tengo la impresión de que no hay nada como la morfina). Una vez conseguido el amor, queda aliviada la necesidad más primitiva, y después de unos cuantos orgasmos y unos pedos en caliente, el chute endorfínico se viene definitivamente abajo. Sin embargo, nadie quiere decir la verdad, porque es molesta y diagnóstica en un ochenta por cien de los casos de una gilipollez meridiana. Por otro lado, si no amas, eres un fracasado. Mi yo joven, ingenuo e inexperto, no logró abstraerse de esta convicción universalmente aprendida. Sufría de bienestar o de angustia según me desplazara desde la reciprocidad a la indiferencia sentimental de las niñas. Los hados no debieron de apuntar bien cuando me señalaban y, en consecuencia, acababa incluido principalmente en el grupo de los no correspondidos. Es por eso que yo era un poco triste. Hoy en día vas a un terapeuta a que te explique cómo tienes que vivir y listo, te quedas más tranquilo, pero entonces ser un no correspondido no era ninguna frivolidad y, de tanto en tanto, arrastraba mi pena solitaria. Como nada es eterno, aun sin ayuda del terapeuta, aprendí que ni siquiera el desamor conlleva un pronóstico fatal. Por lo que dicen, ese estado exalta los sentidos y la creación artística, aunque a la mayoría de gente le importe un carajo el arte, metida como está entre la mierda emocional y el dolor hondo. No obstante, el del desamor es un dolor contradictorio, separado del placer por una delgada fibra, que de vez en cuando da ganas de cortar de un tijeretazo.

La naturaleza siguió su curso y, por fin, llegó el momento de pasar al grupo de los correspondidos. Entré a lo grande y, como resultado, el asunto se alargaría un poco: en concreto dieciocho años, con matrimonio de por medio, casa en propiedad y varios viajes exóticos, como corresponde a toda pareja tradicional y con ingresos desahogados que se introduce en la maquinaria de la monotonía moderna. Del matrimonio podría decir que es, muchas veces, desalentador por ambas partes, y que llegué a él con pleno conocimiento de causa. Pero, posiblemente porque no esperaba nada del otro mundo, podría decir del mío que se mantuvo en pie, instaurado con solidez —e incluso diría que con gracia— todavía algunos años. Corina era en su juventud una mujer maravillosa, bella y sagaz, y tengo la esperanza de que lo siga siendo en su madurez, en su medida justa. La conocí mientras estudiaba en la Facultad de Medicina cuando yo era lo suficientemente iluso para soñar con amores románticos, más del estilo de Larra que de Byron. No sé si ahora se leen estos autores clásicos. Por hacerse una idea, Larra se enamoró de una mujer mayor que era amante de su padre y acabó pegándose un tiro en la sien; Byron, en cambio, usaba una calavera para beber vino y se acostaba con hombres, mujeres y con su medio hermana. Como no tengo hermanas, decidí que tampoco tendría pistolas.

Yo, por entonces, era un muchacho nervioso, empeñado en dar a cada detalle insignificante propiedades mayúsculas e incapaz de distinguir lo complicado de lo simple y el jabón de las alcaparras. Con los años pasaría a verlo todo tirando a simple, en una especie de ceguera selectiva y voluntaria. En ese momento de mi vida, lo de Corina fue un acierto.

La descubrí cuando ella estaba en primero de carrera y recorría los pasillos de la facultad con el cuello largo, la cabeza alta, la figura elegante a pesar de los vaqueros de los noventa. Ella cursaba dos años menos que yo. Resultó que teníamos un amigo común al que no paré de dar la murga hasta que me presentó a aquella hermosa criatura. Venciendo una corta primera fase caracterizada por el mutismo y la retención de cualquier instinto, la invité a salir. Fuimos al cine, demostrando falta de imaginación por mi parte, pero así era como se ligaba en aquella época. Sufrí toda la tarde por una película francesa que resultó calamitosa y por la lucha interior contra mi deseo inmediato. Con todo, tuve el valor de besarla en plena sudoración nutrida y palpitante. No hay que menospreciar un beso, que puede demoler vidas e, incluso, como demuestra la historia, hacer caer imperios. Tal vez fruto de esa subconsciencia histórica, me sobrevinieron temblores y mareos que no afectaron a mis labios, que iban por su cuenta. Una emoción primeriza así, tan intensa, creo que solo se experimenta una vez, y no somos conscientes de ello. Una tragedia. Durante siete segundos no sucedió nada, ella permaneció inmóvil. Después, el beso fue correspondido con vehemencia y el encuentro se resolvió favorablemente. Juntos fuimos creciendo y transformándonos en lo que ha dado en llamarse una pareja hermosa, envidiada por su éxito profesional y su equilibrio afectivo. Acabada la carrera, Corina hizo el MIR y eligió Cirugía Cardíaca, así que yo pensé que mi corazón estaría siempre a salvo. Sin embargo, una cosa es la mecánica y otra, muy distinta, el delirio. Nos casamos convencidos de que sería para siempre, en eso no nos diferenciamos de la mayoría de contrayentes. A los dos años de la boda Corina quedó embarazada sin desearlo. Decidimos tener el niño. Me imaginaba montando en bicicleta con una niñita y, después, acostarla contándole cuentos de emperadores chinos que deseaban poseer el conocimiento universal. Estaba como alucinado y no pensaba en las consecuencias de despertarme a media noche, cambiar pañales tres veces al día o llevar a mi hija a clases de violín y ballet clásico. Una tarde, después de practicar una cirugía de válvula aórtica que duró siete horas, Corina empezó a sangrar. Nos apresuramos por llegar al hospital y ella fue atendida de inmediato por nuestra ginecóloga, pero no hubo nada que se pudiera hacer. Habíamos perdido al bebé. Era la semana catorce del embarazo.

Después de eso, seguimos con nuestras pequeñas y felices vidas y, sin quererlo, nos quedó un extraño vacío. Nunca volvimos a hablar de un nuevo embarazo y Corina jamás expresó el deseo de experimentar la maternidad. En los años que se sucedieron, nuestra relación de pareja fue transformándose y, como si se tratara de un movimiento artístico, el costumbrismo vino a sustituir al romanticismo, incluso al más obstinado. Vivimos acontecimientos muy agradables, pero la monotonía del camino había pasado a dominarlo todo. Ni el funámbulo más experto está libre de morder el polvo. Jamás nos referimos abiertamente al deterioro, a nuestra decepción creciente.

Como consecuencia de la desgana, comencé a pensar en qué sucedería si me liaba con otra tía. Lo que ocurre con el invariable sabor de una fruta es que conduce a querer probar nuevas frutas, en ocasiones procedentes de insólitos injertos. Una posibilidad que iba tomando cuerpo, en su metamorfosis hacia el deseo. Después de más de una década, volvieron a interesarme los culos de las mujeres.

Yo quise a Corina siempre, lo juro. Al principio con un amor indígena: un poco ignorante, salvaje y apenas con taparrabos. Luego, ella conoció mis debilidades y yo las suyas, y pese a todo, se mantuvo la admiración mutua; pasamos a pensar igual, a comer igual, a tener las mismas aficiones, como si fuéramos uno solo. Superada esa época, llegó la fase de resistencia, agotadora. A veces aún hablábamos un rato después de la cena. Antes que el matrimonio nos desilusionase definitivamente por un lado o por el otro, cuando está a punto de aparecer el martirio, y cada palabra promete ser una tortura y cada frase un sacrificio, desistimos. Nos separamos sin dramas ni alborotos. Un divorcio amistoso sin efectos colaterales. Un gran momento para un epílogo.

Todo lo que he sabido amar, que no ha sido demasiado, lo he hecho con franqueza. El problema surge cuando se trata de envejecer juntos. No sé qué es peor si envejecer o juntos. Tanta lealtad hacia la misma persona se transforma en la cara vulgar del afecto cuando uno se obceca en ella. La estructura social y la religión, cada una con sus tiempos, han concebido un modelo enjaulado de relación amorosa: la pareja, la monogamia, la fidelidad, la heterosexualidad y otros conceptos, alegremente reivindicados, lo único que consiguen es meter nuestras energías dentro de una vasija. Yo la rompí y me convertí al materialismo pendenciero. Llegó un nuevo ciclo: la soltería de la salamandra azul, el gruñido del cerdo hedonista y, llegado el momento, la muerte del gran masturbador.

Poco tiempo después, casi me enamoro.

Capítulo 2. Mónica1

El boxeo alcanzó su máxima popularidad en España en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. A partir de entonces sobrevino una fase de decadencia y desinterés. Un olvido social, alentado por los medios de comunicación, que duró décadas. El azar hizo que, a finales de los setenta y con muy poca diferencia entre ambas, se produjeran las muertes de los púgiles Rubio Melero (profesional, peso medio, veintitrés años) y Salvador Pons (aficionado, semipesado, diecinueve años). Como consecuencia de los golpes recibidos en el ring sus casi recién estrenados cerebros adultos sufrieron lesiones irreversibles. La falta de equipos de reanimación en los recintos era algo habitual entonces y las ambulancias las cargaba el diablo. Los médicos responsables, que seguramente salvaron más de una vida, hacían cuanto podían, mejor o peor, como todo el mundo. El mito del exboxeador sonado tampoco ayudó, aunque las disertaciones deslavazadas de algunos pobres púgiles ya retirados se debieran, más que a guantazos en la cabeza, a que la mayoría había pasado poco por la escuela, en ese período en que el practicante de boxeo procedía sobre todo de una clase obrera semianalfabeta. La mala prensa, como en otras ocasiones situada en la esquina políticamente correcta, le adjudicó el sambenito de deporte violento. Detrás del boxeo —al que se le conoce como el noble arte—, también había sospechas de amaños y chanchullos, negocios sucios manejados por embaucadores y marrulleros. La nobleza de las dieciséis cuerdas llevaba las de perder frente al dedo en el ojo o la mano en el bolsillo. Entre unas cosas y otras, la gran afición se fue encogiendo y se hizo casi clandestina.

En los últimos años, el boxeo está viviendo un nuevo resurgir, al principio algo acomplejado por las MMA (Mixed Martial Arts) y otras disciplinas más modernas. Mi afición por la práctica del boxeo clásico llegó demasiado tarde, como todo. A costa de acumular durante años varias toneladas de constancia y unos gramos de habilidad, alcancé la técnica suficiente para sacar el directo de izquierda con garantías, mientras mantenía la guardia alta y me protegía el mentón con la derecha. Mis limitadas capacidades no me permitieron incrustar el definitivo gancho al hígado, un golpe limpio de KO directo que sí tuve el honor de encajar en un par de ocasiones en las que acabé desplomado sobre la lona, boqueando en busca de oxígeno como una trucha recién pescada. Mi perseverancia fue tal que llegué a aguantar tres asaltos con ritmo, aunque pronto comprendí que con semejante pegada —floja, demasiado floja— solo vencería a los puntos. Cambié mi estrategia inicial por otra, más del tipo armadillo, que consistía en cerrar la guardia de un modo hermético, buscando fundamentalmente protegerme de los golpes de mis adversarios. De vez en cuando sacaba las manos, contadas pero certeras —tres arriba y una abajo—, mientras danzaba de un lado a otro del ring. El baile de El cascanueces en una versión más poligonera. Me chifla el boxeo porque requiere de esa combinación de esfuerzo físico y mental que es una metáfora de la vida. La violencia física y la sangre nos acompañan desde el nacimiento y, a lo largo de la vida, hay que elaborar estrategias para golpear y que no te machaquen, igual que se enfrenta el púgil a su propia supervivencia, con una audacia y una temeridad que tienen parte de metafísica y parte de revelación.

Mónica apareció por mi consulta del hospital una fresca y luminosa mañana de otoño. Yo acababa de cumplir cuarenta y cuatro años. He de decir que inicialmente no me impresionó demasiado. Era una estudiante más, como otras muchas que habían pasado por allí, tirando a pequeñaja, con una bonita sonrisa llena de dientes blancos y húmedos, y una resplandeciente melena dorada que se extendía por debajo de los hombros, pero de un primer efecto poco neurálgico. La sensación debió de ser mutua porque la niñata apenas me miró, y en los días que siguieron la veía muy de tanto en tanto. Si bien llegaba puntualmente a las ocho de la mañana, al cabo de un par de horas desaparecía, argumentando que tenía que ir al entierro de un pariente o a llevar al perro al veterinario para que lo sacrificara. A tenor de tanto fallecimiento alrededor suyo, parecía que la desafortunada joven se iba a quedar sola en el mundo. Resultaba obvio que se trataba de una cuentista de alto nivel. Tanta imaginación, lejos de molestarme, despertó mis aletargadas simpatías, lo suficiente para empezar a fijarme en ella con más interés del habitual, aproximadamente nulo. A primera vista no parecía tener nada de extraordinario, aunque albergaba mis sospechas. Se mostraba premeditadamente despistada durante las prácticas. A mí no me la daba porque todas esas artimañas que se inventaba con gracia, solo podían organizarse por una mente notable. Llevaba escabulléndose de sus responsabilidades un par de semanas cuando decidí asignarle la presentación de un caso clínico en una sesión conjunta para todo el Departamento, un lamentable error diagnóstico de demencia y Parkinson en una mujer de ochenta y tres años. Un diagnóstico definitivo de demencia es una fatalidad. Le propongo, señora, un futuro de desvarío, bruma y polvo, hasta llegar al fin. La desdicha de la mujer se debía en realidad a un tumor en la región frontal del hemisferio izquierdo del cerebro. El mismo desenlace a mucha mayor velocidad. Un alivio para todos. La presentación de Mónica fue excelente; añadió datos interesantes y adornó el diagnóstico diferencial y la discusión, todo con eficacia, voz pausada y sentido del humor, virtudes inhabituales para una oradora de su edad. Mis sospechas quedaron definitivamente confirmadas: aquella santa muchacha era mucho más lista de lo que aparentaba.

Yo llevaba conmigo a otra estudiante, su compañera de rotación, una linda chiquitaja también, dulce pero intrascendente. Poco receptiva al humanismo marxista, le hablé de mis hobbies y del boxeo. Entre paciente y paciente, me dio una valiosa pista después de explicarle mis mediocres últimos asaltos.

—Mónica también practica boxeo. O algo así. Ha ganado varios torneos en campeonatos nacionales y hace un año recibió una beca como deportista de alta competición.

Al día siguiente, vi entrar a Mónica con aquel aire que tenía, como descolocado y accidental. Vestía unos pantalones blancos ligeros, muy anchos, y una camisa ocre sobre una blusa sin mangas. Su figura se embrollaba bajo aquellas prendas y nada dejaba entrever. La observé de arriba abajo, con mayor detenimiento que nunca, a ver qué encontraba. Sus andares eran poco elegantes, con las puntas de los pies ligeramente separadas hacia fuera. La nariz resultaba un poco grande para el tamaño de su cara. En cambio, sus manos eran perfectas y la sonrisa impecablemente roja y blanca. Globalmente y sin conocer todos los detalles, me parecía bastante atractiva. Inicié una estrategia del tipo «expresión imperturbable, pero sé que existes»:

—¡Eh, tú!, pichona. Me han dicho que boxeas. ¿Es eso cierto? —le pregunté, muy serio.

Ella levantó las cejas con un gesto de sorpresa y, por vez primera, intuí cierto interés por mi persona:

—Algo de eso hay. No boxeo clásico. Lo que practiqué hasta el año pasado es muay thai. Ya sabes, el boxeo tailandés, que incluye patadas. —Se quedó mirándome fijamente. Le devolví la mirada con el doble de intensidad, y ella la aguantó sin remilgos.

—Deberías apostar más por los clásicos. No decepcionan.

Fue un acertado punto de partida. Mónica empezó a interesarse por mi modosa afición al boxeo y, secundariamente, por mi persona. Me mostré más accesible de lo que solía y sentí que ella también se aproximaba. Charlamos largo rato sobre las exigencias de la preparación física y sobre los clubes de entrenamiento. Se mostró muy correcta, revelando una delicadeza señorial. Fanfarroneé, un poco desde la ironía, acerca de lo que me costaría llevarla a la lona ante un eventual combate entre ambos. Aunque juro que todo aquello empezó de forma inocente, para entonces con lo que fantaseaba ya, era con lo que me costaría llevarla a la cama, pero después del ring, porque la posibilidad de boxear contra ella me excitaba. Recogió el guante y quedamos en practicar juntos esa misma semana en un centro deportivo al que yo acudía con frecuencia. Cuando la vi salir del vestuario, tuve que hacer un pequeño esfuerzo para que no se me descolgara la mandíbula. El asunto se iba a poner encantador. Llevaba unas mallas que, ahora sí, mostraban con toda claridad unos glúteos pétreos y unas piernas firmes y musculadas. El top deportivo dejaba el abdomen al aire, plano y levemente perfilado por los músculos abdominales. Una hermosa colección de líneas lisas y delicadas curvas, sin estridencias. Enseguida comprendí que mis expectativas se quedaban tirando a cortas porque en cuanto Mónica se puso los guantes, empezó a moverse con la velocidad y la ligereza de un velocirraptor. De inmediato noté una reacción amenazadora en mi entrepierna, que me hubiera dejado turulato si no fuera porque en los últimos tiempos no me fiaba de mis erecciones.

El grupo de entrenamiento estaba formado por doce aprendices. A la mayor parte de ellos los conocía y eran de nivel bajo, apenas llevaban unos meses de preparación; casi todos jóvenes, de diecisiete a veinticinco años. Yo era de los mayores, con diferencia. Después del calentamiento hicimos un poco de sombra y le dimos al saco. Calientes los músculos y la respiración suavemente agitada, el profesor nos informó que ese día íbamos a guantear. Mónica eligió como sparring a un estudiante de derecho de su misma edad, pero, teniendo en cuenta el metro sesenta y cuatro y los cincuenta kilos de la jovencita, el muchacho mediría quince centímetros más y la superaría por veinte kilos de peso. Pronto quedó claro que las diferencias antropométricas no iban a servir de nada en esta ocasión. Aquel botarate era de los primerizos, eso resultaba evidente. Empezó muy gallito, subestimando a su oponente y sacando jabs de izquierda sin parar, como un poseído, que ella esquivaba con facilidad, moviendo ligeramente la cabeza hacia un lado o inclinando el cuerpo hacia detrás. Se desplazaba en semicírculos a derecha e izquierda alrededor del joven aspirante a jurisprudente, quien llevaba ya lanzados unos diez golpes al vacío físico cuando bajó la mano derecha de su guardia unos veinte centímetros. En el boxeo veinte centímetros pueden ser definitivos —en otras circunstancias veinte centímetros también son más que respetables—. Cuando el novato se obstina en ser repetitivo, corre el riesgo de descuidar una buena estrategia pugilística que incluye, no uno, sino varios movimientos variados, por el haz y por el envés. El más mínimo despiste en la posición de guardia resulta fatal. Mónica aprovechó para dar un pequeño paso lateral y lanzar un croché de izquierda vertiginoso, una suerte de centella, que le alcanzó el flanco derecho de la mandíbula. El espantapájaros permaneció inmóvil, con los brazos caídos; durante un instante sus ojos de batracio quedaron en blanco. Dos postreros segundos de inestabilidad que lo llevaron, finalmente, a caer a plomo sobre la lona. El asalto había durado exactamente un minuto. Ella se inclinó sobre el tipo con diligencia, fingiendo preocupación sobre su estado:

—¡Ay! ¡Cuánto lo siento! ¿Estás bien? ¿Te he hecho mucho daño? —preguntó. Su expresión de falso interés por la salud de aquel niñato me hizo pensar en una lombriz de tierra preocupada por el calentamiento global. Mi potencial erección, de la que ya he hablado antes, se hizo menos potencial.

—Es que, al no saber qué hacer con las piernas, me paso a veces con los puños —continuó.

Claro, la pobrecilla estaba acostumbrada al muay thai, a dar patadas, rodillazos y golpes de codo, así que, aburrida de tanto baile, concentró sus energías en un golpe de noqueo. A mí me resultaba comprensible, habituado a buscar un escape al aburrimiento vital, pero en los ojos de los demás se despertaba una mezcla de sorpresa y admiración. Una tunda sorprendente. El que no exponía nada de nada era el futuro abogadillo, que se retiró un poco aturdido, pendiente como estaba de encontrar la consciencia completa y de comprobar cuanto antes la estabilidad de sus piezas dentarias, que se iban tiñendo levemente de rojo. Mientras el muchacho se marchaba, pareciéndose cada vez más a un salmonete, comprendí que había que tirar cuanto antes la toalla de la seriedad y besar la lona de la aventura:

—Felicidades, ha sido un golpe notable. ¿Los besos los das igual? —le pregunté con tono provocador y aireando mis intenciones.

—No —respondió, haciendo un mohín—. Con frecuencia tardan menos en caer y la herida es más grave.

La respuesta, mientras sonreía y me miraba, no dejaba lugar a dudas. Le daba igual el tono provocador y le daba igual todo. «Aquí hay tomate definitivamente», pensé. Había empezado el antiguo juego de la seducción, que se me prometía más entretenido que en otras ocasiones y, llegados a este punto, ya no pensaba renunciar:

—¿Dónde has aprendido a repartir carrasca de ese nivel? —interrogué.

—Bueno, he pisado algunos clubes deportivos, aquí y allá. Y he procurado quedarme con lo mejor de cada uno.

—¿Qué edad tienes?

—Veintitrés. ¿Y tú? —preguntó.

—Casi somos de la misma edad. Cuarenta y cuatro.

Está universalmente tolerado quitarse años en Tinder, y no parece una gran estafa, sobre todo si se compara con colgar fotografías retocadísimas y en poses de lo más artificiales. Nunca he mentido sobre mi edad. Puedo jugar a parecer más guapo; en cambio, quitarme años me resultaría bochornoso. ¿Años para quién?, ¿para los demás? Patético. Para el gran público lo más que puedo hacer es mostrarme compasivo o generoso si lo merece, aunque lo habitual es que no me muestre de ningún modo.

—Bueno, he visto cómo te mueves y no lo haces mal para ser tan joven y tan ligero. —Me devolvía la ironía—. Estás muy en forma —continuó. Y eso era cierto, lo estaba—. Tendrías que dejarme probar un asalto. A ver hasta dónde eres capaz de llegar.

—Dime lugar y posición exactos y veremos qué se puede hacer.

Volvió a hacer una mueca divertida, esta vez en forma de sonrisa de medio lado, y me dejó claro que era sensible a las entrelíneas.

Esa fue la primera aproximación verdadera entre ambos, que abrió las puertas a la imaginación y a un futuro encuentro de dimensiones y envites aún desconocidos pero prometedores. Las siguientes citas, no obstante, se limitaron a entrenamientos en el club, centrados en la preparación física: mucha comba y mucho saco. Hora y media en la que me costaba no seguir, con la mirada y el resto de mi organismo, a aquel culo tenuemente cubierto por mallas muy coloridas. Una incertidumbre deliciosa que se prolongó todavía unas cuantas clases con la novedad del anhelo que está muy próximo, al alcance de la mano. Una promesa de dulzor, apenas rozando los labios, que no llega.

La muchachita era manifiestamente flexible y dura, casi una contradicción de juguete que se quedaba corta para definir sus movimientos pugilísticos. En el boxeo hay que estar alerta a los movimientos del oponente, fijar la mirada hacia adelante, en la cara del otro, sin olvidarse del tórax, que es de lo primero que se impulsa cuando se suelta el golpe. No hay que perder de vista su guante izquierdo —el derecho si es zurdo—, comprobar la velocidad, verificar hasta dónde baja las manos o abre la guardia, mientras te mueves a su alrededor. En los boxeadores amateurs lo más común es que los golpes y las fintas se repitan con escasa imaginación. Mónica no me parecía muy amateur. No quedaba otra que arriesgar, así que probamos un asalto. Su agilidad se demostró endemoniada y, como ya conocía su condición, mantuve mi estrategia de encerrarme con una guardia firme y adherida; de ese modo, encajé solo tres o cuatro golpes de refilón. Después de un minuto de reconocimiento, con la intención de no ser considerado un cobarde, me animé a sacar alguna mano, la mayoría al aire, y en uno de esos directos fallidos, sin casi darme cuenta, ya tenía su guante encima. Lo suficientemente encima para dejarme la nariz como un pimiento morrón. Fue la excusa perfecta para invitarla a cenar en mi casa después del entrene. Malherido como estaba, pensé que sería difícil que se resistiera y así fue, pero su rápida aprobación iba con condiciones:

—Encantada, pero solo si hay pizza.

Me di cuenta enseguida de que una eventual resistencia por su parte me la había inventado yo. Y tardé un poco más en saber que la pizza casi la había inventado ella.

A las nueve y media de la noche sonaron uno, dos y hasta tres timbrazos prolongados, insistentes. Una manera de llamar que se haría inconfundible, siempre buscando la atención inmediata. Se presentó con un vestido corto azul oscuro que dejaba los brazos y las piernas al descubierto. Iba muy maquillada y estaba realmente preciosa. Durante la cena habló con ánimo de esto y de aquello. Yo procuré entretenerla con patrañas filosóficas —empleando juegos de palabras— y de estética, disciplinas que, de entrada, suenan áridas pero me dan resultado. Mantuve un protocolo solemne, en su justa medida, sin desaprovechar la oportunidad para rozarle con suavidad la mano o el codo. Elegancia hasta morir. Acumulaba la suficiente experiencia a mis espaldas para no mostrar esa debilidad por exceso de deseo, que es tan cargante. Era muy difícil apartar la vista de su cuerpo, con esa piel, tan lisa y dorada. Entre Schopenhauer y las gabardinas de entretiempo, me di cuenta de que ya se había zampado casi tres cuartos de la pizza familiar a la barbacoa. Por el contrario, apenas miraba el jamón de pata negra y la gamba roja que yo había servido para acompañar, y si lo hacía, era con cierto asco. Siempre mostraría un paladar tan fino como la roca negra de Lanzarote.

Unas cuantas copas de vino tinto y dos prêt-à-porter después, ya nos habíamos desenfrenado. Nos fuimos a la cama con prisas, medio borrachos y lamiéndonos furiosamente el uno al otro. Con un rápido movimiento, hizo que el vestido resbalara hasta el suelo y la desnudez le hizo, al fin, justicia poética completa. Tenía un cuerpo nuevo, recién salido del cascarón, con maravillosos músculos, largos, fuertes y extraordinariamente bien repartidos. Los senos eran de mediano tamaño, firmes y un poco separados. Probamos seis o siete posiciones diferentes, olvidando mis preferencias de que ella siempre arriba o de rodillas. Nos acariciamos, nos chupamos, le pegué, me pegó y, en definitiva, aquello se convirtió en un combate nulo, admirable y sudoroso, aunque, en realidad, ambos salimos vencedores por puntos. Exhaustos, al finalizar nos miramos con fiereza el uno al otro, cada uno desde su lado de la cama.

—¿No te importa dormir en el sofá? —le pregunté unos minutos después de aquella fugaz maniobra artística, octava maravilla efímera de mi mundo—. No duermo bien acompañado.

—Sí que me importa. Mejor duermes tú en el sofá.

Así que el asalto solo acababa de empezar.

Capítulo 3. Emma

Hasta la separación definitiva, Corina y yo todavía viviríamos juntos varios años. Pese a que le he dado muchas vueltas, no he conseguido desentrañar mi fidelidad extenuante de aquella época. Me debatía entre la lealtad y el adulterio y, al final, se imponía una vieja ortodoxia embutida a fuego en el córtex temporal. Especialmente difíciles resultaron los primeros años de la residencia. El hospital parecía estar repleto de estímulos sexuales que se sugerían fascinantes y que yo dejaba que se esfumaran más o menos intactos: unos ojos azules, unas caderas anchas, unas cuantas pecas... No puedo arrepentirme de nada, sería torpe por mi parte y, al fin y al cabo, la conciencia de sentirse amado provoca un hondo bienestar y es justo valorarla en lo que cuesta, unos veinte o treinta euros. Una conciencia que nos hace engañosamente sólidos y nos confunde; un espejismo en toda regla, pero un consuelo para el ser humano. El amado disfruta de una percepción esclava de los sentidos —la de ser único— que transforma en excepcionales los pequeños detalles de nuestras vidas.

Como fiel seguidor de una larga lista de valores heredados, me ceñí por completo a lo que se esperaba de mí. Ese tiempo de juventud, basado en la lealtad firme, acabó con el siguiente resumen académico: aprobar cientos de exámenes con notables calificaciones —tirando a sobresalientes—, licenciarme en medicina, comenzar la residencia y, a los pocos años de terminarla, conseguir unos cuantos éxitos profesionales, como un trabajo estable y seguro, una tesis doctoral, publicaciones científicas en revistas y libros médicos, y cierto renombre dentro de mi comunidad. Estoy convencido de que soy más inteligente que la media, así que jactarse de un currículum tan modesto como ese resultaría un disparate. Progresivamente, sentía que estaba llegando a la meta, que acababa una etapa. Y me aguantaba las ganas de vomitar.